La historia detrás de la historia
Era un frío y convulsivo mes de enero de 2011 cuando él me buscó. Hacía un mes había publicado Los señores del narco, que al poco tiempo de salir a la venta ya iba en su tercera reimpresión. El libro estaba causando polémica e incomodidad en el gobierno, en los círculos empresariales y en los mismos cárteles de la droga. Incluso su protagonista, Joaquín el Chapo Guzmán, lo había leído, según me diría años después su compañera sentimental Emma Coronel.
El retrato que hice del Chapo era un pretexto para narrar lo que había detrás de la impunidad de los integrantes del Cártel de Sinaloa, en particular, y detrás de la llamada “guerra contra el narco” del presidente Felipe Calderón, en general. Desde el primer capítulo, “Un pobre diablo”, quise perfilar la dimensión del capo y el mito. Todos le achacaban ser el narcotraficante más poderoso de todos los tiempos. La mente siniestra detrás de la violencia. El fantasma imposible de atrapar porque se desvanecía en cada intento. Pero yo encontré a otro personaje. Sí, un narcotraficante importante, con ingenio, creatividad, audaz, pero sin la inteligencia o el temperamento que se requería para ser el “jefe de jefes” durante el último siglo de narcotráfico en México.
El libro de Los señores del narco fue el resultado de cinco años de investigación periodística independiente, sin prejuicios. Cientos de asesinatos se iban acumulando año con año hasta volverse miles en todo el país, lo cual era terrible. Pero quería ir más allá, saber qué era lo que permitía que eso sucediera, cuál era la historia de esa descomposición y quiénes eran los responsables. Cuando investigué la historia del Chapo, cuando hablé con las personas que lo conocían, con integrantes de otros cárteles, con gente de áreas de inteligencia de los gobiernos estadounidense y mexicano, me pareció que era un personaje inflado con el propósito de que las autoridades disfrazaran la corrupción que había detrás de su falta de voluntad para arrestar al que se supone era el fugitivo número uno.
Nunca quise escribir una historia de narcos, como tampoco quiero hacerlo ahora. Por medio de este viaje, que muchas veces implicó llegar hasta el infierno, la intención era compartir la ventana por la que pude asomarme, para conocer y documentar la complicidad que existía desde hacía décadas entre funcionarios públicos, políticos, empresarios, fuerzas del orden y cárteles de la droga, e ir más allá de los retratos pintorescos que parecen hablar sólo de casos aislados.
Aunque las críticas a Los señores del narco iban bien, las cosas para mí se estaban tornando muy complicadas. Recién se publicaron los primeros adelantos de mi libro, se exacerbaron los ánimos del secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna, y los de su equipo más cercano, colaboradores corruptos a los que mencioné como parte de los servidores públicos que estaban al servicio del Cártel de Sinaloa desde el sexenio de Vicente Fox.
Felipe Calderón tampoco estaba contento. Documenté que su llamada “guerra contra el narcotráfico” iniciada en 2006, luego de haber llegado a la presidencia con el tufo de fraude electoral, era una farsa. Todos los documentos internos del gobierno a los que tuve acceso, los informantes de los diversos cárteles y de instituciones oficiales lo confirmaban.
A fines de noviembre de 2010, una persona que trabajaba cerca del círculo del jefe policiaco me informó que había un plan para asesinarme. Esa advertencia fue precedida por varios atentados contra mi familia, fuentes de información, contra mí, contra mi casa. Un infierno. Hace pocos meses un funcionario del gobierno americano me dijo que ellos habían confirmado que García Luna y su gente habían hecho un complot para matarme.
En noviembre de 2017 se entregó a la justicia americana un alto mando policiaco, Iván Reyes Arzate, quien fungió como enlace de inteligencia entre las agencias estadounidenses y la Policía Federal durante los sexenios de Calderón y Peña Nieto. Formaba parte del equipo de García Luna desde la Agencia Federal de Investigaciones (2001-2007), luego lo siguió a la Secretaría de Seguridad Pública, donde llegó al nivel de director general de la División de Drogas de la Policía Federal; ahí se quedó incrustado hasta 2017, como muchos otros miembros del equipo corrupto. En noviembre de 2018 fue sentenciado culpable en la Corte del Distrito Norte de Illinois porque “abusó de su posición de confianza y conspiró con una organización internacional de narcotráfico de alto nivel para su propio beneficio, al hacerlo, violó un deber para con la sociedad de los Estados Unidos, México y con los agentes de la DEA para los que trabajaba”. En la audiencia en la cual se determinó su culpabilidad, declaró que además de él, Genaro García Luna y otros mandos recibían de manera rutinaria sobornos del Cártel de Sinaloa y los Beltrán Leyva: millones de dólares que se repartían entre todos. La caída de Reyes Arzate fue apenas el comienzo.
Ése era el contexto cuando aquel día de enero de 2011 me informaron que el abogado Fernando Gaxiola, representante de un narcotraficante, quería contactarme y reunirse conmigo. Él me había buscado por medio de un programa de radio donde se había transmitido una de mis entrevistas sobre Los señores del narco. El abogado advirtió que el encuentro no podía ser en México, porque ahí yo llamaba mucho la atención, y propuso que se llevara a cabo en Chicago, en un lugar discreto. En México yo vivía con escoltas las 24 horas, lo cual hacía muy difícil continuar mi trabajo de periodista. Yo no los quería, pero tampoco podía vivir sin ellos. Eran tiempos particularmente adversos. No mencionaré sus nombres, pero me consta, por lo que vivimos juntos, que muchos de ellos realmente protegieron mi vida y la de mi familia, y les estaré agradecida por siempre.
En esas circunstancias, tuve que reinventarme, y una parte del proceso fue viajar a Chicago y acudir a esa cita. Si con el plan de asesinarme querían cerrarme la puerta para seguir con mis investigaciones, yo debía abrir una ventana.
