Índice
Introducción: el karma es cabrón
La soltería no es cosa fácil
Cómo contar historias de amor
Reentrena tus instintos
Cuidado con la evasión
No te unas a una secta de dos
Red flags
Tener conversaciones difíciles
Atención no es intención
Nunca satisfecho
Cómo reconfigurar tu cerebro
La cuestión de tener bebés
Cómo salir cuando parece que no puedes
Confianza en la identidad
Sobrevivir a una ruptura
Confianza fundamental
Bastante feliz
Agradecimientos
Recursos para el viaje de Love Life
Sobre este libro
Sobre el autor
Créditos
INTRODUCCIÓN
El karma es cabrón
Hora de la confesión. La mayor parte de mi vida fui una persona terrible para tener citas. Sí, quizá era un coach y orador eficaz, pero seguía siendo un hombre en sus veintes (y en la extraña posición de ver comentarios bajo mis videos que decían: “Él sería el chico perfecto para tener una cita”). Muchas personas asumieron que alguien con mi inteligencia emocional debía ser una pareja maravillosa.
Estaban equivocadas.
Puedo decir con toda seguridad que nunca he sido, ni mucho menos, el tipo perfecto para tener una cita. Y, aunque siempre tuve suficiente autoconciencia como para sentirme incómodo al leer esos comentarios, no tenía idea, en mis veintes —y me atrevo a decir, incluso, cuando tenía un poco más de treinta—, hasta qué punto lo contrario era cierto. Desde que empecé mi carrera como coach profesional de citas, dando consejos a mujeres cuando tenía diecinueve años, estuve condenado al fracaso como pareja. Quizá es el destino de los coaches, entrenadores, terapeutas y asesores de todo tipo que no alcanzan la iluminación —es decir, el mundo entero. Excepto, tal vez, Eckhart Tolle… Su iluminación parece bastante legítima —antes de comenzar a repartir su sabiduría a gran escala. El resto nos quedamos cortos más de lo que nos gustaría admitir. Y la gran broma es que, desde que empezamos a enseñar o asesorar sobre cualquier cosa, la vida conspirará para hacernos tropezar en esa área específica.
Entonces, de manera exacta, ¿qué me convirtió en un tipo tan terrible para tener citas?
Bueno, salí con varias personas al mismo tiempo, sin decirles… En general, no mentí al respecto. Solo no lo dije de forma activa porque no me convenía hacerlo. A veces mentí al respecto, cuando me decía que era lo correcto porque estaba “protegiendo sus sentimientos” (desde entonces he trabajado para corregir mi relación con la verdad). De vez en cuando ghosteaba a la gente. A veces, me acostaba con alguien y luego dejaba que todo se desvaneciera, sin reconocerlo o darme cuenta de que estaba hiriendo sus sentimientos. Otras veces, seguía buscando la atención de personas que querían estar conmigo, aunque, siendo honesto, yo ya no quería con ellas. Lo hacía porque me gustaba sentir esa atención y la vida era solitaria sin ella. En los momentos tranquilos, cuando de verdad necesitaba estar con mis sentimientos, resolver mis problemas y aprender a estar solo, tomaba el teléfono y llamaba a una nueva persona.
Por eso mi contenido ha sido tan contundente. Cuando aconsejo a mujeres sobre qué necesitan observar y de qué deben tener cuidado…, a menudo es de una versión más joven e imprudente de mí.
No digo que no fuera un caballero. ¿Fui caballeroso? Claro. ¿Fui amable? La mayoría de las veces, sí. Quería tratar bien a quienes me rodeaban. Detestaba la idea de lastimar a alguien. ¿Me importaban los sentimientos de la gente? Sí y de manera profunda. Pero al final, me preocupaban más los míos.
La forma en que tenía citas casuales lastimaba a las personas. Pero el mayor dolor que causé no fue cuando las cosas no avanzaron hacia una relación formal…, sino las veces que sí.
¿Por qué? Porque incluso cuando pensaba que estaba listo, no lo estaba. No estaba preparado para un compromiso real ni para ningún otro, tampoco para hacer planes a futuro. Todavía pensaba en las relaciones como un sacrificio negativo y, sin embargo, estaba listo para disfrutar de estar enamorado, y esto, como supe más tarde, no es lo mismo que estar listo para una relación.
En aquel momento, no era consciente de nada de eso. Si me hubieras preguntado, te habría dicho sin falta de sinceridad que era maravilloso estar conmigo, que yo era una gran ser humano. Sentía de forma profunda, amaba de manera intensa, daba mucho en las relaciones, era respetuoso, sensible a las necesidades y buen conversador. Todo esto me convertía en el tipo de individuo más peligroso y malo para ti: el que no ves venir. Al menos, con un canalla, sabes en lo que te estás metiendo. Incluso es posible que te vayas a su casa (o lo lleves a la tuya) por la emoción y la aventura, pero en definitiva no esperas un futuro.
Como tanta gente que se piensa inofensiva cuando tiene veinte, pensaba que mi trabajo era enamorarme de alguien y luego aguantarme. Pero eso no es una relación, es una atracción de feria: existe para nuestro disfrute, y cuando el paseo deja de ser agradable, nos bajamos. No importa si el letrero de la montaña rusa del romance dice “altura mínima para subir”, la altura mínima para una relación seria es mucho mayor.
