Casa de tierra y sangre
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Había una loba en la puerta de la galería.

Eso significaba que debía ser jueves, lo que a su vez implicaba que Bryce debía estar verdaderamente pinche cansada si dependía de los movimientos de Danika para saber qué día era.

La pesada puerta de metal de Antigüedades Griffin sonó con el impacto del puño de la loba: un puño que Bryce sabía estaba rematado por uñas pintadas de color morado metálico a las cuales les hacía buena falta una manicura. Un instante después se escuchó el grito de una voz femenina, medio amortiguado a través del acero:

—¡Abre con un demonio, B! ¡Hace un calor de mierda acá afuera!

Sentada frente al escritorio en la modesta sala de exhibición de la galería, Bryce esbozó una sonrisa burlona y retiró el video de la cámara instalada en la puerta principal. Se pasó un mechón de cabello color rojo vino detrás de la oreja puntiaguda y preguntó por el interfono:

—¿Por qué estás cubierta de tierra? Parece como si hubieras estado hozando en un basurero.

—¿Qué carajos quiere decir hozando? —contestó Danika con la cara brillante de sudor mientras posaba su peso en un pie y luego en el otro. Usó una mano mugrienta para limpiar el sudor de su frente y se embarró el líquido negro que tenía salpicado.

—Lo sabrías si alguna vez abrieras un libro, Danika.

Agradecida por el respiro en esta mañana de trabajo tedioso, Bryce sonrió y se levantó del escritorio. No había ventanas en la galería, por lo cual el extenso equipo de vigilancia era su única advertencia de lo que sucedía detrás de los gruesos muros. Incluso con su agudo oído por ser mitad hada, no lograba distinguir mucho más allá de la puerta de hierro salvo por los ocasionales golpes de un puño. Los muros sencillos de arenisca del edificio ocultaban la tecnología avanzada y los hechizos de primer grado que lo mantenían en funcionamiento y también preservaban muchos de los libros resguardados en el archivo del piso de abajo.

Como si tan sólo pensar en el nivel situado debajo de los tacones altos de Bryce la hubiera invocado, una vocecita, proveniente de la puerta del archivo de quince centímetros de grosor ubicada a su lado izquierdo, preguntó:

—¿Es Danika?

—Sí, Lehabah.

Bryce puso la mano en el picaporte de la puerta principal. Los hechizos que tenía zumbaron contra la palma de su mano y se deslizaron como humo sobre su piel dorada llena de pecas. Apretó los dientes para soportar la sensación, aún no se acostumbraba a pesar de que ya tenía un año trabajando en la galería.

Desde el otro lado de la puerta de metal aparentemente sencilla que daba a los archivos, Lehabah advirtió:

—A Jesiba no le gusta que esté aquí.

—A ti no te gusta que esté aquí —corrigió Bryce, y entrecerró sus ojos color ámbar en dirección a la puerta de los archivos y a la diminuta duendecilla de fuego que sabía flotaba justo al otro lado, escuchando como siempre hacía cuando alguien estaba frente a la galería.

—Vuelve a tu trabajo.

Lehabah no respondió, tal vez porque había regresado al piso de abajo para vigilar los libros. Bryce puso los ojos en blanco, abrió la puerta principal de un tirón y la azotó un golpe de calor tan seco en la cara que sintió como si fuera a succionarle la vida. Y el verano apenas comenzaba.

Danika no sólo parecía haber estado hozando en la basura. También olía como si lo hubiera hecho.

Algunos mechones delgados de su cabello rubio platinado, habitualmente una cascada sedosa y lacia, se habían salido de la trenza apretada y larga; las mechas de amatista, zafiro y rosado estaban salpicadas de una sustancia oscura y aceitosa que apestaba a metal y amoniaco.

—Te tardaste —se quejó Danika, y entró con su andar fanfarrón a la galería. La espada que tenía a la espalda subía y bajaba con cada paso. Su trenza se había enredado en la empuñadura de piel desgastada y al detenerse frente al escritorio Bryce se tomó la libertad de desenredarla.

Apenas había terminado de hacerlo cuando los dedos delgados de Danika ya estaban desabrochando las correas que mantenían la espada envainada cruzada contra la piel desgastada de su chamarra de motociclista.

—Necesito dejar esto aquí unas cuantas horas —dijo, quitándose la espada de la espalda y se dirigió al pequeño armario escondido detrás de un panel de madera al otro lado de la sala de exhibición.

Bryce se recargó en el borde del escritorio y se cruzó de brazos. Sus dedos rozaban contra la tela negra y elástica de su vestido entallado.

—Tu bolso del gimnasio ya está apestando el lugar. Jesiba regresará esta tarde y va a tirar tu mierda en el basurero otra vez si sigue aquí.

Eso era el Averno más amigable que Jesiba Roga podía desatar si alguien la provocaba.

Jesiba, una hechicera de cuatrocientos años de edad que había nacido bruja y posteriormente desertado a su gente, se había unido a la Casa de Flama y Sombra y ahora solamente le rendía cuentas al mismo Rey del Inframundo. La Flama y Sombra le iba bien; Jesiba poseía un arsenal de hechizos que rivalizaban con los de cualquier hechicero o nigromante de la más oscura de las Casas. Circulaban rumores de que había transformado gente en animales cuando se irritaba lo suficiente. Bryce nunca se había atrevido a preguntar si los pequeños animales que vivían en docenas de tanques y terrarios en la biblioteca siempre habían sido animales.

Y Bryce intentaba no irritarla nunca. No es que existieran garantías cuando se trataba de los vanir, un grupo que abarcaba a todos los seres de Midgard salvo a los humanos y animales comunes. Incluso el vanir menos peligroso podría ser mortífero.

—La recogeré luego —prometió Danika, y presionó el panel oculto para que se abriera el armario. Bryce le había advertido ya en tres ocasiones que la bodega de la sala de exhibición no era su casillero personal. Sin embargo, Danika siempre alegaba que la galería, localizada en el corazón de la Vieja Plaza, tenía una ubicación más céntrica que la Madriguera de los lobos en Moonwood. Y eso fue todo.

La puerta del armario se abrió y Danika agitó la mano frente a su cara.

—¿Mi bolsa del gimnasio está apestando el lugar? —preguntó, y con la punta de su bota negra movió el costal arrugado que contenía el equipo de baile de Bryce y que ahora estaba entre el trapeador y la cubeta.

—¿Cuándo fue la última vez que lavaste esa maldita ropa?

Bryce frunció el ceño al percibir el hedor de zapatos viejos y ropa sudada que salió de la habitación. Cierto, hace dos días había olvidado llevarse a casa el leotardo y las mallas para lavarlos después de su clase a la hora del almuerzo. En gran parte fue gracias a que Danika le había enviado un video de un montón de risarizoma sobre el mueble de la cocina, con música a todo volumen saliendo de la vieja grabadora junto a la ventana, y la orden de apresurarse para volver a casa. Bryce obedeció. Fumaron tanto que era muy probable que ayer Bryce todavía estuviera bajo los efectos cuando llegó tropezándose al trabajo.

En realidad no había otra explicación para entender por qué le había tomado diez minutos escribir un correo electrónico de dos oraciones ese día. Letra por letra.

—Olvídate de eso —dijo Bryce—, tengo otra cosa que hablar contigo.

Danika reacomodó las porquerías del armario para hacer espacio para las suyas.

—Ya te pedí perdón por comer lo que quedaba de tus tallarines. Compraré otros esta noche.

—No es eso, tarada; aunque de nuevo: jódete. Era mi almuerzo de hoy —Danika rio.

—Este tatuaje duele endemoniadamente —protestó Bryce—. Ni siquiera puedo recargarme en mi silla.

Danika respondió con voz cantarina:

—El artista te advirtió que ibas a estar adolorida unos días.

—Estaba tan borracha que escribí mal mi nombre en el documento de exención de responsabilidad. No me atrevería a decir que estaba en condiciones de entender lo que significaba «adolorida unos días».

Danika, que se había hecho un tatuaje igual con el texto que ahora recorría la espalda de Bryce, ya había sanado. Ése era uno de los beneficios de ser vanir de sangre pura: tiempo de recuperación muy rápido comparado con el de los humanos, o el de los medio-humanos, como Bryce.

Danika aventó su espada al desorden del armario.

—Prometo ayudar y ponerte hielo en la espalda adolorida esta noche. Sólo déjame tomar una ducha y saldré de aquí en diez.

No era extraño que su amiga se presentara en la galería, en especial los jueves cuando su ronda matutina terminaba a unas cuantas cuadras de distancia, pero nunca había usado el baño completo que estaba en los archivos del piso de abajo. Bryce señaló la suciedad y la grasa.

—¿De qué estás manchada?

Danika frunció el ceño y los planos angulosos de su rostro se contrajeron.

—Tuve que separar a un sátiro y un merodeador nocturno que se estaban peleando.

Al ver la costra de la sustancia negra que ensuciaba sus manos hizo un gesto que mostró sus dientes blancos.

—Adivina cuál me lanzó sus jugos.

Bryce resopló e hizo un gesto hacia la puerta de los archivos.

—La ducha es toda tuya. Hay ropa limpia en el cajón inferior del escritorio de allá abajo.

Los dedos sucios de Danika empezaron a jalar la puerta de los archivos. Su mandíbula se tensó y el tatuaje más viejo que tenía en el cuello, el lobo sonriente y con cuernos que era la insignia de la Jauría de Diablos, onduló por la tensión.

No por el esfuerzo, como Bryce observó al ver la espalda tensa de Danika. Bryce miró en dirección al armario que Danika no había cerrado. La espada, famosa en esta ciudad y mucho más allá, estaba recargada contra la escoba y el trapeador, la funda antigua de piel quedaba casi oculta por el contenedor lleno de gasolina que se utilizaba para alimentar el generador de electricidad que estaba en el exterior.

Bryce siempre se había preguntado por qué Jesiba se molestaba con ese anticuado generador, hasta que hubo un apagón en toda la ciudad la semana pasada. Cuando falló el suministro de energía, el generador fue lo único que mantuvo los cerrojos mecánicos en su sitio durante los saqueos, cuando unos maleantes que venían del Mercado de Carne bombardearon la puerta principal de la galería con contrahechizos para intentar meterse a pesar de los encantamientos.

Pero… que Danika dejara la espada en la oficina. Que Danika necesitara ducharse. La espalda tensa.

Bryce preguntó:

—¿Tienes una reunión con los Líderes de la Ciudad?

En los cinco años que tenían de conocerse, desde su primer año como estudiantes en la Universidad de Ciudad Medialuna, Bryce podía contar con los dedos de una mano las veces que Danika había tenido que asistir a una junta con las siete personas suficientemente importantes como para ameritar una ducha y un cambio de ropa. Incluso cuando entregaba informes a su abuelo, el Premier de los lobos de Valbara, y a Sabine, su madre, Danika solía usar esa chamarra de cuero, jeans y cualquier camiseta de banda vintage que no estuviera sucia.

Por supuesto, eso irritaba muchísimo a Sabine, pero todo lo que tuviera que ver con Danika, y con Bryce, irritaba al Alfa de la Jauría de la Hoz de Luna, jefa de las unidades de metamorfos en el Auxiliar de la ciudad.

No importaba que Sabine fuera la primera en la línea de sucesión para convertirse en la Premier de los lobos de Valbara ni que llevara siglos siendo la heredera de su anciano padre, tampoco que Danika fuera la segunda en la línea para obtener el título. No importaba porque durante años habían circulado rumores de que Danika debía ser la Premier Heredera y saltarse a su madre. No importaba porque el viejo lobo le había dado a su nieta la espada, una reliquia familiar, tras siglos de haber prometido que se la quedaría Sabine cuando él muriera. Cuando Danika cumplió dieciocho años, la espada la llamó como un aullido en una noche de luna llena. Eso es lo que dijo el Premier para explicar su decisión inesperada.

Sabine nunca había olvidado aquella humillación. Sobre todo cuando Danika llevaba la espada casi a todas partes, en especial frente a su madre.

Danika se detuvo en el arco amplio, frente a las escaleras alfombradas de color verde que conducían a los archivos debajo de la galería, donde yacía el verdadero tesoro de este sitio, vigilado día y noche por Lehabah. Era la razón verdadera por la cual Danika, que se especializó en historia en la UCM, disfrutaba visitar con frecuencia, solamente para poder ojear el arte antiguo y los libros a pesar de que Bryce solía bromear sobre sus hábitos de lectura.

Danika volteó y sus ojos color caramelo estaban cerrados.

—Hoy liberarán a Philip Briggs.

Bryce se sobresaltó.

—¿¡Qué!?

— Lo van a liberar por un maldito tecnicismo. Alguien la cagó al hacer el papeleo. Nos van a dar toda la información en la reunión —dijo, y apretó su delgada mandíbula. El brillo de las lucesprístinas en los candeleros que re­corrían el cubo de las escaleras se reflejaba en su cabello sucio—. Todo está tan jodido.

A Bryce se le revolvió el estómago. La rebelión humana seguía confinada a la parte norte de Pangera, el enorme territorio al otro lado del Mar Haldren, pero Philip Briggs había hecho todo lo posible para llevarla a Valbara.

—Pero tú y la jauría lo descubrieron en su pequeño laboratorio rebelde para hacer bombas.

Danika golpeó unas veces con la bota en la alfombra verde.

—¡Putas idioteces burocráticas!

—Iba a hacer estallar un club. Literalmente encontraste los planos para el atentado de bomba en el Cuervo Blanco.

Era uno de los centros nocturnos más populares en la ciudad y, por tanto, la pérdida de vidas hubiera sido catastrófica. Los atentados anteriores de Briggs habían sido de menor escala; aunque no menos mortíferos ya que todos estaban diseñados para provocar una guerra entre los humanos y los vanir igual a la que se estaba librando en los climas más fríos de Pangera. La meta de Briggs no era ningún secreto: un conflicto global que cobraría las vidas de millones en ambos lados. Vidas que eran desechables si eso significaba una oportunidad para los humanos de derrocar a quienes los oprimían: los longevos vanir que tenían el don de la magia y, sobre todo, los asteri, que gobernaban el planeta Midgard desde la Ciudad Eterna en Pangera.

Pero Danika y la Jauría de Diablos habían frustrado ese plan. Ella descubrió a Briggs y sus principales colaboradores, todos parte de los rebeldes Keres, y con eso evitó que su fanatismo particular cobrara las vidas de víctimas inocentes.

Como una de las unidades de metamorfos más selectas del Auxiliar de Ciudad Medialuna, la Jauría de Diablos patrullaba la Vieja Plaza y se aseguraba de que los turistas borrachos y manolargas no se convirtieran en turistas borrachos y manolargas muertos en caso de que se acercaran a la persona equivocada. Se aseguraba de que los bares, cafés, salas de conciertos y tiendas se mantuvieran a salvo de cualquier malviviente que hubiera entrado en la ciudad ese día. Y se aseguraba de que la gente como Briggs estuviera en prisión.

La 33ª Legión Imperial decía hacer lo mismo, pero los ángeles que conformaban las famosas filas del ejército personal del gobernador solamente ponían mala cara y prometían el Averno si se les desafiaba.

—Créeme —dijo Danika, mientras bajaba las escaleras dando pisotones—, voy a dejar putamente claro en esta reunión que la liberación de Briggs es inaceptable.

Lo haría. Aunque Danika tuviera que gruñirle en la cara a Micah Domitus, dejaría claro su punto de vista. No había muchos que se atrevieran a hacer enojar al arcángel de Ciudad Medialuna, pero Danika no titubearía. Y dado que los siete Líderes de la Ciudad estarían en esta junta, las probabilidades de que eso sucediera eran altas. Las cosas tendían a escalar rápidamente cuando todos estaban en una habitación. Había poca cordialidad entre los seis Líderes inferiores en Ciudad Medialuna, la metrópolis previamente conocida como Lunathion. Cada uno de los Líderes controlaba una parte específica de la ciudad: el Premier de los lobos en Moonwood, el Rey del Otoño de las hadas en Cinco Rosas, el Rey del Inframundo en el Sector de los Huesos, la Reina Víbora en el Mercado de Carne, el Oráculo en la Vieja Plaza y la Reina del Río, que aparecía solamente en muy raras ocasiones, representaba la Casa de las Muchas Aguas y su Corte Azul, muy por debajo de la superficie color turquesa del río Istros. Ella casi nunca se dignaba a salir de ahí.

Los humanos en Prados de Asfódelo no tenían Líder. No tenían un lugar a la mesa. Eso le facilitó a Philip Briggs encontrar bastantes simpatizantes.

Pero Micah, Líder del Distrito Central de Negocios, los gobernaba a todos ellos. Además de sus títulos por la ciudad, era el arcángel de Valbara. Gobernante de todo este puto territorio y solamente respondía a los seis asteri en la Ciudad Eterna, la capital y corazón viviente de Pangera. De todo el planeta de Midgard. Si alguien podía mantener a Briggs en prisión, era él.

Danika llegó al final de las escaleras, tan abajo que ya no se alcanzaba a ver por la pendiente del techo. Bryce se quedó en el arco al otro lado, escuchando a Danika decir:

—Hola, Syrinx.

El sonido del pequeño ladrido de alegría de la quimera de quince kilos ascendió por el cubo de la escalera.

Jesiba había comprado a la criatura Inferior hacía dos meses, para gran gusto de Bryce. No es una mascota —le había advertido Jesiba—. Es una criatura costosa y rara que compré con el único propósito de ayudar a Lehabah a vigilar estos libros. No interfieras con sus tareas.

