INTRODUCCIÓN

En una etapa temprana de mi vida, decidí que, cuando creciera, ayudaría a niños necesitados. A lo largo de mi infancia, mis padres siempre ayudaron a quienes pudieron. Ambos eran jefes de correos que tenían un don especial para reconocer a un desamparado. Ya sea que hicieran donaciones anónimas a alguien necesitado o que le dieran la mano a alguien que pasara por una mala racha, eran generosos con lo que teníamos.

Así, no sorprende que mi hermana y yo hayamos sido trabajadoras sociales; mis padres fueron trabajadores sociales no oficiales durante años. Mucho antes de que obtuviera mi licencia de trabajadora social, mi meta era volverme padre adoptivo.

Crecí sabiendo que había niños que no tenían familias. Algunos de ellos no tenían hogar. Y muchos de ellos nunca se habían sentido amados. Así que decidí que un día, cuando tuviera mi propia casa, alojaría a niños que necesitaran un lugar para vivir.

Cuando estaba en la preparatoria conocí a Lincoln, mi futuro esposo. Era una persona aventurera que amaba viajar, conocer a nuevas personas e intentar nuevas cosas. Le comenté que una de mis metas era ser padre adoptivo. Afortunadamente, le encantó la idea. Justo después de casarnos —cuando estaba por terminar la universidad— compramos una casa de cuatro recámaras y comenzamos el proceso para un permiso para una casa hogar. Escogimos volvernos padres adoptivos temporales, lo que significaba que criaríamos niños con serios problemas de conducta y emocionales. Había clases que teníamos que tomar, cursos a distancia que completar y modificaciones que hacer a nuestra casa para cumplir con los requerimientos para una licencia de padres adoptivos.

Sin embargo, un año después, justo cuando estábamos terminando el proceso para la licencia, mi madre murió de forma repentina de un aneurisma cerebral. En su funeral, escuché innumerables historias —muchas de personas que nunca conocí— sobre cómo ella los ayudó de una u otra manera. Al escuchar esas historias sobre todas las vidas que tocó me recordaron lo que era realmente importante en la vida: el legado que dejas atrás. La generosidad de mi madre llenó más que nunca mi deseo de ayudar a los niños.

Unos meses después, nuestro permiso para una casa hogar temporal llegó y nuestro viaje como padres adoptivos comenzó. Para ese entonces estaba trabajando como psicoterapeuta en un centro de salud mental de la comunidad. Trabajaba exclusivamente con niños —muchos de los cuales tenían problemas de conducta— y sus padres. Ser un padre adoptivo temporal me dio la oportunidad de aplicar los principios que enseñaba a los padres en mi consultorio en los niños que venían a nuestro hogar.

A Lincoln y a mí nos gustaba mucho ser padres adoptivos y comenzamos a hablar sobre adopción definitiva. No obstante, ninguno de los niños que estaban con nosotros estaban disponibles para adopción. Todos tenían planes para volver con sus familias de origen o para ser adoptados por otros familiares. Así que comenzamos a buscar la adopción y nos apuntamos en las listas de espera para ver si podíamos encontrar a un niño que pudiera ajustarse a nuestra familia.

Sin embargo, en el tercer aniversario de la muerte de mi madre todas nuestras expectativas de adoptar un niño cambiaron en un instante. Al caer la tarde del sábado, Lincoln dijo que no se sentía bien. Unos minutos más tarde tuvo un síncope. Llamé a una ambulancia y los paramédicos lo llevaron al hospital. Llamé a la familia de Lincoln y ellos me encontraron en la sala de emergencias. No estaba segura de cómo explicarles lo que había pasado. Todo había pasado tan rápido.

Nos sentamos en la sala de espera hasta que un doctor salió y nos invitó a pasar a la sala de urgencias. Pero más que llevarnos a ver a Lincoln, nos condujo a un pequeño cuarto privado e hizo que nos sentáramos. Las palabras que salieron de su boca cambiaron mi vida para siempre. “Siento decírselo, pero Lincoln falleció”.

Y con esa frase, pasé de mis planes de adoptar a un niño a planear el funeral de mi esposo. Los meses siguientes fueron borrosos.

Más tarde supimos que murió de un ataque al corazón. Sólo tenía veintiséis años y no tenía historia alguna de problemas cardiacos. Pero, a fin de cuentas, no importa de qué había muerto. Todo lo que importaba y lo que sabía era que se había ido.

Afortunadamente, justo en ese momento no teníamos viviendo con nosotros a ningún niño. Tan sólo podía imaginar lo traumático que hubiera sido para un niño adoptado temporalmente haber estado ahí. En realidad, teníamos planes para que un niño pequeño se fuera a vivir con nosotros ese fin de semana. Cuando su guardián se enteró de la noticia, le encontró otro hogar adoptivo.

Por un tiempo no estuve segura de si quería ser un padre adoptivo sin pareja. Trabajaba de tiempo completo, y con niños adoptivos temporales siempre hay muchas citas, visitas a familias biológicas, y encuentros con guardianes y abogados. Podría considerarse un trabajo rudo desde un punto de vista práctico, pero también uno emocional. Me alejé de la adopción casi un año. Con la ayuda de mi fe en dios, el amor de mis amigos y de mi familia y del conocimiento que tenía del dolor a partir de mi trabajo como terapeuta, puse un pie delante del otro.

Tomó casi un año para que la neblina de mi dolor comenzara a disiparse. Pero una vez que sentí que estaba en una situación en la que podía ser un padre efectivo, notifiqué a los administradores de casas hogar que estaba lista nuevamente para ser un padre adoptivo.

Comencé mi nueva aventura como padre sin pareja trabajando sin descanso casi todos los fines de semana. Eso quería decir que atendía niños adoptivos cuyos padres adoptivos de tiempo completo necesitaban un descanso de unos días o necesitaban atender asuntos familiares sin que sus hijos adoptivos estuvieran presentes.

La transición de vuelta a la adopción se dio de manera suave y me dio algo con que contar los fines de semana. Como una viuda joven, me di cuenta de que a veces era un reto mantenerme activa. Pero atender niños me daba un sentido de significado y propósito.

Me tomó un par de años establecer un nuevo sentido de “normalidad” en mi vida sin Lincoln. Muchas de las cosas que disfrutaba hacer con Lincoln no eran tan divertidas sin él. Y aunque algunas personas me animaban a que empezara a salir con alguien, no estaba interesada.

Todo cambió, sin embargo, cuando conocí a Steve. Era distinto de cualquiera que hubiera conocido. Y no tomó mucho para que nos enamoráramos. Afortunadamente, a él no le asustaba el hecho de que fuera viuda y que mi meta fuera seguir siendo un padre adoptivo.

Después de salir durante un año, nos escapamos a Las Vegas y comenzamos un nuevo capítulo de nuestras vidas. Steve tenía que pasar también por el proceso para la licencia de padre adoptivo —revisión de sus antecedentes, clases y un estudio del hogar. Pero esta vez fue más rápido pues mi casa ya reunía los estándares para una licencia de padres adoptivos.

Nuestras vidas se mezclaron perfectamente y la vida por un momento fue viento en popa. Pero entonces Rob, el padre de Steve, fue diagnosticado con cáncer. En un principio tuvo un buen diagnóstico. Sin embargo, a pesar de los múltiples tratamientos, su salud se deterioró. Unos meses después, los doctores dijeron que su condición era terminal.

La noticia me golpeó como una tonelada de ladrillos. Ya había perdido a mi madre y a Lincoln. Rob y yo habíamos crecido cercanamente y no podía imaginar perderlo a él también. Comencé a pensar sobre cuán injusto era que tuviera que perder a otra persona tan cercana a mí en un periodo tan corto.

Pero antes de permitirme dar una larga y pesada fiesta de lástima, me recordé a mí misma que las personas mentalmente fuertes no sienten lástima de sí mismas. A lo largo de mi trabajo como terapeuta y de mis experiencias personales con el dolor, sabía que los malos hábitos como la autocompasión podrían robarme fuerza mental si los dejaba. Y por eso, me senté y escribí una lista de todas las cosas que las personas mentalmente fuertes no hacen.

