LA PRINCESA

El hierro la ahogaba. Había apagado el fuego en sus venas como si hubieran lanzado agua a sus flamas.
Podía escuchar el agua, incluso dentro de la caja de hierro, incluso con la máscara de hierro y las cadenas que la envolvían como listones de seda. El rugido, el interminable sonido del agua que corría sobre la piedra, inundaba los silencios entre sus gritos.
Una franja de isla en el corazón de un río envuelto en bruma, apenas un poco más que una roca plana entre rápidos y cascadas. Ahí la habían dejado. Ahí la habían almacenado. En un templo de roca construido para algún dios olvidado.
Y probablemente ella sería olvidada. Eso sería preferible a la otra opción: que la recordaran por su absoluto fracaso. Si todavía hubiera alguien que la recordara. Si quedara alguien siquiera.
No lo permitiría. Ese fracaso.
No les diría lo que deseaban saber.
No importaba cuántas veces el sonido de sus gritos ahogara el rugido del río. No importaba cuántas veces el crujir de sus huesos desgajara el bramido atronador de los rápidos.
Había intentado llevar un registro de los días.
Pero no sabía cuánto tiempo la habían mantenido en esa caja de hierro. Cuánto tiempo la habían obligado a dormir, cuánto había pasado en el aletargamiento que le provocaba el humo dulce que habían vertido en la caja cuando la transportaron ahí. A esta isla, a este templo del dolor.
No sabía cuánto tiempo habían durado los intervalos entre sus gritos y su vigilia. Entre el final del dolor y el momento en que iniciaba de nuevo.
Días, meses, años, todo se fundía en lo mismo, como su propia sangre, que con frecuencia se deslizaba al piso de piedra y se disolvía en el río.
Una princesa que debería vivir mil años. Más.
Ése había sido su don. Ahora era su maldición.
Otra maldición que soportar, tan pesada como la que le habían impuesto mucho antes de nacer. Sacrificarse para subsanar un error antiguo. Para pagar a los dioses que habían fundado su mundo, que se habían quedado atrapados en él, la deuda de alguien más. El mundo que esos dioses luego gobernaron.
Ella no sentía la mano cálida de la diosa que la había bendecido y maldecido con su terrible poder. Se preguntaba si a esa diosa de luz y flama siquiera le importaba que ahora estuviera atrapada dentro de la caja de hierro, o si el ser inmortal ya había transferido su atención a otra persona. Al rey que podría ofrecerse en su lugar y, al ofrecer su vida, salvar su mundo.
A los dioses no les importaba quién pagara la deuda. Por eso sabía que no vendrían por ella a salvarla. Así que ni se molestó en rezarles.
Pero seguía contándose la historia a sí misma, seguía imaginando a veces que el río le cantaba. Que la oscuridad que vivía dentro del ataúd sellado también le cantaba.
Había una vez, en una tierra que hace mucho tiempo quedó reducida a cenizas, una joven princesa que amaba su reino…
Entonces empezaba a descender profundamente en esa oscuridad, en el mar de flamas. Se sumergía tan profundo que cuando restallaba el látigo, cuando se desgajaba el hueso, a veces no lo sentía.
La mayoría de las veces sí.
Durante esas horas infinitas fijaba su mirada en su compañero.
No en el cazador de la reina, quien podía modular el dolor como un músico extrae la melodía de su instrumento, sino en el enorme lobo blanco, amarrado con cadenas invisibles. Forzado a ser testigo de todo esto.
Algunos días no podía soportar ver al lobo. En esos momentos había estado cerca, demasiado cerca, de romperse. Lo único que evitó que sucediera fue la historia.
Había una vez, en una tierra que hace mucho tiempo quedó reducida a cenizas, una joven princesa que amaba su reino…
Las palabras que le había dicho a un príncipe. Una vez… hacía mucho tiempo.
Un príncipe de hielo y viento. Un príncipe que había sido suyo, y ella de él. Mucho antes de que supieran del vínculo entre sus almas.
La tarea de proteger el reino alguna vez glorioso ahora recaía sobre los hombros de él.
El príncipe cuyo aroma estaba besado de pino y nieve, el aroma de ese reino que ella había amado con su Corazón de Fuego.
Incluso cuando la reina oscura supervisaba el esmerado trabajo del cazador, la princesa pensaba en él. Se aferraba a su recuerdo como si fuera una roca en el río revuelto.
La reina oscura con sonrisa de araña intentó usarlo en su contra. En las redes de obsidiana que tejía, las ilusiones y sueños que hilaba en la culminación de cada punto de quiebre, la reina intentaba manipular el recuerdo de él como una llave para entrar a su mente.
Estaban confundiéndose. Las mentiras y las verdades y los recuerdos. El sueño y la negrura del ataúd de hierro. Los días atada al altar de roca en el centro de la habitación, o colgada de un gancho del techo, o amarrada entre cadenas ancladas a un muro de piedra. Todo empezaba a difuminarse, como tinta en el agua.
Así que se contó a sí misma la historia. La oscuridad y la flama de su más profundo interior la susurraba también, y ella se la cantaba también. Encerrada en ese ataúd escondido en una isla en el corazón de un río, la princesa recitaba la historia, una y otra vez, y permitía que desataran una eternidad de dolor sobre su cuerpo.
Había una vez, en una tierra que hace mucho tiempo quedó reducida a cenizas, una joven princesa que amaba su reino…
PARTE UNO
EJÉRCITOS Y ALIADOS
CAPÍTULO 1

La nieve había llegado antes de tiempo.
Incluso para Terrasen, la primera tormenta otoñal había entrado mucho antes de lo usual.
Aedion Ashryver no estaba completamente seguro si era una bendición. Pero si eso mantenía a las legiones de Morath lejos de su puerta un poco más, les agradecería a los dioses de rodillas. Aunque esos mismos dioses amenazaran todo lo que él amaba. Si siquiera podían considerarse dioses esos seres de otro mundo.
Aedion suponía que había cosas más importantes que contemplar, de cualquier forma.
En las dos semanas desde que se había reunido con su Flagelo, no habían visto rastro de las fuerzas de Erawan, ni terrestres ni aéreas. La nieve espesa había empezado a caer apenas tres días después de su regreso, entorpeciendo el proceso de por sí lento de transportar a las tropas desde su flota congregada hasta el enorme campamento del Flagelo en la planicie de Theralis.
Las embarcaciones habían navegado tierra adentro por el río Florine, justo hasta las puertas de Orynth. Tenían banderas de todos los colores que ondeaban con el viento intenso proveniente de las montañas Staghorn: el cobalto y dorado de Wendlyn, el negro y carmesí de Ansel de Briarcliff, el plateado brillante de la realeza Whitethorn y sus muchos primos. Los Asesinos Silenciosos, esparcidos por toda la flota, no tenían bandera aunque ninguna era necesaria para identificarlos ya que tenían ropa de color claro y un gran surtido de armas soberbias y letales.
Los barcos pronto se reunirían con la retaguardia que quedaba en la desembocadura del Florine y patrullarían la costa desde Ilium hasta Suria, pero los soldados de a pie, la mayoría provenientes de las fuerzas del Príncipe Heredero Galan Ashryver, irían al frente.
Un frente que ahora estaba sepultado bajo un par de metros de nieve. Que sin duda serían más en su futuro.
Escondido sobre un angosto paso de montaña en las Staghorn detrás de Allsbrook, Aedion frunció el ceño hacia las nubes cargadas.
Las pieles color claro de su vestimenta lo hacían confundirse con los grises y blancos de la saliente rocosa. Su cabello dorado estaba oculto bajo una capucha que también lo mantenía caliente. Muchas de las tropas de Galan nunca habían visto la nieve, gracias al clima templado de Wendlyn. La realeza Whitethorn y su fuerza un poco menor tampoco estaban acostumbradas. Así que Aedion había dejado a Kyllian, su comandante de mayor confianza, encargado de asegurarse de que estuvieran tan protegidos del frío como fuera posible.
Estaban lejos de casa, peleando por una reina que no conocían y en quien tal vez ni siquiera creían. Ese frío helado les mataría el espíritu y sembraría disensión con más rapidez que el viento ululante que corría entre esos picos.
Un movimiento rápido del otro lado del paso atrajo la atención de Aedion. Sólo era visible porque él sabía dónde buscar.
Ella se había camuflado mejor que él. Pero Lysandra tenía la ventaja de estar usando un abrigo que había sido criado para estas montañas.
Aunque él no se lo había dicho. Ni siquiera la había volteado a ver cuando partieron en su misión de exploración.
Aelin, aparentemente, había tenido un asunto secreto que atender en Eldrys y dejó una nota con Galan y sus nuevos aliados para explicar su desaparición. Lo cual le permitió a Lysandra acompañarlos en esta tarea.
Nadie había notado, en los dos meses que habían mantenido la farsa, que la Reina de Fuego no tenía ni una brasa que invocar. Ni que ella y la metamorfa nunca aparecían en el mismo sitio. Y nadie, ni los Asesinos Silenciosos del Desierto Rojo, ni Galan Ashryver, ni las tropas que Ansel de Briarcliff había enviado con la flota como avanzada antes del grueso de su ejército, se había percatado de los pequeños atributos que no le pertenecían a Aelin para nada. Tampoco nadie había notado la marca en la muñeca de la reina que, sin importar la piel que tuviera, Lysandra no podía cambiar.
Ella había logrado ocultar bastante bien la marca con guantes o mangas largas. Y si una porción de piel cicatrizada llegaba a asomarse, se podía explicar como parte de las marcas que le habían dejado los grilletes.
Las cicatrices falsas también las había agregado, justo donde las tenía Aelin. Junto con la risa y la sonrisa malvada. El porte altivo y la inmovilidad.
Aedion apenas podía soportar verla. Hablar con ella. Lo hizo solamente porque tenía que mantener la farsa también. Fingir que era su primo fiel, su valiente comandante que conduciría a ella y a Terrasen a la victoria, por improbable que fuera.
Así que actuó su rol. Uno de los muchos que había interpretado en su vida.
Pero en el momento en que Lysandra cambiaba su cabello dorado por mechones oscuros, los ojos Ashryver por unos color esmeralda, dejaba de reconocer su existencia. Algunos días, el nudo de Terrasen que Aedion tenía tatuado en el pecho, los nombres de su reina y su incipiente corte entretejidos en él, se sentía como una marca de ganado. En especial el de Lysandra.
Él sólo la había traído a esta misión para que fuera más sencilla. Más segura. Había otras vidas además de la suya en juego, y aunque él habría podido delegar la tarea de exploración a una unidad del Flagelo, le hacía falta la acción.
Les había tomado más de un mes navegar desde Eyllwe con sus nuevos aliados, ya que tuvieron que evadir la flota de Morath que rodeaba Rifthold y después, las últimas dos semanas, avanzar a pie tierra adentro.
Casi no habían tenido que enfrentarse en combate. Solamente con algunas bandas nómadas de soldados de Adarlan, sin Valg entre ellos, que habían logrado derrotar rápidamente.
Aedion dudaba que Erawan esperara hasta la primavera. Dudaba que el silencio tuviera algo que ver con el clima. Lo había discutido con sus hombres y con Darrow y los demás lords hacía unos días. Probablemente Erawan esperaría hasta el momento más crudo del invierno, cuando la movilidad fuera más complicada para los ejércitos de Terrasen, cuando los soldados de Aedion estuvieran más débiles por haber pasado meses en la nieve, con el cuerpo entumido por el frío. Ni siquiera la fortuna del rey que Aelin había logrado conseguirles la primavera pasada podía prevenir eso.
Sí, podían comprar comida y mantas y ropa, pero cuando las líneas de aprovisionamiento quedaran enterradas bajo la nieve, ¿de qué servirían? Ni con todo el oro de Erilea podían detener la pérdida constante de fuerza que los meses de campamento durante el invierno, expuestos al clima inmisericorde de Terrasen, podían provocar.
Darrow y los demás lords no le creían cuando afirmaba que Erawan atacaría a medio invierno, ni le creían a Ren cuando el lord de Allsbrook concordaba con su opinión. Erawan no era un tonto, decían. A pesar de su legión aérea de brujas, los soldados Valg de a pie no podían cruzar la nieve cuando tenía tres metros de profundidad. Habían decidido que Erawan esperaría hasta la primavera.
Pero Aedion no se arriesgaría. Tampoco el príncipe Galan, que había permanecido en silencio durante esa reunión, pero que buscó a Aedion después para ofrecerle su apoyo. Debían mantener a las tropas alimentadas y resguardadas, mantenerlas entrenadas y listas para marchar en cualquier momento.
Esta misión de exploración, si la información de Ren era correcta, les ayudaría en su causa.
Se escuchó el crujir de un arco cercano, apenas audible por el sonido del viento. La punta y el cuerpo de la flecha estaban pintados de blanco, apenas visibles, y apuntaban con precisión mortífera hacia la boca del paso entre las montañas.
Aedion vio a Ren Allsbrook a los ojos; el joven lord se ocultaba entre las rocas y tenía la flecha lista para disparar. Estaba cubierto con unas pieles grises y blancas iguales a las de Aedion y usaba una bufanda de color claro cubriéndole la boca. Ren era apenas un par de ojos oscuros y la insinuación de una cicatriz.
Aedion le hizo un ademán para indicarle que esperara. Con una mirada rápida hacia la metamorfa al otro lado del paso, Aedion transmitió la misma orden.
Que permitieran que se acercara el enemigo.
Nieve que crujía mezclada con respiración dificultosa.
Justo a tiempo.
Aedion acomodó una flecha en su propio arco y se agachó para ocultarse bajo la saliente.
Tal y como les había dicho la exploradora de Ren al entrar a la tienda de campaña de Aedion hacía cinco días: el grupo que se aproximaba era de seis.
Venían sin tomarse la molestia de intentar pasar desapercibidos entre la nieve y las rocas. Sus pieles oscuras, enmarañadas y extrañas, los convertían en virtuales faros por su contraste con la nieve brillante de las montañas Staghorn. Pero el hedor que tenían, transportado por el viento, ya le había proporcionado suficiente confirmación a Aedion.
El Valg. No se alcanzaban a ver collares en ninguno de los miembros del pequeño grupo ni ninguna señal de que portaran un anillo oculto bajo los gruesos guantes. Aparentemente, incluso hasta los animalejos infestados de demonios eran susceptibles al frío. O al menos sus huéspedes mortales.
El conjunto de enemigos se adentró más en la boca del pasaje. La flecha de Ren se mantuvo firme.
Dejen vivo a uno, había ordenado Aedion antes de que ocuparan sus posiciones.
Había sido una suerte que eligieran este pasaje, una entrada alterna a las zonas más bajas de Terrasen. Apenas medía lo suficiente para que cupieran dos caballos y desde hacía mucho tiempo ni los ejércitos conquistadores ni los comerciantes que buscaban vender su mercancía en el interior del reino más allá de las Staghorn lo utilizaban.
Para Aedion seguía siendo un misterio qué vivía detrás de ese pasaje, quién se atrevía a ganarse la vida más allá de cualquier frontera reconocida. Al igual que no sabía por qué estos soldados se habían aventurado tanto al interior de las montañas.
Pero lo averiguaría pronto.
La compañía de demonios pasó debajo de ellos y Aedion y Ren se movieron para reposicionar sus arcos.
Un tiro vertical directo al cráneo. Eligió su blanco.
Aedion asintió como única señal antes de dejar volar su flecha.
La sangre negra seguía emitiendo vapor sobre la nieve cuando la pelea terminó.
Sólo había durado unos cuantos minutos. Sólo unos cuantos, después de que las flechas de Aedion y Ren encontraron sus blancos y Lysandra saltó de su percha para destrozar a otros tres. Y para desgarrarle los músculos de las pantorrillas al sexto y único sobreviviente de la compañía.
El demonio gimió cuando Aedion caminó en su dirección. La nieve a los pies del hombre estaba manchada de negro azabache y sus piernas convertidas en jirones. Como listones de una bandera destrozada por el viento.
Lysandra se sentó cerca de su cabeza, con el hocico manchado de ébano y los ojos verdes clavados en el rostro pálido del hombre. Unas garras afiladas como agujas brillaban bajo sus patas enormes.
Tras ellos, Ren estaba comprobando si los demás estaban muertos. Su espada se elevó y cayó para decapitarlos antes de que el aire helado pudiera congelarlos al punto de que ya no lo pudiera hacer.
—Basura traidora —le bufó a Aedion el demonio mientras su semblante angosto se retorcía con odio. El hedor se le metió por las fosas nasales de Aedion y recubrió sus sentidos como el aceite.
Aedion sacó el cuchillo que traía al costado, la daga larga y afilada que Rowan Whitethorn le había regalado, y sonrió sombríamente.
—Esto puede terminar rápido, si eres listo.
El soldado del Valg escupió a las botas de Aedion cubiertas de nieve.
El castillo de Allsbrook llevaba más de quinientos años en pie con las montañas Staghorn a sus espaldas y Oakwald a sus pies.
Aedion caminaba frente a una enorme chimenea encendida, de las muchas que había en el castillo. Podía contar las marcas de cada uno de los inviernos brutales en las piedras grisáceas. También podía sentir el peso de la famosa historia del castillo en esas rocas: los años de valor y servicio, cuando estos pasillos habían estado llenos de canciones y guerreros, y los largos años de pesar posteriores.
Ren se había apropiado de una silla desgastada y afelpada a un lado de la chimenea; tenía los brazos apoyados en los muslos mientras miraba las flamas. Habían llegado la noche anterior e incluso Aedion había estado demasiado agotado por el viaje a través de la nieve en Oakland como para hacer un recorrido del lugar. Y después de lo que habían hecho esta tarde, dudaba que pudiera reunir la energía necesaria para hacerlo en este momento.
El otrora majestuoso salón estaba en silencio y a oscuras más allá de la fogata y, sobre sus cabezas, los tapices decolorados y las cimeras de la bandera de la familia Allsbrook se mecían con el viento que se colaba por las ventanas altas que decoraban uno de los lados de la habitación. Había una variedad de aves haciendo sus nidos cerca del techo, hechas un ovillo para protegerse del frío letal al otro lado de los muros de la fortaleza antigua.
Y, entre ellas, un halcón de ojos verdes escuchaba atentamente cada palabra.
—Si Erawan está buscando un camino hacia Terrasen —dijo Ren al fin—, las montañas serían una decisión imprudente —observó con el ceño fruncido las bandejas vacías donde estaba la comida que habían devorado minutos antes. Un guiso sustancioso de carnero y tubérculos asados. La mayor parte de la comida estaba poco sazonada, pero estaba caliente—. La tierra no perdona fácilmente en estas zonas. Perdería incontables tropas solamente por las inclemencias del tiempo.
—Erawan no hace nada sin motivo —lo contradijo Aedion—. La ruta más sencilla hacia Terrasen sería por la zona de las granjas, en los caminos del norte. Es donde cualquiera esperaría que entrara. Ya sea ahí o que enviara a sus fuerzas por la costa.
—O por ambas partes, por tierra y por mar.
Aedion asintió. Erawan había tejido una red inmensa en su deseo de terminar con la resistencia que había surgido en este continente. El imperio de Adarlan ya no le servía como un frente a Morath. Desde Eyllwe hasta la frontera norte de Adarlan, de las costas del Gran Océano hasta el gigantesco muro de montañas que dividían el continente en dos, la sombra del rey del Valg crecía día con día. Aedion dudaba que Erawan se fuera a detener antes de colocarle a cada uno de ellos un collar negro alrededor del cuello.
Y si Erawan lograba conseguir las otras dos llaves del Wyrd, si podía abrir el portal del Wyrd a voluntad y desatar las hordas de Valg de su propio reino, tal vez incluso esclavizar ejércitos de otros mundos y usarlos para conquistar… No habría posibilidad de detenerlo. Ni en este mundo, ni en ningún otro.
Toda esperanza de prevenir ese destino horrible yacía ahora en manos de Dorian Havilliard y Manon Picos Negros. Aedion no había escuchado ni una palabra sobre dónde habían ido durante estos meses ni qué les había sucedido. Suponía que eso era una buena señal. Su supervivencia dependía de su discreción.
