Introducción

Hace poco, un hombre se me acercó durante una fiesta en San Francisco y se presentó como el fundador de una startup de IA (inteligencia artificial).

En cuanto descubrió que yo era un periodista especializado en tecnología para The New York Times, me soltó un discurso sobre su compañía, que según me dijo estaba tratando de revolucionar el sector de fabricación mediante una nueva técnica de IA llamada deep reinforcement learning (aprendizaje profundo por refuerzo).

Me explicó que las fábricas modernas tenían problemas con la planificación de la producción, es decir, el complejo arte de calcular qué máquinas deberían estar fabricando qué objetos en qué días concretos. En la actualidad, me dijo, la mayoría de las fábricas emplean a seres humanos para analizar enormes pilas de datos y pedidos de clientes, y así determinar si las máquinas de moldeo por inyección deberían estar fabricando muñequitos de los X-Men los martes y controles de televisión los jueves, o a la inversa. Es una de esas tareas aburridas pero esenciales sin las cuales el capitalismo moderno se detendría por completo, y las compañías gastan miles de millones de dólares al año en su ejecución.

El fundador me contó que la IA de su empresa podía hacer millones de simulaciones virtuales para cualquier fábrica, y al final descubriría la secuencia exacta de procesos que le permitiría producir sus bienes de la forma más eficiente. Gracias a esta IA, dijo, las fábricas podrán sustituir equipos humanos enteros de planificadores de producción, además de la mayor parte de los programas obsoletos de los que esas personas dependen.

—Lo llamamos el “quitaviejitos” —dijo.

—¿El quita… viejitos? —le pregunté.

—Sí —respondió—. Claro, ese no es el nombre oficial. Pero nuestros clientes tienen contratados a demasiados gerentes de nivel medio con sueldos excesivos, que en realidad ya no son necesarios. Nuestra plataforma les permite sustituirlos.

El fundador, quien parecía haberse echado unas copas de más, me contó después una historia sobre un cliente que había estado buscando la forma de deshacerse de un planificador de producción durante años, pero nunca pudo averiguar cómo automatizar su trabajo por completo. Sin embargo, a los pocos días de instalar el programa de su compañía, el cliente eliminó el puesto del planificador sin perder eficiencia en absoluto.

Estupefacto, le pregunté al fundador si sabía qué había sido del planificador. ¿Le habían dado otro puesto de trabajo dentro de la compañía? ¿Lo despidieron sin más? ¿Sabía que sus jefes habían estado confabulando para sustituirlo por un robot?

El fundador soltó una ligera risita.

—Ese no es mi problema —dijo, y se marchó hacia el bar en busca de otro trago.

Adoro la tecnología desde que era un niño, cuando pasaba todo mi tiempo libre diseñando sitios web y ahorrando mis domingos para comprar piezas nuevas para mi computadora. Durante años, se me ponían los ojos en blanco cada vez que alguien sugería que las computadoras destruirían los puestos de trabajo, que desestabilizarían la sociedad o que nos llevarían hacia una distopía futu­rista. En particular, despreciaba a aquellos que auguraban que la IA haría obsoletos a los seres humanos en algún momento. ¿No eran los mismos tecnófobos histéricos los que nos habían advertido que los juegos de Nintendo nos derretirían el cerebro? ¿Sus temores no acababan siendo siempre una exageración?

Hace muchos años, cuando comencé a escribir una columna sobre tecnología en el Times, la mayor parte de lo que oía sobre la IA reflejaba las mismas opiniones optimistas que las mías. Conocí a fundadores de startups e ingenieros en Silicon Valley que me enseñaron la forma en la que los nuevos avances en campos como el deep learning (aprendizaje profundo) estaban ayudándoles a fabricar todo tipo de herramientas para mejorar el mundo: algoritmos que podían aumentar la productividad de las cosechas de los granjeros, programas que ayudarían a los hospitales a funcionar con mayor eficiencia, automóviles autónomos que nos llevarían de un lado a otro mientras dormimos una siesta o vemos Netflix.