Publiqué en mi blog la lista de las trece cosas que las personas mentalmente fuertes no hacen, esperando que alguien más la encontrara útil. En unos días mi lista se volvió viral y fue leída por decenas de millones de personas. Pero muy pocas personas sabían que yo había escrito ese artículo como una carta para mí durante uno de mis peores momentos.

Apenas dos semanas después de que el artículo se hubiera vuelto viral, Rob murió. Y a lo largo de mi luto me recordé no hacer las cosas que las personas mentalmente fuertes no hacen.

Ese artículo viral me brindó la oportunidad de escribir un libro sobre las trece cosas que las personas mentalmente fuertes no hacen. Fue un honor poder compartir esas lecciones que había aprendido sobre la resiliencia. Y, mientras recibí muchas preguntas de parte de los lectores, hubo una pregunta que recibí una y otra vez: ¿Cómo enseñamos estas habilidades a los niños?

También escuché decir a muchos lectores: “Ojalá hubiera aprendido esto hace tiempo”. Así que estoy entusiasmada de poder proporcionar una guía para enseñar a los niños cómo construir la fortaleza mental. Desarrollar a edad temprana el músculo mental los preparará para un brillante y mejor futuro.

A lo largo de mi trabajo como terapeuta y de mi experiencia como padre adoptivo, sé que es posible que niños de todas las edades y orígenes pueden llegar a ser mentalmente fuertes. Pero es esencial que los adultos en sus vidas procuren ayudarlos a practicar los ejercicios que los ayudarán a volverse más fuertes.

LOS BENEFICIOS DE CRIAR NIÑOS MENTALMENTE FUERTES

Frederick Douglass dijo una vez: “Es más fácil construir niños fuertes que reparar hombres rotos”. Como terapeuta sé que esto es cierto. Es más fácil ganar músculo mental durante la niñez. Y la niñez está llena de oportunidades para crecer.

No puedes evitar que tu hijo enfrente la adversidad. Va a fallar y ser rechazado. Va a experimentar pérdida y dolor del corazón. Y va a enfrentar tiempos difíciles.

Pero si le das las herramientas que necesita para construir la fortaleza mental, será capaz de transformar esas penurias en oportunidades y crecer más fuerte y ser mejor. No importa qué circunstancias enfrente en la vida, ni qué tipo de mano le tocó, él sabrá que es lo suficientemente fuerte para vencerlos.

Esto no quiere decir que tu hijo no luchará con sus emociones o que no tendrá dificultades para manejar el estrés. La fortaleza mental lo ayudará, no obstante, a superar las dificultades de una manera productiva. También le dará el valor para tratar los problemas de frente, ganar confianza en sus habilidades y aprender de sus errores.

LOS COMPONENTES DE LA FORTALEZA MENTAL

A medida que los niños crecen y aprenden, desarrollan creencias fundamentales sobre ellos mismos y sobre el mundo en general. Sin embargo, si no estás colaborando de manera proactiva a que tu hijo establezca una perspectiva sana, podría desarrollar creencias que limiten su potencial.

Las creencias fundamentales influyen en la manera en que los niños interpretan los hechos y cómo responden a las circunstancias. Más importante, esas creencias pueden volverse profecías autocumplidas. Un niño que se etiqueta como un perdedor, por ejemplo, no se esforzará por mejorar su vida. O también, un niño que cree que no puede tener éxito en la vida porque otras personas se lo impiden, es poco probable que cumpla con su potencial.

Las creencias fundamentales de tu hijo influyen en la manera en que piensa, siente y se comporta. Aquí doy un ejemplo de cómo las creencias fundamentales influyen en dos niños diferentes que no entran al equipo de baloncesto:

Niño # 1

Creencia fundamental: No soy muy bueno.

Pensamientos: Nunca seré bueno en baloncesto. No soy atlético.

Sentimientos: Triste y rechazado.

Conducta: Deja de jugar baloncesto.

Niño # 2

Creencia fundamental: Soy una persona capaz.

Pensamientos: Si practico, puedo mejorar. Tal vez ingrese al equipo el próximo año.

Sentimientos: Determinado y optimista.

Conducta: Practica baloncesto todos los días después de clase.

En tanto que las creencias fundamentales pueden ser modificadas más tarde en la vida, implica un reto mayor alterarlas en edad adulta. Después de aferrarte a una cierta creencia durante décadas, es más difícil “desaprender” lo que siempre habías considerado como cierto. Y los pensamientos malsanos, las conductas y los sentimientos que refuerzan esa creencia serán más difíciles de cambiar.

Además de ayudar a tu hijo a que construya creencias fundamentales sanas, necesitas también enseñarlo a regular sus pensamientos, a manejar sus emociones y a comportarse de una manera productiva. Aquí están tres componentes de la fortaleza mental:

Pensamientos. Pensamientos exageradamente negativos, dura autocrítica y predicciones catastróficas evitarán que tu hijo alcance su máximo potencial. Pero la solución no es sólo enseñar a tu hijo a ser optimista. Ser demasiado confiado e ignorar los peligros reales puede dejarlo mal equipado y mal preparado para las realidades de la vida. Hay que enseñarlo a tener una visión realista, de modo que pueda desempeñarse al máximo.

Conducta. La conducta improductiva, como quejarse y quedarse dentro de su zona de confort, interferirá con la educación de tu hijo, sus relaciones y su futuro carácter. Enseña a tu hijo a desafiarse y a tomar decisiones sanas, aun en los días en que no se sienta motivado.

Emociones. Quedar atrapado en el mal humor, perder la paciencia y evitar el miedo son sólo unas cuantas maneras en que la inhabilidad de tu hijo para regular sus emociones podría limitar su capacidad para vivir una vida rica y completa. Enseña a tu hijo a manejar sus emociones y disfrutará muchas recompensas para toda la vida, como un mejor autocontrol y mejores capacidades comunicativas.

POR QUÉ EL ENFOQUE ESTÁ EN LO QUE LOS PADRES MENTALMENTE FUERTES NO HACEN

En un mundo donde uno de cada trece niños en los Estados Unidos toma medicación psiquiátrica para problemas emocionales y de conducta y 31 por ciento de los adolescentes reporta sentirse abrumado por el estrés, es claro que actualmente la juventud no está aprendiendo cómo desarrollar la fortaleza mental. Muchos padres incluso no tienen idea de cómo ayudar a sus hijos a construir el músculo mental.

Ya se trate de un problema de manejo de la ira o un caso de imagen corporal, cada semana los padres llevan a sus hijos a mi consultorio preguntando: “¿Puede ayudar a mi hijo?”. Aun cuando siempre estoy contenta de ayudar, enseñar a un niño a cambiar la manera en que piensa, siente y se comporta, es un proceso lento en el que sólo lo veo una vez a la semana durante una sesión de terapia de una hora. Pero si puedo enseñar a los padres a entrenar a sus hijos, verán resultados mucho más rápido.

Como padre, tienes una oportunidad de ayudar a tu hijo a desarrollar el músculo mental todos los días dándole a diario ejercicios para practicar. Y estarás con él durante algunos de los mejores momentos de enseñanza de la vida. Ya sea que tenga un mal día o que esté luchando con un problema, puedes enseñarle cómo superarla.

Como expliqué en mi primer libro, desarrollar la fortaleza mental es casi igual a desarrollar la fortaleza física. Si quieres ser físicamente fuerte, necesitas buenos hábitos, como ir al gimnasio. Pero si en verdad quieres ver resultados, también necesitas desechar los malos hábitos, como comer comida chatarra.

Para desarrollar la fortaleza mental también necesitas buenos hábitos. Pero esto, asimismo, requiere que te deshagas de los pensamientos enfermizos, de las conductas y de los sentimientos que te detienen. Muchas veces, de manera inconsciente, los padres inhiben el crecimiento de los hijos, pues sólo se requieren pocos hábitos de los padres para interferir con la habilidad de los hijos para fortalecer su músculo mental.