Aedion dijo:
—Entonces, que Erawan desperdicie un equipo de exploración para encontrar pequeños pasajes entre las montañas parece poco prudente —se rascó la mejilla cubierta de barba de varios días. Habían salido antes del amanecer el día anterior y él había preferido dormir más que afeitarse—. No tiene sentido, estratégicamente. Las brujas pueden volar, así que enviar un equipo para explorar y determinar las dificultades del terreno tiene poca utilidad. Pero si la información es para ejércitos terrestres… Pasar a las tropas por estos pequeños pasajes tardaría meses, eso sin mencionar el riesgo del clima.
—Su explorador simplemente no dejaba de reír —dijo Ren y negó con la cabeza. Su cabello negro al hombro se balanceó con el movimiento—. ¿Qué es lo que no estamos viendo? ¿Qué es?
Bajo la luz de la chimenea, la cicatriz que le marcaba todo el rostro se veía más cruda. Un recordatorio de los horrores que Ren había tenido que sobrellevar, a los cuales su familia no había sobrevivido.
—Podría ser para sembrar duda entre nosotros. Para hacernos reposicionar nuestras fuerzas —respondió Aedion y apoyó una mano en el marco de la chimenea. La roca tibia le infundía calor a su piel aún helada.
Ren en verdad había preparado al Flagelo durante los meses que Aedion no estuvo. Trabajó de cerca con Kyllian para posicionarlos lo más al sur de Orynth que les autorizó Darrow. Lo cual resultó ser apenas más allá de las colinas que bordeaban el punto más al sur de la planicie de Theralis.
Ren ya le había cedido el control a Aedion, aunque la reunión del lord de Allsbrook con Aelin había sido fría. Tan fría como la nieve que azotaba el exterior de esta fortaleza, para ser precisos.
Lysandra había desempeñado bien su papel, con un dominio total del sentimiento de culpa y la impaciencia de Aelin. Y desde entonces, sabiamente, había evadido cualquier situación donde pudieran hablar del pasado. Aunque Ren no había demostrado ningún deseo de sentarse a recordar los años previos a la caída de Terrasen. Ni los acontecimientos del invierno anterior.
Aedion se aferraba a la esperanza de que Erawan también siguiera sin saber que ya no contaban con la Portadora de Fuego entre sus tropas. Ni siquiera quería considerar lo que las tropas de Terrasen harían o dirían cuando se dieran cuenta de que las llamas de Aelin no los protegerían en la batalla.
—También podría ser una maniobra real que tuvimos la suerte de descubrir —reflexionó Ren—. ¿Entonces nos arriesgamos a mover tropas a los pasajes? Ya hay algunas en las Staghorn detrás de Orynth y en las planicies al norte más allá.
Una maniobra inteligente por parte de Ren, para convencer a Darrow de permitirle colocar a una porción de su Flagelo detrás de Orynth, en caso de que Erawan navegara al norte y atacara desde allá. Sabía que el bastardo era capaz de cualquier cosa.
—No quiero que el Flagelo esté demasiado disperso —dijo Aedion mientras mantenía su atención en el fuego. Era tan diferente, esta flama, al fuego de Aelin. Como si el fuego que tenía enfrente fuera un fantasma comparado con el ser vivo que producía la magia de su reina—. Y seguimos sin tener tropas de sobra.
Incluso con las decisiones intrépidas y desesperadas de Aelin, los aliados que había conseguido no se acercaban siquiera al poderío de Morath. Y todo el oro que había acumulado pudo comprarles pocas tropas más, ya que quedaban contadas personas disponibles para siquiera intentar convencerlas de unirse a su causa.
—Aelin no parecía demasiado preocupada cuando se fue a Eldrys —murmuró Ren.
Por un momento, Aedion estuvo de regreso en el cordón litoral de arena empapada en sangre.
Una caja de hierro. Maeve la había azotado y colocado en un auténtico ataúd. Y se habían marchado a Mala sepa dónde acompañadas de un sádico inmortal.
—Aelin —dijo Aedion intentando imitar su propio tono lento y desenfadado lo mejor que pudo, a pesar de que la mentira se le atoraba en la garganta— tiene sus propios planes que sólo nos comunicará cuando sea el momento adecuado.
Ren no dijo nada. Y aunque la reina que Ren creía que había regresado era una ilusión, Aedion agregó:
—Todo lo que ella hace es por Terrasen.
Le había dicho cosas tan horrendas el día que ella había terminado con el ilken. ¿Dónde están nuestros aliados?, había exigido saber. Todavía estaba intentando perdonarse por ello. Por todo. Sólo le quedaba esta única oportunidad de corregir las cosas, de hacer lo que ella había pedido y salvar su reino.
Ren miró las espadas gemelas que él había dejado sobre la mesa antigua detrás de ellos.
—De todas maneras se fue —dijo.
No a Eldrys, sino diez años atrás.
—Todos hemos cometido errores en la última década.
Los dioses sabían que Aedion tenía muchas cosas por expiar.
Ren se puso tenso, como si las decisiones que lo atormentaban le hubieran mordido la espalda.
—Nunca le hablé —dijo Aedion en voz baja para que el halcón posado cerca del techo no escuchara— sobre el salón de opio en Rifthold.
Sobre el hecho de que Ren conocía a la dueña y que había frecuentado el establecimiento de la mujer muchas veces antes de la noche en que Aedion y Chaol habían escondido a Ren cuando estaba casi inconsciente para ocultarlo de los hombres del rey.
—Puedes ser un verdadero hijo de puta, ¿sabías? —dijo Ren con voz repentinamente ronca.
—Nunca usaría eso en tu contra —le respondió Aedion al joven lord que lo observaba con recelo y le sostuvo la mirada, dejó que Ren sintiera la autoridad que bullía dentro de la suya—. Lo que quería decir, antes de que te pusieras así —agregó cuando Ren abrió la boca de nuevo— era que Aelin te ofreció un sitio en esta corte sin conocer esa parte de tu pasado —un músculo tembló en la mandíbula de Ren—. Pero aunque lo hubiera sabido, Ren, de todas formas te habría hecho esa oferta.
Ren estudió el piso de piedra debajo de sus botas.
—No hay ninguna corte.
—Darrow puede gritar todo lo que le dé la gana, pero yo estoy en desacuerdo —dijo Aedion y se sentó en la silla que estaba frente a la de Ren. Si Ren verdaderamente apoyaba a Aelin, ahora que Elide Lochan había regresado, y Sol y Ravi de Suria probablemente la apoyaban, eso le daba a su reina tres votos a su favor. Contra los cuatro que se oponían a ella.
Tenían pocas esperanzas de que el voto de Lysandra, como lady de Caraverre, fuera reconocido.
La metamorfa no había pedido conocer las tierras que serían su hogar si sobrevivían a esta guerra. Tan sólo se había convertido en un halcón en el recorrido hacia acá y se alejó volando. Cuando regresó después de un rato, no dijo nada pero sus ojos verdes brillaban.
No, Caraverre no sería reconocido como territorio, no hasta que Aelin ocupara el trono.
Hasta que Lysandra fuera coronada como reina, si la suya no regresaba.
Regresaría. Tenía que.
Se abrió una puerta al fondo del pasillo, seguida por pasos ligeros y apresurados. Se puso de pie un instante antes de que un alegre «¡Aedion!» rebotara cantarín sobre las rocas.
Evangeline estaba muy sonriente, vestida de pies a cabeza con ropa de lana de color verde y con las orillas decoradas con piel blanca. Su cabello dorado rojizo colgaba en dos trenzas. Como las niñas de las montañas de Terrasen.
Sus cicatrices se estiraron cuando sonrió y Aedion abrió los brazos justo antes de que ella se lanzara sobre él.
—Me dijeron que llegaron anoche, ya muy tarde, pero luego volvieron a salir antes de que amaneciera y me preocupaba no verte otra vez…
Aedion le dio un beso en la cabeza.
—Creo que creciste treinta centímetros desde la última vez que te vi.
Los ojos color cetrino de Evangeline brillaron cuando pasó su mirada entre él y Ren.
—¿Dónde…?
Un destello de luz y ahí estaba ella.
Resplandeciente. Lysandra parecía brillar cuando se cubrió el cuerpo desnudo con una capa. La prenda estaba en una silla cercana precisamente por este motivo. Evangeline se lanzó a los brazos de la metamorfa llorando de alegría. Los hombros de Evangeline se sacudían y Lysandra sonrió, profunda y cálidamente, mientras acariciaba la cabeza de la niña.
—¿Estás bien?
Hacia el resto del mundo, la metamorfa aparentaba estar tranquila, serena. Pero Aedion la conocía, conocía sus estados de ánimo, los detalles que delataban la verdad. Reconocía ese ligerísimo temblor en sus palabras que revelaba el torrente rápido que se arremolinaba debajo de la superficie hermosa.
—Sí —dijo Evangeline y se apartó del abrazo para sonreírle a Ren—. Él y lord Murtaugh me trajeron acá poco después. Ligera está con él, por cierto. Con Murtaugh, quiero decir. Le agrada más que yo porque él le da golosinas todo el día. Ahora está más gorda que un gato mimado.
Lysandra rio y Aedion sonrió. La niña había estado bien cuidada.
Como si se diera cuenta de lo mismo, Lysandra le murmuró a Ren, con voz similar a un ronroneo:
—Gracias.
Las mejillas de Ren se tornaron un poco rosadas cuando se puso de pie.
—Pensé que estaría más segura aquí que en un campamento de batalla. Más cómoda, al menos.
—Es un lugar maravilloso, Lysandra —dijo Evangeline y tomó la mano de Lysandra entre las suyas—. Murtaugh incluso me llevó a Caraverre una tarde. Bueno, eso fue antes de que empezara a nevar. Tienes que conocerlo. Las colinas y los ríos y los árboles hermosos, todo muy cerca de las montañas. Pensé ver un leopardo de las nieves escondido entre las rocas, pero Murtaugh dijo que me lo había imaginado. Pero juro que sí lo vi, ¡era más grande que el tuyo! ¡Y la casa! Es la casa más hermosa que haya visto, con un jardín bardeado en la parte trasera que Murtaugh dice estará lleno de vegetales y rosas en el verano.
Durante un instante, Aedion no pudo soportar la emoción en el rostro de Lysandra mientras Evangeline seguía hablando de sus grandes planes para la propiedad. El dolor de desear una vida que probablemente le sería arrebatada antes de que tuviera oportunidad de iniciarla.
Aedion volteó a ver a Ren. La mirada del lord estaba clavada en Lysandra. Como siempre estaba cuando ella adoptaba una forma humana.
Aedion se esforzó por no apretar la mandíbula y dijo:
—Entonces, reconoces Caraverre.
Evangeline continuó con su alegre plática pero la mirada de Lysandra se deslizó hacia ellos.
—Darrow no es lord de Allsbrook —fue la única respuesta que dio Ren.
Así era. ¿Y quién se opondría a tener una vecina tan hermosa?
Esto es, cuando no estuviera viviendo en Orynth bajo la piel de otra y portando la corona, usando a Aedion como padre del falso heredero a la sangre real. Apenas era un poco más que un semental.
Lysandra nuevamente asintió para dar las gracias y Ren se ruborizó aún más. Como si no acabaran de pasar todo el día avanzando en la nieve y masacrando Valg. Como si el olor a vísceras no estuviera aún impregnado en ellos.
De hecho, Evangeline olisqueó la capa con la que se estaba cubriendo Lysandra y frunció el ceño.
—Huelen horrible. Todos.
—¡Esos modales! —la reprendió Lysandra pero rio al mismo tiempo.
Evangeline se puso las manos en las caderas con un gesto que Aedion había observado a Aelin hacer tantas veces que le dolió el corazón al verla.
—Tú me pediste que les dijera si apestaban. En especial el aliento —Lysandra sonrió y Aedion se resistió al movimiento de las comisuras de sus propios labios—. Así que les estoy diciendo —concluyó la niña.
Luego jaló la mano de Lysandra para intentar llevarla hacia el pasillo.
—Puedes compartir habitación conmigo. Hay un cuarto de baño ahí.
Lysandra concedió un paso.
—Una habitación muy elegante para ser de visitas —le murmuró Aedion a Ren con las cejas arqueadas. Tenía que ser una de las mejores para tener su propio cuarto de baño.
Ren agachó la cabeza.
—Le pertenecía a Rose.
Su hermana mayor. Que había muerto masacrada junto con Rallen, la segunda hija de los Allsbrook, en la academia de magia a la que asistían. La escuela, que estaba cerca de la frontera con Adarlan, había quedado directamente en el paso de las tropas invasoras.
Incluso antes de la caída de la magia, habrían tenido pocas defensas contra diez mil soldados. Aedion no se permitía con frecuencia recordar la masacre de Devellin, la famosa escuela. Cuántos niños había ahí. Cómo ninguno había podido escapar.
Ren había sido cercano a sus dos hermanas, pero sobre todo a la enérgica Rose.
—Le hubiera agradado a ella —aclaró Ren con un movimiento de la barbilla en dirección a Evangeline. Aedion notó que la niña compartía con Ren las cicatrices. La cicatriz que le recorría el rostro a Ren era el resultado de haber escapado de la carnicería que le había costado la vida a sus padres mientras creaban una distracción para que él y Murtaugh pudieran huir. Las cicatrices de Evangeline provenían de un escape diferente en el cual logró evitar el tipo de vida infernal que su protectora había soportado.
Aedion tampoco se permitió recordar ese hecho.
Evangeline continuó jalando el brazo de Lysandra, sin prestar ninguna atención a la conversación.
—¿Por qué no me despertaste cuando llegaron?
Aedion no escuchó la respuesta de Lysandra porque la niña ya la iba conduciendo hacia el pasillo. La mirada de la metamorfa se cruzó con la de él.
Ella había intentado hablar con él en estos últimos dos meses. Muchas veces. Docenas de veces. Él la había ignorado. Y cuando al fin llegaron a las costas de Terrasen, ella ya se había dado por vencida.
Ella le había mentido. Lo había engañado tanto que todos los momentos que compartieron, todas las conversaciones que tuvieron… no sabía qué era real. No quería saber. No quería saber si ella en verdad había sido honesta cuando él tan estúpidamente le había ofrecido todo.
Él creía que ésta había sido su última cacería. Que tendría la oportunidad de tomarse su tiempo con ella, mostrarle todo lo que Terrasen tenía. Mostrarle todo lo que él tenía.
Perra mentirosa, la había llamado. Le había gritado esas palabras.
Ya había logrado aclarar su mente lo suficiente como para sentirse avergonzado de haberlo dicho. Pero la rabia permanecía.
La mirada de Lysandra era cautelosa, como si le estuviera preguntando: ¿No podemos, en este raro momento de felicidad, hablar como amigos?
Aedion simplemente devolvió su atención a la chimenea y bloqueó la mirada de esmeralda, el rostro exquisito.
Ren podía quedársela. Aunque sólo de pensarlo le daban ganas de destrozar algo.
Lysandra y Evangeline desaparecieron al fondo del pasillo. La niña seguía hablando.
El peso de la decepción de Lysandra permaneció como un roce fantasma.
Ren se aclaró la garganta:
—¿Quieres decirme qué está pasando entre ustedes dos?
Aedion lo vio con tal severidad que alguien menos valiente hubiera salido corriendo despavorido.
—Trae un mapa. Quiero volver a revisar los pasos entre las montañas.
A pesar de todo, Ren fue a buscar uno.
Aedion se quedó mirando el fuego, tan pálido sin la chispa de magia de su reina.
¿Cuánto tiempo pasaría hasta que el viento que aullaba tras los muros del castillo fuera reemplazado por los bramidos de las bestias de Erawan?
Aedion recibió su respuesta al amanecer del día siguiente.
Estaba sentado en un extremo de la mesa larga en el Gran Salón mientras Lysandra y Evangeline desayunaban en silencio del otro lado. Aedion logró controlar el temblor de sus dedos cuando abrió la carta que el mensajero le había dado un momento antes. Ren y Murtaugh, sentados junto a él, se abstuvieron de exigirle respuestas mientras leía. Una vez. Dos.
Aedion al fin dejó la carta sobre la mesa. Inhaló profundamente con el ceño fruncido y miró en dirección a la luz grisácea que se filtraba por la hilera de ventanas en la parte superior de la pared.
Podía sentir el peso de la mirada de Lysandra desde el otro lado de la mesa. Pero ella no se movió.
—Es de Kyllian —dijo Aedion con voz ronca—. Las tropas de Morath llegaron a tierra en la costa… en Eldrys.
Ren maldijo. Murtaugh permaneció en silencio. Aedion no se puso de pie porque sospechaba que las rodillas no lo sostendrían.
—Destruyó la ciudad. La dejó en ruinas sin usar una sola tropa.
Aedion sólo podía intentar adivinar por qué el rey oscuro había esperado tanto tiempo.
—¿Las torres de las brujas? —preguntó Ren. Aedion le había contado todo lo que les había revelado Manon Picos Negros en su recorrido por los Pantanos Rocosos.
—No dice —respondió Aedion. Era poco probable que Erawan hubiera usado las torres, ya que eran lo suficientemente grandes para requerir ser transportadas por tierra y los vigías de Aedion seguramente habrían notado una torre de treinta metros de altura recorriendo su territorio—. Pero las explosiones destruyeron la ciudad.
—¿Aelin? —susurró Murtaugh.
—Está bien —mintió Aedion—. De camino de regreso al campamento de Orynth el día antes de que esto sucediera.
Por supuesto, la carta de Kyllian no mencionaba a Aelin pero su comandante principal especulaba que como no había un cuerpo ni celebraciones del enemigo, la reina había logrado escapar.
Murtaugh relajó todo su cuerpo en su asiento y Ligera le recargó la cabeza dorada sobre el muslo.
—Gracias a Mala por esa bendición.
—No le agradezcas todavía —dijo Aedion y metió la carta en el bolsillo de la capa gruesa que vestía para protegerse de las corrientes de aire en el pasillo. No le agradezcas nada, se sintió tentado a agregar—. De camino a Eldrys, Morath eliminó diez buques de guerra de Wendlyn cerca de Ilium y el resto de la flota huyó por el Florine junto con nuestros barcos.
Murtaugh se frotó la mandíbula.
—¿Por qué no perseguirlos, seguirlos río arriba?
—Quién sabe —Aedion lo meditaría luego—. Erawan tenía la mira puesta en Eldrys y ahora ya tomó la ciudad. Parecería que tiene la intención de que algunas de sus tropas salgan de ahí. Si no hacemos algo, llegarán a Orynth en una semana.
—Tenemos que regresar al campamento —dijo Ren y su rostro se oscureció—. Ver si podemos hacer que nuestra flota vuelva a bajar por el Florine y que ataquen con Rolfe desde el mar. Mientras nosotros atacamos por tierra.
Aedion no se sentía con ánimos de recordarles que no habían sabido nada de Rolfe a excepción de unos cuantos mensajes vagos sobre su búsqueda de los micenianos y su flota legendaria. Las probabilidades de que Rolfe emergiera para salvarlos eran tan pocas como que emergiera la legendaria Tribu de Lobos del extremo más alejado de las montañas Anascaul en el interior del territorio. O que las hadas que habían escapado de Terrasen hacía una década regresaran de donde fuera que estuvieran para unirse a las fuerzas de Aedion.
La calma calculadora que había guiado a Aedion en las batallas y en las masacres se instaló en su cuerpo, tan sólida como la capa de pieles que vestía. La velocidad sería su aliada ahora. La velocidad y la claridad.
La línea tiene que mantenerse, ordenó Rowan antes de que salieran. Consigan todo el tiempo que puedan para nosotros.
Cumpliría esa promesa.
Evangeline se quedó en silencio cuando la atención de Aedion se centró en la metamorfa al otro lado de la mesa.
—¿Cuántas personas puedes cargar en tu forma de guiverno?
CAPÍTULO 2

Elide Lochan alguna vez albergó la esperanza de viajar a muchos lugares, a un sitio donde nadie hubiera escuchado antes sobre Adarlan o Terrasen, tan distante que Vernon no tuviera ninguna posibilidad de encontrarla.
No había anticipado que eso pudiera suceder en realidad.
