
—No.
»Dije que no. Ahora no.
»Steven, por favor, te lo suplico…
»No…
»No.
»Sé lo que quieres, es solo que…
»Stevie, estoy vestida de negro. Solo quiero…
»Solo por esta vez, necesito…
El teléfono de Cherry sonó, pero lo ignoró. Estaba tratando de salir por la puerta mientras mantenía a distancia a una perra demasiado grande.
Trataba, pero sin éxito. Stevie era demasiado grande y entusiasta para controlarla: la empujaba moviendo la cola y solicitaba afecto con sus suplicantes ojos cafés. Tenía una mirada que parecía humana, como la de los gorilas.
—Okey, está bien —accedió Cherry alzando los brazos en señal de derrota—. Sí, sí, de acuerdo.
Stevie saltó para restregar su enorme cabeza en los pantalones negros de Cherry, primero en uno de sus muslos, luego en el otro.
—Lo sé… —suspiró Cherry mientras acariciaba el amplio lomo de la perra—. Eres una buena chica, Stevie.
Stevie tenía dos años y era cruza de terranova y gran pirineo, a la que algunas personas llamaban “piriterranovense”, pero no Cherry. Era enorme y blanca con manchas negras alrededor de los ojos y de las orejas, y tan esponjosa que parecía oveja o una especie de cabra montañesa. De hecho, había quienes recolectaban el pelaje de sus perros pirineos y confeccionaban suéteres con él. Pero no Cherry. No, tampoco hacía eso.
Stevie parecía un oso polar con máscara de ladrón, pero quizás era la perra más linda que hubiera existido. Su nombre completo era Stevie Nicks. El exesposo de Cherry fue quien eligió el nombre.
Su celular volvió a sonar y ella continuó ignorándolo. Stevie seguía empujando, tratando de acercarse más. Siempre se comportaba así cuando Cherry pasaba todo el día en el trabajo.
Stevie metió la cabeza entre sus piernas y empujó de nuevo, parecía una muestra de sumisión, era uno de sus movimientos favoritos. Pero Cherry tenía piernas cortas y, cada vez que la perra se movía de esa forma, prácticamente la derribaba.
—¡Stevie! —exclamó dando un paso hacia atrás intentando recuperar el equilibrio—. ¡Por Dios! —exclamó. El teléfono sonó de nuevo en dos ocasiones consecutivas. Un mensaje de texto tras otro.
Stevie seguía entre sus piernas, envolviéndole la rodilla. Eran tan larga que parecía dragón chino. Esto ya era demasiado.
—Suficiente, ¡a tu casa! —ordenó Cherry—. Vete a tu casa, Stevie. Lo siento, no puedo hacer esto ahora.
Stevie escuchó la palabra “casa” y trotó obediente hasta su casita de perro. Si algo podía reconocerle Cherry a Tom, era que la había entrenado bien. Cuando la perra estuvo dentro, Cherry le dio un premio con probiótico y cerró la reja de metal. La “casita” ocupaba la mitad del vestíbulo.
Después tomó el rodillo para retirar la pelusa y comenzó por sus muñecas. Estaba cubierta de pelaje blanco, hasta en zonas donde Stevie no se había restregado. Había pelaje por toda la casa, incluso en el aire. Era una situación complicada, el lugar era un chiquero. Tal vez debería cambiarse de ropa…
O, quizá, debería quedarse en casa.
En realidad no quería ir sola a un concierto. Había planeado ir con su amiga Stacia, pero esta cambió de opinión, y Cherry no pudo pensar en alguien más que pudiera querer el boleto que sobraba.
Tenía treinta y seis años, y sus amigos ya no iban a conciertos porque tenían hijos. O porque veían series “reconocidas” de televisión. O porque les gustaba acostarse temprano para llegar a tiempo a su clase de spinning a la mañana siguiente o a la clase de lo que fuera que estuviera de moda ese año. Ni siquiera ella iba ya a conciertos.
Tom odiaba los conciertos. De hecho, no tenía ningún interés por la música y no le agradaba la gente. Cada vez que Cherry lo convencía de que la acompañara a un concierto, él pasaba la noche entera mirando a todos con el ceño fruncido, sin siquiera darse cuenta de que lo estaba haciendo. Se veía incómodo incluso cuando su rostro estaba relajado.
Cherry empezó a pasar el rodillo quitapelusa por sus hombros. El teléfono sonó.
Compró los boletos para ese concierto el mismo día que lo anunciaron. Goldenrod era su banda favorita de Omaha. Los había visto tocar en vivo dos veces, antes de conocer a Tom, y antes de que se volvieran más o menos famosos y de que se separaran. El de esta noche sería un concierto de reencuentro y tocarían todo su primer álbum de principio a fin. No quería perdérselo, estaba harta de perderse todo.
El teléfono sonó, lo sacó de su bolsillo trasero y miró la pantalla. En el grupo de chat que tenía con sus hermanas había treinta y cinco mensajes. Lo abrió.
El primer mensaje era de Honny:
“SE ACABA DE ESTRENAR EL TRÁILER DE JUEVES! ESTO NO ES UN SIMULACRO!!!!”.
Puso el teléfono en modo silencioso y lo volvió a guardar en su bolsillo. Dejó el rodillo quitapelusa encima de la casa de Stevie y la miró con aire severo.
Stevie miraba a Cherry desde abajo, con ojos suplicantes. Tenía una expresión de anhelo incluso cuando su rostro estaba relajado.
—Te dejaré salir, pero no puedes saltarme encima y tampoco me acompañarás.
Stevie permaneció en silencio, anhelante.
Cherry giró el seguro de la casa para perro.
—Quieta —Stevie se puso en cuatro patas de un salto dentro de su casita—. Hablo en serio, Steven —sentenció mientras volvía hacia la puerta.
Stevie parecía lista para salir corriendo.
Cherry se apresuró a llegar a la puerta y la cerró de golpe en cuanto salió.

Se estacionó en la calle, lo más cerca que pudo del lugar del concierto. Era un pequeño club en una zona industrial en el centro de Omaha. Llovía y ya había oscurecido.
Tal vez era una tontería salir sola por la noche de esa manera, al menos debería avisarles a sus hermanas a dónde iba para estar segura. Aunque, más que una medida de protección, avisar le parecía solo una manera de optimizar el proceso para cuando, más adelante, tuvieran que buscar su cadáver.
Sus hermanas continuaban despotricando en el grupo de chat y también habían comenzado a enviarle mensajes individuales para preguntarle por qué no respondía en el grupo. Ella siguió ignorándolas, metió el teléfono y su cartera en su bolsillo, salió del automóvil y caminó rápido hasta la puerta del club.
El joven que revisaba los boletos casi ni la miró cuando le mostró su identificación. Esperaba haber llegado lo bastante temprano para conseguir una mesa porque el único lugar para sentarse allí eran unas cuantas mesas altas cerca de la barra.
Entró y fue directo hasta la última mesa disponible y dio un pequeño salto para sentarse en la silla. ¡Victoria!, pensó, pero de inmediato se sintió tonta. ¿Desde cuándo conseguir una silla se había convertido en una victoria? Por otra parte, también se sentía eufórica por el simple hecho de estar ahí, de haber salido de casa.
Salir sola la hizo sentir osada.
Aunque… comparada con todas las demás personas en el lugar… se sintió vieja.
También gorda. Como siempre.
Pero más o menos linda, con esos jeans oscuros y el diáfano suéter color verde oliva…
De hecho, le agradaba todo lo que traía puesto ese día: las pesadas botas de cuero azul celeste que ordenó de Dinamarca; los largos aretes rosas fabricados por un artista plástico que encontró en internet y el antiguo relicario en forma de corazón que se ponía con casi todo.
Tenía prendas lindas, tal vez demasiadas prendas lindas. Por eso se apoderó de todo el clóset en su habitación de casada y luego de la habitación para invitados completa. Tom tuvo que guardar todos sus zapatos y su ropa de vestir en un clóset de abajo. Nunca la hizo sentir mal por ello, pero claro, tampoco usaba ropa de vestir.
La ropa era importante para Cherry, su apariencia en general lo era. Entre semana, por las mañanas, cuando subía al elevador para llegar a su oficina, en el décimo segundo piso del edificio Western Alliance, en verdad le complacía ver su reflejo en las puertas de latón con acabado de espejo.