Los ejercicios de fortaleza mental entrenan al cerebro de la misma manera en que los ejercicios físicos fortalecen el cuerpo. Al apoyar a tu hijo en la práctica de los ejercicios que propongo en cada capítulo lo ayudarás a fortalecer su músculo mental.

Seguir los consejos de las trece cosas que los padres mentalmente fuertes no hacen le dará a tu hijo las oportunidades de usar su músculo mental, lo cual le ayudará a crecer aún más fuerte. También, desechar los malos hábitos parentales te ayudará a trabajar de manera más inteligente, y no de manera más ardua. Con menos esfuerzo le enseñarás a tu hijo las habilidades que necesita.

No puedes enseñarle a tu hijo cómo ser mentalmente fuerte sólo al aleccionarlo con una lista de hábitos que debe evitar. Por ejemplo, decirle: “No sientas pena por ti mismo”, no parece que pueda poner fin a la autocompasión que sienta cuando tenga un mal día. Tampoco que elevarás de manera milagrosa su confianza cuando le digas que no se dé por vencido después de su primera falla.

Pero hay cosas que puedes llevar a cabo para mostrarle a tu hijo cómo evitar esos hábitos enfermizos que le roban su fortaleza mental. Las estrategias parentales descritas en este libro te ayudarán, de manera amigable, a enseñarle a tu hijo cómo poner en práctica las cosas que las personas mentalmente fuertes no hacen.

Cada capítulo provee estrategias para auxiliar a tu hijo a desarrollar creencias fundamentales que lo ayudarán a crecer de forma más efectiva. También encontrarás ejercicios para ti —y para tu hijo— que ayudarán a tu hijo a alcanzar todo su potencial.

13 cosas que los padres mentalmente fuertes no hacen
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No perdonan una mentalidad de víctima

“¡Cody tiene TDAH1 y a la escuela no le importa! —exclamó la madre de Cody, de catorce años—. ¡En lugar de ponerlo al corriente en su trabajo, su consejero le sugirió que tomara terapia!”

En su primera sesión de terapia tanto Cody como sus padres expresaron preocupación por el hecho de que los maestros le daban demasiado trabajo. Cody se había retrasado y pensaba que nunca iba a poder ponerse al corriente. Sus padres no pensaban que necesitara tratamiento, pero lo trajeron a la sesión con la esperanza de que abogara por él en la escuela.

Cody había sido diagnosticado con TDAH el año anterior. Desde entonces, su pediatra le ha estado prescribiendo medicación para que mejore su nivel de atención y descienda su hiperactividad. “Está más tranquilo ahora que está tomando el medicamento. Definitivamente notamos una diferencia cuando olvida tomar su pastilla”, explica su padre.

Lo más interesante, sin embargo, era que las calificaciones de Cody no habían mejorado. Y sus padres expresaban frustración porque la escuela no lo estaba ayudando. Firmaron los papeles necesarios que me concedían el permiso de hablar con sus maestros y su pediatra. Así que después de la sesión, llamé a la escuela para obtener más información.

Los maestros de Cody pusieron en práctica distintas estrategias, como sentarlo cerca del frente de la clase para reducir las distracciones y darle tiempo extra para completar los exámenes y los trabajos de clase. Adicionalmente, pidieron a los padres que firmaran su libreta de tareas todos los días para que se aseguraran de que había entendido la tarea. Cody también era invitado a quedarse después de clase todos los días para que asistiera al club de la tarea, donde podría recibir ayuda adicional por parte de los maestros.

Todos sus maestros decían lo mismo, estaba fallando porque no se estaba aplicando. Nunca terminaba su tarea. Nunca se quedaba después de clase. Y nunca sacó ventaja del tiempo extra que le permitían para que terminara sus exámenes.

Me puse en contacto con el pediatra de Cody, quien confirmó que, a todas luces, la medicación de Cody estaba ayudando. Sus maestros y sus padres habían completado informes sobre su comportamiento después de que empezara a tomarlo y todos concordaban en que estaba más tranquilo y más atento.

Cuando los padres de Cody asistieron a su sesión con él la semana siguiente, presenté la información que había reunido. Estuvieron de acuerdo con los hechos básicos —el efecto de la medicación, las estrategias realizadas en la escuela y que Cody tenía una oportunidad de quedarse después de clase para recibir ayuda extra—. “Pero el tiempo extra y la ayuda extra no son suficientes”, dijo su madre. “Tiene TDAH. No deberían esperar que realice la misma cantidad de trabajo que los otros niños.”

Esa afirmación aclaró todo. Los padres de Cody creían que el TDAH debería excusarlo de hacer su trabajo. Y enviaron ese mensaje a Cody. Él creyó en la idea de que el TDAH significaba que no podía mantenerse al día con los demás estudiantes. Así que dejó de tratar.

Los padres de Cody querían que él se desempeñara mejor en la escuela. Pero antes de que pudiera hacer eso, la familia tenía que realizar algunos cambios profundos, pues al parecer el problema real era que:

1.La familia de Cody creía que el TDAH le impedía tener éxito. Los padres de Cody pensaban que su TDAH significaba que no podía hacer lo mismo trabajo que los demás niños.

2.Cody había dejado de intentar hacer su trabajo. Cody dejó de aplicarse porque creía que no sería capaz de mantenerse al día.

Tres grandes problemas que quería abordar en el tratamiento:

1.Los padres de Cody tenían que apoyar su educación. Los padres de Cody pensaban que estaban promoviendo su educación al abogar para que la escuela implementara más cambios. El verdadero cambio necesitaba empezar en casa.

2.La familia necesitaba educación en TDAH. Con más información, los padres de Cody hubieran aprendido cómo ayudar a que Cody manejara sus síntomas.

3.Cody tenía que verse a sí mismo como capaz de tener éxito. Cody necesitaba saber que el TDAH no necesitaba ser un obstáculo al éxito. Podía encontrar maneras de vencer los retos.

Pasé las siguientes semanas educando a la familia respecto al diagnóstico de Cody y los pasos que tenían que dar para ayudarlo a tener éxito. Cody estaba sorprendido de saber que la mayor parte de los estudiantes con TDAH son capaces de mantenerse a la par de los de su edad.

Estaba entusiasmado al descubrir que diversos músicos, atletas y empresarios famosos también habían sido diagnosticados con TDAH. Le dio a él —y a sus padres— la esperanza de que todavía podía hacer lo que quisiera en la vida, a pesar de su diagnóstico.

Sus padres se involucraron para apoyar su educación ayudándolo a ponerse al día en todo su trabajo atrasado, un paso a la vez.

No querían que Cody asistiera al club de la tarea después de clases, pues pensaban que debía tener tiempo para recuperar algo de energía luego de un largo día de escuela. Así que decidieron que después de clases podía regresar a casa y tirar unas canastas o pasear en bicicleta antes de empezar su tarea. Entonces lo ayudaban a terminar su trabajo. Sólo le dejaban usar sus juegos electrónicos una vez que su tarea nocturna —y al menos una tarea atrasada— estaba completa. Y sus padres revisaban su libreta de tareas todos los días y monitoreaban sus calificaciones.

Una vez que sus padres lo consideraron responsable, Cody hacía su tarea todas las noches. En unas pocas semanas, sus calificaciones mejoraron y los maestros notaron una diferencia en su actitud en la escuela. Se sintió menos abrumado por su tarea atrasada y en mejores condiciones de enfrentar sus tareas.

Todo lo que la familia tenía que hacer era cambiar su modo de pensar. Más que ver a Cody como una víctima del TDAH y de un equipo de maestros poco colaborativo, sólo tenían que entender que el TDAH era un reto que Cody podía manejar.

¿Perdonas una mentalidad de víctima?

