I

Lo mismo

Que habían vivido ahí, me dijeron. Que ésa era la casa. Y la señalaban con una especie de timidez que bien podía confundirse con el respeto o con el terror. Sus dedos apenas lograban asomarse por las bocamangas de unos abrigos pesados y negros. El olor a carbón bajo sus brazos. Las uñas sucias. Esos labios tan resecos. Sus pupilas, que se movían con discreción hacia el objeto señalado, no tardaban en regresar a su punto de partida: la mirada frontal. ¿Qué buscaba ahí en realidad? Eso era lo que me preguntaban sin atreverse a preguntar. Y yo, que tampoco lo sabía con exactitud, acoplaba mis pasos a los suyos. Y los seguía de regreso a la comarca entre la nieve.

No era una casa, eso habría que decirlo desde ahora. Yo hubiera descrito lo que vi esa mañana de inicios de otoño como una cabaña, tal vez menos. Una casucha. Era, en todo caso, una estructura habitacional hecha de tablas de madera y pedazos de cartón y abundantes ramas secas. Tenía un techo, en efecto, de dos aguas; y un par de ventanas que, a falta de vidrio, recubrían con un plástico grueso y transparente. Tenía el aire de ser un último refugio. Daba la impresión de que, más allá, sólo quedaban la intemperie y la ley de la intemperie y el cielo, muy azul, tan alto, sobre la intemperie.

Recuerdo el frío. Recuerdo el frío sobre todo. Recuerdo las mandíbulas apretadas. Los puños dentro de los bolsillos.

Habían llegado ahí, según mis datos, a inicios del invierno. Lo había colegido así porque la última comunicación que emitieron había salido de una oficina de telégrafos de un poblado fronterizo que quedaba a unos doscientos kilómetros de distancia. El telegrama, dirigido al hombre que me había encargado la investigación, afirmaba escueta pero sólo indirectamente que no pensaban regresar jamás: «CUANDO DECIMOS ADIÓS, ¿QUÉ ES LO QUE SALUDAMOS EN REALIDAD?».

Tomé el caso porque siempre he sentido una debilidad achacosa por formas de escritura que ya están en desuso: el radiograma, la taquigrafía, los telegramas. Fue cosa de tocar el papel amarillento y empezar a soñar. Las yemas de los dedos sobre las arrugas de la hoja. El olor a viejo. Algo guardado. ¿A quién se le hubiera ocurrido hacer algo así? A esos dos, por supuesto. De entre todos, sólo a ellos dos. ¿Desde qué lugar tan lejano en el espacio, tan lejano en el tiempo, había partido este puñado de mayúsculas? Y, sobre todo, ¿qué habían saludado en realidad? ¿Qué cosa o cosas habían aceptado en sus vidas? Quise saber eso desde el inicio. Quise entender.

El hombre me había citado en un café del centro, a las cuatro de la tarde. Lo había conocido apenas unas noches antes, frente a las imágenes de un bosque o de muchos bosques. Óleos. Radiografías. Instalaciones.

—¿Le gustan? —me había preguntado con un acento que no pude identificar de inmediato.

Le dije la verdad. Le dije que sí.

—¿Le intrigan los bosques? —preguntó otra vez, recargando una mano sobre la pared que también sostenía mi espalda. La parte posterior de mi cuello.

Me volví a ver el cuadro de la derecha: óleo sobre madera, alambre, resina. Un bosque dentro de un bosque. Algo primordial.

—Me intrigan, sí —dije después de pensarlo un buen rato.

—No me parece que sea usted de las personas que se pierden dentro de un bosque —dijo mientras me tomaba del codo y, con una destreza que parecía simple elegancia, me llevó desde el interior de la galería hacia la terraza.

—Tiene razón —le dije—. Y tampoco me gusta que me lleven del codo —añadí.

Se rio, por supuesto. Los dientes blancos. La manzana de Adán, que temblaba. El asomo de barba.

—También tiene cara de eso, sí —dijo cuando regresó con dos copas alargadas.

