CAPÍTULO 1

Chaol Westfall, excapitán de la guardia real y ahora Mano del recién coronado rey de Adarlan, descubrió que odiaba un sonido en particular más que todos los demás: las ruedas. Específicamente, el traqueteo que generaban al avanzar sobre los tablones del barco donde había pasado tres semanas, navegando en aguas tormentosas. Y ahora el traqueteo y golpeteo que iban haciendo al rodar sobre el mármol verde pulido y los mosaicos intrincados del reluciente palacio del khagan en Antica, en el Continente del Sur.
Chaol no tenía otra cosa que hacer salvo permanecer en esa silla de ruedas —que, a su juicio, ya se había convertido en su prisión y al mismo tiempo en su único medio para ver el mundo—, así que prestó atención a cada detalle del enorme palacio situado sobre una de las numerosas colinas de la capital. Todos los materiales provenían y estaban elaborados para honrar alguna parte del poderoso imperio del khagan.
Los pisos verdes pulidos que recorría su silla provenían de canteras del suroeste del continente. De los desiertos arenosos del noreste provenían las columnas rojas de la enorme sala de recepción. Éstas estaban diseñadas para representar árboles majestuosos con las ramas superiores extendidas hacia los domos altos.
Los mosaicos distribuidos entre el mármol verde habían sido elaborados por los artesanos de Tigana, otra de las ciudades más preciadas del khaganato, en la montañosa punta sur del continente. Cada uno representaba una escena del pasado rico, brutal y glorioso del khaganato: los siglos que pasaron como jinetes nómadas entre los pastizales de las estepas al este del continente; el surgimiento del primer khagan, un caudillo que unificó las tribus dispersas y las transformó en una potencia conquistadora que fue adueñándose del continente, parte por parte, con una visión astuta y estratégica que permitió forjar el enorme imperio. Más adelante, las representaciones de los siguientes tres siglos: los diversos khagans que expandieron el imperio y distribuyeron la riqueza de cien territorios por todas sus tierras, que construyeron incontables puentes y caminos para conectarlos a todos y que gobernaron el vasto continente con exactitud y transparencia.
Tal vez los mosaicos representaban un vistazo de lo que Adarlan pudo haber sido, pensó Chaol al avanzar entre el murmullo de la corte ahí reunida y paseando entre las columnas talladas bajo los domos dorados. Claro, eso si Adarlan no hubiera pasado años gobernado por un hombre bajo el control de un rey demonio decidido a hacer del mundo un festín para sus hordas.
Chaol levantó la cabeza para ver a Nesryn, quien iba empujando su silla, y la notó con expresión dura. Sólo sus ojos oscuros —que recorrían con rapidez cada rostro, ventana y columna que pasaba frente a ellos— mostraban alguna señal de interés en la enorme mansión del khagan.
Habían reservado sus ropas más finas para ese día. La recién nombrada capitana de la guardia se veía esplendorosa en su uniforme carmín y dorado. Chaol no tenía idea de dónde lo había sacado Dorian, pues era el mismo uniforme que él alguna vez portó con tanto orgullo.
En un inicio, Chaol tenía la intención de vestir de negro, simplemente porque eso del color… Nunca se había sentido cómodo usando ropa de colores, salvo el rojo y dorado de su reino. Pero el negro ya se había convertido en el color de los guardias de Erawan infestados del Valg, quienes usaron esos uniformes negros cuando aterrorizaron Rifthold, y cuando apresaron, torturaron y después masacraron a sus hombres. Los habían dejado colgados de las rejas del palacio, meciéndose con el viento.
Chaol casi no podía mirar a los guardias de Antica, ni de camino al palacio, ni en las calles ni en esa misma sala, tan orgullosos y alertas, con sus espadas a la espalda y sus cuchillos a los lados. Incluso en ese momento tuvo que controlarse para no mirar hacia los sitios donde sabía que estarían apostados en el salón, exactamente donde él hubiera colocado a sus propios hombres. Donde él mismo estaría, sin duda, monitoreando todo durante la llegada de los emisarios de un reino extranjero.
Nesryn le devolvió la mirada, con sus ojos color ébano, fríos y sin parpadear, el cabello negro a los hombros, que se mecía con cada paso. No se podía ver ni un rastro de nerviosismo en su semblante hermoso y solemne. No se notaba ninguna señal de que estuvieran a punto de conocer a uno de los hombres más poderosos del mundo, un hombre que podría alterar el destino del continente si decidía participar en la guerra que, todo parecía indicar, estaba por estallar en Adarlan y Terrasen.
Chaol se quedó mirando al frente, sin decir palabra. Nesryn le había advertido que los muros, pilares y arcos tenían oídos, ojos y bocas.
Sólo por ese motivo, Chaol evitó ajustarse la ropa que tanto le costó elegir para la ocasión: pantalones color café claro, botas color castaño a la rodilla y camisa blanca de la seda más fina. Sobre ella, traía una chaqueta oscura de tono azul verdoso. Era una chaqueta sencilla: su costo se podía ver en las hebillas de latón fino de la parte delantera y en el brillo del delicado hilo dorado que corría por el cuello y los bordes. No traía la espada colgada del cinturón de cuero. La ausencia del peso tranquilizador de su arma se sentía como la de un miembro fantasma. O unas piernas fantasma.
Dos tareas. Tenía dos tareas mientras estuviera en ese lugar y aún no estaba seguro de cuál de las dos resultaría más imposible: convencer al khagan y a sus seis posibles herederos de que le prestaran sus considerables fuerzas armadas para librar la guerra contra Erawan… O encontrar una sanadora en la Torre Cesme que pudiera descubrir la manera de hacerlo volver a caminar.
Que descubriera, pensó con una oleada considerable de desagrado, una manera de componerlo. Odiaba esa palabra. Casi tanto como el traqueteo de las ruedas. Componer. Aunque eso era lo que le venía a suplicar a las sanadoras legendarias, la palabra seguía siendo irritante y le revolvía el estómago.
Intentó apartar la palabra y la idea de su mente durante el camino, mientras iban con el grupo de sirvientes casi silenciosos que los llevaron desde los muelles, por las sinuosas calles empedradas y polvosas de Antica, hasta la avenida empinada que conducía a los domos y a los treinta y seis minaretes del palacio.
De las innumerables ventanas, antorchas y umbrales de las puertas colgaban tiras de tela blanca, desde seda hasta fieltro y lino.
—El motivo, quizá, sea la muerte de algún funcionario o pariente distante de la familia real —murmuró Nesryn.
Con frecuencia, los diversos rituales funerarios eran una mezcla de los que se acostumbran en los numerosos reinos y territorios regidos por el khaganato, pero la tela blanca era una reliquia de la época en que la gente del khagan recorría las estepas y enterraba a sus muertos bajo la mirada del cielo abierto.
A pesar de esto, la ciudad no les había parecido lúgubre durante el recorrido al palacio. La gente iba de un lugar a otro vestida con ropas de diferentes estilos, los vendedores seguían pregonando su mercancía, los acólitos de los templos de madera o piedra seguían convocando a los peatones.
—Todos los dioses tienen un hogar en Antica —le dijo Nesryn.
El conjunto, incluido el palacio, yacía bajo la vigilancia de la Torre brillante de roca clara que se elevaba sobre una colina al sur. Esa Torre alojaba a las mejores sanadoras mortales del mundo. Chaol hizo un esfuerzo por no quedarse viendo el edificio a través de las ventanas del carruaje, aunque la enorme construcción se alcanzaba a ver desde casi cualquier calle y ángulo de Antica. Ninguno de los sirvientes la había mencionado ni había comentado sobre la presencia dominante, la cual parecía incluso rivalizar con el palacio del khagan.
No, la servidumbre no había dicho gran cosa de camino al palacio, ni siquiera sobre las banderas fúnebres que revoloteaban en el aire seco. Todos los sirvientes permanecieron en silencio, hombres y mujeres por igual. Con sus cabelleras brillantes, lacias y oscuras, sus pantalones holgados y sus chaquetas sueltas de color cobalto y rojo sangre, con remates en tono dorado claro. Eran sirvientes asalariados, pero descendían de los esclavos que alguna vez pertenecieron a la familia del khagan. Fueron esclavos hasta el reinado de la khagan previa, una visionaria y rebelde que abolió la esclavitud para la generación anterior, entre muchas otras mejoras que realizó para el imperio. Esa khagan liberó a los esclavos, pero les dio trabajo a ellos y a sus hijos como servidumbre asalariada, y ahora a los hijos de sus hijos.
Ninguno de ellos parecía haber pasado hambre o estar mal remunerado, y tampoco mostraron siquiera un asomo de miedo cuando escoltaron a Chaol y Nesryn desde el barco hasta al palacio. Al parecer, el khagan actual trataba muy bien a sus sirvientes. Se esperaba que también lo hiciera quien resultara elegido como heredero al trono.
A diferencia de Adarlan o Terrasen, el khagan decidía quién heredaría su imperio sin consideraciones de orden de nacimiento o género. Las cosas no se simplificaban mucho con la costumbre de tener tantos hijos como fuera posible para darle al khagan una amplia variedad de donde escoger. Y la rivalidad entre los hijos de la pareja real… era casi un deporte sangriento. Todos sus actos tenían la intención de demostrarle al monarca quién era el más fuerte, el más sabio, el mejor preparado para gobernar.
Por ley, el khagan debía tener un documento sellado que conservaba en una bóveda secreta y oculta: un documento donde designaba a su heredero en caso de que la muerte lo alcanzara antes de poder hacer el anuncio formal. El documento se podía alterar en cualquier momento, pero el sistema estaba diseñado para evitar que se repitiera aquello que el khaganato temía desde que se anexaron los reinos y territorios del continente: el colapso. No existía el temor de que lo provocara alguna potencia extranjera, sino una guerra interna.
Ese primer khagan de la antigüedad fue sabio, pues en los trescientos años del khaganato nunca había estallado la guerra civil.
Nesryn empujó la silla entre los sirvientes refinados que les hacían reverencias y se detuvo entre dos enormes pilares. Pudieron apreciar las dimensiones de la sala del trono, elegante y ornamentada, donde se reunían docenas de personas alrededor de una plataforma dorada reluciente bajo el sol del mediodía. Chaol se preguntó cuál de las cinco personas paradas frente al hombre en el trono sería la elegida para gobernar este imperio.
Lo único que se escuchaba era el movimiento de las ropas de las casi cincuenta personas —las contó rápidamente en el lapso de unos cuantos parpadeos discretos— reunidas a ambos lados de la plataforma deslumbrante y que formaban un muro de seda, carne y joyas, una auténtica avenida por la cual Nesryn lo iba empujando.
El roce de la tela… y el traqueteo y rechinido de las ruedas. Nesryn las había aceitado esa mañana, pero las semanas que pasaron en altamar habían afectado el metal. Cada chirrido y crujido le ponía a Chaol los pelos de punta, pero mantuvo la cabeza en alto y los hombros hacia atrás.
Nesryn se detuvo a una distancia prudente de la plataforma y del muro que formaban frente a su padre los cinco hijos del khagan, todos en la flor de la edad, hombres y mujeres.
La defensa de su emperador: la labor principal de los príncipes y princesas. Ésa era la manera más fácil de demostrar su lealtad, de buscar una ventaja para ser nombrados herederos. Y los cinco que estaban frente a ellos…
Chaol ajustó su expresión para que sólo manifestara neutralidad y volvió a contar. Eran sólo cinco. No los seis que le había descrito Nesryn.
Pero no miró hacia el salón para buscar al príncipe o princesa faltante, en cambio, hizo una reverencia doblándose a la altura de la cintura. Practicó la maniobra una y otra vez durante la última semana en altamar, cuando el clima se empezó a volver más cálido y el aire se sentía seco y tostado por el sol. Las reverencias en la silla seguían sintiéndose poco naturales, pero Chaol se inclinó lo más que pudo, hasta alcanzar a ver sus piernas inertes, sus botas color marrón impecables y esos pies que no podía sentir, que no podía mover.
A su izquierda, el sonido de la ropa al moverse le indicó que Nesryn estaba a su lado y que también hacía una reverencia. Se mantuvieron en esa posición durante tres respiraciones, como Nesryn le había dicho que se debía hacer. Chaol utilizó esas tres respiraciones para tranquilizarse, para bloquear de su mente el peso de la responsabilidad que cargaban.
Alguna vez fue bueno para conservar la compostura sin alterarse. Trabajó al servicio del padre de Dorian durante años y obedecía las órdenes sin siquiera parpadear. Y antes de eso, soportó a su propio padre, cuyas palabras eran tan hirientes como sus puños, el verdadero y actual lord de Anielle.
El título de lord, que ahora precedía al nombre de Chaol, era una burla. Una burla y una mentira que Dorian se había negado a abandonar a pesar de sus protestas.
Lord Chaol Westfall, la Mano del Rey.
Lo odiaba. Más que el sonido de las ruedas. Más que el cuerpo que ahora no podía sentir por debajo de la cadera; el cuerpo cuya quietud seguía sorprendiéndolo, a pesar de que habían pasado ya varias semanas.
Era el lord de Nada. El lord de los que Rompen sus Juramentos. El lord de los Mentirosos.
Y cuando Chaol levantó el torso y vio los ojos rasgados del hombre canoso en aquel trono, cuando la piel morena y maltratada del khagan se frunció para formar una sonrisita astuta… Chaol se preguntó si el khagan también lo sabría.
CAPÍTULO 2

Nesryn suponía que ella estaba formada por dos partes.