En un callejón polvoriento y antiguo de una ciudad igualmente polvorienta y antigua en un reino al sur de Doranelle, Elide se maravillaba con el repique de las campanas al mediodía que resonaba por todo el cielo transparente. El sol horneaba la roca de color claro de los edificios y el viento seco recorría las calles que los separaban. Ya le habían enseñado a pronunciar el nombre de esta ciudad en tres ocasiones pero seguía sin poder lograrlo.
Supuso que no tendría importancia. No estarían en este lugar por mucho tiempo. Así como no se habían detenido más de lo necesario en ninguna de las ciudades que habían pasado a toda velocidad, ni en los bosques, ni en las montañas, ni en las tierras bajas. Reino tras reino, el paso implacable establecido por un príncipe que apenas parecía recordar cómo hablar, ya no se diga cómo comer por sí mismo.
Elide hizo una mueca al ver el cuero desgastado del traje de bruja que todavía traía puesto, su capa gris raída y sus botas rasguñadas. Luego miró a sus dos compañeros en el callejón. Sí, todos habían tenido mejores épocas.
—En cualquier momento —murmuró Gavriel con los ojos de color leonado fijos en la boca del callejón. Una figura alta y oscura se ocultaba en las escasas sombras del arco derruido y monitoreaba desde ahí el movimiento en la calle.
Elide no lo miró por mucho tiempo. No había tenido el valor de hacerlo durante estas semanas interminables. No había tenido el valor de soportarlo a él ni el dolor intolerable que se acumulaba en su pecho.
Elide le frunció el ceño a Gavriel.
—Deberíamos habernos detenido para almorzar.
Él movió la barbilla en dirección al bolso viejo recargado contra el muro.
—Tengo una manzana en mi bolso.
Elide miró hacia el edificio que se elevaba junto a ellos, suspiró y metió la mano en el bolso. Buscó entre la ropa, la cuerda, las armas y diversos artículos hasta que logró sacar la gran manzana roja y verde. Era la última de muchas que habían cortado en un huerto del reino vecino. Elide se la ofreció al lord hada.
Gavriel arqueó una ceja dorada.
Elide imitó el gesto.
—Puedo oír el ruido que hace tu estómago.
Gavriel resopló divertido y aceptó la manzana con una inclinación de la cabeza. Luego la limpió en la manga de su saco claro.
—En efecto, mi estómago protesta.
Al final del callejón, Elide podría haber jurado que la figura oscura se tensaba. No le dio importancia.
Gavriel mordió la manzana y se alcanzó a ver el destello de sus grandes colmillos. El padre de Aedion Ashryver… el parecido era increíble, aunque la similitud se limitaba a su apariencia. En los pocos días que había pasado con Aedion, había demostrado ser lo opuesto de este hombre considerado y de voz suave.
Después de que Asterin y Vesta los dejaron en el barco que los había transportado hasta acá, le había provocado un poco de preocupación la idea de viajar sola con tres hombres inmortales. Le preocupaba quedar pisoteada y atropellada.
Pero Gavriel había sido amable desde el primer momento. Se aseguró de que Elide comiera lo suficiente, que tuviera mantas para protegerse en las noches heladas, le enseñó a montar los caballos que habían comprado porque no había manera de que Elide les siguiera el paso a pie, ni siquiera si su tobillo estuviera sano. Y para los momentos en que tenían que cruzar territorios escarpados a caballo, Gavriel incluso le había protegido la pierna con su magia. Su poder se sentía como una brisa cálida de verano contra su piel.
Ella ciertamente no le estaba permitiendo a Lorcan que hiciera eso por ella.
Nunca olvidaría la escena de él arrastrándose tras Maeve cuando la bruja había roto el juramento de sangre que los unía. Arrastrándose hacia ella como un amante rechazado, como un perro herido desesperado por seguir a su amo. Aelin había sido brutalizada y Lorcan fue el responsable de informarle a Maeve dónde estaban. Y aún así la intentó seguir. Arrastrándose en la arena aún húmeda por la sangre de Aelin.
Gavriel se comió la mitad de la manzana y le ofreció el resto a Elide.
—Tú también deberías comer.
Ella frunció el ceño al ver la piel amoratada debajo de los ojos de Gavriel. Debajo de los de ella sin duda estaría igual también. Su ciclo, por lo menos, sí había aparecido el mes pasado a pesar de lo pesado del viaje que había terminado con todas sus reservas de alimento.
Eso había sido particularmente mortificante. Explicarles a tres guerreros que ya podían oler la sangre que necesitaba conseguir compresas. Paradas más frecuentes.
No mencionó los cólicos que le retorcían las vísceras, la espalda y que se extendían por sus muslos. Siguió cabalgando con la cabeza agachada. Sabía que ellos se habrían detenido. Incluso Rowan se hubiera detenido para permitirle descansar. Pero cada vez que hacían una pausa, Elide se imaginaba esa caja de hierro. Veía el látigo, brillante por la sangre, que restallaba en el aire. Oía los gritos de Aelin.
Ella se fue para que no se llevaran a Elide. No había dudado ofrecerse en su lugar.
Tan sólo esa idea era suficiente para mantener a Elide sobre su yegua. Esos días fueron un poco menos difíciles gracias a las tiras de lino limpio que le proporcionaron Gavriel y Rowan, sin duda con material de sus propias camisas. No tenía idea de cuándo las habían cortado.
Elide mordió la manzana y saboreó su frescura dulce y ácida. Rowan había dejado unas cuantas monedas de cobre del poco dinero que les quedaba sobre un tronco para pagar la fruta que habían tomado.
Pronto tendrían que empezar a robar para poder comer. O tendrían que vender sus caballos.
Se empezaron a escuchar golpes detrás de las ventanas cerradas en el piso de arriba, acompañados del grito amortiguado de un hombre.
—¿Crees que tengamos mejor suerte esta vez? —preguntó Elide en voz baja.
Gavriel estudió los postigos pintados de azul y tallados en una celosía intrincada.
—Eso espero.
Estos últimos días habían corrido con poca suerte. Había estado escasa desde esa maldita playa en Eyllwe, cuando Rowan sintió el jalón en su vínculo con Aelin, el vínculo de pareja, y empezó a seguir su llamado a través del océano. Pero cuando llegaron a estas costas después de varias semanas terribles de aguas agitadas y tormentosas, ya no quedaba nada que seguir.
No había señal de la flota restante de Maeve. No había ni una pista de que el buque de la reina, el Ruiseñor, estuviera anclado en algún puerto. No había noticias sobre su regreso al trono en Doranelle.
Tuvieron que dejarse guiar solamente por rumores que los enviaron por montañas nevadas, por bosques densos y por planicies secas.
Hasta el reino anterior, la ciudad previa, las calles habían estado llenas de personas que celebraban Samhuinn para honrar a los dioses en este momento en que el velo entre los mundos era más delgado.
No tenían idea de que esos dioses no eran sino seres de otro mundo. Que toda la ayuda que ofrecían los dioses, toda ayuda que recibía Elide de esa vocecita en su hombro, tenía una meta en mente: regresar a casa. Peones, tan sólo eso eran para los dioses Elide y Aelin y todos los demás.
Esto se pudo confirmar por el hecho de que Elide no había escuchado un solo susurro de la guía de Anneith desde aquel día horrible en Eyllwe. Solamente uno que otro empujón en los días largos, como si fueran recordatorios de su presencia. De que alguien estaba observando.
De que, si tuvieran éxito en su misión por encontrar a Aelin, se esperaría que la joven reina de todas maneras pagara el máximo precio a esos dioses. Si Dorian Havilliard y Manon Picos Negros podían recuperar la tercera y última llave del Wyrd. Si el joven rey no se ofrecía como voluntario para el sacrificio en lugar de Aelin.
Así que Elide soportaba esos empujones ocasionales y se negaba a considerar qué especie de criatura se había interesado así en ella. En todos ellos.
Elide intentó no prestar demasiada atención a esas ideas mientras buscaron entre tantas calles, atentos a cualquier señal que les indicara la localización de Maeve. El sol se puso y Rowan gruñía con cada hora que pasaba sin que tuvieran ningún resultado. Igual que todas las ciudades anteriores tampoco les habían brindado ningún resultado.
Elide los había obligado a continuar recorriendo las calles festivas sin ser notados ni seguidos por nadie. Tuvo que recordarle esta necesidad de pasar inadvertidos a Rowan cada vez que mostraba los dientes. Recordarle que había ojos en todos los reinos, en todas las tierras. Y si se sabía que un grupo de guerreros hada estaba aterrorizando ciudades en busca de Maeve, sin duda eso llegaría a oídos de la Reina Hada en un instante.
Cuando cayó la noche, en las colinas doradas detrás de los muros de esa ciudad habían empezado a encenderse las hogueras.
Rowan finalmente había dejado de gruñir al verlas. Como si ese espectáculo jalara algún hilo de su memoria, de su dolor.
Pero entonces, al pasar junto a un grupo de soldados hada bebiendo, Rowan se quedó inmóvil. Evaluó a los guerreros con esa mirada fría y calculadora que le indicaba a Elide que estaba formulando algún plan.
Se metieron a un callejón y el príncipe hada les comunicó su idea en términos descarnados y brutales.
Una semana más tarde habían terminado en este callejón. Los gritos aumentaron en el edificio arriba de ellos.
Elide hizo una mueca al escuchar el crujir de madera más fuerte que las campanas de la ciudad.
—¿Deberíamos ayudar?
Gavriel se pasó la mano tatuada por la cabellera dorada. Los nombres de los guerreros que habían caído bajo su mando, le había explicado la semana anterior cuando ella finalmente se atrevió a preguntar.
—Ya casi termina.
Era verdad, incluso Lorcan ya tenía las cejas fruncidas con impaciencia al mirar la ventana sobre Elide y Gavriel.
Cuando las campanas del mediodía terminaron de tañer, los postigos se abrieron de golpe.
Destrozaron sería más preciso porque dos hadas salieron volando por la ventana.
Uno de ellos, de cabello castaño ensangrentado, gritó mientras caía.
El príncipe Rowan Whitethorn no dijo nada al caer junto con él. Mantenía al otro hombre atrapado y le mostraba los dientes.
Elide se apartó para darles suficiente espacio cuando cayeron en el montón de cajas que había en el callejón. El golpe hizo salir volando astillas y basura.
Notó que una ráfaga de viento había evitado que la caída fuera fatal para el hada de hombros anchos que Rowan sacó de entre los escombros sosteniéndolo del cuello de su túnica azul.
No les serviría de nada muerto.
Gavriel sacó un cuchillo y permaneció al lado de Elide mientras Rowan azotaba al desconocido contra el muro del callejón. No había ni un rastro de amabilidad en el semblante del príncipe. Ninguna calidez.
Sólo un depredador de sangre fría. Decidido a encontrar a la reina dueña de su corazón.
—Por favor —balbuceó el hada. En la lengua común.
Entonces, Rowan sí lo había encontrado. Rowan se había percatado en Samhuinn de que no tendrían ninguna esperanza de rastrear a Maeve. Pero encontrar a los comandantes a su servicio, dispersos en diversos reinos como préstamos a gobernantes mortales, eso sí lo podían hacer.
Y el hada a quien Rowan le gruñía entre los labios ensangrentados sí era un comandante. Un guerrero, a juzgar por el ancho de sus hombros y sus muslos musculosos. Rowan era mucho más grande. Gavriel y Lorcan también. Como si, entre las hadas, los tres hombres fueran completamente de otra raza.
—Las cosas serán así —dijo Rowan en tono suave y mortífero al comandante que lloriqueaba. Una sonrisa brutal se dibujó en la boca del príncipe que hizo que empezara a correr la sangre de su labio reventado—. Primero te romperé las piernas, tal vez un pedazo de la columna para que no puedas arrastrarte —señaló con el dedo ensangrentado hacia el fondo del callejón. Hacia Lorcan—. Sabes quién es él, ¿no?
Como respuesta, Lorcan se acercó desde el arco. El comandante empezó a temblar.
—La pierna y la columna, tu cuerpo con el tiempo las sanaría —continuó Rowan mientras Lorcan se acercaba con actitud acechante—. Pero lo que Lorcan Salvaterre te hará… —una risa grave y seca—. De eso no te vas a recuperar, amigo.
El comandante miró desesperado hacia Elide, hacia Gavriel.
La primera vez que había sucedido esto, hacía dos días, Elide no había podido ver. Ese comandante en particular no tenía ninguna información que valiera la pena y, dado el horrible tipo de burdel donde lo habían encontrado, Elide realmente no se sentía mal de que Rowan dejara su cuerpo en el fondo del callejón. Y su cabeza en el otro extremo.
Pero hoy, en esta ocasión… Mira. Observa, le siseó una voz al oído. Escucha.
A pesar del calor y del sol, Elide sintió un escalofrío. Apretó los dientes y se guardó todas las palabras que intentaban abrirse paso en su interior. Encuentren a alguien más. Encuentren una manera de usar sus propios poderes para forjar el Candado. Encuentren una manera de aceptar sus destinos de permanecer atrapados en este mundo para que no tengamos que pagar una deuda que, para empezar, no era nuestra.
Pero si Anneith le estaba hablando después de darle sólo pequeños empujones durante meses… Elide se tragó esas palabras. Como se esperaba de todos los mortales. Por Aelin, podía someterse. Igual que Aelin a la larga lo haría.
El rostro de Gavriel no mostraba ninguna misericordia, sólo una especie de pragmatismo sombrío al mirar al comandante tembloroso que colgaba de la mano firme de Rowan.
—Dile lo que quiere saber. Si no lo haces, sólo empeorarás la situación para ti.
Lorcan ya casi los había alcanzado. Un viento oscuro se arremolinaba entre sus dedos largos.
No quedaba nada del hombre que ella conoció en su rostro duro. Al menos, del hombre que había sido antes de ese día en la playa. No, ésta era la máscara que ella había visto por primera vez en Oakwald. Insensible. Arrogante. Cruel.
El comandante notó el poder que se acumulaba en la mano de Lorcan, pero logró sonreírle burlonamente a Rowan con los dientes cubiertos de sangre.
—Los matará a todos —dijo. El golpe en su ojo ya se había hinchado y tenía el párpado cerrado. El aire vibraba en los oídos de Elide porque Rowan había extendido un escudo de viento a su alrededor. Para encerrar cualquier sonido—. Maeve matará a todos y cada uno de ustedes, traidores.
—Puede intentarlo —fue la respuesta tranquila de Rowan.
Mira, volvió a susurrar Anneith.
Cuando el comandante empezó a gritar en esta ocasión, Elide no apartó la mirada.
Y mientras Rowan y Lorcan hacían lo que estaban entrenados para hacer, ella no podía decidir si la orden de Anneith había sido que ayudara o si era un recordatorio de lo que harían precisamente los dioses si ellos desobedecían.
CAPÍTULO 3

Las montañas Staghorn estaban ardiendo y Oakland también.
Los árboles poderosos y antiguos estaban reducidos a cascarones carbonizados. La ceniza caía como nieve densa.
Las brasas volaban en el viento, una burla de cómo habían flotado a su paso como luciérnagas cuando ella corría entre las fogatas de Beltane.
Tantas flamas, el calor asfixiante, el aire mismo que le quemaba los pulmones.
Tú hiciste esto tú hiciste esto tú hiciste esto.
El crujir de los árboles moribundos parecía decir estas palabras, parecía gritarlas.
El mundo estaba bañado en fuego. En fuego, no en oscuridad.
Un movimiento entre los árboles atrapó su atención.
El Señor del Norte estaba frenético, perdido en la agonía, mientras galopaba en su dirección. Su pelaje blanco humeaba y el fuego devoraba su impresionante cornamenta… pero no era la flama inmortal que brillaba en su propia insignia, la flama inmortal de los ciervos sagrados de Terrasen y de Mala la Portadora de Fuego, antes que ellos. Sino verdaderas llamas violentas.
El Señor del Norte pasó corriendo y ardiendo, ardiendo, ardiendo.
Ella estiró la mano hacia él, invisible e insignificante, pero el orgulloso ciervo continuó su camino mientras los gritos brotaban de su boca.
Sueños horribles e inclementes. Como si el corazón del mundo estuviera siendo desgarrado.
No pudo hacer nada cuando el ciervo se abalanzó hacia un muro de llamas que se extendía como red entre dos robles.
No salió de ahí.
Un lobo blanco la estaba observando otra vez.
Aelin Ashryver Whitethorn Galathynius recorrió el borde del altar en el que yacía con el dedo cubierto de hierro.
Ése era todo el movimiento que lograba tener.
Cairn la había dejado ahí en esta ocasión. No se había molestado en llevarla a la caja de hierro junto al muro adyacente.
Era un descanso poco común. No despertar en la oscuridad sino con la luz de las flamas.
Los braseros estaban apagándose y permitían ya la entrada del frío húmedo que se presionaba contra su piel. Contra lo que no estaba cubierto de hierro.
Ella ya había intentado jalar las cadenas lo más silenciosamente posible. Pero estaban fijas.
Habían agregado más hierro. Sobre ella. Empezando con los guanteletes de metal.
Ya no recordaba cuándo había sucedido eso. Dónde había sucedido. Solamente recordaba la caja de hierro.
El asfixiante ataúd de hierro.
Ella había intentado encontrar alguna debilidad, una y otra vez. Antes de que le pusieran ese humo de olor dulzón que la dejaba inconsciente. No sabía cuánto tiempo había dormido después de eso.
Cuando despertó en este sitio, ya no había humo.
Volvió a intentar, entonces. Todo lo que permitía el hierro. Empujaba con sus pies, sus codos, sus manos, en contra del metal inamovible. No tenía espacio para darse la vuelta. Para aliviar el dolor de las cadenas que se le enterraban en la piel. Que la raspaban.
Las heridas de los azotes que se grabaron profundamente en su espalda ya habían desaparecido. Las que le habían separado la piel del hueso. ¿O eso también había sido un sueño?
Se había perdido en los recuerdos, en los años de entrenamiento en la fortaleza de los asesinos. En las lecciones donde la habían dejado encadenada, entre su propio excremento, hasta que supo cómo quitárselas.
Pero la habían encadenado tomando en cuenta ese entrenamiento. Ninguna de las cosas que intentaba en la oscuridad había funcionado.
El metal del guante raspó la piedra oscura, apenas audible por el siseo de los braseros y el río que rugía al fondo. Donde fuera que estuvieran.
Ella y el lobo.
Fenrys.
Él no estaba encadenado. No era necesario.
Maeve le había ordenado que se quedara, que obedeciera, y eso hizo.
Durante varios minutos se quedaron mirándose el uno a la otra.
Aelin no pensó en el dolor que la había dejado inconsciente. Aunque el recuerdo del crujido de huesos hacía que le empezara a temblar el pie. Las cadenas sonaron al moverse.
Pero nada brotó ahí donde la agonía debía ser enorme. Ni siquiera un poco de incomodidad en los pies. Bloqueó de su mente la imagen del hombre, Cairn, que los había destazado. Cómo la había hecho gritar hasta quedarse sin voz.
Tal vez había sido un sueño. Uno de la horda interminable que la acosaba en la negrura. Un ciervo en llamas, huyendo entre los árboles. Horas en este altar mientras unas herramientas antiguas le destrozaban los pies. Un príncipe de cabello plateado cuyo olor era el aroma del hogar.
Todo se revolvía y sangraba, incluso en este mismo momento, con la mirada fija en el lobo blanco recostado junto al muro frente al altar, todo podía ser un fragmento de una ilusión.
El dedo de Aelin volvió a rascar el borde curvado del altar.
El lobo parpadeó… tres veces. En los primeros días, meses, años de esto, habían establecido un código silencioso entre ellos. Valiéndose de los pocos momentos en los cuales había logrado hablar, susurrando a través de los agujeros casi invisibles del ataúd de hierro.
Un parpadeo para sí. Dos para no. Tres para ¿Estás bien? Cuatro para Aquí estoy, estoy contigo. Cinco para Esto es real, estás despierta.
Fenrys volvió a parpadear tres veces. ¿Estás bien?
Aelin tragó saliva para intentar aliviar el espesor que sentía en la garganta y despegó la lengua del paladar. Parpadeó una vez. Sí.
Contó los parpadeos del lobo.
Seis.
Había inventado eso. Mentirosa, o algo así. Ella se negó a aceptar ese código en particular.
Volvió a parpadear una vez. Sí.
