Los primeros sobrevivientes del Alzheimer

Introducción

Perdido en la traducción

Si quieres ir rápido, ve solo. Si quieres ir lejos, ve acompañado.

PROVERBIO AFRICANO

Imagina que te acaban de decir que tienes Alzheimer. Dado que es una enfermedad tan común, hay una fuerte probabilidad de que le suceda a alguien que amas o a alguien que yo amo. Ahora imagina que, en lugar de escuchar que no hay esperanza, te dicen que se puede tratar de inmediato y puedes esperar que tu cognición normal vuelva. Es más, tus hijos pueden estar seguros de que ellos, sus hijos y las siguientes generaciones de tu familia pueden evitar la enfermedad de Alzheimer. Esta vuelta de suerte cambiará tu vida, reverberando a través de generaciones ad infinitum. Era la meta al traducir la investigación que mis colegas y yo realizamos hace más de 30 años en un programa terapéutico.

¿Recuerdas la primera vez que escuchaste cómo una enfermedad intratable finalmente se podía atender? A lo largo de la historia, los humanos hemos conquistado una enfermedad tras otra, muchas veces por medio de investigaciones bioquímicas, en ocasiones a través de anécdotas de medicina tribal y otras por mera suerte. Pero sin importar el método, el resultado con cada enfermedad derrotada se siente inicialmente milagroso: de pronto las condenas de muerte se anulan de miles o incluso millones de personas, restaurando la esperanza y el futuro para cada individuo. Tales eventos representan uno de los aspectos más satisfactorios de lo que significa ser humano, y nunca dejan de inspirarme.

Najiv era un adolescente en la década de 1940, y vivía en un pueblo de India, donde desarrolló fiebre, dolor de cabeza y cayó inconsciente. Lo llevaron en una carreta de bueyes de su pueblo a la ciudad, donde el doctor le diagnosticó meningitis bacteriana. En aquel entonces se trataba comúnmente de una enfermedad de rápida fatalidad. Sin embargo, en esta ocasión, el médico les dijo a los padres de Najiv: “Hasta hace una semana no hubiera habido nada que pudiera hacer por su hijo, pero acaba de llegar un nuevo medicamento desde Inglaterra. Se llama penicilina”. Así que, en lugar de morir, Najiv se recuperó por completo, algo de interés más que pasajero para nosotros: el hijo de Najiv es uno de los investigadores biomédicos más brillantes que yo haya conocido, y su investigación puede ofrecer la mejor esperanza para un tratamiento antiviral efectivo no solo para el covid-19 de la actual pandemia, sino para las subsecuentes pandemias de coronavirus, un progreso brillante con ramificaciones vitales a nivel global.

Ya sea que se trate del desarrollo de la primera vacuna por Edward Jenner —se ha señalado que Jenner es responsable de salvar más vidas que cualquier otro humano en la historia— o del descubrimiento de la insulina por parte de Frederick Banting y Charles Best, salvando así a millones de personas con diabetes, o del desarrollo del tratamiento triple de David Ho para tratar de manera efectiva el VIH, cada uno de estos pioneros conjuró esperanza de la desesperación, y cada uno hizo ondas a través de la realidad que vivimos día con día, creando posibilidades infinitas que hasta entonces no existían y alterando el futuro del mundo irrevocablemente.

