Índice

Índice

  1. Verde Shanghai
  2. I. ORIGINALES Y COPIAS
    1. 1. Una mujer que habla sola
    2. 2. El desconocimiento
    3. 3. Escritura como traición
    4. 4. El nombre propio
    5. 5. Una ciudad llena de soldados
    6. 6. He Xian-gu
    7. 7. Silencio matrimonial
    8. 8. Algo destrozado sobre la calle
    9. 9. El acuerdo
    10. 10. El temperamento científico
    11. 11. Carta para la desaparición de Xian
    12. 12. Cuatro maneras de interpretar la fuga
  3. II. EL INTERLOCUTOR
    1. 13. La carcajada
    2. 14. La araña que ora
    3. 15. Introducción
    4. 16. Je est un autre
  4. 17. Hombre oriental mostrando pipas para opio, ca. 1935
    1. 18. Currículum vitae
    2. 19. Retrospectiva
    3. 20. La voz femenina que entra por la ventana mientras un hombre y una mujer hacen el amor
    4. 21. La energía sexual de las palabras
    5. 22. Historia con nubes
    6. 23. Los perseguidores
  5. III. LA COSA RECORDADA
    1. 24. Las mujeres olvidadas
    2. 25. El día más largo
    3. 26. El día más corto
    4. 27. Imperativo
    5. 28. Una teoría del amor
    6. 29. El fin de la memoria
  6. IV. ANDAMOS PERRAS, ANDAMOS DIABLAS
    1. 30. Ella es la mujer que no habla
    2. 31. Andamos perras, andamos diablas
    3. 32. Noticias intrascendentes
    4. 33. Estar en el segundo contiguo
    5. 34. Los veranos son muy locos aquí
  7. Citas textuales
  8. Sobre este libro
  9. Sobre la autora
  10. Créditos

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Si olvidara lo que no fui, me olvidaría de mí mismo.

ANTONIO PORCHIA

I

Originales y copias

1. Una mujer que habla sola

Hablaba consigo misma con frecuencia. Era algo automático, algo que casi todo el tiempo le pasaba desapercibido. Cuando lo hacía, cuando se hablaba a sí misma sin saberlo, repetía versos que había leído alguna vez y que luego olvidaba sin remedio. La pánica, náufraga, seca lidia de su tristeza. Otras, las más, pronunciaba vocablos sin conexión. Palabras como insectos. Decía, por ejemplo, la Gran Ciudad. Luego: el semáforo. El poste de teléfono. Una esquina. Los camellones. Árboles famélicos. Todas las nubes. Las rodillas. Los pasos. La lechuza vuela. Gestos de mano o de cabello. Los grandes anuncios. Los anuncios pequeños. Se vende. Sentido contrario. Verde. Una boa baila. Se renta. Doble sentido. Sesenta kilómetros por hora. ¿Cuántos sentidos? Alto. Rojo hexágono.

—Alto —dijo en voz alta—. Alto —repitió.

Luego oyó el ruido de metal contra metal: el estruendo de muchos vidrios rotos. Su voz. Alto. Un castillo, de caer bajo un rayo, tendría que partirse en todos esos pedazos.

—¿Está bien? —tan pronto como escuchó la pregunta volvió el rostro hacia la ventanilla.

—Claro —aseguró. Después, preguntándose en silencio por qué a alguien le interesaba su estado de salud en plena calle, intentó encender el coche que se había apagado. Sus ojos se concentraron en el punto central del volante. Ruido sin dirección. Lo intentó varias veces más, pero el auto continuó estático. Una cierta incomodidad en el codo izquierdo la obligó a cerrar los ojos y, luego, de inmediato casi, a abrirlos por completo.

—¿Se encuentra bien? —el rostro a través de la ventanilla la observó con alarma. Alto. Fue esa ansiedad ajena lo que finalmente la hizo volver la vista alrededor y darse cuenta de que algo había pasado. Todo sucede después, pensó. Los colores del día se confundieron con el ruido. Rojo. Amarillo. Anaranjado. Verde. Rojo. Rojo. Alto. Intentó abrir la portezuela y, al no lograrlo, saltó por el espacio de la ventanilla.

—¿Está segura de que se siente bien? —le preguntaron una vez más—. No debería moverse mucho. Mejor espere la ambulancia, señora.

Señora.

La mujer avanzó titubeante hacia el otro automóvil dentro de un embudo de silencio que solo dejaba pasar el sonido del vidrio triturado bajo la suela de sus botas. Un castillo, de caer bajo el golpe de un hacha, estaría repartido en todos estos pedazos diminutos, se dijo. Un castillo de cristal, se corrigió. Y continuó así, alerta, cuidadosa. Un castillo de plástico. Detrás del otro parabrisas había una cabeza y un cuerpo y un par de manos y un par de piernas y una boca abierta. Los observó sin poder aproximarse más. Era difícil distinguir a quién pertenecía la sangre, de quién eran las heridas.

