Capítulo 1. El principio del fin

CAPÍTULO 1
El principio del fin

Sentado en el asiento trasero de la camioneta, con Paco, el corpulento chofer al volante, observo detenidamente la bola de demolición golpeando contra la estructura del Palacio, en la calle Puntas de Santiago. ¡Bum!... ¡bum!... ¡bum!..., cae la mampostería, las paredes de ladrillo, los ventanales de las gaviotas. Cuando llega a las vigas, la estructura retumba pero no cae, resiste, ¡bum!... ¡bum!... ¡bum!...

Así pasé los últimos días, todos los atardeceres, hasta que lograron detener la demolición por los malditos murales del primer piso.

¿Por qué había mandado demoler el Palacio, haciendo que trabajaran hasta de noche, y yo iba a acompañar el derrumbe, al finalizar mi jornada de trabajo en la Corporación, como todos llaman a ese emprendimiento? ¿Por qué insistía en presenciar esas imágenes con la luna al fondo, y una bola de acero golpeando con saña, todo iluminado por focos poderosos que dejaban la escena a giorno? Pretendía hacer demoler, en tiempo récord, un caserón añoso de mi propiedad, para construir un hotel y un edificio de oficinas. Sin embargo, un arquitecto reconocido por defender el patrimonio histórico, a quien no le agradaba el vanguardismo de la nueva obra que yo proyectaba, salió con lo del valor artístico de los murales, presentó un recurso de amparo, y la jueza dio lugar, en espera de informes periciales. Todo se detuvo. La grúa con la bola de acero permaneció congelada junto a la mole a medio derruir, inclinada en el terraplén que formaron los escombros.

Jamás se había dicho, pero con las veleidades de los estilos de moda, parece que el Palacio Morin es considerado ahora como una obra arquitectónica neoclásica, una de las mejores muestras de un arquitecto ignoto que súbitamente saltó a la fama en la Facultad de Arquitectura, con esos frescos aparentemente valiosos, que en verdad el Tío Morin mandó pintar con un deudor, hace ahora cincuenta y siete años, no por su calidad, sino para que pagara la deuda aunque más no fuera que pintando, haciendo malabarismos en un andamio. Y el pintor endeudado, con el tiempo y fundamentalmente tras su muerte por tuberculosis, algo cada vez más curioso, que lo conectaba con los pintores del Romanticismo, se tornó célebre.

Fue así que, de la mano de este hecho aparentemente circunstancial, apareció un tal Mariño, otro personaje de mi infancia, resucitando recuerdos que estaban sepultados, creía yo que para siempre.

Una de mis secretarias, Sofía, me llamó por el intercomunicador, en el piso doce del World Trade Center, y me dijo que había un hombre al teléfono insistiendo en hablar conmigo, repitiendo que si le decía esta frase, “un conocido del Mariño Bar”, yo lo atendería.

–¿Le digo que no puede atenderlo, que me deje su mensaje? –preguntó.

Algo me golpeó.

–Pásemelo –le dije.

–¿Andrés Pardos? –oí desde el otro lado de la línea.

–Sí, habla él –respondí, expectante.

–Disculpe la molestia… Nos conocemos pero de hace mucho tiempo, y nuestros padres también se conocían.

–¿Mencionó el Mariño Bar? –dije, como si esa palabra estuviera contaminada, como si se tratara de la llave de algo misterioso.

–¿Se acuerda de nuestros padres, en el boliche? –insistió.

Sí, claro que fue eso lo que me produjo el shock, algo que podía estallar por los aires y destruir todo resto de vida; dejar el planeta yermo, convertido en un desierto de polvo estéril.

–Soy Pipo Mariño. Mi padre, Manolo Mariño, Manuel en realidad, era el dueño del bar en tiempos de su padre, y usted también lo acompañó varias veces. De ahí nos conocemos.

Hablaba como ahogado, como si no tuviera aire, como si lo hiciera desde el fondo del mar, sin poder ascender, y le entrara agua a borbotones cuando abría la boca.

La imagen se fue aclarando, cada vez más nítida: dos niños de la misma edad, en la trastienda del Mariño Bar, que operaba de depósito, junto a los casilleros de botellas de gaseosas, de cerveza, de caña Ancap, de botellas de whisky nacional Dunbar, de damajuanas de vino, jugando con soldaditos de plomo, una bolita y un bochón, volteándolos, los soldados alineados de un lado y del otro, a dos metros de distancia, en el piso de baldosas heladas, húmedas, blancas y negras, flojas, sueltas, rotas, donde las bolitas se atascaban, se desviaban. Un disparo de bolita, otro de bochón.

