Mientras uno está vivo…

Mientras uno está vivo…

Es tan poderoso sobre el escenario que un golpe de sus caderas podría desplazar el eje de la Tierra. Quizá ya lo ha desplazado. Lo ha movido lo suficiente como para dejarnos suspendidos en un extraño momento de ingravidez: con los pies a unos milímetros del suelo y la conciencia flotando a la espera de que todo cambie, sin comprender todavía que ya ha cambiado.

Benito –hijo del otro Benito y nieto de Benito– ha venido para que sepamos que no todo está perdido. Diréis que su voz no es perfecta, ni lo es su dicción. Diréis que se atropella cantando. Pretenderéis no entenderlo. Pero precisamente por eso es nuestra única esperanza. Porque Benito es la prueba hecha carne de lo lejos que estamos del silicio y del algoritmo. De que las máquinas no pueden hacer lo que realmente nos define.

Ha venido a desconcertarnos con un descaro que, por momentos, se tiñe de la inocencia de un crío que celebra el último día del colegio. Ha venido a revivir la alegría de chapotear en la orilla de la playa cuando las tardes parecen interminables y el futuro está muy lejos. Ha venido a contonearse para contonearnos. A compartir. A plantar su silla de plástico en la puerta de la casa en las noches de verano. A juntar a los mayores y a los pequeños. A enseñarles a los niños a defender lo que son y a sus abuelos a estar orgullosos de lo que, durante mucho tiempo, no pudieron decir que eran. Puertorriqueños. Latinos. Hispanos. Taínos. Reguetoneros. Luchadores. Trabajadores. Colonizados. Jíbaros. Blancos. Negros.

Ha venido a hacer de la revolución una fiesta. Y de la fiesta una afirmación de su identidad y de su herencia. A decirnos quiénes son sus maestros y a demostrarnos que el pasado se puede asimilar hasta sudarlo, hasta bailarlo, hasta convertirlo en un aliento que hace retumbar al mundo entero.

Las máquinas no disfrutan, ni saben contagiarnos de alegría. Las máquinas no se lo pasan bien cuando hacen su trabajo. Ni se paran para sentir el viento en la cara con los ojos cerrados mientras el público ruge. No son valientes, ni desvergonzadas. No han aprendido a mezclar la lujuria con la reivindicación. No saben de deseo, ni de palpitaciones. Ni de nostalgias, ni de sueños cumplidos. Ni entienden de desamores, ni de ligues tórridos. Ni saben de amistades que duran una vida. Ni de noches en blanco que desembocan en resacas. Ni de lo que escondemos.

Las máquinas ignoran todo lo que de verdad nos hace humanos.

Pero Benito lo sabe sin necesidad de explicarlo. Y a cada momento nos lo recuerda.

Su música es todo eso.

Es el pie que no puede evitar moverse cuando un ritmo suena. La emoción que acompaña a cada uno de los recuerdos de la infancia. Es el orgullo de tus padres cuando aprendías algo nuevo. La irrepetible sensación repetida de que te has enamorado. La gloria de los atardeceres que jamás pueden captar las cámaras porque no están hechos de colores sino de sentimientos. Es el efecto embriagador del agua salada si tiene forma de gota y resbala por la piel del ser amado. La inexplicable atracción de la carne del otro. Y la repulsión, inexplicable también, cuando ya no deseamos. Es el desamor. Los celos. El desa­sosiego. Los errores. El miedo. La alegría porque sí. La tristeza porque no. Y la tristeza sin saber por qué de las tardes de domingo. Es la densidad viscosa del calor húmedo. Es el frío inesperado. Es el otro frío, el que se siente en el alma. Y la añoranza. La alegría de volver con los tuyos. Es la vida latiendo feroz.

No hay inteligencia artificial que pueda explicar todo eso que nos pasa y nos atraviesa. Ningún superordenador sentirá jamás que mientras uno está vivo uno debe amar lo más que pueda.

Pero Benito nos lo ha enseñado con sus canciones. Y cada vez que dice «hey» lo está diciendo por todos nosotros. Por todo lo que nos impresiona. Por todo lo que el algoritmo no podrá anticipar.

Porque la emoción no admite cálculos. Y menos aún los complicados cálculos con los que las máquinas quieren deslumbrarnos.

Deberías creer en ti

Estoy aquí, frente a esta página en blanco, atenazada por el miedo. Estoy aquí con la sospecha –que va camino de ser certeza– de que no podré volver a escribir jamás. Hace apenas unas horas, desde la pantalla de la televisión, Benito me ha dicho que tengo que confiar en mí. Que así es como él ha llegado a conquistar el mundo. Y sé que tiene razón, porque desde hace muchos años Bad Bunny es el oráculo de su propio éxito: cantó que cantaría en el Super Bowl,[1] que alcanzaría el número uno en todas las listas, que llevaría su música desde Puerto Rico hasta el último confín del Universo.

Esta noche, en medio de una coreografía tan épica como abigarrada, ha reservado un momento especial para lanzar un mensaje. «Mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio y si hoy estoy aquí en el Super Bowl LX es porque nunca, nunca dejé de creer en mí». Benito hace una pausa con la mirada fija en nosotros y continúa. Pero, justo cuando va a decir «tú también deberías de creer en ti», algo le distrae. Por una milésima de segundo sus pupilas se desvían del objetivo de la cámara. Es apenas una ráfaga subliminal. Un barrido fugaz en el primer plano de un hombre poderoso. Un gesto imperceptible, y visible a la vez, en una actuación inmaculada. Y ese instante pasajero, unido a su frase, han bastado para revelármelo todo: si Benito nos emociona es porque cree en él a pesar de que sabe que puede equivocarse. Y porque se equivoca. Y porque a veces duda, pero sigue hacia delante, como lo hace en este plano.

