Título

Prólogo

Sofie había sobrevivido durante dos semanas en el campo de concentración de Kavalla.

Dos semanas y los guardias, criaturas conocidas como necrolobos, todavía no la descubrían. Todo había salido según el plan. Al menos, el hedor de los días que pasó hacinada en el transporte, como ganado, sirvió para disimular el olor distintivo de su sangre. También la protegió cuando la llevaron, junto con los demás, por los pasajes que separaban los edificios de ladrillo: este nuevo Averno que representaba una pequeña muestra de lo que los asteri tenían planeado hacer si la guerra continuaba.

Dos semanas aquí y ya tenía ese hedor tatuado en la piel al grado que incluso engañaba el fino olfato de los lobos. Esa mañana, estuvo a un par de metros de uno en la fila para el desayuno y el guardia ni siquiera olfateó en dirección a ella.

Una pequeña victoria. La agradecía estos días.

La mitad de las bases rebeldes de Ophion había caído. Otras más caerían pronto. Pero para ella sólo existían dos lugares ahora: aquí y el puerto de Servast, su destino esta noche. Sola, incluso a pie, podría llegar sin problema. Era uno de los pocos beneficios de poder cambiar entre sus identidades humana y vanir… aparte de ser una de las pocas humanas que había realizado el Descenso.

Eso técnicamente la convertía en vanir. Le concedía una expectativa de vida larga y todos los beneficios que eso implicaba, los cuales su familia humana no tenía ni tendría jamás. Ella tal vez no se hubiera molestado con hacer el Descenso si sus padres no la hubieran alentado: las capacidades de sanación que adquiriría le proporcionaban una armadura adicional en este mundo diseñado para matar a los de su especie. Así que lo había hecho a escondidas, en un centro de Descenso clandestino y altamente ilegal. Un sátiro lascivo hizo las veces de su Ancla y tras el ritual tuvo que ceder toda su luzprístina. Había pasado los años subsiguientes aprendiendo a usar su humanidad como un disfraz, interno y externo. Tal vez tuviera todos los rasgos de los vanir, pero nunca iba a ser vanir. Ni en el corazón ni en el alma.

Pero esta noche… esta noche, a Sofie no le importó liberar un poco al monstruo.

No sería un viaje sencillo gracias a la docena de pequeñas figuras que estaban a sus espaldas, agachadas en el lodo frente a la cerca de alambre de púas.

Cinco niños y seis niñas estaban reunidos alrededor de su hermano de trece años, quien los estaba cuidando como un pastor a su rebaño. Emile los había sacado de sus literas, con ayuda de un amable humano sacerdote del sol que hacía las veces de centinela desde un cobertizo a diez metros de distancia.

Los niños lucían demacrados, con la piel grisácea. Los ojos demasiado grandes, desahuciados.

Sofie no necesitaba conocer sus historias. Lo más probable era que fueran iguales a la suya: padres humanos rebeldes que habían sido capturados o traicionados. Los de Sofie pertenecían al segundo tipo.

Por mera suerte, Sofie había escapado también de las garras de los necrolobos, al menos hasta ahora. En una ocasión hace tres años, se quedó estudiando con sus amigos hasta altas horas de la noche en la biblioteca de la universidad. Al regresar a su casa pasada la medianoche, notó que las ventanas estaban rotas, la puerta principal destrozada y, pintado con aerosol en el costado de su casa en los suburbios, un mensaje: REBELDES DE MIERDA. Se echó a correr. Probablemente, la intervención divina de Urd fue lo único que evitó que la viera el necrolobo que vigilaba la puerta.

Más tarde pudo confirmar que sus padres estaban muertos. Supo que la Cierva, o su escuadrón de élite conformado por necrolobos interrogadores, los había torturado brutalmente hasta matarlos. Durante meses, Sofie se había dedicado a ascender en el escalafón de Ophion para conseguir un informe que no sólo le reveló el destino de sus padres sino también de sus abuelos. Habían sido separados del grupo al llegar al campo de concentración de Bracchus, en el norte, y luego fueron fusilados junto con otros ancianos y sus cadáveres abandonados en una fosa común.

Y su hermano… Sofie todavía no había logrado averiguar nada sobre Emile. Durante años, trabajó con los rebeldes Ophion a cambio de cualquier información sobre él, sobre su familia. No quería ni pensar en lo que había tenido que hacer para obtener esa información. El espionaje, la gente que había asesinado para lograr conseguir los datos que Ophion quería… esas cosas le pesaban en el alma como una capa de plomo.

Pero por fin ya había hecho suficiente por Ophion y le informaron que habían enviado a Emile a este campo de concentración y que, contra toda expectativa, había sobrevivido. Al fin ya lo tenía localizado. Convencer al Comando de que le permitiera venir por él… eso fue otro de los laberintos que se vio obligada a recorrer.

De hecho, necesitó el apoyo de Pippa. El Comando escuchaba a Pippa, su soldado fiel y ferviente, líder de la unidad de élite Ocaso. En especial ahora, que las filas de Ophion estaban tan mermadas. Pero Sofie era sólo parcialmente humana… Ella sabía la ventaja que eso representaba a pesar de que la sangre vanir que corría por sus venas haría que nunca confiaran plenamente en ella. Así que, de vez en cuando, necesitaba a Pippa. De la misma manera que Pippa había requerido de los poderes de Sofie para las misiones de Ocaso que coordinaba.

Pippa no le ofreció su ayuda porque tuvieran una amistad. Sofie estaba casi segura de que los amigos no existían dentro de la red rebelde de Ophion. Pero Pippa era una oportunista y sabía lo que podría ganar si esta operación resultaba exitosa, las puertas que se le abrirían dentro del Comando si Sofie regresaba triunfante.

Una semana después de que el Comando aprobara el plan, a más de tres años de la fecha en que irrumpieron en su casa y raptaron a su familia, Sofie entró a Kavalla.

Para lograrlo, había esperado hasta que una patrulla local de necrolobos pasara marchando y entonces fingió toparse con ellos accidentalmente, apenas a poco más de un kilómetro del sitio donde estaba ahora. De inmediato, la patrulla encontró los documentos falsos de rebelde que ella traía guardados en el abrigo. No tenían idea de que Sofie también llevaba, oculta dentro de su cabeza, información que bien podría convertirse en la pieza final en esta guerra contra los asteri.

El golpe que podría significar su fin.

Ophion se había enterado demasiado tarde de que, justo antes de entrar a Kavalla, Sofie al fin había completado la misión para la cual llevaba años preparándose. Se había asegurado de que Pippa y Ophion supieran que había obtenido esa información antes de que la arrestaran. Sólo para cerciorarse de que cumplirían la promesa de liberarlos a ella y a Emile. Sabía que esto tendría graves consecuencias: que hubiera conseguido la información a escondidas y que ahora la estuviera usando como garantía.

Pero ya lidiaría con eso después.

La patrulla de necrolobos la había interrogado durante dos días. Dos días y después la echaron al carro del ganado con los demás, convencidos de que era sólo una humana tonta y despechada a quien su examante le había dado esos documentos.

Sofie nunca pensó que algún día sacaría provecho de sus estudios universitarios de teatro. Que escucharía la voz de su profesor favorito criticando su actuación mientras alguien le arrancaba las uñas. Que fingiría una confesión con toda la sinceridad que solía utilizar en el escenario.

Se preguntó si el Comando sabría que había usado esas dotes de actuación con ellos también.

Pero esto tampoco le debía preocupar ya. Al menos, no hasta mañana. Esta noche, lo único que importaría sería el plan desesperado que estaba por concretarse. Si no la habían traicionado, si el Comando no se había enterado de la verdad, entonces habría una embarcación esperándolos a treinta kilómetros para sacarlos de Pangera. Miró a los niños que la rodeaban y rezó para que el barco tuviera espacio suficiente para todos porque ella había dicho que sólo serían tres pasajeros.

La primera semana y media que estuvo en Kavalla la dedicó a intentar encontrar a su hermano: cualquier pista sobre su ubicación en el enorme campo de concentración. Y luego, hacía unos días, se lo encontró en la fila de la comida. Sofie fingió tropezarse para disimular el asombro y la dicha y el dolor.

Había crecido tanto. Ya estaba de la altura de su padre. Parecía estar hecho de puras extremidades torpes y huesos, para nada el aspecto que debería tener un joven sano de trece años. Sin embargo, su cara… ésa era la cara que ella recordaba. Apenas empezaban a vislumbrarse en el horizonte las primeras señales de que pronto se convertiría en un hombre.

Esta noche, ella aprovechó una oportunidad para meterse al dormitorio de su hermano. Y a pesar de los tres años y las incontables penurias que habían soportado, él la reconoció también en un instante. Sofie se lo hubiera llevado en ese momento si él no le hubiera suplicado que rescataran a los otros.

Y ahora tenía doce niños agachados detrás de ella.

Las alarmas no tardarían en sonar. Ya sabía que tenían diferentes sirenas para cada ocasión en este lugar. Para indicar la hora de levantarse, la hora de las comidas, las inspecciones sorpresa.

Se escuchó el canto melancólico de un ave en la niebla baja. Todo despejado.

Con una oración silenciosa de agradecimiento al sacerdote del sol y al dios que veneraba, Sofie levantó su mano lastimada hacia la cerca electrificada. No se fijó en las uñas que le faltaban, ni en los golpes, ni siquiera en lo entumidas y tiesas que tenía ambas manos, cuando la energía de la cerca crepitó por su cuerpo.

Fluyó a través de ella, hacia su interior, convirtiéndose en ella. Convirtiéndose en suya para que la usara como quisiera.

Con sólo pensarlo, la energía de la cerca cambió de dirección de nuevo y los dedos de Sofie chisporrotearon en el sitio donde se envolvían en el metal. El metal se puso anaranjado y después rojo bajo su mano.

Tenía la piel de la palma de la mano tan ardiente que, con un movimiento descendente, atravesó sin problema el metal y el alambre. Emile le susurró a los demás algo para evitar que gritaran pero Sofie alcanzó a escuchar que uno de los niños murmuraba: bruja.

El miedo típico que sentían los humanos hacia los que tenían dones de vanir, hacia las mujeres que tenían un poder tan tremendo. No volteó para aclararle que lo que fluía por su cuerpo no era el poder de una bruja. Era algo mucho más excepcional.

La tierra fría y lodosa golpeó su mano cuando terminó de desgarrar la última parte de la cerca y separó los dos extremos, apenas lo suficiente para poder pasar entre ellos. Los niños avanzaron un poco pero ella les hizo una señal para que se detuvieran y analizó el terreno. El camino que separaba el campo de concentración de los enormes pinos y helechos estaba vacío.

Pero la amenaza vendría de atrás. Giró hacia las torres de vigilancia en las esquinas del campo, donde había guardias apostados con rifles de francotirador que apuntaban hacia el camino.

Sofie respiró profundamente y el poder que había succionado de la cerca volvió a recorrerla. En el campo de concentración, los reflectores se rompieron con una cascada de chispas que hizo que los guardias gritaran y giraran en esa dirección.

Sofie abrió la cerca un poco más, con toda la fuerza de sus brazos. El metal le cortó las palmas de las manos pero ella le gruñó a los niños para que corrieran, corrieran, corrieran

Las pequeñas sombras avanzaron, con sus uniformes color gris claro desgarrados y sucios y demasiado brillantes bajo la luz de luna casi llena. Cruzaron la cerca y el camino lodoso hacia los helechos densos y el barranco escarpado un poco más adelante. Emile cruzó al final, su aspecto alto y huesudo seguía produciéndole una descarga de asombro casi comparable a las descargas de electricidad que su cuerpo era capaz de generar.

Sofie no se permitió pensar sobre eso mientras corría detrás de él. Estaba débil por la falta de alimento, las labores forzadas; la miseria de ese sitio que le drenaba el alma. El lodo y las rocas le cortaban los pies descalzos, pero el dolor era una sensación distante porque estaba concentrada en la docena de rostros pálidos que se asomaban desde los helechos. Rápido, rápido, rápido, les susurró.

La camioneta esperaría poco tiempo.

Una de las niñas se tambaleó al ponerse de pie y pareció como si fuera a caer por la pendiente, pero Sofie la alcanzó a tomar debajo del hombro huesudo y la mantuvo en pie para continuar con su camino entre los helechos que les rozaban las piernas, entre las raíces que se enredaban en sus pies. Más rápido. Tenían que avanzar más rápido

Se escuchó el aullido de una sirena.

Sofie no la había escuchado antes. Pero sabía que ese sonido estridente representaba algo: fuga.

Los haces de luz de las lámparas empezaron a recorrer los árboles justo cuando Sofie y los niños llegaron a la cima de una colina y prácticamente se dejaron caer hacia la hondonada cubierta de helechos. Los necrolobos estaban en su forma humanoide, entonces. Bien… su vista no era tan aguda en la oscuridad cuando estaban en esa forma. Mal, porque significaba que portaban armas de fuego.

Sofie sintió que le faltaba el aliento pero se concentró y lanzó su poder hacia atrás. Las lámparas se apagaron. Ni siquiera la luzprístina podía contra su poder. Se escucharon gritos… masculinos, feroces.

Sofie se apresuró hacia el frente del grupo y Emile pasó a la retaguardia para asegurarse de que nadie se quedara atrás. Ella sintió cómo el pecho se le henchía de orgullo a pesar de que el sentimiento se entremezclaba con el terror.

Sabía que nunca regresarían vivos al campo de concentración si los capturaban.

Sentía cómo le quemaban los muslos pero continuó corriendo y subió por el costado de la hondonada. No quería pensar en lo que estarían sufriendo los niños con sus rodillas prominentes y sus piernitas huesudas que apenas parecían poder sostenerlos en pie. Lograron llegar a la cima de la colina justo cuando aullaron los necrolobos, un sonido inhumano que les desgarraba las gargantas humanoides. Un llamado a la cacería.

Empujó a los niños para que se apresuraran más. Niebla y helechos y árboles y rocas…

Cuando uno de los niños colapsó, Sofie lo cargó y se concentró en las manitas demasiado frágiles que se sostenían del frente de su túnica.

Deprisa, deprisa, deprisa…

Y entonces apareció el camino, y la camioneta. El agente Silverbow los había esperado.

No sabía su verdadero nombre. Se había rehusado a que él se lo dijera aunque ella tenía una buena idea de qué… quién… era. Pero para ella, él siempre había sido Silver. Y la había esperado.

Le había dicho que no lo haría. Le había dicho que Ophion lo mataría por abandonar su misión. Que Pippa lo mataría. O que le ordenaría a uno de sus soldados de Ocaso que lo hiciera.

Pero había acompañado a Sofie, se había mantenido oculto estas dos semanas hasta que Sofie le envió un rayo de luzprístina anoche, la única señal que se había atrevido a enviar por la presencia de tantos vanir que recorrían el campo de concentración, para avisarle que estuviera en ese punto en veinticuatro horas.

Ella le dijo que no usara sus poderes. Aunque eso hubiera ayudado a que toda esta misión fuera mucho más segura y sencilla, lo habría drenado demasiado para poder escapar. Y ella lo necesitaba con su fuerza íntegra en ese momento.

Bajo la luz de la luna, la cara de Silver lucía pálida y contrastaba con el color del uniforme imperial que se había robado. Traía el cabello peinado hacia atrás como el típico oficial vanidoso. Hizo una mueca al ver a Emile y después a los otros once niños, obviamente calculando cuántos podrían caber en la camioneta blanca.

—Todos —dijo Sofie con voz rasgada mientras corría hacia el vehículo encendido—. Todos, Silver.

Él entendió. Siempre la había entendido.

Saltó del carro con gracia sobrenatural y abrió las puertas traseras. Un minuto más tarde, apretada contra Silver en el asiento delantero de la camioneta, sintiendo el calor de su cuerpo irradiar hacia ella a través de sus prendas raídas, Sofie apenas había logrado dar un respiro antes de que él acelerara a fondo. Él le acariciaba el hombro con el pulgar una y otra vez, como si necesitara asegurarse de que ella estaba ahí, de que lo había logrado.

Ninguno de los niños hablaba. Ninguno lloraba.

Mientras la camioneta se alejaba a toda velocidad hacia la noche, Sofie se preguntó si los niños todavía tendrían la capacidad de hacerlo.

Les tomó treinta minutos llegar a la ciudad portuaria de Servast.

Sofie se recargó en Silver, quien a pesar de ir a toda velocidad, de noche, por un camino rural accidentado y sinuoso, se cercioró de que los niños encontraran las bolsas de comida que traía en la parte trasera. Sólo había suficiente para tres, pero los niños sabían cómo repartir la escasa comida entre todos. Silver se aseguró de que Sofie también comiera algo. Dos semanas en ese campo de concentración casi la habían destruido. Ella no lograba comprender cómo habían sobrevivido estos niños durante meses. Años. Su hermano había sobrevivido tres años.

Silver habló en voz baja cuando salieron de una curva muy cerrada:

—La Cierva está cerca. Recibí un informe esta mañana de que estaba en Alcene —una pequeña ciudad a menos de dos horas de distancia; uno de los puntos vitales de almacenamiento a lo largo de la Espina Dorsal, la red ferroviaria que corría de norte a sur y que surtía de municiones y provisiones a las tropas imperiales—. Nuestros espías nos indicaron que venía en esta dirección.

Sofie sintió que el estómago se le hacía nudos, pero se concentró en ponerse la ropa y los zapatos que Silver le había traído.

—En ese caso, espero que podamos llegar a la costa antes que ella.

Él tragó saliva. Ella se atrevió a preguntar:

—¿Pippa?

Un músculo de la mandíbula de Silver se movió involuntariamente. Él y Pippa habían estado compitiendo por un ascenso a las filas superiores del Comando durante años. Una fanática enloquecida, había dicho él de Pippa en más de una ocasión, por lo general después de que su escuadrón Ocaso realizara un ataque brutal sin supervivientes. Pero Sofie podía comprender la devoción de Pippa: ella misma había crecido aparentando ser completamente humana, después de todo. Había sido testigo de cómo eran tratados los humanos en realidad. Se podía imaginar cómo había sido tratada Pippa por los vanir durante toda su vida. Había ciertas cosas, ciertas experiencias, que Silver nunca podría comprender.

Silver dijo:

—No se sabe nada todavía. Más le vale estar donde prometió estar.

Se podía percibir la desaprobación y la desconfianza en cada una de sus palabras.

Sofie no dijo nada más y continuaron avanzando. No le contaría los detalles de la información que había obtenido, a pesar de todo lo que él había hecho y todo lo que significaba para ella, a pesar de las horas en silencio que pasaron juntos, con sus cuerpos y almas fundidos. No se lo diría a nadie hasta que el Comando cumpliera sus promesas.

Los asteri probablemente ya se habían dado cuenta de lo que había descubierto. Sin duda habían enviado a la Cierva a cazarla para evitar que Sofie se lo dijera a alguien más.

Pero la amenaza más apremiante provenía de los necrolobos que se iban acercando con cada kilómetro que avanzaban hacia Servast, como sabuesos tras un rastro. Las miradas frecuentes de Silver al espejo retrovisor le confirmaban que él también estaba consciente de ello.

Entre los dos tal vez podrían pelear contra un puñado de metamorfos de lobo; lo habían hecho antes. Pero sin duda un escape de Kavalla ameritaría muchos más que un puñado. Muchos más de los que podrían enfrentar y sobrevivir.

Ella se había preparado para esta contingencia. Entregó su cristal de comunicación al Comando antes de entrar a Kavalla. Esa tan preciada y única línea de comunicación con su espía más valiosa. Sabía que ellos mantendrían ese pequeño trozo de cuarzo a salvo. De la misma manera que sabía que Silver mantendría a Emile a salvo. Le había dado su palabra.

Cuando salieron de la camioneta, la niebla envolvía los muelles de Servast y se retorcía sobre las heladas aguas del mar de Haldren, oscuras como la noche. Se arremolinaba alrededor de las antiguas casas de roca del puerto. La luzprístina de los pocos postes de alumbrado titilaba sobre las calles empedradas. No se veía luz detrás de los postigos de las ventanas, ni un carro o peatón moviéndose entre las sombras profundas y la niebla.