La parte que correspondía a la nueva capitana de la guardia real de Adarlan, quien le hizo un juramento a su rey asegurándole que el hombre junto a ella en la silla de ruedas sería curado y que también conseguiría que el hombre del trono frente a ellos les proporcionara un ejército. Esa parte de Nesryn mantuvo la cabeza en alto, los hombros echados hacia atrás y las manos a una distancia poco amenazadora de la espada ornamentada que llevaba en su cadera.
Pero luego estaba la otra parte.
La parte que, cuando el navío empezó a acercarse, vio aparecer las torres, minaretes y domos de la Ciudad de los Dioses en el horizonte; la que reconoció la columna reluciente de la Torre que sobresalía orgullosa y tuvo que tragarse las lágrimas. La parte que olió la paprika ahumada, el característico picor del jengibre y la dulzura atrayente del comino en cuanto llegaron a los muelles y supo, en sus huesos, que estaba en casa. Que sí, vivía, servía y moriría por Adarlan, por la familia que aún estaba allá, pero en este sitio, donde su padre alguna vez vivió y donde incluso su madre adarlaniana se sentía más a gusto… estaba su gente.
La piel de diversos tonos de marrón y café. La abundancia de ese cabello negro brillante: su cabello. Los ojos que iban de rasgados a redondos y de grandes a delgados, en tonalidades de ébano y pardo o, incluso, algunos castaños y verdes. Su gente. Una mezcla de reinos y territorios, sí, pero… aquí no se siseaban insultos en las calles, aquí los niños no lanzarían rocas, aquí los hijos de su hermana no se sentirían diferentes, no se sentirían no queridos.
Esta parte de ella… que, a pesar de sus hombros firmes y su barbilla levantada, hacía que le temblaran las rodillas al considerar quién, qué, estaba delante de ella.
Nesryn no se atrevió a decirle a su padre dónde iría ni qué haría. Se limitó a decirle que tenía un encargo del rey de Adarlan y que estaría fuera por un tiempo. Su padre no le había creído. Ella misma no lo creía.
El khagan era una historia que se contaba en susurros alrededor de la chimenea en las noches invernales, sus hijos eran leyendas cuyas historias se contaban mientras amasaban esas incontables hogazas para la panadería. Eran los cuentos que en las noches sus ancestros contaban para ayudarla a dormir o para mantenerla despierta toda la noche con terror hasta en los huesos.
El khagan era un mito viviente. Era una deidad al igual que los treinta y seis dioses que gobernaban esta ciudad e imperio. Había tantos templos dedicados a esos dioses en Antica como tributos a los diversos khagans. Más.
La ciudad recibió el nombre de Ciudad de los Dioses por ellos y por el dios viviente sentado en el trono de marfil sobre esa plataforma dorada. Estaba hecha de oro puro, tal como decían las leyendas que le había susurrado su padre. Y los seis hijos del khagan… Nesryn podía nombrarlos a todos sin que se los presentaran.
Tras la meticulosa investigación de Chaol durante el viaje en barco, sabía que a él tampoco le quedaba ninguna duda.
Pero la reunión resultaría distinta a lo esperado.
Por cada cosa que ella le enseñó al excapitán sobre su tierra en esas semanas, Chaol la instruyó en el tema de los protocolos de la corte. Aunque él participó pocas veces directamente, fue testigo de suficientes encuentros mientras estuvo al servicio del rey. Había sido un observador del juego que ahora se convertía en protagonista y que estaba arriesgando mucho.
Esperaron en silencio a que hablara el khagan.
Ella intentó recordar que debía cerrar la boca mientras recorrían el palacio. Nunca había entrado en sus visitas a Antica cuando era niña. Ni su padre, ni el padre de su padre, ni ninguno de sus antepasados. En una ciudad de dioses, éste era el templo más sagrado… y el laberinto más mortífero.
El khagan no se movió de su trono de marfil.
Un trono más reciente, más ancho, de unos cien años de antigüedad, mandado a hacer cuando el séptimo khagan se deshizo del anterior porque no cabía, debido a su corpulencia. Ese khagan comió y bebió hasta morir, decía la historia, pero al menos tuvo la sensatez de nombrar a su heredero antes de llevarse la mano al pecho un día y caer muerto… justo en ese trono.
Urus, el khagan actual, no tenía más de sesenta años y parecía estar en mucho mejor condición física. Aunque su cabello oscuro ya tenía años de estar tan blanco como su trono tallado; aunque tenía cicatrices que le decoraban toda la piel arrugada recordándole al mundo que él había luchado por este trono en los últimos días de vida de su madre… sus ojos de ónix, delgados y rasgados, brillaban como estrellas, claros y omniscientes. En la cima de su cabellera nevada no había corona porque los dioses entre los mortales no necesitaban marcadores de su mando divino.
Detrás de él, las tiras de seda blanca atadas a las ventanas abiertas revoloteaban con la brisa caliente. Éstas provocaban que los pensamientos del khagan y su familia se centraran en el lugar donde el alma del finado, quien fuera, sin duda alguien importante, se reuniría al Eterno Cielo Azul y a la Tierra Durmiente que el khagan y sus ancestros seguían honrando, en vez del panteón de treinta y seis dioses que sus ciudadanos tenían la libertad de adorar. O de cualquier otro dios fuera de ese panteón, en el caso de que los territorios fueran lo suficientemente nuevos para que sus dioses aún no se hubieran incorporado al grupo. Con seguridad había varios de éstos, porque desde que asumió el trono tres décadas atrás, el hombre sentado frente a ellos había anexado un puñado de reinos extranjeros a sus fronteras. Un reino por cada uno de los anillos con resplandecientes rocas preciosas que le adornaban los dedos llenos de cicatrices.
Un guerrero ataviado con ropas finas apoyaba los codos en los brazos del trono de marfil —construido con los colmillos extraídos de las bestias poderosas que recorrían los pastizales centrales—, mientras sus manos bajaban para acomodarse en su regazo, ocultas detrás de tramos de seda azul con bordes dorados. La tela estaba teñida con la tinta índigo proveniente de las tierras calientes y exuberantes del oeste, de Balruhn, de donde provenía originalmente la gente de Nesryn, antes de que la curiosidad y la ambición hicieran que su bisabuelo arrastrara a la familia por las montañas, pastizales y desiertos hacia la Ciudad de los Dioses en el árido norte.
Los Faliq habían sido comerciantes desde siempre, pero no de cosas particularmente finas. Sólo telas simples de buena calidad y especias. Su tío seguía comerciando con ese tipo de bienes y, a través de varias inversiones lucrativas, se había convertido en un hombre moderadamente rico. Su familia ahora vivía en una casa hermosa en esta misma ciudad. Estaba sin duda un peldaño más arriba del panadero, el camino que su padre había elegido al dejar estas costas.
—Que un nuevo rey envíe a alguien tan importante a nuestras costas no es algo que se vea todos los días —dijo al fin el khagan en la lengua de ellos y no en halha, el idioma del Continente del Sur—. Supongo que debemos considerarlo un honor.
Su acento era tan similar al de su padre, pensó Nesryn, pero el tono no tenía la misma calidez, el mismo humor. Este era un hombre que había sido obedecido toda su vida, que peleó para ganarse su corona y que ejecutó a dos de sus hermanos, quienes demostraron ser malos perdedores. De los tres que sobrevivieron… uno estaba exiliado y los otros dos habían jurado lealtad a su hermano e hicieron que las sanadoras de la Torre los dejaran estériles.
Chaol inclinó la cabeza.
—El honor es mío, Gran Khagan.
No majestad, eso era para reyes y reinas. No había un término con la importancia o grandeza necesaria para el hombre que estaba frente a ellos. Sólo el título que el primero de sus ancestros usó: Gran Khagan.
—Tuyo —respondió el khagan y sus ojos oscuros se deslizaron a Nesryn—. ¿Qué me dices de tu compañera?
Nesryn se resistió a la tentación de volver a hacer una reverencia. Se dio cuenta de que Dorian Havilliard era lo opuesto a este hombre. Aelin Galathynius, por otro lado… Nesryn se preguntó si la joven reina tenía más en común con el khagan que con el rey Havilliard. O si lo llegaría a tener, si es que sobrevivía para gobernar; si es que llegaba a su trono.
Nesryn se guardó esos pensamientos cuando Chaol la miró con los hombros tensos. Ella sabía que no era por sus palabras, ni por la compañía, sino porque el simple acto de tener que levantar la mirada, ver al rey guerrero a la cara desde la silla… El día sería difícil para él.
Nesryn inclinó la cabeza ligeramente.
—Soy Nesryn Faliq, capitana de la guardia real de Adarlan. El mismo puesto que lord Westfall ocupó antes de que el rey Dorian lo designara como su Mano este verano.
Se sintió agradecida de que sus años en Rifthold le habían enseñado a no sonreír, a no achicarse ni mostrar miedo; se sintió agradecida de haber aprendido a mantener la voz fría y estable a pesar del temblor en sus rodillas.
—Mi familia es originaria de aquí, Gran Khagan —continuó Nesryn—. Antica sigue siendo dueña de un pedazo de mi alma —se puso la mano sobre el corazón y sus callos se atoraron un poco en los hilos finos de su uniforme dorado y carmín, los colores del imperio que había hecho que su familia se sintiera muchas veces perseguida e indeseada—. El honor de estar en su palacio es el mayor de toda mi vida.
Tal vez era verdad.
Su familia sin duda así lo consideraría cuando les contara, eso si encontraba el tiempo para visitarlos en el barrio tranquilo y lleno de jardines conocido como Runni, donde habitaban los comerciantes y mercaderes como su tío.
El khagan apenas sonrió.
—Entonces permíteme darte la bienvenida a tu verdadero hogar, capitana.
Nesryn alcanzó a percibir, más que a ver, un parpadeo de molestia en la expresión de Chaol. No le quedó muy claro qué lo provocó: el reconocimiento de su tierra natal o el título oficial que ahora había pasado a ella.
Pero Nesryn inclinó la cabeza otra vez en agradecimiento.
—Asumiré que están aquí para convencerme de que me una a la guerra que están por librar —el khagan le dijo a Chaol.
—Estamos aquí en nombre de mi rey —Chaol respondió con sequedad y se alcanzó a escuchar una nota de orgullo cuando pronunció esa palabra—. Para empezar lo que esperamos es que sea una nueva era de comercio próspero y paz.
Uno de los vástagos del khagan, una joven con el cabello como la noche fluida y ojos de fuego oscuro, intercambió una mirada irónica con el hermano a su izquierda, un hombre unos tres años mayor que ella.
Entonces ésos eran Hasar y Sartaq, la tercera y el segundo hijos, respectivamente. Ambos usaban pantalones holgados similares y túnicas bordadas, con botas de cuero fino a la rodilla. Hasar no era particularmente hermosa, pero esos ojos… la flama que bailaba en ellos cuando miraba a su hermano mayor compensaba lo demás.
Sartaq era comandante de los jinetes de ruk de su padre, los rukhin. La caballería aérea de su pueblo llevaba mucho tiempo viviendo en el norte, en las enormes montañas Tavan. Vivían con sus ruks, pájaros gigantes que eran de forma similar a un águila, pero de tamaño suficiente para llevar ganado y caballos entre las garras. No tenían la masa y peso destructivo de los guivernos de las brujas Dientes de Hierro, pero eran rápidos, ágiles y astutos como zorros. Las monturas eran perfectas para los arqueros legendarios que volaban sobre ellas en la batalla.
Sartaq tenía expresión solemne y la espalda ancha, muy recta. Era un hombre que tal vez se sentía incómodo en sus ropas elegantes, igual que Chaol. Nesryn se preguntó si el ruk de Sartaq, Kadara, estaría posado en uno de los treinta y seis minaretes del palacio, mirando a los sirvientes y guardias asustados, esperando con impaciencia que regresara su amo.
Si Sartaq estaba ahí… tenían que saber, entonces. Y lo supieron con suficiente anticipación, que ella y Chaol venían en camino.
La mirada llena de significado que intercambiaron Sartaq y Hasar le dio suficiente información a Nesryn: cuando menos ellos habían discutido las posibilidades de esta visita.
La mirada de Sartaq pasó de su hermana a Nesryn. Ella le concedió un parpadeo. La piel morena de Sartaq era más oscura que la de los demás, quizá por todo el tiempo que pasaba en los cielos y bajo la luz del sol. Sus ojos eran de un tono ébano sólido, inescrutables y sin fondo. Su cabello negro estaba desatado excepto por una pequeña trenza que se le curvaba por encima de la oreja. El resto de su cabello le llegaba un poco más abajo del pecho musculoso y se le movió ligeramente cuando inclinó la cabeza en un gesto que a Nesryn le pareció burlón.
Adarlan había enviado una pareja poco común y humilde. El excapitán lesionado y la capitana actual de sangre común. Tal vez las palabras iniciales del khagan sobre el honor fueron una referencia velada de lo que él percibía como un insulto.
Nesryn se obligó a apartar su atención del príncipe a pesar de que seguía sintiendo la mirada fija de Sartaq, la cual permanecía en ella como un roce fantasma.
—Traemos regalos de su majestad, el rey de Adarlan —afirmó Chaol, quien giró en su silla para indicar a los sirvientes detrás de ellos que avanzaran.
La reina Georgina y su corte prácticamente saquearon las arcas reales antes de huir a sus tierras en la montaña durante la primavera, y el rey anterior sacó mucho de lo que quedaba durante los últimos meses. Pero antes de que Nesryn y Chaol se embarcaran con rumbo a este país, Dorian visitó las bóvedas debajo del castillo. Nesryn todavía recordaba el eco de la palabrota de Dorian, algo más vulgar que todo lo que le había escuchado antes, cuando encontró poco más que unos gramos de oro.