Los siete sobrevivientes de los que leerás aquí —en sus propias palabras— son pioneros también. Escucharás a Kristin —la primera persona que adoptó nuestro protocolo (“paciente cero”)—, que había visto a su madre hundirse en la demencia y luego escuchó a su propio médico decir que ella iba directo hacia el mismo destino, sin esperanza de tratamiento. ¿Cómo nos sentiríamos si recibiéramos una noticia similar de nuestro doctor? También escucharás a Deborah, quien padeció mientras su amado padre y su abuela perdían la batalla ante el Alzheimer, y luego quedó horrorizada cuando desarrolló los mismos síntomas que ambos habían manifestado, preguntándose qué les esperaba a sus hijos. Y escucharás a Edward, a quien le dijeron que cerrara su negocio y pusiera todo en orden. Y a Marcy, que juntó docenas de multas porque nunca podía recordar ponerle dinero al parquímetro. Y a Sally, una maestra enfermera que dijo a sus alumnos que la medicina no podía ofrecer un tratamiento efectivo para los pacientes de Alzheimer, luego desarrolló la enfermedad ella misma y falló en un ensayo clínico. Y a Frank, que tenía planes para escribir un libro retratando su propio descenso a la demencia. Y finalmente a Julie, quien le preguntó a un experto neurólogo si nada más podía ayudarla a evitar un deterioro mayor y recibió como respuesta: “Suerte con eso”. Los pensamientos, preocupaciones, emociones y finalmente triunfos que experimentaron estos sobrevivientes se describen con una profundidad de sentimiento que solo es capaz de expresar quien lo ha vivido.

Todos estos pioneros siguen andando el camino: sobrevivieron tomografías por emisión de positrones, resonancias magnéticas, antecedentes familiares y los pronósticos “terminales” de sus médicos gracias a su curiosidad personal y su iniciativa para encontrar una nueva solución, su valor para atender los precursores subyacentes del deterioro cognitivo y su determinación para atenerse a un protocolo nuevo.

Gracias a estos primeros sobrevivientes, la dirección ya es clara para los otros millones de necesitados, tanto en prevención como en la reversión del deterioro cognitivo. Estos pioneros están catalizando un cambio de paradigma en la forma como pensamos, evaluamos, prevenimos y tratamos la enfermedad de Alzheimer y las condiciones previas a él, DCL (deterioro cognitivo leve) y DCS (deterioro cognitivo subjetivo).

Pero ¿por qué tardó tanto? La enfermedad de Alzheimer se describió por primera vez en 1906, sin embargo, los primeros sobrevivientes empezaron su tratamiento hasta 2012, más de un siglo después. ¿Por qué tanto tiempo? La diferencia fundamental entre la forma como se trataba a las personas en 1906 y 2012 (y desafortunadamente la forma como se sigue tratando a la mayoría, sin éxito, hoy), y los tratamientos empleados con todos los sobrevivientes es obvia: con todos los demás métodos, los pacientes recibían una prescripción procústea de un solo medicamento, como Aricept, que no tiene nada que ver con lo que en realidad provoca el deterioro cognitivo.

En cambio, cada uno de los sobrevivientes recibió evaluaciones para los distintos factores que provocan el declive mismo, y luego se atendieron esos factores con protocolos médicos personalizados y precisos que nombramos ReCODE (que en inglés significa: revertir el código del deterioro cognitivo). Algunos tenían infecciones no diagnosticadas. Marcy, por ejemplo, como verás en su historia, tenía una infección no diagnosticada por una mordida de garrapata, una relativamente común llamada ehrlichiosis, y tratarla, junto con los otros múltiples factores que contribuyeron al deterioro, fue importante para obtener el mejor resultado. Sally, por otra parte, tuvo una exposición a micotoxinas (las toxinas producidas por algunos mohos), y eliminar su exposición fue crucial para su éxito. Todos los sobrevivientes que conocerás tuvieron distintos factores en conjunto, así que el protocolo óptimo fue diferente en cada caso.

La noción de que una enfermedad crónica compleja como el Alzheimer no se debe tratar a ciegas, sino atendiendo los precursores subyacentes, podría parecer obvia. Tratar de atender el Alzheimer a tientas es como tratar de aterrizar una cápsula espacial en la luna señalando en una dirección al azar y cruzando los dedos, pero es justo el estándar de atención en muchos centros para Alzheimer en el mundo. ¿Por qué?