Hasta el momento Bryce no le había informado a Jesiba que Syrinx estaba más interesado en comer, dormir y que le rascaran la panza que en monitorear los preciados libros. No importaba que su jefa lo pudiera ver en cualquier momento si se molestaba en revisar las docenas de cámaras que tenía la biblioteca.

Danika habló lentamente y la sonrisa se podía escuchar en su voz:

—¿Qué mosco te picó, Lehabah?

La duendecilla de fuego refunfuñó:

—A mí no me pican los moscos. No les va muy bien cuando tu cuerpo está hecho de flamas, Danika.

Danika rio. Antes de que Bryce pudiera decidir si debía bajar para vigilar la pelea entre la duendecilla de fuego y la loba, el teléfono sobre el escritorio empezó a sonar. Tenía una buena idea de quién podría ser.

Con los tacones hundidos en la alfombra de felpa, Bryce llegó al teléfono antes de que la llamada se fuera al correo de voz y se ahorró un sermón de cinco minutos.

—Hola, Jesiba.

Una voz femenina y hermosa respondió:

—Por favor dile a Danika Fendyr que si sigue usando mi bodega como su casillero personal, la convertiré en lagartija.

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Cuando Danika salió al piso de exhibición de la galería, Bryce ya había recibido una llamada de atención algo amenazadora de Jesiba debido a su ineptitud. Todo surgió por el correo electrónico de una cliente exigente que le solicitó a Bryce acelerar el papeleo de una urna antigua que había comprado para poder presumirla a sus amigos igualmente quisquillosos en su coctel del próximo lunes, y para rematar dos mensajes de los miembros de la jauría de Danika que preguntaban si su Alfa estaba a punto de matar a alguien por la liberación de Briggs.

Nathalie, la Tercera en el rango de Danika, fue directamente al grano: ¿Ya perdió la cabeza por la situación de Briggs?

Connor Holstrom, el Segundo en el rango de Danika, fue un poco más cuidadoso con lo que envió al éter. Siempre cabía la posibilidad de una filtración. ¿Ya hablaste con Danika? Fue lo único que preguntó.

Bryce estaba respondiéndole a Connor, Sí, lo tengo bajo control, cuando una loba gris del tamaño de un caballo pequeño cerró la puerta de hierro de los archivos con una pata y sus garras sonaron contra el metal.

—¿Tanto odiaste mi ropa? —preguntó Bryce y se levantó de la silla.

Lo único que permanecía de Danika en esta forma eran sus ojos color caramelo, y eran lo que suavizaba la gracia, y amenaza pura que irradiaba de la loba con cada paso que daba hacia el escritorio.

—La traigo puesta, no te preocupes —los colmillos largos y afilados sobresalían con cada palabra. Danika movió sus orejas peludas y observó la computadora apagada, el bolso que Bryce había puesto sobre el escritorio.

—¿Vas a salir conmigo?

—Tengo que hacer algo de investigación para Jesiba —respondió Bryce, y tomó el llavero que traía las llaves para abrir puertas de varias partes de su vida—. Me ha insistido que encuentre el Cuerno de Luna otra vez. Como si no hubiera estado intentando encontrarlo toda la semana.

Danika miró hacia una de las cámaras visibles en la sala de exhibición, montada detrás de la estatua decapitada de un fauno bailarín que databa de hacía diez mil años. Su cola esponjada se movió una vez.

—¿Por qué lo quiere?

Bryce se encogió de hombros.

—No tengo los huevos para preguntarle.

Danika caminó hacia la puerta principal cuidando que sus garras no se atoraran en los hilos de la alfombra.

—Dudo que lo devuelva al templo sólo por la bondad de su corazón.

—Yo tengo la impresión de que Jesiba sacaría algún provecho de devolverlo —dijo Bryce.

Caminaron hacia la calle tranquila a una cuadra del Istros mientras el sol de mediodía horneaba el empedrado. Danika era un muro sólido de pelaje y músculos que separaba a Bryce y la acera.

El robo del cuerno sagrado durante el apagón había sido la mayor noticia del desastre: los saqueadores habían aprovechado la oscuridad para meterse al Templo de Luna y robar la antigua reliquia de las hadas del sitio donde reposaba sobre el regazo de una enorme deidad en un trono.

El arcángel Micah había ofrecido personalmente una cuantiosa recompensa por cualquier información que condujera a su devolución y prometió que el infeliz sacrílego que lo había robado sería presentado ante la justicia.

Lo que también se conocía como crucifixión pública.

Bryce siempre se aseguraba de no acercarse a la plaza en el DCN, donde por lo general se realizaban. En ciertos días, dependiendo del viento y del calor, el olor de la sangre y la carne podrida podía percibirse a varias cuadras de distancia.

Bryce empezó a caminar junto a Danika mientras la gran loba estudiaba la calle, olfateando para localizar cualquier indicio de amenaza. Bryce, como media hada, podía oler a la gente con mucho mayor detalle que el humano promedio. Cuando era niña, brindaba horas de entretenimiento a sus padres describiendo los olores de cada persona en su pequeño poblado de montaña, Nidaros. Los humanos no tenían esta manera de interpretar el mundo. Pero sus habilidades no se acercaban a las de su amiga.

Mientras Danika olfateaba la calle, su cola se movió una vez, y no fue de felicidad.

—Calma —dijo Bryce—. Presentarás tu caso a los Líderes y ellos se harán cargo.

Las orejas de Danika se aplastaron.

—Todo está jodido, B. Todo.

Bryce frunció el ceño.

—¿De verdad me estás diciendo que alguno de los Líderes quiere libre a un rebelde como Briggs? Encontrarán algún tecnicismo para volver a refundirlo en la cárcel —dijo. Luego agregó, porque Danika seguía sin verla:

—No hay manera de que la 33a no esté monitoreando todos sus movimientos. Basta que Briggs parpadee mal y verá el tipo de dolor que los ángeles pueden dejarnos caer encima. Demonios, el gobernador podría incluso mandar al Umbra Mortis por él.

El asesino personal de Micah, con el raro don de tener el poder de los relámpagos en las venas, podía eliminar casi cualquier amenaza.

Danika gruñó y sus dientes brillaron.

—Yo sola puedo encargarme de Briggs.

—Sé que puedes. Todo el mundo sabe que puedes, Danika.

Danika estudió la calle delante de ellas, su mirada pasó por el cartel de los seis asteri sentados en sus tronos, y el trono vacío para honrar a su hermana caída, que estaba pegado a la pared. Dejó escapar un suspiro.

Ella siempre tendría que soportar cargas y expectativas que Bryce nunca experimentaría, y Bryce agradecía al Averno por ese privilegio. Cuando Bryce la cagaba, Jesiba solía quejarse durante unos minutos y eso era todo. Cuando Danika la cagaba, aparecía en todos los noticieros y en las redes.

Sabine se aseguraba de ello.

Bryce y Sabine se odiaron desde el instante de aquel primer día de clases en la UCM cuando la Alfa se burló de la compañera de cuarto inadecuada y mestiza de su única hija. Y Bryce amó a Danika desde el momento en que la saludó delante de su madre de todos modos, y le dijo que Sabine estaba enojada porque tenía la esperanza de que ella fuera un vampiro musculoso para poder babear sobre él.

Danika rara vez permitía que las opiniones de otros, en especial la de Sabine, le restaran seguridad y alegría; sin embargo, en días como éste… Bryce levantó una mano y acarició las costillas musculosas de Danika, una caricia amplia y reconfortante.

—¿Crees que Briggs irá por ti o por la jauría? —preguntó Bryce y sintió un nudo en el estómago. Danika no había capturado a Briggs sola, él tenía una cuenta pendiente con todos ellos.

Danika arrugó el hocico.

—No lo sé.

Las palabras resonaron entre ellas. En combate mano a mano, Briggs nunca sobreviviría contra Danika. Pero una de esas bombas podría cambiar todo. Si Danika hubiera hecho el Descenso hacia la inmortalidad probablemente sobreviviría. Pero como no la había hecho… como ella era la única de la Jauría de Diablos que no lo había hecho todavía… a Bryce se le secó la boca.

—Ten cuidado —dijo con voz baja.

—Lo tendré —dijo Danika con los ojos cálidos todavía llenos de sombras. En ese momento sacudió la cabeza, como si se estuviera sacudiendo agua, un movimiento puramente canino. Bryce solía sentirse maravillada de esto, que Danika pudiera despejar sus miedos, o al menos enterrarlos, lo suficiente para seguir adelante. Efectivamente, Danika cambió de tema:

—Tu hermano estará hoy en la junta.

Medio hermano. Bryce no se molestó en corregirla. Hermano a la mitad, pero hada e hijo de puta completo.

—¿Y?

—Sólo pensé que debía advertirte que lo veré —la cara de la loba se suavizó ligeramente—. Va a preguntarme cómo estás.

—Dile a Ruhn que estoy ocupada haciendo cosas importantes y que se puede ir al Averno.

Danika trató de controlar su carcajada.

—¿Dónde, exactamente, estás haciendo estas importantes investigaciones para el Cuerno?

—En el templo —suspiró Bryce—. Honestamente, he estado investigando esto desde hace días y no logro entender nada. No hay sospechosos, en el Mercado de Carne no corren rumores de que esté a la venta, ningún motivo para que alguien se tome la molestia de hacerlo. Es suficientemente famoso como para que quien lo tenga lo tenga guardado celosamente —frunció el ceño hacia el cielo despejado—. Casi me pregunto si el apagón estuvo ligado con eso, si alguien deliberadamente cortó la energía de la ciudad para cometer el robo en medio del caos. Hay unas veinte personas en esta ciudad capaces de ser así de hábiles y la mitad de ellas tienen los recursos para lograrlo.

La cola de Danika se movió involuntariamente.

—Si pueden hacer algo así, sugeriría mantener tu distancia. Invéntale algo a Jesiba, que piense que lo estás buscando, y luego olvídalo. El Cuerno aparecerá o ella se concentrará en su siguiente misión estúpida.

Bryce aceptó:

—Es que… sería bueno encontrar el Cuerno. Para mi propia carrera.

Qué carrera, sólo el Averno lo sabía. Tras un año de trabajar en la galería no había logrado nada más que sentir asco ante las cantidades obscenas de dinero que los ricos gastaban en porquerías antiguas.

Los ojos de Danika centellearon.

—Sí, lo sé.

Bryce empezó a jugar con un dije pequeño y dorado, un nudo de tres círculos entrelazados, a lo largo de la cadena delicada que colgaba de su cuello.

Danika salía a patrullar armada de garras, espada y pistolas, pero la armadura diaria de Bryce consistía solamente en esto: un amuleto arquesiano apenas del tamaño de su uña pulgar, un regalo de Jesiba en su primer día de trabajo.

Un traje de protección contra materiales peligrosos pero en un collar, se maravilló Danika cuando Bryce le mostró las numerosas protecciones que tenía el amuleto contra la influencia de varios objetos mágicos. Los amuletos arquesianos no eran baratos, pero Bryce no se molestó en engañarse pensando que el regalo de su jefa era algo más que interés personal. Hubiera sido una pesadilla de seguros si Bryce no lo tuviera.

Danika hizo un ademán hacia el collar.

—No te lo quites. En especial si estás buscando cosas como el Cuerno.

Aunque los grandes poderes del Cuerno habían cesado hacía mucho tiempo, Bryce necesitaría todas las defensas mágicas posibles en caso de que alguien poderoso hubiera sido responsable del robo.

—Sí, sí —dijo Bryce, aunque sabía que Danika tenía razón. Nunca se había quitado el collar desde que lo recibió. Si Jesiba alguna vez la despedía, sabía que tendría que encontrar la manera de irse con todo y el collar. Danika le había dicho eso varias veces, incapaz de contener su instinto de Alfa de protección ininterrumpida. Era una de las razones por las cuales Bryce la amaba, y por lo cual se le apretaba el pecho en ese momento con el mismo amor y gratitud.

El teléfono de Bryce vibró en su bolso y lo sacó. Danika echó un vistazo para ver quién llamaba, movió la cola y sus orejas se pararon.

—No digas nada sobre Briggs —advirtió Bryce y aceptó la llamada—. Hola, mamá.

—Hola, corazón —la voz clara de Ember Quinlan inundó su oído, lo que provocó una sonrisa en Bryce a pesar de los quinientos kilómetros que las separaban.

—Quería confirmar si está bien que te vaya a visitar el próximo fin de semana.

—¡Hola, mami! —ladró Danika hacia el teléfono.

Ember rio. Ember siempre había sido mami para Danika, desde la primera vez que se vieron. Y Ember, que no había tenido más hijos aparte de Bryce, estaba más que contenta de tener una segunda hija igual de obstinada y difícil.

—¿Danika está contigo?

Bryce hizo un gesto de hartazgo y le pasó el teléfono a su amiga. Entre un paso y el siguiente, Danika se transformó con un destello de luz; la loba enorme se encogió y retomó la forma grácil y humanoide.

Danika le arrebató el teléfono a Bryce y lo sostuvo entre su oreja y su hombro mientras se ajustaba la blusa de seda blanca que Bryce le había prestado y se la fajaba en sus jeans manchados. Había logrado limpiar una buena cantidad de la porquería del merodeador nocturno de sus pantalones y chamarra de cuero, pero al parecer la camiseta había sido una causa perdida. Danika dijo al teléfono:

—Bryce y yo estamos caminando.

Las orejas arqueadas de Bryce le permitían escuchar perfectamente a su madre, que preguntó:

—¿Dónde?

Ember Quinlan había convertido a la sobreprotección en un deporte competitivo.

Mudarse aquí, a Lunathion, había sido una prueba de voluntades. Ember cedió sólo cuando supo quién era la compañera de habitación de primer año de Bryce, y luego le soltó un sermón a Danika sobre cómo asegurarse de que Bryce se mantuviera a salvo. Randall, el padrastro de Bryce, cortó la llamada por compasión después de treinta minutos.

Bryce sabe defenderse le recordó Randall a Ember. Nosotros nos aseguramos de eso. Y Bryce seguirá con su entrenamiento mientras esté allá, ¿no es así?

Bryce sin duda lo había hecho. Había ido al campo de tiro apenas hacía unos días, repasando todos los movimientos que Randall, su verdadero padre en lo que a ella le concernía, le había enseñado desde que era niña: armar una pistola, apuntar al blanco, controlar su respiración.

La mayoría de los días, las pistolas le parecían máquinas de matar brutales y agradecía que la República las tuviera altamente reguladas. Pero como tenía poco para defenderse aparte de la velocidad y una que otra maniobra bien estudiada, había entendido que una pistola podía significar la diferencia entre la vida y la aniquilación para un humano.

Danika mintió:

—Vamos a uno de los puestos callejeros de la Vieja Plaza; teníamos antojo de una kofta de cordero.

Antes de que Ember pudiera continuar con el interrogatorio, Danika agregó:

—Oye, creo que a B se le olvidó decirte que vamos a ir a Kalaxos el próximo fin de semana. Ithan tiene un juego de solbol allá y vamos a ir a echarle porras.

Era una verdad a medias. El partido se llevaría a cabo, pero no habían acordado ir a ver al hermano menor de Connor, jugador estrella de la UCM. Esa tarde, la Jauría de Diablos iría a la arena de la UCM para apoyar a Ithan, pero Bryce y Danika no se habían molestado en asistir a ningún juego de visitantes desde el segundo año, cuando Danika se acostaba con uno de los jugadores defensivos.

—Qué mal —dijo Ember. Bryce casi podía escuchar el ceño fruncido en el tono de voz de su madre—. Teníamos mucha ilusión de ir.

Solas flamígero, esta mujer era una maestra para hacer sentir culpable a los demás. Bryce se encogió un poco y le quitó el teléfono a su amiga.

—Nosotras también, pero reprogramemos para el próximo mes.

—Pero falta mucho tiempo todavía…

—Mierda, ahí viene un cliente —mintió Bryce—. Tengo que irme.

—Bryce Adelaide Quinlan…

—Adiós, ma.

—¡Adiós, ma! —repitió Danika justo en el momento que Bryce colgó.

Bryce suspiró hacia el cielo, sin hacer caso de los ángeles que se elevaban y volaban por encima de sus cabezas, sus sombras bailando sobre las calles bañadas por la luz del sol.

—Mensaje entrante en tres, dos…

El teléfono vibró.

Ember escribió: Si no te conociera, pensaría que estás evadiéndonos, Bryce. Tu papá se va a sentir muy ofendido.

Danika soltó un silbido.

—Oh, es buena.

Bryce suspiró.

—No voy a permitir que vengan a la ciudad si Briggs está suelto.

La sonrisa de Danika se desvaneció.

—Lo sé. Seguiremos evadiéndolos hasta que esto esté resuelto.

Gracias a Cthona por Danika, ella siempre tenía un plan para todo.

Bryce metió el teléfono de vuelta en su bolso y dejó el mensaje de su madre sin responder.

Cuando llegaron a la Puerta en el corazón de la Vieja Plaza, con su arco de cuarzo tan claro como un estanque congelado, el sol estaba llegando justo al borde superior y la luz se refractaba en pequeños arcoíris sobre uno de los edificios contiguos. En el Solsticio de Verano, cuando el sol se alineaba perfectamente con la Puerta, llenaba toda la plaza con arcoíris, tantos que era como caminar dentro de un diamante.

Algunos turistas recorrían la zona, merodeando por la plaza esperando la oportunidad de tomarse una fotografía con el monumento de siete metros.

