Como deportista que he sido durante toda mi vida, es una alegría ver que el deporte femenino por fin empieza a recibir más atención. Este entusiasmo no existía hace diez años, y me parece irreal vivir en una época en la que la liga femenina de baloncesto universitario de la NCAA tiene más espectadores que la masculina.
Ahora mismo estoy en la fase de escribir historias de amor con ambientación deportiva y mientras planeaba una serie sobre hockey, supe que quería darle una vuelta de tuerca.
Cuando empecé a soñar con Cara a cara y con la idea de una mujer que fuese jugadora profesional de hockey, todavía no existía la PWHL (la Liga Profesional de Hockey Femenino). En vez de crear una liga para Emmy, decidí dejarla jugar con los chicos.
Créeme: sé que las mujeres no juegan en la NHL (excepto Manon Rhéaume, que jugó un partido de exhibición con el Tampa Bay Lightning).
Este libro es una obra de ficción. Para que funcione, va más allá de los límites de la credibilidad, pero la representación de las mujeres en el deporte es importante para mí, de ahí que colocara a una mujer en la NHL.
También sé que los equipos de hockey tienen más de nueve jugadores. Para facilitar la lectura, he limitado el número de personas mencionadas a lo largo del libro a fin de que no resulte confuso seguir el hilo de todos (¡y he incluido una lista para que sepas quién es quién!).
Por último, algunos de los personajes que se mencionan brevemente en Cara a cara proceden de otra de mis series. Dallas, Maven y June son de Behind the Camera (una novela romántica deportiva sobre un padre soltero y una niñera). Reid también tiene su propio libro en esa otra serie. He escrito Cara a cara de manera que no sea necesario leer nada antes (¡eso espero!), pero si tienes alguna pregunta, no dudes en enviarme un mensaje por Instagram (@authorchelseacurto).
Cara a cara es una comedia romántica llena de humor, pasión y muchas emociones, pero me gustaría compartir algunas advertencias sobre el contenido por si algunos lectores quieren tenerlas en cuenta:
• Lenguaje explícito
• Múltiples escenas sexuales explícitas entre dos personas (incluido un ligero estrangulamiento consentido)
• Consumo de alcohol
• Un playboy reformado con historial de mujeriego. Eso sí, no se mete otra mujer de por medio en la historia y no está con ninguna después de conocer a la protagonista
• Peleas durante partidos de hockey (que incluyen sangre y puñetazos)
• Mención a una lesión deportiva (que no se produce durante el desarrollo de la historia)
• Mención al abandono parental (breve)
• Mención a la vida en el sistema de acogida (breve)
• Mención al cáncer infantil (breve)
• Comentarios sexistas realizados por personajes secundarios (breves, e incluyendo un comentario sobre sexo no consentido)
Como siempre, cuídate y protege tu corazón. Si tienes alguna pregunta sobre cualquiera de los temas que acabo de enumerar, puedes escribirme un mensaje en Instagram (@authorchelseacurto en IG).
Maverick Miller – Alero derecho
Emerson Hartwell – Alero izquierdo
Liam Sullivan – Portero
Hudson Hayes – Defensa
Riley Mitchel – Defensa
Ethan Richardson – Centro
Grant Everett – Alero derecho
Connor McKenzie – Centro
Ryan Seymour – Defensa
Brody Saunders – Entrenador principal
Emmy
He visto muchos penes en mi vida, pero el que tengo a quince centímetros de mi cara es el último que querría ver.
—Grady… —Me cubro los ojos con el brazo en un intento desesperado por protegerme de su polla flácida—. Hemos pasado dos temporadas sin estropear nuestra amistad, y ¿vas y te comportas como un guarro en mi último día? ¿Y encima en un lugar tan sagrado como el vestuario?
—Alguien me ha robado los calzoncillos. —Grady Whitlock, mi mejor amigo y una de las únicas razones por las que he sobrevivido a mi etapa como alero izquierdo en los San Diego Iguanas de la ECHL, la Liga de Hockey de la Costa Este, que es una de las amateurs, nunca ha sido tímido—. Sabes que yo no soy así.
—La proximidad de tus pelotas a mi boca me sugiere lo contrario. Creo que voy a tener pesadillas.
—Espera. —Oigo una serie de tacos en voz baja, seguidos del sonido de la cremallera de una bolsa de deportes y el frufrú de la ropa—. Vale. Ya puedes mirar.
Abro un ojo y suspiro aliviada al ver que lo que tengo delante son unos vaqueros oscuros y no un escroto.
—Menos mal. ¿Quién te ha robado los calzoncillos?
