Prefacio:
Autobiografía de una epidemia

Es domingo por la noche. Son las 10 p. m. Apoyo mi cabeza contra el vidrio de un Uber, demasiado cansado como para siquiera sentarme erguido. He predicado seis veces hoy. Sí, seis. La iglesia que pastoreo acaba de agregar otra reunión. Eso es lo que haces, ¿no? ¿Hacer lugar para la gente? Lo hice bien hasta la cuarta charla, no recuerdo nada después de eso. Estoy más que cansado, emocional, mental y hasta espiritualmente.

La primera vez que hicimos seis encuentros, llamé al pastor de una mega iglesia en California que venían realizando seis servicios desde hacía un tiempo.

—¿Cómo lo haces? —le pregunté.

—Fácil —me dijo—. Es como correr una maratón una vez a la semana.

—De acuerdo, gracias.

Clic.

Espera… ¿Una maratón no es muy difícil?

Yo corro carreras de larga distancia.

Este pastor con el que hablé tiene un amorío y abandona la iglesia.

Eso no es muy prometedor para mi futuro.

Ya estoy en casa, cenando tarde. No puedo dormir, tengo ese sentimiento de estar agotado pero acelerado. Destapo una cerveza. Me tiro en el sofá a ver una película de kung-fu que nadie conoce. En chino, con subtítulos. Keanu Reeves es el malo. Me encanta Keanu.1 Suspiro. Últimamente, la mayoría de mis noches terminan así, en el sofá, mucho después de que la familia se vaya a dormir. Nunca antes me interesó el kung-fu. Me pone nervioso. ¿Acaso este es el anuncio de que una enfermedad mental se asoma por el horizonte?

“Todo comenzó cuando se obsesionó con películas de artes marciales…”

Pero la cuestión es que me siento un fantasma. Mitad vivo, mitad muerto. Más adormecido que otra cosa, chato, unidimensional. Vivo con una corriente constante de ansiedad que casi nunca desaparece y un tinte de tristeza, pero, sobre todo, me siento espiritualmente vacío. Es como si mi alma estuviese hueca.

Mi vida es muy rápida. Me gusta que sea rápida. Tengo una personalidad de tipo A. Soy alguien motivado. Un tipo al que le gusta hacer las cosas y sacárselas de encima. Pero ahora ya me supera. Trabajo seis días a la semana, desde temprano hasta tarde y, aun así, no hay tiempo suficiente para poder hacer todo. Peor aún, siento como si viviera apurado. Como si estuviese atravesando cada día, tan ocupado con la vida, que me pierdo los momentos. Y, ¿qué es la vida sino una serie de momentos?

¿A alguien más le pasa? No puedo ser el único…

Lunes por la mañana. Me levanto temprano. Me apresuro para llegar a la oficina. Siempre con prisa. Otro día de reuniones. Odio las reuniones. Soy introvertido y creativo y, como la mayoría de los millennials, me aburro muy fácilmente. Que yo participe de muchas reuniones es una idea terrible para los involucrados. Pero nuestra iglesia creció muy rápido y eso es parte del problema. Dudo en decir esto porque, créeme, es hasta incómodo: sumamos más de mil personas al año durante siete años seguidos. Creí que esto era lo que yo quería. Una iglesia de rápido crecimiento es el sueño de todo pastor. Pero algunas lecciones se aprenden mejor de la forma difícil. Resulta que, en realidad, no quiero ser el director ejecutivo de una ONG, el experto en recursos humanos, el gurú de la estrategia, el líder de líderes de líderes, etc.

Me metí en esto para enseñar el camino de Jesús.

¿Es este el camino de Jesús?

Hablando de Jesús, tengo este pensamiento aterrador acechando en el fondo de mi mente. Es una pregunta constante en mi conciencia que no desaparece.

¿En quién me estoy convirtiendo?

Acabo de cumplir treinta (¡nivel tres!), así que tengo un poco de experiencia. Lo suficiente como para marcar un trayecto que forme el arco argumental de mi vida unas décadas por delante.

Me detengo.

Respiro.

Me veo a mí mismo a los cuarenta. A los cincuenta. A los sesenta.

No es nada lindo.