Siempre fue capaz de mirarse con claridad, tenía buen ojo y podía apreciarse a sí misma. Conocía bien el material que tenía para trabajar. Por ejemplo, tenía el cabello largo y abundante, de un hermoso e inusual color castaño, y lo sabía. Sus ojos eran color avellana y tenían pestañas largas. Unas pecas preciosas sobre el puente de la nariz. Hoyuelos en las mejillas. Una linda sonrisa. Sabía todo esto sobre sí misma porque podía verlo.
Y también… era gorda.
No gorda como muchas mujeres creen serlo. Cherry en verdad era gorda. De forma objetiva. Y lo sabía. Incluso podía decirlo en voz alta porque no era algo que se ocultara.
Provenía de un extenso linaje de mujeres gordas. En ese momento, por ejemplo, la pantalla de su teléfono se mantenía iluminada porque había tres mujeres gordas enviándole mensajes. Primero fue una niña gorda, luego una adolescente gorda y ahora era una señora gorda.
Sabía cómo se veía y cómo la veía la gente, y pensaba en ello todo el tiempo. Independientemente de lo que estuviera pensando o haciendo (que era mucho; si Cherry fuera parte de un tren, sería la locomotora), ella también estaba pensado que era gorda.
Estaba tan acostumbrada a pensar en que era gorda que rara vez notaba que lo estaba haciendo. Estaba tan acostumbrada a pensar en que era gorda que nunca pensaba en ello.
Cuando notó el pelo de perro en su manga, frunció el ceño y lo retiró con los dedos.
Comenzó a llegar más gente para el concierto y se dedicó a observarla entrar por la puerta. Todos eran mucho más jóvenes de lo que esperaba. ¿No eran demasiado jóvenes para conocer a Goldenrod?
Quizás este era el tipo de gente que asistía a todos los conciertos en ese bar… Tipos con barbas desiguales. Chicas con cortes de cabello burdos y tatuajes que subían por sus cuellos hasta llegar a las mejillas. En estos tiempos, todos estaban tatuados, literalmente. Incluso las madres que llevaban a sus hijos a la práctica de futbol y las maestras de jardín de niños. Seguramente era difícil ser joven y rebelde en tiempos así: si en verdad querías destacar, tenías que tatuarte la cara. Tenías que usar prendas tan poco favorecedoras que nadie con más de treinta años se atrevería a ponerse. Las chicas en el concierto vestían algo llamado mom jeans: pantalones tipo “mamá” que ensanchaban la cadera y aplanaban las nalgas. Mom jeans y mocasines de papá. Ella no tenía la valentía de hacer algo así, era demasiado mayor y gorda para no sacarles provecho a sus puntos fuertes.
Desearía que Stacia estuviera ahí… Stacia o alguien más.
En los viejos tiempos habría asistido al concierto con un numeroso grupo de amigos del trabajo o la escuela, pero cuando te casas, las amistades cambian. Y luego vuelven a cambiar cuando todos empiezan a tener hijos. Ella se había quedado atrás en la etapa de los hijos, y ahora Tom también se había ido, y eso era peor que el hecho de haberse quedado atrás. Era como si la hubieran catapultado a la casilla de inicio.
Tal vez necesitaba amigos más jóvenes.
Aunque, al menos, no era la más vieja en el lugar. Reconocía a algunas personas simplemente por haber vivido en Omaha toda su vida y frecuentado ciertos lugares.
Vio a un individuo que solía trabajar en una tienda de discos cuando había tiendas de discos en Omaha. Y a una mujer que trabajaba para el periódico cuando en Omaha todavía se publicaba un periódico de verdad. A veces el mundo era tan nuevo que le mareaba, ¡y apenas tenía treinta y seis años! No resultaba sorprendente que su madre siempre pareciera tan confundida.
Alguien la tocó en el hombro, era una joven con un desafortunado fleco corto que quería saber si necesitaba las otras sillas que rodeaban la mesa. Cherry contestó que no y la joven las arrastró hasta la barra para sus amigos.
Los observó un rato y luego se dio cuenta de que estaba mirando a la gente como si fuera una demente del siglo xx. Lo mejor sería mirar la pantalla de su teléfono como cualquier persona normal. Poco después echó de nuevo un vistazo a la barra y se encontró con la mirada de alguien que la observaba a ella. Un hombre… que le sonrió.
Frunció el entrecejo. ¿Acaso era…?
Sí, sin duda. Sonrió sorprendida y, cuando el hombre ya iba caminando hacia ella, su sonrisa se amplió.
—¡Russell Sutton! —exclamó cuando el hombre llegó a su mesa—. No lo puedo creer.
—Cherry, Cherry —comentó él con una sonrisa fulgurante—. Eres como un flashback, solo mírate.
—Mírate a ti —replicó Cherry mirándolo. Se veía…
Vaya, Dios mío, se veía igual que siempre, como si acabara de salir del vientre de su madre con un excelente corte de cabello y lentes de armazón de carey. Como si hubiera nacido con esa sonrisita. Russell Sutton, de los Sutton del vecindario Fairacres. Hablando de flashbacks. Hablando de impactantes sacudidas del pasado lejano.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Russ con una amplia sonrisa, como si no pudiera evitarlo. Cherry se rio, era una pregunta tonta.
—Vine al concierto.
Russell se recargó en la mesa alta y un mechón de cabello castaño le cayó sobre la frente.
—Sabes a lo que me refiero. No te había visto en siglos. ¿Viniste sola?
—Sí, ¿y tú?
Russ se encogió de hombros y se echó el cabello hacia atrás con una mano.
—Más o menos. Vine solo, pero ya sabes cómo son estas cosas, conozco a toda la gente en el lugar. Tú eres el rostro nuevo, Cherry. ¿Dónde te habías metido?
Ella volvió a reír.
—En ningún lugar. Estuve por ahí. Todavía vivo en el centro de la ciudad y sigo trabajando para el ferrocarril.
—No sabía que trabajabas para el ferrocarril. ¿Qué es lo que haces ahí?
—Me siento en una oficina y doy órdenes —contestó ella y Russell se rio.
—Apuesto a que eres buena para ello. Estás casada, ¿verdad? Con el tipo que hace aquel cómic, ¿no? Del que están haciendo una película, ¿no?
Cherry apretó los dientes, pero solo por un segundo y sin dejar de sonreír.
—Así es… Jueves.
—¿La van a filmar ese día? —preguntó Russ confundido.
—No. Así se llama el cómic, Jueves.
—Ah —Russ hizo una mueca, avergonzado—. Lo siento. Nunca lo leí, en realidad.
—No te… —comenzó a decir Cherry con una sonrisa franca—. No hay problema —negó con la cabeza—. Además, de hecho, estoy… —volvió a negar con la cabeza y agitó la mano izquierda—: divorciada.
Russ se enderezó un poco.
—Oh.
—Es decir, nos estamos divorciando.
—Lo lamento, Cherry —comentó Russ con una expresión muy seria.
—No, no lo lamentes. Es… —replicó agitando la mano de nuevo—. Ya sabes.
—Yo estoy divorciado desde hace tres años —agregó él.
—Ay, Russ —musitó Cherry que dejaba de sonreír finalmente—. Lo siento.
—No hay problema —dijo Russ encogiéndose de hombros—. Sobreviví —agregó con una mirada dulce.
Cherry le sonrió de nuevo y él se inclinó e hizo chocar su codo con el de ella.
—Sobrevivirás.
—Gracias —respondió ella riéndose un poco.
—¿Te gustaría beber algo?
Cherry miró el bar.
—Sí, pero no quisiera perder mi asiento.
—Te traeré algo entonces. ¿Qué quieres?
Cherry se mordió el labio y musitó:
—No, descuida. Después tendría que ir al baño cuando comience el concierto y entonces perderé mi asiento.
—Ay, por Dios. Solo dime qué quieres. Cuidaré tu asiento toda la noche, abuela.
—¿En serio? ¿Lo prometes? —preguntó Cherry señalándolo con el dedo índice—. No puedo ver un concierto entero de pie.
—Cherry, hemos ido a varios conciertos juntos —replicó Russ exasperado.
—Por eso lo digo. Me arruiné los pies estando parada toda la noche con zapatillas de tacón alto.
—Ah, sí, claro —sonrió él con aire nostálgico—. Solías usar esos zapatitos como de chica de calendario —agregó y alzó la mano cerrada, apretando las puntas del pulgar y del dedo índice extendidos—. Hacían que tus pies se vieran diminutos.
Cherry le golpeó la espinilla con la punta de sus burdas botas.