La Puerta de la Vieja Plaza, una de las siete en esta ciudad, todas talladas a partir de bloques enormes de cuarzo extraídos de las montañas Laconian al norte, se conocía como la Puerta del Corazón, gracias a su ubicación justo en el centro de Lunathion, mientras que las otras seis Puertas estaban localizadas en sitios equidistantes y cada una daba hacia una de las calles que salían de la ciudad amurallada.

—Deberían hacer un carril especial de acceso para que los residentes puedan cruzar la plaza —murmuró Bryce mientras esquivaban a los turistas y vendedores ambulantes.

—Y ponerles multas a los turistas por caminar lento —murmuró Danika en respuesta, pero mostró una rápida sonrisa lupina a una pareja joven de humanos que la reconoció con ferviente admiración y empezaron a sacar fotos.

—Me pregunto qué pensarían si supieran que estás llena de salsa especial de merodeador nocturno —murmuró Bryce.

Danika le dio un codazo.

—Pendeja.

Saludó a los turistas con amabilidad y continuó su camino.

Al otro lado de la Puerta del Corazón, entre un pequeño ejército de vendedores de comida y porquerías para los turistas, una segunda fila de personas esperaba acercarse al bloque dorado que surgía de su lado sur.

—Tendremos que meternos por aquí para cruzar —dijo Bryce, con un gesto de desaprobación hacia los turistas que esperaban bajo el calor intenso.

Pero Danika se detuvo y giró su rostro anguloso hacia la Puerta y la placa.

—Pidamos un deseo.

—No voy a formarme en esa fila —respondió Bryce. Por lo general, sólo pedían deseos en la madrugada, gritándolos hacia el éter, cuando regresaban borrachas del Cuervo Blanco y la plaza estaba vacía. Bryce revisó la hora en su teléfono—. ¿No tienes que ir ya al Comitium?

La fortaleza de cinco torres del gobernador estaba al menos a quince minutos caminando.

—Tengo tiempo —dijo Danika y tomó a Bryce de la mano, tirando de ella entre la multitud para ir a la verdadera atracción turística de la Puerta.

Saliendo del cuarzo como a un metro del suelo había un disco: un bloque de oro sólido incrustado con siete gemas diferentes, cada una para un barrio diferente de la ciudad, con la insignia de cada distrito grabada debajo.

Esmeralda y una rosa para Cinco Rosas. Ópalo y un par de alas para el DCN. Rubí y un corazón para la Vieja Plaza. Zafiro y roble para Moonwood. Amatista y una mano humana para Prados de Asfódelo. Ojo de tigre y una serpiente para el Mercado de Carne. Y ónix, tan negro que se tragaba la luz, y un conjunto de cráneo y huesos cruzados para el Sector de los Huesos.

Debajo del arco de piedras y emblemas grabados, había un disco pequeño y redondo, ligeramente sobresaliente. El metal estaba desgastado por el roce de incontables manos, patas, aletas y toda clase de extremidades.

Junto había un letrero donde se leía:

Toque bajo su propio riesgo. No usar entre la puesta y la salida del sol. Los infractores serán multados.

La gente de la fila, esperando el acceso al disco, parecía no tener problemas con los riesgos.

Un par de metamorfos adolescentes reían entre ellos, por su olor eran alguna especie de felinos, y se empujaban uno al otro hacia adelante, se daban codazos y se retaban, desafiándose uno al otro a tocar el disco.

—Patético —dijo Danika, mientras caminaba a lo largo de la fila. Cruzó las sogas de división, pasó junto a la guardia de aspecto aburrido, un hada joven, y llegó hasta el frente. Tomó una placa del interior de su chamarra de cuero y se la mostró a la guardia, quien se tensó al darse cuenta de quién se había metido en la fila. Ni siquiera miró el emblema dorado con el arco de luna creciente y la flecha cruzada antes de dar un paso atrás.

—Asunto oficial del Aux —declaró Danika con una expresión completamente seria—. Tomará sólo un minuto.

Bryce controló su risa, muy consciente de cómo la gente formada miraba fijamente sus espaldas.

Danika les dijo con lentitud a los adolescentes:

—Si no lo van a hacer, háganse a un lado.

Ellos voltearon a verla y se apartaron, pálidos como la muerte.

Danika sonrió y mostró casi todos sus dientes. No era una vista agradable.

—Mierda —susurró uno de ellos.

Bryce también ocultó su sonrisa. La admiración nunca le aburría. Principalmente porque sabía que Danika se la había ganado. Cada maldito día, Danika se ganaba esa admiración que florecía entre los rostros de extraños cuando veían su cabello de color maíz y el tatuaje en el cuello. Además del miedo que hacía que los malvivientes de la ciudad pensaran dos veces antes de meterse con ella y la Jauría de Diablos.

Excepto por Philip Briggs. Bryce envió una oración a las profundidades azules de Ogenas para que la diosa del mar susurrara su sabiduría a Briggs y lo mantuviera lejos de Danika si en realidad salía libre algún día.

Los chicos se apartaron y les tomó unos milisegundos notar a Bryce también. La admiración de sus rostros se convirtió en descarado interés.

Bryce resopló. En sus sueños.

Uno de ellos tartamudeó y volteó de Bryce a Danika:

—Mi… mi maestra de historia dice que las Puertas originalmente eran aparatos de comunicación.

—Apuesto a que consigues a muchas novias con esos datos increíbles—dijo Danika sin siquiera voltearlos a ver, nada impresionada y nada interesada.

Mensaje recibido, los chicos regresaron a la fila. Bryce sonrió y se paró junto a su amiga, mirando hacia el disco.

Pero el adolescente tenía razón. Las siete Puertas de esta ciudad, todas colocadas a lo largo de una línea ley que recorría todo Lunathion, habían sido diseñadas hacía siglos como una manera rápida para que los guardias de los diferentes distritos pudieran hablar entre ellos. Cuando alguien tocaba el centro del disco dorado y hablaba, la voz viajaba a las otras Puertas y se iluminaba la gema con el distrito de donde se originaba la voz.

Por supuesto, requería de una gota de magia para lograrlo. Literalmente la succionaba como un vampiro directo de las venas de las personas que tocaban el disco, una descarga de poder que se perdía para siempre.

Bryce levantó la mirada a la placa de bronce que estaba por encima de su cabeza. Las Puertas de cuarzo eran monumentos, aunque no sabía por cuál conflicto o guerra. Sin embargo, todas tenían la misma placa: El poder siempre pertenece a quienes dan su vida por la ciudad.

En vista de que era una afirmación que podía interpretarse como un agravio al gobierno de los asteri, Bryce siempre se sorprendía de que dejaran las Puertas intactas. Pero después de volverse obsoletas con la llegada de los teléfonos, las Puertas encontraron una segunda vida cuando niños y turistas empezaron a usarlas; les decían a sus amigos que fueran a las otras Puertas de la ciudad para poder susurrar alguna grosería o para maravillarse ante la novedad de este método tan anticuado de comunicación. Por supuesto, durante los fines de semana, algunos borrachos estúpidos (una categoría a la cual Bryce y Danika pertenecían firmemente) se convertían en una molestia tan grande gritando por las Puertas que la ciudad se vio obligada a poner un horario de operación.

Y luego empezaron a crecer las supersticiones tontas, por ejemplo que la Puerta podía cumplir deseos y que darle una gota de tu poder era hacer una ofrenda a los cinco dioses.

Era pura pendejada, Bryce lo sabía, pero si eso hacía que Danika no se sintiera tan estresada por la liberación de Briggs, pues entonces valía la pena.

—¿Qué vas a desear? —preguntó Bryce cuando Danika miró el disco y las gemas oscuras encima de él.

La esmeralda de CiRo se encendió y se escuchó una voz joven y femenina que gritó:

—¡Tetas!

La gente rio a su alrededor y el sonido parecía ser agua cayendo sobre rocas. Bryce rio.

Pero la cara de Danika se volvió solemne.

—Tengo demasiadas cosas que desear —dijo. Antes de que Bryce pudiera preguntarle, Danika se encogió de hombros—. Pero creo que voy a desear que Ithan gane su partido de solbol esta noche.

Con esas palabras, puso la palma sobre el disco. Bryce vio cómo un escalofrío la recorrió y luego rio en voz baja y dio un paso atrás. Sus ojos color caramelo brillaron.

—Te toca.

—Sabes que apenas tengo magia, pero bueno —respondió Bryce. No se dejaría superar, ni siquiera por una loba Alfa. Habían hecho todo juntas desde el momento en que Bryce entró a su habitación el primer año de la universidad. Solamente ellas dos, como sería siempre.

Incluso habían planeado hacer el Descenso juntas: congelarse en la inmortalidad en el mismo instante, con miembros de la Jauría de Diablos como sus Anclas.

Técnicamente no era una inmortalidad de verdad. Los vanir sí envejecían y morían, de causas naturales o de otras maneras, pero el proceso de envejecimiento era tan lento después del Descenso que, dependiendo de la especie, podían pasar siglos antes de tener la primera arruga. Las hadas podían vivir mil años, los metamorfos y las brujas por lo general cinco siglos, los ángeles algo intermedio. Los completamente humanos no hacían el Descenso porque no tenían nada de magia. Y en comparación con los humanos, sus vidas ordinarias y su proceso lento de sanación, los vanir eran esencialmente inmortales. Algunas especies producían hijos que ni siquiera llegaban a la madurez hasta que tenían más de ochenta años. Y la mayoría eran muy, muy difíciles de matar.

Pero Bryce rara vez pensaba dónde quedaría ella en ese espectro, si su sangre mitad hada le daría cien años o mil. No importaba, siempre y cuando Danika estuviera ahí. Empezando por el Descenso. Harían el salto mortal juntas hacia su poder maduro, enfrentarían lo que hubiera en el fondo de sus almas y luego correrían de regreso a la vida antes de que la falta de oxígeno les provocara muerte cerebral. O sólo la muerte.

Sin embargo, mientras que Bryce heredaría apenas suficientes poderes para hacer trucos en una fiesta, se esperaba que Danika adquiriera un mar de poder que la colocaría muy por arriba de Sabine, quizás igual a la realeza hada, tal vez incluso más allá del mismo Rey del Otoño.

No se conocía ningún otro metamorfo que tuviera ese tipo de poder, pero todas las pruebas estándar durante su niñez lo confirmaban: cuando Danika hiciera el Descenso, se convertiría en un poder notable entre los lobos, algo que no se había visto desde hacía muchísimo tiempo, al otro lado del mar.

Danika no sólo se convertiría en la Premier de los lobos de Ciudad Medialuna. No. Ella tenía el potencial de ser la Alfa de todos los lobos. Del puto planeta.

Danika nunca pareció darle demasiada importancia a esto. No planeaba su futuro con base en ello.

Después de años de juzgar sin piedad a los diversos inmortales que marcaron sus vidas durante siglos y milenios, ambas llegaron a la conclusión que veintisiete era la edad ideal para el Descenso. Justo antes de que aparecieran líneas permanentes, arrugas o canas. Solían contestar a quien preguntara: ¿Cuál es el punto de ser perras inmortales si se nos cuelgan las tetas?

Idiotas vanidosas, siseó Fury cuando le explicaron la primera vez.

Fury, quien había hecho su Descenso a los veintiuno, no había seleccionado la edad. Sólo sucedió, o fue forzada a hacerlo, no sabían con certeza. La inscripción de Fury en la UCM había sido sólo una fachada para realizar una misión; la mayor parte de su tiempo lo pasaba haciendo cosas verdaderamente jodidas en Pangera por cantidades repugnantes de dinero. Siempre se esmeraba en no dar ningún detalle.

Asesina, dijo Danika. Incluso la dulce Juniper, la fauna que ocupaba la cuarta arista de su pequeño cuadrilátero de amistad, admitió que lo más probable era que Fury fuese una mercenaria. Tampoco les quedaba claro si Fury trabajaba ocasionalmente para los asteri y su Senado Imperial títere. Pero a ninguna de ellas le importaba porque Fury siempre las había respaldado cuando lo necesitaban. E incluso cuando no.

La mano de Bryce se detuvo sobre el disco dorado. La mirada de Danika era un peso frío sobre ella.

—Vamos, B. No seas cobarde.

Bryce suspiró y colocó la mano en el disco.

—Deseo que Danika se haga una manicura. Sus uñas se ven asquerosas.

Una descarga la recorrió, un ligero vacío alrededor del ombligo, y luego Danika reía, empujándola.

—Maldita perra.

Bryce pasó un brazo por los hombros de Danika.

—Te lo merecías.

Danika agradeció a la guardia de seguridad, quien se vio muy orgullosa por la atención, e hizo caso omiso de los turistas que seguían sacando fotografías. No volvieron a hablar hasta que llegaron al extremo norte de la plaza, donde Danika podría dirigirse hacia los cielos llenos de ángeles y las torres del DCN, hacia el enorme complejo del Comitium en su centro, y Bryce podría ir al Templo de Luna, a tres cuadras de distancia.

Danika movió la barbilla hacia las calles a espaldas de Bryce.

—Te veo en casa, ¿de acuerdo?

—Ten cuidado —dijo Bryce sin aliento, intentando deshacerse de su inquietud.

—Sé cómo cuidarme, B —respondió Danika, pero se podía ver el amor brillar en sus ojos; una gratitud que aplastaba el pecho de Bryce, sólo por el hecho de que a alguien le importara si ella vivía o moría.

Sabine era una mierda. Nunca había confesado ni insinuado quién podría ser el padre de Danika, así que Danika había crecido sin nadie excepto su abuelo, quien era demasiado viejo y retraído como para evitarle a Danika la crueldad de su madre.

Bryce inclinó la cabeza hacia el DCN.

—Buena suerte. No hagas enojar a demasiada gente.

—Sabes que lo haré —respondió Danika con una sonrisa que no le llegó a los ojos.

Imagen decorativa

La Jauría de Diablos ya estaba en su departamento cuando Bryce regresó del trabajo.

Había sido imposible ignorar las carcajadas que se oían incluso antes de llegar al descanso del segundo piso, y los ladridos de diversión. Ambos sonidos continuaron mientras ella subía el último nivel del edificio de departamentos. Bryce murmuraba de mala gana sobre cómo sus planes de pasar la noche tranquila en su sofá estaban arruinados.

Con una retahíla de maldiciones que hubieran enorgullecido a su madre, Bryce abrió la puerta de hierro pintada de azul que daba al departamento y se preparó para someterse a la oleada lupina de órdenes, arrogancia y ruido en general que estaba a punto de entrometerse a cada uno de los asuntos de su vida. Y eso era sólo Danika.

La jauría de Danika había convertido cada una de esas cosas en un arte. Sobre todo porque consideraban a Bryce como parte de la jauría, aunque ella no tuviera el tatuaje de su insignia en un lado del cuello.

A veces se sentía mal por la futura pareja de Danika, quienquiera que fuese. El pobre bastardo no sabría a qué se estaría enfrentando cuando se enlazaran. A menos que fuera lobo también, aunque Danika tenía tanto interés en acostarse con un lobo como Bryce.

Es decir, ni una maldita pizca.

Le dio un buen empujón a la puerta con el hombro; los bordes vencidos hacían que la puerta se atorara continuamente, en especial por las salvajadas de los bárbaros desparramados en varios sillones y sillas. Bryce suspiró al ver los seis pares de ojos fijos en ella. Y seis sonrisas.

—¿Cómo estuvo el partido? —preguntó a nadie en particular. Lanzó su llavero al tazón deforme que Danika había hecho de mala gana durante un curso de cerámica que tomaron de relleno en la universidad. Danika no había comentado nada sobre la reunión de Briggs más allá de un Te digo en la casa.

No pudo haber sido tan malo, si Danika había llegado al juego de solbol. Incluso había enviado a Bryce una fotografía de toda la jauría frente al campo, con la figura pequeña al fondo de Ithan portando un casco.

Más tarde le llegó un mensaje del mismísimo jugador estrella:

Más te vale estar con ellos la próxima vez, Quinlan.

Ella le contestó:

¿Me extrañó el cachorrito?

Sabes que sí, respondió Ithan.

—Ganamos —dijo Connor con voz lenta desde el lugar que ocupaba en la sala, el lugar favorito de ella en el sillón. Tenía puesta su camisa gris del equipo de solbol de la UCM, suficientemente arrugada para revelar una franja de músculo y piel dorada.

—Ithan anotó el gol ganador —dijo Bronson, que todavía traía puesto el jersey azul y plata con Holstrom en la espalda.

El hermano pequeño de Connor, Ithan, tenía una membresía no oficial en la Jauría de Diablos. Ithan también resultaba ser la segunda persona favorita de Bryce después de Danika. Su cadena de mensajes era un río eterno de bromas, sarcasmo, intercambio de fotografías y quejas bienintencionadas sobre lo mandón que era Connor.

—¿Otra vez? —preguntó Bryce, quitándose los tacones de diez centímetros color blanco aperlado. —¿No puede compartir Ithan algo de la gloria con los demás chicos?

Por lo regular, Ithan estaría en ese sillón junto a su hermano y obligaría a Bryce a hacerse un espacio para sentarse entre ellos mientras veían algo en la televisión, pero en las noches de partido, él prefería salir de fiesta con sus compañeros de equipo.

Una media sonrisa alteró los bordes de la boca de Connor cuando Bryce lo miró más tiempo de lo que era considerado sabio. Sus cinco compañeros de jauría, dos todavía en forma de lobo y con las colas en movimiento, mantuvieron sus bocas y hocicos cerrados.

