INTRODUCCIÓN
EL ÚLTIMO VERANO

Estación balnearia de Yaremcha, montes Cárpatos,

Polonia (hoy Ucrania), setiembre de 1938

Cuando estalló la tormenta, los tres amigos estaban en el bosque: Lizzy, su prima Riki y Alex.

No fue una tormenta habitual, de esas de fines del verano. Fue mucho más inquietante, amenazadora. En un instante el cielo se oscureció, y comenzaron a caer las primeras gotas: pesadas, gordas, oscuras.

Los jóvenes corrieron a guarecerse en su lugar preferido: una casita de madera colgada de un árbol, en un bosque de hayas y abetos a orillas del río Prut, que les había construido el abuelo de Alex, al que todos llamaban el Gran Abuelo. No bien entraron, pareció que el cielo se venía abajo. La lluvia era torrencial y el fuerte viento sacudía el precario refugio.

Tuvieron miedo. Pero no solo de la tormenta.

En realidad se sintieron desamparados, asustados, en un mundo en el que estaban ocurriendo extraños sucesos que no entendían. Escuchaban hablar a los adultos; de algún modo ellos mismos intuían lo que se estaba gestando, pero no podían comprenderlo.

Fue entonces que surgió la idea. Fue Riki quien la propuso.

Justamente ella.

***

Se habían encontrado en Yaremcha, en las montañas, como todos los años. Allí iban con sus padres a pasar las vacaciones de verano. A pesar de ser tan jóvenes, tenían bien presente el lugar y esperaban ansiosos ese momento durante todo el año... ¡Y cómo se divertían!

Los tres eran hijos únicos y estaban muy unidos entre sí, casi como si fueran hermanos. Lizzy tenía 7 años, vivía en Hamburgo, Alemania, y su nombre de familia era Wintz. Su prima Riki era más grande, tenía 11 años. De familia italiana, originaria de Florencia —de apellido Finzi—, hacía mucho que vivía en Belgrado, capital del Reino de Yugoslavia, donde había nacido. Alex era un poco menor, tenía 6. Las primas lo consideraban «su príncipe»: rubio, simpático, inteligente, quizá no muy alto, pero a Lizzy le gustaba. Y Riki no le significaba una competencia ya que era demasiado grande.

La familia de Alex era polaca, de la ciudad de Stanislawow. Estaba considerada como gente de buena posición. Su abuelo Saúl, apodado el Gran Abuelo, un hombrón de cerca de dos metros, corpulento y fuerte, era el dueño de una importante curtiembre. A pesar de ser un hombre muy ocupado, se hacía tiempo para los chicos. Y el cochero de su charrette, Maxim, estaba siempre muy pendiente de los niños para cuidar que nada malo les pasara.

A los tres niños les encantaba jugar a las escondidas en el bosque. Muchas veces se sumaban otros amigos, formando una pandilla ruidosa y divertida. La casita del árbol se había constituido en su «escondite secreto» (que todos conocían), y los baños en el río —con sus peligros— eran los momentos más emocionantes de los veraneos.

Pronto hicieron buenas migas con los tradicionales pobladores de los Cárpatos, los hutsules, de ropas coloridas, ojos grises y amor por la música. Les divertía visitar a Volodymyr, un viejito con un gran mostacho y un enorme instrumento musical alargado que llegaba hasta el suelo. A él le gustaba tocar para ellos, aunque a veces se enojaba porque hacían demasiado ruido; entonces se ponía un sombrero negro con unos cuernos y los corría de su cabaña a los gritos…

***

Maxim era un ucraniano cincuentón que admiraba y quería a don Saúl. Y estaba orgulloso de ello:

—Si bien él es polaco y yo ucraniano, no me importa, ¡y eso no es poco decir! —solía ufanarse.

Y tenía razón. No era para nada común en aquellos tiempos de odio y rencor.

Al llegar el verano, don Saúl le encomendaba los jóvenes a Maxim:

—Que no les falte nada. Y vigílalos bien, que no vayan a hacer locuras.

«¡En qué lío me metió otra vez el Gran Abuelo!», pensaba Maxim. Pero no tenía alternativa. Porque don Saúl era don Saúl. Se entiende, ¿no es así?

Así que el pobre se pasaba todo el verano corriendo tras los niños. Al joven Alex ya lo conocía bien, porque muchas veces acompañaba a don Saúl a la fábrica, y sabía comportarse. Pero cuando se juntaba con sus compinches, las primas Riki y Lizzy, se alborotaban los tres. Y cuando se reunía toda la barra de amigotes, no había quien pudiera con ellos.

El joven Alex era de pensar mucho todo. Y tenía cada ocurrencia… Un día venían los tres en la charrette —Maxim conducía, Alex y su abuelo iban sentados atrás—, cuando de repente el niño le dijo a don Saúl:

—Gran Abuelo, cuando sea grande quiero ser fabricante como tú.

El abuelo lo miró con curiosidad. Alex continuó:

—Como tienes dos nietos, y mi prima Gabriela es más pequeña que yo, y además es una niña, pienso que el día que te mueras deberías dejarme la fábrica a mí. A ella le puedes dejar la charrette con el caballo, y con Maxim.

—Bien, me parece justo —le respondió don Saúl sin alterarse—. Pero ya que vas a ser el dueño de la fábrica, tienes que empezar a cuidarla.

Desde ese momento, Alex acompañó a su abuelo en las recorridas por el inmenso predio, hasta conocer todos sus rincones, incluso los más peligrosos. Se llevaron unos cuantos sustos, pero el chico aprendió a cuidarse.

Mas los tiempos fueron cambiando. Los niños continuaron jugando en el bosque y chapoteando en el río, tan inocentes como antes. Pero ahora una oscura sombra se agitaba sobre ellos: el fantasma de la guerra y sus horrores. Porque ellos, aunque de orígenes geográficos diferentes, eran todos judíos.

Un día, Maxim los vio jugando a las escondidas, como tantas veces. Pero esa vez unos hacían de «nazis» y otros de «judíos». Los «nazis» corrían a los «judíos» con unas varas. La idea fue de Lizzy, la alemana. Maxim se puso muy nervioso. Tanto que interrumpió el juego y los regañó:

—Esos son asuntos de grandes, con eso no se juega.

Porque ya se sabía que aquello no era un juego. Muchos acontecimientos nunca antes vistos estaban sucediendo.

***

El 1938 había sido un año terrible.

Los niños siempre deseaban volver a Yaremcha, pero nunca tanto como ese año. Cuando se reencontraron fue una gran alegría para todos.

La mamá de Lizzy había tenido que dejar de ser actriz unos años antes. Se lo prohibieron cuando la niña aún era muy pequeña, hasta el punto que nunca la había visto actuar en un teatro, lo que le daba mucha pena. Pero a veces, de vacaciones en Yaremcha, la mamá se animaba a montar una obra para niños, con algunos amigos. La preferida de Lizzy era La Sirenita. Aunque todo debía ser representado a puertas cerradas, solo para los amigos más cercanos. Porque estaban fuera de Alemania, pero nunca se sabía qué podía pasar.

Su papá era médico de niños. A fines del año anterior le prohibieron trabajar en la Krankenkasse, el programa estatal de seguros médicos. Fue un gran golpe, casi se quedó sin trabajo. Sin embargo, de a poco le surgieron clientes particulares. Otros alemanes judíos y buenos amigos no judíos que querían ayudarlo en las malas.

—Ya ven ustedes —les dijo a Lizzy y su mamá, con su eterno optimismo—, siempre hay gente de buena voluntad.

El mazazo vino después, cuando muy felices preparaban las valijas para irse de vacaciones: algo que llamaron el Cuarto Decreto de la Ley de Ciudadanía del Reich le quitó su licencia para ejercer como médico. El hombre sintió el impacto, pero no se entregó. Esa noche, durante la cena, le habló a su familia:

—Ahora nos vamos de vacaciones. Nadie nos va a robar ni un solo minuto que podamos pasar juntos —dijo, mientras los miraba con infinita ternura—. Al regresar veremos qué camino tomamos.

