
Cada mañana, desde que el sol entraba por las ventanas de la escuela de Elo y Chuy, las voces de los alumnos sonaban por todas partes. Era una escuela muy concurrida: estudiantes por aquí y por allá corriendo por los pasillos, azotando las puertas de los casilleros, rebotando los balones de futbol o basquetbol, tanto que a veces uno alcanzaba a golpear la cabeza de alguien que tenía muy mala suerte. En cuanto sonaba el timbre para entrar a clases, los estudiantes marchaban a sus salones y ahí, entre las filas de sillas, murmuraban; a veces se arrojaban una bola de papel o hacían ruido para entretenerse un poco porque —todos lo sabemos— las escuelas casi siempre son muuuy aburridas.
Para Elo y Chuy, la escuela fue el lugar donde se conocieron. Se dieron cuenta de que, aunque sus temperamentos eran distintos, tenían muchas cosas en común, como los videojuegos, el pastel de chocolate o el gusto por algunos videos de YouTube, y desde entonces se volvieron inseparables. Además de amigos, parecían cómplices: cuando uno no quería hacer la tarea, el otro lo animaba; Chuy le robaba las papitas fritas a Elo cuando estaba distraído, y Elo se quedaba con los dulces de Chuy cuando él decía que los guardaría “para después”… y los olvidaba. Podían quedarse hasta tarde jugando videojuegos, observando al Señor Bigotes, el hámster de Chuy, o terminando la tarea en el último minuto.
—¡Te apuesto un panecito de la tiendita a que hoy la maestra se olvida de revisar la tarea! —le dijo Chuy a Elo en voz baja mientras guardaba su cuaderno medio arrugado en la mochila.
—¿Otra vez hiciste trampa en piedra, papel o tijera para no hacerla, verdad? —respondió Elo con una sonrisa burlona.
—Mmm… digamos que… ¡usé mi tiempo en una rica, deliciosa y merecida siesta!
—¡Silencio! —exclamó la profesora de Matemáticas, la señorita Paty—. Chuy, ¿quieres pasar al pizarrón a compartirnos los resultados de la tarea?
Chuy tragó saliva, estaba muy nervioso. A punto de admitir que no había podido terminar la tarea o… no, ¡su hámster se la comió! Elo le prestó su cuaderno para que pasara al frente. En cuanto terminó de anotar los resultados, la maestra dijo:
—Muy bien, Chuy, o mejor dicho ¿Elo? Un castigo para los dos sería lo más just…
Riiiiing, riiiiing, riiiiing…
—¡Uf!, salvados por la campana —susurró Chuy.
—Que sea la última vez que hacen trampa —les dijo la maestra—, o tendré que reprobarlos.
—¡Entendido, profesora! —respondió Elo, jalando del brazo a Chuy para que salieran del salón lo más rápido posible.
En varias ocasiones, los profesores le habían dicho a Chuy que era muy inteligente, pero sumamente distraído, ¡necesitaba enfocarse en las materias! Pero ¿cómo alguien puede enfocarse en la escuela y los estudios, si la escuela es precisamente el sitio más aburrido del planeta?
—Habrá que hallar la forma de hacer las clases más divertidas —le dijo Elo a Chuy mientras caminaban por el pasillo—, si repruebas el año ¿con quién haré bromas?
—Calma, Elo, tengo tooodo bajo control, ¡gracias por rescatarme de reprobar! Te debo una, amigo.
En el recreo, Elo y Chuy compraron papitas fritas con limón y mucho picante, su snack favorito, y se sentaron en un rincón del patio a ver a los demás jugar futbol, a los grupitos platicar entre sí y a calcular quién sería el primer castigado por hacer demasiado ruido. La siguiente clase era Geografía, la que le daba más sueño a Chuy porque el maestro Ismael era tan pero tan aburrido, que incluso si un platillo volador entrara por la ventana para él no significaría nada.
—No puedo creer que aún falten tres meses para las próximas vacaciones —dijo Chuy, mirando a sus compañeros en la cancha—. ¡Esta escuela es aburridísima! No recuerdo cuándo fue la última vez que pasó algo interesante.
—¡Yo sí! —exclamó Elo—. En tercero de kínder, cuando aún podíamos jugar en las resbaladillas, tomar siestas y hacer guerra de plastilina.
