
Introducción
Una nueva realidad
Si quieres ser feliz, sé feliz.
León Tolstói
¿Cuándo fue la última vez que de verdad te sentiste feliz, pleno, con claridad mental, bien descansado y profundamente conectado no sólo contigo mismo sino con la gente y el mundo a tu alrededor? Si ha pasado mucho tiempo, este libro es para ti. No eres el único que se siente así. Millones de personas están sufriendo en la actualidad y no se dan cuenta o no saben qué hacer al respecto. Algunas se han dado por vencidas y la van llevando lo mejor que pueden. No tiene por qué ser así.
Es posible despertar de ese estado de monotonía y empezar a buscar una alegría duradera y una vida con significado profundo, aun si vas abriéndote paso entre luchas, decepciones y dificultades. Éstas son inevitables. Lo que no es inevitable es sentirse todo el tiempo asfixiado, confundido, angustiado por un futuro incierto, frustrado y quizá incluso despedazado por la vida misma. Lo cierto es que hay muchas maneras efectivas de evitar gran parte de estos sentimientos y sobre todo de dejar entrar a tu vida una felicidad que no sea efímera. Algunas de las estrategias de las que hablaremos en las siguientes páginas serán más sencillas que otras, pero ninguna te resultará imposible o inaccesible.
Debemos ser sinceros: nosotros mismos no hemos alcanzado esta meta a la perfección. Estamos contigo en este viaje. Creemos que hemos encontrado una buena manera de reformular y reivindicar nuestro potencial para una salud física y mental excepcional, y ansiamos que la pongas en práctica en tu propia vida.
La paradoja que nos acosa en la actualidad es la siguiente: la modernidad presenta infinitas oportunidades. Podemos comer lo que queramos cuando queramos. Podemos sumergirnos por completo en el inmenso y atractivo mundo de los medios digitales. Podemos adquirir bienes y servicios e incluso encontrar posibles parejas con tan sólo tocar un botón o deslizar el dedo por una pantalla. Podemos vivir día y noche en un mundo virtual en el que todo lo que tiene que ver con nosotros es público, desde nuestros pensamientos y perspectivas hasta nuestras compras, fotografías, hábitos de exploración en internet, lo que nos gusta y lo que no nos gusta, y nuestra ubicación. Pensamos que esta “nueva realidad”, abierta las 24 horas, los siete días de la semana debería darnos salud y felicidad, pero no lo hace. Los sistemas impuestos para satisfacer todas nuestras necesidades —y, en muchos sentidos, excederlas— no crean una utopía. Pero sucede lo contrario. Nos enfrentan a elevados índices de enfermedades prevenibles y nos hacen sentir más solos, deprimidos y preocupados que nunca. La auténtica alegría es difícil de alcanzar.
Lo extraño es que, contrario a lo que nos hace creer el incesante ciclo de noticias catastróficas, el mundo moderno es relativamente tranquilo. Sin embargo, si hiciéramos un sondeo entre muchos grupos de gente diversa, la gran mayoría dirá que creer que vivimos tiempos peligrosos. Están inquietos, nerviosos, temerosos; se sienten atrapados. La vida en general no es una experiencia agradable para ellos. Es más, la desconfianza que se genera entre los seres humanos ha llegado a un nivel sin precedentes. En 2014 se realizó una encuesta a 10 000 estadounidenses y el resultado reveló la mayor división de ideología política en varias décadas, y desde 2004 el porcentaje de personas con opiniones negativas sobre el partido opositor ha aumentado más del doble.1 Es probable que este descubrimiento no le resulte sorprendente a quien se mantiene al día en noticias.
Prometemos ofrecerte un nuevo marco para vivir tu vida. Juntos encontraremos un modo de cultivar y mantener una existencia plena, que no se limite a gozar de una salud de hierro y bienestar psicológico. Es hora de una purificación de tu cerebro de otro tipo, completamente distinto.
La promesa… y el problema
Imagina por un momento que no hay nada en particular que te preocupe. Te sientes equilibrado y lleno de energía, en lo mínimo agotado, agobiado o muerto por dentro. Confías en la fisiología innata de tu cuerpo para cuidarte y curarte. No estás demasiado estresado porque confías en que cualquier dificultad que surja se resolverá por sí sola. No te incomoda ignorar qué pasará mañana, aunque tienes la sensación de que, sea lo que sea, no perderás el control. Aceptas el pasado, por traumático que haya sido. Incluso aceptas a las amistades que tienen puntos de vista muy diferentes de los tuyos. Todo se siente bien. Cuando hablas para tus adentros, tu tono es relajado, abierto y optimista. La banda sonora de tu vida es una canción que quieres poner una y otra vez.