Es un error pensar que son las cosas pequeñas las que controlamos y no las grandes. ¡Es justo al contrario!

—Xian —murmuró el hombre accidentado con voz de convaleciente o de aparecido—. Xian —repitió en un tono aún más bajo, como si temiera quebrar el lenguaje, hacerle daño, rasgarlo. Un gemido.

Alto.

A lo lejos se escucharon las sirenas elípticas de las ambulancias. En lo cerca, todo, incluso el silencio, se volvió de piedra.

—Tienes los ojos cafés —dijo la mujer por toda respuesta antes de caer desmayada sobre el pavimento, dentro de un círculo de vidrios rotos.

Alto.

El olvido es una boa que se muerde la cola. Toda mordida es un círculo. En el centro del círculo yace una mujer: eso se ve desde arriba. O se vería. O pudiera verse.

La mujer emergió de entre las sábanas. Un bostezo. La luz de finales de noviembre atravesó las ventanas desnudas de la habitación y se le introdujo en la boca. Afuera, las ramas de tres ciruelos: una telaraña precavida, una red con forma de esqueleto. La mujer las observó por largo rato como si esperara un cambio repentino. Los árboles no son cuerpos, pensó. Los árboles tienen raíces que crecen hacia abajo, se dijo. El paisaje se mantuvo inmóvil, encerrado dentro de sí mismo. Algo en el aire la obligó a detenerse y a repetir palabras en voz muy baja. Decía: retablo. Decía: cosa mía. Decía: cárcel. Decía más, todo inentendible. El sonido de su propia voz la despabiló. Pensó en una lechuza. Iría bien con el árbol, murmuró. Una lechuza morada de grandes ojos color granate. Ahí estaba la luz de la mañana: puntiaguda. Algo sin márgenes. Pensó en lo que tenía frente a sí: un día de mucho sol, y pasó las yemas de los dedos sobre los pliegues que se habían formado sobre la sábana. Yacer. Pensó en el verbo. Y lo pronunció. Dos. Tres veces. Hasta que el sonido volvió a entrar por los oídos, deslizándose por debajo del latir del corazón, los gorgoteos matutinos del estómago. Detestaba las mañanas. Ese desajuste momentáneo entre el cuerpo y el lugar del cuerpo. El parpadeo de la conciencia. Y la anticipación. Las mañanas no son más que un accidente, se dijo. Este es un cuarto. Esta es la luz invernal. Estos, mis pies. Mis manos. Vestía al día poco a poco, protegiéndolo del frío. Y mientras se incorporaba y se dirigía al baño se percató, de repente, de que había olvidado algo. Volvió la vista atrás, contorsionando únicamente la parte superior del cuerpo, pensando al mismo tiempo, sintiendo, de hecho, que el movimiento era mecánico, habitual. El súbito remontar de un ave. El aire, en movimiento. La mujer de Lot volvía la vista atrás en el último minuto, en la última fracción del último minuto, y recordaba algo, recordaba cualquier cosa: una cuchara, un calcetín impar, la forma de la puerta, un collar de amatistas, dos pañuelos. ¿De dónde viene todo eso? La lechuza calló. Los labios abiertos, la palabra a punto de tomar vuelo desde la humedad de la lengua y, luego, puntual, el silencio. El silencio al final, ahí, al inicio de la primera fracción del minuto siguiente, contiguo. Una eternidad de sal.

La luz seguía en su lugar, alrededor de todo. La luz invernal.

Avanzó hacia el baño. La esperaba la tina llena de agua y el silencio único de la mañana. Se sumergió en ambos. Cerró los ojos. Descansó del esfuerzo que invertía en despertar, en repetirse una y otra vez esto es la realidad. Esto. Su cuerpo bajo el líquido transparente tuvo, por un momento, la inmovilidad de una roca, el color de muchos días sin sol. Musgo. Tocó entre sus piernas el musgo y luego aspiró el olor que transmitían las yemas de sus dedos. Cuando abrió los ojos observó el techo. ¿Un lenguaje maldito o un abecedario muerto? El techo, límpido y sin señas, no le dijo nada. No hay ningún secreto. Sonrió a medias. Cerró los ojos de nueva cuenta. El olvido es una boa que se muerde la cola. Recordó que esa era la frase que le había hecho volver el torso y enfrentar el ventanal de la luz en la primera fracción del minuto siguiente, el minuto contiguo que hacía funcionar el mecanismo del tiempo. El olvido y la boa y el círculo entre ellas. Y un cuerpo justo en el centro. ¿Puede una lechuza devorar una boa? Tal vez solo era una de las frases, o la mitad de otra más larga, más completa. Con toda seguridad había una colección de frases detenidas en el aire, colgando de las esquinas. Expuestas. ¿Qué le pasaba a los objetos y las palabras y las inflexiones y los puntos suspensivos que no podía rescatar del olvido diario? La boa salió entonces, dispuesta a arañar la última fracción del momento en que iniciaba el momento contiguo. La lechuza voló. El futuro. El agua se le introdujo por la nariz y dejó a su paso ese escozor agrio detrás de la garganta, un lugar de su cuerpo que no podía imaginar. Salió de la bañera y se arropó en la vieja bata de felpa. Y fue rumbo a la cocina, donde molió granos de café. El ruido mecánico del molino. El ruido de las gotas oscuras que caían en la jarra. El ruido de la cafetera automática.

