“El cine mexicano es rencor con palomitas”, decía Luis Jorge Rojo.
En sus exaltadas clases mencionaba la tesis de Hannah Arendt sobre la banalidad del mal, el perjuicio que se ejerce como un trámite y convierte la mediocridad y el conformismo en las peores formas del daño.
Rojo era el mejor crítico de cine en un país donde el momento culminante de un oficio implicaba renunciar a él. Aún publicaba reseñas, la mayoría de corte negativo, obsesionado en demostrar que el objeto de su pasión ya no valía la pena. Estudiar con él era una forma de la paradoja: Rojo hablaba con tal fervor de la imposibilidad de hacer gran cine que daban ganas de realizarlo.
Sólo una vez Diego González vio alterado a su maestro: la tarde en que la Cineteca ardió en llamas. A partir de entonces hablaron de lo que se pierde con el fuego, pero nunca mencionaron una escena peculiar que vieron ese día. Abandonaban el lugar de los hechos cuando se toparon con un grupo de bomberos que había desplegado objetos en la banqueta, cosas recuperadas entre las llamas. Salvo el capitán, que llevaba un casco dorado, los apagafuegos eran de la edad de Diego, jóvenes de veintitantos años con las mejillas enrojecidas y marcas de tizne en las manos, los dedos sucios por los objetos que habían tocado después de quitarse los guantes.
Sobre la acera, Diego vio cosas dispersas: un pequeño trofeo de asas orejonas, una máquina de escribir Lettera 22, cuatro o cinco cuadernos, un silbato, un yo-yo de madera, un chaleco que tal vez había sido un suéter, cepillos para el pelo, un zapato, papeles increíblemente intactos. ¿De qué servía rescatar esos restos?
Se preguntó si habría una banalidad del bien. Al hablar de El paraíso perdido, Rojo había dicho que Milton era mucho más elocuente al referirse al Diablo que a los ángeles: “La bondad no tiene historia”, agregó para explicar que los grandes guiones requerían de encrucijadas conflictivas.
Los bomberos habían arriesgado su vida para salvar cosas ínfimas. ¿Qué valor tenía un zapato arrebatado al fuego? Diego no pudo hablar de eso. El mal exigía ser dicho, denunciado; el bien sólo podía ser interpretado.
ANTES
1
24 de marzo de 1982
El día del incendio conoció a una mujer que se maquillaba con cerillos. Diego tenía clase vespertina en el CUEC, que nadie llamó nunca Centro Universitario de Estudios Cinematográficos. Antes de entrar al pequeño edificio en la colonia del Valle se detuvo en un puesto callejero que ofrecía un asombroso surtido de golosinas en tres pequeñas cajas de madera color naranja. No había comido y tranquilizó el hambre y la sed con unos cacahuates japoneses y un refresco.
Tal vez la mujer lo había atendido en otra ocasión, pero sólo entonces reparó en ella: sostenía un espejito circular y se frotaba el rostro con un cerillo largo, de los que se usan en las cocinas; al pulverizarse, el fósforo rojo le dejaba una capa de carmín en las mejillas.
—¿Tienes cambio, papá? —la mujer desvió la vista hacia Diego.
—Sí.
Ella tomó otro cerillo y repitió la operación en su labio inferior.
—Déjalo ahí —señaló con la mirada una lata de leche en polvo Nido que contenía monedas y billetes.
Veinte o treinta años atrás, la mujer debía de haber sido hermosa. Diego la vio hasta que ella dijo:
—Con lo que me diste no alcanza para lipstick, pero me puedes contratar para una película. Todos los días hago casting en esta esquina —sonrió y tuvo diez años menos.
Diego cruzó el umbral de la escuela de cine con esa imagen de paupérrima coquetería en la cabeza. ¿Podría aprovecharla? En esos días todo le parecía material filmable. Un rostro, una flor marchita encontrada en un libro, un suéter en el pasto, un diminuto envase de perfume olvidado en un cajón, un perro bajo la lluvia, un pasillo subterráneo donde palpitaba un tubo de neón, todas las cosas pertenecían a un alfabeto disperso que él debía conjugar. El mundo pedía ser salvado por sus ojos.
Al entrar a la carrera comenzó a tomar tres tazas de café negro en la mañana. A veces esto le producía una enjundia estéril y a veces un estado de alerta que le permitía pensar que incluso la colonia del Valle, plagada de mediocres edificios de clase media con ínfulas de modernidad, podía ser un escenario de cine noir tan sugerente como París bajo las nubes.
Si pudiera dialogar con el que fue a los veintidós años le diría a la cara: “Tener cafeína en el cuerpo no es tener talento”. Su capacidad de absorción era tan indiscriminada que le impedía descartar alternativas para concentrarse en la mínima porción del universo en la que debía intervenir: una película.
Descubriría esto años después, cuando recordara con nostalgia una época fantástica en la que no sabía cómo acomodar sus ganas de hacer cine.
La mañana comenzó con la escena de la mujer que se maquillaba con cerillos en una esquina de la colonia del Valle. A la entrada del CUEC coincidió con Jonás, que llevaba una camiseta de Jim Morrison y un LP bajo el brazo. Tener algo bajo la axila era para Jonás una forma de mantener el equilibrio. Si perdía el LP o el libro, podía venirse abajo.
Diego no le preguntó por el disco. Estaba harto de que su amigo le demostrara que no sabía nada de música. Sin embargo, la portada con un dirigible en llamas se le grabó como otro de los presagios de ese día.
Al repasar la escena desde 2014 agregaba detalles anacrónicos. Nadie hubiera podido prever entonces que la humanidad se convertiría en una especie con un teléfono celular en el bolsillo. Había sido extraño y agradable vivir en estado de desconexión. Extrañaba la época en que estar sin cobertura no era estar en el infierno; sin embargo, ahora imaginaba las llamadas que podría haber recibido. Por ejemplo, Susana hablaba para decirle: “Te quiero, cachorro”. ¿Hubiera añadido un emoticón? Quizá un perro con la lengua de fuera.
Las dos circunstancias esenciales de ese tiempo: se creía capaz de filmar y Susana le decía “cachorro”.
Le costaba trabajo saber qué tanto la quería, pero su vida hubiera sido un desierto sin su cariño cómplice, el contacto con sus dedos delgados, su habilidad para repetir aquella palabra idiota que no se desgastaba. A la distancia, el recuerdo valía la pena por Susana.
Jonás tenía el rostro de quien ya no necesita drogas ni estímulos porque ha cruzado un umbral donde se vive de milagro. Sus facciones “usadas” eran un certificado de experiencia.
—¿Viste a Tovarich? —preguntó.