Este fue el punto álgido y eufórico de las expectativas que había sobre la IA, una época en la que todos los gigantes tecnológicos de Estados Unidos (Google, Facebook, Apple, Amazon, Microsoft) estaban invirtiendo miles de millones de dólares en el desarrollo de nuevos productos de IA e introduciendo algoritmos de aprendizaje automático en la mayor cantidad de aplicaciones posible. Firmaban cheques en blanco para sus equipos de investigación en IA y se robaban a catedráticos y estudiantes de posgrado de los departamentos de ciencias de la computación más importantes con ofertas de trabajo delirantes. (Un catedrático me dijo, como si me estuviera contando un secreto, que una compañía tecnológica le acababa de ofrecer a uno de sus colegas un contrato anual de un millón de dólares y sólo tenía que trabajar los viernes.) Miraras donde miraras, las startups levantaban colosales rondas de financiamiento y prometían usar la IA para revolucionar desde el mundo de los pódcast hasta la entrega a domicilio de pizzas. Y la sabiduría popular, al menos entre mis fuentes, decía que estas herramientas nuevas y basadas en la IA serían indudablemente buenas para la sociedad.

Pero en los últimos años, conforme más escribía sobre la IA y la automatización,* hubo tres aspectos que me hicieron replantearme mi optimismo.

En primer lugar, cuando estudiaba la historia del cambio tecnológico, me di cuenta de que algunas de las historias que les gustaba contar a los tecnólogos —como aquella de que la tecnología siempre ha creado más trabajos de los que ha destruido o la de que los seres humanos y la IA colaborarán y no competirán entre sí— resultaron ser, si no falsas, al menos radicalmente incompletas. (En el capítulo 1 analizaremos más de cerca algunas de estas historias y sus vacíos.)

En segundo lugar, cuando informaba sobre los efectos que estaban teniendo la IA y la automatización en el mundo, vi un profundo vacío entre lo que habían prometido los creadores de tecnologías y las experiencias del mundo real de las personas que las usaban en su día a día.

Entrevisté a usuarios de redes sociales como YouTube o Facebook, que habían pensado que los sistemas de recomendación derivados de la IA de dichas plataformas les ayudarían a encontrar contenido interesante y relevante, pero que acabaron en sitios surrealistas llenos de desinformación y teorías conspiratorias. Me enteré de algunos maestros cuyas escuelas habían puesto en práctica sistemas de “aprendizaje personalizado” de alta tecnología con la esperanza de mejorar los resultados de sus alumnos, pero al final se encontraron luchando con tabletas rotas y programas erráticos. Escuché las quejas de choferes de Uber y Lyft, quienes habían sido arrastrados por la promesa de un empleo flexible, pero acabaron sufriendo bajo el control de un algoritmo muy riguroso que los alentaba a trabajar más horas, los castigaba por descansar y manipulaba constantemente su salario.

Todas estas historias parecían indicar que la IA y la automatización funcionaban bien para algunas personas —principalmente, los ejecutivos y los inversores que habían construido y se habían beneficiado de la tecnología—, pero no estaban haciendo la vida mejor para todo el mundo.

El tercer signo, y el más evidente, de que algo iba mal me llegó en 2019, cuando comencé a escuchar fragmentos de una conversación más sincera sobre la automatización.

Esta conversación no era la misma charla prometedora y optimista que se oía en los escenarios de las conferencias sobre tecnología o se veía en las páginas centrales de las deslumbrantes revistas de negocios. Eran conversaciones privadas de las élites y los ingenieros, como el fundador de la startup que me habló sobre su programa informático el “quitaviejitos”. Estas personas habían visto de cerca el futuro de la IA y la automatización, y no se hacían ilusiones sobre hacia dónde se dirigían estas tecnologías. Sabían que las máquinas son —o pronto serán— capaces de sustituir a los humanos en una amplia variedad de trabajos y actividades. Había gente que se estaba apresurando a automatizar su mano de obra por completo, con el signo del dólar palpitándole en los ojos, cual personaje de Looney Tunes. Otros se preocupaban más por la respuesta negativa a nivel político que podría ocasionar la automatización masiva y pretendían diseñar un aterrizaje más suave para las víctimas. Pero todos sabían que sin duda habría víctimas. Nadie parecía tener la impresión de que la IA y la automatización serían buenas para todo el mundo, y mucho menos pensaban en ponerles freno.

