Si te asomas al taller de los dulces sueños, siempre encontrarás a su propietario, Oslo, profundamente dormido. Algunos días duerme tumbado en la cama, otros sentado en el sillón. A veces, se pone un antifaz o se queda abrazado a un peluche mientras se amodorra. Es algo preocupante, podría entrar un ladrón y no se daría ni cuenta. Cuando un cliente llega al taller, Oslo se despierta sobresaltado por el sonido de la campanilla de la entrada. Después se esfuerza por disimular, pero todos los clientes pueden notar que acaba de abrir los ojos. Por suerte, la mayoría piensa: «Bueno, si el dueño es así de dormilón, ¡seguro que sus productos me ayudarán a dormir profundamente!».
Y no es que Oslo empezara de repente un día a sentir somnolencia, en realidad desde pequeño tuvo el sueño pesado. De bebé, nunca lloraba ni montaba berrinches cuando tenía hambre, simplemente dormía. Sus padres se pasaban el tiempo acercándose a comprobar si todavía respiraba. Por supuesto, él solo estaba descansando plácidamente, dando suaves ronquiditos.
Nada cambió demasiado cuando empezó el colegio; caía rendido con facilidad a la menor oportunidad. Muchas veces se dormía en el autobús y se pasaba su parada (aunque, por suerte, cuando hizo amigos que cogían el mismo autobús, estos incidentes disminuyeron). Durante las clases, como era de esperar, se le cerraban los ojos con asignaturas aburridas como Lengua, Inglés o Matemáticas, pero también le entraba sueño mientras jugaba a la pelota en clase de Educación física. O incluso mientras hablaba con sus amigos. ¿Qué más se puede decir?
A él le encantaba dormir, pero era bastante problemático hacerlo en cualquier lugar. Por esa razón, reflexionó seriamente para descubrir qué situaciones le producían sueño. Después de una investigación muy larga (ya que ponerse a pensar le resultaba soporífero), averiguó algo importante: «¡Al parecer me pasa si estoy quieto más de cinco segundos!».
Así que se dedicó a buscar formas de mantenerse despierto: probó a jugar con su pelo, a tirarse de las orejas y a mover los dedos de los pies. Lo que mejor le funcionaba resultó ser dar repetidos golpecitos con los dedos índice y pulgar de su mano izquierda una vez cada cuatro segundos.
Con este método, lograba mantenerse despierto durante momentos cruciales. Se dormía en clase con menos frecuencia, y finalmente pudo mantenerse alerta lo suficiente para acabar los exámenes. Sin embargo, esto no quería decir que se hubiera convertido en una persona normal que conciliaba el sueño únicamente por la noche. Si perdía la concentración y dejaba de dar golpecitos con los dedos, inevitablemente volvía a cerrar los ojos.
La etapa escolar de Oslo no fue fácil, pero tampoco se puede decir que fuera extremadamente complicada, ya que todos entendían su problema. Las verdaderas dificultades comenzaron una vez que terminó sus estudios. Ahora era un adulto, y como tal tuvo que pensar a qué se quería dedicar. Debía elegir con cuidado, ya que existía la posibilidad de que se quedara dormido mientras hacía cualquier tarea, y no quería causar molestias o ser un peligro para sí mismo u otras personas.
Intentó prepararse para el mundo laboral y probó a trabajar en algunas cosas que no le interesaban demasiado. Sin embargo, los empleos le duraban poco porque no le parecían adecuados para él. Un día, de repente, recordó algo que le había dicho su profesora de secundaria. Aquella profesora había decidido ser docente porque le gustaban los niños y se le daba bien enseñar. Decía que lo mejor era elegir algo que disfrutaras y para lo que fueras bueno. Fue una gran suerte que se acordara de su profesora durante aquel momento difícil, y aún más que estuviera despierto cuando ella compartió ese consejo.
«¡Ya está! Elegiré un trabajo que disfrute y para el que sea bueno. Lo que más disfruto es dormir, y también es lo que mejor se me da. Así que no cabe duda de que debería dedicarme a algo relacionado con dormir».
Oslo siempre había sido habilidoso y desde que era estudiante le encantaba hacer todo tipo de manualidades y regalárselas a sus compañeros de clase. Por ejemplo, almohadas mullidas o suaves antifaces de tela. Lo hacía porque quería ayudar, aunque solo fuese un poco, a los compañeros que a menudo no podían conciliar el sueño porque estaban preocupados por los exámenes o el futuro. Para él dormir era algo fácil y agradable, pero para muchas de las personas que le rodeaban no era así.
De este modo decidió crear un lugar para ayudar a quienes padecían de insomnio. Ya habían pasado tres años desde que el taller de los dulces sueños abriera sus puertas y, a pesar de que no era un negocio en el que la cola diese la vuelta a la manzana, había conseguido cierto renombre y contaba con una clientela regular.
Oslo no se preocupaba por quedarse dormido durante las horas de trabajo porque contaba con la ayuda de Yaya el búho, a quien había conocido a través de un misterioso encuentro. Yaya se convirtió rápidamente en su ayudante de confianza y ya lo consideraba de su familia. Gracias a que Yaya se encargaba del negocio cuando Oslo se quedaba adormilado, el taller siempre daba a sus clientes una cálida acogida.
Hoy, Oslo también se encuentra durmiendo dentro del taller de los dulces sueños. Está haciendo precisamente lo que más disfruta y lo que mejor se le da.