Rigoberto, alias Rigo, alias Rigo Tovar, alias Tovarich, era el tercero en un grupo definido por complementarios egos en formación. Diego se consideraba director; Jonás, sonidista, y Rigo, camarógrafo, funciones que aún no llegaban a ejercer y de las que alardeaban sin que eso implicara competencia.
Los apodos de Rigoberto venían del deseo contradictorio de agraviarlo y elogiarlo. El cantante tamaulipeco Rigo Tovar se estaba quedando ciego (asociar su nombre con alguien que dependía de la mirada y odiaba las cumbias era un una burla), pero decirle Tovarich era un elogio (Rigo aspiraba a cazar auroras con la cámara, pero ninguna le parecía superior a la del socialismo que repartiría el pan, los libros, la vida verdadera).
En el caso de Jonás, ni siquiera se podía decir que le interesara el cine. Tocaba el teclado eléctrico y podía instalar cables y amplificadores con la concentrada calma de quien acepta tareas necesarias y desagradables. Su compañía era invaluable en cualquier actividad que implicara una fatiga. Cargaba todas las bolsas de hielo y las cajas de cervezas y refrescos para una fiesta sin protestar en lo más mínimo. El hecho de que fuera sumamente delgado daba a esa disposición una cualidad moral. No ayudaba porque le gustara o porque le pareciera fácil, sino porque entendía la virtud elemental del esfuerzo; estar con los otros implicaba joderse sin ponerlo de relieve. Si alguna vez filmaban en la selva, sacaría un machete para abrirles el camino.
Mientras perfeccionaba su erudición como melómano, Jonás pasó por varios grupos de rock y salsa hasta que una cantante lo redujo al silencio, una chica del temple de Janis Joplin y Grace Slick que no dirigía la destrucción contra sí misma sino contra sus favoritos y elegía a sus presas con amoroso sentido del acabamiento. Al menos eso declaraba Jonás, que se asumió como un acólito a su servicio (con el advenimiento del punk, llegó a usar un collar de perro para confirmarlo). El sufrido atractivo de su rostro ayudó a que la chica lo aceptara y le diera motivos para justificarlo. Él la amó con devoción suicida. Cuando ella lo abandonó, Jonás cayó en el vacío superintenso de quienes descubren que el corazón sólo existe al destrozarse. Ignoraba que ella le salvaba la vida al hacerlo a un lado: ya no tendría que comer croquetas para perro. Sin embargo, sólo vio la parte negativa del abandono. Vendió su órgano Yamaha a precio de trompeta y no quiso saber más de la música. Temía encontrar en ese ambiente a su diosa destructiva. La ciudad era un laberinto con millones de habitantes, pero sólo había tres o cuatro tugurios donde se cultivaba el alto volumen. Afuera de cada uno de ellos, un carrito ofrecía hot-dogs hasta las cinco de la mañana. Si seguía tocando, más temprano que tarde coincidiría con ella en un puesto de salchichas y vería la salsa cátsup como un anticipo de la sangre: lo que deseaba hacer era matarse ante su amada, no para que ella se sintiera culpable, algo del todo imposible, sino para demostrarle su amor. Sus últimas energías de adolescente y sus primeras como joven adulto se le iban en concebir esa catástrofe. Inmolarse le parecía la forma definitiva de quererla. Había visto demasiadas portadas de rock con gente en llamas o musas cadavéricas para suponer que la destrucción era una variante del amor y la belleza.
Para no coincidir con ella, es decir, para no matarse, abandonó el teclado eléctrico. Por ese entonces, un psiquiatra del Seguro Social le dijo que en el cine había espacio para el sonido (en la situación en que se hallaba, no pensó en líricas pistas sonoras sino en explosiones), y se inscribió en el CUEC.
No era fácil aprobar el examen de ingreso, pero Jonás disponía de un fuerte tesón para dedicarse a las cosas incómodas. Diego lo consideró un aliado perfecto, alguien con quien compartir filmaciones bajo la lluvia, los pies hundidos en el lodo, sin que se quejara nunca de nada. Además, lo que al principio le parecieron traumas lúgubres (demasiados cigarros de mariguana dedicados a elogiar a su destructivo amor perdido), poco a poco se reveló como un interesante legado cultural. Jonás conocía cuentos góticos, historias de vampiros, sagas zombis, letras de rock que aludían al ocultista Aleister Crowley. Todo eso provenía de su romance con la chica, que había sido algo más que un trance masoquista: una auténtica educación. Cuando Jonás pudo verlo de ese modo, también cultivó un significativo humor negro.
Rigoberto Tovar o Tovarich era un caso distinto. Había rebasado los veinte años sin perder la virginidad. Hablaba del tema con tal seriedad que resultaba imposible asociarlo con la inocencia. El sexo se había convertido para él en un dogma de honestidad. Se acostumbraron a verlo con la fascinada extrañeza con que veían las fotos de los bonzos que se prendían fuego para protestar contra la guerra y dejaban que las llamas se hicieran cargo de su túnica naranja sin proferir el menor lamento. Rigo era un inimitable mártir del deseo.
Los amigos irreductibles integraban una peculiar variante del triángulo amoroso, no por las pasiones que circulaban entre ellos, sino por las tres formas en que lidiaban con su libido: Jonás buscaba reponerse de haber amado en exceso, Rigo quería debutar en el amor y Diego era amado sin saber si amaba.
Como siempre, Tovarich llegó retrasado a la clase de Luis Jorge Rojo, el carismático profeta que había decidido que El ciudadano Kane no marcaba el inicio de una era, sino el glorioso fin de todas las precedentes: ya nada tendría esa calidad. Detestaba el cine contemporáneo y no le auguraba grandes éxitos a quienes lo oían en clase. La pasión con que elogiaba a John Ford (lo declaraba “fabulossso”, con la triple “ese” del entusiasmo), contrastaba con sus vitriólicas tiradas contra “Spielberg y los otros” (de manera emblemática, elegía al “chico maravilla” de la industria para representar al cine contemporáneo en su conjunto y sugerir que incluso los cineastas de bajo presupuesto compartían su sensiblería). Antes de iniciar la clase, colocaba un tubo de salvavidas Charms sobre el escritorio y dos o tres libros que nada tenían que ver con el tema y servían para reiterar una de sus máximas: “El que sólo sabe de cine, ni siquiera sabe de cine”.
Luis Jorge Rojo tendría entonces cuarenta años, pero a ellos les parecía viejísimo por su anticuada barba de candado y su actitud de rencoroso archivista de las imágenes. Curiosamente, veía estrenos para no privarse del placer de criticarlos. En las páginas culturales de un periódico izquierdista publicaba la columna Horrores fílmicos. Diego lo admiraba con pavor.
