No es flojera, estoy en modo ahorro de energía

PRÓLOGO

imagen de la página 11Durante uno de los periodos más oscuros de mi vida, cuando mi estado de ánimo y energía eran particularmente bajos, me costaba incluso leer una sola línea de un libro. Quería crear contenido accesible para quienes atravesaban momentos difíciles como yo, así que empecé a llevar un diario ilustrado. Añadía algunas líneas como pies a mis ilustraciones y, aunque mi trabajo distaba mucho de ser perfecto, la gente encontraba aliento en lo que escribía. Esto, a su vez, me motivó, y decidí recopilar mis creaciones en un libro

Este es un registro de tres o cuatro años, al final de mis veintitantos, casi entrando a los treinta, en los que estuve en mi punto más bajo. Mientras escribía, aún estaba en proceso de recuperación y tenía días malos. Aunque había pasado años esforzándome por cambiar mis patrones de pensamiento, de vez en cuando mi corazón se desplomaba treinta pisos bajo tierra.

En esos momentos, cuando mi vida se desestabilizaba, me dolía leer comentarios en redes sociales de personas que me agradecían y decían lo mucho que las había ayudado. Desde que empecé a publicar mi historia ilustrada sobre mis dificultades con la fatiga emocional y el camino hacia la recuperación, sentí una responsabilidad. La idea de que alguien me mirara y pensara que también podía mejorar me impulsaba a seguir sonriendo… y mi corazón empezó a cargar con ese peso. A medida que la carga se acumulaba sobre la responsabilidad, una sensación familiar y ardiente me agobiaba.

Mientras tanto, lograba avances. Los periodos de baja energía que experimentaba eran extrañamente cortos. Incluso cuando sentía el impulso de dejarme llevar por mis emociones como antes, el deseo se desvanecía pronto. Con el tiempo, había menos zonas de mi cuerpo a las que el parásito de la falta de energía pudiera adherirse. La fatiga se aferra a sus anfitriones y crece; así, cuanto menos fatiga sentía, menos daño podía causar la que surgiera después. Para cuando terminé de escribir este libro, noté que las marcas negras de mi corazón se desvanecían. De forma lenta, pero constante.

Aunque la vida sigue siendo dura, el hecho de poder escribir este libro, con el ambicioso objetivo de que alguien como yo pueda alentar a alguien más, fue gracias al apoyo que recibí de otros, ya sea mediante terapia o coaching, pódcasts o libros. Estaba decidida a retribuir. No soy una experta, pero espero que las historias de lo que he aprendido de quienes sí lo son, como mi terapeuta, ayuden a quienes están pasando por momentos difíciles similares.

La falta de energía es una respuesta al estrés y no una enfermedad. Debes confiar en que mejorarás.

PARTE 1

NO SÉ POR QUÉ
SOY ASÍ

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1

Ojalá yo también pudiera sentirme feliz…

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Cuando era niña, rara vez sonreía.

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Practiqué mi sonrisa
frente al espejo y eso
me ayudó a hacer uno
o dos amigos.

Pero como no era una persona alegre,

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siempre envidié
la inocente alegría
de mis amigos.

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También quería desarrugar mi sonrisa.

Algunos días siento

que todavía tengo marcas

negras en el corazón.

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A veces temo que, si dejo
que se vean las marcas,
terminaré alejando a la gente.

LAS MARCAS NEGRAS EN MI CORAZÓN

imagen de la página 13Hasta hace poco, no veía la belleza en las flores ni en los árboles. Nunca me habían gustado los animales, así que no me identificaba con la gente que se derretía con un adorable gato o perro. Temerosa de que pensaran que tenía un corazón de piedra, subía el volumen de mi voz y mostraba la mejor reacción posible: “¡Wow, qué adorable! ¡Es tan bonito!”.

En algún momento empecé a reconocer que yo era un poco diferente, pero como siempre había sido así, lo ignoré. Me puse una armadura protectora —mi sonrisa— y me mantuve ocupada intentando encajar. Detrás de mi rostro feliz podía ocultar cualquier emoción “innecesaria”, y me gustaba que, mientras sonreía, nadie me preguntara qué me hacía falta. Pero eso solo me volvía más rara, tal vez había perdido la capacidad de expresar las emociones adecuadas. En situaciones serias era la única que esbozaba una gran sonrisa, lo que resultaba incómodo, por decir lo menos… y reaccionaba de forma similar cuando una situación exigía enojo.

