1
Enero de 2006
Llegó la invitación a la boda y Shiloh dijo que sí, que por supuesto que iría.
Mikey era uno de sus amigos de toda la vida y se había perdido su primera boda. En aquel entonces no tenía dinero para viajar a Rhode Island (y seguía sin tenerlo).
Pero esta vez se casaba en Omaha, justo calle abajo. Por supuesto que Shiloh iría a la boda. Todos irían.
Todo el mundo quería a Mikey. Era una persona que sabía conservar a la gente. Shiloh nunca supo bien cómo lo lograba.
Marcó «sí» en la tarjeta para confirmar su asistencia y añadió: «¡En cuerpo y alma!».
Una semana antes de la boda compró un vestido nuevo de oferta. Era rojo oscuro y floreado, con un escote pronunciado. Estaba diseñado como vestido largo para una persona de tamaño normal, lo cual significaba que a Shiloh le llegaba por la rodilla. Las mangas eran un poco cortas, pero se pondría una cazadora vaquera encima. (¿Se podía usar una cazadora vaquera en una boda? ¿Para una segunda boda? Seguro que sí. Se prendería una flor de seda en el pecho).
La boda era uno de los viernes de Ryan. Shiloh esperó a que recogiera a los niños antes de empezar a arreglarse. No quería que Ryan la viera maquillada. Ni con tacones. No quería que la viera «arreglada».
Quizá algunas personas querrían tener buen aspecto cuando las vieran sus ex, para demostrarles lo que se habían perdido o cosas así. Shiloh prefería que Ryan no pensara en ella en absoluto. Le daba igual que creyera que él era demasiado bueno para ella. Que Shiloh se había descuidado.
Era una mujer divorciada de treinta y tres años con dos niños de menos de seis. Tenía todas las papeletas para haberse descuidado.
Ryan estaba llegando tarde, a pesar de que ella le había dicho que tenía que salir. (No debió haberle dicho que tenía que salir).
Estaba llegando tarde y los niños ya se habían cansado de esperar. Tenían hambre y estaban de mal humor cuando él por fin apareció y entró ruidosamente en el cuarto de estar como si ella lo hubiera invitado a pasar.
—Tienen hambre —dijo Shiloh.
A lo que Ryan contestó:
—¿Por qué no les has dado de comer, Shy?
Y Shiloh replicó:
—Porque se suponía que te los llevabas para la cena.
Y luego él dijo…
En realidad no importaba lo que hubiera dicho Ryan después. Seguiría diciendo las mismas cosas durante los siguientes quince años de su copaternidad y Shiloh tendría que seguir escuchándolas porque… Bueno, porque ella había cometido una serie de errores graves y había calculado mal muchas cosas.
Era casi gracioso lo mal que Shiloh había construido su vida, en especial teniendo en cuenta que hubo una época en que se sintió orgullosa de su habilidad para tomar decisiones.
Así pensaba de sí misma en la adolescencia. Que era buena tomando decisiones. Pero lo que ocurría era que le gustaba tomarlas. Se sentía bien, le daba una recarga de energía. Si alguien tardaba en decidirse o titubeaba entre dos opciones, Shiloh disfrutaba interviniendo y decidiendo sobre el asunto. Con ella a los mandos, el mundo giraría más rápido y con más claridad. Eso pensaba ella.
Si Shiloh pudiera hablar ahora con su yo adolescente, le aclararía que tomar decisiones no servía de nada si no eran las correctas… o siquiera cercanas al rumbo de lo correcto.
Cuando Ryan se fue por fin con los niños, Shiloh arrancó las etiquetas de descuento del vestido. Se maquilló. Se recogió el pelo. Se puso de puntillas para subir el cierre de las botas hasta la pantorrilla.
Ya se había perdido la boda, pero no se perdería el banquete. Nadie se lo perdería. Todo el mundo iba a estar allí.
2
El banquete era en un salón alquilado del segundo piso de un club de lucha para jóvenes. Mikey se casaba con una chica del barrio que había ido al mismo instituto y era uno o dos años más joven que él y Shiloh.
Un banquete clásico con asientos asignados. Muy elegante.
—¡Shiloh! —le gritó alguien en cuanto entró en el vestíbulo—. ¡Pensábamos que no llegabas!
Era Becky. Las dos habían trabajado en el periódico del instituto. Habían sido uña y carne, verdaderas compinches (de hecho habían llegado a robar una valla metálica de tráfico), y seguían hablándose de vez en cuando. Eran amigas en Facebook. (Shiloh casi nunca entraba en Facebook).
—He llegado —dijo Shiloh obligándose a sonreír.
No iba a ser la única vez esa noche, ya lo veía venir.
—Estás en nuestra mesa —dijo Becky—. Es prácticamente una reunión del periódico del insti. Están todos aquí. Ay, no… Estabas en nuestra mesa, pero como creímos que no ibas a llegar, le dimos tu sitio a Aaron King. ¿Te acuerdas de él, que era un año más pequeño que nosotras?
—Sí, lo recuerdo… No pasa nada.
—Pero eso sí, tienes que venir a saludar. Está aquí todo el mundo.
—Nadie puede decirle que no a Mikey —dijo Shiloh.
—Tienes razón —asintió Becky—. Además, todos pensamos que habría barra libre. En fin… —añadió riéndose.
Shiloh siguió a Becky al salón del banquete. Mantuvo la mirada fija al frente, intentando de manera deliberada no recorrer el salón en busca de rostros familiares. Así, solo podría reconocer a quien invadiera su campo de visión.
Llegaron a la mesa. Allí estaban el marido de Becky y Tanya… Dios, hacía años que Shiloh no veía a Tanya. Y el marido de Tanya, sí, ya se conocían. Hola, hola. Abrazos. Hola. Nia. Y Ronny. Shiloh odiaba a Ronny. Al menos, antes lo odiaba… ¿Seguía odiándolo? De todas maneras, lo abrazó. Toda esa gente, todas esas personas provenían de una parte diminuta de su vida (aunque no había parecido diminuta entonces). Todas esas personas que la conocían y que la recordaban. Allí comiendo sus ensaladas y lamentando haberle dejado su sitio a otro. Pero no pasaba nada, a Shiloh no le importaba. Ya cogería una silla para sentarse con ellos más tarde. Estaba encantada de verlos, les dijo… Y era verdad. Era bueno saber quién estaba allí de los viejos tiempos.
Y quién no.
Tenía sentido que él no estuviera allí… Estaba en Virginia, ¿no? La última vez que Shiloh supo algo de él estaba en Virginia. Tal vez alguien lo mencionaría después…
Por supuesto que no estaba allí. Estaba en la Marina. Probablemente se encontraba en algún lugar del océano. Probablemente no volvía mucho a casa. Había oído una vez que no regresaba con mucha frecuencia…
No estaba allí y otras personas sí estaban y ella podía disfrutar de todo aquello. De ellos. De algo.
Shiloh no quería quedarse allí de pie mirando a sus viejos amigos mientras ellos se comían sus ensaladas. Dio apretones de hombros y luego avanzó entre las mesas para llegar a la de la esquina, donde estaba el sitio original de Aaron King. (La verdad era que no se acordaba de él). Había allí sentada una pareja, rodeada de sillas vacías.