—¿Ves? ¡Lo más emocionante en la clase de Matemáticas ha sido usar el punto decimal! Esta escuela me volverá loco.
En cuanto dijo eso, el portero de uno de los equipos lanzó el balón tan pero tan fuerte, que voló por encima de la barda de la escuela. ¡Ahí se acababa la diversión! Durante el recreo solo les prestaban un balón y el portero acababa de perderlo.
—Chuy, ¿te imaginas si en lugar de futbol pudiéramos jugar a los exploradores? —dijo Elo—. Si hubiera una cueva en la azotea de la escuela, yo pediría ser el que descubre el tesoro.
—¿Ah, sí? Pues yo sería el guardián del tesoro y lanzaría globos de agua a cualquiera que se acercara —respondió Chuy, riendo—. ¡Splash!, quedarían empapados antes de encontrar una sola moneda.
—Eso solo si mi equipo de mapaches exploradores no los distrae primero… Serían los mapaches más intrépidos del mundo, con cascos y linternas en la cabeza.
—No podrían contra nuestra trampa secreta de burbujas de jabón —agregó Chuy, emocionado—. ¡Nadie puede escapar de una nube gigante de burbujas! ¿Has intentado caminar por una cueva llena de jabón?
—¡Se convertiría en una trampa a prueba de equilibrio! —exclamó Elo.
Riiiiing, riiiiing, riiiiing…
—Hora de ir a la clase más aburrida de tooodas las cuevas —suspiró Elo.
En el salón de clases, el maestro Ismael dio un anuncio: para calificar el primer mes no tendrían un examen. Todo el salón gritó de la emoción, hasta que dio la segunda parte de la noticia: se ganarían la calificación entregando una maqueta que harían en parejas, pero no sería cualquier maqueta, sino que debían explicar algún desastre natural. Antes de que el maestro formara las parejas, Elo pidió trabajar con Chuy.
—Haremos la de un tsunami —dijo Chuy.
—¿Estás seguro? —preguntó Elo—. Un tsunami suena complicado.
—Suena a que ganaremos la mejor calificación… ¡¡¡Baaaam!!!, ¡¡¡destrucción!!! Nos vemos en mi casa el sábado, ¡no, mejor el domingo! Es que el sábado estrenaré un juego que acabo de descargar.
—La tarea es para el lunes, Chuy, no tendremos tiempo de hacerla solo el domingo. Quizás puedas jugar otro día.
—Te aseguro que sí, confía en mí. ¡Adelantaré lo que pueda antes de vernos!

Los días de la semana pasaron leeentamente: siempre una tarea tras otra, un regaño, una advertencia o un reporte, nada que le diera un poco de color a la rutina de Elo y Chuy, como aquella vez que un perro se metió a la escuela y todo mundo corría por los pasillos tratando de atraparlo, o cuando un panal de abejas se cayó de un árbol y tuvieron que desalojar la escuela de emergencia porque picaron a dos niñas. Era increíble que en el tiempo que llevaban en la escuela esos momentos hubieran sido lo máximo en diversión. Chuy siempre buscaba aventuras para romper con la cotidianidad: si podía, se quedaba jugando futbol después de clases, y a veces Elo le hacía compañía, aunque a Elo no le gustaba sacrificar sus horas de estudio porque lo hacía muy feliz estar siempre en el primer lugar del cuadro de honor, con las calificaciones más altas. Para ellos la amistad también era llevarse muy bien en medio de sus diferencias.
El sábado Elo le mandó un mensaje a Chuy para preguntarle si tenía avances de la maqueta.
ChuyMine: ¡Sí, claro! Tengo todo bajo control.
Elo: Qué buenooo!!! Iré a tu casa un poco más tarde, es que acompañaré a mis papás al centro comercial a comprar una nueva televisión… Estoy muy emocionado. Luego la estrenamos con tu videojuego!!!
ChuyMine: Cuenta con ello! 
Al día siguiente, Chuy se despertó casi al mediodía, el juego había sido tan pero tan bueno que casi ve el amanecer despierto. Al tomar su teléfono ¡tenía muchísimos mensajes de Elo!
Elo: Chuy, ¿cómo va la maqueta?
Elo: Estaba pensando que lo del tsunami es un poco difícil de hacer, ¿no crees?
Elo: Chuy, cómo vamos a mostrar la destrucción que ocasiona un tsunami?