–Sí, claro que me acuerdo –le dije al fin, luego de un prolongado silencio–. ¿Y qué se le ofrece?... O mejor dicho –me corregí, con esa maldita frialdad que me impedía ser afable–, ¿en qué puedo ayudarlo?

–Querría hablar con usted…

El bochón sigue de largo, raudo, y destruye mi mejor batallón, dos piezas de artillería y tres de caballería, mientras el niño de enfrente, Pipo, muestra los dientes, ríe. “¡Te gané, Andy!”.

–En verdad quiero entregarle algo, pero debe ser en sus manos, no lo tome a mal. No es mío, es de mi padre.

–Sí, por supuesto que podemos hablar –le respondí–. Páseme la dirección, que la anoto… Sí… sí… ¿Qué barrio es?... Perfecto… En un rato estoy ahí, ya salgo.

Me puse el saco y el sobretodo que estaban en el vestidor, salí del despacho de prisa y ansioso, lo que sorprendió a todos: mis dos secretarias, los asesores, los administrativos. Cuando bajé en el ascensor, me miré en el espejo y advertí que mi frente sudaba gotitas brillantes que asomaban mientras yo las borraba con el pañuelo.

Todo, absolutamente todo empezó a cambiar desde entonces, a trastabillar, prosiguiendo, ahora en mi interior, el derrumbe que había comenzado con el Palacio.

Apenas llegué a la planta baja, el chofer me estaba esperando. Mi secretaria le habría anunciado que bajaba, sin entender qué sucedía, porque advirtió que iba nervioso y apurado. El Andrés Pardos expeditivo, maniático pero sereno, requería la implacable disciplina de siempre, sin tiempo para ambigüedades ni palabras vanas, con los modales justos, manteniendo distancia; ni una palabra o un gesto de más ni de menos. Pero ¿ansiedad? No, eso era desconocido: mi estado usual era la insensibilidad del témpano de hielo, mis proverbiales nervios de acero.

Me senté atrás en la camioneta y le pasé a Paco el papelito con la dirección.

No hizo ninguna pregunta, como siempre. Él me conocía mejor que nadie. Abrió la guantera, tomó el mapa de la ciudad y buscó la calle Mitre, aunque me miró fugazmente por el espejo retrovisor. No usaba el GPS del auto, porque no sabía manejarlo con propiedad, ya lo había confundido antes. Paco era un veterano de la vieja guardia, como yo. Apenas tenía un celular de los primeros, que solo usaba para hablar por teléfono.

–¿Dónde es eso? –le pregunté.

–Cerca del hipódromo, Andrés. Cuarenta minutos, más o menos.

Recorrimos medio Montevideo, en silencio, como siempre, mientras yo cavilaba; intentaba vanamente imaginarme con qué me encontraría. Sí, el hijo de Mariño. Lo recordaba vagamente, tenía pocos recuerdos de aquella época.

Entramos en los aledaños del hipódromo de Maroñas, una zona pobre, poblada con studs de caballos, muchos vacíos, y algunos animales vareando.

Al fondo divisé el hipódromo, últimamente en obras. Del gigantesco vallado que lo rodeaba, de donde asomaban las máquinas retroexcavadoras, sobresalía el nombre de uno de los financistas y desarrolladores, Pardos & Morin, la Corporación, yo.

Allí iba de niño, con el Tío Morin, al palco principal. Los caballos, el único vicio que el Tío se permitía. Le llamaba “vicio” porque era una actividad en la que era posible dilapidar dinero, aunque también de cuando en cuando ganaba, como ocurrió con el premio Ramírez de 1967, que lo favoreció. Nunca lo vi tan eufórico, y eso tuvo para mí consecuencias funestas.

Cuando llegamos a la dirección, en una de las calles perpendiculares, a cuarenta metros de la puerta principal del hipódromo, Paco se detuvo. Con la camioneta moderando, volvió a tomar el papel, avanzó diez metros más y se volvió a detener, observando como si no se convenciera; pero tras confirmar el número una vez más, me observó por el espejo retrovisor.

–Sí, es acá –dijo.

Y estacionó.

“Taller mecánico. Especialista en Opel”, rezaba un pequeño cartel de chapa con el esmalte saltado.

Como no había timbre, golpeé la puerta metálica que se zarandeaba; pero nadie salió a recibirme. A su lado había un gran portón corredizo donde podían pasar dos automóviles al mismo tiempo. Al fin moví el picaporte desvencijado y se abrió.

