AGRADECIMIENTOS

Escuché por primera vez la expresión "alfabetización emocional" de labios de Eileen Rockefeller Growald, entonces fundadora y presidenta del Instituto para el Progreso de la Salud. Fue esta conversación casual la que despertó mi interés y dio marco a las investigaciones que finalmente se convirtieron en este libro. En el curso de estos años ha sido un placer seguir de cerca a Eileen mientras ella enriquecía este campo.

El apoyo del Fetzer Institute de Kalamazoo, en Michigan, me ha permitido contar con el tiempo para explorar más profundamente el posible significado de "alfabetización emocional", y estoy en deuda con Rob Lehman, presidente del Instituto, por su aliento crucial en los primeros momentos y por la actual colaboración con David Sluyter, director de programa del mismo. Fue Rob Lehman quien, al comienzo de mis investigaciones, me instó a escribir un libro sobre la alfabetización emocional.

Entre mis más profundas deudas está la que tengo con cientos de investigadores que a lo largo de los años han compartido sus descubrimientos conmigo, y cuyos esfuerzos están estudiados y sintetizados aquí. A Pe ter Salovey, de Y ale, le debo el concepto de "inteligencia emocional". También me he beneficiado del hecho de conocer el trabajo en curso de muchos educadores y profesionales del arte de la prevención primaria, que se encuentran a la vanguardia del nuevo movimiento de la alfabetización emocional. Sus esfuerzos prácticos para brindar mejores habilidades sociales y emocionales a los niños, y para recrear las escuelas como entornos más humanos han resultado inspiradores. Entre ellos se encuentran Mark Greenberg y David Hawkins, de la Universidad de Washington; David Schaps y Catherine Lewis, del Centro de Estudios del Desarrollo de Oakland, California; Tim Shriver, del Centro de Estudios Infantiles; Roger Weissber, de la Universidad de Illinois en Chicago; Maurice Elias, de Rutgers; Shelly Kessler, del Instituto Goddard de Enseñanza y Aprendizaje, de Boulder, Colorado; Chevy Martin y Karen Stone McCown del Centro de Aprendizaje Nueva, en Hillsborough, California; y Linda Lantieri, directora del Centro Nacional para la Resolución Creativa de Conflictos, en la ciudad de Nueva York.

Tengo una deuda especial con aquellos que estudiaron y comentaron partes de este manuscrito: Howard Gardner, de la Escuela de Educación para Graduados, de la Universidad de Harvard; Peter Salovey, del Departamento de Psicología de la Universidad de Yale; Paul Ekman, director del Laboratorio de Interacción Humana de la Universidad de California, en San Francisco; Michael Lerner, director de Commonweal en Bolinas, California; Denis Prager, entonces director del Programa de Salud de la Fundación John D. y Catherine T. MacArthur; Mark Gerzon, director de Common Enterprise, en Boulder, Colorado; Mary SchwabStone, MD, del Centro de Estudios Infantiles, de la Facultad de Medicina de la Universidad de Yale; David Spiegel, MD, del Departamento de Psiquiatría de la Facultad ge Medicina de la Universidad de Stanford; Mark Greenberg, director del Programa de Pista Rápida, de la Universidad de Washington; Shoshona Zuboff, de la Escuela de Administración de Harvard; Joseph LeDoux, del Centro de Neurología de la Universidad de Nueva York; Richard Davidson, director del Laboratorio de Psicofisiología de la Universidad de Wisconsin; Paul Kaufman, de Mind and Media, en Point Reyes, California; Jessica Brackman, Naomi Wolf y, especialmente, a Fay Goleman.

Entre quienes me ofrecieron sus opiniones valiosas y eruditas se encuentran Page DuBois, un helenista de la Universidad del sur de California; Matthew Kapstein, filósofo de ética y religión de la Universidad de Columbia; y Steven Rockefeller, biógrafo intelectual de John Dewey, del Middlebury College. Joy Nolan reunió relatos de episodios emocionales; Margaret Howe y Annette Spychalla prepararon el apéndice sobre los efectos de los programas de alfabetización emocional. Sam y Susan Harris proporcionaron el equipamiento esencial.

Mis editores de The New York Times en la última década han apoyado maravillosamente mis diversas investigaciones sobre nuevos descubrimientos a propósito de las emociones, que aparecieron por primera vez en las páginas de ese periódico y que informan gran parte de esta obra.

Toni Burbank, mi editor en Bantam Books, ofreció el entusiasmo editorial y la agudeza que incentivó mi determinación y mis ideas.

Y mi esposa, Tara Bennett-Goleman, proporcionó el nido de calidez, amor e inteligencia que alimentó la realización de este proyecto.

Título

EL DESAFIO DE ARISTOTELES

Cualquiera puede ponerse furioso… eso es fácil. Pero estar furioso con la persona correcta, en la intensidad correcta, en el momento correcto, por el motivo correcto, y de la forma correcta… eso no es fácil.

ARISTOTELES, Etica a Nicómaco

Era una tarde de agosto insoportablemente húmeda en la ciudad de Nueva York, el tipo de tarde húmeda que hace que la gente esté de mal humor. Yo regresaba al hotel y al subir al autobús que me llevaba a Madison Avenue me sorprendió oír que el conductor —un negro de mediana edad— me saludaba con un cordial "¡Hola! ¿Cómo le va?", saludo que ofrecía a todo el que subía mientras el autobús se deslizaba entre el denso tránsito del centro de la ciudad. Todos los pasajeros estaban tan sorprendidos como yo y, atrapados en el clima taciturno favorecido por el día, pocos respondieron al saludo.

Pero mientras el autobús avanzaba lentamente calle arriba se produjo una transformación lenta, casi mágica. El conductor ofreció a los pasajeros un ágil monólogo, un animado comentario sobre los escenarios que se sucedían ante nosotros: había una liquidación increíble en esa tienda, una exposición maravillosa en ese museo, ¿alguien había oído hablar de la nueva película que acababan de poner en el cine de la otra manzana? El deleite que sentía ante las variadas posibilidades que brindaba la ciudad resultó contagioso. Cuando los pasajeros bajaban del autobús, lo hacían despojados del caparazón de mal humor con que habían subido; y cuando el conductor gritaba un "¡Hasta pronto, que tenga un buen día!", cada uno respondía con una sonrisa.

El recuerdo de ese encuentro me acompañó durante casi veinte años. En la época en que viajé en ese autobús a Madison Avenue acababa de obtener el doctorado en psicología, pero en aquellos tiempos la psicología prestaba poca atención a la forma en que podía producirse semejante transformación. La ciencia psicológica sabía poco y nada de los mecanismos de la emoción. Sin embargo, al imaginar el virus de buenos sentimientos que seguramente se había propagado por toda la ciudad, empezando por los pasajeros del autobús, comprendí que el conductor era una especie de pacificador urbano, formidable por su capacidad para transformar la hosca irritabilidad que acumulaban sus pasajeros, para suavizar y abrir sus corazones.

En contraste, estos son algunos temas del periódico de esta semana:

• En una escuela local, un niño de nueve años se dedica a arrojar pintura sobre los pupitres, las computadoras y las impresoras, y a destrozar un coche del aparcamiento de la escuela. El motivo: algunos compañeros del tercer curso le llamaron "bebé", y quiso impresionarlos.

• Ocho jovencitos resultan heridos cuando un choque involuntario con un grupo de adolescentes que se arremolina en la entrada de un club de rap de Manhattan da lugar a una serie de encontronazos que terminan cuando uno de los agredidos dispara una pistola automática calibre 38 sobre el grupo. El informe señala que esos disparos ante desaires aparentemente insignificantes, que son percibidos como faltas de respeto, se han vuelto cada vez más comunes en todo el país en los últimos años.

• Según un informe, el 57% de los asesinos de menores de doce años, son sus padres o padrastros. En casi la mitad de los casos, los padres dicen que estaban "sencillamente tratando de disciplinar al niño". Las palizas fatales fueron propinadas por "infracciones" como tapar el televisor, llorar o ensuciar los pañales.

• Un joven alemán es procesado por el asesinato de cinco mujeres y niñas turcas en un incendio que provocó mientras aquellas dormían. Forma parte de un grupo neonazi; habla de su imposibilidad de conservar los trabajos, de la bebida, culpa de su mala suerte a los extranjeros. En voz apenas audible, alega: "No puedo dejar de lamentar lo que he hecho, y estoy infinitamente avergonzado".

En los noticieros de todos los días abundan informes de este tipo sobre la desintegración de la cortesía y la seguridad, un ataque violento del impulso ruin que todo lo destruye. Pero las noticias sólo reflejan en una escala más amplia la sensación de que existen cada vez más emociones fuera de control en nuestra propia vida y en la de quienes nos rodean.

Nadie queda apartado de esta errática corriente de arrebato y arrepentimiento; impregna la vida de todos, de una u otra forma.

En la última década hemos visto una constante sucesión de informes de este tipo, que reflejan un aumento de la ineptitud emocional, la desesperación y la imprudencia en nuestras familias, nuestras comunidades y nuestra vida colectiva. Estos años han sido la crónica de una creciente rabia y desesperación, ya sea en la quieta soledad de los niños encerrados con el televisor por la babysitter, o en el dolor de los niños abandonados, descuidados o maltratados, o en la espantosa intimidad de la violencia marital. Una extendida enfermedad emocional se expresa en el aumento de los casos de depresión en el mundo entero, y en los recordatorios de una creciente corriente de agresividad: adolescentes que van a la escuela con armas, accidentes en autopistas que acaban con disparos, ex empleados descontentos que asesinan a sus antiguos compañeros de trabajo. Maltrato emocional, disparos indiscriminados y estrés postraumático son expresiones que han pasado a formar parte del léxico común en la última década mientras la frase en boga ha pasado de la alegre "Que le vaya bien", a la irritabilidad de "Déjeme en paz".

Este libro es una guía para dar un sentido al absurdo. En mi condición de psicólogo y de periodista de The New York Times durante la última década, he estado siguiendo el avance de nuestra comprensión científica del reino de lo irracional. Desde esa posición me he visto sorprendido por dos tendencias opuestas, una que retrata la creciente calamidad de nuestra vida emocional compartida y otra que ofrece algunos remedios útiles.

Por qué emprender ahora esta exploración

La última década, a pesar de las malas noticias que produjo, también fue testigo de un entusiasmo sin precedentes con respecto al estudio científico de las emociones. Más increíbles son las visiones del cerebro en funcionamiento, posibilitadas por métodos innovadores como las nuevas tecnologías de las imágenes cerebrales. Estos métodos han hecho visible por primera vez en la historia de la humanidad lo que siempre ha sido una fuente de absoluto misterio: exactamente cómo opera esta intrincada masa de células mientras pensamos y sentimos, imaginamos y soñamos. Esta corriente de datos neurobiológicos nos permite comprender más claramente que nunca cómo los centros de la emoción del cerebro nos provocan ira o llanto, y cómo partes más primitivas del mismo, que nos mueven a hacer la guerra y también el amor, están canalizadas para bien o para mal. Esta claridad sin precedentes con respecto al funcionamiento de las emociones y sus fallos revela algunos nuevos remedios para nuestras crisis emocionales colectivas.