Es difícil concebir este nivel de calma y satisfacción cuando las obligaciones del mundo moderno dan la impresión de ser más ineludibles y aplastantes cada día que pasa. Pero puedes alcanzar esa realidad. El secreto radica en saber qué está pasando en tu cabeza para luego cambiar el circuito que te conduce por caminos destructivos. Este libro parte de una premisa muy simple:
El desempeño de nuestro cerebro está siendo manipulado, lo que tiene como resultado que nuestras conductas nos hacen sentir más solos, angustiados, deprimidos, desconfiados, propensos a enfermedades y obesos que nunca. Al mismo tiempo, tenemos la impresión de estar desconectados de nosotros mismos, de los demás y del mundo en general.
La mayoría de la gente está de acuerdo con que las malas decisiones en nuestras actividades cotidianas influyen en nuestra salud. Por ejemplo, sabemos que la comida chatarra es mala para el cuerpo y con el tiempo puede provocar toda clase de enfermedades. Entonces, ¿por qué seguimos comiéndola? ¿Por qué elegimos constantemente consumir los productos equivocados? La respuesta es complicada, pero parte de la solución radica en entender una simple verdad: estamos programados para consumir esos venenos.
Nuestras elecciones alimentarias son algunos de los muchos hábitos de vida que pueden traer consigo bienestar o bien enfermedades crónicas. Las enfermedades crónicas provocan 70% de las muertes en Estados Unidos: la mitad de la población sufre al menos una enfermedad crónica, como diabetes, cardiopatía, cáncer y Alzheimer.2 Y mientras seguimos discutiendo sobre cómo cambiar nuestro sistema de salud, se nos olvida que 75% del presupuesto destinado a la asistencia sanitaria lo gastamos en enfermedades que se podrían prevenir.3 La Organización Mundial de la Salud ahora clasifica el conjunto de enfermedades degenerativas crónicas (como las ya mencionadas) como la primera causa de muerte en el mundo, por encima de la hambruna, las enfermedades infecciosas y las guerras.4
Esto puede no ser noticia para ti si eres consciente de la relación crítica entre una mala dieta y las enfermedades. Sin embargo, de lo que tal vez no te das cuenta es de que la comida y los líquidos que consumes pueden cambiar tus emociones, tus pensamientos y la manera en que percibes el mundo. Algo también muy importante es que el estado de ánimo y las percepciones también influyen de manera directa e impactante en nuestras elecciones alimenticias. Esto es algo de lo que se aprovecha la industria alimentaria para generar un círculo vicioso que destruirá tu salud… y tu mente. Te mostraremos cómo romperlo. Pero también hablaremos de algo mucho más importante que nuestras elecciones de alimentos.
A través de la incesante exposición a la publicidad, miles de veces al día se nos recuerda que la gratificación instantánea es el camino a la felicidad. El mensaje entra de modo subliminal. Las empresas gastan miles de millones de dólares para convencerte de que busques la felicidad en el lugar equivocado: literalmente reconfiguran tu cableado cerebral, de tal manera que ansías las cosas que más te alejan de tu objetivo. Quizá creas que estás haciendo todo lo que se supone que debes hacer para triunfar en la vida, y aun así la situación dista de ser maravillosa. Los medios de comunicación social te dicen que todo mundo se la está pasando bomba. Los anuncios te dicen que comprar algo te cambiará la vida o que una pastilla para adelgazar eliminará tus llantitas ipso facto. Tus intentos por comer sanamente se ven frustrados por un suministro ilimitado de calorías deliciosas y baratas. Sientes como si no velar por tu salud fuera tu culpa. Este escenario deprimente es ahora la norma y está avivando una cultura del estrés crónico. Por desgracia, esta clase de estrés es tóxico para el cerebro y daña precisamente las partes que promueven la capacidad de acción y la sensación de que tienes el control de tu vida. Y en tus intentos por sobrellevarlo, una vez más recurres a la gratificación instantánea, con lo que se hace más difícil romper los circuitos neuronales que desencadenan y refuerzan esta conducta. La escotilla de emergencia se aleja todavía más. En los siguientes capítulos descubrirás exactamente cómo pasa esto y qué puedes hacer al respecto. Puedes ser mejor. Tu cuerpo y tu mente quieren mejorar; sólo necesitan saber cómo.
