Supongamos, en aras de la discusión, que la humanidad pudiera probar más allá de la duda que Dios existe. ¿Crees que eso afectaría tu vida de alguna forma? ¿Haría una diferencia en términos prácticos?
Digamos, en aras de la discusión, que la humanidad pudiera probar más allá de la duda que Dios no existe. ¿Crees que eso afectaría tu vida de alguna forma? ¿Haría una diferencia en términos prácticos?
Una gran cantidad de personas ha explorado esas preguntas por mucho tiempo. Digamos que unos miles de millones de personas a lo largo de miles de años.
Pienso que por eso es justo considerar que las preguntas acerca de Dios no son triviales ni irrelevantes. Mucho depende de lo que se diga al respecto.
Si el día de mañana el Papa declarara, por ejemplo, que estaba equivocado acerca de todo y que no existe Dios, los sustentos emocionales de una enorme parte de la humanidad se verían perturbados hasta lo más profundo.
Si los líderes espirituales de todas las demás religiones del mundo concordaran con él, la vida espiritual de ocho de cada diez individuos de la raza humana entraría en caos.
Las encuestas muestran que casi 85 por ciento de la población mundial se identifica con un grupo religioso y cree en un poder controlador.
Y aun así… el mundo es un desastre.
Entonces, ¿qué diferencia hace el hecho de que Dios exista o no?
En el desarrollo de cada especie llega un momento en el que la timidez deja de ser útil, cuando más que el proverbial y solitario grito en el desierto clama por ser escuchado; cuando es el Momento para las Preguntas Justas.
Ahora, con un virus global devastador, tan devastador como la injusticia racial y tan devastador como el colapso económico que afligió al planeta en 2020, la Pregunta Justa es: si existe un Poder Superior benevolente, ¿cuál es el problema aquí? ¿Por qué la vida en la Tierra no mejora?
Tal vez es presuntuoso sugerir una respuesta y nadie quiere sonar simplista, ¿pero acaso el problema no será que simplemente no hemos encontrado una forma de participar con ese Poder Superior, si es que existe?
Parece que la humanidad no puede llegar a un acuerdo colectivo sobre quién y qué es Dios, lo que Dios quiere, lo que Dios hace y cómo Dios lo hace.
Aquí hay una ironía enorme. ¿Ves la ironía? Ocho de cada diez de nosotros estamos de acuerdo en que existe un Poder Superior y no podemos estar de acuerdo acerca de él.
Coincidimos con que existe, pero ése es el inicio y el fin del acuerdo. Acerca de todo lo demás, estamos perdidos. Una religión declara esto, otra religión declara aquello. Una cultura dice esto, otra cultura dice lo otro. Una persona afirma esto, otra persona asegura otra cosa.
¿Escuchamos al cura, al imam, al rabino, al ministro? ¿Les prestamos atención a las palabras de la sacerdotisa, del predicador, del pastor, del monje? ¿Seguimos el ejemplo de la hermana, del hermano, de otros miembros de las Órdenes Sagradas?
¿Podría ser que lo que cada uno de ellos tiene como certeza en realidad es una ilusión y “Dios” no existe? O…
O…
¿Podría ser que lo que conocemos acerca de Dios simplemente es impreciso?
Esto es lo que he llegado a llamar el Dilema de Dios.
¿Importa algo de esto? Yo pienso que sí. De hecho, sé que sí. Importa porque nos ha dejado singularmente incapaces de aplicar el poder del Dios en el cual decimos que creemos, como medio de construir el mundo en el cual decimos que queremos vivir.
Pero ahora hay esperanza. Debido a que suficientes personas como tú se están haciendo las suficientes preguntas como ésta, ahora tenemos la oportunidad de cambiar lo suficiente de esto para al fin poder hacer lo suficiente en el trabajo de la vida.
Somos capaces de generar una respuesta para este dilema. Podemos aceptar La Solución de Dios.
Ah, y, por cierto, estas cuatro palabras no son lo que la mayoría de la gente piensa.
Comencemos por coincidir en que es importante lo que los seres humanos creemos acerca de Dios y acerca de la vida.
Algunas personas dicen que nuestras ideas acerca de todo esto sólo son ejercicios mentales, en el mejor de los casos, y que necesitamos abordar lo que en realidad importa. Eso puede sonar bueno y bonito, excepto que lo que en realidad importa surge de aquello en lo que creemos.
Al observar esto profundamente se revela lo siguiente: las creencias crean comportamientos, los comportamientos crean la experiencia, la experiencia crea la realidad. Y las realidades que hemos creado a partir de nuestra creencia sobre Dios y sobre la vida no pintan nada bien.