***

Nadie supo bien cómo sucedió.

Los niños estaban asustados por los truenos y los relámpagos, pero se sentían protegidos en la casita del árbol. Se tomaron de las manos, y a medida que avanzaba el atardecer, comenzaron a hablar. Contaron historias que nunca antes se habían atrevido a relatar. A nadie.

Lizzy les dijo que a sus padres los nazis los echaron del trabajo por ser judíos y que tal vez se tuvieran que ir de su país, Alemania. Eso le daba mucho miedo, no sabía dónde irían a parar. Y Riki les habló de unas milicias que vagaban por las calles de Mostar persiguiendo a niños como ella. En varias ocasiones, había tenido que salir corriendo para poder escapar y se salvó por muy poco. Alex les contó sobre las peleas con otros niños polacos en el parque de su ciudad, Stanislawow, y lo que le gritaban:

—¡Váyanse a Palestina, judíos de mierda!

De repente, se sintieron mejor. Sacar todas aquellas vicisitudes para afuera les hizo bien. Y la tormenta había amainado.

Fue entonces Riki que les propuso:

—Hagamos un pacto de sangre: que cuando todo esto termine, nos volveremos a encontrar. Los tres.

Lizzy y Alex la miraron, sorprendidos.

—¿Y cómo es eso?

—Nos hacemos un pequeño corte en un dedo de una mano y unimos nuestras sangres —les respondió Riki, muy suelta de cuerpo—. Así nunca nadie podrá separarnos.

Quedaron espantados. Pero sabían que en pocos días regresarían cada cual a su país. El horror volvería a sus vidas. Y Yaremcha quedaría lejos, muy pero muy lejos…

Aceptaron. Aunque Alex no pudo evitar pensar qué diría Pepa, su mamá, una profesora de la Universidad, si se enteraba de semejante pacto.

Lizzy, la más valiente, estiró la mano.

—Por nuestra amistad.

Alex no pudo ser menos, a fin de cuentas era el varón del grupo.

—Nadie podrá separarnos.

Los tres estiraron sus brazos y se agarraron bien fuerte de la mano cortada. Riki selló el pacto:

—Amigos para siempre.

PRIMERA PARTE
LIZZY

I
«DETENGAN A LA POLICÍA»

Antiguo Ayuntamiento de Múnich, Alemania,

anochecer del 9 de noviembre de 1938

Alois Brunner, SS-Hauptsturmführer y director de

la Oficina Central para la Emigración Judía en Austria (26 años)*

Fue un día de fiesta: desfiles, pompas, banderas, fasto.

Era nuestro día más sagrado, y no era para menos. Solo quince años antes, en un día como ese, el Putsch de la Cervecería había terminado en un fracaso y el futuro Führer de la Nación Alemana en la cárcel. Desde allí legó para la posteridad su Mein Kampf.

Sin embargo, fuimos capaces de reescribir la Historia. En un puñado de años, el Nacional Socialismo logró todo lo que se propuso: terminar con el vergonzoso Tratado de Versailles, alcanzar la prosperidad económica, aprobar las Leyes de Pureza Racial de Núremberg y anexar Austria. Y ahora, tan solo un mes antes, el Acuerdo de Múnich con el primer ministro británico Chamberlain —un viejito obstinado y manipulador, ¡pero tan inferior a nuestro Führer!—, por el cual Checoslovaquia nos devolvió los Sudetes. ¿Hasta dónde llegaríamos? ¿Por qué no soñar en conquistar el mundo con nuestros ideales?

Había sido un largo día desde que, al amanecer, dejé mi oficina en Viena. Pero me encontraba feliz. Siempre creí en Adolf Hitler. Por eso me afilié al Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes apenas cumplí los dieciocho. Poco después ya era persona de confianza de Adolf Eichmann, nada menos, y ahora llevaba adelante con orgullo las políticas judías en Austria. Para mí fue un gran honor ser invitado a la cena de celebración.

Llegué temprano al Antiguo Ayuntamiento en Marienplatz, bien sabía de la puntualidad del Führer. El histórico edificio medieval, con su magnífica cubierta abovedada de madera, había sido el sitio elegido para una ocasión tan especial.

Banderas rojas con la esvástica nazi presidían las mesas, iluminadas con candelabros de oro. Las velas proyectaban sombras movedizas y misteriosas en las bóvedas del techo, adornadas con estrellas doradas y el escudo de armas de la ciudad.

Todo parecía sugerir que algo importante ocurriría esa misma noche.

Más cerca de la hora fijada, varios peces gordos de nuestro movimiento se hicieron presentes. El primero en llegar —espigado, circunspecto, de aspecto retraído— fue el Reichsleiter y secretario personal del Führer, Rudolf Hess. Minutos después hizo su aparición la menuda figura renqueante del ministro de Ilustración Pública y Propaganda Joseph Goebbels, tan excitado como siempre. Y por supuesto mi jefe, el teniente Adolf Eichmann, que con solo 32 años ya ostentaba un gran prestigio. Sin embargo, noté algunas ausencias: ni más ni menos que el ministro de la Luftwaffe —y as del aire— Hermann Göring, y el poderoso Reichsführer de las SS Heinrich Himmler.

A la hora en punto, presurosos funcionarios revisaron los últimos detalles. El bullicio general cedió lugar a un tenso silencio, solo alterado por murmullos y cuchicheos. Los invitados ocuparon sus lugares.

Todo estaba preparado.

***

—Heil Hitler!

Nuestras gargantas temblaron de emoción, haciendo vibrar las viejas bóvedas de quinientos años, en el preciso instante en que entró él.

Sobrio, de gestos sencillos, con una leve sonrisa contenida, atravesó la sala hasta pararse frente a la cabecera de la mesa principal. Nos miró a todos con lentitud, uno por uno. Recién entonces nos saludó: un breve gesto con su mano derecha levantada y apenas extendida. Pero fue suficiente. Los vítores estallaron desde todos los rincones y la celebración comenzó. Joseph Goebbels, siempre adulón, gritó:

—Sieg!

Y todos respondimos Heil!, a pesar de que ese no era el saludo más apropiado para el sitio ni la ocasión.

Los camareros recorrían con discreción las mesas del salón portando bandejas bien servidas y jarras de cerveza, alegrando un ambiente ya de por sí muy festivo. En pocos minutos, el bullicio se extendió y el júbilo conquistó el Antiguo Ayuntamiento de Múnich.

***

Fue entonces que sucedió. Y yo lo vi todo. Fui testigo de un momento que cambió la historia de Groβdeutschland, la Gran Alemania, y del mundo.

Miraba distraídamente el fondo del salón, poco antes de las nueve, cuando de repente entró Heinz, uno de los asistentes personales del Führer. Su rostro se veía inquieto, preocupado. Avanzó rápido por el hall, ignorando el alboroto que lo rodeaba. Cuando llegó al lado del Führer, solicitó autorización para hablarle. Este accedió con un leve movimiento de cabeza. Heinz se inclinó y le murmuró algo al oído. El semblante del Führer se transformó en un instante. Quedó pálido, demudado.

Durante unos segundos dirigió su vista al frente, ensimismado. Parecía razonar a gran velocidad. Luego su actitud cambió. El usual gesto desafiante y enérgico del Führer de la Nación Alemana reapareció con toda su fuerza.

Convocó a Goebbels y a Hess, y les impartió precisas instrucciones.

Entonces golpeó con fuerza la mesa con su mano derecha y se marchó.

***

Durante unos minutos reinó el desconcierto.

Pero muy pronto el mensaje de Heinz estuvo en boca de todos:

—¡Un judío asesinó al secretario de la Embajada de Alemania en París, Ernst vom Rath!

La furia se extendió por la sala del Ayuntamiento. Si alguna prueba faltaba para demostrar que El Judío era el enemigo visceral del pueblo alemán, ¡aquí la teníamos!

Pero sabíamos que el Führer, a pesar de su cólera, quería que actuáramos con inteligencia. Y Heinrich Himmler, el líder de las SS, nuestro conductor, nos había dicho apenas horas antes que debíamos aterrorizar a los judíos, pero sin ostentar la violencia en forma pública.

