Título

1

LO QUE CREÍ DECIR

—Pero si es un cuerpo —farfullé para nadie o para alguien dentro de mí o para nada. Al inicio no reconocí las palabras. Dije algo. Y eso que dije o creí decir era para nadie o para nada o era para mí que me escuchaba desde lejos, desde ese lugar interno y hondo a donde no llegaban nunca el aire o la luz; ahí donde se iniciaba, hostil y avorazado, el murmullo, el atropellado aliento sin voz. Un pasadizo. Un bosque. Lo dije después del azoro; después de la incredulidad. Lo dije cuando el ojo pudo descansar. Luego de ese largo rato que me tomó volverlo forma (algo visible) (algo enunciable). No lo dije: salió de mi boca. La voz baja. El tono del espanto o de la intimidad.

—Sí, es un cuerpo —debí decir y, en el acto, cerré los ojos. Luego, casi de inmediato, los abrí otra vez. Debí decirlo. No sé por qué. Para qué. Pero levanté los párpados y, como estaba expuesta, caí. Pocas veces las rodillas. Las rodillas cedieron al peso del cuerpo y el vaho de la respiración entrecortada me nubló la vista. Trémula. Hay hojas trémulas y cuerpos. Pocas veces el tronar de los huesos. Cric. Sobre el pavimento, a un lado del charco de sangre, ahí. Crac. Las piernas dobladas, los empeines al revés, las palmas de las manos. El pavimento se conforma de rocas pequeñísimas.

—Es un cuerpo —dije o debí decir, balbucir apenas, para nadie o para mí que no podía creerlo, que me negaba a creer, que nunca creí. Los ojos abiertos, desmesuradamente. El llanto. Pocas veces el llanto. Esa invocación. Ese crudo rezo. Lo estaba observando. No había escapatoria o cura. No tenía nada adentro y, alrededor de mí, solo estaba el cuerpo. Lo que creí decir. Una colección de ángulos imposibles. Una piel, la piel. Cosa sobre el asfalto. Rodilla. Hombro. Nariz. Algo roto. Algo desarticulado. Oreja. Pie. Sexo. Cosa roja y abierta. Un contexto. Un punto de ebullición. Algo deshecho.

—Un cuerpo —creí decir o farfullar apenas para nadie o para mí que me volvía bosque o pasadizo, orificio de entrada. Negrura. Creí que dije. Pocas veces los labios que se niegan a cerrarse. La vergüenza. Su último minuto. Su última imagen. Su última frase completa. La nostalgia por todo eso. Pocas veces. Quedarse quieta.

Cuando volví a decir lo que creí que dije, cuando dije para mí, que era la única que me escuchaba desde ese lugar interno y lejano donde se generaba y se consumía el aire o la luz, fue ya demasiado tarde: había hecho las llamadas correspondientes y, como yo lo había encontrado, me había convertido ya en la Informante.

2

MI PRIMER CADÁVER

No, no lo conocía.

No, nunca había visto algo así.

No.

Es difícil explicar lo que uno hace. Es difícil decirle a quien interroga con esa mirada vehemente café crepuscular que es mejor, más interesante en todo caso, correr por los callejones que por las calles de la ciudad. ¿Es una ciudad un cementerio? Que es mejor correr ahí, incluso, que sobre la pista de tartán. Un lugar azul. Algo que no es un lago. El problema son las rodillas, claro está. Y el peligro. Es difícil confesarle a una oficial del Departamento de Investigación de Homicidios que el aliciente es, precisamente, el peligro. O lo inesperado. Lo distinto. Detallar, en toda su lenta dispersión, la rutina diaria para que alguien a quien le interesa otra cosa, alguien a quien le interesa resolver un crimen, pueda entender que correr por los callejones de la ciudad es una mejor alternativa que correr en una pista de tartán o sobre las banquetas alumbradas: eso es difícil. Decirle: así es, en efecto, oficial, el peligro: lo que se esconde ahí: lo que no ocurre en otro lugar. Es difícil hablar en monosílabos.

Corría. Corro usualmente al atardecer. También al amanecer, pero sobre todo en el atardecer. Corro en la pista de tartán. Corro de la cafetería al apartamento. Evito las banquetas y las calles, prefiero los atajos. Los callejones. Los caminos estrechos. No, no corro para hacer ejercicio. Corro por placer. Para llegar a algún lado. Corro, si así lo quiere ver, utilitariamente.

No hay tiempo de decirlo. No debe interesarle. Pero correr, esto es lo que pienso, es una cosa mental. En cada corredor debe haber una mente que corre. La meta es el placer. El reto de la mente consiste en quedarse donde está: en la respiración, en el resuello, en la rodilla, en la mano, en el sudor. Si se va a otro lado, pierde. Si imagina y se va a otro lado, pierde más. El reto de la mente es ser el cuerpo. Si se lo propone, si lo logra, la mente entonces lo vuelve su cómplice y, ahí, en esa complicidad, surge el desvío que aleja a la mente, al cuerpo, del aburrimiento. El desvío es el placer. La meta.

Sí, algunas veces hay gatos muertos. Palomas. No, nunca hombres. Nunca mujeres. No, nada de eso. Este es mi primer cadáver.