Desde una perspectiva biológica, muchos factores nos conducen a la trampa de la gratificación instantánea. Los explicaremos a lo largo de este libro. Por ejemplo, es posible que ya sepas que la inflamación crónica está muy relacionada con muchas de las enfermedades que hoy en día nos afligen, pero es posible que no sepas que la misma inflamación crónica también influye en el cerebro y te lleva a tomar malas decisiones y actuar de manera impulsiva.
En la primera parte, “Vivir bajo la influencia”, discutiremos el secuestro mental que nos debilita a todos en nuestra búsqueda de significado, dicha y bienestar duradero. En la segunda parte, “Romper el conjuro”, te presentaremos las herramientas necesarias para pensar con mayor claridad, fortalecer los lazos con los demás y adquirir hábitos saludables. Para quienes necesiten una mayor estructura, hemos diseñado un programa práctico de 10 días que reúne todas estas estrategias. En efecto, dentro de 10 días podrás empezar a cambiar la trayectoria de tu salud y de tu vida.
De dónde venimos
No todos los días un padre y su hijo se juntan para escribir un libro. Decidimos unir la fuerza de dos generaciones del todo distintas que comparten una pregunta: ¿qué impide a la gente alcanzar la salud y la felicidad? En las siguientes páginas contamos en nuestras propias palabras desde dónde se posiciona cada uno de nosotros.
Austin: Cuando estaba por terminar la residencia en medicina interna seguía el enfoque de la medicina convencional, el cual hace hincapié en el diagnóstico y tratamiento de enfermedades individuales. Puse todo de mi parte para identificar de forma adecuada y gestionar los múltiples problemas de salud de mis pacientes; sin embargo, a pesar de mis empeños, casi ninguno de ellos parecía interesado en seguir mis planes confeccionados de forma cuidadosa. ¿Por qué razón decidían no tomar medicamentos que prolongaran su vida o consumir una dieta que en teoría los protegería de un fallo cardiaco en potencia?
Me había equivocado al pensar que mis intereses y los de mis pacientes eran los mismos. Este error de razonamiento se hizo evidente cuando empecé a hacerles a mis pacientes una pregunta: ¿qué es lo que de verdad te importa? Esperaba que me dijeran que su salud era de primordial importancia, pero me sorprendió cuán equivocada resultó ser esa suposición. Muy poca gente me dijo que su salud era su prioridad, al menos en el sentido que yo esperaba. Lo que me dijeron que más valoraban eran su familia, sus amigos y, de forma inesperada, hasta sus aficiones. Se hizo evidente que ésas eran las cosas más significativas para ellos, las que les traían dicha. Lo que de verdad les importaba eran las relaciones, entablar conexiones con la gente. La buena salud no era sino un vehículo para llegar ahí.
Me di cuenta de que tenía que abordar de otro modo mi estrategia para ayudar a los demás. Si en verdad quería ayudar a mis pacientes de la mejor manera posible, tenía que empezar con aquello que llamo conexión.
Eso me llevó a profundizar en mi interpretación de cómo interactuamos con nosotros mismos, con los demás y con el medio ambiente. Noté que, para encontrar una conexión significativa, lo que necesitaba no era comprar cosas nuevas ni participar en veloces interacciones digitales. No obstante, nuestra cultura parece estar cada vez más empeñada en conducirnos a buscar esos fines. Hay datos inquietantes que muestran que pasamos cada día más tiempo centrados en la satisfacción a corto plazo y nos perdemos nada menos que los momentos que mejoran sistemáticamente nuestra calidad de vida. Ahora entiendo que la pregunta no es sólo cómo fomentar la conexión, sino también cómo identificar y eliminar aspectos de la vida que nos impiden experimentarla. Empecé estudiando cómo mejorar la conexión y descubrí que escapar de la desconexión era quizá incluso lo más importante. La oportunidad de explorar ese tema crítico con mi padre y comunicar al mundo nuestros descubrimientos ha sido una de las experiencias más gratificantes de mi vida.
David: Mi misión a lo largo de las últimas cuatro décadas ha consistido en hacer todo lo posible por empoderar mediante el conocimiento. La manera en que el estilo de vida (que abarca la dieta y la actividad física) se relaciona con la salud y la longevidad ha sido siempre un tema central de mis libros y conferencias. Me he dedicado a difundir esta información porque de otro modo no resaltaría en medio de la publicidad desenfrenada. Cada vez me parece más evidente que la desconexión es el meollo de lo que nos impide optar en serio por alcanzar un estado de salud, longevidad, satisfacción y felicidad. Esos fines son asequibles.
Este libro ha sido un trabajo de amor. Es un honor haber tenido la oportunidad de conectarme con mi hijo en este proyecto y aprender de su perspectiva personal, pero también como representante de su generación. Esto me permite mirar al futuro con grandes esperanzas.