Veo a un hombre que es “exitoso”, pero por los parámetros equivocados: el tamaño de la iglesia, la venta de libros, las invitaciones a predicar, las estadísticas sociales, etc. Ahora se suma el nuevo sueño americano: una página propia en Wikipedia. A pesar de todas mis charlas acerca de Jesús, veo a un hombre que no está sano emocionalmente y es superficial espiritualmente. Aún sigo casado, pero por deber, no por placer. Mis hijos no quieren saber nada de la iglesia. Ella era la amante elegida por papá, una amante ilícita a la que corrí para esconderme del dolor de mis heridas. Básicamente, soy el mismo pero más grande y peor: estresado, nervioso, listo para herir a las personas que más amo, infeliz, predicando una forma de vida que suena mejor de lo que realmente es.

Ah, y siempre con prisa.

¿Por qué tengo tanto apuro por convertirme en alguien que ni siquiera me agrada?

Eso me impactó como un tren de carga. En Estados Unidos puedes ser un éxito como pastor y un fracaso como discípulo de Jesús. Puedes ganar una iglesia y perder tu alma.

No quiero que esta sea mi vida…

Tres meses después estoy volando a casa desde Londres. Estuve una semana aprendiendo de mis amigos anglicanos carismáticos acerca de la vida en el Espíritu. Es como si fuese otra dimensión distinta a la realidad que he estado ignorando. Pero con cada milla hacia el este, vuelo de regreso a una vida que temo.

La noche antes de partir un hombre llamado Ken oró por mí con su elegante acento inglés. Él me dio una palabra acerca de que iba a llegar a una encrucijada. Un camino estaba pavimentado y llevaba a una ciudad con luces. El otro era un camino de tierra en una selva que llevaba a la oscuridad, a lo desconocido. Debo tomar el camino sin pavimentar.

No tengo idea de lo que esto significa, pero sé que significa algo. Mientras él lo decía, sentí que mi alma temblaba frente a Dios. Pero ¿qué me está diciendo Dios?

Aprovecho para ponerme al día con el correo electrónico. Los vuelos son buenos para eso. Estoy atrasado, como de costumbre. Malas noticias otra vez, algunos del equipo están molestos conmigo. Estoy comenzando a replantearme todo esto de la megaiglesia.2 ¿De veras esto es todo? ¿Un montón de gente que viene a escuchar una charla y luego vuelve a su vida sobrecargada? Pero mis preguntas surgen de forma molesta y arrogante. No estoy bien emocionalmente, solo estoy derramando desechos químicos sobre nuestro pobre equipo.

¿Qué significa ese axioma de liderazgo?

“Según van los líderes, también va la iglesia”.3

Diablos, solo espero que nuestra iglesia no termine como yo.

Estoy sentado solo en el asiento 21C, preguntándome cómo responder otro mensaje, estresante y se me viene a la cabeza un pensamiento. Tal vez sea la atmósfera delgada de los treinta mil pies de altura, pero no lo creo. Este pensamiento ha intentado aparecer durante meses, o hasta años, pero no le he dado lugar. Es demasiado peligroso. Es una gran amenaza al status quo. Pero ha llegado el momento de liberarlo, así que démosle rienda suelta.

Aquí va: ¿Y si cambio mi vida?

Otros tres meses después, con mil conversaciones difíciles, arrastrando a cada pastor, mentor, amigo y familiar hacia el centro de la decisión más importante que tomé en mi vida, me encuentro sentado en una reunión de ancianos. La cena ya terminó. Estoy solo con nuestros líderes principales. Este es el momento. De aquí en más, mi autobiografía será un “antes” y un “después”.

Lo digo: “Renuncio”.

Bueno, no renunciar en sí. No me estoy retirando. Somos una iglesia con varias locaciones. (Como si una sola iglesia no fuese más que suficiente para que un tipo como yo la lidere). Nuestra iglesia más grande está en los suburbios. He pasado los últimos diez años de mi vida allí, pero mi corazón siempre está en la ciudad. Si me remonto a la secundaria, recuerdo que conducía mi furgoneta Volkswagen modelo 1977 ida y vuelta por la calle 33 y soñaba con plantar una iglesia en el centro de la ciudad.4 Nuestra iglesia en la ciudad es más pequeña, mucho más pequeña. El terreno es más difícil. El sector urbano de Portland es un paraíso laico, mientras que aquí todas las cartas están en tu contra. Pero allí es donde siento que la gravedad del Espíritu me pesa y me hace tocar el suelo.

Entonces, no voy a renunciar, sino más bien a encogerme. Quiero liderar una iglesia a la vez. Algo nuevo, ¿verdad? Mi sueño es desacelerar, simplificar mi vida pero permaneciendo. Caminar al trabajo. Digo que quiero reestablecer los parámetros del éxito. Quiero enfocarme más en aquellos a quienes estoy convirtiendo en discípulos de Jesús. ¿Puedo hacerlo?