Es difícil hablarte de tú. ¿Por qué habría?

Verte: la cara lampiña, la camisa blanca, los zapatos de charol. Todo es un cementerio, se sabe. Una aparición siempre es una aparición. Me dices que nada cambia. ¿Por qué no habría de dudarlo? Estoy segura de que sabes silbar. Tienes ese tipo de boca sobre la boca semiabierta por la que ya no entra el aire ni la noche. Mi primer.

A veces drogadictos. Comparten jeringas. Las ofrecen. Sí.

No. Nada más corro. Nada más.

Las endorfinas, me explican, causan adicción. Uno empieza a correr y, luego, ya no puede parar. Si eso cuenta, entonces sí. Adicta.

Primero está la sensación de realidad que provoca el caer sobre los pies propios. Una vez. Otra vez. Una y otra. Acompasado, el trote. Los pasos. Es posible que alguien huya, desaforado. Esa relación intermitente entre el suelo y el cuerpo —el peso de los dos. La gravedad y la antigravedad. Un diálogo. Una ardiente discusión. Y la relación, también discontinua, entre el paisaje y la mente. Las siluetas de los árboles y el fluir de la sangre. Todo pasa tan rápido al final, eso dicen. Los colores de los autos y la más reciente preocupación. Los ángulos de los ventanales y el recuerdo o el dolor. Toda una vida: las palabras: toda una vida. La lucha, siempre feroz, por concentrarse. Estoy aquí. Estoy ahora. A esto se le llama Soy Mi Respiración. El sonido interno. El ritmo. El peso. El escandaloso rumor del yo dentro de la pecera oscura del esqueleto. Pero es que sigue siendo tan difícil hablarte de tú. Solo más tarde el estrépito. El ardor. El aire que parece adelgazarse frente a las fosas nasales: filos delgadísimos dentro de los pulmones. Una implosión. Esa manera violenta en la que se desatan las endorfinas produciendo una euforia que en mucho se parece al deseo o al amor o al placer. ¿Qué será todo eso, mi primer? La ligereza. La velocidad. La posibilidad de levitar. Cuando empiezo a correr, ese es el momento al que voy. Ese es el momento que persigo. Esa es la meta.

Sí, escribo. También. También por placer, como correr. Para llegar a algún lado. Utilitariamente. Para llegar al fin de la página, quiero decir. No para hacer ejercicio. Si me entiende: cosa de vida o muerte.

Es difícil explicar lo que uno hace. Las causas. Las consecuencias. El proceso. Es difícil explicar lo que uno hace sin echarse a reír o a llorar, desmesuradamente. Mi ojo me mira ahora sin precaución. Ante la imagen del asesinado que se introduce como ruido blanco en el interrogatorio; ante eso que ya no vemos, pero que no podemos dejar de ver, ¿qué carajos importa llegar o no llegar al final de la página? Es un rectángulo, ¿no lo ves?, le pregunto. No estoy en condiciones de decir que hacer eso, llegar al final de la página, sea una cuestión de vida, una cuestión de muerte. ¿Dónde está la sangre que lo prueba?, me preguntas. ¿Dónde está mi sangre?, afirmas, perplejo.

No, nunca lo había visto en el vecindario.

Sí, suelo poner atención a esas cosas. Rostros nuevos. Mascotas perdidas. Negocios. Sí, interacciones personales. Sociales. Pero no lo había visto por aquí. No.

Estoy segura.

Sí, estoy al tanto de que faltaba el pene. Mutilación. Hurto. Algo que no está. Estoy al tanto de todo eso.

Sí, es una cosa terrible contra los muertos.

No puedo más.

Estoy segura.

Una cosa terrible. Sí. Contra los muertos.

3

EL CAMPO DE ACCIÓN DE LA POESÍA

La Detective del Departamento de Investigación de Homicidios me mostró una fotografía de los ladrillos de la pared del restaurante chino, específicamente los ladrillos de la esquina donde termina el restaurante y detrás de la cual se desdobla, con su estrechez monumental, el Callejón del Castrado. Ya lo llamaban así. Fue algo casi inmediato. Los ladrillos, no podía dejar de notarlo, estaban cubiertos por la luz irreal que, con frecuencia, me saca de casa y me conmina a inhalar el aire del mundo a eso de las 6:15 de la tarde. Todo esto en la ciudad.

—¿Reconoce esto? —preguntó la oficial con la mirada en el travesaño de mi nariz, la punta de las pestañas. Yo, sin despegar los ojos del recuadro, callaba. Veía. Examinaba.

No me costó mucho dar con ellas. Estas palabras diminutas, pintadas con esmalte para uñas color coral, estaban ahí, en esa esquina, bajo esa luz hipotética, sobre la textura desigual de un ladrillo:

Cuídate de mí, amor mío

cuídate de la silenciosa en el desierto

de la viajera con el vaso vacío

y de la sombra de su sombra.

—Muy literario ¿no le parece? —insistió la Detective frente a mi silencio—. Su campo de acción ¿no es cierto?