Sin embargo, fue Goebbels —¡cuándo no!— el que tomó la palabra.

El asesinato de Vom Rath formaba parte de una conspiración de la Judería Mundial. En eso estábamos todos de acuerdo. Y los judíos de Alemania debían pagar por ello. En eso también coincidíamos. Pero el incendiario discurso del ministro de Ilustración Pública invitando a saquear comercios y quemar sinagogas no era lo que necesitaba el Reich Alemán. Todos estábamos furiosos. Pero muchos dudábamos sobre cuál era la mejor forma de reaccionar ante la barbarie judía.

—El vandalismo es una parte del pasado nazi, que debe quedar en el pasado —nos había dicho Himmler.

Y todos recordamos, cuatro años atrás, la noche de los cuchillos largos. Cuando no hubo más remedio que terminar con el jefe de los «camisas pardas» de las SA Ernst Röhm y sus secuaces, precisamente por su tentación por las actitudes conspirativas y violentas. Tentación que seguro provenía de su irrefrenable homosexualidad, no por casualidad terminó sus días encamado con uno de sus lugartenientes.

Eso había quedado atrás. Pero ahora teníamos que soportar la monserga de un debilucho que apenas unos meses atrás había querido dejar el cargo de ministro del Reich, para fugarse al Japón con su concubina, la actriz checa Lída Baarová. ¡Un escándalo! Tuvo que intervenir el propio Führer y ordenarle la reconciliación con Magda, su legítima esposa. Hasta lo obligó a sacarse fotos junto a ella y sus hijos, para mostrar cómo se comporta un líder ario. Patético.

¡Y ahora ese contrahecho nos decía lo que teníamos que hacer!

Murmurábamos entre nosotros. Algunos querían llamar a Himmler o a su segundo, Reinhard Heydrich, y pedir instrucciones.

Mientras tanto, el cojo ministro finalizó su discurso. Después anotaría en su diario: «Mis palabras despertaron un ruidoso aplauso». En realidad, esto último era lo único que le importaba.

De todos modos, algo teníamos claro los oficiales de las SS: a pesar del caos instalado por Goebbels, cumpliríamos con nuestro deber y con las órdenes impartidas por el Führer antes de abandonar el Ayuntamiento. Así lo dijo, con esa voz que tenía la fuerza y el filo del acero:

—Detengan a la Policía. ¡Los judíos tienen que sentir la ira del pueblo alemán!

Como siempre, la admirable claridad de su pensamiento: lo que realmente importaba era que el pueblo alemán se involucrara en la lucha contra la Judería Mundial.

El permiso para atacar había sido dado.

La noche sería larga.

* En todos los casos, las edades mencionadas corresponden a la época en que ocurrieron los hechos narrados en los testimonios.

II
LA LUNA LLENA ESTABA EN LO ALTO

Hamburgo, Alemania, otoño de 1938

Lizzy (7 años)

¡Qué lejos había quedado el último verano en Yaremcha!

Durante las vacaciones, con mis papás hicimos un esfuerzo por no pensar en el regreso a Hamburgo. Sabíamos lo triste que sería.

Pero nunca imaginamos que lo fuera tanto. Papá —el eterno optimista— ahora no sabía de qué aferrarse. No poder trabajar como médico fue terrible para él. Solo de vez en cuando atendía algún caso, pero a escondidas. Eso le hacía mal. Se ve que le recordaba todo lo perdido. Más que nada, el contacto con los niños. Al principio daba vueltas por la casa como un león enjaulado. Cada vez más deprimido. Después ya no salía de su cuarto. Se pasaba horas de pie frente a la ventana, con la mirada perdida, viendo pasar a la gente. A mí se me partía el corazón al ver cómo se hundía ese hombre bueno, siempre tan activo, tan servicial con el que lo necesitara.

Fue mi Mami la que agarró al toro por los cuernos. Ella perdió su trabajo de actriz y profesora de teatro varios años antes. Ya había «hecho el duelo», como suele decirse. Esa noche cocinó nuestros platos preferidos —papas fritas a la francesa para mí y chucrut para papá— y compró una botella de gaseosa. Yo sabía que era un esfuerzo para ella, porque nuestros ahorros escaseaban.

—Nuestra patria es Alemania. Pero ahora están pasando hechos muy tristes aquí. Así que, por un tiempo, viviremos en otro país. Todavía no sabemos cuál, pero estamos averiguando. Volveremos cuando la situación esté mejor.

Mi papá asintió, sin decir palabra. A mí se me llenaron los ojos de lágrimas. ¿Cómo podría vivir sin mis primos, sin mis amigas, sin mis compañeras del colegio? ¿Dónde, en qué lugar? ¿Y por cuánto tiempo?

Eran preguntas sin respuesta. Y yo lo sabía.

***

Hertha, amiga y compañera de colegio

de Lizzy (7 años)

Lizzy era mi mejor amiga. Como nuestras casas eran vecinas, desde muy pequeñas jugamos juntas. Nunca se me ocurrió pensar que fuéramos distintas.

Sin embargo, un día me dijo que no vendría más al colegio. Le pregunté por qué.

—Las leyes prohíben que estemos juntas.

No le creí. Pero era verdad: «ellos» no podían ir a las mismas escuelas, comer en restaurantes, ir al teatro, sentarse en los bancos de las plazas…

Yo había oído hablar de «preservar la pureza de la sangre alemana», y de que no se podía «profanar la raza». Que existían «arios» y «no arios», y que eran personas muy diferentes. Y que también había otros que se llamaban «mischling», y otros, «geltungsjude». Era un gran entrevero. Yo no entendía nada. Y no me importaba.

—Nosotras vamos a seguir jugando como siempre.

¡Mira si iba a perder a mi amiga por esas estupideces! Mis padres estuvieron de acuerdo. Aunque pronto empezó a ser difícil también para ellos. Mucha gente dejó de saludar a los padres de Lizzy. Algunos seguían siendo amables, pero cuando se ponían el uniforme marrón y la escarapela del partido Nazi, pasaban al lado de ellos como si no existieran. Llegó un momento en que era raro escuchar que alguien —el verdulero, la esposa del panadero, el hijo del zapatero— les dijera «hola». Eso debía dolerle mucho al papá de Lizzy, que tantas veces salió corriendo por las noches para atender a sus familias.

—Hay que tener mucho coraje para pararse a charlar en la calle con un amigo judío… —comentó un día mi padre.

Los verdaderos amigos quedaron reservados a las noches. Y en secreto. Mis padres hicieron lo mismo. Sin embargo, había excepciones.

Un día la mamá de Lizzy cayó enferma. Tenía un fuerte dolor en el vientre. Su esposo no disponía de medicinas ni de instrumentos para examinarla. Fue a ver a sus colegas médicos no judíos, varios de ellos eran sus amigos de muchos años. Uno tras otro se fueron negando a atenderla. Estaba desesperado. Hasta que visitó a un médico joven que no conocía: los recibió muy amable, varias veces, a distintas horas del día. Les dio las medicinas gratis y no quiso cobrar por sus servicios.

—Solo intento aliviar los pecados que otros cometen contra ustedes. Si lo desean, pueden entregar ese dinero a un ciudadano judío que lo necesite.

En la última visita, la esposa del médico le regaló un ramillete de campanillas a la mamá de Lizzy. Cuando nos enteramos, nos pusimos muy contentos.

Pero la mayor parte de las veces no era así, por desgracia. Otro vecino, un señor mayor que tenía unas nietitas que a veces jugaban con nosotras, murió después de una larga enfermedad. Era muy querido en el barrio. Pero muy pocos fueron al entierro: el jefe nazi local hizo correr la voz de que sacaría fotos de los cristianos que asistieran y las publicaría en el diario de ellos, Der Stürmer. Mis padres igual fueron, pero quedaron muy preocupados.

Tenía miedo de perder a mi amiga en cualquier momento.

***

Lizzy

Nunca pensé que un simple «hola» sería tan importante en mi vida.