Si hemos tenido malas experiencias al expresar emociones negativas, podemos sentir miedo de abrirnos. Por eso juzgamos antes de permitirnos sentir. Las emociones negativas son malas y, por lo tanto, deben ocultarse; las positivas son buenas y eso es todo lo que debemos mostrar. Los sentimientos reprimidos se estancan y se pudren, incluso bloquean el camino hacia las emociones positivas.

No es fácil compartir las marcas negras de nuestro corazón con otros. Algunos podrían aprovecharse y otros ofenderse si no están listos para escuchar lo que tenemos que decir.

Si pudiera abrazar mis marcas, ¿podría hablar de la belleza del mundo sin forzar una sonrisa?

2

Ni siquiera me conocen

Varias veces al día juzgo a la gente.

Como cuando miro sus fotos de perfil
y sus estados.

Me pregunto si
estará saliendo
con alguien.

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* Amélie (2001). Dirigida por Jean-Pierre Jeunet. Francia: UGC-Fox Distribution.

Observo sus expresiones faciales y cómo se visten.

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Con una sola mirada,
creo que sé todo sobre ellos.

¿Pasa algo?

No te ves muy bien.

Mmm…
simplemente no
me maquillé…

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Pero yo tampoco quiero que me juzguen.

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3

Entonces, ¿qué se supone que debo hacer?

Estoy ocupada, pero aburrida.

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Es un bonito día

afuera.

Cuando tengo tiempo
no tengo a dónde ir.

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Quiero salir y disfrutarlo.

Quiero salir,
pero quiero quedarme en casa.

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Tengo planes.

Estoy aburrida de
quedarme en casa.

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Quiero ir a casa.

4

Tal vez mi condena es ser infeliz

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Érase una vez una coneja que llevaba
mucho tiempo deprimida.

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Un día, la coneja deprimida encontró la felicidad,
pero por alguna razón se sintió muy inquieta.

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Cuando la desgracia volvió a aparecer, la tristeza
hizo que la coneja se sintiera segura.

Imagen inferior de la página 26

Creyendo que la certeza de la infelicidad era mejor
que una felicidad incierta, la coneja deprimida
se quedó dormida.

LA CERTEZA DE LA INFELICIDAD
ES MEJOR QUE UNA FELICIDAD
INCIERTA

imagen de la página 13En algún momento de mi vida empecé a etiquetar las desgracias fortuitas como “destino” y todo se volvió más sencillo. Cuando me escondí tras el velo del destino, ya no tuve necesidad de soñar con la felicidad ni de tomar medidas para mejorar mi situación, era tan fácil. Una vez que probé la dulzura del pesimismo, me concentré por completo en entrelazar cada incidente desafortunado que viví en un sistema de creencias convincente.

“Mira. Sabía que esto volvería a pasar. Supongo que estoy destinada a vivir así”.

La felicidad me resultaba desconocida, como vestir la ropa de otra persona, y le di la espalda. Cuando debía saborearla, centraba toda mi atención en que podía desaparecer en cualquier momento. La infelicidad me volvía increíblemente sensible: cuando algo malo en verdad sucedía, el evento se grababa en mi mente, junto con una respuesta emocional intensa. De esta manera, con el tiempo los recuerdos emocionales pueden quedar relegados a un segundo plano, nos acostumbramos a la infelicidad y nuestro pensamiento se vuelve rígido. Esos patrones de pensamiento se transforman con facilidad en creencias, y estas, a su vez, se convierten en realidad.

En la película El nuevo Nuevo Testamento, Dios no es más que el vecino, padre de familia de mediana edad. En un ingenioso análisis de la experiencia humana, la película presenta una divertida ilustración de la Ley de Murphy. Cuando Dios creó el mundo, dictó algunas “Leyes de la Incomodidad Universal”, entre ellas las siguientes:

Ley 2125: Una rebanada de pan siempre cae
con la mermelada hacia abajo, de lo contrario,
la mermelada está del lado equivocado.

Ley 2129: Cada vez que me meto a bañar,
suena el teléfono.

Ley 2218: La fila de al lado siempre avanza
más rápido.

Ley 2231: Los problemas nunca llegan solos.

Creemos que el pesimismo es una “elección”, pero rara vez es cierto. El pesimismo se alimenta del miedo que se extiende por un corazón herido por decepciones y dolores del pasado. Pero incluso si este mismo corazón nos mantiene estancados, no deberíamos ser demasiado duros con nosotros. A algunas personas les toma más tiempo que a otras recuperar sus fuerzas.

