INTRODUCCIÓN

No todo tiene que ser tan difícil

Déjame contarte la historia de Patrick McGinnis.1

Hizo todo lo que se suponía. Puso una palomita en cada elemento de la lista. Cumplió con todas las expectativas. Se graduó de la Universidad de Georgetown. Después, de la Escuela de Negocios de Harvard. Se unió a una de las principales compañías financieras y de seguros.

Realizó esas largas jornadas laborales que se esperaban de él: hasta 80 horas por semana, incluso en vacaciones o días festivos. Nunca se fue de la oficina antes que su jefe, a veces sentía como si jamás abandonara la oficina. Viajaba tanto por trabajo que consiguió el mayor estatus de viajero frecuente en Delta, un nivel tan alto que ni siquiera tenía nombre. Por otro lado, estaba en la mesa directiva de cuatro compañías en tres continentes. En una ocasión se negó a quedarse en casa por una enfermedad y tuvo que abandonar una junta tres veces para vomitar en el baño. Cuando regresó, un colega le dijo que se veía verde. Pero logró continuar.

Le habían enseñado que el trabajo duro es la clave para todo lo que quieres en la vida. Era parte de la mentalidad de Nueva Inglaterra: tu ética laboral era evidencia de tu carácter. Incluso el sobresalir lo había llevado al siguiente nivel. No sólo pensaba que trabajar incontables horas lo llevaría al éxito, pensaba que eso era el éxito. Si no te desvelabas trabajando tu trabajo no era muy importante.

Suponía que al final sus largas jornadas lo recompensarían. Después, un día se despertó para descubrir que trabajaba para una compañía en bancarrota. La compañía era AIG y el año 2008. Sus acciones habían caído 97 por ciento. Todas las largas noches en la oficina, los innumerables vuelos a Europa, Sudamérica y China, todos los cumpleaños y celebraciones perdidos habían sido para nada.

En los meses posteriores al golpe de la crisis financiera, McGinnis no podía salir de la cama. Comenzó a tener sudores nocturnos. Su visión empezó a tornarse borrosa, de manera literal y figurada. Durante meses no pudo ver bien. Se tambaleaba. Estaba perdido.

Estaba enfermo de estrés. Su doctor le realizó algunas pruebas. Se sentía como el trágico personaje del caballo Boxer de Rebelión en la granja de George Orwell, que se describe como el trabajador más dedicado de la granja cuya respuesta a cada problema, a cada contratiempo, era “trabajaré más duro”, hasta que colapsó por trabajar de más.2

Así que, en el taxi de regreso del consultorio del doctor, McGinnis hizo lo que llamó “un trato con Dios”. Prometió: “Si sobrevivo a esto, en verdad haré algunos cambios”.

“Trabajar más tiempo y más duro ha sido la solución a cada problema”, dijo McGinnis. Pero de repente se dio cuenta: “El resultado de trabajar más duro fue, de hecho, negativo”.

Así que ¿qué podía hacer? Tenía tres opciones: continuar y quizá trabajar hasta morir; apuntar más bajo y renunciar a sus metas, o buscar una forma más fácil de conseguir el éxito que quería.

Dejó su puesto en AIG, pero siguió como consultor. Dejó de trabajar 80 horas a la semana. Empezó a irse a casa a las cinco. Ya no enviaba correos durante los fines de semana.

También dejó de tratar el sueño como un mal necesario. Comenzó a caminar, correr y comer mejor. Perdió 11 kilos. Empezó a disfrutar su vida y su trabajo otra vez.

Durante esa época, se inspiró en un amigo que invertía en startups, no mucho dinero, sólo pequeños cheques por aquí y por allá. Esto atrajo el interés de Patrick.

Invirtió en un par de compañías. Ahora tiene un rendimiento 25 veces mayor en su cartera de inversiones. Incluso durante épocas económicas difíciles, se siente optimista porque no depende sólo de una entrada de ingresos.

Ha ganado más dinero en la mitad de horas que solía trabajar. Y el tipo de trabajo que realiza es más gratificante, menos intrusivo. Dijo: “Ya ni se siente como trabajo”.