Algunos padres se ven a sí mismos como víctimas de circunstancias desfavorables. Su creencia en su incapacidad para tener éxito o encontrar la felicidad puede originarse en su propia niñez. Incluso pueden verse a sí mismos como víctimas de la mala conducta de su niño. Otros padres no se sienten como víctimas, pero sin darse cuenta transfieren a sus hijos la mentalidad de víctima. Y eso puede tener serias consecuencias. ¿Te suena alguna de estas afirmaciones?

En tu vida personal:

•Piensas que alguien más —o algunas circunstancias desafortunadas— impide que seas el mejor.

•Piensas que otras personas generalmente son más afortunadas que tú.

•Mientras ciertas soluciones pueden funcionar para otras personas, tus problemas son excepcionales.

•Gastas mucho tiempo quejándote sobre la conducta de otras personas y cómo te afecta.

•Crees que nada está bien en tu vida.

En tu vida en familia:

•Piensas que la mala conducta de tu hijo es prueba de que has sido castigado por el universo (o un más alto poder espiritual).

•Te disculpas por las fallas o defectos de tu hijo.

•Sientes pena por tu hijo.

•Gastas más tiempo hablándole a tu hijo sobre problemas que sobre soluciones.

•A veces piensas que tu hijo no tiene remedio.

Por qué los padres crían a sus hijos con una mentalidad de víctima

Los padres de Cody no tenían idea de que el TDAH no era el problema —era su idea sobre el TDAH la que era el problema. Más que facultar a su hijo para que enfrentara los retos, insistieron en que todos tenían que mimarlo.

Pensaron que estaban haciendo lo correcto al abogar para que se le diera menos tarea. Pero al hacer eso, le enviaron el mensaje de que no era capaz de ser un buen estudiante.

Aun cuando tu hijo no tenga un diagnóstico de TDAH, considera las lecciones de vida que le estás enseñando cuando enfrenta circunstancias desfavorables o injustas.

LA CULTURA DE LA VICTIMIZACIÓN HACE DE TODOS UNA VÍCTIMA

En el pasado, podías ser considerado una víctima si soportabas un crimen violento. Sin embargo, ahora la gente se considera víctima cuando quiebra el mercado inmobiliario.

Sociólogos expertos dicen que nuestra “cultura del victimismo” se evidencia por el incremento en quejas de individuos que alegan ser víctimas cuando se encuentran ofensas menores. Y las víctimas modernas no sólo quieren ser oídas, están exigiendo a otras personas que dejen de ofenderlas.

Tomemos por ejemplo la polémica por los vasos rojos de Starbucks en la temporada de Navidad de 2015. Cuando el distribuidor vendió el café en vasos sólidos rojos —en lugar de los vasos con tema de invierno— los clientes se indignaron. De pronto la gente comenzó a acusar a Starbucks de “hacer la guerra a la Navidad”. Los furiosos clientes recurrieron a las redes sociales para expresar su indignación ante la decisión de la compañía de “sacar a Cristo de la Navidad”. Extrañamente, sin embargo, la temporada anterior los vasos presentaban imágenes de copos de nieve y un perro deslizándose por una colina —nada específicamente relacionado con una celebración cristiana.

Más que boicotear a Starbucks, la enojada clientela quería expresar públicamente su enojo. Irónicamente, estaban contentos de ejercer su derecho de libre expresión, mientras trataban de reprimir a una empresa privada su capacidad de expresarse a través de sus productos.

Las noticias están llenas de ejemplos de personas que claman ser víctimas, y a veces hay una fina línea entre ayudar a personas que son marginadas y fomentar una cultura de la victimización. Un artículo publicado en Comparative Sociology titulado “Microaggression and moral cultures” subraya ese cambio en la mentalidad de la víctima.

Los autores, los sociólogos Bradley Campbell y Jason Manning, describen cómo la cultura dicta los modos apropiados para responder a una ofensa. En una cultura del honor, como el Lejano Oriente o en una banda en nuestros días, con frecuencia se usa la agresión física. En una cultura de la dignidad, como la del Oriente del siglo XX, la mayoría de las personas responde calladamente a ofensas menores. Una ofensa menor puede llevar a la persona agraviada a cortar la relación, y una ofensa mayor puede llevar a una llamada a la policía para que el asunto pueda ser resuelto por las autoridades.

En la cultura de nuestros días, sin embargo, muchas personas se quejan con terceras partes sobre ofensas menores. Anuncian su opresión y piden ayuda cada vez que se sienten ofendidas. Luego tratan de conseguir apoyo para su causa al reclamar que la ofensa menor que han sufrido es parte de un problema cultural mayor.

Las redes sociales son una herramienta que la gente usa para convencer a otros que se vean a sí mismos como víctimas. “Nos están discriminando”, puede ser un intento de hacer que los otros unan fuerzas. Mientras que unirse para resolver un problema o resolver una injusticia puede ser saludable, a veces esos mensajes conducen a una mentalidad de masas.

Una investigación de la Universidad de Leeds demuestra cuán fácil es que unas cuantas personas influyan en una multitud. A través de una serie de experimentos, se pidió a unas personas que caminaran al azar en un pasillo largo. A unos cuantos de ellos les dieron en secreto detalles sobre adonde caminar. No se les permitió comunicarse y tenían que estar a una distancia de un brazo unos de otros. En todos los casos, los individuos informados pudieron conseguir que todos los demás los siguieran. El cinco por ciento de las personas a quienes dijeron adonde caminar pudieron influir en los movimientos de toda la multitud. El otro 95 por ciento no tenía idea de que estaban siendo influidos.

Formar a un niño mentalmente fuerte que acepta la responsabilidad personal de su vida puede ser un reto extra cuando todo el mundo está tratando de convencerlo de que es una víctima. Reprobar en la clase, ser ignorado en un trabajo o ser mandado a la banca por un coach no necesariamente significa que uno sea una víctima. Pero si tiene una mentalidad de víctima, verá las críticas y la falla como una prueba de que otras personas están evitando que tenga éxito.

UNA MENTALIDAD DE VÍCTIMA PUEDE SER HEREDADA

Los padres que crecen creyendo que fueron víctimas crían niños con mentalidad de víctimas. Aun cuando nunca se usa el término “víctima”, los niños reciben un mensaje que dice: “No lo lograrás, así que no te preocupes en intentarlo”. Los padres con estas creencias con frecuencia ven a sus hijos como una prueba más de que son víctimas. Dicen cosas como: “Actúa mal sólo para castigarme”, o “Mi hijo abusa de mí como todos los demás en este mundo”. Esa manera de pensar —y de relacionarse con su hijo— es increíblemente destructiva. Y, tristemente, prepara al niño para el fracaso.

Padres sanos no intentan educar víctimas. Pero muchos de ellos inadvertidamente enseñan a sus hijos que “otras personas te frenarán” o “no puedes hacer nada respecto a las cosas malas que pasan en tu vida”. A veces, estas sutiles acciones hacen que los niños crean que son incapaces.

He aquí algunas formas de que podrías estar instalando una mentalidad de víctima en tu hijo sin saberlo.

•Ejemplo de una mentalidad de víctima. Decir cosas como “¿Por qué estas cosas siempre me pasan a mí?” cuando encuentras un obstáculo envía un mensaje de que eres una víctima impotente. Una actitud derrotista es contagiosa y tu hijo llegará a creer que tiene poco poder para controlar su destino.

•Sentir pena por tu hijo. A veces los padres secretamente sienten pena por un hijo que tiene una discapacidad o que ha sufrido circunstancias traumáticas. Pero sentir pena por tu hijo —aun cuando nunca se ha discutido abiertamente— enseña a tu hijo que es una víctima.

•Subestimar las capacidades de tu hijo. Ya sea que tu hijo tenga una discapacidad física o una deficiencia cognitiva, o que tan sólo dudes de sus habilidades en general, enfocándote en lo que tu hijo no puede hacer, más que en lo que sí puede, lo llevará a una mentalidad de víctima.