FLASHBACK: TENGO VEINTICUATRO y ya creo (o al menos anhelo, de forma desesperada, que el mundo piense) que lo sé todo.
Estoy parado frente al cartel de Beverly Hills, con un importante acuerdo editorial para mi primer libro, Get the Guy, millones de reproducciones en mis videos de YouTube y un nuevo programa de NBC, en un horario de máxima audiencia, llamado Ready for Love.
En este punto llevaba seis años ayudando a la gente en todas las etapas de sus citas, asesorando a miles de individuos (en persona, en el escenario, en sesiones individuales, en grupos pequeños y grandes) en cada paso de la atracción humana y en todos los grados del desamor.
Sin embargo, todo eso sucedió en Londres; Los Ángeles era mi nuevo hogar, al menos durante los siguientes tres meses de rodaje. Estaba emocionado, me sentía confiado y seguro. Quería ser parte de aquello. Así que, en Beverly Gardens Park, demasiado nuevo en la ciudad para saber o importarme el cliché que era, grabé mi primer video de YouTube en suelo estadounidense: “Tres consejos para superar el desamor”.
Todo el tiempo que estuve entregando mis valiosos consejos, había un hombre mayor parado a un lado. No estorbaba, pero era difícil no sentirme cohibido al saber que tenía audiencia. Es un fenómeno curioso sentirse cómodo con la idea de publicar un video que será visto por cientos de miles (o millones) de personas y, al mismo tiempo, sentir vergüenza de que un solo ser humano esté viendo cómo lo grabo. Por su parte, parecía divertido con mi rodaje improvisado en un día soleado y, cuando estábamos haciendo las maletas al final de la sesión, ese extraño se acercó y me dijo: “Nunca te han roto el corazón, ¿verdad?”. No era confrontativo, pero era fácil detectar el tono. El tono de alguien que lleva suficiente tiempo en el mundo como para haber recibido un puñetazo de la vida en la cara (tal vez unas cuantas veces, tal vez muchas), hablándole a alguien que simplemente no lo había recibido (o, de manera más exacta, todavía no lo había recibido).
Me sentí condescendiente y enojado. De todos modos, ¿quién era ese tipo? “No te pedí que te quedaras a verme”, pensé, “¿y ahora me vas a juzgar?”. Pero por mucho que no quisiera admitirlo, había tocado una fibra sensible. No es que los “consejos” que daba no tuvieran sentido. Sí servían. De hecho, era sorprendente cuán acertados eran algunos de los consejos que daba cuando tenía veintidós, veintitrés y veinticuatro años (no todos, pero sí muchos). Pero, en un nivel más profundo, como mi amigo pudo ver de inmediato, el zapato no ajustaba muy bien.
Alguien que hubiera vivido más tiempo y sufrido una verdadera desilusión habría sabido que ofrecer “consejos” de forma alegre, era el enfoque equivocado para hablar con un individuo que estaba saliendo del infierno del desamor.
Nunca volví a ver a mi primer crítico estadounidense, pero si lo hiciera, le diría que desde nuestro primer encuentro he solucionado ese agujero en mi currículum. Mi versión de esa experiencia formativa fue un cliché en sí misma. Cometí justo los errores que le dije a la gente que evitara: reorganicé mi vida para adaptarla a la de ella; ignoré las red flags; fingí querer cosas que no quería solo para estar con ella; puse mi autoestima en el hecho de estar a su lado, poniendo mi propia carrera en suspenso y perdiendo contacto con mis necesidades más profundas; me sentí miserable durante meses y pasé el tiempo preocupándome de manera ansiosa por estar enamorado en lugar de disfrutar el estar enamorado. En resumen, por primera vez en la vida, no estaba en mi posición favorita: al volante.
Siempre he tomado notas con voracidad. Lo que más ocupa mis pensamientos encuentra salida en las notas del celular, mis diarios o cualquier lugar donde pueda escribir mis reflexiones sobre la marcha. Pero no lleno los cuadernos con entradas como “querido diario”. En su lugar, están llenos de cosas que me digo para ayudarme a pasar el día. En este sentido, la lectura de esas notas ofrece una imagen bastante vívida de cualquier dolor que estaba tratando de afrontar en el momento. Mirando hacia atrás en mis notas de esa relación, lo más aterrador no es la ansiedad palpable que trataba de combatir, sino las notas “alentadoras” que escribía para convencerme de quedarme.
Incluso una revisión rápida muestra un diálogo interno tan amable y amoroso como “si alguien puede soportarlo, yo puedo”, “esto es entrenamiento de guerrero. Si puedo manejar esto, entonces puedo manejar cualquier cosa”, “no desees que la vida sea más fácil. Esfuérzate por volverte más fuerte y resiliente. Tómalo como una gran oportunidad para crecer”.
Al leerlas, podías pensar que se trataba de una charla mental de ánimo en medio del entrenamiento de los Navy seal. Excepto que estaba escribiendo sobre mi relación. Así de infeliz era. Me estremezco ante la falta de compasión que me mostré y ante lo peligrosas que pueden ser mi determinación y tolerancia al dolor cuando se dirigen al objetivo equivocado (en este caso, el martirio en una relación en la que la mayoría de mis necesidades fundamentales no estaban satisfechas).
Ni siquiera fue difícil encontrar estas notas.