Le sonreí porque nunca antes había pensado en la poesía como un «campo de acción» y porque los versos de Alejandra Pizarnik eran en efecto, en un súbito aquí y ahora, una gran cosa terrible en contra de los muertos. Una hazaña. Una saña en letras diminutas. Algo pequeñísimo.

No la vi a ella. Evité verla. No despegué la mirada de la fotografía. Vi, en cambio, otra cosa, uno siempre ve otra cosa, vi las imágenes de una instalación: Great Deeds Against the Dead, 1994. Fibra de vidrio, resina, pintura, cabello artificial, 277 por 244 por 152 centímetros. Jake y Dinos Chapman, nacidos en la década de los sesenta, habían dispuesto tres figuras masculinas de tamaño natural alrededor de un tronco. Atados y desnudos, en posiciones de lejanas resonancias religiosas (un cuerpo crucificado, los brazos abiertos), los hombres que colgaban de los troncos carecían de genitales. Vi eso. Ahí donde deberían estar el pene y los testículos se encontraba, en su lugar, la carne mancillada, terrena. La falta en rojo. La castración. Todo eso envuelto en el aroma ácido de la sangre. Todo eso en Londres. Jake y Dinos Chapman habían declarado a la prensa que se concebían como un par de oxímoros escopofílicos que herían los ojos. Jake y Dinos Chapman aseguraron que eran artistas. Vi otra cosa y, por eso, te vi. Una ciudad siempre es un cementerio.

Estábamos dentro de la oficina de la Detective —un sótano cimbrado por el ruido de voces desiguales y la velocidad blanca de papeles que van de mano en mano— y, tal vez por eso, las minúsculas palabras en esmalte de uñas parecieron más amenazadoras y más cómicas. Un cuento infantil. Ese tipo de crueldad. En este lugar a donde no parecía llegar otra luz más que la artificial, en donde los ojos de la Detective se acostumbraron seguramente a su propia opacidad, las palabras de Alejandra Pizarnik hacían que el mundo de allá afuera, el mundo que la mató, pareciera benigno o banal.

—Son palabras brutales —le dije finalmente, viéndola de frente, aceptando su reto—. La viajera con el vaso vacío —repetí como si recitara ante un público muy calladito de puros niños—, la sombra de su sombra —enuncié, con toda lentitud, mientras comprobaba que en ese momento los ojos color café oscuro de la Detective, que me miraban con insistencia, con toda concentración, con el tipo de concentración que siempre me ha hecho pensar en una mente que está escribiendo, se encendieron—. Eso lo hizo siempre muy bien Pizarnik. Decir cosas brutales.

La Detective me sonrió. Un eco. Algo lejano.

—Lo sabía —me dijo con un acento extraño en algún lugar de la voz mientras lanzaba su mano hacia mi codo derecho, guiando mi cuerpo levemente, con gracia incluso, hacia la salida de su sótano—, sabía que usted y yo hablaríamos mucho de poesía.

No fue sino hasta después, hasta mucho tiempo después, que lo supe: su frase de despedida no era una invitación, sino una amenaza.

Al llegar a la puerta de mi apartamento, justo cuando le daba a la llave la tercera vuelta a la izquierda, me pregunté si ella también había ido ahí. La instalación había estado en la ciudad no hacía mucho y, con toda seguridad, por eso la frase que había pronunciado más bien al azar en el sótano de la Detective me la trajo a la memoria: Great Deeds Against the Dead. Una traducción incompleta, sesgada, real. Un eco de Goya. Una reverberación de la guerra. Grandes cosas, sí, terribles cosas contra los muertos. Eso nos toca. Hazañas contra ellos. Cuídate de mí, amor mío. Me pregunté si la Detective también lo había visto o si ella solo se había referido al grabado. El original. Francisco de Goya y Lucientes: Tristes presentimientos de lo que ha de acontecer. Enterrar y callar. Ya no hay tiempo. Tanto y más. Fuerte cosa es. Esto es peor. ¡Grande hazaña! ¡Con muertos! Yo lo vi. Esto es malo. Lo peor es pedir. ¿De qué sirve una taza? Las resultas. Murió la verdad. Sucedió así.

Me pregunté si no había visto nada. Si no había sido más que una gran coincidencia.

