1

EL DÍA QUE CUMPLÍ OCHO AÑOS, EL MUNDO SE DETUVO. EL ROSTRO DE MI MADRE SE CONVIRTIÓ en una mueca de dolor. El de mi padre se esfumó para siempre.

Han pasado dos décadas desde entonces; mi madre murió el día que yo cumplí veintiocho años. Ahora no es más que un puñado de cenizas confinado en una urna de cristal y yace en un mausoleo de mármol.

Debo haber olvidado mi bastón blanco en el auto, así que camino apoyada del brazo de Antonia, que ha estado a mi lado desde el día en que nací. A los ojos de los demás, soy una ciega, pero yo puedo percibir más de lo que ellos se imaginan. Dejamos atrás el cementerio, al que no pensaba regresar. Como mi madre me aseguraba a menudo en sus últimos días, no estará sola, sino acompañada de cientos de miles de almas, en una parcela cercana a las avenidas Heather y Fir, escuchando día y noche “Blue in Green”. Ha llegado el momento de valerme por mí misma.

Conozco de memoria las avenidas del cementerio, los números de las parcelas, las hileras de bóvedas y las esculturas de ángeles cabizbajos que parecen bailarinas exhaustas. He visitado el mausoleo de la familia Thomas con mi madre en más de una ocasión. Mi padre descansa allí también. Una década después de su fallecimiento, mamá y yo emprendimos la restauración del panteón, como si intuyera que otra muerte estuviese a punto de ser anunciada. Nunca supe para cuál de las dos estaba preparando el nicho. En aquel entonces, tenía dieciocho años y la esperanza de que mis días de oscuridad llegaran a su fin. Me equivoqué.

Hay un corto trayecto en coche desde Woodlawn, el cementerio amurallado del Bronx, hasta la casa que Antonia comparte con Alejo, su marido.

—Estarás bien, Leah —me tranquiliza Antonia mientras cierra la puerta del coche—. Te veré mañana. Te quiero.

El conductor continúa por la autopista, con el río Hudson a la derecha al entrar en Manhattan. En unos minutos estaré en Morningside Drive, en la entrada de ladrillos del Mont Cenis, el viejo edificio cubierto de hiedra donde vivo. Empiezo a contar las calles, los semáforos, las esquinas que conducen al apartamento que es mi refugio, mi isla dentro de otra isla. Unos minutos antes de llegar, ordeno la cena por teléfono.

Cuando el coche se detiene, le doy las gracias al conductor, saco el bastón de aluminio doblado, lo extiendo, subo los seis escalones de la entrada y me apresuro hacia el ascensor. No quiero cruzarme con ninguno de mis vecinos ni con Connor, el conserje del edificio. Lo último que quiero escuchar son comentarios amables o condolencias. Terminaría amargada.

Al entrar en el apartamento, me siento invadida por una ola de cansancio fría y densa. En el salón principal, abro las enormes puertas francesas que dan al balcón con vistas al parque de Morningside. Me llega el rumor de la tarde aún suspendida, a lo lejos escucho un relámpago. Una brisa me despeina, pero a mis ojos las hojas de los árboles permanecen inmóviles, como si batallaran contra una fuerza superior. En la esquina de la avenida, una anciana con un perro mira al pavimento; un hombre lee en el banco bajo la farola de bronce; el guardia de seguridad de la Universidad de Columbia permanece atento como un soldadito de plomo en su garita. Nada se mueve.

Abrumada por el olor de las primeras gotas de lluvia sobre las hojas secas, cierro las puertas. Al otro lado del cristal, la anciana y el hombre han desaparecido; el guardia sigue allí, incólume. Un taxi amarillo se disuelve en la brevedad de un suspiro. Para la mayoría, esas imágenes se olvidan al instante. Para mí, que soy ciega del movimiento, lo que los médicos llaman akinetopsia, permanecen indelebles en mi mente como viejas fotografías.

Cuando era pequeña, mamá y yo compartíamos un ritual de silencio. Nunca alzábamos la voz. Nos sabíamos de memoria los gestos de la otra y cada una percibía hasta el más mínimo murmullo. Mi madre se acostumbró a hablarme sin moverse, con el cuerpo callado. Los códigos del lenguaje se reducían a verbos conjugados como imperativos: siéntate, camina, acuéstate, levántate. Esas eran las órdenes del día.

Ahora busco los tratados sobre la akinetopsia —una palabra derivada del griego que solía recordarme una frase del anime japonés que leía cuando era niña— y junto a los escáneres cerebrales, los resultados de las resonancias magnéticas y los encefalogramas, los tiro al cesto de reciclaje. A todos los he hecho desaparecer.