—Andrew, seguramente —refunfuña Grady—. El cabrón me la tiene jurada desde que le gané en la tanda de penaltis del entrenamiento de la semana pasada. Perdona, Em.
—Te perdono, pero solo si no vuelves a enseñarme la polla nunca más —replico.
—A lo mejor podemos hipnotizarte para borrarte el recuerdo.
—Eso o darme un martillazo en la cabeza. Vas a tener que buscarte a otra persona ante la que exhibirte, colega. Mi vuelo es en tres horas, y entonces me iré de aquí para siempre.
Grady frunce el ceño.
—Este sitio no va a ser lo mismo sin ti, Emmy.
—Lo último que me esperaba este año era que me llamaran para jugar con los grandes, y estoy a esto de que me dé algo —digo mientras junto el pulgar y el índice—. Ahora que lo pienso, ¿me vuelves a enseñar el rabo? Tiene un montón de venas, pero me da mucho menos miedo que pensar en el futuro. ¿Yo? ¿Jugadora de la liga profesional? ¿Están seguros?
—Ah. —Se frota la mandíbula y sonríe—. Veo que estamos en la fase de negación. Eso que notas son emociones, Emmy. Deberías aceptarlas. No te hacen una blanda.
—Lo sé. —Le hago un gesto con la mano para que se vaya, pero siento una opresión en el pecho cuando lo miro—. Es que es todo muy repentino.
Se acerca a mí. Cuando está lo bastante cerca, me rodea las mejillas con dedos cálidos y palmas callosas.
—Puedes con todo, Em. Esta transición no va a ser fácil, pero es una oportunidad única en la vida.
Joder.
Esperaba escabullirme de aquí sin que nuestra conversación se volviera seria. A Grady se le da bien arrancarme sentimientos profundos y aterradores y obligarme a enfrentarme a ellos, y hoy no estoy segura de poder soportarlo.
Empiezo a tirar de un hilo suelto de mis vaqueros cortos. Noto que me sudan las manos mientras jugueteo con el bajo deshilachado y trago saliva con fuerza.
—¿Crees que estoy como una cabra por aceptar esta oferta? ¿Por renunciar a la seguridad que tengo aquí? Odio estarme quieta, ya lo sabes, pero me siento como si estuviera a punto de saltar al mar sin salvavidas.
—Piensa en esto como si fuera el siguiente paso. Un cambio de rumbo —me aconseja Grady, acostumbrado a ser la voz de la razón en el vestuario—. Te has dejado la piel para conseguirlo. Era solo cuestión de tiempo que se te presentara una oportunidad.
Llámame egoísta, pero sí que es verdad que me he dejado la piel.
Me he esforzado una puta barbaridad y ahora tengo la oportunidad de jugar con los D. C. Stars, nuestro equipo afiliado en la NHL, la liga profesional de hockey.
Eran una máquina potente y lograron llegar a los playoffs durante veinticuatro años consecutivos; todo un récord. Sin embargo, ahora están pasando por un bache del que parece que no pueden salir.
Llevan ocho temporadas consecutivas de derrotas y quince años sin levantar la Stanley Cup como campeones de la liga, y esta vez tampoco han empezado con buen pie. Una lesión a principios de temporada dejó a su alero, un jugador de élite nuevo en el equipo, con una rotura del ligamento cruzado anterior, y hasta ahora han estado rotando a jugadores de la liga AHL para ocupar ese puesto vacío sin éxito.
Me enteré de todo esto durante una llamada con mi representante y el entrenador principal de los D. C. Stars. Después de casi media hora de halagos y de recitar una lista de mis logros que se remontan hasta al instituto, el entrenador Saunders me ofreció un contrato porque le gusta cómo juego y admira mi tenacidad.
Llevo desde entonces esperando que en cualquier momento alguien me diga que es una broma. Que es un gran malentendido, que estaban buscando a otra Emerson Hartwell, pero el hachazo final no se ha producido.
Y ahora estoy así, con las maletas hechas y el corazón en un puño mientras me inclino hacia delante y abrazo al hombre que se ha convertido en un hermano para mí.
Nunca he sido de llorar, pero me pica la nariz y se me nubla la vista cuando Grady me abraza con fuerza. Huele a que lleva todo el día sudando, pero me da igual. No sé cuándo volveré a verlo y quiero saborear este momento.
Se aparta y me mira muy serio, lo que me deja claro que está a punto de ponerse en modo protector.
—¿Recuerdas la regla?
—Nada de fornicio con compañeros de equipo. —Me río—. No te preocupes. Aprendí la lección la última vez.