La hermosa ciudad atravesada por el río Chicago, otrora dominio del gánster italoamericano Al Capone, se convirtió en la sede de una silenciosa historia que cambiaría para siempre el rumbo de los cárteles de la droga en México. Y estuve ahí, en primera fila, como testigo.
Mi primer encuentro con el abogado Fernando Gaxiola fue a ciegas, en un restaurante cercano al Aeropuerto Internacional O’Hare, el 25 de febrero de 2011. El lugar era de cortes finos de carne, y como es típico de estos sitios en Estados Unidos, todo estaba a media luz. No conocía al abogado, así que no tenía idea de su aspecto físico. Lo esperé unos minutos en el lugar sin saber si ya estaba ahí, si me estaban espiando. Cuando él llegó me reconoció.
Gaxiola medía como 1.75 de estatura, era de complexión media, tez blanca y rondaba los 60 años de edad. Tenía la apariencia de un americano, pero su español estaba impregnado del acento sinaloense. Fue amable, sonriente. Me llamó la atención que de modo insistente se llevaba la mano a un costado del estómago, debajo del saco. Las repetidas veces que lo hizo me pusieron un poco nerviosa.
Comenzamos a conversar. Dijo que era abogado de Vicente Zambada Niebla, hijo de Ismael Zambada García, alias el Mayo, a quien yo había mencionado en Los señores del narco como el poder detrás del trono en el Cártel de Sinaloa. Vicentillo, como lo llama el gobierno americano en la acusación criminal abierta en su contra, había sido detenido en la Ciudad de México el 18 de marzo de 2009, al ejecutarse una orden de aprehensión con fines de extradición a Estados Unidos, a donde lo enviaron en febrero de 2010. En ese momento se estaban haciendo los preparativos en la Corte del Distrito Norte de Illinois para iniciar su juicio.
Gaxiola me dijo que me buscaba a petición de su cliente, quien estaba recluido en el Metropolitan Correctional Center (MCC) de Chicago. Según dijo, Vicentillo escuchó una de mis entrevistas radiofónicas; escuchar la radio era uno de los pocos entretenimientos a los que tenía acceso en las medidas de máxima seguridad en las que estaba recluido.
El abogado mencionó que tenía un despacho en Tucson, Arizona, pero que era originario de Sinaloa, lo cual concordaba con el acento. Intentaba concentrarme en lo que me decía, pero realmente estaba inquieta por el tic de meterse la mano bajo el saco mientras hablaba. Por un instante pensé que el encuentro era una trampa.
“Me acaban de extirpar un tumor”, dijo cuando percibió mi inquietud y se levantó la camisa para dejar ver un vendaje. Le habían detectado cáncer y entendí que ésa había sido la primera cirugía. También yo tenía sobre mí una amenaza de muerte, aunque de otra índole.
Narró una historia increíble. Y vaya que había escuchado muchas historias extremas durante la investigación de Los señores del narco. El abogado me contó que, desde hacía años, al menos desde 1998, los miembros de la cúpula del Cártel de Sinaloa como el Mayo, el Chapo, Vicente Zambada Niebla y otros, tenían contacto directo con la DEA. Le daban información que la agencia usaba en operativos coordinados con el gobierno de México, principalmente la Marina, para arrestar a líderes y lugartenientes de los cárteles enemigos. A cambio, la DEA les daba protección.
Muchas de las detenciones o los asesinatos de los cabecillas más notorios se habían dado en esas circunstancias: por ejemplo, Francisco Arellano Félix, integrante del Cártel de Tijuana, detenido en 2006, o Arturo Beltrán Leyva, líder del Cártel de los Beltrán Leyva, asesinado en 2009 durante un enfrentamiento con la Marina. Entre muchos otros.
Gaxiola había leído con interés mi libro, cuyo argumento principal era la complicidad del Cártel de Sinaloa con altos funcionarios del gobierno de México y algunas instituciones que durante años les han dado protección. “Usted tiene razón, pero las cosas son aún más graves, más complejas, van más allá”, me dijo.
En mi libro yo había hablado del caso Irán-Contra y cómo el gobierno americano, con tal de tener recursos para financiar a la Contra nicaragüense, que buscaba derrocar al gobierno de izquierda que estaba naciendo, había tolerado que la CIA hiciera acuerdos a fines de los setenta y principios de los ochenta con los cárteles colombianos y con las organizaciones mexicanas: en particular el Cártel de Medellín, encabezado por Pablo Escobar Gaviria, y el Cártel de Guadalajara, liderado por Miguel Ángel Félix Gallardo. El intercambio consistía en permitir que su droga llegara a Estados Unidos a cambio de que una parte de las ganancias llegaran a la Contra.
Apenas en diciembre de 2010 había estallado el escándalo de la operación Rápido y Furioso, realizada por la Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF), en la que el gobierno americano permitió la venta de armas a México para supuestamente descubrir las redes del tráfico de armamento, pero con eso ocasionó que más de 2 mil armas entraran ilegalmente en México y llegaran a las manos de los cárteles de la droga. Principalmente al Cártel de Sinaloa.
El 15 de febrero de 2011 acababan de asesinar en una carretera de San Luis Potosí al agente estadounidense del ICE Jaime Zapata, con un arma que había llegado a México a través de Rápido y Furioso. El caso estaba al rojo vivo.
Si era verdad lo que Gaxiola me decía, la historia sobre la relación del gobierno de Estados Unidos con el Cártel de Sinaloa —que según los propios americanos es el grupo de traficantes de drogas más importante del mundo— era un tema de interés público y por lo tanto de interés periodístico. Yo quería conocer el caso hasta el fondo.