Mientras la puerta cedía con gran lentitud ante el torpe embate de la llave, recordaba que Goya había dicho todo eso en aguafuerte. Los títulos como pedazos de un diálogo entre muertos. El pincel mojado en tinta especial sobre una plancha protegida por resina en polvo. El calor, luego, y la resina que acababa por adherirse al metal produciendo una superficie granulada. Todo esto en una ciudad con el nombre de Madrid. La estela de la resistencia ante la invasión de un hombre llamado Bonaparte. Una sublevación: 85 láminas, 45 acerca de la masacre y 16 sobre la hambruna que, un par de años después, ocasionó veinte mil decesos, entre ellos el de su esposa. Fatales consecuencias de la guerra. Eso es lo que dijo Goya. La plancha de metal cubierta con barniz y luego, dentro del ácido, solo dentro del ácido, los surcos marcados en el cobre. La lesión emergida. Los dedos de mi imaginación tocaban eso, esa lesión, en el aire estático del apartamento, cuando por fin pude entrar. La lesión iluminada. Los ojos caían sobre ella una vez y otra más. El corte. La hendidura. Obsesivos, los ojos. Incapaces de ver algo más. Ciegos para cualquier otra cosa. Caí sobre el sillón. Pocas veces las rodillas. La bolsa sobre el suelo. El aire que por fin escapaba de la boca. Yo no sé silbar. Me acordé de eso. Entonces me pregunté, ahí, inmóvil, ovillada sobre la blanda superficie del sofá (la mejilla izquierda sobre el asiento), (la mano derecha colgando huérfana hasta casi tocar el suelo), si la Detective, que seguramente estuvo ahí, en la muy sonada exposición de los hermanos Chapman, habría tomado, con una delicadeza que ahora me resultaba difícil de concebir, la alargada copa de champán mientras discurría, con esa ufana o precavida indiferencia, sobre lo increíble que resultaba siempre ver, sin importar si se trataba de Goya o de los hermanos Chapman, de un grabado o de una instalación o del hecho real, el cuerpo de un hombre castrado. Me pregunté ahí, ovillada aún, las rodillas casi frente a la boca, la mano derecha ahora sí rozando el suelo, si la Detective que acababa apenas de interrogarme con gran meticulosidad y sin muestra alguna de cansancio, con una disciplina que por férrea daba la impresión de ser poco humana, habría disfrutado el coctel. Las burbujas del champán. La leve bullida vaporosa embriaguez. Los cuchicheos.

4

LA VÍCTIMA SIEMPRE ES FEMENINA

Fue después del tercer asesinato que la Detective volvió a buscarme. Me habló por teléfono y así concertamos una cita en el café que está a un lado del restaurante chino. Cuando llegué, todavía jadeando después de los quince minutos de carrera, ella me esperaba ya con un café americano, sin azúcar, en el lado vacío de la mesa. Sus dedos tamborileando al compás de una vieja melodía. La impresión, instantánea, de que la mujer vivía dentro de una casa de paredes verdes; seguida, de inmediato, de la impresión de que la mujer no tenía casa. Ninguna pared alrededor.

—Así que sigue corriendo —mencionó con ese acento extraño en una de las esquinas de su voz, casi en sus afueras. Yo, por toda respuesta, asentí con la cabeza y me dirigí a la barra a saludar al dueño y a pedir un vaso de agua.

Alguien corre, te dije, convencida de que todo era un cementerio. Luego actué como si no pasara nada. Como si no pasaras.

—¿Interrumpo su trabajo? —me preguntó mientras se arremolinaba sobre su asiento. Se notaba que no era una experta en el campo de las pláticas insulsas y que tenía prisa por llegar al grano y abordar el asunto que nos mantenía una frente a la otra, en franca actitud de expectación.

—Mi trabajo es una continua interrupción —le contesté de una manera un tanto jocosa e irresponsable, tratando de evitar el tema porque me encontraba, pero esto la Detective no tenía por qué saberlo, en uno de esos ciclos mudos e improductivos que, en otras ocasiones, sobre todo antes de empezar a correr, me habían mandado directamente a observar, en una inmovilidad obsesiva, el cielo.

—Supongo que está al tanto —susurró e inclinó la cabeza sobre su taza de café solo para tener la oportunidad de elevar la vista desde ahí. Un abismo en el movimiento.

—Ha salido en todos los diarios —afirmé.

—Un caso interesante, ¿no le parece?

Pensé —y aquí pensar quiere en realidad decir producir una imagen— en los cuerpos castrados de los tres hombres jóvenes que habían aparecido desnudos y sangrantes sobre el asfalto de la ciudad. Pensé —y aquí pensar quiere en realidad decir oír el eco— en la palabra castración y en todas las referencias trágicas del término. Pensé —y aquí pensar quiere en realidad decir ver— en lo larga, en lo interminable, en lo incesante que era la palabra des-mem-bra-mien-to. Pensé —y aquí pensar quiere decir enunciar en voz baja— en el término asesinatos seriales y me di cuenta de que era la primera vez que lo relacionaba con el cuerpo masculino. Y pensé —y aquí pensar quiere decir en realidad practicar la ironía— que era de suyo interesante que, al menos en español, la palabra víctima siempre fuese femenina.

—¿Se ríe usted? —interrumpió la Detective. Intrigada. Molesta.

Y fue en ese instante que pensé, de manera por demás intempestiva, justo como aparecían esos días claros en medio de los días cenicientos que precedieron el estallido de la primavera, que el asesino era en realidad una asesina.

Y te vi, entonces, de reojo, como quien espera llegar a un acuerdo muy difícil de alcanzar. Como quien espera sin esperanza en una estación de tren; como quien. El tren que pasa. La mano, sacudida.

—Es la palabra víctima, Detective —le expliqué sin esperanza alguna de ser comprendida mientras escribía el artículo determinado y el sustantivo sobre una servilleta de papel—. La víctima siempre es femenina. ¿Lo ve? En el recuento de los hechos, en los artículos del periódico, en los ensayos que alguna vez se escriban sobre estos eventos, esta palabra los castrará una y otra vez.