La primera vez que escuché fragmentos de esta otra parte de la conversación sobre automatización fue durante el Foro Económico Mundial, en su asamblea anual en Davos, Suiza.1 Esta asamblea se anuncia como una charla bienintencionada en la que las élites mundiales se reúnen para hablar sobre los problemas más apremiantes del mundo, pero es más como el Coachella del capitalismo, un despilfarro más que satírico al que acuden plutócratas, políticos y celebridades de la filantropía para ver y ser vistos. Es el único lugar en el mundo en el que no resultaría nada extraño ver juntos al CEO de Goldman Sachs, al primer ministro de Japón y al rapero will.i.am sentados en la misma mesa hablando sobre la desigualdad de salarios mientras disfrutan de unos bocadillos de 37 dólares.

Mis jefes del Times me habían invitado a cubrir el foro de ese año, cuyo tema central sería la “globalización 4.0”, un término carente de significado que acuñaron en Davos para hablar de la era económica emergente definida por esta nueva ola transformadora de IA y tecnología de la automatización. Todos los días asistía a paneles con títulos como “Moldeemos una nueva arquitectura de mercado” o “La fábrica del futuro”, en los que empresarios muy convincentes prometían construir una “IA centrada en el ser humano” que sería fantástica tanto para las compañías como para los trabajadores.

Pero por las noches, en cuanto terminaban sus actos públicos, los asistentes a la asamblea de Davos se quitaban sus máscaras humanitarias y ponían manos a la obra. En sus cenas y cocteles lujosos y extraoficiales, veía cómo interrogaban a los expertos en tecnología sobre la forma en la que la IA podría ayudar a transformar sus compañías en perfectas máquinas de beneficios automatizadas. Cotilleaban sobre los productos de automatización que usaban sus competidores. Llegaban a acuerdos con asesores para llevar a cabo proyectos de “transformación digital”, con la esperanza de ahorrarse millones de dólares al reducir su dependencia de la mano de obra humana.

Un día me topé con uno de estos asesores. Se llama Mohit Joshi, y es el presidente de una compañía llamada Infosys, una consultoría con sede en India que ayuda a las grandes empresas a automatizar sus operaciones. Cuando le pregunté cómo iban sus reuniones con los ejecutivos, arqueó las cejas y me dijo que la obsesión de la élite de Davos por la automatización era aún más intensa de lo que él, una persona que literalmente vive de automatizar empleos, había esperado.

Me dijo que unos clientes, al principio, querían reducir su mano de obra de forma gradual, mantener al 95 por ciento de sus trabajadores humanos y sólo automatizar los procesos menores.

—Pero ahora —me contó— me están diciendo: “¿Por qué no hacerlo con el uno por ciento de nuestro personal?”

En otras palabras, cuando se apagaban las cámaras y los micrófonos, los empresarios no hablaban sobre cómo ayudar a los trabajadores. Fantaseaban más bien sobre el modo de deshacerse de ellos por completo.

Al regresar de Davos, decidí aprender lo máximo posible sobre IA y automatización. Quería saber: ¿qué estaba pasando realmente en el seno de las compañías y los departamentos de ingeniería? ¿Qué tipo de personas corrían el peligro de ser sustituidas por máquinas? ¿Qué podíamos hacer —si es que hay algo que hacer— para protegernos?

Así que, durante meses, entrevisté a ingenieros, empresarios, inversores, políticos, economistas e historiadores. Visité laboratorios de investigación y startups y acudí a conferencias sobre tecnología y a reuniones del sector. Leí aproximadamente un centenar de libros en cuya portada había un robot estrechándole la mano a un humano.