Dicen que sí.

(Probablemente estén pensando: “¡Al fin!”).

La gente hablará, siempre lo hace. “No pudo manejarlo” (verdadero). “No era tan inteligente” (falso). “No era tan fuerte” (de acuerdo, bastante verdadero). O, esta es una que tendré por meses: “Le está dando la espalda al llamado de Dios en su vida”. “Está desperdiciando su don en la oscuridad”. Adiós.

Déjalos que hablen; yo tengo nuevos parámetros ahora.

Termino mi carrera de diez años en la iglesia. Mi familia y yo nos tomamos un año sabático. Es un gran acto de gracia. Durante la primera mitad estoy en estado de coma, pero de a poco comienzo a despertar mi alma. Regreso a una iglesia mucho más pequeña. Nos mudamos a la ciudad. Voy caminando al trabajo. Comienzo una terapia. Una palabra: ¡Guau! Resulta que la necesito mucho. Me enfoco en mi salud emocional. Trabajo menos horas. Tengo citas con mi esposa. Juego con los bloques de La guerra de las galaxias con mis hijos. (Es por ellos, de veras). Practico el sabbat. Me desintoxico de Netflix. Comienzo a leer ficción por primera vez desde que iba a la secundaria. Saco a pasear al perro antes de acostarme. Ya sabes, vivir.

Suena genial, ¿cierto? Hasta utópico. Apenas. Me siento más como un adicto que dejó las drogas. ¿Quién soy sin la megaglesia? ¿Dónde está la fila de gente que quiere reunirse conmigo? ¿Y la avalancha de correos nocturnos? No es fácil escapar de una vida acelerada. Pero, con el tiempo, logro desintoxicarme. Siento que mi alma se expande. No hay fuegos artificiales en el cielo. El cambio es lento, gradual e intermitente: tres pasos hacia adelante, uno o dos para atrás. Algunos días lo logro; otros, recaigo y me acelero. Pero, por primera vez en años, voy camino hacia la madurez, poco a poco. Me estoy volviendo más como Jesús. Me estoy acercando más a mi mejor versión.

Lo mejor es que siento a Dios nuevamente.

Siento mi propia alma.

Estoy andando por el camino sin pavimentar, sin tener idea de hacia dónde va, pero está bien. Honestamente, valoro más la persona en la que me estoy convirtiendo que el lugar en el que terminaré. Y, por primera vez en años, estoy sonriendo al horizonte.

Ese camino a casa en Uber para ver una maratón de Keanu Reeves fue hace cinco años y varias vidas atrás. Ha cambiado tanto desde entonces. Este pequeño libro nació de mi corta biografía, casi sin acontecimientos; de mi camino desde una vida acelerada a una vida, bueno…, de algo más.

De cierta manera, soy la peor persona para escribir acerca de la prisa. Soy el que en el semáforo se cambia hacia el carril que tiene dos coches en lugar de tres; el que se jacta de ser “el primero en llegar a la oficina y el último en irse a casa”; el que camina rápido; el que habla rápido; el adicto a la velocidad que siempre realiza varias cosas a la vez (para aclarar, no soy ese tipo de adicto a la velocidad). O, al menos, ese era. Ya no lo soy. Encontré una vía de escape de esa vida. ¿O sea que, tal vez, soy la mejor persona para escribir un libro acerca de la prisa? Tú decides.

No conozco tu historia. Seguramente no eres el expastor de una megaiglesia que se desgastó y tuvo una crisis de mediana edad a los treinta y tres. Es más probable que seas un estudiante de la Universidad de San Diego o un ciudadano veinteañero de Chicago o una mamá a tiempo completo de Melbourne o un agente de seguros de mediana edad de Minnesota. Tal vez estés iniciándote en la vida o simplemente intentando seguir adelante.

El filósofo alemán nacido en Corea, Byung-Chul Han, concluyó su libro La sociedad del cansancio con una observación inquietante acerca de la mayoría de las personas del mundo occidental: “Estamos demasiado muertos como para vivir y somos demasiado vitales como para morir”.5

Ese era yo.

¿Eres tú? ¿Tal vez un poquito?