Un sábado por la noche le sorprendió encontrarlo en una fiesta del salón. Le atribuía una vida solitaria en una ruinosa vecindad del Centro, sin más compañía que un silencioso periquito australiano.
Otra de las máximas del severo Luis Jorge era: “El blanco y negro reinventa la realidad; el technicolor la imita”. Para rendirle tributo, Diego imaginaba la soledad del maestro en dos colores. Sin embargo, en la fiesta, Rojo demostró que en modo alguno era un misántropo. Para poner a prueba sus conocimientos fílmicos propuso que jugaran “Adivínalo con mímica”. Le tocó interpretar un título casi imposible, Charada, pero lo hizo con tal destreza que su equipo dedujo la palabra (y eso que ninguno había visto la película). Luego se reveló como espléndido bailarín de salsa y rock and roll —pasiones contradictorias que rara vez se combinaban— y contó que había sido extra en la última escena de Simón del desierto, de Luis Buñuel, cuando Silvia Pinal se somete a la llamada final del averno: una discoteca donde se baila rock frenético. Asediado por la curiosidad de sus alumnos, contó que otro de los bailarines había sido el joven pintor Arnaldo Coen, con el que Buñuel sostuvo un misterioso conciliábulo:
—Don Luis le pidió a Arnaldo que convenciera a una actriz de desnudarse. La chica lo oyó, muy sorprendida. Después de muchos ruegos, aceptó la propuesta. Cuando se quitó la ropa, mostró un cuerpo que ya estaba maquillado para la toma.
Explicó que Buñuel no había querido filmar esta repentina rendición, sino el esfuerzo del pintor para conseguirla. La censura o la autocrítica suprimieron aquel desnudo del que sólo quedaba la narración de los testigos.
—Nadie manipulaba como Luis —aseguró Rojo, capaz de mencionar a un inmortal por nombre de pila.
El cine había terminado con Orson Welles, pero a veces volvía a dar obras maestras. Al centro de ese restringido panteón, Rojo colocaba a Buñuel.
A partir de aquella fiesta, el profesor ganó el prestigio de quien se mueve con soltura en distintos planos emocionales y supera en ritmo a sus alumnos. Patricia Velasco, codiciada musa de la generación, lo vio como si posara para un close-up en Casablanca.
La tarde que el destino fijó para siempre en la memoria, ella se encontraba en la primera fila del salón. Rojo tomó un trozo de gis para corregir la ortografía de un nombre ruso que había escrito en el pizarrón, pero no llegó a enmendarlo porque otro profesor abrió la puerta y anunció, tratando de no gritar:
—¡Se quema la Cineteca!
Se pusieron de pie de inmediato, sin saber qué hacer. Luis Jorge Rojo preguntó quién tenía coche y añadió que él podía llevar a tres en su Vocho. Patricia no se apuntó con él, lo cual reforzó las sospechas de que lo amaba en silencio.
—Me llevo al Triunvirato —el profesor señaló a Jonás, Rigo y Diego.
En el trayecto, habló del incendio del Conjunto Aristos, en la esquina de Insurgentes y Aguascalientes, que había presenciado en 1970. Estudiaba guitarra en el estudio de Manuel López Ramos, ubicado en ese edificio, y al bajar del camión encontró el edificio en llamas. Se quedó horas ahí, cargando su guitarra mientras veía los trabajos de salvamento, las escaleras telescópicas de los bomberos, el heroísmo de quienes ayudaban a subir a los sobrevivientes a una azotea con remates escultóricos tipo Gaudí que cobraron notoriedad gracias al fuego. El Aristos había sido edificado en los sesenta como una joya de la modernidad mexicana. La planta baja daba a un esbelto patio oval, empedrado en curvas blancas y negras, como las banquetas de Río de Janeiro, donde operaba una importante galería de arte.
Luis Jorge Rojo habló de aquel siniestro mientras se dirigían a otro. Necesitaba llenar el silencio de algún modo. También habló de las escalas que repetía una y otra vez en las clases de guitarra clásica, como si la tortura fuera un requisito para llegar a la melodía; de la cafetería Sanborns que se convirtió en sitio de ligue gay y provocó que el cruce de Aguascalientes e Insurgentes se conociera como la “esquina mágica”…
Habló sin parar hasta que se le atravesó un coche en avenida Popocatépetl:
—¡Hijo de tu pinche madre, ¿qué no ves que somos cineastas?! —alzó las manos, enmarcando una toma.
A partir de ese momento, el tráfico se volvió más denso y él no dejó de repetir: “¡Somos cineastas, con un carajo!”, como si eso representara un salvoconducto.
A diez cuadras de Calzada de Tlalpan las patrullas bloqueaban el acceso. El profesor subió su Vocho a la banqueta y bajó a tocar el timbre de una casa. Pensaron que ahí viviría un conocido suyo, pero había escogido un portón al azar para pedir que le dejaran guardar su auto.
Una mujer de delantal abrió la puerta:
—Perdone la molestia, señora, pero se está quemando la Cineteca, somos cineastas y no tenemos dónde dejar el carro.
Tal vez en otro momento ella habría cerrado la puerta. En la extrañeza de ese día, sobrevino un diálogo de artificiosa urbanidad, digno del cine mexicano:
—Ahorita le abro —respondió la mujer.
—Le rento el espacio, señora.
—No se moleste, joven.
—Le dejo las llaves, por si hay que moverlo. Luis Jorge Rojo, para servirle.
Al llegar a la calzada vieron la nube negra en el cielo y respiraron un penetrante olor químico. Un cordón policiaco les impidió seguir más adelante.
—¡Se queman las películas! —gritó Rigo.
La cara se le había transformado; lloraba en silencio, sin limpiarse las lágrimas. Diego temió que sus miradas se cruzaran. No hubiera sabido qué decirle.
—Ahí hay gente —el profesor habló en voz baja—, eso es lo que importa. Las películas tienen copias, Rigo. Tengo amigos allá —señaló la nube que los bomberos no lograban sofocar; pasó la manga de su saco azul marino sobre sus pómulos y añadió—: Nadie va a saber si hubo muertos. El gobierno no tiene madre.
—Sí, profesor, sí… —musitó Rigo.
Las palabras se oían con excesiva claridad en medio del silencio. Muchos tenían las manos sobre la nariz y los más precavidos un pañuelo en el rostro. La rara pimienta que respiraban estaba hecha de películas.
Diego ató las mangas del suéter sobre su cara para no aspirar el veneno del celuloide y percibió el dulce aroma de Susana. Era muy friolenta y le había pedido ese suéter para dormir con él en el invierno. Se lo devolvió al empezar la primavera, con un olor que recordaba su piel. Le pareció urgente hablar con ella. Buscó un teléfono público a la distancia, entre las siluetas de quienes miraban el cielo repentinamente oscurecido.