Durante mi investigación, el debate público sobre la automatización comenzó a perder parte de su esplendor optimista. La gente empezó a darse cuenta de los efectos destructivos de los algoritmos de las redes sociales, que atrapaban a los usuarios en cámaras de eco ideológicas y los impulsaban hacia creencias extremistas. Los líderes de la tecnología como Bill Gates y Elon Musk advirtieron que la IA podría expulsar a millones de personas de sus trabajos e instaron a los políticos a que la tomaran como una amenaza muy grave. Los economistas emitían predicciones sombrías sobre lo que la IA haría a los trabajadores, y los políticos daban discursos sobre la necesidad de soluciones radicales para repeler una crisis de desempleo alimentada por la automatización. El personaje público más prominente que hizo sonar la alarma, el empresario neoyorquino Andrew Yang, se postuló para presidente de Estados Unidos por el Partido Demócrata en las elecciones de 2020 con la promesa de entregar a todos los estadounidenses un “dividendo de libertad” de mil dólares al mes para amortiguar el golpe de la automati­zación. No ganó, pero su advertencia sobre una inminente revolución de la IA caló en el espíritu de la época e integró la conversación sobre el desempleo tecnológico en el día a día.

El temor a las máquinas asesinas de empleos no es nada nuevo. De hecho, se remonta más o menos al año 350 a.C., cuando Aristóteles reflexionaba sobre el hecho de que los telares automáticos y las arpas autodirigidas podrían reducir la demanda de mano de obra de esclavos.2 Desde entonces, las preocupaciones relacionadas con las máquinas han fluctuado y suelen estar en su máximo apogeo en periodos de rápidos cambios tecnológicos. En 1928, The New York Times publicó un artículo titulado “March of the Machine Makes Idle Hands”3 (“El avance de las máquinas fomenta la ociosidad”), en el que aparecían comentarios de expertos que predecían que un nuevo invento —las máquinas industriales que funcionaban con electricidad— acabaría por volver obsoletos los trabajos manuales. Después de la Segunda Guerra Mundial, mientras más fábricas recurrían a la maquinaria para la manufacturación, la idea de que los trabajadores estaban condenados volvió a formar parte de la sabiduría popular. Se dice que Marvin Minsky, el científico del MIT al que se considera el padre de la inteligencia artificial, dijo en 1970: “En un plazo de tres a ocho años dispondremos de una máquina con la inteligencia general de un ser humano promedio”.4

Estos temores nunca llegaron a materializarse. Sin embargo, en la actualidad, la angustia por la IA está resurgiendo una vez más, alimentada por libros famosos como El ascenso de los robots (2015), de Martin Ford, o La segunda era de las máquinas (2014), de Andrew McAfee y Erik Brynjolfsson, puesto que ambos plantean que la IA cambiará la sociedad desde sus bases y transformará la economía mundial. Estudios académicos sobre el futuro del trabajo, como el de la Universidad de Oxford,5 que en 2013 calculaba que hasta el 47 por ciento de los trabajos en Estados Unidos corrían un “grave riesgo” de ser automatizados en las siguientes dos décadas, dieron más fuerza a la sensación de una inminente fatalidad. En 2017, tres de cada cuatro estadounidenses adultos creían que la IA y la automatización destruirían más trabajos de los que crearían, y una mayoría esperaba que la tecnología aumentara la brecha existente entre los ricos y los pobres.6

Pasé gran parte de 2019 informando sobre estas actitudes cambiantes, siempre tratando de mantener la mente abierta a la posibilidad de que estos temores fueran exagerados. Después de todo, el desempleo en Estados Unidos se mantenía a mínimos sin precedentes, y aunque los grandes directivos hablaban entre ellos sobre la IA y la automatización, no había casi pruebas obvias de que estuvieran pasándoles factura a los trabajadores.