Todos tenemos nuestra propia historia donde intentamos mantenernos sanos en la era de los iPhones, el wifi, el ciclo de noticias de veinticuatro horas, la urbanización, las autopistas de diez carriles con su tráfico torturador, el ruido constante y la vida frenética a noventa millas por hora que sigue, y sigue, y sigue

Piensa en este libro como si fuese un encuentro entre tú y yo para tomar un café en Portland. Mi favorito es un buen keniano en la cafetería Heart en la calle 12. Ahí yo te descargo todo lo que he aprendido durante los últimos años acerca de cómo navegar las aguas engañosas de lo que el filósofo francés Gilles Lipovetsky llama el mundo “hipermoderno”.6

Pero, honestamente, todo lo que tengo para ofrecerte, lo estoy robando de la vida y las enseñanzas de Jesús de Nazaret, mi rabí, y muchísimo más que eso.

Mi invitación favorita de Jesús está en el evangelio de Mateo:

“Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso. Carguen con mi yugo y aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma. Porque mi yugo es suave y mi carga es liviana”.7

¿Te sientes cansado?

¿Tal vez agobiado?

¿Sientes un agotamiento bien profundo no solo en tu mente o en tu cuerpo sino también en tu alma?

Si es así, no estás solo.

Jesús nos invita a todos a cargar el yugo “suave”. Él tiene, para ofrecernos a todos, una manera fácil de cargar el peso de la vida con su triunvirato de amor, gozo y paz. En la Biblia The Message (MSG), Eugene Peterson traduce las icónicas palabras de Jesús como una forma de “vivir libre y liviano”.8

¿Y si el secreto para una vida feliz (porque es un secreto, un secreto a voces, pero secreto al fin; si no, ¿cómo es que algunas personas lo saben?) no está “allí afuera” sino mucho más cerca de casa? ¿Y si lo único que tienes que hacer es desacelerar lo suficiente como para que el carrusel borroso de la vida se vuelva más nítido?

¿Y si el secreto para la vida que anhelamos en realidad es fácil?

Ahora, déjame aclarar algunas cosas antes de comenzar:

Primero, yo no soy tú. Aunque parezca algo obvio, debo decírtelo. Supongo que este manifiesto en contra de la prisa a algunos de ustedes les molestará. Al principio a mí me pasó. Expone ese dolor profundo que todos tenemos por desear una vida diferente a la que estamos viviendo. La tentación será tacharme de iluso o irracional:

No tiene idea de lo que es ser una madre soltera con dos trabajos, solo para poder saldar las deudas y pagar la renta cada semana.

Tienes razón. No lo sé.

Tristemente, no tiene ni idea de la vida de un ejecutivo en el darwinismo social del mercado.

Eso puede ser cierto.

Él no tiene idea de cómo es en mi ciudad/en mi país/en mi generación.

Puede que no.

Simplemente, te pido que me escuches.

En segundo lugar, yo no soy Jesús. Soy solo uno de sus tantos aprendices que ha estado en sus caminos desde hace un tiempo. Algo obvio, otra vez. Mi plan para este tiempo juntos es simple: compartir contigo algunas de las mejores cosas que he aprendido al sentarme a los pies del maestro. Un hombre cuyos amigos más cercanos decían que estaba más ungido con el aceite de gozo que cualquiera de sus compañeros. Mi traducción: él era el hombre más feliz sobre la tierra.9

La mayoría de nosotros ni siquiera piensa en buscar a Jesús para recibir un consejo para ser feliz. Para eso buscamos al Dalai Lama, o un lugar de meditación que esté cerca, o la clase de psicología positiva de Tal Ben-Shahar en Harvard. Todos ellos tienen cosas buenas para decir y me alegro por eso. Sin embargo, Jesús es único en su clase. Tenlo por encima de cualquier maestro, tradición o filosofía (religiosa o secular, antigua o moderna) desde Sócrates a Buda, Nietzsche, o el yogui de tu pódcast favorito. Para mí, Jesús sigue siendo el maestro más brillante y revelador que haya caminado en esta tierra y el que más nos lleva a reflexionar. Y Él caminó despacio (veremos más acerca de esto en un momento). Así que, en lugar de ajustarte el cinturón, ponte cómodo.

Dicho esto, finalmente, déjame ser directo: si quieres las cosas cada vez más rápidas, este libro no es para ti. De hecho, en realidad no tienes tiempo de leer un libro. Quizás solo hojeaste el primer capítulo. Entonces, será mejor que vuelvas a hacerlo.