Desconecta y reconecta
tu cerebro para bien
Cuando empezamos la investigación que dio lugar a este libro no podríamos haber previsto lo que descubriríamos. En el primer mes, mientras asimilábamos la importancia de nuestra tarea, ambos nos sentimos alarmados y a la vez transformados. Mientras más nos sumergíamos en la investigación, más evidente era que nos acercábamos a un descubrimiento importante: algo con el potencial de afectar no sólo a personas en lo individual (y a nosotros mismos), sino al planeta y sus sociedades en conjunto. No es algo trivial. El destino de la Tierra está en juego. Quizá parezca una exageración, pero más adelante expondremos nuestros argumentos. La gente feliz y conectada contribuye a un planeta feliz, tanto en el contexto de la salud individual como en el de la salud ambiental. Basta con ver a nuestro alrededor y pensar en el estado de nuestro planeta para saber que las cosas no pueden seguir tal como están. Te necesitamos. Y nos necesitamos unos a otros.
Claro que estamos conscientes de los nada desdeñables beneficios del mundo moderno y no pretendemos recomendar que te abstengas de ellos. Por ejemplo, en términos de la tecnología moderna, no podríamos haber escrito este libro sin bases de datos de investigación que se pueden consultar en línea o sin comunicarnos por videollamada. No: lo que hacemos es abogar por una manera distinta de abordar el mundo digital para que, en vez de que dejemos que nuestra tecnología nos use a nosotros, nosotros seamos usuarios conscientes de ella. El mundo nos ofrece increíbles oportunidades de conectarnos y aprender los unos de los otros a través de las redes digitales, pero es fundamental que aprovechemos esas oportunidades de manera adecuada. El mundo tiene mucho que ofrecer; las herramientas para cambiar tu vida y tu salud están frente a ti. Y estamos ansiosos por hablarte de ellas.
A pesar del alcance de este libro, nuestra estrategia se centra en crear un esquema práctico que puedas llevar a la práctica de inmediato. Vivimos y trabajamos en el mundo moderno, y entendemos las limitaciones de lo que es posible y realista. La buena noticia es que está en nuestro poder cambiar gran parte de lo que nos impide alcanzar una salud y una felicidad duraderas. Sabemos que, con una revisión del sistema operativo de tu mente, puedes llegar ahí. No tenemos que ser víctimas de la mala salud, la soledad y un impulso constante de conseguir la siguiente satisfacción a corto plazo. Este nuevo esquema (una “purificación de tu cerebro” que ayuda a reconectar y cambiar tu vida) te enseñará cómo limpiar la mente y activar los caminos cerebrales que permiten pensar claro, entablar relaciones profundas y gozar de un bienestar mental.
¿Listo? A trabajar.
PRIMERA PARTE
Vivir bajo la
influencia

Capítulo 1
El síndrome de desconexión
Una triste coyuntura
En el estilo de vida materialista no cabe el concepto de amistad, no cabe el concepto de amor: puro trabajo, 24 horas al día, como máquina. Por ende, en la sociedad moderna terminamos convirtiéndonos en parte de esa gran máquina móvil.
Su santidad el XIV dalái lama, El libro de la alegría
¿Qué fue lo primero que hiciste esta mañana al despertar? ¿Qué secuencia de actos describen tu mañana típica? Apostamos a que tu rutina ha cambiado radicalmente con respecto a como era hace apenas 10 o 15 años. ¿Cuántos minutos pasan antes de que revises el teléfono celular o te desplaces por algún medio de comunicación o redes sociales? ¿Cuántas veces deslizas el dedo? ¿Cuántas veces haces clic? Y, por lo general, ¿qué desayunas? ¿Cereal, un bollo, pan dulce, un bísquet, una dona que puedes llevar en la mano mientras haces otras cosas? ¿Qué clase de interacciones personales tienes con tus seres queridos antes de salir de casa?
Mientras conduces al trabajo por la misma ruta que siempre has tomado, ¿vas sintonizado contigo mismo y piensas tranquilamente en el día que tienes por delante? ¿O te sientes angustiado, disperso y abrumado? ¿Vas mandando mensajes de texto, revisando tu correo y hablando por celular cuando deberías estar atento a los semáforos? Cuando llegas a la oficina, ¿te cuesta trabajo concentrarte durante un largo rato sin que te arrastren las distracciones digitales? ¿Comes en el escritorio? ¿Realizas diversas tareas al mismo tiempo a lo largo del día, siempre con el teléfono cerca de ti? ¿Te comunicas con la gente sobre todo mediante correos electrónicos, mensajes de texto y llamadas telefónicas, más que en persona?