Estamos hablando de una especie que permite que 1.7 mil millones de sus miembros vivan toda su vida sin una gota de agua limpia; que parece no molestarse por el hecho de que 1.6 mil millones todavía no tienen electricidad; que mira hacia otro lado mientras 2.6 mil millones viven sin retretes dentro de sus hogares; que permite que más de 650 de sus niños mueran de hambre cada hora.
Durante 92 por ciento de la historia registrada ha habido conflictos armados en alguna parte de este planeta. Un miembro de nuestra especie se suicida cada 40 segundos. En 2017, poco menos de 465 000 personas fueron asesinadas. Si sumas las cifras de estas estadísticas obtendrás una idea bastante clara de qué tan bien le va a nuestra especie como civilización.
Y si piensas que nuestras ideas acerca de Dios tienen poco que ver con esto, piénsalo de nuevo. Ochenta por ciento de la ley civil en la mayoría de los países de Europa y Occidente está basada en el Derecho Canónico. En otras palabras, en las enseñanzas de una religión.
Después están nuestros comportamientos culturales cotidianos, las decisiones y las elecciones que tomamos. Éstas también se basan en nuestras creencias más sagradas sobre quiénes somos en relación con los demás y sobre cómo debería funcionar la vida.
El resultado: incluso las personas que no son parte de las estadísticas que he presentado aquí, a menudo son infelices. La gente está sufriendo. Muchos se sienten inquietos y experimentan confusión en su vida cotidiana. Demasiados, de hecho, para una sociedad que afirma ser una Civilización Avanzada.
Nadie quiere que esto sea así. La mayoría de los humanos desean profundamente paz, seguridad, oportunidad, suficiencia, estabilidad y toda la salud, felicidad, alegría y amor que podamos experimentar a lo largo de la vida. Pero aun así parece que somos totalmente incapaces de generar estos resultados de forma consistente para nadie más que sólo el porcentaje más diminuto de nosotros.
Y no es como si hubiéramos comenzado a intentarlo la semana pasada. Lo hemos estado intentando por 50 milenios. Sin éxito.
¿Alguien se pregunta por qué? O más bien, ¿por qué nadie se pregunta el motivo? Tal vez tememos cuestionar las creencias básicas que sustentan nuestra comprensión espiritual. O quizá tememos que alguien nos escuche cuestionando esas creencias.
El mayor dilema de la humanidad con respecto a Dios no es si la gente piensa que existe o no existe un Dios, sino lo que aquellos que piensan que existe un Dios sostienen como sus creencias acerca de Dios.
Si es que en realidad somos una Civilización Avanzada —con C mayúscula y A mayúscula—, ¿por qué… en verdad, por qué… la vida en la Tierra es así? Y si no somos tan avanzados como imaginamos que somos, ¿acaso hay algo, lo que sea, que podamos hacer para acelerar nuestro progreso como especie, y como miembros individuales de esa especie?
Sí.
Podríamos crear una creencia totalmente clara, abarcadora y generalizada acerca del Poder Superior.
Una creencia así podría unir a la humanidad dentro del marco de una ética única, teológica, filosófica y emocional —y esto podría ser extremadamente poderoso para terminar con nuestros comportamientos colectivamente disfuncionales y mutuamente autodestructivos—.
No puede ser tan difícil estar de acuerdo con una declaración acerca de Dios que acojamos de forma conjunta, y es más urgente que nunca hacerlo dada la dirección hacia donde va nuestro mundo.
Lo interesante es que miles de humanos compartimos miles de creencias generalizadas acerca de miles de cosas más. Hemos llegado a conclusiones acerca de los misterios más grandes que ha encontrado nuestra tribu. Pero con toda nuestra genialidad, todo nuestro ingenio, toda nuestra inteligencia, y a pesar de todo nuestro avance evolutivo, parece que no estamos ni siquiera cerca de generar una creencia generalizada sobre el aspecto más importante de la vida.
¿Acaso la verdad sobre esto es realmente tan incognoscible? ¿Es acertado decir que “los caminos del Señor son misteriosos”?
No lo creo. Ciertamente los hemos experimentado como incognoscibles, pero no es porque sea imposible saber más sobre ellos. Más bien es porque no hemos buscado hacerlo con la mente abierta, en vez de cerrada. Con nuestro corazón conectado, en vez de desconectado. Con la voz de nuestra alma amplificada por un deseo común, en vez de sofocada por nuestro temor colectivo hacia las respuestas inaceptables y que no serán permitidas.