De toda esta experiencia aprendió lo siguiente: cuando ya no puedes intentar más fuerte… es momento de buscar un camino diferente.

¿Qué hay de ti? ¿Alguna vez sientes como si…

• corrieras más rápido pero no te acercaras a tus metas?

• quisieras hacer una mayor contribución, pero te falta energía?

• estás al borde del agotamiento?

• las cosas son mucho más difíciles de lo que deberían?

Si contestaste sí a una o todas las preguntas, este libro es para ti. Estas personas son disciplinadas y centradas. Están comprometidas y motivadas. Pero aun así, están agotadas por completo.

El camino Sin Esfuerzo

Hay altibajos en la vida. Hay ritmos en todo lo que hacemos. Hay momentos para esforzarse más y otros para descansar y recuperarse. Pero en esta época muchos nos esforzamos más y más todo el tiempo. No hay cadencia, sólo esfuerzo agobiante.

Vivimos en una época de grandes oportunidades. Pero hay algo en la vida moderna que es como intentar caminar a gran altura. Nuestro cerebro está nublado. El piso bajo los pies parece inestable. Hay poco aire y, de manera sorprendente, es agotador lograr un pequeño avance. Tal vez es el interminable miedo e incertidumbre sobre el futuro. Quizá es la soledad y el aislamiento. Tal vez son preocupaciones económicas o adversidades. Quizá son todas las responsabilidades, toda la presión que sofoca en el día a día. Sin importar la causa, el resultado es que con frecuencia trabajamos el doble sólo para conseguir la mitad.

La vida es difícil, en verdad difícil, en todos los sentidos, de lo complicado a lo pesado, de lo triste a lo agotador. Las decepciones son complicadas. Pagar las cuentas es muy duro. Las relaciones tensas son difíciles. Criar hijos es arduo. Perder a un ser querido es duro. Hay periodos en nuestra vida en que todos los días son difíciles.

Pretender que un libro elimine estas adversidades sería fantasioso. No escribí este libro para restar importancia a estas cargas, lo escribí para ayudarte a aliviarlas. Tal vez esta obra no haga más fácil el abordar y sobrellevar todo lo difícil, pero creo que facilita muchas cosas.

Es normal sentirse abrumado y agotado por grandes y pesados retos. Y también es normal sentirse abrumado y agotado por las molestias y frustraciones de todos los días. Nos pasa a todos. Y en estos días parece que les sucede a más personas, con más frecuencia que antes.

De manera extraña, algunos respondemos al sentirnos agotados y abrumados prometiendo trabajar aún más duro y por más tiempo. No ayuda que nuestra cultura glorifique el agotamiento como una medida de éxito y valor personal. El mensaje implícito es que si no estamos agotados de manera perpetua, tal vez no hacemos lo suficiente. Que las cosas buenas están reservadas para los que sangran, para los que casi se quiebran. Ahora, de alguna manera, el volumen aplastante es el objetivo.

El agotamiento no es una medalla de honor.

Sí, es cierto que el trabajo duro puede significar mejores resultados. Pero esto sólo es verdad hasta cierto punto. Después de todo, hay un límite en cuánto tiempo y esfuerzo podemos invertir. Y entre más nos agotamos, más disminuye nuestro rendimiento. Este ciclo continúa hasta que estamos exhaustos y todavía no producimos los resultados que queremos. Seguro ya sabes eso. Tal vez lo estás experimentando justo ahora.

Pero ¿y si lo abordamos de manera opuesta? ¿Si en vez de impulsarnos más allá de nuestros límites buscamos un camino más fácil?

El dilema

Tras publicar mi primer libro, Esencialismo, entré al círculo de las charlas y conferencias.3 Tuve la oportunidad de viajar por el país dando pláticas de apertura, firmando libros y compartiendo un mensaje cerca de mi corazón. Mi esposa, Anna, amaba que me llevara a alguno de los niños conmigo a esas aventuras (y yo también). En uno de esos viajes, llegué a la firma de libros a la hora agendada para descubrir que había 300 personas formadas y se habían agotado los libros en la tienda, algo que nunca había pasado en un evento. Ese año fue un ajetreo de aeropuertos, ubers y cuartos de hotel, a los que regresaba en las noches, entusiasmado y agotado y pedía servicio a la habitación. El éxito de Esencialismo había cambiado todo.