Era como si las calles de Servast se hubieran vaciado en anticipación a su llegada. Como si sus pobladores, la mayoría pescadores pobres, tanto humanos como vanir aliados con la Casa de las Muchas Aguas, se hubieran refugiado obedeciendo a un instinto que les gritaba que no debían adentrarse a la niebla. No esta noche.

No hoy que los necrolobos andaban merodeando.

Silver iba adelante. Se había puesto una gorra que dejaba visible un poco de su cabello. Miraba de un lado al otro y traía la pistola al alcance de su mano, a su costado. Ella lo había visto matar eficientemente sólo valiéndose de su poder, pero en ocasiones era más fácil usar una pistola.

Emile se mantuvo cerca de Sofie mientras avanzaban por las calles desgastadas por el paso de los siglos, a través de los mercados vacíos. Ella podía sentir las miradas detrás de los postigos cerrados. Pero nadie abrió la puerta para ofrecer ayuda.

A Sofie no le importaba. Mientras el barco estuviera esperando donde le había pedido que estuviera, el mundo podía irse al Averno.

Afortunadamente, el Bodegraven estaba esperando al final de un muelle largo de madera a tres cuadras de distancia. Las letras plateadas de su nombre brillaban en contraste con el casco negro de la embarcación. Unas cuantas lucesprístinas relucían en las claraboyas del pequeño barco de vapor, pero las cubiertas permanecían en silencio. Emile inhaló bruscamente al verlo, como si tuviera enfrente una visión provocada por Luna.

Sofie rezó para que los demás barcos de Ophion estuvieran esperando más allá del puerto para proporcionarles apoyo, como el Comando le había prometido a cambio del valioso elemento que había ido a rescatar del campo de concentración. Les daba lo mismo que ese valioso elemento fuera su hermano. Lo único que les interesaba era lo que ella les había dicho que él podía hacer.

Miró las calles, los muelles, los cielos.

El poder vibraba en sus venas al compás del latido de su corazón. Un contratiempo. Un tambor de hueso, un tañido mortal. Una advertencia.

Tenían que irse ahora.

Ella empezó a acelerar pero la mano grande de Silver la tomó por el hombro.

—Están aquí —dijo con su acento del norte. Con sus agudos sentidos, podía detectar a los lobos mejor que ella.

Sofie examinó los tejados inclinados, las calles empedradas, la niebla.

—¿Qué tan cerca?

El rostro apuesto de Silver se llenó de temor.

—En todas partes. Están en todas putas partes.

Estaban a sólo tres cuadras de la salvación. Se escuchó el eco de unos gritos rebotar en las rocas a una cuadra de distancia. ¡Allá! ¡Allá!

Un instante para decidir. Un instante… vio a Emile detenerse, el destello de miedo en sus ojos oscuros.

No más miedo. No más dolor.

Sofie le siseó a Silver:

Corre.

Silver se movió para buscar su pistola pero ella le empujó la mano y se acercó a su cara:

—Llévate a los niños al barco y vete. Yo mantendré ocupados a los lobos y me reuniré contigo allá —le indicó. Algunos de los niños ya iban corriendo hacia el muelle, pero Emile se quedó—. ¡Corre! —le repitió a Silver. Él le tocó la mejilla, la más suave de las caricias, y salió corriendo detrás de los niños, rugiéndole al capitán que acelerara los motores. Ninguno de ellos sobreviviría si no salían en ese momento.

Sofie miró a Emile:

—Ve al barco.

Los ojos de su hermano, iguales a los de su madre, se abrieron como platos.

—Pero, tú cómo…

—Te prometo que te volveré a encontrar, Emile. Recuerda todo lo que te dije. Vete.

Cuando abrazó el cuerpo delgado y huesudo de su hermano, se permitió inhalar profundamente su olor, el olor que estaba debajo de las capas acres de suciedad y desechos del campo de concentración. Entonces Emile se tambaleó hacia atrás y casi se tropezó al percatarse del poder que empezaba a acumularse en la punta de los dedos de Sofie.

Hazlos pagar —le dijo su hermano suavemente antes de partir.

Ella cerró los ojos y se preparó. Hizo acopio de su poder. Las luces se apagaron en la cuadra a su alrededor. Cuando abrió los ojos en la recién creada oscuridad, Emile ya había llegado al muelle donde Silver esperaba en la rampa, llamándolo debajo de la única lámpara del alumbrado público que seguía encendida. La mirada de Sofie se cruzó con la de Silver.

Ella asintió una vez, con la esperanza de que el gesto le transmitiera todo lo que estaba sintiendo en su corazón, y se dirigió hacia los aullidos de los necrolobos.

Sofie corrió directamente hacia los dorados haces de luz que brotaban desde los faros de los cuatro vehículos. Todos estaban decorados con el símbolo asteri: SPQM y su guirnalda de siete estrellas. También estaban llenos de necrolobos que vestían el uniforme imperial y tenían las pistolas desenfundadas.

Sofie ubicó de inmediato a la mujer rubia sentada en el asiento delantero del convertible militar. Una torques de plata brillaba en su cuello.

La Cierva.

La metamorfa de venado tenía dos francotiradores apostados a su lado en el automóvil abierto, con los rifles apuntando a Sofie. Incluso en la oscuridad, el cabello de Lidia Cervos brillaba y su rostro hermoso se veía pasivo y frío. Sus ojos de ámbar estaban fijos en Sofie con diversión petulante. Triunfal.

Sofie dio vuelta en una esquina antes de que los tiros resonaran como truenos. El gruñido de los necrolobos de la Cierva retumbó en la niebla a sus espaldas mientras ella se adentraba hacia Servast, alejándose del puerto. De ese barco y de los niños. De Emile.

Silver no podía usar sus poderes para ir por ella. No tenía idea de dónde estaba.

Sofie sentía que los jadeos le desgarraban el pecho pero siguió corriendo por las calles vacías y oscuras. El barco hizo sonar su sirena una vez a través de la noche nebulosa, como si le estuviera suplicando que se apresurara.

En respuesta, media docena de aullidos sobrenaturales se elevaron a sus espaldas. Todos se escuchaban más cerca.

Algunos ya habían adoptado su forma de lobo, entonces.

Se podía escuchar cada vez más cerca el fragor de las garras contra las rocas de la calle y Sofie apretó los dientes y cortó por otro callejón para dirigirse al único sitio que aparecía en todos los mapas que había estudiado donde tendría una oportunidad de salir con vida. La sirena del barco volvió a sonar, una última advertencia de que partiría.

Sólo un poco más hacia el interior de la ciudad, un poco más adentro…

Los colmillos restallaron a sus espaldas.

Sigue moviéndote. No sólo para alejarse de los vanir que venían detrás de ella, sino también para separarse de los francotiradores en las calles que esperaban la oportunidad de dispararle. Para alejarse de la Cierva, que ya debía saber qué información poseía Sofie. Supuso que debería sentirse halagada de que la mismísima Cierva se hubiera encargado de supervisar esta misión.

La pequeña plaza del mercado apareció frente a ella y Sofie se abalanzó hacia la fuente en su centro. Lanzó un rayo de su poder directamente a ella y desgajó la roca y el metal hasta que el agua salió disparada, un géiser que cubrió toda la plaza del mercado. Los lobos entraron al agua desde las calles aledañas y se transformaron para empezar a cercarla.

En el centro de la plaza inundada, Sofie se detuvo un momento.

Dentro de sus uniformes imperiales, los lobos tenían cuerpos humanos. Tenían diminutos dardos de plata a lo largo de los cuellos de sus camisas. Un dardo por cada espía rebelde derrotado. Ella sintió cómo se le revolvía el estómago. Sólo un tipo de necrolobo portaba esos dardos plateados. La guardia privada de la Cierva. El cuerpo de mayor élite de los metamorfos.

Un silbido ronco sonó desde el puerto. Una advertencia y una despedida.

Así que Sofie saltó hacia el borde de la fuente y les sonrió a los lobos que se acercaban. No la matarían. No ahora que la Cierva estaba esperando para interrogarla. Era una pena que no supieran quién era Sofie en verdad. No era humana ni bruja.

Liberó el poder que había reunido en los muelles.

La energía crepitante se enrolló en las puntas de sus dedos y brilló en sus ojos y entre los mechones de su cabello castaño corto. Uno de los necrolobos lo dedujo en ese momento: conectó lo que estaba viendo con los mitos que los vanir les susurraban a sus hijos.

—¡Es una puta pájaro de trueno! —rugió el lobo justo cuando Sofie liberó su poder sobre el agua que inundaba la plaza y en dirección a los necrolobos sumergidos hasta los tobillos.

No tenían ninguna posibilidad de salvarse.

Sofie giró hacia los muelles mientras la electricidad terminaba de deslizarse por las rocas y casi ni miró los cadáveres humeantes y semisumergidos. Los dardos de plata en sus collares relucían con el resplandor del metal casi fundido.

Otra sirena. Todavía podría alcanzar el barco.

Sofie corrió chapoteando por la plaza inundada con el aliento desgarrándole la garganta.

El necrolobo tenía razón en parte. Ella era parte pájaro de trueno: hacía mucho tiempo, una de sus bisabuelas procreó con un humano antes de ser ejecutada. El don, más leyenda que verdad en estos días, había resurgido en Sofie.

Por eso los rebeldes tenían tanta urgencia de conseguirla, por eso la habían enviado en misiones tan peligrosas. Era el motivo por el cual Pippa la había empezado a valorar. Sofie olía a humana y podía pasar por humana, pero escondía en sus venas una habilidad que podía matar en un instante. Los asteri habían cazado a casi todos los pájaros de trueno y los habían llevado a la extinción hacía mucho tiempo. Ella nunca se enteró de cómo había sobrevivido su bisabuela, pero sus descendientes habían mantenido en secreto ese linaje. Ella lo había mantenido en secreto.

Hasta hace tres años, el día que mataron y raptaron a su familia. Cuando encontró la base Ophion más cercana y les mostró exactamente lo que podía hacer. Cuando les dijo lo que quería que ellos hicieran por ella a cambio.

Los odiaba. Casi tanto como odiaba a los asteri y el mundo que habían construido. Durante tres años, Ophion le había prometido darle información sobre el paradero de Emile, le prometía que lo encontraría, que la ayudaría a liberarlo, si tan sólo ella se encargaba de una misión más. Pippa y Silver creían en la causa, aunque se distinguieran en sus métodos para luchar por ella, pero Emile siempre había sido la causa de Sofie. Un mundo libre sería maravilloso. Pero no tendría importancia si ella no tenía una familia con quien compartirlo.

Muchas veces había extraído energía de la red, de lámparas y máquinas por esos rebeldes y había matado y matado hasta quedar con el alma hecha andrajos. Con frecuencia se preguntaba si debía empezar a trabajar sola y buscar a su hermano por su cuenta, pero ella no era espía. No tenía ninguna red. Así que se quedó y fue consiguiendo a escondidas una carnada propia, algo que incentivara la negociación con Ophion. Se aseguró de que supieran con detalle lo que había averiguado antes de entrar a Kavalla.

Más y más rápido se apresuró hacia el muelle. Si no lograba llegar, tal vez podría encontrar una embarcación más pequeña que la transportara al barco de vapor. Tal vez podría nadar hasta estar lo suficientemente cerca para que Silver la viera y pudiera alcanzarla con su poder.

Pasó al lado de casas semiderruidas y calles irregulares; los velos de niebla ondulaban.

El muelle de madera que la separaba del barco de vapor en movimiento estaba despejado. Sofie aceleró.

Alcanzó a ver a Silver en la cubierta del Bodegraven, vigilando su aproximación. Pero, ¿por qué no usaba su poder para alcanzarla? Unos cuantos metros más le permitieron distinguir la mano presionada contra el hombro ensangrentado.

Que Cthona se apiadara de él. Silver no parecía estar gravemente herido, pero ella tenía la sensación de saber qué tipo de bala le habían disparado. Una bala con centro de roca gorsiana que inhibía la magia.

El poder de Silver estaba inutilizado. Pero si un francotirador le había disparado a Silver en el barco… Sofie se detuvo en seco.

El convertible estaba entre las sombras del edificio frente a los muelles. La Cierva seguía sentada como una reina, con un francotirador al lado apuntándole a Sofie. No sabía dónde habría ido el otro. Sólo importaba ése. Ése y su rifle.

Probablemente estaba cargado de balas gorsianas. La acabarían en segundos.

Los ojos dorados de la Cierva brillaron como brasas en la oscuridad. Sofie calculó la distancia hasta el final del muelle, la cuerda que Silver había lanzado y que iba alejándose con cada centímetro que el Bodegraven continuaba avanzando hacia aguas abiertas.

La Cierva inclinó la cabeza en gesto desafiante. Una voz engañosamente serena brotó de sus labios rojos.

—¿Eres más rápida que una bala, pájaro de trueno?

Sofie no se quedó a conversar. Tan rápida como el viento que soplaba entre los fiordos de su tierra natal, se abalanzó hacia el muelle. Sabía que el rifle del francotirador estaba apuntándole, que iba siguiendo sus movimientos.

El final del muelle, el puerto oscuro más allá, se acercaban.

El rifle tronó.

El rugido de Silver desgarró la noche antes de que Sofie cayera sobre los tablones de madera. Se le clavaron astillas en la cara y el impacto las dirigió a uno de sus ojos. Sintió un dolor intenso explotarle en el muslo derecho que dejó tras de sí una estela de carne desgarrada y huesos destrozados tan violenta que incluso le robó el grito de sus pulmones.

El aullido de Silver se detuvo abruptamente… y luego le gritó al capitán: ¡Vamos, vamos, vamos, vamos!

Boca abajo sobre el muelle, Sofie podía notar que la cosa pintaba mal. Levantó la cabeza ahogando el grito de dolor y sintió cómo le escurría sangre de la nariz. El zumbido amortiguado proveniente de la energía de un buque Omega recorrió su cuerpo antes de que pudiera ver las luces bajo la superficie del agua en el puerto.

Cuatro buques de guerra imperiales sumergibles convergían como tiburones hacia el Bodegraven.

Pippa Spetsos estaba de pie en el barco rebelde Orrae. El mar Haldren era una gran extensión de oscuridad a su alrededor. A la distancia, las lucesprístinas de los poblados a lo largo de la costa norte de Pangera brillaban como estrellas doradas.

Pero su atención permaneció fija en el brillo de Servast. En esa pequeña luz que navegaba en dirección a ella.

El Bodegraven llegaba a tiempo.

Pippa presionó una mano contra la armadura fría y rígida que le cubría el pecho, justo sobre la insignia del sol poniente de la unidad Ocaso. No dejaría escapar ese último suspiro de alivio hasta ver a Sofie. Hasta haber asegurado las dos piezas de gran valor que Sofie traía: el niño y la información.

Después le demostraría a Sofie precisamente cuál era el sentir del Comando por haber sido manipulado.

El agente Silverbow, ese bastardo arrogante, había actuado siguiendo a la mujer que amaba. Pippa sabía que él no le daba mucha importancia al niño. Qué tonto. Pero la posibilidad de acceder a la información que Sofie llevaba años reuniendo en secreto para Ophion… Hasta Silverbow querría eso.

El capitán Richmond se acercó a su lado.

—El informe —le ordenó ella.

Él había tenido que aprender por las malas a no desobedecerla. Había averiguado exactamente quién la apoyaba en el Comando y sabía que el Averno se desataría sobre él si la contrariaba. Con la mirada en la embarcación que se aproximaba, Richmond dijo:

—Ya establecimos contacto por radio. Su operativo viene a bordo de ese barco.

Pippa se quedó inmóvil.

—¿El hermano?

—El hermano sí. Y otros once niños de Kavalla. Sofie Renast se quedó en el puerto para conseguirles más tiempo. Lo siento.

Lo siento. Pippa ya había perdido la cuenta de cuántas veces había escuchado esa puta frase.

Pero por lo pronto… Emile ya había logrado abordar el barco. ¿Conseguirlo a él justificaba haber perdido a Sofie?

Eso era a lo que se habían arriesgado al siquiera permitir que Sofie ingresara a Kavalla: probablemente perderían un operativo valioso en su misión a cambio de conseguir otro. Pero eso había sido antes de que Sofie partiera, cuando les informó, justo antes de entrar al campo de concentración, que había conseguido información vital sobre sus enemigos. Perder a Sofie en este momento, poniendo en juego esa información vital que poseía…

Le siseó al capitán:

—Quiero…

Un soldado humano salió corriendo entre las puertas de vidrio del puente. Su piel se veía alarmantemente pálida bajo la luz de la luna. Miró al capitán y después a Pippa, titubeando por no saber a quién informarle.

—Hay cuatro Omegas persiguiendo al Bodegraven y le están dando alcance. El agente Silverbow está herido, bala gorsiana en el hombro.

Pippa sintió que se le helaba la sangre. Silverbow no serviría de nada con una bala gorsiana en el cuerpo.

—Preferirán hundir ese barco a permitir que los niños escapen.

Ella todavía no se había endurecido tanto ante los horrores de este mundo como para que estas cosas ya no le revolvieran el estómago. El capitán Richmond maldijo en voz baja.

Pippa le ordenó.

—Prepara a los artilleros.

Aunque las probabilidades eran bajas de que ellos sobrevivieran a un ataque de los Omegas, podrían servir como distractor. El capitán indicó que estaba de acuerdo con un gruñido. Pero el marinero que había salido corriendo del puente ahogó un grito y señaló.

En el horizonte, todas y cada una de las luces de Servast se estaban apagando. La ola de oscuridad se movía tierra adentro.

—¿Qué demonios…?

—No son demonios —murmuró Pippa al ver que el apagón se extendía.

Sofie. O… Entrecerró los ojos al mirar hacia el Bodegraven.

Pippa corrió hacia el puente para tener una mejor vista. Llegó, jadeando, con Richmond a su lado, a tiempo para ver el Bodegraven avanzar a toda velocidad hacia ellos perseguido por las luces sumergidas de los cuatro Omegas que estaban justo detrás, cada vez más cerca.

Pero entonces una gran luz blanca se extendió bajo la superficie. Envolvió sus brazos largos alrededor del Omega más cercano.

Un instante después, la luz blanca saltó y voló al siguiente buque. Ninguna de las luces del buque sumergible quedó encendida tras su paso. En el radar que tenía frente a ella, el Omega desapareció.

—Santos dioses —dijo Richmond.

Algo así, quiso responder Pippa. Era el extraño don de Sofie: no sólo la electricidad sino también poder de luzprístina. Tenía a su disposición la energía de cualquier tipo y podía absorberla. Los asteri habían perseguido a las personas como ella hasta la extinción desde hacía siglos debido a ese don poderoso e inconquistable: o eso era lo que se creía.

Pero ahora había dos.

Sofie afirmaba que los poderes de su hermano eran mucho mayores que los de ella. Pippa pudo confirmar estos poderes cuando vio la luz saltar del segundo buque sumergible, completamente apagado, al tercero.

No podía distinguir a Emile sobre la cubierta del Bodegraven, pero debía estar ahí.

—¿Qué puede acabar con un Omega sin torpedos? —murmuró uno de los marineros. Cada vez más cerca, la luz pasó debajo de la superficie buscando el tercer Omega y, a pesar de la distancia, Pippa logró distinguir el núcleo de tentáculos blancos y brillantes que se extendían como alas.

—¿Un ángel? —susurró alguien.

Pippa rio para sus adentros. No existían los ángeles entre los contados vanir de Ophion. Si dependiera de Pippa, no habría ningún vanir en sus filas… salvo los que eran de este tipo. Con poderes vanir pero alma y cuerpo humanos.

Emile era un gran trofeo para la rebelión… El Comando ciertamente quedaría complacido.

El tercer Omega se apagó y desapareció en la negrura profunda. La sangre de Pippa se regocijó ante esa gloria terrible. Sólo quedaba un Omega.

—Vamos —exhaló Pippa—. Vamos…

Demasiadas cosas dependían de ese buque. Posiblemente incluso el resultado de esta guerra.

—¡El Omega restante disparó dos torpedos de azufre! —gritó un marinero.