Si quieres una solución rápida o una fórmula de tres pasos en un simple acrónimo, este libro tampoco es para ti. No existe una fórmula mágica para la vida. No hay truco para el alma. La vida es extraordinariamente compleja. Realizar un cambio es más complejo aún. El que te diga lo contrario, te está engañando.

Pero…

Si estás agobiado…

Si estás cansado de la vida como la conoces…

Si tienes una mínima sospecha de que debe haber una forma mejor de ser humano…

Si sientes que estás perdiendo el propósito…

Que los parámetros del éxito que tiene nuestra cultura están distorsionados…

Que ese “éxito” puede terminar pareciéndose mucho al fracaso…

Y, sobre todo, si ha llegado tu momento y estás listo para continuar en este viaje contradictorio y muy contracultural para explorar tu alma en la realidad del Reino, entonces, disfruta la lectura. Este libro no es largo ni difícil de entender, pero tenemos secretos que contar.

Primera parte. El problema

La prisa: el gran enemigo de la vida espiritual

La semana pasada almorcé con John, mi mentor. De acuerdo, ahí les va una confesión: en realidad, no es mi mentor. Eso estaría muy por encima de mis posibilidades, pero a veces almorzamos juntos y lo bombardeo con preguntas acerca de la vida, con el bloc de notas abierto. John es esa clase de persona que conoces e inmediatamente piensas: “Cuando sea grande quiero ser como él”. Es increíblemente inteligente, pero además es sabio. Sin embargo, nunca se muestra ni siquiera un poco pretencioso o engreído. Por el contrario, es alegre, relajado, está cómodo consigo mismo, es muy exitoso (pero no en el sentido de ser una celebridad), es amable, curioso, y siempre se muestra capaz de estar presente contigo en el momento… Básicamente, es bastante parecido al Jesús que me imagino.1

John (de apellido Ortberg) es un pastor y escritor de California que ha sido tutelado por otro de mis héroes, Dallas Willard. Si no conoces ese nombre, de nada.2 Willard fue un filósofo en la Universidad del Sur de California, pero es más conocido fuera del mundo académico como un maestro de los caminos de Jesús. Sus enseñanzas han moldeado mi manera de seguir a Jesús (o, como decía, ser discipulado por Jesús) más que las de cualquier otro maestro fuera de las Escrituras.3 Todo esto es para decir que John fue discípulo de Willard por más de veinte años, hasta que este murió en 2013.

Nunca tuve la oportunidad de conocer a Willard, así que la primera vez que John y yo nos sentamos en la ciudad de Menlo Park, inmediatamente le pedí que me contara algunas anécdotas. Encontré oro.

Esta es una en la que no puedo dejar de pensar:

John lo llamó a Dallas para pedirle un consejo. Fue a finales de los noventa y, en ese momento, John trabajaba en la iglesia Willow Creek Community Church en Chicago, una de las iglesias más influyentes del mundo. John, reconocido maestro y autor de éxitos de ventas, es el tipo de hombre que te imaginas como un discípulo de Jesús aquí abajo. Pero detrás de escena, sentía que estaba atrapado en la vorágine de la locura de una megaiglesia.

Me sentí identificado.

Así que llamó a Willard y le preguntó: —¿Qué tengo que hacer para convertirme en la versión de mí que quiero ser?4

Hubo un largo silencio del otro lado de la línea…

Según John, “con Willard siempre hay un largo silencio del otro lado de la línea”.

Y dijo: Debes eliminar la prisa de tu vida por completo.

¿Podemos detenernos un minuto y coincidir en que es brillante?

Gracias.

John garabateó esa frase en su diario. Tristemente esto fue antes de Twitter; de otra forma, hubiese explotado internet. Luego preguntó: De acuerdo, ¿qué más?

Willard:

—No hay nada más. La prisa es el mayor enemigo de la vida espiritual hoy en día. Debes eliminar la prisa de tu vida por completo.

Fin de la historia.5

Cuando oí esa historia por primera vez, sentí una profunda resonancia con la realidad. La prisa es la raíz del problema detrás de tantos síntomas de toxicidad que hay en nuestro mundo.

Sin embargo, la respuesta de Willard no es la que hubiese esperado. Vivo en una de las ciudades más profanas y progresistas de los Estados Unidos, pero si me preguntas cuál es el mayor desafío a mi vida espiritual en Portland, no sé qué respondería.

Seguramente diría que es la modernidad, la posmodernidad, la teología liberal, la popularización del evangelio de la prosperidad, la redefinición de la sexualidad y el matrimonio, la eliminación del género, la pornografía en internet, los millones de dudas que tiene la gente acerca de la violencia en el Antiguo Testamento, la caída de los pastores famosos o Donald Trump. No lo sé.