Gente que había leído o escuchado el libro me escribía tres, cinco o 17 veces para contarme cómo había cambiado su vida o, en algunos casos, incluso la había salvado. Cada uno de ellos quería compartir su historia conmigo y yo quería escucharlos.

Quería hablar frente a salas llenas de personas ansiosas por convertirse en esencialistas. Quería responder a todos los correos que recibía de los lectores. Quería escribir mensajes personalizados a todos los que me pedían firmar copias del libro. Quería estar presente y ser amable con todas las personas que tuvieran una historia que contar sobre su experiencia con Esencialismo.

Mejor que ser el “padre del esencialismo” era ser padre, ahora, de cuatro niños. Mi familia personifica todo lo esencial para mí, así que quería dedicarme a ella por completo. Quería ser una verdadera pareja para Anna y dejar que persiguiera sus metas y sueños. Escuchar a los niños cuando quisieran hablar, sin importar lo inconveniente que (con frecuencia) parecían esos momentos. Quería estar ahí para festejar sus éxitos. Asesorarlos y alentarlos a conseguir cualquier objetivo que se sintiera esencial para ellos, ya fuera dirigir una película o convertirse en un Eagle Scout. Quería jugar juegos de mesa, nadar, jugar tenis, ir a la playa, hacer noches de películas con palomitas y sorpresas.

Para tener tiempo para eso, me deshice de muchas otras no esenciales: me resistí a escribir un libro nuevo a pesar de que me dijeron que “debía hacerlo” cada 18 meses. Me di un descanso de la clase que impartía en Stanford. Aparté mis planes de hacer un negocio de cursos y talleres.

Nunca había sido tan selectivo en mi vida. El problema era que todavía se sentía “demasiado”. Y no sólo eso: sentía un llamado a aumentar mi contribución aun cuando me había quedado sin espacio. Me esforzaba por ser el modelo del esencialismo; por vivir lo que enseñaba. Pero no era suficiente. Podía sentir las grietas en una suposición que siempre había sostenido: para conseguir todo lo que queremos sin estar muy ocupados o sobrecargados, sólo necesitamos disciplinarnos a decir “sí” a actividades esenciales y “no” a todo lo demás. Pero ahora me preguntaba: ¿qué haces cuando ya redujiste la vida a lo esencial y todavía es demasiado?

En esa época, daba clase a un grupo de emprendedores muy reflexivo, un día alguien hizo referencia a la “teoría de las piedras grandes”.

Es la conocida historia de una maestra que toma un frasco vacío y le pone algunas piedrecitas en el fondo. Después trata de colocar piedras más grandes encima. El problema: no caben.

Después, la maestra toma otro recipiente vacío del mismo tamaño. Esta vez, pone primero las piedras grandes. Después las piedrecitas. Todas caben.

Claro, es una metáfora. Las piedras grandes representan las responsabilidades más esenciales, como la salud, familia y relaciones. Las piedras pequeñas son elementos menos importantes, como el trabajo o nuestra carrera. La arena son cosas como redes sociales y ese movimiento del dedo por la pantalla de la perdición.

La lección es similar a la que siempre me he apegado: si priorizas las cosas más importantes primero, entonces habrá espacio en tu vida no sólo para lo más importante, sino también para otras cosas. Hazlo al revés y tendrás las cosas banales, pero te quedarás sin espacio para lo que de verdad te importa.

Aquella noche, sentado en mi habitación de hotel me pregunté: ¿Qué haces cuando hay muchas piedras grandes? ¿Qué pasa si el trabajo esencial no cabe dentro de los límites del contenedor?

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Mientras reflexionaba esto recibí una videollamada. Era mi hijo Jack llamando desde el teléfono de mi esposa. Eso era inusual y de inmediato llamó mi atención. Noté que se le había ido el color del rostro. Su tono era urgente. Se veía espantado. Podía escuchar la voz de mi esposa al fondo dando instrucciones a Jack para “girar el teléfono” y que pudiera ver lo que sucedía.