Recuerdo el brindis, el primero. Recuerdo la manera en que tuve que reírme de la cara que no veía, que era la mía, pero que imaginaba con toda claridad. El gesto de suspicacia mezclado con el establecimiento tácito de la distancia. El ceño fruncido. La barbilla alzada. Recuerdo haber dicho: «Por el bosque o los bosques». El entrechocar de algo.

—Pero debe saber lo que es el mal de la taiga, ¿verdad? —dijo cuando por fin dejó de reír, luego de darle un largo trago al líquido que burbujeaba dentro de la copa—. Al parecer —continuó en voz muy baja—, ciertos habitantes de la taiga llegan a tener ataques de ansiedad terribles y emprenden viajes suicidas para salir de ahí —aunque guardó silencio me pareció que quería continuar—. Cosa imposible por estar rodeados de lo mismo en algo así como cinco mil kilómetros a la redonda —concluyó, suspirando.

Recuerdo el lobo. Vi, en efecto, un lobo enorme y gris sobre la nieve. Vi sus fauces, abiertas; sus ojos, sus garras. Vi el hilo rojo que partía de su huella y se deslizaba luego entre la nieve hasta enredarse en el tronco del abeto. Vi el abeto, majestuoso. Trepaba entonces, el hilo rojo, por sus ramas combas, por sus perennes hojas aciculares hasta alcanzar, en lo alto, las ramas verdes de otra conífera. Fue por eso que observé el cielo: gris también, repleto de gruesas nubes abigarradas. ¿Cuál gris? El gris de diez minutos antes de la tormenta, naturalmente. No oía, no podía escuchar nada, pero vi cómo el lobo se preparaba para saltar sobre algo. Vi cómo la saliva, sus dientes, sus labios.

—Lo mismo —repetí tratando de retomar el hilo.

—Lo mismo —dijo él, percatándose del esfuerzo—. Si no los placaran como en el rugby se perderían para siempre en la inmensidad.

—Lo mismo —repetí—. Ver, a veces, es sólo constatar un hecho.

Es difícil saber a ciencia cierta cuándo empieza un caso, en qué momento uno acepta una investigación. Supongo que, aunque el intercambio de datos y la negociación del contrato ocurrieron unos días después, una tarde de verano, en el café del centro de un lugar costero, el caso de los locos de la taiga dio inicio ahí, en la terraza de una galería a la que un hombre con el asomo de una barba rubia y rala me había llevado del codo sin mi consentimiento.

El mal de la taiga

II

Contrato

Que le habían hablado de mi trabajo, eso dijo. Que lo había sabido desde antes, dijo, desde antes de tomarme del codo para atravesar la galería y llevarme hacia la terraza. ¿Me había fijado en lo oscuro que había estado el cielo esa noche? Que el artista que pintaba/instalaba/esculpía/fotocopiaba bosques le había dicho que yo era, en efecto, una detective.

Mientras tanto tomaba café y veía su entorno. Mientras tanto bajaba la mirada y colocaba pequeños cubos de azúcar dentro del líquido negro. Una cuchara. Los círculos. Estar nervioso puede ser a veces así.

—Hace tiempo que no practico —dije. Aunque en realidad hubiera querido decirle: «¿Pero es que no sabe usted de mis tantos fracasos?».

El caso de la mujer que desapareció detrás de un remolino.

El caso de los hombres castrados.

El caso de la mujer que dio su mano, literalmente. Sin saberlo.

El caso del hombre que vivió por años dentro de una ballena.

El caso de la mujer que perdió un anillo de jade.

—Mejor así —dijo, como si me hubiera escuchado decir algo más. Luego, sin transición de por medio, colocó un portafolio de piel sobre la mesa y, con unos dedos nerviosos y largos, se dio a la tarea de abrir el candado.

Ese fue el momento en que vi el telegrama, el último de sus mensajes en papel. Ahí estaba, a la cabeza de una colección de documentos pulcramente ordenados: cartas, mapas, boletos, transcripciones, copias, sobres. Todo existe, a veces, por primera vez.

—No he dicho que sí —dije mientras tocaba el papel—. Hace mucho tiempo que no hago esto —insistí.