Aelin, como de costumbre, tenía un plan.
Nesryn estaba parada al lado de su nuevo rey en la habitación de Aelin, cuando ella abrió de golpe dos baúles. Tenía joyas dignas de una reina, para una reina de los asesinos, que brillaban dentro.
—Ya tengo suficientes fondos —fue lo único que dijo Aelin cuando Dorian empezó a protestar—. Dale al khagan un poco de lo mejor de Adarlan.
En las semanas posteriores, Nesryn se preguntó en varias ocasiones si Aelin estaría contenta de haberse deshecho de lo que compró con dinero de sangre. Las joyas de Adarlan, al parecer, no viajarían a Terrasen.
Y en ese momento, cuando los sirvientes presentaron cuatro baúles pequeños —por sugerencia de Aelin, dividieron el contenido de sus dos baúles para dar la impresión de que era más tesoro— y abrieron las tapas, la corte silenciosa se acercó a ver.
Un murmullo recorrió al grupo cuando vieron las gemas relucientes, el oro y la plata.
—Un regalo —declaró Chaol, mientras el mismo khagan se asomaba a examinar el tesoro— del rey Dorian Havilliard de Adarlan y de Aelin Galathynius, reina de Terrasen.
En cuanto pronunció el segundo nombre, los ojos de la princesa Hasar voltearon de inmediato hacia Chaol. El príncipe Sartaq sólo miró a su padre. El hijo mayor, Arghun, frunció el ceño al ver las joyas.
Arghun, el político del grupo, amado entre los mercaderes y poderosos del continente, era delgado y alto, un estudioso que no comerciaba con monedas y productos finos, sino con conocimientos.
Príncipe de Espías llamaban a Arghun. Mientras sus dos hermanos se convirtieron en excelentes guerreros, Arghun afinó su mente y ahora estaba a cargo de supervisar a los treinta y seis visires de su padre. Así que ese ceño fruncido al ver el tesoro… collares de diamantes y rubíes; brazaletes de oro y esmeralda; aretes, verdaderos candelabros en miniatura, de zafiro y amatista; anillos tallados de manera exquisita, algunos coronados con joyas tan grandes como un huevo de golondrina; peinetas, prendedores y broches. Todos ganados con sangre, comprados con sangre.
La más joven de los hijos del khagan, una mujer hermosa de huesos delicados, se acercó más. Su nombre era Duva. En la mano delgada que descansaba sobre su vientre, considerablemente grande, traía un anillo grueso de plata con un zafiro de tamaño casi obsceno.
Tal vez tendría unos seis meses de embarazo, a juzgar por la ropa holgada (prefería el morado y el rosa), pero por su complexión delgada no era fácil saber. Era sin duda su primer hijo, el resultado del matrimonio arreglado con un príncipe que provenía de los territorios extranjeros del lejano este, vecinos de Doranelle hacia el sur, y quien había notado que la reina hada empezaba a moverse y quiso conseguir la protección del imperio del sur al otro lado del mar. Nesryn no fue la única que consideró posible que se tratara del primer intento a gran escala del khaganato por expandir su continente, de por sí enorme.
Nesryn no se permitió fijarse demasiado en la vida que crecía debajo de esa mano enjoyada.
Porque si uno de los hermanos de Duva era coronado khagan, la primera tarea de este nuevo gobernante, después de haber producido suficientes hijos propios, sería eliminar cualquier posible rivalidad por el trono, empezando por los hijos de sus hermanos, si se atrevían a disputar su derecho a gobernar.
Se preguntó cómo lo podía soportar Duva. Si ya se habría permitido amar al bebé que crecía en su vientre o si estaba consciente de que no debía permitirse sentir esa emoción. Si el padre de ese bebé haría todo lo que estuviera en su poder para llevarse al niño a un sitio seguro, si las cosas llegarían a eso.
Finalmente, el khagan se volvió a recargar en el respaldo de su trono. Sus hijos se enderezaron de nuevo y la mano de Duva regresó a su costado.
—Joyas —explicó Chaol— elaboradas por los mejores artesanos de Adarlan.
El khagan jugó con el anillo cetrino que tenía puesto.
—Si vienen de parte del Aelin Galathynius, no dudo que lo sean.
Un momento de silencio entre Nesryn y Chaol. Ellos sabían, anticiparon, que el khagan tendría espías en todos los territorios, en todos los mares. Que el pasado de Aelin podría ser un poco difícil de explicar.
—Porque tú no eres sólo la Mano de Adarlan —continuó el khagan—, sino también el embajador de Terrasen, ¿no es así?
—Así es —se limitó a responder Chaol.
El khagan se puso de pie. Sus movimientos apenas delataban un poco de rigidez por la edad. Sus hijos de inmediato se apartaron para abrirle camino y que pudiera bajar de la plataforma dorada.
El más alto de sus hijos, un hombre muy atractivo y quizás menos prudente, comparado con la intensidad silenciosa de Sartaq, miró a todos como si evaluara que alguien pudiera representar una amenaza. Se trataba de Kashin, el cuarto hijo del khagan.
Si Sartaq comandaba los ruks en los cielos del norte y del centro, Kashin controlaba los ejércitos en tierra; soldados de a pie y caballería, principalmente. Arghun tenía influencia sobre los visires y Hasar, según los rumores, contaba con la lealtad de las armadas. Sin embargo, Kashin parecía menos sofisticado, con su cabello oscuro trenzado hacia atrás, que dejaba despejada su cara ancha. Era apuesto, sí, pero daba la impresión de sentirse más cómodo con el estilo de vida de sus tropas y no necesariamente de una mala manera.
El khagan bajó de la plataforma. Su túnica color cobalto susurraba a lo largo del piso. Con cada uno de sus pasos sobre el mármol verde, Nesryn recordaba que ese hombre alguna vez comandó no sólo a los ruks en los cielos, sino también al pueblo de los señores ecuestres y persuadió a las armadas de que se unieran a él. Después, Urus y su hermano mayor lucharon mano a mano a petición de su madre, mientras ella iba muriendo de la enfermedad que la consumió y de la cual ni siquiera las sanadoras de la Torre la pudieron ayudar. El hijo que saliera vivo de la arena sería el siguiente khagan.
La khagan era aficionada al espectáculo. Y para esa pelea final entre sus dos hijos seleccionados, los llevó al gran anfiteatro en el corazón de la ciudad. Las puertas estaban abiertas a todo aquél que quisiera asistir y lograra hacerse de un lugar. La gente estaba sentada sobre los arcos y en las escaleras, mientras que miles más llenaron las calles cercanas al edificio de roca blanca. Los ruks y sus jinetes se posaron sobre los pilares que coronaban el nivel más alto y otros rukhin circulaban por los aires.
Los dos candidatos a herederos pelearon seis horas.
No sólo uno contra el otro, sino también contra los monstruos que su madre liberó para ponerlos a prueba: grandes gatos que salían disparados desde las esquinas ocultas debajo del suelo arenoso; carretas con picos de hierro y lanzas que atacaban desde la oscuridad de los túneles de entrada para derribarlos.
El padre de Nesryn estuvo entre la multitud febril de las calles, escuchando los informes a gritos que llegaban desde las personas que colgaban de las columnas.
El golpe final no fue un acto de brutalidad ni de odio.
El hermano mayor del ahora khagan, Orda, tenía una lanza clavada en el costado gracias a esos aurigas de las carretas. Después de seis horas de batalla sangrienta y de hacer todo por sobrevivir, esa lesión lo eliminó de la pelea.
Urus ya había dejado su espada a un lado. Un silencio absoluto se apoderó de la arena. En ese silencio, Urus le extendió la mano ensangrentada a su hermano caído para ayudarlo.
Orda lanzó la daga que traía oculta hacia el corazón de Urus.
Falló por cinco centímetros.
Y Urus se arrancó la daga, gritando, y se la enterró de regreso a su hermano.
Pero Urus no falló como lo había hecho su hermano.
El khagan empezó a avanzar hacia ellos y hacia los baúles con las joyas, y Nesryn se preguntó si todavía tendría el pecho marcado por la cicatriz. Si aquella khagan muerta hace tanto tiempo habría llorado por su hijo en privado, por el hijo que murió a manos de quien asumiría su corona en cuestión de días. O si nunca se había permitido amar a sus hijos sabiendo el destino que les aguardaba.
Urus, khagan del Continente del Sur, se detuvo frente a Nesryn y Chaol. Era por lo menos quince centímetros más alto que Nesryn, tenía los hombros anchos y la espalda recta todavía.
Apenas delataba su edad, cuando se agachó para tomar un collar de diamantes y zafiros del baúl. Las piedras brillaban como un río viviente en esas manos repletas de tantas cicatrices como de joyas.
—Mi hijo mayor, Arghun —dijo el khagan con un movimiento de la barbilla en dirección al príncipe de cara alargada que monitoreaba todo—, recientemente me informó sobre algo fascinante relacionado con la reina Aelin Ashryver Galathynius.
Nesryn se preparó para el golpe. Chaol sólo le sostuvo la mirada a Urus.
Pero los ojos oscuros del khagan, iguales a los ojos de Sartaq, pensó Nesryn, bailaron cuando le dijo a Chaol:
—Una reina de diecinueve años pondría nervioso a cualquiera. Dorian Havilliard, por lo menos, ha estado preparándose para asumir la corona desde que nació; él tiene las herramientas para controlar una corte y un reino. Pero Aelin Galathynius…
El khagan lanzó el collar de regreso al baúl. El sonido que hizo al caer fue tan fuerte como el sonido de acero sobre roca.
—Supongo que algunos considerarían sus diez años de asesina profesional como experiencia.
Nuevamente, una oleada de murmullos recorrió el salón del trono. Los ojos brillantes de Hasar casi estaban encendidos. El rostro de Sartaq no se inmutó; tal vez era una habilidad aprendida de su hermano mayor, cuyos espías en verdad debían ser muy hábiles si conocían el pasado de Aelin. Aunque Arghun parecía esforzarse por controlar su sonrisa petulante.
—Tal vez estemos separados por el Mar Angosto —le dijo el khagan a Chaol, quien no cambió su expresión ni un milímetro—, pero incluso nosotros hemos escuchado sobre Celaena Sardothien. Ustedes me ofrecen joyas que sin duda pertenecieron a su colección personal. Sin embargo, son joyas para mí, mientras que mi hija Duva —miró en dirección a su hermosa hija embarazada que estaba parada cerca de Hasar— todavía no ha recibido ningún regalo de bodas del nuevo rey ni de la reina resurgida, aunque el resto de los gobernantes del mundo enviaron sus regalos hace casi seis meses.
Nesryn ocultó su vergüenza. Había muchas posibles explicaciones de ese descuido, pero nada que se atrevieran a decir en voz alta, no en ese lugar. Chaol no le ofreció ninguna aclaración y permaneció en silencio.
—Pero —continuó el khagan—, en vez de estas joyas que me lanzaron a los pies como sacos de grano, preferiría que me dijeran la verdad. En especial después de que Aelin Galathynius les destrozó el castillo de cristal, asesinó al rey y tomó la ciudad capital.
—Si el príncipe Arghun ya posee la información —respondió al fin Chaol, con frialdad inmutable—, tal vez ya no sea necesario que yo la proporcione.
Nesryn intentó controlar su sobresalto ante el tono, el desafío, que percibió en la voz de Chaol…
—Tal vez no —dijo el khagan y Arghun entrecerró un poco los ojos—. Pero creo que ustedes sí quieren escuchar la verdad de mi parte.
Chaol no había preguntado nada. Ni siquiera se notaba remotamente interesado.
—¿Oh? —es lo único que dijo.
Kashin se tensó. Por lo visto, era el defensor más acérrimo de su padre. Arghun sólo intercambió miradas con un visir y sonrió en dirección de Chaol como serpiente a punto de atacar.
—El motivo por el cual creo que vinieron, lord Westfall, Mano del Rey, es el siguiente…
Sólo las gaviotas que volaban en lo alto, sobre el domo del salón del trono, se atrevieron a hacer ruido.
El khagan cerró bruscamente las tapas de los baúles, una por una.
—Creo que vinieron a convencerme de unirme a su guerra. Adarlan está dividido. Terrasen está desahuciado; además, deberá resolver el asunto de convencer a los lords sobrevivientes de que luchen por una reina sin experiencia que se pasó diez años viviendo entre lujos en Rifthold y que adquirió estas joyas con dinero de sangre. Su lista de aliados es corta y endeble. Las fuerzas del duque Perrington son lo contrario. Los demás reinos de su continente están destrozados y los ejércitos de Perrington los separan de los territorios del norte. Así que viajaron hasta acá, tan rápido como los pudieron transportar los ocho vientos, para rogarme que envíe mis ejércitos a sus costas. Para convencerme de derramar nuestra sangre por una causa perdida.
—Algunos la considerarían una causa noble —respondió Chaol.
—Aún no termino —dijo el khagan y alzó la mano.
Chaol se notaba molesto, pero no volvió a hablar sin que le dieran la palabra. El corazón de Nesryn latía desbocado.
—Muchos dirán —continuó el khagan y movió la mano levantada hacia los visires, hacia Arghun y Hasar— que deberíamos permanecer fuera del asunto. O, mejor aún, aliarnos con la fuerza que sin duda ganará y con quien hemos mantenido una relación comercial lucrativa a lo largo de estos diez años.
Señaló a otros hombres y mujeres ataviados con las túnicas doradas de los visires; así como a Sartaq, Kashin y Duva.