Gaxiola me reveló esa misma noche en el restaurante que Vicentillo se había reunido con la DEA horas antes de su detención en 2009, en el hotel María Isabel Sheraton de la Ciudad de México, ubicado a un costado de la embajada de Estados Unidos. El encuentro era parte de los acuerdos entre el Cártel de Sinaloa y diversas agencias americanas.
Nos despedimos. Tenía que regresar de inmediato a México. Le dije que si tenía pruebas documentales de los acuerdos, o acciones judiciales, yo publicaría la historia y seguiría el caso hasta el final. No era de las periodistas que buscaba el escándalo de un día y luego otro, era una corredora de fondo, no de velocidad.
El 4 de marzo de 2011 fue la presentación de Los señores del narco en el galerón que entonces ocupaba el restaurante Mi Tierra, en el barrio La Villita, corazón de la comunidad mexicana en Chicago, haciendo alusión a la Villa de Guadalupe de la Ciudad de México. Ahí estuvo presente Gaxiola, y en esos días ocurrió el segundo de muchos otros encuentros que tuvimos durante cinco años consecutivos.
Recuerdo la primera audiencia del juicio de Vicentillo a la que asistí. Fue el 30 de marzo de 2011, en la sala número 2141 de la torre ubicada en Dearborn Street 219, en el centro de Chicago, donde está la sede de la Corte del Distrito Norte de Illinois. No había periodistas, la sala estaba semidesierta, sólo estaban algunos familiares de Vicentillo, el equipo de la fiscalía, agentes de la DEA y otros oficiales.
Ahí vi por primera vez a Vicentillo con el overol naranja, de esos que usan los presos de alta peligrosidad. Por entonces él tenía 36 años, pero se veía muy demacrado. El uniforme le quedaba grandísimo, e incluso le daba un aire ridículo. Quizá por eso en su autorretrato se pintó como payaso, vestido con el uniforme carcelario, un gorro naranja, maquillaje en el rostro y una reluciente nariz roja, el cual es la ilustración que ocupa la portada de este libro.
Cuando vi ese meticuloso dibujo de Vicentillo me quedé impactada. El realismo impreso es una metáfora y una parodia del mundo en que el que había nacido. Príncipe y esclavo. Príncipe y payaso. Condenado, sin salida. Cuando dio el primer respiro de su existencia, su padre ya era el líder del Cártel de Sinaloa. Debajo de ese color rosado y blanco en el rostro, de la redonda bola como nariz y los labios negros, se veía el rostro de su padre, el Mayo, de quien heredó los rasgos.
Gaxiola siempre mostró preocupación de que alguien se enterara de nuestros encuentros y nos viera en público en Estados Unidos, siempre decía que todos me conocían. Él prefería reunirnos en los lugares más discretos posibles, en el metro de Chicago o en cafeterías anónimas. Una ocasión en que intentaba disuadirlo de esa idea estábamos en un café ubicado en la emblemática avenida Magnificent Mile, cuando algunos de los mexicanos que trabajaban en el sitio me pidieron tomarse una fotografía. “¿Ves lo que pasa?”, me dijo. Nuestras reuniones dejaron de ser en Chicago y comenzamos a vernos en distintos puntos de la Ciudad de México.
El abogado compartió conmigo documentos y hechos, sobre los cuales publiqué algunos reportajes que de una u otra manera tuvieron impacto en el juicio de Vicentillo y en las negociaciones con el gobierno de Estados Unidos. El hijo del Mayo quería hacer valer en su defensa el argumento de “autoridad pública”, señalando que, por medio de los acuerdos entre la DEA, el FBI y el ICE con el Cártel de Sinaloa, estaba implícito un permiso para traficar, por lo cual no podían juzgarlo. Por supuesto, la fiscalía no aceptó ese argumento, no lo aceptaría jamás. En cambio, llegaron a otro convenio: Vicentillo se hizo testigo colaborador, es decir, reveló información sobre miembros del Cártel de Sinaloa que el gobierno de Estados Unidos usaría para iniciar procesos criminales y detenciones.
Mi primer artículo sobre el tema se publicó en marzo de 2011, “Mas rápido y más furioso”. Ahí expuse los escritos que la defensa presentó ante la corte, donde se afirmaba que miembros del Cártel de Sinaloa habían llegado a acuerdos con autoridades americanas en los que ellos tendrían inmunidad a cambio de dar información de las organizaciones criminales enemigas. A este reportaje le siguieron muchos.
Sin embargo, la mayor parte de los datos y los documentos que Gaxiola me proporcionó en los encuentros, acumulados durante años, no los publiqué. Era información muy delicada que ponían en riesgo a Gaxiola, a su cliente y al proceso jurídico que estaba llevando. Se trataba de narraciones de Vicentillo que correspondían a su diario, escritos realizados por él y sus abogados durante las negociaciones para colaborar con el gobierno americano, en los que fue reconstruyendo su historia y la historia del Cártel de Sinaloa durante los últimos 20 años, y que comenzaba desde que los Arellano Félix intentaron asesinarlo por primera vez.
Había hojas sueltas, algunas escritas a mano de su puño y letra. Otros papeles estaban transcritos a máquina, traducidos al inglés, como parte del trabajo de Vicentillo con sus abogados de defensa. Y había un escrito muy amplio, de 30 páginas, el cual es una de las primeras declaraciones formales que hizo el 12 de julio de 2012:
Esta declaración es un preciso y verdadero resumen de lo mejor que recuerdo. Sin embargo, este resumen contenido en esta declaración representa sólo una pequeña parte de mi conocimiento de los temas contenidos aquí. Esta declaración no describe todo lo que conozco acerca de la gente y eventos que describo y también poseo información adicional de otra gente y otros eventos que no están descritos.