Pero la luz blanca chocó con el Omega, kilómetros de luzprístina que enviaron al último buque sumergible en una espiral hacia el abismo acuoso.

Luego la luz saltó hacia afuera, un latigazo que iluminó las olas y las pintó de turquesa. Una mano extendida.

Con la voz enronquecida por el asombro y la anticipación, un marinero dijo:

—Los torpedos de azufre desaparecieron del radar. Ya no están.

Lo único que quedaba eran las luces del Bodegraven, como estrellas tenues en un mar de oscuridad.

—¿Comandante Spetsos? —preguntó Richmond.

Pero Pippa no le hizo caso a Richmond, entró a la calidez del puente y tomó un par de binoculares de largo alcance de un gancho justo junto a la puerta. En cuestión de segundos, ya la azotaba de nuevo el viento en la cubierta exterior pero apuntó con los binoculares en dirección al Bodegraven.

Emile estaba ahí, se veía mayor pero definitivamente era el mismo niño de las fotografías de Sofie, apenas una solitaria figura delgada en la proa. Tenía la mirada perdida en el cementerio acuático sobre el cual iba flotando y luego miró hacia la costa en el horizonte. Lentamente, se dejó caer de rodillas.

Sonriendo para sus adentros, Pippa enfocó los binoculares en la negrura absoluta de Pangera.

Recostada de lado, escuchando solamente el sonido de las olas contra el muelle y el goteo de su sangre en las rocas debajo de los tablones de madera, Sofie aguardaba la muerte.

Su brazo colgaba del extremo del muelle y, al fondo, el Bodegraven navegaba hacia esas luces salvadoras en el mar. Hacia Pippa. Pippa había traído buques de guerra para escoltar al Bodegraven a un sitio seguro. Probablemente para garantizar que Sofie estuviera a bordo, junto con Emile, pero… lo importante era que Pippa había llegado. Ophion había llegado.

Las lágrimas rodaban por sus mejillas y caían en los tablones de madera. Todo le dolía.

Sabía que esto ocurriría, si se exigía demasiado, si usaba demasiado poder, como lo había hecho esta noche. La luzprístina siempre le dolía mucho más que la electricidad. Aunque le carbonizaba el interior, la dejaba deseosa de sentir más de ese poder intenso. Por eso la evadía siempre que era posible. Pero también era el motivo por el cual Emile le interesaba tanto al Comando, a Pippa y a su escuadrón Ocaso.

Pero Sofie ya estaba vacía. Sin una chispa de poder. Y nadie vendría a salvarla.

Escuchó unos fuertes pasos caminar sobre el muelle y la vibración que provocaban en su cuerpo. Se mordió el labio por el dolor lacerante.

Unas lustrosas botas negras se detuvieron a centímetros de su nariz. Sofie giró el ojo sano hacia arriba. El rostro pálido de la Cierva la miraba.

—Niñita malcriada —dijo la Cierva con esa voz suave—. Electrocutaste a mis necrolobos —recorrió a Sofie con sus ojos de ámbar—. Qué poder tan sorprendente tienes. Y qué poder tan sorprendente tiene tu hermano, que hundió mis Omegas. Parece que las leyendas de tu gente resultaron verdaderas.

Sofie no dijo nada.

La quebrantadora de espías sonrió ligeramente.

—Dime a quién le diste la información y me iré de este muelle y te dejaré vivir. Te dejaré volver a ver a tu querido hermanito.

Sofie dijo entre labios apretados:

—A nadie.

La Cierva se limitó a decir:

—Vamos a dar una vuelta, Sofie Renast.

Los necrolobos llevaron a Sofie a una embarcación sin señas particulares. Nadie habló cuando salieron hacia el mar. Pasó una hora y el cielo empezó a aclararse. Cuando la costa estaba tan lejos que ya ni siquiera lucía como una mancha oscura contra el cielo nocturno, la Cierva levantó una mano. Se apagaron los motores y el barco se quedó flotando sobre las olas.

De nuevo, esas lustrosas botas a la rodilla se acercaron a Sofie. Estaba atada y con grilletes gorsianos alrededor de las muñecas para extinguir su poder. Tenía la pierna entumida por el dolor agonizante.

Con un movimiento de cabeza, la Cierva le ordenó a un lobo que pusiera a Sofie de pie. Sofie ahogó su grito de dolor. A sus espaldas, otro lobo abrió la portezuela para dejar a la vista la pequeña plataforma que salía de la parte trasera del barco. Sofie sintió un nudo en la garganta.

—En vista de que tu hermano ha provocado la muerte multitudinaria de mis soldados imperiales, esto será un castigo apropiado para ti —dijo la Cierva y se fue a la plataforma sin parecer preocuparse por el agua que le salpicaba las botas. Sacó una pequeña roca blanca de su bolsillo, la levantó para que Sofie la pudiera ver y luego la lanzó al agua. La vio con su vista excelente de vanir caer, caer, caer en las aguas negras como tinta.

—A esa profundidad, es más probable que te mueras antes de llegar al fondo del mar —dijo la Cierva. Un mechón de cabello dorado flotaba frente a su rostro imperioso. Metió las manos a sus bolsillos mientras los lobos se arrodillaban a los pies de Sofie y los encadenaban con bloques de plomo.

—Te lo preguntaré una vez más —dijo la Cierva con la cabeza inclinada y la torques de plata brillando en su cuello—. ¿Con quién compartiste lo que averiguaste antes de entrar a Kavalla?

Sofie sintió el dolor de sus uñas faltantes. Vio los rostros de ese campo de concentración. La gente que había dejado atrás. Su causa había sido Emile, pero Ophion tenía razón en muchas cosas. Y una pequeña parte de ella se sentía contenta de matar por Ophion, de luchar por esa gente. Seguiría luchando por ellos, por Emile, ahora. Respondió entre dientes:

—Ya te dije: a nadie.

—Muy bien, pues —la Cierva apuntó al agua—. Ya sabes cómo termina esto.

Sofie mantuvo su rostro impasible para ocultar la sorpresa ante su buena suerte, un último favor de Solas. Aparentemente, ni siquiera la Cierva era tan lista como se creía. Le ofrecía una muerte rápida y horrible, pero eso no era nada comparado con la tortura interminable que Sofie había anticipado.

—Pónganla en la plataforma.

Un necrolobo, un enorme macho de cabello oscuro, objetó con desdén:

—Podemos sacarle la información.

Mordoc, el segundo al mando de la Cierva. Casi tan temido como su comandante. En especial debido a sus dones particulares.

La Cierva ni siquiera lo volteó a ver.

—No voy a desperdiciar mi tiempo en esto. Ella dice que no le dijo a nadie y le creo —esbozó lentamente una sonrisa—. Así que la información morirá con ella.

Era todo lo que la Cierva necesitaba decir. Los lobos arrastraron a Sofie a la plataforma. Ella intentó no gritar al sentir la oleada de agonía que le desgarró el muslo. El agua helada la salpicó y empapó su ropa, quemaba y adormecía.

Sofie no podía dejar de temblar. Intentó recordar el beso del aire, el olor del mar, el gris del cielo antes del amanecer. No vería salir el sol, a minutos de distancia. Nunca volvería a ver un amanecer.

Había dado por sentadas la belleza y la simplicidad de la vida. Cómo deseaba haberlas disfrutado más. Cada momento.

La metamorfa de venado se acercó un poco más:

—¿Últimas palabras?

Emile había escapado. Eso era lo único que importaba. Estaría a salvo ahora.

Sofie levantó la vista hacia la Cierva y esbozó una sonrisa torcida:

Vete al Averno.

Las garras de Mordoc la empujaron de la plataforma.

El agua helada golpeó a Sofie como una explosión y luego el plomo de sus pies tomó todo lo que ella era y todo lo que podría haber sido y tiró de ella hacia el fondo.

La Cierva se quedó ahí parada, un fantasma en la brisa helada del mar de Haldren, y se quedó mirando hasta que Sofie Renast quedó envuelta en el abrazo de Ogenas.

parte

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Para una noche de martes en el Ballet de Ciudad Medialuna, el teatro estaba inusualmente lleno. Las grandes multitudes en el vestíbulo, comiendo y conversando y conviviendo, llenaban a Bryce Quinlan con una especie de dicha y orgullo silenciosos.

Había una sola razón por la cual el teatro del BCM estaba tan lleno esa noche. Con su oído de hada, podía jurar haber escuchado cientos de voces a su alrededor murmurando Juniper Andrómeda. La estrella de la función de esta noche.

Pero incluso con la presencia de la multitud, se percibía en el lugar una atmósfera de reverencia y serenidad silenciosas. Como si fuera un templo.

Bryce tenía la sensación de que varias de las antiguas estatuas de dioses que flanqueaban el vestíbulo la estaban observando. O tal vez era la pareja de metamorfos bien vestidos recargados en la estatua de Cthona, la diosa de la tierra que aguardaba desnuda el abrazo de Solas, su amante. Los metamorfos (por su olor, de algún felino grande), de edad madura y gustos lujosos en relojes y joyería, la miraban descaradamente.

Bryce les esbozó una sonrisa inexpresiva con los labios apretados.

Alguna variante de esta situación le ocurría prácticamente todos los días tras el ataque de la primavera pasada. Las primeras veces le había parecido inquietante y abrumador que la gente se acercara a ella sollozando de gratitud. Ahora simplemente se le quedaban mirando.

Bryce no culpaba a la gente que quería hablar con ella, que necesitaba hablar con ella. La ciudad había sanado, gracias a ella, pero su gente…

Decenas de personas ya habían muerto cuando su luzprístina hizo erupción a través de Lunathion. Hunt había corrido con suerte, estaba en su último aliento cuando la luzprístina lo salvó. Cinco mil otras personas no habían tenido tanta suerte.

Sus familias no habían tenido tanta suerte.

Se vieron tantos barcos oscuros flotando sobre el Istros hacia el Sector de los Huesos que parecía una bandada de cisnes negros. Hunt la llevó volando para que pudiera verlos. Los muelles a lo largo del río estaban repletos de gente. Los gritos de dolor se elevaban hasta las nubes bajas donde ella y Hunt flotaban.

Hunt se había limitado a abrazarla con más fuerza y luego los llevó de regreso a casa.

—Saquen una fotografía —le dijo Ember Quinlan a los metamorfos. Estaba parada junto al torso de mármol de Ogenas elevándose entre las olas. Los senos turgentes de la diosa del océano sobresalían debido a sus brazos levantados—. Sólo les costará diez marcos de oro. Quince, si quieren fotografiarse con ella.

—Con un carajo, mamá —murmuró Bryce. Ember se llevó las manos a la cadera. Lucía preciosa con su vestido gris sedoso y su pashmina—. Por favor deja de hacer eso.

Ember abrió la boca, como si fuera a decir algo más a los metamorfos amonestados que se alejaban rápidamente en dirección a la escalera este, pero su esposo la interrumpió.

—Yo estoy de acuerdo con la petición de Bryce —dijo Randall, muy apuesto con su traje color azul marino.

Con furia en sus ojos oscuros, Ember volteó a ver al padrastro de Bryce. Aunque en realidad, en opinión de Bryce, él era su único padre. Randall señaló un friso ancho detrás de ellos.

—Ése me recuerda a Athalar.

Bryce arqueó la ceja, agradecida por el cambio de tema, y giró hacia el sitio donde él señalaba. En el friso estaba representada una hada poderosa, de pie frente a un yunque, con un martillo en la mano levantada y un rayo que caía desde los cielos para inundar el martillo y fluir desde él hacia el objeto que iba a golpear: una espada.

La leyenda decía simplemente: Escultor desconocido. Palmira, circa 125 V.E.

Bryce sacó su teléfono móvil y tomó una fotografía. Abrió el chat que tenía con Hunt Athalar es mejor en solbol que yo.

No podía negarlo. Habían ido al campo local de solbol una tarde soleada la semana pasada y Hunt de inmediato la hizo pedazos en el juego. Luego cambió el nombre en el teléfono de Bryce cuando iban de regreso a casa.

Con unos cuantos movimientos de sus pulgares, la fotografía salió lanzada al éter junto con su mensaje: ¿Un pariente lejano tuyo?

Devolvió el teléfono a su bolso y notó que su madre la estaba observando.

—¿Qué? —farfulló Bryce.

Pero Ember se limitó a hacer un ademán hacia el friso:

—¿A quién representa?

Bryce revisó lo que estaba escrito en la esquina inferior derecha.

—Sólo dice La creación de la espada.

Su madre miró el grabado desgastado.

—¿En qué idioma?

Bryce intentó mantener su postura relajada.

—El lenguaje antiguo de las hadas.

—Ah —dijo Ember con los labios fruncidos y Randall sabiamente se alejó entre la multitud para estudiar una estatua enorme de Luna que apuntaba su arco a los cielos acompañada de dos perros de caza a sus pies y un ciervo que le tocaba la cadera con el hocico—. ¿Sigues hablándolo?

—Sip —respondió Bryce. Luego agregó—: Ha resultado útil.

—Me lo imagino —dijo Ember y se acomodó un mechón de cabello negro detrás de la oreja.

Bryce se acercó al siguiente friso colgado del techo distante con alambres casi invisibles.

—Éste es de las Primeras Guerras —examinó el relieve grabado en la plancha de mármol de tres metros—. Es sobre… —ajustó su expresión para que denotara neutralidad.

—¿Qué? —preguntó Ember y se acercó más a la representación de un ejército de demonios alados que volaban en picada desde los cielos hacia un ejército terrestre reunido en una planicie.

—Éste es sobre los ejércitos del Averno, cuando llegaron a conquistar Midgard durante las Primeras Guerras —terminó de decir Bryce todavía esforzándose por mantener su voz inalterable. Para bloquear las imágenes de las garras y los dientes y las alas de cuero… el ensordecedor disparo del rifle que sentía hasta los huesos, los ríos de sangre en las calles, los alaridos y los alaridos y…

—Uno pensaría que hoy esto sería una pieza popular —dijo Randall al regresar con ellas para observar el friso.

Bryce no respondió. No disfrutaba particularmente discutir sobre los acontecimientos de la primavera pasada con sus padres. En especial no en medio del vestíbulo atiborrado de un teatro.

Randall movió la barbilla en dirección a la inscripción:

—¿Qué dice ésta?

Muy consciente de que su madre estaba atenta a cada parpadeo, Bryce mantuvo su actitud inexpresiva mientras leía el texto escrito en el lenguaje antiguo de las hadas.

No estaba intentando ocultar lo que sentía y lo que había soportado. Ya había hablado con sus padres sobre esto en varias ocasiones. Pero la conversación siempre terminaba con Ember llorando o quejándose de los vanir que habían encarcelado a tantos inocentes, y el peso de todas las emociones de su madre encima de las suyas

Bryce se había dado cuenta de que era más fácil simplemente no sacar el tema a la conversación. Prefería hablarlo con Hunt o sacarlo sudando en las clases de baile de Madame Kyrah dos veces a la semana. Pequeños pasos hacia estar preparada para una verdadera terapia donde lo pudiera hablar, como sugería Juniper, pero de cualquier manera ambas actividades le habían ayudado inmensamente.

En voz baja, Bryce tradujo el texto:

—Esto es una pieza que forma parte de una colección más grande, probablemente una que envolvía todo el exterior de un edificio y en la cual cada losa contaba una parte distinta de la historia. Ésta dice: Así los siete príncipes del Averno miraron con envidia a Midgard y liberaron sus hordas malditas sobre nuestros ejércitos unidos.

—Por lo visto, no ha cambiado mucho en quince mil años —dijo Ember y unas sombras oscurecieron sus ojos.

Bryce mantuvo la boca cerrada. Nunca le había hablado a su madre sobre el príncipe Aidas, sobre cómo ya le había ayudado en dos ocasiones y que parecía no saber sobre los planes oscuros de sus hermanos. Si su madre supiera que ella había convivido con el quinto príncipe del Averno, se tendría que redefinir el concepto de perder completamente los estribos.

Pero entonces Ember dijo:

—¿No podrías conseguir un trabajo aquí ? —hizo un ademán con la mano bronceada hacia la entrada del BCM, sus siempre cambiantes exposiciones de arte en el vestíbulo y en algunos de los otros pisos—. Tienes los conocimientos necesarios. Esto hubiera sido perfecto.

—No había vacantes.

Eso era cierto. Y ella no quería valerse de su estatus de princesa para conseguir una. Quería trabajar en un lugar como el departamento de arte del BCM por sus propios méritos.

Su trabajo en el Archivo Hada… Bueno, definitivamente ése sí lo había conseguido porque la veían como una princesa hada. Pero eso era distinto, de cierta manera. Tal vez porque no tenía tantas ganas de trabajar ahí.

—¿Siquiera lo intentaste?

—Mamá —advirtió Bryce con tono tajante.

—Bryce.

—Señoras —interrumpió Randall, un comentario bromista diseñado para fracturar la tensión creciente.

Bryce le sonrió agradecida pero notó que su madre fruncía el ceño. Suspiró y elevó la mirada a los candelabros en forma de diente de león que colgaban sobre la multitud resplandeciente.

—A ver, mamá. Ya dilo.

—¿Que diga qué? —preguntó Ember con inocencia.

—Tu opinión sobre mi trabajo —replicó Bryce entre dientes—. Durante años, me estuviste criticando por ser una asistente pero ahora que estoy haciendo algo mejor, ¿no es satisfactorio?

No era el lugar para tener esta conversación. Había muchísima gente caminando a su alrededor y las podían escuchar, pero Bryce ya estaba harta.

A Ember no pareció importarle y respondió:

—No es que no sea satisfactorio. Es el sitio donde está ese trabajo.

—Los Archivos Hada operan de manera independiente de él.

—¿Ah, sí? Porque yo lo recuerdo presumiendo que eran prácticamente su biblioteca personal.

Bryce dijo con sequedad:

—Mamá, la galería ya no existe. Necesito un empleo. Perdóname si no tengo posibilidades de conseguir un trabajo corporativo de nueve a cinco por el momento. Y perdón que el departamento de arte del BCM no esté contratando.

—Es que no puedo entender por qué no pudiste negociar algo con Jesiba. Todavía tiene esa bodega… seguramente necesita ayuda con lo que sea que haga allá.

Bryce hizo un esfuerzo por no poner los ojos en blanco. Un día después del ataque a la ciudad en la primavera, Jesiba había vaciado la galería, junto con los invaluables tomos que quedaban de la antigua Gran Biblioteca de Parthos. La mayoría de las demás piezas de Jesiba estaban ahora en una bodega, muchas de ellas en cajas, pero Bryce no tenía idea de dónde habría escondido la hechicera los libros de Parthos, uno de los pocos remanentes del mundo humano previo a la llegada de los asteri. Bryce no se había atrevido a cuestionar a Jesiba sobre eso. De milagro los asteri no se habían enterado sobre la existencia de los libros de contrabando.

—Hay un límite a cuántas veces puedo pedir trabajo sin que parezca que le estoy suplicando.

—Y una princesa no puede rebajarse a eso.

Ya había perdido la cuenta de cuántas veces le había repetido a su madre que ella no era una princesa. No quería serlo y el Rey del Otoño ciertamente tampoco tenía ningún puto interés en que lo fuera. No había hablado con ese pendejo desde aquella vez que la visitó en la galería, justo antes de su confrontación con Micah. Cuando le había revelado qué poder circulaba por sus venas.

Fue un esfuerzo no mirarse el pecho, el escote de su vestido azul pálido de tela semitransparente que llegaba justo debajo de sus senos para revelar la marca en forma de estrella que tenía entre ellos. Afortunadamente, la espalda de la prenda era alta y ocultaba el Cuerno que tenía tatuado ahí. Como una vieja cicatriz, la marca blanca resaltaba en contraste con su piel pecosa y dorada por el sol. No se había desvanecido en los tres meses que habían transcurrido desde el ataque a la ciudad.

Ya había perdido la cuenta de cuántas veces había descubierto a su mamá mirando la estrella fijamente desde su llegada a la ciudad la noche anterior.

Un grupo de mujeres hermosas, ninfas del bosque, a juzgar por su olor a cedro y musgo, pasaron a su lado con flautas de champaña en la mano y Bryce bajó la voz.