—Eso incluye a Maverick Miller. Y ese tío no cree en las reglas: tiene una chica en cada ciudad y cada dos semanas salen fotos de él con modelos y actrices. Se rumorea por ahí que un reality show de citas le ofreció ser el protagonista, pero que lo rechazó.
Pongo los ojos en blanco.
—Me las he visto con hombres como él durante toda mi carrera profesional. No me importa que esté bueno o sea famoso: no pienso tocarlo ni con un palo de tres metros.
—Bien. —Grady me besa en la coronilla y me revuelve el pelo. Lo aparto de un empujón, y él clava la mirada en mi taquilla—. Nunca pensé que vería tu taquilla vacía. ¿Dónde están todas tus cosas? Siempre la tenías llena de unos diecinueve cepillos de pelo y suficientes plantas como para suministrar oxígeno a toda una ciudad.
—Que te den. —Pongo los brazos en jarras—. No hables así de Fernie Ficus y Freddie Ficus.
—Sus hojas se metían en mi espacio, así que me alegro de que ya no estén. —Se mete la mano en el bolsillo delantero de los vaqueros y saca un trozo de papel doblado—. Esto es para tu nueva taquilla, si dejas sitio para ponerlo.
Desdoblo el papel y casi me ahogo de risa. Es una foto que nos hicimos hace dos años, durante mi primer día en los San Diego Iguanas. Grady tiene el brazo sobre mis hombros y yo me inclino hacia él. Se nos ve con la misma camiseta y la misma sonrisa, y lo recuerdo como si fuera ayer.
—Míranos —digo—, pero si somos unos bebés. Tú todavía tenías todos los dientes.
—Y tú creías que hacerte flequillo era buena idea.
—Nunca más. —Me muerdo el labio inferior—. ¿Crees que los D. C. Stars me han llamado para aparentar diversidad y ser el primer equipo con una mujer en plantilla?
—Joder, no. Te han fichado porque eres la mejor patinadora de la ECHL y de la AHL. Porque le puedes plantar cara a cualquier tío de las tres ligas. ¿A quién le importa que tengas tetas y lleves un sujetador deportivo?
—Ojalá todo el mundo pensara como tú. Mira el tiempo que tardé en ganarme a nuestros chicos; una temporada entera.
—Pero eso es porque pinchas al que se te acerque, no porque seas mujer. Eres mi pequeño cactus. —Me pellizca en una mejilla y lo miro cabreada—. Si tus nuevos compañeros son unos gilipollas, házselo pasar mal durante los entrenamientos. Dales una buena patada en el culo y luego regodéate con humildad. Y, si te sientes lo bastante peleona, menciona su puesto en la clasificación. —Me mira fijamente y después se le suaviza la expresión—. Algún día van a hacer una peli sobre ti.
—Esta conversación se está volviendo muy rara. Nadie me ha dicho nunca tantas cosas bonitas seguidas sin intentar acostarse conmigo —bromeo.
—Que sí, que vale. Tienes que aprender a aceptar un cumplido de vez en cuando. —Chasquea la lengua—. Háblame de la chica esa con la que te vas a quedar. ¿Es de fiar?
—Piper Mitchell no mataría ni a una abeja aunque le picara. Éramos amigas en el instituto y ahora trabaja para los D. C. Stars en el equipo de prensa.
—¿Tenías amigas en el insti? —me pregunta, y se me escapa otra carcajada—. ¡Qué fuerte!
Le hago una peineta y miro a mi alrededor, al vestuario que ha sido mi hogar durante dos años, mientras el corazón me late con fuerza en el pecho.
—Es el fin de una era, ¿verdad? —pregunto.
—Y el comienzo de una nueva. —Grady señala la puerta con la barbilla—. Sabes que no me gustan las despedidas, así que lárgate de aquí antes de que corte tus plantas y se las dé de comer a los pájaros.
—No serías capaz. —Lo abrazo de nuevo y siento que echo raíces a su alrededor mientras me estrecha—. Pórtate bien, Whitlock. No saques la polla de los pantalones más de la cuenta.
—Hoy tengo la confianza por los suelos. ¿Tan mala pinta tiene? Hostia, a lo mejor por eso Sabrina no me llamó después del sábado por la noche en el bar.
—¿Porque se te desvía hacia la izquierda? Lo dudo. Seguramente sea porque se llama Samantha, no Sabrina. —Le doy una palmada en el hombro—. Mírate, te estás convirtiendo en un pichabrava.
—Mierda. —Echa la cabeza hacia atrás y clava la mirada en el techo—. Me gustaba un montón. Había demasiado jaleo en el bar; no la oí bien. La culpa es mía por no pedirle que me lo repitiera.