De pequeña, imaginaba que el cerebro era un enorme gusano que se expandía para crear los distintos lóbulos. Imaginaba el lóbulo occipital, el centro de procesamiento visual, arrugado como una pasa, acorralado por los lóbulos parietales y frontales. Imaginé cómo mis sentidos del olfato y el oído se imponían a los demás sentidos, que iban perdiendo protagonismo hasta casi desaparecer por completo.

Es el legado de haber pasado dos décadas vigilada por un enorme imán que intentaba leer mi mente y descubrir por qué rechazaba el movimiento. A veces, también fantaseaba con que un caballero de armadura brillante me despertaba con un beso, pero al abrir los ojos, plagados de imágenes estáticas que se cernían sobre mí como un velo, me arrepentía de aquellos sueños que acaban convirtiéndose en pesadillas. Sabía que mi vida no era un cuento de hadas.

Durante meses, los médicos me mantuvieron recluida en un hospital de Boston, donde se dedicaron meticulosamente a investigar la manera en que había decidido, contra mi voluntad, percibir el mundo. Las voces de mi madre y de Antonia se mezclaban con las de los médicos. “Su habla no está afectada. Su sentido del olfato, tampoco. La niña oye muy bien. Perdió la vista”, le dijo Antonia a mamá. “Puede ver un poco”. Lo único que mis ojos no podían entender era el movimiento. A veces pensaba que todos los que me rodeaban habían muerto. Al principio, los dolores de cabeza esporádicos eran como si alguien me taladrara el cráneo, pero luego fueron desapareciendo a medida que me acostumbraba a ellos. El día que acepté la quietud, dejé de sentirlos.

Antonia no dejaba de preguntarse a dónde había ido a parar la chica alegre y vivaracha que yo había sido. En el hospital, ella y mi madre se sentaban cerca de mi cama y conversaban sobre mí como si, además de ciega, también me hubiese quedado sorda. Un día me di cuenta de que susurraban para que yo no pudiera entenderlas. Pero no sabían que, con el tiempo, mis oídos se habían agudizado. Ahora, hasta el más leve suspiro o murmullo llegaba a mí con la nitidez con que los elefantes perciben las frecuencias más bajas. Una vez le oí decir a mi madre que mi mirada se iba apagando poco a poco. Empecé a distanciarme de las figuras en movimiento, de las que tenían vida, hasta que los libros se convirtieron en mis únicos amigos. No necesitaba nada más.

Cuando salí del confinamiento, mi madre dedicó su vida a cuidarme, me llevó a innumerables consultas con expertos, buscando desesperada el acto decisivo que me devolviera de mi sueño. Le explicaron que estaba en una especie de coma visual, pero le dejaron claro que el daño cerebral era reversible. Algún día, quizás en un futuro no muy lejano, podría recuperar las veinticuatro imágenes por segundo que el campo visual necesita para percibir el movimiento. Podría.

Mamá se convirtió en mi maestra y aprendí a sumar, restar, multiplicar y dividir fracciones complejas con rapidez sorprendente. Me animó a apasionarme por los mundos lejanos y la historia que podía encontrar en las páginas de los libros. Con la esperanza de que recuperara la capacidad de ver el movimiento, se negó a que el sistema escolar de la ciudad, o mis médicos, me etiquetaran como discapacitada.

Al estar tan dedicada a mí, y como no conocíamos a nadie más con mi enfermedad, su círculo social se redujo. Era hija única, como yo, de padres mayores. Había perdido a su padre cuando tenía veinte años, y su madre falleció poco tiempo después. “Tienes que tener hijos joven”, me decía siempre. “Si no, los dejarás solos a una edad muy temprana, como hicieron mis padres conmigo”.

Nuestras vecinas, la señora Elman y su compañera, Olivia, se convirtieron en nuestra familia, y Antonia, que me ha cuidado desde niña, bendita sea, se quedó como lastre de mi madre. Aunque discrepaban en muchas cosas, formaban un buen equipo. Antonia colmó el apartamento de estampitas de la mártir cristiana Santa Lucía, a la que, según la leyenda, le habían sacado los ojos. Por las noches, Antonia me contaba historias sobre los sacrificios de la santa y cómo se había convertido en la patrona de los ciegos en una isla italiana muy alejada de Manhattan.

Desde que tengo uso de razón, mi mundo ha girado en torno a mi madre, Antonia, el doctor Allen, la señora Elman y Olivia. Esas son las personas más importantes de mi vida.