—Algunos dirán que, de aliarnos contra Perrington, nos arriesgaríamos a tener que enfrentar a sus ejércitos en nuestros puertos algún día. Que los reinos destrozados de Eyllwe y Fenharrow podrían recuperar su riqueza con un gobierno distinto y que eso llenaría nuestras arcas al establecer buenos lazos comerciales. No tengo duda de que ustedes me prometerán que así será. Me ofrecerán tratados comerciales exclusivos, quizás incluso desventajosos para ustedes. Pero están desesperados y no poseen nada que yo no tenga ya. Nada que yo no pueda tomar si así lo deseo.
Chaol mantuvo la boca cerrada, por suerte. Aunque sus ojos castaños hirvieron al escuchar la amenaza velada.
El khagan se asomó al cuarto y último baúl. Contenía peines y cepillos enjoyados, elegantes frascos de perfume elaborados por los mejores artistas de cristal soplado de Adarlan. Los mismos que construyeron el castillo que Aelin destrozó.
—Así que vinieron para convencerme de unirme a su causa. Y yo lo consideraré mientras sean mis huéspedes. Porque me queda claro que su viaje tiene también otro propósito.
Hizo un breve ademán con la mano llena de cicatrices y joyas en dirección a la silla de ruedas. Las mejillas bronceadas de Chaol se llenaron de color, pero no se movió, no se amedrentó. Nesryn se obligó a hacer lo mismo.
—Arghun me informó que tus heridas son recientes, que sucedieron cuando estalló el castillo de cristal. Parece ser que la reina de Terrasen no fue tan cuidadosa con sus aliados.
A Chaol le aleteó el músculo de la mandíbula cuando todos, desde los príncipes hasta los sirvientes, centraron la atención en sus piernas.
—Dado que su relación con Doranelle es delicada en este momento, también gracias a Aelin Galathynius, asumo que el único camino disponible hacia la sanación fue éste, en la Torre Cesme.
El khagan se encogió de hombros, el último vestigio del joven guerrero irreverente que fue alguna vez.
—Mi amada esposa se sentiría profundamente decepcionada si yo le negara la posibilidad de sanar a cualquiera —Nesryn se sorprendió entonces de que la emperatriz no estuviera en la habitación—; así que, por supuesto, les otorgaré el permiso de entrar a la Torre. Sin embargo, las sanadoras podrán decidir si les ayudarán o no. Ni siquiera yo controlo la voluntad de la Torre.
La Torre dominaba el borde sur de Antica, acunada en la cima de la colina más alta, con vista a la ciudad que se extendía hacia el mar verdoso. Estaba bajo el dominio de las famosas sanadoras y era, además, un tributo a Silba, la diosa sanadora que las bendecía. De los treinta y seis dioses que este imperio ha acogido en su panteón a lo largo de los siglos, y que pertenecen a religiones de todas partes, en esta Ciudad de los Dioses… Silba era, sin lugar a dudas, la diosa reinante.
Chaol se veía como si estuviera tragando brasas al rojo vivo, pero afortunadamente logró inclinar la cabeza.
—Le agradezco su generosidad, Gran Khagan.
—Descansen esta noche. Les informaré a las sanadoras que estarás listo para recibirlas mañana en la mañana. Como no te es posible ir a la Torre, alguien vendrá al palacio. Si ellas están de acuerdo.
Los dedos de Chaol se movieron en su regazo, pero no apretó los puños. Nesryn seguía conteniendo la respiración.
—Estoy a su disposición —agregó Chaol con sequedad.
El khagan cerró el último baúl de joyas.
—Puedes quedarte con tus regalos, Mano del Rey, embajador de Aelin Galathynius. No me sirven… y no me interesan.
Chaol levantó la cabeza de golpe, como si algo en el tono de voz del khagan lo hubiera sobresaltado.
—¿Por qué? —preguntó Chaol.
Nesryn apenas logró ocultar su reacción. Nadie se atrevía jamás a cuestionar a ese hombre, como delataron la rabia y sorpresa en los ojos del khagan, así como las miradas que intercambiaron sus hijos.
Pero Nesryn alcanzó a notar un destello de algo más en los ojos del khagan. Cierto cansancio. Ella sintió como si algo aceitoso se le deslizara al estómago al ver otra vez las banderas blancas que colgaban de las ventanas por toda la ciudad. Al ver a los seis herederos y contar de nuevo.
No eran seis.
Eran cinco. Sólo había cinco ahí.
Banderas fúnebres en la casa real. En toda la ciudad.
El pueblo del khagan no guardaba luto, no como en Adarlan, donde se vestían de negro y se deprimían durante meses. En cambio, aquí, incluso en la familia real, la vida seguía adelante. No acostumbraban tener a sus muertos en catacumbas de roca o ataúdes, sino que los envolvían en una mortaja blanca y los colocaban bajo el cielo abierto en una reserva cerrada y sagrada de las estepas distantes.
Nesryn miró la fila de los cinco herederos y contó. Los cinco mayores estaban presentes. Y cuando se dio cuenta de que Tumelun, la más joven, de apenas diecisiete años, no estaba, el khagan le dijo a Chaol:
—Tus espías son inútiles, en verdad, por si no te has enterado.
Con eso, empezó a alejarse hacia su trono y dejó que Sartaq diera un paso al frente. El segundo hijo del khagan tenía los ojos profundos cubiertos por un velo de pesar. Sartaq inclinó la cabeza hacia Nesryn en silencio. Sí, sí, sus sospechas eran acertadas…
La voz sólida y agradable de Sartaq llenó la sala.
—Nuestra amada hermana, Tumelun, falleció inesperadamente hace tres semanas.
Oh, dioses. Tantas palabras que no se pronunciaron y rituales que se no observaron; tan sólo presentarse en este sitio y exigir que los apoyaran en la guerra era una transgresión, algo de pésimo gusto…
Chaol miró a los ojos a cada uno de los príncipes y princesas de rostros tensos y, finalmente, en el silencio cargado, le dijo al khagan mismo:
—Les ofrezco mis más profundas condolencias.
—Que el viento del norte la lleve a planicies más hermosas —dijo Nesryn con una exhalación.
Sólo Sartaq se tomó la molestia de asentir como agradecimiento; los demás se tornaron fríos y rígidos.
Nesryn le dirigió a Chaol una mirada silenciosa de advertencia para que no hiciera preguntas sobre la muerte de la princesa. Él comprendió la expresión en su rostro y asintió.
El khagan se puso a rascar una imperfección en su trono de marfil y el silencio se hizo tan pesado como los abrigos que los señores ecuestres todavía usaban para protegerse del penetrante viento del norte y de sus sillas de montar de madera.
—Llevamos tres semanas en altamar —Chaol intentó ofrecer una disculpa con voz más suave.
El khagan no se molestó por aparentar comprensión.
—Eso explicaría también por qué están tan poco conscientes de las otras noticias y de por qué estas joyas podrían serles de mayor utilidad a ustedes —dijo el khagan con una sonrisa retorcida y carente de alegría—. Esta mañana, los contactos de Arghun me proporcionaron también información proveniente de un barco. Las arcas reales en Rifthold ya no están disponibles. El duque Perrington y su ejército de terrores voladores saquearon Rifthold.
Un silencio, pulsante y hueco, recorrió todo el cuerpo de Nesryn. No le quedaba claro si Chaol seguía respirando.
—No tenemos noticias de dónde está el rey Dorian, pero entregó Rifthold. Huyó hacia la noche, si creemos en los rumores. La ciudad cayó. Todo lo que está al sur de Rifthold le pertenece ahora a Perrington y sus brujas.
Lo primero que vio Nesryn en su mente fueron los rostros de sus sobrinos; luego la cara de su hermana, después a su padre. Vio su cocina, la panadería. Las tartas de pera enfriándose en la mesa larga de madera.
Dorian los había abandonado. Había dejado desamparados a todos para… ¿para qué? ¿Para ir en busca de ayuda? ¿Para sobrevivir? ¿Para huir con Aelin?
¿La guardia real se habría quedado a pelear? ¿Alguien habría luchado para salvar a los inocentes en la ciudad?
Le temblaban las manos. No le importó. No le importaba si esta gente engalanada con sus ropas lujosas se burlaba de ella. Se trataba de los hijos de su hermana, la gran dicha de su vida…
Chaol la miraba. Su rostro permanecía inexpresivo; en él no se veía devastación ni sorpresa. Nesryn empezó a sentirse asfixiada por el uniforme rojo y dorado. La estaba estrangulando.
Brujas y guivernos. En su ciudad. Con esos dientes y uñas de hierro. Rasgando, desangrando y torturando. Su familia… su familia…
Sartaq había vuelto a dar un paso al frente. Sus ojos de ónix pasaron de Nesryn al khagan.
—Padre, nuestros huéspedes vienen de un largo viaje. Hagamos a un lado la política —dijo con una mirada de desaprobación a Arghun, que parecía divertido, divertido con las noticias que les habían dado y que los hacían sentir como si el piso de mármol verde se hubiera abierto bajo sus botas—, porque seguimos siendo una nación de hospitalidad. Dejemos que descansen unas horas. Y luego cenemos con ellos.
Hasar avanzó al lado de Sartaq sin dejar de fruncir el ceño a Arghun. Tal vez no lo hacía para reprenderlo, como Sartaq, sino sólo porque Arghun no le había dado a ella primero la noticia.
—Que ningún huésped pase por nuestro hogar y le falten comodidades.
Aunque las palabras eran de bienvenida, el tono con que Hasar las pronunció fue lo opuesto.
Su padre los miró confundido.
—Así sea —dijo Urus y, con un movimiento de la mano, hizo que se acercaran los sirvientes apostados junto a los pilares al fondo—. Escóltenlos a sus habitaciones. Y envíen un mensaje a la Torre para que nos manden a su mejor sanadora. Hafiza, si está dispuesta a bajar de esa torre.
Nesryn casi no escuchó lo demás. Si las brujas habían tomado la ciudad, entonces no habría quien pudiera hacer frente al Valg que la infestó a principios del verano… No habría nadie para luchar contra ellos. No habría nadie para proteger a su familia.
Eso, si habían sobrevivido.
No podía respirar. No podía pensar.
No debió haberse ido. No debió haber aceptado este cargo.
Podrían estar muertos o sufriendo. Muertos. Muertos.
No se percató cuando una mujer llegó para empujar la silla de Chaol. Apenas se dio cuenta de que Chaol la había tomado de la mano para entrelazar sus dedos con los de ella.
Nesryn ni siquiera recordó hacer una reverencia al khagan cuando se fueron.
No podía dejar de ver sus rostros.
Los niños. Los hijos sonrientes y de vientres redondos de su hermana.
No debía haber venido.
CAPÍTULO 3

Nesryn entró en estado de conmoción y Chaol no podía acercarse a ella ni tomarla en sus brazos y estrecharla.
No lo pudo hacer porque ella se alejó, en silencio y deslizándose como un espectro, directo a su recámara y cerró la puerta —les habían asignado una habitación lujosa en el primer piso del palacio—. Actuaba como si se hubiera olvidado que existían todos los demás en el mundo.
No la culpaba.
Chaol permitió que la doncella de servicio, una joven de huesos delicados con cabello castaño que caía en rizos pesados hasta su cintura estrecha, lo llevara a la segunda recámara. La habitación tenía vista a un jardín con árboles frutales y fuentes borboteantes; también había cascadas de flores rosadas y moradas que colgaban de macetas ancladas al balcón sobre su cabeza. Funcionaban como cortinas vivientes frente a las enormes ventanas de su recámara. Aunque notó que más bien eran puertas.
La doncella murmuró algo sobre llenar la bañera. Su manejo del lenguaje de Chaol era torpe comparado con la habilidad del khagan y sus hijos. Aunque él no estaba en ninguna posición de juzgar: él apenas sabía algo de los otros idiomas de su propio continente.
La doncella desapareció detrás de un biombo de madera tallada, que sin duda ocultaba la entrada a la habitación del baño, y Chaol se asomó por la puerta todavía abierta de su recámara, hacia el otro lado de la sala de mármol, hacia las puertas cerradas de la recámara de Nesryn.
No debieron haberse ido de Rifthold. Él no podría haber hecho nada, pero… sabía el efecto que tendría en Nesryn no saber. El efecto que ya estaba teniendo en él.
Se dijo que Dorian no estaba muerto. Que había logrado salir. Escapar. Si estuviera en manos de Perrington, de Erawan, ya lo sabrían. El príncipe Arghun lo sabría. Su ciudad, saqueada por brujas. Se preguntó si Manon Picos Negros habría sido la líder del ataque.
Chaol intentó sin éxito hacer un recuento de las deudas entre ellos. Aelin le había perdonado la vida a Manon en el templo de Temis, pero Manon les había proporcionado información vital sobre Dorian cuando estaba bajo el yugo del Valg. ¿Eso significaba que estaban a mano? ¿O que eran aliados tentativos?
No valía la pena tener esperanzas de que Manon se volviera en contra de Morath. De todas maneras, Chaol le rezó a cualquier dios que estuviera escuchando para que protegiera a Dorian, para que guiara a su rey a puertos más amigables.
Dorian lograría sobrevivir. Era demasiado astuto, poseía demasiados dones para no hacerlo. Chaol no aceptaría otra alternativa, ninguna. Dorian estaba vivo y a salvo. O en camino a un sitio seguro. Y cuando Chaol tuviera un momento, iba a exprimirle esa información al príncipe primogénito. Con o sin luto. Todo lo que Arghun sabía, él también lo sabría. Y luego le pediría a la doncella que preguntara en todos los barcos comerciales para que le dieran cualquier información que tuvieran sobre el ataque.
No se sabía nada, ni una sola cosa, sobre Aelin. Dónde estaba, qué estaba haciendo. Aelin, quien bien podría ser la responsable de que perdieran esta alianza.