Trató de explicar: “Eve… algo muy malo… estaba comiendo y luego su cabeza comenzó a moverse… mamá… me dijo que te llamara”.

Eve estaba teniendo una convulsión tónico-clónica masiva.

La adrenalina me ayudó en lo que hice después: empaqué de manera apresurada y tomé un vuelo nocturno de vuelta con mi familia. Pero lo que ocurrió en los días y semanas siguientes me dejó agotado de manera emocional. Estaban las visitas al hospital. Las consultas con médicos expertos. Las interminables llamadas de amigos y familiares que querían saber cómo estábamos y cómo podían ayudar. Mientras tanto, descubrí que todas mis otras responsabilidades no desaparecieron de manera milagrosa sólo porque estaba en medio de una crisis. Todavía había presentaciones que reagendar. Vuelos que cancelar. Correos esenciales que responder.

Las paredes se cerraron a mi alrededor. Estaba sobrecargado más allá de lo creíble. A veces era sofocante. Quería colapsar bajo todo eso. Era una tortura.

Esto duró muchas semanas. Con el tiempo, reconocí la situación: estaba agotado. Escribí el libro sobre cómo ser un esencialista, y ahí estaba yo, abrumado y abarcando demasiadas cosas. Sentía una presión autoimpuesta de ser el esencialista perfecto, pero ya no había cosas que eliminar. Todo importaba. Por fin, le dije a Anna: “No estoy bien”.

He aquí lo que aprendí: estaba haciendo todas las cosas correctas por las razones correctas. Pero las estaba haciendo mal.

Era como un levantador de pesas tratando de levantar usando los músculos de la espalda baja. Un nadador que no ha aprendido a respirar de manera apropiada. Un panadero que amasaba cada barra de pan a mano.

Sospecho que sabes con exactitud de lo que estoy hablando. Supongo que sabes qué es sentirse muy comprometido con tu trabajo, pero al borde del agotamiento. Estar haciendo lo mejor que puedes y aun así sintiendo que no es suficiente. Tener más cosas esenciales de las que puedes acomodar en tu día. Querer hacer más, pero sin tener el espacio. Tener progreso en cosas importantes, pero estar muy cansado para disfrutar de tus éxitos.

Para ti que te esfuerzas tanto, te digo esto: hay otra forma.

No todo tiene que ser tan difícil. Llegar al siguiente nivel no debe significar un agotamiento crónico. Hacer una contribución no tiene por qué ser a expensas de tu salud física y mental.

Cuando las cosas esenciales se vuelven muy difíciles de manejar, puedes rendirte o encontrar una forma más fácil.

Esencialismo se trata de hacer las cosas correctas, Sin Esfuerzo se trata de hacerlas de la manera correcta.

Desde que escribí Esencialismo, he tenido la oportunidad de hablar con miles de personas (algunas a través de redes sociales y otras a través de mi podcast) sobre los retos que enfrentan al intentar llevar una vida que de verdad importa.4 Ha sido una gira de escucha de varios años. Nunca en mi vida escuché a tanta gente compartir, de manera tan vulnerable, cómo batalla por hacer lo que más importa.

He aquí lo que aprendí: todos queremos hacer lo importante. Queremos estar en forma, ahorrar para una casa o la jubilación, ser plenos en nuestras carreras y construir relaciones más cercanas con la gente con la que trabajamos y vivimos. El problema no es la falta de motivación, si así fuera, ya estaríamos en nuestro peso ideal, viviríamos dentro de nuestras posibilidades, tendríamos el trabajo de nuestros sueños y disfrutaríamos de relaciones profundas y significativas con todas las personas que más nos importan.

La motivación no es suficiente porque es un recurso limitado. Para tener un verdadero progreso en las cosas importantes necesitamos una manera diferente de trabajar y de vivir.

En vez de intentar obtener mejores resultados esforzándonos más, podemos hacer que las actividades esenciales sean más fáciles.