—Quiero una Coca Zero. Y en una hora tienes que regresar a esta mesa a cuidar mi asiento para que yo pueda ir al baño.
—No te dejaré sola —dijo Russ mientras se alejaba de ella dando grandes zancadas.
Cherry sonrió al verlo caminar hacia el bar, pero dejó de hacerlo de inmediato. Y, aunque apretó bien los labios, sentía como si siguiera sonriendo.
Russell Sutton. ¿Quién lo habría pensado?

Russ trajo una Coca Zero para Cherry y una cerveza para él, y cumplió su palabra: se quedó en su mesa. Sacagawea había comenzado a tocar, era una banda local que nunca despegó, pero que ahora le abría a Goldenrod. Russ y Cherry solo se acercaron un poco más el uno al otro y continuaron hablando. Ella le contó más sobre su empleo. Comenzó como diseñadora gráfica, pero él ya sabía eso, luego la ascendieron y se convirtió en jefa del equipo, luego en gerente, y ahora dirigía el departamento de marketing. Una mujer con mayor rango era quien dirigía el departamento oficialmente, pero Cherry era el cerebro de la operación y, a menudo, también la boca. Además, siempre era quien se aseguraba de que todo se llevara a cabo. A pesar de ello, cuando le explicó todo esto a Russ, se borró a sí misma un poco del panorama.
Desde que terminó la universidad, Russ había trabajado para el gobierno o en asuntos relacionados con él. Ahora era el jefe de personal del alcalde, a pesar de que este era republicano y él había sido liberal toda su vida. Su abuelo, de hecho, fue gobernador cuando en Nebraska todavía elegían demócratas. También participaba en varios grupos cívicos: para incentivar el voto, promover la alfabetización e implementar programas artísticos en vecindarios marginados.
Russ en verdad conocía a la mitad de la gente en el bar. Varias personas se detuvieron en la mesa para saludarlo y siempre la presentó: “¿Conoces a mi amiga Cherry? Prácticamente fuimos compañeros de habitación en Creighton”. Russ todavía iba a muchos conciertos, veía muchas películas y cenaba una vez a la semana con sus padres. Y seguía siendo en verdad, pero en verdad, muy atractivo.
“Guapo” no era la palabra correcta en su caso, porque ni era alto ni tenía espalda ancha. Tenía rasgos más bien afilados, parecía el típico actor irlandés de una emisión de drama de la bbc. Era un poco más tosco que los demás, un poco más vivaz también. Sus ojos eran de un azul intenso, oscuro y profundo. Se sonrojaba con facilidad. Cuando se emocionaba o se emborrachaba, se ruborizaba.
Esta noche se veía un poco sonrojado, de hecho.
Russ se casó al terminar sus estudios de leyes con alguien a quien Cherry nunca conoció, una tal Marian que trabajaba en la Fundación comunitaria y que estudió en una de las escuelas de Omaha en las que estudiaban las chicas católicas adineradas. Tuvieron un hijo de nombre Liam y ahora tenía ocho años y estudiaba en Saint Margaret Mary. ¿Que si quería ver una fotografía? Claro, por supuesto. Miró la pantalla del teléfono de Russ y sonrió. Su hijo era un encanto. Se lo dijo.
Ella no tenía fotografías para enseñarle a Russ. Aunque en su teléfono había mil, no pensaba mostrarle una de Stevie, sería demasiado triste…. Y tampoco quería hablar de Tom. No podía hablar de Tom de la manera en que Russ hablaba de su exesposa, como si solo fuera una de las cosas que le habían sucedido en los años que pasaron desde la última vez que él y Cherry hablaron.
—No puedo creer que trabajes en el área de administración —exclamó Russ. La banda telonera acababa de terminar su actuación, Goldenrod comenzaría a tocar dentro de poco—. Siempre fuiste muy creativa.
—Lo sigo siendo —dijo Cherry sintiéndose agraviada. Tragó de golpe el hielo que estaba masticando—. No mucha gente puede ser creativa y práctica al mismo tiempo. En realidad, ese es mi superpoder: puedo asegurarme de que el trabajo sea bueno y de que se realice. Y puedo comunicarme sin problema con la gente encargada de las cifras y del dinero.
—Ah —dijo Russ mirando el vaso de Cherry—. ¿Quieres otra Coca Zero? —preguntó.
Cherry negó con la cabeza.
—¿No extrañas ser una artista? —preguntó Russ.
—Sé que se supone que debería decir que sí, pero… creo que soy mejor ejecutiva. En realidad, no creo haber sido una artista del todo.
—Por supuesto que lo eras.
Cherry puso los ojos en blanco.
—Russ, ¿alguna vez viste mis diseños? —preguntó. Russ se encogió de hombros.
—Solo no creo que hubieras estudiado Arte en la universidad si no hubieras sido buena para ello.
Bueno, eso era cierto.
—Lo hacía bien, pero no era una artista —dijo. Al menos no del mismo modo en que lo eran las otras personas con quienes estudió. No como Tom—. Si tuviera que volver al diseño, extrañaría lo que hago ahora.
—Es solo que no te puedo imaginar trabajando en el ferrocarril —dijo Russ—. No te imagino como industrialista.
—Bueno, ni soy millonaria ni le robo a nadie —afirmó.
Russ se rio.
—¿Todavía ves a Stacia y a toda esa gente?
Cherry asintió con dificultad.
—Sí, la misma gente de siempre.
Russ sacudió la cabeza como si recordara algo con cariño. Cherry imaginó algunos de los detalles.
Un hombre pasó junto a su mesa y saludó a Russ con un movimiento de la cabeza, este ondeó la mano como respuesta.
—¿Alguna vez has deseado haberte ido de Omaha? —preguntó Cherry. Russ la miró de reojo.
—¿A qué te refieres?
Cherry alzó la vista. Estando de pie junto a ella sentada, él era un poco más alto.
—A que… siempre son los mismos rostros —dijo—. Los mismos viejos círculos que se intersecan. ¿Alguna vez deseaste haberte ido?
Russ sonrió sutilmente, pero la miró muy animado.
—Esta noche no.
Cherry corrió al baño antes de que comenzara el concierto y, cuando volvió, encontró a Russ sentado en su silla alta. Al verla, él le sonrió y le cedió el asiento. La banda iba entrando al escenario. Cherry se sentó y aplaudió, le emocionaba mucho el espectáculo, sobre todo ahora que estaba a punto de empezar.
El grupo comenzó a tocar la primera canción y Cherry sintió de inmediato como si regresara en el tiempo, como si volviera a tener veintitantos. Regresó a su último año en la universidad, cuando reproducía ese cd una y otra vez. Goldenrod fue la banda que puso de moda el estilo “emo de Omaha”. Guitarras sencillas y bonitas. Melodías vocales susurradas y quejumbrosas. Infelicidad en su punto más intenso. Todas las letras de las canciones de Goldenrod eran sobre estar solo o sobre sentirse culpable. De hecho, era sabido que el vocalista principal sufría de depresión. Esta noche llevaba una corona de papel y tocó los primeros acordes de la canción con una guitarra acústica.
Por Dios, Cherry amaba esta canción. Amaba este sentimiento. Se rio un poco, por puro gozo. La gente a su alrededor gritaba de alegría.
Para ese momento, Russ se había movido a un lado de Cherry para estar frente a la banda. Volteó a verla con una sonrisa y cantó el primer verso de la canción: “I was young, and I was tired, and I was splitting in three”.
Cherry sonrió.
Estos conciertos eran muy populares ahora, las bandas tocaban de principio a fin los álbumes que más amaba el público; después de escuchar varias canciones, Cherry comprendió por qué. Era encantador escuchar todas las canciones que el grupo no tocaría usualmente en un concierto, las que ni siquiera llegaron a ser lado B. Era fabuloso escuchar los temas en el orden preciso que conocía.
Cherry seguía sonriendo. No dejaba de llorar. Seguía volteando a ver a Russ, aún no se reponía de la conmoción de volver a verlo, pero ahí estaba él, parado a su lado. Tan cerca que su brazo rozaba el de ella cada vez que bebía un trago. Russ Sutton en persona.
En ese primer álbum de Goldenrod había una canción que siempre hizo que se acordara de él, una canción que ella había manipulado para que coincidiera con el imposible enamoramiento que sentía por él, porque era obvio que había un enamoramiento, y ahora Russ estaba junto a ella cantando esa misma canción.