—Marina —la voz en la contestadora tenía una cadencia provinciana en la que no existía la premura—, te recuerdo que mañana se inaugura la exhibición de Patricia. No vayas a faltar.

su rabia, su flequillo, el estable mundo de sus facciones iban lamiendo la mañana reflejante

—Marina —continuaron los recados—. Como sé que eres bien distraída te recuerdo que la reunión es mañana a las once. En el café de siempre. No nos vayas a dejar plantadas. Chao. Por cierto, hoy es martes; mañana, miércoles. Por si no te habías fijado.

pero quién habla en la habitación llena de ojos

—Marina Espinosa. Señora, para informarle una vez más que ya puede recoger su ropa de la tintorería. Gracias.

los cabellos de textura convincente que le daban ese aire maniático de soltera

La luz había cambiado de lugar. Miró el reloj: era casi la hora. Repitió su nombre. Repitió: Marina. Y, sin poder evitarlo, sonrió. Había días en que le resultaba más sencillo imaginar un accidente que atreverse a cambiar la rutina establecida. Veía cosas frente a sí. Veía una flor nuclear. El terremoto del fin del mundo. El diluvio primordial. A toda prisa, sin verse en el espejo, se vistió ahora de la misma manera en que antes lo había hecho con el día. Después salió corriendo. Cuando sacó el auto de la cochera, el chasquido de las llantas la desperezó.

—Miércoles —masculló para sí misma como si acabara de darse cuenta—. Miércoles —concluyó. Y presionó el acelerador.

El sol de invierno se detuvo frente a los añicos de un castillo de cristal.

2. El desconocimiento

Veía hacia el techo desde la angosta cama del hospital. Le gustaba eso, ver el techo. Eso estaba claro. Concentrarse o perderse, ahí tomaba su tiempo. Las enfermeras que iban y venían con sábanas sucias, jeringas o recuerdos pasaban cerca de su camilla sin prestarle demasiada atención. Le agradecían su comportamiento, su falta de exigencias, su inmovilidad.

Hay traiciones en tiempos de guerra que son cosa de niños comparadas con las traiciones humanas en tiempos de paz.

A las dos de la tarde, cuando los otros pacientes empezaron a comer, ella continuó con la vista perdida o reconcentrada en la pantalla del techo. Algo interno ahí: imágenes, sonidos, aromas. Una adolescente cruzaba la calle a toda prisa y, de vez en cuando, volvía la vista atrás como si alguien la persiguiera muy de cerca. Una cacería. El ruido del tráfico en los oídos. La sensación abrupta de la velocidad. Y ese olor a suéter húmedo, a cabello mojado confundido con el sudor de días. Un ligero aroma a menstruación o sal. La muchacha arreció su carrera cuando la avizoró a lo lejos.

—Déjame en paz —le dijo antes de darle la espalda. La respiración se le alteró, subió de ritmo y de volumen. Así, bufando casi, avanzó hacia el fondo de la calle, hacia la oscuridad, afuera del recuerdo. En el otro extremo de la calle, protegida del aguacero con un paraguas y una gabardina negra, Marina Espinosa se quedó observándola. La llamaba en silencio. Le pedía que se detuviera. Pensó que incluso le suplicaba. ¿Era eso suplicar? Antes de desaparecer tras la esquina, la adolescente por fin se detuvo por un momento. El cabello corto, las gotas de lluvia sobre la piel, los ojos abiertos. Clemencia, eso pedían. Déjame en paz. Un close-up. Por lo que más quieras. El cazador tras su presa. El policía en pos del criminal. La madre tras el hijo perdido, pródigo tal vez. El cuadro estaba lleno de ese tipo de urgencia.

El principio cuántico demuestra que hay un sentido en el cual lo que el observador hará en el futuro define lo sucedido en el pasado —incluso un pasado tan remoto en que la vida no existía aún.

