Índice

Índice

  1. La danza de los cisnes
  2. PRÓLOGO
  3. PRIMERA PARTE. Eclosión
    1. Capítulo 1
    2. Capítulo 2
    3. Capítulo 3
    4. Capítulo 4
    5. Capítulo 5
    6. Capítulo 6
    7. Capítulo 7
    8. Capítulo 8
    9. Capítulo 9
    10. Capítulo 10
    11. Capítulo 11
    12. Capítulo 12
  4. SEGUNDA PARTE. Danza
    1. Capítulo 13
    2. Capítulo 14
    3. Capítulo 15
    4. Capítulo 16
    5. Capítulo 17
    6. Capítulo 18
    7. Capítulo 19
    8. Capítulo 20
  5. TERCERA PARTE. Vuelo
    1. Capítulo 21
    2. Capítulo 22
    3. Capítulo 23
    4. Capítulo 24
    5. Capítulo 25
    6. Capítulo 26
    7. Capítulo 27
  6. EPÍLOGO
  7. AGRADECIMIENTOS
  8. Sobre este libro
  9. Sobre las autoras
  10. Créditos

A Hécate, tal y como lo prometí

R.R.

A mi hermana Andrea, con quien siempre

he compartido mis cuentos de hadas favoritos

C.R.

PRÓLOGO

Imagen de cisnes

Vardalión

Nuestra historia da inicio hace algunas lunas en la lejana tierra de Vardalión, cuando, en una cálida noche de verano, el destino de dos venerables países sería entrelazado mediante una importante promesa.

La charla de toda la capital giraba en torno al recital de ballet que iba a ser presentado en el Teatro Reina Altina II por la Academia Real de Música y Artes. Este teatro era el más antiguo en la ciudad y se reservaba para los eventos de mayor renombre. Todas las calles parecían estar vibrando con entusiasmo y curiosidad. Muchas tiendas y restaurantes incluso habían cerrado más temprano de lo normal por motivo del recital: todos querían tener la oportunidad de verlo, fuese en persona o por televisión, desde la comodidad de sus hogares.

En realidad, la obra que se presentaría no tenía nada de especial. La Academia había decidido mostrar una adaptación de La danza del lirio, un clásico que se había hecho ya más de una vez en distintos formatos, incluyendo varias novelas y películas. Lo que estaba llevando a la gente a vestirse con sus mejores prendas y aglomerarse afuera del teatro con regalos y cámaras en mano no era la temática del recital, sino los participantes de este.

Los protagonistas de este año serían la princesa y el príncipe de Vardalión. Finalmente, después de once largos años, la corona estaba lista para presentar en sociedad a los pequeños gemelos. Cuando se dio a conocer la noticia a través de distintos medios de comunicación, todos perdieron la cabeza: hubo festejos, la gente lanzó rosas por las calles y los ancianos en las tabernas cantaron con orgullo el himno de la nación. Había especial emoción por ver a la princesa, ya que ella sería quien en un futuro guiaría al país a un mejor mañana.

Entre los invitados estaban figuras políticas, celebridades, miembros de la nobleza y, por si fuera poco, la familia real de la nación vecina de Zesconia, la más afluente y poderosa del continente. Vardalión, aunque era una nación importante debido a que poseía el lago mágico que alimentaba a todos los reinos, pocas veces era sede para visitas de la monarquía de otros países. El hecho de que tuvieran invitados de tal calibre esta noche significaba que algo grande estaba por suceder. Los habitantes todavía no sabían exactamente qué, pero no querían perdérselo por ningún motivo.

Dentro del teatro, la familia real de Zesconia se encontraba ya sentada en el palco principal, con la mejor vista hacia el escenario. El rey y la reina charlaban amenamente y en voz baja de temas triviales, siempre manteniendo buena cara ante las cámaras y el público, no obstante, el príncipe heredero no lucía muy feliz de estar ahí. Acababa de cumplir trece años y lo que menos quería era pasar sus vacaciones en un aburrido recital de ballet en un país al que jamás había ido, pero sus padres no le dieron opción. Al igual que los habitantes de Vardalión, sospechaba que algo estaba por suceder, mas no sabía qué… y eso lo ponía de peor humor.

Las luces del teatro se atenuaron y los murmullos de los asistentes se apagaron casi al instante. Del lado izquierdo del escenario salió un hombre mayor que vestía un esmoquin blanco bastante elegante: era el director de la Academia Real de Música y Artes, quien daría el discurso de bienvenida. En este agradeció la presencia de la familia real de Vardalión, así como la de algunos duques, condes, marqueses y la del primer ministro. Luego hizo énfasis en dar la bienvenida a la familia real de Zesconia.

El director habló durante unos minutos más y, despedido por un gran aplauso, salió de escena. Unos segundos después, las luces del teatro se apagaron y solo quedaron las que apuntaban al escenario.

Cuando las cortinas se abrieron, el príncipe ahogó un bostezo, aunque no iba a negar que la escena era majestuosa. Estaba llena de lirios cabizbajos color lila, que realmente eran bailarinas esperando la música; al centro, se encontraba un lirio blanco. Pequeñas luces caían del cielo, simulando estrellas.

El público estaba expectante.

La música comenzó y los lirios color lila se fueron levantando de uno en uno, dando piruetas delicadas en el aire. Estaban formando una especie de círculo alrededor del lirio blanco, pero este permanecía dormido.

Entonces un bailarín encapuchado entró en escena, daba saltos con una gracia que hacía que pareciera que sus pies no tocaban el piso. Cuando el recién llegado se acercó al lirio blanco y le extendió la mano, sucedieron dos cosas:

Primero, el bailarín encapuchado se descubrió el rostro.

Segundo, el príncipe de Zesconia, desde su asiento, se hizo hacia adelante. De pronto, ya no estaba tan aburrido.

Su vista se posó de inmediato en la cabeza cubierta de mechones rubios que caían sobre una cara delgada en forma de corazón, cuya piel estaba cubierta de purpurina que reflejaba las luces de la escenografía. Esto hacía parecer que el bailarín estaba hecho de pequeños y tintineantes diamantes. Cuando desde el escenario dedicó una mirada a la audiencia, notó sus ojos de verdelita, enmarcados por pestañas gruesas. Su mirada se cruzó con la de él y, aunque duró tan solo unos cuantos latidos, fue más que suficiente para que el príncipe de Zesconia quisiera acercarse un poco más.

Pudo escuchar a su madre susurrar algo al oído de su padre. Si la había entendido bien, ese bailarín era el príncipe Oliver, el gemelo de la heredera a la corona.