Muchas tiendas y almacenes del barrio empezaron a exhibir carteles que decían «Alemán» o «Ario». Todos eran conocidos nuestros. Alguna vez los atendió papá o fueron alumnos de mi mamá. Sin embargo, pronto notamos una diferencia. Los que habían colocado el cartel por su propia voluntad no nos atendían. Y si lo hacían, no nos hablaban, y a veces ni nos miraban a la cara. Era horrible. Y eran la mayoría.

Pero había otros que no bien entrábamos nos decían «¡Hola!». Era como decirnos: «Nos obligaron a poner el cartel, no dejen de venir». A veces, hasta nos estrechaban la mano.

Hasta nuestros amigos «arios» más íntimos empezaron a cuidarse. Ya no querían que nos vieran en público con ellos. Nos visitaban por la noche. Y nos sugerían que no los visitáramos en sus casas nunca más. No sabían cómo decirlo, daban muchas vueltas, tenían mucha vergüenza. Pero cuando se iban, lo habíamos entendido todo. Nos sentíamos muy solos.

Una noche, un grupo de antiguos alumnos de teatro de mi mamá se presentó en casa. No sabíamos a qué venían.

—Hay varios más que también están de acuerdo, no somos solo nosotros. Hemos pensado mucho en lo que está pasando en nuestro país. Usted nos enseñó mucho, y no queremos defraudarla —le dijeron—. Si la situación se pone todavía peor, estamos dispuestos a ayudarla en lo que sea. Y si por una de esas circunstancias, Dios no permita, sucede algo desagradable, estamos incluso dispuestos a correr con los gastos de un abogado.

Mi Mami, que era «la fuerte de la casa», se quebró. No pudo aguantar las lágrimas.

Los abrazó a uno por uno. Luego, más repuesta, les dijo:

—¿Saben lo que más duele? La indiferencia de la gente buena. Hoy he aprendido mucho de ustedes. Nunca los olvidaré.

***

Todos querían irse de Hamburgo.

Lizzi Silberberg, la peluquera del barrio, a quien las patotas nazis casi obligaron a cerrar su negocio, estaba haciendo los arreglos para emigrar con su marido, Edwin, y su hijo de 13 años.

—¿En qué país están pensando? —le preguntó mi madre.

—En Cuba. Y si no es posible, en Uruguay.

—¿Cómo? ¿Y dónde queda eso?

Ninguno de nosotros sabía la ubicación de ese país, con un nombre tan extraño, más allá de que era en América del Sur. ¡Mire que ir a dar allá, tan lejos! No podíamos ni imaginarlo.

La mayoría prefería Ámsterdam, Amberes o alguna ciudad de Francia.

Pero si la situación se complicaba, entonces muchos optaban por América del Sur. Como los padres del abogado Leonhard Lazarus. Cuando su hijo comenzó a ser perseguido por sus ideas políticas, no tuvieron más remedio que escapar. Eran personas mayores, dependían mucho de su hijo. Así fue que en octubre se embarcaron, fíjense a dónde: Montevideo, Uruguay. ¡Otra vez ese nombre!

Esa tarde, cuando nos encontramos con Hertha para jugar en la vereda —porque ella fue mi única amiga… diferente, digamos, que no dejó de jugar conmigo—, le conté que mis padres pensaban que era mejor irnos a otro país. Y le nombré algunos.

Se puso muy triste. Pero comprendió.

—Sí, lo entiendo —me dijo, moqueando por las lágrimas que se le escapaban—. Ese último es un país chiquito, que está cerca del Polo Sur. Lo estudiamos en la escuela, ¿no te acuerdas?

Ese día jugamos hasta muy tarde. Como si quisiéramos que nunca terminara. Todas las noches, al acostarme, pensaba, para poderme dormir: «Ya no puede ser peor». Y unos días después algo pasaba, aún más terrible. Esa noche quería juguetear, correr, divertirme con mi amiga. Eso nadie me lo podría quitar. Aunque ya no sabía qué pensar…

Las dos miramos al cielo. El otoño ya estaba muy avanzado. Era una fría noche de noviembre y las nubes se movían con gran velocidad. Pedazos de luna aparecían y desaparecían, era imposible verla completa. En el momento menos pensado, el cielo se despejó. Y en lo alto, una luna llena bien blanca y redonda nos deslumbró.

¡Era hermosa! Pero también, no sé por qué, amenazadora.

Nos quedamos mirándola, boquiabiertas. Y nos tomamos de la mano.

Algo estaba por pasar.

III
LA IRA DE SATANÁS

Hamburgo y Viena, Alemania, medianoche

del 9 de noviembre de 1938

Alois Brunner

A medianoche aterricé en Viena.

Era una hermosa y fría noche de luna llena. Un buen augurio para lo que debíamos hacer. Poco después llegué a mi oficina. Margarethe, mi asistente, siempre eficiente, ya tenía preparado el dossier con las informaciones sobre lo que sucedía.

—Comunícame con Heydrich o con Eichmann.

—Va a ser imposible, mi Hauptsturmführer, los teléfonos están al rojo vivo. ¡Todos están en conferencia!

Enseguida supe, por algunos colegas de mi rango, que Reinhard Heydrich —siguiendo indicaciones de nuestro supremo comandante Himmler— estaba preparando instrucciones sobre cómo proceder. Llegarían en un rato. Mientras tanto, supimos que se habían producido los primeros ataques a comercios y viviendas de judíos en varias ciudades de Alemania, incluida Viena. Distaban mucho de tener la «espontaneidad» que el Führer había exigido. Los matones de las SA, portando antorchas y garrotes, golpeaban a los judíos en plena calle y quemaban sus comercios. ¡Iban de uniforme, hasta con sus camisas pardas, estos bárbaros ignorantes!

Himmler estaba furioso. Se reunió esa misma noche con el Führer en su apartamento de Prinzregentenplatz, en Múnich. Debíamos concentrarnos en detener a judíos adinerados y enviarlos a campos de concentración, sin caer en el vandalismo inútil. Dachau, Buchenwald y Sachsenhausen estaban preparados para recibir a diez mil prisioneros. Solo el cojo ególatra, preocupado por las críticas del Führer ante el fracaso de su propaganda, amenazaba con echarlo todo a perder.

***

Hertha

—Hay ataques a judíos en toda la ciudad —nos dijo, angustiado, mi padre a mamá y a mí, no bien entró a casa.

El corazón me dio un salto. Lo miré a los ojos. No me dijo nada, pero nos entendimos. Corrí a casa de Lizzy por el patio del fondo, para no salir a la calle.

—¡Lizzy! —grité. Mi amiga del alma se asomó; tenía una mirada muy extraña, como perdida—. ¿Sabes lo que está pasando?

Asintió y bajó la mirada. Como si tuviera miedo de que yo también la fuera a decepcionar.

—¿Y qué van a hacer?

—Mi mamá quiere salir a la calle ahora, escapar y escondernos, antes de que se ponga peor.

Me encogí de hombros. No supe bien qué decir.

—Eres mi mejor amiga. Y te quiero mucho.

Una sonrisa se reflejó apenas en sus ojos asustados. Nunca la olvidaré.

—Yo también te quiero.

Y desapareció.

***

Alois Brunner

Margarethe entró a mi despacho blandiendo unos papeles en la mano, muy excitada. Eran la 1:20 de la madrugada del 10 de noviembre.

—Llegó el Telegrama Secreto, mi Hauptsturmführer.

Leí las instrucciones de Máxima Urgencia enviadas desde Múnich por el SS Gruppenführer Reinhard Heydrich. Reflejaban la claridad de pensamiento del Führer y el talento de este brillante oficial.

La Policía no evitará las demostraciones (del pueblo alemán contra los judíos), solo supervisará el cumplimento de estas directivas:

  1. Solo se tolerarán medidas que no pongan en peligro vidas o propiedades alemanas (ejemplo: las sinagogas solo se quemarán en el caso de que no haya peligro de incendiar los edificios vecinos).
  2. Los comercios y apartamentos de propiedad judía podrán ser destruidos pero no saqueados; los saqueadores serán arrestados.
  3. Se tendrá especial cuidado de no dañar los negocios no judíos.
  4. No se molestará a ciudadanos extranjeros, aunque sean judíos.