—¿Puedo sentarme? —preguntó Shiloh.
Asintieron y se presentaron: la tía y el tío de Mikey. Le dijeron que ya se habían comido su pan.
—Nos hemos comido todos los panes —dijo el tío—. ¡Pensamos que la mesa entera era para nosotros!
La tía rio cordialmente.
—Pensábamos comernos tu trozo de tarta también.
—Podrán comérselo —prometió Shiloh, y se sentó.
Junto a su plato había una pequeña vela blanca que rezaba MIKE Y JANINE, 20 DE ENERO DE 2006.
Shiloh se la acercó a la nariz para olerla. Lavanda.
Como sabía que él no estaba, podía ya mirar a su alrededor. Se sentía a salvo.
Las mesas estaban dispuestas en un lado del salón, y el otro estaba ocupado por una pista de baile. Había ya focos moviéndose sobre la bola de discoteca que colgaba en una esquina. Shiloh había asistido a tres o cuatro bodas en ese lugar, pero quizá nunca lo había visto con mejor aspecto. Alguien lo había decorado todo con guirnaldas de lucecitas y las sillas estaban envueltas en tul.
A Shiloh le gustaban las bodas, por improbable que pareciera. Le gustaba ver a la gente vestida con sus mejores galas. Le gustaban los inicios. Le gustaban las flores, los regalitos de recuerdo para los invitados y las bolsitas de almendras confitadas.
Recordaba vagamente del instituto a muchas personas de su alrededor. Todos estaban un poco más viejos y gordos y más golpeados por la vida en diversos grados.
Era fácil reconocer a los amigos de Mikey que venían de Nueva York. Gente del mundo del arte. Había una mujer con un vestido entubado amarillo y un hombre con falda pantalón negra y botas de plataforma.
Antes Shiloh se esforzaba mucho por no vestirse como los demás…, pero ya había perdido ese talento. Y nunca había sido tan arriesgada como esas personas. Se sentía desaliñada en comparación. Mal vestida. Aunque llevaba años sin esforzarse tanto como aquel día.
Buscó a Mikey entre la gente. Tendría que disculparse por haberse perdido la ceremonia… Tal vez él no se había dado cuenta. Seguramente tenía muchas otras cosas en mente.
Alguien cerca de Shiloh chocó su tenedor contra la copa de vino, luego otras personas lo empezaron a imitar y todos se volvieron con entusiasmo a ver a los novios besarse. Shiloh siguió la dirección de las miradas hacia la mesa principal.
Allí estaba Mikey, con su cabello rubio rizado y su sonrisa amplia y sencilla. Llevaba un traje blanco. Obviamente, la que estaba sentada a su lado era Janine, con su vestido de novia. Luego, las damas de honor ataviadas de raso verde claro. Y los padrinos. Y Cary.
Cary.
Shiloh se apretó las manos sobre el regazo.
Cary estaba entre los padrinos.
Claro… Claro… Tenía sentido.
Por supuesto que Cary estaba allí.
Por supuesto que no se lo iba a perder.
3
Shiloh se había imaginado ese momento desde el instante en que recibió la invitación de Mikey, pero no había sabido visualizar el aspecto de Cary. No estaba en Facebook. No aparecía en las búsquedas de Google.
Siempre se lo imaginaba igual a como era en el instituto (extrañamente, con el uniforme del ROTC, el cuerpo de entrenamiento de oficiales de reserva), aunque sí lo había visto desde entonces, en la reunión del quinto aniversario de la graduación, entre la gente del mismo viejo círculo de amigos. Apenas habían hablado ese día. Shiloh había ido con Ryan a la reunión; ya llevaban un año casados. (Y no habían invitado a Cary a la boda).
Shiloh había imaginado durante meses el momento en que volvería a ver a Cary, pero ni siquiera en sus fantasías aquello significaba tanto para él como para ella. Cary no habría estado pensando todo el día en el posible encuentro. No habría estado preocupándose, preguntándose si Shiloh estaría allí. No se habría comprado un vestido nuevo, ni nada por el estilo, por si acaso.
Se lo veía bien desde donde estaba Shiloh. Mejor que a los demás, menos tocado por la vida. Estaba bronceado. Tenía el cabello todavía muy corto…
Se volvió, casi como si pudiera sentir que Shiloh lo estaba mirando. Ella estaba demasiado lejos para apreciar si sus miradas se encontraban, o siquiera si él la había reconocido, pero sonrió un poco y levantó la mano para saludar. Cary también la saludó. Tal vez él solo estaba correspondiendo a un saludo que le hacía alguien, sin más.
Shiloh bajó la mano. Cary seguía mirando en su dirección.
Entonces él se puso de pie y pasó detrás de los novios. Le estaba diciendo algo a Mikey. Levantó la mirada de nuevo hacia Shiloh y luego avanzó por detrás de las sillas de las damas de honor y hacia la pista de baile para dirigirse a ella.
Shiloh se acomodó la cazadora vaquera. (¿Por qué se había puesto una cazadora vaquera?). Cary vestía un traje azul marino. Tal vez la gente ya no alquilaba esmóquines para las bodas. Venía caminando hacia su mesa y Shiloh se puso de pie. Luego pensó que tal vez no debería haberlo hecho, que quedaba como si ella fuera el caballero y él fuera la dama, pero ya era demasiado extraño volverse a sentar. Se acomodó la cazadora otra vez. Cary la estaba mirando con expresión de «Voy para allá». Y ella asintió como diciendo «Sí, te veo», y sonrió. Volvió a saludarlo agitando la mano y él le respondió con el mismo gesto. Ya estaba a punto de llegar. Las mesas estaban demasiado juntas, era un proceso lento. Shiloh se preguntó si debía abrazarlo cuando lo tuviera cerca. Había abrazado a casi todos los que conocía en la otra mesa y también a algunas de sus parejas. Se había vuelto experta en abrazos triviales.
—Shiloh —dijo Cary al llegar.
—Cary —dijo ella, y le sonrió.
Él le devolvió la sonrisa.
Tenía buen aspecto. Incluso de cerca. El cabello rubio oscuro, la cara en forma de corazón, la mandíbula angosta y la barbilla puntiaguda. Siempre lo había visto afeitado. (¿Podían los hombres dejarse crecer la barba en la Marina?). En el instituto era delgado como un bicho palo, pero ya había ensanchado un poco. Se le veía adulto. Asentado. Tenía toda la pinta de alguien que ya no vive en el norte de Omaha.
—Me alegro de verte —dijo Shiloh.
—Sí —dijo Cary asintiendo—. No estuviste en la ceremonia.
—No —dijo ella—. Temas de los niños, ya sabes…
¿Cary sabía que ella tenía hijos?
Él asintió, debía de saberlo.
—Eres padrino —dijo ella.
—Supongo que lo hice tan bien la primera vez que me volvieron a invitar.
Shiloh se rio por lo bajo.
—¿Tienes que dar un discurso?
—No, le toca a Bobby. Está muy borracho, así que tengo ganas de ver qué pasa.