Había muchas, algunas demasiado vergonzosas para incluirlas en este libro. Una línea particularmente triste que encontré entre un montón de tareas pendientes relacionadas con el trabajo decía: “Mis expectativas son lo que me está arruinando en este momento. Antes solo apreciaba todo por lo que era, pero luego pasé de la gratitud a la expectativa”.
Aquí tenemos la escalofriante justificación de mi entonces bien practicado masoquismo: el problema no es que mis necesidades no se satisfacen, el problema es que tengo necesidades. Solo debo volver a estar agradecido de tener a esta persona, en lugar de tener expectativas sobre ella. Olvídate de sentirte seguro, protegido y amado. ¡Tienes suerte de estar aquí!
Después del dolor inicial de la angustia, quedó muy claro que esa era la relación equivocada para mí. Leer estas notas todavía hace que se me rompa el corazón por el Matthew de antes. Sin embargo, las agradezco. Sirven como recordatorio del alarmante grado en que se puede gastar energía en la dirección equivocada.
Siempre que te sugiera reevaluar un comportamiento que te hace sentir miserable, no creas que me estoy poniendo en una especie de pedestal. Yo también he caído en la misma trampa. Y no te preocupes por la gente que pone los ojos en blanco ante las cosas que haces. Créeme, lo más probable es que también haya hecho su parte de locuras.
Cuando nuestra propia locura nos lleva por el camino equivocado, o incluso cuando hacemos todo bien y alguien nos destroza de todos modos, es útil tener un hogar al cual regresar: un lugar de amor, verdad y restauración. Para mí, cuando estaba en el peor momento, el primer refugio fueron mi mamá, mi papá, mis hermanos, mi entrenador de boxeo y mis amistades más cercanas. Tuve suerte de contar con toda su experiencia y sabiduría combinadas en aquel momento. Pero, a pesar de que todas esas figuras amorosas en mi vida ofrecen su optimismo y soluciones, todavía encuentro que uno de los mejores antídotos contra el dolor es más dolor. No más de mi dolor, sino del dolor de los demás: la necesidad de comunicarme con otros individuos que están pasando por lo mismo.
En mis momentos más oscuros, siempre existió un lugar muy especial donde pude encontrar este tipo de comunión. Un lugar al que siempre podría ir para sentirme menos solo, para sentirme mejor, donde sé que mis problemas desaparecerán. Ese lugar era el escenario o las sesiones: escuchar a las personas hablar sobre cualquier problema que plantearan e idear planes para abordar su conflicto inmediato y, después de respirar un poco y ampliar el enfoque, ayudarlas a encontrar la confianza que necesitaban (una confianza que, en casi todos los casos, les recordaba que ya la tenían). Tener esa comunidad siempre ha sido uno de los aspectos más hermosos de esta carrera y me ha hecho sentir muy cómodo haciendo espacio para el dolor ajeno.
Si me subes al escenario de una conferencia de físicos nucleares, empezaré a sudar. (¿De casualidad, son físicos nucleares con el corazón roto? Si es así, puedo ayudar). Pero si me pones en un escenario frente a gente que sufre, me sentiré como en casa.
En la última gira de Love Life, antes de que el país colapsara y no hubiera más eventos en vivo durante dos años, yo estaba en el escenario, en la parte de preguntas y respuestas de la noche, y vi a un hombre con la mano levantada al fondo de la sala. Ahora, déjame ser claro: en años anteriores no había muchos hombres en mis eventos. Cuando había uno, en especial cuando venía en la forma de un texano brusco y fornido, destacaba.
—¿Cómo te llamas?
—Roy —respondió.
Roy tenía una especie de atractivo desgastado y no parecía demasiado abrumado a primera vista. Pero se necesita coraje para levantarse y expresar su dolor, preocupación o confusión, por eso le pregunté…:
—Hola, Roy. ¿Cómo estás?
—Bien, Matthew. Gracias. Mi ex hablaba mucho de ti, así que pensé en venir a verte.
Eso provocó una gran risa en toda la sala, seguido de una ronda espontánea de aplausos. Roy se relajó.
—Bueno, gracias por estar aquí.
—Sí, sí. Disfruto todo lo que tienes que decir, pero soy hombre. —Roy profundizó un poco su voz cuando dijo esa palabra, de manera automática—. Así que estoy tratando de descubrir qué puedo aprender desde una perspectiva masculina —hablaba de forma lenta, no por nerviosismo, sino por emoción—. Soy muy…, supongo que…, “reservado”. Y me obsesiono con mi dolor, porque…, bueno, porque somos personas… Pero tengo un problema —entonces lo soltó—. Mi ex salió adelante demasiado rápido. Y duele, hombre. Tuvimos una relación durante cinco o seis años, y, cuando lo superan así de rápido, te hacen sentir que no eres lo suficientemente bueno. Y solo quiero saber ¿cómo cambio mi perspectiva sobre dejar ir las cosas? Porque necesito hacer eso. Necesito dejar ir las cosas o seré infeliz por el resto de mi vida.
Cuando llegó al final de su pregunta, la sala estalló en aplausos, en reconocimiento a la honestidad de Roy. Luego hubo un largo silencio mientras consideraba cuánto me identificaba con lo que había dicho, no solo sobre el dolor del desamor, también sobre el vertiginoso desconcierto de ver que alguien a quien no estás listo para dejar ir, sigue su vida a una velocidad desenfrenada. Una voz del público rompió el silencio: “¡Hay veinte mujeres que te van a dar su número!”. Toda la sala, incluido él, se rio.