Se sabía que Connor hubiera sido el Alfa de la Jauría de Diablos si Danika no estuviera presente. Pero Connor no estaba resentido. Sus ambiciones no eran de ese tipo. A diferencia de las de Sabine.

Bryce movió el repuesto de su mochila de baile en el perchero para poder hacer lugar y acomodar su bolso. Le preguntó a los lobos:

—¿Qué van a ver esta noche?

Lo que fuera, ella ya había decidido irse a su recámara a leer una novela romántica. Con la puerta cerrada.

Nathalie, sentada en el sillón viendo revistas de chismes de celebridades, no levantó la cabeza pero respondió:

—Un programa legal sobre una jauría de leones que lucha contra una malvada corporación de hadas.

—Suena a un verdadero ganador de premios —dijo Bryce.

Bronson gruñó su desaprobación. Los gustos del enorme lobo iban más hacia las películas de arte y los documentales. No era sorpresa que nunca le permitieran seleccionar el entretenimiento para las Noches de Jauría.

Connor pasó un dedo lleno de callos por el brazo acojinado del sillón.

—Llegaste tarde a casa.

—Tengo trabajo—le respondió Bryce—. Tal vez te interesaría uno. Dejarías de ser una sanguijuela en mi sillón.

Eso no era del todo justo. Como Segundo en el rango de Danika, Connor actuaba como su ejecutor. Para mantener esta ciudad a salvo, había matado, torturado, mutilado y luego lo había hecho de nuevo antes de que se pusiera la luna.

Nunca se había quejado de eso. Ninguno lo había hecho.

¿Cuál es el sentido de quejarse, le había dicho Danika una vez cuando Bryce preguntó cómo soportaba la brutalidad, cuando no puedes elegir unirte al Auxiliar? Los metamorfos nacidos depredadores estaban destinados a ciertas jaurías Aux desde antes de nacer.

Bryce intentó no mirar hacia el lobo cornudo tatuado en el costado del cuello de Connor: la prueba de esa vida predestinada al servicio. De su lealtad eterna a Danika, a la Jauría de Diablos y al Aux.

Connor sólo miró a Bryce con una media sonrisa. Eso hizo que ella rechinara los dientes.

—Danika está en la cocina, comiéndose la mitad de las pizzas antes de que podamos darles una mordida.

—¡No es cierto! —se oyó un grito con la boca llena.

La sonrisa de Connor creció.

La respiración de Bryce se volvió un poco más irregular con esa sonrisa, con esa luz malvada de sus ojos.

El resto de la jauría permaneció concentrada en la pantalla de la televisión, fingiendo que estaban viendo las noticias de la noche.

Bryce tragó saliva y le preguntó a Connor:

—¿Algo que yo deba saber?

Traducción: ¿La reunión sobre Briggs fue un desastre?

Connor sabía a qué se refería. Siempre lo sabía. Movió su cabeza en dirección a la cocina.

—Ya verás.

Traducción: No muy bien.

Bryce se estremeció un poco y logró apartar su mirada de él para acercarse a la estrecha cocina. Sentía la mirada fija de Connor con cada paso que daba.

Y tal vez ondeó un poco la cadera. Solamente un poco.

Danika, de hecho, estaba comiendo una rebanada de pizza con los ojos bien abiertos a modo de advertencia para que Bryce no dijera nada. Bryce se dio cuenta de lo que le pedía sin palabras y simplemente asintió.

La condensación de una botella de cerveza medio vacía goteaba sobre la superficie de plástico blanco donde estaba recargada Danika. La blusa de seda prestada estaba mojada de sudor alrededor del cuello. Su trenza colgaba sobre su hombro delgado y los mechones de colores estaban apagados. Incluso su piel pálida, por lo general llena de color y salud, se veía ceniza.

Claro, la mala luz de la cocina —dos mugres esferas empotradas de luzprístina— no era favorecedora para nadie pero… Cerveza. Comida. La jauría manteniendo su distancia. Y ese cansancio hueco en los ojos de su amiga… sí, algo malo había pasado en esa junta.

Bryce abrió el refrigerador y tomó una cerveza. Cada miembro de la jauría tenía preferencias distintas y solían visitar el apartamento cuando querían, así que el refrigerador estaba lleno de botellas, latas y lo que podría jurar que era una jarra de… ¿hidromiel? Seguro era de Bronson.

Bryce abrió una de las favoritas de Nathalie, una cerveza opaca con sabor cremoso y un gusto intenso a lúpulo.

—¿Briggs?

—Oficialmente libre. Micah, el Rey del Otoño, y el Oráculo revisaron cada ley y reglamento y no pudieron hallar una manera de evitar que usaran ese tecnicismo. Ruhn incluso le pidió a Declan que usara su tecnología sofisticada para hacer búsquedas y no encontró nada. Sabine ordenó que la Jauría de la Hoz de Luna vigilara a Briggs esta noche, junto con algunos de la 33a.

Las jaurías tenían noches obligatorias de descanso una vez a la semana y esta noche le correspondía a la Jauría de Diablos, no había lugar para negociar. De otra forma, Bryce sabía que Danika estaría ahí, vigilando cada movimiento de Briggs.

—Entonces todos estuvieron de acuerdo —dijo Bryce—. Al menos eso es bueno.

—Sí, hasta que Briggs haga explotar algo o a alguien —respondió Danika y movió la cabeza con desagrado—. Es una mierda.

Bryce estudió con cuidado a su amiga. La tensión alrededor de su boca, su cuello sudoroso.

—¿Qué pasa?

—No pasa nada.

Las palabras salieron demasiado rápido para ser creíbles.

—Algo te molesta. Este tipo de estupideces como lo de Briggs es importante, pero siempre te recuperas —Bryce entrecerró los ojos—. ¿Qué es lo que no me estás diciendo?

Los ojos de Danika brillaron.

—Nada.

Dio un trago a su cerveza. Sólo quedaba una respuesta.

—Supongo que Sabine estuvo difícil esta tarde.

Danika siguió atacando su pizza.

Bryce dio dos tragos de cerveza y observó a Danika con la mirada perdida en los gabinetes color verde azulado, la pintura que se descascaraba en las orillas.

Su amiga masticó lento y luego dijo con la boca llena de pan y queso:

—Sabine me arrinconó después de la reunión. Justo en el pasillo afuera de la oficina de Micah. Para que todos pudieran escuchar cuando me dijo que dos estudiantes investigadores de la UCM habían asesinados cerca del Templo de Luna la semana pasada durante el apagón. Durante mi turno. En mi sección. Mi culpa.

Bryce se sorprendió de la noticia.

—¿Tomó una semana enterarse de esto?

— Parece que sí.

—¿Quién los mató?

Los estudiantes de la Universidad de Ciudad Medialuna siempre estaban en la Vieja Plaza, siempre causando problemas. Incluso como exalumnas, Bryce y Danika se quejaban con frecuencia de que no hubiera una sólida cerca electrificada alrededor de la UCM para mantener a los estudiantes en su esquina de la ciudad. Sólo para evitar que estuvieran vomitando y orinando en la Vieja Plaza desde los viernes por la noche hasta los domingos en la mañana.

Danika volvió a beber.

—Ni idea de quién lo hizo —un escalofrío recorrió su cuerpo y sus ojos color caramelo se oscurecieron—. Aunque su olor los marcaba como humanos, tomó veinte minutos identificar quiénes eran. Estaban destrozados y parcialmente comidos.

Bryce intentó no imaginar la escena.

—¿Motivo?

Danika tragó saliva.

—Tampoco tenemos idea. Pero Sabine me dijo frente a todos lo que pensaba acerca de semejante carnicería pública en mi turno de vigilancia.

Bryce preguntó:

—¿Qué dijo el Premier sobre esto?

—Nada —respondió Danika—. El viejo se quedó dormido durante la junta y Sabine no se molestó en despertarlo antes de acorralarme.

Sería pronto, eso decían todos, sólo era cuestión de un año o dos para que el actual Premier de los lobos, de casi cuatrocientos años de edad, realizara su Travesía para cruzar el Istros hacia el Sector de los Huesos y llegar a su descanso final. En su caso, no había manera de que el barco negro se ladeara durante el rito final; no había manera de que su alma se considerara indigna y fuera entregada al río. Sería bienvenido en el reino del Rey del Inframundo, se le daría acceso a sus costas cubiertas por bruma… y entonces empezaría el reino de Sabine.

Que los dioses los protejan.

—No es tu culpa, sabes —dijo Bryce y abrió las cubiertas de cartón de las dos cajas de pizza más cercanas. Salchicha, peperoni y albóndigas en una. La otra tenía carnes curadas y quesos apestosos, la selección de Bronson, sin duda.

—Lo sé —murmuró Danika. Terminó lo que quedaba de cerveza para luego colocar la botella dentro del fregadero con mucho ruido. Luego se dirigió al refrigerador por otra. Todos los músculos de su cuerpo delgado parecían estar tensos, a punto de detonar. Azotó la puerta del refrigerador y se recargó contra ella. Danika no miró a Bryce a los ojos cuando exhaló y dijo:

—Yo estaba a tres cuadras de distancia esa noche. Tres. Y no escuché ni vi ni olí nada cuando los estaban destrozando.

Bryce se dio cuenta del silencio en la otra habitación. El oído agudo tanto de sus formas humanas como las de lobos significaba que los miembros de la jauría se sentían con el derecho eterno de escuchar conversaciones ajenas.

Podrían terminar esta conversación más tarde.

Bryce abrió el resto de las cajas de pizza y analizó el paisaje culinario.

—¿No deberías sacarlos de su miseria y dejarles un bocado antes de terminarte el resto?

Había tenido el gusto de atestiguar cómo Danika comía tres pizzas enteras en una sentada. Con este humor, Danika podría romper el récord y llegar a cuatro.

—Por favor, déjanos comer —suplicó Bronson con voz profunda y estridente desde la otra habitación.

Danika dio un trago a su cerveza.

—Vengan a comer, perros.

Los lobos entraron de inmediato.

Durante el atracón, Bryce casi quedó aplastada contra la pared trasera de la cocina; el calendario que colgaba ahí se arrugó en su espalda.

Maldición, le encantaba ese calendario: Los solteros más ardientes de Ciudad Medialuna: Edición con ropa opcional. Este mes mostraba al daemonaki más hermoso que jamás había visto posando con la pierna en un banco, el único impedimento para que todo quedara a la vista. Aplanó las nuevas arrugas en la piel bronceada y los músculos, en los cuernos retorcidos, y luego volteó a ver a los lobos con irritación.

A un paso de distancia, Danika sobresalía entre su jauría como una piedra en un río. Le sonrió a Bryce.

—¿Alguna noticia sobre tu búsqueda del Cuerno?

—No.

—Jesiba debe estar encantada.

Bryce hizo una mueca de desagrado.

—Fascinada.

Había visto a Jesiba un total de dos minutos esta tarde y eso bastó para que la hechicera amenazara con convertir a Bryce en un burro. Luego se marchó en un sedán con chofer hacia los dioses sabrían dónde. Tal vez a hacer algún encargo para el Rey del Inframundo y la Casa oscura que gobernaba.

Danika sonrió.

—¿No tenías esa cita con como-se-llame hoy?

La pregunta retumbó por todo el cuerpo de Bryce.

—Mierda. Mierda. Sí —miró el reloj de la cocina horrorizada—. En una hora.

Connor llevaba una caja de pizza entera para él y al escuchar eso se quedó inmóvil. Le había dejado a Bryce muy clara su opinión sobre ese noviecito ricachón desde la primera cita, hacía dos meses. Y Bryce por su parte le había dejado más que claro que a ella no le importaba un carajo la opinión de Connor sobre su vida amorosa.

Bryce notó la espalda musculosa de Connor cuando salió de la cocina intentando aflojar sus amplios hombros. Danika frunció el ceño. Nunca se le pasaba alguna jodida cosa desapercibida.

—Necesito arreglarme —dijo Bryce con expresión molesta—. Y se llama Reid y lo sabes.

Una sonrisa lupina.

—Reid es un nombre muy pinche estúpido —dijo Danika.

—Uno, yo pienso que es un nombre sexy. Y dos, Reid es sexy.

Que los dioses la ayudaran, porque Reid Redner era endemoniadamente sexy. Aunque el sexo estaba… bien. Estándar. Ella lo había disfrutado pero había tenido que trabajar mucho para lograrlo. Y no de las maneras en que a veces disfrutaba trabajar para lograrlo. Más en el sentido de más lento, pon eso acá, ¿podemos cambiar de posición? Pero sólo se habían acostado dos veces. Y ella se decía a sí misma que podía tomar algo de tiempo encontrar el ritmo correcto con un compañero. Aunque…

Danika se limitó a decir:

—Si él vuelve a sacar el teléfono para revisar sus mensajes cuando apenas está sacándote el pene, por favor ten algo de autoestima y patéale los testículos hasta el otro lado de la habitación. Luego regresas a la casa.

—¡Carajo, Danika! — refunfuñó Bryce—. ¿Por qué no lo dices un poquito más fuerte, maldita sea?

Los lobos se habían quedado en silencio. Incluso se dejó de escuchar cómo masticaban. Luego reiniciaron a un decibel por arriba de lo normal.

—Al menos tiene un buen trabajo —le dijo Bryce a Danika, quien cruzó sus brazos delgados que ocultaban una tremenda fuerza bruta, y la miró. Una mirada que decía Sí, el trabajo que el papi de Reid inventó para su hijo. Bryce agregó:

—Y al menos no es un alfadejo psicótico que exigirá un maratón sexual de tres días y luego me llamará su compañera, me encerrará en su casa y nunca me dejará salir otra vez.

Por lo cual Reid, el humano del sexo aceptable, era perfecto.

—Te vendría bien un maratón sexual de tres días —reviró Danika.

—Tú tienes la culpa de esto y lo sabes.

Danika hizo un gesto con la mano.

—Sí, sí. Mi primer y último error: presentarlos a ustedes dos.

Danika conocía a Reid sólo de pasada gracias al trabajo de seguridad de medio tiempo que hacía para la empresa de su padre: una enorme compañía mágica-tecnológica propiedad de humanos ubicada en el Distrito Central de Negocios. Danika decía que el trabajo era demasiado aburrido como para molestarse en explicarlo, pero pagaba lo suficiente como para que no dijera que no. Y más que eso, era un trabajo que ella había elegido. No la vida que le habían obligado a tener. Así que entre sus patrullajes y las obligaciones con el Aux, Danika terminaba con frecuencia en el gigante rascacielos del DCN, fingiendo que podía aspirar a una vida normal. No se sabía de ningún miembro del Aux que tuviera un segundo empleo, y menos una Alfa, pero Danika lo hacía funcionar.

Por otro lado, todo el mundo quería algo con Industrias Redner estos días. Incluso Micah Domitus era un gran inversionista en sus experimentos de vanguardia. No era nada extraordinario porque el gobernador invertía en todo, desde tecnología y viñedos hasta escuelas, pero desde que Micah estaba en la eterna lista negra de Sabine, molestar a su madre trabajando para una compañía humana donde Micah estuviera involucrado era quizá mejor para Danika que la sensación de libre albedrío y la paga generosa.

Danika y Reid habían ido a la misma presentación una tarde meses atrás, justo cuando Bryce estaba soltera y se quejaba de ello siempre. Danika le había dado a Reid el teléfono de Bryce en un esfuerzo desesperado por conservar la cordura.

Bryce se alisó el vestido con la mano.

—Necesito cambiarme. Guárdame una rebanada.

—¿No van a salir a cenar?

Bryce se encogió un poco de hombros.

—Sí. A uno de esos lugares elegantes donde te sirven un mousse de salmón en una galleta y lo llaman cena.

Danika se estremeció.

—Entonces come antes de irte.

—Una rebanada —dijo Bryce señalando a Danika—. Acuérdate de guardarme una rebanada.

Miró la única caja que quedaba y salió de la cocina.

A excepción de Zelda, todos los integrantes de la Jauría de Diablos ya estaban en su forma humana con las cajas de pizza sobre las rodillas o abiertas en la desgastada alfombra azul. Bronson, de hecho, bebía de la jarra de cerámica llena de hidromiel, con los ojos castaños fijos en el noticiero de la noche. Las noticias sobre la liberación de Briggs, junto con las imágenes difusas de la cara del humano en overol blanco escoltado al exterior de un complejo carcelario, empezaron a sonar. Quien sea que tuviera el control remoto en la mano cambió de inmediato el canal a un documental del Río Negro.

Mientras Bryce caminaba hacia su recámara al otro lado de la sala, Nathalie le lanzó una sonrisa burlona. Oh, nunca le permitirían olvidar ese detallito sobre el desempeño de Reid en la cama. En especial cuando Nathalie lo convertiría sin duda en un reflejo de las habilidades de Bryce.

—No empieces —le advirtió Bryce.

Nathalie cerró los labios con fuerza, como si apenas pudiera contener el aullido de diversión malvada. Su cabello lacio y negro parecía temblar con el esfuerzo de aguantarse la risa y sus ojos color ónix se veían encendidos.

Bryce ignoró deliberadamente la mirada dorada y pesada de Connor, quien seguía todos sus movimientos.

Lobos. Estos malditos lobos que metían sus narices en todos sus asuntos.

Nunca sería posible confundirlos con humanos, aunque sus formas eran casi idénticas. Demasiado altos, demasiado musculosos, demasiado inmóviles. Incluso la forma en la que que atacaban las pizzas, cada movimiento deliberado y grácil, era un recordatorio silencioso de lo que le podrían hacer a quienquiera que los molestara.