—Quizá deberías preparar algo, por si acaso.
—Improvisaré.
Shiloh asintió con la cabeza. Luego volvió a asentir.
—Está muy bien tu traje.
Cary bajó la mirada.
—Gracias. La otra vez usamos esmoquin, pero esta vez Janine dijo: «No hace falta que alquiléis un esmoquin. Compraos un traje azul marino que podáis volver a usar» —dijo, y levantó la vista hacia Shiloh—. Creo que no se da cuenta de que es mucho más caro comprar un traje que alquilar un esmoquin.
—Seguro que ni se ha parado a pensarlo.
—Sí, seguro que no. Es su gran día. Yo solo soy un accesorio.
—¿Has venido en avión?
—Sí —asintió Cary—. Sí.
—¿De Virginia? —preguntó Shiloh apuntando con la mano por alguna razón.
—No, de San Diego.
—Ah —dijo Shiloh señalando en la dirección opuesta.
—Has apuntado bien la primera vez —dijo Cary, y le movió la muñeca de regreso a la primera posición.
Ella rio avergonzada.
—Norte, sur…
Cary también se rio, un poco.
—Este, oeste.
—Cierto, cierto.
—Estaba en Virginia —dijo él—. Pero me enviaron a San Diego hace dos años.
—Pensé que tal vez estarías por ahí en algún barco…
—Sí, trabajo en un barco —repuso.
—¿Sí?
—Sí —volvió a asentir. Seguía riéndose un poco—. Pero vivo en un piso.
—Entonces, ¿tienes la oficina en un barco?
—Sí.
Shiloh también se reía un poco. Aunque no había nada gracioso y todo era incómodo.
—En realidad, no tengo ni idea de cómo funciona la Marina —reconoció.
—No pasa nada —dijo él—. No tendrías por qué.
Sí. ¿Por qué podría saber Shiloh cómo pasaba Cary sus días y sus noches? ¿O dónde había estado? Qué hacía, cómo se sentía…
—Bueno, pero resulta que pago tu salario —dijo ella—. Así que debería estar mejor informada.
—Es un tema del que quería hablar contigo…
Shiloh ahogó una risa.
—¿En serio?
Él le sonreía mirándola directamente a los ojos. Shiloh llevaba zapatos de tacón, así que estaba un poco más alta que él.
—Mikey dice que sigues en Omaha —dijo Cary.
Ella se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Así es.
—Me dijo que te dedicabas al teatro.
—No me dedico al teatro —aclaró ella enseguida—. Trabajo en el teatro infantil.
—Eso es dedicarse al teatro.
—Es básicamente administración.
—Suena interesante.
—Es… —dijo Shiloh negando con la cabeza—… muy sin ánimo de lucro.
—Y tienes niños. Quiero decir, hijos.
—Así es —dijo ella—. Dos. Una niña y un niño.
Cary asentía.
—De seis y casi tres años —dijo Shiloh.
—Debí haberte preguntado sus edades.
—No estabas obligado.
—¿Tienes fotos?
—Eh…
¿Tenía fotos? Bajó la vista a su bolso.
—No pasa nada —dijo Cary, y su mirada parecía de disculpa. Incómoda—. Perdona. Pensé que querrías que te preguntara.
—Supongo que no lo hago nunca… Lo de enseñar fotografías. Porque nunca sé qué decir cuando la gente me enseña fotos de sus hijos a mí, y eso que soy madre.
—Yo suelo decir «Pero qué ricos…».
—Es una buena frase —rio Shiloh. Y añadió con más naturalidad—: No es que mis hijos no sean monos ni nada de eso. Son muy monos… Pero vas a tener que confiar en mi palabra.
—Confío —dijo Cary con una sonrisa.
Tenía la boca cerrada y se le formaban surcos profundos en las mejillas. Siempre había tenido la cara cruzada de líneas de expresión…, en las mejillas, bajo los ojos, en la frente. Incluso en el instituto. Como si tuviera demasiada cara para tan poco espacio. Cary se arrugaba cuando estaba contento y se fruncía cuando estaba enojado.
A Shiloh le resultaba tan familiar.
Estar allí de pie, junto a él, era tan familiar…
Como cuando hablaban al lado de las taquillas del instituto. Junto a la ranchera de la madre de Cary. En la cola para entrar en el cine.
—Qué raro es estar aquí hablando contigo —continuó Shiloh. Quiso reírse cuando lo dijo, intentando que sonara como «¿No te parece extraño? ¿No es gracioso?».
A Cary pareció dolerle.
—¿Sí?
Shiloh sintió como si se le apagara el rostro.
—Es raro hablar contigo —dijo otra vez sin reír— y no saber, ya sabes…, nada.
Cary sacó un poco la lengua sobre su labio inferior.
«Y no saberlo todo», pensó Shiloh.
Pasó junto a su mesa una camarera con un carrito. Tomó dos platos y miró a los tíos de Mikey.
—¿Pollo? ¿Pollo?
Shiloh miró a Cary. Tenía que hacer que todo fuera menos extraño. Era su primera conversación en catorce años y no quería que terminara así. No quería que terminara.
—Quizá podamos ponernos al corriente…
—¿Pollo? —preguntó la camarera apuntando a Shiloh.
—Sí —dijo Shiloh—, gracias.
—Pollo —repitió Cary levantando la mano.
La camarera dejó dos platos en la mesa frente a ellos.
Shiloh se volvió hacia él.
—¿No tienes que sentarte en la mesa principal?
—Nadie me va a echar de menos —dijo él.
—Seguramente allí tengas comida especial…
—¿Pollo especial?
—Y cerveza gratis.
Cary sacó una silla para que ella se sentara.
—Nadie me va a echar de menos —repitió.
4
Antes
Estaban apretados en el asiento delantero del coche de la madre de Cary porque el asiento trasero siempre estaba lleno de trastos. Como bolsas de cosas que la madre había comprado en la tienda de segunda mano y luego no metía en casa hasta que todo se había roto porque alguien se sentaba encima o las movían de un lugar a otro. Era un círculo vicioso, pero Cary intentaba ignorarlo. Shiloh se preguntaba si su casa sería igual. Nunca había entrado.
Cary siempre conducía y Mikey se sentaba en el asiento del copiloto. Shiloh iba en medio. Se arrimaba más a Cary porque se habría sentido rara arrimándose a Mikey. Y también porque a Mikey no le habría molestado.
A Cary sí le molestaba. Shiloh lo fastidiaba mientras conducía. Ese día tenía un agujero en la costura de sus pantalones militares, en la parte externa del muslo. Shiloh metió el dedo y Cary intentó alejar la pierna.
—No me rompas los pantalones.
—Ya están rotos.
Iban a ver una película: Delicatessen. Omaha solo tenía una sala que proyectara cine independiente y los tres veían prácticamente todas las películas que ponían. A Mikey le gustaba lo artístico. Y a Shiloh también, bueno, un poco…, aunque la mayoría de las películas no tenían ni pies ni cabeza y por lo general daban un poco de vergüenza ajena. (Europeos fumando en balcones. O teniendo relaciones sexuales en cocinas sucias). Pero las películas resultaban confusas de una manera que hacía que Shiloh se sintiera inteligente. Como si, por lo menos, supiera lo suficiente para estar ahí, en la vanguardia de algo. De los tres, Cary era el que más probabilidades tenía de decir al salir del cine: «Vaya porquería». Pero, de todas maneras, seguía acompañándolos. Seguía llevándolos en coche, pagando la entrada de Shiloh cuando ella no podía hacerlo. (Cary trabajaba en un súper los fines de semana).