Era un inmenso galpón con paredes de mampostería y techo de chapas muy alto, sostenido por un enjambre de tirantes de pinotea, con pilares de hierro, construido hacía ochenta, noventa años. Todavía había, adentro, automóviles viejos, muy antiguos, casi como chatarra, cubiertos con capas de polvo adheridas a la carrocería.

Caminé entre los vehículos y advertí, al fondo, en el sector de la izquierda, donde el estacionamiento hacía como un codo, que ahí funcionaba el pequeño taller mecánico que anunciaba el cartel de la entrada, el que casi no se leía. El de la especialidad en Opel.

La mente hace asociaciones, vínculos con el pasado tan lejano que podría remontarse a antes de las glaciaciones, pero lo hace en forma espasmódica, desordenada, con su propia lógica, como si fuera un sueño.

El garaje era de otra época, otrora destinado más que nada a los habitués del hipódromo. ¿Acaso no era allí donde el Tío Morin dejaba el “Cadillac de enterrador”, como le llamaba? ¿Acaso allí no permanecería el chauffeur, en francés Pascal (Pascual), con su gorra, esperándolo, mientras corrían los caballos del Tío Morin, y aquella conquistadora continental que también ganó en el hipódromo de Palermo, en Buenos Aires, la famosa yegua llamada Reina Madre?

El hipódromo original había sido construido en un tiempo sin automóviles, para estacionar carruajes con caballos, y no había un lugar techado acorde, cómodo para dejar el Cadillac de enterrador.

¿Un garaje en esa zona, que antaño fue distinguida y ahora era casi miserable? Un galpón junto al hipódromo de Maroñas, ¿eso acaso no habría sido de interés para el Tío Morin?

Avanzaba despacio, entre los vehículos antiguos, aproximándome al tallercito donde había dos autos de modelos recientes en reparación, con un foso, y a un costado, una pequeña habitación con ventanas de hierro y vidrio orientadas de modo tal de poder controlar el garaje.

Se me confunden los tiempos, y un pasado olvidado pretende abrirse paso como si se produjera una estampida de animales salvajes: ¿acaso yo ya había estado en este lugar…?

Cuando me aproximé, divisé dos personas en el taller: una mujer en la piecita con vidrios, anotando algo en un papel o en un cuaderno, de espaldas, y de abajo del auto con el capó abierto, rodando sobre una tabla con rulemanes, surgió un hombre con overol azul manchado de aceite. Vino a mi encuentro.

–Doctor Pardos –me dijo una voz ahogada, y se excusó de darme la mano porque la tenía cubierta de aceite y grasa–. Muchas gracias por venir, es usted muy amable.

Efectivamente hablaba sin aire, como lo escuché en el teléfono, como si no tuviera pulmones, con un ronquido, un soplo. Tendría unos cincuenta años pero parecía andar por los setenta.

–Muchas gracias por venir –repitió–. Nos conocimos de niños y nunca más nos vimos. Claro que yo lo he visto en fotos o en la televisión: usted es toda una celebridad.

No había ironía en lo que decía, pero me hablaba de igual a igual, como si los dos hubiéramos nacido en el mismo barrio. Las circunstancias tan distintas de la peripecia posterior de cada vida no apagaban el origen común.

Contra la pared del fondo del taller tenía un asiento doble de auto antiguo, de cuero sobado, colocado como si fuera un sofá, sostenido sobre una banqueta de madera.

El mecánico se limpió las manos con un manojo de estopa mojada con nafta y me pidió que me sentara a su lado.

La mujer no salía de adentro de la cabina, pero ahora nos observaba, con gesto circunspecto, como si supiera perfectamente quién era yo y a qué había ido.

–¿En qué puedo servirte? –le pregunté, en el exacto momento en que me distraje con un vehículo que estaba al fondo mismo del galpón, junto a la pared opuesta de donde estábamos, cubierto por una lona que en algún momento fue azul pero ahora era celeste, desteñida, con polvo que parecía milenario. La trompa del auto que se insinuaba bajo la lona me traía reminiscencias.

–¿Recuerda cuando a veces yo iba al bar de mi padre, y nos encontrábamos, en aquellas noches lluviosas de 1969? ¡Qué tiempos!, ¿no? Jugábamos en la pieza de atrás del bar. Papá nos servía café con leche.