Bryce caminó por encima de las piernas largas y extendidas de Zach teniendo cuidado de no pisar la cola color nieve de Zelda, quien estaba echada en el piso junto a su hermano. Los lobos blancos gemelos, ambos delgados y de cabello oscuro cuando estaban en su forma humana, eran aterradores cuando se transformaban. Los Fantasmas era el apodo murmurado que los seguía a todas partes.

Así que, sí. Bryce se esforzó mucho por no pisar la cola peluda de Zelda.

Thorne, con su gorra de solbol de la UCM puesta al revés, por lo menos miró a Bryce con algo de compasión desde su lugar en la silla de cuero medio apolillada, cerca de la televisión. Él era la otra persona en el departamento que entendía lo entrometida que podía ser la jauría. Y a quien también le importaban los estados de ánimo de Danika. También la crueldad de Sabine.

Era improbable que un Omega como Thorne recibiera la atención de una Alfa como Danika. Aunque Thorne jamás había siquiera insinuado algo así. Pero Bryce notaba la atracción gravitacional que parecía ocurrir cuando Danika y Thorne estaban juntos en una habitación, como si fueran dos estrellas orbitando una a la otra.

Por suerte, Bryce llegó a su recámara sin que hubiera comentarios sobre las habilidades de su casi novio y cerró la puerta con la firmeza suficiente para indicarle a todos que se fueran al carajo.

Había dado tres pasos en dirección a su viejo vestidor verde cuando se oyeron los ladridos de risa en todo el departamento. Se silenciaron un momento después, tras un gruñido feroz y no del todo humano, profundo, largo y completamente letal.

No era el gruñido de Danika, que era como la muerte encarnada, suave, ronco y frío. Éste era el de Connor. Lleno de calor y mal humor y sentimiento.

Bryce se dio una ducha para quitarse el polvo y la mugre que parecía cubrirla siempre que caminaba las quince cuadras entre el departamento y el edificio delgado de arenisca donde estaba Antigüedades Griffin.

Unos cuantos pasadores borraron la falta de cuerpo que solía afectar su espesa cabellera color vino al final del día. Se apresuró y aprovechó el tiempo para ponerse una nueva capa de rímel y así darle algo de vida a sus ojos color ámbar. Desde el momento que entró a la ducha y salió para ponerse los zapatos negros de tacón, pasaron un total de veinte minutos.

Se dio cuenta de que eso era prueba de lo poco que le importaba esta cita en realidad. Pasaba una maldita hora en su cabello y maquillaje todas las mañanas. Eso sin contar la ducha de treinta minutos para quedar brillante, afeitada y humectada. ¿Pero veinte minutos? ¿Para una cena en el Perla y Rosa?

Sí, Danika tenía algo de razón. Y Bryce sabía que la perra estaba viendo el reloj y lo más probable es que preguntaría si el poco tiempo de preparación era reflejo de cuánto, exactamente, podía durar Reid en la cama.

Bryce miró molesta hacia los lobos al otro lado de la puerta de su acogedora recámara antes de prestar atención al refugio silencioso que la rodeaba. Cada una de las paredes estaba decorada con carteles de presentaciones legendarias del Ballet de Ciudad Medialuna. Alguna vez imaginó que estaba ahí entre los flexibles vanir, explotando a través del escenario dando giro tras giro, o haciendo llorar al público con una escena de muerte agonizante. En algún momento había pensado que podría existir un sitio en ese escenario para una media humana.

Ni siquiera cuando le dijeron, una y otra vez, que tenía el tipo de cuerpo equivocado dejó de amar el baile. No le quitó esa emoción profunda que surgía al ver un baile en vivo, ni las ganas de tomar clases amateur después del trabajo; tampoco hizo que dejara de seguir a los bailarines del BCM de la misma manera que Connor, Ithan y Thorne seguían a los equipos de deportes. Nada podría detenerla de anhelar esa sensación de volar que experimentaba cuando bailaba, ya fuese en sus clases, en un club o incluso en la maldita calle.

Juniper, por lo menos, no se había dado por vencida. Había decidido que le dedicaría su vida al baile, que una fauna desafiaría las probabilidades y que pisaría un escenario construido para hadas y ninfas y sílfides… y que las dejaría a todas atrás. Y lo había logrado, además.

Bryce dejó escapar un suspiro largo. Era hora de irse. El Perla y Rosa estaba a veinte minutos caminando y con esos tacones le tomaría veinticinco. No tenía caso intentar conseguir un taxi en el caos y tráfico de una noche de jueves en la Vieja Plaza porque el auto nada más se quedaría ahí parado.

Se clavó dos aretes de perlas en las orejas con la ligera esperanza de que le agregaran un poco de clase a lo que podría considerarse un vestido escandaloso. Pero tenía veintitrés años y bien podía aprovechar su figura de curvas generosas. Sonrió un poco al ver sus piernas de tono dorado mientras se miraba en el espejo de cuerpo completo recargado en la pared y admiraba la curvatura de su trasero en el vestido gris ajustado, que dejaba ver un poco el todavía doloroso nuevo tatuaje bajo el escote pronunciado en su espalda, antes de regresar a la sala.

Danika soltó una fuerte carcajada que resonó por encima del programa sobre naturaleza que estaban viendo los lobos.

—Apuesto cincuenta marcos de plata que los cadeneros no te dejan pasar con ese aspecto.

Bryce le hizo una seña obscena a su amiga y la jauría rio.

—Perdón si te hago sentir avergonzada de tu trasero huesudo, Danika.

Thorne ladró una carcajada.

—Al menos Danika lo compensa con su personalidad atractiva.

Bryce sonrió al guapo Omega.

—Eso debe explicar por qué yo tengo una cita y ella no ha salido con nadie en… ¿cuánto tiempo llevas ya? ¿Tres años?

Thorne parpadeo; sus ojos azules se enfocaron en la cara molesta de Danika.

—Eso debe ser.

Danika se dejó caer en su silla y subió los pies descalzos a la mesa de centro. Cada una de las uñas de sus pies estaba pintada de un color diferente.

—Sólo han sido dos años —murmuró—. Pendejos.

Bryce dio unas palmadas en la cabeza sedosa de Danika al pasar. Danika le tiró un mordisco a los dedos y mostró los dientes.

Bryce rio y se metió a la cocina angosta. Buscó entre las cosas de los gabinetes superiores haciendo sonar los vasos mientras buscaba la…

Ah. La ginebra.

Se tomó un trago. Luego otro.

—¿Esperas una noche difícil? —preguntó Connor desde donde estaba recargado en la puerta de la cocina con los brazos cruzados frente a su pecho musculoso.

Una gota de ginebra había aterrizado en su barbilla. Bryce se limpió con el dorso de la mano y casi hizo que se le corriera el labial color rojo pecado, por lo que optó mejor por limpiarse con una servilleta sobrante de la pizzería. Como una persona decente.

Ese color debería llamarse Rojo Mamador había dicho Danika la primera vez que Bryce se lo puso. Porque es lo único que cualquier hombre va a pensar cuando lo uses. Y así era, porque la mirada de Connor descendió directamente a sus labios. Así que Bryce dijo de la manera más despreocupada que pudo:

—Sabes que me gusta disfrutar mis noches de jueves. ¿Por qué no empezar temprano?

Se puso de puntas para devolver la ginebra en la repisa superior de la alacena y el borde de su vestido se levantó con precariedad. Connor dirigió su mirada hacia el techo como si fuera superinteresante y no volvió a verla a los ojos hasta que ella dejó la botella. En la otra habitación, alguien subió el volumen de la televisión tanto que hacía vibrar el departamento.

Gracias, Danika.

Ni siquiera el oído de un lobo podría detectar algo a través de esa cacofonía.

Las comisuras de los labios sensuales de Connor se movieron un poco hacia arriba, pero se quedó en la puerta.

Bryce tragó saliva y se preguntó qué tan asqueroso sería pasarse el ardor de la ginebra con la cerveza que había dejado calentándose sobre el mueble.

Connor dijo:

—Mira. Tenemos ya bastante tiempo de conocernos…

—¿Esto es un discurso preparado?

Él se enderezó, ruborizándose de inmediato. El Segundo en el rango de la Jauría de Diablos, el más temido y letal de todas las unidades Auxiliares, estaba sonrojándose.

—No.

—Eso me sonó como un preámbulo ensayado.

—¿Puedes permitirme invitarte a salir o vamos a discutir sobre mi construcción gramatical primero?

Ella rio, pero el estómago se le hizo nudos.

—Yo no salgo con lobos.

Connor le sonrió engreído.

—Haz una excepción.

—No.

Pero Bryce sonrió apenas.

Con la arrogancia inmutable que sólo un depredador inmortal puede lograr, Connor dijo:

—Me deseas. Yo te deseo. Así ha sido ya desde hace tiempo y jugar con estos machos humanos no te ha servido de nada para olvidarlo, ¿o sí?

No, no le había servido. Pero a pesar de lo desbocado de su corazón, logró responder con voz tranquila:

—Connor, no voy a salir contigo. Danika ya es bastante mandona. No necesito otro lobo, sobre todo si es un lobo macho, intentando controlar mi vida. No necesito más vanir metiéndose en mis asuntos.

Los ojos dorados de Connor se opacaron.

—Yo no soy tu padre.

No se refería a Randall.

Se apartó con brusquedad del mueble y se dirigió hacia él. Y hacia la puerta del departamento más allá. Iba a llegar tarde.

—Eso no tiene nada que ver con esto… contigo. Mi respuesta es no.

Connor no se movió y ella se detuvo a unos cuantos centímetros de distancia. Incluso con los zapatos de tacón, y a pesar de que ella era un poco más alta que el promedio, él era mucho más alto. Dominaba todo el espacio a su alrededor sólo con respirar.

Como cualquier alfadejo lo haría. Igual a lo que su padre hada había hecho a Ember Quinlan cuando ella tenía diecinueve años; cuando la persiguió, la sedujo, trató de conservarla y se adentró tanto en territorio posesivo, que al momento de enterarse de que estaba embarazada de su hijo, de Bryce, Ember corrió antes de que él lo supiera y la encerrara en su villa de CiRo hasta que fuera demasiado vieja como para seguirle interesando.

Lo cual era algo que Bryce no se permitía considerar. No hasta después de salir del consultorio de la medibruja con los resultados de las pruebas sanguíneas que establecerían si se parecía a su padre hada en más que el cabello rojo y las orejas puntiagudas.

Algún día tendría que enterrar a su madre. Enterrar a Randall también. Eso era más que predecible para un humano. Pero el hecho de que ella viviría por unos cuantos siglos, sólo con fotografías y videos para recordar sus voces y sus rostros, hacía que se le anudara el estómago.

Debió beber otro trago de ginebra.

Connor permaneció inmóvil en la puerta.

—Una cita no me va a provocar una rabieta territorial. Ni siquiera tiene que ser una cita. Sólo… pizza —terminó de decir viendo las cajas apiladas.

—Tú y yo salimos bastante.

Así era, en las noches que Danika debía reunirse con Sabine o con los otros comandantes del Aux, él con frecuencia llevaba comida o se veía con ella en alguno de los muchos restaurantes de la manzana donde vivían.

—Si eso no es una cita, ¿entonces cómo sería diferente? —preguntó ella.

—Sería un ensayo. Un ensayo para una cita —dijo Connor entre dientes.

Ella arqueó la ceja.

—¿Una cita para decidir si quiero salir contigo en una cita?

—Eres imposible —respondió él y dejó de recargarse en el marco de la puerta—. Luego nos vemos.

Sonriendo, salió detrás de él de la cocina y casi sintió dolor por el volumen demasiado alto de la televisión que los lobos veían con mucha, mucha atención.

Incluso Danika estaba consciente que había límites respecto a cuánto podía presionar a Connor sin que hubiera consecuencias serias.

Por un instante, Bryce dudó si debía tomar al Segundo del rango por el hombro para explicarle que le iría mejor si buscaba una loba linda y dulce que quisiera tener una camada de cachorros, y que él en realidad no quería estar con alguien tan jodido de tantas maneras, alguien a quien todavía le gustaba salir de fiesta hasta lograr un estado similar al de los estudiantes de la UCM que vomitaban en el callejón, y que no estaba del todo segura de que pudiera amar a alguien, no cuando Danika era lo único que en realidad necesitaba de cualquier manera.

Pero no tomó a Connor del hombro y, para cuando Bryce recogió sus llaves del tazón junto a la puerta, él ya estaba echado en el sillón, de nuevo en su lugar, y miraba atento la pantalla.

—Adiós —dijo Bryce a nadie en particular.

Danika la miró a los ojos desde el otro lado de la habitación, con precaución pero ligeramente divertida. Le guiñó.

—Préndete, perra.

—Préndete, pendeja —contestó Bryce. La frase se deslizó de su lengua con la facilidad que le daban los años de uso.

Pero fue el «te amo» que agregó Danika cuando Bryce salía al pasillo sucio lo que la hizo dudar con la mano en la perilla.

Le había tomado a Danika unos cuantos años decir esas palabras y hasta la fecha las usaba pocas veces. Danika había odiado la primera vez que Bryce se las dijo, incluso cuando Bryce le explicó que había pasado la mayor parte de su vida diciéndolo en caso de que fuera la última vez. En caso de que no pudiera decir adiós a las personas que le importaban más. Y tuvieron que vivir una de sus aventuras más jodidas —una motocicleta destrozada y pistolas apuntándoles a la cabeza— para que Danika pronunciara las palabras, pero al menos ahora las decía. A veces.

El asunto de Briggs era lo de menos. Tal vez Sabine había hecho pedazos a Danika.

Los tacones de Bryce sonaban con fuerza en el piso de loseta desgastada mientras avanzaba hacia las escaleras al final del pasillo. Quizá debería cancelar la cita con Reid. Podría ir por unos contenedores de helado a la tienda de la esquina y acurrucarse en la cama con Danika mientras veían sus comedias absurdas favoritas.

Podría llamar a Fury para que le hiciera una visita a Sabine.

Pero… nunca le pediría eso a Fury. Fury mantenía su mierda profesional fuera de sus vidas y ellas sabían que no debían hacer demasiadas preguntas. Sólo Juniper podía hacerlo.

Para ser honesta, no tenía sentido que fueran amigas: la futura Alfa de todos los lobos, una asesina al servicio de clientes adinerados que estaban en guerra al otro lado del mar, una bailarina por demás talentosa, la única fauna que había pisado el escenario del Ballet de Ciudad Medialuna y… ella.

Bryce Quinlan. Asistente de hechicera. Aspirante, con el cuerpo equivocado, a bailarina. Pareja crónica de hombres humanos frágiles y vanidosos que no tenían idea de qué hacer con ella. Eso sin contar que tampoco sabían qué hacer con Danika si alguna vez avanzaban lo suficiente en el reto de las citas.

Bryce bajó las escaleras haciendo ruido y con el ceño fruncido ante el efecto creado por una de las esferas de luzprístina: hacía que la pintura gris y descascarada luciera con relieve parpadeante. El casero ahorraba lo más posible con la luzprístina, tal vez porque la robaba de la red en vez de pagarle a la ciudad por ella como todos los demás.

Todo en este edificio de departamentos era una mierda, para ser honestos.

Danika podía pagar algo mejor. Bryce ciertamente no podía. Y Danika la conocía lo bastante bien como para ni siquiera sugerir que ella sola pagara un departamento lujoso en los rascacielos a la orilla del río o en el DCN para las dos. Así que después de la graduación, sólo buscaron lugares que Bryce podía pagar con su salario y este agujero de mierda en particular fue el menos miserable de todos.

A veces, Bryce deseaba haber aceptado el dinero de su monstruoso padre; deseaba no haber decidido desarrollar una especie de moral en el momento exacto en que el patán le había ofrecido montañas de marcos de oro a cambio de su eterno silencio sobre él. Al menos si hubiera aceptado estaría ahora tumbada al lado de una terraza con piscina en la parte superior de un edificio, admirando ángeles aceitados caminando por ahí, y no estaría evadiendo al conserje lujurioso de su edificio que le miraba fijamente el pecho cada vez que se quejaba porque el ducto de la basura estaba tapado de nuevo.

La puerta de cristal al fondo de las escaleras conducía a la calle oscurecida por la noche, llena de turistas, personas celebrando y residentes con cara de sueño intentando regresar a casa entre la multitud después de un largo y caluroso día de verano. Un draki ataviado con traje y corbata pasó apresurado, con una maleta de mensajero rebotando en su cadera mientras esquivaba a una familia de metamorfos con aspecto equino —tal vez caballos, a juzgar por sus olor sugerente a cielos despejados y praderas verdes—, tan ocupados tomando fotografías de todo que no se daban cuenta si alguien quería llegar a otra parte.

En la esquina, una pareja de malakim aburridos vestidos con la armadura negra de la 33a mantenía sus alas muy pegadas a sus poderosos cuerpos, sin duda para evitar que algún trabajador apresurado o un idiota borracho las tocara. Tocar las alas de un ángel sin permiso podía significar, mínimo, la pérdida de una mano.