—Roy, estás pasando por un dolor increíble. ¿Cuándo pasó esto? ¿Hace cuánto se fue y siguió adelante?
Explicó que había sido reciente, cuestión de meses.
—Entonces, es muy doloroso. Parte del dolor es porque sigues convenciéndote de que, de alguna forma, ella debía ser la persona indicada… Y porque tu “persona indicada” ahora está con alguien más. Bien, pues yo no lo creo. Creo que la pareja indicada solo puede serlo cuando dos individuos se eligen entre sí. Por mucho que hayas amado a alguien, y por increíble que haya sido, si no te elige, no puede ser la verdadera relación de tus sueños.
Y continué:
—Estás de luto porque crees que perdiste a la persona con la que se supone que deberías estar. Pero te prometo que no es así. Porque, a menos que alguien te elija, esa no es la persona con la que se supone que debes estar. Tal vez te sientas decepcionado porque ella no era la persona adecuada, pero no puedes afligirte como si lo fuera, porque no lo es. La decepción tarda un minuto en superarse, pero es mucho más fácil recuperarse de la decepción que de la idea de haber perdido al amor de tu vida. No lo perdiste. Ese amor todavía está por llegar. Algo mejor viene para ti. Te lo prometo, hermano.
Déjame repetirte lo que le dije a Roy, en caso de que estés luchando por dejar atrás a alguien que no te eligió:
Está bien sentir decepción porque una persona no resultó ser la indicada. Pero no te aflijas como si lo fuera. Si no te eligió, no lo era.
Y ya que estamos en este tema, cuando termines este libro, quiero que tu confianza esté en un lugar donde el hecho de que alguien “no te elija” sea el menor problema del mundo. El problema es que (y quizá lo tienes ahora mismo), si tu confianza no está en su mejor momento, cuando alguien no te elige, de inmediato cuestionas tu valor de manera fundamental.
Por eso le expliqué a Roy:
—Luego está el elemento del ego: ella eligió a otra persona, ¿por qué no a mí? ¿Qué tenía esa persona? ¿Por qué no fui lo suficiente? Uno de los mejores consejos que recibí fue: mata tu ego. Una parte de ti tiene que morir. Ahora mismo estás pasando por un infierno. Ha sido horrible: alguien te arrancó el corazón. Eso es el infierno. Pero quiero esa versión tuya que pasa por el infierno y regresa con vida y tiene algo que decirnos al final. ¿Quiero la versión de Roy que no ha pasado por eso? Eso es aburrido. No quiero a ese Roy. Quiero al Roy desgastado, marcado. Nos volvemos mucho más fuertes con lo que sale mal en nuestras vidas que con lo que sale bien. Entonces todo eso que estás pasando es como agregarle sabor a un gran guiso. Te hará más complejo, más compasivo…, más amable y empático. Te permitirá aportar más a tu próxima relación, y eso te convertirá en una persona muy fuerte. Y después de superar todo eso ¿a qué le tendrás miedo? ¡Ya moriste! Ya nada podrá asustarme.
Claro, seguro ya notaste que (tras haber atravesado y sufrido lo mismo) no abordé la angustia de Roy diciéndole que tenía tres consejos para superarla. Por suerte para Roy, un Matthew más desgastado y humilde se había atado los zapatos esa noche. Creo que, para Roy, para quienes estaban en esa sala y para mi vida en general…, mi valor se había expandido a través de mi dolor. Me convertí en un mejor coach para mi audiencia, así como Roy ahora tenía la capacidad de serlo para la persona que lo esperaba en el camino.
Una relación real requiere valentía de ambas partes, requiere que seamos tan vulnerables como para dejarnos ver. Requiere curiosidad y visión para comprender quién es la otra persona, para verla de verdad. Aceptar su yo ante la cámara y su desorden oculto detrás de cámara. Ver sus peores partes con aceptación y generosidad, no con desprecio; tener suficiente fe y fuerza para confiar en que aquella ofrecerá la misma libertad a nuestros lados más oscuros. Además de todo eso, se necesitan dos personas que de verdad tengan una visión de hacia dónde quieren que vaya la relación y la ejecución diaria para avanzar a ese lugar. No se encuentran relaciones excepcionales, se construyen.
En las siguientes páginas, te compartiré las lecciones e historias que cambiaron mi vida y las vidas de millones de individuos que siguen mi trabajo, siempre trato de ganarme su confianza en la forma en que me presento, tanto en público y en privado, todos los días.
¿Y quiénes son esos millones de individuos? Hace quince años empecé a hacer videos para mujeres heterosexuales y, aunque todavía constituyen la mayoría de mi audiencia, hoy es más diversa. Hay muchos más Roy y personas de la comunidad lgbtq+ que también han encontrado ayuda en mi trabajo. El amor es universal y fluye en todas las direcciones. Los consejos que ofrezco tienen sus raíces en la naturaleza humana. Estoy agradecido con la gente por ver más allá de los limitados pronombres que he usado en las introducciones de mis videos, pronombres que podrían hacer que muchas personas sientan que el mensaje no era para ellas. En este libro he intentado eliminar esas barreras y utilizar un lenguaje más incluyente. Cualquiera que sea el género o la preferencia sexual de las personas que aparecen aquí, todos somos capaces de tropezar de la misma forma; por eso, seas quien seas, confío en que te encontrarás en algún lugar de estas páginas y, al hacerlo, espero que te sientas parte, sin importar a quién ames o cómo te identifiques.