Si nos gusta Bad Bunny es por todos y cada uno de estos matices, por las imprecisiones no previstas que una máquina no puede darnos. Porque sabe que para hacer algo realmente bueno hay que fallar y hay que seguir y hay que plantearse si somos capaces de hacerlo y hacerlo a pesar de todo.

¿Cómo Bad Bunny va a ser rey del pop con reguetón y dembow? ¿Cómo va a conquistar el mundo cantando en español? ¿Cómo escribiré yo estas páginas? ¿Podré? La respuesta de Benito es que él puede y lo hace. Y la mía debe de ser que yo también podré hacerlo. Esto es también lo que nos separa de las inteligencias artificiales. El algoritmo nunca duda.

El algoritmo le habría caído fatal a Descartes. Es capaz de soltarte la bobada más colosal de una manera categórica. Y cuando se la cuestionas, ni siquiera da marcha atrás. Porque los unos y los ceros que construyen las respuestas no pueden abochornarse. A la inteligencia artificial no puedes decirle «cree en ti», porque eso es algo que hace por definición. Confía en su propio proceso como si fuera sagrado. Y lo más llamativo es que nos ha engañado para que nosotros también creamos que siempre tiene razón. Y así ha conseguido difuminar uno de los rasgos más característicos del ser humano: la duda.

Creemos en la infalibilidad de las máquinas. En que siempre aciertan. Y terminamos replanteándonos todo lo que sabemos. Y así, estos algoritmos aparentemente listos, que parlotean y afirman sin titubeo, nos van volviendo poco a poco más dependientes, más inseguros, más tontos. Creemos en ellas hasta cuando se equivocan. Es lo que se conoce como «efecto Kasparov».

La abuela de las inteligencias artificiales de nuestros días se llamaba Deep Blue y jugaba al ajedrez. IBM llevaba más de una década entrenando a su ajedrecista sintético con todas las jugadas que en el mundo han sido.[2] Su verdadera prueba de fuego sería enfrentarse al campeón de los campeones: Garry Kasparov. Los 80 fueron años extraños en los que los jugadores de ajedrez se convirtieron en estrellas mediáticas. A finales de la década, Kasparov había vencido a la predecesora de Deep Blue sin despeinarse, pero IBM siguió introduciendo mejoras en su programación para alimentar el espectáculo del hombre contra la computadora. Si las máquinas pudieran celebrar y sentirse orgullosas –cosa que no podía hacer Deep Blue, ni sus nietas actuales– habrían organizado una fiesta el 11 de mayo de 1997.

Kasparov llegaba a la partida confiado. Había ganado la ronda del año anterior y estaba convencido de que triunfaría en la revancha que había preparado IBM. Pero Deep Blue hizo un movimiento inesperado con una torre. Kasparov se estaba enfrentando a un superprocesador de doce toneladas capaz de calcular cien millones de jugadas por segundo. Si IBM RS/6000 SP –el nombre oficial de aquel cacharro– tenía la audacia de mover así una pieza debía de haber una buena razón. La máquina tenía que haber visto una jugada futura en la que esa extraña decisión fuera ventajosa. Una jugada que el humano Kasparov no conseguía visualizar. Desconcertado, Kasparov pensó que Deep Blue preparaba alguna genialidad y siguió adelante mientras la sospecha le atenazaba. Y perdió. Kasparov, como nos pasa cada día a todos nosotros, cayó en la ilusión de la infalibilidad de las máquinas.

Tuvieron que pasar casi veinte años para que supiéramos que el movimiento aparentemente magistral de Deep Blue no era más que un error de cálculo. Un glitch del programa. Un fallo en su matrix. El ordenador cometió un error trivial que arrastró al error catastrófico al hombre: Kasparov dejó de creer en sí mismo, se olvidó de que hasta ese momento había sido más listo que su oponente artificial. Se convenció de que la máquina no se equivocaba. Su mayor vulnerabilidad fue ser un ser humano. En ese momento de debilidad, absolutamente cabreado por haber perdido contra una especie de ataúd gigante cargado de datos, fue cuando Kasparov se convirtió en un héroe más cercano.

Cuando Benito se equivoca, se equivoca. En un concierto, hace años, se olvidó de la letra de una canción y se lo confesó al público, con risa de niño malo, para que le ayudaran. Cuando deja de mirar a cámara en uno de los planos más sofisticados de su muy sofisticada Super Bowl, se acerca más a cada uno de los que le estamos mirando. Es una megaestrella arrebatadoramente humana. Su pifia fugaz nos recuerda que esta barbaridad de show que se está marcando durante el cuarto de hora más visto de la televisión estadounidense se está produciendo ahora, en directo, asumiendo todos los riesgos de una actuación de dimensiones faraónicas.

Por eso celebramos que su voz no sea perfecta, que no tenga el eco medido y sintético de las voces generadas en un ordenador –ésas que llegan a todas las notas, pero no nos llegan al corazón. Su voz es suya y es única, con esa reverberación submarina y profunda tan característica, con ese arrastrar lánguido de quien ha crecido jugando bajo el sol tórrido de su tierra. Su voz es una onda expansiva que arranca retumbando en su esternón y nos circunscribe en sus círculos de ritmo hipnótico, como si fuera un cowboy que nos atrapara con su lazo.

Y todo eso tampoco lo sabe hacer una máquina. Por muchas jugadas que calcule y por muchos Kasparov a los que presuma de haber ganado.[3]