Bryce cerró con firmeza la puerta de cristal y disfrutó el enjambre de sensaciones que era esta ciudad antigua y vibrante: el calor seco del verano que amenazaba con hornearla hasta los huesos; el sonido de las bocinas de los automóviles que cortaba la música proveniente de los salones de fiestas; el viento del río Istros, a tres cuadras de distancia, moviendo las palmeras y cipreses; el toque de sal en el aire por el cercano mar color turquesa; el perfume seductor y suave como la noche de la enredadera de jazmín envuelta en la cerca de hierro del parque; el olor penetrante de vómito, orina y cerveza rancia; el atrayente aroma de las especias ahumadas que cubrían el cordero asado en la carreta del vendedor de la esquina… Percibió todo en forma de un beso que la despertó.

Intentó no romperse los tobillos con las piedras del camino e inhaló lo que Ciudad Medialuna tenía que ofrecerle, lo bebió profundamente y desapareció por las calles repletas de gente.

Imagen decorativa

El Perla y Rosa representaba todo lo que Bryce odiaba de esta ciudad.

Pero al menos Danika ahora le debía cincuenta marcos de plata.

Los cadeneros la habían dejado pasar, subir los tres escalones y entrar por las puertas cubiertas de bronce hacia el restaurante.

Pero incluso cincuenta marcos de plata no servirían de nada para pagar esta comida. No, esto estaría firmemente en la zona del oro.

Reid sin duda podía pagarlo. Considerando el tamaño de su cuenta de banco, lo más probable era que ni siquiera miraría el total antes de entregar su tarjeta negra.

Sentada en una mesa en el corazón del comedor dorado, bajo los candelabros de cristal que colgaban del techo pintado con exquisito detalle, Bryce se tomó dos vasos de agua y media botella de vino mientras esperaba.

A los veinte minutos, escuchó vibrar su teléfono dentro de su bolso de seda negra. Si Reid tenía en mente cancelar, lo mataría. No había manera de que ella pudiera pagar el vino, al menos no sin tener que renunciar a las clases de baile por un mes. De hecho, dos meses.

Pero los mensajes no eran de Reid y Bryce los leyó tres veces antes de volver a aventar el teléfono a su bolso y servirse otra copa de vino muy, muy caro.

Reid era rico y estaba retrasado. Ahora estaba en deuda con ella.

En especial porque la clase alta de Ciudad Medialuna estaba muy entretenida burlándose de su vestido, la piel que quedaba descubierta, las orejas de hada pero el cuerpo claramente humano.

Mestiza, podía casi escuchar el término odioso cuando ellos lo pensaban. La consideraban, en el mejor de los casos, una obrera de clase baja. En el peor, material para cazar o para echar a la basura.

Bryce sacó su teléfono y leyó los mensajes por cuarta vez.

Connor había escrito, Sabes que no sirvo para hablar. Pero lo que quería decirte (antes de que intentaras pelear conmigo, por cierto) era que creo que vale la pena. Tú y yo. Intentarlo.

Luego agregó: Estoy loco por ti. No quiero a nadie más. No he querido a nadie más desde hace mucho tiempo. Una cita. Si no funciona, entonces ya veremos cómo lo resolvemos. Pero sólo dame una oportunidad. Por favor.

Mientras Bryce seguía con la vista pegada a los mensajes, sintiendo cómo la cabeza le daba vueltas por tanto maldito vino, Reid apareció al fin. Cuarenta y cinco minutos tarde.

—Perdón, amor —le dijo y se acercó a darle un beso en la mejilla antes de deslizarse en su silla. Su traje color gris oscuro permanecía inmaculado y su piel dorada brillaba arriba del cuello de su camisa blanca. Ni uno solo de los cabellos color castaño oscuro de su cabeza estaba fuera de su sitio.

Reid tenía los modales despreocupados de alguien criado con dinero, educación y todas las puertas abiertas a sus deseos. Los Redner eran una de las pocas familias humanas que habían ascendido en la alta sociedad de los vanir y se vestían para demostrarlo. Reid era meticuloso con su apariencia hasta el más mínimo detalle. Cada corbata que usaba, se enteró Bryce, había sido seleccionada para resaltar el color avellana de sus ojos. Sus trajes siempre tenían un corte impecable que se ajustaba a la perfección a su cuerpo bien formado. Ella podría haberlo calificado de vanidoso de no ser porque ella también ponía mucha atención en su propia vestimenta. De no ser que sabía Reid trabajaba con un entrenador personal por la misma razón que ella seguía bailando (más allá del amor que sentía por el baile) para asegurarse de que su cuerpo estuviera en el mejor estado en caso de necesitar su fuerza para escapar de los posibles depredadores que cazaban en las calles.

Desde el día que los vanir cruzaron la Fisura Septentrional y se adueñaron de Midgard hacía eones, un acontecimiento que los historiadores llamaban el Cruce, correr era la mejor opción si un vanir decidía convertirte en su alimento. Es decir, si no tenías una pistola o bombas o alguna de las cosas horrendas que la gente como Philip Briggs diseñaba para matar inclusive a estas criaturas de vidas largas y recuperación rápida.

Ella lo pensaba con frecuencia: cómo habría sido este planeta antes de que estuviera ocupado por criaturas de tantos mundos distintos, todos mucho más avanzados y civilizados que éste, cuando sólo había humanos y animales ordinarios. Incluso su sistema de calendario se remontaba al Cruce y a los años previos: E.H. y E.V.: Era humana y Era vanir.

Reid arqueó las cejas oscuras al ver la botella de vino casi vacía.

—Buena elección.

Cuarenta y cinco minutos. Sin una llamada o mensaje para decirle que llegaría tarde.

Bryce apretó los dientes.

—¿Hubo un imprevisto en el trabajo?

Reid se encogió de hombros y miró a su alrededor en busca de algún funcionario de alto rango para codearse con él. Como el hijo de un hombre que siempre tenía su nombre exhibido en letras de casi siete metros de altura en tres edificios del DCN, la gente solía hacer fila por el privilegio de hablar con él.

—Algunos de los malakim están inquietos por cómo se han dado las cosas con el conflicto de Pangera. Necesitaban que les asegurara que sus inversiones seguían siendo sólidas. La llamada se alargó.

El conflicto de Pangera: la lucha que Briggs tenía tantas ganas de traer a este territorio. El vino que ya se le había subido a la cabeza retrocedió y formó un charco grasoso en su estómago.

—¿Los ángeles piensan que la guerra podría llegar aquí?

Al no ver a nadie de interés en el restaurante, Reid abrió su menú encuadernado en cuero.

—No. Los asteri no permitirían que eso sucediera.

—Los asteri permitieron que sucediera allá.

Él bajó un instante las comisuras de los labios.

—Es una situación compleja, Bryce.

La conversación había terminado. Ella le permitió regresar a estudiar el menú.

Los informes del territorio del otro lado del mar Haldren eran deprimentes: la resistencia humana estaba preparada para la autodestrucción antes de someterse a los asteri y el gobierno de su Senado «electo». La guerra había arrasado con el enorme territorio de Pangera durante cuarenta años, destruyendo ciudades, avanzando hacia el mar tormentoso. Si el conflicto cruzaba a este lado, Ciudad Medialuna, en la costa sureste de Valbara, a la mitad de la península llamada la Mano por la forma de sus tierras áridas y montañosas, sería uno de los primeros lugares en el camino.

Fury se negaba a hablar de lo que había visto allá. Lo que había hecho allá. De qué lado había luchado. A la mayoría de los vanir no les parecía divertido encontrar a alguien que desafiara su reino de quince mil años.

La mayoría de los humanos tampoco pensaba que quince mil años de casi esclavitud, de ser cazados como presas, comida o putas, hubieran sido tan divertidos. Y eso que, en siglos recientes, el Senado Imperial había concedido más derechos a los humanos con aprobación de los asteri, por supuesto. Pero seguía siendo un hecho que a quienes se atrevían a salir de su sitio se les obligaba a regresar al lugar donde habían empezado: esclavos literales de la República.

Era al menos algo mejor en Valbara, ya que la mayoría de esclavos existía en Pangera. Unos cuantos vivían en Ciudad Medialuna, en particular entre los ángeles guerreros en la 33a, la legión personal del gobernador, marcados en la muñeca con el tatuaje de esclavos SPQM. Pero en su mayor parte, pasaban desapercibidos.

A pesar de que toda su clase alta estaba compuesta por imbéciles, Ciudad Medialuna seguía siendo un crisol. Era uno de los pocos lugares donde ser humano no necesariamente significaba una vida entera de servidumbre o labores de baja categoría. Aunque tampoco tenían derecho a mucho más.

Un hada de cabello oscuro y ojos azules vio que Bryce echaba un vistazo alrededor de la habitación, el joven que la acompañaba dejaba en claro que pertenecía a algún tipo de nobleza.

Bryce nunca había decidido a quién odiaba más: si a los malakim alados o a las hadas. Quizá a las hadas, porque su magia y gracia elevadas las hacía pensar que tenían permitido hacer lo que les viniera en gana con quien les viniera en gana. Era un rasgo que muchos miembros de la Casa de Cielo y Aliento compartían: los ángeles vanidosos, las sílfides altivas y los ardientes elementales.

Casa de Comemierdas y Bastardos, les decía siempre Danika. Aunque su propia alianza con la Casa de Tierra y Sangre tal vez influía un poco en su opinión, en especial porque los metamorfos y las hadas siempre estaban en pugna.

Bryce había nacido de dos Casas distintas y la habían forzado a ceder su alianza a la Casa de Tierra y Sangre al aceptar el rango de civitas que su padre le consiguió. Era el precio a pagar por aceptar el valioso estatus de ciudadano: él solicitaría la ciudadanía completa, pero ella tendría que declararse como miembro de la Casa de Cielo y Aliento.

Sentía rencor por eso, tenía resentimiento con el bastardo por haberla obligado a elegir, pero incluso su madre había notado que los beneficios eran superiores a lo que tendría que sacrificar.

Tampoco había muchas ventajas ni protecciones para los humanos en la Casa de Tierra y Sangre. Sin duda no para el hombre joven sentado con la mujer hada.

Hermoso, rubio, más de veinte años, quizá tenía la décima parte de la edad de su acompañante hada. La piel bronceada de sus muñecas no tenía rastros del tatuaje de cuatro letras que distinguía a los esclavos. Entonces tenía que estar con ella por su propia voluntad… o porque deseaba lo que ella ofrecía: sexo, dinero, influencias. Pero sin duda lo pagaría caro. Ella lo usaría hasta aburrirse, o hasta que él se hiciera demasiado viejo, y luego lo abandonaría en una esquina y lo dejaría todavía anhelando la riqueza de las hadas.

Bryce ladeó la cabeza hacia la mujer noble, quien le mostró sus dientes demasiado blancos por portarse con tal insolencia. El hada era hermosa, pero la mayoría de las hadas lo eran.

Se dio cuenta de que Reid observaba la escena con su apuesto rostro fruncido. Negó con la cabeza —a ella— y devolvió la atención al menú.

Bryce dio un sorbo a su vino. Le hizo una señal al mesero para que le trajera otra botella de vino.

Estoy loco por ti.

Connor nunca toleraría las burlas, los susurros. Danika tampoco. Bryce había visto cómo ambos atacaban a los pendejos estúpidos que a veces le dirigían algún insulto, o que la confundían con alguna de las muchas mujeres mitad vanir que se ganaban la vida en el Mercado de Carne vendiendo sus cuerpos.

La mayoría de esas mujeres no habían tenido la oportunidad de completar el Descenso, ya fuese porque no llegaron al umbral de la madurez o porque tuvieron la mala suerte de nacer mortales. Eran depredadoras, por nacimiento y entrenamiento, que usaban el Mercado de Carne como su terreno personal de cacería.

El teléfono de Bryce vibró justo cuando el mesero regresaba con la nueva botella de vino en la mano. Reid frunció el ceño de nuevo. Su desaprobación fue suficiente como para que ella evitara leer el mensaje hasta después de haber ordenado su sándwich de res con espuma de queso.

Danika había escrito, Manda al diablo al bastardo ese que no se le para y dale a Connor una oportunidad. Una cita con él no te va a matar. Lleva años esperándote, Bryce. Años. Dame un motivo para sonreír esta noche.

Bryce se avergonzó un poco y volvió a meter el teléfono en su bolso. Levantó la vista y vio a Reid atento a su propio teléfono, los pulgares volando, sus facciones bien definidas iluminadas por la débil luz de la pantalla. Ese invento había surgido hacía cinco décadas, en el famoso laboratorio de tecnología de Industrias Redner, lanzando a la compañía a un éxito económico sin precedentes. Una nueva era de vincular el mundo, decían todos. Bryce pensaba que sólo le daban a la gente una excusa para no hacer contacto visual. O para ser malos acompañantes.

—Reid —dijo. Él levantó un dedo.

Bryce golpeó la base de su copa con la uña roja. Mantenía sus uñas largas y tomaba un elíxir diario para conservarlas fuertes. No eran tan efectivas como garras, pero podían hacer algo de daño. Al menos lo suficiente como para poder escapar de un asaltante.

—Reid —dijo de nuevo. Él siguió escribiendo y no levantó la mirada hasta que apareció el primer tiempo de la cena.

Era, de hecho, un mousse de salmón. Servido sobre un pan tostado y encerrado en una especie de jaula de plantas verdes enredadas. Tal vez pequeños helechos. Ella intentó tragarse la risa.

—Adelante, empieza —dijo Reid distante y empezó a escribir de nuevo—. No me esperes.

—Un bocado y terminaré —murmuró ella.

Levantó el tenedor, pero se preguntó cómo demonios iba a comerse esa cosa. Nadie a su alrededor usaba los dedos, pero… La mujer hada volvió a burlarse.

Bryce dejó el tenedor sobre la mesa. Dobló su servilleta para formar un cuadrado perfecto antes de ponerse de pie.

—Me voy.

—Está bien —dijo Reid con los ojos fijos en la pantalla. Obviamente pensaba que iba al baño. Bryce pudo sentir la mirada de un ángel bien vestido en la mesa de al lado, que recorrió toda la extensión de su pierna desnuda, y luego escuchó el rechinido de la silla cuando el ángel se recargó para admirar la vista de su trasero.

Justo por eso mantenía sus uñas fuertes.

Pero le dijo a Reid:

—No, ya me voy. Gracias por la cena.

Eso provocó que levantara la vista.

—¿Qué? Bryce, siéntate. Come.

Como si su llegada tarde o estar en el teléfono no hubieran influido en su decisión. Como si ella sólo fuera algo que él tenía que alimentar antes de cogerse. Así que le dijo con claridad:

—Esto no está funcionando.

Él apretó los labios.

—¿Perdón?

Seguro nunca nadie había terminado con él. Agregó con una sonrisa dulce:

—Adiós, Reid. Buena suerte con tu trabajo.

—Bryce.

Pero ella tenía suficiente pinche autoestima como para ya no permitirle dar explicación alguna ni aceptar sexo que apenas era satisfactorio a cambio, en esencia, de comidas en restaurantes que ella nunca podría pagar; un hombre que apenas terminando de coger volcó toda su atención al teléfono. Así que tomó la botella de vino y se apartó de la mesa, pero no fue hacia la salida.

Se acercó a la burlona mujer hada y a su juguete humano y dijo con una voz fría que hubiera hecho retroceder incluso a Danika:

—¿Te gusta lo que ves?

El hada la miró de arriba a abajo, desde los tacones de Bryce hasta su cabellera roja y la botella de vino que colgaba entre sus dedos. La mujer se encogió de hombros y la pedrería de su vestido negro centelleó.

—Pagaría un marco de oro para verlos a ustedes dos —dijo con un movimiento de la cabeza en dirección al humano sentado en su mesa.

Él le sonrió a Bryce, pero su cara vacía sugería que estaba muy drogado con alguna sustancia.

Bryce le sonrió con sorna a la mujer.

—No sabía que las hadas se habían vuelto tan avaras. En las calles se decía que nos pagaban montones de oro para fingir que no están tan vacías de vida como segadores entre las sábanas.

La cara bronceada del hada palideció. Las uñas brillantes que podían rasgar carne se atoraron en el mantel. El hombre al otro lado de la mesa ni siquiera reaccionó.

Bryce puso una mano sobre el hombro del caballero, como consuelo o para enfurecer al hada, no estaba segura. Apretó los dedos, volvió a inclinar la cabeza en dirección a la mujer y salió del lugar.

Le dio un trago a la botella de vino y le hizo una señal poco amable a la anfitriona de la entrada mientras caminaba hacia las puertas de bronce. Luego tomó un puñado de cerillos del tazón que estaba a la entrada.

El sonido agitado de las disculpas que Reid ofrecía a la noble flotaba a espaldas de Bryce en el momento que salía al calor y la resequedad de la calle.

Pues, mierda. Eran las nueve de la noche, estaba bien vestida, y si regresaba a ese departamento, estaría dando vueltas en círculos hasta que Danika le arrancara la cabeza de un mordisco. Y los lobos se entrometerían en sus asuntos y para nada quería discutir con ellos.

Lo cual le dejaba una opción. Por suerte, su favorita.

Fury respondió la llamada de inmediato.

—Qué.

—¿Estás de este lado del Haldren o del lado equivocado?

—Estoy en Cinco Rosas —la voz fría y sin inflexión tenía un toque divertido, lo que casi casi significaba una carcajada de Fury—.Pero no estoy viendo televisión con los cachorros.

—¿Quién carajos querría hacer eso?

Una pausa en la línea. Bryce se recargó en el muro de roca clara del exterior del Perla y Rosa.

—Pensé que tenías una cita con como-sea-que-se-llame.

—Tú y Danika son de lo peor, ¿sabías?

Prácticamente escuchó la sonrisa malvada de Fury por el teléfono.