Todavía estoy aprendiendo a ser mejor en los conceptos que cubro en este libro, pero soy mucho mejor de lo que solía ser. Cualquiera, en algún momento, necesitará un consejo para su vida amorosa. Siempre descubro que hablar de las citas y las relaciones es una manera maravillosa para entendernos. Es una manera de entrar en nuestros demonios, inseguridades, traumas, esperanzas, sueños y en las formas en que quizá estamos tropezando en otras áreas de la vida.
En mi experiencia, no se puede hablar de amor sin hablar de vida. Y no se puede tener una gran relación con el amor si no se tiene una gran relación con la vida. Para tener una vida amorosa excepcional, también debemos cultivar el amor por la vida. Cualquiera que sea la etapa en la que te encuentres, te invito a descubrir, en las páginas siguientes, las herramientas que necesitaremos para ambas cosas.
1
Empecé a dar consejos sobre citas hace más de quince años, sobre todo a grupos pequeños de hombres. Un puñado de mujeres vio que los consejos les ayudaron y solicitaron sus propias sesiones. Conforme las mujeres superaban en número a los hombres, tuve algunos remordimientos: ¿quién soy yo para dar consejos sobre lo que una mujer debe hacer o sentir?, ¿qué sé yo sobre ser mujer? Pero esos momentos casi siempre llegaban con el lujo de mirar en retrospectiva, después de una sesión, cuando tenía la oportunidad de repasar las cosas en mi mente o (ya que comencé a registrar los eventos) cuando podía escuchar el audio o ver el video completo otra vez. Nunca sucedió en el momento real, en el escenario, cuando una mujer me hablaba de una crisis en su vida, esperando alivio, consejo, comprensión o algún tipo de plan. En esas situaciones, solo podía confiar en la experiencia, mientras trataba de transmitir todo lo que he aprendido al responder preguntas similares.
Hasta ahora, he pasado miles de horas en situaciones como esa. No importa quién es esa persona, ni cuáles son sus antecedentes, ni cómo se identifica…, la respuesta correcta es la que la ayuda a salir de sus problemas inmediatos y, con suerte, la empuja hacia una estrategia a largo plazo. Este libro está lleno de respuestas a las que vuelvo una y otra vez. Prefiero los consejos prácticos al pálido pensamiento optimista. Quiero que las personas salgan al mundo sabiendo que hay pasos verdaderos que pueden dar (cosas que pueden hacer y cosas que deberían dejar de hacer).
Algo que me dio una pizca de comprensión sobre el tipo de presión que sienten las mujeres, por parte de sus familias y amistades casadas (y a veces, parece que por todos lados), es la presión que sentía como hombre al hablar de citas y relaciones. Cuando alguien de la prensa o un individuo de la audiencia me preguntaba si era soltero, siempre sentía una combinación de aburrimiento porque era la milésima vez que me hacían esa pregunta y frustración por la farsa. Si les decía que estaba en una relación, respondían: “Genial” y ya. Si decía que era soltero, exclamaban: “Pero ¿¡cómo!? ¡Si tú eres el chico de las relaciones!”.
¿Esto me afectaba? No siempre, pero después de unas veinte veces que respondía esa pregunta, dudaba de mí, por eso parecía imposible dejar que esa parte de mi vida se desarrollara de forma orgánica. Descubrí que retrocedía hacia la situación contra la que advertía: me presionaba tanto para conocer a una persona importante que todo el tiempo debía resistirme a tomar malas decisiones, solo porque quería marcar la casilla de “estar en una relación”, algo que ni siquiera era importante para mí.
Déjame responder la pregunta de una vez por todas. En primer lugar, no soy el “chico de las relaciones”. No me importa si alguien tiene una relación, me importa que se encuentre contento con cualquiera que sea su estado en este momento. Nunca he predicado que las personas deban tener una relación; las ayudo a encontrar una si es lo que quieren. Y, en segundo lugar, no creo que estar en una relación sea mi mejor calificación. Me comprometí mientras escribía este capítulo, lo cual es una circunstancia feliz para mí, pero la etiqueta por sí sola no debería ser una insignia de honor. El simple hecho de estar en una relación no significa que yo ni nadie más tenga éxito (muchas personas a las que he asesorado podrían considerarse más exitosas el día que dejaron su relación). Y todos conocemos al menos una pareja cuya relación tiene todas las características de las redes sociales de una unión feliz, pero detrás de escena está al borde de la aniquilación.
Déjame ofrecerte una respuesta más clara:
• Si encuentras el amor como resultado de mi trabajo, seré feliz.
• Si cortas con alguien con quien no deberías estar y vuelves a quedar sin pareja debido a mi trabajo, seré igual de feliz.
• Y si, después de leer este libro, decides que no tienes tanta prisa por encontrar una relación porque amas la vida y amas ser tú, y no estás tratando de llenar un vacío encontrando a alguien que te haga sentir bien, entonces… ese es el premio mayor.
