—iToma esto, bestia horrible! ¡Y esto! ¡No, no, no, espera! ¡¡¡Noooo!!! —exclamó Chuy. No podía creer que lo habían derrotado.
Chuy exhaló. Bueno, por lo menos había llegado a la última batalla con ese monstruo en un juego que apenas probaba para ver si le gustaba. Últimamente tenía una mejor habilidad para esquivar a sus enemigos, pero este ser había lanzado fuego por la boca cuando él estaba desarmado y… ¡ni hablar! Ese día se había levantado muy temprano, quería jugar un rato antes de que el autobús escolar pasara a recogerlo; tuvo tiempo para una partida, así que se iría a la escuela mucho más relajado. Si por él fuera, ¡se quedaría en casa mucho más tiempo! Le gustaba estudiar, de eso no cabía duda, era bueno en Historia, Ciencias, Música, pero era malo en Matemáticas y Lectura; además, Chuy sentía que no encajaba por más que se esforzara en hacer amigos.

—Si tan solo tuviera uno, un buen amigo para contarle de este juego e invitarlo a jugar —se decía mientras terminaba de echar todo a la mochila—, nos la pasaríamos muy bien.
Aún estaba en primer grado, tenía la esperanza de llevarse mejor con los demás porque, aunque se saludaban y a veces compartían la mesa a la hora de la comida, no tenía una conexión especial con nadie, y ser un chico algo retraído tampoco era de gran ayuda. En fin, Chuy sabía que sería cuestión de tiempo. Sin embargo, el tiempo pasaba y las cosas no mejoraban como a él le hubiera gustado. Entonces escuchó el claxon del autobús de la escuela, tenía dos minutos para llegar corriendo a la parada, así que salió disparado sin siquiera despedirse de sus padres.
—Oye, abuelo, ¡hazte a un lado! —le dijo un chico, burlándose de su cabello blanco—, el asiento del fondo es mío.
Esa era una burla común para Chuy, quien había tenido el cabello blanco siempre. Su familia le decía que eso lo hacía ver muy cool, ¡era único!, pero aún existían compañeros nefastos que se encargaban de hacerle la vida imposible. El carácter de Chuy se había hecho fuerte por tener que soportar estos comentarios; a pesar de la maldad de muchos, seguía siendo un chico sensible, bueno, dispuesto a ayudar a los demás, pero era lógico que en momentos así prefiriera estar solo. Todo mundo sabe que la escuela secundaria puede ser lo mejor que te suceda en la vida, que a los doce años puedes tener amigos increíbles; o todo lo contrario: que ir se convierta en un dolor de cabeza. Lo que a Chuy le encantaba de esa secundaria era el laboratorio de ciencias, que también tenía un área de robótica; ahí había aprendido muchas cosas, desde identificar hongos tóxicos y venenosos que los profesores llevaban, hasta ver cómo los de último año armaban prototipos de robots pequeños hechos con motores de licuadoras. Ahí se encontraba aquel día cuando alguien anunció por el altavoz:
—Alumnos de la escuela secundaria, les informamos que tendremos que desalojar el plantel debido a una fuga de agua. Acudan a la entrada para tomar su autobús.
¡¡¡Yeeeeiiii!!!, se escuchó en toda la escuela, y también Chuy se emocionó, ¡ya quería regresar a casa a continuar su juego! Estaba llegando a la parada de autobuses, cuando escuchó que alguien le decía.
—Oye, chico de pelo blanco, ¿quieres venir a jugar a las escondidas con nosotros? —preguntó Braulio, un compañero famoso por ser de los peores bullies—. Necesitamos uno más.
—¿Quién… yo?, ¿me dices a mí? —dudó Chuy, ya que nunca lo invitaban.
—¿A quién más ves aquí con el pelo blanco? ¡Claro que te digo a ti!
—E… e… ¡está bien! —respondió Chuy, emocionado.
Los alumnos escucharon el último llamado para subir a los autobuses e ir a casa, pero Braulio, Chuy, otros niños, no le hicieron caso y comenzaron a caminar en dirección al bosque detrás de la escuela. Ese bosque abandonado tenía fama de estar embrujado, se veía enorme y escabroso, y cuando alguien pasaba cerca por las noches podría jurar que se escuchaban aullidos o cosas raras por el estilo.
—Oigan, ¿no creen que nos meteremos en problemas si los maestros o nuestros papás se enteran de que estuvimos en el bosque? Se supone que está prohibido venir aquí. —preguntó Rodrigo, uno de los niños que acababan de sumarse al juego.
—¡Eso no importa! —respondió Braulio—, solo los cobardes les tienen miedo a los maestros.