Yo asentía, sin decir palabra, preso de un extraño estupor. Claro que me acordaba de que a veces Mariño traía a su hijo, en el tiempo en que yo iba casi todos los días a acompañar a mi padre, época aciaga aquella… Aquel niño de mi edad me caía bien, aunque no se parecía en nada a este ser decrépito que ahora tenía frente a mí, salvo por los ojos muy oscuros, que aún bailaban en las órbitas. Era cierto: Mariño nos traía el café con leche y los bizcochos que habían sobrado del desayuno, a los que calentaba en el horno para que se ablandaran, porque el Mariño Bar funcionaba como café y restorán, desde las siete de la mañana hasta que se fuera el último borracho en la noche.

–¿Tu padre vive? –le pregunté.

–No, murió hace cinco años. Se preguntará qué me pasa con la voz…

Lo miré, sin decir nada.

–Estoy jodido, muy embromado –me dijo–. Mi viejo murió con noventa y cinco, fumando como una chimenea toda la vida, aunque nunca tomó alcohol, solo servía a los otros… –se quedó mirándome, como se mira al hijo de un borracho–. Y míreme a mí, cáncer al pulmón, con cincuenta y dos años; ya me sacaron uno y pronto me sacarán el otro.

Como lo miré con asombro, agregó:

–Me lo sacarán no, se terminará el aire, el poco que tengo, y además trabajo acá, que no es lo mejor. Pero es lo que me tocó.

La misteriosa mujer no se asomaba ni para saludar.

–Mi esposa me ayuda con los números, los repuestos, porque puedo venir muy pocas horas, y ahora ni siquiera manejar para comprar las piezas, y para peor, o mejor, ya ni sé, tengo tres hijos y un nieto.

Yo seguía sin abrir la boca. ¿A dónde iba? ¿Qué tenía que ver yo con todo esto? ¿Qué era ese vehículo como un inmenso sarcófago, protegido por una lona desteñida, que tanto me atraía, y del que se revelaban, debajo, las curvas de adelante, la insignia solemne, la corona con siete diamantes, la V del motor V8, las formas exuberantes del Cadillac modelo 57, con esas especies de turbinas de cromo y antimonio saliendo del motor?

–Se preguntará qué tendrá que ver usted con todo este desastre, mi cáncer, mis hijos, mi nieto, mi esposa, que quedará viuda en poco tiempo.

Me atajé con las manos, como diciendo “ningún problema”, mientras seguía mirando al vehículo cubierto.

–¿Sabía que este local le pertenece?

–¿Me pertenece? –exclamé, sin ocultar mi sorpresa.

–Es una de las propiedades de la sucesión, que usted no vendió. La Corporación, ¿verdad? ¿No le llaman así? ¿Cuántas de las propiedades de Morin ni siquiera visitó? ¡Qué situación curiosa!

Me hablaba del pasado como si él fuera partícipe. Pero lo que decía era cierto: había propiedades de la sucesión, de hacía cuarenta años, que habían pasado a la sociedad anónima que controlaba la herencia dentro de la Corporación Pardos & Morin y sin embargo no eran utilizadas por nosotros, porque en la auditoría periódica que yo ordenaba las consideraban con “valor potencial”, un rubro singular. Veinte, treinta propiedades se mantenían en esas condiciones, habían seguido en el mismo estado desde el tiempo del Tío Morin. No se vendieron, como tantas otras, de los más de quinientos inmuebles urbanos de la sucesión, aparte de los campos, incluyendo un porcentaje de propiedades en Argentina.

Lo que decía Mariño tenía sentido: era un galpón pegado al hipódromo, que pronto reabriría. Tenía potencial como terreno, garaje, galpón o lo que fuera. Vaya uno a saber las razones por las que lo compró el Tío Morin. Por eso los auditores lo habrían calificado de esa manera, y seguiría entre los activos de la Corporación.

–Soy su inquilino, ¿lo sabía?

Meneé la cabeza como negativa.

–Lo que pasa es que está a nombre de mi mujer, Cáceres, no de Mariño. Supongo que por eso jamás le llamó la atención. Y cuando abra el hipódromo, bueno, ya lo tengo claro que me desalojarán, no hay tutía, de patitas a la calle, esto lo derrumbarán. Aunque usted no creo que esté en la minucia de revisar el nombre de sus inquilinos, por favor.

–No manejo esos temas, Mariño, pero vos no tendrás ningún problema –le dije.

–Claro, claro –roncó y tosió contra un pañuelo sucio y arrugado, manchándolo con gotículas de sangre, que disimuló.

En ese momento algo se destapó definitivamente, como si mi memoria, poco a poco, levantara la lona descolorida que cubría el imponente Cadillac de funebrero de Morin. Estaba ensimismado con la parte de adelante que se insinuaba, porque la podía adivinar.