Unos ojos oscuros la estudiaron. Él lo había visto todo. Cada momento. Si tuviera permitido transformarse, le podría decir qué era imaginario y qué era real. Si algo de todo esto había sido real.
Cuando despertaba, no le quedaba ninguna lesión. Ningún dolor. Sólo el recuerdo del dolor, del rostro sonriente de Cairn que la iba cortando en pedacitos una y otra vez.
Seguramente la había dejado sobre el altar porque tenía la intención de regresar pronto.
Aelin se movió lo suficiente para jalar las cadenas y el cerrojo de la máscara se le enterró en la nuca. No había sentido el roce del viento en sus mejillas, ni en la mayor parte de su piel, en… ni siquiera sabía cuánto tiempo.
Lo que no estaba cubierto de hierro estaba envuelto en una túnica blanca sin mangas que le llegaba a medio muslo. Dejaba sus piernas y brazos desnudos para las atenciones de Cairn.
Había días, recuerdos, de momentos en que ni siquiera tenía la túnica, de cuchillos recorriendo su abdomen. Pero cuando despertaba, la túnica permanecía intacta. Sin cambio. Sin mancha.
Las orejas de Fenrys se irguieron y vibraron. Era toda la alerta que Aelin necesitaba.
Odiaba el estremecimiento que empezaba a cernirse alrededor de sus huesos cuando escuchaba el arrastrar de pasos fuera de la habitación cuadrada y la puerta de hierro. Era la única manera de entrar. No había ventanas. El pasillo de roca que a veces lograba ver al otro lado estaba igualmente sellado. Lo único que entraba a este sitio era el sonido del agua.
El sonido se hizo más fuerte cuando la puerta de hierro se abrió con un gemido.
Ella se obligó a no temblar cuando el hombre de cabello castaño se acercó.
—¿Ya despierta tan pronto? Creo que no me esforcé lo suficiente contigo.
Esa voz. Odiaba esa voz más que cualquier otra. Cantarina y fría.
Él vestía ropa de guerrero pero no portaba ninguna de las armas de los soldados en su cintura estrecha.
Cairn notó dónde se posaba su mirada y le dio unas palmadas al martillo pesado que colgaba en su cintura.
—Estoy ansioso por más.
No había llamas para invocar. Ni siquiera una brasa.
Cairn caminó hacia la pequeña pila de troncos junto a uno de los braseros y alimentó uno al fuego moribundo. La flama se arremolinó y chisporroteó para luego saltar sobre la madera con sus dedos hambrientos.
La magia de Aelin ni siquiera se inmutó. Todo lo que comía y bebía a través de la pequeña ranura en la boca de la máscara estaba espolvoreado de hierro.
Al principio lo rechazó. Detectó el sabor del hierro y lo escupió.
Estaba a punto de morir de deshidratación cuando la forzaron a beber. Luego la dejaron sin comer, tanto tiempo que al final devoró todo lo que le pusieron enfrente, sin importar el hierro.
No pensaba mucho en esa época. En esa debilidad. Lo emocionado que se había sentido Cairn al verla comer y lo mucho que se había enfurecido cuando seguía sin tener el resultado que él quería.
Cairn echó leños al otro brasero antes de tronarle los dedos a Fenrys.
—Puedes ir a hacer tus necesidades al pasillo y regresar inmediatamente.
Como si un fantasma lo hubiera levantado, el enorme lobo salió lentamente.
Maeve había considerado inclusive eso, concederle a Cairn el poder para ordenar cuándo Fenrys podía comer y beber, cuándo podía orinar. Aelin sabía que Cairn lo olvidaba deliberadamente a veces. Los gemidos caninos de dolor se podían escuchar incluso dentro de su caja.
Real. Eso había sido real.
El hombre frente a ella, un guerrero entrenado en todo salvo en honor y espíritu, estudió su cuerpo.
—¿Cómo jugaremos hoy, Aelin?
Odiaba el sonido de su nombre en la lengua de ese individuo.
Ella frunció los labios para mostrarle los dientes.
Rápido como una serpiente, Cairn la tomó del cuello con suficiente fuerza para dejarle una marca.
—Tanta rabia. Incluso ahora.
Ella nunca soltaría eso… la rabia. Incluso cuando se hundía en ese mar ardiente en su interior, incluso cuando le cantaba a la oscuridad y la flama, la rabia la guiaba.
Los dedos de Cairn se enterraron en su garganta y no pudo evitar dejar escapar un gemido ahogado.
—Esto puede terminar con unas cuantas palabras, princesa —le ronroneó él y se inclinó lo suficiente para que ella pudiera sentir su aliento en la boca—. Unas cuantas palabritas y tú y yo nos separaremos para siempre.
Nunca las pronunciaría. Nunca haría el juramento de sangre a Maeve.
Si lo hiciera, le estaría entregando todo lo que sabía y todo lo que era. Se convertiría en su esclava eterna. Y abriría las puertas de la condena a todo el mundo.
La presión de la mano de Cairn en su cuello se aflojó un poco y Aelin inhaló profundamente. Pero él conservó los dedos en el lado derecho de su garganta.
Ella sabía precisamente el punto, la cicatriz exacta, por la que estaba pasando los dedos. Las pequeñas marcas gemelas en el espacio entre su cuello y su hombro.
—Interesante —murmuró Cairn.
Aelin apartó la cabeza bruscamente y le volvió a mostrar los dientes.
Cairn la golpeó.
No en la cara, que estaba cubierta de hierro y le haría sangrar los nudillos. La golpeó en el estómago que no tenía protegido.
Ella sintió cómo se le salía el aire y el hierro resonó cuando intentó sin éxito doblarse hacia un costado.
Con pasos grandes pero silenciosos, Fenrys entró y ocupó su sitio junto a la pared. La preocupación y la rabia se podían ver en los ojos oscuros del lobo mientras ella intentaba recuperar el aliento, mientras sus extremidades encadenadas seguían intentando proteger su cuerpo con una posición fetal. Pero Fenrys lo único que pudo hacer fue acomodarse nuevamente en el piso.
Cuatro parpadeos. Aquí estoy, estoy contigo.
Cairn no lo vio. No comentó sobre la respuesta de ella, un parpadeo, mientras se burlaba de las pequeñas cicatrices de la mordida en el cuello, selladas con sal de las aguas tibias de la Bahía de la Calavera.
La marca de Rowan. La marca de una pareja.
No se permitió pensar en él demasiado tiempo ya que Cairn estaba desabrochando el martillo de cabeza pesada de su cintura para luego comprobar su peso mientras lo sostenía entre sus manos anchas.
—Si no fuera por las restricciones de Maeve —dijo el hombre y observó el cuerpo de Aelin como un pintor estudiando el lienzo en blanco—, te marcaría con mis propios dientes. Ya veríamos entonces si la marca de Whitethorn se mantiene.
El terror se arremolinó en su estómago. Había visto la evidencia de lo que las largas horas con ella le provocaban. Enroscó los dedos y raspó la roca como si fuera la cara de Cairn.
Cairn pasó el martillo a una de sus manos.
—Me tendré que conformar con esto, supongo —pasó la otra mano por todo su torso y ella se intentó apartar de este gesto posesivo pero las cadenas la sostuvieron. Él sonrió—. Qué sensible —dijo apretándole la rodilla desnuda con suavidad—. La vez pasada empezamos con los pies. Empecemos más alto ahora.
Aelin se preparó. Respiró hondo para apartar el miedo lo más posible. Para alejarlo de su cuerpo.
Nunca le permitiría que la venciera. Nunca haría ese juramento de sangre.
Por Terrasen, por su gente, a quien había dejado soportar su propio tormento durante diez largos años. Les debía esto como mínimo.
Se sumergió profundo, profundo, profundo, como si pudiera escapar de lo que estaba por venir, como si pudiera ocultarse de ello.
El martillo brilló bajo la luz de las llamas al elevarse sobre su rodilla. Cairn inhaló con una mezcla de anticipación y deleite en el rostro.
Fenrys parpadeó, una y otra y otra vez. Aquí estoy, estoy contigo.
Eso no evitó que el martillo cayera.
Ni que el grito le rasgara la garganta.
CAPÍTULO 4

—Este campamento lleva meses abandonado.
Manon apartó la vista del acantilado cubierto de nieve desde donde había estado monitoreando el borde occidental de las montañas Colmillos Blancos. Hacia los Yermos.
Asterin permaneció agachada sobre los restos semienterrados de una hoguera. Sobre el hombro traía puesta una piel de cabra cuyo pelo se movía con el viento gélido. Su Segunda continuó:
—Nadie ha estado aquí desde principios del otoño.
Manon sospechaba algo así. Las Sombras habían localizado el lugar una hora antes durante su patrullaje del territorio que tenían por delante y, de alguna manera, habían notado las irregularidades astutamente ocultas en el lado de sotavento del pico rocoso. La Madre era testigo de que la misma Manon podría haber pasado por alto el lugar.
Asterin se puso de pie, se limpió el cuero de sus pantalones para quitarse la nieve de las rodillas. Ni siquiera el material grueso era suficiente para protegerla contra el frío brutal. Por eso habían empezado a usar las pieles de cabra.
Son buenas para ocultarnos en la nieve, había dicho Edda. La Sombra incluso había permitido que su tinte de cabello favorito, una tonalidad oscura, se desvaneciera durante estas semanas para dejar a la vista el cabello blanco como la luna que tenía naturalmente. El tono de Manon. Briar seguía usando el tinte. Una de ellas debía hacer las incursiones nocturnas, o al menos eso decía la otra Sombra.
Manon miró a las dos Sombras con cuidado mientras caminaban por el campamento. Tal vez ya no eran Sombras sino más bien las dos caras de la luna. Una oscura, una clara.
Uno de los muchos cambios entre las Trece.
Manon exhaló y el viento disolvió de inmediato la nube de vapor que salió de su boca.
—Tienen que estar en alguna parte —murmuró Asterin para que las demás no escucharan desde la roca donde esperaban para protegerse del viento.
—Tres campamentos —dijo Manon con voz baja por igual—. Todos fueron abandonados hace mucho tiempo. Estamos cazando fantasmas.
El cabello dorado de Asterin se liberaba de la trenza y volaba con el viento hacia el occidente. Hacia el hogar que probablemente nunca volverían a ver.
—Los campamentos son prueba de que son de carne y hueso. Ghislaine piensa que podrían ser de grupos de cazadores de finales del verano.
—También podrían ser de hombres salvajes de estas montañas.
Aunque Manon sabía que no lo eran. Había cazado suficientes Crochans durante los últimos cien años como para poder reconocer su estilo de fogata, sus campamentos pulcros. Todas las Trece los conocían. Y habían rastreado y matado a tantos hombres salvajes de las montañas Colmillos Blancos ese año a nombre de Erawan que también conocían sus hábitos.
Los ojos negros con destellos dorados de Asterin se fijaron en el horizonte borroso.
—Las vamos a encontrar.
Pronto. Tendrían que encontrar al menos algunas de las Crochans pronto. Manon sabía que tenían métodos para comunicarse a pesar de estar dispersas. Maneras de pedir ayuda. Un llamado para que las apoyaran.
El tiempo no estaba de su lado. Ya habían pasado casi dos meses desde aquel día en la playa de Eyllwe. Desde que ella había conocido el precio terrible que la Reina de Terrasen debía pagar para poner fin a toda esta locura. El precio que probablemente también tendría que pagar otra persona del linaje de Mala, si así fuera necesario.
Manon resistió el impulso de mirar por encima de su hombro hacia donde el rey de Adarlan estaba entre el resto de sus Trece. Estaba entreteniendo a Vesta invocando flamas, agua y hielo en las palmas ahuecadas de sus manos. Una pequeña muestra de su magia terrible y maravillosa. Lanzó tres remolinos de los elementos hacia arriba para que bailaran lentamente unos alrededor de otros y Vesta arqueó una ceja, impresionada. Manon había visto cómo lo miraba la centinela de cabellera rojiza, había notado que Vesta, sabiamente, se contenía y no se dejaba vencer por el impulso de ese deseo.
Pero Manon no le había dado ninguna orden al respecto. No le había dicho nada a las Trece sobre lo que significaba, exactamente, el rey humano para ella.
Nada, quería decir. Alguien tan desapegado como ella. Tan silenciosamente furioso. Y tan presionado de tiempo. No habían tenido ningún éxito para encontrar la tercera y última llave del Wyrd. Las dos que llevaba el rey en su bolsillo no les proporcionaban ninguna clave, solamente su hedor sobrenatural. No tenían ni la más remota idea de dónde podría tenerla Erawan. Buscar en Morath o en cualquier otro de sus campamentos de avanzada sería un suicidio.
Así que habían hecho a un lado su cacería, tras semanas de búsqueda infructuosa, para dedicarse a encontrar a las Crochans. El rey protestó en un principio pero al final cedió. Sus aliados y amigos en el Norte necesitaban todos los guerreros que pudieran reunir. Encontrar a las Crochans… Manon no rompería su promesa.
Tal vez ya la habían desheredado como Heredera del Clan Picos Negros, tal vez ahora solamente comandaba una docena de brujas, pero podía mantenerse fiel a su palabra.
Así que encontraría a las Crochans. Las convencería de que volaran a la batalla con las Trece. Con ella. La última Reina Crochan viviente.
Aunque eso las llevara a todas directo hacia los brazos de la Oscuridad.
El sol ascendió aún más en el cielo y su luz sobre las nieves era casi cegadora.
No sería prudente quedarse más tiempo en ese lugar. Habían sobrevivido estos meses gracias a su fuerza y su ingenio. Porque, mientras estaban buscando a las Crochans, también alguien las estaba buscando a ellas. Principalmente, las Piernas Amarillas y las Sangre Azul. Todas en patrullas de exploración.
Manon había dado la orden de no involucrarse, de no matar. Si se perdiera una patrulla de Dientes de Hierro, eso solamente daría información sobre su localización. Aunque Dorian les podría haber roto los cuellos sin siquiera levantar un dedo.
Era una pena que él no hubiera nacido bruja. Pero ella estaba más que satisfecha de aceptar un aliado tan mortífero. Al igual que el resto de las Trece.
—¿Qué dirás —preguntó Asterin— cuando encontremos a las Crochans?
Manon lo había pensado una y otra vez. Si las Crochans sabrían quién había sido Lothian Picos Negros, que había amado al padre de Manon, un raro príncipe Crochan. Que sus padres habían soñado, habían creído, que habían creado una niña que rompería la maldición de las Dientes de Hierro y que uniría a su gente.
Una niña no de guerra sino de paz.
Pero esas palabras eran ajenas a su lengua. Amor. Paz.
Manon recorrió con el dedo enguantado el retazo de tela roja que ataba su trenza. Era una tira de la capa de su media hermana. Rhiannon. La habían nombrado como la última Reina Bruja. Cuya cara Manon tenía por alguna razón.
Manon respondió:
—Supongo que le pediré a las Crochans que no disparen.
La boca de Asterin empezó a esbozar una sonrisa.
—Me refería a lo que les dirías sobre quién eres.
Rara vez rehuía de las cosas. Rara vez sentía temor de algo. Pero decir las palabras, esas palabras…
—No lo sé —admitió Manon—. Ya veremos si llegamos tan lejos.
El Demonio Blanco. Así la llamaban las Crochans. Ella era la primera en su lista de personas por matar. Una bruja que cualquier Crochan debía matar en cuanto la viera. Eso por sí mismo dejaba claro que no sabían cuál era su relación con ellas.
Sin embargo, su media hermana lo había deducido. Y luego Manon le había cortado la garganta.
Manon, Asesina de tu propia sangre, le había dicho su abuela con intención de provocarla. La Matrona probablemente había disfrutado cada corazón de Crochan que Manon le había llevado a la Fortaleza Picos Negros a lo largo de los últimos cien años.
Manon cerró los ojos y escuchó el canto hueco del viento.
Detrás de ellas, Abraxos dejó escapar un gemido impaciente y hambriento. Sí, todos tenían hambre esos días.
—Te seguiremos, Manon —le dijo Asterin en voz baja.
Manon volteó a ver a su prima.
—¿Me merezco ese honor?
Asterin apretó los labios. El pequeño bulto en su nariz… ése se lo había provocado Manon. Le había roto la nariz en el comedor de la Omega por pelear con las boconas de las Piernas Amarillas. Asterin nunca se había quejado de ello. Parecía portar el recuerdo de la golpiza de Manon con orgullo.
—Sólo tú puedes decidir si lo mereces, Manon.
Manon permitió que las palabras se asentaran y volteó la mirada hacia el horizonte occidental. Tal vez se merecería ese honor si lograra que todas regresaran al hogar que nunca habían visto.
Si sobrevivían a esta guerra y todas las cosas terribles que deberían hacer antes de que terminara.
No era fácil alejarse a escondidas de trece brujas dormidas y sus guivernos.
Pero Dorian Havilliard las había estado estudiando, sus guardias, quién dormía más profundamente, quién podría decirle a las demás si lo veían alejarse de su pequeña fogata y quién mantendría la boca cerrada. Semanas y semanas desde que se había decidido por esta idea. Por este plan.
Habían acampado en una pequeña saliente donde encontraron rastros viejos de las Crochans. Se resguardaron bajo unas rocas y los guivernos formaron un muro de cuero caliente a su alrededor.
Tenía sólo unos minutos para hacer esto. Ya llevaba semanas practicando: no hacía ningún comentario y fingía que le irritaba tener que enfrentar las inclemencias del frío para atender sus necesidades. Dejó que las brujas se acostumbraran a sus movimientos nocturnos.
También dejó que Manon se acostumbrara.
Aunque no se había declarado nada oficialmente entre ellos, sus sacos de dormir siempre terminaban uno al lado del otro todas las noches. Aunque el campamento lleno de brujas no le proporcionaba ninguna oportunidad de enredarse con ella. No, para eso, habían tenido que recurrir a los bosques desiertos debido al invierno y a pasos montañosos repletos de nieve. Sus manos buscaban con ansiedad cualquier fragmento de piel que se atrevieran a dejar expuesto al aire helado.
Sus encuentros eran breves, salvajes. Dientes y uñas y gruñidos. Y no solamente de parte de Manon.
Pero después de un día de búsqueda infructuosa, después de ser poco más que un vigilante glorificado contra los enemigos que los cazaban mientras sus demás amigos sangraban para salvar sus tierras, él necesitaba el desahogo tanto como ella. Nunca lo discutían, eso que los acosaba. Lo cual, por él, estaba perfecto.
Dorian no tenía idea de en qué tipo de hombre lo convertiría eso.
La mayoría de los días, para ser honestos, sentía poco. Llevaba meses sintiendo poco, a excepción de esos instantes robados y salvajes con Manon. Y salvo por los momentos en que entrenaba con las Trece, cuando una especie de rabia burda lo impulsaba a continuar blandiendo la espada, poniéndose de pie cuando lo derribaban.
Manejo de la espada y de los cuchillos, arquería, rastreo: le enseñaron todo lo que pidió aprender. Junto con el peso sólido de Damaris, ahora también colgaba un cuchillo de bruja del cinturón de su espada. Sorrel se lo había regalado cuando logró sujetar en combate a la impávida Tercera por primera vez. Hacía dos semanas.
Pero cuando terminaban las lecciones, cuando se sentaban alrededor de la pequeña fogata que se atrevían a poner en riesgo cada noche, se preguntaba si las brujas podrían oler la inquietud que le espoleaba el cuerpo.
Si ahora podrían oler que no tenía ninguna intención de orinar en la noche gélida al ir abriéndose paso entre sus sacos de dormir y luego entre los guivernos, Narene, la hembra azul cielo de Asterin, y Abraxos. Asintió en dirección a Vesta, que estaba de guardia, y la bruja pelirroja, a pesar del frío brutal, le sonrió ampliamente antes de desaparecer de su vista tras un montículo rocoso.
Tenía motivos para elegir su turno de vigilancia. Entre las Trece, había algunas que nunca sonreían para nada. Lin, quien todavía parecía estar deliberando si debía disecarlo y examinar sus entrañas, e Imogen, que se mantenía aislada y nunca le sonreía a nadie. Thea y Kaya por lo general reservaban sus sonrisas la una para la otra y cuando Faline y Fallon, las gemelas demonio, como las llamaban los demás, sonreían, significaba por lo general que todo estaba a punto de irse al carajo.