¿Cómo responderías tú a esa pregunta?

Apuesto a que muy pocos optaríamos por “la prisa” como nuestra respuesta. Sin embargo, la Biblia dice que Satanás no se muestra como un demonio con tridente y voz ronca de fumador, o como Will Ferrell en el programa Saturday Night Live, luciendo cuernos y portando una guitarra eléctrica entre fuego y humo. Él es mucho más inteligente de lo que creemos. Hoy estás mucho más propenso a correr hacia el enemigo en forma de una alerta en tu teléfono mientras lees la Biblia, de un atracón de Netflix durante varios días, de una adicción total a Instagram, de una mañana de sábado en la oficina, de otro partido de fútbol un domingo o de un compromiso tras otro en una vida muy acelerada.

Corrie ten Boom una vez dijo que si el diablo no puede hacerte pecar, te mantendrá ocupado. Esto es algo muy real. Tanto el pecado como las múltiples ocupaciones tienen el mismo efecto: cortan tu conexión con Dios, con los demás e, incluso, con tu propia alma.

El famoso psicólogo Carl Jung tenía este pequeño dicho: La prisa no es del diablo; es el diablo.

Jung, por cierto, fue el psicólogo que desarrolló el marco de los tipos de personalidad introvertida y extrovertida, y su trabajo luego se convirtió en la base del examen indicador de tipo de personalidad de Myers-Briggs. (Soy INTJ —introvertido, intuitivo, racional y calificador—. ¿Alguien más?). No hace falta decir que sabía de lo que hablaba.

Hace poco estaba hablando acerca de la visión de nuestra iglesia con mi terapeuta, que tiene un doctorado. Él es súper inteligente y muy amante de Jesús. Nuestro sueño era rediseñar nuestras comunidades en torno al aprendizaje de Jesús (me parece muy extraño escribir eso porque, ¿qué más haríamos como iglesia?). A él le encantó, pero continuaba diciendo lo mismo: “El problema principal que enfrentarás es el tiempo. Las personas están muy ocupadas para vivir emocionalmente sanas, espiritualmente ricas y vibrantes”.

¿Qué es lo que normalmente contestan las personas cuando les preguntas “cómo estás”?

“Oh, bien, muy ocupado”.

Presta atención y encontrarás esta respuesta por todos lados, sin importar etnias, géneros, etapas de la vida o, incluso, clase social. Los universitarios están ocupados. Los padres jóvenes están ocupados. Los que tienen el nido vacío y viven en un campo de golf están ocupados. Los gerentes están ocupados; también lo están los camareros y las niñeras que trabajan media jornada. Los estadounidenses están ocupados, los neozelandeses también, los alemanes también. Todos estamos ocupados.

Es cierto que existe un tipo de ocupación que es saludable, en donde tu vida está llena de cosas que realmente importan, de tal modo que no desperdicias tiempo en placeres vacíos o actividades triviales. Teniendo en cuenta esta definición, el mismo Jesús estaba ocupado. El problema no es que tengas muchas cosas que hacer, sino que tengas demasiadas y que, por ende, la única forma de cumplir con tus obligaciones sea marchar a toda máquina.

Ese tipo de ocupaciones son las que nos hacen tambalear.

Michael Zigarelli, de la Facultad de Economía de la Universidad del Sur de Charleston, realizó la “Encuesta de los obstáculos para el crecimiento” entre más de veinte mil cristianos alrededor del mundo, e identificó a la hiperactividad como la mayor distracción de la vida espiritual. Escucha atentamente su hipótesis:

Puede suceder que: (1) Los cristianos están asimilando una cultura de actividad, prisa y sobrecarga que lleva a que (2) Dios comience a estar más excluido en sus vidas, lo que genera (3) un deterioro en la relación con Dios, hace que (4) se vuelvan aún más vulnerables a adoptar suposiciones mundanas acerca de la forma de vivir y los lleva a (5) vivir más conformes con una cultura de actividad, prisa y sobrecarga. Y luego el ciclo vuelve a comenzar.6

Y los pastores, de hecho, son los peores. Él considera que la actividad en mi profesión se iguala a la de los abogados y los médicos.

Es decir, yo no. Otros pastores…

Como dice ese proverbio finlandés tan elocuente: “Dios no creó la prisa”.