El último punto de las instrucciones me afectaba directamente, como responsable de los judíos de Viena: «Se procederá al arresto del mayor número posible de judíos (…), especialmente adinerados. Por el momento, solo se detendrá a judíos varones sanos que no sean demasiado mayores. Una vez realizadas las detenciones, se contactará de inmediato a los campos de concentración, para su pronto traslado a los mismos». Con un detalle final que solo pudo provenir de la elegante pluma de Reinhard: «Se cuidará especialmente que los judíos detenidos siguiendo estas instrucciones no sean maltratados»…

Todo había sido dicho: los judíos recibirían el feroz golpe que merecían, por haber provocado la ira del pueblo alemán con un acto abominable. No emplearíamos a la Policía paga con el dinero de los ciudadanos germanos para protegerlos, ¡bueno fuera! Y enviaríamos a los campos a los más adinerados, seguramente financistas parásitos y especuladores. Pero no permitiríamos que la caterva de matones pendencieros de las SA, azuzados por ese liliputiense desgarbado de Goebbels, nos arruinara el momento con saqueos y golpizas.

No era tiempo de palabras, sino de acciones. Una ocasión que el Nacional Socialismo esperó por muchos años. Y una oportunidad que yo estaba aguardando.

Era hora de poner manos a la obra.

***

Lizzy

Mamá, que en los últimos tiempos había tomado las riendas de la casa, abrió la puerta, con mucho cuidado. Miró para todos lados. Cada tanto pasaban grupos de personas entonando cánticos. Esperamos a que no se viera a nadie sospechoso y salimos. El frío y el miedo me sacudieron y me puse a temblar. Pero ya no había marcha atrás.

Mis padres habían quedado de encontrarse con unos amigos que vivían a tres manzanas de casa. Decidieron tomar calles secundarias, paralelas a la avenida Rothenbaumchaussee. Unos minutos después los vimos, con sus tres hijos, parados en una esquina.

—¿Averiguaron adónde ir? —los interrogó mi madre, sin siquiera saludarlos, con una voz angustiada y ronca que no le había escuchado nunca.

—Unos primos me hablaron del Consulado de Brasil, dicen que están recibiendo gente… Y también del de Uruguay. Pero no sé, tengo muchas dudas.

Mi mamá hizo un esfuerzo para concentrarse y pensar, también a ella se la veía muy mal.

—Es muy tarde, cerca de las dos de la madrugada, en el de Brasil tal vez ya haya demasiada gente… —se detuvo, pensativa—. Vayamos al de Uruguay. Además, está más cerca.

¡Ese país nos perseguía! Y nadie sabía ni dónde quedaba. Pero algo había que hacer, y estaban todos muy confundidos. Nadie cuestionó su decisión. Todos seguimos a mamá por las callejas más estrechas y oscuras que pudo encontrar, rumbo al río Alster. Fue recién entonces que vimos las columnas de humo que subían en la noche, iluminadas desde lo alto por la luna llena. Estaban por todos lados.

Hasta que llegó un momento en que no tuvimos más remedio que abandonar las callejuelas mal iluminadas y cruzar Rothenbaumchaussee —cerca de la rotonda de Klosterstern—, para acercarnos a Isestrasse, donde se encontraba el Consulado.

Fue entonces que contemplamos una visión infernal: grupos de nazis uniformados y llevando antorchas desfilaban en la noche, camino de las sinagogas, para incendiarlas. Algunos negocios y viviendas ya ardían. Las vidrieras de los comercios judíos estaban destrozadas, y los cristales y la mercadería de su interior desparramados en la calle.

¡Quedamos aterrorizados, helados de miedo, no nos podíamos ni mover! Pensamos que nos reconocerían, y que ese sería el final.

Pero no. Siguieron de largo. Como si no valiéramos la pena. Gracias a Dios.

***

Michael Bruce1, periodista inglés,

corresponsal del Daily Telegraph (unos 25 años)

Salimos atropelladamente a la calle. Estaba llena de gente corriendo hacia la sinagoga más cercana, gritando y gesticulando con furia. Los seguimos. Cuando llegamos al templo, empezaron a salir llamas de un extremo del edificio: alguien la había incendiado. Esa señal despertó una alegría salvaje. La gente se abalanzó, y con sus manos empezó a arrancar asientos del edificio para alimentar las llamas.

Para entonces la calle era un caos de gente sedienta de sangre, aullando y buscando cuerpos judíos. Vi a Harrison, del The News Chronicle, intentando proteger a una anciana judía de una banda que la había sacado a rastras de su casa. Me abrí paso a empujones para ayudarlo, y entre los dos conseguimos alzarla entre la multitud y llevarla a una calle lateral para ponerla a salvo.

Seguimos a la turba. Y nos encontramos con un espectáculo repugnante. Un grupo de violentos se había ensañado con los niños de un hospital judío, la mayoría de los cuales eran discapacitados y tísicos. En pocos minutos rompieron las ventanas y forzaron las puertas. Cuando llegamos, los canallas estaban sacando a los pequeños, en pijama y descalzos sobre los cristales rotos, mientras que los líderes de la muchedumbre, hombres y mujeres, golpeaban y pateaban a las enfermeras y a los médicos.

***

Alois Brunner

Nos movimos con velocidad y precisión. Debíamos evitar que estos seres inferiores pudieran intuir nuestras acciones. Además, no les dimos tiempo.

Nuestra eficacia dio sus frutos.

Unas horas más tarde, varios miles de «varones judíos adinerados, no demasiado mayores», como consignaba el Telegrama Secreto, habían sido detenidos en las principales ciudades de Alemania, con Berlín, Hamburgo y Viena —esto último puedo decirlo con orgullo— a la cabeza. Pronto marcharían hacia los campos de concentración.

Muchos alemanes se sumaron a las manifestaciones «espontáneas» promovidas por oficiales de las SS vestidos de paisano, que atacaron comercios, apartamentos y sinagogas, sin golpizas innecesarias, y con la menor destrucción de la propiedad que resultó posible.

Pero no todo fueron éxitos. También es cierto que hubo bandas dedicadas al pillaje y al saqueo, que se ensañaron en martirizar a los miserables judíos, como si eso fuera un fin en sí mismo. No necesito decirles por qué figura de menguado criterio y escasa talla fueron instigadas. Era alguien que no comprendía que se trataba de una política de Estado: la impureza de la sangre judía amenazaba la pureza de la raza aria y ponía en riesgo su superioridad. Debíamos liberar a la Gran Alemania de esa raza enferma. De eso se trataba. Todo lo que fuera desatar oscuras pasiones, sin principios ni ética, no tenía lugar en el Reich de los Mil Años.

Tal fue el caos generado que el segundo del Führer, Rudolf Hess, debió emitir una nueva orden —ya avanzada la madrugada— prohibiendo que se incendiaran los negocios y casas de los judíos. Pero a esa altura, en muchos lugares la situación estaba fuera de control. Pandillas de guardias uniformados de las SA deambulaban sin ton ni son y —lo peor de todo— sin ninguna directriz oficial. Heinrich Himmler emitió unas horas más tarde un comunicado. Como siempre, llamó a las cosas por su nombre:

«Lo ocurrido es el resultado del hambre de poder y la estupidez de Goebbels».

***

Lizzy

La muchedumbre con las antorchas siguió de largo.

A lo lejos ya asomaba otra turba, que avanzaba por Rothenbaumchaussee. Si nos apurábamos, lograríamos cruzar sin que nos vieran.

—Despacio, sin correr, no llamen la atención —mi mamá nos dirigía a todos. Y yo, aunque estaba aterrorizada, me sentí orgullosa de ella.

Atravesamos la avenida y la rotonda. Tomamos Oderfelderstrasse.

—Estamos a solo dos manzanas. En la próxima doblamos a la derecha.

El corazón se me salía por la boca. Estábamos a unos pocos metros. ¡Lo íbamos a lograr! Fue entonces que empezamos a escuchar sonidos de voces, algunos gritos aislados en la oscuridad, un ruido sordo de gente que no supimos de dónde venía.