Localizó una cabina a unos cincuenta metros y logró llegar ahí a empellones. Un hombre se le adelantó. Era un tipo de insólita apostura; parecía un galán del cine de los años cuarenta, con una nariz canónica, mil veces filmada. Un actor, seguramente. Sin embargo, al oír su voz, con un dejo caribeño, Diego entendió que se trataba de alguien de la industria cinematográfica que hablaba con conocimiento de causa de cifras, porcentajes, posibles pérdidas:
—Lo que faltaba, después de los arrestos —añadió.
Un reguero de monedas salió de su pantalón. El hombre no podía recogerlas sin abandonar la bocina y Diego lo hizo por él.
—Gracias: un hoyo en el pantalón —explicó el otro. Llevaba suficientes monedas de veinte centavos para hablar dos horas, pero aclaró con amabilidad—: Ya termino.
Antes de colgar, habló de “sobornos en Indiana 16”; luego, con más miedo que odio, los atribuyó “al infame catalán”.
El hombre cedió educadamente la bocina.
—¿Es usted de Tabasco? —preguntó Diego, sin verdadera curiosidad.
—Cubano. De origen. ¿Necesita veintes? —mostró un puño lleno de monedas.
Fue todo lo que hablaron, pero él no lo olvidó.
Susana había oído la noticia en la radio. Contestó el teléfono con apremio y a Diego se le quebró la voz.
—¿Estás bien? —le preguntó ella.
Recordó las muchas veces que habían ido juntos a la Cineteca, a la sala principal o al Salón Rojo. Esos recuerdos habían volado por los aires. Pero había algo más grave, un daño todavía abstracto que podía sentir en la piel y en el estómago; era el cine lo que se quemaba, su vocación, sus ganas de filmar, su futuro en un país de mierda donde todo terminaba en estallidos.
Hablaron poco porque una fila se formó detrás de él, pero ella alcanzó a decirle:
—¿Sabes qué película estaban dando? ¡La tierra de la gran promesa!
Al colgar oyó un pregón callejero:
—¡Desde el quinto piso se ve el incendio, a diez pesos la entrada!
Dos médicos de bata blanca pagaron para subir a un balcón convertido en palco para la desgracia.
Comenzaron a llegar vendedores ambulantes que ofrecían muéganos, chicles y mazapanes, y voceadores con periódicos de la tarde que aún no cubrían la noticia. Poco a poco, el desastre se ajustó a la lógica de todo acontecimiento mexicano. Sólo faltó que un trío cantara “Las golondrinas” en señal de despedida, convirtiendo el horror en un ritual sin causa que acabaría por disolverse en el desmadre. Detestó a los que estaban ahí por simple morbo y ganas de comer pepitas.
En eso, creyó reconocer a un mendigo que solía pedir limosna afuera de la iglesia de la Plaza Valverde, a unos metros de la casa de Susana. Llevaba un sombrero de palma en las manos. A Diego le pareció que ahora recibía más monedas; la catástrofe fomentaba la caridad mejor que la fe. ¿Valdría la pena hacer un montaje con dos escenas de pordiosería, una en la iglesia y otra ante el fuego? ¿Se notaría demasiado la influencia de Buñuel? “La mascota del artista es la hiena”, declaraba Rojo, y ahí estaba él, aprovechando la carroña, imaginando una película cuando la tragedia exigía no pensar en nada más.
Regresó con sus compañeros. Jonás fumaba mariguana y le convidó un toque que le sentó de maravilla. Necesitaba un filtro para la realidad.
Los demás miembros del salón habían formado una especie de brigada en torno al profesor, que logró llegar al cordón policiaco y pidió hablar con “el comandante”. Un hombre de pelo cano, el único que no llevaba casco sino una gorra con insignias, se acercó a él.
—Soy sacerdote y debo ver a las víctimas. Ésta es mi congregación —Rojo señaló a sus alumnos.
—Regrese a su iglesia, padre —contestó el oficial con voz tranquila.
Los ojos de Luis Jorge Rojo se encendieron. Lo que siguió a continuación fue raro, aunque quizá no tanto como él recordaba:
—¡Ésta es mi iglesia! —exclamó el profesor—. Vine con la gente que me necesita. La crucifixión no sólo ocurrió en el monte Calvario. ¡Toda tragedia es una crucifixión! Si nos impiden actuar en una tragedia ¡eso es una crucifixión! Jesús nos mira ahora mismo: si alguien impide que haga mi deber, ¡eso es una crucifixión! Él no murió para ser venerado en un altar sino para socorrer en los incendios. ¿Qué diría de los que guardan silencio y no actúan? “¡Lo que le haces al más ínfimo de nosotros me lo haces a mí!” Son palabras de Jesús. ¿Eres católico, hijo?
El comandante lo vio con un asombro cercano al pánico:
—Pase, padre, pero sólo usted y un acompañante.
El profesor se volvió, con la mirada encendida:
—¿Paty?
La musa siguió al falso sacerdote. Fue el gran momento de la tarde. En un golpe de inspiración, Rojo había adaptado un monólogo de On the Waterfront, película discutida en clase con el horrendo título de Nido de ratas. La policía le abrió paso para que avanzara en compañía de esa chica, tan llamativa que sólo podía estar con él por devoción.
Rojo había logrado que la inalcanzable Patricia Velasco se transformara en “Paty” ante la policía.
Fumaron mariguana y se vieron las caras como si así lograran algo. Hacia las ocho, cuando el humo se mezclaba con la noche, la multitud se dispersó. Ellos siguieron ahí, esperando a Patricia y al profesor.
Llegaron una hora más tarde, con las ropas olorosas a un humo pestilente.
Patricia no dijo una palabra de lo que había visto. Su misión parecía ser la de un arcángel que acompaña a un iluminado. Con las manos crispadas que usaba para imitar personajes en “Adivínalo con mímica” y una voz en la que parecían incidir el humo y las toxinas, el profesor dijo:
—¡¿Saben lo que pasó en el Wings que está junto a la Cineteca?! Después del estallido la gente quiso salir ¡y el capitán puso una cadenita para que no se fueran sin pagar la cuenta! ¡Eso es México! ¡Te está cargando la chingada y tienes que pagar la cuenta! Naturalmente, arrollaron al pendejo ese.
Estaban demasiado excitados para despedirse. Alguien propuso ir a una taquería y resolvieron encontrarse en El Rincón de la Lechuza. Cada quien regresó con el mismo grupo con el que había llegado.