Entonces, llegó el covid-19. En la primavera de 2020, gran parte de Estados Unidos adoptó el confinamiento y mi teléfono comenzó a recibir llamadas de compañías tecnológicas que me contaban cómo afectaba la pandemia sus planes de automatización. Ahora, la diferencia era que las compañías sí querían dar publicidad a sus esfuerzos por automatizar los empleos. Al fin y al cabo, los robots no se enferman, y las compañías que lograran sustituir a los humanos con máquinas podrían seguir fabricando bienes y proporcionando servicios a pesar de la agresividad del virus. Los consumidores también estaban expectantes de la automatización, porque reducía la necesidad de contacto humano.

La pandemia fue la excusa perfecta para que las compañías pusieran en marcha increíbles avances sin precedentes en la automatización sin correr el riesgo de una respuesta negativa. Así que automatizaron, automatizaron y automatizaron un poco más. Tyson Foods, la productora de carne, incorporó a expertos en robótica para que elaboraran un sistema de deshuesado automático y así poder cubrir la demanda de pollo y otras carnes.7 FedEx comenzó a usar robots para la clasificación de su paquetería y para poder cubrir a los trabajadores enfermos o ausentes en sus almacenes.8 Los centros comerciales, los edificios de departamentos y los supermercados invirtieron en robots de limpieza y seguridad para mantener sus instalaciones seguras y desinfectadas, todo esto ocasionó una escasez entre los proveedores de dichos robots.9

En total, el covid-19 pareció acelerar varios años, si no es que décadas, los procesos de automatización. McKinsey, el gigante de las consultorías, la denominó “la gran aceleración”.10 El director general de Microsoft, Satya Nadella, dijo que la compañía había pasado por una transformación digital de dos años en un periodo de dos meses.11 En marzo de 2020, una encuesta lanzada por la empresa de contaduría EY12 reveló que el 41 por ciento de los altos directivos estaban invirtiendo más en automatización con el fin de prepararse para el mundo después del coronavirus. David Autor, un economista del MIT y experto líder en automatización, dijo que la pandemia era un “acontecimiento que había impuesto la automatización” y predijo que marcará tendencias tecnológicas que perdurarán mucho después de que desaparezca el virus.13

La pandemia nos ha mostrado algunos de los beneficios de la automatización de un modo mucho más evidente que cualquier panel de Davos. Gracias a los robots y la IA, las compañías pudieron seguir proporcionando bienes y servicios esenciales, incluso cuando cada vez más empleados se reportaban enfermos. Las compañías farmacéuticas usaron la IA y la manufactura automática para acelerar su búsqueda de vacunas y tratamientos eficaces. Y miles de millones de personas, encerradas en casa y con miedo al contacto físico, dependieron de los servicios automáticos con IA que brindaban empresas como Amazon, Google y Facebook para mantener su despensa llena y su vida social intacta.

Al mismo tiempo, el covid-19 también ha sacado a la luz algunos de los límites de la automatización y la gran cantidad de tareas importantes que aún no podemos delegar en las máquinas. Empezamos a hablar de los “trabajadores esenciales”, aquellas personas cuyos servicios eran necesarios para que la sociedad funcionara, y nos dimos cuenta de que muchas de ellas no trabajaban en sectores como tecnología o finanzas, o cualquier otro campo de gran prestigio, sino en sectores tan poco elegantes como los cuidados de enfermería, la reparación de automóviles o la agricultura. También nos dimos cuenta de que algunas actividades no se prestaban en absoluto a la virtualización. Tras algunos meses encerrados con pantallas como nuestros únicos conductos sociales, muchos de nosotros sentimos un fuerte anhelo de regresar al mundo físico. Algunos estudiantes obligados a tomar clases virtuales comenzaron a quejarse porque no estaban aprendiendo nada y se aburrían. Quienes trabajaban en oficinas, confinados en sus casas, comenzaron a desear volver a sus despachos, donde les era mucho más sencillo colaborar con sus equipos y progresar en sus carreras. (Un técnico que conozco se quejaba de que “por Zoom no ascienden a nadie”.) La gente que había estado satisfecha con las interacciones virtuales durante los primeros meses de la pandemia se saltaba las normas de distanciamiento social para poder ir a comer a restaurantes, tomar una copa o asistir a conciertos o servicios religiosos con sus amigos.