La respuesta se encuentra en el proverbio africano “Si quieres ir rápido, ve solo. Si quieres ir lejos, ve acompañado”. Es un consejo maravilloso en muchos casos, pero ¿qué pasa cuando sí vas acompañado y realmente llegas muy lejos… pero es en la dirección equivocada? Ahora, estar acompañado te ha alejado mucho más de tu meta que en un principio, y te está desviando más cada vez. Pero lo que amplifica este problema es que las personas con quienes te encuentras siguen intentando convencerse de que sí van en la dirección correcta, a pesar de toda la evidencia de lo contrario. Es más, el grupo entero ha vinculado su sustento a este desvío: con más fondos, desarrollo de medicamentos, fortunas farmacéuticas, publicaciones para añadir renombre, empresas de biotecnología, el poder de aprobar algo, las ceremonias autocongratulatorias, y mucho más. Hoy en día es virtualmente imposible modificar este curso. Lo que inició de forma idealista como ciencia y medicina se ha transformado en política… y en la política, una de las armas menos potentes es la verdad.

Hay una buena noticia en esto, una muy buena en realidad: y es que la investigación básica misma, la investigación fundacional sobre la que descansa el desarrollo de los tratamientos para el Alzheimer, es bastante sólida, reproducible y hasta elegante. Se ha aprendido mucho sobre la patología, epidemiología, microbiología y bioquímica de la enfermedad de Alzheimer, y ya se publicó en más de 100,000 artículos de biomédica. Así que las herramientas necesarias para jugar ajedrez con el demonio del Alzheimer sí están disponibles; la investigación es confiable, la información es precisa y sabemos mucho sobre la estrategia y las jugadas del demonio. Pero traducir todos estos datos en un tratamiento efectivo y en un protocolo de prevención es lo que ha fallado… miserablemente.

Dado que todos hemos seguido esta marcha en el fondo gadarena, ¡las recomendaciones del campo entero de tratamiento y prevención del Alzheimer son completamente retroactivas! Los expertos nos dicen que no revisemos nuestro estatus genético relativo al ApoE4, el riesgo genético más común para el Alzheimer, porque “no hay nada” que podamos hacer al respecto. Pero pregúntales a las más de 3,000 personas en la página ApoE4.Info, quienes comparten estrategias preventivas (la mayoría siguiendo una variación del protocolo ReCODE que hemos desarrollado). Los expertos nos dicen que “no hay nada capaz de prevenir, revertir ni retrasar la enfermedad de Alzheimer”. No obstante, publicaciones revisadas por médicos de múltiples grupos contradicen esta afirmación.1

Se nos ha dicho que las molestias cognitivas leves “probablemente no sean Alzheimer, así que no hay necesidad de preocuparse… y si es Alzheimer, no hay nada que se pueda hacer de todas maneras, entonces no hay necesidad de venir antes”. Es lo opuesto de lo que deberíamos hacer; de hecho, los cambios subyacentes en nuestro cerebro empiezan 20 años antes de un diagnóstico de Alzheimer, y hay una tremenda cantidad de cosas que se pueden hacer, tanto para prevenir como para revertir, al igual que estos sobrevivientes han descubierto. Entre más pronto empieces, más fácil será alcanzar una mejora. Y si tienes molestias cognitivas que no resulten estar vinculadas con el Alzheimer, ¡lo adecuado es tratarlas con éxito, por supuesto!

A tantos nos han dicho que nuestros problemas de memoria son “una parte normal del envejecimiento nada más”, que retrasamos el propio tratamiento que necesitamos y permitimos al Alzheimer tomarnos por sorpresa. Seguido, el médico dice: “Vuelve el año que viene, estás bien”, año con año, hasta que finalmente un año: “Ah, es Alzheimer, no tenemos ningún tratamiento, excepto un medicamento que no funciona”. No puedo señalar esto con suficiente firmeza: cuando tienes una prevención o un tratamiento adecuados, tu envejecimiento no debería estar acompañado de problemas cognitivos. La llamada pérdida de memoria relacionada con la edad significa que algo anda mal. Ahora podemos identificar los factores que la propician, lidiar con ellos de manera efectiva —entre más pronto mejor— y convertir a la demencia en una condición rara, como debería ser.