La buena noticia es que, después de 50 milenios, finalmente hemos alcanzado el punto en nuestra evolución en que estamos a sólo un paso de resolver el Dilema de Dios.
La mala noticia es que la solución quizá requiera que desafiemos, y tal vez incluso (aguanta la respiración) cambiemos, algunas de nuestras creencias más sagradas, a las cuales nos hemos aferrado por mucho, mucho tiempo.
Cambiar las creencias no es algo que los seres humanos hagamos con facilidad o rapidez.
A la Iglesia Católica le tomó 359 años admitir que Galileo Galilei estaba en lo correcto cuando se atrevió a proponer que nuestro planeta no era el centro del universo, como lo enseñaba la Iglesia, y para revertir su excomunión. Pero la humanidad finalmente volvió a sus cabales.
Le tomó a la profesión médica más de medio siglo admitir que el médico húngaro Ignaz Semmelweis estaba en lo correcto en 1847 cuando se atrevió a proponer que si los médicos se esterilizaban las manos con desinfectante antes de pasar de un procedimiento médico al otro, las infecciones de pacientes (y las muertes infantiles) se reducirían enormemente, y que necesitábamos revertir nuestra ceguera ante la existencia de los gérmenes. Pero la humanidad finalmente entró en sus cabales.
El maravilloso trabajo que se ha realizado para mapear el genoma humano no habría sido posible si no fuera por Barbara McClintock, cuya labor como genetista inicialmente no fue aceptada por la comunidad científica, la cual le dijo a Barbara que su descubrimiento de la existencia de los genes saltarines —secuencias de ADN que se mueven entre el genoma— era sólo “ADN chatarra”. En 1983 le otorgaron un Premio Nobel, cuando se reconoció lo significativo que era su trabajo. La humanidad entró en sus cabales al darse cuenta de que ella había estado en lo “correcto” acerca de lo que todo mundo decía que era “incorrecto”.
Esta lista podría seguir, este acto de nombrar a Aquellos Que Estuvieron Equivocados —y a quienes eventualmente honramos como Aquellos Que Estuvieron en lo Correcto—. Yo he creado mi propia forma de describir a la gente en esa lista. Los llamo Héroes de las Ideas.
El diccionario define el heroísmo como “gran valentía”, y pienso que es necesaria una gran valentía para pronunciarse públicamente acerca de algo con lo que uno sabe con anticipación que cientos y quizá miles (e incluso millones) no estarán de acuerdo.
Es gracias a los Héroes de las Ideas que la mayoría de nosotros finalmente coincidimos en que los gérmenes existen, que existen los genes saltarines y que muchas otras cosas que antes no creíamos que eran verdaderas resulta que son tan verdaderas como lo Puede Ser la Verdad.
Pero ¿qué es verdadero acerca de Dios? Ah, otra vez volvemos al dilema. El desafío de alcanzar el consenso a este respecto es que hay más de una pregunta sobre la mesa, y esto es lo que ha suscitado que a nuestra especie se le dificulte llegar a un acuerdo colectivo.
No sólo está la pregunta de si existe un Poder Superior, sino —si es que existe— en qué consiste ese Poder Superior. ¿Cuál es Su naturaleza esencial? ¿Cuáles son Sus atributos, las propiedades que Lo definen, Sus características? ¿Cuál es Su deseo? ¿Y acaso tiene deseos? ¿Cuál es Su utilidad? ¿Puede ser “usado”?
¿Acaso formular preguntas sobre Dios una vez más no hará nada más que generar más excursiones intelectuales, que al final nos llevarán al mismo punto donde nos encontramos ahora? ¿Seguiremos en un mundo dividido e indeciso acerca de un Poder Superior —y sobre casi todo lo demás—?
Si la respuesta es sí, vamos a permitirnos estar satisfechos con las mismas respuestas que nos hemos dado antes. ¿Pero qué pasaría si nos damos respuestas diferentes, respuestas atrevidas? ¿Y si nos invitáramos a nosotros mismos a hacerlo de forma deliberada?
Precisamente así es como la ciencia ha producido descubrimientos maravillosos. Así es como la medicina ha generado curas milagrosas. Así es como la tecnología ha producido inventos increíbles. ¿Hay algún motivo por el cual hemos decidido que esto es un pecado —quizá la ofensa más grande— cuando se trata de la teología?