Para escribir este libro he tenido que esperar a que la cosecha científica fuera lo suficientemente abundante. Estas comprensiones tardan tanto en adquirirse, en gran medida porque el lugar de los sentimientos en la vida mental ha quedado sorprendentemente descuidado por la investigación a lo largo de los años, convirtiéndose las emociones en un enorme continente inexplorado por la psicología científica. Este vacío se ha llenado por una avalancha de libros de autoayuda, consejos bienintencionados basados, en el mejor de los casos, en la opinión clínica pero carentes en su mayoría de base científica. Ahora, por fin, la ciencia es capaz de abordar con autoridad estos interrogantes urgentes y sorprendentes que despierta la psiquis en su aspecto más irracional, con el fin de trazar con cierta precisión el mapa del corazón humano.

Este mapa ofrece un desafío a aquellos que adhieren a una visión estrecha de la inteligencia, argumentando que el cociente intelectual es un factor genético que no puede ser modificado por la experiencia vital, y que nuestro destino en la vida está fijado en gran medida por estas aptitudes. Ese argumento pasa por alto la pregunta más desafiante: ¿Qué podemos cambiar que ayude a nuestros hijos a tener mejor suerte en la vida? ¿Qué factores entran en juego, por ejemplo, cuando las personas que tienen un elevado cociente intelectual tienen dificultades y las que tienen un cociente intelectual modesto se desempeñan sorprendentemente bien? Yo afirmaría que la diferencia suele estar en las habilidades que aquí llamamos inteligencia emocional, que incluye el autodominio, el celo y la persistencia, y la capacidad de motivarse uno mismo. Y estas habilidades, como veremos más adelante, pueden enseñarse a los niños, dándoles así mejores posibilidades de utilizar el potencial intelectual que la lotería genética les haya brindado.

Más allá de esta posibilidad surge un apremiante imperativo moral. Vivimos una época en la que el tejido de la sociedad parece deshacerse a una velocidad cada vez mayor, en la que el egoísmo, la violencia y la ruindad espiritual parecen corromper la calidad de nuestra vida comunitaria. Aquí, el argumento que sustenta la importancia de la inteligencia emocional gira en tomo a la relación que existe entre sentimiento, carácter e instintos morales. Existen cada vez más pruebas de que las posturas éticas fundamentales en la vida surgen de capacidades emocionales subyacentes. En principio, el impulso es el instrumento de la emoción; la semilla de todo impulso es un sentimiento que estalla por expresarse en la acción. Quienes están a merced del impulso —los que carecen de autodominio— padecen una deficiencia moral: la capacidad de controlar el impulso es la base de la voluntad y el carácter. Por la misma razón, la raíz del altruismo se encuentra en la empatía, la capacidad de interpretar las emociones de los demás; si no se siente la necesidad o la desesperación del otro, no existe preocupación. Y si existen dos posturas morales que nuestra época reclama son precisamente estas: dominio de sí mismo y compasión.

Nuestro viaje

En este libro hago las veces de guía de un viaje a través de esta penetración científica en las emociones, un viaje destinado a brindar una mayor comprensión a algunos de los momentos más desconcertantes de nuestra propia vida y del mundo que nos rodea. El propósito del viaje es comprender qué significa proporcionar inteligencia a la emoción y cómo hacerlo. Esta comprensión misma puede ayudar en cierta medida; proporcionar conocimiento al reino de los sentimientos produce un efecto similar al impacto de un observador en el nivel cuántico de la física, alterando lo que es observado.

Nuestro viaje comienza en la Primera Parte con nuevos descubrimientos sobre la arquitectura emocional del cerebro que ofrecen una explicación de los momentos más desconcertantes de nuestra vida, cuando el sentimiento arrasa con toda racionalidad. Comprender el interjuego de estructuras cerebrales que dominan nuestros momentos de rabia y temor —o de pasión y dicha— revela mucho acerca de cómo incorporamos los hábitos emocionales que pueden minar nuestras mejores intenciones, así como acerca de lo que podemos hacer para someter nuestros más destructivos o contraproducentes impulsos emocionales. Más importante aún es el hecho de que los datos neurológicos sugieren una ventana de oportunidades para modelar los hábitos emocionales de nuestros hijos.

La siguiente parada importante en nuestro viaje, la Segunda Parte de este libro, consiste en ver cómo intervienen los factores neurológicos en el talento básico para vivir llamado inteligencia emocional: ser capaz, por ejemplo, de refrenar el impulso emocional; interpretar los sentimientos más íntimos del otro; manejar las relaciones de una manera fluida; en palabras de Aristóteles, la rara habilidad de "ponerse furioso con la persona correcta, en la intensidad correcta, en el momento correcto, por el motivo correcto, y de la forma correcta". (Los lectores que no estén interesados en los detalles neurológicos tal vez quieran pasar directamente a esa parte.)

Este modelo ampliado de lo que significa ser "inteligente" coloca las emociones en el centro de las aptitudes para vivir. La Tercera Parte examina algunas diferencias clave que encierran estas aptitudes: cómo dichas habilidades pueden preservar nuestras relaciones más preciadas, o la falta de las mismas puede corroerlas; cómo las fuerzas del mercado que están dando nueva forma a nuestra vida laboral están adjudicando un valor sin precedentes a la inteligencia emocional para el éxito en el trabajo; y cómo las emociones negativas suponen para nuestra salud física un riesgo tan grande como el hábito de fumar, aunque el equilibrio emocional puede ayudar a proteger nuestra salud y bienestar.

La herencia genética nos dota de una serie de rasgos emocionales que determinan nuestro temperamento. Pero el circuito cerebral implicado es extraordinariamente maleable; temperamento no es destino. Como muestra la Cuarta Parte, las lecciones emocionales que aprendemos de niños en casa y en la escuela dan forma a los circuitos emocionales haciéndonos más expertos —o ineptos— en la base de la inteligencia emocional. Esto significa que la infancia y la adolescencia son ventanas críticas de oportunidad para fijar los hábitos emocionales esenciales que gobernarán nuestra vida.

La Quinta Parte explora los peligros que acechan a aquellos que, mientras maduran, no logran dominar el reino emocional: cómo las deficiencias en la inteligencia emocional realzan un espectro de riesgos, desde la depresión o una vida de violencia hasta trastornos en la alimentación o abuso de las drogas. Y documenta cómo las escuelas pioneras están enseñando a los niños las habilidades emocionales y sociales que necesitan para mantener su vida encarrilada.

Tal vez el dato más perturbador de este libro surge de un estudio de padres y maestros y muestra una tendencia mundial de la actual generación de niños a tener más conflictos emocionales que la anterior: a ser más solitarios y deprimidos, más airados e indisciplinados, más nerviosos y propensos a preocuparse, más impulsivos y agresivos.

Si existe un remedio, creo que debe estar en la forma en que preparemos a nuestros jóvenes para la vida. En la actualidad dejamos librada al azar la educación emocional de nuestros hijos, con resultados cada vez más desastrosos. Una solución consiste en tener una nueva visión de lo que las escuelas pueden hacer para educar al alumno como un todo, reuniendo mente y corazón en el aula. Nuestro viaje concluye con visitas a clases innovadoras que tienen como objetivo dar a los niños una base para los elementos de la inteligencia emocional. Imagino un futuro en el que la educación incluirá como rutina el inculcar aptitudes esencialmente humanas como la conciencia de la propia persona, el autodominio y la empatía, y el arte de escuchar, resolver conflictos y cooperar.

En la Etica a Nicómaco, la indagación filosófica de Aristóteles sobre la virtud, el carácter y la buena vida, su desafío consiste en administrar nuestra vida emocional con inteligencia. Nuestras pasiones, bien ejercitadas, son sabias; guían nuestro pensamiento, nuestros valores, nuestra subsistencia. Pero es fácil que lo hagan mal, y a menudo es así. Desde el punto de vista de Aristóteles, el problema no está en la emocionalidad, sino en la conveniencia de la emoción y su expresión. La pregunta es: ¿cómo podemos poner inteligencia en nuestras emociones… y cortesía en nuestras calles y preocupación y cuidado en nuestra vida en común?

Título

Primera Parte

EL CEREBRO EMOCIONAL

Título

1

¿PARA QUE SON LAS EMOCIONES?

Es con el corazón como vemos correctamente; lo esencial es invisible a los ojos.

ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY,
El principito

Consideremos los últimos momentos de la vida de Gary y Mary Jane Chauncey, una pareja totalmente consagrada a su hija Andrea, de once años, confinada en una silla de ruedas a causa de la parálisis cerebral. La familia Chauncey viajaba en un tren Amtrak que cayó al río después que una barcaza chocara con un puente del ferrocarril en Luisiana, derribándolo. La pareja pensó ante todo en su hija e hizo todo lo posible por salvarla mientras el agua inundaba el tren; finalmente lograron empujar a Andrea por una ventana, para que el equipo de rescate pudiera sacarla. Entonces, mientras el vagón se hundía en el agua, murieron.1

La historia de Andrea, la de los padres cuyo último acto heroico consiste en asegurar la supervivencia de su hija, encierra un momento de valentía casi mítica. Sin duda, estos episodios de sacrificio paterno por su descendencia se han repetido infinidad de veces en la historia y la prehistoria de la humanidad, e infinidad de veces más en el curso más amplio de la evolución de nuestra especie.2 Visto desde la perspectiva de los biólogos evolucionistas, este sacrificio por parte de los padres está al servicio del "éxito reproductivo", al pasar los propios genes a las generaciones futuras. Pero desde la perspectiva de un padre que toma una decisión desesperada en un momento de crisis, sólo se trata de amor.

Como comprensión del propósito y la fuerza de las emociones, este acto ejemplar de heroísmo paterno demuestra el papel del amor altruista —y de todas las otras emociones que sentimos— en la vida humana.3 Sugiere que nuestros sentimientos más profundos, nuestras pasiones y anhelos, son guías esenciales, y que nuestra especie debe gran parte de su existencia al poder que aquellos tienen sobre los asuntos humanos. Ese poder es extraordinario. Sólo un amor poderoso —la urgencia de salvar a un hijo querido— podría llevar a un padre a pasar por alto el impulso de la supervivencia personal. Considerado desde el punto de vista del intelecto, su sacrificio personal es discutiblemente irracional; desde el punto de vista del corazón, es la única elección posible.

Los sociobiólogos señalan el predominio del corazón sobre la cabeza en momentos cruciales como ese cuando hacen conjeturas acerca de por qué la evolución ha dado a las emociones un papel tan importante en la psiquis humana. Nuestras emociones, dicen, nos guían cuando se trata de enfrentar momentos difíciles y tareas demasiado importantes para dejarlas sólo en manos del intelecto: los peligros, las pérdidas dolorosas, la persistencia hacia una meta a pesar de los fracasos, los vínculos con un compañero, la formación de una familia. Cada emoción ofrece una disposición definida a actuar; cada una nos señala una dirección que ha funcionado bien para ocuparse de los desafíos repetidos de la vida humana.4 Dado que estas situaciones se repiten una y otra vez a lo largo de la historia de la evolución, el valor de supervivencia de nuestro repertorio emocional fue confirmado por el hecho de que quedaron grabados en nuestros nervios como tendencias innatas y automáticas del corazón humano.