El lirio finalmente se levantó con ayuda de la mano de Oliver y, con movimientos seguros y coordinados, extendió los brazos de manera elegante. Su piel estaba cubierta con esa misma purpurina y su cabello claro estaba peinado en un complicado recogido sobre su cabeza.

Desde su asiento, la madre del príncipe de Zesconia volvió a decirle algo a su padre en voz baja, pero esta vez también tomó un par de refinados binoculares para ver mejor. No cabía la menor duda de que ella era la princesa Odelia.

De no ser porque debía mantenerse en silencio, el público la habría ovacionado en ese mismo instante. Se notaba en los murmullos animados que se esparcían en la sala. El cambio en el ambiente era evidente: todos estaban ahí para ver a Odelia de Vardalión, la hija primogénita de los reyes, nacida tan solo un par de minutos antes que su hermano.

Los gemelos bailaron tomados de la mano, como si hubieran nacido para bailar ballet. La danza del lirio se desenvolvía en el escenario con piruetas delicadas y música orquestal. Mantuvieron la adaptación fiel a la versión original.

El príncipe de Zesconia no era capaz de quitar la vista del escenario.

La princesa Odelia se movía con delicadeza, pero la forma en que marcaba sus pasos era fuerte y decidida, como un punto al final de una oración. Su rostro expresaba la alegría que el lirio estaba sintiendo y esa sonrisa era contagiosa. Sin embargo, no era Odelia quien había capturado la atención del príncipe, sino Oliver, que parecía volar con cada paso que daba. Parecía que la música había sido compuesta para que él la bailara. El príncipe de Zesconia miraba boquiabierto cada movimiento del chico que danzaba sobre el escenario.

La enigmática figura del encapuchado convivía con el lirio e iba a visitarlo todas las noches para bailar juntos y recorrer los jardines. Al inicio de la obra, bailaban de la mano con movimientos casi iguales, pero conforme iba avanzando la historia, se soltaban e iban marcando una clara distancia.

Cerca del final, el ambiente cambió por completo. Las luces en el escenario se tornaron rojizas y la música se transformó a una más sombría: era el acto de despedida. El lirio se dio la vuelta y salió del campo para bailar por su cuenta sin siquiera mirar a la figura que la había acompañado durante toda la historia. El encapuchado se inclinó y sufrió la pérdida, bailando con movimientos cada vez más lentos y torpes, hasta que finalmente se quedó quieto, observando al lirio dar giros y saltos mientras se alejaba para siempre.

El telón se cerró marcando el final y las luces se encendieron al mismo tiempo que la gente se ponía de pie para ovacionar la puesta en escena de la Academia. Los aplausos de la gente rebotaban contra las paredes. Cuando el telón se abrió de nuevo, los primeros en salir a agradecer al público fueron los gemelos de Vardalión con una tímida sonrisa estampada en el rostro.

La aparición de los gemelos hizo que el príncipe de Zesconia aplaudiera con más ahínco, sin poder entender el motivo.

—Sam, los reyes de Vardalión nos invitaron al palacio a cenar, pero antes debemos pasar a los camerinos a felicitar a la princesa Odelia y al príncipe Oliver —dijo la reina de Zesconia—. El dueño del teatro nos llevará personalmente.

Sam casi da un brinco sobre su sitio, sin embargo, se contuvo. ¿Iba a conocer a los gemelos de Vardalión en ese momento? Antes de La danza del lirio le habría parecido un acontecimiento irrelevante, pero ahora sentía que no podía esperar. Su cuerpo vibraba con emoción al saber que en cuestión de minutos estaría frente a frente con el príncipe Oliver.

El dueño del teatro fue por ellos al palco y los guio por zonas restringidas para el público hacia el área de los camerinos, seguidos en todo momento por sus guardaespaldas. Detrás del escenario, todo era caos. Decenas de niños y niñas corrían a abrazar a sus familiares, quienes los felicitaban por su desempeño en el recital. Otros recibían flores y a algunos les tomaban fotos.

Sus padres se distrajeron cuando la familia de un duque de Vardalión se les acercó con una enorme sonrisa en el rostro. Mientras hablaban de cosas que a Sam no le interesaban, él miraba hacia todos lados, buscando a los gemelos, a quienes no tardó en encontrar. Estaban juntos y algo apartados de la multitud, rodeados de varios hombres que seguramente pertenecían a su guardia privada.

Sam comenzó a caminar hacia ellos sin pensarlo mucho. No podía evitarlo, jamás había sentido tantas ganas de acercarse a alguien, pero no pudo llegar muy lejos: su seguridad era como una fortaleza impenetrable.

—Ah, tú debes ser el príncipe de Zesconia. Samiel, ¿cierto? —una voz masculina dijo tras él.

—Sam —corrigió de inmediato.

El hombre rio sonoramente y Sam notó que la guardia privada le abría el paso a él. El rey de Vardalión tenía la misma cara en forma de corazón que sus hijos.

—Bienvenido a Vardalión, Sam —dijo el rey.

Él asintió y vio como los gemelos corrían hacia su padre para abrazarlo, mientras él los llenaba de felicitaciones por su presentación. Odelia parecía extasiada mientras relataba todo lo que había vivido en el escenario. Oliver lucía feliz, pero había dado un paso hacia atrás.

Sam decidió tomar esa oportunidad para acercarse a él y hablarle. Por alguna razón, lo que más le importaba en ese instante era agradarle. No obstante, antes de que pudiera decirle algo, una mano se posó sobre su hombro.

—¡Sam, aquí estás! —exclamó su madre—. Ah, veo que ya conociste a las estrellas de la noche.

—No nos hemos presentado —respondió él. Su voz salió más bajita de lo que hubiera querido, pero todos parecieron escucharlo.

El rey de Vardalión posó sus manos en las espaldas de sus dos hijos para acercarlos a Sam y a su madre. Era la primera vez que Oliver posaba sus ojos verdes en él y, de cerca, podría jurar que eran del verde más profundo que había visto jamás, como un bosque en el que todavía había magia.

—Íbamos a esperar hasta la cena, pero creo que es hora de las introducciones formales —dijo el rey.

Su madre le dio un apretón en el hombro antes de hablar.

—Sam, te presento a tu prometida, la princesa Odelia de Vardalión.

Pleca

Conociendo a un cisne

Vardalión, primer verano

Había cisnes por todas partes.

