Tres días después de su llegada, Amparo había creado una rutina que los dos compartíamos y respetábamos por igual. Tan plácida, tan natural, que cualquiera que no nos conociera se habría podido llevar la impresión de que formábamos un buen matrimonio. A primer vistazo nadie habría sospechado que le seguía el juego porque el miedo no había disminuido en absoluto. Al contrario, seguía creciendo.

Amparo se levantaba temprano, se bañaba y, todavía con el cabello mojado, bajaba a la cocina a preparar café para mí y té para la Traicionada. Cuando ella subía a atender a su paciente, yo bajaba al comedor, encontraba el periódico a un lado del jugo de naranja y de una taza vacía que, de inmediato, llenaba con calma, tratando de detectar el murmullo matutino del mar. Amparo me dejaba iniciar el día a solas, que es la única manera en que un día puede empezar, pero se aparecía con una libreta y un lápiz justo cuando yo terminaba de leer el periódico. Entonces mascullaba algo regularmente insulso sobre el estado de salud de la Traicionada y, sin más, se inclinaba sobre su cuaderno y empezaba a escribir.

—¿De qué se trata? —le pregunté la primera mañana señalando con los ojos la libreta abierta y pensando que, de contestarme, me diría que eran cartas personales, cosas sin importancia.

—De mi desaparición —dijo en voz baja pero firme y luego se volvió a ver el reflejo del sol sobre el manto marino. Después, sin añadir nada más, volvió a concentrarse en las páginas de su cuaderno.

Su respuesta me pareció absurda ciertamente, pero plausible. Es más: ayudaba a explicarlo todo. Sólo un desaparecido podría llegar de la manera en que ella llegó a la orilla del mar. Si se hubiera tratado de Alguien, por ejemplo, la habrían detenido a la entrada de la comunidad de la playa donde el hospital para el que trabajaba me asignó una casa grande y austera sobre el agua. Por Alguien ya habrían hecho llamadas telefónicas. Alguien con datos y con historia me habría preguntado si se podía quedar en mi casa y me habría informado, por lo menos, acerca del número de días, las condiciones de su estancia. Sólo un desaparecido como Amparo, lo comprendí de súbito, podía actuar como si en realidad no existiera porque, he aquí la ausencia de paradoja, no existía en realidad. La mujer, ahora no me cabía la menor duda, era totalmente consciente de su condición. Y lo era a tal grado que su conducta, su manera de caminar y de ver, de interactuar y hasta de callarse, correspondía a reglas del todo ajenas a mí. Desconocía, por ejemplo, el orden de los factores en la relación causa-efecto. No sólo ignoraba que los actos, todos los actos, tienen consecuencias, sino también que las consecuencias proceden de, y nunca preceden a, las causas. Parecía no entender que hay que conocer al anfitrión para llegar a visitar su casa. Amparo, apoyada en la singular lógica del desaparecido, actuaba de manera contraria: llegaba a visitar al anfitrión con el objetivo de conocerlo. Porque eso me dijo la primera noche, justo antes de despedirse de la Traicionada con un beso sobre la frente y de cerrar la puerta de la que en ese momento se convirtió en su recámara.

—Vine a conocerte —dijo y a la mañana siguiente empezó a dirigir la rutina de mi casa.

Gracias a mi trabajo en el hospital municipal yo pasaba poco tiempo en ella. Digo gracias ahora y esto parecería indicar que me gustaba mi trabajo. La verdad es todo lo contrario. Por años había despreciado intensamente los muros altos de esa fortificación que algún burócrata de imaginación malévola decidió colocar a la orilla del mar, justo en uno de los puntos más hermosos de la costa donde altos arrecifes de complicados rasgos angulares le daban refugio a pelícanos, gaviotas y vagabundos. Cuando cruzaba la puerta principal y me internaba poco a poco en aquel marasmo de olores nauseabundos y gritos desmesurados no hacía otra cosa que odiarme a mí mismo. Caminaba lentamente, con la vista sobre la punta de los zapatos que avanzaban por el camino recto que conducía a las oficinas administrativas y, mientras tanto, odiaba mi falta de ambición, esa predisposición casi bovina a conformarme con las cosas, mi obsesiva fascinación con el océano que, sin duda, había determinado con mucho mi decisión de aceptar este trabajo. Cuando finalmente abría la puerta del cuarto húmedo, frío y sin ventana alguna al que pomposamente llamaba mi consultorio, el odio era tanto que sólo pensaba en recetar veneno a los pacientes. No me interesaba curarlos. Actuaba con la firme convicción de que lo mejor que podía hacer era contribuir a su muerte para así ahorrarles el duro trance de una estancia larga en este sitio. Y yo no era el único. Los enfermeros parecían compartir mi secreto resquemor porque manipulaban a los pacientes con esa sosegada, tensa agresión que sólo el odio es capaz de alimentar en los brazos de ciertas gentes. Los administradores, por su parte, lo manifestaban a través de la indiferencia. Se pasaban horas sin hacer otra cosa que bostezar frente a las pantallas de computadoras casi inservibles. Las cocineras lo canalizaban en guisos inmundos, ya sin sabor o ya con demasiadas especias, que luego otras empleadas de mirada turbia servían en platos de estaño. A los guardias no sólo se les veía en los ojos sino también en las armas que portaban con un orgullo malsano entre el pecho y la cintura. Cuando digo que gracias a mi trabajo no veía a Amparo mucho tiempo en casa, en realidad estoy diciendo que su rutina doméstica me llenaba de un terror profundo, inconfesable, paralizador. La Desaparecida, lógicamente, no parecía dispuesta a darse cuenta de eso.