Resultó que las máquinas no podían ofrecer un sustituto adecuado a la conexión humana ni darnos lo que necesitábamos para seguir adelante. Y puede que nunca lo logren.

Tras muchos años estudiando el pasado y el presente de la IA y la automatización, me ha costado seguir creyendo en el discurso ingenuo y utópico que dice que estas herramientas nos están llevando por un camino inmaculado hacia el progreso y la armonía. Pero tampoco me parece nada satisfactoria la versión más fatalista y distópica de la historia de la IA, aquella que dice que las máquinas inteligentes están destinadas a apoderarse del mundo y que no podemos hacer nada, salvo hacer las paces con nuestra propia obsolescencia.

Para empezar, tanto los optimistas como los pesimistas tienden a hablar de la IA y la automatización de un modo extrañamente clarividente. Se centran en los efectos que tendrán las tecnologías dentro de unos años o décadas y se olvidan de examinar los efectos que ya están teniendo.

Nos demos cuenta o no, la mayoría de nosotros interactuamos con la IA todos los días: los modelos de aprendizaje automático que clasifican nuestros feeds en las redes sociales y posibilitan nuestras interacciones con asistentes virtuales como Alexa o Siri, el software de precios dinámicos que determina cuánto pagamos por habitaciones de hotel o boletos de avión, los incomprensibles algoritmos que se usan para resolver la idoneidad o no para recibir subsidios gubernamentales, los algoritmos predictivos de vigilancia policial que utilizan las fuerzas de seguridad para patrullar nuestros vecindarios… Todos estos sistemas son de una importancia vital, pero muy pocos se someten a tanta supervisión como el asunto de si los choferes de los tráileres que recorren largas distancias perderán sus empleos por culpa de aquellos que se autoconducen.

Y, aunque el debate principal sobre la IA y la automatización se centra gran parte del tiempo en el impacto que éstas tienen en las medidas que buscan la salud de la economía —como el crecimiento de la productividad y las tasas de desempleo—, tiende a ignorar asuntos más subjetivos, como si toda esta tecnología mejora realmente la vida de las personas. Tal como han señalado expertas de la talla de Cathy O’Neil, Safiya Umoja Noble y Ruha Benjamin, la IA mal diseñada puede dañar a los grupos marginales y vulne­rables incluso cuando “funciona”, ya que los somete a nuevas for­mas de recolección de datos y vigilancia, y codifica patrones históricos de discriminación en los sistemas automatizados. Este prejuicio puede tomar muchas formas: desde un algoritmo de análisis de currículos que aprende a preferir la formación de los hombres a la de las mujeres, pasando por un sistema de reconocimiento facial al que le cuesta identificar correctamente a las personas de género fluido, hasta un sistema de modelos de riesgo que aprende a cobrar mayores tasas de interés a los solicitantes de préstamo de raza negra; y cualquier discusión responsable sobre IA y automatización debería lidiar también con estos asuntos.

Sin embargo, mi mayor problema con el debate principal sobre la IA y la automatización es que los dos bandos tienden a considerar el cambio tecnológico como una fuerza natural desatada que simplemente “sucede”, como la gravedad o la termodinámica. Tanto los optimistas como los pesimistas hablan de “algoritmos que curan enfermedades” o “robots que quitan empleos” como si las máquinas pudieran programarse con sensibilidad y ambición profesional. Ninguno de los dos bandos reconoce que los humanos se levantan cada día y toman decisiones sobre cómo diseñar, hacer uso de estos sistemas y medir su eficacia.