Desde que he estado cooperando con el gobierno de Estados Unidos, el gobierno me ha dado ayuda para reubicar a ciertos miembros de mi familia de México en Estados Unidos. Sé que mi familia estaría en un gran peligro de ser asesinados si cierta gente de la que he hablado hoy se entera de que yo estoy colaborando. Hasta donde yo sé, nadie de los que he hablado hoy sabe dónde vive mi familia y que estoy bajo custodia protectora.
Por medio de esos escritos de Vicentillo se revelaban los secretos del Cártel de Sinaloa y algunos de su padre. No era una historia que llegaba sólo a la epidermis, sino que, como bisturí, entraba, cortaba y diseccionaba cada parte de la anatomía de la que es considerada la organización de tráfico de drogas más importante del mundo, con presencia en prácticamente 70% del planeta. Vicentillo hablaba de quiénes eran en ese momento los socios más importantes de su padre, o los competidores. Sicarios, lugartenientes, cómo movían la droga, cómo sobornaban a todo el gobierno de México.
Hay dos frases escritas muy significativas: “El 99% de la PGR son corruptos, no hay siquiera uno que no tome dinero”; así como una que le escuchó decir a su padre: “Trabajamos para el gobierno, nos traen a la carrera y aparte trabajando para ellos”. Esas frases me resuenan constantemente, más cuando se ven operativos como el del arresto de Ovidio Guzmán López, hijo del Chapo, ocurrido en octubre de 2019, quien tiene cargos criminales en Estados Unidos. Lo tenían ya detenido y lo dejaron ir con la justificación de que sus huestes habían superado al Estado. A través de los escritos de Vicentillo se entiende que eso no fue un accidente o casualidad.
A la par, las narraciones del hijo del Mayo dejaban ver su inteligencia, su tristeza y a veces su ironía mordaz. Su anhelo de ser libre, su conflicto interno de pertenecer al cártel y a la vez repudiarlo. De amar a su padre y querer estar cerca y al mismo tiempo darse cuenta de que cada día se transformaba en un criminal como él. El Mayo decidió convertirse en narcotraficante, mientras que Vicentillo nació cuando su padre ya era el rey de las drogas, más poderoso que ningún otro, por encima del legendario Amado Carrillo Fuentes, el llamado Señor de los Cielos.
Gaxiola me puso una condición para compartir conmigo esa información, y la respeté como respeto mis acuerdos con otras fuentes de información. Aún más porque entendí la magnitud de la historia para él y para Vicentillo. Me pidió que no publicara nada de los documentos escritos por Vicentillo sobre el funcionamiento del cártel y sus integrantes, y toda la información que estaba soltando al gobierno americano, hasta que él hubiera muerto. El abogado vivía con la certeza de que el cáncer al final lo vencería. Mientras que yo aún tenía la posibilidad de salvar mi vida.
Durante los cinco años en que tuvimos comunicación, Gaxiola frecuentó al Mayo y al Chapo, a este último lo vio hasta febrero de 2014, cuando lo aprehendieron en Mazatlán. Mucha de la información que me dio provenía directamente de las conversaciones con ellos. También se la daba a Vicentillo, quien a su vez la transmitía al gobierno de Estados Unidos.
En aquellos años, cuando se llegaba a propagar información en los medios sobre una supuesta recaptura de Guzmán Loera, le llamaba al abogado. Todas las veces que él me dijo con certeza que el Chapo seguía en libertad, nunca se equivocó: “A menos que tenga el don de la ubicuidad y haya podido estar conmigo y en otro lugar al mismo tiempo…”, bromeaba.
Los atentados contra mí y contra mi familia me obligaron a salir de México en 2014. Me fui a la Universidad de California en Berkeley, donde estuve dos años como fellow en el Programa de Periodismo de Investigación. Ahí comencé la investigación sobre los 43 estudiantes de la normal rural Raúl Isidro Burgos desaparecidos el 26 de septiembre de 2014 en Iguala, Guerrero.
Mi último encuentro con Fernando Gaxiola fue el 20 de mayo de 2015. Estaba absorta justo por el trabajo sobre la desaparición de los normalistas. El caso había indignado mucho a Gaxiola porque en el fondo él tenía alma de idealista, de izquierda. Creía en la justicia, en la lucha social. También estoy convencida de que creía en el poder de la verdad. La verdad al servicio de los demás. Me llamó varias veces durante ese año, me pidió que fuera a verlo lo antes posible porque le quedaba poco tiempo de vida. Quería terminar de contarme, quería terminar de darme documentos, escritos.
En ese último encuentro hablamos durante varias horas, tomé apuntes. Me pidió que diera a conocer la historia porque estaba convencido de que así la gente podría entender qué es el Cártel de Sinaloa en realidad, de qué materia está hecho, de dónde emana su poder. Así la gente podría entender que muchas historias que dicen los gobiernos americano y mexicano son falacias. Su familia no tenía ningún conocimiento del contenido de nuestras reuniones.
Cumplí. He esperado todo este tiempo. Sacrifiqué la inmediatez de la noticia presurosa, sensacionalista, por la profundidad que da la investigación y el paso del tiempo, para compartir este relato que espero que aporte a un entendimiento mucho más grande de la dimensión del Cártel de Sinaloa y las consecuencias masivas que ha tenido para México y el mundo.
Quiero llevar de la mano a quien lea este libro a ese mundo que conocí desde la primera fila, de manera silenciosa, solitaria, para que saque sus propias conclusiones de lo que representa el Cártel de Sinaloa, tal vez como un símbolo brutal del mundo en el que vivimos.
Mientras esperé el tiempo oportuno para publicar la historia, algunos de los criminales mencionados por Vicentillo en sus notas fueron detenidos, no fui un obstáculo para que se hicieran las investigaciones. Otros siguen libres.
Esperé incluso a que se llevara a cabo el juicio contra Joaquín Guzmán Loera en Nueva York. Sus abogados me contactaron, pidieron reunirse conmigo porque sabían que tenía información sobre Vicentillo, no sé cómo, quizás el Chapo se los dijo, pues él participó en varias de las reuniones de Gaxiola con el Mayo. El encuentro no se llevó a cabo.