—¿Qué quieres que diga? ¿Que me mudaré de nuevo a casa en Nidaros y fingiré ser normal?

—¿Qué tiene de malo ser normal? —preguntó su madre. En su rostro hermoso ardía un fuego interior que nunca disminuía, jamás se apagaba—. Creo que a Hunt le agradaría vivir allá.

—Hunt sigue trabajando para la 33ª, mamá —dijo Bryce—. Es el segundo al mando, carajo. Y aunque él te dé por tu lado diciéndote que le encantaría vivir en Nidaros, no creas ni por un segundo que lo dice en serio.

—Qué manera de echarlo de cabeza —intervino Randall sin apartar la mirada de una cédula informativa cercana.

Antes de que Bryce pudiera responder, Ember dijo:

—No creas que no he notado que las cosas están raras entre ustedes.

Claro que su mamá sacaría a la conversación dos cosas sobre las cuales ella no quería hablar en un lapso de cinco minutos.

—¿De qué forma?

—Están juntos pero no están juntos —respondió Ember sin tapujos—. ¿Cuál es el motivo?

—No es de tu incumbencia.

Era verdad. Pero como si Hunt las hubiera escuchado, el teléfono en su bolso vibró. Lo sacó y miró la pantalla.

Hunt había escrito: Sólo espero poder tener un abdomen como ése algún día.

Bryce no pudo evitar sonreír un poco al volver a ver al musculoso hada macho en el friso. Luego respondió: Creo que tal vez tú le ganas, de hecho…

—No me ignores, Bryce Adelaide Quinlan.

Su teléfono volvió a vibrar pero ya no vio la respuesta de Hunt porque le respondió a su mamá:

—¿Podrías ya dejar el tema? Y no lo menciones cuando llegue Hunt.

Ember abrió la boca pero Randall habló antes.

—De acuerdo. Nada de interrogatorios sobre el trabajo ni el romance cuando llegue Hunt.

Su madre se veía dubitativa pero Bryce agregó:

—Mamá, sólo… déjalo, ¿sí? No me desagrada mi trabajo y lo que sucede entre Hunt y yo es lo que acordamos. Estoy bien. Dejémoslo así.

Era mentira. Parcialmente.

En realidad le gustaba su trabajo… mucho. El ala privada de los Archivos Hada contenía un tesoro de artefactos antiguos que llevaban siglos de descuido. Era necesario investigar y catalogarlos para que pudieran ser enviados en una exhibición itinerante la siguiente primavera.

Bryce establecía su propio horario y sólo le rendía cuentas a la jefa de la investigación, una metamorfa de búho, una de las pocas empleadas que no eran hadas, que sólo trabajaba del anochecer al amanecer, así que rara vez se encontraban en el trabajo. La peor parte de su día era la entrada al enorme complejo a través de los edificios principales, donde los guardias siempre se le quedaban viendo con la boca abierta. Algunos incluso le hacían reverencias. Y luego tenía que cruzar el atrio, donde los bibliotecarios y los usuarios también solían quedársele viendo.

Todos en realidad se le quedaban viendo estos días, era un verdadero fastidio y lo odiaba. Pero Bryce no quería decirle nada de eso a su madre.

Ember dijo:

—Está bien. Ya sabes que me preocupo por ti.

Algo se suavizó un poco en el pecho de Bryce.

—Lo sé, mamá. Y sé… —se esforzó por encontrar las palabras adecuadas—. Mira, me sirve saber que puedo mudarme a casa si así lo deseo. Pero no en este momento.

—Muy bien —comentó Randall y le lanzó una miradita a Ember antes de abrazarla por la cintura y conducirla hacia otro friso del lado opuesto del vestíbulo del teatro.

Bryce aprovechó la distracción para sacar el teléfono y vio que Hunt le había escrito dos mensajes:

¿Quieres contar mis músculos abdominales cuando regresemos del ballet?

Sintió mariposas en el estómago y agradeció que sus padres tuvieran sentido del olfato de humano porque los dedos de los pies se le enroscaron dentro de sus zapatos de tacón.

Hunt había agregado:

Llego en cinco minutos, por cierto. Isaiah me entretuvo con un caso nuevo.

Bryce le respondió con una imagen de pulgares arriba y: Por favooooor, apúrate lo más que puedas. Tuve que soportar un interrogatorio sobre mi trabajo. Y sobre ti.

Hunt le respondió de inmediato y Bryce leyó mientras caminaba hacia sus padres, que se habían detenido frente a otro friso:

¿Qué de mí?

—Bryce —la llamó su madre y apuntó al friso que tenían delante—. Mira éste. Es JJ.

Bryce levantó la vista de su teléfono y sonrió.

—La incontenible guerrera, Jelly Jubilee.

En la pared colgaba la representación de un pegaso, aunque no un unicornio-pegaso como el juguete de la infancia de Bryce, que se abalanzaba al ataque en batalla. Una figura con armadura, cuyo casco disimulaba sus facciones reconocibles, iba sobre la bestia con la espada levantada. Bryce le tomó una fotografía y se la envió a Hunt.

¡JJ de las Primeras Guerras, reportándose para la batalla!

Estaba a punto de responder a la pregunta de Hunt de ¿Qué de mí? cuando su mamá dijo:

—Dile a Hunt que deje de coquetear y que se apresure a llegar.

Bryce le hizo una mueca a su madre y guardó el teléfono.

Habían cambiado tantas cosas desde que había revelado su ascendencia como la hija del Rey del Otoño y heredera astrogénita: las miradas de la gente, la gorra y lentes oscuros que ahora usaba en la calle para lograr un poco de anonimato, el trabajo en los Archivos Hada. Pero al menos su madre seguía siendo la misma.

Bryce no podía decidir si eso era un alivio o no.

Al ingresar al palco privado de la sección para ángeles —que estaba a la izquierda del escenario, en el primer nivel del teatro—, Bryce sonrió al ver el pesado telón dorado que ocultaba el escenario. Sólo faltaban diez minutos para que empezara el espectáculo. Para que el mundo se enterara de lo increíblemente talentosa que era Juniper.

Ember se sentó con movimientos agraciados en una de las sillas de terciopelo rojo en la primera fila del palco y Randall tomó el asiento a su lado. La madre de Bryce no sonrió. Considerando que los palcos reales de las hadas estaban en el ala frente a ellos, Bryce no la culpaba. Y considerando que muchos de los nobles enjoyados miraban fijamente a Bryce, era un milagro que Ember no les hubiera hecho ya una seña obscena.

Randall dejó escapar un silbido de admiración por los lugares de primera y se asomó por encima del barandal dorado.

—Buena vista.

Justo en ese momento, la atmósfera detrás de Bryce se electrificó. Se sentía vibrante y viva. Sintió cómo se le erizaba la piel. Una voz masculina resonó desde el vestíbulo.

—Una de las ventajas de tener alas: nadie quiere sentarse detrás de ti.

Bryce había desarrollado una excelente habilidad para percibir la presencia de Hunt, como el aroma de un relámpago en el viento. Bastaba con que él entrara a una habitación para que ella lo detectara por ese aumento de poder en su cuerpo. Al igual que su magia, su propia sangre respondía a la de él.

Vio a Hunt en la puerta ajustándose la corbata de moño alrededor del cuello.

Se veía… maldita sea.

Se había puesto un traje negro y una camisa blanca, ambos ajustados a su cuerpo poderoso y musculoso. El efecto era devastador. Si se le agregaban las alas grises que enmarcaban la imagen, era suficiente para desmayarla.

Hunt le sonrió con picardía pero asintió en dirección a Randall y le dijo:

—Hasta pareces una persona decente cuando te bañas. Perdón por la tardanza.

Bryce casi ni escuchó lo que su padre respondió porque no quería perder detalle del agasajo malakim parado frente a ella.

El mes pasado se había cortado el cabello. No demasiado corto, porque ella intervino con el estilista draki antes de que Hunt pudiera mutilar sus rizos hermosos, pero el cabello ya no le llegaba al hombro. El corte le quedaba bien pero, semanas después, seguía siendo una sorpresa verle el cabello a la nuca y sólo unos cuantos mechones escapando por el agujero de su gorra de solbol. Esta noche, sin embargo, había logrado someter esos cabellos rebeldes y había dejado expuesta toda su frente.

Eso también seguía sorprendiéndola: no tenía tatuaje. No había señal de los años de tormento que el ángel había soportado más allá de la C estampada sobre el tatuaje de esclavo en su muñeca derecha que lo marcaba como un hombre libre. No era un ciudadano pleno, pero estaba más cerca que los peregrini.

La marca estaba oculta por la manga de su saco y la camisa debajo. Bryce levantó la mirada al rostro de Hunt. Se le secó la boca al percibir la voracidad descarada que le llenaba los ojos oscuros y ligeramente rasgados.

—Tú también te ves bien —dijo con un guiño.

Randall tosió pero siguió hojeando el programa. Ember hizo lo mismo a su lado.

Bryce recorrió su vestido azul con la mano.

—¿Este trapo viejo?

Hunt rio y volvió a acomodarse la corbata.

Bryce suspiró.

—Por favor dime que no eres de esos tipos rudos que tienen que hacer todo un espectáculo para que quede claro cuánto odian vestirse formalmente.

Ahora fue el turno de toser de Ember pero a Hunt le bailaron los ojos con diversión depredadora cuando le respondió a Bryce:

—Qué bueno que no tengo que hacerlo con demasiada frecuencia, ¿verdad?

Alguien tocó a la puerta del palco y le impidió a Bryce responder. Apareció un mesero sátiro con una bandeja de flautas de champaña de cortesía.

—De parte de la señorita Andrómeda —anunció el hombre con pies de pezuña.

Bryce sonrió.

—Guau.

Tomó una nota mental para recordar hablar a la florería y pedir que el ramo de flores que había pensado enviarle a June al día siguiente fuera del doble de tamaño. Tomó la copa que el sátiro le estaba ofreciendo pero antes de poder llevársela a los labios, Hunt la detuvo poniendo la mano suavemente sobre su muñeca. Había dado por terminada oficialmente su regla de No Beber después de la primavera, pero sospechó que la mano de Hunt no era un simple recordatorio de moderación.

Arqueó la ceja y esperó a que el mesero se fuera antes de preguntar:

—¿Quieres hacer un brindis?

Hunt metió la mano al bolsillo interior de su saco y sacó un pequeño contenedor de mentas. O algo que parecían mentas. Ella ni siquiera pudo reaccionar antes de que él dejara caer una píldora blanca en su copa.

—Qué carajos…

—Estoy haciendo una prueba —dijo Hunt mientras miraba la copa atentamente—. Si la bebida está adulterada o envenenada, se pondrá verde.

Ember intervino como muestra de aprobación.

—El sátiro dijo que las bebidas eran de parte de Juniper, pero, ¿cómo puedes estar segura, Bryce? Podrían tener cualquier cosa —le asintió a Hunt—. Buena idea.

Bryce quiso objetar pero… Bueno, de acuerdo, tenían razón.

—¿Y qué se supone que debo hacer con esto ahora? Está arruinada.

—La píldora no tiene sabor —dijo Hunt y chocó su copa contra la de Bryce al ver que el líquido seguía siendo de color dorado claro—. Fondo.

—Qué elegancia —respondió ella, pero bebió. Seguía sabiendo a champaña. No había rastro de sabor de la píldora disuelta.

Los candeleros dorados y los que colgaban espectacularmente del techo sobre ellos parpadearon dos veces como aviso de que faltaban cinco minutos para el inicio, así que Bryce y Hunt ocuparon sus asientos detrás de Ember y Randall. Desde ese ángulo, Bryce apenas alcanzaba a ver a Fury en la primera fila.

Hunt pareció notar hacia dónde se dirigía su mirada.

—¿No quiso sentarse con nosotros?

—Nop —dijo Bryce y miró el cabello oscuro y lustroso de su amiga, su traje negro—. Quiere poder ver cada gota de sudor de Juniper.

—Pensaría que eso lo puede ver cada noche —dijo Hunt con ironía y Bryce arqueó las cejas.

Pero Ember volteó a verlos y una sonrisa genuina le iluminaba el rostro.

—¿Cómo les va a Fury y Juniper? ¿Ya están viviendo juntas?

—Desde hace dos semanas —dijo Bryce mientras estiraba el cuello para ver bien a Fury, que parecía estar leyendo el programa—. Y están muy bien. Creo que Fury ya se quedará aquí esta vez.

Su madre preguntó con delicadeza:

—¿Y tú y Fury? Sé que las cosas estuvieron complicadas por un rato.

Hunt le hizo el favor a Bryce de ocuparse en su teléfono. Ella se puso a hojear el programa.

—Solucionar la situación con Fury tomó un poco de tiempo. Pero estamos bien —respondió.

Randall preguntó:

—¿Axtar sigue haciendo lo que sabe hacer mejor?

—Sip —Bryce se conformaba con saber que su amiga era mercenaria y no averiguar más—. Pero está contenta. Y, lo más importante, June y Fury están contentas juntas.

—Bien —dijo Ember con una sonrisa suave—. Son una pareja hermosa.

Y como su mamá era… bueno, dado que era su mamá, Ember escudriñó a Bryce y Hunt y agregó, sin ninguna vergüenza:

—Ustedes dos también lo serían, si pusieran su desmadre en orden.

Bryce se despatarró en el asiento y levantó el programa para ocultar su rostro profundamente sonrojado. ¿Por qué no apagaban las luces todavía? Pero Hunt no se inmutó y contestó:

—Todo lo bueno se hace esperar, Ember.

Bryce frunció el ceño por la arrogancia divertida en el tono de su voz y aventó el programa sobre sus piernas antes de decir:

—Esta noche es muy importante para June. Traten de no arruinarla con sus tonterías.

Ember le dio unas palmaditas a Bryce en la rodilla y luego devolvió su atención al escenario.

Hunt bebió su champaña y a Bryce se le volvió a secar la boca al ver cómo se movía la columna poderosa de su garganta al tragar. Luego dijo:

—Y yo que pensaba que te encantaban las tonterías.

Bryce tenía la opción de empezar a babear o apartar la mirada, así que optó por no arruinar su vestido y ponerse a estudiar a la multitud que estaba ocupando sus asientos correspondientes. Más de uno miraba su palco.

Puso especial atención a los palcos de las hadas frente a ellos. No había rastro de su padre ni de Ruhn, pero reconoció algunas de las caras gélidas. Los padres de Tristan Flynn, lord y lady Hawthorne, estaban entre ellos. Sathia, su hija esnob profesional, estaba sentada entre ellos. Ninguno de los miembros de la destellante nobleza parecía complacido con la presencia de Bryce. Bien.

—Esta noche es muy importante para June, acuérdate —le murmuró Hunt con un esbozo de sonrisa.

Ella lo miró molesta.

—¿Qué?

Hunt inclinó la cabeza en dirección a los nobles hadas que hacían muecas de desdén al otro lado del teatro.

—Puedo ver que estás pensando en alguna manera de hacerlos enojar.

—No es cierto.

Él se acercó a ella, le rozó el cuello con su aliento y le dijo:

—Sí es cierto y lo sé porque yo estaba pensando lo mismo.

Se pudo ver el flash de algunas cámaras arriba y abajo. Sabía que esas personas no estaban fotografiando el telón.

Bryce retrocedió un poco para mirar a Hunt con atención, esa cara que conocía tan bien como la propia. Por un momento, una eternidad demasiado breve, se miraron. Bryce tragó saliva pero no pudo moverse. Ni cortar el contacto.

La garganta de Hunt se movió. Pero tampoco dijo nada más.

Tres putos meses de esta tortura. Estúpido acuerdo. Eran más que amigos. Más, pero sin ninguno de los beneficios físicos.

Finalmente, Hunt dijo con la voz entrecortada:

—Es muy amable de tu parte haber venido a apoyar a Juniper.

Ella se echó el cabello por encima del hombro.

—Lo haces sonar como si fuera un gran sacrificio.

Él señaló a la nobleza hada que continuaba con sus muecas de desdén.

—No puedes ponerte gorra y lentes de sol aquí, así que… sí.

Ella lo reconoció.

—Preferiría que nos hubiera conseguido boletos en la última fila.

Pero en vez de eso, Juniper, para que Hunt tuviera espacio para sus alas, les había conseguido este palco. Justo donde todos podían ver a la princesa astrogénita y al ángel caído.

Los músicos empezaron a afinar y los sonidos del gradual despertar de los violines y flautas atrajeron la atención de Bryce hacia el foso de la orquesta. Sus músculos se tensaron involuntariamente, como si se estuvieran alistando para moverse. Para bailar.

Hunt volvió a acercarse y le ronroneó al oído:

—Te ves hermosa, ¿sabes?

—Oh, lo sé —contestó ella aunque se mordió el labio inferior para evitar sonreír. Las luces empezaron a apagarse así que decidió mandar todo al Averno—. ¿Cuándo voy a poder contar esos músculos de tu abdomen, Athalar?

El ángel se aclaró la garganta, una… dos veces, y se reacomodó en el asiento con un crujido de plumas. Bryce sonrió orgullosa.

Él murmuró:

—Cuatro meses más, Quinlan.

—Y tres días —le respondió ella.

Los ojos de Hunt destellaban en la creciente oscuridad.

—¿De qué están hablando allá atrás? —preguntó Ember.

Bryce, sin apartar la mirada de la de Hunt, dijo:

—Nada.

Pero no era nada. Era el estúpido trato que había hecho con Hunt: que en vez de aventarse de inmediato a la cama, esperarían hasta el Solsticio de Invierno para dar rienda suelta a sus deseos. Pasarían el verano y el otoño conociéndose sin tener que cargar a cuestas el peso de un arcángel psicótico o de la presencia de demonios rondando.

Así que eso habían hecho. Torturarse mutuamente con coqueteos provocadores estaba permitido pero, a veces, en especial esta noche… en verdad deseaba nunca haberlo sugerido. Deseaba poder arrastrarlo al vestíbulo del teatro y meterse al guardarropa para mostrarle exactamente cuánto le gustaba ese traje.

Cuatro meses, tres días y… Consultó el reloj elegante en su muñeca. Cuatro horas. Y al dar la medianoche del Solsticio de Invierno, ella estaría dándole a…

—Por la putísima Solas, Quinlan —gruñó Hunt y se volvió a reacomodar en su asiento.

—Perdón —murmuró ella, agradecida por segunda vez en una hora de que sus padres no tuvieran el sentido del olfato que poseía Hunt.

Pero Hunt rio y pasó el brazo por el respaldo de su silla y enroscó el cabello suelto de Bryce entre sus dedos. Parecía satisfecho. Confiado de su posición.

Ella miró a sus padres, sentados con una cercanía similar, y no pudo evitar sonreír. Su madre también había tardado en dar rienda suelta a sus deseos con Randall. Bueno, inicialmente hubo unas cuantas… cosas. Eso era lo más que Bryce se permitía pensar sobre ellos. Pero sabía que había pasado casi un año antes de que la relación fuera oficial. Y todo había resultado bastante bien.

Así que estos meses con Hunt los había disfrutado. Así como también había disfrutado sus clases de baile con Madame Kyrah. Nadie excepto Hunt podía entender en realidad lo que había vivido… Sólo Hunt había estado en esa Puerta.

Estudió el rostro apuesto del ángel y volvió a sonreír. ¿Cuántas noches en vela habían pasado, hablando de todo y de nada? Ordenando comida, viendo películas o realities o solbol, jugando videojuegos o simplemente sentados en la azotea del edificio de departamentos viendo a los malakim y las brujas y los draki pasar volando por el cielo como estrellas fugaces.

Él le había compartido muchas cosas sobre su pasado, cosas tristes y horribles y felices. Ella quería saberlo todo. Y mientras más conocía, más compartía y mientras más…

Una luz brilló en la estrella de su pecho.

Bryce la cubrió rápidamente con la mano.

—No debí haberme puesto este estúpido vestido.

Sus dedos apenas podían cubrir la estrella que relucía con luz blanca en el teatro oscurecido e iluminaba todas las caras que ahora volteaban a verla mientras la orquesta se acallaba en anticipación a la entrada del director.