Una y otra vez. El eco. Una vez. Otra. La repetición. El fenómeno sonoro ocurrió, las dos nos dimos cuenta, cuando el dueño del café canturreaba Gee baby, ain’t I good to you y la coincidencia, el humor negro de la coincidencia, me provocó una risa que no pude reprimir.

—¿Y eso le parece gracioso?

—¿La canción de la radio? —le pregunté intentando, infructuosamente, que le pusiera atención a lo que acababa de acontecer a la puerta de sus oídos. Cuánto trabajo cuesta a veces escuchar una canción, pensé eso. Pensé: cuánto esfuerzo creer lo que uno tiene frente a los ojos. Y entonces, por puro placer, te hice un guiño.

—La castración. La doble castración —aclaró la Detective, concentrada en su objetivo y sorda a todo lo demás.

—No —le dije después de pensarlo un poco—. No, no me parece gracioso en absoluto.

Estoy segura de que decía la verdad.

Luego, sin transición alguna, como si la Detective siguiera al pie de la letra un guión cinematográfico que yo no había leído pero en el cual participaba, dijo:

—Esto apareció en la mano del segundo cuerpo. —Y colocó sobre la mesa una hoja de papel color blanco dentro o sobre la cual alguien había colocado una serie de letras recortadas de periódicos o revistas, convirtiéndolas, luego entonces, en el acto mismo, en letras castradas, e instaurando, simultáneamente, no la falta sino lo faltante dentro de la hoja. Se trataba, por supuesto, de otro poema de Alejandra Pizarnik:

AHORA BIEN: Quién dejará de hundir la mano en busca del tributo para la pequeña olvidada. El frío pagará. Pagará el viento. La lluvia pagará. Pagará el trueno. A Aurora y Julio Cortázar.

Me volví a verla lentamente, sin poder creer que esa mujer de apariencia tan profesional acababa de colocar sobre mis manos un pedazo de papel que era una evidencia. El original. Pasé las yemas de mis dedos sobre su superficie. Lo aproximé a mi nariz esperando encontrar un aroma peculiar. El tributo. La mano que se hunde.

—El árbol de Diana —murmuré los datos sin pensarlo, sin saber en realidad cómo era que los sabía o por qué los recordaba con tal claridad—. 1962.

—¿Lo conoce? —preguntó de inmediato la Detective, y yo no pude sino advertir que no le llamó «poema» o «verso».

—Todo mundo lo conoce —le dije sin darme cuenta de la arrogancia—. Todo mundo en el campo de acción de la poesía —me corregí. Y, antes de ver la fotografía en la que aparecía el tercer mensaje pizarnikiano, tampoco pude dejar de ver que en la misma superficie del apellido Cortázar se escondían, amenazantes, un cortar y un azar, palabras que, en ese momento, carecían de toda inocencia.

El tercer mensaje, escrito con lápiz labial sobre el pavimento, decía:

dice que no sabe del miedo de la muerte del amor

dice que tiene miedo de la muerte del amor

dice que el amor es muerte es miedo

dice que la muerte es miedo es amor

dice que no sabe

La fotografía de un poema. Eso tenía entre las manos: la fotografía de un poema. Darme cuenta de que tenía la fotografía de un poema entre las manos me provocó una extraña rabia. Algo como una sombra pasó por el techo. A eso algunos le llaman melancolía. O árbol. ¿No es cierto? Las palabras de Alejandra Pizarnik te dejaron mudo por mucho rato, eso fue lo que percibí.

—Dígame, por favor, Cristina, quién es ese «todo mundo» que conoce tan bien este tipo de poesía . —Y entonces me volví a ver a la Detective como si acabara de regresar de un largo viaje o de despertarme de un sueño muy oscuro. Poesía. Este tipo de poesía.

5

LA SOSPECHOSA

Se lo referí a mi Amante cuando todavía estábamos desnudos bajo las sábanas. Un domingo. Le dije que me había reunido, hacía un par de días, con la Detective que estaba a cargo del caso de los Hombres Castrados. Estoy segura de que al decir esto, al pronunciar las palabras hombres castrados como si vinieran en itálicas, no pude reprimir una pequeña risita escandalosa, un sonido acaso insulso con el que intentaba restarle seriedad tanto a la realidad de los hechos como a mi reunión con la Detective. Se la describí después, casi de inmediato. Le dije que era una mujer con los ojos opacos y las manos grandes. Le dije que tenía una oficina en un sótano adonde jamás llegaba otra luz que la artificial. Le dije, muy cerca de su nuca, con mi brazo izquierdo descansando casi ingrávido sobre su hombro, que la Detective me había mostrado los poemas de Alejandra Pizarnik que aparecieron cerca o en el mismo lugar de los hechos. Tres pequeños poemas. Tres diminutos mensajes. Entonces me acordé de ti, ciertamente. Luego me quedé pensativa y, sin notarlo apenas, guardé silencio. Oía el eco de la amenaza: pagará la lluvia, el trueno. Veía mi mano, tendida sobre su torso, y veía la mano, la otra mano, una mano minúscula, hundida en un abismo de vísceras. Miedo de la muerte del amor, escuché ese verso como un susurro muy cerca de mi oído. Un tributo. Dice que no sabe.