Eso fue lo primero que Sam notó al llegar a Vardalión: la inmensa cantidad de cisnes que adornaba cada rincón de la capital. No era de extrañarse ya que los cisnes eran el emblema del país, pero no podía evitar pensar que tal vez lo llevaban demasiado lejos. A Zesconia lo representaba un ciervo de cuernos largos, sin embargo, no por eso lo utilizaban en todo.

Apenas había pasado un año desde que le presentaron a su prometida después del recital de ballet y Sam no había regresado a Vardalión desde entonces. Incluso creyó que tal vez no volvería a ver a los gemelos en un largo tiempo, hasta que la inevitable boda se acercara. Tenía varios familiares que se habían casado por conveniencia y sabía que no era vital entablar algún tipo de relación antes del matrimonio. Después de todo, el acuerdo ya estaba hecho, no había necesidad de convivir sino hasta que tuvieran que cumplir con lo pactado. No obstante, su madre, siendo su madre, tenía otros planes. Sam recordaba claramente sus palabras cuando le dio la noticia.

—Sam, acabo de tener una llamada con Hilda de Vardalión. A ambas nos parece una excelente idea que pases el verano allá con los gemelos. Queremos que Odelia y tú empiecen a conocerse.

Unos días antes de eso, Sam le había prometido a su amigo Benno que pasarían juntos el verano cazando liebres para reforzar sus lecciones de arquería, pero el plan quedó descartado por el repentino acuerdo entre su madre y la reina de Vardalión.

A Sam no le molestaba la idea del matrimonio arreglado y tampoco tenía nada en contra de la princesa Odelia, sin embargo, por alguna razón la idea de pasar el verano en Vardalión le hacía sentir como si pequeñas hormigas le recorrieran la piel. Era una sensación extraña para él y no del todo incómoda, pero no le permitía relajarse.

El primer ministro de Vardalión lo esperaba en el aeropuerto privado para darle la bienvenida al país y llevarlo a la casa de verano donde pasarían varias semanas los gemelos y él. Rowan de Vardalión se encargaba de las relaciones exteriores del país. Él era un hombre importante que era respetado en todo el continente; a pesar de ser el hermano menor del rey, no se parecía a él en absoluto. Tenía el cabello tan negro como el de Sam, un rostro enmarcado por una barba bien recortada y un frondoso bigote. Incluso sus ojos eran distintos al verde del resto de la familia real de Vardalión: los de él eran de un tono más oscuro.

El camino hacia la casa de verano de la familia real fue silencioso y muy aburrido, y la casa en sí más bien parecía un pequeño castillo blanco. La reina Hilda lo esperaba con los brazos abiertos y una sonrisa que le iluminaba todo el rostro.

—¡Samiel, bienvenido! Los gemelos están en el patio trasero. Ve con ellos mientras los sirvientes acomodan tus cosas y terminan de preparar tu cuarto —dijo en tono amable, pero definitivamente impositivo.

Un mayordomo lo tomó del hombro y lo guio hacia la parte trasera de la propiedad, que tenía una decoración minimalista y parecía de revista. Tan pronto salieron, Sam tuvo que colocarse las manos a modo de visera por encima de sus ojos para protegerlos del sol, pero lograba ver que el lugar era gigantesco y que tenía todo tipo de amenidades.

Cerca de la enorme piscina había unos columpios y ahí fue donde vio a los gemelos, que estaban sentados charlando en voz baja. Odelia tenía el cabello rubio peinado en dos coletas y portaba un vestido tan blanco que lo hacía preguntarse cómo era posible que no tuviera ninguna mancha.

Inevitablemente sus ojos se deslizaron hacia Oliver. Él llevaba ropa blanca al igual que su hermana, pero manchada por aquí y por allá. En una de sus manos tenía una barra de chocolate que casi se terminaba. Por alguna razón, eso hizo que la comisura de los labios de Sam se alzara en una pequeña sonrisa.

El príncipe de Zesconia estaba empeñado en causar una buena impresión, así que se limpió el sudor de la palma de las manos en su pantalón de lino y avanzó con confianza hacia ellos. Al verlo, Odelia saltó del columpio y alzó la mano para saludarlo con una sonrisa que parecía sincera. Oliver permaneció sentado mientras lo observaba con una expresión resguardada.

—Sam, qué bueno que llegaste, ¡te estábamos esperando! —dijo Odelia.

—Principessa, qué gusto volver a verla —respondió Sam, y tal y como lo hacían los caballeros mayores, tomó la mano de Odelia y depositó un suave beso en ella. Esperaba que no notara lo mucho que le temblaban las manos.

Odelia soltó una pequeña risita ante el gesto y retiró su mano con delicadeza. Después miró por encima de su hombro a Oliver, quien no se había movido para nada y los veía con una mueca difícil de descifrar.

—¡Deberías aprender de Sam! Él sí tiene los modales de un príncipe —le dijo la princesa en tono juguetón.

Oliver puso los ojos en blanco y no dijo nada.

Sam se enderezó y pasó saliva. No estaba seguro de cómo saludar al príncipe, pero decidió ofrecer su mejor sonrisa y acercarse con la mano extendida, que ahora temblaba incluso más que antes.

—Qué placer volver a verlo también a usted, alteza —su confianza flaqueó al ver que Oliver solo lo miraba y no parecía tener intención de estrecharle la mano extendida.

Pensó que Oliver no iba a dignarse a responderle, pero después de unos segundos bajó del columpio y habló.

—No seas ridículo.

Dicho esto, lo pasó de largo sin siquiera mirarlo.

Sam sintió que su espalda se tensaba como una cuerda de violín demasiado ajustada. ¿Qué acababa de pasar? ¿De qué forma había ofendido al príncipe Oliver con tan pocas palabras?

—Discúlpalo, no sé qué le pasa. Normalmente no es tan grosero —intervino Odelia, algo preocupada.

Sin pensarlo, Sam corrió tras Oliver. No podía dejar que su reencuentro con él fuera tan desastroso, no cuando desde la primera vez que lo vio solo quiso agradarle. Pensar en que sucediera lo contrario hacía que su pecho se sintiera apretado.

—¡Espere, por favor!

Logró alcanzarlo rápido, pero, a pesar de que estaba seguro de que habló alto, Oliver fingió no escucharlo y siguió su camino de regreso a la casa. ¿Era la imaginación de Sam o hasta había acelerado el paso?

—Alteza, perdone —Sam volvió a intentar, pero parecía estarle hablando al aire mismo—. Si dije algo que lo ofendió, le ofrezco una disculpa.