–Es un Cadillac –dije, como para mí mismo–. La proa, con la insignia… –añadí.

Los dos ornamentos cromados sobre el capó, escapándose como un buque rompehielos que huye atropellando al destino. Ornamentos a los que yo acariciaba de niño, acompañando sus formas. ¿O me estaba confundiendo?

–Este auto… ¿es de la sucesión? –pregunté.

–¿Quiere verlo? No son míos, son del depósito. O sea, estos autos están acá desde siempre, supongo que también son suyos. En la pieza hay un armario cerrado con llave donde deben estar los títulos de propiedad; jamás los vi, en verdad. Hay un cartel que dice “Privado”. Vino con el depósito, como las ventanas, las puertas, y esos tres viejos vehículos… Capaz que tienen valor como reliquias, autos clásicos, como les llaman, no lo sé.

–¿Esto estuvo siempre acá? –agregué con asombro.

–Desde que yo vengo, hace veinte años, siempre. Su padre le alquiló este galpón a mi padre con el aval de Jacques Morin, como garaje, cuando todavía funcionaba el hipódromo, pero luego que terminaron las carreras de caballos no había más clientes y yo puse el taller. Pero se ve que su padre se lo alquiló con algunos coches antiguos arrumbados, como este y esos tres. Su padre murió, y bueno, la sucesión, usted, no me expulsó. Imaginé que incluso fue una deferencia por el vínculo de nuestros padres, si se enteraba de que Cáceres, la nueva inquilina, era mi esposa; no sé, no sé bien.

–¿Podemos verlo?

–¡Si es suyo, claro! ¡Faltaba más!

Tomó un sobre grande manila que había colocado sobre el capó del coche que estaba reparando y caminamos hasta el vehículo, próximo a unas ventanas con cuadrados de vidrio en marcos de hormigón. Juntos le quitamos la lona, que estaba atada con cuerdas por debajo de los guardabarros.

El impacto que me produjo fue de electrocución. Estaba cubierto de polvo, pero cuando le pasó una estopa por la puerta, la pintura, el color, estaban intactos: el negro funebrero del Tío Morin, con casi siete metros de largo.

Tenía las llantas completamente desinfladas. Atiné a abrir la manija de la puerta trasera y asomé la cabeza: los asientos de cuero, mi otra vida. Cerré los ojos y aspiré el olor, aprehendí el ambiente: Pascal al volante, con la gorra de chauffeur. Mi asiento, atrás, junto al de Morin. Me senté. Había telarañas en el techo, donde las puertas y ventanas se unían a la carrocería. Volví a entrecerrar los párpados. Veía pasar los árboles por la vereda, y el Cadillac de funebrero, desplazándose lento como un ave carroñera al acecho. Como decía Morin, “una estampa y un andar que asustan a los acreedores y ahuyentan a los pedigüeños”, deteniéndose en alguna vivienda que estén desalojando, y de la que pondrán los muebles en la vereda. “Cerrá las ventanas, que vienen a implorar clemencia”, resuena la voz carrasposa del Tío Morin.

–En verdad es de categoría, y está entero, mire los asientos –mascullaba Mariño, porque parecía que nunca lo hubiera visto.

Se acomodó en el asiento a mi lado, a la derecha, como lo hacía el Tío.

–Pardos… ¿lo puedo llamar Andrés? –roncó Mariño.

Asentí con la cabeza. Cada vez se quedaba con menos aire y parecía que se cansaba sobremanera al hablar.

–Andrés, yo no tengo nada contra usted. En realidad, usted me ha dejado trabajar acá desde hace tanto tiempo… Pero ocurrió esta contingencia, un cáncer que me apareció hace un año, la operación, y ahora hace un mes voy a hacerme la revisión y me entero de la metástasis. “Las tres últimas”, como decía tu padre. ¿Te acordás de eso? ¿Se acuerda de eso? –se corrigió–. ¿Se imagina lo que es mi familia, mi mujer, mis hijos que están mal de dinero? Dos trabajan en la feria, a la otra le va un poco mejor, terminó Secundaria, pero tiene un hijo. Y entonces me vino a la cabeza Andrés Pardos.

“Las tres últimas”. Claro: papá decía “las tres últimas” con la voz de rematador, cuando estaba por ocurrir algo, o muy bueno o espantosamente malo.