Volvieron por el coche a la casa donde fueron recibidos con galletas recién horneadas y agua de limón.
—Gracias por ayudar —les dijo la mujer, tratándolos como socorristas.
No habían hecho otra cosa que “estar ahí”, pero el saco de Luis Jorge Rojo despedía un olor que daba lógica a la frase.
—Todo me sabe a humo —el profesor dejó su vaso en la mesa de centro.
Recorrieron la ciudad repentinamente desierta en total silencio.
Al entrar a la taquería, Diego vio las flamas en la parrilla. No era el sitio más apropiado para hablar de incendios, pero nada que fuera de importancia podía terminar sin tacos.
Rojo eligió una mesa al fondo, “el rincón de los conspiradores”, donde unos búhos de cerámica empotrados en la pared miraban el mundo con sabia indiferencia.
Diego aportó lo que le había dicho Susana: en el momento del incendio se exhibía La tierra de la gran promesa.
—Qué ironía, ¿no? —dijo y se sintió idiota.
—Es algo más que una ironía —comentó el profesor—. Obviamente la película de Wajda se llama La tierra prometida, pero ya sabemos que aquí los títulos se vuelven fantasiosos. La mayor contribución de Ringo Starr a la historia de los Beatles fue el título La noche de un día difícil. ¡Y aquí la película se llamó Yeah! Yeah! Yeah! Es de no creerse —hizo una pausa para pedir un agua de horchata y retomó el hilo de la conversación por otra punta—: La tierra de la gran promesa trata de la ascensión del capitalismo en Polonia. Lo raro es que todo desemboca en un incendio. Tres socios lograr poner una fábrica pero no la aseguran porque no les alcanza el dinero y el rival amoroso de uno de ellos se las incendia. Su ambición queda hecha cenizas. Es increíble que estuvieran dando esa película mientras la Cineteca se incendiaba.
Probó el agua de horchata y dijo que le sabía a humo. Con la mirada fija en la salsa mexicana, comentó algo que no parecía una ocurrencia del momento, una de esas frases que son dichas en el tono grave de lo que se ha repasado una y otra vez:
—Fue una bomba, estoy seguro.
Diego pensó que si los búhos de cerámica que decoraban la pared hablaran tendrían la entonación del profesor:
—Patricia y yo vimos el boquete —continuó Rojo—, un círculo casi perfecto, detrás de la pantalla. El edificio se quemó de manera pareja y había un hoyo gigantesco, un cráter. Una bomba —insistió.
—¿Y sus amigos? —preguntó alguien.
—Háblame de tú. El movimiento del 68 no cambió el mundo, pero logró que a los profesores nos hablaran de tú.
—¿Qué pasó con tus amigos?
—Mario y Leonardo están bien. Les hablé por teléfono. Mario ya había salido de su oficina y Leo no fue a trabajar. La libraron de milagro.
—¿Quién pudo poner una bomba?
—La Pésima Musa tiene miles de enemigos. Hace tres años mandó arrestar a treinta gentes de la industria. El cine es un cochinero sin fondo.
Tres o cuatro alumnos recibieron el comentario con indiferencia:
—No saben quién es la Pésima Musa, ¿verdad? ¿En qué país viven? —el profesor agitó el popote como la batuta de un director de orquesta que comanda un fortissimo.
Los tres o cuatro negaron con la cabeza.
—¿No leen el periódico?
Volvieron a negar con la cabeza.
—¿No les da vergüenza? ¡Un cineasta que no lee el periódico se llama publicista! ¿De veras no les da vergüenza?
—La neta es que sí. Mucha —dijo alguien con voz humilde.
—Mucha es poca. No tiene caso seguir hablando.
—Luis, por fa —Patricia le tocó el antebrazo.
Fue otro momento icónico. Los dedos en esa manga ahumada revelaban el código íntimo de una pareja que podía entenderse con un gesto, una pareja que se había mantenido en secreto hasta ese día en que tantas cosas surgieron con el fuego.
En atención a Patricia, Rojo resumió la historia reciente de la cinematografía nacional. Los tres o cuatro que no la conocían asintieron ante cada frase como si tomaran dictado.
El presidente José López Portillo había puesto al frente de Radio, Televisión y Cinematografía a su hermana Margarita, sin ninguna experiencia para el cargo. Sus veleidades de escritora (había escrito la novela Toña Machetes), su pasión por sor Juana Inés de la Cruz (la Décima Musa) y su participación en el presunto hallazgo de los restos de la poeta habían hecho que le dijeran la Pésima Musa. En 1979 había mandado encarcelar a cerca de treinta personas entre las que se encontraban productores, directores, guionistas y gestores culturales de probada honestidad. Uno de ellos seguía en la cárcel.
—Hay un cabrón que está detrás de ella, para unos es su gurú, para otros, su amante. Es un manipulador de la chingada, un catalán que no sabe nada de cine, pero tiene el apoyo de la vieja mafia de productores. Los encarcelados querían hacer cine de calidad y los sacaron de la jugada para volver al cine de traileras y ficheras que da dinero. El presidente es amante de una vedette, no se podía esperar otra cosa.
Diego recordó lo que el cubano había dicho en la cabina telefónica:
—¿Qué hay en Indiana 16? —preguntó.
—La oficina de pagos para los distribuidores, en la colonia Nápoles, ¿por qué?
Aportó lo poco que había oído.
—Hay una conspiración contra el talento; en la Edad Media se quemaban brujas, en este país de mierda se quema al público del cine que vale la pena. Los peces gordos de Indiana están detrás del incendio, estoy seguro.
Añadió que el presidente López Portillo manejaba el país como su feudo personal; le había dado cargos a sus amigos de la infancia, a su hijo (al que llamó “el orgullo de mi nepotismo”), a su amante, a su yerno, a su otra amante, a su esposa, a su hermana Margarita (cuando un funcionario trató de acotar el inmenso poder que la Pésima Musa adquiría en los medios, el presidente dijo: “No la toquen: es mi piel”). Ésa era “la tierra de la gran promesa” en la que ellos querían hacer cine:
—Yo me dedico a las películas del pasado; los jodidos son ustedes —remató el profesor—. Nunca se sabrá quién puso la bomba, nunca se sabrá cuántos murieron. Son capaces de meter en la cárcel a un electricista para culparlo de un cortocircuito. En este país el responsable del derrumbe de un edificio siempre es el velador.
Alguien que sufría las catástrofes como Luis Jorge Rojo y escribía con heroico repudio la columna Horrores fílmicos merecía la compensación de estar con Patricia. Eso pensó Diego al ver los dedos de la chica entrelazados con los del profesor.