La adolescente aparecía y desaparecía sin dejar rastro. Marina luchó contra su reticencia de todas las maneras posibles. La conminó a regresar, la sedujo con promesas, le ordenó que volviera la vista atrás, le rogó que se quedara otro par de segundos, la chantajeó, le habló en voz baja, le gritó. Le dijo: Xian. Nada dio resultado. Solo la aparición del doctor, el tacto abrupto de sus manos, logró interrumpirla.

—No hay nada roto —aseguró al tocarle los pies, los tobillos, los fémures, las rodillas.

—Es aquí —lo interrumpió, señalándole el brazo izquierdo. Luego, con los ojos, lo condujo hacia las radiografías que descansaban sobre el buró.

—Hay que manejar con más cuidado, señora —mencionó el doctor, con la mirada sobre las imágenes oscuras de los rayos X—. Afortunadamente no es muy grave. Mes o mes y medio con el yeso y ya.

Una sonrisa pálida en el rostro. Los ojos al techo una vez más.

—¿Y el otro herido? —le preguntó en voz baja, titubeante.

—Está fuera de peligro también —dijo—. Pero él se llevó la peor parte. Eso es lo malo de manejar un auto pequeño.

El médico sonrió mientras enredaba las vendas y colocaba el yeso sobre el antebrazo. Luego los dos guardaron silencio. La luz vespertina de noviembre se coló por los ventanales del dormitorio común y dejó un aura dorada sobre los mosaicos verdes del piso. Un verde que solo había visto en sueños.

—¿Le avisamos a alguien para que venga por usted?

—No —dijo—. Llamaré un taxi.

Eran las 6:10 de la tarde en su reloj de pulsera. Afuera, sin embargo, el tiempo no había dejado de dar vueltas. Eran las 6:10 de la tarde. Un día bajo la lluvia.

En el camino de regreso a su casa pasó por el lugar del accidente una vez más. Un crucero. Los autos chocados habían desaparecido y el tráfico avanzaba con toda normalidad. Los vidrios rotos sobre el pavimento le indicaron que todo había sido real.

Xian.

EL DESCONOCIMIENTO

Lo primero que aquella mujer me dijo fue que esperaba a su hombre. No a su marido, no a su compañero o amigo, sino a su hombre. Se habían dado cita a las seis de la tarde y, después de dos horas de retraso, todavía albergaba esperanzas de que él llegara. En realidad no le pregunté nada; cometí la torpeza de pedirle un cerillo para encender mi cigarro y así, mientras hurgaba en un bolso blanco repleto de cosas, empezó a contarme su maravillosa historia, como la denominaba.

En el camino de regreso a su casa pasó por el lugar del accidente una vez más. Un crucero. Los autos chocados habían desaparecido y el tráfico avanzaba con toda normalidad. Los vidrios rotos sobre el pavimento le indicaron que todo había sido real.

—La única de mis historias que está llena de milagros —dijo—, que es como la de todos. La historia siempre repetida del amor, ¿no te parece?

Tenían poco menos de un año de conocerse y, desde entonces, se habían dedicado a perfeccionar el viejo rito de tocar a otro, verlo, sentirlo, temblarlo. La banca del parque adonde estábamos platicando era su punto de encuentro y, de aquí, usualmente se iban caminando al hotel más cercano sin hablar demasiado.

—De qué sirven las palabras en estos casos, ¿dime? —su lógica me hizo guardar silencio. Mientras tanto, me dediqué a fumar y a mirar las nubes y a oírla como quien oye pasar el tiempo. No tenía absolutamente nada que hacer y la historia de la mujer del parque me hacía las horas dúctiles y blandas, como la lluvia que se presentía de lejos. Pensé que la mujer era o una idiota o una loca y en realidad no le di importancia. Cuando las primeras gotas empezaron a caer, tímidas y pegajosas, ella decidió que la espera había sido suficiente. En el acto, de la misma forma distraída y fácil con la que empezó a hablarme, me invitó a tomar unas copas. Salimos corriendo.

—¿Sabes? Es una lástima que no me haya visto hoy —mencionó con palabras entrecortadas por los resuellos—. Nunca había estado tan hermosa. Mira.

Se detuvo de improviso bajo la lluvia para señalarme el carmín de sus labios, los rizos sedosos de su cabello y, levantándose la falda de grandes flores color púrpura, me mostró las medias que cubrían sus piernas.

—Son nuevas. No tienen ningún rasguño, ¿te das cuenta? —detenidas como mármol a punto de volverse piel o viceversa, las piernas parecían huérfanas—. Me habría gustado tanto que él se diera cuenta de eso al acariciarme los muslos —mencionó con los ojos clavados en sus propias rodillas.

—Sí, es una verdadera lástima —le dije, y sin añadir más, la jalé del brazo derecho para seguir corriendo.