Una visión de la naturaleza humana que pasa por alto el poder de las emociones es lamentablemente miope. El nombre mismo de Homo sapiens, la especie pensante, resulta engañoso a la luz de la nueva valoración y visión que ofrece la ciencia con respecto al lugar que ocupan las emociones en nuestra vida. Como todos sabemos por experiencia, cuando se trata de dar forma a nuestras decisiones y a nuestras acciones, los sentimientos cuentan tanto como el pensamiento, y a menudo más. Hemos llegado muy lejos en lo que se refiere a destacar el valor y el significado de lo puramente racional —lo que mide el cociente intelectual en la vida humana. Para bien o para mal, la inteligencia puede no tener la menor importancia cuando dominan las emociones.

Cuando las pasiones aplastan a la razón

Fue una sucesión de errores trágicos. Matilda Crabtree, de catorce años, quiso hacerle una broma a su padre: salió de un armario dando un salto y gritando "¡Buuu!" mientras sus padres entraban en casa a la una de la mañana, después de visitar a unos amigos.

Pero Bobby Crabtree y su esposa pensaron que Matilda se quedaba esa noche en casa de unos amigos. Al oír ruidos mientras entraba en su casa, Crabtree buscó su pistola calibre 357 y entró en el dormitorio de Matilda para investigar. Cuando Matilda salió de un salto del armario, Crabtree le disparó al cuello. Matilda Crabtree murió doce horas más tarde.5

Un legado emocional de la evolución es el temor que nos mueve a proteger a nuestra familia del peligro; ese fue el impulso que empujó a Bobby Crabtree a buscar su arma y registrar la casa para encontrar al intruso que él creía que había entrado. El miedo llevó a Crabtree a disparar antes de darse cuenta de a dónde disparaba, incluso antes de reconocer la voz de su hija. Las reacciones automáticas de este tipo han quedado grabadas en nuestro sistema nervioso, suponen los biólogos evolucionistas, porque durante un período prolongado y crucial de la prehistoria humana marcaron la diferencia entre supervivencia y muerte. Más importante aún, intervenían en la principal tarea de la evolución: ser capaz de dar a luz a una descendencia que presentara estas predisposiciones genéticas… una triste ironía, teniendo en cuenta la tragedia que se produjo en el hogar de los Crabtree.

Pero mientras nuestras emociones han sido guías sabias en la evolución a largo plazo, las nuevas realidades que la civilización presenta han surgido con tanta rapidez que la lenta marcha de la evolución no puede mantener el mismo ritmo. En efecto, las primeras leyes y declaraciones de la ética —el Código de Hammurabi, los Diez Mandamientos de los Hebreos, los Edictos del emperador Ashoka— pueden interpretarse como intentos por dominar, someter y domesticar la vida emocional. Como describió Freud en El malestar en la cultura, la sociedad ha tenido que imponerse sin reglas destinadas a someter las corrientes de exceso emocional que surgen libremente en su interior.

A pesar de estas limitaciones sociales, las pasiones aplastan a la razón una y otra vez. Esta característica de la naturaleza humana surge de la arquitectura básica de la vida mental. En términos de diseño biológico para el circuito neurológico básico de la emoción, aquello con lo que nacemos es lo que funcionó mejor en las 50.000 últimas generaciones humanas, no en las 500 últimas… y sin duda no en las cinco últimas. Las lentas y deliberadas fuerzas de la evolución que han dado forma a nuestras emociones han hecho su trabajo en el curso de un millón de años; los 10.000 últimos años —a pesar de haber sido testigos del rápido crecimiento de la civilización humana y de la explosión de la población humana, que pasó de cinco millones a cinco mil millones— han dejado pocas huellas en las plantillas biológicas de nuestra vida emocional.

Para bien o para mal, nuestra valoración de cada encuentro personal y nuestras respuestas al mismo están moldeadas no sólo por nuestro juicio racional o nuestra historia personal, sino también por nuestro lejano pasado ancestral. Esto nos deja inclinaciones a veces trágicas, como demuestran los tristes acontecimientos del hogar de los Crabtree. En resumen, con demasiada frecuencia nos enfrentamos a dilemas posmodemos con un repertorio emocional adaptado a las urgencias del pleistoceno. Esa dificultad forma el núcleo de mi trabajo.

Impulsos para la acción

Un día de principios de primavera conducía por una autopista, sobre un puerto de montaña de Colorado, cuando una repentina borrasca cubrió de nieve el camino. Miré atentamente hacia adelante y no logré ver nada; el remolino de nieve se había convertido en una enceguecedora mancha blanca. Hundí el pie en el freno y sentí la ansiedad que recorría todo mi cuerpo y oí los latidos de mi corazón.

La ansiedad se convirtió en miedo absoluto: frené a un costado del camino y esperé a que la borrasca pasara. Media hora más tarde la nevisca cesó, la visibilidad se normalizó y yo continué mi camino; pero unos cientos de metros más adelante me vi obligado a detenerme otra vez: un equipo de una ambulancia ayudaba al pasajero de un coche que había chocado con el que lo precedía; la colisión había bloqueado la autopista. Si yo hubiera seguido adelante a pesar de la nieve, probablemente habría chocado con ellos.

La cautela a la que el temor me obligó aquel día tal vez me salvó la vida. Como un conejo paralizado de terror al ver un zorro que pasa —o un protomamífero que se esconde de un dinosaurio que merodea—, quedé dominado por un estado interior que me obligó a parar, prestar atención y tener en cuenta el peligro inminente.

En esencia, todas las emociones son impulsos para actuar, planes instantáneos para enfrentamos a la vida que la evolución nos ha inculcado. La raíz de la palabra emoción es motere, el verbo latino "mover", además del prefijo "e", que implica "alejarse, lo que sugiere que en toda emoción hay implícita una tendencia a actuar. Que las emociones conducen a la acción es muy evidente cuando observamos a niños o animales; sólo es en los adultos "civilizados" en los que tan a menudo encontramos la gran anomalía del reino animal: emociones —impulsos arraigados que nos llevan a actuar— divorciadas de la reacción evidente.6

En nuestro repertorio emocional, cada emoción juega un papel singular, como quedó revelado por sus características sintonías biológicas (véase el Apéndice A para conocer detalles sobre las emociones "básicas"). Con nuevos métodos para explorar el cuerpo y el cerebro, los investigadores están descubriendo más detalles fisiológicos acerca de cómo cada emoción prepara al organismo para una clase distinta de respuesta:7

• Con la ira, la sangre fluye a las manos, y así resulta más fácil tomar un arma o golpear a un enemigo; el ritmo cardíaco se eleva y un aumento de hormonas como la adrenalina genera un ritmo de energía lo suficientemente fuerte para originar una acción vigorosa.

• Con el miedo, la sangre va a los músculos esqueléticos grandes, como los de las piernas, y así resulta más fácil huir, y el rostro queda pálido debido a que la sangre deja de circular por él (creando la sensación de que la sangre "se hiela"). Al mismo tiempo, el cuerpo se congela, aunque sólo sea por un instante, tal vez permitiendo que el tiempo determine si esconderse sería una reacción más adecuada. Los circuitos de los centros emocionales del cerebro desencadenan un torrente de hormonas que pone al organismo en alerta general, haciendo que se prepare para la acción, y la atención se fija en la amenaza cercana, lo mejor para evaluar qué respuesta ofrecer.

• Entre los principales cambios biológicos de la felicidad hay un aumento de la actividad en un centro nervioso que inhibe los sentimientos negativos y favorece un aumento de la energía disponible, y una disminución de aquellos que generan pensamientos inquietantes. Pero no hay un cambio determinado de la fisiología salvo una tranquilidad, que hace que el cuerpo se recupere más rápidamente del despertar biológico de las emociones desconcertantes. Esta configuración ofrece al organismo un descanso general, además de buena disposición y entusiasmo para cualquier tarea que se presente y para esforzarse por conseguir una gran variedad de objetivos.

• El amor, los sentimientos de ternura y la satisfacción sexual dan lugar a un despertar parasimpático: el opuesto fisiológico de la movilización "lucha o huye" que comparten el miedo y la ira. La pauta parasimpática, también llamada "respuesta de la relajación", es un conjunto de reacciones de todo el organismo, que genera un estado general de calma y satisfacción, facilitando la cooperación.

• El levantar las cejas en expresión de sorpresa permite un mayor alcance visual y también que llegue más luz a la retina. Esto ofrece más información sobre el acontecimiento inesperado, haciendo que resulte más fácil distinguir con precisión lo que está ocurriendo e idear el mejor plan de acción.

• La expresión de disgusto es igual en el mundo entero y envía un mensaje idéntico: algo tiene un sabor o un olor repugnante, o lo es en sentido metafórico. La expresión facial de disgusto —el labio superior torcido a un costado mientras la nariz se frunce ligeramente— sugiere, como señaló Darwin, un intento primordial de bloquear las fosas nasales para evitar un olor nocivo o de escupir un alimento perjudicial.

• Una función importante de la tristeza es ayudar a adaptarse a una pérdida significativa, como la muerte de una persona cercana, o una decepción grande. La tristeza produce una caída de la energía y el entusiasmo por las actividades de la vida, sobre todo por las diversiones y los placeres y, a medida que se profundiza y se acerca a la depresión, hace más lento el metabolismo del organismo. Este aislamiento introspectivo crea la oportunidad de llorar por una pérdida o una esperanza frustrada, de comprender las consecuencias que tendrá en la vida de cada uno y, mientras se recupera la energía, planificar un nuevo comienzo. Esta pérdida de energía puede haber obligado a los primeros humanos entristecidos —y vulnerables— a permanecer cerca de casa, donde estaban más seguros.

Estas tendencias biológicas a actuar están moldeadas además por nuestra experiencia de la vida y nuestra cultura. Por ejemplo, universalmente, la pérdida de un ser querido provoca tristeza y pesar. Pero la forma en que mostramos nuestro pesar —cómo se demuestran las emociones o se contienen para los momentos de intimidad— está moldeada por la cultura, lo mismo que el hecho de decidir qué personas de nuestra vida entran en la categoría de "seres queridos" a los que llorar.

El prolongado período de la evolución en el que estas respuestas emocionales fueron forjadas representó sin duda la realidad más dura que la mayor parte de los humanos soportó como especie después de los albores de la historia conocida. Hubo una época en que pocos niños sobrevivían a la infancia y pocos adultos vivían hasta los treinta años, cuando los depredadores podían atacar en cualquier momento, cuando los caprichos de la sequía y las inundaciones marcaban la diferencia entre inanición y supervivencia. Pero con la llegada de la agricultura e incluso de las sociedades humanas más rudimentarias, las probabilidades de supervivencia empezaron a cambiar dramáticamente. En los diez mil últimos años, cuando estos avances se afianzaron en el mundo entero, las feroces presiones que mantenían a raya a la población humana se aflojaron de manera continua.