No se atrevió a mirar en dirección a las hadas del otro lado del teatro. A distinguir su repulsión y desdén.

Ember y Randall giraron en sus asientos. La cara de su papá estaba contraída en un gesto de preocupación. Los ojos de Ember estaban muy abiertos por el miedo. Su madre también sabía que las hadas estaban observando. Les había mantenido a Bryce oculta toda su vida por temor a cómo reaccionarían al ver el poder que ahora irradiaba.

Algún imbécil gritó desde el nivel de abajo: «¡Eh! ¡Apaguen la luz!».

Bryce sintió cómo se le quemaba la cara al sonrojarse y algunas personas rieron un poco pero guardaron silencio rápidamente.

Asumió que Fury estaba cerca de ellos.

Bryce cubrió la estrella con las dos manos. Le había dado por elegir los peores putos momentos para brillar, aunque éste era el que más la había mortificado.

—No sé cómo apagarla —murmuró e intentó ponerse de pie para huir al vestíbulo detrás de la cortina.

Pero Hunt colocó una mano tibia y seca sobre su cicatriz. Le rozaba los senos con los dedos. La palma de su mano era lo suficientemente ancha para cubrir la marca y atrapar la luz ahí. Se escapaba a través de sus dedos y la piel morena clara brillaba con un tono dorado y rosado, pero logró contener la luz.

—Acéptalo, inventaste un pretexto para que te manoseara —susurró Hunt.

Bryce no pudo contener su risa estúpida y nerviosa. Ocultó la cara en el hombro de Hunt. El material suave de su saco se sentía fresco contra su mejilla y su frente.

—¿Necesitas un minuto? —preguntó él aunque ella sabía que les estaba lanzando una mirada furiosa a todos los idiotas que seguían viéndolos. La nobleza hada estaba siseando sobre la deshonra.

—¿Quieren que nos vayamos? —preguntó Ember, su tono de voz sonaba entrecortado por la preocupación.

—No —respondió Bryce con la garganta un poco cerrada y puso su mano sobre la de Hunt—. Estoy bien.

—No puedes quedarte ahí sentada nada más.

—Estoy bien, mamá.

Hunt no movió su mano.

—Estamos acostumbrados a que se nos queden viendo, ¿verdad, Quinlan? —le sonrió a Ember—. No se meterán con nosotros.

Su sonrisa tenía un dejo de violencia, un recordatorio a cualquiera que los estuviera viendo de que él no sólo era Hunt Athalar sino también el Umbra Mortis. La Sombra de la Muerte.

Se había ganado ese nombre a pulso.

Ember movió la cabeza aprobatoriamente y Randall le asintió a Hunt con gratitud. Afortunadamente, el director de la orquesta salió en ese momento y el teatro se llenó con el sonido de los aplausos.

Bryce inhaló profundamente y luego exhaló con lentitud. No tenía ningún control sobre el momento en que la estrella se encendía o se apagaba. Dio un trago a su champaña y luego le dijo a Hunt con tono despreocupado:

—El titular de los sitios de chismes de mañana va a ser: El calenturiento Umbra Mortis manosea a la princesa astrogénita en el ballet.

—Bien —murmuró Hunt—. Eso me dará más estatus en la 33ª.

Ella sonrió a pesar de todo. Era uno de los muchos dones del ángel, hacerla reír incluso cuando todo el mundo parecía preferir humillarla y evitarla.

Los dedos de Hunt se oscurecieron en su pecho y Bryce suspiró aliviada.

—Gracias —dijo al mismo tiempo que el director de la orquesta levantó su batuta.

Lenta, muy lentamente, Hunt retiró la mano de su pecho.

—No hay de qué, Quinlan.

Ella lo miró de reojo de nuevo y se preguntó a qué se debería el cambio en su tono de voz. Pero la orquesta empezó a abrir con las notas melodiosas y se levantó el telón. Bryce se adelantó en su asiento y contuvo la respiración en espera de la gran entrada de su amiga.

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Bryce intentó no estremecerse con deleite cuando un ala de Hunt chocó con ella mientras caminaban hacia los peldaños pandeados de la entrada a la casa de Ruhn.

Una pequeña reunión, les había dicho Ruhn cuando los invitó a que fueran después del ballet. Ante la posibilidad de que su madre la interrogara de nuevo sobre su trabajo, su vida sexual y su estatus de princesa, y consciente de que eso la orillaría a la bebida de todas maneras, Bryce y Hunt habían decidido dejarlos en el hotel. Pasaron a su departamento a cambiarse de ropa —Hunt había insistido en eso al decir entre dientes Tengo que quitarme este puto traje— y luego volaron hacia casa de Ruhn.

Por lo visto, toda la Vieja Plaza también llegó a la reunión: hadas y metamorfos y personas de todas las Casas estaban bebiendo y bailando y platicando. En el patético jardín frontal de la casa un grupo de ninfas de río con el cabello verde y unos faunos, hembras y machos, jugaban cornhole. Un conjunto de hadas estaba detrás de ellos, probablemente miembros del Aux, a juzgar por su musculatura y la postura como si se hubieran tragado un palo de escoba. Se entretenían en algo que parecía ser una partida absolutamente cautivante de bochas.

El día árido se había convertido en una noche dulce y suave, lo suficientemente cálida para que todos los bares y cafés y clubes de la Vieja Plaza, en especial alrededor de la calle Archer, se llenaran de personas de fiesta. Incluso con el sonido aturdidor de la música que brotaba de la casa de Ruhn, Bryce alcanzaba a distinguir la vibración de los bajos que salían de otras casas en la misma calle, en el bar de la esquina y de los automóviles que pasaban por ahí.

Todos celebraban estar vivos.

Como debía ser.

—Fury y June ya están aquí —le gritó Bryce a Hunt para que la escuchara a pesar del ruido. Iban subiendo los escalones frágiles y salpicados de cerveza hacia la casa de Ruhn—. June dijo que están en la sala.

Hunt asintió aunque tenía la mirada fija en el grupo de invitados. Incluso aquí, una gran parte de la gente notaba la llegada de la princesa astrogénita y el Umbra Mortis. Les abrían el paso y algunos incluso retrocedían un poco. Bryce estaba tensa pero Hunt continuó caminando impasible. Estaba acostumbrado a esta mierda; tenía tiempo de estar acostumbrado a esto. Y aunque ya no era oficialmente la Sombra de la Muerte, la gente no había olvidado lo que alguna vez hizo. A quién le había servido.

Hunt se dirigió a la sala que quedaba a la izquierda del pasillo de entrada. La ridícula musculatura de sus hombros se movía con cada paso. Estaba expuesta casi obscenamente porque había decidido usar una camisa negra sin mangas. Bryce tal vez podría haber sobrevivido a ese espectáculo de no ser por la gorra blanca de solbol volteada hacia atrás, como Hunt la usaba por lo general.

De hecho, prefería esa gorra al traje elegante.

Para su sorpresa, Hunt no protestó cuando una duendecilla de aire enfiestada flotó a su lado y les puso un collar de tubitos de luzprístina. Bryce se lo quitó y se lo envolvió en el brazo como pulsera. Hunt se dejó el collar sobre el pecho. La luz provocaba sombras contrastantes en los músculos profundos de sus pectorales y sus hombros. Que los dioses la salvaran.

Hunt apenas había dado un paso hacia la sala cuando se escuchó resonar la voz de Tristan Flynn desde el vestíbulo a sus espaldas:

—¡Qué carajos, Ruhn!

Bryce rio y pudo ver entre la multitud al lord hada en uno de los extremos de la mesa de cerveza pong donde había dibujado la imagen de una enorme cabeza de hada que se comía un ángel entero.

Ruhn estaba al otro extremo de la mesa, con ambos dedos medios levantados hacia sus oponentes. El piercing de su labio brillaba bajo las luces tenues.

—Paguen, pendejos —dijo su hermano. El cigarrillo que tenía entre los labios subía y bajaba con sus palabras.

Bryce acercó la mano a Hunt. Sus dedos le rozaron las alas suaves y él se puso rígido y volteó a verla. Las alas de los ángeles eran muy sensibles. Era como haberlo cogido de los testículos. Sonrojada, ella señaló a su hermano con el pulgar.

—Dile a June y Fury que iré en un segundo —gritó—. Quiero ir a saludar a Ruhn.

No esperó a que Hunt contestara antes de abrirse paso hacia su hermano.

Flynn gritó de gusto cuando ella apareció. Era obvio que su recorrido por el sendero hacia una borrachera legendaria ya estaba bastante avanzado. Típica noche de martes para él. Consideró si debía enviar una fotografía de su estado etílico a sus padres y hermana. Tal vez así ya lo pensarían un poco antes de mirarla con esas muecas de desdén.

Declan Emmet parecía estar ligeramente más sobrio junto a Flynn y dijo:

—Hola, B.

Bryce lo saludo con un movimiento de la mano porque no quería gritar por encima de la multitud reunida en lo que alguna vez fue un comedor. Ahora parecía ser un espacio dedicado al billar y los dardos. Perfectamente apropiado para el príncipe heredero de las hadas de Valbara, pensó Bryce con una media sonrisa y se acercó a la persona que estaba junto a su hermano.

—Hola, Marc.

El enorme metamorfo de leopardo, todo músculos debajo de la piel oscura, la miró hacia abajo. Sus impactantes ojos de topacio resplandecían. Declan llevaba un mes saliendo con Marc Rosarin. Había conocido al empresario de tecnología durante una fiesta elegante de las compañías de ingeniería en el Distrito Central de Negocios.

—Hola, princesa.

Flynn se quejó:

—¿Desde cuándo permites que Marc te llame princesa?

—Desde que me cae mejor que tú —le replicó Bryce y se ganó una palmada en el hombro de Marc y una sonrisa de Ruhn. Luego, le dijo a su hermano—: Una pequeña reunión, ¿eh?

Ruhn se encogió de hombros. Los tatuajes de sus brazos se movieron con el gesto.

—Flynn tiene la culpa.

Flynn levantó su cerveza en gesto de saludo y bebió.

—¿Dónde está Athalar? —preguntó Declan.

—Con June y Fury en la sala —respondió Bryce.

Ruhn asintió para saludar a uno de sus invitados y luego preguntó:

—¿Cómo estuvo el ballet?

—Increíble. June estuvo genial en sus solos. Ovación de pie.

Bryce había sentido que la piel se le erizaba en todo el cuerpo cuando su amiga bailó. Los ojos se le llenaron de lágrimas cuando Juniper recibió esa ovación de pie al terminar. Bryce nunca había escuchado tantas aclamaciones en el BCM. La imagen del rostro sonrojado y dichoso de Juniper, que agradecía con reverencias al público, le hizo saber a Bryce que su amiga también estaba consciente de eso. Sin duda, pronto recibiría un ascenso a bailarina principal.

—El espectáculo más codiciado del momento —dijo Marc con un silbido—. La mitad de mi oficina hubiera vendido su alma para poder estar ahí esta noche.

—Me hubieras dicho —dijo Bryce—. Teníamos unos cuantos lugares en nuestro palco. Podríamos haberlos invitado.

Marc la miró con una sonrisa de aprecio.

—Para la próxima.

Flynn empezó a reacomodar los vasos del cerveza pong y le gritó:

—¿Cómo están mami y papi?

—Bien. Me dieron mi lechita y me leyeron un cuento antes de salir.

Ese comentario le provocó risa a Ruhn, que se había vuelto cercano a Ember, y preguntó:

—¿Cuántos interrogatorios desde que llegaron anoche?

—Van seis —contestó Bryce y apuntó hacia la sala del otro lado del pasillo de entrada—. Por eso voy a ir a beber algo con mis amigas.

—Barra libre —dijo Declan con un gesto magnánimo hacia sus espaldas.

Bryce se despidió con un movimiento de la mano y se fue. Sin la figura imponente de Hunt, muchas menos personas se fijaban en ella. Pero cuando la veían… surgían burbujas de silencio. Ella intentó no hacer caso y casi suspiró aliviada cuando reconoció el par de cuernos que sobresalía de los rizos recogidos en un elegante chongo, el peinado usual de Juniper. Estaba sentada en el sillón sucio de la sala, muslo a muslo con Fury, con los dedos de sus manos entrelazados.

Hunt estaba de pie frente a ellas. Mantenía las alas en una posición relajada mientras hablaba con sus amigas. Levantó la mirada cuando Bryce entró a la sala y ella podría haber jurado que sus ojos negros se iluminaron al verla.

Ella trató de controlar su dicha y se dejó caer en los cojines al lado de Juniper. Se acercó a ella con cariño. Luego acercó su cara al hombro de su amiga.

—Hola, mi talentosa y brillante y hermosa amiga.

Juniper rio y apretó un poco a Bryce.

—Lo mismo para ti.

Bryce dijo:

—Le estaba hablando a Fury.

Juniper le dio un manotazo en la rodilla y Fury rio al verlas.

—Ya está empezando a actuar como una prima donna.

Bryce suspiró con dramatismo.

—No puedo esperar a ver a June montar una rabieta por el estado de su camerino.

—Las dos se están portando horrible —dijo Juniper pero rio con ellas—. En primer lugar, ni siquiera voy a tener un camerino privado en años. Dos

—Ahí vamos —dijo Fury y, cuando June hizo un ruido para objetar, ella sólo rio y le besó la sien a la fauna.

Ese detalle cariñoso y despreocupado revelaba una intimidad que hizo que Bryce se atreviera a mirar en dirección a Hunt, quien sonreía un poco. Él la miró de regreso y Bryce tuvo que resistir la tentación de cambiar de posición, de pensar en cómo ellos podrían estar así, haciéndose cariños en el sillón y besándose. Hunt simplemente dijo con voz rasposa:

—¿Qué te traigo de beber, Quinlan? —asintió hacia la barra en el fondo de la habitación, apenas visible por las grandes cantidades de personas que intentaban conseguir la atención de los cantineros.

—Whisky, cerveza de jengibre y limón.

—Hecho.

Con un saludo militar, Hunt se alejó entre la gente.

—¿Cómo va ese convenio de nada de sexo, Bryce? —preguntó Fury con ironía mientras se acercaba para poder ver bien su cara.

Bryce se recargó derrotada en el respaldo del sillón.

—Cabrona.

La risa de June vibró por todo su cuerpo y su amiga le dio unas palmadas en el muslo.

—Recuérdame, ¿por qué están haciendo eso?

Bryce miró hacia atrás para asegurarse de que Hunt siguiera en la barra antes de responder:

—Porque soy una pendeja y ustedes dos cabronas lo saben bien.

Juniper y Fury rieron y la segunda dio un sorbo a su vodka con soda.

—Sólo dile que cambiaste de opinión —dijo la mercenaria y colocó el vaso sobre su rodilla envuelta en cuero negro. Bryce no lograba comprender cómo Fury podía vestir ropa de cuero con este calor. Shorts, camiseta y sandalias era lo único que ella podía soportar con las temperaturas ardientes, incluso de noche.

—¿Y romper nuestro acuerdo antes del Solsticio de Invierno? —siseó Bryce—. Nunca me permitiría olvidarlo.

—Athalar ya sabe que quieres romperlo —dijo Fury con voz pausada.

—Ay, claro que lo sabe —agregó Juniper.

Bryce se cruzó de brazos.

—¿Podemos no hablar de esto?

—Pero eso no sería divertido —la contradijo Fury.

Bryce pateó la bota de cuero de Fury e inmediatamente hizo una mueca de dolor porque su pie, que sólo tenía la sandalia dorada como protección, chocó contra el metal duro.

—¿Punta de acero? ¿En serio?

—Esto es una franca fiesta de fraternidad universitaria —dijo Fury con una sonrisa burlona—. Tal vez haya la necesidad de patear algunos traseros si alguien le insinúa cualquier cosa a mi novia.

Juniper brilló de felicidad al escuchar el término. Novia.

Bryce no sabía qué demonios era ella para Hunt. Novia sonaba ridículo al tratarse del puto Hunt Athalar. Como si Hunt hiciera algo tan normal y común como salir en una cita.

Juniper le clavó un dedo en el brazo.

—Oye, pero en serio. Recuérdame por qué tienen que esperar hasta el solsticio para hacerlo.

Bryce se hundió varios centímetros más en el sillón. Estiró los pies y tiró varias latas vacías de cerveza bajo la mesa.

—Es que…

El zumbido familiar de poder y virilidad que era Hunt llenó el aire a sus espaldas y Bryce cerró la boca justo cuando apareció frente a ella un vaso de plástico lleno de líquido ambarino y decorado con una rebanada de limón.

—Princesa —canturreó Hunt. Bryce volvió a sentir que los dedos de los pies se le enroscaban. Parecían tener esa costumbre cada que Hunt rondaba a su alrededor.

—¿Ya podemos usar ese término? —preguntó June y se enderezó deleitada—. Me he estado muriendo de…

—Por supuesto que no —le respondió Bryce y dio un trago a su bebida. Le provocó una arcada—. ¿Cuánto whisky le pediste al cantinero que le pusiera, Athalar? —tosió como si eso fuera a aliviar el ardor.

Hunt se encogió de hombros.

—Pensaba que te gustaba el whisky.

Fury resopló divertida pero Bryce se puso de pie. Levantó el vaso hacia Hunt en un brindis silencioso y luego hacia June.

—Por la próxima bailarina principal del BCM.

Luego se tomó todo el vaso de un trago y permitió que el ardor la quemara hasta el fondo del alma.

Hunt se permitió, sólo por un puto segundo, mirar a Bryce. Admirar el golpeteo constante y firme de su sandalia sobre el piso desgastado de madera al ritmo de la música, las piernas largas y musculosas que brillaban bajo las lucesprístinas de neón, sus shorts blancos que contrastaban con el color bronceado de su piel en verano. Aparte de la marca en su pecho, no le quedaba ninguna cicatriz de todo el mierdero de la primavera pasada, aunque aún tenía la curva gruesa de la cicatriz en el muslo.

Su feroz, fuerte y hermosa Bryce. Había hecho un esfuerzo por no fijarse en la forma de su trasero en esos shorts cuando venían en camino a la fiesta, el movimiento de su cabellera larga contra su espalda baja, las caderas amplias que se mecían con cada paso.

Era un puto animal estúpido. Pero siempre había sido un puto animal estúpido alrededor de ella.

Casi no pudo prestarle atención al ballet, al baile de June, porque Bryce lucía tan… deliciosa con ese vestido azul. Lo único que evitó que pensara demasiado en meter su mano por debajo del material semitransparente y subir por su muslo fue la presencia de sus padres en la fila de enfrente.

Pero eso no era parte del plan. En la primavera, no tuvo problema con el acuerdo. La deseaba pero estuvo de acuerdo con el concepto de conocerse mejor antes de agregar el sexo a la ecuación. Sin embargo, ese deseo había empeorado en los últimos meses. Vivir juntos en su departamento se había convertido en una especie de tortura en cámara lenta para ambos.

Los ojos color whisky de Bryce lo miraron. Ella abrió la boca y luego volvió a cerrarla al detectar algo en su expresión.

El recuerdo de aquellos días después de las muertes de Micah y Sandriel enfrío un poco su lujuria creciente.

Vayamos poco a poco, le había pedido ella. Siento que llegamos aquí a tropezones y, ahora que las cosas empiezan a normalizarse, quiero hacer esto bien contigo. Conocerte en tiempo real, no mientras estamos corriendo por toda la ciudad intentando resolver asesinatos.

Él estuvo de acuerdo porque… ¿qué más podía hacer? Aunque había llegado a casa del Comitium esa noche con el plan de seducir a Quinlan hasta enloquecerla. Ni siquiera había llegado a la parte de besarla cuando ella anunció que quería meter el freno.

Él sabía que había algo más detrás de esta decisión. Sabía que probablemente tenía algo que ver con la culpa que sentía por las miles de personas que no pudieron salvar ese día. Permitirse a sí misma estar con él, estar feliz… Necesitaba tiempo para aclarar todo. Y Hunt se lo daría. Lo que Bryce quisiera, lo que fuera, se lo daría gustoso. Él ya era libre de hacerlo, gracias al tatuaje en la muñeca que lo marcaba como liberado.