Para algunas personas, la idea de trabajar menos es incómodo. Nos sentimos flojos. Nos da miedo rezagarnos. Nos sentimos culpables por no “rompernos el lomo” cada vez. Esta forma de pensar, consciente o no, tiene sus raíces en la idea puritana de que hacer cosas difíciles siempre tiene un valor inherente. El puritanismo va más allá de aceptar lo difícil, se extiende a desconfiar de lo fácil. Pero conseguir nuestros objetivos de manera eficiente no deja de ser ambicioso. Es inteligente. Es una alternativa liberadora del trabajo duro y de la flojera: una que nos permite conservar nuestra cordura y conseguir todo lo que queremos.

¿Qué pasaría en tu vida si las cosas fáciles, pero sin sentido, se volvieran más difíciles y las esenciales más fáciles?

¿Qué pasaría en tu vida si las cosas fáciles, pero sin sentido, se volvieran más difíciles y las esenciales más fáciles? ¿Si los proyectos esenciales y pospuestos se volvieran agradables, mientras que las distracciones sin sentido perdieran su atractivo? Tal cambio jugaría a nuestro favor. Cambiaría todo. Cambia todo.

>Ésa es la valiosa propuesta de Sin Esfuerzo. Se trata de una forma nueva de trabajar y de vivir. Una forma de conseguir más con facilidad, de conseguir más porque se siente cómodo. Una forma de aligerar las cargas inevitables de la vida y obtener los resultados correctos sin agotamiento.

Sin tocar el aro

Este libro se organiza en tres partes simples:

La Parte I te reintroduce a tu Estado Sin Esfuerzo

La Parte II te muestra cómo realizar Acciones Sin Esfuerzo

La Parte III es sobre conseguir Resultados Sin Esfuerzo

Cada parte se basa en la anterior.

Piensa en un jugador de la NBA preparándose para un tiro libre.

Primero se coloca en “el área”. Encuentra el “punto” en la línea de tiro libre, rebota el balón un par de veces (un ritual que le ayuda a concentrarse por completo). Casi ves cómo aclara su mente, deja ir todas las emociones, bloquea el ruido de la multitud… A esto lo llamo el Estado Sin Esfuerzo.

Segundo, dobla la rodilla, pone su codo delantero en el ángulo correcto, “levanta, tira y pum”. Ha practicado este movimiento preciso y fluido hasta que está bien arraigado a su memoria muscular. Intenta sin intentar, fluido y suave en su ejecución. Éstas son Acciones Sin Esfuerzo.

Tercero, el balón arquea en el aire y va hacia la canasta. Hace ese ruido satisfactorio: el sonido de un tiro libre ejecutado a la perfección. No es suerte. Puede hacerlo una y otra vez. Así se siente conseguir Resultados Sin Esfuerzo.

Parte I: Estado Sin Esfuerzo

Cuando nuestro cerebro está en su máxima capacidad, todo parece más difícil. La fatiga nos frena. Las suposiciones y emociones obsoletas hacen que la información nueva sea más difícil de procesar. Las incontables distracciones de la vida diaria dificultan ver las cosas importantes con claridad.

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Así que el primer paso para hacer las cosas sin esfuerzo es eliminar el desorden en nuestra cabeza y corazón.

Es probable que hayas experimentado esto antes. Es cuando te sientes descansado, en paz y concentrado. Estás presente en el momento por completo. Tienes mayor conciencia de lo que importa aquí y ahora. Te sientes capaz de realizar la acción correcta.

Esta parte del libro proporciona formas viables de regresar al Estado Sin Esfuerzo.

Parte II: Acciones Sin Esfuerzo

Cuando estamos en el Estado Sin Esfuerzo, se vuelve más fácil realizar Acciones Sin Esfuerzo. Pero todavía encontraremos dificultades para empezar o avanzar en un proyecto esencial. El perfeccionismo hace que proyectos esenciales sean difíciles de comenzar; la baja autoestima los hace difíciles de terminar; e intentar hacer mucho, muy rápido, dificulta mantener el ímpetu.

Esta parte del libro es sobre simplificar el proceso para que el trabajo en sí sea más fácil de hacer.