Si nos preocupamos y armamos un escándalo cuando un niño se cae, este se pondrá a llorar de inmediato, pero si sonreímos y le quitamos importancia, nos imitará. Del mismo modo, cuanto más fuertes sean nuestras reacciones ante las desgracias, más fácil será que estas se arraiguen. No debemos caer en la trampa de dejar que los pensamientos irracionales nos dominen. Más bien, debemos permitirnos experimentar de manera plena los momentos de felicidad que llegan de vez en cuando.

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5

¿Desde cuándo todo en la vida
sale según lo planeado?

Estoy ansioso.

¿Por qué?

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Me preocupa
que las cosas no
salgan según lo
planeado.

¿Desde cuándo algo
en la vida sale según lo planeado?

Imagen inferior de la página 30

A VECES, NO SABEMOS
LA RESPUESTA

imagen de la página 13Tengo unos hábitos alimenticios raros. Cuando abro un tubo de Pringles, las papas fritas enteras suelen estar arriba y, cuanto más abajo estén, más rotas las encuentro. Primero, las vierto todas en una bandeja y separo las intactas de las rotas. Después, regreso con cuidado las papas fritas enteras al tubo, recojo los trozos rotos y me los como. Cuando termino con las papas rotas, tomo una por una las redondas y completas, es una sensación increíble. Me acerco a las uvas, mi fruta favorita, con la misma mentalidad. Levanto con cuidado las uvas que aún están sujetas con firmeza a la rama, luego recojo las caídas y las coloco en un plato bonito, cuando me las he comido todas, me siento en paz. Claro, no puedo hacer estas cosas en público, lo cual me molesta.

Otra de mis tendencias obsesivas es que solo me siento cómoda cuando la batería de mi teléfono está cargada por completo. Aunque tenga que ir a algún sitio, no puedo salir de casa hasta que llegue al cien por ciento. No noventa y siete por ciento ni noventa y ocho por ciento, solo cien por ciento me basta (irónicamente, no soy obsesiva con la puntualidad). Salvo en circunstancias excepcionales, rara vez dejo que la batería se descargue… y no soporto a la gente que, en una llamada, dice: “Espera, lo siento. Mi teléfono está a punto de morir. ¡Tengo tres por ciento!”. ¡Por favor! ¿No sabes que existen las baterías portátiles?

Este rasgo de personalidad es muy útil cuando las cosas deben hacerse según lo planeado, pero como todos sabemos, en la vida las cosas rara vez salen como queremos. En particular, cuando en una de mis relaciones sucede algo que está fuera de mi control, me quedo despierta toda la noche preocupada. Por muy preparados que estemos para la reacción de los demás, los planes, de manera inevitable, cambian. Aunque, si este rasgo no afecta de manera negativa otros aspectos, no hay necesidad de intentar cambiar. Las tendencias obsesivas que no interfieren con la vida cotidiana y que brindan una sensación de estabilidad pueden quedarse como están. Pero en mi caso, el trabajo y las relaciones se veían cada vez más afectados, así que necesitaba hacer algunos ajustes.

Antes que nada, empecé a hacer lo contrario de lo que mis compulsiones habituales me impulsaban a hacer. Comía primero las papas fritas completas. Al principio me sentí un poco rara, pero al final, disfrutar de las papas enteras sin tener que lidiar con los trozos rotos no fue tan malo. Luego, salvo cuando debía hacer una llamada importante del trabajo, dejaba que la batería de mi teléfono se descargara. También noté lo agotador que era revisar mis notificaciones cada microsegundo y configuré la mayoría de mis aplicaciones para que no mostraran notificaciones en la pantalla de bloqueo. Gracias a eso, me volví menos sensible a los estímulos externos. Una batería con el tres por ciento ya no me causaba una ansiedad terrible. Aunque estas cosas parezcan insignificantes, siguen los mismos principios que la terapia cognitivo-conductual (al cambiar nuestros pensamientos, la TCC ayuda a gestionar emociones difíciles y ahora se reconoce como el tratamiento no farmacológico más eficaz para la mayoría de los trastornos psiquiátricos).

Dadas mis tendencias obsesivas, me canso con más facilidad que otros, así que también aproveché mi personalidad planificadora para programar el tiempo de descanso con antelación. Así, me daba espacio para respirar en mi rutina diaria, lo que a su vez me daba más libertad para otras cosas, y podía sentir que me veía a mí y al mundo con más bondad. Los pequeños cambios que hice tuvieron un impacto genuino en mis pensamientos y emociones.

La única constante en la vida es el cambio. El mundo no se acaba porque algo no salga según lo planeado. Aunque no sepamos la respuesta correcta, a veces vale la pena intentarlo.

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