Esas mismas presiones habían hecho que nuestras respuestas emocionales fueran tan valiosas para la supervivencia; a medida que disminuían, también lo hacía la calidad de la adaptación de las distintas partes de nuestro repertorio emocional. Mientras en el pasado una ira violenta puede haber supuesto una ventaja crucial para la supervivencia, el hecho de tener acceso a armas automáticas a los trece años la convierte en una reacción a menudo desastrosa.8

Nuestras dos mentes

Una amiga me contaba que su divorcio había sido una separación dolorosa. Su esposo se había enamorado de una mujer más joven de su trabajo y le anunció repentinamente que la dejaba para irse a vivir con la otra mujer. Se sucedieron meses de amargas disputas por la casa, el dinero y la custodia de los hijos. Ahora, al cabo de unos meses, decía que su independencia le resultaba atractiva y que se sentía feliz de estar sola. "No pienso más en él… realmente no me importa", dijo. Pero mientras lo decía, los ojos se le llenaron de lágrimas.

Esas lágrimas repentinas podrían haber pasado inadvertidas. Pero darse cuenta de que el lagrimeo de alguien significa que está triste a pesar de que dice lo contrario, es un acto de comprensión tan claro como lo es el desentrañar el sentido de las palabras de una página impresa. Uno es un acto de la mente emocional, el otro de la mente racional. En un sentido muy real, tenemos dos mentes, una que piensa y otra que siente.

Estas dos formas fundamentalmente diferentes de conocimiento interactúan para construir nuestra vida mental. Una, la mente racional, es la forma de comprensión de la que somos típicamente conscientes: más destacada en cuanto a la conciencia, reflexiva, capaz de analizar y meditar. Pero junto a este existe otro sistema de conocimiento, impulsivo y poderoso, aunque a veces ilógico: la mente emocional. (Para una descripción más detallada de las características de la mente emocional, véase el Apéndice B.)

La dicotomía emocional/racional se aproxima a la distinción popular entre "corazón" y "cabeza"; saber que algo está bien "en el corazón de uno" es una clase de convicción diferente —en cierto modo una clase de certidumbre más profunda— que pensar lo mismo de la mente racional. Existe un declive constante en el índice del control racional-a-emocional sobre la mente; cuanto más intenso es el sentimiento, más dominante se vuelve la mente emocional, y más ineficaz la racional. Esta es una combinación que parece surgir de eones de la ventaja evolutiva de que las emociones y las intuiciones guían nuestra respuesta instantánea en situaciones en las que nuestra vida está en peligro, y en las que detenerse a reflexionar en lo que debemos nacer podría costamos la vida.

Estas dos mentes, la emocional y la racional, operan en ajustada armonía en su mayor parte, entrelazando sus diferentes formas de conocimiento para guiarnos por el mundo. Por lo general existe un equilibrio entre mente emocional y racional, en el que la emoción alimenta e informa las operaciones de la mente racional, y la mente racional depura y a veces veta la energía de entrada de las emociones. Sin embargo, la mente emocional y la mente racional son facultades semiindependientes, y, como veremos, cada una refleja la operación de un circuito distinto pero interconectado del cerebro.

En muchos momentos, o en la mayoría de ellos, estas mentes están exquisitamente coordinadas; los sentimientos son esenciales para el pensamiento, y el pensamiento lo es para el sentimiento. Pero cuando aparecen las pasiones, la balanza se inclina: es la mente emocional la que domina y aplasta la mente racional. Erasmo de Rotterdam, un humanista del siglo dieciséis, escribió en tono satírico acerca de esta tensión perenne entre razón y emoción:9

Júpiter ha concedido mucha más pasión que razón… se podría calcular una relación de 24 a uno. Puso a dos airados tiranos en oposición al poder solitario de la Razón: la ira y la lujuria. Hasta qué punto puede prevalecer la Razón contra estas dos fuerzas combinadas es algo que la vida común del hombre deja bien claro. La Razón hace lo único que puede y se desgañita repitiendo fórmulas de virtud, mientras las otras dos le ordenan que se ahorque y son cada vez más ruidosas y ofensivas, hasta que por fin su Gobernante queda exhausto, renuncia y abandona.

Cómo creció el cerebro

Para captar mejor el poderoso dominio de las emociones sobre la mente pensante —y por qué sentimiento y razón están tan prontos a la guerra— consideremos cómo evolucionó el cerebro. El cerebro humano, con su casi kilo y medio de células y jugos nerviosos, tiene un tamaño aproximadamente tres veces mayor que el de nuestros parientes más cercanos en la escala evolutiva, los primates no humanos. En el curso de millones de años de evolución, el cerebro ha crecido de abajo hacia arriba, y sus centros más elevados se desarrollaron como elaboraciones de partes más inferiores y más antiguas. (El crecimiento del cerebro en el embrión humano reconstruye aproximadamente este curso evolutivo.)

La parte más primitiva del cerebro, compartida con todas las especies que tienen más que un sistema nervioso mínimo, es el tronco cerebral que rodea la parte superior de la médula espinal. Esta raíz cerebral regula las funciones vitales básicas como la respiración y el metabolismo de los otros órganos del cuerpo, además de controlar las reacciones y movimientos estereotipados. No se puede decir que este cerebro primitivo piense o aprenda; más bien es un conjunto de reguladores preprogramados que mantienen el organismo funcionando como debe y reaccionando de una forma que asegura la supervivencia. Este cerebro fue el predominante en la Era de los Reptiles: imaginemos una serpiente que sisea para señalar la amenazá de un ataque.

A partir de la raíz más primitiva, el tronco cerebral, surgieron los centros emocionales. Millones de años más tarde en la historia de la evolución, a partir de estas áreas emocionales evolucionaron el cerebro pensante o "neocorteza", el gran bulbo de tejidos enrollados que formó las capas superiores. El hecho de que el cerebro pensante surgiera del emocional es muy revelador con respecto a la relación que existe entre pensamiento y sentimiento; el cerebro emocional existió mucho tiempo antes que el racional.

La raíz más primitiva de nuestra vida emocional es el sentido del olfato o, más precisamente, en el lóbulo olfativo, las células que toman y analizan los olores. Cada entidad viviente, ya sea nutritiva, venenosa, compañero sexual, depredador o presa, tiene una sintonía molecular definida que puede ser transportada en el viento. En esos tiempos primitivos el olor se convirtió en el sentido supremo para la supervivencia.

A partir del lóbulo olfativo empezaron a evolucionar los antiguos centros de la emoción, haciéndose por fin lo suficientemente grandes para rodear la parte superior del tronco cerebral. En sus etapas rudimentarias, el centro olfativo estaba compuesto por poco más que delgadas capas de neuronas reunidas para analizar el olor. Una capa de células tomaba lo que se olía y lo separaba en las categorías más importantes: comestible o tóxico, sexualmente accesible, enemigo o alimento. Una segunda capa de células enviaba mensajes reflexivos a todo el sistema nervioso indicando al organismo lo que debía hacer: morder, escupir, acercarse, huir, perseguir.10

Con la llegada de los primeros mamíferos aparecieron nuevas capas clave del cerebro emocional. Estas, rodeadas por el tronco cerebral, se parecen aproximadamente a una rosca de pan a la que le falta un mordisco en la base, donde se asienta el tronco. Dado que esta parte del cerebro circunda y bordea el tronco cerebral, se la llamó sistema "límbico", de la palabra latina "limbus", que significa "borde". Este nuevo territorio nervioso añadía emociones adecuadas al repertorio del cerebro.11 Cuando estamos dominados por el anhelo o la furia, trastornados por el amor o retorcidos de temor, es el sistema límbico el que nos domina.

A medida que evolucionaba, el sistema límbico refinó dos herramientas poderosas: aprendizaje y memoria. Estos avances revolucionarios permitían a un animal ser mucho más inteligente en sus elecciones con respecto a la supervivencia, y afinar sus respuestas para adaptarse a las cambiantes demandas más que mostrar reacciones invariables y automáticas. Si un alimento provocaba enfermedad, podía evitarse en la siguiente ocasión. Decisiones tales como saber qué comer y qué desechar aún eran determinadas en gran medida por el olor; las relaciones entre el bulbo olfativo y el sistema límbico asumieron la tarea de hacer distinciones entre los olores y reconocerlos, comparando un olor presente con olores pasados y discriminando así lo bueno de lo malo. Esto se hacía a través del "rinencéfalo", que literalmente significa "cerebro nasal", una parte del tendido límbico, y las bases rudimentarias de la neocorteza, el cerebro pensante.

Hace aproximadamente 100 millones de años, el cerebro de los mamíferos se desarrolló repentinamente. Sobre la parte superior de la delgada corteza de dos capas —las zonas que planifican, comprenden lo que se percibe, coordinan el movimiento— se añadieron varias capas nuevas de células cerebrales que formaron la neocorteza. En contraste con la corteza de dos capas del cerebro primitivo, la neocorteza ofrecía una ventaja intelectual extraordinaria.

La neocorteza del Homo sapiens, mucho más grande que en ninguna otra especie, ha añadido todo lo que es definidamente humano. La neocorteza es el asiento del pensamiento; contiene los centros que comparan y comprenden lo que perciben los sentidos. Añade a un sentimiento lo que pensamos sobre él, y nos permite tener sentimientos con respecto a las ideas, el arte, los símbolos y la imaginación.

En la evolución, la neocorteza permitió una juiciosa afinación que sin duda ha creado enormes ventajas en la capacidad de un organismo para sobrevivir a la adversidad, haciendo más probable que su progenie transmitiera a su vez los genes que contienen ese mismo circuito nervioso. Esta ventaja para la supervivencia se debe al talento de la neocorteza para trazar estrategias, planificar a largo plazo y desarrollar otras artimañas mentales. Más allá de eso, el triunfo del arte, de la civilización y la cultura son frutos de la neocorteza.

Este nuevo añadido al cerebro permitió agregar un matiz a la vida emocional. Tomemos por ejemplo el amor. Las estructuras límbicas generan sentimientos de placer y deseo sexual, las emociones que alimentan la pasión sexual. Pero el agregado de la neocorteza y sus conexiones con el sistema límbico permitieron que surgiera el vínculo madre-hijo, que es la base de la unidad familiar y el compromiso a largo plazo de la crianza que hace posible el desarrollo humano. (Las especies que no poseen neocorteza, como los reptiles, carecen de afecto maternal; cuando sus crías salen del huevo, deben ocultarse para evitar ser devoradas.) En los seres humanos, el lazo protector entre progenitor e hijo permite gran parte de la maduración para seguir el curso de una larga infancia… durante la cual el cerebro continúa desarrollándose.