•Rehusarse a mirar luchar a un niño. Ver crecer a un niño frustrado por su incapacidad para hacer algo es duro. Pero rescatar a tu hijo al primer signo de una lucha le enseñará que tiene que depender de otros que hagan las cosas por él.

Educar a un niño con mentalidad de víctima puede volverlo una víctima

Los padres de Cody asumían que su diagnóstico de TDAH significaba que no tendría éxito. Miraban a su hijo como una víctima de un insensible sistema escolar, más que como a un niño lleno de potencial. Entre más se aferraron a la idea de que Cody no podía con el trabajo, tanto más se retrasaba.

Si bien es importante enseñar a un niño a levantarse por sí mismo y a ayudar a otros que son oprimidos, también lo es asegurarse de que tu hijo no crezca creyendo que es una víctima infortunada. La idea de que no puede tener éxito lo detendrá más que cualquier otro obstáculo, incapacidad o falta de talento.

UNA MENTALIDAD DE VÍCTIMA LLEVA A LA VICTIMIZACIÓN

Cuando niña, Leanne fue buleada sin compasión. Odiaba cada minuto en la escuela. El tormento que soportaba afectaba sus calificaciones y su autoestima. Incluso como adulta, su pasado seguía persiguiéndola.

Ahora que Leanne era madre, resentía el hecho de que tenía que enviar a sus hijos a la escuela. Temía que se metieran con ellos y le preocupaba que los bravucones arruinaran sus vidas, tal como arruinaron la de ella.

Desde edad temprana, les enseñó que “los otros niños son malvados”. Los prevenía de que los otros niños podrían bulearlos y los adultos no harían nada al respecto.

Les compartía historias de sus propias experiencias de cuando era buleada: cómo los otros niños se metían con ella o le robaban el dinero de su almuerzo. Les dijo que los maestros incluso se unían a veces y se reían de los nombres con los que los niños la llamaban o la castigaban por acusar a alguien cuando trataba de conseguir ayuda.

De lo que Leanne no se dio cuenta fue que sus historias y advertencias no estaban protegiendo a sus hijos. Por el contrario, las historias de horror de su niñez provocaron que sus hijos aceptaran el mismo destino.

Cuando su hija era molestada, ella no hablaba. Y cuando empujaban a su hijo en el recreo, no se molestaba en llamar a un maestro. Ambos niños asumían que no tenía sentido tratar. Su madre los había convencido de que el bulismo era algo que debía soportarse, no un problema que debía tratarse.

De hecho, el mensaje de Leanne a sus hijos sobre el bulismo hizo que sus hijos se distanciaran de sus compañeros. Más que hacer amigos, se volvieron solitarios. Y parte del bulismo procedía de su conducta retraída.

Cuando los niños llegaban llorando de la escuela porque se metían con ellos, era más de lo que Leanne podía soportar. Evocó imágenes dolorosas de su niñez y no pudo soportar la idea de que sus hijos pasaran por las mismas cosas.

Fue entonces que buscó terapia. Pensó que su única opción era educar a sus hijos en casa; pero era una madre soltera con un trabajo de tiempo completo.

Leanne no había intentado educar a sus hijos con una mentalidad de víctima; pero eso es lo que estaba haciendo. Y vio el hecho de que se estaban metiendo con sus hijos como una prueba más de que ella era una víctima.

En muchos casos —como en el de los hijos de Leanne— una mentalidad de víctima se vuelve una profecía destinada a cumplirse. Los niños, que se ven a sí mismos como víctimas, no tienen iniciativa. No toman medidas para mantenerse a salvo o para mejorar sus situaciones. A fin de cuentas, su actitud aumenta el riesgo de victimización.

A nadie le toca una mano perfecta en la vida y con toda seguridad tu hijo deberá tener que tratar con algún tipo de dificultad. Ya sea que él sea el niño más bajo de la clase o que seas tú quien tiene menos dinero de todos en el vecindario, nadie es perfecto. Pero permitir a tu hijo que crea que no puede lidiar con las desventajas le hará un flaco favor.

Circunstancias difíciles no harán a tu niño una víctima. Es tu actitud sobre esas circunstancias lo que importa.

UNA MENTALIDAD DE VÍCTIMA ES UN CICLO DIFÍCIL DE ROMPER

Cuando los niños creen que son víctimas, afecta a la manera en que piensan y a la manera en que se comportan. Un niño que se siente impotente puede pensar: “No hay nada que pueda hacer para mejorar”. Como resultado de ello, es probable que permanezca inactivo.

Veo esto todo el tiempo con niños y adolescentes con los que trabajo. Ya sea que se retrasen en sus deberes escolares o que tengan problemas para llevarse con sus compañeros, permiten que sus problemas se acumulen.

Los investigadores se refieren a esta cuestión como “invalidez aprendida”. Uno de los estudios más famosos en la materia fue realizado en 1967 por Martin Seligman en la Universidad de Pensilvania. En la primera parte de su experimento, Seligman sometió a unos perros a descargas eléctricas. Un grupo de perros podía detener las descargas golpeando una palanca. El otro grupo no tenía manera de detener las descargas.

Durante la segunda parte del experimento, todos los perros fueron colocados en una jaula que tenía una división baja que separaba un lado del otro y los sometieron a descargas. Podían escapar a la descarga saltando sobre la división. Los perros que habían sido capaces de detener las descargas en el primer experimento saltaron sobre la división para detener las descargas. Sin embargo, los perros que no tuvieron control sobre las descargas en el experimento previo no trataron de salvarse de las descargas. Por el contrario, se echaron y no realizaron ninguna acción.

Aun cuando se les ofrecieron recompensas, los perros no se movieron. Por ello, los investigadores usaron otros perros para demostrar cómo escapar a las descargas, pero los perros seguían sin intentarlo. Era como si hubieran concluido que estaban condenados a sufrir.

Aunque perturbador, el estudio muestra cómo la impotencia aprendida se vuelve dominante. Un niño que aprende “No puedo hacer nada para mejorar mi vida”, dejará de intentar mejorar su situación. En consecuencia, su sufrimiento continuará. Y es difícil cambiar esas creencias una vez que se han arraigado.

Qué hacer entonces

Los padres de Cody dejaron de verlo como una víctima una vez que supieron que el TDAH era un obstáculo común que mucha gente supera. Cuando su actitud cambió, su conducta cambió. Empezaron a tratar el problema resolviendo cómo manejar de la mejor manera los síntomas de TDAH y encontraron estrategias que ayudaron a Cody a tener éxito en la escuela.

Si no hubieran aprendido más sobre el TDAH, Cody pudo haber creído siempre que era incapaz de aprender. Hubiera insistido en que no podía trabajar tanto como sus compañeros. Y hubiera pasado buena parte de su vida pensando que era una víctima, pues el mundo no podía acomodarse a sus demandas. Porque eso es lo que pasa cuando la gente se ve a sí misma como víctima —no importa lo que los demás hagan por ellos, nunca es suficiente.

Examina las maneras en que estás reforzando la mentalidad de víctima de tu hijo, de modo que puedas tomar medidas para enseñarle que es un niño capaz de enfrentar los retos inevitables de la vida.

BUSCA SIGNOS DE ADVERTENCIA DE UNA MENTALIDAD DE VÍCTIMA

Los niños que tienen una mentalidad de víctima arrastran una creencia dominante que dice: “El mundo es un lugar malo y todos están ahí para atraparme”. Esta creencia fundamental afecta cómo perciben los hechos, cómo piensan sobre el futuro, cómo se comportan con otros y cómo piensan de sí mismos.

He aquí unas claves para descubrir si tu hijo piensa que es una víctima.

1.Organizar fiestas de autocompasión. Un niño con mentalidad de víctima puede insistir en que nadie lo quiere o que nunca podrá pasar matemáticas. Más que buscar soluciones, se mantiene enfocado en el problema. Es probable que se queje, que esté de mal humor y esté deprimido, mientras está cruzado de brazos sintiendo lástima de sí mismo.