—Ya lo sabes para la próxima. —Recojo mi bolsa del suelo—. ¡Tú puedes!
—Recuerda: nada de acostarte con tus compañeros de equipo, ya pases frío, estés aburrida o te entre la depresión esa estacional del Atlántico Medio.
—Prometo que seré buena. —Siento la vibración del móvil en el bolsillo y lo saco para ver las notificaciones—. Debería irme, ya está aquí mi coche.
—Te quiero, Emmy. Pásatelo en grande —dice Grady.
—Yo también te quiero, gilipuertas. —Le doy un codazo en el costado y me alejo—. Si vienes a verme, habrá una entrada esperándote en taquilla.
Echo a andar hacia la puerta que da al vestíbulo de la pista de entrenamiento y miro por encima del hombro. Este es el paso más importante que voy a dar en mi carrera y, al ver que Grady me sonríe, sé que todo va a salir bien.
Emmy
Una tormenta tropical me da la bienvenida y me acompaña durante el trayecto desde el aeropuerto al piso de Piper Mitchell. Para cuando llego a la entrada del lujoso edificio residencial, estoy empapada.
El ascensor me deja rápido en la planta once y arrastro las maletas por el pasillo hasta la puerta de Piper. Llamo dos veces y se abre de golpe. Una rubia de metro sesenta y brillantes ojos azules me recibe con un abrazo que me deja sin aliento, y sonrío por primera vez desde que aterricé en el Reagan International.
De pequeña, no tenía muchas amigas. Me gustaban los deportes y convertí en mi misión que me aceptaran en los equipos masculinos. Dedicaba todo el tiempo libre a practicar, despejaba la agenda para los entrenamientos e intentaba demostrar mi valía. Era agotador.
Después de verme encajar un codazo en toda la cara durante un partido, mis compañeros del equipo de hockey solían decir cosas como: «No es como las otras chicas». Mientras me limpiaba la sangre de la nariz, me vitoreaban al ritmo de «¡Eres de los nuestros!».
Y yo me reía, pero en el fondo quería ser como las otras chicas. Quería una amiga con quien poder hablar de primeros besos y de citas desastrosas, de lo que me dolía la regla y de lo bueno que estaba el profesor sustituto de turno.
Sin embargo, me ha costado crear ese tipo de vínculo femenino también como adulta. A la gente le gusta decirme que soy difícil de tratar, cerrada y demasiado sarcástica. Siempre he sido así, que yo recuerde. No estoy descontenta, sino que soy inquieta: por eso siempre estoy buscando la próxima gran oportunidad, el próximo lugar al que ir, lo cual significa que normalmente me voy antes de conectar de verdad con alguien, y el ciclo continúa.
Pero con Piper fue distinto.
Se coló en mi vida en segundo, cuando nos emparejaron en la asignatura de Literatura Inglesa en el instituto, y ahí se quedó.
Ella es el sol y yo un nubarrón. Una se desvive por complacer a los demás, la otra evita a todo el mundo. Somos dos polos opuestos que dieron con una amistad que funciona.
Perdimos el contacto en la universidad porque yo estaba ocupada manteniendo la media alta para conservar la beca deportiva y ella interesándose por el periodismo televisivo y enamorándose de un pijo que dejó los estudios para convertirse en el CEO de una empresa tecnológica y que, al final, resultó ser un capullo.
Se separaron el año pasado y Piper y yo volvimos a conectar hablando por Instagram y luego a través videollamadas semanales por FaceTime.
No creo mucho en las almas gemelas, pero tengo la sensación de que Piper podría ser la mía. Me encontró cuando más la necesitaba y me hizo sentir querida, competente.
Cuando la llamé y le dije que me iba a los D. C. Stars, me invitó a quedarme con ella como si en lo que a nuestra amistad se refería no hubiera pasado el tiempo, y se mostró tan emocionada por mí que parecía que fuera ella la que había entrado en el equipo.
—¡Ya estás aquí! —exclama Piper.
—Estoy aquí y estoy empapada. Voy a dejarte el suelo hecho un desastre —le digo.
—¿A quién le importa el suelo? —Me suelta y me hace un gesto para que entre—. ¿Qué tal el vuelo? ¿Quieres darte una ducha antes de que te enseñe el piso y te ayude a instalarte? ¿Tienes hambre? —Habla a toda velocidad y mi cerebro, afectado por el desfase horario, tarda en seguirle el ritmo.
—¿Te importa si me ducho antes? —Miro el charco que se forma a mis pies—. El tío que tenía al lado se ha comido un sándwich de cebolla y creo que todavía apesto.