Esta nueva velocidad de vida no es cristiana: es anticristiana. Piénsalo: ¿cuál es el mayor valor en la economía del reino de Cristo? Fácil: el amor. Jesús lo dejó muy claro. Él dijo que el mayor mandamiento de toda la Torá era “Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”, seguido por “Ama a tu prójimo como a ti mismo”.7 Pero el amor es un gran consumidor de tiempo. Todos los padres lo saben, así como también lo saben los amantes y los que tienen amistades de muchos años.

La prisa y el amor no son compatibles. Mis peores momentos como padre, esposo y pastor, incluso como ser humano, suceden cuando tengo prisa, cuando llego tarde a un compromiso, cuando no llego a completar mi lista poco realista de quehaceres o cuando intento realizar demasiadas cosas en el día. En esos casos, me brota la ira, la tensión, la queja constante, la antítesis del amor. Si no me crees, la próxima vez que intentes salir de tu casa con tu esposa de personalidad tipo B y tus tres hijos pequeños que se distraen con todo, y que estés llegando tarde (un tema en el que tengo mucha experiencia), presta atención a la forma en que te expresas hacia ellos. ¿Eso parece amor? ¿O está más cercano a los nervios, a la ira, a un comentario hiriente o a una mirada dura? La prisa y el amor son el agua y el aceite: simplemente no se mezclan.

Por lo tanto, en la definición de amor del apóstol Pablo, la primera descripción es “paciente”.8 La razón por la que la gente habla de “caminar” con Dios, y no de “correr” con Dios, es porque Él es amor.

En su libro Three Mile an Hour God [El Dios de tres millas por hora], el difunto teólogo japonés Kosuke Koyama escribió estas palabras con relación a eso:

Dios camina “lento” porque es amor. Si no fuese amor, iría mucho más rápido. El amor tiene su velocidad. Es una velocidad interna. Es una velocidad espiritual. Es un tipo de velocidad diferente a la tecnológica a la que estamos acostumbrados. Es “lenta”, pero reina sobre todas las otras velocidades, ya que es la velocidad del amor.9

En nuestra cultura, el adjetivo lento es peyorativo. Cuando alguien tiene un coeficiente intelectual bajo, lo tildamos de lento. Cuando el servicio en un restaurante es malo, lo llamamos lento. Cuando una película es aburrida, otra vez nos quejamos de que es lenta. Un ejemplo concreto: la definición de lento en el diccionario Merriam-Webster dice: “mentalmente torpe; estúpido; naturalmente inerte o perezoso; falto de disposición; prontitud o voluntad”.10

El mensaje es claro: lo lento es malo, lo rápido es bueno.

Sin embargo, en el reino del revés, nuestro sistema de valores está completamente trastocado: la prisa es del diablo; la lentitud es de Jesús, porque Jesús es la imagen del amor en carne y hueso.

Lo mismo sucede con el gozo y la paz, dos de las otras realidades centrales del reino. El amor, el gozo y la paz son el triunvirato del corazón de la visión de reino de Jesús. Esas tres no son solo emociones. Por sobre todas las cosas, son condiciones del corazón. No son solo sentimientos placenteros: son parte de la clase de persona en la que nos convertimos cuando somos discipulados por Jesús, quien encarna las tres infinitamente.

Y ninguna de las tres es compatible con la prisa.

Piensa en el gozo. Todos los maestros espirituales dentro y fuera de la tradición de Jesús concuerdan en esto (así como también los psicólogos o expertos en meditación seculares, etc.): si existe un secreto para la felicidad, este es simple. Se trata de vivir el momento. Cuanto más presentes estamos en el ahora, más nos conectamos con el gozo.

¿Y la paz? ¿Es necesario que hable de eso? Piensa en el momento en que tienes prisa por llegar al próximo evento al que estás llegando tarde. ¿Sientes el Shalom de Dios en tu alma? ¿Tienes esa sensación presente y profunda de calma y bienestar?

Para reafirmar: el amor, el gozo y la paz son el corazón de todo lo que Jesús intenta hacer crecer en el suelo de tu vida. Y los tres son incompatibles con la prisa.

Nuevamente, si no me crees, la próxima vez que saques a la familia arrastrándola por la puerta (o si eres soltero, a quien viva contigo), presta atención a tu corazón. ¿Es amor, gozo y paz lo que sientes? Por supuesto que no.

En el almuerzo, mi no-mentor John dijo sabiamente: “No puedo vivir en el reino de Dios con un alma apurada”.

Nadie puede.