2.Enfocarse en lo negativo. Es difícil ver el bien en el mundo cuando tienes una mentalidad de víctima. Un niño podría hablar sobre el único niño malo en la escuela e ignorar el hecho de que el resto de los niños son realmente simpáticos, o apresurarse a exagerar las penurias que padece.

3.Malinterpretar hechos. Cuando alguien es amable o cuando algo bueno sucede, los niños con mentalidad de víctima generalmente sospechan. Tu hijo puede decir: “Realmente no estaba siendo amable cuando dijo que hice un buen trabajo. Realmente se estaba burlando de mí”.

4.Actuar indefenso. Tu hijo podría no hacer intento alguno por mejorar su situación. Y si le das sugerencias sobre cómo actuar de forma positiva, insistirá en que tus ideas no funcionan.

5.Buscar compasión. Tu hijo puede esforzarse para asegurarse de que los demás lo vean como una víctima. Podría tratar de convencerlos de que también son víctimas o insistir en decirle a todos que lo que le pasó fue injusto.

SÉ UN BUEN EJEMPLO

Una mentalidad de víctima es generalmente una conducta aprendida. Si tiendes a ser del tipo de persona del vaso medio vacío, probablemente le estés enseñando a tu hijo involuntariamente que es una víctima de circunstancias desafortunadas de la vida.

El quejarte sobre tu vida —sin realmente tomar una acción— convencerá a tu hijo de que eres una víctima impotente. O al culpar a otras personas o a ciertos grupos de personas de retrasarte en la vida, le enseñará a tu hijo que otras personas tienen el poder de evitar que alcance sus metas.

A continuación te damos unas sugerencias para ser un buen ejemplo:

1.Sé positivo. Sé consciente de cuánto te quejas sobre otras personas y circunstancias difíciles. Ya sea que insistas que el tráfico pesado no es justo o que no puedes conseguir una mejor casa, tus quejas afectarán la manera en que tu hijo concibe el mundo. Ofrece más declaraciones positivas que negativas.

2.Resiste la urgencia de desahogarte. Aunque puedas pensar que revivir tu día con tus amigos y familia es útil porque te permite “sacar tu frustración”, el desahogarse hace más daño que bien —tanto para el que escucha como para el que habla. Por ello, mientras puede ser útil procesar tus emociones, asegúrate de que no estás descargando a diario tu negatividad.

3.Crea un cambio positivo. Muéstrale a tu hijo que puedes hacer una diferencia en el mundo —o al menos en el mundo de alguien. Lleva a cabo actos de amabilidad y ayuda a otras personas. Enséñale a tu hijo que todos tienen la habilidad de mejorar el mundo.

4.Sé firme. Si alguien se te cuela en la fila, habla amablemente, o, si recibes un servicio pobre, coméntalo con el administrador. Tu hijo aprenderá que no debe ser una víctima pasiva cuando te vea dispuesta a hablar por ti mismo.

BUSCA LO BUENO

A Lilly no le gustaba la escuela. Y todos los días no podía esperar a irrumpir en la puerta y contarle a su mamá todos los problemas que había tenido. “Mamá, no vas a creer lo que pasó hoy a la hora del almuerzo. Los maestros nos hicieron comer en silencio porque algunos de los niños estaban haciendo demasiado ruido”. Al día siguiente decía: “Mamá, hoy los niños en el camión fueron muy malos. ¡No quiero volver a viajar en el autobús nunca más!”

Todos los días Holly, su madre, escuchaba con atención todas las injusticias que sufría su hija, le respondía diciéndole cosas como: “Eso es horrible. Siento que tengas que pasar por eso”. Holly pensaba que prestar a su hija un oído comprensivo era lo mejor que podía hacer.

Lo que no imaginó fue que le estaba dando a su hija la atención positiva para hacer de ella una víctima. La animaba a seguir hablando de todo lo que estaba mal. Cuanto más duraba eso, más se enfocaba Lilly en todas las razones por las que odiaba la escuela.

Cambiar la actitud de “pobre de mí” de Lilly requería que Holly cambiara sus interacciones diarias después de la escuela. Más que continuar invitando a Lilly a que se quejara sobre todas las cosas malas que pasaban, Holly necesitaba buscar lo bueno.

Eso significaba hacer preguntas como: “¿Hoy cuál fue tu parte favorita en la escuela?”, o “Comienza contándome lo mejor que te pasó en la escuela”. En lugar de permitir que su hija pensara demasiado en todas las injusticias y maltratos que sufría, Holly podía ayudarla a reconocer algunos aspectos positivos.

Si tu hijo se enfoca en lo negativo, evita preguntas como: “¿Cómo estuvo tu día?” En su lugar, busca lo bueno preguntándole: “¿Qué parte fue la más feliz de tu día?” Muéstrate dispuesta a escuchar también las partes difíciles y no hagas de la adversidad el centro de tu conversación.

Cómo enseñar a los niños a que ellos mismos se vean como fuertes

En el caso de Cody y su diagnóstico de TDAH, la solución de sus problemas educativos fue cambiar las creencias de la familia. Una vez que sus padres comenzaron a verlo como alguien capaz, Cody creyó que podía mejorar sus notas. Enseña a tu hijo a que crea en sí mismo y se esforzará por alcanzar su máximo potencial.

AYUDA A TU HIJO A ENFOCARSE EN LO QUE PUEDE CONTROLAR

Ya sea que estés pasando por un divorcio o que tu hijo odie la escuela, puede ser fácil que te convenzas de que tu hijo es una víctima indefensa. Pero la verdad es que, no importa con qué se enfrente tu hijo, siempre tiene la habilidad para controlar algo.

Una organización llamada Niños Pateando el Cáncer prueba que incluso los niños que se encuentran en las circunstancias más difíciles pueden tener control sobre algo. Este grupo hizo su misión el ayudar a que los niños con cáncer reconocieran que, aunque no pueden controlar su enfermedad ni sus tratamientos, pueden obtener algo de control sobre su dolor y su malestar.

Se enseña a los niños técnicas mente-cuerpo, tales como artes marciales, técnicas de respiración y meditación. La meta es ayudarlos a volver a tener un sentido de control sobre el caos y a sentirse facultados en su propia curación. Algunos niños que han pasado por este programa reportan que son capaces de estarse quietos durante una extracción de sangre (cuando en el pasado se necesitaban varias enfermeras para mantenerlos quietos) y otros dicen que pueden estarse tranquilos durante los escaneos, gracias a las técnicas de respiración que aprendieron.

Si niños con enfermedades potencialmente mortales pueden descubrir cosas sobre las que tienen control, definitivamente hay cosas con las que puedes ayudar para que tu hijo sienta que tiene control sobre ellas. Aun cuando no pueda controlar su entorno, puede controlar sus pensamientos, su esfuerzo y su actitud.

Cuando tu hijo se queje, hazle preguntas como:

•¿Qué puedes controlar en esta situación?

•¿Cuáles son tus opciones?

•¿Qué tipo de actitud vas a elegir?

DIFERENCIAR ENTRE PENSAMIENTO BLUE Y PENSAMIENTOS VERDADEROS

Tu hijo necesita reconocer que no porque piense que algo es de una manera significa que es cierto. Cuando ha tenido un mal día o está de mal humor es probable que sus pensamientos sean negativos en exceso. Y creer esos pensamientos negativos no sólo empeorará su humor, sino que podría reforzar la idea de que es una víctima.

En tanto hay diversos tipos de errores de pensamiento, el acrónimo BLUE2 es una buena manera de ayudar a los niños a recordar cuándo sus pensamientos son demasiado terribles para ser verdad. Desarrollado por Practice Wise, es una herramienta común usada en terapia para ayudar a los niños a combatir el pensamiento negativo. Aquí está lo que puedes estar buscando:

•Culpar a todos los demás. Pensar cosas como: “Mi maestro nunca nos dice qué estudiar para los exámenes, por eso siempre tengo malas notas”, evita que tu hijo vea qué puede hacer la próxima vez. En tanto no quieras que tu hijo tome responsabilidades adicionales (como asumir que la derrota del equipo es toda culpa suya), no lo dejes que culpe a otros o a circunstancias externas.