Nada de esto hace que estar en la soltería sea fácil. Incluso si nos libramos de la presión externa de conocer a alguien, todavía debemos lidiar con nuestros sentimientos sobre la necesidad de conectarnos. En quince años de coaching, he trabajado con innumerables mujeres que sienten que su vida amorosa no va a ninguna parte. El desencanto y la desesperanza siguen al rechazo y la angustia… hasta que empiezan a sentir que ese antiguo ideal de que hay alguien para cada quien se aplica a todo mundo menos a ellas. Al igual que esas mujeres, dejas de verle el sentido a las citas porque nunca sientes una chispa o porque, cuando las sientes, te terminan lastimando o terminan queriendo cosas diferentes a las tuyas. Te dices: “Tal vez debería hacer las paces con la realidad de que nunca encontraré a nadie”. Entonces, todas las personas con las que solías pasar tiempo comienzan a formar parejas y a desaparecer de tu vida, y esta decepción se endurece hasta convertirse en una convicción: “como sigo sin pareja… debe haber algo mal en mí”.
Estos pensamientos se hacen más fuertes con cada conexión fallida. Y aunque tratamos de mantener una actitud positiva, en el fondo llevamos el miedo persistente de que, bueno, tal vez el mundo ha cambiado demasiado. Quizá las relaciones reales ya no existen. O aún más terrible: “tal vez no existen para mí”.
Es deprimente cuando una relación en la que invertimos meses o años sale mal y volvemos al punto de partida. No parece haber una cuenta en la que generemos riqueza en nuestra vida amorosa. Cada vez que alguien se va, hay que volver a conocer a alguien; el reloj de las relaciones regresa a cero. Pero, al menos, no existe un botón de reinicio para el reloj de la vida ni del cuerpo, esos siguen disminuyendo. Si la vida amorosa fuera un juego de mesa, no sería un Monopoly, con su constante acumulación de casas y hoteles. Sería, en todo caso, Serpientes y escaleras: cada nueva relación es una escalera que subir y cada ruptura es la serpiente que nos regresa de inmediato a la misma soledad en la que estábamos antes. Pero esto no es algo malo, ¡podemos empezar de nuevo!
Cuando percibimos esa sensación de quedarnos atrás mientras nuestras amistades tienen parejas, vale la pena recordar que cualquiera puede volver al estado de soltería en cualquier momento. Las parejas de toda la vida también terminan, ¿es peor para ellas después de veinte años de matrimonio que para alguien que sufre su sexto (o decimosexto) desamor? No hay una única respuesta. Algunas personas emergen de una ruptura con una sensación de logro y serenidad sobre su nueva independencia, otras se sienten abandonadas por completo, sin ninguna de las comodidades, amistades o certezas que tenían en la vida que acaba de terminar.
Sea cual sea el estado en el que te encuentres (con citas, sin pareja, en pleno divorcio, coqueteando), todo el mundo debe afrontar las emociones que conlleva la soltería. En comparación con el trauma del desamor o el apocalipsis del divorcio, los desafíos cotidianos y el estrés que trae la soltería resultan imprecisos y frustrantes. ¿Cómo se aborda un problema cuando este es una ausencia en el corazón de la vida? Incluso así, puede doler no tener a alguien… y cuando empiezas a sumar todos los pequeños dolores, terminas con una enfermedad crónica. Hay días en los que tienes mucho entre manos y sientes seguridad, confianza o, al menos, felicidad por tantas distracciones y un estrés manejable. Otros días parecen una batalla constante contra cierto oponente que solo tú puedes ver. A veces el dolor de la soltería te golpea en los mejores días, ya sabes, cuando te dejas llevar por una experiencia cumbre y justo la cualidad excepcional de esa felicidad te recuerda que no tienes a nadie: nadie con quien compartirla, nadie que te escuche cuando haces algo que te emociona, nadie a tu lado si solo quieres asimilarlo en silencio.
Algunas personas sienten esta ausencia como una pérdida real, como si cada año fuera tiempo perdido con la persona que aún no conocen. Esta idea de una pareja predestinada en particular se acerca de forma peligrosa a algo que desacreditaremos en el próximo capítulo. Pero el sentimiento de pérdida también es una realidad de la vida. El escritor Christopher Hitchens dijo: “Una lección melancólica del paso de los años es la realización de que no se pueden hacer amigos viejos”. Eso es igual de cierto en las relaciones: no puedes volver atrás y casarte con tu amor de secundaria que nunca tuviste. Y hay gente, en especial, que se compara con sus amistades ya casadas, y que lo siente de manera muy profunda. Si en tu estado de soltería actual, te comparas con una antigua amistad que lleva diez años con su pareja, es fácil decir: “Incluso si conociera a alguien hoy, nunca tendría esos diez años de historia”.
Creo, sin embargo, que hay motivos para tener esperanza. A medida que envejecemos y nos adaptamos mejor a lo que nos gusta hacer y al tipo de relaciones hacia las que gravitamos, alcanzamos más rápido a nuestros tipos de persona. No me refiero a que revises una lista de red flags basada en todos tus desastres de citas anteriores (aunque no deseches esta idea), pero hay gente que puedes conocer más adelante en la vida con la que existe una conexión espiritual instantánea. Por lo general, soy alérgico a ese tipo de lenguaje, pero en realidad no es tan misterioso:
Con el tiempo, cada quien recorre su camino y conoce las formas en las que la vida les ha causado humillación y, tras toda esa experiencia, son capaces de reconocer y apreciar los puntos sensibles de la otra persona.