El bar era en realidad un hueco en un resquicio de la ciudad, un lugar de techos bajos y susurros entrecortados. No me fijé en el nombre y casi ni pude observarlo porque la mujer del parque pidió dos whiskies tan pronto como nos sentamos.

—No te preocupes —me avisó—, traigo suficiente dinero. Además, ¿ves al mesero? Fue mi amante hace algún tiempo. Un hombre bueno —el silencio espantó las palabras por un momento y, después de unos minutos largos y delgados como orillas, continuó—. En realidad era muy seco, lleno de juicios perfectos sobre todos los acontecimientos del mundo; cualquiera se hubiera aburrido de él como lo hice yo. Nadie lo soportaría por más de dos meses, ni tú que te ves tan paciente y juiciosa —aseveró. Su comentario me hizo reír con gusto y con sorpresa y así, aún con la boca abierta, brindamos. La cereza danzando en el fondo del vaso se convirtió de repente en un enigma, la parte perdida de una caligrafía complicadísima.

A través del humo de mi cigarro observé su rostro mientras se empinaba el primer Manhattan como si fuera agua. Me impresionó su nariz fina, larga, puntiaguda, como si estuviera acostumbrada a decir mentiras; una nariz aristocrática o extranjera, de ningún modo parecida a los promontorios chatos o rectos que inundan la ciudad. Me impresionaron las mejillas tersas salpicadas de pecas, los labios gruesos cubiertos de un carmín pálido, rosa como coral. Me impresionaron sus ojos risueños, habitados de tranquilidad, llenos de esa calma de los que tienen dinero y pueden beber hasta que el cuerpo aguante.

—Mauricio, por favor —le estaba pidiendo al mesero juicioso otra ronda de lo mismo, como quien se dirige a un viejo amigo, un criado en permanente servicio. Él no necesitó otra seña, se dio la vuelta y al cabo de un rato regresó con dos vasos de lo mismo. Cuando se llevó a los labios el primer sorbo, la mujer empezó a hablar con el tono de los que contestan cuestionarios, el orden ficticio, el sinuoso sarcasmo.

—Me llamo Ángeles y soy uno de ellos —dijo entre risas, burlándose de las dos en realidad—. A veces paso por aquí, verás. Este es el sitio favorito de él y el mío también. Por lo regular nos sentamos al final de la barra, tú sabes, le gusta tocar mis piernas por debajo de la mesa y no se puede hacer eso aquí, enfrente de todos, ¿no es así? —Ángeles acompañaba sus palabras de gestos chiquitos, tímidos. Toda ella se resumía en sonrisas ruborizadas como si fuera una niña contándole sus primeras travesuras al cura de la familia.

A él, a su hombre, lo llegué a conocer casi completamente en el cuarto Manhattan: su manera de caminar como sobre nubes, su distracción, los días festivos en los que se afeitaba una barba terca, sus rabietas, la curvatura exacta de sus manos al resbalar por la espalda de Ángeles, la marea de vellosidades que se mecía en su cuerpo como barcas pequeñitas en el más calmo de los mares. Su hombre.

Nada de eso me importaba. Siempre fui reacia a esos amores enfermizos que atacan a las mujeres, a esas epidemias de cercanías y violencias que se desatan en sus cuerpos como si hubieran sido inoculadas por un virus mortal, uno de esos gérmenes loquísimos que minan la cordura y la paz, ese pedazo de ácido ribonucleico que destruye una figura hermosa para convertirla en un montón de carne macilenta, expectante, solo deseosa del deseo. Eso que es peor que la heroína y nadie se preocupa ya por ello. Pero, a pesar de todo, la estaba escuchando sin señales de fastidio. Además, el licor era realmente delicioso como para irme. Además afuera seguía lloviendo. Ella era muy hermosa, además.

Ángeles me pidió que le encendiera un cigarrillo, pero fue Mauricio, el mesero que había sido su amante, quien se acercó solícito al percibir el gesto. De cualquier manera, me lo agradeció.

—Es lo que yo llamo un hombre bueno —murmuró lentamente, las palabras arrastrándose una tras otra como caracoles sobre la lengua húmeda. Luego, de repente, empezó a llorar; no con aspavientos, no desesperada; simplemente dejó escapar una o dos lágrimas mientras repetía “ese es un hombre bueno”, “ese es un hombre bueno”, como si fuera su mantra. Cuando sus ojos enrojecieron, yo, lejos de sentirme interesada, empecé a molestarme por estar ahí, escuchando tontería tras tontería de una historia un tanto larga, otro tanto amarga. Ángeles usaba el whisky para chantajearme; Ángeles manipulaba ese aire de tristeza antigua, muy guardada, para mantenerme a su lado; Ángeles ponía ese rictus extraño, esa mueca de ironía y de cinismo que acompaña a las criaturas que están muy lejos y son por lo tanto inalcanzables, para desestabilizarme y aumentar mi interés. Mi rabia aumentaba cada vez que me daba cuenta de que no sabía en qué me estaba metiendo. La falta total de certeza me erizaba la piel. Ella, en cambio, parecía manejarse con facilidad en la incertidumbre; la provocaba, la recibía con las manos abiertas como una bendición sagrada.