¿Merecía él a Susana? Quiso acostarse con ella desde que la conoció. Le gustó su cuerpo y su risa y se repitió mil veces que no sólo la deseaba por méritos superficiales ni por la urgencia de superar de una vez por todas el Trámite Esencial (el atenazador fantasma de la virginidad), sino por su provocadora simpatía y por las ganas de respirar esa piel que olía a una virtud desconocida. Le fascinaba su pelo negro y el pequeño diente que se había roto de niña. Pero había necesitado un incendio para pensar en ella con ansiedad. Lo complicado era que ella lo quería sin reservas.
—No olviden este día —Rojo habló con gravedad—, son herederos de un país donde se quemó el cine. No voy a lavar este saco —olfateó su manga.
La reunión siguió en una casa de Tlalpan a la que ya no asistieron Patricia ni el profesor. Un compañero vivía ahí con sus padres, psiquiatras de temple liberal. La madre, de aspecto jovencísimo, les preparó cubas mientras el padre ponía en el tocadiscos un LP de Pablo Milanés. Cuadros de papel amate y máscaras michoacanas decoraban los muros encalados; en las mesas había figuras de barro negro de Oaxaca. El papá, que pidió que no le dijeran doctor sino Hugo, fue por un charango y acompañó por un rato la voz de Pablo Milanés. Pero el ambiente depresivo acabó por minar la alegre hospitalidad de los psiquiatras:
—Se quedan en su casa —dijeron al irse a su recámara.
Un disco llegó a su fin y permaneció durante largos minutos en la tornamesa, produciendo el rumor de un viento lejano. La única forma que encontraron de cambiar de tema fue hablar de otros momentos de la Cineteca. Se concentraron en uno esencial: la exhibición de Naranja mecánica, tres años después de su estreno en Europa. La alegoría de Kubrick sobre el vandalismo juvenil se había prohibido hasta entonces por violenta. Cuando finalmente se exhibió, el 22 de enero de 1974, la multitud actuó como si participara en un casting para la película. No hubo forma de contener a quienes deseaban entrar con o sin boleto. Al grito de “¡puerta-puerta!”, los empleados de uniforme fueron hechos a un lado y los proyeccionistas se vieron obligados a cumplir con su tarea para impedir un colapso mayor que el que tenían enfrente: una sala tan saturada que cada espectador parecía estar sentado encima de otro.
Intercambiaron detalles de aquella función mítica. Tal vez ninguno había estado en verdad ahí, pero daba lo mismo. Lo importante era que desde ese día la Cineteca había sido su caverna de Platón, el sitio para avistar las sombras de lo real.
Contaron otras anécdotas menores hasta que Rigo Tovar se puso de pie. El ron le había hecho efecto.
—¡Baila “En la cumbre”! —pidió alguien para que justificara su apodo de cantante tropical.
Rigo no había perdido la mirada de angustia que tuvo en el incendio. Extendió la mano, con el curioso ademán que anticipa los discursos de los próceres, y habló de los cines de Silao, donde había nacido, y de su primer trabajo. Las mismas películas se proyectaban en varias salas y él debía llevarlas de un lugar a otro. Lo que en un cine era la función de la tarde en otro era la de noche. Usaba una bicicleta con un canastón de alambre para sostener seis o siete latas con rollos de 35 milímetros. Una vez, varias latas se confundieron y la película exhibida se convirtió en un involuntario alarde vanguardista: La leyenda del indomable, protagonizada por Paul Newman, se mezcló con La huida, con Steve McQueen. Tal vez a causa de que la primera se ubicaba en un presidio y la segunda trataba de un escape, y porque los actores se parecían, el público disfrutó mucho la exhibición.
Rigo no siempre tenía ocasión de ver las películas que repartía, pero esa noche atestiguó la historia híbrida que lo convirtió en cinéfilo y bautizó como La fuga del indomable. El error había salido bien. El incombustible Paul Newman trataba de lograr la evasión que sin duda merecía y que esa noche consiguió, transfigurado en Steve McQueen. Todo eso había pasado años atrás, en Silao, cuando él no era otra cosa que el hijo de un carnicero que necesitaba ganarse unos centavos (el canastón de la bicicleta estaba ahí para transportar filetes).
En La huida, Steve McQueen y Ali MacGraw cruzaban la frontera a México como dos carismáticos forajidos. Los descastados habían alcanzado su meta. Sin embargo, la Secretaría de Gobernación añadió un mensaje para que nadie pensara que el país permitía la impunidad: “Semanas después, los protagonistas de esta historia fueron capturados por la policía mexicana”.
Rigo dijo las cosas que alguien dice porque tiene dieciocho, veinte o veintidós años. Con exaltado desorden habló de los hijos de puta que no sabían proteger las películas y de los sátrapas que habían puesto una bomba en una sala llena de gente. Las cosas no podían quedar así, debían hacer algo, una revolución, sí, la Revolución. Amaba esa palabra, amaba la posibilidad de cambiar el mundo. En estado de frenesí llamó a inaugurar la aurora, prender otras llamas, encender antorchas, romperle la madre a los hijos de la chingada del gobierno, robar cámaras para hacer cine, jugarse la vida, dejar la piel en los rollos de celuloide. De pronto Diego vio sus zapatos, tan usados que parecían haber pertenecido a varias personas, zapatos de mala calidad, los zapatos del hijo de un carnicero de Silao que había decepcionado a su familia al mudarse a la ciudad con un motivo tan absurdo como hacer cine. El camarada Rigo siguió con su arenga hasta que advirtió que el silencio y las miradas que lo rodeaban ya no eran de complicidad sino de preocupación. Los dueños de la casa regresaron a la sala, quizá dispuestos a ejercer su profesión y recetar un calmante. Rigo dejó de hablar.
—¡Bravo, Tovarich! —gritó alguien para quitarle seriedad a ese momento.
—Estoy pedo —trastabilló al tratar de volver al sofá. Fue detenido por una compañera que lo miraba con cariño. Diego pensó que tal vez esa noche su enfebrecido compañero perdería la virginidad.
No fue así. Para Rigo el amor tenía que ser difícil. Idealizaba en tal forma el encuentro erótico que temía decepcionarse con inestables borradores antes de llegar a la impecable versión definitiva. En su mente, el amor era tan perfecto que ninguna mujer le parecía perfecta.