–Porque mi padre no me dejó nada, tampoco me dejó deudas. El Mariño Bar era arrendado, vendió la llave hace añares, por los setenta, y ahora es un boliche de moda, y vivió muchos años de este garaje. Me dejó una casita en el Cerro, que es donde vivo, a medias con mi hermana, que me la presta porque a ella le va un poco mejor que a mí. Pero lo otro que me dejó mi padre es algo que me resulta muy curioso, por la forma en que me lo dijo cuando me lo entregó. “Si algún día lo precisás, lo precisás muy urgentemente, te doy esto, que es de Andrés Pardos”.

Y Mariño me entregó el sobre, arrugado pero limpio.

Lo abrí y saqué un plano antiguo doblado en infinitas partes, una cianocopia en papel entelado azul, como eran los planos de comienzos del siglo XX. Lo desplegué. Era el Palacio Morin (un palacete, sin lugar a dudas), con sus dos plantas y la torre.

–Me dio esto, “por si lo precisás, por si todo sale mal”, me repetía, hasta el día antes de su muerte, como si fuera un seguro de vida. Y en efecto todo salió peor, mi enfermedad se está precipitando. Nunca entendí lo que era, hasta que vi en la televisión las imágenes de la demolición del Palacio Morin. ¡Y es este!, ¿verdad? –y me señalaba en el plano con el dedo índice manchado con esa grasa adherida a la piel, la que ya no sale.

Rambla Tomás Berreta 3118, con el año y el nombre del propietario anterior, el que lo mandó construir, un barraquero y estanciero, porque hasta al Palacio el Tío lo compró en un remate judicial, tras la crisis de 1929, a precio de pichincha.

–Lo que le pido, con vergüenza, no es una dádiva; es un préstamo, pagable en cuotas, para este trance.

Mi otro yo, el Andrés Pardos titular de la Corporación, el maniático dueño y creador del Banco de Inversiones Pardos & Morin, con fondos de todo tipo y una parte significativa en inmuebles, ya estaría haciendo cuentas de que la única garantía real, como lo acababa de confesar, la casita del Cerro que heredó, estaría en litigio tras su muerte, con la hermana y los herederos de Pipo Mariño. Pero el yo de ahora, Andy, el niño del año 1963, 64, 65, 66, 67, 68, 69… no hacía cálculos, no especulaba. Estaba desencajado, sufriendo una lenta metamorfosis.

Me focalicé en la guantera del tablero del Cadillac, junto al reloj redondo, detenido desde tiempos inmemoriales. Me extendí sobre los asientos, presioné el botón y se abrió mecánicamente, como si fuera ayer, el cofre donde el Tío Morin guardaba las sorpresas que Pascal me compraba a su pedido, cuando viajábamos en el auto. “Pascal, abrí la guantera a ver si el conejo de la suerte le trajo un regalo a Andy”, y siempre había un pequeño paquete de la Panadería Carrasco, con cuatro muñequitos de chocolate, con los botones de colores rojos de frambuesa, verdes de manzana, dos de chocolate blanco y dos de chocolate negro.

Pero ahora no había muñequitos, nada: solo polvo, tiempo muerto y un llavero. Pipo Mariño se sorprendió y lo tomó.

–Mirá la categoría del llavero, es el original del Cadillac, esmaltado con la insignia –exclamó, regodeándose con la perfección de las formas, deslizándolas entre los dedos.

Me tuteaba cuando éramos niños iguales y me trataba de usted cuando éramos adultos diferentes.

–No sé cómo decirlo, doctor, pero mi padre me dijo que en cierto sentido, usted y yo somos socios. Claro que nunca lo entendí. Pero cuando vi las imágenes de la demolición, vinculé el plano, que lo tenía en una caja con recuerdos de mi padre, y qué curioso, el mismo Palacio que usted tiraba abajo, ¿qué piensa que es? –preguntó Mariño.

–Es el plano de construcción, pero no sé cuál es el vínculo.

Me concentré en el plano de 1920, con todos los detalles para el constructor, con su planta baja, el primer piso y la torre cuadrada con ventanales, a la que el Tío le agregó, después, las rejas. Una obra imponente, de las principales de la época.

Pipo Mariño también miraba el plano, que yo repasaba con la memoria. Recordé al niño de cabellos negros con quien jugaba en la trastienda del Mariño Bar, uno en cada lado de la habitación, donde habíamos corrido los casilleros y las damajuanas, para poder deslizar las bolitas y el bochón.

Como yo no decía una palabra, Mariño continuó.

–¿Por qué me lo dejó papá…? Un año terrible, el del accidente: 1969.

Hizo una pausa para ver si yo decía algo.