Tal vez era un mensaje del universo…
Tenía que ser un mensaje del universo, era demasiado peculiar y específico para que solo fuera una casualidad. Era la primera vez, desde que Tom se fue, que Cherry salía a hacer algo solo para ella. Salió sola por primera vez en su vida, quizás, y esa noche singular y perfecta estaba ahí, esperándola. Una banda a la que adoraba, un álbum que le encantaba… y un chico por el que alguna vez sintió algo demasiado intenso.
Mucho, de una manera dolorosa y triste.
No, tal vez el universo no estaba de su lado. ¿Acaso un dios benevolente habría enviado a Russ Sutton para que lo encontrara en su camino? La punzada que sentía en el estómago era deliciosa y le resultaba conocida, pero en el pasado nunca condujo a una sensación de satisfacción. Al menos, no respecto a Russ.
Y, sin embargo…
Sentir algo bastaba para estar satisfecha, ¿no? ¿Acaso no era satisfactorio estar tan cerca de alguien tan atractivo y excitante? Sentirse atraída por alguien y emocionarse se sentía bien.
Russ pasó el peso de su cuerpo a la otra pierna y apoyó el brazo en el respaldo de la silla de Cherry.
Y ella se permitió disfrutarlo.

Todas irían al Galway esa noche.
Tenían veintidós años y todavía sentían que tenían que salir y beber legalmente todos los fines de semana por el simple hecho de que podían hacerlo, porque era lo que hacían los adultos. Los adultos bebían en bares, no en dormitorios universitarios ni en sótanos.
Las noches del viernes y del sábado, y a veces las de los jueves, las amigas de Cherry se ponían blusas de seda con escote profundo, corte de ombliguera y apertura lateral, y salían a los bares.
Ella nunca fue una de las participantes más entusiastas, en parte porque era demasiado gorda para que una ombliguera se le viera bien, pero sobre todo porque su padre era alcohólico, y convivir con gente ebria le provocaba ansiedad en lugar de alegrarla. Además, que ella misma se emborrachara no ayudaba en nada.
Cherry no se emborrachaba como sus amigas, ella tenía que beber bastante más para empezar a sentir algo siquiera. Tal vez se debía a su sobrepeso o, quizás, a su genética. Podía beber un shot tras otro sin marearse o sentirse torpe. De hecho, permanecía perfectamente sobria durante varias rondas, en las siguientes se acaloraba y, si continuaba, al final vomitaba.
Aquella situación no tenía ninguna ventaja, aguantar tanto alcohol no le enorgullecía. No quería ser una de esas mujeres que siempre estaba demostrando que podía beber como un hombre porque eso le parecía… costoso. Calórico. Y triste.
No obstante… ahora era viernes por la noche y todos salían de fiesta. Y a Cherry le agradaba salir de fiesta. Además, en el Galway al menos había música.
Se puso un vestido entallado con escote profundo y falda completa, y se ofreció para ser la conductora designada.
El Galway atraía a tres tipos de clientes: estudiantes de la Universidad Creighton, alcohólicos profesionales y personas a las que en verdad les gustaba la música folklórica irlandesa. Estaba en el centro, incrustado en un hueco entre dos edificios de oficinas. Un bar tan estrecho no debería ofrecer música en vivo; los músicos siempre estaban apretujados al fondo, sobre una tarima contrachapada. Además, no había dónde sentarse a escucharlos, difícilmente se podía permanecer ahí de pie.
Para poder ver a la banda, Cherry arrastró a Stacia hasta el extremo del bar donde estaba el escenario. Stacia estaba bebiendo una mula moscovita porque ese verano todos bebieron mulas moscovitas. La música no le importaba, pero sabía que a Cherry sí y por eso solía complacer sus caprichos.
Stacia era la compañera de cuarto de Cherry y una de sus amigas más cercanas. Era muy hermosa, pero los viernes por la noche se transformaba en una bomba candente. Sus senos eran apenas lo suficientemente pequeños para no necesitar sostén y, a pesar de que era solo un poco más alta que Cherry, es decir, no mucho, su torso tenía esa misma apariencia de serpiente que los torsos de las concursantes de American Idol. De hecho, seguía usando jeans de tiro bajo para presumirlo. Jeans de tiro bajo, ¡en 2010!
Cherry dejó de usarlos en cuanto le fue posible y, desde entonces, entre semana solo usaba skinny jeans y leggings de yoga, y los fines de semana alguno de los dos costosos vestidos tipo rockabilly que había comprado por internet.
El problema con las marcas de vestidos rockabilly era que estaban obsesionadas con las cerezas, como el significado en inglés de su propio nombre, y Cherry no había usado nada con cerezas, ni cualquier otra fruta, desde que tuvo edad suficiente para elegir su propia ropa.
Esta noche llevaba un vestido amarillo con un patrón vaquero vintage. Era su vestido predilecto, a pesar de que la última vez que se lo puso para salir a un bar, un tipo, tan viejo como su padre, le ofreció llevarla a pasear. Siempre usaba ese vestido con suéter azul claro y zapatos de tacón color rojo brillante. Sus amigas le decían que se veía adorable.
Cualquiera hubiera creído que salir con sus amigas delgadas y sexys y ver cómo los estudiantes de Derecho trataban de ligar con ellas toda la noche habría sido deprimente para Cherry, pero si hubiera permitido que ese tipo de cosas la desanimaran, no habría salido nunca. Ella siempre había sido más gorda que sus amigas y siempre fue menos atractiva para los chicos, pero enfurecerse o deprimirse por ello habría sido como enojarse con el sol por salir por la mañana.
A veces el asunto la desanimaba…
La carcomía constantemente, claro. En silencio.
Pero no la desanimaba tanto, es decir, no evitaba que saliera.
Estaba bebiendo una Coca-Cola y la banda sonaba como Mumford & Sons, pero con gaitas y flautas irlandesas.
—Me gusta tu vestido —dijo alguien.
Cherry volteó a mirarlo, era un chico de su edad, con cabello oscuro y corto. Lentes de armazón redondo. Tenía las mejillas sonrojadas y sostenía un tarro de cobre. Probablemente ya estaba ebrio.
Cherry asintió y el chico se inclinó hacia ella.
—Cuando tenía seis años, tenía una piyama que se veía igual.
—¿En los años cuarenta?
—Mi mamá confeccionaba toda mi ropa.
—Qué bien —comentó Cherry mientras mordía un poco de hielo y miraba en otra dirección.
—Estuviste en mi clase de Ética.
Cherry volteó a mirarlo de nuevo. Eso no podía ser cierto, si hubiera visto en clase a ese chico, lo recordaría porque tenía una apariencia tan atractiva que lo habría notado de inmediato. Le gustaba su cabello: corto y ondulado, pero no trasquilado. Lo bastante largo para caerle sobre los ojos y obligarlo a quitárselo de la frente. Sus ojos eran oscuros y centelleantes, era muy probable que estuviera ebrio.
—Yo me sentaba en la parte de atrás. Cuando asistía, claro. Porque la clase empezaba a las ocho de la mañana y yo no estoy hecho para eso.
En efecto, Cherry tomó la clase de Ética de las ocho de la mañana.
—Tú te sentabas al frente —continuó el chico—. Y te gustan los suéteres.
—A ti te gustan los suéteres —intervino Stacia, quien ahora estaba parada detrás de Cherry con una sonrisa en el rostro.
El chico la miró de reojo, luego volteó de nuevo a ver a Cherry y extendió la mano.
—Me llamo Russ —dijo.
Cherry estrechó su mano.
—Yo soy Cherry y ella es Stacia.
—Cherry —dijo él—. ¿Es tu seudónimo para bailar swing?
—¿Mi qué?
—Ya sabes, como las chicas rockabilly que usan este tipo de vestidos y tienen nombres así. Susie. Dixie. Flo. Cherry. ¿Tu verdadero nombre es Jessica o algo similar?
—Su verdadero nombre es Cherish —replicó Stacia riéndose. Por la expresión de Russ, fue muy evidente que no se esperaba eso.
—¡Oh, Dios! Cherish quiere decir “querer”. Es muy dulce —dijo él.
—No soy una chica rockabilly —aclaró Cherry—. Solo soy una chica con un vestido.
—Te dije que me gustaba.
—Oye, yo te conozco —intervino Stacia señalándolo. Russ asintió.
—Sí, estuvimos juntos en Economía —dijo él.
—Eso es… Entonces… te llamas Russ —dijo Stacia. Ya estaba un poco ebria.
—Así que, ¿bailas swing? —le preguntó Russ a Cherry y ella puso los ojos en blanco.