Todo el tiempo oigo el argumento “la automatización es el destino”, sobre todo en Silicon Valley, donde suelen hablar sobre el progreso tecnológico como si fuera un tren de alta velocidad al que tenemos que subirnos o dejar que nos atropelle, y entiendo por qué es tentador creerlo. Durante mucho tiempo, yo mismo me lo creí. Pero están equivocados. Y muy en el fondo, todos lo sabemos.

Desde la primera vez que un Homo sapiens frotó dos palos entre sí para hacer fuego, el cambio tecnológico siempre ha estado dirigido por los deseos del ser humano. La imprenta, la máquina de vapor, las redes sociales… nada de esto apareció de la nada, totalmente intacto e integrado en la sociedad. Nosotros las diseñamos, creamos leyes y normas sobre su uso y decidimos a qué intereses debían servir. La innovación tampoco es un fenómeno irreversible, y generaciones anteriores lucharon con éxito para limitar la propagación de invenciones dañinas, como las armas nucleares, el aislamiento de asbesto o la pintura a base de plomo, a pesar de que todo representó un progreso tecnológico en su día.

No importa si piensas que la IA y la automatización serán geniales o terribles para la humanidad; lo importante es recordar que nada de esto está predeterminado. Son los ejecutivos, no los algoritmos, los que deciden si se sustituye o no a los trabajadores. Son los que establecen las normas, y no los robots, quienes deciden qué límites poner a las tecnologías emergentes, como el reconocimiento facial o la publicidad digital selectiva. Los ingenieros que fabrican nuevas formas de IA tienen mucho que decir en el modo en el que se diseñan dichas herramientas, y los usuarios pueden decidir si son moralmente aceptables o no.

Esta es la verdad sobre la revolución de la IA. No hay ninguna toma del poder inminente de las máquinas ni ningún ejército de robots malvados que tramen rebelarse y esclavizarnos.

Sólo somos personas que estamos decidiendo el tipo de sociedad que que­remos.

Este libro no es una discusión sobre si los robots se quedarán con todos los trabajos, con algunos o con ninguno. No es un alegato sobre los horrores del capitalismo tecnológico ni una reflexión profunda sobre la forma en la que coexistiremos con la inteligencia artificial. No voy a predecir el momento en el que llegará la singularidad ni a decirte cómo hacerte rico creando una startup de IA.

Este libro trata de cómo ser humano en un mundo cada vez más organizado por y para las máquinas. Es un intento por demostrar que la clave para vivir una vida feliz y satisfactoria en la era de la IA y la automatización no es competir con las máquinas de frente —aprender a codificar, optimizar tu vida o corregir cualquier tipo de ineficiencia y desaprovechamiento—, sino fortalecer tus cua­lidades exclusivas como ser humano con el fin de estar mejor equi­pado para hacer lo que las máquinas no pueden hacer.

Si alguna vez has sentido que el mundo pasa velozmente frente a ti o te preocupa no tener oportunidad de mantenerte al día con el cambio tecnológico, espero convencerte de que esto no tiene por qué ser así. Quiero ayudarte a que mantengas tu trabajo. Quiero ayudarte a que establezcas una relación más amigable con la tecnología en casa y a que coexistas pacíficamente con los algoritmos que tratan de cambiar lo que compras, dónde centras tu atención y cómo ves el mundo.

Por último, quiero apartar nuestra conversación sobre tecnología de los polos extremos de euforia y terror, y fomentar una discusión más sincera sobre lo que está por venir y lo que podemos hacer al respecto.

La primera parte, “Las máquinas”, es un intento de allanar el camino. Me basaré en mis entrevistas con expertos, mis lecturas de libros y trabajos de investigación y en unos tres siglos de historia sobre la industrialización para explicar por qué creo que la IA y la automatización ya están teniendo efectos transformadores profundos en nuestra sociedad y por qué deberíamos esperar que esos cambios se aceleren en los años venideros. Rebatiré algunas de las ideas preconcebidas sobre el modo en el que las máquinas sustituyen a los trabajadores y explicaré por qué me temo que todo este tiempo nos hemos estado preocupando por los robots equi­vocados.