Al escuchar el zumbido del intercomunicador, corro a la puerta para saludar al repartidor. No necesito el bastón mientras avanzo por el pasillo con los ojos cerrados. Abro y lo espero envuelta en el olor a sol que siempre le precede. La campanilla del ascensor anuncia su llegada a mi piso y mi corazón empieza a acelerarse. Sonrío, respiro hondo, y cuando vuelvo a exhalar, ahí está con mi cena el chico con el que sueño cada noche y al que espero cada tarde. Es el chico de la sonrisa amable y la sombra de la barba incipiente, las cejas espesas, las pestañas largas, la frente oculta bajo los rizos rebeldes que siempre acicala al salir del elevador.

Con él delante, mantengo los ojos bien abiertos, porque sé que si los cierro, desaparecerá, dejando tras de sí solo el aura de sol y sudor con que lo recibo cada día. Quiero conservar esa imagen solo para mí.

—Señorita Leah, aquí tiene su pedido —me dice.

Aunque no veo el movimiento de sus labios, cada una de sus palabras es como una caricia.

Estiro la mano derecha y él me coloca la bolsa en la muñeca, asegurándose de que no se deslice. Siento sus dedos tibios en mi antebrazo.

No debo cerrar los ojos. Si lo hago, desaparecerá, como siempre, me digo mientras una ráfaga de aire me agrede las pupilas y la necesidad de parpadear me llena los ojos de lágrimas.

—Llame si necesita algo más. Buenas noches —dice el chico de las tardes.

Escucho sus palabras de despedida y oigo su voz alejarse. Las puertas del ascensor se abren, se cierran y comienza a descender; oigo el timbre cuando llega al vestíbulo. Luego oigo cerrarse la puerta automática y las pisadas del chico que se aleja a toda prisa aunque, según mis ojos, sigue frente a mí, en la puerta de mi casa, envolviéndome con su alegría. Hasta que parpadeo y, cuando vuelvo a abrir los ojos, ha desaparecido.

Camino de vuelta a la cocina, dejo la comida en la meseta de piedra blanca y regreso a las puertas de cristal, pero no miro afuera. Pienso en él observándome desde la acera, todavía sonriéndome a mí, ahora una huérfana.

Y entonces me doy cuenta: por primera vez en mi vida estoy sola en este apartamento lleno de recuerdos. Algunos de ellos, estoy segura, será mejor olvidarlos.

¡Mamá! Quiero gritar, pero no puedo. Ya era hora de que descansara. Es lo que he estado repitiéndome desde que abandoné el cementerio.

Me alejo de la ventana, soñando que el chico sigue abajo, esperando por una señal mía para invitarlo a pasar.

Pongo la cena sobre la mesa: sopa de tomate, un panecillo, una pera y una tableta de chocolate negro, la mitad de todo lo cual me llevaré a la cama. Los viernes suelo cenar con la señora Elman y Olivia, las ancianas del quinto piso, que son como abuelas para mí, pero hoy me excusé de antemano, sabiendo que regresaría agotada del cementerio. Mamá había dejado muy claro que solo nos quería a Antonia y a mí en su despedida. Se negaba a tener un velatorio de llantos y oraciones. Y así fue.

La habitación de mi madre es ahora mía. Esta noche pienso dormir allí por primera vez, a pesar de una vaga sensación de aprensión que me tiene desorientada. Me preocupa que las alucinaciones, que empezaron cuando era adolescente, regresen. Para prepararme, he convertido el dormitorio en una fortaleza, con murallas de libros que me aíslan del apartamento colindante o de las voces que se filtran del patio interior del edificio. Durante el día, disfruto la agudeza de mi oído, pero en la noche es una tortura, y con los años la sensibilidad se ha ido acentuando. Por eso, incluso cuando la temperatura está bajo cero, enciendo el aire acondicionado para bloquear cualquier atisbo de sonido exterior.

Al salir el sol, los sonidos se calman. La luz del día amortigua no solo las voces de los vecinos, los llantos de los bebés, los ladridos de los perros y las sirenas de las ambulancias que van y vienen del hospital de la esquina, sino también los sonidos del roce de los cuerpos con los abrigos, los pasos furtivos y la respiración entrecortada del inquilino del primer piso, destinado a morir de un infarto durante sus siestas de mediodía, si es que su apnea puede ser un indicio.

Mi sentido del olfato es otro superpoder, si se le puede llamar así (después de todo, vivo en Nueva York). Cada uno de mis vecinos tiene un olor distinto que soy capaz de detectar en la distancia. Al entrar al ascensor, puedo saber si el señor Hoffman, que huele a naftalina, ha entrado o salido hace unos minutos, o si los niños del quinto piso han vuelto a jugar con los botones. También sé si el shih tzu de la señora Segal se ha limpiado el hocico mojado en la alfombra, o si la hija adolescente de la señora Stein fumó marihuana la noche anterior.