—Tú usas lentes con armazón redondo, ¿acaso por ello eres un niñito mago? —le preguntó a pesar de que, en realidad, sus lentes le encantaban.
—Quizá. ¿Por qué te pusieron Cherish tus padres?
—¿Por qué te pusieron Russ tus padres? —preguntó a su vez Cherry con un suspiro.
—Porque así se llamaba mi papá. Y mi abuelo.
Cherry no entendía por qué ese chico insistía en hablar con ella. A menos de que estuvieran muy ebrios, los hombres nunca le hablaban en los bares. O a menos de que fueran muy viejos. O de que ya casi fuera la hora del cierre, momento en que comenzaban a disparar en todas direcciones.
Lo cual, por otra parte, no quería decir que los hombres nunca le hablaran.
No era como si nadie la tocara o la amara. De hecho, ya no era virgen. Tuvo dos novios en la preparatoria y uno cuando empezó la universidad, después de eso, incluso se acostó con alguien más. Y por lo menos dos de esos chicos se enamoraron de ella. Quizá dos y medio.
Solo que… ninguno de ellos llegó y trató de conquistarla de la nada.
Cherry tenía que gustarles poco a poco, tenía que ganárselos. Lo hacía estando cerca, siendo encantadora e increíblemente linda para ser una chica gorda. Lo hacía oliendo bien, rozando con su cabello el hombro del chico en cuestión. Teniendo unos senos tan abundantes que casi le llegaban al mentón y que era imposible ignorar cuando la miraban a los ojos.
Todos los hombres que en algún momento salieron con ella comenzaron siendo sus amigos, y lo más probable era que, al principio, todos hubieran pensado que era demasiado gorda para salir con ella. Pero luego lograba empezar a gustarles y, entonces, todas las cosas que les agradaban de ella cobraban más importancia que su gordura.
Pero el punto era que ninguno comenzó por acercarse a ella y a hablarle en un bar, ni en el centro estudiantil ni en una fiesta. Es decir, ninguno de ellos trató de coquetear con ella.
Por todo lo anterior, no era posible que este tipo delgado y guapo, con ojos azul profundo, estuviera coqueteando con ella. Además, era obvio que no estaba tan ebrio y, sobre todo, Cherry no estaba sentada tras un escritorio ni parada detrás de una pared: el tipo podía verla de cuerpo entero.
—¿Te puedo invitar un trago? —preguntó el chico y enseguida volteó a ver a Stacia—. ¿Invitarles? ¿A ambas?
—Está bien —respondió Cherry al mismo tiempo que Stacia exclamó: “Mula moscovita”.
—Mula moscovita —repitió Russ, mirando a Cherry.
—Ella está bebiendo Coca-Cola —precisó Stacia.
—¿Coca-Cola con…?
—Coca-Cola sola —aclaró Cherry.
—Es la conductora designada —dijo Stacia riendo, como si fuera gracioso.
—Qué conveniente. Me vendría bien un conductor designado —comentó él señalando a Cherry—. No vayas a ninguna parte, regreso enseguida.
Stacia ni siquiera esperó a que Russ estuviera lo bastante lejos para no escucharla.
—Es lindo.
—¿Lo es? —preguntó Cherry forzándose a sonar escéptica.
—¿Cómo? —exclamó Stacia empujándola—. Sí. Ya sabes que me gustan los chicos delgados con cabello oscuro. Parece poeta o el integrante de una banda.
—Lo que quieres decir es que se ve pálido y mal alimentado. Parece el tercer integrante más guapo de U2 —dijo Cherry y Stacia hizo una mueca de desagrado.
—¿Crees que se ve como el calvo?
—¿Te refieres a The Edge? No, lo que quise decir es que parece un integrante ficticio de U2 que resultaría ser solo el tercero más guapo.
—Entonces quieres decir que parece católico —reflexionó Stacia al tiempo que inclinaba el tarro de cobre para beber las últimas gotas de su coctel—. A mí me parece suficientemente guapo.
—Puedes quedártelo si quieres.
—No lo sé… Me parece que quien le gusta eres túúúúú —dijo Stacia para molestarla y Cherry hizo una mueca.
—Ya sabes cómo funciona esto. Yo solo soy la persona accesible que se encuentra cerca de tu intimidante y desnudo torso —dijo.
—Cállate, Cherry —exclamó Stacia, pero lo hizo riéndose, lo que Cherry tomó como una confirmación de que sabía que era cierto.
—Señoritas —dijo Russ al volver con tres bebidas: dos tarros de cobre y un vaso con Coca-Cola. Stacia tomó uno de los tarros y Russ giró en dirección a Cherry y permaneció parado cerca de ella—. Cambiemos —dijo.
Entonces Cherry tomó las dos bebidas que él traía y Russ tomó el vaso vacío de ella, junto con el de Stacia, y volvió a abrirse paso entre la multitud. Regresó un instante después, se paró frente a Cherry y tomó la bebida que ella le estaba guardando.
—Conductora designada… —comentó Russ. Cherry medía un metro sesenta y cinco, casi un metro setenta y ocho cuando se ponía zapatillas de tacón, pero él era un poco más alto que ella, aunque no mucho. Y no, no se veía como The Edge, sino como Bono—. Ustedes… ¿se turnan?
—Para nada —contestó Stacia—. Cherry es la conductora designada vitalicia.
—No suena justo, es como cuando mi hermano mayor pedía ir en el asiento del copiloto para siempre.
—¿Y le funcionó? —preguntó Cherry.
—Sí. Era más alto que yo —contestó Russ mirándola directamente a los ojos.
—A Cherry no le molesta ser la conductora designada siempre —intervino Stacia.
—¿Es verdad? —preguntó Russ sin dejar de mirar a Cherry.
—Es que no bebo.
—Nunca ha bebido una mula moscovita —intervino Stacia—. No la ha probado siquiera.
—Tiene buen sabor —le dijo Russ a Cherry.
—Sí, supongo que sí. Porque te la sirven en un vaso especial y toda la cosa.
—De hecho, puedes percibir el sabor del cobre —dijo Stacia.
—Así es —confirmó Russ y alzó el mentón hacia Cherry con aire inquisitivo—. ¿Por qué no bebes?
—Me gusta mantener mis sentidos alerta y en funcionamiento.
—Tus sentidos… —empezó a decir Russ, pero se detuvo. Sonó tan tonto que Cherry rio por primera vez esa noche.
Russ la miró con el ceño fruncido y bebió un sorbo.
El grupo de música folklórica irlandesa tocó con un poco más de vigor. No solo eran aceptables, en realidad eran muy buenos. Al parecer, eran de Kansas City, y el líder podía tocar cualquier instrumento que le pusieran enfrente.
Algunas personas empezaron a bailar. La gente fue alejándolos del escenario, pero permanecieron juntos.
Russ parecía interesado en la música, no solo en beber cerca de los músicos.
—Esperaba que bailaras swing —le comentó a Cherry entre una y otra canción.
—¿Por qué? —preguntó ella suavizando el ceño—. ¿Tú bailas swing?
—Un poco —contestó Russ al tiempo que encogía los hombros.
—Bailar swing no parece ser algo que la gente haga “un poco”. Es como decir que haces “un poco” de karate.
—No en realidad.
—Es un compromiso —dijo Cherry—. Tienes que ir a un lugar especial en una noche específica, tienes que usar ropa apropiada…
Stacia solo los escuchaba y se reía de ambos.
—Te recuerdo que tú eres la que trae puesto un vestido de swing —le dijo Russ.
—Solo me parece lindo.
—Es lindo —convino Russ asintiendo.
—Me parece cool que bailes swing —intervino Stacia—. ¿Es difícil?
—En absoluto —contestó él sin dejar de mirar a Cherry—. Podría mostrarles…
—¿Puedes bailar swing con esta música? —preguntó ella señalando con la cabeza al músico que tocaba la gaita.
—Por supuesto, permíteme mostrarte —respondió, pero Cherry frunció la nariz.
—Mejor no. Soy la conductora designada.
—¿Y eso qué tiene que ver? ¿Qué significa?
—Significa que mis sentidos todavía están alerta —contestó.
—Cobarde —replicó él al tiempo que volteaba por encima del hombro para ver a Stacia—. ¿Tú disfrutas de la alegría, Stacie?
—Me llamo Stacia —contestó ella—. Y sí, la disfruto.
—Stacia —corrigió Russ extendiendo la mano. Stacia la estrechó.