Elo: Hola! ¡Contestaaa Chuuuy!!! Y si me mandas una foto de lo que has hecho? Para ver nuestro proyecto.
Elo: Chuy, ¿estás ahí?
Elo: ¡Chuuuuuy!!!! ¡La tareaaaa!
ChuyMine: Perdón!!! Es que estaba ocupado con la maqueta. Todo bien, nos vemos en la tarde para darle los toques finales.
Pero la realidad es que no podían darle toques finales ¡porque Chuy ni siquiera había empezado! Lo del tsunami le pareció una idea fabulosa cuando se lo propuso al maestro Ismael, ¡¿pero cómo se hace la maqueta de un tsunami?! Pensó en usar una pecera y agitarla… no, no, eso no funcionaría porque un tsunami no solo son olas, ¡un tsunami destruye todo! Y le tomaría mucho tiempo hacer edificios o unas casas miniatura y luego inundarlas con una ola.
—Piensa, Chuy, piensa, ¿cómo se hace una maqueta así?
En ese momento, oyó golpes en la puerta y fue corriendo a ver de qué se trataba. ¡Era Elo!
—¡Hola! Pensé que estarías en el centro comercial.
—Yo también, pero esto es más importante —dijo Elo, quien entró sin esperar permiso—. Chuy, dime que avanzaste con la maqueta.
—La maqueta… yo… bueno…
—¡Lo sabía! Sabía que ibas a flojear. Tenemos que darnos prisa para terminarla hoy mismo.
—Mmm… bueno, quizás haya que empezarla.
Elo se llevó las manos al rostro y se estiró los cachetes por la desesperación de la mala noticia. En ese momento, Elo y Chuy aprendieron dos lecciones: la primera fue que Chuy era muy malo escogiendo las tareas, y la segunda, que una pecera no era de gran ayuda para construir una maqueta porque ¡todo se deshace en el agua!
A las cinco de la tarde, luego de agotar tooodas sus opciones, decidieron que lo mejor era volver a la vieja confiable:
—¡Un volcán! —exclamó Chuy—, qué gran idea… si no fuera porque toooda la clase presentará un volcán.
—Chuy, es esto o reprobar la materia ¡y yo no quiero un cero en mi calificación! Tú construye el cono del volcán y yo preparo el slime para que parezca lava.
Todo mundo piensa que hacer un volcán es lo más sencillo, pero para Elo y Chuy no fue así: cuando mezclaban el slime con refresco de cola y polvo para hornear, lo que salía del cráter ¡era espantoso! Además, olía muy chistoso y debían combinar la cantidad exacta de cada ingrediente o tendrían resultados terribles.
Cerca de las once de la noche a los dos se les cerraban los ojos del cansancio, comieron unos cuantos dulces para mantenerse despiertos porque a ninguno de los dos les gustaba el café; pusieron música y un programa en la televisión para que el ruido les espantara el sueño. Chuy no soportaría otro desvelo hasta la madrugada, pero esa maqueta debía quedar lista. Pasada la medianoche, la maqueta estaba lista, por lo que hicieron una última prueba antes de colocar la mezcla dentro del cráter.
—Bueno, esperemos que esto se gane por lo menos un ocho… está bien, quizás un nueve —dijo Elo, cansado pero entusiasta. Le hizo prometer a Chuy que cuidaría la maqueta con su vida si era necesario.
—¡Prometidoooo, señor! —bromeó Chuy, colocando su mano derecha en la sien como un soldado.
Al día siguiente, la clase de Geografía era la primera. Chuy llegó cargando la maqueta, oculta bajo un pañuelo blanco.
—Mi mamá me recomendó que se lo pusiera —dijo Chuy—. Quizás todo mundo sienta curiosidad y eso nos ayude.
—Mmm, no creo que lo haya dicho por eso, pero bueno, ¡aquí vamos! —respondió Elo riendo.
Cuando Chuy destapó la maqueta, el salón guardó silencio. ¡Vaya que había impresionado a sus compañeros!
—No recordaba que nos hubiera quedado tan… fea —susurró Elo.
—Vaya, vaya, qué tenemos aquí —dijo el profesor Ismael—. Es una maqueta muy peculiar. ¿Quieren explicarnos el experimento?