Se zafó del abrazo de la chica, fue a la mesa donde aún había una botella de Bacardí y bebió del gollete, sosteniendo la botella con mano temblorosa. Ese amigo creía en el cine radical, en ganar la calle, en descubrir el amor absoluto. El anhelo de que todo eso fuera cierto demostraba la edad que tenía y la época en que vivía. Rigo Tovar-Rigo Tovarich, que apenas conocía unas cuantas cosas, no participaría en la revolución ni en el sexo ni en el cine. Moriría pronto. Su discurso de esa noche dejaría de ser un arrebato loco y se convertiría en la incumplida promesa de una vida, la ilusión salvaje, nunca realizada, de quien descubrió el cine “de arte” al confundir dos películas, el amigo inseparable que estuvo con ellos por un tiempo y desaparecería para convertirse en un recuerdo de juventud, una historia que ocurrió una sola vez, como La fuga del indomable, exhibida por azar en un cine de pueblo.
Los estudios del CUEC duraban cinco años, más que otras carreras. El rasgo distintivo de esa época era que Diego no se concebía sin Rigo o Jonás. Hacer algo significaba hacerlo juntos, a tal grado que si iba con Jonás a un sitio y encontraban a un conocido, el otro preguntaba: “¿Y Rigo?”
Con el tiempo esa pregunta adquiría otro sentido y lo imposible —existir sin cómplices de hierro— se convertiría lentamente en una extraña normalidad.
No volvería a compartir la intimidad como lo hizo con ellos dos. Para consolarse, pensaba que a fin de cuentas no es necesario llevar la cuenta de los días que un amigo lleva sin ir al baño o del tiempo récord en que el otro amigo había logrado cagar de maravilla, pero incluso llegaría a extrañar eso: estar al tanto de una fisiología que no era la suya.
El hecho de que hubieran sido inseparables significaba que no iban a ser sustituibles.
Llegó muy tarde a casa. Al abrir la puerta oyó el siseo de las pantuflas de su madre en las baldosas del pasillo:
—¿Estás bien? —Eugenia Reséndiz sabía imaginar lo peor.
En la sala, Diego encontró una confusión de cajas y pliegos de papel de china. El desorden no llegaba a simular un asalto; sugería la búsqueda desesperada de algo.
—¿Qué pasó?
—Tu padre —dijo ella, como si el señor de la casa hubiera causado el caos o, peor aún, como si ella hubiera tenido que buscarlo en una caja.
—¿Qué hizo?
—Nada, como siempre. Está en su estudio —dos gruesos lagrimones bajaron por sus mejillas; se aferró a Diego y dijo con emoción—: Bendito sea Dios que estás aquí.
Eugenia Reséndiz guardaba las cosas como si las tuviera presas. En el piso de arriba dos armarios albergaban sus cajas. Para llegar a la caja requerida había que mover varias y unas estaban dentro de otras. Esa incómoda disposición sugería un confinamiento inexpugnable. Quizá de ese modo competía con su marido y los archiveros de metal que mantenía bajo llave en la notaría.
Para encontrar algo tan bien guardado había que tener la pasión superior de querer buscarlo. Aunque eso parecía difícil, ella sospechaba de su marido. Diego González Duarte le había confiado las mancuernillas con las iniciales de su bisabuelo, un pisacorbatas con incrustación de rubí, la Medalla al Mérito Ciudadano conferida por el Estado de México, la cruz de San Francisco que trajo de Asís, la pluma fuente Sheaffer, ya sin punta, con la que firmó su primera acta notarial y otras cosas de valía tan indiscutible como impráctica. También ahí estaban los dientes de leche de Diego, un cairel casi rubio de su pelo de bebé y las medias lunas de sus uñas diminutas que daban a un cajón el mórbido aire de un relicario religioso.
Ahora todas las cajas se encontraban en la sala, como la prueba irrefutable de un problema.
—Gracias a Dios que volviste, Dieguito —repitió con un sollozo.
Su madre había llenado las horas muertas desbaratando cosas. La causa era el incendio de la Cineteca, pero no responsabilizaba a Diego de ese caos, sino a su padre, que vivía para negar el caos.
Él se dirigió al estudio. La puerta estaba cerrada. Golpeó con los nudillos sobre la madera de caoba, la única de ese tipo en la casa, el refugio personal del notario Diego González Duarte.
—Adelante —dijo su padre.
Lo encontró ante dos o tres libros encuadernados en piel que parecía cotejar o leer simultáneamente.
Su padre se puso de pie en cuanto él entró; se dirigió a un mueble y cerró con llave una gaveta que estaba abierta. Ahí guardaba sus álbumes con reproducciones de pintura, recortadas de los cerillos Clásicos. Esas estampas no valían gran cosa; eran demasiado pequeñas y apenas le hacían justicia a las obras maestras. Su importancia venía de estar bajo llave.
¿El gusto de Diego por el cine comenzó con esas imágenes que incluso tan mal impresas comunicaban un misterio? El auténtico valor de esos álbumes era que volvían complejo a su dueño. Diego González Duarte, que nunca había fumado, compraba muchos cerillos para satisfacer un capricho; la modestia de las estampas contrastaba con la desmedida ambición de conseguirlas.
—Cierra la puerta —pidió su padre.
Atrás de Diego la madre exclamó:
—¿Ves? ¡Te dije!
—¿Qué pasa?
—Nada. Tu madre —con su mano de uñas manicuradas, González Duarte señaló una silla con asiento de cuero color verde botella—. Tuvimos un disgusto. Ella estaba nerviosa porque no aparecías. ¡Hubieras hablado por teléfono! Se puso histérica, comenzó a revolver toda la casa. Guarda las cosas en sitios de los que no se acuerda, se las esconde a sí misma.
—¿Qué buscaba?
—¡¿Cómo voy a saber?! ¿Estás bien?
—Claro, ¿por qué?
—¿Cómo que por qué? ¡El incendio! La Cineteca se fue al carajo y no llegabas —su padre usaba tan pocas groserías que les decía “garabatos”. Era incómodo que hablara así.
—¿Fuiste?
—¿Adónde?
—¡Al incendio! ¿Qué no me oyes?
—Sí, fui con mis amigos.
—Ten cuidado, Diego.
—¡Estalló una bomba, se quemaron miles de películas, murió gente!
—¿Cómo sabes que fue una bomba?
—No lo sé, lo supongo.
—No supongas. Te pido eso: no supongas. Vas a acabar como tu mamá, suponiendo que tiene algo en una caja.
Hizo una pausa, llevó la mano derecha al nudo de su corbata negra (jamás usaba otro color), vio hacia el techo y al encararse otra vez con su hijo mostró un semblante distinto:
—¿Crees que murieron muchos en la función de la tarde?
—No sé, supongo.
—Deja de suponer.
Su padre bajó la vista. Sus manos temblaron y las apoyó en el escritorio para contenerlas. Respiró hondo. Nunca lo había visto así.
—Cuéntame en detalle qué pasó: ¡mueve la cabeza!, ordena las ideas, “a beneficio de inventario”, decimos en la notaría.