—¿Estás seguro? —preguntó ella en un tono coqueto—. Yo no traigo vestido para bailar swing…
Russ la atrajo hacia él.
—Eso es meramente opcional.
Cherry se hizo hacia atrás para darles espacio.
Russ guio a Stacia, le enseñó algunos pasos hacia delante y hacia atrás. Hizo contacto visual con ella y le sonrió. Stacia reía. Russ la tomó de la mano y de su hermosa cintura descubierta.
En cuanto empezaron a moverse al mismo ritmo, Russ la lanzó hacia delante alejándola, pero enseguida la jaló con una vuelta. Stacia gritó, estaba encantada. No era tan hábil como Russ, pero eso no pareció ser un obstáculo para él. Cherry no pudo evitar sonreír.
Después de algunos movimientos más, Russ rodeó a Stacia con el brazo, la abrazó fuerte y la hizo girar tan lejos como pudo. Besó rápido su mano y miró a Cherry.
—Tu turno —declaró al tiempo que tomaba su mano y, por un instante, las sujetó a ambas.
—Vamos, Cherry —la animó Stacia—. Es muy divertido.
Cherry permitió que Russ la atrajera hacia él.
—No sé cómo…
—Solo sígueme —dijo Russ balanceándose hacia atrás y hacia delante con su mano sobre la cadera de ella.
Cherry bajó la vista y miró sus pies.
—No, mírame a mí —agregó. La alejó, pero la hizo volver. Tomó su otra mano y la alejó hacia el otro lado—. Mírame, Cherry.
Cherry lo miró. Russ tenía las mejillas sonrojadas, sus ojos brillaban. La atrajo de vuelta a él, la espalda de ella quedó contra su pecho.
—Relájate, solo sigue el ritmo.
—El ritmo —repitió Cherry sintiendo el brazo de Russ firme sobre su cintura. Imaginó lo que pensaría, que era mucho más gruesa que Stacia. Era obvio que sentía su panza con el codo. Russ colocó su otra mano sobre su cadera y volvió a hacerla girar, esta vez, bajo su brazo alzado. La hizo girar de nueva cuenta y la alejó de nuevo. Cherry casi se quedó sin fuerza, mientras dejaba que Russ le diera vueltas. ¿Había hecho girar tanto a Stacia? Comenzaba a marearse, pero no podía dejar de reír. Cada vez que la hacía girar, la falda de su vestido volaba y trazaba un círculo. Se alegró por haberse puesto mallas.
Stacia no dejaba de observarlos riendo y aplaudiendo.
Cuando terminó la canción con un furioso solo de violín, Russ hizo girar a Cherry con suavidad, tomó la mano de Stacia, la sostuvo sobre su cabeza y la hizo girar una vez más. Los tres sonreían. Russ tenía el rostro sonrojado y sudoroso, y las tenía a ambas tomadas de la mano.
—Fue asombroso —afirmó Stacia.
—Te dije que no era difícil —dijo Russ.
Cherry soltó su mano, pero no podía dejar de sonreírle.
—Tú hiciste todo el trabajo. ¿Cómo aprendiste a bailar de esa forma? —preguntó Stacia.
—Tomé clases en la secundaria.
Su respuesta los hizo a los tres estallar en carcajadas. Russ aún tenía a Stacia tomada de la mano. De pronto, un individuo pasó junto a ellos y chocó su hombro con el de Russ como si lo conociera.
—Ey —dijo ignorando a las chicas—. Ya nos vamos. Nos dirigimos todos a tu departamento.
—Sí, de acuerdo —comentó Russ. Volteó a ver a Cherry y luego a Stacia—. Todos van a mi departamento, ¿quieren venir?
—Claro —exclamó Stacia y miró a Cherry con los ojos iluminados—. Claro que queremos, ¿cierto?
—Claro —asintió Cherry—. Por supuesto.
Camino al departamento de Russ, Cherry y Stacia no pudieron hablar porque él viajó en el automóvil de ellas para mostrarles el camino. También iban con ellos otras amigas de Cherry porque ella era la conductora designada que las llevaría a casa. Cuando se dirigían al auto, Russ gritó: “¡Pido el asiento del copiloto!”.
Vivía en un edificio de departamentos cerca de Creighton, en un vecindario un poco peligroso. La escuela estaba en ese vecindario, aunque había seguridad en todo el campus, no faltaba a quien le abrieran el auto para robarle.
Cherry esperaba un departamento asqueroso porque ahí vivían tres universitarios, sin embargo, no estaba tan mal. Había pocos muebles, pero estaba limpio, tenía piso de duela y techos altos. Para cuando Cherry y sus amigas llegaron, ya había demasiada gente en la sala. Se escuchaba música de rap y varios estaban bailando, Cherry reconoció a algunas personas porque las había visto en clase o en su dormitorio.
—Hay bebidas en la cocina —comentó Russ.
Stacia y las otras amigas, Grace y Elizabeth, se dirigieron allá, pero él se quedó con Cherry.
—¿Te parece divertido? —preguntó Russ pasándose la mano por el cabello.
—¿Qué?
—Mantenerte sobria mientras todos a tu alrededor se emborrachan poco a poco hasta el extremo.
—Siempre es diferente —contestó Cherry encogiéndose de hombros—. Es mejor que quedarme sola en mi habitación —agregó—. Lo que sí disfruto es mostrarme condescendiente y engreída al día siguiente con todas las que bebieron.
—Debes ser muy popular.
—Mucho.
Russ volvió a pasarse la mano por el cabello.
—¿Sabes lo que recuerdo de ti? ¿De cuando te veía en nuestras clases de Ética?
—¿Mis suéteres?
—Aparte de los suéteres.
Cherry negó con la cabeza.
—Que el primer día, cuando nos presentamos ante el grupo, dijiste que te estabas especializando en Arte.
—Así es.
—Pero los estudiantes de Arte no están obligados a tomar la clase de Ética.
—La ética es relevante a nivel universal —explicó Cherry.
—Ah, ¿sí? —preguntó Russ con aire divertido.
—Me pareció que sonaba interesante.
—Entonces tomaste Ética como clase opcional…
Cherry asintió.
—Yo tomé Historia del rock —dijo él.
—También parece interesante.
—Lo fue —la música en el departamento comenzaba a sonar más fuerte que al principio—. ¡Lo fue! —gritó, en caso de que no lo hubiera escuchado—. Cherry… —dijo acercándose un poco más a ella, hasta que sus labios casi tocaron su oreja. Y luego, otra vez gritando, agregó—: Tú me pareces interesante.
Cherry se hizo hacia atrás para ver bien su rostro.
—¿Estás ebrio?
Russ se rio.
—No, estoy completamente sobrio.
Ella no supo qué decir, ni siquiera supo cómo seguir parada junto a él, así que se alejó y comenzó a avanzar hacia la gente que estaba bailando frente al sofá.
—¿Quieres bailar? —preguntó Russ.
Cherry volteó a verlo.
—No lo sé, ¿puedes bailar swing con música de Lil Wayne?
—O sea… claro que puedo —respondió él sonriendo.
Luego le extendió la mano, Cherry sonrió y negó con la cabeza, pero de todas formas la tomó. Russ colocó su otra mano sobre la cadera de ella y lo que sucedió a continuación no fue swing de verdad, fue el típico y normal baile en una fiesta privada con un poco más de manos entrelazadas que de costumbre y algunos giros innecesarios.
La siguiente canción, sin embargo, sí parecía conveniente para bailar swing: Low de Flo Rida. La acercó más hacia sí y trató de guiarla a través de pasos un poco más elaborados, pero ella no pudo seguirlo y ambos rieron con ganas. Como para ese momento prácticamente todos en la fiesta estaban bailando, casi no había espacio para que él la hiciera girar con libertad, así que la sujetó por la cadera y la hizo girar frente a él, pero muy cerca. Tanto que cada vez que ella giraba de vuelta y se encontraba con el rostro de él, se miraban a solo unos centímetros.
Stacia, Grace y Elizabeth volvieron de la cocina. Stacia venía sujetando dos bebidas, bailó hasta donde estaba Russ y extendió el brazo moviéndose al ritmo de la música para ofrecerle una de ellas. Russ tomó el vaso al mismo ritmo de Stacia, pero seguía sujetando a Cherry de la mano, que luego alzó sobre su cabeza para hacerla girar. La alejó un poco y, sin dejar de bailar, un poco con ella y un poco con Stacia, la soltó para beber un sorbo. Entonces Grace tomó la mano de Cherry y le cantó a gritos el coro de la canción, a lo que Cherry respondió asintiendo con la cabeza: “Low, low, low, low, low, low, low, low”.