Todas ellas podrían sospechar si lo veían desaparecer demasiado tiempo. Pero Vesta, que le coqueteaba con descaro, ella le permitiría permanecer fuera del campamento más tiempo. Probablemente por miedo a lo que le haría Manon si la descubriera siguiéndolo en la oscuridad.
Un bastardo… era un bastardo por estarlas utilizando así. Por evaluar y monitorearlas cuando ellas estaban arriesgándolo todo para encontrar a las Crochans.
Pero daba igual si le importaba. Si ellas le importaban. Si él mismo se importaba, en realidad. Ese sentimiento nunca le había servido de nada. No le había servido de nada a Sorscha.
Y no importaría cuando tuviera que renunciar a todo para sellar el portal del Wyrd.
Podía sentir el peso de Damaris en su costado, pero nada se comparaba con los dos objetos que tenía guardados en el bolsillo de su chaqueta gruesa. Por fortuna, había aprendido pronto a ignorar sus susurros, sus llamados sobrenaturales. La mayor parte del tiempo.
Ninguna de las brujas cuestionó por qué había sido tan fácil persuadirlo de renunciar a la búsqueda de la tercera llave del Wyrd. Él sabía que no tendría caso desperdiciar su tiempo discutiendo. Así que había planeado, y les había permitido, Manon incluida, que creyeran que estaba conforme con su rol de protegerlas con su magia.
Cuando llegó al claro rodeado de rocas que había explorado anteriormente con el pretexto de caminar sin rumbo por la zona, Dorian se apresuró a hacer sus preparativos.
No había olvidado ni un solo movimiento de las manos de Aelin en la Bahía de la Calavera cuando hizo trazos con su sangre en el piso de la habitación en el Rosa del Océano.
Pero él no planeaba invocar a Elena con su sangre.
Cuando la nieve estuvo roja, cuando se aseguró de que el viento siguiera alejando su olor del campamento de las brujas, Dorian desenvainó a Damaris y la clavó en el círculo de marcas del Wyrd.
Y luego esperó.
Su magia era un latido constante en su cuerpo, la pequeña flama que se atrevía a conjurar apenas lo suficiente para calentar su cuerpo. Para evitar que tiritara hasta morir mientras pasaban los minutos.
El hielo había sido la primera manifestación de su magia. Pensaba que tal vez eso le daba alguna especie de preferencia por él. O al menos algo de inmunidad. Pero no tenía ninguna. Y había decidido que si sobrevivían suficiente tiempo para soportar el calor asfixiante del verano, nunca volvería a quejarse.
Había estado afinando su magia lo más posible durante estas semanas de cacería implacable e inútil. Ninguna de las brujas poseía poder, no más allá del Doblegamiento, el poder que sólo podían invocar una vez con consecuencias terribles y devastadoras. Pero las Trece lo observaban con cierto grado de interés mientras continuaba con las lecciones que Rowan había empezado. Hielo. Fuego. Agua. Sanación. Viento. Con las nevadas, intentar extraer vida de la tierra congelada había demostrado ser imposible, pero seguía intentándolo.
La única magia que siempre saltaba cuando él la invocaba seguía siendo esa fuerza invisible capaz de romper huesos. Eso era lo que más les gustaba a las brujas. En especial porque lo hacía su mejor línea de defensa contra sus enemigos. La muerte… ése era su don. Lo único que parecía poder ofrecer a quienes lo rodeaban. Era apenas un poco mejor que su padre en ese aspecto.
La flama fluyó sobre él, invisible y tranquilizante.
No había escuchado ni un susurro de Aelin. Ni de Rowan y sus compañeros. Ni un susurro sobre si Maeve aún tenía presa a la reina.
Aelin había estado dispuesta a cederlo todo a cambio de salvar Terrasen, para salvarlos a todos. Él no podía hacer menos. Aelin ciertamente tenía más que perder. Una pareja y esposo que la amaba. Una corte que la seguiría hasta el mismo infierno. Un reino que llevaba mucho tiempo aguardando su retorno.
Lo único que él tenía era una tumba sin nombre para una sanadora que nadie recordaría, un imperio resquebrajado y un castillo en ruinas.
Dorian cerró los ojos por un momento intentando bloquear la imagen de la explosión del castillo de cristal, la imagen de su padre estirando el brazo hacia él, suplicándole que lo perdonara. Un monstruo… Ese hombre había sido un monstruo de todas las maneras posibles. Había concebido a Dorian estando poseído por un demonio del Valg.
¿Eso en qué lo convertía a él? Su sangre era roja y el príncipe del Valg que lo había infestado se deleitaba en darse un festín con él, en hacerlo disfrutar todo lo que había hecho mientras traía puesto el collar. ¿Pero se podía seguir considerando completamente humano?
Exhaló largamente y abrió los ojos.
Un hombre estaba parado frente a él en el claro nevado.
Dorian hizo una reverencia.
—Gavin.
El primer rey de Adarlan tenía sus ojos.
O, mejor dicho, Dorian tenía los mismos ojos que Gavin, heredados a través de los mil años que los separaban.
El resto del rostro del rey antiguo le resultaba ajeno: el cabello largo y castaño oscuro, las facciones severas, el gesto serio de su boca.
—Te aprendiste las marcas.
Dorian se enderezó de su reverencia.
—Aprendo rápido.
Gavin no sonrió.
—La invocación no es un don que deba usarse a la ligera. Arriesgas mucho, joven rey, al llamarme aquí. Considerando lo que llevas contigo.
Dorian se dio unas palmadas en el bolsillo de la chaqueta donde tenía las dos llaves del Wyrd e intentó no hacer caso al poder terrible y extraño que pulsó contra su mano ante eso.
—Todo es arriesgado en estos días —dijo y se enderezó por completo—. Necesito tu ayuda.
Gavin no respondió. Su mirada se deslizó hacia Damaris, que seguía enterrada en la nieve entre las marcas. Era una posesión personal del rey, así como Aelin había usado el Ojo de Elena para invocar a la antigua reina.
—Al menos has cuidado bien mi espada —levantó la vista hacia los ojos de Dorian, afilados al igual que el acero—. Aunque no podría decir lo mismo de mi reino.
Dorian apretó la mandíbula.
—Mi padre me lo heredó en mal estado, me temo.
—Tú eras el príncipe de Adarlan mucho antes de convertirte en su rey.
La magia de Dorian se revolvió y se congeló, más fría que la noche que lo cubría.
—Entonces considera que estoy intentando reparar años de mal comportamiento.
Gavin le sostuvo la mirada por un momento que se extendió hacia la eternidad. Un verdadero rey, eso era el hombre frente a él. Un rey no sólo de nombre, sino de espíritu. Como pocos lo habían sido desde que Gavin fue sepultado bajo los cimientos del castillo que había construido a las orillas del Avery.
Dorian soportó el peso de la mirada de Gavin. Permitió que el rey viera lo que quedaba de él, que notara la franja pálida que le rodeaba el cuello.
Entonces Gavin parpadeó una vez, la única señal que le daría para indicarle que podía continuar.
Dorian tragó saliva.
—¿Dónde está la tercera llave?
Gavin se puso tenso.
—Tengo prohibido decirlo.
—¿Lo tienes prohibido o no quieres decirlo?
Tal vez debería estar arrodillado, tal vez debería mantener un tono respetuoso. ¿Cuántas leyendas sobre Gavin había leído de niño? ¿Cuántas veces había corrido por el castillo jugando a que era ese rey que ahora estaba parado frente a él?
Dorian sacó el Amuleto de Orynth de su chaqueta y lo dejó meciéndose en el viento helado. Una canción silenciosa y fantasmagórica se filtró del medallón dorado y azul, en lenguas inexistentes.
—Brannon Galathynius desafió a los dioses al poner la llave aquí con una advertencia a Aelin. Lo menos que puedes hacer es darme alguna pista.
Los bordes de Gavin empezaron a borrarse pero su figura seguía visible frente a él. No quedaba mucho tiempo. Para ninguno de los dos.
—Brannon Galathynius era un bastardo arrogante. Yo he visto lo que sucede cuando se interfiere con los planes de los dioses. Las cosas no terminarán bien.
—Tu esposa, no los dioses, provocó esto.
Gavin le mostró los dientes. Y aunque el hombre tenía muchos años muerto, la magia de Dorian se activó de nuevo, lista para atacar.
—Mi pareja —gruñó Gavin— es el costo de esto. Mi pareja, si las llaves se consiguen, desaparecerá para siempre. ¿Sabes lo que es eso, joven rey? ¿Tener la eternidad… para que luego te sea arrebatada?
Dorian no se molestó en responder a la pregunta.
—No quieres que encuentre la tercera llave porque eso significará el fin de Elena.
Gavin no dijo nada.
Dorian dejó escapar un gruñido.
—Incontables personas morirán si estas llaves no se vuelven a colocar en la puerta —guardó el Amuleto de Orynth nuevamente en su chaqueta y volvió a hacer caso omiso del zumbido sobrenatural que vibraba contra sus huesos—. No puedes ser tan egoísta.
Gavin permaneció en silencio. El viento le azotaba el cabello oscuro. Pero sus ojos brillaron de modo apenas perceptible.
—Dime dónde —exhaló Dorian. Tenía apenas unos minutos antes de que incluso Vesta saliera a buscarlo—. Dime dónde está la tercera llave.
—También se perderá tu vida. Si consigues las llaves y haces el Candado. Tu alma también se perderá. No habrá ni un rastro de ti en el Más Allá.
—A nadie le importaría eso de todas maneras.
A él ciertamente no le importaba. Y de verdad se merecía ese tipo de final por haber fallado tantas veces. Por haber hecho todo lo que había hecho.
Gavin lo contempló largamente. Dorian se mantuvo inmóvil bajo su mirada feroz. Un guerrero que había sobrevivido a la segunda guerra de Erawan.
—Elena ayudó a Aelin —insistió Dorian y su aliento se arremolinó en el espacio que los separaba—. No se amedrentó, ni siquiera por lo que significaba para su destino. Aelin tampoco, aunque no tendrá ni una vida larga con su propia pareja, ni una eternidad con él —dijo. Al igual que yo tampoco las tendré. El corazón le empezó a latir con fuerza y su magia empezó a ascender simultáneamente—. Pero tú sí. Tú sí huirías de esto.
Gavin volvió a mostrarle los dientes.
—Erawan podría ser derrotado sin sellar la puerta.
—Dime cómo y yo encontraré una manera de hacerlo.
Pero Gavin volvió a guardar silencio y apretó los puños a sus costados.
—Si lo supieras, ya se habría hecho hace mucho tiempo —Dorian resopló con suavidad y Gavin negó con la cabeza pero Dorian continuó—. Tus amigos murieron peleando contra las hordas de Erawan. Ayúdame a evitar que los míos tengan el mismo destino. Tal vez ya sea demasiado tarde para algunos de ellos —dijo y sintió que se le revolvía el estómago.
¿Chaol habría logrado llegar al Continente del Sur? Tal vez sería mejor si su amigo nunca regresaba, si se quedaba seguro en Antica. Aunque Chaol jamás haría algo así.
Dorian miró hacia la saliente rocosa tras la cual estaba. No le quedaba mucho tiempo.
—¿Y qué hay de Adarlan? —exigió saber Gavin—. ¿Lo dejarías sin rey? —la pregunta en sí le informaba a Dorian la opinión que el rey tenía de Hollin—. ¿Así es como repararás los años que pasaste sin hacer nada como príncipe heredero?
Dorian recibió el golpe verbal. No era más que la verdad, proveniente de la boca del hombre que le había servido a ese dios sin nombre.
—¿En realidad sigue importando eso?
—Adarlan era mi orgullo.
—Ya no lo merece —respondió Dorian con brusquedad—. No lo ha merecido por mucho, mucho tiempo. Tal vez merece quedar en ruinas.
Gavin ladeó la cabeza.
—Las palabras de un niño descuidado y arrogante. ¿Crees que eres el único que ha sufrido una pérdida?
—Y sin embargo, tu propio miedo a la pérdida te hace escoger a una mujer sobre el destino de todo el mundo.
—Si tuvieras que elegir entre tu mujer o Erilea, ¿tu decisión sería distinta?
Sorscha o el mundo. La pregunta le sonaba hueca. Un poco del fuego de su interior se apagó. Sin embargo, Dorian se atrevió a responder:
—Te engañas sobre el camino que queda por delante, pero le serviste al dios de la verdad.
Chaol le había contado sobre su descubrimiento en las catacumbas debajo del sistema de alcantarillado de Rifthold en la primavera. El templo olvidado de hueso donde estaba escrita la confesión que había escrito Gavin antes de morir.
—¿Qué tiene él que decir sobre el rol de Elena en esto? —terminó de decir Dorian.
—El Que Todo lo Ve no dice estar relacionado con esas criaturas cobardes —gruñó Gavin.
Dorian podría jurar que un viento polvoriento y seco sopló por el paso.
—¿Entonces qué es él?
—¿No puede haber dioses de muchos lugares? ¿Algunos nacidos en este mundo, otros nacidos en otras partes?
—Esa pregunta se deberá debatir en otro momento —dijo Dorian con seriedad—. Cuando no estemos en guerra —inhaló profundamente. Luego otra vez—. Por favor —exhaló—, por favor ayúdame a salvar a mis amigos. Ayúdame a arreglar esto.
Era lo único que le quedaba, su misión.
Gavin volvió a observarlo, a sopesar lo que le decía. Dorian lo soportó. Lo dejó leer la verdad que estaba escrita en su alma.
El dolor nubló el rostro del rey. Dolor y arrepentimiento que se mezclaron cuando Gavin al fin dijo:
—La llave está en Morath.
Dorian sintió que la boca se le secaba.
—¿Dónde en Morath?
—No lo sé.
Dorian le creía. El temor puro en la mirada de Gavin lo confirmaba. El rey hizo un ademán con la cabeza en dirección a Damaris.
—Esa espada no es ornamental. Permite que te guíe, si no puedes confiar en ti mismo.
—¿Es cierto que dice la verdad?
—La bendijo El Que Todo lo Ve personalmente después de que yo le juré lealtad —dijo Gavin encogiéndose un poco de hombros. Un gesto no del todo domesticado. Como si el hombre en realidad nunca hubiera salido del territorio salvaje de Adarlan donde había ascendido de líder bélico a Alto Rey—. Aún tienes que aprender por ti mismo qué es verdad y qué es mentira.
—¿Pero Damaris me ayudará a encontrar la llave en Morath?
Para entrar a la fortaleza de Erawan, donde se hacían todos esos collares…
Gavin apretó la boca.
—No puedo decirlo. Pero te diré esto: no vayas todavía a Morath. Hazlo hasta que estés listo.
—Estoy listo ahora.
Era una mentira. Gavin también lo sabía. Le costó trabajo no tocarse el cuello, esa franja pálida que siempre le marcaría la piel.
—Morath no es una simple fortaleza —dijo Gavin—. Es un infierno y no es amable con los jóvenes imprudentes —Dorian se puso tenso pero Gavin continuó—. Sabrás cuando estés verdaderamente listo. Permanece en este campamento, si logras convencer a tus acompañantes. El camino te encontrará aquí.
Los bordes de Gavin se deformaron más y su rostro se puso borroso.
Dorian se animó a dar un paso al frente.
—¿Soy humano?
Los ojos de zafiro de Gavin se suavizaron, apenas.
—Yo no soy quien puede responder eso.
Y entonces el rey desapareció.
CAPÍTULO 5

El comandante del callejón dijo que sus últimas órdenes habían salido de Doranelle.
Nadie sabía si debían creerle.
Estaban sentados alrededor de una fogata pequeña en un campo polvoriento en las afueras de una ciudad en ruinas. Lorcan Salvaterre se había limpiado la sangre de las manos hacía rato y volvió a considerar la lógica de la respuesta.
¿Habían descartado la opción más simple? ¿Que Maeve estuviera todo este tiempo en Doranelle, escondida de sus súbditos?
Pero el comandante era un repugnante mentiroso. Le había escupido a Lorcan en la cara antes de que todo terminara.
Sin embargo, el otro comandante que habían encontrado hoy, tras una semana cazándolo en el puerto más cercano, dijo que había recibido órdenes de un reino lejano donde habían buscado hacía tres semanas. En la dirección opuesta de Doranelle.
Lorcan movió la tierra con la punta de la bota.
Ninguno de ellos se sentía con ánimos de hablar desde que el comandante de esta tarde les había dado información que contradecía la que tenían del primero.
—Doranelle es la fortaleza de Maeve —dijo Elide al fin. Su voz tranquila llenó el silencio denso—. Aunque sea simple, tendría sentido que llevara a Aelin allá.
Whitethorn se limitaba a mirar el fuego. No había lavado la sangre de su chaqueta gris oscuro.
—Sería imposible, incluso para Maeve, mantenerla oculta en Doranelle —la contradijo Lorcan—. Ya nos hubiéramos enterado.
No estaba seguro de cuándo había sido la última vez que le había hablado a la mujer frente a él.
Ella no se había amedrentado al verlo interrogar y doblegar a los comandantes de Maeve. Se había asustado un poco en las peores partes, sí, pero había escuchado cada una de las palabras que Rowan y Lorcan les extrajeron. Lorcan suponía que ella habría visto cosas peores en Morath y odiaba que así fuera. Odiaba que su tío monstruoso siguiera respirando.
Pero esa cacería vendría después. Después de que encontraran a Aelin. O lo que quedara de ella.
La mirada de Elide se puso fría, muy fría, y respondió:
—Maeve logró esconder a Gavriel y Fenrys de Rowan en la Bahía de la Calavera. Y de alguna manera ocultó e hizo desaparecer toda su flota.
Lorcan no respondió. Elide continuó con la mirada inalterada:
—Maeve sabe que Doranelle sería el sitio obvio, la elección que probablemente no investigaríamos porque es demasiado simple. Anticipó que pensaríamos que se llevaría a Aelin a la zona más alejada de Erilea en vez de regresar directamente a casa.
—Maeve tendría la ventaja de recurrir fácilmente al ejército —agregó Gavriel y su garganta tatuada se movió cuando tragó saliva—. Lo cual haría mucho más difícil el rescate.
Lorcan se controló para no decirle a Gavriel que se callara la boca. No le había pasado desapercibido cómo Gavriel se esforzaba por ayudar a Elide, por hablar con ella. Y sí, una pequeña parte de él se lo agradecía, ya que le quedaba clarísimo que ella no aceptaría ninguna ayuda de él.
Que Hellas lo maldijera, él había tenido que recurrir a cortar su camisa para que Whitethorn y Gavriel le dieran las compresas para su ciclo. Había amenazado con despellejarlos si le decían que era de él, y Elide, con su sentido del olfato de humana, no lo pudo oler en la tela.
No sabía por qué se molestaba. No había olvidado sus palabras aquel día en la playa.
Espero que pases el resto de tu miserable vida inmortal sufriendo. Espero que te quedes solo. Espero que vivas con el arrepentimiento y la culpa en tu corazón y que nunca encuentres una manera de soportarlo.
Su juramento, su maldición o lo que hubiera sido, se había convertido en realidad. Cada una de sus palabras.
Había destrozado algo. Algo de un valor inconmensurable. Nunca le había importado hasta ahora.
Incluso el juramento de sangre cercenado, que todavía era una herida abierta en su alma, no se acercaba ni remotamente al agujero que aparecía en su pecho cuando la veía.
Ella le había ofrecido un hogar en Perranth sabiendo que él sería un hombre sin honor. Le había ofrecido un hogar con ella.
Pero no había sido el rompimiento del juramento de Maeve lo que hizo que ella retirara su oferta. Había sido una traición tan grande que él no sabía cómo arreglarlo.
¿Dónde está Aelin? ¿Dónde está mi esposa?
La esposa de Whitethorn, y su pareja. Solamente esta misión, esta búsqueda interminable de Aelin, era lo que evitaba que Lorcan se perdiera en un pozo del cual nunca más podría volver a emerger.
Tal vez si la encontraran, si quedara lo suficiente de Aelin tras lo que le hubiera hecho Cairn, podría encontrar cómo vivir consigo mismo. Cómo soportar a esta… persona en quien se había convertido. Tal vez tardaría otros quinientos años en lograrlo.