Pero en noches como ésta, con ella vistiendo esos shorts… era realmente un maldito esfuerzo enorme.

Bryce se levantó del sillón con un salto y caminó hacia él. Dejó a Juniper y Fury a solas para que platicaran. Fury estaba ocupada refrescando el sitio web de la sección de artes del Diario de Ciudad Medialuna en busca de la reseña de la actuación de Juniper.

—¿Qué pasó? —le preguntó Hunt a Bryce cuando ella llegó a su lado.

—¿Te gusta venir a estas fiestas en realidad? —lo cuestionó Bryce con un ademán en dirección a la multitud. El tubito de luzprístina alrededor de su muñeca brillaba intensamente—. ¿Esto no te provoca repulsión?

Él pegó un poco más las alas al cuerpo.

—¿Por qué me provocaría repulsión?

—Porque has sido testigo de toda la mierda que sucede en el mundo y te han tratado horriblemente y esta gente… —se echó la larga cabellera por encima del hombro—. Muchos no tienen idea. O simplemente no les importa.

Hunt examinó con atención su rostro serio.

—¿Por qué venimos a estas fiestas si te molesta?

—Bueno, hoy estamos aquí para evitar estar con mi mamá —Hunt rio pero Bryce continuó—. Y porque quiero celebrar que June es genial —le sonrió a su amiga en el sillón—. Y estamos aquí porque Ruhn me lo pidió. Pero… no lo sé. Quiero sentirme normal, pero luego me siento culpable por sentirme así, y después me enojo con todas estas personas que al parecer ni les importa tanto como para sentir culpa, y creo que esa píldora detectora de veneno que seguro le echaste a mi whisky tenía alguna especie de poción entristecedora porque no sé por qué estoy pensando en esto ahora.

Hunt trató de disimular su carcajada.

—¿Poción entristecedora?

—¡Tú me entiendes! —le dijo con una mirada irritada—. ¿En serio a ti no te molesta esto?

—No —miró a la gente que celebraba a su alrededor—. Prefiero ver a la gente disfrutando sus vidas. Y no puedes asumir que porque estén aquí, eso signifique que no les importe. No puedes saber si muchos de ellos perdieron familiares y amigos en la primavera. A veces la gente necesita cosas como ésta para volver a sentirse vivos. Para encontrar una especie de consuelo.

Era la palabra equivocada. Él ciertamente llevaba tres meses de no encontrar ningún puto consuelo, de no ser el de su propia mano. Había intentado no pensar si Bryce abría el cajón de su mesita de noche, donde guardaba sus juguetes, con la misma frecuencia que él se masturbaba en la ducha.

Cuatro meses para el Solsticio de Invierno. Sólo cuatro.

Bryce asintió porque su mente obviamente seguía en el tema que estaban platicando.

—Yo creo que… A veces me descubro disfrutando un momento y me preocupo de estarlo disfrutando demasiado, ¿sabes? Siento como si permitirme demasiada diversión o acostumbrarme mucho a sentirme feliz es arriesgarme a que llegue algo y lo arruine todo.

—Conozco esa sensación —no pudo evitar enroscar las puntas del cabello de Bryce entre sus dedos—. Tomará algo de tiempo adaptarnos.

Él también se estaba adaptando. No podía acostumbrarse a andar por ahí sin un hueco en el estómago preguntándose constantemente qué horrores le tendría reservados ese día. Ser dueño de sí mismo, de su futuro… Los asteri le podían quitar todo de nuevo, si así lo deseaban. Sólo le habían permitido vivir porque él y Bryce eran dos figuras demasiado públicas como para matarlos. Los asteri querían que vivieran discretamente el resto de sus vidas. Y si no lo hacían… Bueno, Rigelus había sido muy claro en su llamada con Bryce hacía meses: la Mano Brillante de los asteri mataría a todas las personas cercanas a Bryce y Hunt si desobedecían. Así que no tenían alternativa salvo vivir discretamente.

Hunt no tenía problema con hacer justo eso. Ir al ballet y a estas fiestas y fingir que nunca había sido distinto. Pensar que Bryce no tenía tatuado el Cuerno en su espalda.

Pero cada mañana, cuando se ponía la armadura negra habitual de la 33ª, lo recordaba. Isaiah le había pedido que lo apoyara justo después de la muerte de Micah y Hunt lo hizo gustoso. Y decidió permanecer como el comandante no oficial de Isaiah. No era oficial sólo porque Hunt no quería encargarse de todo el trabajo burocrático que hubiera tenido que hacer si lo asignaban formalmente.

Pero la ciudad había estado tranquila. Concentrada en sanar. Hunt no se quejaría.

Su teléfono vibró en el bolsillo trasero de sus jeans negros y lo sacó para encontrarse con un correo electrónico de Isaiah. Hunt lo leyó y se quedó inmóvil. Sintió que el corazón se le iba a los pies y de regreso.

—¿Qué pasa? —preguntó Bryce mientras se asomaba por encima de su hombro.

Hunt le pasó el teléfono con manos sorprendentemente tranquilas.

—Se han elegido nuevos arcángeles para los territorios de Micah y Sandriel.

Ella abrió los ojos como platos.

—¿Quiénes? ¿Qué tan mal está la situación?

Él le indicó que leyera el correo de Isaiah y Bryce, que todavía tenía el tubito de luzprístina enroscado en la muñeca, obedeció.

Demos la bienvenida había escrito Isaiah como único comentario al correo electrónico reenviado del secretario imperial de los asteri sobre las nuevas posiciones.

—No está tan mal —dijo Hunt con la mirada perdida en los asistentes a la fiesta que estaban reunidos alrededor de un hada parada de manos sobre el barril de cerveza en el rincón—. Ése es el problema.

Bryce frunció el ceño y leyó rápidamente el correo.

—Ephraim… él comparte Rodinia con Jakob actualmente. Sí, parece decente. Pero él irá al norte de Pangera. ¿Quién…? Oh. ¿Quién demonios es Celestina?

Las cejas de Hunt se juntaron.

—Se ha mantenido fuera de los reflectores. Ella supervisa Nena… con una población de unos, no sé, cincuenta. Tiene una legión bajo su mando. Una. Ni siquiera tiene triarii. La legión está controlada literalmente por los asteri, todos guardias de la Fisura Septentrional. Ha funcionado solamente como una representante sin poder.

—Es una promoción importante, entonces.

Hunt gruñó.

—Todo lo que he escuchado sobre ella suena inusualmente amable.

—¿No cabe la posibilidad de que sea verdad?

—¿Entre arcángeles? No —se cruzó de brazos.

Fury dijo desde el sillón:

—Para tu tranquilidad, Athalar, yo tampoco he escuchado nada malo de ella.

Juniper los miró.

—Entonces el nombramiento es prometedor, ¿no?

Hunt negó con la cabeza. No era buena idea tener esta conversación en público, pero dijo:

—No puedo comprender por qué los asteri la asignarían aquí, cuando sólo ha estado a cargo de un pequeño territorio. Debe ser una marioneta de ellos.

Bryce ladeó la cabeza y lo miró de ese modo descarnado y profundo que hacía que se le apretaran los testículos. Dioses, era hermosa.

—Tal vez sea algo bueno, Hunt. Nos han sucedido tantas putas desgracias que tal vez ahora ya no confiamos que algo sea bueno de verdad. Pero podría ser que sea una suerte que hayan nombrado a Celestina.

—Yo me inclino por pensar que Urd nos está concediendo este favor —dijo Juniper.

Fury Axtar no dijo nada. Sus ojos brillaban mientras pensaba. La mercenaria probablemente era la única que tenía una noción realista del proceder de los asteri. Aunque, por supuesto, no revelaría ningún detalle sobre sus tratos con ellos.

—Celestina quiere reunirse con lo que queda del triarii de Micah cuando llegue. Parece ser que habrá una especie de reestructuración —dijo Hunt cuando Bryce le devolvió el teléfono—. Lo que sea que eso signifique. El comunicado de prensa no saldrá hasta mañana por la mañana, así que no digan nada.

Las tres mujeres asintieron aunque él tenía la sensación de que Fury no mantendría su palabra. Las personas con quienes trabajaba, los valiosos clientes a quienes servía, probablemente se enterarían antes del amanecer.

Bryce se acomodó el cabello rojo detrás de las orejas puntiagudas.

—¿Cuándo llega Celestina?

—Mañana por la tarde —dijo Hunt y se le cerró la garganta.

Juniper y Fury empezaron a conversar entre ellas, como si quisieran darles algo de privacidad. Bryce detectó su intención y también bajó la voz.

—Eres un hombre libre, Hunt. Ella no puede ordenarte que hagas nada que no quieras hacer —envolvió la muñeca de Hunt con sus dedos cálidos y pasó el pulgar sobre el SPQM tachado—. Tú elegiste reenlistarte en la 33ª. Tienes todos los derechos de un ciudadano libre. Si ella no te agrada, si no quieres servir con ella, entonces no tienes que darle ninguna explicación para irte. No necesitas su permiso.

Hunt asintió con un gruñido aunque todavía sentía el puto nudo en el pecho.

—Celestina puede hacernos la vida muy difícil.

Bryce levantó la mano. La luzastral brilló e hizo que su piel se volviera luminosa. Un borracho idiota cerca de ellos dejó escapar un oooooh. Bryce no le hizo caso y dijo:

—Me gustaría que lo intentara. Yo soy la Superpoderosa y Especial Princesa Mágica Astrogénita, ¿recuerdas? —él sabía que era broma, pero ella apretó los labios—. Yo te protegeré.

—¿Cómo olvidarlo, oh Mágicamente Poderosa y Superespecial… lo que sea que hayas dicho.

Bryce sonrió y bajó la mano. Se había estado reuniendo con Ruhn una vez a la semana para explorar su magia, para aprender más sobre lo que recorría sus venas, el poder de tantos que la alimentaba. Su magia sólo se manifestaba como luzastral, un don puramente hada. No tenía sombras, como Ruhn, ni fuego, como su padre. Pero la fuerza pura de su poder provenía de todos aquellos que habían cedido una gota de su magia a las Puertas a lo largo de los años. Todo combinado para crear una especie de combustible que aumentaba la potencia de su luzastral. O algo así. Bryce había intentado explicarlo, por qué la magia se manifestaba como un talento hada, pero a Hunt no le importaba de dónde viniera siempre y cuando la mantuviera a salvo.

La magia significaba protección en un mundo diseñado para matarla. La protegía de su padre, que bien podría decidir eliminar la amenaza de una hija que lo sobrepasaba en poder, aunque fuera sólo por una fracción.

Hunt todavía tenía dificultad para entender que la mujer a su lado se había vuelto más poderosa que el Rey del Otoño. El poder de Hunt técnicamente seguía siendo mayor que el de ella y el de su padre pero, con el Cuerno tatuado en la espalda, ¿quién podía saber en realidad la magnitud del poder de Bryce? Si atendían a las órdenes de Rigelus de ser discretos, Bryce en realidad no podía ponerse a explorar cómo afectaba el Cuerno a su magia. Además, después de lo sucedido en la primavera… era poco probable que Bryce estuviera tentada a experimentar con el Cuerno de cualquier manera.

Notó que Axtar estaba observando a Bryce pero la mercenaria no dijo nada.

Así que Hunt continuó, a un volumen que indicaba que también quería que Fury y Juniper se enteraran.

—No sé qué signifique este asunto de Celestina, pero los asteri no hacen nada por la bondad de sus corazones.

—Necesitarían tener corazones para hacer eso —susurró Juniper. Era un comentario venenoso poco característico de ella.

Fury bajó la voz.

—La guerra está empeorando en Pangera. Valbara es un territorio clave repleto de recursos vitales. Designar a alguien que, según todos los informes, es benévola parece una estupidez.

Juniper arqueó las cejas. No por lo que estaban comentando sobre los asteri, supuso Hunt, sino porque Fury hubiera mencionado espontáneamente la guerra al otro lado del océano. La mercenaria rara vez hablaba de eso. Lo que había hecho allá. Lo que había visto. Hunt, que había combatido en muchas de esas batallas, tenía una buena idea de ambas cosas.

—Tal vez en verdad quieren un títere —dijo Juniper—. Alguien que sea una figura sin poder para que puedan darles órdenes a todas las tropas de Valbara en el extranjero sin encontrar resistencia.

Fury se acomodó un mechón de cabello detrás de la oreja. Axtar tenía apariencia completamente humana. Pero era definitivamente vanir. De qué raza, de qué Casa, Hunt no tenía idea. Flama y Sombra parecía ser lo más probable, pero no podía adivinar más allá de eso. La mercenaria dijo:

—Incluso Micah podría haberse resistido a una orden así.

El rostro de Bryce palideció al escuchar el nombre de ese bastardo. Hunt reprimió su deseo de abrazarla con el ala. No le había contado sobre sus propias pesadillas, en las que se veía forzado a ser testigo, una y otra vez, de Micah brutalizándola. Todas las pesadillas de ella corriendo por las calles, perseguida por hordas de demonios provenientes de los rincones más oscuros del Averno. Del misil de azufre que iba dirigido hacia ella en la Vieja Plaza.

—Podemos pasar toda la noche tratando de adivinar —dijo Bryce recuperando el control sobre sí misma—, pero hasta que tengas esa junta mañana, Hunt, no sabremos nada. Sólo ve con mente abierta.

—O sea, me estás pidiendo que no busque pleito —respondió con una sonrisa torcida. Fury rio un poco.

Bryce apoyó la mano en la cadera.

—Lo que digo es que no vayas a esa reunión en tu papel de Patán Intimidante. Tal vez podrías intentar algo como Patán Accesible.

Juniper soltó una carcajada y Hunt también rio suavemente. No pudo controlarse y le dio un golpe suave con el ala a Bryce por segunda ocasión en esa noche. Prometió:

—Seré un Patán Accesible entonces, Quinlan.

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Ruhn Danaan sabía tres cosas con absoluta certeza:

1. Había fumado tanto risarizoma que ya no podía sentir la cara. Lo cual era una pena porque, en ese momento, tenía una mujer sentada sobre ella.

2. Había bebido una cantidad obscena de whisky porque no tenía idea de cómo se llamaba la mujer, de cómo había llegado a su recámara ni de cómo había terminado él con la lengua entre sus piernas.

3. De verdad amaba su puta vida. Al menos… por el momento.

Ruhn clavó las puntas de sus dedos en los flancos suaves y moteados de la deliciosa criatura que gemía sobre él y arrastró el piercing de su labio por el punto donde él sabía que…

Sí. Ahí estaba. Ese gemido de placer puro que se le fue directamente al pene que ya pulsaba debajo de sus jeans negros. Ni siquiera se había desvestido para empezar a hacerle sexo oral a esa dulce fauna que se había acercado a él tímidamente en la mesa de cerveza pong hacía unos minutos. Había visto sus grandes ojos verdes, las piernas largas que terminaban en esas lindas pezuñitas y la piel de crema alrededor de su cuello, justo sobre esos senos firmes, y supo precisamente dónde quería que terminara su noche.

Afortunadamente, ella tenía la misma idea. Le había dicho precisamente lo que quería con esa voz susurrante.

Ruhn pasó la lengua sobre el botón tenso de su clítoris, saboreando el gusto suave a pradera en su boca. Ella se arqueó, tensó los muslos y tuvo un orgasmo acompañado de una serie de gemidos roncos que casi lo hicieron venirse en los pantalones.

Ruhn la sostuvo del trasero desnudo y la dejó montar su cara mientras la recorrían las oleadas de placer. Él gemía también al meter y sacar su lengua de ella y permitir que sus delicados músculos internos la apretaran.

Carajo, era excitante. Ella era excitante. Incluso tomando en cuenta el letargo provocado por las drogas y el alcohol, estaba listo para la acción. Lo único que necesitaba era que se lo pidieran esos labios carnosos y estaría enterrado en ella en cuestión de segundos.

Por un instante, como una flecha de luz disparada en la oscuridad del placer de su mente, recordó que él estaba, técnicamente, comprometido. Y no con cualquier hada cuyos padres podrían objetar ante su comportamiento, sino con la mismísima Reina de las Brujas de Valbara. Era cierto que no habían intercambiado votos de fidelidad. Carajo, apenas habían intercambiado unas cuantas palabras durante la Cumbre y en los siguientes meses pero… ¿esto cruzaba alguna línea? ¿Esta putería estaba mal?

Conocía la respuesta. El peso de esta noción lo atormentó durante meses. Y tal vez por eso estaba en esta situación ahora: sí cruzaba una línea pero era una línea en la cual su opinión salía sobrando. Y sí, respetaba y admiraba a Hypaxia Enador, que era alarmantemente hermosa, valiente e inteligente, pero hasta que la Alta Sacerdotisa uniera sus manos en el Templo de Luna, hasta que el anillo de titanio entrara a su dedo… saborearía estos últimos meses de libertad.

Al menos tenía la esperanza de que fueran unos cuantos meses. Hypaxia no le había dado al Rey del Otoño ninguna idea sobre las fechas.

La fauna se quedó quieta, su pecho se movía al ritmo de su respiración jadeante. Ruhn permitió que los pensamientos sobre su prometida se desvanecieran y tragó el sabor de la fauna hasta el fondo de su garganta.

—Santa Cthona —exhaló la fauna y se puso de rodillas para levantarse de su cara. Ruhn soltó las nalgas firmes para encontrarse con la mirada brillante y el rubor de los pómulos altos del rostro de la metamorfa.

Ruhn le guiñó y se relamió las comisuras de los labios para saborearla un poco más. Dioses, era deliciosa. Ella tragó saliva y su pulso se agitó como el batir de un tambor anticipatorio.

Ruhn le recorrió los muslos desnudos con las manos. Sus dedos rozaron la cadera angosta y la cintura.

—¿Quieres…?

La puerta de su recámara se abrió de golpe y Ruhn, atrapado debajo de la mujer, no pudo hacer nada salvo girar la cabeza para ver quién había entrado.

Aparentemente, ver al príncipe heredero de las hadas de Valbara con una mujer montada en la cara era algo tan común que Tristan Flynn ni siquiera parpadeó. Ni siquiera sonrió un poco aunque la fauna se levantó con un gritito agudo y se ocultó al otro lado de la cama.

—Ven abajo —le dijo Flynn, cuya piel normalmente dorada lucía pálida. Ya se le había bajado toda la borrachera. Incluso sus ojos color castaño se veían alertas.

—¿Por qué? —preguntó Ruhn, ya de camino a la puerta, y deseando haber tenido tiempo de hablar con la mujer que se apresuraba a recoger su ropa al otro lado de la cama.

Pero Flynn se limitó a apuntar hacia la esquina opuesta de la recámara, al montón de ropa sucia y la Espadastral recargada contra la pared cochambrosa.

—Trae eso.

La enorme erección de Ruhn ya había desaparecido, afortunadamente, para cuando llegaron a la parte superior de las escaleras sobre el vestíbulo. La música seguía haciendo vibrar el piso de la casa, la gente seguía bebiendo y ligando y fumando y haciendo lo que sea que hacía durante esas fiestas.

No había señal de peligro, no había señal de nada excepto…

Ahí. Una sensación en la nuca. Como un viento helado que le recorría la parte alta de la columna.

—El nuevo sistema de seguridad de Dec detectó algún tipo de anomalía —susurró Flynn sin apartar la atención de la fiesta del piso de abajo. Estaba ya completamente en modo Aux—. Está encendiendo todos los sensores. Una especie de aura… Dec dijo que se sentía como si una tormenta estuviera rodeando la casa.

—Genial —dijo Ruhn, ya empuñando el metal fresco de la Espadastral en la mano—. ¿Y no es algún pendejo borracho que esté haciendo estupideces con su magia?

Flynn miró a la multitud.

—Según Dec, no. Dice que por la manera en que rodea la casa, parece como si estuviera inspeccionando la zona.

Su amigo y compañero de casa había pasado meses diseñando un sistema para colocarlo alrededor de su hogar y las calles aledañas, un sistema que pudiera captar cosas como el demonio kristallos que antes era demasiado rápido para que la tecnología lo detectara.