—Yo era una gran escritora —me confesó sin que yo se lo preguntara la segunda mañana que pasaba en mi casa.

Había elevado la mirada hacia mí y, luego, en un movimiento abrupto, la había colocado una vez más sobre el ventanal. Así, sin darme la cara, me empezó a contar lo que sabía sobre el proceso de su desaparición.

—No sabía que me odiaban tanto —murmuró y luego guardó silencio como si necesitara respirar a solas para poder darse fuerzas, ánimo, y así continuar—. Pero poco a poco me tuve que dar cuenta. Las máquinas de escribir que utilizaba empezaron a descomponerse. Los lápices a desaparecer de mi escritorio. Y luego estuvo todo ese engorroso asunto de los apagones que sólo afectaban a mi casa. Si supiera cuántas veces me quejé con el Departamento de Recursos Eléctricos y nada. Lo único que me dijeron por mucho tiempo fue que estaban investigando mi caso, que pronto iban a identificar la causa.

—¡Puras mentiras! —la voz se le agitó y, como si eso la molestara, como si estuviera mostrando demasiado y demasiado pronto, se incorporó de la mesa, encendió un cigarrillo y se concentró sobre las aguas azules del océano.

Tardó un tiempo en calmarse. Una vez que se sintió más segura, capaz de hablar con oraciones completas, se sentó y tomó la pluma con la mano derecha. Pensé que volvería de inmediato a su escritura, pero vaciló.

—Y las sospechas de los críticos —dijo con una voz dolida— sembrando la discordia y la desconfianza por todas partes, constantemente. ¿De verdad era capaz de escribir esto o aquello? ¿Era quien yo decía que era? ¿Era una impostora? ¡Todo se volvió demasiado insoportable!

Pensé que había terminado su reclamo. Esperaba que cerrara su cuaderno y se levantara de nuevo para ir hacia el ventanal. Pero continuó, su voz baja, como una pintura que se desvanecía en una casa abandonada.

—Y luego la turba, siempre en busca de sangre, siempre dispuesta a atacar. Gente pequeña y mala. Gente mala y solitaria —me miró, pero veía algo más, un vacío que llenaba de odio y resentimiento—. Sus dientes. Sus cuchillos. Miren, miren esto.

Levantó sus brazos desnudos y señaló algo cerca de su codo derecho que no distinguí bien. Por un momento sentí lástima por ella. Pero una vez más me acordé de quién era y cómo había asumido el control de mi hogar, y mi frustración regresó. Y mi rabia.

No la conocía mucho, no la conocía nada, pero supe instintivamente que ya no saldría de su silencio. Por lo demás, me interesaba muy poco la historia de su desaparición. Y le creía aún menos. Sin despedirme, casi sin voltear a verla, salí de la casa y al abrir la puerta de mi auto pensé en el hospital municipal como un refugio. Nunca se me había ocurrido algo semejante. Manejé aprisa esa mañana. Prendí el radio y, para mi sorpresivo placer, escuché una sonata para violín que a bien tuvo calmarme. Me entretuve observando de reojo los arbustos de colores cenicientos que se extendían al lado derecho de la carretera y las aguas de la playa que casi tocaban los bordes del lado izquierdo de la misma hasta llegar a la puerta principal de la institución. Hospital Municipal. Granja del Buen Reposo. Eso decían los letreros que, ya medio despintados, bordeaban el arco de la entrada aunque ahí difícilmente se administraran medicamentos y casi nadie encontrara reposo, ya fuera malo o bueno. Se trataba en realidad, he de confesarlo, de un establecimiento para enfermos terminales. Los desahuciados. Los desechos. El hospital no era más que un panteón con las tumbas abiertas. Se mantenía gracias a un financiamiento ridículo, casi inexistente, del Gobierno Central. Una especie de limbo a donde llegaban los heridos de muerte que, sin embargo, no podían morir. O no, al menos, todavía. Mi odio, lo comprenderán ahora, no les podía hacer más daño que el que ya traían dentro esos seres, destinados a vivir el resto de su vida insignificante en esa lejana esquina del mundo, la última frontera.