No se permitió considerar que Elide sería poco más que polvo para ese entonces. Tan sólo de pensarlo sentía cómo la cena raquítica de pan viejo y queso duro se le revolvía en el estómago.
Un tonto… era un tonto inmortal y estúpido por haber iniciado este camino con ella, por olvidar que, aunque ella lo perdonara, de todas maneras seguía siendo mortal.
Al fin, Lorcan dijo:
—También tendría sentido que Maeve fuera con los akkadianos, como dijo el comandante hoy. Maeve tiene lazos con ese reino desde hace mucho tiempo —continuó. Él, Whitethorn y Gavriel habían ido a la guerra y regresado de esos territorios arenosos. Deseaba nunca volver a ese lugar—. Sus ejércitos la protegerían.
Porque sería necesario un ejército para que Whitethorn no alcanzara a su pareja.
Volteó a ver al príncipe, quien no dio ninguna señal de haber estado escuchando. Lorcan no quería considerar si Whitethorn pronto necesitaría agregar un tatuaje al otro lado de su cara.
—El comandante fue mucho más cooperativo hoy —continuó diciéndole Lorcan al príncipe con quien había combatido lado a lado por tantos siglos, que había sido un bastado infeliz y frío como Lorcan hasta esta primavera—. Apenas lo empezaste a amenazar y cantó. El que dijo que Maeve estaba en Doranelle seguía riendo al final.
—Yo creo que está en Doranelle —interrumpió Elide—. Anneith me dijo que escuchara ese día. No lo hizo las otras dos ocasiones.
—Sí, es algo que debemos considerar —aceptó Lorcan, y a Elide le brillaron los ojos con irritación—. Aunque no veo ningún motivo para creer que los dioses serían tan claros.
—Palabras del hombre que siente el toque de un dios que le dice cuándo correr o cuándo pelear —respondió bruscamente Elide.
Lorcan no le hizo caso, no hizo caso a esa verdad. No había sentido el toque de Hellas desde los Pantanos Rocosos. Como si inclusive el dios de la muerte sintiera repulsión por él.
—La frontera de Akkadia está a tres días a caballo de aquí. La capital a tres días más. Doranelle está a más de dos semanas, y eso si viajamos casi sin descanso.
El tiempo no estaba de su lado. Con las llaves del Wyrd, con Erawan, con la guerra que seguramente estaba desatándose en el propio continente de Elide, todo retraso tenía un precio. Eso sin mencionar lo que cada día le provocaría sin duda a la reina de Terrasen.
Elide abrió la boca pero Lorcan la interrumpió:
—Y por otro lado, llegar a la fortaleza de Maeve agotados y hambrientos… No tendríamos ninguna probabilidad. Y con el velo que ella es capaz de generar, es posible que pasemos literalmente junto a Aelin y nunca nos demos cuenta.
Las fosas nasales de Elide se abrieron un poco pero volteó a hablar con Rowan.
—Es tu decisión, príncipe.
No era sólo un príncipe, ya no. Era el consorte de la reina de Terrasen.
Al fin, Whitethorn levantó la cabeza. Y esos ojos verdes se posaron en Lorcan, quien soportó el peso de su mirada, el dominio innato. Había estado esperando que Rowan se vengara como él lo merecía, había estado esperando ese golpe. Deseaba recibirlo. No había llegado.
—Ya llegamos hasta este punto en el sur —dijo Rowan al fin con voz baja—. Será mejor ir a Akkadia que arriesgarnos a ir hasta Doranelle para descubrir que nos equivocamos.
Y eso fue todo.
Elide solamente le lanzó una mirada furiosa a Lorcan y se puso de pie con el pretexto de tener que ir a atender sus necesidades antes de dormir. Su caminar era estable al avanzar por el pasto crujiente, gracias a la férula de magia que Gavriel mantenía alrededor de su tobillo.
Pero Lorcan sabía que debería ser su magia la que la estuviera ayudando. La que estuviera tocando su piel.
Los pasos de Elide se volvieron distantes, casi silenciosos. Por lo general, iba más lejos de lo necesario para evitar que la alcanzaran a oír. Lorcan le dio unos cuantos minutos y luego salió caminando tras ella hacia la oscuridad.
Elide ya venía de regreso y se detuvo sobre una pequeña colina, apenas un montículo de tierra en el campo.
—Qué quieres.
Lorcan siguió caminando hasta que llegó a la base de la colina y se detuvo.
—Akkadia es la elección más sabia.
—Rowan decidió lo mismo. Debes estar complacido.
Intentó pasar a su lado pero Lorcan se interpuso en su camino. Ella levantó la cabeza para verlo a la cara pero él nunca se había sentido tan pequeño. Más bajo de estatura.
—Yo no insistí en Akkadia para molestarte —logró decir.
—No me importa.
Ella intentó volver a rodearlo pero Lorcan se lo impidió con facilidad.
—Yo no… —las palabras se le atoraban en la garganta—. Yo no quería que esto sucediera.
Elide dejó escapar una risa suave y agresiva.
—Por supuesto que no. ¿Por qué podrías tener la intención de que tu maravillosa reina cortara el juramento de sangre?
—Eso no me importa —dijo Lorcan. Era verdad. Nunca había dicho palabras más ciertas—. Sólo quiero arreglar las cosas.
Ella frunció los labios.
—Tal vez consideraría creer eso si no te hubiera visto arrastrándote tras Maeve en la playa.
Lorcan parpadeó al escuchar las palabras, el odio que contenían. Estaba tan impactado que en esta ocasión sí le permitió pasar junto a él. Elide ni siquiera volteó a verlo.
Hasta que Lorcan dijo:
—Yo no me arrastré tras Maeve.
Ella se detuvo y su cabello se meció con el movimiento. Lentamente, volteó a verlo por encima del hombro. Imperiosa y fría como las estrellas sobre ellos.
—Me arrastré… —dijo y tragó saliva—. Me arrastré tras Aelin.
Intentó apartar de su mente la arena sangrienta, los gritos de la reina, sus últimos ruegos a Elide. Los bloqueó y dijo:
—Cuando Maeve cercenó el juramento, no podía moverme, apenas podía respirar.
La agonía era tal que Lorcan no podía imaginar cómo sería si hubiera cortado el juramento él solo, sin órdenes. No era el tipo de dolor del cual uno podía alejarse.
El juramento podía estirarse, adelgazarse. El hecho de que Vaughan, el último de su grupo, sin duda seguía recorriendo los campos en el norte en su «cacería» de Lorcan era prueba suficiente de que las restricciones del juramento de sangre eran flexibles. Pero romperlo directamente por su propia voluntad, encontrar otra manera de romper ese vínculo, sería aceptar la muerte.
Durante estos meses se había preguntado si eso era lo que debía haber hecho.
Lorcan tragó saliva.
—Intenté llegar a ella. Con Aelin. Intenté llegar a esa caja —agregó con voz tan baja que sólo Elide lo alcanzó a oír—. Lo prometo.
Su palabra era su garantía, el único bien que tenía para negociar. Eso se lo había dicho alguna vez a ella, durante las semanas que pasaron viajando. No vio ningún destello en la mirada de Elide que le demostrara que recordaba eso.
Elide simplemente caminó de regreso al campamento. Lorcan permaneció donde estaba.
Él había hecho esto. Él le había provocado esto a ella, a ellos.
Elide llegó a la fogata del campamento y Lorcan finalmente la siguió. Se acercó al anillo de luz a tiempo para verla sentarse junto a Gavriel con la boca apretada con fuerza.
El León le murmuró:
—No estaba mintiendo, ¿sabes?
Lorcan apretó la mandíbula y no hizo ningún esfuerzo por disimular sus pasos. Si los oídos de Gavriel eran lo suficientemente agudos para haber escuchado toda su conversación, sin duda el León ya sabía que venía de regreso. Y ciertamente sabía que no debía meter sus narices en sus asuntos.
Pero Lorcan se descubrió de todas maneras estudiando la cara de Elide, esperando su respuesta.
Y cuando ella ignoró tanto al León como a Lorcan, deseó no haber dicho ni una palabra.
El príncipe Rowan Whitethorn Galathynius, consorte, esposo y pareja de la reina de Terrasen, sabía que estaba soñando.
Lo sabía porque la podía ver.
Sólo había oscuridad aquí. Y viento. Y un enorme abismo que los separaba.
Ese abismo, esa grieta en el mundo, no tenía fondo. Pero él alcanzaba a oír susurros que se deslizaban por ahí, muy abajo.
Ella estaba de pie dándole la espalda. Su cabello volaba como una cortina de oro. Estaba más largo que la última vez que lo había visto.
Intentó transformarse, volar para cruzar el abismo. La magia innata de su cuerpo no lo obedeció. Encerrado en su cuerpo de hada, el salto era demasiado largo y sólo podía mirar en dirección a ella, percibir su aroma —jazmín, cedrón y brasas crujientes— que flotaba en su dirección con el viento. El viento no le reveló ningún secreto, no tenía ninguna canción que cantar.
Era un viento de muerte, de frío, de nada.
Aelin.
Él no tenía voz aquí pero pronunció su nombre. Lo lanzó al otro lado del barranco que los separaba.
Lentamente, ella volteó a verlo.
Era su rostro… o lo sería en unos años. Cuando se Estableciera.
Pero no fueron los rasgos ligeramente más maduros los que le quitaron el aliento.
Fue la mano sobre su vientre redondo.
Ella miró en su dirección. Su cabello seguía volando. Tras ella, aparecieron cuatro figuras pequeñas.
Rowan cayó de rodillas.
La más alta: una niña de cabello dorado y ojos color verde pino, rostro solemne y orgulloso como el de su madre. El niño que estaba junto a ella era casi de la misma altura y le sonrió, una expresión cálida y brillante, con los ojos Ashryver casi encendidos debajo de su cabellera plateada. El niño a su lado, de cabello de plata y ojos verdes, bien podría haber sido el gemelo de Rowan. Y la niña más pequeña, aferrada a las piernas de su madre… Una niña de huesos delicados y cabello plateado, apenas más grande que un bebé, con ojos azules que se remontaban a un linaje que él desconocía.
Niños. Sus hijos. Los hijos de ambos.
Con otro a unas pocas semanas de nacer.
Su familia.
La familia que podría tener, el futuro que podría tener. Lo más hermoso que había visto jamás.
Aelin.
Sus hijos se acercaron más a ella y la niña mayor levantó la vista hacia Aelin como advertencia.
Entonces Rowan lo sintió. Un viento negro, mortífero y poderoso, que soplaba hacia ellos.
Intentó gritar. Intentó ponerse de pie, encontrar una manera de llegar a su lado.
Pero el viento negro llegó con un rugido, destrozando y rasgando todo en su camino.
Seguían viéndolo cuando se los llevó a ellos también.
Hasta que lo único que quedó fue polvo y sombras.
Rowan despertó de golpe. Su corazón latía desbocado y su cuerpo le gritaba que se moviera, que luchara.
Pero no había nada ni nadie contra quien luchar aquí, en este campo polvoriento bajo las estrellas.
Un sueño. El mismo sueño.
Se frotó la cara y se sentó en su saco de dormir. Los caballos dormían sin dar señas de angustia. Gavriel, el León, estaba vigilando en su forma de gato montés justo fuera del círculo de luz de la fogata. Sus ojos brillaban en la oscuridad. Elide y Lorcan no se movieron en su sueño profundo.
Rowan estudió la posición de las estrellas. Amanecería en unas pocas horas.
Y entonces se dirigirían a Akkadia… a esa tierra de matorrales y arena.
Mientras Elide y Lorcan debatían a dónde ir, él lo había considerado por su cuenta. Si debería volar a Doranelle solo y arriesgarse a perder varios días preciosos en una búsqueda que podría ser inútil.
Si Vaughan estuviera con ellos, si Vaughan hubiera sido liberado, tal vez podría haber enviado al guerrero en su forma de águila pescadora a Doranelle mientras ellos avanzaban hacia Akkadia.
Rowan lo volvió a considerar. Si presionaba a su magia, si aprovechaba los vientos, las dos semanas para llegar a Doranelle se podrían cubrir en cuestión de días. Pero si por alguna razón encontraba a Aelin… Había luchado en suficientes batallas como para saber que necesitaría de la fuerza de Lorcan y Gavriel antes de que todo pudiera terminar. Sabía que podría poner en peligro a Aelin si intentara liberarla sin su ayuda. Lo cual podría entonces implicar volar de regreso para después hacer el viaje agonizantemente lento al norte.
Y Akkadia estaba muy cerca, lo cual hacía que la decisión de buscar ahí primero fuera la más sabia. En caso de que el comandante de hoy hubiera dicho la verdad. Y en caso de que lo que habían aprendido en Akkadia los condujera a Doranelle, entonces irían. Juntos.
Aunque fuera en contra de todos sus instintos como la pareja de Aelin. Como su esposo. Aunque cada día, cada hora que Aelin pasara en las garras de Maeve probablemente le estaba provocando más sufrimiento de lo que él podía atreverse a pensar.
Así que viajarían a Akkadia. En unos cuantos días, entrarían a las planicies y luego se acercarían a las distantes colinas secas más allá. Cuando empezaran las lluvias del invierno, la planicie reverdecería con mucha vida, pero después del verano ardiente, las tierras estarían todavía color café y trigo, el agua escasa.
Se aseguraría de que se aprovisionaran bien en el siguiente río. Suficiente también para los caballos. Podría ser que les faltara también comida, pero había animales para cazar en las planicies. Conejos enjutos y pequeños, animales peludos que se enterraban en la tierra cuarteada. Precisamente el tipo de comida que le provocaba escalofríos a Aelin.
Gavriel notó el movimiento en el campamento y se acercó. Sus enormes patas se movían silenciosamente incluso en el pasto seco. Los ojos amarillentos e inquisitivos le parpadearon.
Rowan negó con la cabeza ante la pregunta que el León no hizo:
—Duerme un poco. Yo me encargo.
Gavriel ladeó la cabeza con un gesto que Rowan sabía que significaba ¿Estás bien?
Extraño… seguía siendo extraño trabajar con el León, con Lorcan, sin los vínculos del juramento de Maeve obligándolos a hacerlo. Saber que estaban aquí porque así lo querían.
Rowan no estaba seguro de en qué los convertía eso, exactamente.
Rowan no hizo caso a la pregunta silenciosa de Gavriel y fijó la mirada en el fuego que se iba apagando.
—Descansa mientras puedas.
Gavriel no protestó al dirigirse hacia su saco de dormir y se dejó caer en él con un suspiro felino.
Rowan reprimió el sentimiento de culpa que quiso aflorar en él. Los había estado presionando mucho. No se habían quejado, no le habían pedido que redujera la velocidad a la que los llevaba.
Desde aquel día en la playa, él no había sentido nada en el vínculo. Nada.
Ella no estaba muerta, porque el vínculo todavía existía, pero… estaba silencioso.
Él lo pensó mucho durante las largas horas de este viaje, en las horas que estaba de guardia. Incluso durante las horas que se suponía debía estar durmiendo.
No había sentido dolor en el vínculo ese día en Eyllwe. Lo sintió cuando Dorian Havilliard la apuñaló en el castillo de cristal, había sentido el vínculo —lo que él tan estúpidamente había pensado era el vínculo carranam entre ellos— estirarse casi hasta el punto de quiebre cuando ella había estado tan tan cerca de la muerte.
Sin embargo, aquel día en la playa cuando Maeve la atacó, luego cuando Cairn la azotó con el látigo…
Rowan apretó la mandíbula con tanta fuerza que le dolió y sintió que el estómago se le revolvía. Miró en dirección a Goldryn, que estaba a su lado junto al saco de dormir.
Con suavidad, colocó la espada frente a él y miró el rubí en el centro de la empuñadura, su brillo ardiente bajo la luz de la fogata.
Aelin había sentido la flecha que él recibió durante la pelea con Manon en el templo de Temis. O había sentido un tirón con la fuerza suficiente para saber, en ese momento, que eran una pareja.
Sin embargo él no había sentido nada ese día en la playa.
Tenía la sensación de saber la respuesta. Sabía que probablemente Maeve era la causante, era la responsable del obstáculo que amortiguaba su conexión. Se había metido a su mente para engañarlo y hacerle creer que Lyria era su pareja. Había engañado los instintos que lo convertían en hada macho. Sin duda no estaba más allá de sus poderes encontrar una manera de apagar lo que fluía entre él y Aelin, de evitar que él supiera en cuánto peligro estaba ella, y ahora evitaba que la encontrara.
Pero él debía haberlo sabido. Sobre Aelin. No debía haber esperado a conseguir los guivernos y a los demás. Debería haber volado directo a la playa y no haber desperdiciado esos minutos tan valiosos.
Pareja. Su pareja.
Eso también debería haberlo sabido. Aunque la rabia y el dolor lo hubieran convertido en un miserable bastardo, debería haber sabido quién era ella, quién era desde el momento en que la mordió en Mistward, incapaz de controlar su impulso por proclamarla como suya. El momento en que su sangre tocó su lengua y le cantó, y luego se negó a dejarlo en paz porque el sabor permaneció con él durante meses.
En vez de eso, pelearon. Él les había permitido pelear… así de perdido estaba en su rabia y su hielo. Ella también estaba perdida en su furia y había escupido unas palabras tan odiosas e impronunciables que él la trató como a cualquier otro individuo bajo su mando que le hubiera contestado mal. Sin embargo, esos días todavía lo atormentaban. Aunque Rowan sabía que si en algún momento mencionaba esas peleas con algo de vergüenza, Aelin le diría que era un tonto.
No sabía qué hacer sobre el tatuaje de su cara, su cuello y su brazo. La mentira que contaba sobre su pérdida y la verdad que revelaba sobre su ceguera.
Él había amado a Lyria, eso era verdad. Y la culpa de eso lo carcomía vivo cada vez que lo pensaba pero ahora lo podía entender. Por qué Lyria había estado tan temerosa de él los primeros meses, por qué había sido tan difícil cortejarla, a pesar del vínculo de pareja ya que su verdad también era desconocida para Lyria. Ella había sido amable, y callada y gentil. Un tipo de fuerza distinto, sí, pero no lo que él hubiera elegido.
Se odiaba por pensar eso.
A pesar de la rabia que lo consumía por pensarlo, por pensar en lo que le habían robado. A Lyria también. Aelin había sido suya, y él de ella, desde el principio. Antes de eso. Y Maeve había planeado romper eso, romperla a ella para conseguir lo que quería.
No permitiría que eso se quedara sin castigo. Al igual que no olvidaría que Lyria, independientemente de lo que hubiera existido en verdad entre ellos, estaba embarazada de su hijo cuando Maeve envió esas fuerzas enemigas a su hogar en la montaña. Nunca perdonaría eso.
Te mataré, le había dicho Aelin a Maeve cuando se enteró de lo que había hecho. La terrible manipulación de Maeve que lo había destrozado, y había destrozado a Lyria. Elide le había contado a Rowan cada una de las palabras de su encuentro, una y otra vez. Te mataré.
Rowan se quedó mirando el corazón ardiente del rubí de Goldryn.
Rezó para que ese fuego, esa rabia, no se hubiera resquebrajado. Sabía cuántos días habían pasado, sabía quién había prometido Maeve que se encargaría de la tortura. Sabía que tenía todo en su contra. Él había pasado dos semanas atado a la mesa del enemigo. Todavía tenía la cicatriz en el brazo que le provocó uno de sus instrumentos más creativos.
Prisa. Tenían prisa.
Rowan se inclinó y recargó la frente contra la empuñadura de Goldryn. El metal se sentía tibio, como si todavía tuviera un suspiro de la flama de su portadora.
No había pisado Akkadia desde aquella última guerra terrible. Aunque él había llevado a las hadas y soldados mortales a la victoria, no tenía ningún deseo de volver a ver ese lugar.
Pero irían a Akkadia.
Y si la encontraba, si la liberaba… Rowan no se permitió pensar más allá de eso.
La otra verdad que enfrentarían, la otra carga. Dile a Rowan que siento mucho haber mentido. Pero dile que de todas maneras teníamos el tiempo contado. Incluso antes de hoy, sabía que teníamos el tiempo contado, pero de todas maneras desearía que hubiéramos tenido más.