Hasta que doblamos la esquina y tomamos por Isestrasse…

Lo que vimos, ¡mi Dios! El gentío se agolpaba, unos dentro de los jardines rodeados de rejas de un edificio, otros afuera gritando y aullando. Debía ser el Consulado. Pero… aquello resultaba aterrador. Era necesario atravesar la muchedumbre enardecida para poder entrar. Enseguida miré a mi madre. No se había alterado para nada.

—Seguimos adelante, sin titubear, hasta entrar al Consulado. Síganme, ¡y no les vayan a responder a estas bestias!

Confiamos en ella y la seguimos sin dudar. A donde fuera.

Era una calle señorial, con hermosos edificios de cuatro pisos con buhardilla, y viejos árboles que cubrían la calzada. Pero en esa noche terrible, y en la penumbra de la madrugada, la vimos como un milagro, nuestra única salvación.

Nos acercamos a la muchedumbre. Pronto descubrieron que no veníamos a sumarnos, sino que pretendíamos entrar al edificio.

—¡Cerdos judíos!

—¡Váyanse a Palestina!

Al pasar a su lado empujaron a mamá, que iba adelante, y golpearon al vecino, que trataba de protegernos a los niños. El vecino se tambaleó, pero no se cayó, pudo seguir avanzando. Entre la gente vi a un compañero de la escuela, de mi misma edad. Gritaba como un loco, pero cuando me vio se calló. De repente, quedamos frente a la puerta. Una señora nos hizo señas:

—Entren, ¡por allí! La puerta de metal que da al jardín —nos gritó, muy agitada. Después supimos que se llamaba Erika y era secretaria del Consulado.

Alguien abrió la puerta y nos zambullimos desesperados, mientras los empujones y golpetazos eran cada vez mayores. ¡Estábamos salvados!

Al menos por el momento.

***

Erika Hessen-Marchelli, secretaria en el Consulado General de Uruguay en Hamburgo (unos 30 años)

Yo soy alemana. Siempre me he sentido orgullosa de serlo. ¡Pero aquella noche!

Nací en Bad Segeberg, una pequeña ciudad no demasiado lejos de Hamburgo. Cuando tenía 21 años conocí a Cristóbal Marchelli, un uruguayo radicado en Alemania por cuestiones de negocios de cueros. Nos enamoramos, nos casamos, tuvimos tres hijos. Fue él quien me vinculó con el Consulado de Uruguay, un lindo lugar para trabajar. Un país pequeño y tranquilo. Ayudaba al cónsul general con el papeleo y con las visas.

El cónsul se llamaba Florencio Rivas. Había nacido en el interior de Uruguay, en la ciudad de Mercedes. Llegó a Hamburgo enviado por su gobierno, en abril de 1928. Entonces tenía 52 años y era un diplomático prestigioso, con el antecedente de haber sido cónsul general en Brasil. Hamburgo era un destino importante: segunda ciudad de Alemania, segundo puerto de Europa, lugar de entrada y salida de pasajeros y cargas para todo el mundo. Era asimismo un enclave cultural, donde sus habitantes se ufanaban de hablar hochdeutsch. Unos años después, cuando lo conocí y empecé a trabajar con él, ya andaba por los sesenta, cerca del final de su carrera, aunque se lo veía muy bien. Enseguida congeniamos. Era exigente, pero muy amable. Llevaba la diplomacia en la sangre: sus padres habían ejercido en el servicio exterior y su hijo Juan Carlos Rivas Ojeda era canciller del Consulado en Berlín.

Cuando comenzó el ascenso de Adolf Hitler, yo era demasiado pequeña para entender lo que sucedía. Y, además, lo cierto es que la política no me interesaba. Me pareció bien reclamar lo que nos quitaron a los alemanes después de la Gran Guerra. Porque es verdad que abusaron de nosotros. Pero cuando empecé a ver todos esos desfiles militares, todo ese despliegue de armamentos, no me gustó. Peor todavía cuando empezó la violencia en las calles contra los que no estaban de acuerdo con el Führer. Y para colmo, las persecuciones a los judíos, a los que les prohibieron de todo, desde ir a la escuela hasta atenderse en los hospitales, como si fueran animales. Soy cristiana evangélica, y sé que eso no puede estar bien.

De todos modos, los alemanes tratamos de amoldarnos a «los nuevos tiempos». No nos gustaban. Pero pensamos que no iban a durar. Y a veces mirábamos hacia otro lado, para salir del paso y no tener un mal momento. Hasta que llegó aquella noche.

Aquella maldita noche.

***

Al caer la tarde, la ciudad se llenó de rumores: «Algo está por pasar».

Poco después estalló la violencia. Cerca de la medianoche se presentaron los primeros judíos en el Consulado. Florencio Rivas me mandó llamar con urgencia. Los que llegaban hacían relatos terribles.

—Incendiaron mi casa, ¡no tengo dónde ir!

—Se llevaron a uno de mis hijos. Por favor, permítame dejar a los otros dos aquí, mientras regreso a buscarlo, a ver si lo puedo rescatar.

—Mi madre está muy mayor, tiene casi 90, ¡a dónde va a huir!

El cónsul los dejó esperando en la puerta y se retiró a analizar la situación durante unos minutos. Varios de ellos habían estado por el Consulado, tenían la visa en trámite. Otros no. Pero las razones humanitarias para otorgarles protección eran evidentes.

El Consulado ocupaba la planta baja del edificio. El despacho del cónsul daba a la calle y se comunicaba mediante puertas corredizas con una gran sala, donde trabajaban los funcionarios. También teníamos un baño para visitas y una cocina grande, además de las habitaciones donde vivían el cónsul y su familia. Resultaba claro que muy pronto los perseguidos no cabrían todos en la sala grande. Y seguían llegando. Fue entonces, cuando ya comenzábamos a desesperar, que a don Florencio se le ocurrió una gran idea.

—El jardín comunica directo con el Consulado. Y está protegido por rejas de hierro, de casi dos metros de altura. Además, por contrato, es parte del Consulado: así que es territorio uruguayo. Allí estarán protegidos.

Ordenó a Buxtehude, el encargado de mantenimiento del Consulado, que abriera las puertas de los jardines e instalara a los que pedían asilo. Se trataba de dos pequeños jardines que estaban al frente del edificio y daban a la calle, rodeados por una cerca metálica y separados entre sí por el camino de entrada al edificio.

Los acomodamos como pudimos. Les arrimamos unas sillas, pero eran muy pocas, la mayoría de ellos se sentaron en el suelo. También les llevamos agua, lo único que teníamos para ofrecerles. Era una noche fría y muy pocos tenían abrigos. El piso se empezó a humedecer con el rocío y con el pasaje de la gente se puso barroso. Pero nada parecía importar a los refugiados, que cada vez eran más. Estaban tan agradecidos, no paraban de decirlo. ¡No podían creer que alguien les hubiera abierto la puerta, cuando todos los rechazaban!

***

Alois Brunner

Un par de horas antes del alba nos llegaron informes de que varias Embajadas y Consulados extranjeros estaban protegiendo a judíos.

No me sorprendió. Las conexiones internacionales son un fuerte de la Judería Mundial, precisamente por ser apátrida. Requerí instrucciones.

A las 4:58 de la madrugada, Margarethe me comunicó con Eichmann en Múnich.

—No vamos a hacer nada… por esta noche —a través del auricular se escuchó la risita burlona de mi Obersturmführer—. Tienen inmunidad diplomática. Solo registrar nombres y direcciones. Ya verán. ¿Me comprendes, Alois?

—Por supuesto, Adolf —hacía ya un tiempo que me había ganado su confianza, podía llamarlo por su nombre—. Así lo haremos.

Corté y llamé a Margarethe.

—Prepara un listado con los nombres de los funcionarios diplomáticos extranjeros que están escondiendo a judíos. Ellos y sus lacayos, sobre todo los alemanes, que los están ayudando. Todos. Uno por uno, nombre y dirección. En Viena y en las demás ciudades de donde dispongas información. Cuenta con mis mejores hombres.