Era humillante tener que disculparse con un niño dos años menor que él, pero no podía evitarlo, quería que Oliver fuera su amigo. Quería que lo mirara. ¿Por qué lo estaba haciendo difícil? Algo en su pecho le insistía en no dejar que el príncipe se fuera así.

—¡Oliver! ¿Qué te pasa? —exclamó Sam con fuerza.

Eso pareció lograr lo que quería, pues tan pronto lo llamó por su nombre, Oliver se detuvo en seco, como si se hubiera topado con un muro. Por un momento pareció que se quedaría dándole la espalda a Sam, pero después de unos segundos se giró para darle la cara.

—¿Qué quieres? —preguntó Oliver con evidente fastidio.

Sam se humedeció los labios para ganar unos cuantos segundos y pensar su respuesta.

—Solo quería saludar.

—Pues ya lo hiciste. Adiós.

Oliver volvió a girarse y retomó su camino, entró a la casa y cerró la puerta tras de sí. Una clara señal para Sam de que no lo siguiera.

Sam se quedó quieto, sin saber cómo reaccionar. Nunca nadie lo había tratado de esa manera, ni siquiera sus compañeros más fastidiosos de la escuela. Absolutamente nadie. ¿Cuál era el problema de ese niño?

El príncipe de Zesconia no era del tipo que se rinde y ese verano trató de ganarse a Oliver sin descanso. Sin embargo, el príncipe no le puso las cosas nada fáciles. Durante las siguientes semanas Sam intentó de todo, desde invitarlo a jugar videojuegos hasta mostrarle los libros que había traído desde su hogar, pero cada intento fue rechazado con la frialdad más cruel que había experimentado en sus catorce años de edad.

Finalmente, cuando el verano acabó y él preparaba sus maletas para volver a Zesconia, decidió que había tenido suficiente. De forma silenciosa declaró que odiaba al príncipe Oliver y no permitiría que pisoteara su dignidad ni una vez más: a partir de ese momento se convertía en su peor enemigo y, cuando Sam lo volviera a ver, se aseguraría de tratarlo tan horrible como él lo trató.

Ya no le importaba entender cómo es que todo había empezado tan mal con Oliver. De todos modos, quien verdaderamente importaba era su prometida Odelia.

Pleca

Conociendo a un cisne

Zesconia, segundo verano

Sam estaba seguro de que su madre lo odiaba.

No había otra explicación, porque después de haberle contado lo mal que la había pasado en Vardalión el verano pasado, decidió ignorarlo por completo y obligarlo a tolerar al engreído príncipe otro verano más.

La peor parte era que su madre era astuta y sabía que si le avisaba con suficiente anticipación, Sam podría intentar escapar con algún familiar durante las vacaciones o inscribirse a un campamento… pero no tuvo oportunidad alguna de hacerlo, porque dos días antes de la fecha del concurso de arquería, su madre le anunció durante la hora del desayuno que el príncipe Oliver llegaría a Zesconia para participar también en el evento.

Sam intentó oponerse a la idea, sin embargo, su madre fue firme y agregó que su prometida acompañaría a su hermano en el viaje, por lo que sería una excelente oportunidad para pasar el verano juntos y seguirse conociendo.

Y así fue como Sam terminó encerrado en su habitación con una expresión agria en el rostro mientras Benno intentaba animarlo.

Otro maldito verano arruinado teniendo que verle la cara a ese niño insufrible.

—Pero hay un lado bueno —dijo Benno con un tazón de frituras en el regazo y las manos llenas de polvo naranja sabor queso.

—No lo hay —replicó Sam y apretó con fuerza una pequeña pelota antiestrés antes de lanzarse sobre su cama—. El año pasado ese niño me hizo pasar el peor verano de mi vida.

—Sí, pero cuando menos podrás ver a la princesa —la voz de Benno adquirió un tono juguetón—. Ella es muy hermosa y seguro le dará gusto verte de nuevo.

Sam arrugó la frente.

—¿Eso qué importa si tengo que estar soportándolo a él?

—Solo digo que no todo es sobre el príncipe. No le des tanta importancia —Benno se encogió de hombros antes de lamer el residuo del polvo de queso de la punta de sus dedos.

Sam enterró la cabeza en la almohada, exasperado. Su madre le había dicho exactamente lo mismo: que no le prestara tanta atención a Oliver y que tan solo pensara en pasar un buen rato junto a Odelia. Pero ¿por qué nadie podía entender que no podía hacer eso mientras Oliver estuviera estorbando?

—Si hubieras estado ahí, no dirías lo mismo —Sam se irguió y le lanzó a Benno la pelota antiestrés directo a la cara—. Me hizo pasar unas semanas terribles.

Benno torció los labios mientras pensaba y Sam se reacomodó para sentarse en el centro de la cama. Se había mudado a una pieza nueva hacía un par de meses para tener más espacio para sus libros y su equipo de laboratorio. Era equipo viejo y de lo más básico, pero apreciaba que su madre le permitiera explorar los intereses que tenía a pesar de que su padre se opusiera.

Las paredes de su habitación estaban cubiertas de las medallas y premios que había ganado en el último año por sus talentos con el arco y se preguntaba si el príncipe Oliver sería competencia para él en el torneo.

—Bueno, ¿y si te vengas? —sugirió Benno con la boca llena de frituras.

—¿Qué tienes en mente? —Sam arqueó una ceja.

Debía ser algo efectivo. Algo que le dejara en claro al principito que no podía meterse con el heredero de Zesconia.

—Viene para el torneo, ¿no? —Benno entrecerró los ojos—. Deberíamos intentar sabotearlo.

Sam y Benno se sonrieron mutuamente mientras comenzaban a armar el plan maestro para su revancha.

El día del torneo llegó y Sam estaba listo para poner a Oliver en su lugar. La noche anterior los gemelos habían arribado al palacio y desde ese momento el primer paso de la nueva estrategia había entrado en vigor: Sam recibió a Odelia con gusto, pero no le dedicó palabra alguna o mirada a Oliver.

El verdadero golpe se daría hoy, cuando iniciara el concurso de arquería.

Benno y el resto de sus amigos habían preparado todo para que Sam estuviera el día entero con su madre y hubiera testigos de su buen comportamiento. Así, aunque Oliver intentara culparlo, no tendría pruebas.

Sam se vistió con su uniforme militar de gala, escondiendo su cabello oscuro bajo la boina. El conjunto era azul, el color representativo de Zesconia. La maquillista había pasado a su habitación para ponerle algo de polvo y agregarle un par de toques sutiles para darle un poco de color a su piel clara. Una vez que estuvo listo, bajó para encontrarse con Oliver y poder al fin darle una lección.