Me acuesto y miro la enorme columna de libros que mamá me ha dejado. Esta noche estoy absorta en El cuento de un hombre ciego, de un autor japonés del que nunca habíamos escuchado. Mamá encargó en un misterioso sitio web una edición en inglés que tardó más de dos meses en llegar. Desde la primera página quedé fascinada con la historia del masajista invidente en el Japón medieval que se convierte en confidente de una joven noble bella y solitaria.

Me concentro en las palabras y cierro los ojos antes de pasar cada página. Cuando vuelvo a abrirlos, la siguiente está lista. Para mí, leer es un proceso de constante parpadeo. Cierro el libro pasada la medianoche, es hora de escuchar música. Tal vez “Blue In Green”, la melodía favorita de mi madre, pero el sueño me vence.

Un olor me despierta de madrugada. Es una sutil fragancia de bergamota, una combinación de cítricos y té negro. En un segundo, el olor masculino me remonta a un pasado que no puedo definir. Un aroma que me transporta a mi infancia y me aterroriza. Me siento observada. Creo sentir la respiración de alguien. ¿Estoy soñando?

Todavía medio dormida, me pongo a pensar y trato de reconstruir un rostro que se me escapa. La esencia me resulta familiar, pero no pertenece a ninguno de mis vecinos. Es un desconocido.

Siento que el hombre se me acerca, el pulso se le acelera, el corazón le galopa con fuerza. ¿Qué debo hacer? ¿Gritar? ¿Encender la luz? Debe ser una pesadilla.

Reconstruyo la rutina que repetí antes de acostarme. No, no dejé abierta la ventana de la escalera de incendios. Estoy segura de que cerré la puerta principal. No hay dinero en efectivo en el apartamento.

Entonces, ¿qué podrían querer? ¿Las joyas de mamá? ¿Quizás la laptop? Que se lleven la laptop. Todas las posibilidades que se me ocurren pasan por mi mente. Alguien podría haberme seguido hasta casa, rastreado mis pasos, pero en ese caso, me habría dado cuenta enseguida. Ese extraño olor que aún no puedo ubicar, una mezcla de bergamota…

Me estremezco. Una corriente de aire frío se cuela bajo las sábanas, recorre mi cuerpo y se posa sobre mis hombros. No puedo dejar de temblar.

Abro los ojos despacio y confirmo que sí, que estoy despierta. Esta presencia —quien sea o lo que sea— no es una pesadilla. Permanezco inmóvil, boca abajo, y me hago la dormida.

Hay un extraño en la habitación.

El silencio en sus ojos

2

ANTONIA ABRE LA PUERTA DE LA ENTRADA CON SIGILO, PARA NO DESPERTARME. Todos los sábados a las ocho de la mañana, invadía el apartamento con su perenne olor a pan recién horneado, como si su vida transcurriera en una cocina. Antonia toca a la puerta de la habitación y entra. Todavía estoy en la cama, temblando, con los ojos enrojecidos.

—¿Otra pesadilla? —pregunta, abriendo las cortinas para dejar entrar la poca luz que llega del patio.

Se sienta a mi lado, me toma las manos heladas e intenta darme un poco de calor.

—¿Qué le ha pasado a mi niña? —pregunta, pero yo permanezco en silencio, con los labios temblorosos.

Entonces, sin pensarlo, me desahogo:

—Anoche entró un hombre a mi cuarto.

—Leah, ¿estás tratando de asustarme con tus pesadillas?

—Antonia, estaba despierta, lo olí.

—¿Quién tiene llave del apartamento? ¿Solo ese inútil del súper y yo? —Furiosa, Antonia se levanta y alza la voz—: Voy a hablar con él ahora mismo.

—No fue Connor.

—¿Cómo puedes estar tan segura?

—El que entró olía a bergamota.

—¿A cítrico? ¿A naranja?

Antonia parece molesta.

—No era colonia; estaba mezclada con un olor que aún no puedo precisar, y en su aliento había rastro de café rancio. Connor siempre tiene aliento etílico, enmascarado con chicle de menta. Y otra cosa: por mucho que se duche, la piel de Connor siempre huele a nicotina.

—Tal vez si cambias las cerraduras se van las pesadillas.

—Antonia, yo me encargo. Antes de ir a Book Culture hablaré con Connor. La cerradura de la ventana de la escalera de incendios no funciona bien, pero no creo que alguien haya intentado entrar por la parte delantera del edificio. El guardia de seguridad de Columbia siempre está ahí fuera.

—¿Qué quieres decir? ¡Cualquiera podría entrar por la escalera de incendios! Ese guardia siempre está medio dormido. ¿Seguro que no estabas soñando?