Cherry volvió a mirar a Russ y lo descubrió agachándose y girando hasta llegar al suelo. Stacia bailaba casi encima de él con los brazos en alto. Su top halter se alzaba tanto que era posible ver la pequeña cruz que tenía tatuada justo debajo del seno izquierdo. Cherry soltó la mano de Grace y se alejó de la pista de baile, se sentía un poco desorientada.
En un extremo del sofá había una chica bailando, Cherry se sentó en el extremo opuesto, subió una pierna flexionada y metió uno de los tacones debajo de la corva de la rodilla.
Se quedó mirando a Russ bailar con Stacia y luego con otra chica. Después, con dos de sus amigos.
Cuando él volteó a verla, acababa de empezar otra canción. Alzó los brazos como diciendo: “¿Qué pasa?”.
Cherry solo ondeó la mano.
Russ se quedó inmóvil por unos segundos, era el único que no se movía en la improvisada pista de baile. Stacia estaba a su lado sacudiendo su cabello de un lado a otro y con los brazos doblados detrás de la espalda, empujando su pecho hacia fuera.
Cherry le sonrió a Russ.
Russ correspondió a su sonrisa y dio un paso hacia ella con la mano extendida.
Uno de sus amigos, un tipo corpulento que sostenía una botella de cerveza, se tropezó en medio de ellos. Russ lo atrapó y empezó a bailar con él. Bueno, en realidad no bailaron, solo se quedaron de pie cerca del otro, sostuvieron en alto sus bebidas y se gritaron en la cara, pero Russ continuó mirando más allá de su amigo para ver a Cherry.
Cherry se puso de pie para ir al baño y calmar sus nervios, y mientras caminaba hacia la salida de la sala, juraría que sintió la mirada de Russ siguiéndola.
El baño estaba al fondo del corredor, y también lo encontró mucho menos sucio de lo que había esperado. Notó que las toallas eran todas distintas y que Russ y sus compañeros usaban un viejo frasco de salsa picante para los cepillos de dientes, pero fuera de eso, todo estaba muy pulcro.
Se miró al espejo, vio su rostro, estaba sonrojado desde las mejillas hasta la línea del cuello, y sus ojos resplandecían. Sacudió la cabeza y volvió a sacudirla. Se aplicó de nuevo labial rojo.
Y tomó una decisión.
Cuando saliera del baño dejaría de evitar a Russ, de alejarse de él. Cuando él tratara de acercarse, ella se acercaría y le correspondería.
A pesar de todo lo que tenía en contra y de todas sus experiencias del pasado, este lindo y encantador chico en verdad parecía estar interesado en ella. Literalmente dijo que estaba interesado en ella.
Y ella estaba muy interesada en él.
Dejaría de evitarlo y de mostrarse incrédula, comenzaría a acercarse.
Abrió la puerta del baño, salió y caminó hacia la sala.
Russ se encontraba justo donde lo dejó…
Besándose con Stacia.
Un par de horas después, Cherry condujo y llevó a Grace y a Elizabeth de vuelta al dormitorio universitario.

Resultaba gracioso que aquel fuera un álbum que solía escuchar cuando se sentía triste porque, esta noche, no había dejado de sonreír desde que Goldenrod comenzó a tocarlo.
Recordó lo genial que Russ Sutton era en los conciertos. La mayoría de la gente no era genial. La mayoría se quejaba, se embriagaba demasiado o quería irse antes del encore para evitar la aglomeración en el estacionamiento.
En los conciertos, Russ se entregaba al momento: cantaba y bailaba sin reservas. Te volteaba a ver cada cierto tiempo como preguntando: “¿No te parece increíble esto?”. Se interesaba en lo que querías comprar al llegar a la mesa donde vendían la mercancía de los grupos. ¿A cuántos conciertos tuvieron que arrastrar a Stacia durante el año que fueron novios? El año en que Stacia y Russ fueron novios.
Stacia siempre estaba dispuesta a asistir a un concierto, de hecho, siempre estaba dispuesta a asistir a cualquier cosa, pero no amaba la música. En los conciertos largos se aburría, en especial si nadie bebía y, además, no le agradaba estar en situaciones en las que la gente estaba apretujada. No le gustaba que la empujaran desconocidos. Quizá los empujones eran aún más desagradables para las chicas sexys como ella. A Cherry le gustaba perderse entre la multitud, sentir que era parte de todos, que bailaban como una sola entidad. A veces, Stacia dejaba a Russ y a Cherry en el centro de la multitud y los esperaba en la parte de atrás de la sala de conciertos o sentada en la barra del bar.
Para Cherry, estar hombro con hombro con Russ Sutton, como ahora, en medio de la oscuridad, le resultaba familiar. Se sentía cómoda.
—Me gustaría que estuviéramos más cerca —comentó Cherry entre una y otra canción refiriéndose al escenario.
—Podríamos estar más cerca —replicó Russ. Sabía a lo que se refería, así que sacudió un poco el respaldo de su silla hasta hacerlo mecerse—. Acerquémonos.
Cherry frunció la nariz, no quería renunciar a su asiento, pero tampoco quería arruinarle la diversión a Russ.
—Ve tú —dijo.
—Ah, ¿su majestad no desea abandonar su trono?
Cherry hizo una mueca.
—No es por mí. Es por mi espalda baja.
—Vamos, Cherry, todavía somos jóvenes. Somos millennials.
—Pero yo me estoy enranciando como la leche.
Entonces comenzó la siguiente canción, otra de sus favoritas, otra de las que tocaba una y otra vez cuando se sentía triste.
—Pfff —resopló—. Amo esta canción.
Russ soltó la silla, deslizó los brazos hasta los hombros de ella y los estrujó.
—Ven, vámonos.
Cherry se mordió el labio un segundo, pero bajó de la silla de un salto.
—¡Bien hecho, chica! —exclamó Russ y la jaló hacia el frente.
Cherry lo dejó guiarla por los espacios entre la multitud. Russ siempre se movía como si fuera a un lugar específico, con tanta seguridad que la gente se hacía a un lado para dejarlo pasar.
Avanzó con el brazo alrededor de los hombros de Cherry y ella se mantuvo cerca de él hasta que llegaron casi al frente. Solo algunas personas los separaban del escenario, estaban tan cerca que pudieron leer la irónica leyenda en la camiseta del cantante principal: OMAHA ES PARA LOS AMANTES… de los estacionamientos gratuitos.
Russ volteó a verla y arqueó las cejas como diciendo: “¿Lo ves? Te dije que sería genial”.
Cherry respondió a su gesto con una sonrisa.
Russ volteó al escenario contoneándose y moviendo la cabeza al ritmo de la música… sin dejar de abrazarla.
Ella lo notó y no trató de separarse de él. Al contrario, se contoneó al mismo ritmo, rozándole el pecho con su hombro, moviendo la cabeza hacia el frente y hacia atrás.
Cuando estaban en la universidad, nunca habían estado así de cerca. Russ no la había rodeado con su brazo, pero a veces bailaba con ella en los conciertos, si la música era buena y si había espacio. Para cuando Stacia y Russ terminaron, Cherry había aprendido los rudimentos del swing de la Costa Este y un poco de Lindy Hop.
Esto, sin embargo, era distinto. Estaban más cerca el uno del otro. Él la sujetaba con firmeza y rozaba su cabello con el mentón. La cadera de Cherry estaba apoyada firmemente contra su cuerpo y a él no parecía molestarle. No parecía preocuparle que alguien los viera. Tal vez este era el comportamiento común de Russ ahora. Encuentra a una amiga. Ponte cómodo. Pasa un buen rato.
Sin embargo, no era el comportamiento común de Cherry. Había pasado bastante tiempo desde la última vez que se había sentido cómoda con alguien. Esto era bastante peculiar para ella… Mucho más que peculiar: era irreal.
Estaba cantando la canción de Goldenrod, era sobre amor no correspondido. Fue la banda sonora del segundo semestre de su último año en la universidad. ¿Y quién era el chico en el que pensaba en aquel tiempo cuando la escuchaba? El mismo que la abrazaba ahora y que también cantaba sin tener idea alguna de los densos sentimientos de ella. Ni de los del pasado ni de los del presente.
La vida era absurda.
Si algo le había enseñado el año anterior era eso.