En el cine, Cary siempre se sentaba en el medio de los tres. A él y a Mikey les gustaba sentarse juntos para hacerse reír. Y Shiloh tenía que sentarse junto a Cary. Porque sí.
Cuando terminó Delicatessen, Cary dijo:
—Me parece que no hacía falta tanto canibalismo…
—O tal vez hacía falta más canibalismo —replicó Mikey—. No hay manera de saberlo con certeza.
—Vale, vale —aceptó Cary—. De cualquier manera, tenía un grado de canibalismo desagradable.
—Creo que el canibalismo era una metáfora… —dijo Shiloh.
—¿De qué? —preguntó Cary.
—No lo sé. Solo digo que tal vez era una metáfora.
—Bueno, pues yo tengo hambre —dijo Mikey.
Shiloh rio.
—¿Dónde podremos ir que nos sirvan gente? —preguntó Mikey—. Además, solo tengo tres dólares.
Shiloh tenía un dólar. Y Cary tenía ocho, pero necesitaba guardar cinco para la gasolina.
Fueron a Taco Bell.
Compraron unos nachos supreme para compartir y un burrito de frijoles cada uno. Shiloh y Mikey se comieron la mayoría de los nachos porque Cary iba conduciendo. Ella intentó darle algunos, pero él solo fruncía el ceño y le alejaba el brazo.
Cary tenía las manos huesudas. Los nudillos hinchados. Las muñecas protuberantes. Los codos parecían siempre raspados. Era como si no estuviera recibiendo la dosis diaria recomendada de algo. Estaba pálido y tenía demasiados lunares. Algunos oscuros… incluso en la cara. Era alto, y fuerte cuando hacía falta, pero algo en él parecía estar atrofiado. Como si hubiera adquirido su altura a expensas de otra función vital. A Shiloh no le habría sorprendido enterarse de que Cary solo tenía un riñón. O de que estaba digiriendo sus propios intestinos. Tendría que haber dejado que le diera unos cuantos nachos.
Cary siempre llevaba a Mikey a casa primero y luego llevaba a Shiloh. Ella y Cary vivían a unas manzanas de distancia.
Shiloh vivía justo frente a Miller Park, que era uno de los grandes parques antiguos que formaban parte del planeamiento urbano original de la ciudad. Tenía juegos infantiles, una piscina y un campo de golf… (¿Quién jugaba al golf en el norte de Omaha?). En ese parque había habido tiroteos entre pandillas. Y sin pandillas también. Era ilegal cruzarlo en coche por la noche. Shiloh siempre intentaba convencer a Cary de que lo hiciera, pero nunca lo lograba.
A veces Cary conducía un rato por ahí antes de dejar a Shiloh en casa. Estaban en el último año del instituto y podían hacer básicamente lo que quisieran. Ninguno tenía el tipo de padres a los que les preocupara demasiado su comportamiento.
Cary vivía con su madre (en realidad era su abuela; era una larga historia) y su cuarto marido, a quien Cary se negaba a llamar padrastro.
Shiloh solo tenía a su madre. Su padre nunca había estado presente, hasta el punto de que no lo había visto ni en foto. Su madre tenía novios que iban y venían. Siempre era un alivio cuando se iban.
Cary llevó a Shiloh directamente a su casa esa noche, pero aparcó marcha atrás en el sendero de acceso para que pudieran mirar hacia el parque. Eso significaba que tenía ganas de quedarse con ella un rato o que no quería irse a casa.
Shiloh no fastidiaba tanto a Cary cuando estaban solo ellos dos. Ella seguía haciéndole cosas de todas maneras, tal vez más, pero a Cary no le «molestaba». La dejaba jugar con la radio del coche y buscarle cosas en los bolsillos. A veces ella jugaba con su pelo.
Cuando eran pequeños, Cary siempre necesitaba un corte de pelo. Lo tenía lacio y apelmazado. Ahora se pagaba él mismo sus cortes de pelo y siempre le olía a manzana. Dejaba que Shiloh jugara con su pelo, pero si le daba tirones, le empujaba la mano para apartarla.
A veces Shiloh sentía que estaba decepcionando a Cary. Estaba bastante segura de que, por lo general, él fingía estar enfadado con ella. Sin embargo, en el fondo, había momentos en que parecía molesto con ella de verdad… de una manera que nunca le diría abiertamente ni le explicaría.
—¿Me comerías… —Shiloh metió un dedo en una presilla del bolsillo de los pantalones de Cary— si estuviéramos perdidos en una montaña y yo muriera primero?
—Paso —dijo Cary.
—¿De lo de comerme? ¿O de la pregunta?
—De las dos cosas.
—Yo creo que te comería —dijo ella—. En parte para permanecer con vida y en parte como una manera de conservarte conmigo durante el tiempo que me quedara.
Él hizo un gesto de desagrado.
Ella le siguió picando.
—Venga, dime. ¿Qué harías?
—¿Estás muerta?
—Sí, pero fresca. Medio congelada.
—No, no te comería. ¿Para qué querría seguir viviendo?
—Te podría rescatar un avión al día siguiente.
—Paso —dijo él.
Ella le clavó el dedo en el muslo.
—Supongo que el mundo nos olvidará a ambos.
Cary la cogió de la muñeca y la mantuvo agarrada un segundo, lejos de su pierna.
5
Antes
Las cosas eran así:
Cary y Shiloh iban juntos al instituto.
Y cuando llegaban, se quedaban con el mismo grupo de alumnos junto a la taquilla de alguien. A menos que Shiloh estuviera enojada con alguno de ellos, en cuyo caso se iba a estar con las chicas del periódico. O se iba a trabajar a la sala del periódico. Shiloh era la directora. A veces se quedaba en las escaleras de entrada del instituto con un grupo de chicos de segundo y tercero porque le gustaba uno de ellos: Kurt, que vivía en un barrio elegante y era bueno en matemáticas.
A veces Shiloh tenía club matutino de teatro. (Con Cary). O club matutino de ciencias. (También con Cary). Y a veces tenía que llegar al instituto temprano porque no había hecho los deberes y estaba castigada.
Cuando empezaba la jornada, iba a su clase de primera hora de periodismo y Cary iba al entrenamiento del ROTC.
Luego Cary regresaba a la sala del periódico porque a los dos les tocaba estudio allí. Con Mikey. Y los tres se ponían a tontear en el cuarto oscuro. (Platónicamente, claro). O se ponían a tontear en el laboratorio de informática. O, si tenían una entrega, trabajaban.
Y luego clase de bla, bla, bla.
Y luego el almuerzo con Cary y Mikey y otra gente de periodismo. Shiloh recibía el almuerzo gratis y lo compartía con una chica que se llamaba Lisa a cambio de que Lisa les comprara a las dos helado de cucurucho todos los días de postre.