Apretó los dientes, y seguía apretándolos cuando la puerta de la habitación se abrió y un hombre alto de hombros anchos entró como si fuera el dueño del lugar. Chaol se dio cuenta de que sí lo era. El príncipe Kashin venía solo y sin armas, aunque se movía con la seguridad de alguien que confía en la fuerza infalible de su cuerpo.
Chaol probablemente se había movido igual cuando recorría el palacio en Rifthold. Inclinó la cabeza para saludar y el príncipe cerró la puerta del pasillo y lo miró con detenimiento. Era la evaluación de un guerrero, franca y a fondo. Cuando el príncipe al fin detuvo sus ojos castaños en los de Chaol, le dijo en el idioma de Adarlan:
—Las lesiones como la tuya no son raras aquí y he visto muchas, en especial, entre las tribus de jinetes. La gente de mi familia.
Chaol no se sentía con ganas particulares de discutir sobre sus heridas con el príncipe, ni con nadie más, así que sólo asintió.
—Estoy seguro de que así es.
Kashin ladeó la cabeza y volvió a estudiar a Chaol. La trenza oscura se le desplazó frente al hombro musculoso. Tal vez estaba comprendiendo que Chaol no deseaba iniciar esa conversación en particular.
—Mi padre en verdad desea que nos acompañen a cenar. Y más que eso, que nos acompañen todas las noches posteriores, mientras estén aquí. Y que se sienten en la mesa principal.
No era una invitación anormal para un dignatario extranjero y ciertamente era un honor sentarse en la mesa del khagan, pero enviar a su hijo a que se lo comunicara… Chaol consideró sus siguientes palabras con cuidado, pero luego optó por las más obvias:
—¿Por qué?
Sin duda, la familia deseaba mantenerse unida después de perder a su miembro más joven. Invitar a unos desconocidos a acompañarlos…
El príncipe apretó la mandíbula. No era un hombre acostumbrado a ocultar sus emociones como sus tres hermanos mayores.
—Arghun sostiene que el palacio está a salvo de los espías del duque Perrington y que sus agentes no han llegado hasta acá. Yo no comparto su opinión. Y Sartaq… —el príncipe se detuvo, como si no quisiera involucrar a su hermano o aliado potencial. Hizo una mueca—. Por este motivo elegí vivir entre soldados. Las simulaciones de esta corte…
Chaol se sintió tentado a decirle que lo entendía. Él se había sentido así la mayor parte de su vida.
—¿Crees que las fuerzas de Perrington ya se infiltraron en esta corte? —preguntó, sin embargo.
¿Cuánto sabría Kashin, o Arghun, sobre las fuerzas de Perrington, sobre la verdad del rey del Valg que usaba la piel de Perrington? ¿O sobre los ejércitos que comandaba, peores que todo lo que esta familia pudiera imaginar? Pero esa información… se la guardaría. Esperaría para ver si la podía utilizar de alguna manera, en caso de que Arghun y el khagan no supieran de esto.
Kashin se frotó el cuello.
—No sé si sería Perrington o alguien de Terrasen, o de Melisande, o de Wendlyn. Lo único que sé es que mi hermana está muerta.
El corazón de Chaol se detuvo un instante.
—¿Cómo sucedió? —se atrevió a preguntar.
El dolor fulguró en la mirada de Kashin.
—Tumelun siempre fue un poco salvaje, temeraria. Con tendencia a la volubilidad. Un día estaba feliz y risueña, y al siguiente se portaba retraída y desesperanzada. Dicen… —tragó saliva y se le movió la garganta de arriba a abajo—. Dicen que por eso saltó del balcón. Duva y su esposo la encontraron esa noche.
Una muerte en la familia siempre es devastadora, pero un suicidio…
—Lo siento —dijo Chaol en voz baja.
Kashin negó con la cabeza y la luz del sol que entraba desde el jardín se reflejó en su cabello oscuro.
—Yo no lo creo. Mi Tumelun no hubiera saltado.
Mi Tumelun. Las palabras le comunicaron a Chaol la cercanía del príncipe con su hermana menor.
—¿Sospechas que fue un asesinato?
—Lo único que sé es que los cambios de humor de Tumelun no… Yo la conocía. Tanto como conozco mi propio corazón —se colocó la mano sobre el pecho—. Ella no habría saltado.
Chaol de nuevo consideró con cuidado las palabras que usaría.
—Lamento mucho tu pérdida, pero dime ¿tienes algún motivo para pensar que lo podría haber planeado un reino extranjero?
Kashin caminó un poco.
—Nadie dentro de nuestras tierras sería tan estúpido.
—Bueno, pues nadie de Terrasen ni de Adarlan haría algo así tampoco, ni siquiera como manipulación para que se unan a esta guerra.
Kashin lo estudio por un instante.
—¿Ni siquiera la reina que fue alguna vez asesina?
Chaol no permitió que sus emociones se reflejaran en su expresión.
—Tal vez fue asesina, pero incluso, entonces, Aelin tenía principios inviolables. Matar o hacer daño a niños era uno de ellos.
Kashin se detuvo frente a la cómoda recargada contra el muro del jardín y acomodó una caja dorada sobre su superficie oscura y pulida.
—Lo sé. Eso también lo leí en los informes de mi hermano. Detalles sobre sus asesinatos —Chaol podría jurar que el príncipe se estremeció—. Te creo.
No cabía duda de por qué el príncipe estaba teniendo esa conversación con él.
Kashin continuó.
—Lo cual nos deja pocos poderes extranjeros que podrían haberlo hecho y Perrington encabeza esa corta lista.
—Pero ¿por qué atacaría a tu hermana?
—No lo sé —Kashin dio otros pasos—. Era joven, sin malicia… cabalgaba conmigo entre los darghan, nuestros clanes madre. Todavía no tenía su propia sulde.
Chaol frunció un poco el entrecejo y cuando el príncipe se dio cuenta, le aclaró:
—Es la lanza que portan todos los guerreros darghan. Atamos mechones de pelo de nuestro caballo favorito en el mango de la lanza, debajo de la cuchilla. Nuestros ancestros creían que en la dirección que el viento hiciera revolotear esos mechones, ahí nos aguardaba nuestro destino. Algunos de nosotros todavía creemos en esto, pero incluso quienes piensan que es sólo una tradición… las llevan a todas partes. Hay un patio en este palacio donde están plantadas mi sulde y las de mis hermanos, junto a la de mi padre, para sentir el viento mientras estamos aquí. Pero en la muerte… —nuevamente esa sombra de dolor—. En la muerte es el único objeto que conservamos. Contienen el alma de un guerrero darghan por toda la eternidad y se dejan plantadas en la estepa en nuestro reino sagrado —el príncipe cerró los ojos—. Ahora su alma viajará con el viento.
Nesryn le había contado todo eso. Chaol se limitó a repetir:
—Lo siento mucho.
Kashin abrió los ojos.
—Algunos de mis hermanos no me creen lo de Tumelun. Otros sí. Nuestro padre… él sigue indeciso. Nuestra madre ni siquiera sale de su recámara de tanto dolor y hablar con ella sobre mis sospechas podría… No me arriesgaría a mencionárselas a ella —se frotó la mandíbula poderosa—. Así que convencí a mi padre de que nos acompañen a cenar todas las noches como un gesto de diplomacia. Pero me gustaría que observaran con los ojos de alguien externo. Que me informen si notan cualquier cosa extraña. Tal vez ustedes puedan ver algo que nosotros no.
Ayudarlos… y tal vez recibir algo a cambio.
—Si confías en mí, lo suficiente como para pedirme eso, para contarme lo que piensas, ¿entonces por qué no accedes a aliarte con nosotros en la guerra? —le dijo Chaol, sin más rodeos.
—No es mi lugar responderte eso, ni elucubrar —dijo Kashin, fiel a su entrenamiento de soldado. Luego examinó la habitación como si quisiera confirmar que no había enemigos potenciales esperando—. Yo sólo marcho cuando mi padre da la orden.
Si las fuerzas de Perrington ya estaban ahí, si en realidad Morath estaba detrás del asesinato de la princesa… Sería demasiado sencillo. Demasiado fácil convencer al khagan de que se aliara con Dorian y Aelin. Perrington-Erawan era inteligente y no cometería ese error.
Pero si Chaol tenía la intención de ganarse al comandante de los ejércitos terrestres del khagan…
—Yo no soy partícipe de esos juegos, lord Westfall —dijo Kashin al interpretar el brillo de la mirada de Chaol—. Tendrás que convencer al resto de mis hermanos.
Chaol dio unos golpecitos con el dedo en el brazo de la silla de ruedas.
—¿Qué me aconsejas para lograr eso?
Kashin ahogó una risa y sonrió un poco.
—Han venido otros antes que tú, de reinos mucho más ricos que el tuyo. Algunos han tenido éxito, otros no —vio entonces de reojo las piernas de Chaol y se alcanzó a notar un destello de lástima en su mirada. Chaol apretó los brazos de la silla al percibir esa compasión, el sentimiento que provenía de un hombre que lo reconocía como un guerrero, un igual—. Lo único que puedo ofrecer es desearte buena suerte.
Entonces el príncipe empezó a alejarse en dirección a las puertas, dando grandes zancadas con sus piernas largas.
—Si Perrington tiene un agente aquí —dijo Chaol cuando Kashin llegó a la puerta de la habitación—, entonces ya se habrán percatado de que todos en este palacio están en grave peligro. Deben ponerse en acción.
Kashin hizo una pausa con la mano sobre la manija labrada de la puerta y miró por encima de su hombro.
—¿Por qué piensas que pedí el apoyo de un lord extranjero?
Y, con eso, el príncipe se marchó y sus palabras quedaron colgando en el aire dulzón. Su tono de voz no había sido cruel ni insultante, pero la franqueza militar de sus palabras…
Chaol se esforzó por controlar su respiración a pesar de que sus pensamientos se arremolinaban. No había visto anillos ni collares negros, pero tampoco había estado buscándolos. Ni siquiera había considerado que la sombra de Morath ya pudiera haber llegado tan lejos.
Chaol se frotó el pecho. Debía ser cuidadoso. Debía ser cuidadoso en esta corte. Con lo que decía públicamente, con lo que decía también en esa habitación.
Chaol seguía viendo hacia la puerta cerrada, pensando en todo lo que Kashin había dejado implícito, cuando la doncella emergió, vestida ahora con una bata de seda muy delgada y transparente en vez de la túnica y pantalones. No dejaba nada a la imaginación.
Ahogó su instinto por llamar a Nesryn de un grito para que ella lo ayudara.
—Sólo ayúdame a lavarme —dijo con la voz más clara y firme que pudo.
Ella no manifestó nervios ni titubeos trémulos. Y él comprendió que ella ya había hecho esto antes, incontables veces, ya que sólo le preguntó:
—¿No soy de tu agrado?
Fue una pregunta directa y honesta. A ella le pagaban bien por sus servicios… A todos los sirvientes del palacio les pagaban bien. Ella eligió estar ahí y sería fácil encontrar a alguien que la sustituyera sin arriesgar su posición.
—Sí, lo eres —repuso Chaol aunque mentía un poco y se negaba a dejar que su mirada bajara más allá de los ojos de la chica—. Eres muy agradable —aclaró—. Pero sólo quiero un baño —dijo. Luego sintió que debía confirmar—: No necesito nada más de ti.
Pensó que notaría gratitud de parte de la doncella, pero ella sólo asintió sin alterarse. Tendría que ser cuidadoso con sus palabras, incluso con ella. Tendría que estar muy consciente de lo que discutiera con Nesryn en estas habitaciones.
No había escuchado ningún sonido, ni un asomo de movimiento detrás de las puertas cerradas de la recámara de Nesryn. Y así seguía. Le indicó a la doncella que empujara su silla al cuarto de baño; en la habitación de mosaicos blancos y azules ondeaban velos de vapor. La silla se deslizó por encima de la alfombra y las baldosas para luego dar vuelta con facilidad alrededor de los muebles.
Nesryn encontró esa silla en las catacumbas vacías de las sanadoras del castillo de Rifthold, justo antes de que se embarcaran con dirección a este lugar. Al parecer, fue uno de los pocos artículos que las sanadoras dejaron atrás cuando huyeron.
Era más ligera y más estilizada de lo que él esperaba. Las ruedas grandes a los lados del asiento rotaban con facilidad, incluso cuando usaba los delgados aros de metal para propulsarse solo. A diferencia de lo estorbosas y rígidas que eran otras sillas que había visto, ésta tenía dos ruedas pequeñas al frente, justo a ambos lados de los reposapiés de madera, y cada una podía girar en la dirección que él quisiera. Y ahora daban vuelta sin dificultad hacia el vapor ascendente del cuarto de baño.
La mayor parte del espacio estaba ocupado por una bañera por debajo del nivel del piso. La superficie del agua brillaba debido a los aceites que flotaban en ella y tenía una que otra isleta de puñados de pétalos flotantes. Había una pequeña ventana en la parte más alta de la pared, que daba hacia el verdor del jardín, y unas velas, que le proporcionaban tonos dorados al vapor ondulante.
Lujo. Lujo total mientras su ciudad sufría y mientras suplicaban por la ayuda que no llegaba. Dorian hubiera decidido quedarse; sólo la derrota absoluta, sin posibilidad alguna de supervivencia, lo hubiera obligado a irse. Chaol se preguntó si su magia habría servido de algo. Si los habría ayudado.
Dorian encontraría la manera de ponerse a salvo, encontraría aliados. Chaol lo sabía en sus huesos aunque no dejaba de sentir el estómago revuelto. No podía hacer nada para ayudar a su rey desde este lugar, salvo obtener esa alianza. A pesar de que todos sus instintos le reclamaban que regresara a Adarlan, que encontrara a Dorian, permanecería firme en su misión.