Como era de esperarse, los gemelos estaban juntos. El verano pasado se dio cuenta de que eran casi inseparables, aunque no tenían mucho en común. La princesa era el centro del mundo, brillaba y le regalaba una buena cara a todos. En cambio, Oliver parecía su sombra. Solía caminar cabizbajo y era difícil borrarle esa expresión recelosa del rostro. Las semanas que pasó en Vardalión jamás lo vio sonreír, y eso solo era algo más que agregó a la lista de cosas que le fastidiaban de Oliver.

La heredera de Vardalión llevaba el pelo recogido en un moño prolijo y un vestido color lila que le llegaba abajo de la rodilla. En cambio, Oliver ya portaba el traje de arquería que usaría para el concurso. El príncipe sujetaba el arco como si le temiera y Sam no pudo evitar pensar que el objeto lucía enorme en sus manos.

Oliver alzó la cabeza y sus ojos se toparon de lleno con los de Sam. Como era de esperarse, no se dignó a saludarlo, sino que se giró rápidamente para fingir que ajustaba su arco. Eso hizo que Odelia se percatara de la presencia de Sam. Ella, a diferencia de su hermano, le regaló una enorme sonrisa.

—¡Sam! —dijo a la vez que caminaba hacia él—. Mucha suerte en el torneo. Tus padres me dijeron que eres excepcional con el arco. Estaré apoyándote en primera fila.

—Mi madre siempre exagera cuando se trata de mí, principessa —Sam le sonrió—, pero estoy seguro de que tus buenos deseos lograrán que consiga la copa.

—Estoy segura de que así será —respondió Odelia—. Y si ganas, esta noche podríamos celebrar.

—Lo espero con ansias —inclinó ligeramente la cabeza y después caminó decidido hacia Oliver. Se quedó observándolo un par de segundos sin decir nada, esperando intimidarlo, pero el príncipe seguía sin inmutarse. Sam se cruzó de brazos—. Buena suerte para usted también, alteza.

Oliver dejó lo que sea que estuviera haciendo con su arco y se enderezó para mirar a Sam a los ojos. La diferencia de estaturas era muy notoria.

—No necesito de tus buenos deseos —respondió de forma tajante.

Después de eso, se dio la vuelta y comenzó a alejarse, como siempre hacía cuando Sam le dirigía la palabra.

—Oliver —llamó Odelia—, ¿a dónde vas? ¡La competencia empezará dentro de poco!

—Hay demasiado ruido, voy a buscar un lugar tranquilo.

Sam inhaló un par de veces para calmarse. No esperaba menos de ese malcriado, pero aun así su actitud lo hacía rechinar los dientes para contener su rabia. A este paso, envejecería prematuramente por culpa de ese mocoso rubio.

Avanzó hacia Benno para asegurarse de que todo estuviera listo.

—Nadie ha hecho preguntas —aseguró Benno cuando Sam entró a la bodega en donde tenían acomodadas algunas dianas y equipo extra para el torneo.

—Y nadie los ha visto entrar o salir de aquí, ¿cierto? —Sam observó a su otro par de amigos que habían accedido a participar en esto.

—¿Con quién crees que estás tratando? —Benno hizo su cabello marrón hacia atrás y se acomodó las gafas que descansaban sobre su nariz—. Somos unos profesionales. Claro que nadie sospecha nada.

Sam asintió.

Benno era el hijo menor de los duques de Ellin. Sus padres eran famosos por tener un carácter terrible y con frecuencia olvidaban a su hijo pequeño, así que aprendió todo tipo de trucos y bromas para llamar la atención. En efecto, Sam estaba trabajando con un verdadero profesional.

—Ahora ve y distrae al príncipe para que no pueda revisar nada antes de su turno —Benno lo tomó por los hombros, lo hizo darse vuelta y prácticamente lo lanzó fuera de la bodega.

Sam sentía su estómago burbujear con nerviosismo mientras intentaba localizar a Oliver por todo el evento, pero ni siquiera la misma Odelia sabía en dónde se encontraba. Buscó en el área de comida, en las fuentes e incluso en la mesa en donde estaban los invitados de Vardalión, mas el príncipe no se hallaba en ninguna parte.

Estaba por darse por vencido e informarles a sus amigos de esto cuando finalmente vio una cabeza rubia detrás de los establos.

El lugar se encontraba completamente solo, con excepción de Oliver, quien en verdad había buscado el rincón más alejado para… ¿qué era lo que había dicho? ¿Estar tranquilo o algo así? Sin embargo, el príncipe de Vardalión lucía todo menos tranquilo.

Estaba tratando de tomar la posición correcta para lanzar una flecha con su arco, pero ni siquiera parecía capaz de mantener la flecha en su lugar. ¿Oliver sabía lo que estaba haciendo? A juzgar por lo que veía, el pobre no tenía idea.

¿De quién había sido la idea de invitarlo a participar en el torneo?

La flecha que Oliver sostenía cayó al suelo y este maldijo en voz baja al tiempo que se agachaba a recogerla. Se notaba la urgencia en sus movimientos, seguramente porque era consciente de que la competencia estaba por empezar.

—Tu postura está mal —dijo Sam y vio a Oliver dar un pequeño salto de sorpresa—. Debes estirar bien el brazo con el que vas a tirar y levantar más el codo.

Oliver entornó los ojos y frunció el ceño. Estaba tenso.

—¿Me estabas espiando? —preguntó.

Sam sintió como si una bola gigante de algodón se atorara en su garganta al tener que tragarse sus palabras y no insultar al maldito príncipe. Apretó la mandíbula, pero logró contenerse. No podía hacerlo enojar y que eso causara que se fuera de ahí. Su misión era distraerlo.

—También creo que tu arco es demasiado pesado para ti. Debieron darte uno más liviano si estás iniciando —se acercó al príncipe y le arrebató el arco.

Oliver no opuso resistencia, más bien parecía aliviado de no tener el arco en sus manos. Se cruzó de brazos al instante y no negó las palabras de Sam.

—¿Y dónde puedo conseguir uno más liviano?

Sam pasó saliva. No esperaba que el príncipe lo escuchara o aceptara alguno de sus consejos.

—Si gustas puedo prestarte uno de los que usaba cuando era más pequeño. Los tengo en mi habitación aún y son buenos para principiantes —sostuvo el arco de Oliver con la mano izquierda, evaluándolo.