Si bien Chuy no era un experto en manualidades, tenía un atributo muy valioso, uno que, según sus papás, podría ser la llave del éxito: sabía contar historias. Comenzó hablando de la importancia de los volcanes, de la fuerza que existe debajo del suelo que habitamos, de la lava en su interior y por qué explotan, incluso de las erupciones más terribles que ha habido. Toda la clase lo escuchaba con atención, siguiendo cada palabra y exclamación de Chuy, como si no importara que la maqueta fuese tan… peculiar.
—Ahora, el momento que estaban esperando: Elo les enseñará cómo sale la lava del centro de la Tierra —anunció Chuy.
Ese se convertiría en el tercer evento más divertido para Elo y Chuy, solo que aquel día terminó con un graaan regaño. Como la noche anterior estaban tan cansados, cuando guardaron los ingredientes no se dieron cuenta de que colocaron el doble de la cantidad de polvo para hornear y, al contacto con el refresco de cola, el techo del salón quedó cubierto de slime fluorescente que olía a dulce.
—Bueno, un seis no es taaan malo —dijo Elo un par de horas después, durante el recreo. Al igual que Chuy, aún llevaba un poco de slime pegado en el cabello—. Ja, ja, ja, la verdad es que nunca olvidaré la cara del profesor Ismael, todo cubierto de slime.
—¿No estás molesto? —le preguntó Chuy a Elo un poco apenado—. Tú querías un diez.
—Un seis es mejor que reprobar y tener reportes por mala conducta. Además, ahora tenemos una gran historia que contar.
Si bien Elo se preocupaba mucho por las calificaciones, sabía que un seis no lo perjudicaría tanto porque podía subir su promedio estudiando un poco más, y también que si le reclamaba a Chuy por algo que tenía solución, eso no ayudaría en nada a la amistad. Luego de su momento tan “brillante” con el profesor de Geografía, Elo y Chuy podrían sacar un poco del estrés en la clase de Educación Física, la más divertida en medio del aburrimiento de la escuela. Ambos habían usado tanta energía en la exposición de la maqueta, que para la práctica de voleibol estaban exhaustos y eso hizo que su equipo no clasificara en el minitorneo.
—A veces se gana y otras se pierde hasta dos veces. Esta vez les dejaremos que nuestros contrincantes ganen, pero a la próxima ¡volveremos a ser los reyes del torneo! —bromeó Chuy—. En diez minutos sonará el timbre para regresar a clases, ¿vamos antes por agua?
Elo aceptó, se moría de sed.
Para acortar el camino, decidieron tomar el pasillo trasero que salía directamente a la cafetería, pero en el trayecto notaron algo muuuy raro: una puerta que siempre estaba cerrada ahora estaba abierta.
—Chuy, ¡mira! ¿Siempre estuvo ahí ese laboratorio? —preguntó Elo, deteniéndose por completo.
—¿Qué laboratorio? —respondió Chuy, girándose.
Observaron la puerta vieja de madera con una placa medio rota que decía “Laboratorio de Ciencias. NO PASAR”. La puerta llamó la atención de Elo porque desentonaba mucho con el resto del pasillo o de toda la escuela, se veía vieja y descuidada. Incluso detectaron algo de polvo y un par de telarañas en las bisagras.
—Capaz que está abandonado o lo van a remodelar. ¿Y si lo exploramos?
—¿Ahora? ¿Y si nos castigan? —dijo Chuy, dudando.
—¿Y si encontramos algo increíble? —contestó Elo, con un gesto de curiosidad.
Chuy titubeó solo un segundo más, luego sonrió y asintió. Les quedaban menos de diez minutos, tiempo suficiente para echar un vistazo a lo desconocido. Así eran ellos: un equipo, un dúo inseparable, y los más grandes exploradores del segundo piso.
Aquel día todavía no lo sabían, pero al cruzar esa puerta nada volvería a ser un simple día escolar.
¡Tinta al papel!
Elo: ¡Holaaaa! Tal vez ya nos conozcas un poquiiito o hayas adivinado que nos encanta divertirnos con cualquier cosa.
Chuy: Y estamos convencidos de que cualquier lugar puede convertirse en el sitio más divertido del planeta si le ponemos imaginación.
Elo: Por eso queremos que uses este espacio para contarnos qué es lo que más te gusta de tu escuela.
Chuy: Y también qué le cambiarías para hacerla el lugar más épico y divertido del mundo.