La segunda parte, “Las reglas”, es la de los consejos. Expondré nueve pasos concretos que puedes dar para prepararte para el futuro, proteger tu humanidad y sacar provecho de tus cualidades más humanas, al tiempo que evitas algunos de los efectos dañinos de la tecnología actual. Te mostraré ejemplos de personas que han sorteado el cambio tecnológico de este modo durante siglos y te explicaré cómo aplicar sus lecciones a tu vida y a tu profesión.

Al final, espero que compartas algunas de mis preocupaciones sobre la IA y la automatización, y sobre los problemas económicos, políticos y sociales que podrían ocasionar en los próximos años. Pero también espero que tengas más confianza a la hora de solventar dichos problemas. En definitiva, mi objetivo es convencerte de que es posible convertirse en el tipo de persona que no tiene nada de que preocuparse: una persona cuya humanidad lo hace irremplazable, sin importar lo que la IA pueda o no hacer.

Conforme vayas leyendo, te darás cuenta de que este libro se centra más en lo micro que en lo macro. No hay discusiones eternas sobre la medición de la productividad ni sobre el índice de participación de la población activa, y no dispongo de ninguna recopilación infalible de recomendaciones de políticas de IA que compartir contigo. Es vital que preparemos nuestras instituciones políticas y económicas para el cambio tecnológico, y muchos expertos, incluidos algunos cuyos trabajos cito en una lista de lecturas al final del libro, han pensado en cómo podríamos reestructurar nuestra sociedad para la ola de automatización que se aproxima. Pero mi principal preocupación en este libro es lo que pueden hacer los individuos: gente como tú y como yo, con trabajos, familias y comunidades por las que preocuparse.

También te darás cuenta de que escribo bastante en primera persona. Eso se debe a que yo también estoy en este camino. Tengo problemas para relacionarme con las máquinas todos los días y me preocupo constantemente sobre mi lugar en una sociedad auto­matizada. (Escribo para un periódico, al fin y al cabo, y no es exactamente el primer empleo que viene a la mente con la expresión “trabajo del futuro”.) Parte de la inspiración para este libro fue egoísta, ya que esperaba encontrar algo —alguna perspectiva brillante o datos irrefutables— que me diera tranquilidad sobre lo que el futuro tiene preparado para mí.

En lugar de eso, descubrí que el futuro no me tiene nada preparado, porque no existe tal cosa como el futuro o tener preparado. En la actualidad, como en cualquier momento de la historia, hay una cantidad infinita de posibles resultados, cada uno determinado por las decisiones que tomamos. Si hay un apocalipsis provo­ca­do por los robots, será porque nosotros mismos lo creamos. Y si esta revolución tecnológica logra que el mundo sea más justo, más feliz y más próspero, será porque dejamos de teorizar y debatir indefinidamente, tomamos las riendas de nuestros propios destinos y nos volvimos “a prueba del futuro”.

KEVIN ROOSE

Oakland, California

Enero de 2021

* En este libro usaré IA y automatización como términos multifuncionales para distintos procesos digitales que llevan a cabo tareas que anteriormente les correspondían a los seres humanos. Entre los científicos computacionales, IA suele referirse casi siempre a una subcategoría de la automatización en la que se programan las computadoras para adaptarse y aprender por su cuenta mediante técnicas como el aprendizaje automático, y mucha gente —muy inteligente— se ofende cuando llamas algo IA si se trata simplemente de un algoritmo estático y basado en reglas. Pero esta distinción puede ser vaga y pasar desapercibida para el lector no técnico, por lo que cubriré mis apuestas y usaré los dos términos siempre que sea posible. Del mismo modo, mantendré el uso más franco de robot, un término que odian muchos ingenieros porque se ha corrompido con las películas de ciencia ficción y puede usarse para describir cualquier cosa entre un androide y un lavaplatos… como mínimo.

Futureproof

PRIMERA PARTE

Las máquinas