Como era de esperarse, era de la mejor calidad, pero claramente estaba diseñado para alguien que ya tuviera bastante práctica.

Oliver pareció sopesar la oferta de Sam por unos segundos, no obstante, luego negó con la cabeza.

—No tienes que prestarme nada, puedo pedirle uno a los organizadores.

Oliver comenzó a caminar de regreso al área del torneo.

—¡Espera!

Sam lo tomó del brazo tan rápido como pudo. No podía irse, eso arruinaría todo.

—Tal vez ya es demasiado tarde para conseguir uno. ¿Por qué mejor no te ayudo con este? ¿Qué opinas? —sonrió, tratando de que no se le notaran los nervios.

Para sorpresa de Sam, Oliver no retiró su brazo del agarre. Era difícil descifrar lo que estaba pensando, pero su expresión ya no lucía tan resguardada como de costumbre. ¿Era su imaginación, o hasta había un poco de color en las mejillas del príncipe?

Después de lo que pareció una eternidad, Oliver asintió.

—Está bien.

Sam se humedeció los labios. El único sonido en sus oídos era el de su propio pulso por lo mucho que su corazón estaba martillando contra su caja torácica.

—Gracias —dijo sin pensar, antes de corregirse—. Quiero decir, muy bien.

Cerró la boca antes de seguir balbuceando y le entregó el arco y una flecha a Oliver.

—Relaja este brazo un poco más —indicó Sam al tiempo que se colocaba detrás del príncipe, con su pecho casi tocando la espalda de Oliver. Sus fosas nasales se llenaron de un olor dulzón.

¿A qué olía Oliver exactamente? ¿Lavanda y miel? Sam no estaba seguro, pero le agradaba. Olía como un té relajante después de un largo día.

—Este es el brazo que debes estirar más. Lo estabas haciendo al revés.

Sam hablaba en voz baja, casi con miedo a que un sonido brusco le recordara al príncipe con quién se encontraba y este decidiera salir huyendo. Tomó el codo derecho de Oliver con cuidado y lo levantó para corregir su técnica.

Era curioso, pero Oliver parecía relajado en los brazos de Sam. Es decir, solo le estaba enseñando a usar bien el arco, y aunque él habría pensado que sería una situación tensa e incómoda… no lo era.

—¿Así? —preguntó el príncipe a la par que posicionaba los brazos tal como Sam le había indicado.

—Aprendes rápido —dijo Sam antes de poner su mano con suavidad en el hombro de Oliver.

Sam estaba más nervioso de lo que esperaba y agradecía que su uniforme llevara guantes, de lo contrario Oliver notaría que sus manos se encontraban empapadas en sudor.

—Ahora, solo tira.

La flecha salió y quedó incrustada en un árbol frente a ellos. Oliver parecía complacido.

—Muy bien, alteza —Sam dio un par de aplausos—. Creo que ya estás listo para el torneo —hizo una pequeña pausa sin saber bien cómo proseguir o si Oliver le daría siquiera una respuesta—. Pero si me permites preguntar, ¿por qué decidiste inscribirte a este evento si no practicas arquería?

Oliver alzó una ceja ante la pregunta de Sam y, por un momento, pensó que lo había ofendido, pero entonces el príncipe soltó un suspiro lleno de pesadez.

—Mis padres me lo pidieron, no pude negarme —dijo. Calló unos segundos y luego continuó—: Nunca me piden nada, todo se lo piden a Odelia. Si el torneo fuera mixto, sería ella quien compitiera, aunque tampoco practica arquería.

Se notaba que le estaba costando hablar de él. Sujetaba el arco con el puño cerrado con fuerza y no miraba directamente a los ojos de Sam, más bien veía un punto en el pasto.

—Como mi plan ideal para este verano no era venir a Zesconia a participar en un torneo de un deporte que no me interesa en lo más mínimo, en vez de usar estas últimas semanas para practicar, me rehusé a hacerlo y heme aquí ahora, intentando no quedar en ridículo frente a todos —finalizó Oliver.

Sam sentía la punta de sus orejas como si tuviera una vela encendida encima de cada una. Esta era la conversación más larga que había tenido con Oliver. Jamás esperó que le respondiera.

—Te entiendo —dijo Sam y colocó las manos en los bolsillos de su uniforme—. Me pasa igual cuando mi padre me pide algo. Simplemente no puedo decirle que no. Creo que decepcionarlo es lo que más temo en este mundo.

—¿Tú? ¿Decepcionarlo? Todo Zesconia te adora, ¿no has visto cómo te miran?

Sam rio con amargura.

—Para mi padre soy invisible, a menos que cometa alguna equivocación. Entonces simplemente soy un error —atrapó su labio inferior entre los dientes—. Además, podría decir lo mismo de ti.

Oliver volvió a mirarlo, esta vez con detenimiento. Era como si por primera vez lo estuviera viendo realmente.

—Te equivocas. A quien adoran es a Odelia —respondió después de unos segundos, esta vez su voz salió más bajita.

Sam contó los latidos de su ruidoso corazón mientras reunía el valor para acercarse a Oliver. No lo pensó demasiado y dio un paso al frente.

—Yo creo que te subestimas. Cuando te veo quedo como un idiota tratando de agradarte. Incluso el año pasado practicaba mis frases antes de hablar contigo porque quería estar a tu altura —sintió el calor de sus orejas bajar hasta sus mejillas y esparcirse por toda su cara—. Solo quiero decir… que no hay forma de que hagas el ridículo hoy.

Oliver abrió la boca, pero nada salió de esta. La cerró y volvió a abrirla, como si en verdad quisiera decir algo, pero era como si sus pensamientos se atropellaran unos a otros. Se quedó mirando a Sam con sorpresa y bajó nuevamente la vista cuando sus mejillas se tiñeron de un rosa tan potente que hacía contraste total con su piel de porcelana.

Tuvo que aclararse la garganta antes de hablar.

—Gracias —dijo Oliver, y se apresuró a agregar—, por la ayuda. Yo…

Oliver lucía nervioso. No se había alejado de Sam, pero parecía que quería salir corriendo.

—Creo que hay que irnos, el torneo debe estar por comenzar.

Sam asintió y juntos avanzaron de regreso al evento.

El príncipe de Zesconia se sentía ligero y complacido de finalmente haber logrado tener una interacción civilizada con el príncipe Oliver. Y no solo había sido civilizada… había sido honesta. Estaba seguro de que las cosas entre ellos iban a mejorar.