Después del trabajo, ¿te das tiempo para dar una reconfortante caminata al aire libre o para hacer ejercicio?, ¿o llegas a casa, te sirves un trago y cenas comida procesada o envasada? ¿Te vas a la cama exhausto al final del día y, sin embargo, no puedes conciliar el sueño? ¿Te despiertas de forma repentina en medio de la noche? Y cuando despiertas por la mañana, ¿te levantas sintiéndote miserable, sólo para repetir la misma rutina monótona?
Nuestra sociedad ha experimentado un cambio fundamental desde principios del siglo XXI, en gran parte debido a una explosión en la disponibilidad de tecnología personal que nos mantiene enganchados. Se calcula que 70% de los seres humanos del planeta poseen un teléfono inteligente.1 Los datos disponibles muestran que el usuario promedio de internet pasa más de dos horas al día en redes sociales.2 Una investigación reveló que 42% del tiempo que los estadounidenses están despiertos tienen los ojos puestos en una televisión, un teléfono inteligente, una computadora, una tableta o algún otro aparato.3 Suponiendo que el estadounidense promedio duerme 8 horas al día, eso significa que la gente pasa cerca de 6 horas con 43 minutos al día mirando fijamente una pantalla. En el transcurso de una vida típica, eso se traduce en 7 956 días o casi 22 años.
Este movimiento tectónico ha dado lugar a una cultura de desconexión a nuestro alrededor: caminamos con la cabeza gacha, mirando nuestros aparatos, evitando ideas diferentes de las nuestras, mientras nos enfrentamos a mensajes constantes que nos dicen qué hacer (come más, compra más, publica más en redes, cae mejor y recibe más likes). Si de verdad ponemos atención, lo sentiremos en nuestro interior: un vacío; una sensación de añoranza. Participar en la existencia consumista moderna está provocando cambios físicos en nuestro cerebro. Pero, ¿de qué forma? Interrumpe el acceso a la parte más evolucionada del cerebro que nos permite ver el panorama general y tomar decisiones bien pensadas. Al mismo tiempo, fortalece las vías que nos hacen impulsivos, ansiosos, temerosos y dependientes de una satisfacción inmediata. Este recableado nos hace gastar el tiempo y dinero en cosas que no nos traen felicidad a largo plazo. Nos produce una insatisfacción permanente. Y es exactamente ahí donde nos quieren los intereses empresariales, porque eso da lugar a mayores ganancias. La aterradora verdad es ésta: nuestro cerebro se apega cada vez más a un programa que otros controlan: a saber, intereses comerciales que se aprovechan del deseo del cerebro primitivo de obtener gratificación instantánea.
Tu atención y tus decisiones se venden al mejor postor, a las compañías que saben mejor que nadie cómo manipular la psicología y la biología para su propio beneficio. Esas empresas saben bien cómo sacar provecho de las poderosas vías neuronales para generar una adicción casi irresistible a los placeres de corto plazo y una ilusión comercializada de gozo sostenible. A dicho estado de separación de la felicidad sostenible lo llamamos síndrome de desconexión, y es hora de oponerle resistencia. En el diagrama anterior mostramos las ocho principales características del síndrome de desconexión. Más adelante exploraremos cada una de ellas a detalle en el contexto de la salud y la función cerebral.

Una paradoja de nuestros tiempos
El primer paso para oponerle resistencia al síndrome de la desconexión es estudiar con detenimiento la diferencia entre el mundo que se nos hace creer que es real y la auténtica realidad. Asomarse atrás de la cortina para ver la realidad a la que nos enfrentamos en la actualidad puede ser desalentador, pero es un proceso que conduce al verdadero poder. Cuando veas las cosas tal como son, empezarás a recuperar el control de tu vida. Si entiendes cómo y por qué ha sido secuestrado tu cerebro, podrás decidir cambiar tu vida. Sustituir elecciones que no te ayudan por unas que sí te darán la libertad de buscar la satisfacción a largo plazo y la realización duradera. Y cuando asumas el control del cableado de tu cerebro podrás configurar un sistema que siga tomando esas buenas decisiones.