—Entonces vamos a ver si le gusta que lo vigilen también —dijo Ruhn y deseó estar menos drogado y borracho porque sus sombras se tambaleaban a su alrededor. Flynn rio.

El risarizoma se apoderó de él por un momento e incluso Ruhn rio al avanzar hacia la escalera. Pero su diversión empezó a desvanecerse al revisar las habitaciones a cada lado del vestíbulo. ¿Dónde carajos estaba Bryce? La había visto con Fury, Juniper y Athalar en la sala, pero desde este ángulo en la parte superior de las escaleras, no la alcanzaba a ver…

Ruhn bajó tres escalones esquivando latas de cerveza, vasos desechables y un sostén con estampado de cebra. En ese momento, la puerta principal se oscureció.

O, mejor dicho, el espacio dentro del marco de la puerta se oscureció. Justo como había sucedido cuando aquellos demonios entraron por las Puertas.

Ruhn se quedó boquiabierto un instante al ver que un portal al Averno había ocupado el espacio de la puerta de su casa.

Entonces, buscó la espada que todavía no traía firmemente ajustada a la espalda y trató de despejar su mente para concentrar sus sombras en la otra mano. La risa y los cantos y la plática cesaron y las lucesprístinas parpadearon. La música se apagó como si alguien hubiera arrancado el cable de la pared.

De inmediato, Bryce y Athalar aparecieron en el arco que daba a la sala. Su hermana traía puesta la gorra de Athalar y el ángel venía armado con una pistola discretamente enfundada en el muslo. Athalar era la única persona a quien Ruhn permitiría portar armas de fuego en una de sus fiestas. Y a Axtar, que ya no estaba por ninguna parte.

Ruhn desenfundó la espada, bajó los escalones restantes de un salto y logró aterrizar con gracia al otro lado de su hermana. Flynn y Dec ocuparon sus posiciones junto a él. Las sombras empezaron a subirle por el brazo izquierdo como serpientes gemelas.

Una luz tenue emanaba de Bryce. No, eso era el tubito de luzprístina de su brazo.

De la oscuridad de la puerta emergió una figura. Directo del Averno. Y en ese momento, Ruhn supo otras tres cosas.

1. No estaba viendo un portal al Averno, después de todo. Dentro del marco de la puerta, lo que se arremolinaba eran sombras. Sombras familiares y susurrantes.

2. Lo que brillaba no sólo era el tubo de luzprístina en el brazo de Bryce. La cicatriz con forma de estrella debajo de su camiseta estaba encendida con una luz iridiscente.

3. Un hada conocida de cabello dorado salió de las sombras hacia la sala. En ese instante, Ruhn supo que su noche empezaba a empeorar.

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—Ay, no puede ser —siseó Bryce al ver la cicatriz luminosa entre sus senos. O lo que alcanzaba a ver debajo del escote de su camiseta y el sostén. La luz encendía la tela de ambas prendas y, si no hubiera estado viendo al hada que acababa de aparecer envuelto en una nube de sombras, tal vez podría haber aprovechado el momento para pensar por qué y cómo brillaba.

Los invitados habían detenido en seco sus festejos. Anticipando el desmadre que estaba a punto de iniciar.

¿Y quién había sido el idiota que apagó la música? Qué amor por el dramatismo.

—¿Qué carajos estás haciendo aquí? —preguntó Ruhn mientras se acercaba al desconocido.

El rostro bronceado del hada podría considerarse apuesto con un estilo tosco de no ser porque su expresión carecía por completo de emociones. Sus ojos color café claro lucían muertos. Sin humor. El delgado suéter blanco que vestía, combinado con unos jeans negros y botas de combate, le indicó a Bryce que venía de algún sitio más frío.

La multitud pareció percibir peligro también y todos retrocedieron hasta que sólo Hunt, Bryce, Ruhn y sus amigos quedaron frente al desconocido. Bryce no sabía dónde habían quedado Fury y Juniper. La primera probablemente estaría posicionada estratégicamente en la habitación para asegurarse de poder interceptar cualquier peligro antes de que se acercara a su novia. Bien.

El desconocido avanzó con largas zancadas y Bryce se preparó para lo que viniera. Hunt se interpuso ligeramente entre ella y el hada, y el gesto la hizo contener una sonrisa. En cuanto el rubio habló con su acento pronunciado y cargado, esa incipiente sonrisa se esfumó instantáneamente.

—Me invitaron, por supuesto.

El desconocido volteó a verla y sonrió con ironía, un gesto tan falto de vida como un pez fuera del agua.

—Me parece que no nos han presentado —movió la cabeza en dirección a ella, a su pecho—. Aunque yo sé quién eres, por supuesto —la recorrió con la mirada—. Te ves mejor de lo que esperaba. Claro que no esperaba mucho.

—¿Qué carajos estás haciendo aquí, Cormac? —gruñó Ruhn y dio un paso al frente. Pero volvió a enfundar la Espadastral en su espalda.

El rubio, Cormac, miró al hermano de Bryce. Olfateó una vez y luego rio.

—Hueles a sexo.

Bryce sintió asco al escucharlo. Cormac siguió hablando a pesar de la clara incomodidad de Ruhn.

—Y, ya te lo dije: fui invitado —insistió.

—No a esta puta casa —intervino Flynn y se paró al lado de Ruhn. Declan avanzó a su otro costado. Una unidad letal.

Cormac estudió sus alrededores.

—¿Llamas a esto una casa? No sabía que tus estándares habían caído tanto, lord Hawthorne.

Declan gruñó.

—Vete al carajo, Cormac.

Marc se acercó detrás de él. Mostraba los dientes en un silencioso gesto amenazador.

Si hubiera sido cualquier otro enemigo, Bryce sabía que lo hubieran eliminado de inmediato, pero este hombre era un hada de Avallen: poderoso, entrenado en el combate desde muy joven y despiadado.

El hada dijo, como si se diera cuenta de que ella estaba intentando descifrarlo:

—Soy tu primo, Bryce.

Hunt, el infeliz bastardo, soltó una risotada.

—No tengo ningún primo hada —respondió Bryce en tono cortante. Deseó que la estúpida cicatriz dejara de brillar. Que la gente regresara a la fiesta.

—Esa luz me indica lo contrario —la contradijo Cormac con seguridad descarada—. Yo soy primo de Ruhn directamente por parte de su madre, pero tu padre, el rey Einar, es hada, y su linaje en alguna ocasión se cruzó con el nuestro, hace mucho tiempo —levantó la mano y las flamas se envolvieron alrededor de sus dedos antes de apagarse.

Bryce parpadeó. Su madre nunca le había dicho el nombre del Rey del Otoño, y Bryce se enteró del nombre de su padre hasta que tuvo edad para saber manejar una computadora.

—¿Por qué estás aquí? —ladró Ruhn.

De reojo, Bryce alcanzó a ver que los relámpagos crujían en las puntas de los dedos de Hunt. Con una descarga Hunt podría asar a este imbécil.

Pero Cormac seguía sonriendo con frialdad. Sus ojos muertos brillaron con desprecio puro cuando hizo una reverencia burlona hacia Bryce.

—Estoy aquí para conocer a mi futura esposa.

Las palabras recorrieron la mente de Hunt en un destello tan rápido que apagaron un poco sus relámpagos, pero Bryce echó la cabeza atrás con una carcajada.

Nadie más rio con ella.

Y cuando Bryce terminó de reír, le esbozó una sonrisa cáustica a Cormac.

—Eres muy gracioso.

—No es broma —respondió Cormac y su rostro se oscureció—. Ha sido decretado.

—¿Por quién? —preguntó Hunt al instante.

El hada de Avallen miró a Hunt con desdén palpable. Por lo visto, no estaba acostumbrado a que se le cuestionara. Pendejete mimado.

—Por su padre, el Rey del Otoño, y el mío, el Alto Rey de las Hadas de Avallen.

Eso convertía a este idiota en un príncipe heredero.

Bryce dijo con frialdad:

—Hasta donde sé, yo ya no estoy disponible.

Hunt se cruzó de brazos y se volvió un muro de músculos a su lado. Que Cormac pudiera ver precisamente con quién tendría que enfrentarse si daba un paso más hacia Bryce. Hunt hizo que unas chispas de sus relámpagos recorrieran sus hombros, sus alas.

—Tú eres un hada soltera —dijo impasible Cormac—. Eso significa que le perteneces a tus parientes hombres hasta que decidan entregarte a otro. Esa decisión ya fue tomada.

Desde el arco que daba a la sala, emergió una figura oscura y delicada. Axtar. Tenía una pistola en la mano pero la sostenía junto a su muslo. No había rastro de Juniper. La fauna probablemente estaba escondida donde Fury le había indicado.

Cormac miró en dirección a la mercenaria y su gesto desdeñoso titubeó un poco.

Había pocas personas en el poder en Midgard que no conocieran a Fury Axtar. De lo que era capaz si se le provocaba.

Ruhn apuntó a la puerta y le gruñó Cormac.

—Lárgate de una puta vez de mi casa. Da igual si usas tus sombras o tus pies, pero lárgate.

Cormac frunció el ceño al ver la Espadastral que se asomaba por encima del hombro ancho de Ruhn.

—Dicen los rumores que esa espada canta para mi futura esposa también.

Un músculo de la mandíbula de Ruhn se movió ligeramente. Hunt no sabía con precisión cómo interpretar eso.

Pero Bryce dio un paso al frente. La estrella seguía brillando.

—Yo no soy tu futura esposa, pendejo. Y no lo seré, así que arrástrate al agujero del que saliste y diles a tus reyes que se busquen a otra persona. Y diles…

—Qué boquita —murmuró Cormac.

A Hunt no le gustó mucho ese tono insinuante del hada. Pero contuvo su poder. Incluso lanzar una chispa de sus relámpagos contra Cormac podría interpretarse como una declaración de guerra.

Las hadas eran unos bebitos delicados. Sus rabietas podían durar siglos.

Bryce le sonrió a Cormac con dulzura.

—Entiendo que estés en tu papel de Príncipe Atormentado, pero pobre de ti si te atreves a interrumpirme otra puta vez.

Cormac parpadeó. Hunt ocultó su sonrisa aunque le subió la temperatura al escuchar la irreverencia de Bryce.

Ella continuó:

—Mi hermano te dijo que te largaras de esta casa —la piel le empezó a brillar—. No te conviene que yo te lo tenga que pedir.

Hunt sintió que el vello de la nuca se le erizaba. Ella había dejado gente ciega con ese poder, y eso fue antes de hacer el Descenso. Con toda la magia que ahora alimentaba su luzastral… Todavía no había sido testigo de cómo se manifestaría. Casi deseó averiguarlo en ese momento, que experimentara con este pendejo.

Hunt miró a Flynn, Declan y Marc, que estaban tensos y listos para entrar a la pelea. Y Ruhn…

Hunt no sabía por qué la sonrisa satisfecha de Ruhn le sorprendía. Pensó que tendría el orgullo lastimado, quizá, porque Bryce lo estaba opacando en su propia casa. Pero lo que transmitía la expresión de Ruhn era orgullo… orgullo por Bryce. Como si el príncipe hubiera estado esperando que su hermana manifestara su poder desde hacía tiempo y se sintiera honrado de tenerla a su lado.

Hunt devolvió su atención a Cormac cuando el príncipe de Avallen levantó las manos y le sonrió a Bryce lentamente. El gesto lucía tan muerto como sus ojos.

—Ya vi todo lo que necesitaba ver.

—¿De qué carajos estás hablando? —exigió saber Ruhn. Las sombras se retorcían en sus hombros, un contraste oscuro con la luz que emanaba de Bryce.

Pero las sombras también se arremolinaban detrás de Cormac, más oscuras, más violentas que las de Ruhn, como una estampida de caballos indomables esperando a arrasar sobre ellos a todo galope.

—Quería confirmar con mis propios ojos que ella tuviera el don. Gracias por demostrarlo —metió un pie en esas sombras salvajes e inclinó la cabeza a Bryce—. Nos vemos en el altar.

La estrella de Bryce se apagó en el momento que él desapareció y quedaron atrás sólo unas cuantas brasas brillando.

Bryce apenas y se percató del final de la fiesta: la gente que iba saliendo por la puerta principal, los incontables ojos que la miraban en el vestíbulo mientras ella se ocupaba escribiendo en su teléfono.

—Mañana en la mañana hay un tren que sale a las siete —le dijo Bryce a Hunt, que seguía a su lado. Como si estuviera temeroso de que el hombre de Avallen reapareciera para llevársela.

Pero no era cualquier hombre de Avallen: era el Príncipe Cormac. Su… prometido.

—Tu mamá no se va a querer ir por ningún motivo —dijo Hunt—. Si de milagro no sospecha que por algo quieres adelantar su partida cinco horas, entonces Randall sí lo hará.

Juniper buscaba en su teléfono al otro lado de Bryce.

—Los canales sociales están vacíos a esta hora, pero…

—Con una persona que hable… —terminó la frase Fury desde su posición al frente de la casa, donde monitoreaba con la misma actitud vigilante que Hunt—. Aunque creo que dejé muy clara mi posición sobre las consecuencias de hacerlo.

Que los dioses la bendijeran, Fury ciertamente lo había dejado muy claro. Si cualquiera de ustedes postea, habla o siquiera piensa en lo que acaba de suceder aquí esta noche, declaró con autoridad silenciosa a todos los invitados impresionados, los cazaré y haré que se arrepientan.

Nadie había dicho nada, pero Bryce notó que más de una persona borraba fotografías de su teléfono al salir apresuradamente.

Hunt dijo:

—Sacar a tus padres de la ciudad sin que sospechen ni se enteren será difícil, por decir lo menos —ladeó la cabeza—. ¿Estás segura de que no sería más sencillo simplemente decirles?

—¿Y arriesgarme a que mi madre se vuelva loca? ¿Que cometa alguna imprudencia?

Y eso sin mencionar lo que Randall podría hacer si pensara que el Rey del Otoño ponía en juego la felicidad de Bryce o el control sobre su propia vida. Lo que Ember dejara del cadáver del Rey del Otoño quedaría lleno de las balas de Randall.

—No voy a arriesgarlos así.

—Son adultos —dijo Fury—. Puedes confiar en que tomarán decisiones racionales.

—¿Acaso conoces a mi mamá? —exigió saber Bryce—. ¿Racional es la palabra que viene a tu mente cuando piensas en ella? Hace esculturas de bebés en camas de lechuga, con un carajo.

—Sólo pienso que —intervino June— se van a enterar de todas maneras, así que tal vez sería mejor que lo escucharan de ti. Antes de que lo escuchen de boca de alguien más.

Bryce negó con la cabeza.

—No. Quiero estar muy, muy lejos de ellos cuando se enteren. Y poner unos cuantos cientos de kilómetros entre ellos y el Rey del Otoño también.

Hunt gruñó para indicar que estaba de acuerdo y ella lo miró agradecida.

El sonido de Declan que cerraba la puerta la hizo apartar su atención del ángel. El hada se recargó contra la entrada.

—Bueno, ya se me bajó todo lo enfiestado.

Flynn se dejó caer en los escalones inferiores de la escalera con una botella de whisky en la mano.

—Entonces será mejor que empecemos a recuperarnos —dio un trago a la botella antes de pasársela a Ruhn, quien se recargó contra el barandal de la escalera con los brazos cruzados y los ojos azules brillando con un tono casi violeta. Llevaba varios minutos en silencio.

Bryce no tenía idea de por dónde empezar la conversación con él. Sobre Cormac, sobre el poder que había mostrado en la casa del mismo Ruhn, sobre la estrella que brilló ante el Príncipe de Avallen… sobre todo eso. Así que simplemente dijo:

—¿Supongo que él es el primo de tu Prueba?

Ruhn, Dec y Flynn asintieron con seriedad. Su hermano bebió otra vez de la botella de whisky.

—¿Qué tan cerca estuvo Cormac de matarte durante tu Prueba? —preguntó Hunt. Ruhn debió haberle contado sobre esto en algún momento durante el verano.

—Cerca —dijo Flynn y se ganó una mirada molesta de parte de Ruhn.

Pero Ruhn admitió:

—Fue grave —Bryce podría haber jurado que evitó verla cuando agregó—: Cormac pasó toda su vida pensando que él se ganaría la Espadastral algún día. Que iría a la Cueva de los Príncipes y demostraría merecerla. Estudió todas las leyendas, se aprendió el linaje, leyó detenidamente todos los recuentos que detallaban las variaciones en el poder. No… no le hizo nada de gracia cuando yo obtuve la espada.

—Y ahora su prometida tiene derecho sobre ella, además —dijo Flynn y esta vez fue Bryce quien lo miró molesta. Podría haber vivido el resto de su vida sin que le recordaran eso.

Ruhn pareció forzarse a mirar a Bryce al decir:

—Es verdad —entonces sí había visto su mirada molesta—. La espada es tan tuya como mía.

Bryce hizo un ademán para restarle importancia.

—Yo me la llevaré los fines de semana y los días feriados, no te preocupes.

Hunt agregó:

—Y además así tendrá dos Solsticios de Invierno, así que… el doble de regalos.

Ruhn y los demás los vieron como si les hubieran salido diez cabezas, pero Bryce le sonrió a Hunt. Él le sonrió de vuelta.

Él la entendía… su humor, sus miedos, sus dudas. Lo que fuera, Athalar la entendía.

—¿Es verdad? —preguntó Juniper, tomó a Bryce del brazo y se acercó—. ¿Sobre la legalidad de un compromiso en contra de la voluntad de Bryce?

Eso le borró la sonrisa de la cara a Hunt. Y a Bryce. Su mente corría a toda velocidad, cada pensamiento tan rápido y vertiginoso como una estrella fugaz. Sintió un nudo en el estómago.

—Dime que hay una manera de que evitemos esto, Ruhn —caminó hacia su hermano y le arrebató la botella de whisky. Una luz tenue se encendió en la espalda del joven: la Espadastral. Zumbó, un silbido similar a un dedo recorriendo el borde de un vaso.

La mirada de Ruhn se cruzó con la de ella, inquisitiva y precavida, pero Bryce dio un paso atrás. La espada dejó de cantar.

No va a morder, ya lo sabes.

Bryce casi brincó al escuchar la voz de su hermano llenar su mente. Él usaba ese don de hablar en su mente muy rara vez, por lo que ella solía olvidar que lo podía hacer.

Es tu espada. No mía. Tú eres tan príncipe astrogénito como yo princesa.

Él respondió, con el brillo de las estrellas en los ojos, No soy el tipo de hombre cuyo sentido del orgullo es tan frágil que necesito aferrarme a un arma brillante. Si la quieres usar, es tuya.

Ella sacudió la cabeza. Tú conseguiste esa espada, y aparentemente tuviste que lidiar con Cormac para lograrlo. Eso por sí solo te da derecho a quedártela.

La risa de Ruhn le llenó la mente, repleta de diversión y alivio. Pero su rostro permaneció serio cuando le dijo al grupo que los miraba:

—No presté atención en clase cuando vimos el tema de la ley hada. Lo siento.

—Bueno, pues yo sí —dijo Marc—. Y ya puse a unos de mis socios del bufete a investigarlo. Cualquier caso legal o precedente que se haya subido a la base de datos, si no está oculto en los Archivos Asteri, lo podremos consultar.

Declan asintió:

—Yo también buscaré.

Pero ni siquiera Dec, con sus dotes de hacker, podría violar la seguridad que protegía los archivos antiguos y privados de los asteri.

—Gracias —dijo Bryce pero no permitió que ni un poco de esperanza surgiera en su pecho—. Avísenme en cuanto averigüen algo.

Ruhn empezó a hablar pero Bryce lo dejó de escuchar y le pasó la botella de whisky a Juniper antes de salir al decrépito porche delantero. Avanzó procurando no pisar las latas y vasos tirados. Hunt la siguió como una tormenta de viento a sus espaldas mientras ella caminaba hacia la pequeña franja de césped al frente para impregnarse de la actividad de la Vieja Plaza a su alrededor.

—¿Por qué estás tan tranquila con esto? —preguntó Hunt con los brazos cruzados. El aire seco y cálido de la noche le despeinó el cabello y las alas grises.