A medida que avanzamos en la escala filogenética desde el reptil al macaco y al humano, la masa misma de la neocorteza aumenta; con ese aumento se produce un crecimiento geométrico en las interconexiones del circuito cerebral. Cuanto más grande es el número de esas conexiones, más amplia es la gama de respuestas posibles. La neocorteza permite la sutileza y complejidad de la vida emocional, como la capacidad de tener sentimientos con respecto a nuestros sentimientos. Hay más neocorteza-a-sistema límbico en los primates que en otras especies —y mucho más en los humanos— que sugiere por qué somos capaces de desplegar una variedad mucho más amplia de reacciones a nuestras emociones, y más matices. Mientras un conejo o un macaco tienen un conjunto limitado de respuestas típicas al temor, la neocorteza humana, más grande, permite un repertorio mucho más ágil… incluida una llamada a un patrullero de la policía. Cuanto más complejo es el sistema social, más esencial resulta esa flexibilidad… y no existe mundo social más complejo que el nuestro.12

Pero estos centros más elevados no gobiernan toda la vida emocional; en asuntos cruciales del corazón —y más especialmente en emergencias emocionales— se puede decir que se remiten al sistema límbico. Debido a que muchos de los centros más elevados del cerebro crecieron a partir de la zona límbica o ampliaron el alcance de esta, el cerebro emocional juega un papel fundamental en la arquitectura nerviosa. En tanto raíz a partir de la cual creció el cerebro más nuevo, las zonas emocionales están entrelazadas a través de innumerables circuitos que ponen en comunicación todas las partes de la neocorteza. Esto da a los centros emocionales un poder inmenso para influir en el funcionamiento del resto del cerebro… incluidos sus centros de pensamiento.

Título

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ANATOMIA DE UN ASALTO EMOCIONAL

La vida es una comedia para aquellos que piensan y una tragedia para aquellos que sienten.

HORACE WALPOLE

Era una calurosa tarde de agosto de 1963, el mismo día en que el reverendo Martin Luther King, Jr., pronunció, durante una marcha en Washington por los derechos civiles, el discurso en el que dijo: "Tengo un sueño". Aquel día Richard Robles, un avezado ladrón que acababa de quedar en libertad condicional tras una condena de tres años por más de cien asaltos que había perpetrado para mantener su hábito con la heroína, decidió hacer uno más. Quería apartarse del delito, afirmó Robles más tarde, pero necesitaba desesperadamente dinero para su novia y la hija de tres años de ambos.

El apartamento en el que entró aquel día pertenecía a dos mujeres jóvenes, Janice Wylie, de veintiún años, investigadora de la revista Newsweek, y Emily Hoffert, de veintitrés años, maestra de escuela primaria. Aunque Robles eligió robar en el apartamento del ostentoso Upper East Side de Nueva York porque pensó que no encontraría a nadie, Wylie estaba en casa. Después de amenazarla con un cuchillo, Robles la ató. Mientras salía del apartamento, llegó Hoffert. Para escapar sin problemas, Robles empezó a atarla también a ella.

Como relata Robles años más tarde, mientras estaba atando a Hoffert, Janice Wylie le advirtió que su delito no quedaría impune: ella recordaría su cara y ayudaría a la policía a localizarlo. Robles, que se había prometido que aquel sería su último asalto, sintió pánico al oírla y perdió totalmente el control. En un ataque tomó un sifón y golpeó a las mujeres hasta que quedaron inconscientes y luego, dominado por la ira y el temor, las apuñaló una y otra vez con un cuchillo de cocina. Veinticinco años más tarde, al reflexionar sobre aquel momento, Robles se lamentaba: "Me volví loco. La cabeza me estalló".

En la actualidad Robles tiene mucho tiempo para arrepentirse de aquellos pocos minutos de rabia desatada. Mientras escribo esto, unas tres décadas más tarde, él todavía se encuentra en prisión por lo que se conoció como el "Asesinato de las jóvenes profesionales".

Estos estallidos emocionales son asaltos nerviosos. En esos momentos, como sugiere la prueba, un centro del cerebro límbico declara una emergencia y recluta al resto del cerebro para su urgente orden del día. El asalto se produce en un instante, desencadenando esta reacción unos decisivos instantes antes de que la neocorteza, el cerebro pensante, haya tenido oportunidad de vislumbrar plenamente lo que está ocurriendo, para no hablar de decidir si es una buena idea. El sello de semejante asalto es que una vez que el momento pasa, los que han quedado así dominados tienen la sensación de no saber qué les ocurrió.

Estos asaltos no son en modo alguno incidentes aislados y horrendos que conducen a crímenes brutales como el Asesinato de las chicas profesionales. En una forma menos catastrófica —aunque no necesariamente menos intensa— nos ocurren con bastante frecuencia. Piense en la última vez que "perdió los nervios" y estalló con alguien —su cónyuge o su hijo, o tal vez el conductor de otro coche— hasta un extremo que más tarde, tras un poco de reflexión y comprensión, le pareció injustificado. Con toda probabilidad eso también fue un asalto, un ataque nervioso que, como veremos, se origina en la amígdala, un centro del cerebro límbico.

No todos los asaltos límbicos son perturbadores. Cuando un chiste le parece a alguien tan gracioso que su risa casi resulta explosiva, esa también es una respuesta límbica. Y se produce también en momentos de intensa dicha: cuando después de varios fracasos trágicos en su intento de hacerse con la Medalla de Oro de las Olimpiadas en la especialidad de patinaje de velocidad (que se había propuesto ganar para su hermana agonizante), Dan Jansen finalmente la ganó en la carrera de los mil metros en los Juegos Olímpicos de Invierno 1994 celebrados en Noruega, su esposa quedó tan abrumada por la excitación y la felicidad que tuvo que ser atendida por los médicos de la guardia de la pista.

El asiento de toda pasión

En los seres humanos, la amígdala (que deriva de la palabra griega que significa "almendra") es un racimo en forma de almendra de estructuras interconectadas que se asientan sobre el tronco cerebral, cerca de la base del anillo límbico. Existen dos amígdalas, una a cada costado del cerebro, apoyadas hacia el costado de la cabeza. La amígdala del ser humano es relativamente grande, comparada con la de cualquiera de nuestros primos más cercanos en la escala evolutiva, los primates.

El hipocampo y la amígdala eran dos partes clave del primitivo "cerebro nasal" que, en la evolución, dio origen a la corteza y luego a la neocorteza. En nuestros días, estas estructuras límbicas se ocupan de la mayor parte del aprendizaje y el recuerdo del cerebro; la amígdala es la especialista en asuntos emocionales. Si la amígdala queda separada del resto del cerebro, el resultado es una notable incapacidad para apreciar el significado emocional de los acontecimientos; a veces se llama a esta condición "ceguera afectiva".

Al carecer de peso emocional, los encuentros pierden su fuerza. Un joven al que se le había extirpado quirúrgicamente la amígdala con el fin de controlar los ataques graves que padecía, perdió todo interés en la gente y prefería quedarse sentado a solas, sin mantener contacto con otras personas. Aunque era perfectamente capaz de mantener una conversación, ya no reconocía a sus amigos íntimos, a sus parientes, ni siquiera a su madre, y permanecía impasible al ver la expresión angustiada de los demás ante su indiferencia. Junto con la amígdala parecía haber perdido toda capacidad de reconocer los sentimientos, así como todo sentimiento por los sentimientos.1 La amígdala actúa como depósito de la memoria emocional, y así tiene importancia por sí misma; la vida sin amígdala es una vida despojada de significados personales.

Además del afecto, hay otros factores relacionados con la amígdala; de ella dependen todas las pasiones. Los animales a los que les ha sido extirpada o cortada la amígdala carecen de miedo y furia, pierden la urgencia por competir o cooperar y ya no tienen noción del lugar que ocupan en el orden social de su especie; la emoción está embotada o ausente. Las lágrimas, una señal emocional singular de los seres humanos, son desencadenadas por la amígdala y por una estructura cercana, la circunvolución cingulada; un abrazo, unas caricias o cualquier otro tipo de consuelo alivia estas mismas regiones cerebrales, interrumpiendo los sollozos. Sin amígdala no hay lágrimas de pesar que deban ser aliviadas.

Joseph LeDoux, un neurólogo del Centro para la Ciencia Neurológica de la Universidad de Nueva York, fue el primero en descubrir el papel clave que juega la amígdala en el cerebro emocional.2 LeDoux forma parte de una nueva generación de neurólogos que se inspiran en tecnologías y métodos innovadores que proporcionan un nivel anteriormente desconocido de precisión para trazar el mapa del cerebro en funcionamiento, y así poder poner al descubierto misterios de la mente que anteriores generaciones de científicos han considerado impenetrables. Sus descubrimientos sobre el circuito del cerebro emocional echan por tierra una antigua noción con respecto al sistema límbico, colocando la amígdala en el centro de la acción y adjudicando papeles muy distintos a otras estructuras límbicas.3

La investigación de LeDoux explica cómo la amígdala puede ejercer el control sobre lo que hacemos incluso mientras el cerebro pensante, la neocorteza, está intentando tomar una decisión. Como veremos, el funcionamiento de la amígdala y su interjuego con la neocorteza están en el núcleo de la inteligencia emocional.

La red de transporte

Lo más misterioso para la comprensión del poder que tienen las emociones en la vida mental son esos momentos de apasionamiento de los que luego, una vez calmada la tormenta, nos arrepentimos; la pregunta es por qué nos volvemos irracionales con tanta facilidad. Tomemos, por ejemplo, el caso de una joven que condujo durante dos horas hasta Boston para desayunar y pasar el día con su novio. Durante el desayuno él le dio un regalo que ella llevaba meses esperando: un grabado artístico difícil de encontrar, traído de España. Pero su dicha se esfumó cuando sugirió que después de desayunar fueran a ver una película que hacía tiempo que quería ver, y su novio la dejó atónita al responder que no podía pasar el día con ella porque tenía un entrenamiento de softball. Dolorida y desconcertada, se levantó de la mesa hecha un mar de lágrimas, salió del bar y, movida por un impulso, arrojó el grabado a un cubo de basura. Meses más tarde, al recordar el incidente, no se lamenta de haberse marchado sino de haber perdido el grabado.

Es en momentos como estos —en los que el sentimiento impulsivo supera lo racional— cuando el papel recién descubierto de la amígdala se vuelve fundamental. Las señales provenientes de los sentidos permiten que la amígdala explore cada experiencia en busca de problemas. Esto coloca a la amígdala en un lugar destacado en la vida mental, algo así como el de un centinela psicológico que desafía cada situación, cada percepción, y que tiene en la mente una sola clase de pregunta: "¿Esto es algo que detesto? ¿Algo que me hace daño? ¿Algo a lo que temo?". Si es así, si la respuesta es afirmativa, la amígdala reacciona instantáneamente, como una red de transporte nerviosa, telegrafiando un mensaje de crisis a todas las partes del cerebro.