Chaol apenas se dio cuenta de que la ayudante estaba quitándole las botas con unos tirones eficientes. Y aunque él podría haberlo hecho solo, apenas dijo algo cuando ella le quitó la chaqueta azul verdosa y luego la camisa que tenía puesta debajo. Pero salió de sus pensamientos por fin cuando ella empezó a quitarle los pantalones, cuando se inclinó al frente para ayudar, apretando los dientes mientras trabajaban en conjunto con un silencio forzado. Cuando ella estiró la mano para quitarle la ropa interior, él la tomó de la muñeca para impedirlo.
Él y Nesryn todavía no se habían tocado. Más allá de un intento fallido hacía tres días, cuando aún iban en el barco, él no transmitía ningún deseo de volver a intentarlo. Sin embargo, quería. Despertaba la mayoría de las mañanas con el deseo de hacerlo; en especial, cuando compartieron esa cama en su camarote. Pero la idea de estar tan quieto y recostado, de no poder tomarla como lo había hecho antes… eso, le había suprimido cualquier lujuria que pudiera empezar a sentir. Aunque se sentía agradecido de que ciertas partes de su cuerpo sin duda siguieran funcionando.
—Puedo meterme yo solo —dijo Chaol, y antes de que la doncella pudiera ayudarle a moverse, se valió de toda la fuerza de sus brazos y su espalda, y empezó a levantarse de la silla. Fue un proceso poco ceremonioso, un proceso que ya había aprendido a dominar durante el largo viaje en altamar.
Primero hacía funcionar el mecanismo que bloqueaba el movimiento de las ruedas. El clic hizo eco en las baldosas y el agua. Con unos cuantos movimientos, se acercó al borde de la silla y luego retiró sus pies de las placas de madera para ponerlos en el piso. Inclinó las piernas hacia su izquierda al hacerlo. Con la mano derecha se cogió del borde de la silla junto a sus rodillas, hizo un puño con la mano izquierda y se agachó para apoyarla en los mosaicos frescos y resbalosos por el vapor. Resbalosos…
La doncella se acercó, colocó una tela gruesa y blanca frente a él y luego retrocedió. Él la miró con una sonrisa tensa de agradecimiento y recargó el puño izquierdo de nuevo en el piso, sobre la tela gruesa, para distribuir su peso en el brazo. Inhaló y, con la mano todavía en la orilla de la silla, bajó su cuerpo con cuidado hacia el piso, alejando su trasero de la silla mientras sus rodillas se doblaban sin que él lo pidiera.
Aterrizó con un golpe seco, pero al menos ya estaba en el piso y no se había caído, como le pasó las primeras veces que lo intentó en el barco.
Con cuidado, se acercó al borde de las escaleras de la piscina hasta que pudo meter los pies en el agua tibia, justo sobre el segundo escalón. La doncella se metió al agua un instante después, con movimientos agraciados de ave, y su bata translúcida se fue volviendo tan insustancial, como el rocío, cuando el agua empezó a ascender por ella. Sus manos eran cuidadosas pero firmes, y lo sostuvo bajo el brazo para ayudarlo a terminar de meterse a la piscina y sentarse en el escalón superior. Luego lo ayudó a bajar uno y otro hasta que el agua le llegó a los hombros. Los ojos de Chaol quedaron al nivel de los grandes senos de la doncella.
Ella no pareció darse cuenta. Y él de inmediato apartó la mirada hacia la ventana cuando ella estiró la mano hacia la pequeña bandeja con artículos de baño que había dejado en el borde de la piscina. Aceites, cepillos y paños de aspecto suave. Chaol se quitó la ropa interior cuando ella se dio la vuelta y la colocó con un tronido fuerte y húmedo en la orilla.
Nesryn seguía sin salir de su habitación.
Así que Chaol cerró los ojos y se dejó atender por la doncella sin dejar de pensar en qué demonios iba a hacer.
CAPÍTULO 4

De todas las habitaciones de la Torre Cesme, ésta era la que más le gustaba a Yrene Towers.
Tal vez porque la habitación, localizada en la punta de la Torre de rocas claras, con el enorme complejo de edificios abajo, tenía vistas inigualables de los atardeceres de Antica.
Tal vez porque era el sitio donde había sentido el primer asomo de seguridad en casi diez años. El sitio donde vio por primera vez a la mujer anciana que ahora se sentaba del otro lado del escritorio lleno de papeles y libros, y donde escuchó las palabras que lo cambiaron todo: “Eres bienvenida aquí, Yrene Towers”.
Habían pasado dos años desde aquel día.
Dos años de trabajar en este sitio, de vivir aquí, en esta Torre y en esta ciudad de tantos pueblos, de tantas comidas y de tantos conocimientos ocultos.
Había cumplido con todo lo que soñaba y aprovechó cada oportunidad, cada reto, a manos llenas. Estudió, escuchó, practicó y salvó vidas, las cambió, hasta que llegó a ser la primera de su clase. Hasta que esta hija de una sanadora desconocida de Fenharrow empezó a ser buscada por sanadoras de todas las edades y que habían estudiado toda su vida, para que ella les diera consejos y las ayudara.
La magia ayudaba. Una magia gloriosa y hermosa que podía dejarla sin aliento o tan agotada que no era capaz de levantarse de la cama durante días. La magia tenía un precio, tanto para la sanadora como para el paciente. Pero Yrene estaba dispuesta a pagarlo. Nunca le habían importado las consecuencias de una sanación brutal… si eso implicaba salvar una vida.
Silba le concedió el don y una joven desconocida le dio otro regalo la última noche que pasó en Innish hacía dos años atrás. Yrene no tenía la intención de desperdiciar ninguno de los dos.
Esperó en silencio mientras la mujer delgada al otro lado del escritorio, irremediablemente desordenado, terminaba de leer un mensaje. A pesar de todos los esfuerzos de sus sirvientes, el antiguo escritorio de palo de rosa siempre era un caos y estaba cubierto de fórmulas o hechizos, viales y frascos donde se elaboraba algún tónico.
En ese momento había dos frascos sobre el escritorio. Eran dos esferas transparentes sobre soportes de plata en forma de patas de ibis, que estaban purificándose bajo la interminable luz de sol de la Torre.
Hafiza, Sanadora Mayor de la Torre Cesme, tomó uno de los frascos, agitó su contenido azul claro, frunció el ceño y lo volvió a colocar en su sitio.
—Esta maldita cosa siempre toma el doble de tiempo de lo que anticipo —dijo y luego le preguntó despreocupadamente a Yrene en su idioma—: ¿Por qué crees que sea?
Yrene se acercó para estudiar el tónico, pero no se levantó de la silla mullida y desgastada de su lado del escritorio. Cada reunión, cada encuentro con Hafiza, era una lección, una oportunidad de aprender. Era una ocasión para que le pusiera un reto. Yrene alzó el frasco de su soporte, lo sostuvo frente a la luz dorada del atardecer y examinó el espeso líquido azul que contenía.
—¿Cuál es su uso?
—Una niña de diez años empezó con tos seca hace seis semanas. Vio a los médicos y ellos le recetaron té con miel, descanso y aire fresco. Mejoró un poco, pero luego la tos regresó con más fuerza.
Los médicos de la Torre Cesme eran los mejores del mundo y sólo se diferenciaban de las sanadoras por el hecho de que ellos no poseían magia. Eran la primera línea de revisión para las sanadoras de la Torre y sus habitaciones se encontraban en el gran complejo dispuesto alrededor de la base.
La magia era muy preciada y sus exigencias eran costosas, lo suficiente para que, siglos atrás, la Sanadora Mayor decretara que ellas sólo verían a los pacientes después de que los revisara un médico. Tal vez fue una maniobra política, un hueso que les concedieron a los médicos que con frecuencia eran despreciados por la gente que exigía los remedios absolutos de la magia.
Sin embargo, la magia no podía curarlo todo. No podía detener la muerte ni hacer que la gente regresara luego de morir. Yrene logró comprenderlo tras muchas experiencias a lo largo de los últimos dos años, e incluso antes. Pero a pesar de los protocolos de los médicos, y como siempre había hecho, Yrene todavía caminaba hacia el sonido de la tos en las calles angostas e inclinadas de Antica.
Yrene ladeó el frasco en varias direcciones.
—Tal vez el tónico esté reaccionando al calor. Ha hecho más calor de lo normal, incluso para nosotros.
Por fin, el verano pronto terminaría. Sin embargo, luego de dos años de vivir ahí, Yrene todavía no se acostumbraba del todo al calor seco e implacable de la Ciudad de los Dioses. Por suerte, un genio del pasado inventó las bidgier, torres que capturaban el viento y que estaban colocadas sobre los edificios para atraer el aire fresco hacia las habitaciones de abajo. Algunas incluso trabajaban en conjunto con los pocos canales de agua que recorrían el subsuelo de Antica para transformar el viento caliente en brisas frescas. La ciudad estaba llena de esas pequeñas torres, como mil lanzas que emergían hacia el cielo y que brotaban tanto de las casitas hechas de ladrillo horneado como de las grandes residencias abovedadas, con sus patios sombreados y estanques transparentes.
Por desgracia, la Torre se construyó antes de ese invento genial, y aunque los niveles superiores tenían una ventilación ingeniosa que refrescaba las habitaciones de abajo, en muchas ocasiones Yrene deseó que un arquitecto ingenioso se dedicara a instalar los avances más recientes en la Torre. De hecho, con el aumento del calor y las fogatas que ardían en diferentes lugares de la Torre, la habitación de Hafiza era casi un horno.
—Podrías llevarlo a una habitación más abajo, donde esté más fresco —añadió Yrene.
—¿Pero necesita del sol?
Yrene lo pensó.
—Usa espejos. Atrapa la luz del sol a través de la ventana y concéntrala en el frasco. Ajusta su posición unas cuantas veces al día para que el tónico siga en el camino del sol. La temperatura más baja y la luz de sol más concentrada podrían ayudar a que esté listo más rápido.
Hafiza hizo un movimiento breve de la cabeza para indicar su aprobación. Yrene había llegado a apreciar mucho esos movimientos y la luz que reflejaban los ojos color marrón de la Sanadora Mayor.
—Las mentes rápidas con frecuencia salvan más vidas que la magia —fue la única respuesta de Hafiza.
Lo había dicho antes, miles de veces, por lo general, en situaciones en las que estaba involucrada Yrene, para su orgullo eterno; pero esta vez, ella sólo inclinó la cabeza como gesto de agradecimiento y de nuevo colocó el frasco sobre su soporte.
—Entonces —dijo Hafiza y colocó una mano sobre la otra en el escritorio brillante de palo de rosa—, Eretia me comentó que cree que vas a dejarnos.
Yrene se enderezó en su asiento, en la misma silla en la que se había sentado el primer día que subió los mil escalones hasta la parte superior de la Torre para suplicar que la admitieran. Esa súplica fue la menor de sus humillaciones durante esa reunión. El momento culminante fue cuando vació la bolsa con oro sobre el escritorio de Hafiza y le dijo que no importaba cuánto le costara educarse ahí, que se podía quedar con todo el dinero.
No sabía que Hafiza no aceptaba dinero de sus estudiantes. No, ellas pagaban por su educación de otras maneras. Yrene ya había soportado incontables humillaciones y degradaciones durante el año que trabajó en la posada rural llamada Cerdo Blanco, pero nunca se había sentido más mortificada que en el momento en que Hafiza le ordenó que volviera a guardar el dinero en su bolso color café. Mientras recogía el oro del escritorio, como un jugador de naipes que se apresura a recolectar sus ganancias, Yrene se preguntó si no sería preferible cruzar el arco de las ventanas que se elevaban a espaldas del escritorio de Hafiza y saltar al vacío.
Muchas cosas habían cambiado desde aquel día. Ahora ya no usaba ese vestido de harapos y ya no tenía el cuerpo demasiado delgado. Yrene suponía que las interminables escaleras de la Torre le ayudaban a conservar la línea ahora que consumía alimentos sanos de manera regular, gracias a las enormes cocinas de la Torre, los incontables mercados llenos de puestos de comida y los comedores públicos que había en casi todas las calles transitadas y callejones sinuosos.
Yrene tragó saliva una vez e intentó sin éxito dilucidar qué significaba la expresión de la Sanadora Mayor. Hafiza era la única persona de ahí que Yrene no podía leer, que no podía anticipar. Nunca le levantó la voz ni mostró un solo destello de mal humor, cosa que no se podía decir de muchas de las instructoras, en especial de Eretia. Hafiza sólo tenía tres expresiones: complacida, neutral y decepcionada. A Yrene le aterraban las últimas dos.
Pero no era porque la castigara. Eso no sucedía. No le limitaban sus raciones de comida y no la amenazaban con castigos dolorosos; a diferencia de cómo la trataban en el Cerdo Blanco, donde Nolan le condicionaba la paga si hacía algo indebido, si era demasiado generosa con un cliente, o si la descubría por la noche dejando las sobras afuera para los niños casi salvajes que recorrían las calles sucias de Innish.
Cuando llegó a Antica, pensó que las cosas serían iguales: que la gente le quitaría el dinero, que le dificultarían que se marchara. Pasó un año trabajando en el Cerdo Blanco porque Nolan le aumentaba la renta, le disminuía el salario o no le daba sus escasas propinas completas. Por otro lado, sabía que la mayoría de las mujeres en Innish trabajaban en la calle. La posada, por asquerosa que fuera, era una alternativa mucho mejor.