—Porque esto es alguna especie de jugada del Rey del Otoño —dijo Bryce—. Está anticipando que voy a salir corriendo a su casa para pelear con él. Estoy intentando descifrar de qué le serviría eso. Cuál es su verdadera intención.

Y cuál podría ser la de ella.

—Conectar los dos linajes reales más poderosos de las hadas es una intención bastante clara —gruñó Hunt—. Y encima de todo, tú eres astrogénita. Me dijiste que tienes los dones de uno de los primeros astrogénitos. Y tienes el Cuerno. Eso te convierte en una pieza muy valiosa para alguien que busca más poder.

—Eso es demasiado simple para el Rey del Otoño. Sus juegos se extienden a lo largo de muchos años… siglos. Este compromiso sería el primer paso. O tal vez ya avanzamos varios pasos.

Sólo debía averiguar una manera de adelantar unos cuantos pasos sin revelar sus intenciones. El compromiso tendría que mantenerse. Por ahora.

—Qué desmadre.

Bryce hizo acopio de su fortaleza.

—Estaba disfrutando mucho este verano, ¿sabes? Parece como si la intención del día de hoy fuera arruinarlo para ambos.

Hunt bajó la cabeza.

—Casi se podría pensar que esto es un plan de los dioses. Probablemente tienen un grupo de fuerzas especiales con la misión: Cómo Joderse a Bryce y Hunt en Un Día.

Bryce rio.

—Celestina podría terminar siendo una bendición. Pero… ¿Crees que el Rey del Otoño podría haber planeado que esto coincidiera con que tú recibieras la noticia sobre Celestina?

—¿Con qué fin?

—Para alterarnos. Para obligarnos a actuar, no sé —respondió ella. Luego se atrevió a decir—: Tal vez pensó que irías a atacarlo y que eso te haría ver mal frente a la nueva arcángel.

Hunt se quedó inmóvil y Bryce se volvió muy consciente de la distancia entre sus cuerpos.

—De nuevo —dijo él con voz ronca—, ¿con qué fin?

—Si tú hicieras algo ilegal —pensó Bryce en voz alta y su corazón empezó a acelerarse al sentir que él se acercaba—, como…

—¿Como matar a un príncipe heredero de las hadas?

Bryce se mordió el labio.

—Celestina necesita poner un ejemplo de cómo planea gobernar. Y castigar a un ángel poderoso, un ángel famoso que actuó indebidamente… ésa sería la manera perfecta de demostrar su poder. Y que ella te sacara de la jugada favorecería al Rey del Otoño. Él sabe que somos un equipo.

—Un equipo —repitió Hunt lentamente. Como si, de todo lo que ella acababa de decir, eso fuera lo que le había llamado la atención.

—Sabes a qué me refiero —dijo Bryce.

—No estoy seguro.

¿Acaso su voz se escuchaba más grave?

—Somos compañeros de casa —dijo ella con la voz también un poco más jadeante.

—Compañeros de casa.

—¿Campeones ocasionales de cerveza pong?

Hunt le quitó la gorra de la cabeza a Bryce y la colocó sobre la suya, con la visera hacia atrás, como era su costumbre.

—Claro, el Rey del Otoño en verdad le teme a nuestra alianza profana de cerveza ponguistas.

Bryce sonrió y dejó que esa sensación ahuyentara la oscuridad que se agazapaba en su alma. Pero Hunt agregó:

—No podemos olvidar que Avallen tiene su propia perspectiva en esta situación. ¿Por qué estarían de acuerdo con esta unión?

—¿Sabes qué? —dijo Bryce—. ¿A quién le importan ellos? Mi padre, las hadas de Avallen, que se vayan al carajo —sólo podía ser así de despreciativa con Hunt. Él siempre la apoyaría, sin importar qué—. Al menos hasta que logremos subir a mis padres a ese tren.

—Todavía no me has propuesto un plan convincente sobre cómo vamos a hacer eso. Para el caso, ya podrían estar enterándose de esto en las noticias.

—Oh, mi teléfono ya estaría explotando si mi madre se hubiera enterado —se pasó la mano por el cabello—. Tal vez debería pedirle a Fury que se meta a escondidas a su hotel y desactive sus teléfonos.

—¿Está muy mal que piense que debería ir un paso más allá y amarrarlos, arrojarlos a la cajuela de un automóvil y llevárselos a casa para que lleguen allá antes de las noticias? Porque eso es lo que Fury probablemente haría si la enviaras a ese hotel.

Bryce rio y el sonido recorrió su cuerpo como una canción de campanas de plata.

—De acuerdo, nada de Fury —dijo y tomó a Hunt del brazo. Saboreó su masa muscular y se dirigieron hacia la reja del jardín y luego a la acera—. Ordenemos una pizza, veamos episodios viejos de Destino Playa Lujuria y busquemos maneras de engañar a mis padres.

Una de las alas de Hunt le rozó la espalda con la más suave de las caricias. Cada centímetro que tocó se encendió como luzprístina.

—Suena como cualquier noche de martes.

Caminaron lentamente de regreso a casa y, a pesar de la poca seriedad de las palabras de Bryce, ella sintió que empezaba a sumergirse en un estado de oscuridad arremolinada y pensamientos como estrellas fugaces. Había sido una tonta por pensar que podría mantenerse discretamente oculta para siempre. Había estado dispuesta a seguir las órdenes de los asteri y llevar una vida aburrida y normal, pero el resto del mundo tenía otros planes para ella. Y para Hunt.

Apenas estaba llevándose el teléfono al oído para llamar a sus padres y darles la noticia de que Ay, me da tanta pena pero Jesiba necesita que vaya a su bodega mañana y creo que esto podría darme una oportunidad de pedirle trabajo. ¿Podrían tomar el tren más temprano? cuando salieron del elevador y encontraron entreabierta la puerta de su departamento.

Si su madre y Randall habían llegado de visita sorpresa…

Syrinx ladraba dentro y Bryce se abalanzó hacia la puerta. El recuerdo de otra noche la hizo ver rojo. Ahora, al igual que entonces, el aroma a cobre de la sangre flotaba en el aire, en el pasillo, en el umbral de su puerta…

No otra vez. No sus padres…

Hunt la empujó hacia atrás y se acercó cuidadosamente a la entrada. Tenía la pistola desenfundada y sus relámpagos le envolvían la otra mano. La violencia se podía palpar en cada una de las líneas tensas de su cuerpo, en sus alas erguidas.

La sorpresa destelló en sus ojos oscuros y bajó la pistola. Bryce miró lo que había en el centro de la sala y se recargó en Hunt con alivio y sorpresa.

Sí, los dioses claramente habían creado un grupo de fuerzas especiales con la misión de Cómo Joderse a Hunt y Bryce.

Dentro del departamento estaba Ithan Holstrom, sangrando por todo el piso de madera clara.

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Tharion Ketos la había cagado realmente.

De manera literal. La Reina del Río estaba encabronada.

Por eso ahora se veía obligado a hacer el esfuerzo de mantenerse en pie en una pequeña embarcación pesquera en un mar tan tormentoso que incluso su estómago de acero estaba revuelto. Arriba y abajo, abajo y arriba, el barco se movía bajo la lluvia, a merced de las olas y el viento que amenazaba con arrancarle la piel hasta los huesos a pesar de su grueso suéter negro y su chaleco táctico.

Podría estar descansando ahora sobre una roca en el Istros, de preferencia mientras lo admiraban todas las mujeres que recorrían el muelle. Ciertamente disfrutaba encontrar fotos no-tan-discretas de él en las redes sociales con pies de página como: ¡Tan sexy que de milagro no evapora todo el Istros!

Ése había sido uno de sus favoritos. Desgraciadamente, también había sido el motivo de que terminara aquí. Castigado por la Reina del Río porque el mensaje había hecho llorar a su hija.

Estaba acostumbrado al frío, había explorado las profundidades hasta el límite que le permitían sus dones de mer sin que se le reventara el cráneo como un huevo, pero esta sección al norte del Mar Haldren era distinta. Le succionaba la vida de los huesos. Su color grisáceo le corroía hasta el alma.

Aunque nadar le provocaría menos náuseas, eso sí.

Tharion agachó la cabeza para enfrentar el embate de la lluvia. El cabello rojizo se le pegaba al cráneo y el agua helada goteaba por su cuello. Dioses, quería regresar a casa. De vuelta al calor seco e intenso de un verano en Lunathion.

—El sumergible está dentro de rango —gritó la capitana. La metamorfa de delfín estaba resguardada en la seguridad del vestíbulo de comando. Maldita suertuda—. Estamos empezando a recibir una transmisión en vivo.

Tharion apenas podía sostenerse del barandal resbaloso por la lluvia pero logró abrirse paso hacia el vestíbulo. Sólo cabían dos personas, así que tuvo que esperar hasta que el primer oficial, un metamorfo de tiburón, saliera antes de poder entrar. La calidez era como el beso del mismo Solas, y Tharion suspiró al cerrar la puerta corrediza y examinó la pequeña pantalla junto al timón.

Las imágenes de la fosa eran borrosas: pequeñas corrientes con fragmentos flotantes frente a la gran oscuridad al fondo. Si hubieran estado en un buque de batalla, ¡demonios, hasta en un yate!, tendrían pantallas gigantes con claridad cristalina. Sin embargo, este barco pesquero, capaz de pasar desapercibido al radar de la marina de Pangera, había sido la mejor opción.

La capitana se paró frente a la pantalla y apuntó con un dedo moreno hacia el número de la esquina superior derecha. Iba aumentando.

—Nos estamos acercando a la profundidad solicitada.

Tharion se sentó en la silla giratoria que estaba anclada al piso. Técnicamente era la silla de la capitana, pero no le importó. Él estaba pagando por esta expedición. Claro, lo había hecho con su tarjeta de crédito expedida por la Corte Azul, pero podía sentarse donde se le diera su pinche gana.

La capitana arqueó una ceja oscura.

—¿Sabes qué es lo que estás buscando?

Varios espías que trabajaban con él le habían recomendado ampliamente a esta capitana: una mujer discreta y valiente que no huiría ante la primera señal de buques de guerra imperiales.

Tharion estudió la pantalla.

—Un cuerpo.

La capitana silbó.

—Sabes que las probabilidades son…

—Estaba atada a bloques de plomo y la dejaron caer al agua en esta zona.

Había sido la Cierva.

—Si no es de la Casa de las Muchas Aguas, hace mucho que murió.

Qué información tan novedosa.

—Sólo necesito encontrarla.

Lo que quedara de ella, después de dos semanas en el fondo del mar. Francamente, lo más probable era que sus huesos y cuerpo hubieran explotado por la presión.

Su reina se había enterado del destino de la pobre chica a través de lo que le susurraban los ríos y los mares. Él sabía que éste era el método que usaba la Reina del Río para mantenerse al tanto de sus hermanas, que gobernaban en los otros cuerpos de agua alrededor de Midgard, pero no sabía que la información podía ser tan precisa. La reina le había podido decir que buscara bloques de plomo y dónde buscarlos. Y qué tipo de vanir, exactamente, era Sofie: una pájaro de trueno. Que Ogenas tuviera piedad de todos.

Había venido por la ligerísima probabilidad de que el cuerpo vanir de Sofie hubiera sobrevivido al descenso en las aguas y que no hubiera sido comida por carroñeros. Su reina parecía tener la impresión de que Sofie era un elemento valioso, incluso muerta.

Pero se había negado a decirle más al respecto. Sólo le había dicho que debía recuperar el cuerpo y llevarlo de regreso a la Corte Azul. Probablemente para buscar en él información o armas. Rezó por no tener que encargarse personalmente de eso.

—Estamos a la profundidad mencionada —anunció la capitana y el sumergible se detuvo. Se vieron más fragmentos blancos flotando frente a la cámara que giraba para revelar el suelo marino limoso y alienígena.

—¿Alguna idea de por dónde comenzar, capitán?

Capitán. Tharion seguía pensando que el título era ridículo y bastante doloroso. El caso que le había ganado la reciente promoción había sido el del asesinato de su hermana. Hubiera cambiado ese título en un instante con tal de tener a Lesia de vuelta. De escuchar una vez más la risa escandalosa de su hermana menor. Capturar y matar a su asesino no le había servido para mitigar ese sentimiento.

—Con base en la corriente, debe haber tocado fondo cerca de aquí —dijo Tharion y permitió que su magia de agua se sumergiera lentamente hacia el fondo. No pudo evitar sentir algo de rechazo ante la violencia del océano. No era para nada como la calma clara del Istros. Claro que había muchos monstruos que habitaban el Río Azul, pero esas aguas color turquesa le cantaban, reían con él, lloraban con él. Este mar sólo aullaba enfurecido.

Tharion monitoreó la transmisión.

—Rota la cámara al oeste y mueve el sumergible unos diez metros hacia adelante.

Con el resplandor de los rayos de luzprístina sobre el sumergible a control remoto, pudieron ver más fragmentos carnosos flotar frente a la cámara. Micah había condenado a Viktoria a esto. El arcángel encerró la esencia de la espectro en una caja mágicamente sellada y la arrojó al fondo de la Fosa Melinoë. Dentro, ella permanecía completamente consciente a pesar de no tener forma corpórea.

Que el fondo de esa fosa estuviera a veinticinco kilómetros más de profundidad que el fondo del mar frente a ellos provocó un escalofrío en los antebrazos con rayas atigradas de Tharion. La caja de la espectro era del tamaño de una caja de zapatos y estaba hechizada para soportar la presión. Y Viktoria, que no necesitaba ni agua ni comida, podría vivir para siempre. Atrapada. Sola. Sin luz, ni nada, salvo silencio. Ni siquiera tendría el consuelo de su propia voz.

Era un destino peor que la muerte. Ahora que Micah estaba en una bolsa de basura en algún tiradero de la ciudad, ¿quién se atrevería a buscar a la espectro? Athalar no había mostrado señales de rebelión y Bryce Quinlan, según lo último que había escuchado Tharion, estaba conforme con regresar a una vida normal.

Demonios, después de esta primavera, ¿acaso no era lo que todos querían, regresar a la normalidad?

La Reina del Río no parecía quererlo. Lo había enviado a buscar los restos de la espía rebelde. A recuperar su cadáver Muy Pinche Importante.

Aunque el hecho de estar buscando el cadáver de una espía rebelde podría condenar a la Reina del Río. Los podría condenar a todos.

Y él estaría al frente de la línea de fuego. Pero nunca se había atrevido a contradecir a la reina ni a comentar sobre las contradicciones de su decisión: lo castigó por hacer llorar a su hija pero, ¿qué sucedería si él moría o resultaba lesionado durante uno de sus castigos? ¿No lloraría su hija en ese caso?

Su hija, tan caprichosa como su madre e igual de celosa. Si tenía algunos comportamientos de monstruo posesivo, era porque su madre así la había educado.

Él había sido un tonto al no percatarse de eso antes de tomar su doncellez y jurarle lealtad hacía una década. Antes de siquiera ser su prometido. El amado de la hija de la Reina del Río. Un príncipe en entrenamiento.

Una puta pesadilla.

A juzgar por el hecho de que había conservado su trabajo estos diez años, y que incluso había sido ascendido, la madre aparentemente todavía no sabía bien qué hacer con él. A menos que la hija hubiera intervenido a su favor, para mantenerlo seguro. Pensar en eso, que tenía que mantener las cosas en paz con ella, era suficiente para convencerlo de conservar el pene bien guardado en los pantalones y las manos lejos de las tentaciones. Las aletas. Daba igual.

Y había aceptado todos los castigos, a pesar de lo injustos e inmerecidos y peligrosos que fueran.

—No veo nada —dijo la capitana y ajustó el interruptor de control en el tablero.

—Sigue moviéndote. Haz un barrido completo de un perímetro de kilómetro y medio.

No regresaría con su reina con las manos vacías si podía evitarlo.

—Estaremos aquí por horas —objetó la capitana con el ceño fruncido.

Tharion sólo se acomodó en la silla y miró al primer oficial, que se resguardaba contra el costado del vestíbulo.

Sabían a qué se enfrentarían cuando decidieron venir. Sabían el tipo de tormentas que recorrían estos mares en esta época del año. Si el metamorfo se cansaba del viento y la lluvia, podía saltar bajo las olas.

Aunque un tiburón en estas aguas era el menor de los terrores.

Tres horas y media después, Tharion levantó una mano.

—Regresa a la derecha. No… ajá. Ahí. ¿Puedes acercarte más?

El sumergible a control remoto acababa de pasar flotando junto a una ventila hidrotermal, junto al lodo y roca y toda clase de criaturas extrañas. Pero ahí, escondida entre un conjunto de anélidos tubícolas blancos y rojos… una roca cuadrada.

Sólo manos vanir o humanas la podrían haber tallado.

—Maldición —murmuró la capitana y se inclinó sobre la pantalla. La luz le iluminaba el rostro anguloso—. Ésos son bloques de plomo.

Él trató de contener su escalofrío. La Reina del Río tenía razón. Hasta el último detalle.

—Haz un círculo a su alrededor.

Pero… las cadenas que salían del bloque estaban sobre el suelo marino. Vacías.

La capitana dijo:

—La persona que estaba sostenida por esas cadenas hace mucho que ya no está. O se la comieron o explotó por la presión.

Tharion miró las cadenas y asintió. Pero algo más llamó su atención.

Miró a la capitana para ver si ella había notado la anomalía pero nada de su expresión revelaba sorpresa. Así que Tharion permaneció en silencio y le permitió sacar el pequeño sumergible a la superficie, donde el primer oficial lo subió a la cubierta.

Dos horas después, de regreso en tierra firme, empapado y lodoso por la lluvia, Tharion calmó el castañeo de sus dientes el tiempo suficiente para llamar a su reina.

La Reina del Río respondió al primer timbrazo.

—Habla.

Tharion, acostumbrado a esa voz cortante pero etérea, dijo:

—Encontré los bloques de plomo. Las cadenas seguían pegadas a ellos.

—¿Entonces?

—No había cuerpo —dijo y escuchó un suspiro de decepción. Lo volvió a recorrer un escalofrío, aunque esta vez no se debía sólo al frío—. Pero los grilletes estaban abiertos.

El suspiro se detuvo. Él había aprendido a leer sus pausas, tan variadas como la vida en su río.

—¿Estás seguro de eso?

Él evitó preguntar por qué las corrientes no le habían compartido este detalle particularmente vital. Tal vez eran tan caprichosas como ella. Tharion dijo con suavidad:

—No había señales de daño. Al menos por lo que lograba ver en la pésima pantalla.

—¿Crees que Sofie Renast se liberó?

—No lo sé —dijo Tharion y se subió a la camioneta negra que conduciría al helipuerto privado en el norte de Pangera. Encendió la calefacción al máximo. Su cuerpo congelado tal vez necesitaría toda la hora del recorrido tierra adentro para calentarse—. Pero definitivamente creo que no llegó a tocar el fondo del mar.

Tharion condujo por el camino accidentado. El lodo salpicaba el vehículo y los limpiaparabrisas hacían un suave sonido al moverse.

Su reina dijo:

—Entonces alguien llegó antes que nosotros… o Sofie está viva. Es interesante que el agua no me haya susurrado nada de eso. Como si hubiera sido silenciada —Tharion tuvo la sensación de saber hacia dónde se dirigía la conversación—. Encuéntrala —le ordenó la reina—. Apostaría mi corte completa a que está buscando a su hermano. Movió cielo, mar y tierra para liberarlo de Kavalla. El mar susurra que él es tan talentoso como ella. Encuéntralo y la encontraremos a ella. Y viceversa. Pero incluso si sólo encontramos al niño… ciertamente será valioso.

Tharion no se atrevió a preguntar por qué estaban buscando a cualquiera de los dos. Podría imaginar motivos para querer a la rebelde, pero el chico… Emile Renast tenía el don de su hermana y eso era todo. Era un don poderoso, pero era un niño. Ni siquiera había hecho el Descenso. Y, hasta donde Tharion sabía, su reina no solía usar soldados infantiles. Pero Tharion no podía decir otra cosa salvo:

—Empezaré la búsqueda de inmediato.