Antonia hace una pausa, preocupada.

—Si estás segura, deberíamos denunciarlo a la policía.

—¿Por qué? ¿Para que los asistentes sociales digan que no soy capaz de valerme por mí misma? Sabes que vienen a verme dos veces al mes. Si se enteran de que he puesto una denuncia no me dejarán quedarme aquí sola y acabarán mandándome a una residencia. ¿Es eso lo que quieres para mí?

—Leah, no tienen poder para hacer algo así. Solo vienen dos veces al mes para ayudarte por tus limitaciones. Fue algo que tu madre coordinó.

Salgo de la cama y me detengo en el pasillo antes de encerrarme en el baño; el eco de la bergamota resuena en mi mente. Antonia permanece sentada en mi cama. La conozco demasiado bien. Está barajando todas las posibilidades: el repartidor de comida, que parece inocente a primera vista, pero podría estar ocultando algo; el contador que supervisa mi fondo fiduciario, en quien nunca ha confiado; Connor, un hombre soltero, que todo el mundo sabe que está saliendo con una mujer casada del Upper East Side; el exterminador, que de alguna manera sedujo a la au pair danesa del segundo piso.

—No puedes seguir llenando el dormitorio de libros, Leah. Atraen el polvo y eso te hace daño. Por mucho que limpie, no puedo hacer milagros.

La escucho hojear los libros que están abiertos en la mesita de noche.

¿El cuento de un hombre ciego? ¿Por qué te regalan esto? —sisea entre dientes—. ¿En qué estaba pensando Emily al regalarte todos estos libros?

—Ya sabes cómo era mamá —alzo la voz desde el baño.

Si algo heredé de mi madre fue su pasión por los libros. Juntas, devorábamos todo lo que caía en nuestras manos. Ahora que ya no está, los que me ha dejado son mis guías de supervivencia. A veces pienso que era ella la que no percibía el movimiento. Sus ojos eran los míos, y el tiempo, que para ella se detuvo el día que me golpeé la cabeza, para mí era un torbellino. Siempre quise ser como ella, vivir como ella, enamorarme de un actor como ella y viajar como ella soñaba, aunque nunca pudo hacerlo, por mi culpa.

La luz que no puedes ver, Blindness, The Country of the Blind, In Praise of Shadows… Estoy segura de que Emily nunca leyó ninguno de estos. Van a volver loca a Leah. Ay, Olokun, deja a mi niña en paz… —murmura Antonia.

Levanta las manos por encima de la cabeza, agitándolas con bravura, como si quisiera ahuyentar a los espíritus malignos que siempre ha temido. Cuando mueve las manos, está convencida de que desaparecen también para mí.

Desde que murió mamá, Antonia ha traído a todos sus santos con los que dice haber salido de Cuba en un bote cargado de almas en pena que pesaban más que la misma embarcación. De niña me contaba que, de no haber sido por Elegguá, la Virgen de la Caridad del Cobre y San Lázaro, los tiburones la habrían devorado en medio del golfo cuando se hundió el barco. “Cerré los ojos y dejé que las olas me llevaran, que el mar me tragara. Al fin y al cabo, soy hija de Yemayá, la diosa del mar”, solía decir. “Cuando desperté, vi a un hombre con los ojos más hermosos que una podría soñar. Ese hombre, muerto de sed, me sostenía; flotábamos juntos. Los guardacostas americanos ya estaban a nuestro alcance. ¿Cómo podía entonces no casarme con él? Además, a mis treinta y cinco años y sin familia en este país, no creo que tuviera muchas opciones”. Como ambos eran negros, explicaba, en vez de irse a Miami se vinieron a Nueva York, ya que por lo menos aquí estaban más acostumbrados a ver gente de todos los colores y de todas partes del mundo. “Con mis santos vine de mi isla y con mis santos me iré cuando me toque pasar a un mundo mejor”, le gusta repetir.

Junto con los santos y las vírgenes, Antonia trajo también sus esencias y hierbas sagradas: “Tu papá siempre me hacía caso. Íbamos juntos al herbolario y yo le preparaba mis ‘mejunjes’ para sacarlo de sus depresiones”.

Mi baño está bien surtido de frascos ámbares llenos de aguas celestiales de una pequeña tienda en Brooklyn. Obatalá Rain Water, para llenarme de paz, claridad y visión; Oggún Fire Water, para el coraje, la protección y la fuerza, y su favorita, Oshún Yemayá Ocean River Water, para el amor, la abundancia y la fertilidad.