Luego más clases. Francés. Literatura con Cary. Anuario.
Siempre había algo después de la escuela. Ensayos de teatro. Temas del periódico. Mikey organizó la instalación de unas oficinas locales de Amnistía Internacional y todos se apuntaron y le escribieron cartas al presidente de Chile pidiéndole que liberara prisioneros políticos. Cary a veces tenía cosas que hacer del ROTC después del instituto, por lo que Shiloh buscó otras cosas que hacer. Ayudaba a la profesora de arte a reconstruir la mascota de la escuela, aunque no estaba matriculada en arte ni tenía ningún espíritu escolar. Kurt, el chico de un año por debajo que le gustaba, estaba en el equipo masculino de voleibol, así que a veces iba a los entrenamientos.
Si Shiloh no tenía otra cosa que hacer después de las clases, se quedaba esperando a Cary junto al asta de la bandera. Si quería, podía irse caminando sola a su casa. Pero nunca quería.
6
Antes
La madre de Cary necesitaba el coche, así que Shiloh y él regresaron a pie del instituto. Era una caminata de cuarenta minutos y tenían que atravesar vecindarios peligrosos donde nadie los conocía. (El norte de Omaha era un amasijo de barrios peligrosos, pero era distinto cuando era el tuyo).
Cary llevaba puesto su uniforme del ROTC, lo cual lo empeoraba todo.
Shiloh odiaba aquel uniforme. Odiaba lo que representaba, es decir, guerras y matar bebés, además del obvio parecido con el de las Juventudes Hitlerianas. Y también lo odiaba porque era feo: la chaqueta verde y amorfa, la camisa verde claro, la corbata negra; todo ello de poliéster y mezclas sintéticas.
Los pantalones no le quedaban bien a nadie, en especial a las chicas. Eran demasiado anchos en la parte de abajo, y los de Cary eran demasiado cortos: le habían dado el uniforme mientras todavía estaba creciendo. Y seguía creciendo.
Los que estaban en el ROTC tenían que usar el uniforme todos los lunes aunque hiciera calor, y siempre olían un poco mal. Por ejemplo, cuando iba en coche con Cary los lunes por la mañana, el uniforme olía a rancio, a sudor viejo. Nadie mandaba a la tintorería o a la lavandería la chaqueta del ROTC. Cary tenía un montón de galones y medallas en el pecho, pero a Shiloh le repugnaba tanto el ROTC que nunca las tocaba siquiera.
Odiaba que Cary estuviera en el ROTC. Lo odiaba. Por lo general, intentaba no pensar en ello, pero en aquel momento no podía no pensar en ello porque estaban fuera de su barrio y él llevaba puesto su estúpido uniforme. Los pantalones demasiado cortos. La camisa de manga corta que hacía que le destacaran los codos, con pinta de estar raspados. Llevaba la chaqueta en el brazo. Alguien se había asomado ya desde un coche y le había gritado: «¿Te has perdido, recluta?». Y eso quizá era la cosa menos mala que podría sucederles en ese momento, aunque no dejaba de ser humillante. Le recordó el día en que volvía a casa con Cary, al principio de estar en el instituto, y alguien les gritó desde el coche: «¡Qué culo tiene tu chica!». Y los dos se habían avergonzado tanto que no se hablaron durante el resto del camino. Shiloh apenas podía volver la cara para mirar a Cary y, cuando lo hizo, notó que él se sentía tan abochornado como ella.
—No sé por qué tienes que usar eso todo el día —dijo Shiloh diez minutos después del «¿Te has perdido, recluta?» y cuando faltaban al menos otros quince minutos de caminata.
Por fin estaban ya en territorio familiar, pasando por delante de la casa de empeños y la tienda de licores, y la peluquería donde todos los viejos blancos del barrio se cortaban el pelo demasiado corto. (Casi nadie en el mundo hacía las cosas bien. Todos llevaban el pelo o demasiado largo o demasiado corto. Todos eran o demasiado ruidosos o demasiado callados. Nada tenía el color correcto. La música daba vergüenza. Las películas eran confusas. Shiloh lo odiaba. Lo odiaba todo).
—Es obligatorio.
—Podrías cambiarte de ropa después de la clase del ROTC.
—Es obligatorio que llevemos el uniforme todo el día.
—Pues yo me cambiaría —dijo ella.
—Te ganarías un demérito.
—Dios me libre.
Cary no contestó a eso. Tal vez no pensaba que hubiera algo más que decir. Shiloh sintió ganas de pegarle. O de hacerlo tropezar. Tenía ganas de empujarlo y echarlo de la acera.
—No entiendo por qué quieres esto todo el tiempo —dijo—. O sea, para toda tu vida.
Cary entraría en la Marina después de la graduación. Ya lo habían aceptado. Iba a ir gratis a la universidad. Shiloh desconocía los detalles porque no preguntaba al respecto. Porque odiaba que las cosas fueran así.
—Son solo seis años —dijo Cary.
—Seis años de seguir órdenes y… —Shiloh intentó encontrar una manera de mencionar lo peor— de ser una herramienta.
—No tiene nada de malo ser una herramienta. Las herramientas son necesarias.
—Una herramienta de… de un gobierno corrupto.
Él no dijo nada, así que Shiloh siguió hablando:
—O sea, tú sabes que los militares han cometido atrocidades. Atrocidades. Y tú sigues queriendo formar parte de eso.
—Yo no voy a cometer atrocidades —dijo Cary con rotundidad.
Shiloh nunca había dicho nada con rotundidad.
—No puedes elegir. No te lo consultan. No es como si existiera un camino con atrocidades y otro sin ellas. ¿Tú crees que los soldados de My Lai decidieron algo?
—Tú no sabes nada sobre My Lai —dijo él.
Cary lo sabía todo. Leía libros militares y veía películas bélicas. El profesor que llevaba el programa del ROTC había servido en Vietnam y les contaba a los chicos de su grupo historias reales de la guerra.
Era de locos que en el instituto hubiera dos profesores del ROTC que se paseaban uniformados todo el tiempo, ¡como si tuvieran su propia unidad en el mismo centro! ¿Por qué necesitaban las escuelas públicas unidades militares? ¿A partir de séptimo? ¡Niños de doce años con uniforme militar! ¡Entrenando con fusiles! Era bastante escandaloso si se pensaba a fondo. Revolvía el estómago. Shiloh tenía que escribir una columna sobre eso en el periódico del instituto.
Cary había ingresado en el ROTC en séptimo. Era uno de los estudiantes de secundaria con mejores notas de toda la ciudad. Se había ganado un sable ceremonial.
—Es que no puedo entender por qué le darías a alguien la capacidad de decidir sobre tu vida —dijo Shiloh—. ¿Por qué les permites usarte?
—Alguien tiene que hacerlo.
—¿Hacer qué?
—Servir.
«Servir. Madre de Dios». Shiloh odiaba esa palabra. Odiaba esa manera de considerar el asunto. Por qué debería Cary servir a alguien, por qué querría hacerlo.