—Vamos, Ángeles, no es para tanto, mujer —le dije sin pensar mientras le tomaba las manos y su piel suave, casi invisible, me dejaba un escozor extraño bajo las yemas de los dedos. Ella volvió a sonreír; volvió a llamar a Mauricio para pedirle otro vaso de lo mismo.

—Tienes razón, Xian —dijo, sin preocuparse por si ese era o no mi nombre, bautizándome con todo su poderío—. No es para tanto pero a veces, tú sabes, uno se pone tan… tonta. Él ya llegará otro día. Mira, voy a brindar por haberte conocido. Nada ha pasado aquí.

Entonces sonrió con una burla muy oscura, con una burla tremenda. Brindamos muchas veces por nuestro encuentro en el parque y por la lluvia que nos había empujado hacia su bar favorito y por sus medias impecables y por el amor que todo lo crea y todo lo destruye, por el velo mágico con que nos cubre el rostro para soportar el mundo. Vacíos ya, los vasos entrechocaban como accidentes, cristal partido.

—Ese hombre me ama, Xian, me ama tanto —nunca supe a quién se refería, pero Ángeles, sin duda alguna, se burlaba de sí misma. Inventaba un sarcasmo muy parecido a la tristeza que no era tristeza sino lástima. Así y todo, volvió a llamar a Mauricio, pero esta vez le dio dinero suficiente para comprar una botella entera. Luego, otra vez en el acto, salimos con ella escondida bajo la chamarra.

Había poca gente en la calle y miles de lunas eléctricas emergiendo, amarillas, en cada charco. Alcanzamos a oír el sonido de nuestros pasos solos; se oían, de verdad, tan solos. Salpiqué varias veces las medias inmaculadas de Ángeles con agua sucia. Ya estábamos ebrias cuando decidimos abrazarnos para poder continuar de pie.

—¿Te acuerdas de aquella canción sobre un hotel para corazones rotos? —le contesté que sí con un movimiento de cabeza.

—Pues lo vas a conocer ahora. Vas a entrar al lugar donde los corazones se quedan solos y se quiebran y se esparcen como la arena. ¿Has visto su sangre? —se interrumpió, buscando otra imagen—. Es como cuando se quiebra una ventana, los cristales te desgarran los pies descalzos, pero estás muy contenta de no tener que abrirla para ir hacia fuera, ¿me entiendes?

La dejé hablar mientras nos aproximábamos a un edificio de cantera con ventanas largas y balcones de hierro. Cuando empujamos la puerta de madera y cruzamos el pasillo estrecho, apenas alumbrado por la luz turbia de un par de lámparas color marrón, comprendí que nos estábamos adentrando en otro siglo. Ángeles actuaba, sin embargo, como una libertina del nuestro. Pidió un cuarto con la voz firme y, sin discreción, sacó la botella y la colocó sobre el mostrador. El encargado nos miró con asombro, con zozobra y aunque dudó al entregarnos la llave, no tuvo tiempo de reaccionar. Ángeles se la arrebató con un manotazo diestro. Ya en el cuarto de paredes salitrosas y muebles desvencijados, Ángeles estuvo mucho rato, casi la mitad del whisky contándome detalles y más detalles acerca de él: su poderosa lógica, sus piernas ágiles, las más ágiles del mundo, se corregía ella misma, sus libros, sus ojos de oso ermitaño y asustadizo, lo blanquísimo de sus dientes. Al oírla, uno podía concebir qué era eso de agarrarse a otro, de sostenerse en otro totalmente. Cada vez que Ángeles volvía con sus recuerdos sobre él, su hombre, yo me apuraba a tomar otro trago de licor porque no podía soportar a una mujer sufriendo de aquel modo. No supe si la náusea se debió a su repetitivo rondar de fantasmas o al exceso de alcohol, lo cierto fue que me incorporé de la cama y fui a vomitar al baño. Todo salió así desde el poco alimento que traía en el estómago hasta los muchos piquetes de dolor que me dejaban las palabras de Ángeles sobre la piel. Ya vacía, me dirigí al lavabo para enjuagarme la boca y me di las buenas noches frente al espejo. Vamos, chica, tienes que salir de todo esto, esa mujer está loca, Xian, salte de aquí, tú solo eres humana, Xian. Al acordarme de mi nuevo nombre me sonreí, decidí que me gustaba ser una desconocida que se habla a solas frente a un espejo en el que tantos otros desconocidos seguramente se habían hablado. Sin identidad, regresé hacia el lugar que ocupaba Ángeles. Temía por ella.