Ya sea que vivamos a kilómetros de nuestra primera casa o a una cuadra del lugar donde crecimos, salimos al mundo con la esperanza de ser algo diferente de lo que éramos cuando nos fuimos. Al paso de los años, te encuentras con alguien que te recuerda ese hecho; aunque venga de un lugar por completo distinto, comparten los mismos impulsos. A menudo, las personas se definen por las cosas que desean, los incentivos que tienen y todo lo que quieren lograr, pero también las moldean las cosas que rechazan (todo a lo que dicen “no” solo para llegar a donde esperan llegar). Se necesita mucha vida para saber qué cosas no puedes soportar, y cada vez que dejas atrás una de ellas, te alejas más de quien solías ser y de las decisiones que alguna vez habrías tomado. Luego, frente a ti aparece alguien que ha llegado a ese mismo lugar y reconoces la distancia recorrida desde casa. Eso no es magia. O, si lo es, no es una magia que estuvo disponible para ti cuando tenías diecinueve años.
la soltería no es cosa fácil, puede sentirse como un dolor que nunca desaparece. Uno de los objetivos centrales de este libro es brindar a las personas un conjunto de herramientas que les ayuden a generar más oportunidades en sus vidas amorosas de forma exponencial. Otro pilar elemental es ayudar a la gente a vivir con un sentido de presencia, disfrutando de la belleza de la vida que tiene y, al mismo tiempo, permaneciendo abierta a las oportunidades, aunque eso puede resultar complicado. A veces, “permanecer abierta a las oportunidades” puede transformarse en “esperar con esperanza” o “esperar, sintiendo que el resto de tu vida no vale nada hasta que por fin pase la cosa que definitivamente no va a pasar hoy (y tal vez nunca)”.
En el mito griego, Pandora no pudo resistirse a abrir una caja que le dijeron que no abriera. Cuando la abrió (¿y cómo no iba a hacerlo?), vio que contenía todo tipo de enfermedades y males no especificados que ahora volaban para azotar a la humanidad por siempre. Al darse cuenta de su error (ignoraremos por ahora que este mito, como la historia de Eva, solo parece una excusa para culpar a una mujer con un sano sentido de curiosidad de todo lo que está mal en el mundo), cerró la tapa muy rápido, justo antes de que escapara la esperanza. Es un detalle curioso. Podrías pensar: “¿Qué tiene de malo la esperanza? ¿Cómo podría ser tan devastadora o dañina como una enfermedad?”.
Durante años tuve que luchar contra el dolor crónico. Me diagnosticaron tinnitus, un zumbido en el oído, que muchos días (en realidad, casi diario) venía acompañado de todos los dolores de cabeza que puedas imaginar: punzadas, mareos, dolor parcial, general, un latido en la cabeza y en el oído. Curarme se convirtió en la obsesión de mi vida durante varios años. Si crees que no vivía con esperanza, estás en un error. Seguí casi todas las curas de las que oí hablar y, viviendo en California, fueron varias. Fui a un osteópata que me partió el cuello y la columna hasta que sentí como si me estuviera separando la cabeza del cuerpo. Me inscribí en algo llamado “terapia de baño de sonido”, donde me sentaba en una habitación mientras alguien tocaba un “concierto para uno” con cuencos, y otro chico tocaba un didgeridoo “en mi corazón”, como él dijo. Fui a un médico especialista en migrañas que me recetó una tríada de medicamentos que yo solito debía inyectarme cada mes. Fui de una clínica de otorrinología tras otra. En una me dijeron que eliminara el café, alcohol, azúcar, sal y picante; en otra, que el siguiente paso eran los antidepresivos y sentí que de verdad los necesitaría si eliminaba todo lo que me habían dicho.
Practiqué yoga; bebí jugo de apio todas las mañanas; fui al dentista para que me mandara a hacer un guarda de doce mil pesos; fui con un acupunturista para que me diera un masaje en la mandíbula y el oído interno, mismo que consistió en meter los dedos en mi boca y oído al mismo tiempo y manipular toda el área desde adentro; fui también a un acupunturista chino que me recetó una complicada mezcla de bolsitas de té de hierbas que olía horrible y sabía a barro mezclado con agua caliente. Seguí así durante un mes, lo cual fue la definición del triunfo de la esperanza sobre la experiencia.
Volé a Múnich, en plena pandemia, para un tratamiento que implicaba extraerme cubetas de sangre (bueno, eso sentí), que luego centrifugaban para separar las proteínas antiinflamatorias; después me reinyectaban ese suero en la mandíbula, en la parte posterior del cuello y hombros, veinte veces al día durante cuatro días seguidos. Eso fue justo antes de Navidad, cuando lo único que quería era estar con mi familia. En cambio, yo era uno más entre un puñado de huéspedes en un hotel gigante, cada uno con algún problema, deambulando como fantasmas por ese mausoleo vacío de un hotel alemán. Gasté una cantidad obscena de dinero para sentirme solo y miserable… y solo obtuve una tolerancia de por vida a las agujas.