En la arquitectura del cerebro, la amígdala constituye algo así como una compañía de alarmas, donde los operadores están preparados para hacer llamadas de emergencia al departamento de bomberos, a la policía y a un vecino cada vez que un sistema de seguridad interno indica que hay problemas.

Cuando suena una alarma de temor, por ejemplo, esta envía mensajes urgentes a cada parte importante del cerebro: provoca la secreción de las hormonas que facilitan la reacción de ataque-o-fuga, moviliza los centros del movimiento y activa el sistema cardiovascular, los músculos y los intestinos.4 Otros circuitos desde la amígdala indican la secreción de masas de la hormona norepinefrina para elevar la reactividad de zonas clave del cerebro, incluidas aquellas que hacen que los sentidos estén más despiertos y que ponen el cerebro en estado de alerta. Las señales adicionales que llegan desde la amígdala indican al tronco cerebral que dé al rostro una expresión de temor, que paralice los movimientos inconexos que 1os músculos tenían en preparación, que acelere el ritmo cardíaco y eleve la presión sanguínea, y disminuya la respiración. Otras centran la atención en la fuente del temor y preparan los músculos para reaccionar en consecuencia. Simultáneamente, los sistemas de la memoria cortical se ponen en marcha para recuperar cualquier conocimiento importante para la emergencia del momento, colocándolos en un lugar prioritario con respecto a otras series de pensamientos.

Y estos son sólo parte de una serie de cambios cuidadosamente coordinada que la amígdala dirige mientras recluta distintas áreas del cerebro (para un informe más detallado, véase el Apéndice C). La extensa red de conexiones nerviosas de la amígdala le permite, durante una emergencia emocional, atraer y dirigir gran parte del resto del cerebro, incluida la mente racional.

El centinela emocional

Un amigo me cuenta que estuvo de vacaciones en Inglaterra y, después de tomar el desayuno en una cafetería cercana al canal, decidió bajar los escalones de piedra que desembocan en el mismo; entonces vio a una muchachita que miraba el agua fijamente, con el rostro congelado por el temor. Sin saber por qué, saltó al agua, con la chaqueta y la corbata puestas. Sólo entonces, mientras estaba en el agua, se dio cuenta de que lo que la chica miraba con tanto pánico era un bebé que había caído al agua. Mi amigo logró rescatarlo.

¿Qué fue lo que lo hizo saltar al agua antes de saber por qué lo hacía? Probablemente, fue su amígdala.

En uno de los descubrimientos sobre las emociones más reveladores de la última década, la obra de LeDoux demostró cómo la arquitectura del cerebro concede a la amígdala una posición privilegiada como centinela emocional, capaz de asaltar al cerebro.5 Su investigación ha demostrado que las señales sensoriales del ojo y el oído viajan primero en el cerebro al tálamo y luego —mediante una única sinapsis— a la amígdala; una segunda señal del tálamo se dirige a la neocorteza, el cerebro pensante. Esta bifurcación permite a la amígdala empezar a responder antes que la neocorteza, que elabora la información mediante diversos niveles de circuitos cerebrales antes de percibir plenamente y por fin iniciar su respuesta más perfectamente adaptada.

La investigación de LeDoux es revolucionaria para la comprensión de la vida emocional porque es la primera que encuentra vías nerviosas para los sentimientos que evitan la neocorteza. Entre los sentimientos que toman la ruta directa a través de la amígdala se incluyen los más primitivos y potentes; este circuito hace mucho por explicar el poder de la emoción para superar la racionalidad.

El punto de vista convencional en neurología ha sido que el ojo, el oído y otros órganos sensoriales transmiten señales al tálamo, y de ahí a zonas de la neocorteza de procesamiento sensorial, donde las señales se unen formando objetos a medida que las percibimos. Las señales son clasificadas con el fin de encontrar significados de manera tal que el cerebro reconozca qué es cada objeto y qué significa su presencia. La antigua teoría sostiene que a partir de la neocorteza las señales son enviadas al cerebro límbico, y de allí la respuesta apropiada se difunde por el cerebro y el resto del cuerpo. Así es como funciona la mayor parte del tiempo, pero LeDoux descubrió un conjunto más pequeño de neuronas que conduce directamente desde el tálamo hasta la amígdala, además de aquellos que recorren la vía más larga de neuronas a la corteza. Esta vía más pequeña y más corta —una especie de callejón nervioso— permite a la amígdala recibir algunas entradas directas de los sentidos y comenzar una respuesta antes de que queden plenamente registradas por la neocorteza.

Este descubrimiento echa por tierra la noción de que la amígdala debe depender totalmente de las señales de la neocorteza para formular sus reacciones emocionales. La amígdala puede desencadenar una respuesta emocional a través de esta ruta de emergencia incluso mientras entre la amígdala y la neocorteza se inicia un circuito paralelo reverberante. La amígdala puede hacer que nos pongamos en acción mientras la neocorteza —algo más lenta pero plenamente informada— despliega su plan de reacción más refinado.

Con su investigación sobre el miedo en los animales, LeDoux trastocó el saber predominante con respecto a las vías recorridas por las emociones. En un experimento crucial destruyó la corteza auditiva de las ratas, y luego las expuso a un tono unido a una descarga eléctrica. Las ratas aprendieron rápidamente a temer al tono, aunque el sonido de este no podía quedar registrado en su neocorteza. En lugar de eso, el sonido siguió la ruta directa. desde el oído al tálamo y a la amígdala, salteando todas las avenidas más elevadas. En resumen, las ratas habían aprendido una reacción emocional sin ninguna implicación cortical más elevada: la amígdala percibía, recordaba y orquestaba su temor de forma independiente.

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La señal visual va primero de la retina al tálamo, donde es traducida al lenguaje del cerebro. La mayor parte del mensaje va entonces a la corteza visual, donde es analizada y evaluada en busca de significado y de respuesta apropiada; si esa respuesta .es emocional, una señal va a la amígdala para activar. los centros emocionales. Pero una porción más pequeña de la señal original va directamente desde el tálamo a la amígdala en una transmisión más rápida, permitiendo una respuesta más rápida (aunque menos precisa). Así la amígdala puede desencadenar una respuesta emocional antes de que los centros corticales hayan comprendido perfectamente lo que está ocurriendo.

"Anatómicamente, el sistema emocional puede actuar con independencia de la neocorteza", me explicó LeDoux. "Algunas reacciones emocionales y memorias emocionales pueden formarse sin la menor participación consciente y cognitiva." La amígdala puede albergar recuerdos y repertorios de respuestas que efectuamos sin saber exactamente por qué lo hacemos porque el atajo desde el tálamo hasta la amígdala evita completamente la neocorteza. Este desvío parece permitir que la amígdala sea un depósito de impresiones y recuerdos emocionales de los que nunca fuimos plenamente conscientes. LeDoux propone que es el papel subterráneo de la amígdala en la memoria lo que explica, por ejemplo, un sorprendente experimento en el que las personas adquirieron una preferencia por figuras geométricas de forma extraña que les habían sido mostradas en destellos a una velocidad tan elevada que no habían sido conscientes de que las veían.6

Otra investigación ha demostrado que en las primeras milésimas de segundo durante las cuales percibimos algo, no sólo comprendemos inconscientemente de qué se trata, sino que decidimos si nos gusta o no; el "inconsciente cognitivo" presenta a nuestra conciencia no sólo la identidad de lo que vemos, sino una opinión sobre ello.7 Nuestras emociones tienen mente propia, una mente que puede sostener puntos de vista con bastante independencia de nuestra mente racional.

El especialista en memoria emocional

Esas opiniones inconscientes son recuerdos emocionales; su depósito es la amígdala. La investigación de LeDoux y otros neurólogos parece sugerir que el hipocampo, que ha sido durante mucho tiempo considerado la estructura clave del sistema límbico, está más comprometido en registrar y dar sentido a las pautas de percepción que a las reacciones emocionales. La principal entrada del hipocampo está en proporcionar una memoria perfecta del contexto, vital para el significado emocional; es el hipocampo el que reconoce el significado diverso de, por ejemplo, un oso que está en el zoo y uno que está en el patio de casa.

Mientras el hipocampo recuerda los datos simples, la amígdala retiene el clima emocional que acompaña a esos datos. Si intentamos adelantar un coche en una autopista de dos manos y nos salvamos rotando de un choque frontal, el hipocampo retiene los datos específicos del incidente, por ejemplo en qué tramo del camino estábamos, quién se encontraba con nosotros, cómo era el otro coche. Pero es la amígdala la que a partir de entonces enviará una oleada de ansiedad cada vez que intentemos adelantar un coche en circunstancias similares. Como me comentó LeDoux: "El hipocampo es crucial para reconocer que un rostro determinado es el de nuestra prima. Pero es la amígdala la que añade que en realidad no nos gusta".

El cerebro utiliza un método sencillo pero ingenioso para hacer que los recuerdos emocionales queden registrados con especial fuerza: los mismos sistemas de alerta neuroquímica que preparan al organismo para que reaccione ante las emergencias que ponen en peligro la vida luchando o huyendo también graban el momento en la memoria con intensidad.8 Sometido a tensión (o a ansiedad, o tal vez incluso a la intensa excitación de la dicha), un nervio que va desde el cerebro a las glándulas suprarrenales situadas encima de los riñones provocan la secreción de las hormonas epinefrina y norepinefrina, que se desplazan por el organismo preparándolo para una emergencia. Estas hormonas activan los receptores del nervio vago; mientras este nervio transporta mensajes desde el cerebro para regular el corazón, también lleva señales de vuelta al cerebro, provocadas por la epinefrina y la norepinefrina. La amígdala es el lugar más importante del cerebro al que van estas señales; activan neuronas que se encuentran dentro de la amígdala para indicar a otras regiones del cerebro que refuercen la memoria para registrar lo que está ocurriendo.

Este despertar de la amígdala parece grabar en la memoria la mayoría de los momentos de despertar emocional con un grado añadido de fortaleza; es por eso que tenemos más probabilidades, por ejemplo, de recordar a dónde fuimos en una primera cita, o qué hacíamos cuando oíamos la noticia de que la nave espacial Challenger había estallado. Cuanto más intenso es el despertar de la amígdala, más fuerte es la huella; las experiencias que más nos asustan o nos estremecen en la vida están entre nuestros recuerdos más imborrables. Esto significa que, en efecto, el cerebro tiene dos sistemas de memoria, uno para los datos corrientes y uno para aquellos que poseen carga emocional. Un sistema especial para recuerdos emocionales tiene perfecto sentido en la evolución, por supuesto, asegurando que los animales tendrán recuerdos especialmente vívidos de lo que los amenaza o les produce placer. Pero los recuerdos emocionales pueden ser guías defectuosas para el presente.