Caminaron directo al jardín principal para el inicio del torneo. Los invitados ya estaban acomodados en sus asientos con copas en mano y sonrisas deslumbrantes en los rostros, junto con un par de fotógrafos que cubrían el evento para la prensa.

Se dio la señal para iniciar. Como la familia real de Zesconia era la anfitriona del evento, Sam sería quien abriría la ceremonia. Se colocó en su puesto y saludó al público, tratando de hacer uso de todo el carisma que heredó de su madre. Oliver y los otros participantes estaban detrás de él y aprovechó para hacerles una breve reverencia en señal de camaradería. Finalmente, alzó su arco y, dándose unos cuantos segundos para apuntar hacia la diana, lanzó la flecha sin titubeos.

El público aplaudió con enjundia una vez que el centro de la diana fue atravesado a la perfección. Sam alzó la mano para saludar y agradecerles el apoyo y se hizo a un lado para darle paso al príncipe Oliver, quien como invitado de honor sería el siguiente en participar. Él no se molestó en convivir con la audiencia y caminó con la espalda erguida y con la vista al frente, en la marca.

—Suerte —le dijo Sam en voz baja antes de regresar con el resto de los participantes y dejar al príncipe solo.

Oliver apuntó a la diana implementando los consejos que había recibido de Sam. Era obvio que el arco no era el correcto para él, pero su postura había mejorado bastante. Sam sintió un pequeño revoloteo en el estómago al verlo apuntar con confianza… hasta que sus ojos encontraron a Benno cerca de la diana.

Su amigo le alzó el pulgar y Sam sintió cómo el estómago le cayó hasta los pies. Había olvidado por completo la broma, ¡tenía que hacer algo para impedirla! No podía arruinar lo poco que había construido en los establos. No podía permitirle tirar.

—¡Espera! —Sam quiso advertir a Oliver, pero fue demasiado tarde.

La flecha del príncipe voló con rapidez y se incrustó en la diana. No había dado en el centro, ni siquiera cerca de él, pero Sam sabía que eso no haría diferencia alguna.

Una nube blanca y densa salió de la diana, devorando el jardín y a los invitados.

Oliver empalideció y Sam se cubrió el rostro con una mano, avergonzado. Sus amigos habían llenado la diana de bombas de humo que se activarían al ser perforadas, y se habían incluso tomado la molestia de encontrar una en el color distintivo de Vardalión para que los invitados culparan al príncipe.

Se había desatado el pandemonio: las bombas de humo eran más fuertes de lo que pensó. El sonido de los gritos de los invitados le retumbaba en los oídos y todo estaba blanco. Sus guardias lo tomaron de los hombros y lo arrastraron hacia el palacio.

Lo siguiente pasó como una bruma. El torneo quedó cancelado por una violación de seguridad y habían culpado al príncipe Oliver por la broma. Sam se encontraba en el recibidor del palacio viendo a los sirvientes correr de un lado a otro con cubos de hielo y agua para los ojos de los afectados. Estaba impactado de lo lejos que había llegado lo que pensaron que sería una broma inocente. Solo querían avergonzar al príncipe con una bomba de humo tonta, no… todo esto.

—¿Estás bien? —preguntó su madre con una expresión preocupada.

Su vestido azul estaba arruinado por el polvo blanco de la bomba de humo. El uniforme de Sam no estaba en mejores condiciones, necesitaría uno nuevo.

—Sí, mamá —le respondió Sam. Su garganta se sentía como si hubiera sido raspada con papel de lija y arena.

Su madre asintió y se fue a atender a los asistentes personalmente.

Cerca de las escaleras podía ver a Oliver con la cabeza agachada mientras los reyes de Vardalión le daban una reprimenda. El rostro del rey estaba completamente rojo en su furia y las venas de su cuello se veían inflamadas. Sam temió que fuera a sufrir un aneurisma. Odelia pareció querer interrumpirlo un par de veces, pero nada parecía contener al rey.

—¿Te lo dije o no? —Benno llegó con un par de vasos con agua y una expresión de orgullo estampada en el rostro. El cristal de sus gafas estaba empañado y sucio.

Sam no respondió.

—¿Por qué esa cara? ¡Lo logramos!

Benno levantó su puño para chocarlo con Sam y este le regresó el gesto a pesar de la pesadez que sentía en la boca del estómago. El resto de sus amigos llegó para celebrar su victoria y Sam se limitó a beber agua sin saber bien qué decirles. Sus ojos se deslizaron nuevamente hacia el príncipe Oliver y sintió como si le hubieran vaciado una cubeta de agua fría encima cuando se percató de que Oliver lo observaba… y no solo a él, sino también a su ruidoso grupo de amigos que seguía festejando por la broma perfecta que acababan de realizar.

Pudo ver cómo los ojos verdes del príncipe pasaban de incredulidad a indignación cuando comprendió que ellos habían orquestado lo que ocurrió.

Si las miradas pudieran matar, Sam ya estaría bajo tierra.

Estaba seguro de que cualquier progreso que hubiera logrado con el príncipe había quedado sepultado. En la expresión de Oliver había desdén… y era todo para Sam.

Pleca

Conociendo a un cisne

Vardalión, tercer verano

Sam llevaba dos días en Vardalión y todavía restaban cinco más antes de darle fin al suplicio y poder regresar a casa. Después del fiasco de la última vez que se vieron, Sam le había enviado un mensaje de texto al príncipe Oliver para explicar lo que sucedió, pero nunca recibió respuesta suya.

Ese verano había llegado a Vardalión de forma completamente voluntaria con un corte nuevo de cabello, su mejor ropa y montones de obsequios para ambos gemelos. Esperaba que Oliver aceptara su ofrenda de paz, pero este ni siquiera le dirigió la palabra al verlo llegar y mucho menos aceptó nada que viniera de parte suya. Fue su prometida Odelia quien educadamente aceptó guardar los regalos en su habitación para intentar convencer a Oliver de recibirlos después.

Por fortuna, su amigo Benno lo había acompañado al viaje para mitigar el dolor de la herida del rechazo. Ese año había dado el estirón y ahora era mucho más alto que Sam. Probablemente era el más alto de todos sus amigos.

—¿Tienes idea de cómo jugar? —preguntó Sam.

Estaban llegando al campo en donde los habían citado los gemelos y su grupo de amigos para jugar beisbol. El día era luminoso y, a pesar de que ambos estaban cubiertos con una capa gruesa de protector solar, ya podía notar un tinte rojizo en la piel morena de su amigo.

—No es tan difícil —le dijo Benno al tiempo que se encogía de hombros—, solo hay que golpear la bola y ya.