–En verdad siento llamarlo para entregarle esto, porque además sé perfectamente que no es suyo, que es de su padre, como me dijo papá: “Esto es del padre de Andrés Pardos, pero al hijo le va a interesar, y si lo precisás, te va a ayudar, yo sé por qué te lo digo, y él también lo entenderá. Aunque no lo creas, tú y él son socios”. Esta frase, Andrés, la sé de memoria, me la repito una y otra vez. Usted no tiene hijos, ¿verdad, doctor?... No sabe el dolor que significa criarlos con tantas necesidades, y dejarlos sin nada. Morirse y que me tengan que pagar el entierro. Y bueno, ahora le cayó esta oveja negra con este planito de morondanga, dirá usted.

Yo seguía concentrado en el plano. ¿Por qué habría dicho que éramos socios…?

–Qué locura: yo, un pobre diablo, ¡socio del hombre más rico del planeta!

Entrecierro los párpados y vuelvo a recordarme en el Cadillac, con el Tío Morin, Pascal entrando al garaje, ese garaje; yo con el largavistas del Tío colgado sobre el pecho, porque me sentía importante, y luego caminando de la mano hasta el palco principal. Yo iba vestido de punta en blanco, porque era el paseo preferido del domingo, el hipódromo, sus caballos, la Reina Madre, las crías, la cruza del mejor padrillo con la yegua con las ancas de medidas perfectas.

Un galpón que podía servir de garaje para que la gente importante dejara el automóvil al cuidado de personal responsable… Por eso lo habría comprado en algún remate judicial, alguna bagatela, como todo, cuando se tiene efectivo ilimitado. Él hacía negocios en una escala que nadie podría, hasta que en un momento prácticamente se quedó sin competidores: si él llegaba al remate, los otros dejaban de pujar y compraba más barato todavía.

Mariño se ahogó en su propia flema y volvió a toser con el pañuelo contra la boca.

–Esta es la llave del baúl, ¿quiere verlo?

Asentí con la cabeza, puse el plano en el sobre y salimos.

Introdujo la llave en la cerradura, la giró y el resorte liberó la tranca, que se abrió con un ruido de metales chirriando.

–Como nuevo –musitó, pasando la estopa sobre las formas alzadas de la cola, de cuando los autos de Estados Unidos querían imitar a los aviones.

El olor era de humedad, de antigüedad, de pasado. En una caja de cartón, que se deshacía cuando la levanté para colocarla sobre el guardabarros, había un montón de diarios viejos, más precisamente, del día del incendio del Palacio Morin y los inmediatamente posteriores. En un pequeño maletín, como el que usaba el Tío para el dinero en efectivo, como los que antes utilizaban los médicos, había un mameluco color azul. Lo recordé en el acto: era el que usaba el chauffeur Pascal cuando lavaba el Cadillac de enterrador, a quien yo miraba desde las ventanas del primer piso, o, en el tiempo más infausto, desde la torre. O el que usaba cuando cambiaba de rol y se convertía en jardinero.

–Nunca se me ocurrió abrirlo, una sola vez le quité la capota para lavarlo, ¿puede creerlo? Me parecía estar violando propiedad privada, como entrar a la casa del vecino sin permiso. Siempre pensé que algún día vendría el propietario a llevarse el vehículo, y bueno, ahora sucedió.

Y volvió al tema del seguro, de la ayuda, para que no me olvidara de lo principal.

–Y pensar que, en cierto modo, empezamos juntos, jugando con soldaditos, tomando la leche. ¿Se acuerda de aquel tiempo en el bar de papá?

»Yo estuve en el velorio de su padre, ¿me recuerda?

Negué con la cabeza.

–Su padre era cariñoso, me revolvía los cabellos. Tulio Pardos, el “rematador”, como le llamaban. Se había metido en un berenjenal… Y después la tragedia. Eso me contaba papá.

Lo miré a los ojos. Sentí algo que casi no sabía lo que era: conmiseración.

–Yo me comunico contigo, Mariño –le dije al fin–. No te preocupes por el dinero. O mejor, arreglo con tu mujer, ¿qué te parece? ¿Cuál es el teléfono?

Ahora sentía una urgencia de irme para mirar los diarios húmedos con sus fechas: del 17 de julio de 1969 hasta mediados de agosto, todos los días. La caja de cartón era el embalaje de las latas de aceite que compraban en el Palacio: Óptimo. La levanté con cuidado, poniendo las dos manos en la base, con el sobre del plano en la parte superior. Pipo se ofreció a ayudarme, pero no: tosía y tosía, desde el fondo del pulmón que le restaba, afectado por la humedad que emanaba del cartón y los diarios, y en cada tos parecía que se le iba un pedazo de vida.