—O sea, para empezar —dijo ella—, cuestiono la verdad de eso: de que alguien tenga que hacerlo. Y, para seguir, no tienes que ser tú.
—¿Estás sugiriendo que no necesitamos un ejército permanente?
Shiloh no conocía la diferencia entre un ejército permanente y las reservas, pero sí, se imaginaba que todo el mundo estaría mucho mejor sin las botas de los soldados estadounidenses marchando en su territorio.
—Estoy sugiriendo que no necesitamos dedicar tanto de nuestro dinero y la sangre de nuestros jóvenes para dominar el mundo por la fuerza.
—Está bien, John Lennon.
—No estoy siendo John Lennon.
—Es que parece que lo único que estás diciendo es que le demos una oportunidad a la paz, ¿me explico? «All you are saying is give peace a chance…».
—No estoy siendo John Lennon. Lennon pegaba a su mujer.
—Eso no era muy pacífico de su parte…
—Lo que sí estoy diciendo —continuó Shiloh— es que tenemos un ejército para poder matar a la gente que esté en desacuerdo con nosotros. Y no entiendo por qué quieres formar parte de eso. Podrías matar a gente, Cary. Vas a trabajar en un submarino con armamento nuclear. Las armas nucleares son una atrocidad.
—La idea es no usarlas nunca.
—Entonces gastamos tremendamiltrillones de dólares en misiles, ¿con la esperanza de no tener que usarlos?
—Sí.
—Eso es una locura.
—No sabes de lo que estás hablando.
—¡Sé que no quiero que mates a nadie!
Cary se detuvo. Shiloh no quería que se detuviera. Estaban a punto de cruzar la calle Treinta y no había semáforo; tenían que poner atención y luego correr.
—¿No prefieres que sea yo? —preguntó. Tenía las cejas fruncidas sobre sus ojos color miel—. Cuando piensas en esos submarinos, en los bombarderos, en las ametralladoras…, ¿no preferirías saber que en ese lugar hay alguien como yo, alguien en quien confías?
—No. ¡No quiero que estés ni siquiera cerca de un lugar semejante! —gritó Shiloh. Solo de pensarlo se quedaba sin aliento—. Si el ejército tiene que existir, si estamos atrapados en esa situación, entonces que sea otro quien corrompa su alma.
—¿De verdad piensas que me va a corromper el alma?
—¿De verdad piensas que matar bebés no va a corromperte el alma?
—¡No voy a matar bebés!
—No existen bombas con excepciones. Las bombas no discriminan.
Estaban junto al 7-Eleven de la calle Treinta. Cary iba con su uniforme de recluta y cargaba con su mochila de veinticinco kilos. Shiloh llevaba un vestido vintage, una prenda que quizá hubiera usado un ama de casa robusta en 1952, sobre unos leggins. Estaba gritando y Cary prácticamente le estaba respondiendo a gritos:
—¡Es que no entiendo quién crees que debería proteger este país! ¡De quién es la responsabilidad!
—¡Tuya no!
—Si no es mía, ¿de quién?
—¡En realidad no me importa!
Cary sacudió la cabeza y luego avanzó hacia el tráfico.
—¡Cary! —gritó Shiloh.
La calle era de cuatro carriles y Cary la cruzó completa sin esperar. Los conductores le tocaban la bocina y él los ignoraba. Cuando llegó al otro lado, siguió caminando.
Pasó una eternidad antes de que el tráfico permitiera cruzar a Shiloh. Y cuando llegó al otro lado de la calle, hacía ya mucho tiempo que Cary se había ido.
7
—¿Entonces eres el amigo de Mike que está en el ejército? —El tío de Mikey era muy parlanchín.
—En la Marina —respondió Cary con amabilidad.
—¿Cómo? —preguntó la tía de Mikey—. La música está tan fuerte que ni siquiera consigo oírme pensar.
—Yo no consigo ni oírme comer —dijo el tío.
—¡La Marina! —gritó Cary.
—¡Bueno, muchas gracias por tu servicio!
—¡Gracias! —dijo Cary mirando a Shiloh. Parecía cohibido.
—¿Te pasa esto con frecuencia? —le preguntó ella en voz más baja mientras cortaba el pollo—. Que unos completos desconocidos vayan por ahí agradeciéndote tu servicio.
—Lo que pasa es que te da celos que nadie te agradezca a ti tu servicio.
—Tu madre me agradeció anoche mi servicio.
Cary ahogó una carcajada y luego empezó a toser.
Shiloh le tocó el brazo.
—¿Te estás atragantando?
Él negó con la cabeza y tragó.
—Solo era lechuga.
—¿Entonces sí te estabas atragantando?
Él volvió a negar con la cabeza y alargó la mano hacia el agua.
Shiloh lo observó. Lo observó con demasiado detenimiento. Agradecía que estuvieran en esa mesa del rincón del salón donde nadie notaría lo abiertos que tenía los ojos y lo concentrada que estaba en él.
De cerca, Cary se veía más fresco y joven que el resto de la gente del salón. Tal vez fuera por el aire marino. Tal vez porque no tenía hijos.
Estaban los dos sentados un poco de lado en las sillas para poder mirarse a la cara. Él se había vuelto más corpulento de lo que ella jamás habría imaginado. No llegaba a ser corpulento, en realidad. Pero ya no era aquel chico flaco y anguloso. Había en sus mejillas y en su barbilla puntiaguda una suavidad que antes no tenían.
Shiloh sentía como si estuviera estudiándole la cara y el cuerpo para encontrar cambios, como si sus ojos fueran manos. O tal vez no estaba buscando cambios, sino intentando encontrar todas las formas en que seguía siendo el mismo. Todas las maneras en que lo reconocía, en que seguía siendo Cary.
Shiloh jugueteaba con una servilleta. Cary parecía estar intentando pensar en algo que decir. Quizá Shiloh debiera adelantarse…, tratar de mantener la conversación ligera.
—¿De dónde conocéis a Michael? —preguntó la tía al otro lado de la mesa.
Cary se volvió a mirarla.
—Fuimos juntos al instituto.
—¿Fuisteis a North? —preguntó el tío.
—Así es —dijo Cary y bajó la mirada a su plato para coger el tenedor.
—Mikey estudió en una escuela de arte —dijo el hombre.
Cary asintió y empezó a comerse el pollo. Shiloh se concentró en su propio plato.
—¿Habéis visto las cosas que hace?
—Sí —dijo Cary—, es bueno.
Habían visto la obra de Mikey. La habían visto al principio y la habían visto evolucionar a lo largo de los años. Era muy abstracta. Shiloh no podía decidir si le gustaba… No podía decidir si la entendía. Francamente, no sabía si había siquiera algo que entender. Pero a veces el arte de Mikey la hacía sentirse casi desesperadamente triste. Así que debía de ser tan bueno como decía la gente de Nueva York y Tokio, y de Phoenix, Arizona.
La primera mujer de Mikey era de ese mundo. Del mundo del arte. Pero ahora se estaba casando con una chica del norte de Omaha y estaban celebrando la boda en el salón de banquetes de un gimnasio para jóvenes. Shiloh se sentía como si estuvieran en otro proyecto de Mikey que no lograba entender.