—Nos vemos en el Cuervo en treinta minutos. Necesito terminar un trabajo.

—No seas demasiado mala con el pobre bastardo.

—No me pagaron por hacer eso.

La llamada se cortó. Bryce soltó una maldición y rezó para que Fury no apestara a sangre cuando llegara a su club preferido. Llamó a otro número.

Juniper estaba sin aliento cuando contestó al quinto timbrazo, justo antes de que la llamada se fuera a buzón. Seguro estaba en el estudio practicando horas extra. Como siempre hacía. De la misma manera que Bryce practicaba siempre que tenía un momento libre para ella sola. Bailar y bailar y bailar, que el mundo desapareciera en la nada y que no quedaran salvo la música y la respiración y el sudor.

—Terminaste con él, ¿verdad?

—¿La pendeja de Danika les mandó un mensaje a todas?

—No —respondió la dulce y hermosa fauna—, pero apenas llevas una hora en tu cita. Como la llamada para contarme cómo fue todo suele suceder hasta la mañana siguiente…

—Vamos a ir al Cuervo —la interrumpió Bryce—. Llega ahí en treinta.

Cortó la llamada antes de que la risa vivaracha de Juniper la hiciera empezar a soltar groserías.

Oh, por supuesto que encontraría la manera de castigar a Danika por haberles dicho. Aunque sabía que lo había hecho como una advertencia, a modo de preparación para que recogieran los pedazos en caso de ser necesario. Así como Bryce había hablado con Connor sobre el estado de Danika esa misma noche.

El Cuervo Blanco estaba a sólo cinco minutos caminando, justo en el corazón de la Vieja Plaza. Lo cual le dejaba a Bryce tiempo suficiente para meterse en verdaderos problemas o enfrentar lo que llevaba una hora evadiendo.

Eligió los problemas.

Muchos problemas, suficientes para vaciar su bolso de los siete marcos de oro tan bien ganados y dárselos a una draki sonriente, quien dio a Bryce todo lo que le había pedido en la palma de la mano. La mujer había intentado venderle un tipo de droga nueva para ir de fiesta, El sinte te va a hacer sentir como un dios, le dijo, pero treinta marcos de oro por una sola dosis era mucho más de lo que podía pagar Bryce.

Todavía le quedaban cinco minutos. Estaba frente al Cuervo Blanco, que seguía lleno de clientes a pesar del plan fallido de Briggs por hacer volar el lugar. Sacó su teléfono para abrir la conversación con Connor. Apostaría todo el dinero que acababa de gastar en risarizoma a que él estaba revisando su teléfono cada dos segundos.

Los automóviles pasaban a poca velocidad con sus aparatos de sonido a un volumen tan alto que ponía a vibrar las piedras y los cipreses, con las ventanas abiertas para dejar a la vista a los pasajeros ansiosos por empezar su jueves: bebiendo, fumando, cantando al ritmo de la música, enviando mensajes a sus amigos y a sus vendedores de drogas, a quien los pudiera ayudar a entrar a alguno de los doce clubes que estaban sobre la calle Archer. Ya se habían formado filas en las diversas puertas, incluida la del Cuervo. Los vanir elevaban la vista con anticipación frente a la fachada de mármol blanco, peregrinos bien vestidos esperando ante las puertas del templo.

El Cuervo era justamente eso: un templo. O eso había sido. Ahora había un edificio construido alrededor de las ruinas, pero la pista de baile seguía teniendo las rocas originales y antiguas del templo dedicado a un dios olvidado hacía mucho tiempo, y los pilares de roca tallada de aquel entonces seguían en pie. Bailar ahí dentro era adorar a ese dios sin nombre que se alcanzaba a discernir en los sátiros y faunos tallados que bebían y bailaban y cogían entre vides. Un templo al placer, eso era lo que alguna vez había sido. Y en lo que se había convertido una vez más.

Un grupo joven de metamorfos de gato montés pasó a su lado y unos cuantos voltearon para gruñir una invitación. Bryce no les hizo caso y se movió hacia un nicho en el lado izquierdo de las puertas de servicio del Cuervo. Se recargó contra la roca pulida, acomodó el vino en el doblez del codo, apoyó un pie en la pared detrás de ella y movió la cabeza al ritmo de la música que sonaba en un automóvil cercano. Al fin, escribió: Pizza. Sábado en la noche, a las seis. Si llegas tarde, olvídalo.

Al instante, Connor empezó a escribir una respuesta. Luego hubo una pausa. Luego volvió a empezar.

Después, al fin, llegó el mensaje.

Nunca te haré esperar.

Ella puso los ojos en blanco y escribió, No hagas promesas que no puedes cumplir.

Más tecleo, algo borrado, tecleo. Luego, ¿Es en serio… lo de la pizza?

¿Parece que estoy bromeando, Connor?

Te veías deliciosa cuando saliste del departamento.

El calor se arremolinó en su cuerpo y se mordió el labio. Maldito bastardo encantador y arrogante. Dile a Danika que voy a Cuervo con Juniper y Fury. Te veo en dos días.

Hecho. ¿Y qué hay de como-sea-que-se-llame?

REID y ya terminé oficialmente con él.

Qué bueno. Me estaba empezando a preocupar que iba a tener que matarlo.

A ella se le revolvió el estómago.

Connor agregó rápido, Es broma, Bryce. No seré un alfadejo contigo, te lo prometo.

Antes de que ella pudiera responder, su teléfono volvió a vibrar.

Esta vez, era Danika. CÓMO TE ATREVES A IR AL CUERVO SIN MÍ. TRAIDORA.

Bryce soltó una risotada. Disfruta la Noche de Jauría, idiota.

NO TE DIVIERTAS SIN MÍ. TE LO PROHÍBO.

Ella sabía que aunque a Danika le costara mucho quedarse en casa, no dejaría a la jauría. No en la noche que todos tenían juntos, la noche que usaban para mantener fuertes los lazos entre ellos. No después de este día de mierda. Y sobre todo no mientras Briggs estuviera libre, con motivos para vengarse de toda la Jauría de Diablos.

Esa lealtad era la razón por la cual amaban a Danika, la razón por la que peleaban con tal ferocidad por ella, por la que daban todo por ella una y otra vez cuando Sabine preguntaba en público si su hija se merecía la responsabilidad y el estatus de ser la segunda en línea. El dominio era lo único que dictaba la jerarquía del poder entre los lobos de Ciudad Medialuna, pero el linaje de tres generaciones conformado por el Premier de los lobos, la Premier Heredera y lo que fuera Danika (¿la Heredera de la Heredera?) era una rareza. La explicación habitual era que las líneas de sangre eran poderosas y antiguas.

Danika había pasado incontables horas investigando la historia de las cuadrillas metamorfas de otras ciudades: por qué los leones habían llegado a gobernar en Hilene, por qué los tigres supervisaban Korinth, por qué los halcones reinaban en Oia. Si el dominio que definía el estatus del Premier Alfa pasaba por las familias o si cambiaba. Los metamorfos no depredadores podían ser líderes en el Aux de una ciudad, pero era raro. Para ser honesta, a Bryce le aburría muchísimo todo esto. Y si alguna vez Danika averiguó por qué la familia Fendyr tenía una rebanada tan grande del pastel del dominio, nunca se lo dijo a Bryce.

Bryce le respondió a Connor, Buena suerte manejando a Danika.

Él se limitó a responder, Me está diciendo lo mismo de ti.

Bryce estaba a punto de guardar su teléfono cuando la pantalla se volvió a encender. Connor había agregado, No te arrepentirás de esto, he tenido mucho tiempo para decidir las maneras en que voy a mimarte. Y todo lo que nos vamos a divertir.

Acosador, respondió Bryce, pero sonrió.

Ve a divertirte. Nos veremos en unos días. Mándame un mensaje cuando llegues a tu casa.

Bryce releyó la conversación dos veces porque de verdad era una puta perdedora y ya estaba pensando si decirle a Connor que no esperara y que se reuniera con ella ahora, cuando sintió la presión de algo frío y metálico contra su garganta.

—Y estás muerta —canturreó una voz femenina.

Bryce gritó e intentó tranquilizar su corazón, que había pasado de estúpido-ilusionado a estúpido-asustado de un latido al siguiente.

—No hagas eso, carajo —le refunfuñó a Fury cuando ella bajó el cuchillo de la garganta de Bryce y lo volvió a enfundar en su espalda.

—No seas un blanco con patas —le respondió Fury con frialdad.

Tenía el largo cabello color ónix atado en una coleta alta, lo cual resaltaba las líneas definidas de su rostro moreno claro. Miró la fila para entrar al Cuervo, sus ojos hundidos color castaño se fijaron en todo, prometiendo la muerte a cualquiera que se metiera con ella. Pero debajo de eso… era una fortuna que las mallas de cuero negro, la blusa de terciopelo pegada al cuerpo y las botas increíbles no olían a sangre. Fury estudió el aspecto de Bryce.

—Apenas te pusiste maquillaje. Ese humanito debió haberte visto y seguro supo de inmediato que ibas a terminar con él.

—Estaba demasiado ocupado en su teléfono como para darse cuenta.

Fury miró deliberadamente hacia el teléfono de Bryce, que todavía estaba apretado en su mano.

—Danika va a clavarte los huevos en una pared cuando le cuente que te encontré así de distraída.

—Es su propia puta culpa —respondió Bryce.

La única respuesta fue una sonrisa aguda. Bryce sabía que Fury era vanir, pero no tenía idea de qué tipo. Tampoco tenía idea de a qué casa pertenecía. Preguntar no era cortés y Fury, aparte de su velocidad, gracia y reflejos sobrenaturales, nunca había revelado otra forma ni tampoco sugerencias de magia más allá de lo más básico.

Pero era una civitas. Una ciudadana completa, lo cual significaba que debía ser algo que ellos consideraban valioso. Con sus habilidades, la Casa de Flama y Sombra era el lugar más adecuado para ella, a pesar de que Fury no era daemonaki, vampiro ni espectro. Tampoco era una bruja-convertida-en-hechicera como Jesiba. Ni nigromante, porque sus dones parecían consistir en tomar vidas, no traerlas de vuelta de forma ilegal.

—¿Dónde está la de las piernas? —preguntó Fury, mientras le quitaba la botella de vino a Bryce y le daba un trago. Empezó a ver con atención los clubes y bares repletos de la calle Archer.

—Sepa el Averno —respondió Bryce. Le guiñó a Fury, mostró la bolsa de plástico con risarizoma y sacudió los doce cigarros negros enrollados que había dentro—. Conseguí algunas cositas.

La sonrisa de Fury fue un destello de labios rojos y dientes blancos. Metió la mano en el bolsillo trasero de sus mallas y sacó una bolsita de polvo blanco que brillaba con una iridiscencia de fuego bajo la luz de la calle.

—Yo también.

Bryce entrecerró los ojos al ver el polvo.

—¿Eso es lo que acaban de intentar venderme?

Fury se quedó inmóvil.

—¿Qué te dijeron que era?

—Una nueva droga para fiestas que te hace sentir como dios, no sé. Súper cara.

Fury frunció el ceño.

—¿Sinte? Aléjate de eso. Es mierda de la mala.

—Está bien —confiaba lo suficiente en Fury como para hacer caso a su advertencia. Bryce miró el polvo que Fury todavía tenía en su mano.

—No puedo tomar nada que me haga alucinar durante días, por favor. Tengo que trabajar mañana.

Y en el trabajo tendría al menos que fingir que sabía cómo encontrar ese maldito Cuerno.

Fury se metió la bolsita en el sostén negro. Le dio otro trago al vino antes de pasárselo de nuevo a Bryce.

—Jesiba no va a poder olerlo en ti, no te preocupes.

Bryce tomó a la delgada asesina del brazo.

—Entonces vamos a hacer que nuestros ancestros se revuelquen en sus tumbas.

Imagen decorativa

El hecho de que tendría una cita con Connor en unos días no significaba que debía comportarse.

Así que, dentro del santuario del Cuervo Blanco, Bryce saboreó todos y cada uno de los deleites que éste ofrecía.

Fury conocía al dueño, Riso, ya sea por el trabajo o por lo que fuera que hiciera en su vida personal. Por lo tanto, nunca tenían que esperar en fila. El exótico metamorfo de mariposa siempre tenía un gabinete abierto para ellas.

Ninguno de los meseros sonrientes y vestidos de muchos colores que les trajeron sus bebidas parpadeó al ver las líneas de polvo blanco brillante que Fury acomodó con un movimiento de la mano; tampoco se inmutaron con las nubes de humo que brotaban en ondas de los labios de Bryce cuando inclinaba la cabeza hacia atrás y reía viendo la bóveda de espejos del techo.

Juniper tenía una clase en la academia de baile al amanecer, así que se abstuvo del polvo, el humo y el alcohol. Pero eso no evitó que se ausentara unos veinte minutos con un hada de pectorales musculosos que vio la piel color café oscuro, el rostro exquisito, el cabello largo y negro y las piernas largas que terminaban en pezuñas delicadas y casi le rogó a la fauna de rodillas que lo tocara.

Bryce se limitó a sentir el pulso de la música y la euforia brillar por su sangre más rápido que un ángel proveniente del cielo, al sudor que se deslizaba por su cuerpo mientras se contorsionaba en la antigua pista de baile. Apenas iba a poder caminar mañana, tendría sólo medio cerebro funcional pero, carajo… más, más, más.

Riendo, llegó a la mesa baja de su gabinete privado situado entre dos pilares derruidos; riendo, se arqueó hacia atrás mientras una de sus uñas rojas soltaba su contenido polvoso en una fosa nasal y se dejó caer en la banca de cuero oscuro; riendo, bebió agua y vino de saúco y dando traspiés regresó a la multitud que bailaba.

La vida era buena. La vida era jodidamente buena; no podía esperar un puto minuto para hacer el Descenso con Danika y hacer esto hasta que la tierra se redujera a polvo.

Encontró a Juniper bailando entre una manada de sílfides que celebraban el Descenso exitoso de una amiga. Sus cabezas plateadas estaban adornadas con diademas hechas de varitas fluorescentes de colores neón llenas de la luzprístina designada para su amiga, la cual había generado cuando completó con éxito el Descenso. Juniper había logrado robarse un halo luminoso y, mientras bailaba con Bryce y entrelazaban sus dedos, su cabello brillaba con luz azul.

La sangre de Bryce latía al ritmo de la música, como si ella estuviera hecha sólo para esto: el momento cuando se convertía en notas y ritmos y bajos, cuando se convertía en una canción encarnada. Los ojos brillantes de Juniper le informaron a Bryce que ella entendía, que ella siempre había entendido la libertad y dicha y liberación particulares que surgían del baile. Como si sus cuerpos estuvieran tan llenos de sonido que apenas pudieran contenerlo, que apenas pudieran soportarlo, y que sólo el baile podía expresarlo, saciarlo, honrarlo.

Machos y hembras se reunieron a observarlas, sus miradas lujuriosas cubrían la piel de Bryce como sudor. Cada uno de los movimientos de Juniper se sincronizaba con los de ella sin siquiera un asomo de titubeo, como si ellas fueran pregunta y respuesta, sol y luna.

La silenciosa y bonita Juniper Andrómeda: la exhibicionista. Incluso mientras bailaba en el corazón sagrado y antiguo del Cuervo, era dulce y tranquila, pero brillaba.

O tal vez era todo el buscaluz que Bryce había ingerido vía nasal.

El cabello se le pegaba al cuello sudoroso, tenía los pies completamente entumidos debido al ángulo pronunciado de sus tacones, la garganta destrozada por gritar las canciones que sonaban en el club.

Logró enviar unos cuantos mensajes a Danika junto con un video, porque apenas podía leer lo que le estaban enviando de todas maneras.

Mañana le iría del carajo si se presentaba al trabajo sin poder leer.

El tiempo se hizo más lento y sangró. Aquí, bailando entre los pilares y sobre las rocas desgastadas del templo renacido, el tiempo no existía para nada.

Tal vez se quedaría a vivir aquí.

Renunciaría a su trabajo en la galería y viviría en el club. Podrían contratarla para bailar en una de las jaulas de metal que colgaban del techo de cristal, bastante elevadas sobre las ruinas del templo que formaban la pista de baile. Seguro no podrían decir su mierda sobre el tipo de cuerpo equivocado. No, le pagarían por hacer lo que amaba, lo que la hacía sentirse viva más que cualquier otra cosa.

Sonaba como un plan razonable, pensó Bryce más tarde al ir caminando con torpeza por su propia calle, aunque no recordaba haber salido del Cuervo, ni haberse despedido de sus amigas, ni cómo había llegado hasta aquí. ¿Taxi? Había gastado todos sus marcos en las drogas. A menos que alguien hubiera pagado…

Daba igual. Pensaría en eso mañana… en caso de que pudiera dormir. Quería mantenerse despierta, bailar para pinche siempre. Sólo que… cómo le dolían los putos pies. Y los tenía casi negros y pegajosos…

Bryce se detuvo frente a la puerta de su edificio y gimió al desabrocharse los zapatos y tomarlos en la mano. Una contraseña. Su edificio requería una contraseña para entrar.

Bryce se quedó viendo el teclado como si fuera a abrir los ojos y decirle la clave. Algunos edificios sí lo hacían.

Mierda. Miiierda. Sacó el teléfono y la pantalla brillante parecía quemarle los ojos. Intentó entrecerrarlos y alcanzó a distinguir varias docenas de alertas de mensaje. No distinguía bien unos de otros y sus ojos intentaban sin éxito enfocar lo suficiente para poder leer una sola letra que tuviera sentido. Aunque lograra de alguna manera llamar a Danika, su amiga le iba a arrancar la cabeza.