—Enseguida nos ponemos a trabajar, mi Hauptsturmführer.

Me simpatizaba Margarethe. Tan eficiente, tan rubia, tan aria. Sabía que en pocos días tendría la información que necesitaba.

Ya verían esos gusanos lo que era desafiar al Tercer Reich.

***

Lizzy

Ya no entraba más gente en el jardín. Un señor sacó la cuenta y dijo que éramos unos ciento cincuenta. Los ancianos se sentaron en el suelo, convertido en un barrial. Los demás quedamos parados. Éramos tantos, tan apretados y nerviosos, que me costaba no separarme de mis padres y sus amigos. Nos sentíamos como en una jaula.

En eso, por Isestrasse dobló una columna de nazis con uniformes pardos llevando antorchas. Cuando la muchedumbre que estaba en la calle los vio aparecer, enloqueció. Se envalentonaron para gritarnos todo lo que se pueda imaginar. Nunca vi tanto odio. Me aferré a mi papá, que trató de esconderme detrás de él.

Al llegar frente al Consulado, el jefe de ese grupo —un hombre gordo de bigotitos, no muy alto, de pantalón corto; me parece verlo— les gritó unas órdenes a sus hombres. No escuché lo que dijo, pero sus subalternos se desplegaron rodeando el Consulado. A partir de ese momento, nadie más podría entrar ni salir. Entonces se plantó frente a la entrada y le habló a la muchedumbre.

—Detrás de esas rejas están refugiados judíos prófugos, que estaban conspirando contra la Nación Alemana. Están en nuestra patria, en el Reich. ¿Vamos a dejar que hagan lo que quieran? ¡Que sientan la ira del pueblo alemán!

La turba enardecida se abalanzó sobre las rejas, las sacudió como si las fuera a arrancar, mientras nos gritaba y nos escupía. Quisimos retroceder, pero fue imposible, no había lugar, estaba todo lleno de gente. Quedamos a centímetros unos de otros, solo separados por las rejas. Yo trataba de no mirar, para no ver esos rostros fuera de sí, que olían a sudor y cerveza, y nos decían los insultos más horribles. Y temblaba al pensar que la reja cedería de un momento a otro.

Creí que era el final.

***

Erika Hessen-Marchelli

Cuando don Florencio vio ese espectáculo atroz, palideció. No podía creerlo.

Yo tampoco. Fue la primera vez en mi vida que me sentí avergonzada de ser alemana.

Pero no se rindió. Nos llamó a Buxtehude, a mí y a Gretel —la señora que se ocupaba de la cocina y la limpieza—, que éramos todos sus funcionarios esa noche, manoteó la bandera del Consulado por el mástil y nos ordenó:

—Pónganse detrás de mí. Y síganme.

***

Lizzy

Lo recuerdo como en un sueño.

En un momento, cerré los ojos y me puse a llorar. No soportaba más el griterío, los insultos, las antorchas. No sé cuánto tiempo estuve así, como acurrucada y abrazada a la cintura de mi padre. De repente escuché un «¡Oh!» como de sorpresa, de la gente que me rodeaba. «¡Derribaron la reja, ahora van a entrar!», recuerdo que pensé, y abrí los ojos, desesperada. Pero no.

Un señor vestido de traje y corbata, que parecía muy cansado, abrió la puerta y se plantó a la entrada del Consulado. En las manos traía un mástil con una bandera. A su lado, un paso más atrás, se ubicó la secretaria —la que nos había indicado la entrada—, una mujer bastante joven, rubia, muy bonita. Y luego, uno al lado del otro, un hombre cincuentón en ropas de trabajo y una señora mayor con un tocado en la cabeza, con aspecto de cocinera. Me parecieron muy valientes.

Entonces el señor que estaba al frente, que debía ser el cónsul, se adelantó un paso, desplegó la bandera —que tenía rayas azules y blancas con un sol, debía ser la de su país— y, mirando fijo al jefe de la turba, gritó a la multitud, en perfecto alemán:

—Este es territorio uruguayo. ¡Aquí nadie puede entrar sin mi permiso y el de mi gobierno!

IV
EL DÍA DESPUÉS

Hamburgo, mañana del 10 de noviembre de 1938

Erika Hessen-Marchelli

Después que pasó el huracán, el alboroto se calmó un poco. Todavía quedaban grupos aquí y allá vagando por las calles, pero la horda enardecida que rodeó el Consulado durante la noche se dispersó al llegar el alba. Nosotros estábamos en Isestrasse, una calle muy tranquila, en un barrio retirado de Hamburgo. Y el fondo del edificio daba hacia un canal del río Alster. Así que no teníamos ni idea de lo que sucedía en la ciudad.

Fue por eso que don Florencio decidió salir a ver la realidad con sus propios ojos. A media mañana llegaron los otros dos funcionarios del Consulado: Katzenstein, el chofer del cónsul, y Gertrude, mi compañera, una joven administrativa recién ingresada para ayudar con los pedidos de visas, que eran cada vez más y nos tenían enloquecidas.

—Katzenstein, prepare el coche, con las banderas uruguayas bien visibles en el capó. Vamos al centro.

El chofer obedeció como correspondía; pero la preocupación se le notó en el rostro. No era para menos, Katzenstein era judío.

—Gretel: haga café y algo de comer para esta gente de los jardines. Sé que no tenemos mucho. Haga lo que pueda.

La cocinera alzó los hombros, resignada, y marchó rumbo al fogón, no muy convencida.

—Ven a mi despacho, Erika.

Lo seguí. No bien entramos, se derrumbó en el sillón. Estaba agotado. Pero era demasiado orgulloso para demostrarlo en público. Hizo un esfuerzo por sonreír.

—¿Qué sabes de los otros?

—Muy poco. Suiza está ayudando y Brasil también. De los demás no sé.

Yo sabía por qué me lo preguntaba. Las funcionarias de los Consulados estábamos muy relacionadas entre nosotras. Y más en los últimos tiempos, con todo lo que sucedía. Queríamos ayudar. Hicimos tés para recaudar fondos, juntamos alimentos y ropas usadas. Era muy poco. Pero nos hacía bien hacerlo, y a los que recibían las donaciones también. Las más arriesgadas, como Aracy de Carvalho, del Consulado de Brasil, trataban de conseguir papeles para los que querían escapar, pero eso era peligroso.

—Averiguá todo lo que puedas, mientras yo voy al centro a ver qué está pasando.

Se puso la chaqueta, tomó el sombrero y partió. No sé cómo resistía tanto ese hombre.

***

Lizzy

Estábamos muertos de hambre y de frío. Teníamos los zapatos embarrados y los pies mojados. Al final logramos dormir un par de horas. Pero cuando despertamos, fue peor: ¡nos pusimos a temblar, no podíamos parar!

La actitud de ese señor, el cónsul, y las mujeres que estaban con él, fue emocionante. Nos hizo mucho bien. Pero ahora había amanecido y no sabíamos qué hacer. ¡Estábamos desesperados!

Por fortuna, aparecieron la cocinera y el señor de overol; traían agua, café caliente y unas tortas grandes. No lo podíamos creer. Estuvimos por abalanzarnos sobre la comida, pero al final casi todos nos portamos bastante bien, salvo algunos atolondrados.

Si apenas nos conocían, ¿por qué se preocupaban tanto por nosotros?

En eso vimos salir del edificio, por el lado izquierdo, un coche grande con banderitas. En el asiento de atrás iba el señor cónsul. En nuestro grupo se escucharon murmullos de preocupación. ¿Qué estaría por pasar?

***

Erika Hessen-Marchelli

Aracy de Carvalho fue mi mejor amiga en ese tiempo. En realidad, yo la admiraba.

Era una mujer fuerte y determinada. Eso no era fácil en esa época, no, para nada. Ella amaba mi país, que era el de su mamá, de apellido Moebius. ¡Pero Alemania había cambiado tanto!