Podrías decir que estuve plagado de esperanza durante años. Cada vez que oía hablar de algún remedio nuevo, me emocionaba. Me inundaba una sensación de alivio porque la solución estaba llegando, porque ese nuevo tratamiento por fin marcaría la diferencia. Mi sistema nervioso se calmaba porque ya no estaba en un modo de pensar catastrófico. Podía imaginar (casi sentir) el fin de la enfermedad; incluso tenía una fecha específica: es decir, el día en que comenzaría el tratamiento defintivo. Hablaba con mis amigos sobre esa nueva cura milagrosa, con una sensación de entusiasmo que rayaba en la alegría. Aunque todavía sentía dolor, la mera posibilidad de alivio parecía hacer algo en mi cerebro. Todo esto es para decir que entiendo el estado emocional cuando alguien, que no está en una relación a largo plazo, empieza a contar con entusiasmo a sus amistades sobre la cita que tuvo y que, de verdad, fue bastante interesante. Lo entiendo por completo: la sensación de que esa trayectoria deprimente, que parecía una eternidad, está llegando a su fin.
Me interesa la conexión con el dolor crónico porque los científicos han descubierto que reconfigura el cerebro. (El dolor persistente logra que los receptores del dolor se desinhiben, de modo que obtienen una respuesta más sensible, activándose más rápido que en las personas sin dolor). Eso significa que ya no se puede simplemente tratar el síntoma, sino que debes reconfigurar el cerebro. Pero incluso cuando estaba en ese estado, siempre parecía haber una pequeña trampilla de escape: todos los días, había un momento, justo después de despertar y antes de salir por completo del sueño y recordar de manera exacta quién era yo, donde vislumbraba qué sentía al no tener esa molestia.
Cualquiera que viaje conoce ese momento: despiertas y te preguntas: ¿Dónde estoy?, ¿Austin?, ¿Singapur? ¿Es este un Hyatt de aeropuerto o la casa de mi amigo? Es un sentimiento familiar para cualquiera con el corazón roto: se te conceden diez o quince segundos inolvidables al despertar, antes de reaccionar por completo y recordar cómo te sientes, un breve respiro antes de ver el titular del día, el mismo de ayer, diciéndote que tienes el corazón roto. Ya que te das cuenta dices: “Está bien, estoy listo para el día. Ahora recuerdo lo mal que me siento”.
Puedes tener repeticiones de esa sensación de respiro durante el día. Por ejemplo, cuando me encontraba muy feliz, concentrado en algo que estaba haciendo, y alguien cercano a mí me preguntaba: “¿Cómo está tu cabeza hoy?”, admitía: “Ah… no tan bien, pero en los diez minutos anteriores a tu pregunta, iba bastante bien”. Toda la gente que me decía: “confía en mí, eso desaparecerá”, no me ayudaban porque esa esperanza me robaba la vida. Esperar el día en que todo fuera mejor me impedía disfrutar la vida tal como era. Me decepcionaba cada vez que no mejoraba.
Al final, aprendí a transformar mi relación con el dolor, el cual noté que cambiaba día a día. Empecé a sentir curiosidad por eso. Comencé a hacer un seguimiento de qué pasaba durante un día donde el dolor era de 7 u 8 a diferencia de un día de 4 o 5. Porque cuando lidias con el dolor en el día a día, dos grados de diferencia son muy significativos. Esos cálculos también ayudan con las dificultades de la soltería: hay una forma de cultivar la curiosidad por las experiencias que son un poco (algunos grados) diferentes de lo normal. Es como ese momento al despertar: entre más tiempo permanecía curioso, más tardaba el dolor en volver a asentarse.
Este tipo de curiosidad, de la que hablaremos a lo largo de este libro, te permite adoptar la perspectiva de un experimentador social de tu vida. Digamos que, por lo general, entras en pánico cuando una persona con la que empiezas a salir no te responde tan rápido como antes y piensas que te lastimará porque te gusta más a ti que tú a ella. Tal vez eso sea suficiente para que seas frío la próxima vez que se vean o adoptes un tono agresivo. Pero si intentas una reacción diferente (admitir que te sentiste un poco triste porque te gusta saber de aquella persona), tal vez la vulnerabilidad, esa honestidad que no es parte de tu práctica normal, genere un buen resultado.
También es posible que no sea así, y está bien, porque el resultado no es el punto. Ahora estás empezando a estudiar la gama de reacciones disponibles con un ligero cambio de velocidad. Podemos acostumbrarnos tanto a nuestro ritmo que no entendemos cuan vasto es el espectro de experiencias posibles. Pero cuando nos permitimos probar una forma diferente de pensar, es como escapar de la cárcel. De esta manera, la curiosidad te ayuda a salir del miedo y, al hacerlo, le robas a aquello que temes el poder que tiene sobre ti. Esta actitud (reconvertir tu propia vida en un experimento social) puede producir resultados que nunca habrías anticipado. Incluso cuando los resultados son apenas distintos (la diferencia entre un 7 y un 5 en la escala de dolor), siguen representando una oportunidad para remodelar tu vida. Desde afuera, ese pequeño cambio de comportamiento puede no parecer nada extraordinario. Pero desde adentro, puede parecer alucinante. No es que tuvieras una reacción un poco diferente. Es que esa reacción diferente fue posible gracias a tu compromiso y curiosidad. Y eso se siente como un gran alivio. Es una señal de que estás reconfigurando tu cerebro.