Y entonces te vi; volví a hacerlo. Tan difícil de creer a veces, eso, verte. Y tan natural también. Sin duda uno termina por acostumbrarse a todo. Iba a ponerte un nombre, pero, en el último momento, imaginé la sombra que prodigaba un sauce. No sé si sea posible vivir así, me dijiste desde lejos. Yo no te mentí.

Ya no le dije a mi Amante que la Detective caminaba demasiado aprisa: los pasos largos, una cierta rigidez en las articulaciones, la mirada al frente. Ni mencioné tampoco esa especie de acento que se colaba, con gran contención, en el final de sus frases. Evité decirle que cada vez que me reunía con ella me embargaba la sensación extraña, la sensación incómoda, de que la conocía de antes. No se trataba, por supuesto, de la familiaridad que da el trato continuo o profundo, eso lo habría recordado de inmediato, sino del conocimiento que se fragua, sinuosa, morosamente, en las coincidencias más vanas. Tuve la sensación de que fue en ese momento que me cerraste un ojo. Yo pensaba en las coincidencias, y tú, mientras tanto, me cerrabas un ojo. Para ser algo destrozado sobre la calle sin duda gozabas de un gran sentido del humor. Eso me relajó. Eso me hizo creer que podía seguir viviendo. Evocando. Esto: acaso esa mujer y yo habíamos asistido a una conferencia donde ambas, desde esquinas distintas del recinto, planteamos preguntas semejantes. ¿Sabía que los manzanos son un enigma, profesor? ¿Es esto, en verdad, un castillo? Acaso habíamos tomado el mismo avión para atravesar el mismo océano y habíamos esperado, después, una al lado de la otra, el equipaje que daba de vueltas en la misma banda. La Detective habría llamado mi atención en esas circunstancias, eso tampoco se lo dije al Amante, pero te lo susurré a ti en un discreto aparte. Era ese tipo de persona: de apariencia anodina pero llena de gravedad; una presencia a la vez obvia y silenciosa. Alguien interesante. Suele expresarse de esa forma.

De haber sucedido el encuentro, la habría visto con cautela, apenas deslizando las pupilas por la cuenca del ojo para evitar moverme y, con toda seguridad, le hubiera inventado una historia. Habría dicho: esa mujer de uniforme azul y mirada opaca es una maestra o una policía. Vive sola. Habla sola. Come sola. Habría descrito su mirada como grave o intensa o trágica. Y, en el cuento, le habría pedido entonces que me viera. Me habría reído de mí misma y, sin mayor explicación, habría tomado mi maleta para continuar el viaje. Las maletas suelen pesar mucho. Suelen pesar tanto. El Amante, que escuchaba con atención el silencio en que yo guardaba todas las cosas que, sin saber por qué, evitaba decir, se volvió entonces, colocó su brazo derecho sobre mi hombro izquierdo, y sonrió con esa sonrisa abierta e iluminada que era la causa por la que se encontraba bajo las sábanas, sobre mi cama, a un lado de mi cuerpo.

—Y qué —dijo—, ¿sospechan de ti?

De esos días iniciales recuerdo, sobre todo, el viento. El sonido del viento. Se colaba por las rendijas de las ventanas, por debajo de la puerta, por los poros del cuerpo. Sacudía las hojas de los álamos y los cables del teléfono. El mundo se encontraba en ese estado de sobresalto milimétrico que a menudo se describe con el adjetivo «trémulo». Y, con el viento, llegó la polvareda. Todo esto lo recuerdo. La polvareda y, por debajo de la polvareda, tu aparición. Alguien para hablarle de tú. A veces la polvareda se concentraba en grandes remolinos verticales, pero, con más frecuencia, era nada más una cortina en apagados tonos marrón que obstaculizaba la visión de las cosas. Los asesinatos se iniciaron en esos tiempos trémulos y cenicientos de febrero, pero solo ocurrían, como el primero, en los pocos días de diáfana claridad que interrumpían, como por encanto, los estragos del polvo. Así, cuando la luz estallaba en la cara posterior de las hojas de los álamos, dándoles el aura de algo divino, bajo un cielo escandalosamente azul, un hombre moría. Un hombre amanecía castrado.