También esperé a que el 30 de mayo de 2019 le dictaran sentencia a Vicentillo. En vez de la cadena perpetua recetada en Nueva York a su compadre Chapo, a él le dieron 14 años, y muy probablemente por el tiempo que ya había estado en prisión, suma de beneficios por buena conducta y otras consideraciones, ya esté en libertad.
A fines de noviembre de 2015 recibí la noticia de que Fernando Gaxiola había muerto, y fui a su funeral. No era sólo una fuente de información, sino que se había convertido en un amigo. Lamenté su muerte. Supe que el hijo del Mayo llamó por teléfono para dar condolencias a la familia. Y por la relación que entendí que se había creado entre ellos, pienso que también para él fue una pérdida sensible.
En mayo de 2019 me encontré con el abogado penalista Stephen G. Ralls en su oficina de Tucson. Él es representante legal de Jesús Beltrán, coacusado de Vicente Zambada Niebla en la Corte Federal del Distrito Norte de Illinois, y fue abogado de Sandra Ávila Beltrán en su proceso en Estados Unidos, entre muchos otros clientes de ese perfil.
Ralls fue amigo y colega de Fernando Gaxiola durante décadas. Así que quise hablar con él para entender mejor el legado de Fernando. Estudiaron juntos leyes en 1979 en la Universidad de Arizona en Tucson. Se hicieron muy amigos, sus familias convivieron por muchos años, y también sus hijos entablaron amistad. Ralls me dijo que Fernando era un hombre con ideas socialistas, defendía en su despacho a muchas personas sin recursos que estaban en riesgo de deportación, era principalmente un abogado civil.
“Fernando era una persona inteligente, hablaba muy claro, no decía una cosa y luego cambiaba de opinión. Era muy directo en su forma de hablar. Hablaba mucho, pero siempre que hablaba lo hacía diciendo la verdad. Apoyaba a grupos de chicanos, por vocación ayudaba a la gente más necesitada. A Fernando le gustaba ayudar a la gente, ése era su carácter. Nunca, que yo sepa, ha sido señalado por alguna irregularidad, fue una persona muy recta, nunca se le acusó de malas prácticas.”
Ralls me platicó que la última vez que lo vio fue en la Corte Superior. “He tenido una buena vida, no he tenido ninguna razón para pensar que no ha sido una buena vida, pero no me queda mucho tiempo, no hay remedio para mí”, le habría dicho Gaxiola.
“El trabajo de Fernando como abogado fue clave en el grupo de defensa [de Vicentillo] y en el acuerdo al que llegaron con la fiscalía. Pasó muchas horas trabajando en el caso.”
Esto es lo que me contó Ralls. No sé lo que podrán decir otros de Fernando Gaxiola, yo sé que conocí a un hombre que asumió el riesgo de compartir conmigo esta historia que de ninguna otra manera hubiera podido conocer. Y que era su deseo que se hiciera pública porque la sociedad tiene derecho a saber.
La historia que presento en las siguientes páginas es el relato contado por el propio Vicente Zambada Niebla a través de sus escritos. Su voz es mayoritariamente literal, solo hice algunas correcciones a su sintaxis y en el orden narrativo para ajustar la secuencia en una línea temporal. Como paréntesis, me pareció interesante el doble discurso de Vicentillo respecto a Joaquín Guzmán Loera. En sus escritos siempre se refirió a él de un modo frío, distante e impersonal: sólo lo llamaba Chapo. En cambio, en su testimonio rendido en el juicio ante los ojos de Guzmán Loera, siempre se refirió a él como “mi compadre Chapo”.
El relato del capo júnior está enriquecido con el testimonio que me dio Gaxiola en nuestras conversaciones. Él habló directamente con Vicentillo y el Mayo durante cinco años. Son sus voces quienes conducen principalmente la narración. En un tercer plano está mi voz, con el propósito de dar contexto a lo señalado por ellos dos, y para sumar los resultados de la investigación que hice de forma paralela durante los últimos nueve años con el propósito de confirmar o ampliar la información.
Las lagunas que existían en la historia narrada por Vicentillo en los escritos que me entregó el abogado las pude llenar con su propia declaración en el juicio que se llevó a cabo contra Joaquín Guzmán Loera en la Corte del Distrito Este de Nueva York desde noviembre de 2018. También me fueron útiles los testimonios en el mismo juicio de Jesús Zambada García, Alex Cifuentes, Tirso Martínez Sánchez, Dámaso López Núñez, entre otros. Obtuve la versión estenográfica oficial de las audiencias. Una buena parte de la documentación que describo aquí se puede consultar en el anexo al final del libro.
A través de esas voces se devela el rostro y perfil del verdadero jefe de las drogas en México en el último medio siglo, el verdadero rey del narcotráfico que nunca ha pisado la cárcel. El hombre de 70 años que desde su trono ha visto caer amigos, enemigos, proveedores, socios, competidores, familiares, empleados del gobierno y hasta sus propios hijos, sin que eso haya hecho alguna mella en su poder: Ismael Zambada García, el Mayo.
Este libro es el resultado de un viaje de nueve años dentro de los laberintos y secretos del Mayo y el Cártel de Sinaloa. La historia que narro aquí es responsabilidad totalmente mía.
Al lector le corresponde descubrir quién es el traidor.
Soy el hijo del Mayo Zambada*
Mi papá es Ismael Zambada García. El Mayo es su sobrenombre más común. Pero también le dicen el Padrino, la Doctora, la Señora, y las personas más cercanas como mi compadre Chapo, lo llaman la Cocina. Era un código que se usaba en el teléfono para hacer referencia a mi padre.1
Mi padre es el líder del Cártel de Sinaloa.