—Espero no arrepentirme de esto —respondió Sam, preocupado—. Tengo una sesión de fotos pronto y no puedo permitir que nada le pase a mi bello rostro.

Benno soltó una carcajada y Sam rio también.

—Hoy tu rostro no se ve tan bello, frate. Pareces más una langosta hervida —dijo Benno.

—Tú no tienes buen gusto —respondió Sam.

Alcanzaron a los gemelos, quienes estaban mejor preparados con gorras que protegían sus cabezas y un par de bates en las manos.

Como siempre, Odelia lo saludó con calidez y luego le presentó a los chicos que estarían en su equipo. Sam y Benno jugarían en el equipo contrario al de Odelia y Oliver. La princesa lucía emocionada mientras les explicaba las bases del juego; mientras que el príncipe, lejos de ellos, charlaba con los demás.

El equipo de los gemelos sería el primero en jugar a la ofensiva, así que ellos empezarían bateando. A Sam le asignaron el rol de paracorto, ubicándolo entre la segunda y tercera base.

—Suerte. La necesitarás —le dijo Odelia antes de guiñarle un ojo y dirigirse a su posición.

Ella sería la primera en batear.

Cuando el juego empezó, Sam se dio cuenta de que los gemelos sabían jugar. No debió sorprenderle, pues era bien sabido que el beisbol era el deporte predilecto en Vardalión. Tanto Odelia como Oliver habían bateado la bola tan lejos, que su equipo había logrado anotar una carrera gracias a ellos.

El príncipe de Zesconia no estaba muy familiarizado con las reglas del juego ni con los términos correctos para cada cosa que estaba ocurriendo, pero no la estaba pasando mal.

Cuando llegó el turno de que su equipo jugara a la ofensiva, se le informó que él sería el primero en batear, mientras que Oliver sería el lanzador y Odelia la receptora.

—¡Vamos, Sam! —lo animó Benno desde su puesto.

Sam le sonrió y se posicionó con el bate frente a Odelia. Flexionó ligeramente las rodillas y conectó sus ojos con los de Oliver, quien tenía un guante en una mano y se preparaba para lanzar.

Esta era la primera vez que el príncipe lo miraba a los ojos desde el año pasado y Sam se mordió la lengua para no gritar sus disculpas ahí mismo. El cabello de Oliver estaba más largo y ya le acariciaba la mitad del cuello, justo debajo de su mandíbula. Sam se preguntaba si lo seguiría dejando crecer o en qué punto decidiría cortarlo. Había una pequeña voz en su cabeza comentando que ese estilo le quedaba bien y lo hacía lucir apuesto, pero no pudo desmenuzar ese pensamiento porque, justo en ese momento, Oliver lanzó la bola y los reflejos de Sam reaccionaron.

Bateó con toda su fuerza y lanzó una bala de cañón directo a la cara del príncipe. Sam estaba seguro de que jamás olvidaría el terrible so­nido de la bola conectando con la nariz de Oliver: se escuchó como hielos siendo triturados. Todos se quedaron congelados por un par de segundos antes de que Odelia corriera hasta su hermano con el rostro pálido.

—¡Magia divina! —chilló la princesa—. ¡Oliver! ¿Estás bien? ¿Eso es sangre?

Sam seguía inmóvil en su sitio. Jamás había visto a la princesa alterada.

Oliver tenía ambas manos en la nariz y desde donde estaba podía ver las cascadas de sangre que escurrían de entre sus dedos. El príncipe de Vardalión se agachaba con una rodilla en el suelo cuando Odelia llegó y se arrodilló frente a él, colocando las manos sobre sus hombros.

—Oh, no, ¡llamen a la doctora Celia! —exclamó Odelia.

Varias personas comenzaron a correr ante la orden de la princesa y eso fue lo que descongeló a Sam, que avanzó hacia los gemelos a paso lento y cauteloso.

—Creo que está rota… —dijo Oliver. Su voz sonaba ahogada, pero se notaba que estaba tratando de aguantarse el dolor.

—Maldición —susurró Odelia.

Cuando Sam estuvo lo suficientemente cerca, Oliver lo vio y, sin dejar de cubrir su nariz, le dedicó una mirada llena de odio. La imagen era demasiado para el príncipe de Zesconia, pues además la sangre no dejaba de brotar.

—Oliver, lo siento tanto. No fue mi intención —dijo Sam con palabras apresuradas y torpes.

El príncipe abrió los ojos con incredulidad.

—No mientas, ¡apuntaste directo a mi cara! —exclamó. Ahora sí estaba alzando la voz—. ¿No tuviste suficiente con arruinarme el verano pasado?

Fue como si el oxígeno hubiera dejado de circular por el cerebro de Sam porque todo su vocabulario se esfumó y su cabeza se sintió ligera y hueca. No sabía qué decir. Lo habían preparado para responder a múltiples tipos de escenarios; él mismo se jactaba de su carisma y facilidad para conectar con otros, pero ahora mismo no tenía idea de cómo arreglarlo.

En clase de ciencias le habían mostrado que podía crear fuego verde al agregar sulfato de cobre a la flama. El resultado de aquel experimento era idéntico a lo que se encontraba ahora dentro de los ojos del príncipe.

—Déjame llevarte con la doctora, por favor —fue todo lo que atinó a decirle a Oliver, al tiempo que se acercaba a él para ayudarlo a levantarse.

Oliver se puso de pie antes de que Sam pudiera tocarlo y retrocedió dos pasos.

—No te me acerques. No pienso ir a ningún sitio contigo —dijo con finalidad en sus palabras.

Odelia también se levantó y colocó una mano en la espalda de su hermano, lanzándole una mirada conciliadora a Sam.

—Yo lo acompaño. Ustedes sigan jugando, si quieren.

Dicho esto, los gemelos comenzaron a alejarse en dirección al palacio.

Era como si a Sam le hubieran abierto el tórax y lo hubieran llenado de concreto. Se sentía pesado y confundido. Por un lado, estaba la culpa por el accidente y, por el otro, detestaba que el príncipe ni siquiera le diera la oportunidad de explicarle las cosas. ¿Por qué no podían borrar esa línea en la arena que los dividía? Sus ojos le ardían con lágrimas frustradas.

—Veamos el lado bueno —dijo Benno, poniéndole una mano en el hombro a Sam.

—¿Y cuál es? —respondió Sam.

—Cuando menos el de la sesión fotográfica eres tú y no él —Benno le sonrió.

Sam puso los ojos en blanco y caminó de regreso al palacio.