Esta idea de que la pérdida de memoria no es más que una parte normal del envejecimiento está tan extendida, que retarda nuestras evaluaciones y conlleva a malentendidos generalizados. Uno de los pacientes que vino a verme porque tenía “episodios de la edad” era un médico soberbio que resultó tener Alzheimer, documentado por una tomografía por emisión de positrones (PET, por sus siglas en inglés) de la capa amiloide, una tomografía FDG (fluorodexiglucosa, la cual mide el uso de glucosa en el cerebro) y una resonancia magnética (RM). También tenía fuertes antecedentes familiares y susceptibilidad genética con el alelo ApoE4. A pesar de toda esa documentación, le dijeron que solo presentaba ¡cambios leves en su memoria, relacionados con la edad! Pero sus pruebas mostraban que estaba destinado a acabar en un asilo si no hacía intervenciones eficaces. Y ahora está muy bien, afortunadamente.

A la par que los expertos nos dicen que no hagamos análisis genéticos, que no podemos hacer nada y la pérdida de memoria es una parte normal del envejecimiento, a la mayoría le falta comentar el punto más importante sin duda: los hijos de quienes padecen pérdida de memoria deberían ser evaluados cuando llegan a sus cuarenta y deberían comenzar un protocolo preventivo para acabar con la pérdida de memoria en la generación actual. Pero ¿cuándo fue la última vez que tu médico te explicó esto y ofreció hacer las evaluaciones pertinentes a cada uno de tus hijos?

Todo lo relacionado con la evaluación, la prevención y el tratamiento del deterioro cognitivo está totalmente de cabeza, y no es nada más por lo que los médicos nos dicen, sino por cómo respondemos; no puedo decirte cuántas veces he escuchado a un paciente decir: “No es para tanto; mi pareja tampoco está tan bien”. Hay un chiste muy viejo sobre una pareja similar de personas mayores. El esposo Bob le dice a su esposa Sadie: “Me preocupa mi memoria, así que te voy a dar un pequeño ejercicio de memoria: ¿puedes ir a la cocina y preparar dos huevos fritos, tortitas de papa, tres tiras de tocino y una taza de café negro?”. Sadie se ríe. “Ay, claro, qué fácil”, dice, y se va a la cocina. Bob escucha el golpeteo de ollas y sartenes, y unos 15 minutos después sale Sadie, cargando orgullosamente una copa llena de helado con chocolate derretido, crema batida y nueces picadas. Bob inclina la cabeza, la mira extrañado y se queja: “¡Oye, se te olvidó la cereza!”. Así pues, que tu pareja y tú presenten pérdida de memoria no es señal de que tú no necesitas una evaluación… ¡sino de que ambos necesitan una! Y como podrás imaginarte, las parejas que realizan juntos el protocolo suelen ayudarse mutuamente a seguirlo, facilitando mucho el proceso.

Los expertos nos dicen que “los medicamentos prometedores están en camino”. Lo hemos escuchado por décadas. En 1980 nos dijeron que habría algo efectivo en 1990; en 1990 nos dijeron que debería llegar para el año 2000, y así hemos seguido. Ya han fracasado más de 400 pruebas clínicas. Como la idea compartida es que la capa amiloide acumulada en el cerebro de pacientes con Alzheimer es la causa de la enfermedad, se han gastado miles de millones de dólares desarrollando y probando anticuerpos (anticuerpos monoclonales) para eliminar el amiloide. Uno tras otro tras otro no ha podido mejorar la cognición de pacientes con Alzheimer: desde el bapineuzumab, hasta el solanezumab, el crenezumab, el gantenerumab y, más recientemente, el aducanumab.