La meta del cártel como en cualquier otro negocio, en este caso tráfico de drogas, es hacer dinero. Y con el dinero uno gana poder y capacidad de corromper. Las drogas que vende el cártel para hacer dinero son principalmente cocaína, heroína, metanfetaminas y mariguana.
El Cártel de Sinaloa existe de un modo u otro desde los años setenta. Mi padre es uno de los primeros líderes del cártel. Era compadre y socio de Miguel Ángel Félix Gallardo, Amado Carrillo Fuentes y los hermanos Arellano Félix.2
En la primera década del 2000, junto con mi padre, los otros líderes del cártel eran Chapo, Juan José Esparragoza Moreno, a quien conozco como el Azul, Arturo Beltrán Leyva e Ignacio Coronel, a quien conocí como Nacho. El cártel funciona como una afiliación de estos individuos y sus organizaciones.
Por el poder, por el dinero, por la corrupción, desafortunadamente hay los celos de otras personas, gente que siente envidia de uno y comienzan a haber problemas y así es como inician las guerras.3
***
Vicente Zambada Niebla es conocido por el gobierno de Estados Unidos como Vicentillo, aunque según él mismo también lo llaman el Niño, el Diez, el Diego o la Mesera, por aquello de que su padre era la Cocina. Algún tipo de humor negro de narcos.
Es el primer hijo varón del Mayo. Nació el 23 de marzo de 1975, según la credencial de elector expedida en Culiacán, Sinaloa, cuando cumplió 18 años, de la cual tengo copia como parte de los documentos que me entregó el abogado Fernando Gaxiola. Es el único varón de los hijos procreados en el matrimonio del Mayo y Rosario Niebla Cardoza. Sus hermanas son María Teresa (1969), Midiam (1971) y Mónica (1980).4
Chayito, como le llama afectuosamente el Mayo a Rosario, es una mujer originaria de El Dorado, una sindicatura de Culiacán, Sinaloa. El capo se enamoró de ella a primera vista cuando tenía 13 años, y aunque formalmente ya no están casados, Chayito sigue siendo la reina de su corazón. Aunque es reina entre muchas otras mujeres, su sociedad es indisoluble como el afecto que el Mayo siente por Vicente.
Según le contó el propio Mayo a Gaxiola, tiene más de 10 hijos, pero de todos, Vicentillo es el más amado, el predilecto. La historia que los vincula va mucho más allá de la relación filial entre hijo y padre. Es una historia de tragedia, dolor, crimen, muerte, venganza y traición. Encuentros y despedidas. La frase “la sangre llama” es entre los dos mucho más que sólo palabras.
Si se compara la fotografía tomada al Mayo para el trámite de su pasaporte, cuando tenía unos 50 años, con una fotografía reciente de Vicentillo, se puede ver que son realmente parecidos. Altos, erguidos. El mismo tono de piel moreno claro, cabello abundante y negrísimo. La misma nariz recta y ligeramente respingada, la mandíbula cuadrada, fuerte, como de rottweiler.
Lo más similar físicamente entre padre e hijo son los ojos inclinados hacia abajo, oscuros, feroces, inteligentes, como dos gotas que caen bajo las cejas.
Cuando nació Vicentillo, su padre ya era el rey de un imperio criminal hasta ahora muy poco explorado. Pero como todo príncipe, nació esclavo. Su círculo social era de traficantes de drogas nacionales e internacionales, sicarios, lavadores de dinero, políticos y funcionarios corruptos. Ante todos, su padre tenía siempre la última palabra. Nadie estaba por encima de él. Nunca tuvo otro tipo de referencia, ése es el mundo que vio y en el que vivió desde su primer parpadeo.
Miguel Ángel Félix Gallardo (1946) se hacía llamar el Jefe de Jefes, pero nunca lo fue del Mayo. Originario de Sinaloa, como el Mayo, fue miembro de la Policía Judicial Federal y escolta de Leopoldo Sánchez Celis durante la época en que éste fue gobernador de Sinaloa (1963-1968). A finales de los setenta ya era líder del llamado Cártel de Guadalajara. Junto con Ernesto Fonseca Carrillo (Don Neto) y Rafael Caro Quintero (el Príncipe), estableció negocios con la poderosa organización de Pablo Escobar Gaviria. El emporio criminal se fue a la ruina cuando asesinaron al agente de la DEA Enrique Camarena en 1985, en complicidad con la CIA. Todos fueron detenidos dando cabida a otros imperios visibles, mientras hubo uno que movía todos los hilos desde atrás.5 El Mayo y Félix Gallardo llegaron a hacer negocios en común, pero el primero tenía ya su propio imperio independiente.
Amado Carrillo Fuentes (1956) era de Navolato, Sinaloa, sobrino de Fonseca Carrillo. Trabajó para otro policía, Rafael Aguilar Guajardo, en Ojinaga, Chihuahua. Aguilar Guajardo tenía control de Ciudad Juárez y Nuevo Laredo. Tras el deceso de Aguilar Guajardo, quien fue asesinado en 1993 en un muelle de Cancún, Amado se apropió de su territorio y se ganó el apodo del Señor de los Cielos por la flota aérea que utilizaba para el tráfico de cocaína de Colombia a Estados Unidos. El Cártel de Juárez era un negocio que administraba con sus hermanos Vicente, mejor conocido como Viceroy, y Rodolfo Carrillo Fuentes, llamado el Niño de Oro.6 Nadie lo sabe hasta ahora, pero el Mayo era padrino de Amado y su hermano Vicente. De ahí le pusieron el mote del Padrino. Y el Señor de los Cielos, quien se pensaba era el todopoderoso, pero en realidad, era su subordinado.