Alarmas nerviosas anticuadas

Un inconveniente de estas alarmas nerviosas es que el mensaje urgente que envía la amígdala es a veces, si no a menudo, anticuado, sobre todo en el fluido mundo social que habitamos los seres humanos. Como depósito de la memoria emocional, la amígdala explora la experiencia, comparando lo que está sucediendo ahora con lo que ocurrió en el pasado. Su método de comparación es asociativo: cuando un elemento clave de una situación presente es similar al pasado, puede llamarle "igual", y es por esa razón que el circuito resulta poco preciso: actúa antes de que haya confirmación plena. Ordena frenéticamente que reaccionemos al presente de formas que quedaron grabadas tiempo atrás, con pensamientos, emociones y reacciones aprendidas en respuesta a acontecimientos tal vez sólo levemente similares, pero suficientemente parecidos como para alarmar a la amígdala.

Así, una ex enfermera del ejército, traumatizada por la infinidad de espantosas heridas que había curado durante la guerra, se siente repentinamente invadida por una mezcla de aprensión, repugnancia y pánico, una repetición de su reacción en el campo de batalla, provocada una vez más, años más tarde, por el hedor que siente al abrir la puerta de un armario y descubrir que su pequeño ha escondido allí un pañal sucio. Sólo es necesario que algunos elementos sueltos de la situación parezcan similares a algún peligro del pasado para que la amígdala ponga en funcionamiento su anuncio de emergencia. El problema radica en que junto con los recuerdos que poseen carga emocional y que tienen la capacidad de accionar esta respuesta ante la crisis pueden darse formas igualmente anticuadas de responder a ella.

La imprecisión del cerebro emocional en esos momentos se ve aumentada por el hecho de que muchos poderosos recuerdos emocionales se remontan a los primeros años de vida, en la relación entre un niño y las personas que se ocupan de él. Esto es especialmente cierto en acontecimientos traumáticos, como palizas o negligencia evidente. Durante esta primera etapa de la vida otras estructuras cerebrales, sobre todo el hipocampo —que es crucial para los recuerdos narrativos— y la neocorteza —asiento del pensamiento racional— aún deben desarrollarse plenamente. En la memoria, la amígdala y el hipocampo trabajan de común acuerdo; cada uno almacena y recupera su información especial de manera independiente. Mientras el hipocampo recupera información, la amígdala decide si esa información tiene alguna valencia emocional. Pero la amígdala, que madura muy rápidamente en el cerebro del niño, tiene muchas más probabilidades de estar totalmente formada en el momento del nacimiento.

LeDoux recurre al papel de la amígdala en la infancia para sustentar lo que durante mucho tiempo ha sido un principio básico del pensamiento psicoanalítico: que las interacciones de los primeros años de la vida proporcionan un conjunto de lecciones emocionales basadas en la adaptación y en las dificultades de los contactos entre el niño y las personas que se ocupan de él.9 Estas lecciones emocionales son tan potentes y sin embargo tan difíciles de comprender desde el ventajoso punto de vista de la vida adulta porque, según cree LeDoux, están almacenadas en la amígdala como cianotipos toscos y mudos para la vida emocional. Dado que estos primeros recuerdos emocionales se establecen antes de que el niño conozca las palabras para expresar su experiencia, cuando estos recuerdos emocionales se ponen en funcionamiento en la vida posterior, no existe un conjunto igual de pensamientos articulados sobre la respuesta que nos domina. Una razón por la que podemos quedar tan desorientados por nuestros estallidos emocionales es que a menudo datan de una época temprana de nuestra vida, cuando las cosas eran desconcertantes y aún no teníamos palabras para comprender los acontecimientos. Tal vez tenemos los sentimientos caóticos, pero no las palabras para expresar los recuerdos que los formaron.

Cuando las emociones son rápidas y poco precisas

Eran alrededor de las tres de la mañana cuando un objeto enorme se estrelló contra un extremo del techo de mi habitación, volcando el contenido del desván en la habitación. En un segundo salté de la cama y salí corriendo, aterrorizado ante la idea de que el cielo raso se hundiera. Entonces, al darme cuenta de que estaba a salvo, volví a asomarme cautelosamente a la habitación para ver qué era lo que había causado el daño. Así descubrí que el sonido que yo había confundido con el derrumbe del cielo raso se debía en realidad a la caída de una alta pila de cajas que mi esposa había amontonado en un rincón el día anterior, mientras ordenaba su armario. No había caído nada del desván: en la casa no había desván. El cielo raso estaba intacto, y yo también.

Mi salto de la cama mientras aún estaba medio dormido —lo que podría haberme salvado de una lesión si el cielo raso se hubiera caído realmente— ilustra el poder de la amígdala para hacer que nos pongamos en acción durante las emergencias, momentos vitales antes de que la neocorteza tenga tiempo de registrar plenamente lo que está sucediendo. El camino de emergencia desde el ojo o el oído al tálamo y a la amígdala es crucial: ahorra tiempo en una emergencia, cuando se necesita una respuesta instantánea. Pero este circuito desde el tálamo a la amígdala lleva sólo una porción de los mensajes sensorios, mientras la mayoría torna la ruta principal hasta la neocorteza. Así, lo que se registra en la amígdala a través de este camino rápido es, corno máximo, una señal no elaborada, apenas suficiente corno advertencia. Corno señala LeDoux: "No es necesario saber exactamente qué es algo para saber que puede ser peligroso".10

El camino directo tiene una amplia ventaja en el tiempo cerebral, que se calcula en milésimas de segundo. La amígdala de una rata puede empezar la respuesta a una percepción en tan poco corno doce milisegundos, es decir doce milésimas de segundo. El camino desde el tálamo hasta la neocorteza y hasta la amígdala lleva aproximadamente el doble de tiempo. Aún están por hacerse mediciones similares en el cerebro humano, pero la proporción aproximada probablemente se mantendrá así.

En términos de evolución, el valor de supervivencia de esta ruta directa habría sido grande, permitiendo una opción de respuesta rápida que elimina unos pocos milisegundos críticos en los momentos de reacción al peligro. Esos milisegundos podrían muy bien haber salvado tantas vidas de nuestros antepasados protornarníferos que esta combinación está ahora representada en el cerebro de todos los mamíferos, incluso el suyo y el mío. De hecho, mientras este circuito puede jugar un papel relativamente limitado en la vida mental humana, ampliamente restringido a las crisis emocionales, gran parte de la vida mental de las aves, los peces y los reptiles gira en torno a él, dado que la supervivencia misma de estos depende de la exploración constante en busca de depredadores o presas. "Este sistema cerebral primitivo y menor de los mamíferos es el principal sistema cerebral de los no mamíferos", apunta LeDoux. "Ofrece una forma muy rápida de provocar emociones. Pero se trata de un proceso rápido y tosco; las células son rápidas, pero no muy precisas."

Esta imprecisión es perfecta en una ardilla, por ejemplo, ya que la lleva a equivocarse para el lado de la seguridad, alejándose ante la menor señal de algo que pudiera indicar la presencia de un posible enemigo, o saltando hacia cualquier cosa que pudiera parecer comestible. Pero en la vida .emocional humana, esa imprecisión puede tener consecuencias desastrosas para nuestras relaciones, ya que significa, hablando en sentido figurado, que podernos lanzarnos o apartarnos de la cosa o la persona equivocada. (Tornemos, por ejemplo, el caso de una camarera que dejó caer una bandeja con seis platos servidos cuando vio a una mujer con una abundante y rizada cabellera pelirroja, exactamente igual que la de la mujer por la que la había dejado su ex esposo.)

Estos rudimentarios errores emocionales se basan en el hecho de que el sentimiento es anterior al pensamiento. LeDoux lo denomina "emoción precognitiva", una reacción basada en fragmentos de información sensorial que no ha sido totalmente seleccionada e integrada en un objeto reconocible. Se trata de una forma muy poco elaborada de información sensorial, algo semejante a un juego consistente en adivinar una melodía, donde, en lugar de juicios instantáneos sobre una melodía hechos sobre la base de unas pocas notas, se tiene una percepción total sobre la base de las primeras partes tentativas. Si la amígdala siente que emerge un modelo sensorial de significado, llega repentinamente a una conclusión, desencadenando sus reacciones antes de que exista una evidencia absoluta, o algún tipo de confirmación.

No es de extrañar que sea tan limitada la comprensión que tenemos de nuestras emociones más explosivas, sobre todo cuando todavía somos esclavos de ellas. La amígdala puede reaccionar en un delirio de ira o temor antes de que la corteza sepa lo que está ocurriendo porque esa emoción en estado puro se desencadena independientemente del pensamiento, y con anterioridad al mismo.

El gerente emocional

Jessica, la hija de seis años de una amiga, pasaba su primera noche durmiendo en casa de un compañero y no estaba claro cuál de las dos se sentía más nerviosa. Mientras la madre intentaba que Jessica no advirtiera la intensa ansiedad que ella sentía, su tensión alcanzó el punto máximo esa noche, mientras se disponía a acostarse y oyó sonar el teléfono. Dejó caer el cepillo de dientes y corrió hasta el teléfono; el corazón le latía a toda velocidad y en su mente se sucedían las imágenes de Jessica en peligro.

La madre levantó bruscamente el auricular y gritó: "¡Jessica! ". Entonces oyó la voz de una mujer que decía: "Oh, creo que me equivoqué de número… "

Enseguida recuperó la serenidad y en voz cordial y medida preguntó: "¿Con qué número quiere hablar?".

Mientras la amígdala trabaja preparando una reacción ansiosa e impulsiva, otra parte del cerebro emocional permite una respuesta más adecuada y correctiva. El regulador del cerebro para los arranques de la amígdala parece encontrarse en el otro extremo de un circuito más importante de la neocorteza, en los lóbulos prefrontales que se encuentran exactamente detrás de la frente. La corteza prefrontal parece entrar en acción cuando alguien siente miedo o rabia, pero contiene o controla el sentimiento con el fin de ocuparse más eficazmente de la situación inmediata, o cuando una nueva evaluación provoca una respuesta totalmente diferente, como ocurrió con la madre preocupada que atendió el teléfono. Esta zona neocortical del cerebro origina una respuesta más analítica o apropiada a nuestros impulsos emocionales, adaptando la amígdala y otras zonas límbicas.

Por lo general, las zonas prefrontales gobiernan nuestras reacciones emocionales desde el principio. Debemos recordar que la mayor proyección de información sensorial desde el tálamo no va a la amígdala sino a la neocorteza y a sus centros principales para recoger y dar sentido a lo que se percibe; esa información y nuestra respuesta a la misma quedan coordinadas por los lóbulos prefrontales, el asentamiento de la planificación y las acciones organizadoras hacia un objetivo, incluidos los emocionales. En la neocorteza, una serie de circuitos registra y analiza esa información, la comprende y, por intermedio de los lóbulos prefrontales, organiza una reacción. Si en el proceso se busca una respuesta emocional, los lóbulos prefrontales la dictan trabajando en conjunto con la amígdala y otros circuitos del cerebro emocional.