Este último se consideró el candidato más prometedor para el Alzheimer en años, y llevó a un aumento de miles de millones de dólares del valor de las acciones en su empresa farmacéutica, Biogen. No es ninguna sorpresa, porque una medicina realmente exitosa para el Alzheimer —para la que sin duda hay una necesidad apremiante— seguro se convertirá en un fármaco de 100,000 millones de dólares. Pero ¿en qué momento los intereses económicos se volvieron tan increíblemente altos que nublaron el análisis y el pensamiento racional necesarios para dar a los pacientes las mejores soluciones? Tal vez puedas juzgar por ti mismo: después de dos estudios clínicos fallidos, la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) de Estados Unidos rechazó la aprobación del aducanumab. Normalmente, esto hubiera terminado el proceso de aplicación, como ha sucedido para tantos otros candidatos. Pero el potencial de 100,000 millones de dólares es muy difícil de ignorar, así que un estadístico interno —empleado por Biogen— “reanalizó” la información. Y quién lo diría, el estadístico de Biogen encontró lo que el estadístico externo imparcial no: que se debería aprobar aducanumab después de todo. (Poco después del “reanálisis”, el estadístico dejó la empresa. Él afirmó que no tuvo nada que ver con su nuevo análisis).

¿Y por qué creyó que debían aprobarlo? No porque mejorara la cognición de los pacientes; nadie está sugiriendo que el aducanumab mejore la cognición de un paciente con enfermedad de Alzheimer. No porque detenga el deterioro cognitivo; no lo hizo. En cambio, el argumento fue que podría desacelerar ligeramente el deterioro de la cognición. En un estudio, no mostró tener tal efecto, mientras que en otro estudio sí mostró una desaceleración del deterioro, pero con una dosis, no con otra. Así que no tuvo ningún o casi ningún efecto. Sin embargo, fue suficiente para que Biogen presionara —eh, quise decir pidiera— a la FDA para que reconsiderara su aprobación.

La FDA accedió a la petición de Biogen de reconsiderarlo, pero antes de que su equipo de analistas externos se reuniera, la FDA sacó una declaración enviando “señales de humo”,2 donde sugería que aprobarían el fármaco. Decía: “Hay evidencia sustancial de efectividad para apoyar su aprobación”. Como podrás imaginar, las acciones de Biogen se dispararon, ¡añadiendo casi 20,000 millones de dólares al valor de la compañía! Sin embargo, solo dos días después —apenas tiempo suficiente para que la champaña perdiera sus burbujas—, un panel de expertos no afiliados a Biogen criticó severamente a la FDA por ese comunicado implicando una próxima aprobación y votaron abrumadoramente recomendar a la FDA que negara la aprobación del medicamento. Esto provocó que las acciones de Biogen se desplomaran 31%, restando 19,000 millones de dólares al valor de la compañía. Después de provocar una pérdida económica tan grande —que ya había sucedido antes, después de los resultados previos para el mismo fármaco—, el aducanumab amenaza con convertirse en el Bernie Madoff de los medicamentos para Alzheimer.

Si crees que huele mal que la FDA emitiera un comunicado insinuando una aprobación antes de que se reuniera el panel de analistas expertos, aprieta tu nariz porque se pone peor. En una jugada inusual, la FDA, que suele enviar dos revisiones distintas para cada fármaco candidato —uno por la FDA misma (con intención de ser imparcial, por supuesto) y otro por la empresa (que comprensiblemente se inclina hacia la aprobación)—, ¡incluyó los dos reportes en uno mismo! Este comportamiento hizo que hasta los vendedores de autos usados se carcajearan y negaran con la cabeza.

Pero he aquí el remate: a pesar de las fuertes recomendaciones en contra por parte de los expertos, la prueba fallida y el rechazo previo, la FDA todavía pudo aprobar el aducanumab (sí, lo leíste bien), ignorando las vehementes críticas del panel de expertos. De hecho, algunas fundaciones han sugerido que se acepte a pesar de la falta de eficacia demostrada, que es como decir: “Está bien, yo sé que el paracaídas no funciona, pero me lo quiero poner para saltar de todas formas. Y voy a pagar 100,000 millones de dólares por él”.

Irónicamente, estos anticuerpos diseñados para reducir la placa amiloide pueden resultar de valor en el tratamiento del Alzheimer… cuando se usan de una manera totalmente distinta. En lugar de tratar de eliminar el amiloide sin suprimir las múltiples agresiones causantes de que tu cerebro lo produzca —infecciones crónicas, prediabetes, daño vascular, toxinas, etcétera—, si se emplean los anticuerpos para retirar el amiloide después de que se hayan suprimido las agresiones y el metabolismo esté optimizado, entonces tendría sentido.