A primera vista parecería que nunca hemos tenido tantas oportunidades como ahora para buscar la felicidad y conseguirla. En las redes sociales todo mundo parece sonriente, mientras que los comerciales de televisión quieren hacernos creer que hay un medicamento capaz de arreglar todo trastorno del estado de ánimo que podamos experimentar; sin embargo, los índices de ansiedad y depresión siguen aumentando. En casi todo Estados Unidos los índices de suicidio aumentaron entre 1999 y 2016, y el suicidio adolescente se disparó 56% entre 2007 y 2016.4 Esto ocurre a pesar de que en ese país se recetan 400% más antidepresivos que en la década de 1990.5 Y estamos hablando de más drogas en general, tanto legales como ilegales. Alrededor de la mitad de las personas mayores (de 65 años para arriba) con ansiedad están tomando benzodiazepinas (por ejemplo, Xanax, Valium y Ativan): medicamentos con efectos secundarios bien conocidos que pueden poner en riesgo la vida.6 El insomnio aflige a más o menos una cuarta parte de los estadounidenses adultos, por lo que muchos de ellos toman pastillas para dormir.7 Por si eso fuera poco, las tendencias globales muestran que los índices de consumo de alcohol van a la alza, sobre todo en las economías cada vez más occidentalizadas, como India y China.8 El hábito de emborracharse también está aumentando entre adolescentes y adultos jóvenes de todo el mundo.9 Estas estadísticas distan de ser reflejo de una cultura satisfecha y feliz.
Cualquiera creería que el uso obsesivo de las redes sociales nos haría sentir más conectados con los demás, pero casi la mitad de los estadounidenses dice sentirse solitario a veces o todo el tiempo. Quienes más experimentan esta sensación son adultos de entre 18 y 22 años.10 Además, sólo la mitad de los estadounidenses afirma tener interacciones sociales significativas en persona.11 Aristóteles tenía razón cuando escribió que “el hombre es un animal social por naturaleza”, y deberíamos recuperar la forma en que este filósofo griego socializaba. Estamos seguros de que él no padecía el síndrome de la desconexión.
Para entender las razones detrás de estos problemas modernos y la manera de solucionarlos debemos recurrir a la herramienta más poderosa que tenemos: el cerebro. La evolución lo ha vuelto la fuerza más poderosa sobre la faz de la tierra. Se ha adaptado a presiones cambiantes a lo largo de varios millones de años y ha logrado desarrollarse en una diversidad de condiciones. Mientras más sabemos acerca de su resiliencia y plasticidad, más increíble se vuelve. Pero tenemos que entender que el cerebro, en toda su magnificencia, sigue funcionando con sistemas diseñados hace mucho tiempo, que las tecnologías modernas pueden secuestrar o “hackear”, de manera similar a un virus informático que infecta software y cambia su funcionalidad. Nuestras ansias primitivas de comer dulces y nuestra necesidad de aceptación social, por ejemplo, tenían mucho sentido en milenios pasados, cuando nos preocupaba la escasez de alimentos en invierno o la posibilidad de que la tribu nos desterrara. Las que alguna vez fueron adaptaciones valiosas que nos ayudaron a sobrevivir, se han convertido en orificios de entrada para la explotación comercial. Esos sistemas básicos de supervivencia llevan mucho tiempo programados en nuestro cerebro, pero ahora son los objetivos de campañas empresariales que buscan manipular tus procesos de toma de decisiones para que les des tu dinero, tu atención y tu lealtad. Sobre todo estamos perdiendo nuestra noción del yo y nuestra autoestima: nuestra identidad está siendo atacada por el flujo continuo de mensajes que nos dicen cómo debemos vernos y sentirnos, y por qué cosas debemos luchar. Nos quedamos con la sensación de ser inadecuados. Es hora de conectar de nuevo con los niveles superiores de pensamiento y funcionamiento de nuestro cerebro.
Tus pensamientos y decisiones están en juego porque son valiosos: se traducen en ganancias empresariales.
El cerebro humano es un increíble don de complejidad y capacidades al parecer infinitas. Algo que nos hace especiales a los seres humanos es la corteza prefrontal (CPF) del cerebro, la cual es desproporcionadamente grande, se sitúa justo en la parte frontal del cráneo y constituye casi un tercio de la neocorteza, la parte del cerebro de más reciente evolución, la cual consiste de materia gris que rodea la materia blanca del cerebro. A la corteza prefrontal se le atribuyen funciones cerebrales de orden superior, como la capacidad de planear para el futuro, de expresar empatía, de ver las cosas desde el punto de vista de otra persona, de tomar decisiones meditadas y de participar en interacciones sociales positivas; en términos generales, todo aquello que nos hace humanos (en contraste, la corteza prefrontal de un chimpancé constituye sólo 17% de su neocorteza, y la de un perro comprende 13%). La corteza prefrontal organiza pensamientos y acciones que nos ayudan a conseguir nuestras metas, desde objetivos simples como cocinar la cena hasta tareas complejas como escribir un libro. La expresión para referirse a la actividad que realiza la corteza prefrontal es función ejecutiva. Ésta consta de la capacidad de diferenciar entre pensamientos contradictorios; reconocer lo bueno y lo malo; lo que es un poco mejor y lo que sin duda es mejor; distinguir entre iguales y diferentes; entender consecuencias futuras de actividades actuales; esforzarnos por una meta definida; predecir resultados de acciones a partir de experiencias anteriores; y tener “control” social (es decir, la capacidad de reprimir impulsos que de lo contrario darían lugar a resultados socialmente inaceptables). Las investigaciones científicas sobre la función ejecutiva se han disparado y evidencian que, en efecto, muchos factores ambientales que están bajo nuestro control pueden afectar la salud y funcionalidad de la corteza prefrontal y, en última instancia, afectar nuestro comportamiento y bienestar.