De niña, recuerdo a Antonia en la cocina junto a una pequeña olla de hierro con agua hirviendo, mezclando piedras de cristal de colores, hierbas y ramitas secas. Imaginaba a Antonia como una especie de alquimista capaz de transformar cualquier metal en oro. Cuando el agua estaba a punto de evaporarse, apagaba el fuego, cubría aquella poción con una gasa blanca y la dejaba reposar durante horas.

Si papá se retorcía de dolor de cabeza, Antonia le colocaba en la frente aquel paño blanco, húmedo y caliente. La casa se inundaba del olor penetrante de un bosque en llamas, y el líquido ámbar se guardaba en un frasco de cristal etiquetado con un letrero escrito a mano: NO TOCAR. Una vez, vi a Antonia dejar caer unas gotas de aquel brebaje en el té que le hacía beber a papá.

Al principio, mi madre contrató a Antonia porque hablaba español y quería que yo aprendiera la lengua de Cervantes. Mantuvo a Antonia porque aportaba amor y orden a una casa que no siempre era estable. Mamá había estudiado literatura hispanoamericana en la Universidad de Columbia, e incluso eligió mi nombre por su amor al tema. Ella y mi padre se decidieron por Leah, en honor a una tía lejana de papá. Para mi madre, el nombre tenía la ventaja añadida de sonar muy parecido al verbo leer en español. A mí me habría gustado llamarme Emily, como mi madre, y como su madre antes que ella.

Por fin escucho a Antonia dirigirse a la cocina para preparar el desayuno. Luego la siento moviendo los muebles del salón y levantando la pesada alfombra con su base insonorizada. Según ella, debajo se esconden espíritus malignos.

—Todo esto lo que hace es esconder el polvo… —la oigo murmurar—. De todas formas, mi niña apenas se mueve… Si sus pasos molestan a la mujer de abajo, que se aguante. Este no es lugar para que Leah viva. De esta casa hay que irse.

Para Antonia, mamá hizo mal en sobreprotegerme después del accidente.

—Déjala vivir, déjala que sea independiente —le repetía—. La tienes cautiva desde que se golpeó la cabeza. Eres tú quien la ha dejado ciega, cuando sabes que nuestra niña puede vernos muy bien.

Antonia nunca ha sido capaz de pronunciar el nombre de mi enfermedad. A veces intenta deletrearlo, dividiéndolo en sílabas: a-ki-ne-top-sia. ¿No podían haber inventado uno más simple, para que los humanos pudiéramos pronunciarlo como Dios manda? Incluso llegó a pensar que mamá se lo había inventado todo. Ahora entiende lo que es —un trastorno neurológico que afecta la percepción—, y se preocupa menos porque considera que, al final, todo cuanto nos rodea no es más que una ilusión. Cada uno se inventa su historia y, con ella, su destino.

Entro al salón con el pelo aún húmedo, respiro profundo y siento que llevo conmigo una ligera fragancia a algodón y agua limpia. Si Antonia se sorprende al ver lo que traigo puesto, no dice nada. Sonríe. Es que a veces me gusta ponerme las chaquetas de papá, sus camisas blancas y holgadas, así siento que aún me acompaña.

—El agua caliente te ha sentado bien —me dice mi querida Antonia—. Te ha devuelto los colores. Mira esos cachetes y esos labios que rojos están —y me acaricia la barbilla con su mano áspera.

Desayuno de pie en la meseta de la cocina.

—Lo primero que vas a hacer es hablar con Connor.

La abrazo, le doy un beso y salgo a buscar mi bastón.

—No olvides ponerte la chaqueta. Nunca te puedes fiar de la primavera.

Le guiño un ojo. Ella sabe muy bien que rara vez salgo de casa sin la chaqueta de lana marrón de papá.

—Puedo quedarme a dormir contigo. Alejo trabaja en el turno de noche —dice en voz alta, para que pueda escucharla al final del pasillo.

No se acostumbra a la idea de que puedo escuchar hasta el más mínimo susurro.

—No te preocupes —le grito—. Me aseguraré de que Connor cambie las cerraduras hoy mismo.

El silencio en sus ojos

3

DESDE EL VESTÍBULO, PUEDO SENTIR LA PRESENCIA DE CONNOR FUERA, EN LA ACERA. En la primera imagen, está de espaldas a mí con una escoba; en la segunda, está apagando un cigarrillo en el suelo; en la tercera, sonríe, con los ojos vueltos hacia mí, con vestigios de humo aun flotando a su alrededor.

Escucho un “buenos días” y despliego mi bastón antes de dirigirme hacia la escalera de entrada.

—Hola, Connor. ¿Crees que podrías llamar al cerrajero? —pregunto sin mirarle, por miedo a que su imagen se disuelva—. Quiero cambiar la cerradura lo antes posible. Solo necesito tres llaves: una para Antonia, la de repuesto para el edificio y una para mí.