—¿Y cuánto tiempo lleváis casados? —le preguntó la tía a Cary.
—Ah —dijo él—, nosotros…
—No estamos casados —dijo Shiloh—. Solo somos viejos amigos.
—¿Cuánto tiempo llevan ustedes casados? —preguntó amablemente Cary.
—¡No estamos casados! —respondió la mujer horrorizada—. ¡Es mi hermano!
—Perdón —dijo Cary—. No debí…
—¡Ni siquiera llevamos anillos! —resopló ella.
Se sentía avergonzada. Cary también.
—A ver, y nosotros tampoco —dijo Shiloh de manera que solo la escuchara Cary. Le dio un codazo—. Todavía puedes regresar a la mesa principal. Allí están todos bebiendo champán.
—Iré si vas conmigo. Ponemos una silla extra.
Ella negó con la cabeza.
—Entonces, ¿cuándo llegaste a la ciudad?
—De hecho, hoy. Me perdí la cena de anoche.
—¿Qué tal la ceremonia?
—Bien —dijo Cary—. Estándar. Caminar por el pasillo central. En posición de firmes al llegar al fondo. Cuidado con estirar demasiado las rodillas.
Shiloh sonrió.
—Me refería a qué tal en general, no cómo fue para ti personalmente.
—Ah —sonrió él—. Bien, igualmente. Estándar. Católica.
—¿Estaba nervioso Mikey?
Cary pareció considerarlo.
—No sé si he visto a Mikey alguna vez nervioso…
—Yo tampoco. Oye… —se inclinó hacia él—, ¿tú recuerdas a Janine del instituto?
—Sí. Mikey salió con ella el último año.
Shiloh le dio un manotazo en el brazo.
—¡No sabía que Mikey había salido con alguien el último año!
Cary se encogió de hombros.
—Fueron muy discretos. Creo que los padres de ella eran religiosos.
Shiloh seguía sorprendida.
—No puedo creer que nunca me lo dijera… ¡Éramos mejores amigos!
—Creo que su mejor amigo era yo…
Cary solo estaba buscando cómo molestar.
—Quería decir los tres.
Él masticó un bocado de pollo. Se encogió de hombros, todavía con ganas de chinchar.
—Vosotros dos nunca hablabais conmigo de chicas —dijo Shiloh sin lograr mantener la ligereza de la conversación.
Cary había tenido una novia secreta también. O al menos una novia que nunca le había mencionado a Shiloh.
Un día en que estaba trabajando en la sección del ROTC del anuario y buscaba fotografías del baile militar dio con ellos: allí estaba Cary, muy alto, con su uniforme de gala, al lado de una chica regordeta con vestimenta formal y brillante. Al parecer, la chica vivía en el vecindario. Iba a una escuela religiosa. Se llamaba Angie.
A día de hoy, Shiloh no sabía cuándo había empezado Cary a salir con Angie. Solo que habían terminado en algún momento antes de la graduación.
Shiloh había empezado a llorar al ver la foto…, las fotos. Había una docena.
No era porque Cary se hubiera echado una novia. (Tenía permiso para echársela).
Era porque no le había dicho nada. Nadie le había dicho nada. Mikey, al parecer, lo sabía… Él había sido el fotógrafo.
Al terminar de llorar, Shiloh eligió la mejor fotografía, donde la chica que estaba con Cary salía más guapa, y la convirtió en la fotografía más grande de la página del anuario. Cary era el oficial de mayor rango del instituto. Había recibido un premio en el baile militar. Tenía sentido resaltar su historia.
En el instituto Shiloh no había salido con nadie, pero, de haberlo hecho, no se lo hubiera ocultado a Cary y Mikey.
Cary carraspeó.
—Entonces, ¿qué haces ahora en el teatro?
—Dirijo el departamento de educación —dijo Shiloh. Seguía pensando en Janine y Angie—. Ofrecemos clases: actuación, escritura de obras de teatro.
—¿Y actúas?
—No —respondió ella como si fuera una pregunta tonta. Como si no tuviera un máster en Dramaturgia—. Bueno, a veces, si hay alguna emergencia. Tenemos una sala grande con actores profesionales.
Cary iba asintiendo demasiado rápido. Como si estuviera reconociendo el doble de las cosas que Shiloh estaba diciendo.
—Ni siquiera doy ya muchas clases —dijo ella—. Gran parte del trabajo es administrativo. Estoy frente a un escritorio todo el día.
Eso no era del todo cierto, pero Shiloh sentía como si tuviera que dejarle explícitamente claro que ella no era nada de lo que él había esperado que fuera.
Si Cary estaba estudiando a Shiloh en busca de diferencias y semejanzas, tendría que ver que ella era completamente diferente. Que su forma final no era nada parecida a su etapa larval. Y no porque hubiera ido a mejor, como las mariposas.
—¿Vives en el lado oeste? —preguntó.
—Vivía en el oeste. —En los suburbios que odiaban cuando eran jóvenes—. Ahora vivo aquí. Quiero decir, en el barrio… Con mi madre, de hecho.
Shiloh intentó no encogerse un poco al decirlo.
Cary parecía genuinamente sorprendido.
Shiloh tuvo que valerse de toda su fuerza para no agachar la cabeza. Sonrió.
—En la misma vieja casa.
Cary parecía perplejo.
—¿Junto al parque?
—Junto al parque.
Cuando Shiloh y Ryan se separaron, no tenían suficiente dinero para conservar su casa del lado oeste. Ryan era profesor de teatro en el instituto, y el dinero de la venta se quedó en nada cuando liquidaron la hipoteca y lo dividieron entre los dos.
La madre de Shiloh quería trabajar menos horas, pero ya de por sí tenía dificultades para pagar su hipoteca. Parecía lógico que ella y Shiloh unieran sus recursos.
Así que ahora los hijos de Shiloh vivían en la misma casucha donde Shiloh había crecido. Había intentado hacerla menos fea. (Otra hipoteca. Habían renovado toda la cocina. Agregaron un baño al dormitorio de su madre. Reemplazaron parte del cableado). Pero era la misma casa. El mismo vecindario.
Shiloh era la misma en todas las cosas que se suponía que debía ser distinta. (Y viceversa). Y Cary tal vez sería la única otra persona en la tierra, aparte de Shiloh, que podía apreciar bien lo decepcionante que era su vida.
Porque Cary se había sentado en el exterior de esa misma casa con ella mientras planeaban sus respectivas maneras de huir de allí aunque estas fueran mutuamente excluyentes.
«Mírame —pensó Shiloh en ese momento—. Mírame de verdad».
«Llevo meses deseando verte. Ahora mírame bien. Y que acabe ya esto».
—Entonces, tú estás… —dijo Cary frunciendo el ceño—. Quiero decir, me contaron que, eh…
—Holaaa a todos —dijo alguien que sostenía el micrófono en el centro de la pista de baile. Era Bobby, el hermano menor de Mikey—. ¿Qué tal va la coooooshhaaa?
Tenía una copa en una mano y se apoyaba en el pedestal del micrófono con la otra. Se inclinaba.