Así pues, como puedes ver, la traducción de las investigaciones sobre Alzheimer en un tratamiento y una prevención efectivos ha fallado y, por ende, las recomendaciones para quienes están en riesgo o exhiben síntomas casi no tienen sentido. El futuro involucra un método fundamentalmente distinto, dirigido a la determinación de todos los factores que propician el deterioro cognitivo y más adelante a atacarlos con un programa médico preciso y personalizado. Es el criterio que dio como resultado los primeros cinco sobrevivientes, cifra que ahora se encuentra en las centenas. Yo no sugerí este nuevo método ni rechacé las enseñanzas clásicas sobre Alzheimer a la ligera, sino que después de 30 años de investigación me di cuenta de que no tenían sentido.

Una lección de Disneylandia

En mi primer año de universidad quedé fascinado con el cerebro y, después de estudiar su anatomía, fisiología y química, quería comprender cómo era que enfermedades como Alzheimer, Parkinson y Huntington afectaban el funcionamiento normal del cerebro. Cuando el cerebro se ve afectado por diversas enfermedades, aparecen síntomas sorprendentes que revelan los procesos internos de nuestro sistema neural: algunas personas pierden por completo la capacidad de quedarse dormidas, una enfermedad llamada insomnio familiar fatal; otros mueven las extremidades mientras duermen, varias veces lesionando a sus parejas, en una condición que se conoce como trastorno de conducta del sueño REM, y otros más están convencidos de que sus parejas han sido reemplazadas por un impostor, en una condición llamada síndrome de Capgras.

Sin embargo, la escuela de medicina volvió muy evidente la triste realidad de lo que es trabajar con pacientes con enfermedades del cerebro. El término sanador se debía tomar con mucha libertad en neurología, ya que era más sobre diagnósticos que tratamientos. Las rotaciones de la escuela de medicina en obstetricia nos daban madres felices y bebés milagrosos; la cirugía torácica nos daba corazones sanos, y hasta la oncología presentaba sobrevivientes de cáncer. Noventa y nueve por ciento de ser neurólogo no se trataba de mejorar a las personas, sino de diagnosticar qué era eso con lo que no podías ayudarlas, desde Alzheimer, hasta Lou Gehrig y demencia frontotemporal, entre muchas otras enfermedades. Observábamos impotentes cómo las intricadas redes neurales que conferían humanidad a cada paciente se descomponían frente a nuestros ojos. Quedó claro que el área de mayor fracaso en el tratamiento médico era el de estas enfermedades neurodegenerativas. Yo esperaba que aprender más sobre ellas como residente de neurología y más adelante como neurocientífico iluminara un poco los motivos.

Paradójicamente, los expertos en neurología me enseñaron experiencia en el fracaso; colorear adentro de la línea cuando nada en el interior de ella había funcionado nunca quizá no era la mejor estrategia. Los expertos simplemente repetían la frase: “No hay nada que pueda prevenir, revertir ni retrasar la enfermedad de Alzheimer”. Se consideraba un principio fundamental que no debía cuestionarse. Como dijo el filósofo griego Epicteto: “Es imposible empezar a aprender algo que uno ya cree saber”. Por tanto, nos enfocamos en el diagnóstico, en la neuroanatomía y la neurofisiología, en la neuroquímica y la neurogenética, en todo excepto un abordaje terapéutico novedoso. Con los años me di por vencido respecto a la idea de curar y me enfoqué en ser un neurólogo.