Un día me lo confesó. En realidad, yo lo sospechaba. Pero igual, cuando me lo dijo quedé muda:

—Eu estou ajudando Judeus…

Al principio todo iba bien. Con ayuda de Chiquinha, su asistente, los visados salían sin problema. Pero después, a finales del 37, apareció la Circular Secreta del Gobierno, «la 1127»: las visas a personas de «origem semita» fueron prohibidas. Todo se volvió muy complicado. Pero Aracy no se desanimó:

—No te preocupes, Chiquinha, vamos a continuar —le susurró unos días después a su fiel ayudante—. Confía en mí.

Y continuó, ¡como si nada! Colocaba los visados de los judíos entreverados con los demás, sin la letra J (como le habían ordenado)… y el cónsul firmaba. Era un enorme riesgo para ella.

Fue en ese momento difícil que llegó el nuevo cónsul adjunto, João Guimarães Rosa: 30 años, alto, apuesto, siempre vestido muy elegante, recién graduado de Itamaraty: un Príncipe Azul.

Aracy también era muy bonita. Morena de tez clara, pelo corto, mirada profunda y, a la vez, pícara.

Eran de la misma edad, los dos venían de un matrimonio fracasado; ella tenía un hijo y él dos hijas. João había abandonado su profesión de médico («No nací para eso», había dicho) por la diplomacia; ambos buscaban un nuevo comienzo. Al poco tiempo ya eran Ara y Joãozinho. No me sorprendí cuando la relación entre ellos cambió de color, y me puse muy feliz.

—Pasé muy lindo… Siento que él me ama muito, muito.

Poco después, cuando Aracy se tomó unos días de vacaciones, él le escribió: «He soñado despierto todo el día contigo. Reafirmo que te seré absolutamente fiel, no miraré a las alemanitas. Que por cierto, ¡todas se han convertido en sapos!».

Como ya dije, Ara era mi mejor amiga. Así que fui la primera en enterarme de las etapas del romance: la declaración de amor de João, el primer beso. Y también cuando Ara le confesó «lo que hacía». Fue muy valiente, lo amaba y confió en él:

—Joãzinho é um sertanejo, no va a tolerar las injusticias —me dijo una noche en plena calle, ya entrado el invierno, antes de despedirnos y partir hacia nuestras casas.

Y él no la defraudó. Muy pronto se abocaron a hacer «su trabajo» juntos. Mientras también juntos descubrían en lo que se estaba convirtiendo su admirada Alemania:

Hoy paseamos con Ara. En un rincón vimos una playita para niños. Pequeñas olas lamían la playa de juegos. Pero para arruinar toda la mansa poesía del lugar, pusieron en una columna una plaquita amarilla: «Espacio de juegos para niños arios».

También fui la primera en saber que Joãozinho escribía. Ara me contó que ya tenía su primer libro terminado y que pronto se lo daría para leer. Estábamos muy entusiasmadas. Pero esa es otra historia.

***

El cónsul general entró como una tromba.

Estaba pálido, y la tensión de la larga noche en vela añadía a su rostro un aire cadavérico. Sin embargo, había en su mirada una feroz determinación. Enseguida comprendí que la recorrida por Hamburgo lo había impresionado mucho.

Don Florencio se sentó en su escritorio y me llamó.

—No te imaginás lo que es aquello, ¡es terrible, dantesco! Las calles están cubiertas de vidrios de comercios judíos, y sus casas fueron saqueadas. Vi sinagogas en cenizas y otras todavía ardiendo —sacudió su cabeza, angustiado—. ¿Y vos qué averiguaste, Erika?

—Hablé con Aracy, mi amiga del Consulado de Brasil. Lo que me contó es espantoso: me habló de judíos detenidos para ser enviados a los campos, e incluso de muchos asesinados… —se me ahogó la voz; estaba agotada, me emocionaba con facilidad, eso no era habitual en mí—. Pero ella igual va a ayudar. Y Guimarães Rosa, el cónsul adjunto, la respalda.

—Muy bien. Yo también tomé una decisión.

—Algo más, don Florencio. —El cónsul asintió con la cabeza, y me miró, intrigado; enseguida comprendió que eso no era todo—. Todos temen represalias de los nazis. También hacia nosotros.

Eso lo golpeó. Por aquellas horas ya sabíamos que el gobierno alemán estaba dividido por los sucesos de la noche anterior. Algunos, con Goëring a la cabeza, lo consideraban un grave error. Pero Goebbels no daba el brazo a torcer. Y se desconocía cuál era la opinión del Führer. Esto nos daba una oportunidad para actuar. Era como estar un paso adelante. Pero si al final el ministro de Propaganda y sus fanáticos ganaban la partida, también nosotros pagaríamos las consecuencias.

Don Florencio era un hombre fuerte, eso ya lo dije. Pero se sentía muy solo en esa batalla, me lo confesó varias veces. Se paró despacio y me palmeó el hombro, mientras me dirigía una mirada tan cariñosa que me asustó. Como si supiera que algo malo iba a pasar. Y que, sin embargo, su deber era seguir adelante. Cruzó el comedor y salió al jardín.

—Todos los que están aquí, adentro del Consulado General, van a tener sus visas —anunció.

***

Lizzy

Cuando el señor cónsul salió y nos habló, yo estaba lejos, en un costado del jardín. Pero enseguida supe todo. Mis padres me abrazaron, luego a nuestros vecinos, después a los demás. ¡Todos nos abrazábamos unos a otros!

Los empleados del Consulado se pusieron a trabajar en el visado de los pasaportes. Y a los que no tenían su pasaporte con ellos les hacían uno provisorio. Un rato más tarde, la cocinera y el señor de overol aparecieron con más comida. No era mucha, pero nosotros estábamos felices. ¡Y tan agradecidos!

A media tarde, Erika, la rubia bonita, nos reunió y nos habló:

—Ustedes van a poder embarcar en Hamburgo hacia el puerto de Southampton, en Inglaterra. Allí, los que tengan documentos provisorios, van a recibir los definitivos, para poder viajar a Uruguay, o a otros puertos de América.

Al caer la noche, la mayoría de los que ya teníamos documentos decidimos dejar el Consulado. La situación parecía más tranquila, había que aprovechar el momento. Teníamos hambre y un frío atroz. Mis padres querían pasar por casa a recoger algo de ropa y comida. Mientras tanto, decidirían qué hacer.

Cuando abrimos la pequeña puerta de la reja, me sentí muy rara. Tenía muchas ganas de ir a mi casa, jugar con mis muñecas, estar con todas esas cosas que siempre me acompañaban. Pero para ello debía sumergirme en esa oscuridad que me aterraba y recorrer un largo túnel. Yo quería mucho a mi barrio, mis vecinos, mi ciudad; pero ahora solo sentía miedo.

***

Mis padres decidieron que yo partiera de inmediato para Francia. Me recibirían unos tíos que vivían en Caen, en la Normandía. Allí estaría protegida.

Ellos dejaron la casa y se refugiaron con unos amigos que tenían una granja en el medio del campo, lejos de Hamburgo. Además, si las cosas empeoraban, tenían la visa otorgada por el señor cónsul: podrían viajar a Uruguay.

Más tarde supe que todos los refugiados en el Consulado consiguieron su visa, aunque algunos tuvieron que esperar hasta la noche del día siguiente. Otros alemanes de origen judío consiguieron su documentación unos días después. Como Edwin Silberberg, el marido de Lizzi, la peluquera. Lo arrestaron aquella noche terrible. Luego, como ya había perdido todos sus bienes y no tenían nada más para sacarle, lo liberaron. Entonces, con la ayuda de organizaciones sociales judías, logró emigrar a Liverpool y luego a Uruguay. Igual que Heinz Arndt, otro amigo nuestro, un muchacho que trabajaba en la zapatería. Justo un mes después de aquella noche, el 10 de diciembre, siguió el mismo camino.

Luego, todo empeoró.

Para entonces yo ya estaba en Francia. Extrañaba mucho a mis padres. Y a mis «amigos de sangre», Alex y Riki. ¿Qué habría sido de ellos? ¿Cuándo los volvería a ver?

Me sentía muy triste y sola.