Cuando Paco me vio salir del garaje con la caja, se apresuró a ayudarme.

Pipo Mariño me acompañó a la vereda y le di la mano. Me agradecía, una y otra vez. Parecía que la emoción del dinero que le prometí le hacía toser con más intensidad, la grata noticia lo tornaba ansioso. Había resuelto un pedazo de su vida. O de su muerte.

Paco puso la caja con diarios en el asiento de atrás, contiguo al mío.

La camioneta avanzó y cuando me volví en el asiento, Mariño estaba encorvado, con otro acceso de tos, completamente ahogado, con el hipódromo de fondo.

En el viaje de regreso, ojeé los diarios y pude adivinar la desesperación creciente del chauffeur Pascal, a medida que los había ido leyendo. Porque fue él quien los juntó y los repasaba, día tras día, anonadado. A él también le había cambiado la vida en un santiamén. Volvía a ser Pascual, ¡qué Pascal ni qué ocho cuartos!

Cuando llegué a la Corporación, lo primero que hice fue decirle a Sofía que se pusiera a las órdenes para todo lo que precisara Pipo Mariño a través de su mujer. Me miró sorprendida.

No, ese Andrés Pardos no era de verdad.

–¿Para todo lo que precise? –repitió, para verificarlo.

–Todo.

Luego chequeé las características de esa propiedad con uno de los asesores de la Corporación. Efectivamente, era uno de los tantos inmuebles “hibernando”, con la nota de los auditores. La última referencia tenía tres años, y allí mencionaban que la potencialidad aumentaba por el proyecto de remodelación del hipódromo, licitación que se abriría en pocos meses, en la que la Corporación participó y ganó, con un consorcio, como casi siempre. En una nota anterior se aludía incluso a la presencia de una inquilina, Celia Cáceres, con contrato vencido por una cifra irrisoria, que sin embargo servía para evitar que la ocuparan los intrusos, una de las obsesiones del Tío Morin.

En los antecedentes, digitalizados, estaba la compra por parte de Morin, el alquiler con la firma semianalfabeta de Mariño padre, Manuel Mariño, y luego la de Celia Cáceres.

Algo había pegado un viraje en mi ánimo. El plano del Palacio, el Cadillac de enterrador y los días posteriores: el principio del fin.

Me incorporé, volví a ponerme el sobretodo y bajé. Le pedí a Paco que me llevara a casa, los últimos dos pisos de un edificio que había construido la Corporación frente al faro de Punta Carretas, junto a la estatua de granito de Jacques Morin, sentado, entregándole un libro a un niño, que lo observa admirado. Yo la había mandado esculpir y logré que se emplazara en ese lugar privilegiado, a cambio de jerarquizar el parque próximo.

Paco bajó la caja con los diarios.

Subimos en el ascensor, en silencio, y entramos.

–¿La pongo acá? –preguntó, señalándome una mesita frente al sofá floreado.

Le pedí que con una de las empleadas del apartamento vaciara alguna de las bibliotecas, colocando los libros en otra habitación, y pusieran los diarios uno al lado del otro, correlativos por las fechas, para que se secaran.

Me siento mirando a la rambla, la estatua, el faro, el mar. Los secretos me corroen: vislumbro otra dimensión, un mundo paralelo.

Entrecierro los ojos y vuelvo a experimentar el aroma del Cadillac, con el Tío Morin a mi lado, recorriendo los barrios de Montevideo, lentamente, porque al Tío le gustaba disfrutar de “una ciudad costera que tiene todos los estilos arquitectónicos del mundo”, porque era abierta y cosmopolita, ruta de marinos, colonos e inmigrantes, e ir viendo, aquí y allá, sus propiedades, infinitas, a las que conocía como a la palma de su mano; sabía los nombres de los inquilinos, de los intrusos, de los deudores. Una memoria prodigiosa. “Doblá en la próxima, una cuadra chica hacia avenida Renán, Pascal. Mirá, Andy, acá tenemos –porque en un momento empezó a utilizar ese giro verbal, el plural– toda la cuadra”. Y eran las propiedades más diversas, casas buenas o ruinosas, podía haber un almacén y una panadería, un galpón o una estación de servicio, pero todo le pertenecía. Algunos, los menos, se percataban de que pasaba el Cadillac del “enterrador” y nos miraban con animosidad; pero la mayor parte de los vecinos no tenían ni idea de quiénes éramos, ni qué hacíamos: estábamos recorriendo el imperio.