—No estás acostumbrada, ¿verdad? Vamos, Xian, no es para tanto, mujer —repetía mis palabras y no pude dejar de reconocer una nueva burla, ese sarcasmo con lo que se tatúa a lo que nunca se acercará lo suficiente—. Ya sé que te aburro, pero ya todo pasó. Me voy a portar bien contigo, ¿me crees?

Me recosté a su lado pensando que Ángeles tenía la maldita costumbre de terminar cada una de sus frases con una pregunta para la que yo nunca encontraba la respuesta. ¿Le creía en realidad? Ella me abrazó y, recargada completamente en ella, me sentí protegida del aire seco que pudiera entrar por las ventanas rotas. Me sentí protegida de los muchos días y más años que llevaba dentro de mí misma. Me sentí protegida del frío, del calor. Me sentí.

—El amor es esto, Xian, inventar mentiras y creértelas a fondo —abrí los ojos y observé su nariz. Era eso. Por supuesto que era eso. La Pinocchia. No había duda.

Ángeles me despertó antes del amanecer. Se estaba desnudando en el más escandaloso de los silencios. Ya había colocado su falda de flores en el respaldo de la silla y se desenrollaba con delicadeza las medias de seda que había robado en un almacén. Esperé a que se quitara el corpiño, esperé a que se tejiera los rizos en una delgada trenza, esperé todo el tiempo porque necesitaba su regazo para poder dormir. Ya desnuda se tendió a mi lado. Su cuerpo blanco entre las sábanas blancas era la síntesis de algo hermoso, algo único, algo terriblemente bello porque está abandonado y al alcance de la mano y es intocable. Nadie puede tocar a una mujer loca que sufre y se burla y se desnuda. Dormimos abrazadas hasta que el sol llenó de bochorno el cuarto y nuestros cuerpos de sudor. Tuvimos que levantarnos.

Seguramente ambas estábamos demacradas, pero en el rostro de ella había una suerte de violencia honda, contenida, que me llenó de espanto. Era el rostro del animal salvaje que está en cautiverio en un zoológico cuando ve a la madre que se aproxima con el niño en brazos para enseñarle la superioridad de su especie. ¿Ya viste qué bonita está la pantera? Los labios de Ángeles se contraían en un temblor finísimo muy parecido a la ira y a la burla juntas. Toda ella apareció en la mañana como un nudo débil, lleno de espasmos, a punto de abrirse.

No comimos nada. Nos fuimos directamente al parque adonde nos habíamos conocido y, ahí, nos tiramos sobre el pasto. Observamos las palomas que se detenían sobre las estatuas. Vimos correr niños y madres detrás de los niños. Vimos el sol y nos hirió las pupilas. Ángeles se rasgó las medias al intentar acercarse hacia mí. Volví a dormir otro rato, otra vez recargada en ella. Ángeles, en cambio, no dormía, parecía no necesitar ya más el sueño; parecía que ella era el sueño con los ojos abiertos. Despierta, Ángeles parecía necesitar solo alcohol y a su hombre para mantenerse viva. Seguramente era una idiota o una loca, o ambas cosas, y yo estaba con ella.

Yo había hablado poco, es cierto. También era cierto que no tenía nada que decir. Tal vez fue esa la razón para susurrarle en el más imbécil de los tonos quedos: todo es estúpido, Ángeles, tan estúpido que no vale la pena. Ángeles se incorporó, fue a tirar la botella vacía en un bote de basura y ya no se volvió a sentar junto a mí.

—Sí, Xian, pero yo lo voy a burlar todo. Yo me voy a reír de todo —me gritó desde lejos mientras sonreía y agitaba una mano en el aire.

Todavía recostada, ahora sobre un pedazo de tronco húmedo por la lluvia del día anterior alcancé a ver su fantasma veloz. Esperaba que de un momento a otro saliera volando sostenida por un par de alas enormes y blancas: entonces supe que habíamos hablado de la muerte.

Después vi cómo saludaba a un individuo, cómo lo besaba, cómo se iban abrazados rumbo al bar. Eran las seis de la tarde y él era, sin lugar a dudas, su hombre.