•Hablar sobre responsabilidad. Háblale sobre cómo aceptar su responsabilidad en los resultados. Hazle preguntas como: “¿Realmente todo es culpa de tu maestro?”

•Buscar las malas noticias. Los niños con mentalidad de víctimas rechazan todas las cosas buenas que les pasan y se centran sólo en las malas. Así, más que celebrar que fue a nadar, un niño que se ve como víctima diría: “¡Fue horrible! ¡Comenzó a llover, así que tuvimos que regresar a casa temprano!”.

•Señala lo bueno. Cuando tu hijo insiste en que nada bueno sucedió, toma un momento para señalar lo positivo. Pregúntale cosas como: “¿Te divertiste antes de que lloviera?” Ayúdalo a ver que las cosas buenas pasan, aun durante los días más difíciles.

•Suposiciones tristes. Una mentalidad de víctima lleva a los niños a realizar predicciones catastróficas. Pensar cosas como: “Mañana voy a reprobar mi examen”, puede provocar que tu hijo crea que no tiene caso estudiar.

•Anima a tu hijo a que tome acción. Cuando tu hijo prediga que sucederán cosas malas, no lo dejes ser una víctima pasiva. Pregúntale cosas como: “¿Qué puedes hacer para evitar que eso suceda?” Si es algo sobre lo que no tiene control (como que prediga que no va a llover), ayúdalo a pensar cómo va a enfrentar las dificultades cuando se le presenten.

•Exageradamente negativo. Es fácil que los niños permitan que sus imaginaciones saquen lo mejor de ellos. Especialmente cuando están disgustados. Un niño que piensa que es una víctima puede decir cosas como: “¡Todos en la escuela están enojados conmigo!”, luego de haber discutido con dos amigos.

•Buscar excepciones. Cuando tu hijo insiste en que las cosas nunca están bien o que siempre está en problemas, ayúdalo a encontrar excepciones a la regla. Dile cosas como: “Bueno, ¿Cómo sabes si por una vez las cosas salen bien?”

Cuando tu hijo comience a sentir pena por sí mismo, pregúntale: “¿Es ése un pensamiento BLUE o es un pensamiento verdadero?”. Enséñalo a identificar los pensamientos BLUE, que contribuyen a su mentalidad de víctima; y recuérdale que, aunque algunas cosas pueden parecer ciertas, estos pensamientos no siempre serán confiables. Ayúdalo a ver que exagerar la verdad —incluso en su mente— no es útil. Entonces ayúdalo a remplazar su monólogo interno con pensamientos más realistas.

HABLA O CALLA

Los niños con mentalidad de víctima se apasionan demasiado cuando proclaman que sus derechos han sido violados o se vuelven demasiado sumisos y permiten que les pasen cosas malas. Mientras es importante que tu hijo aprenda a hablar por sí mismo cuando enfrente ciertas injusticias en su vida, es igualmente importante que no declare que ha sido victimizado cada vez que no está de acuerdo con alguien.

Hay veces en que es apropiado resistir a la autoridad y veces en que es sensato guardar un respetuoso silencio. Sin embargo, decidir cuál es el mejor plan de acción es una habilidad sofisticada.

Habla sobre los siguientes escenarios con tu hijo y presenta situaciones propias. Discute los pros y contras de hablar y los riesgos y los potenciales beneficios de quedarse callado. Escucha los juicios de tu hijo, así como las razones detrás de ellos. Ofrece tus propias palabras de sabiduría sobre cuándo hablar y cuándo quedarse callado:

•Un arbitro tomó una decisión con la que no estás de acuerdo.

•Un maestro te da una calificación que no crees que mereces.

•Un niño está insultando a otro en el patio de recreo.

•Alguien comparte un chiste inapropiado en redes sociales.

•Un maestro está regañando a un niño por no haber terminado su trabajo.

•Un amigo toma prestado algo tuyo y no te lo regresa.

•Un entrenador te grita porque no estás poniendo atención en el juego.

•Un amigo dice que sólo cierto tipo de niños puede sentarse con ustedes en la mesa del almuerzo.

DALE A TU HIJO TIEMPO LIBRE PARA JUGAR

Actualmente los niños pasan la mayoría de su tiempo libre realizando actividades estructuradas que son monitoreadas por adultos. Practicar baloncesto, lecciones de guitarra, pertenecer a los scouts y los campamentos de verano implican actividades dirigidas por adultos y reglas creadas por adultos.

Y, de acuerdo con el sociólogo Steven Horwitz, demasiada intervención adulta exacerba una mentalidad de víctima. Más que aprender cómo negociar, crear reglas y seguir normas sociales como grupo, los niños automáticamente se dirigen a un adulto para que intervenga al menor signo de desacuerdo.

Entonces, el adulto decide qué está “bien” y qué está “mal”. El niño que buscó la ayuda del adulto gana la validación que necesita para que alguien más pelee sus batallas. Los otros niños reciben el mensaje de que no puedes ofender a nadie o una tercera parte será notificada para resolver el conflicto.

Dale a tu hijo un tiempo desestructurado para jugar. No merodees cuando esté jugando con amigos y no te apresures a intervenir cada que haya un asomo de problema. Dale una oportunidad de practicar cómo resolver un conflicto por su propia cuenta.

Por supuesto, es importante intervenir cuando es claro que hay un niño que repetidamente se están aprovechando. Pero habrá veces en que tu hijo resolverá los cosas por su cuenta cuando no haya un adulto que asegure que todo es “justo”.

Enseña a los preescolares a reconocer sus elecciones

Hay muchas cosas que los preescolares no pueden hacer. Después de todo, sus habilidades motoras finas aún no se han desarrollado y sus habilidades para tomar decisiones aún se están desarrollando.

Habrá muchas ocasiones en las que tendrás que decir no o decirle a tu hijo que deje de hacer algo. Establece límites firmes y dale a tu hijo oportunidades de practicar el cumplimiento de las normas y de los límites que se le impusieron.

Sin embargo, decir constantemente: “¡No, no puedes hacer eso!”, le enseñará a tu hijo que no tiene que opinar sobre nada. Cuando sea posible, dale a tu hijo dos opciones —sólo asegúrate que puedes vivir con cualquier elección. Aquí hay algunos ejemplos:

•¿Quieres chícharos o zanahorias?

•¿Qué quieres ponerte primero, tus zapatos o tu abrigo?

•¿Quieres ponerte tu camisa roja o la azul?

•No puedes salir ahora, pero puedes jugar en la casa. ¿Quieres jugar con tus bloques o colorear un dibujo? Tú eliges.

Darle a tu hijo opciones lo ayudará a enfocarse en lo que puede hacer más que en lo que no puede. Le ayudará a formar su pensamiento en la medida en que aprenda a reconocer que es una persona competente que posee un cierto grado de control sobre sus circunstancias.

Enseña a los niños en edad escolar a buscar lo positivo

Los niños en edad escolar pueden aprender a reconocer que no todas las situaciones difíciles son malas. Cosas buenas pueden surgir de circunstancias realmente malas. Así, es una gran oportunidad de buscar lo positivo.

Cuando tu hijo tiene poco control sobre un hecho o el resultado —lo cortan del equipo de soccer o no lo invitan a una fiesta—, reconoce que no puede hacer nada al respecto. No puede controlar las elecciones de otras personas y no puede regresar en el tiempo para cambiar las cosas. Pero sobre lo que sí tiene control es su actitud.

Ayúdalo a aprender a cambiar su actitud buscando lo bueno. Mientras puede ser difícil tener hermanos pequeños, ser el mayor puede significar que puede disfrutar antes algunos privilegios. O mientras que es desalentador no estar en el equipo de soccer, significa por otro lado que tendrá más tiempo para pasear en su bicicleta.

No le pidas que busque lo bueno cuando sus sentimientos estén aún a flor de piel. Puede tomar unas horas o incluso unas semanas para que tome distancia.