Esa mañana pues, gracias a mi trabajo, pude escapar de la rutina que Amparo ya había creado en mi casa. Y aunque mi logro sólo duraba ocho horas en cinco días de la semana, lo festejé con un orgullo secreto y anónimo. Amparo Dávila, ya había tomado yo la decisión, no me desaparecería. Nunca lo lograría.

Título

La desaparición es una condición contagiosa. Todo mundo lo sabe. Antes se creía que era algo externo, algo impuesto por un agente mucho más poderoso sobre la inocente víctima, usualmente de maneras brutales. Poco a poco, con los avances de la ciencia y de la informática, se ha llegado a saber que para ser un desaparecido se requiere, ante todo, tener contacto previo con uno de ellos. Los mecanismos posteriores del mal varían mucho —mayor o menor grado de violencia, menos o más aislamiento, poco o mucho silencio— pero el elemento común a todos ellos es el contacto. Contacto físico. Piel. Saliva. Tacto. La contaminación física. De ahí que pocos confiesen ese estado y que la desaparición sea algo tan temido. Por esta razón el miedo que me producía Amparo se multiplicó de manera acelerada cuando, casi sin más, casi como si se tratara de algo sin importancia, me confesó que escribía sobre su propia desaparición. Por un par de días anduve pensando en la posibilidad de pedir vacaciones para poder alejarme de ella en esa etapa tan crítica, por temprana, en el proceso de contagio, pero pronto tuve que recapacitar. Recordé que la Traicionada se encontraba también en mi casa, a merced de la ex Escritora, y una sensación de angustia me invadió. Temí por mi examante, sentí una compasión absurda por ella, pero ésa no fue la razón por la cual, al final, decidí quedarme y enfrentar las cosas. Ya lo sabía yo de mucho tiempo atrás: no podía alejarme del mar.

El océano me calma. Su masiva presencia me hace pensar, y creer, que la realidad es bien pequeña. Insulsa. Insignificante. Sin él, el peso de la realidad sería mortal para mí. El océano frente al cual viví por tanto tiempo, en una soledad que la casa de la que me proveyó el hospital me ayudaba a preservar, había salvado mi vida hasta entonces. Pero todo eso, todos esos años de sacrificio, todos esos largos minutos de disciplina y sordo desasosiego ante los que me había resignado con tal de estar junto al mar, empezaron a desmoronarse.

Me gustaría culpar a Amparo Dávila por esto, pero no podría hacerlo sin faltar a mi sentido de honestidad. Supongo que en realidad todo se desató cuando, irracionalmente, acepté reunirme con la Traicionada. Ocurrió cuando, de manera por demás irresponsable, acepté la llamada por cobrar que pasaron a mi teléfono del consultorio y cuando, en pleno delirio, le describí la ruta para llegar por tierra hasta este lugar de la costa. Tal vez Amparo tenía intervenida la línea. Tal vez espiaba a mi examante y, fingiendo que esperaba utilizar el teléfono público desde donde ésta había hecho la llamada, se apostó lo más cercanamente posible a su espalda para así escuchar los datos. Tal vez la Traicionada, que siempre fue tan negligente en cuestión de papeles, escribió la información en hojas tamaño carta que después dejó a la vista de todos. Cualquier opción era posible y, cualquiera que haya sido, funcionó casi a la perfección. Amparo Dávila llegó apenas con unas horas de adelanto para escribir la historia de una desaparición que ella, sin pruebas de por medio, asociaba de manera francamente enfermiza con la Granja del Buen Descanso donde yo trabajaba. Eso me lo dijo la tercera mañana que pasaba en casa.

—Tú me puedes ayudar con esto ¿sabías? —parecía pregunta pero en realidad lo que me estaba lanzando a la cara era una orden.

Me reí porque estaba nervioso y sabía perfectamente lo que ella quería. Un cómplice. Un ayudante. Un confesor.