Joaquín Guzmán Loera (1954), el Chapo, es originario de La Tuna, en Badiraguato, Sinaloa. Cuando el Mayo era ya un jefe, él era un empleado menor de Félix Gallardo y luego de Amado Carrillo. En 1993 su nombre saltó a la fama mundial porque el gobierno de Carlos Salinas de Gortari lo responsabilizó falsamente de haber estado involucrado en el fuego cruzado donde fue asesinado el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo en el Aeropuerto Internacional de Guadalajara, junto con los hermanos Arellano Félix. Amado, para quien el Chapo se había convertido en un problema porque era violento y le gustaba llamar la atención, lo traicionó y le dio al gobierno su paradero para seguir con su negocio criminal sin inconvenientes. Lo malo es que lo disfrutó poco. En 1997 falleció en la plancha de un hospital de la Ciudad de México, cuando intentó someterse a una liposucción y cirugía facial para trasformar su obesa figura.7
Los hermanos Beltrán Leyva, originarios de la comunidad de La Palma, también en Badiraguato, son primos del Chapo. Trabajaron mucho tiempo para el Mayo. Los tres hombres más conocidos, Arturo (1961), Alfredo (1971) y Héctor (1965), eran inseparables, y la lealtad entre ellos inquebrantable. Hasta la muerte. Les llamaban los Tres Caballeros. Arturo fue quien ayudó al Chapo a independizarse de su padre cruel, quien lo golpeaba y explotaba llevándolo a la siembra y cosecha de la droga para luego despilfarrar el dinero en alcohol y prostitutas. Fueron los Beltrán Leyva quienes ayudaron al Chapo en su primera siembra de mariguana cuando apenas tenía 13 o 14 años. Fue Arturo quien, gracias al trabajo que le dio el Mayo, proveyó al Chapo de los recursos para sobornar a los funcionarios y guardias del penal de máxima seguridad de Puente Grande, Jalisco, donde fue encarcelado en 1993 y de donde se escapó con ayuda del mismo Mayo y Arturo en 2001.8
Por su parte, los hermanos Arellano Félix integraban otro clan criminal conformado en un inicio por al menos ocho hermanos: Enedina, Eduardo, Benjamín, Ramón, Francisco Rafael, Francisco Javier, Carlos Alberto y Norma Isabel. La mayoría ha enfrentado acusaciones formales por tráfico de drogas. Fueron socios importantes del Mayo cuando éste controlaba el tráfico de drogas a Estados Unidos en la frontera de Tijuana, y sus familias convivían como una sola.
Juan José Esparragoza Moreno (ca. 1949), el Azul, era de Huxiopa, Badiraguato. En la década de 1970 también fue agente de la Policía Judicial y se hizo amigo de Félix Gallardo, Caro Quintero y Fonseca Carrillo, con quienes empezó una discreta carrera criminal que después de que todos ellos terminaron en prisión, continuó con Amado Carrillo, como negociador de las transacciones de drogas en México y Colombia. Fue el Azul la conexión entre Félix Gallardo y el Mayo. Siempre que había un conflicto entre los grupos criminales, se le convocaba para fungir como mediador antes de que alguien jalara el gatillo primero.9 Además, fiaba millones de dólares para la compra de droga a las personas de su confianza que se lo requirieran.
Ignacio Coronel (1954) es originario de Canelas, Durango. Algunos afirman que es tío de Emma Coronel, esposa del Chapo, pero ella lo negó tajantemente en una entrevista que le hice en febrero de 2016. Nacho, como lo llamaban sus amigos, entró de lleno en el narcotráfico a la sombra de Amado Carrillo a finales de los ochenta, cuando trabajó al lado de Héctor el Güero Palma y el Chapo. En junio de 1993, pocos días después del asesinato del cardenal Posadas Ocampo, su hermano mayor, Raymundo Coronel Villarreal, también narcotraficante, fue abatido por elementos de inteligencia de la V Región Militar.10 Ignacio Coronel cobró importancia porque fue uno de los visionarios que descubrió que las metanfetaminas eran las drogas del futuro y estableció laboratorios clandestinos en Jalisco.
Todos estos líderes, sus familias y empleados convivían cotidianamente en reuniones de trabajo y fiestas. Los clanes hacían relaciones endogámicas para crear alianzas. La forma más común era bautizar o confirmar a un hijo o casar a hijos de diferentes familias, con lo cual intentaban garantizar relaciones de trabajo pacíficas.
Desde niño, Vicentillo supo que su padre era el jefe no sólo en su familia. Lo veía dictar órdenes a sus socios, premiar o castigar a los que trabajaban para él, pero tardó en saber cuál era el negocio de su padre que lo hacía tan poderoso. Al abogado Gaxiola le confió cómo descubrió que el trabajo de su padre era distinto al de los padres de los otros niños de la escuela: “Un día cuando estaba en el rancho ganadero veo que estaba mi papá y un amigo de él contando fajos de dinero. Estaba el escritorio lleno de dinero con una máquina para contarlo. Fue cuando abrí los ojos y pensé… ¿en qué negocio está mi papá?”
A finales de los ochenta, el Mayo, su esposa Chayito y sus cuatro hijos se establecieron en Tijuana.
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Los Arellano Félix son originarios de Cancún. Pero cuando eran muy chicos se movieron a Tijuana, Baja California, y son conocidos como los Arellano Félix del Cártel de Tijuana.11
En aquel tiempo la mayoría de ellos eran socios y compadres de mi padre. Yo los veía muy seguido cuando vivía ahí en los ochenta. Javier Arellano Félix; Francisco Arellano Félix; Ramón Arellano Félix; Eduardo Arellano Félix, era con quienes tenía más contacto.
Conocí a mi compadre Chapo a finales de los ochenta, principios de los noventa, en una de las casas de mi padre. Él fue a visitar ahí a mi papá. Yo tenía entre 15 y 16 años. Estaban presentes otras personas de seguridad que trabajaban para ellos.