—¿Qué tal va la coooooshhaaa? —repitió con más entusiasmo. Algunas personas respondieron con silbidos—. Estoy aquí para hablar de mi mejor amigo, mi colega, mi…
El micrófono se inclinó hacia el otro lado.
En la mesa principal, Mikey se había puesto de pie y estaba mirando a Cary. Cary ya se había levantado de la silla y se dirigía a la pista de baile.
Bobby recibió a Cary con los brazos abiertos.
—Caryyyyy. ¿Qué taaaal? Te essshaba de menos, compi.
Cary rodeó a Bobby por la cintura y lo enderezó un poco. Le dijo algo en voz baja que nadie más alcanzó a oír.
—Claaaro que sííí —dijo Bobby. Tenía los ojos cerrados—. Claaaro que sííí. Estamos aquí para hablar de Mikey.
Cary le quitó el micrófono con cuidado.
—Estamos aquí —dijo—, eh, los dos, todos nosotros, para celebrar que Mike y Janine se han comprometido… Iba a decir la típica frase de que «empiezan su vida juntos», pero… —Se volvió hacia la mesa principal, donde Mikey seguía de pie y ahora tenía la mano sobre el hombro de Janine. Sonrió—. Creo que el amor que ellos se tienen se inició hace mucho tiempo. Así que diré que estamos aquí para honrar su compromiso y las promesas que se han hecho hoy.
Shiloh hizo una mueca discreta. Por supuesto que Cary se centraría en el sagrado honor de la ceremonia. Le encantaban los juramentos.
—Janine… —continuó Cary con voz clara y seria—. Conozco a Mike desde los doce años y siempre ha sido el amigo que iluminaba a todos los demás.
—Tienes toda la razón, Cary —dijo Bobby.
—Creo que todos queríamos estar cerca de Mikey —continuó Cary— porque llevaba siempre el sol consigo.
Todo el público murmuró en señal de aprobación.
—Pero tú eres la luz en el cielo de Mike —continuó Cary—. Tú eres quien lo ilumina a él.
Más murmullos. Bobby asentía con entusiasmo.
—Así que, gracias, Janine —dijo Cary—, de parte de todos los que hemos disfrutado de la luz de Mike, por brindarle a él tanta alegría.
Bobby levantó su copa.
—Y, Mikey —continuó Cary—, sabes que nunca me he casado. No puedo imaginarme la solemnidad de este día…
Shiloh prácticamente pudo escuchar cómo se encendían los motores de todas las mujeres sin compromiso que había en el salón.
—Pero me alegro tanto por vosotros. Y estoy tan orgulloso. Eres el mejor amigo que he tenido y es un gran honor para mí compartir este día contigo. Lo es para todos nosotros. ¡Por Janine y Mike!
—¡Por ellos! —dijo Bobby, y movió la copa derramando parte de su contenido.
Una de las damas de honor corrió a la pista para darle a Cary una copa de champán. Él la levantó.
—¡Salud! —dijo Cary.
—¡Salud! —respondieron todos.
—Salud —dijo Shiloh.
Y levantó su Pepsi Light.
Mikey se dirigió a la pista de baile y, al llegar, le dio a Cary un abrazo de oso.
Shiloh nunca se había sentido tan alejada de otro ser humano. De otros dos seres humanos. Mikey y Cary, los mejores amigos. Seguían siéndolo. Siempre los mejores amigos. ¿Dónde cabía Shiloh en todo esto?
Tangencialmente. Así era como cabía.
Se preguntó cómo estarían sus hijos. Ryan había prometido hacerles palomitas de maíz y dejarlos ver Hércules. Por alguna razón, los dos niños estaban obsesionados con la película Hércules de Disney.
Si se iba en ese momento, quizá podría dormir unas quince horas antes de que Ryan los llevara de vuelta por la mañana…
O podría ir a ver a Tom, su asistente y compañero de mesa en el teatro. La había invitado a ver el episodio semanal de Los Soprano…
O podría quedarse aquí. Podría llevar una silla a la mesa de los viejos amigos e intentar ponerse al día con todos…
Pero ¿de qué serviría ponerse al día si los iba a volver a perder a todos?
Si Shiloh había aprendido algo sobre sí misma, era que no lograba conservar a la gente. Solo podía tratar con la gente que tenía directamente delante. Sus hijos. Su madre. Su jefe. Su asistente. Los profesores que trabajaban para ella. Los chicos de los programas de teatro, sus padres. El consejo directivo… Dios, ya era demasiada gente.
La madrina estaba al micrófono haciendo un brindis por Janine. Estaba contando una anécdota subida de tono sobre su viaje a México. Shiloh sintió pena por ella. Era imposible hablar después de Cary. Él era un campeón de la oratoria. Había sido el señor Scrooge en su producción de último año de Cuento de Navidad, donde había hablado con un impecable acento británico. (Shiloh había hecho del Fantasma de las Navidades Presentes, con una corona de acebo y carámbanos).
Shiloh levantó su vaso de nuevo cuando lo hicieron todos.
—¡Salud!
En la boda de Shiloh no había habido brindis. Ella no había querido hacer nada tradicional.
Se casó con Ryan en el teatro de la universidad, justo antes de graduarse. Usó un traje de los que había en el vestuario. (El de Lady Macbeth… ¿Le habría dado mala suerte? Era el único vestido bonito que le había valido).
Fue una boda pequeña. Mikey había cogido un avión para asistir.
Parecía que los brindis ya habían terminado. Mikey y Janine iban a cortar la tarta. Cary seguía cerca de la pista de baile, hablando con Bobby.
Todos los niños se habían reunido alrededor de la mesa donde estaba la tarta, junto con el fotógrafo.
Shiloh no había tenido fotógrafo profesional en su boda. Ni tarta. ¿Qué habían comido? No podía recordarlo…
No, un momento… Profiteroles. Se habían gastado todo su dinero en comida lituana exclusiva y en pagarle a la banda.
No había estado tan mal. Para ser una boda.
Ryan también se había puesto algo del vestuario: un disfraz de los Niños Perdidos de Peter Pan. Había una foto de los dos bailando después del banquete. La había sacado la madre de Ryan. Ryan llevaba unas orejas de zorro y Shiloh tenía un escote escandaloso.
—No voy a hacerle mantener su promesa —dijo el tío de Mikey.
Shiloh se volvió hacia él.
—¿Perdón?
—Puede comerse su trozo de tarta.
A su lado había una camarera que llevaba un carrito con raciones de tarta.
—Hay seis personas sentadas en esta mesa —le dijo el tío a la camarera. (No era verdad).
—No —le dijo Shiloh—, cumpliré mi promesa . Mi trozo de tarta es todo suyo.
Se puso de pie y se dirigió a la mesa que le habían asignado. Buscó a Cary con la mirada. Estaba con un grupo de personas en la barra. Reconoció sus hombros tiesos, la manera en que sostenía la cabeza. Quería verlo esa noche y ya lo había visto. Quería saber si seguía siendo él y sí seguía siéndolo.
—¡Shiloh! —le gritaron los de la mesa.
Se había concedido una hora para recordar y ponerse al corriente con el grupo. Eso le dejaría suficiente tiempo para dormir.