Después de todos mis años de entrenamiento, me habían inculcado tanto el conocimiento de que las enfermedades neurodegenerativas eran terminales, imposibles de tratar, que me convertí en un experto en el fracaso. Como señaló Walt Disney, hay dos tipos de personas: las que dicen “sí, siempre y cuando” y las que dicen “no, porque”.3 Las personas de “no, porque” siempre pueden darte una larga lista de razones por las que una idea nueva va a fracasar, mientras que las personas de “sí, siempre y cuando” señalarán cómo, si tomas en cuenta consideraciones específicas, tu idea podría tener una oportunidad de éxito. Así nació Disneylandia, y de la misma manera llegamos a la Luna, nació el internet y se dio virtualmente cualquier otro avance notable.

Me di cuenta de que me había convertido en una persona que insistía en “no, porque”, un experto armado con una perfecta miríada de detalles académicos sofisticados, tan técnicos que eran abstrusos, para explicar por qué no podíamos hacer nada por quienes padecían Alzheimer. Me había convertido en un ministro ordenado de la Iglesia de la Desesperanza. Le expliqué a cada familia en duelo que el Emperador del Alzheimer estaba vestido con el Manto de la Imposibilidad, y aunque tal vez no fueran capaces de verlo, yo como experto podía asegurarles que estaba ahí realmente. Se quedaría corto decir que esta labor no inspiraba a nadie.

Por ello decidí abandonar la desesperanza de las clínicas de neurodegeneración —de hecho, no vi a un solo paciente durante 20 años— y establecer un laboratorio para estudiar los mecanismos bioquímicos fundamentales que promueven la muerte de células cerebrales y sus conexiones sinápticas. ¿Qué sale mal? ¿Cómo empieza? ¿Por qué es tan común? La idea era regresar a la clínica si mi grupo de laboratorio y yo lográbamos encontrar algo prometedor.

Es así que la buena noticia y la mala noticia son la misma: debido a los más de 100,000 artículos publicados sobre enfermedad de Alzheimer, virtualmente cualquier nueva teoría se puede rechazar muy rápido, en función de lo que ya se ha publicado. De hecho, es casi imposible proponer una teoría que satisfaga todos los numerosos hallazgos ya publicados. ¿Quizá el Alzheimer en verdad es una enfermedad imposible de tratar exitosamente?

Yo consideré el futuro: en algún punto, quizá 50 o 100 años más adelante, algún grupo va a crear un modelo preciso de la enfermedad de Alzheimer que pueda explicar los múltiples hallazgos disímiles en estudios epidemiológicos, genéticos y patológicos, y sobre todo prediga un tratamiento efectivo, además de explicar los numerosos tratamientos fallidos. ¿Qué podría pensar ese grupo que no hayamos pensado nosotros? ¿Qué molde podría romper ese grupo que no hayamos roto ya?

Todas las teorías anteriores explicaron pequeñas partes del panorama general —algunas explicaron trocitos de genética, unas piezas de patología, otras de epidemiología, por ejemplo—, pero ninguna fue compatible con todos los hallazgos. Y lo más importante, ninguna llevó jamás hacia un tratamiento eficaz.

Reflexionamos sobre lo que una teoría exitosa tendría que explicar:

  • ¿Por qué parece que los múltiples factores de riesgo no están conectados, desde la reducción de la vitamina D y del estrógeno, hasta las infecciones crónicas, la homocisteína elevada, las cardiopatías, la apnea del sueño, la inflamación sistémica y la exposición al mercurio, entre otras?
  • ¿Por qué algunas personas acumulan grandes cantidades del amiloide asociado con el Alzheimer y, sin embargo, no tienen deterioro cognitivo, mientras que otras sufren ese declive cognitivo con poco o nada de amiloide?
  • ¿Cómo es que el ApoE4 —un factor de riesgo que tienen 75 millones de personas en Estados Unidos nada más— crea tal peligro de padecer Alzheimer?
  • ¿Por qué el riesgo de tener Alzheimer aumenta dramáticamente con la edad?
  • ¿Por qué el Alzheimer inicia donde inicia en el cerebro, muchas veces en un área específica del lóbulo temporal, y se extiende como lo hace?
  • ¿Por qué el Alzheimer se asocia con regiones plásticas del cerebro, regiones vinculadas con el aprendizaje y la memoria?
  • ¿Por qué ha fallado el tratamiento farmacológico del Alzheimer?
  • Y la prioridad principal, ¿cómo podemos abordar con éxito un tratamiento para el Alzheimer?