6

YO Y LA QUE FUI

Lo he dicho varias veces, tanto en público como en privado: no tengo una vida interesante. Aunque muchos dirían que mi campo de acción, tal como lo denominó la Detective, es la narrativa, secretamente siempre he creído que mi campo, mi acción, le pertenece a la poesía. Aunque esto porque considero a la poesía, de manera por demás tradicional y jerárquica, como la corona de toda escritura, como la meta de toda escritura, lo admito rara vez ante mí misma y jamás ante otros. Aceptar algo así me provocaría una gran vergüenza y un gran pesar. Para evitar ambas sensaciones suelo decir que soy profesora y que me gusta correr. Si las preguntas continúan puedo llegar a admitir que, con frecuencia, escribo, pero omito los títulos y la cantidad de los libros publicados. Si se me presiona reconozco que me gusta la paz de mi oficina y la calidez de mi apartamento, especialmente los ventanales de la recámara que me permiten ver el parque donde crecen, con similar convicción aunque en absoluto desorden, los álamos y los pinos. En todo caso, ya sea cediendo ante cuestiones ajenas o sin hacerlo, sería bastante razonable describir mi vida como estable. Otros adjetivos igualmente precisos serían: cómoda, relajada, rutinaria, placentera. Que el Amante de la Gran Sonrisa Iluminada creyera, por el menor de los segundos, que yo podría ser sospechosa de crímenes tan crueles me sorprendió, es cierto, pero no me molestó. Su relajada broma me indicaba que en algún lugar de su cabeza o de su deseo él me concebía o me producía como una mujer que, siendo yo, era en realidad otra persona. Una asesina serial. Alguien con la suficiente crueldad o frustración o demencia como para atacar hombres y, de forma violenta, con saña o indiferencia, cercenar sus genitales. Alguien con la suficiente fuerza física como para arrastrar los cuerpos desmembrados por estrechos callejones o sobre banquetas oscuras. Alguien, también, con la suficiente delicadeza como para transcribir, con esmalte de uñas o lápiz labial, poemas enteros de Alejandra Pizarnik. Alguien con abismos bajo las muñecas. Alguien de ojos complicados y manos trémulas. El odio. La venganza. Que el Amante de la Gran Sonrisa Iluminada pudiera considerarme, repito, aun por el menor de todos los segundos, aun dentro del humor cómplice que precede a las sesiones amatorias, una castradora, me resultó bastante divertido. Tanto como para soltar una larga carcajada y besarlo en plena boca. Tanto como para morder sus tetillas y mesar la mata tupida de sus cabellos con una ternura que solo empecé a sentir en ese momento. Extraña, cierto, esta manera en que a veces se aparece la ternura, te dije. Pero como no estabas, no oíste. Como para guiar su mano hacia mi pubis mientras me montaba sobre su cadera. Para pronunciar las palabras: «Estos son dos cuerpos». Tanto como para sostener, un rato después, un meditabundo silencio en el momento mismo en que él cerraba los ojos y exhalaba, con fruición, con gestos de dolor, con algo de desvarío, el aliento de su gozo. Ese. El último.

Todavía me veo verlo: un cuerpo dentro de otro, imbricados, exhaustos. Su sexo engullido por el mío. Grandes hazañas, sí. Los dos cuerpos.

Todavía escucho el ulular del viento. Y parpadeo. Una vez. Otra. La piel erizada por lo que observo: la falta. La inaudita castración. Por lo que no se puede observar. Aún espero el advenimiento de la sangre. Una gota. Un flujo. La marea. El llanto de los familiares. Las noticias del deceso. La general estupefacción. Todavía me enfurecen los curiosos que se asoman para ver, para verte por dentro. Para ponerse a salvo.

Todavía me conmueven las palabras que llegaron a tropel y sin invitación a posarse sobre la almohada:

Ahora

en esta hora inocente

yo y la que fui nos sentamos

en el umbral de mi mirada.

7

CÓMO SE LEE LA POESÍA

Cuando preguntó le dije la verdad: no era una especialista en el tema. Había leído, en efecto, a Alejandra Pizarnik —primero por el morbo que produce la imagen de la poeta suicida; luego porque sus libros no se conseguían fácilmente y eso los hacía caros objetos de culto; más tarde, casi al final, por gusto—. Eso dije: por gusto. Y luego añadí: por terror. Porque ella enunciaba palabras que a mí se me atoraban en la garganta. Porque bajaba en pleno vértigo hacia esos infiernos musicales y sangrientos que a mí, francamente, me producían tanta atracción como miedo. Porque ella jugaba.

La Detective me miró con suspicacia. Se incorporó de la silla que estaba frente a mi escritorio y, sin pedir permiso, se dedicó a ver uno a uno los libros de los estantes que cubrían, casi en su totalidad, las paredes de la oficina. Su mano como una brocha sobre los lomos de los volúmenes.

—¿Recuerda el poema del segundo hombre? —me preguntó. Antes de que tuviera tiempo de contestarle, todavía de espaldas a mí, añadió:

—«El frío pagará, la lluvia pagará, pagará el trueno».

Su razonamiento resultaba obvio: en esas palabras se encontraba un aviso, una seña que quería seguir. Una pista. Esta vez no me reí, pero sí me puse de pie.

—La poesía no se lee así —susurré, todavía estupefacta—. La poesía no es denotativa. No es como un manual. —Iba a continuar, pero me interrumpió con voz firme y, si no hubiera sabido que se trataba de una oficial al servicio del Departamento de Investigación de Homicidios, hasta habría jurado que se trataba de la voz de una experta.

—Pero, según he leído —dijo, dándome la cara al mismo tiempo, en un circular movimiento dramático— puede ser profética. Al menos eso creen algunos poetas. Que tiene el poder de la profecía.