Nadie contestó nada y continuaron caminando. Chuy estaba emocionado de ir con ellos, pero se le hacía muy raro que Braulio lo invitara, ya que cuando inició el curso fue muy cruel con él, se burló de su cabello y no paró de hacerle bromas pesadas junto con otros bullies hasta que llegó otro chico al que también le hicieron bromas pesadas. Honestamente, pasó de la emoción a los nervios porque temía que fuera una trampa y al final Braulio se comportara igual que siempre, sin embargo, ¿qué más podría suceder?, había tres niños y dos niñas más, quizá Braulio se comportaría mejor porque estarían todos juntos. Y tal vez sería su oportunidad para hacer amigos e ir dejando atrás la timidez. De repente, Braulio habló:
—Bueno, quiero que este sea nuestro patio de juegos, así no tendremos que compartirlo con ningún tonto, todos son unos miedosos. Primero jugaremos a las escondidas y el que encuentre a los demás en menos tiempo, ganará.
—¿Cuál es el premio? —preguntó una de las chicas.
—No hay premio —respondió Braulio—, ya les dije que quiero que este sea nuestro patio de juegos y, a partir de ahora, yo pondré las reglas de quién puede jugar aquí y quién no es bienvenido.
—¡Qué aburrido! —exclamó otra de sus compañeras—, pensé que haríamos algo más divertido.
—¿Acaso eres una miedosa, Romina? ¿Tú tienes miedo, Juan? —preguntó señalando a otro de sus compañeros—. ¡No sean cobardes!
Chuy no era un miedoso, pero había escuchado un par de cosas sobre ese bosque y no entendía por qué Braulio quería que jugaran a las escondidas ahí. Tal vez era su lugar favorito a pesar de las cosas tan peligrosas que le daban mala fama al bosque. Chuy estaba a punto de renunciar para irse a su casa, cuando Braulio exclamó:
—¡Escóndanse lo mejor que puedan! Yo los buscaré —y se dio la vuelta para iniciar la cuenta regresiva—. Cien… noventa y nueve… noventa y ocho…
Rápido, Chuy, ¡piensa rápido!, se dijo a sí mismo porque no sabía si trepar un árbol o esconderse detrás de unas rocas. Poco a poco vio cómo los demás se dispersaban y escogían los mejores escondites cerca de donde iniciaba el bosque y aún podía verse el edificio de la escuela. Cuando corrió para esconderse detrás de un tronco que formaba una especie de cueva, un chico lo empujó y le dijo:
—¡No, este sitio es mío!
Luego vio un arbusto lleno de flores sin espinas, ¡era el lugar ideal! Pero, cuando se agachó para ocultarse, Regina exclamó:
—¡Yo lo vi primero!
—Cuarenta y dos… cuarenta y uno… cuarenta… —se escuchaba a lo lejos.
Entonces Chuy comenzó a correr en dirección contraria, saltó un pequeño riachuelo donde había varias rocas, atravesó un arbusto enorme, se metió entre unos arbolitos y, cuando se dio cuenta, ya no escuchaba a Braulio, estaba lo suficientemente lejos y de repente temió que se hubiera perdido. Uuuuuhhh… uuuuuhhh… uuuuuhhh… ¿qué era ese ruido?, se preguntó Chuy, un poco nervioso.
—¡¡¡Aaaahhh!!! —gritó, asustado—. ¡No es posible que esto me dé miedo!
Lo que había hecho ese ruido pasando su lado era un pájaro, uno muy feo, pero pequeño e inofensivo. Definitivamente era el momento de regresar con los demás, no importaba si perdía el reto o Braulio se molestaba, no le gustaba estar tan alejado del resto del grupo. Apenas dio unos cuantos pasos, algo llamó su atención, ¿acaso estaba viendo bien? A unos metros, en medio de la maleza, vio una luz muy rara que brillaba de forma intensa. Chuy se preguntaba qué podría ser, así que se acercó para salir de dudas. No sabía de dónde venía ese brillo, ¿acaso estaba flotando? Las luciérnagas no brillan de esa manera, pensó, y cuando la tuvo muy, muy cerca, la tocó. De repente, la luz se deshizo al contacto con sus dedos, pero en un segundo volvió a aparecer ¡y ahora brillaba con mucha más fuerza!
—¡¡¡Woooow!!! —exclamó Chuy, sonriendo ante lo que veía—. Estoy seguro de que los chicos no creerán lo que acabo de descubrir.


Inmediatamente se echó a correr en dirección hacia los demás. Lo que Chuy no sabía era que esa luz no había sido inofensiva, al contrario, ¡lo había cambiado! Su cabello blanco acababa de llenarse de mechones morados y naranja, y sus ojos ¡eran de color naranja! Ese color no existía en los ojos de un ser humano normal, entonces verlo daba mucho miedo, tenía una mirada aterradora, como la de un felino furioso a punto de atacar. Estaba tan lejos del resto, que cuando llegó se dio cuenta de que él era el único que faltaba por ser encontrado.