Se negaba a aceptarlo. Nunca aceptaría que ella sería el precio a pagar para terminar esto, para salvar su mundo.
Rowan miró el manto de estrellas sobre su cabeza.
Mientras todas las demás constelaciones siguieron su camino, el Señor del Norte permanecía, la estrella inmortal entre sus cuernos apuntaba hacia casa. A Terrasen.
Dile que tiene que pelear. Debe salvar Terrasen, y dile que recuerde los votos que hizo conmigo.
El tiempo no estaba a su favor para el asunto con Maeve ni tampoco con la guerra que estaba desencadenándose en su propio continente. Pero no tenía ninguna intención de regresar sin ella, independientemente de lo que ella le hubiera pedido antes de separarse, independientemente de los juramentos que había hecho al casarse con ella de cuidar y gobernar Terrasen.
Y dile que gracias, por recorrer ese camino oscuro conmigo de regreso a la luz.
Había sido un honor. Desde el principio, había sido un honor para él, el mayor honor de su vida inmortal.
Una vida inmortal que compartirían, de alguna manera. No aceptaría ninguna otra alternativa.
Rowan lo juró en silencio a las estrellas.
Podría haber jurado que el Señor del Norte destelló ante eso.
CAPÍTULO 6

Los vientos invernales que se batían sobre las olas violentas helaron a Chaol Westfall desde el instante en que salió de su camarote bajo cubierta. A pesar de su gruesa capa azul, el frío húmedo se le colaba hasta los huesos y ahora, mientras estudiaba el agua, parecía como si la densa capa de nubes no fuera a abrir nunca. El invierno empezaba a entrar al continente, con la misma certeza que las legiones de Morath.
La mañana fresca no había revelado nada, solamente los mares revueltos y los soldados y marineros estoicos que habían mantenido este barco navegando con rapidez hacia el norte. Tras ellos, a sus flancos, venía la mitad de la flota del khagan. La otra mitad seguía en el continente sur mientras se reunía el resto de la armada del gran imperio. Tendrían sólo unas semanas de retraso si el clima cooperaba.
Chaol rezó para que ese viento helado de sal así lo hiciera. Ya que, a pesar del tamaño de la flota reunida tras ellos, y a pesar de los mil jinetes de ruks que estaban saliendo por los aires desde sus nidos en los barcos para su cacería matutina sobre las olas, de todas maneras era posible que no fueran suficientes contra Morath.
Y tal vez no llegarían a tiempo para que su ejército hiciera la diferencia de cualquier modo.
En tres semanas de navegación habían escuchado pocas noticias sobre las huestes que habían reunido sus amigos y que supuestamente llevarían a Terrasen, y se habían mantenido lo suficientemente lejos de la costa como para evitar cualquier barco, o guiverno, del enemigo. Pero eso cambiaría hoy.
Un brazo tibio y delicado lo tomó del suyo y una cabeza de cabello castaño dorado se recargó contra su hombro.
—Está helado acá afuera —murmuró Yrene y frunció el ceño al ver las olas azotadas por el viento.
Chaol le dio un beso en la cabeza.
—El frío ayuda a forjar el carácter.
Ella ahogó una risa y el vapor de su aliento desapareció de inmediato por el viento.
—Hablas como un auténtico hombre del norte.
Chaol le pasó el brazo alrededor de los hombros y la acercó a él.
—¿No te estoy ofreciendo suficiente calor estos días, esposa?
Yrene se sonrojó y le dio un codazo en las costillas.
—Tarado.
Ya había pasado más de un mes y él seguía maravillándose ante la palabra: esposa. Ante la mujer que estaba a su lado, que había sanado su alma fracturada y agotada.
Su columna vertebral era secundaria a eso. Había pasado estos largos días en el barco practicando cómo podría pelear —ya fuera a caballo o con un bastón o desde su silla de ruedas— en los ratos en los que el poder de Yrene se agotaba lo suficiente para que el vínculo vital que los unía se adelgazara y permitiera que la lesión volviera a tomar el control.
Su columna no había sanado, no realmente. Nunca lo haría. Había sido el precio a pagar para salvar su vida después de que una princesa del Valg lo había llevado al borde de la muerte. Pero no lo sentía como un precio demasiado alto.
Nunca habían sido una carga: la silla, la lesión. No lo serían ahora tampoco.
Pero la otra parte de ese trato con la diosa que había guiado a Yrene toda su vida, que la había llevado a las costas de Antica y ahora de vuelta a su propio continente… esa parte le provocaba mucho temor.
Si él moría, Yrene se iría también.
Para transmitirle su poder de sanación y que así pudiera caminar cuando ella no tenía demasiado agotada su magia, sus vidas mismas se habían entrelazado.
Así que si él caía en batalla contra las legiones de Morath… No se perdería solamente su vida.
—Estás pensando demasiado —le dijo Yrene con el entrecejo fruncido—. ¿Qué pasa?
Chaol movió la barbilla en dirección al barco que navegaba más cercano a ellos. En la popa había dos ruks, uno dorado y uno rojizo, alertas. Ambos estaban ensillados aunque no había señal de los jinetes de Kadara o de Salkhi.
—No puedo distinguir si estás señalando los ruks o el hecho de que Nesryn y Sartaq fueron lo suficientemente inteligentes para quedarse en cama en una mañana como ésta —como deberíamos haber hecho nosotros, agregaron sus ojos dorados con acidez.
Entonces fue el turno de Chaol de darle un suave codazo.
—Tú me despertaste a mí esta mañana, ¿sabes?
Le dio un beso suave en el cuello, un recordatorio preciso de cómo, exactamente, lo había despertado Yrene. Y lo que habían pasado haciendo en la madrugada alrededor de una hora.
Tan sólo la sedosidad tibia de la piel de Yrene contra sus labios fue suficiente para calentarle los huesos.
—Podemos regresar a la cama, si quieres —murmuró.
Yrene dejó escapar un sonido suave y sin aliento y Chaol sintió cómo sus manos ansiaban recorrer su cuerpo envuelto en ropa cálida. A pesar de tener poco tiempo y estar apresurándose hacia el norte, él amaba aprenderse todos los sonidos que ella hacía, amaba provocárselos.
Pero Chaol apartó la cabeza del cuello de Yrene para volver a señalar a los ruks.
—Saldrán en una misión de exploración pronto —podría apostar que Nesryn y el recién coronado heredero del khagan estaban poniéndose sus armas y sus ropas en ese momento—. Ya nos adentramos lo suficiente hacia el norte como para tener que empezar a buscar dónde atracar.
Para poder decidir dónde exactamente atracarían la flota y desde dónde marcharían tierra adentro lo más rápido posible.
Si Rifthold seguía en manos de Erawan y las legiones de Dientes de Hierro, entonces navegar río arriba por el Avery y marchar al norte hacia Terrasen no sería la mejor opción. Pero el rey del Valg podría tener soldados esperándolos en cualquier punto más adelante. Eso sin mencionar la flota de la reina Maeve, que había desaparecido después de su batalla con Aelin y afortunadamente no había vuelto a aparecer.
Según los cálculos de su capitán, debían estar aproximándose a la frontera que Fenharrow compartía con Adarlan. Así que necesitaban decidir hacia dónde, exactamente, estarían navegando. Lo más rápido posible.
Ya habían perdido tiempo muy valioso al esquivar las Islas Muertas, a pesar de saber que ya eran del capitán Rolfe otra vez. Morath ya se había enterado probablemente sobre su viaje, pero no hacía falta anunciar su posición exacta.
Pero esta discreción les había costado: no tenía noticias sobre la ubicación de Dorian. Ni una palabra sobre si habría ido al norte con Aelin y la flota que ella había reunido de diversos reinos. Chaol debía conformarse con rezar por que Dorian lo hubiera logrado y que permaneciera a salvo.
Yrene miró con atención a los dos ruks del barco vecino.
—¿Cuántos exploradores irán?
—Sólo ellos.
Yrene abrió los ojos alarmada.
—Es más fácil que un número pequeño se mantenga oculto —explicó Chaol y señaló el cielo—. La capa de nubes de hoy hace que sea el momento ideal para explorar también —dijo. Pero al ver que la preocupación en el rostro de Yrene no disminuía, agregó—: Tendremos que pelear en esta guerra en algún momento, Yrene.
¿Cuántas vidas estaría cobrando Erawan por cada día que ellos tardaran?
—Lo sé —respondió ella y tomó el relicario de plata que colgaba de su cuello. Él se lo había dado y le había pedido a un maestro joyero que grabara en su superficie las montañas y mares. En el interior, tenía todavía la nota que Aelin Galathynius le había dejado a Yrene años atrás, cuando trabajaba como cantinera en un puerto pequeño, cuando su reina vivía como asesina con otro nombre.
—Solamente… Sé que es una tontería, pero de alguna manera no pensé que este día llegaría tan pronto.
Él no diría que estas semanas en el mar habían pasado rápidamente, pero entendía a qué se refería ella.
—Estos últimos días serán los más largos.
Yrene se recargó en él y lo abrazó de la cintura.
—Tengo que ir a revisar las provisiones. Le pediré a Borte que me lleve al barco de Hasar.
Arcas, el ruk de la feroz jinete, seguía dormido en su sitio de siempre, en la popa.
—Tal vez tengas que esperar un rato para hacerlo.
Sí, ambos habían aprendido durante estas semanas a no molestar ni al ruk ni a la jinete cuando dormían. Que los dioses se apiadaran de ellos si Borte y Aelin algún día se conocían.
Yrene sonrió y le tomó la cara entre las manos. Sus ojos despejados estudiaron los de él.
—Te amo —dijo con suavidad.
Chaol inclinó la frente hasta que se apoyó en la de ella.
—Dime eso cuando estemos metidos hasta las rodillas en lodo congelado, ¿sí?
Ella rio pero no hizo ningún movimiento para alejarse. Él tampoco.
Así que, frente con frente y alma con alma, permanecieron de pie bajo el viento inclemente, sobre las olas enormes y esperaron las noticias de lo que habían descubierto los ruks.
Había olvidado el estúpido frío del norte.
Ni siquiera mientras vivió con los jinetes de ruks en las montañas Tavan, Nesryn Faliq había estado tan congelada como ahora.
Y el invierno no había llegado del todo.
Sin embargo, Salkhi no mostraba ni una señal de que el frío le afectara mientras volaban sobre nube y mar. Pero eso también podría deberse a que Kadara iba volando a su lado y la ruk dorada no se inmutaba bajo el viento implacable.
Cariño… su ruk había desarrollado cariño y una incansable admiración por la ruk de Sartaq. Aunque Nesryn suponía que lo mismo se podía decir sobre ella y el jinete de la ruk.
Nesryn apartó la mirada de las nubes arremolinadas y grises y miró de reojo al jinete a su izquierda.
Ya le había crecido el cabello un poco. Apenas lo suficiente para podérselo trenzar y que no le revoloteara en el viento.
Al percibir su mirada, el heredero del khaganato le hizo una señal, ¿Todo bien?
Nesryn se sonrojó a pesar del frío pero le indicó con los dedos torpes y entumidos: Todo bien.
Se sentía como una estudiante ingenua. En eso se había convertido al estar con el príncipe, sin importar el hecho de que llevaban varias semanas compartiendo cama ni lo que él había prometido para su futuro.
Que gobernara a su lado. Como la futura emperatriz del khaganato.
Por supuesto, era absurdo. La idea de vestirse como la madre de Sartaq, con esos vestidos hermosos y holgados y esos tocados majestuosos… No, ella estaba hecha para el traje de cuero de los rukhin, para el peso del acero, no las joyas. Se lo había dicho a Sartaq. Muchas veces.
Él se había reído de ella. Le había dicho que podría caminar por el castillo desnuda si así lo quería. Que lo que ella usara o dejara de usar no le molestaría en lo más mínimo.
Pero seguía siendo una idea ridícula. Una que el príncipe parecía creer era la única opción para su futuro. Él había apostado su corona a ello, le había dicho a su padre que si ser el príncipe significaba no estar con ella, que entonces se alejaría del trono. El khagan entonces le ofreció el título de heredero.
Antes de irse, sus hermanos no parecían haberse molestado por ello, aunque habían pasado todas sus vidas luchando por hacer que su padre los coronara como herederos. Inclusive Hasar, que iba en el barco con ellos, había controlado su lengua afilada y sus comentarios mordaces. Si Kashin, Arghun o Duva, quienes permanecieron en Antica con la promesa de parte de Kashin de alcanzarlos con el resto del ejército de su padre, habían cambiado de opinión sobre la designación de Sartaq como heredero, eso Nesryn no lo sabía.
Un movimiento a su derecha la hizo guiar a Salkhi en esa dirección.
Falkan Ennar, el metamorfo y comerciante convertido en espía rukhin, había adoptado la forma de un halcón desde esa mañana y se valió de la sorprendente velocidad de esas criaturas para adelantarse. Debió haber visto algo porque descendió y pasó volando a su lado y luego volvió a volar tierra adentro. Síganme, parecía estarles diciendo.
Navegar hasta Terrasen seguía siendo una opción, dependiendo de lo que encontraran hoy a lo largo de la costa. Si Lysandra todavía estaba ahí, si seguía con vida, eso era otro asunto.
Falkan había jurado que su fortuna y sus propiedades le serían heredadas a ella mucho antes de saber que ella había sobrevivido a la niñez o heredado los dones de su familia. Una familia extraña de los Yermos, que se había desperdigado por el continente. Su hermano terminó en Adarlan el tiempo suficiente para engendrar a Lysandra y abandonar a su madre.
Pero Falkan no había hablado de esos deseos desde que salieron de las montañas Tavan y en vez de eso se había dedicado a ayudar de todas las maneras posibles: principalmente haciendo viajes de exploración. Pero pronto llegaría el momento en que necesitarían más ayuda, como la habían necesitado contra las kharankui en los Páramos de Dagul.
Tal vez tan importante como el ejército que los acompañaba era la información que habían conseguido. Que Maeve para nada era una reina hada sino una impostora del Valg. Una antigua reina del Valg que se había infiltrado a Doranelle en los albores del tiempo, que había intervenido en las mentes de las reinas hermanas y las había convencido de que tenían una hermana mayor.
Tal vez ese conocimiento no tendría ningún uso en esta guerra. Pero tal vez podría desviarla de alguna manera. Saber que había otro enemigo a sus espaldas. Y que Maeve había huido a Erilea para escapar del rey del Valg con quien se había casado, hermano de otros dos, que a su vez habían desgajado las llaves del Wyrd del portal y habían recorrido mundos para encontrarla.
Que los tres reyes del Valg hubieran irrumpido en este mundo solamente para ser detenidos aquí, sin saber que su presa ahora acechaba desde un trono en Doranelle, era un giro raro del destino. De esos tres reyes, sólo Erawan, el hermano de Orcus, el esposo de Maeve, permanecía aquí. ¿Qué pagaría por saber quién era ella en realidad?
Tal vez era una pregunta para que la consideraran otras personas. Que pensaran cómo se podría utilizar.
Falkan voló hacia abajo entre las nubes y Nesryn lo siguió.
El aire frío y húmedo le azotaba el cuerpo pero Nesryn se inclinó hacia su ruk que descendía volando. Salkhi seguía a Falkan sin que ella se lo hubiera ordenado. Durante un minuto, sólo vio pasar nubes y luego…
Unos riscos blancos se elevaban de las olas grisáceas y más allá de ellos, los pastizales secos se extendían en las últimas planicies del norte de Fenharrow.
Falkan voló hacia la costa y moderó su velocidad para no perderlos.
Kadara les seguía el paso con facilidad y volaron en silencio viendo cómo iba aclarándose la imagen de la costa.
Los pastos de las planicies no estaban secos por el invierno. Los habían quemado. Y los árboles, desprovistos de hojas, eran poco más que cascarones.
En el horizonte, se podían ver columnas de humo que manchaban el cielo invernal. Eran demasiadas y demasiado grandes para ser provocadas por granjeros quemando los restos de sus cultivos para fertilizar la tierra.
Nesryn le hizo una señal a Sartaq, Voy a ver más de cerca.
El príncipe le hizo una señal de vuelta, Vuela cerca de las nubes, no bajes más.
Nesryn asintió y ella y su ruk desaparecieron en la delgada capa inferior de las nubes. La tierra quemada se alcanzaba a ver ocasionalmente entre los huecos de la nube.
Poblados y granjas: desaparecidos. Como si una fuerza hubiera azotado desde el mar y hubiera arrasado todo a su paso.
Sin embargo, no había una flota aguardando en la costa. No, este ejército había avanzado a pie.
Nesryn y Sartaq se mantuvieron justo dentro del velo de las nubes y recorrieron la tierra.
Ella sintió cómo le latía el corazón cada vez más rápido con cada legua de territorio quemado y despojado que recorrían. No había señales de un ejército opositor ni batallas.
Habían quemado todo solamente por diversión enferma.
Nesryn estudió el terreno, las características que podía distinguir. Era verdad que acababan de pasar la frontera de Fenharrow y que Adarlan se extendía hacia el norte.
Pero tierra adentro, cada vez más cerca con cada legua que avanzaban, alcanzó a ver a un ejército marchando. Se extendía por kilómetros y kilómetros, negro y ondulante.
El poder de Morath. O una terrible fracción de él, enviado para inspirar terror y destrucción antes de la oleada final.
Sartaq hizo una señal, Un grupo de soldados abajo.
Nesryn se asomó por encima del ala de Salkhi. La distancia al suelo era enorme pero logró ver un pequeño grupo de soldados con armadura oscura que se abría paso entre los árboles. Un grupo separado de la enorme masa que avanzaba adelante. Como si los hubieran enviado a terminar con cualquier superviviente.
Nesryn apretó la mandíbula e hizo otra señal al príncipe, Vamos.
No de regreso a los barcos. Sino con esos seis soldados que empezaban el largo camino para reunirse con su grupo.
Nesryn y Salkhi se lanzaron por los aires y Sartaq voló a toda velocidad a su izquierda.
El grupo de soldados no pudo siquiera gritar antes de que Nesryn y Sartaq los alcanzaran.
Lady Yrene Westfall, antes Yrene Towers, ya había contado las provisiones unas seis veces. Todos los barcos estaban llenos de ellas pero el barco de la princesa Hasar, la escolta personal de la Sanadora Mayor, tenía el cargamento más vital de tónicos y ungüentos. Muchos de ellos se habían fabricado antes de salir de Antica, pero Yrene y las demás sanadoras que acompañaron al ejército habían pasado largas horas a bordo preparando más de la mejor manera posible.
En el almacén en penumbras, Yrene se paró con firmeza para no caer por el movimiento de las olas y cerró la tapa de la caja con frascos de ungüentos. Apuntó el número en un trozo de papel que traía consigo.
—Es el mismo número que hace dos días —dijo una voz anciana desde las escaleras. Hafiza, la Sanadora Mayor, estaba sentada en los escalones de madera con las manos sobre la falda de lana gruesa que le cubría las rodillas delgadas—. ¿Qué es lo que piensas que les va a pasar, Yrene?
Yrene se lanzó la trenza por encima del hombro.
—Quería asegurarme de haber contado bien.
—Otra vez.
Yrene se metió el pedazo de pergamino en el bolsillo y tomó su capa de piel del sitio donde la había lanzado sobre una caja.
—Cuando estemos en los campos de batalla, conservar nuestras provisiones…
—Será vital, sí, pero también imposible. Cuando estemos en los campos de batalla, niña, tendrás suerte de siquiera encontrar uno de estos frascos en el caos.
—Eso es lo que estoy tratando de evitar.
La Sanadora Mayor le ofreció un suspiro solidario.
—Morirá gente, Yrene. De maneras horribles y dolorosas. Morirán y ni tú ni yo podremos salvarlos.
Yrene tragó saliva.
—Lo sé.
Si no se apresuraban, si no tocaban tierra pronto y descubrían a dónde podía marchar el ejército del khagan, ¿cuántos más morirían?
La mirada conocedora de la anciana no desapareció. Desde el momento en que Yrene miró a Hafiza por primera vez, la anciana había emanado esta tranquilidad, esta seguridad. Pensar en la Sanadora Mayor en esos campos de batalla sangrientos hacía que se le revolviera el estómago a Yrene. A pesar de que era el motivo preciso por el cual habían hecho el viaje, la razón por la que se habían preparado, para empezar.