Si nos adelantamos unas cuantas décadas de observar células cerebrales morir en una cajita de Petri, de usar moscas de fruta para crear el Alzheimer de la mosca y ratones transgénicos para crear el Alzheimer del ratón, y de probar miles y miles de compuestos para identificar un candidato farmacológico óptimo… todos esos miles de experimentos nos llevan a unas cuantas conclusiones impactantes:

  • La raíz de la enfermedad de Alzheimer —su naturaleza más fundamental— es una insuficiencia crónica o repetida. No se trata de una simple insuficiencia, como la deficiencia de vitamina C, la cual conduce al escorbuto, sino una insuficiencia en las redes de neuroplasticidad, una red cerebral que cambia con el aprendizaje y la memoria. No se trata de proteínas mal plegadas, ni del amiloide, ni de la proteína tau, ni los priones, ni las especies reactivas de oxígeno —todos mediadores de la respuesta a la insuficiencia, pero no la causa—, sino de una insuficiencia de neuroplasticidad. Es como tener una nación entera en recesión: existen muchos factores que potencialmente la propician y se deben identificar y rectificar para acabar con la recesión. Para extender la analogía, el coronavirus es una causa de la recesión (el principal factor), mientras que quedarse en casa es un mediador; para poner fin a la recesión, necesitamos erradicar el coronavirus (o volvernos inmunes a él). Solo dejar nuestro hogar no limitará la causa, por lo que no habrá solución al problema.
  • Las redes de neuroplasticidad requieren muchos factores para funcionar en óptimas condiciones, desde hormonas y nutrientes, hasta factores de crecimiento, un flujo de sangre oxigenada y energía, pero también necesitan la ausencia de infecciones, toxinas e inflamación para operar con eficiencia.
  • El amiloide y la proteína tau que han sido vilificadas en el contexto de la enfermedad de Alzheimer en realidad son parte de la respuesta protectora a las agresiones creadas por la insuficiencia y, por ende, atacarlas con medicamentos es de poca ayuda a menos que primero identifiques y elimines la ofensiva y mitigues la insuficiencia.

Tales conclusiones sugieren una estrategia de tratamiento completamente distinta de cualquier cosa que se haya probado antes. En lugar de tratar con una sola medicina que sea igual para cada persona, necesitamos darle otro giro: evaluar en cada persona todos los parámetros distintos requeridos para que la red funcione —hormonas, nutrientes, infecciones, etc.— y luego enfocarnos en los que encontremos en un nivel subóptimo. Así pues, en 2011 propusimos el primer estudio integral para la enfermedad de Alzheimer. Desafortunadamente, nos rechazó el Consejo Institucional de Revisión (IRB, por sus siglas en inglés), el cual determina si está permitido llevar a cabo pruebas clínicas con humanos, porque proponíamos un nuevo tipo de estudio clínico que probaría un algoritmo, un abordaje personalizado dependiente de lo que causaba el deterioro cognitivo, en lugar de solo analizar un medicamento. Ser rechazados por el IRB fue muy deprimente. ¿Cómo íbamos a poder determinar si este método iba por buen camino?

Poco después de eso recibí una llamada de la persona que se convertiría en la paciente cero, lo cual fue bastante sorpresivo, considerando que no había atendido a un paciente en 20 años. Y aunque la paciente cero —Kristin— vivía a miles de kilómetros de distancia, tenía una amiga en la bahía de San Francisco que había escuchado hablar de nuestra investigación. Kristin cambió el mundo del Alzheimer y ahora puedes leer cómo lo hizo —y cómo otras seis personas lo hicieron también— en sus propias palabras, en las siguientes páginas.

PRIMERA PARTE

YA NO DOBLAN LAS CAMPANAS POR TI:
LOS PRIMEROS SOBREVIVIENTES CUENTAN SU HISTORIA