Mi papá me presentó a Chapo. Él solo dijo: “Mi compa Chapo”. Es el diminutivo de compadre, y es muy común en Sinaloa decir compadre a tus amigos.
El Chapo es el padrino de bautizo de mi hijo más pequeño.
En 1988 Ramón Arellano Félix mató a un compadre de mi compadre Chapo en la fiesta de cumpleaños de mi papá. Se llamaba Armando López, alias el Rayo López.
Después del asesinato hubo diversas reuniones en la Ciudad de México. Yo no estuve presente, pero estuvo mi papá y Amado Carrillo Fuentes. Ellos fueron a la Ciudad de México a tener un encuentro. Mi papá, Amado Carrillo Fuentes, mi compadre Chapo, Héctor Salazar Palma, alias el Güero Palma, y los Arellano, para ver lo que había pasado.
En ese tiempo ellos habían estado buscando hacer las paces… todo había estado bien entre los Arellano y mi compadre Chapo, que en ese tiempo estaba viviendo en Guadalajara algunas veces al año. Ellos decían que todo había estado bien con Ramón Arellano.
En 1991 yo estudiaba en la ciudad de Tijuana, estaba en primer grado de preparatoria, tenía 15 años. Cuando un día saliendo de mi casa iba a recoger a mi novia [Zynthia Borboa Zazueta], la que ahora es mi esposa. Ella vivía en Los Ángeles.12
Cuando salí de mi casa, como a seis cuadras, se me cierra una van, una camioneta cerrada, se baja una persona que me quiere abrir la puerta y me ordenó a gritos que me bajara. Yo cerré con seguro la puerta y aceleré el carro y cuando arranqué escuché un balazo y el vidrio de mi carro vi que se rompió, o se astilló, porque el carro en el que yo iba era blindado.
Quince días atrás mi papá me envió el auto y me mandó a decir que no saliera a la calle si no andaba en ese carro. Era un Shadow chico de dos puertas. Ése fue mi primer atentado. No sé si era secuestro o en realidad me querían matar.
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A sus 16 años, Vicentillo, el primogénito del Mayo, iba a ser asesinado por los Arellano Félix. Gaxiola señala que el clan había matado días antes a dos socios del Mayo, uno en Culiacán y otro en Tijuana. Lo culparon de los asesinatos para crearle problemas con sus aliados.
Esta situación puso en alerta al Mayo. Le había comprado ya un flamante Mustang convertible a su hijo para que se paseara por California y Tijuana, pero de última hora le envió de repuesto el vehículo blindado y le ordenó que no fuera a ninguna parte sin él. Vicentillo obedecía ciegamente a su padre, y en aquella ocasión eso le salvó la vida. Gaxiola afirma que le dispararon directo a la altura de la cabeza y se salvó gracias al blindaje.
En cuanto el Mayo se enteró del ataque contra su hijo, instintivamente llamó a Ramón Arellano para pedirle explicaciones. Ramón, por supuesto, negó cualquier injerencia en los hechos, dijo que no sabía del ataque y que no tenía nada que ver.
Mientras le disparaban, Vicentillo escuchó que uno de los sicarios recibió una comunicación por radio en la que le informaron que ya se había logrado el primer objetivo en Culiacán.
“Papá, te están mintiendo, yo escuché la voz de Ramón”, dijo Vicentillo.
El Mayo decidió trasladar a Chayito y sus hijos a Culiacán, donde se sentía más seguro. Mientras él se replegó, los Arellano Félix tomaron el control de Tijuana, que hasta ese momento estaba dividido con Zambada García.
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Después, unos meses más tarde yo, mi madre y mis hermanas nos regresamos a vivir a Culiacán, Sinaloa. En Culiacán me metí a continuar la preparatoria y yo vivía en la casa de mi hermana más grande [María Teresa Zambada Niebla] con mi cuñado Javier Díaz, esposo de mi hermana.13
Una noche, estando en la casa de mi hermana, alguien llamó a la puerta y yo ya iba preparado con la pistola, la traía fajada en la cintura porque en ese tiempo mi papá y los Arellano Félix salieron mal, eran enemigos y empezó una guerra muy fea.
Entonces cuando abro la puerta siento que me golpean en la cara, un puñetazo, y que dos personas se quieren meter a la casa, yo caí hacia atrás.
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El adolescente, reaccionó rápido y alcanzó a cerrar la puerta, pero la mano de uno de sus agresores quedó con el arma empuñada entre la puerta. Le dispararon. Era gente de los Arellano Félix.
NOTAS
1 Testimonio de Vicente Zambada Niebla en la Corte de Distrito Este de Nueva York, 3/01/2019. La autora tiene la versión estenográfica oficial de la Corte.
2 Texto escrito por Vicente Zambada Niebla, entregado por Fernando Gaxiola a la autora.
3 Testimonio de Vicente Zambada Niebla, 3/01/2019, loc. cit.
4 En adelante, en este capítulo el número entre paréntesis al lado de los personajes representa su año de nacimiento, a menos que se indique otra cosa.
5 Información obtenida por la autora por medio de testigos directos y documentos judiciales. Publicada previamente en Los señores del narco (Grijalbo, 2010).
6 Idem.
7 Idem.
8 Idem.
9 Idem.
10 Idem.
11 Testimonio de Vicente Zambada Niebla, 3/01/2019, loc. cit.
12 Texto escrito por Vicente Zambada Niebla, entregado por Fernando Gaxiola a la autora.
13 Idem.
* Nota del editor: A lo largo del libro se intercalan dos textos fundamentales, por un lado, la investigación periodística como tal, y por otro, los testimonios escritos de Vicente Zambada Niebla. Para distinguirlos, se han usado la mayoría de las veces asteriscos y dos fuentes tipográficas diferentes.