Se dijo a sí misma que nunca más lo volvería a aceptar… hasta que llegó a este lugar. Hasta que dejó caer su oro sobre el escritorio de Hafiza, decidida a empezar de nuevo, a endeudarse y venderse, sólo por tener la oportunidad de aprender.
Hafiza ni siquiera consideró semejante alternativa. Su trabajo se oponía directamente a las personas que hacían eso, a la gente como Nolan. Yrene todavía recordaba la primera vez que escuchó a Hafiza decir, con ese acento fuerte y hermoso, casi las mismas palabras que le había repetido su madre: no le cobrarían, ni a estudiantes ni a pacientes, por lo que Silba, diosa de la sanación, les había concedido sin costo.
En una tierra de tantos dioses, donde Yrene seguía sin estar segura de cuál era cuál, por lo menos Silba permanecía constante.
Esta era otra de las medidas ingeniosas que tomó el khaganato para unir los reinos y territorios que fue anexando a lo largo de los años de conquista: conservar y adaptar los dioses de todos. Incluyendo a Silba, cuyo dominio sobre las sanadoras se definió en estas tierras mucho tiempo atrás. La historia, aparentemente, la escribían los victoriosos. Eso le dijo Eretia, su tutora directa, alguna vez. Y era cierto, hasta para los dioses que no gozaban de más inmunidad frente a esto que los simples mortales.
Pero eso no evitó que Yrene dedicara una oración a Silba y a los dioses que estuvieran escuchando cuando respondió al fin:
—Estoy lista, sí.
—Para dejarnos —unas palabras tan simples, pronunciadas con ese rostro neutro, tranquilo y paciente—. ¿O has considerado la otra opción que te presenté?
Yrene la había considerado. No había dejado de pensar en eso desde que Hafiza la llamó a esta oficina, hacía dos semanas, para decirle la única palabra que podía hacerla sentir como si un puño le estrujara el corazón: “Quédate”.
Quedarse y aprender más… quedarse y averiguar en qué se convertiría esta vida incipiente que había empezado a construir en Antica.
Yrene se frotó el pecho como si todavía pudiera sentir la presión.
—La guerra está por estallar otra vez en mi hogar, en el Continente del Norte —así lo llamaban aquí. Tragó saliva—. Quiero estar allá para ayudar a quienes luchan contra el control del imperio.
Al fin, después de tantos años, se estaban uniendo fuerzas. Si los rumores eran ciertos, Adarlan había quedado destrozado a manos del mismo Dorian Havilliard en el norte y del lugarteniente del rey muerto, el duque Perrington, en el sur. Dorian tenía el apoyo de Aelin Galathynius, la reina perdida cuyo poder había crecido y quien estaba hambrienta de venganza, a juzgar por lo que había hecho con el castillo de cristal y su rey. Y Perrington, según se decía, contaba con unos monstruos terribles nacidos de una pesadilla oscura.
Pero si ésta era la única oportunidad que tendría Fenharrow para alcanzar la libertad… Yrene estaría ahí para ayudar, con lo que pudiera ofrecer. Todavía podía oler el humo en las madrugadas o cuando una sanación difícil la dejaba agotada. El humo de esa fogata que encendieron los soldados de Adarlan y donde quemaron a su madre. Todavía podía escuchar los gritos y sentir la madera que se le clavaba bajo las uñas cuando, desde su escondite tras un árbol en las orillas del bosque de Oakwald, vio cómo la quemaban viva porque su madre mató a un soldado para que Yrene tuviera tiempo de escapar.
Habían pasado diez años desde entonces. Casi once. Y aunque cruzó montañas y mares… había días en que Yrene se sentía como si todavía estuviera en Fenharrow, oliendo esa fogata, con astillas de madera bajo las uñas, mirando cómo los soldados tomaban las antorchas para quemar también su cabaña.
Esa cabaña que había sido el hogar de generaciones de sanadoras Towers.
Probablemente era apropiado, de alguna manera, que ella terminara dentro de una torre. El anillo de su mano izquierda era lo único que le quedaba para recordar que, en el pasado, durante cientos de años, existió una línea de sanadoras con dones prodigiosos al sur de Fenharrow. Ahora, jugueteaba con ese anillo, la última prueba de que su madre, la madre de su madre y todas las madres antes que ellas vivieron y sanaron en paz alguna vez. Era uno de los únicos dos objetos que Yrene se negó a vender, aunque conservarlo implicara venderse a sí misma.
Hafiza no había respondido, así que Yrene continuó hablando mientras el sol se empezaba a ocultar detrás de las aguas color jade en el puerto al otro lado de la ciudad.
—Aunque la magia ya regresó al Continente del Norte, es probable que muchas de las sanadoras no tengan entrenamiento, si es que sobrevivieron. Podría salvar muchas vidas.
—La guerra también podría quitarte la vida.
Yrene lo sabía. Alzó la barbilla.
—Estoy consciente de los riesgos.
La mirada en los ojos oscuros de Hafiza se suavizó.
—Sí, sí lo estás.
Esa información salió a la luz durante aquella primera reunión vergonzosa de Yrene con la Sanadora Mayor.
Hacía años que Yrene no lloraba, desde el día en que su madre se convirtió en cenizas al viento; pero en el momento en que Hafiza le preguntó sobre sus padres… ocultó la cara en las manos y lloró. Hafiza se levantó del otro lado del escritorio, la abrazó y la consoló, mientras le acariciaba la espalda.
Hafiza solía hacer eso. No sólo con Yrene, sino con todas las sanadoras. Cuando pasaban largas horas trabajando, cuando ya tenían contracturas en la espalda y la magia las había drenado por completo pero seguía sin ser suficiente, su presencia silenciosa y constante les daba fuerza, las tranquilizaba.
Hafiza era lo más parecido a una madre para Yrene, desde que ésta tenía once años. Y ahora, a unas semanas de cumplir veintidós, dudaba de volver a encontrar algún día a alguien como ella.
—Ya hice los exámenes —dijo Yrene, aunque Hafiza ya lo sabía. Ella se los aplicó en persona y supervisó la semana pesada de exámenes que evaluaban su conocimiento, habilidad y práctica con pacientes. Yrene se aseguró de obtener las mejores calificaciones de su grupo. Obtuvo la calificación más cercana a la perfección que se hubiera obtenido en la Torre—. Estoy lista.
—Vaya que lo estás. Y de todas maneras me pregunto cuánto más podrías aprender en cinco o diez años si aprendiste tanto en dos.
Yrene resultó demasiado talentosa para empezar su entrenamiento con las acólitas en los niveles inferiores de la Torre.
Siempre acompañó a su madre, desde que tuvo edad de caminar y hablar. Aprendió poco a poco, a lo largo de los años, igual que todas las sanadoras de su familia. A los once años, Yrene ya había aprendido más de lo que la mayoría aprendería en otra década. Incluso, durante los siguientes seis años, cuando fingía ser una trabajadora ordinaria en la granja de la prima de su madre (la familia no estaba segura de qué hacer con ella; no querían conocerla en realidad porque la guerra y Adarlan podrían destruirlos a todos), siguió practicando en secreto.
Pero no demasiado y no de manera demasiado notoria. Durante esos años, los mismos vecinos podían denunciarla ante la más mínima mención de magia. Y aunque la magia había desaparecido y, con ella, el don de Silba, Yrene fue cuidadosa de aparentar ser solamente un miembro más de la familia de granjeros. Tal vez podía revelar que la abuela le había enseñado algunos remedios naturales para las fiebres, los dolores de parto, las torceduras o los huesos rotos, pero nada más.
En Innish pudo hacer más y aprovechaba el poco dinero que tenía para comprar hierbas y ungüentos. Aunque con frecuencia no se atrevía a usarlos porque Nolan y su camarera predilecta, Jessa, la observaban noche y día. Por ello, estos últimos dos años en Antica quiso aprender todo lo posible y, además, había sido un tiempo de liberación tras años de reprimir, mentir y ocultarse.
El día que desembarcó y sintió cómo se removía su magia, que sintió cómo ese poder intentaba acercarse a un hombre que cojeaba por la calle… ese día entró en un estado de conmoción continuo hasta que, tres horas después, terminó llorando en la misma silla que ocupaba ahora.
Yrene suspiró.
—Podría regresar un día a continuar mis estudios. Pero, con el debido respeto, ya soy una sanadora formada.
Y podía aventurarse donde su don la llamara.
Hafiza arqueó las cejas blancas que tanto contrastaban con su piel morena.
—¿Y qué me dices del príncipe Kashin?
Yrene se reacomodó en la silla.
—¿Qué hay de él?
—Eran buenos amigos. Él sigue apreciándote y eso no es algo para tomar a la ligera.
Yrene le dirigió una mirada a la Sanadora Mayor que pocos se hubieran atrevido a hacer.
—¿Él va a interferir con mis planes de irme?
—Es un príncipe y nunca se le ha negado nada, salvo la corona que desea. Es posible que descubra que no puede tolerar tu partida.
La desesperanza recorrió todo su cuerpo, empezó por su columna y terminó enroscada en el fondo de su estómago.
—Yo no le he dado motivos para pensar otra cosa. El año pasado le dejé muy clara mi opinión.
Había sido un desastre. Repasó sus palabras una y otra vez, lo que le dijo, los momentos que pasaron juntos, todo lo que condujo a esa horrible conversación dentro de la enorme carpa darghan en las estepas azotadas por el viento.
Todo empezó unos meses después de su llegada a Antica, cuando se enfermó uno de los sirvientes predilectos de Kashin. Para sorpresa de Yrene, el príncipe permaneció al lado de la cama del enfermo. Durante las largas horas que Yrene trabajó, la conversación fluyó y luego ella se dio cuenta de que estaba… sonriendo. Curó al sirviente y esa noche el mismo Kashin la acompañó de regreso hasta las puertas de la Torre, y en los meses siguientes surgió una amistad entre ellos.
Tal vez era una amistad más libre, más liviana, que la que también terminó formando con la princesa Hasar después de contribuir a curarla de otros padecimientos. Y aunque fue difícil para Yrene encontrar compañeras en la Torre debido a los conflictos de horarios, hizo amistad con el príncipe y la princesa, al igual que con la amante de Hasar, la dulce Renia, que era igual de hermosa por dentro y por fuera.
Formaban un grupo extraño pero… a Yrene le agradaba esa compañía y las cenas a las que la invitaban Kashin y Hasar, aunque ella sabía que en realidad no tenía razón para estar ahí. Kashin solía encontrar la manera de sentarse junto a ella o lo suficientemente cerca para poder entablar una conversación. Durante meses las cosas marcharon bien, mejor que bien… hasta que Hafiza llevó a Yrene a las estepas, al hogar nativo de la familia del khagan, para supervisar una sanación delicada. Kashin fue su escolta y guía.
La Sanadora Mayor observó a Yrene con el ceño un poco fruncido.
—Tal vez tu falta de incentivo lo ha vuelto más entusiasta.
Yrene se frotó las cejas con el pulgar y el índice.
—Casi no hemos hablado desde entonces.
Era verdad. Aunque se debía sobre todo a que Yrene lo evadía en las cenas a las que todavía la invitaban Hasar y Renia.
—El príncipe no parece ser un hombre que se dé por vencido fácilmente… y menos en los asuntos del corazón.
Ella lo sabía. Eso le gustaba de Kashin. Hasta que él pidió algo que ella no podía darle. Yrene gimió un poco.
—¿Tendré que irme a hurtadillas, entonces?
Hasar nunca la perdonaría, aunque estaba segura de que Renia trataría de calmar y razonar con la princesa. Si Hasar era fuego puro, Renia era agua que fluía.
—Si decides quedarte, no tendrás que preocuparte por esas cosas para nada.
Yrene se enderezó.
—¿De verdad usarías a Kashin para mantenerme aquí?
Hafiza rio, un sonido cálido.
—No, pero tendrás que disculpar a esta vieja que se valdrá de lo que haga falta para convencerte.
El orgullo y la culpa se revolvieron dentro del corazón de Yrene. Pero no dijo nada… no tenía respuesta.
Regresar al Continente del Norte… Sabía que no había nadie ni nada esperándola allá. Nada salvo la guerra cruel y la gente que necesitaría de su ayuda.
Ni siquiera sabía dónde ir: dónde navegar, cómo encontrar esos ejércitos y sus heridos. Anteriormente había viajado lejos, había evadido a enemigos decididos a masacrarla, y sólo de pensar en volver a hacer todo eso… Sabía que varios la tacharían de loca. De malagradecida tras la oferta que Hafiza acababa de hacerle. Ya tenía bastante tiempo pensando esas cosas de sí misma.
Sin embargo, no pasaba ni un solo día sin que Yrene mirara hacia el mar al pie de la ciudad y dirigiera su vista al norte.
Como si fuera un imán, el horizonte distante atrajo la atención de Yrene, quien apartó la mirada de la Sanadora Mayor y vio el atardecer por las ventanas a sus espaldas.
—No hay prisa para decidir. Las guerras son largas —dijo por fin Hafiza, con un poco más de delicadeza.
—Pero voy a necesitar…
—Me gustaría que antes me ayudaras con un trabajo, Yrene.
Yrene se quedó inmóvil al escuchar el tono, lo imperativo de su voz, y miró la carta que Hafiza leía cuando ella entró a su oficina.
—Dime.
—Hay un invitado en el palacio, un invitado especial del khagan. Te pido que lo atiendas antes de que decidas si es el momento de dejar estas costas o si es mejor quedarse.
Yrene ladeó la cabeza. Era raro, muy raro, que Hafiza le cediera una petición del khagan a alguien más.
—¿Qué tiene?
Era la pregunta normal y estándar de cualquier sanadora al recibir un caso.