La prisa no solo nos aleja del amor, el gozo y la paz del reino de Dios (el centro de lo que todos los seres humanos anhelamos), sino que también nos aleja del mismísimo Dios, simplemente al robarnos nuestra atención. Y con la prisa siempre perdemos más de lo que ganamos.

Para ganar, Walter Adams, el líder espiritual de C. S. Lewis, dijo:

Caminar con Jesús es caminar a paso lento y sin prisa. La prisa es la muerte de la oración y solo impide y arruina nuestra obra. Nunca la impulsa.11

Esto significa que las cosas se pueden hacer mucho mejor sin prisa. Especialmente lo relacionado a nuestra vida con Dios e, incluso, nuestra obra para Él.

Aquí lo tenemos a Ronald Rolheiser, mi escritor católico favorito indiscutido de todos los tiempos, con la fuerza de un huracán:

Hoy en día, una serie de circunstancias históricas están confluyendo ciegamente y, de manera accidental, conspiran para generar un clima en el que no solo es difícil pensar en Dios o en orar, sino simplemente tener cualquier profundidad interior en lo absoluto…

Nosotros, por cualquier razón, buena o mala, nos distraemos en esta inconciencia espiritual.

No es que tengamos algo en contra de Dios, la profundidad y el espíritu; nos gustaría tener esa comunión. Es solo que ya estamos tan acostumbrados a estar preocupados que no los vemos cuando aparecen en nuestros radares. No es que seamos malos, es que estamos ocupados; no es que no seamos espirituales, es que estamos distraídos; no es que no estemos interesados en la Iglesia, es que nos interesan más el cine, el deporte, el centro comercial y la vida de fantasía que nos crean. La actividad, la distracción y la ansiedad patológicas son los principales obstáculos que tenemos hoy en nuestra vida espiritual.12

Me encanta la expresión de Rolheister: “actividad patológica”.

Repito, un cierto nivel de actividad está bien o, al menos, es inevitable.

Incluso hay momentos y lugares para tener prisa (en una llamada de emergencia al 911, cuando tu esposa rompe fuente o tu pequeño corre hacia la calle).

Pero, seamos honestos, esos momentos son pocos y aislados. La actividad patológica con que la mayoría de nosotros vive como una configuración por defecto, esa prisa crónica que aceptamos como normal, funciona de forma parecida a un patógeno que se libera en una población masiva y termina en una enfermedad o en la muerte.

Oímos tan a menudo la frase “estoy bien, solo que estoy ocupado” que asumimos que la actividad patológica está bien. Después de todo, los demás también están ocupados. Pero ¿qué sucede si la actividad no es saludable? ¿Qué pasa si es un contagio que se transmite por el aire y causa estragos en nuestra alma colectiva?

Últimamente se me ha dado por leer poesía, lo cual es algo nuevo para mí. Pero me encanta la forma en que me obliga a desacelerar. Simplemente, no puedes leer rápido un buen poema. Anoche escogí al erudito cristiano y maestro literario T. S. Elliot. Apenas entendí un poco, como su verso que habla de “este mundo gorjeante” donde las personas están “distraídas con la distracción de la distracción”. Habla de un mundo con suficientes distracciones para evitar la herida que nos puede guiar hacia la sanidad y la vida.13

Otra vez: “Nos distraemos en esta inconciencia espiritual”.

Como dijo Ortberg:

Para muchos el gran peligro no es renunciar a nuestra fe, es volvernos tan distraídos, apresurados y preocupados que nos conformemos con una versión mediocre de ella. Que solo nos quedemos con la espuma de nuestra vida en lugar de vivirla.14

¿Ves lo que está en juego aquí? No es solo nuestra salud emocional lo que está bajo amenaza. Como si eso no fuese suficiente, avanzamos tan rápido en la vida que estamos estresados, nerviosos, rápidos para atacar a nuestros cónyuges e hijos. Claro, eso es verdad. Pero lo que es aún más aterrador es que nuestra vida espiritual pende de un hilo.

¿Será que Dallas Willard estaba en lo correcto? ¿Una vida apurada, sobrecargada de actividades y distraída digitalmente es la gran amenaza a la vida espiritual que enfrentamos en el mundo moderno?

No puedo evitar preguntarme si Jesús le diría a toda nuestra generación lo que le dijo a Marta: “Estás inquieta y preocupada por muchas cosas, pero solo una es necesaria”.15

“Lo que necesitamos en este momento es una espiritualidad más lenta”.16