—Esta tarde tendrás la cerradura cambiada —me responde con su acento irlandés.

Hubo un silencio incómodo.

—Sabes que siempre puedes contar conmigo para lo que necesites. Especialmente ahora que tu madre no está más.

Me es difícil tomarme en serio cualquier cosa que Connor diga o haga. Tiene más o menos mi edad, es unos centímetros más alto que yo y lleva pantalones cortos que le llegan a las rodillas. Vive solo en el sótano.

Una vez me dijo que a él también le gustaba leer, pero que nunca se había gastado un dólar en un libro. “¿Para qué?”, me decía, “si los vecinos dejan los suyos, que ya no quieren, en una estantería cerca de las lavadoras. A veces son novelas policíacas; otras, biografías de famosos. Lo único que no leo son libros de autoayuda”, aclaraba, “porque me aburren”.

Aunque sus botas están grasientas y sus pantalones cortos manchados y arrugados, sus camisas siempre están planchadas, limpias y abotonadas hasta el cuello. Se corta el pelo al rape, no porque se esté quedando calvo, me dijo una vez, sino porque tiene unos rizos rebeldes que le dan demasiado trabajo.

No estoy segura de cómo pudo atraer a una mujer casada del Upper East Side para tener una aventura, pero si los rumores son ciertos, me alegra que al fin tenga a alguien en su vida.

—Gracias, Connor. Antonia está arriba. Se quedará a esperar al cerrajero.

Continúo por Morningside Drive hasta la calle 115. En la esquina, golpeo la punta de mi bastón contra la acera antes de cruzar. Calculo que el coche más cercano está a más de sesenta pies. Sigo adelante, y cuando llego a la calle 113, bajo los andamios del hospital que están convirtiendo en un edificio residencial, distingo un olor a alcohol, sudor rancio y orina.

—Ahí viene la cieguita —le escucho decir a uno.

Tres indigentes acampan regularmente en esta cuadra.

—Por lo visto, necesita un buen plato de comida. Si sigue así se la llevará el viento.

Sonrío y les doy los buenos días, como siempre.

A la entrada de Book Culture, en la calle 112, me detengo con la cara vuelta hacia la catedral de Saint John the Divine y dejo pasar unos segundos antes de abrir la puerta de la librería. He llegado a mi santuario y la conmoción de anoche comienza a desvanecerse. Lo primero que intento es bloquear mis sentidos. El asalto de conversaciones susurradas y la mezcla de olores me desorientan al principio, pero van disminuyendo una vez que subo las escaleras hasta mi rincón favorito. Me espera un sillón de cuero marrón desgastado, junto a la ventana que da a la trastienda. Mark me lo reserva todas las mañanas, aunque me gusta menos ahora, que han instalado allí la nueva sección infantil de la librería.

Lo saludo sin mirar su largo cuello, su barba negra, sus gafas oscuras de acetato y su sombrero de caza irlandés. Sea cual sea la estación, siempre va vestido con una camiseta negra de mangas largas y lleva la cabeza cubierta, como si quisiera esconderse. En la primera imagen, Mark me mira, sorprendido, con la boca entreabierta, como si no esperara verme. Su corazón se acelera porque quiere besarme —o eso es lo que me gusta decirme a mí misma— y empieza a correrle el sudor por la frente. En la segunda imagen, Mark está avergonzado, con los ojos bajos. En la tercera, Mark le sonríe a la estudiante rubia que lo ayuda los sábados.

—Te he dejado un libro en la silla —le oigo decir en la primera imagen, mientras golpeo los escalones del segundo piso con mi bastón, y mis Keds dejan un ruido sordo al golpear el suelo.

Mark estudia escritura creativa en Columbia. Se dedica a muchas cosas: actuación, fotografía, arte y diseño de sitios web. Antes de entrar a la universidad, formaba parte de un grupo de teatro experimental. Ahora solo habla de libros que desafían estructuras y moldes, como The Raw Shark Texts e Invisible Monsters. También le fascinan los libros sobre la muerte, y últimamente está obsesionado con The Undertaking y Stiff. Le entusiasman los juegos de palabras ingeniosos, y una vez me dijo que para él una idea no es más que el resultado de un trastorno semántico. Cuando me dispongo a marcharme, lo que suele ocurrir en algún momento después del mediodía, siempre sale con alguna cita al azar (“¡Destruye las imágenes de control! ¡Destruye las máquinas de control!”), sin atreverse nunca a decir lo que espero: ¿Te acompaño a casa? ¿Salimos?