Diego obedeció, tratando de cumplir. Al terminar dijo:
—Perdón por no haber hablado.
—Lo importante es que estás aquí. ¿Cenaste?
—Sí.
—De todos modos vamos al comedor, necesito un trago.
No podía recordar otro momento en que su padre hubiera necesitado un trago. El notario cerró la puerta del estudio con llave. “Ser notario es ser discreto”, decía para justificar su secrecía.
Las manías con que su padre trataba de poner orden contrastaban con las distracciones de su madre, que sólo era rigurosa con sus armarios. Eugenia Reséndiz tenía una forma etérea de ser independiente: se negaba a apellidarse “de González Duarte” y se abstraía con plácida melancolía hasta que de pronto necesitaba algo que ya no estaba ahí. Podía tratarse de un amuleto, un documento o un collar que la llevaban a revolver la casa entera. Luego guardaba las cosas con el celo de quien les tiene miedo.
En los escasos viajes que sus padres hacían al extranjero, González Duarte se cuidaba de llevar los pasaportes en la bolsa interior del saco para evitar que su mujer perdiera el suyo. Posiblemente, lo que le atrajo de ella en su juventud —cierta aptitud para el despiste, la hermosa cabellera desordenada con el temple de Medusa— había acabado por hartarlo:
—Mira nomás —dijo ante las cajas y los estuches abiertos en la sala.
Diego pensó en los álbumes de pinturas famosas encerrados bajo llave y los expedientes en perpetua clasificación de su padre. El caos de la sala parecía una afrenta.
Eugenia Reséndiz había subido a su cuarto. Desde que Diego tenía memoria dormían en habitaciones separadas.
En el comedor, González Duarte se dirigió a una licorera de cristal cortado que contenía whisky. La tenía ahí como un signo de “calidad de vida”, pero rara vez se servía una copa.
Sirvió dos vasos. Bebió el suyo de un trago y volvió a llenarlo:
—Qué bueno que no te pasó nada, Diegucho —dijo, pero parecía pensar en otra cosa.
Su regreso a casa justificaba las palabras, pero no los gestos de su padre.
Estaban de pie, como si se hubieran encontrado en un coctel.
—La vida es rara, incluso la de un notario. Sabes que no me gusta el cine, pero tal vez las películas te ayuden a entender cosas que a los demás se nos escapan.
Era falso que no le gustara el cine. Admiraba las superporducciones de temas históricos: El Cid, Los diez mandamientos, La agonía y el éxtasis, Espartaco, Ben-Hur. Lo que no le gustaba era que su hijo estudiara cine.
—Ojalá algún día me entiendas como se entiende una película —lo vio a los ojos; parecía pedirle que imaginara algo preciso, una película que lo hiciera comprensible.
Estuvo a punto de decir algo más, pero guardó silencio.
Su padre era un emblema de lo apropiado, alguien a quien no se le pregunta. Su madre, en cambio, entraba con facilidad en intimidades y no se perdía sospecha alguna. Administraba un salón de belleza, santuario de la conversación conspiratoria. El mundo se organizaba para ella al modo de un complot; a tal grado que practicaba la intriga como un complot contra el complot y creía en sociedades tan secretas que nadie podía estar seguro de pertenecer a ellas.
Usaba el pelo suelto, algo que para su generación era señal de descuido o incluso de locura. En la dueña de un salón de belleza, eso representaba una deliberada transgresión. Eugenia Reséndiz se adelantó una década a las mujeres de revuelta cabellera que se liberarían de la rigidez del permanente. Al ver a Farrah Fawcett o Angie Dickinson en la televisión, Diego sentiría una ambigua mezcla de deseo y amor edípico.
Si el pelo en desorden definía a su madre, su padre mostraba el rigor opuesto. Cada quince días iba a la peluquería. Tenía tijeras de tres tamaños para cortarse los pelos de las cejas, la nariz y las orejas. “No es lo mismo estar limpio que pulcro”, decía con fastidiosa precisión para referirse a los inmaculados trajes azul marino que combinaba con camisa blanca y corbata negra. En algún cumpleaños, un amigo tuvo la osadía de regalarle un pañuelo púrpura y lo destinó a limpiar sus anteojos bifocales.
González Duarte tomó otro trago con descuido y un hilo de whisky le escurrió por la barbilla. Sonrió de un modo descolocado, como si disfrutara el rastro húmedo que tal vez llegaría a la camisa. Expulsó aire por la nariz:
—Qué bueno que te salvaste —abrazó a su hijo.
—Nunca estuve en peligro, papá.
—Te salvaste, es lo que importa.
Diego sintió la apasionada presión de los dedos de su padre en los omóplatos y luego en las costillas. El olor del whisky se mezclaba con el de la transpiración. Nunca nadie lo había abrazado así, con esa fuerza atenazante. Cuando se separaron, creyó oír un sollozo, pero le dio vergüenza encarar a su padre.
Se asomó a la sala y vio los bultos en la penumbra, abandonados por su madre como un saldo de su personalidad. Pensó en los personajes que no podían salir de un cuarto en El ángel exterminador y en el título original de la película, Los náufragos de la calle Providencia. Algo se había ahogado en esa sala.
Volvería muchas veces al 24 de marzo de 1982. La imagen inicial anticipaba los sucesos: una vendedora de golosinas se maquillaba con cerillos. Luego vendrían el incendio, la tarde en combustión, las cosas perdidas con el fuego, el profesor que merecía a Patricia, la urgencia de hablar con Susana sin deseos de verla, la arenga futurista de Rigo, el extraño rostro de su padre, lleno de afecto, escurrido de whisky.
La escena de clausura de ese día que nunca iba a filmar: el notario Diego González Duarte ante las cajas, en la sala de su casa.
Ese desorden demostraba una sola cosa: que algo no se encuentra.
Lo que más disfrutaba del cine era sentarse ante la Isla de Edición, el momento en que podía suprimir, atrasar o adelantar una toma.
Le gustaba que la condición modificable del cine se ejerciera en una “isla”, lugar de salvación para los náufragos, presidio para los condenados, escenario de las utopías.
Desde los veinte años se acostumbró a ver su vida como un conjunto de ediciones mentales. Hasta su inconsciente dependía de la moviola: pensaba como un perfecto irresponsable; luego editaba y decía algo normal. Lo mejor del sentido común eran los disparates que se descartaban para ejercerlo.
En su imaginaria Isla de Edición se le ocurrían magníficas maneras de ofender a todo mundo. Después se preguntaba si eso podría ser dicho de tal modo que fuera soportado. No, no había forma de decirlo.
La moviola era el voraz aparato que recortaba sus errores. Aunque nunca podría estar seguro de que suprimir significara corregir.
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