La palabra teología se define como el “estudio” de Dios, no como la verdad única, firme y final acerca de Dios. Entonces, haríamos bien en estudiarlo más. ¿Por qué ciertas personas en las comunidades religiosas se volvieron teólogas si sentían que ya no había nada más que saber o estudiar acerca de Dios?
Observamos que personas como Francisco de Asís, Catalina de Siena, Tomás de Aquino, Martin Buber, Hildegard de Bingen, Ibn Arabi, Julian de Norwich, Judith Plaskow, los teólogos africanos Bolaji Idowu, John Mbiti y Kwesi Dickson, y muchos otros de diversas tradiciones, sintieron que había más que estudiar y más que decir acerca de Dios.
¿Y si nosotros nos volviéramos teólogos y comenzáramos nuestra propia búsqueda profunda para ver si existe una comprensión del término “Poder Superior” que todavía no está generalizada? ¿Y si esto lo aclarara todo?
¿La humanidad está abierta a esta posibilidad? ¿O tenemos la mente tan cerrada que incluso no toleramos la sugerencia de permitir una exploración de la verdad más alta para aventurarnos más allá de la Frontera de lo Ortodoxo?
¿Esto es a lo que hemos llegado?
Voy a sugerir que esto no es lo que somos, sino que las limitaciones que hemos colocado sobre nuestro pensamiento han producido una aberración. Propongo que originar una comprensión única y generalizada sobre Dios podría ser lo mejor que la humanidad haga para sí misma.
Vaticino que el beneficio sería igual para quienes hoy creen en un Poder Superior, para aquellos que hoy no creen en un Poder Superior y para quienes en este día no están seguros de una ni de la otra. Pero lo que ahora necesitamos son algunos Héroes de las Ideas.
¿Tú serás uno de ellos?
Los Héroes de las Ideas no son sólo quienes engendran ideas revolucionarias —y en algunos lugares totalmente inaceptables—, sino aquellos que están dispuestos a escuchar nuevas ideas de otros y explorarlas cabalmente.
Los Héroes de las Ideas tienen la valentía de permitir que algunas de sus nociones preconcebidas sean desafiadas —sobre todo las ideas duraderas sobre Dios, la Vida, y Unos y Otros—.
Los Héroes de las Ideas poseen la valentía de cruzar la Frontera de las Certidumbres para explorar el Territorio de las Posibilidades.
Creo que es importante —muy importante— para nosotros que hagamos eso hoy.
¿Por qué? Porque si existe un Poder Superior, y simplemente no lo usamos con efectividad, ¿no sería una lástima? ¿No sería un desperdicio terrible?
Voy a ser un poco no ortodoxo aquí y me desviaré de la forma en que los libros se escriben normalmente, porque mientras escribía este libro sucedió algo que cambió toda la dirección de su narrativa.
Mi esposa Em entró a la habitación donde estaba armando este capítulo y dijo algo que me dejó frío. Por supuesto, ella sabía en qué estaba trabajando, ya que habíamos hablado al respecto. Y cuando entró dijo:
—Acabo de pensar en algo. ¿Y si cada uno de nosotros pudiera crear su propia religión? ¿Cómo se vería esa religión? ¿Y cómo se vería si todos los demás siguieran esa religión?
Después de eso, me quedé pensando y mirando por la ventana por unos 10 minutos. Qué idea tan interesante. Qué idea tan novedosa.
Si fueras un Director de Operaciones del Universo y pudieras hacer lo que quisieras, ¿qué harías?
¿Qué enseñaría tu religión? ¿Cuáles serían sus principios organizativos? ¿Y cómo crees que se vería si todos en el mundo siguieran tu religión?
Muy bien, entonces, sólo disfruta esto. No permitas que te abrume, sólo permite que te intrigue. Si comenzaras tu propia religión, ¿cómo responderías las preguntas más comunes que la gente tiene acerca de un Poder Superior? ¿Cuál sería Su naturaleza esencial y Su deseo? ¿Cuál sería Su utilidad?
Mientras piensas un poco en esto, permíteme compartir contigo que yo creo que es posible que todos nos pongamos de acuerdo en una idea única sobre Dios que abarque todas las culturas, una que la humanidad entera pudiera aceptar.
Pienso que la decisión de aceptar semejante idea (una idea que yo llamo La Solución de Dios) sería ese último paso del que hablé antes y que nos elevaría al nivel de una verdadera Civilización Avanzada.
¿La idea misma? El único concepto o declaración que podría ser aceptado por personas de todas las culturas, en todo el planeta.
Bueno, eso sería un poco más difícil de adivinar.
¿Y si conjeturamos?