Derrotada, regresé a mi lado del escritorio y caí sobre la silla. Si hubieras estado ahí, recargando cada una de tus palmas sobre cada uno de mis hombros, habría podido reírme. Habría podido decirle: lo que yo quiero es dejar de verlo. El ruido del viento se colaba, como desde hacía días, por la rendija inferior de la ventana y, el sonido, por sí solo, me produjo desazón, una innecesaria turbulencia interna. Me pregunté, sin estar preparada para preguntarme ese tipo de cosas, si en ese momento no moriría otro hombre. Si ese hombre no estaría, ahora mismo, bañado de sangre. Frente a mí. La Detective, mientras tanto, extrajo el volumen de la poesía completa de Alejandra Pizarnik que había publicado Editorial Lumen con una edición de Ana Becciu y, como si se encontrara sola en mi oficina o como si fuera dueña del libro, leyó la cuarta de forros en voz alta:

Nacida en Buenos Aires, en 1936, Alejandra Pizarnik publicó sus primeros poemas cuando apenas contaba veinte años. A comienzos de la década de los sesenta vivió unos años en París, donde entabló amistad con André Pierre de Mandiargues, Octavio Paz, Julio Cortázar y Rosa Chacel. De regreso a Buenos Aires, pasó el resto de su vida dedicada a escribir. Murió en Buenos Aires el 25 de septiembre de 1972.

Sin pausa alguna continuó después con fragmentos de la contraportada:

una de las figuras más emblemáticas de las literaturas hispánicas, controvertida, polémica, que se convirtió en un mito entre los jóvenes de los años ochenta y noventa […] hondo intimismo y severa sensualidad […] insomnio pasional y lucidez meridiana […] que sus poemas difundieran por todas partes el amor y el terror.

—La lluvia —se interrumpió a sí misma sin cerrar el libro, como si no se hubiera dado cuenta de que una idea nueva había llegado a su cabeza y que estaba, de hecho, interrumpiéndose a sí misma—. El frío. El trueno. ¿No cree que el siguiente asesinato ocurrirá en temporada de lluvias?

Espero haberla mirado con la desazón y la incredulidad que sentía por dentro. Seguramente fueron esos dos estados de ánimo o esas dos emociones los que me llevaron directamente a la ironía.

—Y qué, oficial, ¿sabe por lo menos cuándo es temporada de lluvia en Buenos Aires? Digo —añadí—, después de todo, Alejandra se refería al Cono Sur.

La Detective cerró el libro, tomó su chaqueta del perchero y me guiñó el ojo izquierdo.

—No seas tan literal —dijo justo antes de abrir la puerta, guiñándome el ojo izquierdo—. La poesía no se lee así. Pero gracias por el tip.

Y así fue como, sin siquiera pedir autorización, la Detective empezó a tutearme.

8

TODOS LOS CAMPOS
TODAS LAS BATALLAS

Obsesivos, los ojos. Ciegos para cualquier otra cosa. Nunca más los álamos o el viento o el amanecer. Nunca más el retozo. Pocas veces la respiración. En todos lados la marca: surcos sobre láminas de cobre; surcos sobre láminas de carne. El ácido que devela. La memoria. La imagen. Alguien toma el objeto punzo-cortante. Alguien lo blande: objeto en el aire. Reflejo. Alguien elige o encuentra o produce el orificio de entrada. Pocas veces los dientes. Alguien rasga, abre, esculca. Alguien extrae la gónada, el testículo, el órgano sexual. ¿Sonríe Alguien? ¿Cumple Alguien la ley? ¿Alguien se duele? ¿Alguien se llena de sangre o de odio? ¿Alguien ejecuta una venganza o una promesa? ¿Utiliza Alguien los guantes? Sobre el pavimento. En Bizancio. Dentro de los barcos que cruzan el Atlántico. En un callejón. Sobre la cama de un hospital. En los aposentos de Nápoles. Sobre el campo de batalla. Todos los campos. Todas las batallas. Dentro de un sótano. Alguien castiga [Sima Qian (145 a. C.-90 d. C.)] [Pierre Abélard (1079-1142)]. Alguien se aproxima al niño que yace, sedado, dentro de una bañera de leche tibia. El olor a especias. Alguien cree en la más amplia tesitura [Carlo Broschi Farinelli (Nápoles 24/I/1705-Bolonia 15/VII/1782)]. Alguien gobierna [Eusebio]. Alguien entona la palabra belleza [Baldassare Ferri (1610-1680), Antonio Maria Bernacchi (1685-1756), Gaetano Majorano Caffarelli (1710-1783), Gaetano Guadagni (1725-1792), Gasparo Pacchierotti (1740-1821), Girolamo Crescentini (1762-1848), Giambattista Velluti (1781-1861), Francesco Bernardi Senesino (c. 1685-c. 1759), Luigi Marchesi (Milán 8/VII/1754-villa Inzago 14/XII/1829), Alessandro Moreschi (Motecompatrio 11/XI/1858-21/IV/1922), Domenico Mustafa (Sterpara 16/IV/1829-Montefalco 17/III/1912), Giovanni Cesari (Frosione 25/VI/1843-Roma 10/III/1904)]. ¿Alguien maldice? ¿Busca Alguien el ángulo del ángel? Obsesiva la pregunta. Delirante la falta (de respuesta). El eunuco. El berdache. El hijra. El castrato. Alguien horada. Alguien repta. Rapta. Alguien toma el testículo, la gónada, el órgano genital. ¿Lo toma Alguien? Alguien penetra. Alguien mutila. Desea.

Hay un sosegado terror cuando las cosas lentas. El mundo.