El chirrido del timbre del edificio encabronaría a Danika aún más. Bryce dudó temerosa, saltando de un pie al otro.

¿Cuál era la contraseña? La contraseña, la contraseña, la contraseñaaaaa…

Ah, ahí estaba. Escondida en un bolsillo trasero de su mente.

Ingresó alegremente los números y escuchó el zumbido cuando se abrió el cerrojo con un sonido débil y metálico.

Frunció el ceño al sentir el olor desagradable del cubo de las escaleras. Ese maldito conserje. Ya se arreglaría con el idiota. Lo empalaría con estos tacones inútiles y baratos que le habían destrozado los pies…

Bryce puso uno de sus pies descalzos en las escaleras con una mueca de dolor. Esto iba a ser doloroso. Como caminar en vidrio.

Dejó que los tacones cayeran en el piso de loseta, murmuró una ferviente promesa de regresar por ellos mañana y con ambas manos se asió del barandal metálico pintado de negro. Tal vez podría montarse en el barandal y arrastrarse hacia arriba.

Dioses, qué peste. ¿Qué comía la gente en este edificio? O, para el caso, ¿a quién se comían? Con suerte, no se comían a las medias hadas borrachas y drogadísimas que no lograban subir las escaleras.

Si Fury había adulterado el buscaluz, carajo, Bryce la mataría.

Resopló por la gracia que le hizo pensar en siquiera intentar matar a la famosa Fury Axtar y continuó arrastrándose hacia arriba, escalón por escalón.

Pensó en dormir en el descanso del segundo nivel, pero la peste era abrumadora.

Tal vez tendría suerte y Connor todavía estaría en el departamento. Y entonces vaya que tendría suerte.

Dioses, quería buen sexo. Sexo sin limitaciones, sexo de gritar a todo pulmón. Sexo de romper la cama. Sabía que Connor sería así. Más que eso. Iría mucho más allá de lo físico con él. Honestamente podría terminar de fundir lo que le quedaba de cerebro esa noche.

Por eso había sido una cobarde, por eso estaba evitando pensar en ello desde el momento en que se asomó por su puerta hacía cinco años, cuando vino nada más a saludar a Danika y a conocer a su nueva compañera de departamento y sólo… se miraron fijamente.

Tener a Connor viviendo a cuatro puertas de distancia durante el primer año había sido el peor tipo de tentación. Pero Danika le había dado la orden de mantenerse lejos hasta que Bryce se le acercara a él y, a pesar de que todavía no habían formado la Jauría de Diablos, Connor obedeció. Por lo visto Danika había retirado la orden esta noche.

La hermosa y malvada Danika. Bryce sonrió mientras continuaba medio arrastrándose hacia el descanso del tercer piso, se logró equilibrar y sacó las llaves de su bolso, que había logrado conservar por una especie de milagro. Dio unos cuantos pasos tambaleantes por el pasillo que compartían con otro departamento.

Danika iba a estar tan encabronada. Tan enojada de que Bryce no sólo se hubiera divertido sin ella, sino también de que se hubiera puesto en tal estado que no podía recordar cómo leer. Ni la contraseña de acceso al edificio.

La luz prístina parpadeante le ardía tanto en los ojos que hizo que los entrecerrara de nuevo casi por completo. Caminó por el pasillo. Debería darse una ducha, si lograba recordar cómo funcionaban las perillas. Lavarse los pies entumidos y asquerosos.

En especial después de que pisara un charco frío debajo de una tubería que goteaba en el techo. Se estremeció, apoyó una mano en la pared y continuó avanzando.

Mierda. Demasiadas drogas. Ni siquiera su sangre hada podía limpiarlas con la rapidez necesaria.

Pero ya había llegado a su puerta. Llaves. Sí… ya las tenía en la mano.

Eran seis. ¿Cuál era la suya? Una abría la galería, una abría los diversos tanques y jaulas en los archivos, una abría la jaula de Syrinx, una era para la cadena de su motoneta, una era la de su motoneta… y una era para la puerta. Esta puerta.

Las llaves de latón tintinearon y se mecieron, reflejando las lucesprístinas y luego se mezclaron con el metal pintado del pasillo. Se le resbalaron de los dedos flojos y cayeron haciendo ruido en la loseta.

—Mieeeerda —la palabra fue una larga exhalación.

Apoyó una mano en el marco de la puerta para evitar caer de sentón y se agachó para recoger las llaves.

Algo frío y mojado tocó las puntas de sus dedos.

Bryce cerró los ojos y se concentró en que el mundo dejara de girar. Cuando los abrió, enfocó la vista en la loseta frente a la puerta.

Rojo. Y el olor… no era la peste de antes.

Era sangre.

Y la puerta del departamento estaba abierta.

El cerrojo estaba destrozado y la perilla despren­dida.

Hierro, la puerta era de hierro y estaba encantada con los mejores hechizos disponibles para mantener fuera a invitados no deseados, atacantes y magia. Esos hechizos fueron lo único que Bryce había permitido que Danika comprara por ella. No quiso saber cuánto habían costado porque sabía que tal vez era el doble del salario anual de sus padres.

La puerta ahora parecía un trozo de papel arrugado.

Parpadeó rapidamente y se incorporó. Malditas drogas en su sistema, maldita Fury. Le había prometido que no habría alucinaciones.

Bryce nunca volvería a contaminar su cuerpo con esas drogas, jamás. Le diría a Danika en cuanto amaneciera. Nunca más. Nunca. Más.

Se frotó los ojos y el rímel se le corrió en las puntas de los dedos. Los dedos llenos de sangre…

La sangre seguía ahí. La puerta destrozada también.

—¿Danika? —dijo con voz ronca. Si el atacante seguía ahí dentro… —. ¿Danika?

La mano sangrienta, la suya, empujó la puerta doblada para abrirla más.

La oscuridad le dio la bienvenida.

El olor a cobre de la sangre y ese olor a putrefacción la golpearon.

Todo su cuerpo se contrajo, cada uno de sus músculos se puso en alerta y todos sus instintos le gritaban que corriera, corriera, corriera.

Pero sus ojos de hada se acostumbraron a la oscuridad y revelaron el departamento.

Lo que quedaba de él.

Lo que quedaba de ellos.

Ayuda, tenía que conseguir ayuda, pero…

Entró al departamento destrozado.

—¿Danika? —la palabra era un sonido crudo y resquebrajado.

Los lobos habían peleado. No quedaba un solo pedazo de mobiliario intacto, que no estuviera rasgado o roto.

Tampoco había un cuerpo intacto. Lo único que quedaba eran pedazos amontonados.

—DanikaDanikaDanika…

Tenía que llamar a alguien, tenía que gritar para pedir ayuda, tenía que llamar a Fury, o a su hermano, a su padre, necesitaba a Sabine…

La puerta de la recámara de Bryce estaba destrozada y el umbral pintado de sangre. Los carteles de ballet colgaban hechos jirones. Y sobre la cama…

Sabía en sus huesos que no era una alucinación, lo que yacía en su cama, sabía en sus huesos que lo que se desangraba en su pecho era su corazón.

Danika estaba ahí. Hecha pedazos.

Y al pie de la cama, por toda la alfombra desgarrada y en pedazos más pequeños, como si hubiera muerto defendiendo a Danika… supo que eso era Connor.

Supo que el montón justo a la derecha de la cama, el más cercano a Danika… eso era Thorne.

Bryce se quedó mirando. Mirando.

Tal vez el tiempo se detuvo. Tal vez estaba muerta. No podía sentir su cuerpo.

Se escuchó el eco de un golpe metálico proveniente del exterior. No del departamento, del pasillo.

Se movió. El departamento se deformaba, se encogía y se expandía como si estuviera respirando. El piso subía con cada inhalación, pero Bryce logró moverse.

La pequeña mesa de la cocina estaba hecha pedazos. Tomó una de las patas de madera y la envolvió con sus dedos temblorosos y cubiertos de sangre. La levantó por encima de su hombro y se asomó hacia el pasillo.

Tardó un par de parpadeos en despejar su vista. Esas malditas drogas…

La puerta oxidada del ducto de la basura estaba abierta y cubierta de sangre que olía a lobo y unas huellas que no eran humanas manchaban el piso de loseta en dirección a las escaleras.

Era real. Parpadeó una y otra vez, meciéndose en la puerta…

Real. Eso significaba…

Como si fuera una espectadora, se vio a sí misma lanzarse hacia el pasillo.

Se vio azotando contra la pared frente a ella, rebotando y después poniéndose de pie para bajar corriendo por las escaleras.

Quien fuese el responsable de la matanza debió haberla oído llegar y se escondió en el ducto de la basura, esperando para atacarla o escaparse desapercibido…

Bryce corrió por las escaleras y una niebla blanca y brillante le cubrió la vista. Arrasó con toda inhibición e hizo caso omiso de todas las alertas.

La puerta de vidrio al final de las escaleras ya estaba rota. La gente gritaba afuera.

Bryce saltó desde el último descanso.

Sintió cómo le tronaron las rodillas y cómo se doblaron cuando cayó. Los pies descalzos se le iban destrozando con el vidrio del piso del vestíbulo de entrada. Luego se lastimó más al salir por la puerta y hacia la calle, buscando…

A su derecha, la gente ahogaba gritos. Otros daban alaridos. Los automóviles estaban detenidos; los conductores y pasajeros veían en dirección a un callejón angosto entre el edificio y la construcción vecina.

Sus rostros se deformaron y estiraron, retorciendo su horror para convertirlo en algo grotesco, algo extraño y primigenio y…

Esto no era una alucinación.

Bryce corrió al otro lado de la calle, siguiendo los gritos, la peste…

Su aliento le desgarraba los pulmones, pero continuó a toda velocidad por el callejón, esquivando montones de basura. No sabía qué estaba persiguiendo, pero no le llevaba mucha ventaja.

¿Dónde estaba, dónde estaba?

Todos sus pensamientos lógicos eran como un listón que flotaba sobre su cabeza. Los leyó, como si estuviera siguiendo la información en el tablero de noticias de la casa de bolsa que estaba al costado de un edificio en el DCN.

Un vistazo, aunque no pudiera matarlo. Sólo un vistazo para poder identificarlo, por Danika…

Bryce salió del callejón y llegó a la transitada avenida Central. La calle estaba llena de gente que huía y de automóviles que hacían sonar sus bocinas. Saltó por encima de los cofres de los autos, los escaló uno tras otro, cada movimiento tan ágil como uno de sus pasos de baile. Salto, giro, arco… su cuerpo no le falló. No mientras seguía la peste putrefacta de la criatura hacia otro callejón. Y otro y otro.

Estaban ya casi llegando al Istros. Un gruñido y un rugido rasgaron el aire delante de ella. Provenían de otro callejón conectado que era más como un nicho sin salida entre dos edificios de ladrillo.

Levantó la pata de la mesa, deseando haber llevado la espada de Danika. Se preguntó si Danika siquiera habría tenido tiempo de desenfundarla…

No. La espada estaba en la galería, donde Danika no hizo caso a la advertencia de Jesiba y la dejó en el armario. Bryce dio la vuelta en la esquina del callejón.

Había sangre en todas partes. En todas partes.

Y la cosa a medio callejón… no era vanir. No uno que ella hubiera visto antes.

¿Un demonio? Una especie de fiera con piel lisa y gris, casi translúcida. Caminaba sobre cuatro extremidades largas y delgadas, pero parecía vagamente humanoide. Y estaba comiéndose a alguien más.

A… a un malakh.

La sangre cubría la cara del ángel, empapaba su cabello y ocultaba las facciones hinchadas y golpeadas que quedaban abajo. Sus alas blancas estaban abiertas y rotas, su cuerpo poderoso arqueado en agonía mientras la bestia le desgarraba el pecho con sus fauces llenas de colmillos transparentes y cristalinos que se clavaban con facilidad en la piel y el hueso…

Bryce no pensó, no sintió.

Se movió, veloz como le había enseñado Randall, brutal como él le había hecho aprender.

Golpeó la cabeza de la criatura con la pata de la mesa con tanta fuerza que se oyó el crujido del hueso y la madera.

El golpe lo separó del ángel y la criatura giró hacia ella, sus patas traseras se retorcieron a sus espaldas mientras que sus patas delanteras —brazos— raspaban líneas en el empedrado del callejón.

La criatura no tenía ojos. Nada más planos lisos de hueso sobre dos hendiduras profundas: su nariz.

Y la sangre que le brotaba de la frente… era transparente, no roja.

Bryce jadeó y el malakh gimió una especie de súplica sin palabras mientras la criatura la olfateaba.

Ella parpadeó y parpadeó, concentrándose para que el buscaluz y el risarizoma se salieran de su sistema, intentando hacer que la imagen frente a ella dejara de estar borrosa…

La criatura se lanzó al ataque. No hacia ella, sino hacia el ángel. De regreso al pecho y el corazón que estaba intentando alcanzar. La presa más grande.

Bryce avanzó rápido y volvió a blandir la pata de la mesa. Sintió en la palma de la mano el dolor de las vibraciones de la pata al chocar contra el hueso. La criatura rugió y se abalanzó sobre ella a ciegas.

Ella lo esquivó, pero sus colmillos afilados y transparentes le rasgaron el muslo cuando giraba para alejarse.

Gritó, perdió el equilibrio y blandió la pata hacia arriba cuando la criatura volvía a saltar, esta vez hacia su garganta.

La madera destrozó los dientes transparentes. El demonio aulló, tan fuerte que sus oídos de hada casi se reventaron y ella se atrevió a parpadear un instante…

Se escuchó el sonido de garras sobre roca y luego nada.

Daba la vuelta por la esquina del edificio de ladrillos donde estaba recargado el malakh. Podía seguirlo por las calles, podía mantenerlo a la vista suficiente tiempo para que llegara el Aux o la 33a…

Bryce se atrevió a dar un paso pero escuchó el gemido del ángel otra vez. Tenía la mano contra el pecho y presionaba con debilidad. No con suficiente fuerza para evitar que brotara la sangre de la mordedura mortal. A pesar de su poder de sanación rápido, aunque ya hubiera hecho el Descenso, las heridas eran lo suficientemente grandes para ser fatales.

Alguien gritó en una calle cercana cuando la criatura saltó entre edificios.

Ve, ve, ve.

La cara del ángel estaba tan golpeada que apenas era más que un trozo de carne hinchada.

La pata de la mesa cayó en un charco de sangre del ángel cuando Bryce se lanzó hacia él, intentando controlar su propio grito por la herida lacerante que tenía en el muslo. Alguien le había vertido ácido en la piel, en los huesos.

Una oscuridad insoportable, impenetrable, la recorrió y cubrió todo su interior.

Pero presionó la mano contra la herida del ángel intentando no sentir la carne mojada y desgarrada, los picos que formaba el esternón destrozado. La criatura estaba intentando comerse su corazón…

—Teléfono —jadeó—. ¿Tienes un teléfono?

El ala blanca del ángel estaba tan desgarrada que era básicamente un cúmulo de astillas rojas. Pero se movió un poco para dejar a la vista el bolsillo de sus jeans negros. El bulto cuadrado dentro.

No supo ni cómo logró sacar el teléfono con una mano. El tiempo seguía atorándose, se aceleraba y se detenía. El dolor le perforaba la pierna con cada respiración.

Pero tomó el aparato negro y brillante en las manos golpeadas y empezó a marcar el número de emergencias con tal fuerza que casi se rompió las uñas rojas.

Una voz masculina respondió al primer timbre.

—Rescate de Ciudad Medialuna…

—Ayuda —dijo con voz entrecortada—. Ayuda.

Una pausa.

—Señorita, necesito que me especifique dónde está, cuál es la situación.

—En la Vieja Plaza. Río, cerca del río, cerca de la calle Cygnet… —pero eso era donde ella vivía. Estaba a varias cuadras de distancia. No sabía en qué calles estaba—. Por favor, por favor, ayuda.

La sangre del ángel le empapó el regazo. A ella le sangraban las rodillas raspadas.

Y Danika estaba

Y Danika estaba

Y Danika estaba

—Señorita, necesito que me diga dónde está, podemos enviar lobos a la escena en un minuto.

Entonces ella sollozó y los dedos sin fuerza del ángel le rozaron la rodilla lastimada. Como si quisiera consolarla.

—Teléfono —logró decir e interrumpió al hombre al teléfono—. Su teléfono, rastréenlo, rastréenos. Encuéntrenos.

—Señorita, usted…

—Rastreen este teléfono.

—Señorita, necesito un momento para…

Ella abrió la pantalla principal del teléfono y presionó varias veces en su desesperación hasta que ella misma encontró el número.

—112 03 0577.

—Señorita, los registros…

—¡112 03 0577! —gritó al teléfono. Una y otra vez—. ¡112 03 0577! ¡112 03 0577!

Era todo lo que podía recordar. Ese estúpido número.

—Señorita… santos dioses —la línea se entrecortó—. Ya van para allá —logró decir en una exhalación el hombre.

Intentó preguntarle sobre las heridas del ángel, pero ella dejó caer el teléfono porque las drogas volvieron a tirar de ella, la jalaban y se tambaleó. El callejón se deformó y onduló.

La mirada del ángel se cruzó con la de ella, estaba tan llena de agonía que Bryce pensó que así debía verse su propia alma.

La sangre seguía brotando ente sus dedos. No se detuvo.