—Es un hombre joven, de veintitrés años. Sano en todos los aspectos, en buena condición física. Pero sufrió una lesión grave en la columna a principios del verano que lo dejó paralizado de la cadera hacia abajo. No puede sentir ni mover las piernas y está en una silla de ruedas. Voy a saltarme la evaluación inicial del médico y te pediré que lo veas directamente.
Yrene sintió que su mente se removía. Sanar ese tipo de lesiones requería de un proceso largo y complejo. Las columnas eran casi tan difíciles como los cerebros; estaban conectadas muy de cerca con ellos. Con ese tipo de curación, no bastaría que su magia inundara la zona dañada, así no funcionaba.
Tendría que encontrar las conexiones y sitios correctos, encontrar la cantidad adecuada de magia que debía usar. Tendría que hacer que el cerebro enviara nuevamente, a través de esas conexiones rotas, las señales a la columna. Tendría que reemplazar los núcleos más pequeños de vida dentro del cuerpo, por unos nuevos y frescos. Y, además, el paciente tendría que volver a aprender a caminar. Semanas. Tal vez meses.
—Es un joven activo —dijo Hafiza—. La lesión es similar a la del guerrero que ayudaste el invierno pasado en las estepas.
Yrene ya había deducido eso. Era probable que por eso le estuvieran solicitando que lo atendiera. Había pasado dos meses sanando al jinete que cayó de su montura y se lastimó la columna. Era una lesión bastante común entre los darghan, la tribu de la que descendía la familia del khagan, ya que algunos montaban caballos y otros volaban en ruks. Siempre contaban con las sanadoras de la Torre para que los atendieran. La primera vez que Yrene puso en práctica sus estudios sobre el tema fue cuando trabajó con ese guerrero y, precisamente, por ese motivo Hafiza la acompañó a las estepas. Yrene se sentía bastante segura de que podría realizar esta sanación por su cuenta, pero la manera en que Hafiza miró la carta, sólo una vez, la hizo titubear y preguntarle:
—¿Quién es él?
—Lord Chaol Westfall —un nombre que no pertenecía al khaganato. Hafiza agregó sin retirar la vista de los ojos de Yrene—: Era el capitán de la guardia del rey de Adarlan y ahora es la Mano del nuevo rey.
Silencio.
Yrene se quedó en silencio en su mente y en su corazón. Lo único que se alcanzaba a escuchar en la oficina de Hafiza eran las gaviotas volando sobre la Torre y, al otro lado de los muros altos del complejo, los gritos de los vendedores callejeros que habían terminado su día de trabajo y se marchaban a sus casas.
—No.
La palabra brotó de Yrene como una exhalación.
Los labios delgados de Hafiza formaron una línea apretada.
—No —repitió Yrene—. No lo voy a sanar.
El rostro de Hafiza perdió todo lo maternal y suave cuando le recordó a Yrene:
—Hiciste un juramento al entrar a este recinto.
—No —fue lo único que se le ocurrió responder.
—Estoy consciente de lo difícil que debe ser para ti…
A Yrene le empezaron a temblar las manos.
—No.
—¿Por qué?
—Tú sabes por qué —las palabras le brotaban como de un susurro estrangulado—. T-t-tú lo sabes.
—Si ves soldados adarlanianos sufriendo en esos campos de batalla, ¿pasarás a pisotones por encima de ellos?
Hafiza nunca había sido tan cruel con ella.
Yrene empezó a frotar el anillo que traía puesto.
—Si él era el capitán de la guardia del último rey, entonces él… él trabajó para el hombre que… —las palabras se le salieron a tumbos de la boca—. Recibió órdenes de él.
—Y ahora trabaja para Dorian Havilliard.
—Que disfrutó de las riquezas de su padre… las riquezas de mi gente. Aunque Dorian Havilliard no participara, el hecho de que no interviniera mientras todo estaba sucediendo… —los muros de roca clara empezaron a cerrarse sobre ella, incluso la torre sólida bajo sus pies pareció tambalearse—. ¿Sabes lo que hicieron los hombres del rey estos años? ¿Qué hicieron sus ejércitos, sus soldados, sus guardias? ¿Y me pides que sane al hombre que los comandaba?
—Es una realidad de quien eres… de quienes somos. Una decisión que deben tomar todas las sanadoras.
—¿Y tú la has tomado con frecuencia? ¿En tu reino pacífico?
El rostro de Hafiza se oscureció. No por la ira sino por un recuerdo.
—En una ocasión me pidieron que sanara a un hombre que resultó lesionado al tratar de evadir su captura, luego de haber cometido un delito terrible… Los guardias me dijeron cuál había sido su delito antes de que yo entrara a la celda. Querían que el hombre sobreviviera para poder enjuiciarlo. Sin duda lo iban a ejecutar. Las víctimas estaban dispuestas a atestiguar y había muchas pruebas. Eretia atendió personalmente a la última víctima. La última víctima de ese hombre. Ella reunió toda la evidencia necesaria, se presentó en la corte y lo condenó por lo que había observado —Hafiza tragó saliva—. Lo encadenaron en una celda. Estaba tan mal herido que yo supe… supe que podría usar mi magia para hacer que empeorara la hemorragia interna. Nadie se enteraría. Amanecería muerto y nadie se atrevería a cuestionarme —se quedó mirando con atención el frasco de tónico azul—. Eso fue lo más cerca que estuve de matar. Quería matarlo por lo que había hecho. El mundo iba a ser un mejor lugar si lo mataba. Tenía las manos sobre su pecho, estaba lista para hacerlo. Pero recordé. Recordé el juramento que hice y recordé que me habían pedido que lo sanara para que viviera y se hiciera justicia… por las víctimas y sus familias —vio a Yrene a los ojos—. No me correspondía encargarme de esa muerte.
—¿Qué sucedió? —preguntó Yrene con voz temblorosa.
—Intentó alegar inocencia. A pesar de la evidencia que presentó Eretia, a pesar de lo que la víctima estaba dispuesta a decir. Era un monstruo hecho y derecho. Lo condenaron y lo ejecutaron al amanecer del día siguiente.
—¿Viste la ejecución?
—No. Regresé aquí. Pero Eretia, sí. Se quedó de pie frente a la multitud y ahí permaneció hasta que se llevaron el cadáver en una carreta. Se quedó por las víctimas que no pudieron soportar verlo. Luego regresó aquí y ambas lloramos un largo, largo rato.
Yrene se quedó en silencio unos momentos, lo necesario para que se le aquietara el temblor de las manos.
—¿Entonces debo sanar a este hombre… para que enfrente a la justicia en otra parte?
—No conoces su historia, Yrene. Sugiero que la escuches antes de llegar a una conclusión.
Yrene negó con la cabeza.
—No habrá justicia para él, no si estuvo al servicio del viejo rey y ahora del nuevo. No si fue tan astuto como para lograr permanecer en el poder. Sé cómo funciona Adarlan.
Hafiza la miró un rato.
—El día que llegaste a esta habitación, tan terriblemente delgada y cubierta por el polvo de cientos de caminos… Nunca había percibido un don semejante. Miré en tus ojos hermosos y casi no pude contener mi grito al sentir el poder puro que tenías dentro.
Decepción. Lo que se podía notar en el rostro de la Sanadora Mayor, en su voz, era decepción.
—Pensé entonces —continuó Hafiza—, ¿dónde se ha estado ocultando esta joven? ¿Qué dios te crió, te guió, hasta mi puerta? Tenías el vestido todo desgarrado en los tobillos, pero entraste con la espalda recta y el porte de una mujer noble. Como si fueras la mismísima heredera de Kamala.
Eso hasta que Yrene dejó caer el dinero sobre el escritorio para luego derrumbarse. Dudaba que la primera Sanadora Mayor de la historia hubiera hecho algo así en su vida.
—Incluso tu apellido: Towers. Un indicio de la asociación antigua de tu línea materna con la Torre, tal vez. Me pregunté en ese momento si al fin habría hallado a mi heredera, a quien me reemplazaría.
Yrene sintió esas palabras como un golpe en el estómago. Hafiza nunca había siquiera insinuado…
Quédate, le había pedido la Sanadora Mayor. No sólo para continuar con el entrenamiento, sino también para recibir la estafeta que le estaba ofreciendo.
Pero Yrene nunca había sentido la ambición de ocupar esa habitación. Sobre todo ahora que tenía la mira puesta al otro lado del Mar Angosto. Aunque era una distinción indescriptible, se sentía falsa.
—Te pregunté qué querías hacer con el conocimiento que yo te proporcionaría —continuó Hafiza—. ¿Recuerdas lo que me respondiste?
Yrene sí lo recordaba. No lo había olvidado ni por un instante.
—Dije que quería utilizarlo para hacer el bien en el mundo. Para hacer algo con mi vida inútil y desperdiciada.
Esas palabras la habían guiado esos años, junto con la nota que portaba diario, que cambiaba de bolsillo a bolsillo, de vestido a vestido. Palabras de una desconocida misteriosa, tal vez una diosa que vestía la piel de una joven golpeada, cuyo regalo de oro le había permitido llegar hasta acá… palabras que la habían salvado.
—Y así será, Yrene —dijo Hafiza—. Un día regresarás a casa y harás el bien, harás maravillas. Pero antes de hacer eso, haz lo que te pido. Ayuda a este joven. Has hecho este tipo de sanación antes, lo puedes volver a hacer.
—¿Por qué no lo puedes hacer tú?
Yrene nunca había sonado tan negativa, tan… malagradecida.
Hafiza le sonrió triste y brevemente.
—No se necesita mi sanación.
Yrene sabía que la Sanadora Mayor no se refería a la sanación del hombre. Tragó saliva con dificultad porque se le empezaba a cerrar la garganta.
—Tienes una herida en el alma, Yrene. Y dejar que siga carcomiéndote estos años… no puedo culparte. Pero sí te responsabilizaré si permites que se convierta en algo peor. Y lloraré por ti si es así.
A Yrene le temblaron un poco los labios, pero los apretó y parpadeó para evitar que empezaran a resbalársele las lágrimas por la cara.
—Aprobaste los exámenes mejor que cualquier otra persona que haya subido a esta Torre —dijo Hafiza con suavidad—, pero ésta será mi prueba personal para ti. La última. Para que cuando decidas irte pueda despedirme, enviarte a la guerra y saber… —se puso la mano en el pecho—, saber que donde sea que te conduzca tu camino, a pesar de la oscuridad, estarás bien.
Yrene se tragó el pequeño sonido que intentó brotar de sus labios y miró hacia la ciudad, hacia sus rocas resplandecientes bajo los últimos rayos del sol que se ocultaba. A través de las ventanas abiertas detrás de la Sanadora Mayor, la brisa nocturna con olor a lavanda y clavo revoloteó por la ventana, le refrescó el rostro y despeinó un poco la nube de pelo blanco sobre la cabeza de Hafiza.
Yrene metió la mano al bolsillo de su vestido azul claro y sus dedos se envolvieron alrededor de la suavidad familiar del trozo de pergamino doblado. Lo apretó, como lo hacía con frecuencia en el barco de camino a Antica, como lo hacía esas primeras semanas de incertidumbre, incluso después de que Hafiza la admitiera, y también durante las largas horas, los arduos días y los momentos de entrenamiento que casi la destruyeron.
Una nota de la desconocida que le salvó la vida y la liberó en cuestión de horas. Yrene nunca supo su nombre, esa joven que lucía sus cicatrices como otras damas lucen sus joyas más finas. Esa joven asesina profesional que le pagó la educación a una sanadora.
Tantas cosas, tantas cosas buenas habían empezado esa noche. Yrene a veces se preguntaba si en realidad había sucedido. No le sorprendería que todo hubiera sido un sueño, de no ser por la nota que traía en el bolsillo y por el segundo objeto que ella nunca vendió, ni siquiera cuando el oro empezó a terminarse: el prendedor de oro ornamentado con rubí que valía más que todas las casas de varias calles en Antica.
Los colores de Adarlan. Yrene nunca supo de dónde provenía la joven ni quién le había dado esa golpiza que le dejó moretones en su hermoso rostro, pero hablaba de Adarlan de la misma manera que Yrene. De la misma forma que todos los niños que lo perdieron todo en Adarlan: esos niños cuyos reinos habían quedado reducidos a cenizas, sangre y ruinas.
Yrene pasó el pulgar por el papel de la nota, por la tinta que formaba las palabras: “Para donde tengas que ir… y todo lo demás. El mundo necesita más sanadoras”.
Yrene inhaló la primera brisa de la noche, el olor de las especias y el agua salada que entraba a la Torre.
Por fin volvió a mirar a Hafiza; la Sanadora Mayor tenía el rostro tranquilo, paciente.
Yrene se arrepentiría si se negaba. Hafiza aceptaría su decisión, pero Yrene sabía que no importaba si decidía quedarse o partir… se arrepentiría. Regresaría a este momento. Se preguntaría si se había comportado malagradecida después de la extraordinaria amabilidad con la que la habían recibido. Se preguntaría qué hubiera pensado su madre de su decisión.
Y aunque ese hombre fuera de Adarlan, aunque hubiera acatado las órdenes de ese carnicero…
—Me reuniré con él. Lo valoraré —concedió Yrene. La voz le tembló ya sólo un poco. Apretó el trozo de papel en su bolsillo—. Y después decidiré si lo voy a sanar.
Hafiza lo consideró.
—Está bien, niña —dijo en voz baja—. Me parece justo.
—¿Cuándo lo veré? —dijo Yrene, con una exhalación temblorosa.
—Mañana —respondió Hafiza e Yrene hizo una mueca—. El khagan pidió que te presentes en las habitaciones de lord Westfall mañana.