-¡¡¡Aaaaahhh!!! —gritó aterrada Romina—, ¡¿por qué te pusiste esos lentes de contacto?! Acabas de darme un susto horrible.
—¿Lentes? ¡Yo no uso lentes! —respondió Chuy—, y sin darle importancia a la forma en que sus compañeros lo veían, las risas contenidas y la cara de terror de las dos compañeras, dijo—: ¡tienen que venir conmigo!, ¡encontré una luz!
Y en menos de un minuto les explicó que, mientras buscaba un escondite en las profundidades del bosque, vio una luz muy brillante flotando cerca de él, y esa luz se hizo mucho más intensa cuando se acercó, ¡quizá se trataba de un insecto de alguna especie extinta! Todos los veían de forma rara, hasta que llegó Braulio:
—¡Llevo un rato buscándote!, ¡¿qué haces así?! Ja, ja, ja, ¡qué raro te ves!
Chuy no entendía lo que le decía, porque no tenía idea de que tanto su cabello como sus ojos habían cambiado de color, así que repitió rápidamente lo que acababa de decirles a los demás.
—Ja, ja, ja, ¡una luuuuz!, ¡una luuuuz misteriosa! —se burló Braulio—, ¡qué tonterías inventas! Pero está bien, vayamos a ver de qué se trata, y si es alguna tontería tendrás que darme el dinero de tu almuerzo.
Chuy no sabía qué tenía que ver el dinero de su almuerzo, así que respondió:
—Y si tengo la razón, ¡me das el tuyo!
A pesar de verlo muy raro, Braulio aceptó y todos comenzaron a adentrarse en las profundidades del bosque. Después de atravesar por las piedras del riachuelo, Juan dijo:
—Creo que nos hemos alejado mucho.
—Estamos cerca —respondió Chuy, ansioso de llegar y demostrarle a Braulio que también podía jugar en su cancha de las apuestas—. ¡Esperen a verla, es increíble!
Ahora sí, se encontraban en el mismo sitio, cerca de los arbolitos de donde había salido el pájaro feo. Cuando se detuvieron, Romina preguntó:
—Y bien, ¿dónde está esa luz extraña?
—Por aquí, estaba en medio de aquella maleza, ¡déjenme ir a explorar! —dijo Chuy, acercándose al sitio exacto donde la luz había aparecido.
Echó un vistazo y no vio nada, ¡no había luz! Empezó a sentirse nervioso, ¿y si era un insecto y se fue volando? No, eso no era posible, él había tocado la luz y definitivamente no era un insecto, quizás un hongo o el reflejo de otra luz, pero era demasiado intensa para tratarse de eso.
—¡Así que solo querías llamar la atención! —dijo Braulio—, ¡y por tonto has perdido la apuesta!
¡La apuesta!, pensó Chuy, y de inmediato, su estómago lanzó un rugido porque no había comido nada en todo el día.
—¡Esperen un minuto! —les pidió—, estoy seguro de que este es el lugar, lo sé porque ahí está el ave y…
—¿Ahora hablas con las aves, rarito? ―dijo Juan, su otro compañero.
—¡Solo echaste a perder el juego! —protestó Regina―. Yo me estaba divirtiendo antes de que llegaras con esa mentira.
—Y para colmo, ¡solo viniste a este sitio del bosque a pintarte el pelo y ponerte lentes para asustarnos! Eso no se hace, Chuy —intervino Romina—, me dio mucho miedo.
Chuy no sabía de qué estaban hablando, ni por qué le decían esas cosas. Se sentía muy mal, había quedado como un mentiroso y ahora también parecían molestos con él por echarles a perder el juego. Vaya forma de comenzar a tener amigos.
—Te toca pagar, chico raro —dijo Braulio.
Chuy suspiró y sacó de su bolsillo el dinero del almuerzo. Él no era un mentiroso y mucho menos faltaba a su promesa para no cumplir con la apuesta, así que, muy a su pesar, entregó el dinero.
—Por eso todo mundo piensa que eres bien rarito —agregó Rodrigo.
Esto último lo hizo sentir mal e inseguro. Chuy sabía que esos chicos basaban su personalidad en molestar a los demás y ya les había dado, además de su dinero, material suficiente para que siguieran molestándolo.
—Volvamos al inicio del bosque —dijo Braulio, el líder del grupo—. A ver si podemos recuperar el tiempo que nos hiciste perder.
Todos comenzaron a caminar en dirección contraria, hasta Chuy, quien era el último en la fila, avergonzado, con hambre, pensando en lo que acababa de suceder y dudando si había sido real, o era tan rarito que ahora alucinaba con luces de otro mundo.
—Definitivamente, no se me da hacer amigos —susurró Chuy para sí mismo, un poco desanimado.