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Parte III: Resultados Sin Esfuerzo

Cuando realizamos Acciones Sin Esfuerzo, facilitamos la obtención de los resultados que queremos.

Hay dos tipos de resultados: lineales y residuales.

Cuando tus esfuerzos producen un beneficio único, estás obteniendo un resultado lineal. Todos los días comienzas de cero, si no te esfuerzas hoy no obtendrás el resultado hoy. Es una relación unoa-uno, la cantidad de esfuerzo que inviertes es igual al resultado obtenido. Pero ¿y si esos resultados pudieran fluir a nosotros de manera repetida, sin esfuerzo extra de nuestra parte?

Con los resultados residuales te esfuerzas una vez y cosechas los beneficios una y otra vez. Los resultados fluyen hacia ti mientras duermes. Incluso cuando te tomas el día libre. Los resultados residuales son casi infinitos.

Las Acciones Sin Esfuerzo por sí mismas producen resultados lineales. Pero cuando las aplicamos a actividades importantes, el rendimiento de nuestro esfuerzo se suma, como intereses en una cuenta de ahorro. Así es como producimos resultados residuales.

Producir un gran resultado es bueno. Producir un gran resultado con facilidad es mejor. Producir un gran resultado con facilidad una y otra vez es lo mejor. Eso es lo que la Parte III del libro nos enseña a hacer.

Puedes hacer cualquier cosa sin esfuerzo, pero no todo

Descubrir la forma de vivir sin esfuerzo es como usar lentes polarizados cuando estás pescando.5 Sin ellos, el resplandor del agua dificulta ver cualquier cosa nadando bajo la superficie. Pero en cuanto te los pones, su superficie angulada filtra las ondas horizontales de luz que vienen desde el agua, bloqueando el resplandor. De pronto, puedes ver todos los peces.

Cuando estamos acostumbrados a hacer cosas de la manera difícil, es como estar cegado por el resplandor que sale del agua. Pero cuando empiezas a poner estas ideas en práctica, verás que la manera más fácil siempre estuvo ahí, escondida ante tus ojos.

Todos hemos experimentado cómo se siente la forma fácil, la que no implica esfuerzo. Por ejemplo, ¿alguna vez…

• has estado en un estado de relajación y descubierto que es más fácil estar “en el área”?

• has dejado de intentar muy duro y obtenido mejores resultados?

• has hecho algo una vez que te ha beneficiado múltiples veces?

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Mi motivación para escribir este libro es singular: ayudarte a experimentar más de esto, durante más tiempo.

Claro, en la vida no puedes hacer todo sin esfuerzo. Pero puedes lograr que más de las cosas correctas sean menos imposibles, después más fáciles, después fáciles y, en última instancia, sin esfuerzo.

Al escribir este libro, entrevisté expertos y leí sus investigaciones, aproveché los aprendizajes de la economía del comportamiento, filosofía, psicología, física y neurociencia. Realicé una búsqueda diciplinada para descubrir respuestas a la pregunta esencial: “¿Cómo puedo facilitar el hacer lo que más importa?” Ahora no puedo esperar a compartir contigo lo que aprendí porque, en palabras de George Eliot: “¿Para qué vivimos si no es para hacernos la vida menos difícil?”6

Título

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Título

El mejor lanzador de tiros libres en la historia no es Michael Jordan o Steph Curry. Es Elena Delle Donne.1 A lo largo de su carrera, su índice de éxito en la línea de tiros libres es de 93.4 por ciento. No sólo es el más alto en la historia de la WNBA, es el más alto de todos los jugadores en la historia de la NBA. Si ves su récord de postemporada es todavía más alto: 96.4 por ciento. De manera simple: ella es la mejor lanzadora de tiros libres en la historia.

Su secreto es confiar en el proceso simple que ha practicado desde secundaria. Se para en la línea, encuentra el punto con el pie derecho, alinea los pies, rebota tres veces el balón, hace una L con el brazo, levanta y lanza. Elena dice: “Si lo haces simple, menos cosas salen mal”.

¿Lo más importante del proceso? “No pensar demasiado. Lo más importante en la línea de tiro libre es no dejar entrar muchas cosas en tu cabeza.”