Cuando haya tenido tiempo suficiente para procesar sus emociones, hazle preguntas como:

•¿Qué cosa buena podría resultar de esto?

•¿Cuál es una manera positiva de ver esta situación?

•¿Cómo buscarías lo bueno cuando algo así ha sucedido?

Ofrece ideas cuando tu hijo está luchando para encontrarlas. Con la práctica, aprenderá a empezar a buscar lo bueno por su cuenta.

Un niño que es capaz de reconocer lo bueno en una circunstancia difícil tiene menos probabilidades de verse a sí mismo como una víctima. En cambio, verá que hay oportunidades de aprender y crecer aun cuando enfrente tiempos difíciles.

Enseña a los adolescentes maneras sanas de cubrir sus necesidades

Los adolescentes pueden ser dramáticos por naturaleza, así que es fácil que asuman que sus vidas son más difíciles que las de los demás y que nadie podría entender sus dificultades. Y el internet da ahora a los adolescentes una plataforma global para compartir las injusticias que perciben.

Publicar en las redes sociales mensajes vagos como: “Sólo puedo ser lastimado muchas veces antes de rendirme”, puede ser una manera de ganar apoyo para una disposición de víctima. Y decir: “¡No podemos permitir que los maestros se salgan con la suya tratándonos de esta manera!”, puede ser una manera de lograr que otros adolescentes se vean a sí mismos como víctimas para ganar apoyo para una causa.

Por ello es importante que eduques a tu hijo adolescente respecto a las maneras en que las redes sociales pueden exacerbar una mentalidad de víctima.

1.Discutir lo que comparte tu hijo adolescente. Habla de su intento por informar de una injusticia o comparte cómo fue ofendido por la conducta de otro.

2.Habla sobre la mentalidad de rebaño. Uniendo fuerzas con amigos, compartiendo memes o usando hashtags específicos que indican que es una víctima, sin pensar en lo que eso realmente significa, puede dañar su reputación y su futuro.

Alienta a tu hijo adolescente a evitar las quejas, los rumores y los juicios en general, especialmente en línea. Asegúrate de que tu muchacho se dé cuenta de que sus palabras son poderosas y pueden influir en cómo otros se perciben a sí mismos y a sus circunstancias.

Enseña a tu hijo adolescente maneras sanas de alcanzar sus metas. Si está triste, anímalo a usar la comunicación directa. Llamar a un amigo y decirle: “He tenido un mal día. ¿Puedes hablar?”, tal vez lo ayude a obtener más apoyo que un mensaje críptico en redes sociales. Asegúrate de recordarle a tu hjo adolescente que mantener las amistades requiere que sea un buen amigo de los otros. Anímalo a estar para sus amigos y a tratarlos con amabilidad cuando también estén enfrentando problemas.

Niños facultados hacen adultos resistentes

Jim Abbot nació sin la mano derecha, pero sus padres no iban a permitir que eso evitara que realizara sus sueños.

Cuando Abbot hizo saber que quería jugar beisbol, sus padres preguntaron: “¿Por qué no?”, y lo inscribieron en la Liga Pequeña.

Con sólo una mano, aprendió a lanzar. Eso significaba que tenía que balancear el guante en su mano izquierda, arrojar la pelota y luego rápidamente regresar el guante a su mano derecha para que pudiera fildear. Y cuando la bola le llegaba de hit, tenía que fildearla, quitarse el guante y lanzar la bola a primera con su mano izquierda. De alguna manera se las arregló.

Y siguió funcionando. Fue un pícher destacado en preparatoria y siguió jugando en la universidad, donde ganó numerosos premios. A la edad de veintiún años, ganó incluso una medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 1988.

Sus habilidades llamaron la atención de la Liga Mayor de Beisbol. Fue reclutado por los Serafines de California sin siquiera haber jugado un juego en las ligas menores. Pasó diez años en las ligas mayores, donde ganó ochenta y siete partidos, incluyendo un dramático juego sin hits.

Los padres de Abbot reconocieron los cambios adicionales que enfrentó sin la mano derecha, pero le enseñaron que podía vencer esos retos. Abbot dice que su padre —quien tenía dieciocho años cuando Abbot nació — hizo con él todo lo que los otros padres hacían con sus hijos. Pescaban, andaban en bicicleta, jugaban beisbol. “Cuando salí al mundo sentí como si me hubieran arrojado al otro lado, mi padre me habría dado la vuelta, abierto la puerta y mandado de regreso”, explica en su libro Imperfecto: una vida improbable.

Cuando un niño rechaza actuar el papel de víctima, no pierde su tiempo haciendo fiestas de autocompasión. Por el contrario, toma medidas. Creerá que tiene el poder de mejorar su vida —y la de otras personas. Se dedicará a hacer un mundo mejor, porque los niños fortalecidos se convierten en adultos incontenibles.

Las personas mentalmente fuertes no sienten lástima de sí mismas. Y si quieres criar a un niño que se convierta en un adulto que rehúse tener que ver con la autocompasión, no apruebes una mentalidad de víctima. Capacita a tu hijo para que ataque los desafíos de frente, más que insistir en que es una víctima indefensa.

La vida no siempre es fácil. Y es sano reconocer eso ante tu hijo. Pero déjale en claro que, aunque la vida es dura, tú eres más duro. Dale a tu hijo las habilidades que necesita para crear el tipo de vida que desee vivir y la confianza para vencer los obstáculos que salgan en su camino.

Solución de problemas y trampas comunes

Ten cuidado de no recompensar a tu hijo inadvertidamente por ser una “víctima”. Si tu hijo dice que lo acosaron en el recreo, resiste el impulso de decir: “Vayamos a comer a tu restaurante favorito en la noche”, para hacerlo sentir mejor. De otro modo, aprenderá que ser una víctima lo conducirá a recompensas.

Igualmente, si tu hijo está pasando por un momento difícil, no hagas demasiadas concesiones. Dejar que tu hijo evada sus tareas porque estás pasando por un divorcio o permitirle faltar a clase porque está abrumado por su trabajo sólo reforzará la idea de que es una víctima que merece tratamiento especial.

En el otro lado del espectro, los padres a veces minimizan los sentimientos de un niño. En un esfuerzo por “endurecerlo”, un padre puede estar tentado a decir cosas como: “Deja de actuar como si fueras la víctima aquí”. Sin embargo, ser demasiado frío podría reforzar la mentalidad de víctima de tu hijo, pues empezará a pensar que no te importa.

Muestra empatía diciendo cosas como: “Esto debe ser duro”, o “Sé que esto es duro ahora”. Pero déjale claro a tu hijo que no importa qué circunstancias enfrente, tiene opciones en la manera en que responde. Cuando muestras que tienes confianza en su habilidad para enfrentar los tiempos difíciles, se sentirá seguro de que puede lidiar con la adversidad.

No dejes que la mentalidad de víctima de tu hijo te distraiga del verdadero problema. Si tu hijo insiste en que está reprobando porque su maestro no lo quiere, no pierdas el tiempo discutiendo sobre si el maestro realmente lo quiere. En su lugar, enfócate en lo que vas a hacer para que mejore sus calificaciones.

LO QUE ES ÚTIL

*Buscar señales de alerta de una mentalidad de víctima

*Busca lo bueno

*Sustituir pensamientos BLUE con verdaderos pensamientos

*Darle a tu hijo dos opciones

*Enfocarte en lo que tu hijo puede controlar

*Buscar lo positivo

*Dar a tu hijo tiempo desestructurado para jugar

*Enseñar a tu hijo formas sanas de poner atención

LO QUE NO ES ÚTIL

*Sentir pena por tu hijo

*Asistir a las fiestas de autocompasión de tu hijo

*Recompensar a tu hijo por convertirse en una víctima

*Minimizar los sentimientos de tu hijo

*Señalar lo negativo, más que lo positivo

*Subestimar las capacidades de tu hijo


1Trastorno por déficit de atención e hiperactividad. (N. del T.)