¿El universo en verdad le estaba hablando esta noche? ¿Había enviado a Russ para que se cruzara en su camino de la forma más auspiciosa posible? —“Deja de decir ‘el universo’ cuando en realidad quieres decir ‘Dios’”, solía decirle Honny, su hermana—. ¿O lo que ocurría esta noche sería solo una cosa más entre todo lo que estaba sucediendo? ¿Una coincidencia? ¿Más caos?
La voz se le quebró al llegar al estribillo de la canción y sus ojos se llenaron de lágrimas. Rio a todo pulmón.
Russ la miró sin dejar de mover la cabeza al ritmo de la música, la volvió a estrujar y se inclinó para que ella pudiera escucharlo.
—Había olvidado lo genial que eras en los conciertos. Te extrañé, Cherry.
—Yo también te extrañé —dijo Cherry en voz baja.
En realidad, no lo había extrañado de manera activa, llevaba diez años de no pensar en él. Pero ahora que lo tenía a su lado, lo extrañaba con locura. Cada uno de los recuerdos se arremolinaron y volvieron a ella con fuerza, los buenos y los malos. Conciertos. Almuerzos. Sesiones de estudio en el dormitorio de ella. El viaje a Broken Bow para visitar a la familia de Stacia una Pascua. Cherry pasó un año completo en aquel entonces mirando a Russ furtivamente y ocultando sus sentimientos en algún lugar donde ni Stacia ni el mismo Russ pudieran notarlos.
Y ahora Russ estaba aquí, sin Stacia. ¡Porque Stacia estaba casada! ¡Con un quiropráctico! ¡Y tenía tres niños!
La canción terminó. La mano de Russ se había deslizado hasta la parte inferior del broche de su sostén.
—¿Cómo está tu espalda? —le preguntó como si la hubiera escuchado pensar la palabra “quiropráctico”.
—Bien, no me dolerá sino hasta mañana.
—Ah, de acuerdo —exclamó Russ—. Para entonces estaré muy lejos.
Cherry se rio y le dio un codazo en el vientre. Él la abrazó con fuerza de la cintura y ella se enderezó por instinto, como si enderezándose pudiera volverse más delgada. Había pasado tanto tiempo desde la última vez que un hombre la tocó por primera vez… Para Tom no tenía que enderezarse, él sabía bien lo que ocultaba bajo su ropa.
La canción favorita de Cherry terminó y dio paso a otra canción favorita. Russ no dejó de estrecharla a la altura de la cintura, sus dedos rodeaban su costado, justo en el pliegue de su panza. Ella estaba parada tan erguida que sus ojos ya no estaban a la altura del mentón de él, sino de sus mejillas.
Russ la miró de reojo.
—¿Te encuentras bien?
—Estoy bien —asintió ella.
Russ volvió a estrecharla.
—¿Está bien que te sujete así?
—Está bien.
Russ la atrajo aún más hacia él, hasta tenerla por completo pegada a su cuerpo. Si ella girara la cabeza, se encontraría con el hueco del cuello de él. Estaba lo bastante cerca para escucharlo cantar las canciones. Y cantó con él.
Ahora, cada vez que Russ se balanceaba hacia atrás y hacia delante, ella se balanceaba al mismo tiempo. Estaban bailando juntos. Como era debido.
Russ continuó mirándola, cantándole. Pero no fue incómodo porque él no lo hizo incómodo. Russ nunca te hacía sentir avergonzado porque él nunca se sentía avergonzado.
En el primer álbum de Goldenrod solo había un gran éxito, y alcanzó ese estatus años después, cuando lo usaron en Grey’s Anatomy. Era una canción prácticamente a capela, parecía más bien hablada. Todos los asistentes la conocían, Cherry la conocía: era sobre estar enamorado de la persona incorrecta.
El cantante se quedó en silencio durante el estribillo de la canción y dirigió el micrófono hacia el público para que recitara la letra.
Russ y Cherry se miraron a los ojos, cantaron y recitaron la letra. Él rodeó su cintura con el otro brazo, cruzándolo por su ombligo, y Cherry se estiró unos milímetros más. Luego volteó hacia él girando entre sus brazos y tocó la solapa de su camisa, él era el único en el bar que vestía con camisa. Cuando notó que Cherry lo estaba tocando, sonrió de lado con satisfacción, complacido. Cherry puso los ojos en blanco como si le pareciera que Russ se estaba comportando como un tonto, pero no era eso lo que pensaba en realidad. Pensaba que estaba siendo insoportablemente atractivo. Que era insoportablemente atractivo. Siempre lo había pensado y nunca había podido soportarlo, mucho menos cuando él la invadía con toda esa Russidad de su cabello alborotado y sus ojos azules.
Como en este momento, en el que sentía ser… el objetivo.
Extendió y tensó la palma de su mano contra el pecho de él, se sentía tibio. Firme. Russ todavía era delgado y mantenía una apariencia juvenil. ¿Qué edad tendría? ¿Treinta y siete años? ¿Treinta y ocho? Aún tenía la mandíbula afilada y los hombros relajados, no se desenvolvía como alguien divorciado, su postura era ligera. Era muy difícil imaginarlo con un hijo.
Cherry acarició el pecho de Russ y él acarició su cadera. Dejó de cantar. Cherry también. Esta era otra canción, la última del álbum, la que ella menos conocía. En general, para cuando llegaba a ella ya se había quedado dormida o se había bajado del automóvil.
Russ inclinó la cabeza hacia la suya, y ambos bailaron lento, meciéndose.
Cuando la canción terminó, también terminó el álbum.
Cherry soltó a Russ y volteó al escenario alzando los brazos, aplaudiendo por encima de su cabeza, pero él no la soltó, solo se movió un poco para quedarse detrás de ella. El público estaba como loco. En serio. Los labios de Russ se encontraban muy cerca de la oreja de Cherry, pero ella difícilmente podía escucharlo con todos esos aplausos y gritos.
—Deberíamos irnos.
Cherry volteó a verlo, seguía aplaudiendo.
—¿Ya terminó el concierto? —preguntó.
Russ la miró directo a los ojos, estaba muy cerca. Si ella dijera algo con suficiente énfasis, sus mentones y sus narices se tocarían.
—No —negó con la cabeza—. Van a tocar canciones de los otros álbumes.
—Ah —comentó Cherry confundida.
—Pero si nos fuéramos ahora, este álbum permanecería original y único para siempre. Sería una experiencia completa, con final y con principio.
—Pero me parece que sería grosero para el grupo.
—Creo que lo superarán —replicó él riendo.
Cherry dejó de aplaudir.
—Si nos fuéramos ahora… —agregó él con cierto brillo en la mirada— podríamos irnos ahora.
—Oh —exclamó Cherry. Finalmente comprendió.
Y de inmediato sintió una aguda y profunda punzada de culpa, justo antes de percibir su propia emoción. La estúpida gran emoción. Como si le hubieran inyectado de golpe una carga de adrenalina en la médula ósea: Russell Sutton. Aunque a ella misma le fuera difícil creerlo.
Pero primero lo primero. La culpa… ¿por qué sentirla?
¿Por Stacia?
¿Porque una década atrás pasó un año entero de su vida sintiéndose culpable? ¿Sabiendo que deseaba al novio de su mejor amiga? ¿Sabiendo que miró demasiado, rio demasiado y dijo demasiadas bromas y que todo eso fue dirigido a él y a nadie más que a él?
Stacia nunca se mostró celosa de ella, ni siquiera cuando Cherry y Russ bailaban ni cuando bromeaban como si fueran profesionales de vodevil delante de ella. No, a Stacia nunca pareció molestarle.
Seguro sospechaba lo que Cherry sentía por su novio.
Y seguro sabía que no importaba.
No importaba. Stacia y Russ rompieron un año después porque Stacia quería salir con alguien más, pero Russ no cayó directamente en los brazos de su mejor amiga para consolarse, solo siguió con su vida, y Cherry no volvió a verlo después de la ruptura.
Y eso fue diez años atrás, había pasado mucho tiempo. ¿Por qué tendría que sentirse culpable esa noche?
¿Por Tom?
Tom se había ido.
—Cherry… —musitó Russ. Seguía buscando algo en la mirada de ella.
—Vamos —dijo Cherry asintiendo con la cabeza.
Russ cerró los ojos, presionó su frente en la de ella y sonrió de oreja a oreja. Goldenrod empezó a tocar una canción de su segundo álbum, un tema más sofisticado, pero menos icónico.