Hay traiciones en tiempos de guerra…

Antes de empujar la puerta de la entrada, todavía con la llave dentro de la cerradura, Marina se detuvo como si alguien le hubiera colocado la mano sobre el hombro derecho. Suavemente. Viró la cabeza y, una vez que comprobó que seguía sola, concentró la mirada sobre la mano que temblaba un poco al darle la última vuelta a la llave. Su casa olía a nardos. Las baldosas que cubrían los pisos tenían la aspiración de ser tierra una vez más. Los techos cóncavos la obligaron a pensar en una iglesia o en un castillo de plástico. Tal como lo esperaba, no había nadie dentro. Las paredes en blanco, ese color. Al cruzar el rellano de la entrada, sus pasos no provocaron ruido alguno, ningún eco. Un fantasma. ¿Es esto una súplica? Sin meditarlo, sin decisión de por medio, se dirigió hacia el pequeño invernadero que se encontraba en el patio trasero de la casa. Dentro del bochorno húmedo del lugar, las orquídeas de colores blancos, amarillos y púrpura le dirigieron miradas sesgadas, interrogantes para las que no tenía respuestas. Una hilera de hormigas. Una hilera de hojas secas. Las corolas. ¿Así se hace la clemencia? Se sentó sobre el entarimado de madera donde descansaban las macetas. En esa posición, sentada entre flores, con los pies sin alcanzar el suelo, se sintió como alguien con un cuerpo más pequeño. Una niña movía las pantorrillas hacia atrás y hacia adelante mientras disfrutaba una paleta de frambuesa. El sabor le recordó una edad que no tuvo. Y la añoró como si la hubiera tenido. La lengua roja. Luego, todavía dentro de la evocación de la frambuesa, observó su casa a través de los cristales. Un castillo. Una vida dentro de un castillo de cristal. Un hacha. Una lechuza.

traiciones que son cosa de niños comparadas con las traiciones humanas en tiempos de paz

No debió haber caminado tan rápido, pero lo hizo de cualquier manera. La urgencia, otra vez. La opresión justo en el centro del pecho. Esto que tiembla bajo la palma de una mano es mi plexo. Se dirigió a la cocina y, una vez ahí, se dio la vuelta en redondo y salió con rumbo hacia la sala.

Luego giró una vez más sin dirección y se introdujo, casi al azar, en un cuarto lleno de libros. Abrió los cajones del escritorio con la mano sana y, después de revolver algunos papeles, se dirigió a los cajones del archivero. Le tomó apenas unos minutos encontrar el libro que buscaba. La guerra no importa. Lo observó con desdén y, luego, lo hojeó al descuido. Un abanico frente a su rostro. Un objeto perdido. ¿Un hacha? Con él bajo el brazo derecho regresó a la sala. El silencio, una vez más, la hizo sentir bien. Logró abrir la puerta de la cantina con alguna dificultad. ¿Una lechuza? De entre todas las botellas, eligió una de whisky y le quitó el corcho con ayuda de los dientes. Después de un trago, se hundió en el sillón cuyo color rojo quemado siempre la hacía evocar un día de mucho sol en un bosque tupido de oyameles, pinos, cedros. ¿Una boa? Con el segundo trago de whisky dentro de la boca buscó la agenda entre los objetos de su bolsa. Lo hizo torpemente, con la dificultad que le provocaba el brazo enyesado, el arrojo de último minuto. Se decidió a marcar el número de su compañía de seguros. Quería confirmar que todo estaba en orden. Quería tener la certeza de que su caso estaba siendo tratado con seriedad y eficacia. Quería hablar con alguien que no la conociera. Quería que le dieran el nombre y la dirección del hombre que se había llevado la peor parte. Lo necesitaba. Lo deseaba. Por favor.

—Rodrigo Salas —le informaron después de pausas dubitativas y chasquidos de lengua. Un poco después, le dieron su dirección—. ¿También quiere su número de teléfono?

—No —contestó, cortante—. Eso no —cuando colgó, se le quedó viendo al auricular como si se tratara de un arma mortal. Una interrogación. Muchos pedazos de vidrios rotos.

Con el tercer trago de whisky se tiró una vez más sobre el sillón y, sin notarlo, repitió el nombre. Lo deletreó. Rodrigo. Ogirdor. Girodor. Dorgiro. Irogrod. Lo recordó con un ramo de nubes en las manos.

¿Te has sentido alguna vez como las flores?

Lo recordó tocando billetes de colores desteñidos con incomprensión dentro de la mirada. Lástima. Misericordia. Pero sobre todo incomprensión. Lo recordó pronunciando el nombre de Cristóbal Saldívar. Y luego, cuando se dio cuenta de que, en efecto, respiraba, de que todo era real, lo recordó a un lado de su tumba. Rodrigo estaba ahí, cerca de la lápida de Julia O Bradaigh.

Con el cuarto trago de whisky, Marina ya no supo a ciencia cierta dónde se encontraba. La lechuza que vuela. La boa. Estaba exhausta. Dentro de su cabeza, algo, el tiempo. Algo detenido como el tiempo a las 6:10 de la tarde. Algo que se llamaba Xian.