Por desgracia, gran parte de la vida moderna se confabula para evitar que nuestro cerebro aproveche a fondo la corteza prefrontal. Por el contrario, descubrimos que nuestras acciones están motivadas por la impulsividad, el miedo y una necesidad de gratificación instantánea, que a su vez se desencadenan por una sobreactivación de la amígdala (un centro emocional del cerebro), así como por la constante estimulación de los circuitos de gratificación del cerebro (en lo que en breve abundaremos).
Hay modo de salir de este caos. Te mostraremos cómo mejorar tu alimentación, tu higiene del sueño, tu exposición a la naturaleza, tus hábitos de ejercicio, tu consumo responsable, tus prácticas conscientes y tus interacciones interpersonales, lo cual modificará tu relación con tu propia mente y te ayudará a reconectarte con tu corteza prefrontal y configurar un mejor cerebro que conduzca a la toma de mejores decisiones y, a la larga, a crear una mejor versión de ti mismo. Aquí tienes una representación visual de lo que abarcaremos:

Guerra biológica
Los fabricantes de alimentos procesados sostienen que éstos nos han permitido convertirnos en quienes queremos ser, personas veloces y ocupadas que ya no son esclavas de la estufa. Sin embargo, en sus manos, la sal, el azúcar y la grasa que usan para impulsar esta transformación social son, más que nutrientes, armas: armas que emplean, desde luego, para derrotar a sus competidores, pero también para hacernos regresar cada vez por más.
Michael Moss, Adictos a la comida basura
La manera más rápida de dimensionar la gravedad de nuestras adicciones es pensar en la guerra biológica que tiene lugar en nuestros platos. Aceptamos sin chistar la idea de que existan “tiendas de comida saludable”, pero esto plantea a todas luces la siguiente pregunta: y las otras tiendas de comida ¿qué están vendiendo?
En el mundo de la nutrición nos hemos vuelto esclavos de una redefinición perversa de lo que en verdad significa la palabra comida. En los últimos 10 000 años nuestra alimentación ha sufrido una transformación alucinante. El concepto de comida como forma de nutrición ha ido desapareciendo. En vez de eso consumimos alimentos y bebidas con mucha energía y pocos nutrientes que hacen estragos en nuestra salud, sobre todo en nuestra salud cerebral. El excedente de calorías empuja a nuestro cuerpo por una espiral descendente de enfermedades crónicas prevenibles (como obesidad, hipertensión, cardiopatía, diabetes y cáncer) y, en última instancia, a una muerte prematura. Investigaciones realizadas por la Friedman School of Nutrition Science and Policy de la Tufts University indica que una mala alimentación ocasiona casi 1 000 muertes diarias en Estados Unidos por cardiopatías, derrame cerebral o diabetes.12 Lo peor de todo es que consumir alimentos poco nutritivos obliga al cuerpo y la mente a entrar en un circuito perpetuo de antojos y ansias de comer más que reestructura el cerebro para mal. Y esto es cada vez más costoso: en 2016 el costo directo e indirecto de las enfermedades crónicas ocasionadas por la obesidad fue de 1.72 billones de dólares,13 es decir, casi 10% del producto interno bruto del país.
Por desgracia, cualquier persona que carga con sobrepeso provocado por el consumo de calorías vacías se considera fracasada, pero, para empezar, es una víctima del sistema tóxico y adictivo que provocó ese estado patológico. Si eres de las personas que batallan con el exceso de peso, te suplicamos que no olvides que la baraja está arreglada en tu contra y en contra de tu fuerza de voluntad. No es tu culpa. En el capítulo 7 demostraremos cómo y por qué los alimentos modernos, a los que se les ha despojado de todo lo nutritivo, se han vuelto tan adictivos y tentadores. Esta adicción tiene un poder similar al de drogas duras como la heroína y la cocaína. De hecho, es posible establecer muchos paralelismos entre la crisis de los opioides y la epidemia de obesidad. El ansia de analgésicos se parece al ansia de azúcar.