Esta progresión, que permite el discernimiento en la respuesta emocional, es la combinación corriente, con la significativa excepción de las emergencias emocionales. Cuando una emoción entra en acción, momentos después los lóbulos prefrontales ejecutan lo que representa una relación riesgo/beneficio de infinitas reacciones posibles, y apuestan a una de ellas como la mejor.11 En el caso de los animales, cuándo atacar y cuándo huir. Y en el caso de los seres humanos, cuándo atacar, cuándo huir… y también cuándo serenarnos, persuadir, buscar comprensión, estar a la defensiva, provocar sentimientos de culpabilidad, lloriquear, mostrar expresión fanfarrona, expresar desdén… y así sucesivamente, recorriendo todo el repertorio de ardides emocionales.

La respuesta neocortical es más lenta en tiempo cerebral que el mecanismo de asalto porque supone la participación de más circuitos. También puede ser más sensata y considerada, ya que el sentimiento está precedido de más pensamiento. Cuando sufrimos una pérdida y nos entristecemos, o nos sentimos felices después de un éxito, o reflexionamos sobre algo que alguien ha dicho o hecho y luego nos sentimos heridos o furiosos, es la neocorteza la que está en funcionamiento.

Lo mismo que con la amígdala, cuando no existe el trabajo de los lóbulos prefrontales gran parte de la vida emocional desaparece; al no haber una comprensión de que algo merece una respuesta emocional, no se produce ninguna. Los neurólogos han sospechado de este papel de los lóbulos prefrontales en las emociones desde la llegada, en los años cuarenta, de esa desesperada —y tristemente descaminada— "cura" quirúrgica de la enfermedad mental: la lobotomía prefrontal que (con frecuencia de manera chapucera) extirpaba parte de los lóbulos prefrontales o, de lo contrario, cortaba conexiones entre la corteza prefrontal y la parte inferior del cerebro. En los tiempos en que no existían medicamentos eficaces para la enfermedad mental, la lobotomja fue recibida como la respuesta a las perturbaciones emocionales graves: al cortar los nexos entre los lóbulos prefrontales y el resto del cerebro, los trastornos del paciente quedaban "aliviados". Lamentablemente, el costo fue que la mayor parte de la vida emocional del paciente también parecía desvanecerse. El circuito clave había quedado destruido.

Supuestamente los asaltos emocionales implican dos dinámicas: la puesta en funcionamiento de la amígdala y una imposibilidad de activar los procesos neocorticales que por lo general mantienen en equilibrio la respuesta emocional… o una recuperación de las zonas neocorticales para la urgencia emocional.12 En estos momentos, la mente racional queda inundada por la emocional. Una forma en que la corteza prefrontal actúa como eficaz administrador de la emoción —sopesando las reacciones antes de actuar— es amortiguando las señales para la activación emitida por la amígdala y otros centros límbicos, algo así como un padre que impide que su impulsivo hijo tome lo que quiere y le dice que lo pida correctamente o que espere.13

El interruptor que desconecta la emoción perturbadora parece ser el lóbulo prefrontal izquierdo. Neuropsicólogos que han estudiado el humor de pacientes con lesiones en parte de sus lóbulos frontales han establecido que una de las tareas del lóbulo frontal izquierdo consiste en actuar como un termostato nervioso, regulando las emociones desagradables. El lóbulo prefrontal derecho es un asiento de sentimientos negativos como temor y agresión, mientras que el lóbulo izquierdo controla las emociones no elaboradas, probablemente inhibiendo el lóbulo derecho.14 En un grupo de pacientes apopléjicos, por ejemplo, aquellos que tenían lesiones en la corteza prefrontal izquierda eran propensos a preocupaciones y temores catastróficos; los que tenían lesiones en la corteza prefrontal derecha eran "excesivamente alegres"; durante los exámenes neurológicos bromearon y se mostraron tan despreocupados que evidentemente no les importaba si se desempeñaban bien.15 Y también estaba el caso del esposo feliz: un hombre al que le había sido extirpado quirúrgicamente parte del lóbulo prefrontal derecho debido a una malformación cerebral. Su esposa le contó a los médicos que después de la operación sufrió un increíble cambio de personalidad y dejó de alterarse con facilidad y, ella estaba feliz de decirlo, se había vuelto más afectuoso.16

En resumen, el lóbulo prefrontal izquierdo parece ser parte de un circuito nervioso que puede desconectar, o al menos mitigar, todos los arranques emocionales negativos salvo los más intensos. Si la amígdala a menudo actúa como un disparador de emergencia, el lóbulo prefrontal izquierdo parece ser parte del mecanismo de desconexión del cerebro para las emociones perturbadoras: la amígdala propone y el lóbulo prefrontal dispone. Estas conexiones zona prefrontal-zona límbica son fundamentales en la vida mental mucho más allá de la sintonía fina de la emoción; son esenciales para guiarnos en las decisiones que más importan en la vida.

Armonía entre emoción y pensamiento

Las conexiones entre la amígdala (y las estructuras límbicas relacionadas) y la neocorteza son el centro de las batallas o los acuerdos cooperativos alcanzados entre cabeza y corazón, pensamiento y sentimiento. Este circuito explica por qué la emoción es tan importante para el pensamiento eficaz, tanto en la toma de decisiones acertadas como en el simple hecho de permitirnos pensar con claridad.

Consideremos el poder que tienen las emociones de alterar el pensamiento mismo. Los neurólogos utilizan el término "memoria operativa" para la capacidad de atención que toma en cuenta los datos esenciales para completar un problema o una tarea determinados, ya sea las características ideales que uno busca en una casa mientras analiza diversas posibilidades, o los elementos de un problema de razonamiento en un test. La corteza prefrontal es la zona del cerebro responsable de la memoria operativa17 Pero los circuitos existentes desde el cerebro límbico a los lóbulos prefrontales significan que las señales de emoción intensa —ansiedad, ira y otras similares— pueden crear interferencias nerviosas saboteando la capacidad del lóbulo prefrontal para mantener la memoria operativa. Es por eso que cuando nos sentimos emocionalmente alterados decimos que no podemos "pensar correctamente", y la perturbación emocional constante puede crear carencias en las capacidades intelectuales de un niño, deteriorando la capacidad de aprender.

Estas carencias, aunque más sutiles, no siempre son detectadas en los test de cociente intelectual, aunque aparecen en mediciones neuropsicológicas más precisas, así como en la agitación y la impulsividad continua de un niño. En un estudio, por ejemplo, en niños de escuela primaria que tenían un cociente intelectual por encima de la media, pero que se desempeñaban pobremente en el aula, se descubrió a través de estas pruebas neuropsicológicas que tenían deteriorado el funcionamiento de la corteza frontal.18 También eran impulsivos y ansiosos, a menudo alborotadores y conflictivos, lo cual sugería un defectuoso control prefrontal sobre sus urgencias límbicas. A pesar de su potencial intelectual, estos son los niños que tienen el mayor riesgo de padecer problemas como fracaso académico, alcoholismo y criminalidad, no porque su intelecto sea deficiente sino porque su control sobre la vida emocional está deteriorado. El cerebro emocional, claramente separado de aquellas zonas corticales detectadas por las pruebas de cociente intelectual, controla la ira al igual que la compasión. Estos circuitos emocionales están esculpidos por la experiencia a lo largo de la infancia, y dejamos esas experiencias completamente libradas al azar por nuestra cuenta y riesgo.

Consideremos también el papel de las emociones en la toma de decisiones más "racional". Al trabajar con implicaciones de largo alcance para la comprensión de la vida mental, el Dr. Antonio Damasio —neurólogo de la Facultad de Medicina de la Universidad de Iowa ha llevado a cabo cuidadosos estudios acerca de cuál es la lesión específica de pacientes que tienen dañado el circuito zona prefrontal-amígdala.19 Su capacidad para tomar decisiones está terriblemente degradada, y sin embargo no muestran el más mínimo deterioro en su cociente intelectual ni en ninguna capacidad cognitiva. A pesar de su inteligencia intacta, hacen elecciones desafortunadas en los negocios y en su vida personal y pueden obsesionarse permanentemente por una decisión tan sencilla como cuándo concretar una cita.

El Dr. Damasio afirma que las decisiones de estas personas son tan erróneas porque han perdido acceso a su aprendizaje emocional. Como punto de confluencia entre pensamiento y emoción, el circuito prefrontalamígdala es una puerta fundamental para el almacenamiento de gustos y disgustos que adquirimos en el curso de nuestra vida. Aquello sobre lo que reflexiona la neocorteza, separado de la memoria emocional de la amígdala, ya no desencadena reacciones emocionales que han sido asociadas a ella en el pasado, y todo adopta una gris neutralidad. Un estímulo, ya sea una mascota favorita o un conocido detestado, ya no provoca atracción ni aversión; estos pacientes han "olvidado" todas las lecciones emocionales de ese tipo porque ya no tienen acceso a la amígdala donde están almacenadas.

Pruebas como esta llevan al Dr. Damasio a la postura contra-intuitiva de que los sentimientos son típicamente indispensables para las decisiones racionales; ellos nos señalan la dirección correcta, dónde la pura lógica puede ser mejor utilizada. Mientras el mundo suele enfrentarnos con una ingente serie de alternativas (¿Cómo invertiría los ahorros de su retiro? ¿Con quién se casaría?), el aprendizaje emocional que la vida nos ha dado (como el recuerdo de una inversión desastrosa o una ruptura dolorosa) envía señales que simplifican la decisión, eliminando algunas posibilidades y destacando otras desde el primer momento. De esta forma, afirma el Dr. Damasio, el cerebro emocional está tan comprometido en el razonamiento como lo está el cerebro pensante.

Así, a las emociones les importa la racionalidad. En la danza de sentimiento y pensamiento, la facultad emocional guía nuestras decisiones momentáneas, trabajando en colaboración con la mente racional y permitiendo —o imposibilitando— el pensamiento mismo. De la misma manera, el cerebro pensante desempeña un papel ejecutivo en nuestras emociones, salvo en aquellos momentos en que las emociones quedan fuera de control y el cerebro emocional pierde sus frenos .

En cierto sentido, tenemos dos cerebros, dos mentes y dos clases diferentes de inteligencia: la racional y la emocional. Nuestro desempeño en la vida está determinado por ambas; lo que importa no es sólo el cociente intelectual sino también la inteligencia emocional. En efecto, el intelecto no puede operar de manera óptima sin la inteligencia emocional.

Por lo general, la complementariedad del sistema límbico y la neocorteza, de la amígdala y los lóbulos prefrontales, significa que cada uno de ellos es un socio pleno de la vida mental. Cuando estos socios interactúan positivamente, la inteligencia emocional aumenta, lo mismo que la capacidad intelectual.

Esto invierte la antigua comprensión de la tensión entre razón y sentimiento: no se trata de que queramos suprimir la emoción y colocar en su lugar la razón, como afirmaba Erasmo, sino encontrar el equilibrio inteligente entre ambas. El antiguo paradigma sostenía un ideal de razón liberado de la tensión emocional. El nuevo paradigma nos obliga a armonizar cabeza y corazón. Para hacerlo positivamente en nuestra vida, primero debemos comprender más precisamente qué significa utilizar la emoción de manera inteligente.

Título

Segunda Parte

LA NATURALEZA DE LA
INTELIGENCIA EMOCIONAL