Mark es mi amigo o, al menos, me lo imagino. Mejor dicho, es mi único amigo. Quizás algún día me invite a salir, a tomar un café; pero no se atreve, y yo tampoco. Solía sentarse conmigo cuando terminaba su turno, en silencio, distante, y pasábamos horas así. Se levantaba de vez en cuando y recogía los libros que los clientes dejaban fuera de lugar. Al principio, sentía que me vigilaba, y lo poco que hablaba conmigo parecía un interrogatorio. Entonces, cuando le contaba sobre mi trastorno neurológico, me miraba a los ojos, como si intentara penetrar en mi cerebro, comprender mi enfermedad, ayudarme. Con el tiempo, se convirtió en un experto en akinetopsia; me hablaba en términos científicos e incluso me dijo que en algún lugar del universo debía existir una especie con el poder de no ver el movimiento. Siempre está inquieto: no puede dejar de moverse, aunque sabe que, cuando se mueve, su cara se me disuelve. Mark no quiere que yo defina su rostro.

Una vez me atreví a hablarle de mi padre. “Un actor, como tú”, creo que le dije. En ese momento, no le aclaré que había muerto ni le expliqué cómo había sucedido.

Desde hace unos meses, Mark dejó de pasar tiempo conmigo. Vive refugiado tras su escritorio. Al terminar su turno se va sin despedirse. “Tengo exámenes finales”, susurra. Parece tener un examen cada día. Mark huele levemente a culpabilidad.

Desde el día que mamá ingresó al hospicio, empecé a refugiarme en un rincón de la librería después de cada visita. Mark me dejaba sola. Él sabía que yo sufría viendo a mi madre perdida en otra dimensión, sin siquiera reconocerme, solo reaccionando al dolor.

Hay noches en las que lo he visto merodeando fuera de mi edificio. De pie en una esquina, luego sentado en un banco, bajo los robles, como un centinela. Nunca me ha rozado, ni siquiera me ha dado la mano. Cuando quiere darme un libro, lo deja a un lado, como si temiera invadir mi espacio, o como si mi enfermedad fuese contagiosa.

—Así que esa es tu cieguita que lee —le oigo decir a su compañera de trabajo.

No importa que yo tenga al menos seis años más que ella. Estoy en el sillón, pero los escucho desde arriba.

—No te burles —le responde Mark—. Es una chica perfectamente normal.

Abro los ojos. Las tres imágenes han desaparecido. Se me ocurre que “la cieguita que lee” es el nombre perfecto para mi perfil de Instagram. Incluso podría funcionar para las historias que quiero empezar a publicar. Aunque @anormalgirl podría ser mejor. Es lo que soy a ojos de Mark.

No. Seré @BlindGirlWhoReads.

Ahora estoy rodeada de niños que flotan. Madres apoyadas en las estanterías, algunas hipnotizadas por sus teléfonos, otras sosteniendo bebidas calientes de Starbucks. Alguien está amamantando, pero la imagen se disuelve en un halo de luz y el llanto de un niño.

Tomo el libro que Mark me reservó, House of Leaves, y lo coloco a un lado, sobre una torre de libros por leer —mi tsundoku, como la llaman los japoneses—, la mayoría recomendados por él, y que nadie toca, ni siquiera después que cierra la librería. Empiezo a leer El cuento del hombre ciego, retomando la lectura donde la dejé anoche, cuando la mano de un niño le hace sombra a la página. Levanto los ojos, pero la mano ya no está allí.

La voz brota de la nada.

—¿Cómo puedes leer? Creía que las letras tenían formas o puntos, como las que leen los ciegos tocando líneas en las páginas.

—¡Joe! ¡Deja a la señorita en paz! Lo siento —exclama una voz, supongo que de la madre de Joe.

Cierro los ojos y, cuando vuelvo a abrirlos, la mujer está de pie frente a mí con una sonrisa apenada y el niño de la mano.

—No se preocupe, no pasa nada. A ver Joe… ¿Puedes leer este párrafo?

—Claro que puedo. Sé leer.

El olor a cereales y miel se mezclaban en el aliento del pequeño.

—Todavía no sabe leer; solo está aprendiendo algunas frases —explica la madre.

Es invisible para mí, pero su voz está impregnada de cafeína, cacao en polvo y desodorante de talco. Hace gestos que no logro distinguir.

Joe continúa:

—Una vez vimos a una chica ciega leyendo un libro en blanco que tenía puntitos. El tuyo no tiene puntitos. Tu libro tiene letras de verdad.

—Joe, te dije que dejaras a la muchacha en paz.

—Pero ¿cómo va a leer, si es ciega? —insiste el niño con voz apagada.

Su imagen permanece en mi retina.