A diario nos vemos expuestos a discursos que satanizan el azúcar, los alimentos ultraprocesados y la obesidad, pero quizá esto para ti no es un problema. Puede ser que tú comas bastante bien, no te consideres adicto a la comida chatarra y mantengas un peso saludable. Todo mundo llega a este libro con diferentes fortalezas y debilidades. Para ti, quizá es la falta de sueño y de tiempo con tus seres queridos lo que representa un lastre para tu salud y atiza el síndrome de la desconexión. A lo mejor eres un adicto al trabajo que en años no ha salido de la oficina para dar un paseo rodeado de la naturaleza. O quizá estás encadenado a tus aparatos digitales y sabes que te sentaría bien un descanso de las redes sociales. Algunas lecciones de este libro te resultarán más significativas que otras, así que vamos a presentarte muchas estrategias para adaptar las lecciones a tu propia vida: las herramientas, digamos, para cambiar de velocidad.
CAMBIO DE VELOCIDAD
David: En mi primer año como estudiante de neurocirugía aprendí muchas lecciones vitales. Era mediados de la década de 1980 y se nos exigía demasiado. Los residentes trabajábamos 36 horas y luego descansábamos 12, a menudo durante varias semanas seguidas. Decir que me hacía falta un sueño reparador es poco. Esta falta de sueño, aunada al estrés del trabajo, sin lugar a dudas estaba desestabilizando mi salud. Como además disponía de poco tiempo, no comía alimentos de gran calidad, así que pronto me enfermé. Ese año, mi primer problema de salud fue la evolución de una esofagitis, una enfermedad inflamatoria del esófago que hace que deglutir, así sea agua, sea sumamente doloroso. Después vino la disentería, una enfermedad grave caracterizada por fiebre muy alta y diarrea. En mi caso, el grado de deshidratación fue tan serio que tuvieron que administrarme líquidos por vía intravenosa durante varios días. Cuando empezaba a recuperarme, me dio varicela.
En ese momento empecé a plantearme cambiar de carrera. Poco después, una noche fui a cenar a casa de mis padres y otra enfermedad me abatió. Durante la cena me fui sintiendo cada vez más incómodo, y poco después sentí un dolor incapacitante, en particular en los testículos. Era un dolor mucho más intenso que cualquiera que hubiera experimentado jamás, ni siquiera cuando hacía deportes de contacto, así que mis padres y yo decidimos que debíamos ir a urgencias. Ahí me diagnosticaron paperas, enfermedad que habría podido dejarme estéril.
En retrospectiva, sé sin lugar a dudas que mi salud estaba en peligro grave por la falta de sueño, el estrés crónico, las malas decisiones alimenticias y una casi absoluta falta de exposición a la naturaleza. Aunque no me hice pruebas de sangre para evaluar el nivel de inflamación de mi cuerpo, estoy seguro de que los indicadores estaban elevadísimos. Por suerte, era evidente qué era lo que debía cambiar. Decidí cambiarme de neurocirugía a neurología, especialidad que me permitiría tener un mejor control de mi tiempo (y mi vida). Estoy convencido de que esa simple decisión me salvó. Y si bien muchos acontecimientos relacionados con un tren de vida inadecuado han conspirado para derribarme, con los años he aprendido que no todos los factores que conforman el estilo de vida tienen que estar comprometidos para que una persona presente enfermedades. Una mala dieta, falta de sueño reparador o estrés constante pueden ser devastadores para cualquiera.
Incluso en días en los que lidiamos con dificultades o contratiempos serios, o cuando experimentamos decepciones o pérdidas, podemos vivir sobre un trasfondo de optimismo y satisfacción. La felicidad y la frustración no son mutuamente excluyentes. Lo cierto es que no podemos sentir auténtica alegría si nos sentimos solos o si somos impetuosos, narcisistas, indiferentes y desapasionados. Esos rasgos no pueden coexistir. Nos mantienen desconectados y enfermos.
Los problemas de salud del mundo moderno son algo más que una lista de enfermedades individuales en un libro de texto. La verdadera salud es un estado vibrante de bienestar físico y mental que trasciende cualquier diagnóstico específico. Y a ese lugar de bienestar integral se accede mediante una profunda conexión con nosotros mismos, con los demás y con el espacio vital que compartimos con el resto de los seres humanos. Para llegar ahí tenemos que examinar más de cerca al jugador principal: el cerebro.