Pero eso era aparte de la situación de Valg, que estaban aposentados en sus huéspedes humanos como parásitos. Valg que las matarían de inmediato si supieran lo que las sanadoras planeaban hacer.
Lo que Yrene planeaba hacer con cualquier Valg que se cruzara en su camino.
—Los ungüentos ya están hechos, Yrene — Hafiza gimió al levantarse de su lugar en los escalones. Se ajustó las solapas de la gruesa chaqueta de lana, cortada y bordada con el estilo de los jinetes darghan. Había sido un regalo de la última visita de la Sanadora Mayor a las estepas, cuando llevó a Yrene consigo—. Están contados. No hay más provisiones para hacer más, no hasta que lleguemos a tierra y podamos ver qué se puede usar allá.
Yrene se envolvió con más fuerza en su capa.
—Yo necesito hacer algo.
La Sanadora Mayor dio unas palmadas en el pasamanos.
—Lo harás, Yrene. Pronto lo harás.
Hafiza subió las escaleras tras decir esas palabras y dejó a Yrene en el almacén entre las torres de cajas.
Yrene no le dijo a la Sanadora Mayor que no estaba enteramente segura de cuánto tiempo más podría ayudar… todavía no. No había susurrado ni una palabra de esa duda a nadie, ni siquiera a Chaol.
La mano de Yrene se movió hacia su abdomen y se detuvo ahí.
CAPÍTULO 7

Morath. La última llave estaba en Morath.
La noticia atormentó a Dorian durante toda la noche, sin permitirle dormir. Cuando llegó a dormitar, despertó con una mano en el cuello, intentando sostener el collar que ya no estaba ahí.
Tenía que encontrar alguna manera de ir. Alguna manera de conseguirla.
Porque Manon sin duda no estaría dispuesta a llevarlo. A pesar de que ella había sugerido que él podría tomar el lugar de Aelin para fabricar el Candado.
Las Trece apenas habían logrado escapar de Morath y no tenían ninguna prisa por regresar. No ahora que su tarea de encontrar a las Crochans se había convertido en algo tan vital. No ahora que Erawan probablemente podría percibir su llegada antes de que ellas se acercaran a la fortaleza.
Gavin había afirmado que el camino lo encontraría a él aquí, en este campamento. Pero encontrar una manera de convencer a las Trece de quedarse, cuando el instinto y la urgencia las obligaban a continuar moviéndose… eso podría demostrar ser tan imposible como conseguir la tercera llave del Wyrd.
El campamento empezó a activarse con la luz gris de la aurora y Dorian se dio por vencido y dejó de intentar dormir. Se puso de pie y se dio cuenta de que el saco de dormir de Manon estaba enrollado y la bruja estaba parada con Asterin y Sorrel junto a sus guivernos. A ese trío era a quienes debía convencer de quedarse… de alguna manera.
Los demás guivernos ya estaban esperando cerca de la entrada del paso y se movían inquietos mientras se preparaban para el vuelo insoportablemente frío.
Otro día, otra cacería de un clan de brujas que no tenían deseos de ser encontradas. Y que probablemente tendrían pocos deseos de unirse a esta guerra.
—Saldremos en cinco minutos —resonó la voz rocosa de Sorrel por todo el campamento.
Entonces tendría que esperar para convencerlas. Tendría que posponerlo.
En tres minutos, el fuego ya estaba apagado y las armas estaban puestas, los sacos de dormir atados a las sillas de montar y todas las necesidades físicas atendidas antes del largo día de vuelo que les aguardaba.
Dorian se puso a Damaris a la cintura y se dirigió hacia Manon, que estaba parada con esa inmovilidad sobrenatural. Hermosa, aquí entre la maldita nieve, con una piel de cabra colgada sobre los hombros. Cuando se acercó, los ojos de Manon lo miraron con un destello de oro quemado.
Asterin le sonrió con picardía.
—Buenos días, majestad.
Dorian inclinó la cabeza.
—¿A dónde iremos a pasear hoy?
Sabía que sus palabras desenfadadas no se veían reflejadas en la expresión de sus ojos.
—Estamos discutiéndolo —respondió Sorrel. El rostro de la Tercera era severo pero abierto.
Tras ellos, Vesta maldijo cuando la hebilla de su silla de montar se desabrochó. Dorian no se atrevió a voltear para confirmar que las manos invisibles de su magia habían funcionado.
—Ya buscamos al norte de aquí —dijo Asterin—. Continuemos hacia el sur… podemos llegar al final de los Colmillos antes de regresar.
—Tal vez ni siquiera estén en las montañas —respondió Sorrel—. En las décadas pasadas las hemos cazado en las tierras bajas.
Manon escuchó con una expresión fría e inalterada. Como hacía todas las mañanas. Sopesando sus palabras, escuchando el viento que le cantaba.
La alforja de Imogen se soltó de su atadura. La bruja siseó y desmontó para volverla a atar. Dorian no estaba seguro de cuánto tiempo las podrían demorar estos pequeños retrasos. No indefinidamente.
—Si abandonamos estas montañas —argumentó Asterin— estaremos mucho más vulnerables a que nos rastreen en las tierras abiertas. Tanto nuestros enemigos como las Crochans nos localizarán mucho antes de que nosotros lo hagamos.
—Hará más calor —gruñó Sorrel—. Eyllwe estará mucho más cálido.
Aparentemente, incluso las brujas inmortales con acero en las venas podían agotarse del frío que les drenaba el cuerpo.
Pero ir tan al sur, hasta Eyllwe, cuando seguían estando relativamente cerca de Morath… Manon también pareció considerar eso. Sus ojos se posaron en la chaqueta de Dorian. En las llaves que traía dentro, como si pudiera percibir su susurro latiente, su movimiento en contra del poder de Dorian. Lo único que quedaba entre Erawan y su dominio de Erilea. Acercarlas a cien kilómetros de Morath… No, ella nunca lo permitiría.
Dorian mantuvo una expresión sosa pero agradable, con la mano sobre la empuñadura en forma de ojo de Damaris.
—¿Este campamento no tiene ninguna pista de hacia dónde se dirigieron?
Sabía que ellas no tenían ni idea. Lo sabía pero esperó de todas maneras a que le respondieran. Se esforzó por no apretar la empuñadura de Damaris con demasiada fuerza.
—No —respondió Manon con un ligero gruñido.
Pero Damaris no dio ninguna respuesta más allá de la tibieza ligera de su metal. No sabía qué esperaba: un murmullo de poder que le corroborara algo, una voz que le confirmara en su mente.
Ciertamente no este suspiro intrascendente de calidez.
Calor para verdad; probablemente frío para mentira. Pero… al menos Gavin había dicho la verdad sobre la espada. No debía haberlo dudado, considerando el dios que Gavin todavía honraba.
Manon le sostuvo la mirada con esa concentración implacable y depredadora y dio la orden de salir. Hacia el norte.
Alejándose de Morath. Dorian abrió la boca, pensando algo que decir, que hacer, para retrasar su partida. Aparte de romperle el ala a algún guiverno, no había nada…
Las brujas se dirigieron a sus guivernos. Dorian iría con una de las centinelas en el siguiente tramo de esta cacería interminable. Pero Abraxos rugió y se abalanzó sobre Manon con un chasquido de sus dientes.
Manon se dio la vuelta rápidamente, la magia de Dorian despertó y de inmediato atacó al enemigo invisible.
Un gran oso blanco había surgido de la nieve detrás de ella.
Con la boca abierta, lanzó un zarpazo con la pata enorme. Manon se agachó para esquivarlo y rodó hacia un lado. Dorian creó un muro de su magia: viento y hielo.
El oso salió disparado hacia atrás y cayó en la nieve con un golpe seco. Se puso de pie al instante de nuevo y se dirigió a toda velocidad hacia Manon. Solamente hacia Manon.
En un parpadeo, Dorian invocó unas manos invisibles para detener a la bestia. Justo cuando chocó con su magia, un montón de nieve salió volando y se vio un destello de luz.
Conocía esa luz. Un metamorfo.
Pero no fue Lysandra quien emergió de la piel perfectamente camuflada del oso.
No, lo que salió del oso estaba hecho de pesadillas.
Una araña. Una enorme araña estigia, del tamaño de un caballo y negra como la noche.
Entrecerró sus múltiples ojos al ver a Manon, hizo sonar sus tenazas y siseó:
—Picos Negros.
De alguna manera, la araña estigia la había encontrado. Después de todos estos meses, después de las miles de leguas que Manon había recorrido por aire y por tierra y por mar, la araña a quien le había robado la seda para reforzar las alas de Abraxos al fin la había encontrado.
Pero la araña no había anticipado a las Trece. Ni el poder del rey de Adarlan.
Manon desenfundó a Hiende Viento mientras Dorian mantenía a la araña inmovilizada con su magia. El rey no daba señales de estarse esforzando. Poderoso… se hacía más poderoso cada día.
Las Trece cerraron filas. Sus armas brillaban bajo el sol y la nieve deslumbrantes, los guivernos formaron un muro de piel gruesa y garras detrás de ellas.
Manon avanzó unos cuantos pasos hacia esas tenazas en movimiento.
—Estás muy lejos de las montañas Ruhnn, hermana.
La araña siseó.
—No fue muy difícil encontrarte, a pesar de ello.
—¿Conoces a esta bestia? —preguntó Asterin mientras avanzaba hacia Manon.
La boca de Manon se retorció en una sonrisa cruel.
—Ella donó la seda de araña para las alas de Abraxos.
La araña gruñó:
—Tú me robaste mi seda y me aventaste a mí y a mis tejedoras por el borde de un precipicio…
—¿Cómo es que tienes poderes de metamorfa? —preguntó Dorian, que seguía manteniendo a la araña en su sitio. Se acercó al otro lado de Manon con una mano en la empuñadura de su antigua espada—. Las leyendas no lo mencionan.
La curiosidad iluminaba su rostro. Manon supuso que esa franja blanca que cruzaba su garganta era prueba suficiente de que él había tenido que lidiar con cosas mucho peores. Y supuso que el vínculo que había entre ellos también era prueba de que él le tenía poco miedo al dolor o a la muerte.
Era una buena característica para una bruja, sí. ¿Pero para un mortal? Probablemente lograría hacerse matar.
Tal vez no era una falta de temor, sino más bien una falta de… de lo que fuera que los mortales consideraran vital para sus almas. Lo que le había arrancado su padre. Y ese demonio del Valg.
La araña dijo furiosa:
—Le cobré dos décadas a un joven comerciante a cambio de mi seda. El don de la transformación fluyó a mí proveniente de su fuerza vital… un poco de su poder —todos esos ojos se volvieron a entrecerrar dirigiéndose a Manon—. Él pagó el precio voluntariamente.
—Mátala y terminemos con esto —murmuró Asterin.
La araña retrocedió todo lo que le permitió la atadura invisible del rey.
—No tenía idea de que nuestras hermanas se habían vuelto tan cobardes si ahora requieren de magia para capturarnos como cerdos.
Manon levantó a Hiende Viento y consideró dónde, entre todos esos ojos, enterrar la espada.
—¿Te parece bien si vemos si chillas como uno cuando lo haga?
—Cobarde —escupió la araña—. Suéltame y terminemos con esto a la manera antigua.
Manon lo consideró. Luego se encogió de hombros.
—Lo haré sin dolor. Considera eso el pago de mi deuda contigo.
La bruja inhaló y se preparó para dar el golpe…
—Espera —exhaló la araña—. Espera.
—De los insultos a las súplicas —murmuró Asterin—. ¿Quién no tiene agallas, decías?
La araña no hizo caso a la Segunda y sus ojos sin fondo devoraron a Manon y después a Dorian.
—¿Sabes qué es lo que se está moviendo en el sur? ¿Sabes qué horrores se están reuniendo allá?
—Bah, son noticias viejas —resopló Vesta.
—¿Cómo crees que te encontré? —preguntó la araña. Manon se quedó inmóvil—. Dejaron tantas cosas en Morath. Con sus olores en todas.
Si la araña las había encontrado aquí con tanta facilidad, tenían que irse. En este momento.
La araña siseó:
—¿Quieres que te diga lo que vi a unos sesenta kilómetros de aquí? ¿A quién vi, Picos Negros? —Manon se puso tensa—. Crochans —dijo la araña y luego suspiró con profundidad. Con hambre.
Manon parpadeó. Sólo una vez. Las Trece se quedaron igualmente inmóviles. Asterin preguntó:
—¿Viste a las Crochans?
La enorme cabeza de la araña subió y bajó afirmativamente antes de que suspirara otra vez.
—Las Crochans siempre me supieron a lo que me imagino sabe el vino de verano. A lo que sabría el chocolate, como ustedes lo llaman.
—Dónde —exigió saber Manon.
La araña les dio la ubicación: un lugar indefinido y desconocido.
—Yo les mostraré dónde —dijo—. Yo las guiaré.
—Podría ser una trampa —dijo Sorrel.
—No lo es —dijo Dorian con la mano todavía en la empuñadura de su espada. Manon estudió la claridad de sus ojos, sus hombros rectos. La cara sin piedad pero el ángulo inquisitivo de su cabeza—. Veamos si su información resulta cierta… y decidamos su destino después.
Manon dijo bruscamente:
—Qué.
Las Trece se inquietaron al ver que se les negaba una muerte.
Dorian movió la barbilla en dirección a la araña que temblaba.
—No la maten. Todavía no. Tal vez sepa algo más aparte de dónde están las Crochans.
La araña siseó:
—No necesito la piedad de un niño…
—Es la piedad de un rey lo que estás recibiendo —dijo Dorian con frialdad—. Y te sugeriría que permanecieras en silencio el tiempo suficiente para recibirla.
Era raro, muy raro, que Manon escuchara esa voz en él, el tono que le producía emoción en la sangre y en los huesos. La voz de un rey.
Pero él no era su rey. Él no era el líder del aquelarre de las Trece.
—Si la dejamos vivir nos venderá al mejor postor.
Los ojos color zafiro de Dorian se arremolinaron y apretó la espada con la mano. Manon se puso tensa al ver esa mirada contemplativa y fría. El depredador perspicaz que se alcanzaba a percibir debajo del rostro apuesto del rey. Lo único que le dijo a la araña fue:
—Al parecer, lograste dominar las artes metamorfas en cuestión de meses.
El camino lo encontraría aquí, le había dicho Gavin.
Un camino a Morath. No un camino físico, no un sendero por recorrer, sino esto.
La bestia profana permaneció en silencio un instante antes de decir:
—Nuestros dones son extraños e insaciables. No sólo nos alimentamos de sus vidas, sino también de sus poderes, si los tienen. Cuando se liberó la magia, aprendí a usar las habilidades que el metamorfo me transfirió.
Damaris se calentó en su mano. Era verdad. Cada una de las palabras de la araña había sido verdad. Y esto… Un camino hacia Morath… transformado en otra cosa completamente. En otra piel.
Tal vez una esclava humana, como Elide Lochan. Alguien cuya presencia pasara desapercibida.
Su poder crudo se había adaptado a todas las demás formas de magia, había podido moverse entre llamas y hielo y sanación. Poder transformarse… ¿lo podría aprender también?
Dorian sólo le preguntó a la araña:
—¿Tienes nombre?
—Un rey sin corona le pide su nombre a una simple araña —murmuró y sus ojos sin fondo lo miraron fijamente—. No puedes pronunciarlo en tu lengua, pero puedes llamarme Cyrene.
Manon apretó los dientes.
—No importa cómo te llamemos ya que estarás muerta pronto.
Pero Dorian la miró de reojo.
—Las Ruhnn son parte de mi territorio. Como tal, Cyrene es una de mis súbditas. Creo que eso me da el derecho a decidir si ella vive o muere.
—Ambos están a merced de mi aquelarre —gruñó Manon—. Apártate.
Dorian le sonrió ligeramente.
—¿Yo también?
Un viento más frío que el aire de la montaña llenó el paso.
Podía matarlas a todas. Ahogándolas al quitarles todo el aire o bien rompiéndoles el cuello. Podía matarlas a todas, incluyendo a sus guivernos. Esa conciencia le abrió otro hueco en el interior. Otro espacio vacío. ¿Alguna vez le había preocupado a su padre, o a Aelin, poseer tal poder?
—Llevémosla con nosotros, interroguémosla un poco más a fondo en el siguiente campamento.
Manon dijo con voz golpeada:
—¿Planeas llevar eso con nosotras?
Como respuesta, la araña se transformó y adquirió la forma de una mujer de piel clara y cabello oscuro. Pequeña y sin ningún rasgo distintivo, salvo esos ojos negros inquietantes. No era hermosa, pero tenía una especie de atractivo antiguo y mortífero que ni siquiera su nueva piel podía ocultar. Y estaba completamente desnuda. Tiritó y se frotó los brazos delgados con las manos.
—¿Esta forma será lo suficientemente ligera para el viaje?
Manon no hizo caso a la araña.
—¿Y cuando se transforme en la noche para hacernos pedazos?
Dorian se limitó a ladear la cabeza y el hielo bailó en las puntas de sus dedos.
—No lo hará.
Cyrene inhaló.
—Un don de magia poco común —miró a Dorian con ojos voraces—. Para un rey poco común.
Dorian solamente frunció el ceño con disgusto.
Manon miró a Asterin. Los ojos de su Segunda se veían cautelosos, su boca estaba apretada formando una línea. Sorrel, un par de metros detrás, miraba a la araña con furia pero ya no estaba sosteniendo la espada.
Las Trece, ante una señal no verbal, marcharon hacia sus guivernos. Cyrene las observó con esos ojos horribles y desalmados que parpadeaban de vez en cuando. Le empezaron a castañetear los dientes.
Manon ladeó la cabeza hacia Dorian.
—Estás… diferente hoy.
Él se encogió de hombros.
—Si quieres que quien calienta tu cama se acobarde ante todas tus palabras y obedezca todas tus órdenes, busca en otra parte.
La mirada de Manon bajó hacia la franja pálida alrededor de su garganta.
—Sigo sin estar convencida, principito —siseó—, de no matarla y ya.
—¿Y qué sería necesario, brujita, para convencerte de no hacerlo?
No se molestó en ocultar la promesa sensual de sus palabras ni su provocación.
Un músculo de la mandíbula de Manon se movió ligeramente. Cosas de leyendas, eso era lo que lo rodeaba. Las brujas, la araña… Bien podría ser un personaje en uno de los libros que le había prestado a Aelin el otoño previo. Aunque ninguno de ellos había tenido que soportar un enorme abismo en su interior.
Cyrene miró sus pies descalzos en la nieve y las manos que temblaban a sus costados, un eco de las tenazas que había tenido momentos antes.
Dorian intentó no estremecerse. Sería suicida intentar meterse a Morath… cuando esta cosa le diera la información que necesitaba.
El peso de la mirada de Manon cayó nuevamente sobre él y Dorian no se inmutó. No le afectaron tampoco las palabras de Manon:
—Si valoras tan poco tu existencia como para confiar en esta cosa, entonces, por supuesto, tráela —un desafío a no mirar hacia Morath o hacia la araña, sino hacia su interior. Ella podía ver exactamente qué era lo que le carcomía el pecho vacío, aunque fuera solamente porque ella tenía una bestia similar que la consumía por dentro—. Pronto sabremos si dijo la verdad o no sobre las Crochans.
La araña había dicho la verdad. Damaris se había calentado en su mano cuando Cyrene habló.
Y cuando encontraran a las Crochans, cuando las Trece estuvieran distraídas, él averiguaría lo que necesitaba de la araña también.
Manon volteó a ver a las Trece. Las brujas ya vibraban con impaciencia.
—Volaremos ahora. Podremos llegar con las Crochans al anochecer.
—¿Y luego qué? —preguntó Asterin. Era la única de ellas que tenía permiso de hacerlo.
Manon se dirigió a Abraxos y Dorian la siguió. Le lanzó una capa extra a Cyrene y su magia la jaló.
—Y luego daremos el siguiente paso —dijo Manon para evadir la pregunta. Y por una vez, no miró a nadie a los ojos. No hizo nada más que mirar hacia el sur.
La bruja también tenía sus secretos. ¿Pero eran tan funestos como los de él?