—¿Cómo? —no alcancé a detener la pregunta detrás de mis dientes por más que lo intenté.

En lugar de apresurarse a responder, Amparo guardó silencio. Sus tácticas siempre fueron muy sofisticadas. Estoy seguro de que sabía que una respuesta rápida resultaría en una fácil negativa o, peor, en una burla inmediata. Su silencio, acompañado del arco sospechoso de su ceja derecha, tuvo el efecto esperado: me urgía saber. Necesitaba su respuesta. Pero, otra vez, en lugar de ceder tan fácilmente se parapetó, y se hizo aún más fuerte, dentro de su silencio. No habló de todo este asunto por días enteros.

Mientras tanto, ella actuaba como si nada pasara en realidad. Su rutina la salvaba y la protegía. Seguía levantándose temprano para preparar té y café. Continuaba subiendo el caliente líquido a la recámara donde la Traicionada empezaba a dar señas de una leve mejoría. Bajaba las escaleras con cuaderno en mano y, con una interacción cada vez más corta y monosilábica, se disponía a continuar con la historia de su desaparición al mismo tiempo que yo salía con rumbo al hospital. Así pasaron esos días nerviosos, llenos de expectación, en los que el invierno se perpetuó a sí mismo.

—¿Cuánto tiempo tienes trabajando en el hospital? —me preguntó sin mucho énfasis un día en que la lluvia transformaba el color de las aguas del océano.

—Veinticinco años —le respondí sin percatarme del riesgo que estaba corriendo.

—¿Y tienen expedientes desde entonces?

Su pregunta me hizo volver la cara y enfrentar el efecto de expansión que se producía en sus ojos. Estaba solo, absolutamente solo y sin voz. En ese momento me di cuenta de que mis sospechas eran adecuadas. Amparo Dávila quería tener acceso a los documentos de mi institución por motivos que desconocía y que, con toda seguridad, ella no compartiría conmigo.

—No lo sé —dije con calma, como si no me hubiera percatado de su juego—. Tendrías que preguntarle al Director.

Ella sonrió como si creyera en realidad lo que le estaba diciendo. Luego volvió a subir las escaleras y a encerrarse, para mi total desconcierto, en la habitación de la Traicionada. Fue así como supe que habían empezado a dormir juntas. Y una vez más, de manera por demás irracional, temí por la suerte de mi examante. Desaparecería también, estuve seguro en ese momento. Luego, casi de inmediato, no pude evitar reírme de mí mismo. Recordé el lugar donde vivía, su aislamiento agreste, la manera en que nos llegaban los víveres en cajas de cartón semanalmente desde las dos ciudades que nos circundaban, la ausencia de correo, el limitado número de teléfonos. Tomé conciencia, tal vez como nunca antes, de que la comunidad que se había formado alrededor de un puñado de moribundos estaba desaparecida. Y desaparecidas nuestras voces, nuestros olores, nuestros deseos. Vivíamos, por decirlo así, a medias. O mejor: vivíamos con un pie dentro de la muerte y otro todavía pisando el terreno de algo parecido solamente de manera remota a la vida. Pocos sabían de nosotros y aún menos se preocupaban por nuestro destino. Iba a ponerme melancólico, a punto estuve, pero me incorporé a observar el mar, su silueta nocturna, su lomo inmenso. Me serví, de entre todos los licores disponibles, una copa de anís y recapacité: nuestra irrealidad, nuestra falta de evidencia, no sólo constituía una cárcel, sino también una forma radical de libertad. ¿Cuántos en las ciudades vecinas podían darse el lujo de posar los ojos ininterrupidamente sobre el animal marino? ¿Cuántos entre todos ellos podían disfrutar esta relajación, este tremendo descanso ocasionado por la carencia de una historia propia, por la falta de una inscripción? ¿Cuántos, entre todos ellos, podían vivir su muerte día tras día, hora tras hora, puntualmente? ¿Cuántos la conocían tan de cerca, saboreándola sin resquemor, aprendiendo poco a poco a no temerla? Iba a ponerme eufórico pero me contuve. Nunca he sido dado a victorias fáciles después de todo. Las respuestas, que sabía ciertamente, que podía ofrecer sin chistar y sin sonrojarme, no le interesaban a nadie. Reí otra vez en silencio y a solas. Abrí la puerta trasera de la casa y bajé los escalones hasta llegar a la playa. Caminé por horas. Perdido. Ensimismado. Preguntándome a cada paso si estaba realmente vivo. Si éstos eran, en realidad, mis huesos.