Recuerdo el viento tan cálido. La manera en que las cortinas de un lino muy blanco anunciaban la presencia cercana del mar. Recuerdo, sobre todo, la sal. Al abrir las ventanas de par en par, recuerdo que la sal nos hizo saber quiénes éramos. O cómo.

—Perdí a una mujer —susurró—. Se fue con otro —añadió, como si él mismo viniera de muy lejos o sólo con dificultad recordara el idioma—. Se fueron los dos, quiero decir —el esfuerzo para enunciarlo no sólo era emocional sino también físico: cada palabra un puño emergiendo, atroz, desde el interior de su boca; cada palabra, en efecto, un golpe—. Mucho me temo que son los locos de la taiga que mencionaba entonces —recalcó luego con un sonrisa que quería ser de escarnio, o peor: de autoescarnio—. Se acordará de que le conté eso.

Recuerdo, sobre todo, la vergüenza. La definición: (Del lat. verecundĭa). 1. f. Turbación del ánimo, que suele encender el color del rostro, ocasionada por alguna falta cometida, o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena. Recuerdo lo que vi en sus ojos.

—¿Su esposa? —quise saber mientras tocaba los documentos sin atreverme a leerlos.

—Mi esposa, en efecto —contestó—. Mi segunda esposa. La primera murió en un accidente, hace años —dijo antes de que tuviera tiempo para preguntarlo.

Me volví a verlo directamente, intrigada. Cambié el café por una copa de vino. Pedí pan de centeno, aceite de oliva, vinagre balsámico. Pedí agua.

—Soy más viejo de lo que parezco —aseguró.

—¿Qué tanto?

—Más de lo que se imagina —dijo.

Siempre me sorprendió que utilizara el usted para dirigirse a mí, pero el anacronismo no dejaba de tener su encanto. De hecho, lo había adoptado enseguida yo misma en mi trato con él.

—A veces hay que dejar ir a las esposas —mencioné—. Sobre todo a las segundas esposas.

—Si ella quisiera eso —me atajó—, ¿estaría escribiendo mensajes desde todos los lugares que deja atrás?

En la fotografía que sostenía frente a mis ojos la mujer daba la apariencia de ser alegre. La sonrisa era, en todo caso, enorme. Contagiosa. Algo viral. En realidad se trataba de una serie de imágenes. El fotógrafo había capturado segundo a segundo la manera en que la mujer daba vueltas sobre su propio eje. El vestido rojo, abierto. La sonrisa otra vez. Y atrás, atrás de todo eso, el bosque.

—¿Y es ella Hansel o Gretel? —pregunté con verdadera curiosidad, sin despegar los ojos de las imágenes.

—Supongo que Gretel —dijo el hombre, titubeando, tomado por sorpresa.

—Tal vez es el leñador o la bruja o la mujer que quiere deshacerse de los niños para tener qué comer —murmuré más para mí que para el hombre que empezaba a sonreír, estupefacto.

—Éste no es un cuento de hadas, detective —interrumpió otra vez—. Ésta es una historia de amor.

—De desamor —lo corregí a mi vez.

El mal de la taiga

III

Ir por nada

Recuerdo lo que quise decirle desde esa primera vez en aquel café lleno de gente hasta cuyas ventanas llegaba la sal del mar, esa sustancia pegajosa e ineludible que, una vez sobre la piel o sobre la lengua, nos recuerda lo que somos. O cómo. En lugar de tomar el dinero de su mano y de asentir con la cabeza, recuerdo que quería decirle que, al final, siempre se devela que nadie sabe a ciencia cierta por qué se va.

Pero tomé el dinero y tomé el portafolio lleno de documentos y dije que sí. Me haría cargo del caso de los locos de la taiga. Resolvería su acertijo. Le diría, a final de cuentas, muchos días después, con el cabello ya muy crecido, que nadie sabe nunca por qué. Que el desamor aparece igual que el amor, un buen día. Pero creo que tomé el dinero y el portafolio lleno de documentos y dije que sí porque quería regresar a decirle que, igual, que justo como el amor, el desamor un buen día se va. También.

Uno va por nada si va tan lejos, eso decía alguien en alguna canción muy vieja. Recuerdo que recordé o habría recordado.