En otras palabras, el secreto para el éxito de Donne es su habilidad para entrar a lo que yo llamo el Estado Sin Esfuerzo.

Eres como una supercomputadora diseñada con capacidades muy poderosas. Estás construido para ser capaz de aprender con rapidez, resolver problemas de manera intuitiva y calcular la siguiente acción correcta sin esfuerzo.

Bajo condiciones óptimas, tu cerebro funciona a velocidades increíbles.2 Pero justo como una supercomputadora, tu cerebro no siempre se desempeña de manera óptima. Piensa en cómo se ralentiza una computadora cuando su disco duro se llena de archivos y datos. La máquina todavía tiene un increíble poder de cómputo, pero está menos disponible para realizar funciones esenciales. De manera similar, cuando tu cerebro está lleno de desorden (como suposiciones obsoletas, emociones negativas y patrones de pensamientos tóxicos) tienes menos energía mental disponible para desempeñar lo más esencial.

Un concepto en psicología cognitiva conocido como teoría de la carga perceptual explica por qué ocurre.3 Nuestra capacidad de procesamiento cerebral es grande, pero limitada. Procesa cerca de 6 000 pensamientos al día.4 Por eso, cuando encontramos nueva información, nuestro cerebro debe tomar una decisión sobre cómo alojar los recursos cognitivos restantes. Y dado que el cerebro está programado para priorizar emociones con un alto “valor afectivo”, como miedo, resentimiento o ira, estas fuertes emociones por lo general ganarán, dejándonos con menos recursos mentales dedicados a progresar en las cosas importantes.5

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Cuando tu computadora está lenta, presionas algunos botones para limpiar todos los datos de navegación y de manera inmediata la máquina trabaja con más suavidad y rapidez. De manera similar puedes aprender técnicas simples para deshacerte de todo el desorden que reduce la velocidad del disco duro de tu mente. Presionando algunos botones, te puedes restaurar a tu Estado Sin Esfuerzo original.

Tal vez has experimentado qué se siente regresar al Estado Sin Esfuerzo. Imagina que es el final de un largo día. Tienes un dolor de cabeza que parece no irse. No puedes recordar dónde dejaste tu teléfono. O tus llaves. Incluso la más pequeña y razonable petición (un cliente pidiendo algo de información por medio de un confuso mensaje de voz o tu hijo que quiere que lo recojas de su clase de piano) te enoja. El comentario constructivo de tu jefe te da vueltas, estás convencido de que eres un fracaso. Estás irritable con tu pareja y no encuentras las palabras correctas para expresar qué tan abrumado estás. Entonces te preguntas: “¿Por qué todo se siente tan difícil?”

Después, tras una comida, un baño caliente y una buena noche de sueño, las cosas se ven muy diferentes. Te despiertas con la mente despejada, agradecido por otro día. Encuentras el teléfono y las llaves (¡justo donde los dejaste!). De inmediato sabes cómo responder el mensaje de voz (¡no era tan confuso después de todo!) y todo lo haces con amabilidad. Quieres sentarte en el carro con tu hijo por unos minutos en el camino de regreso de la clase de piano. Encuentras las palabras correctas para decirle a tu pareja: “¡Lo siento por eso! Por favor perdóname”. Agradeces a tu jefe y lo haces en serio. Tus capacidades inherentes se restauran.

Cuando regresas a tu Estado Sin Esfuerzo, te sientes con más luz, en los dos sentidos de la frase. Primero te sientes menos pesado, sin cargas. Es como si fueras más ligero. No estás tan abrumado. De repente tienes más energía.

Pero sentirte con más luz también significa más lleno de brillo, de color. Cuando eliminas las cargas en tu corazón y las distracciones en tu mente, eres capaz de ver con más claridad. Puedes discernir la acción correcta e iluminar el camino correcto.

El Estado Sin Esfuerzo es cuando descansas de manera física, sin cargas emocionales y con energía mental. Estás del todo presente, atento y concentrado en lo importante en el momento. Eres capaz de realizar lo más importante con facilidad.