—¿Un sándwich de cebolla? —Piper se inclina hacia delante y me huele la camisa—. Qué asco. ¿Qué lleva un sándwich de cebolla?
—Pan y cebolla. Nada más —respondo—. Hemos compartido el coche y el pobre conductor ha estado con arcadas durante todo el trayecto, así que creo que definitivamente voy a perder la calificación de pasajera cinco estrellas en la app.
—La gente está perdiendo los modales básicos de viajero. Menos mal que nosotros vamos en vuelos privados. Si viera a alguien entrar en el aseo del avión descalzo, buscaría a un agente de seguridad aérea y me aseguraría de que lo metiera en la cárcel. —Me tira del brazo y me guía por el pasillo—. Voy a enseñarte tu dormitorio para que puedas ducharte y luego ya te lo enseño todo.
—Qué cojones, Piper. Ya sé que me enviaste fotos, pero este sitio es enorme. —Miro los ventanales del salón, que van del suelo al techo. El horizonte de Washington me guiña un ojo, dejándome oficialmente impresionada—. En California esto costaría un riñón.
—Es genial, ¿verdad? —Piper me sonríe por encima del hombro—. Después de que el muy cabrón me pusiera los cuernos con su secretaria y me dijera que el divorcio era culpa mía, no me quedó más remedio que sacarle hasta el último centavo.
—¿Cómo estás? —le pregunto.
—Bien —contesta, pero me mira con una sonrisa forzada—. No me había dado cuenta de lo mucho a lo que me había obligado a renunciar hasta que me alejé de él, ¿sabes?
Lo sé, y detesto que mi querida amiga haya tenido que descubrirlo de esa manera.
—Siento que hayas tenido que pasar por eso, y también no haber estado ahí para ayudarte.
—No te preocupes. Ya lo he superado y las cosas me van bien. —Su sonrisa radiante vuelve a aparecer y se detiene delante de una puerta—. Esta es tu habitación. Tiene cuarto de baño propio y ya he puesto toallas limpias. Hay hasta un calentador para que las metas dentro.
—Mira que eres pija. —Dudo antes de inclinarme hacia delante y abrazarla de nuevo—. Gracias por abrirme las puertas de tu casa.
—No me las des. Nos lo vamos a pasar genial. Tómate tu tiempo, no hay prisa. Estaré en el salón cuando acabes.
Me hace un gesto con la mano, se sacude el pelo por encima del hombro y se aleja por el pasillo, tarareando una melodía que suena sospechosamente como «Goodbye Earl».
Media hora después, me siento al lado de Piper en el sofá y acepto la cerveza que me ofrece. Brindamos con los botellines a modo de celebración y nos acomodamos para relajarnos.
—No me puedo creer que estés aquí, Em. Y no solo estás aquí, sino que vas a firmar con los D. C. Stars.
—¿Cuánta gente sabe lo de la firma? ¿Han enviado una circular o qué?
—No, yo solo me enteré porque al equipo de prensa nos dieron tu hoja de estadísticas para que pudiéramos investigar un poco sobre ti. Pero creo que muy pronto se hará público a los medios de comunicación. Siempre hay alguien que se lo cuenta a otro, y ese a otro, y al final acaba apareciendo en la ESPN. Maverick lo sabe, por supuesto, así que cuando se filtre, podremos echarle la culpa a él.
Maverick Miller.
He visto sus mejores jugadas y sé que es un jugador de hockey increíble. Lo nombraron Novato del Año de la NHL y lo han elegido para el Primer Equipo de los All-Star cinco temporadas consecutivas. Hace poco, ganó el premio Ted Lindsay después de que los miembros de la Asociación de Jugadores de la NHL lo votaran como el jugador más sobresaliente.
Sí, es un deportista excepcional, uno de esos fenómenos que aparecen una vez cada diez años y al que le ofrecerías cualquier cosa con tal de ficharlo para tu equipo, porque sabes que te va a ganar una Stanley Cup, pero sus redes sociales están llenas de publicaciones que lo único que dicen es mírame.
Lo investigué a fondo durante el vuelo, y ojalá no lo hubiera hecho. Lo he visto en zonas VIP con una cadena de plata hortera colgada del cuello, repantigado en una suite de un partido de fútbol americano de los D. C. Titans, haciendo el saque de honor para el equipo de béisbol de los D. C. Dolphins.
Me parece genial que la gente alardee de su riqueza y que presuma de lo que ha ganado, pero él es Maverick, se ha convertido en el chico de oro de la liga: el que posa para revistas con trajes que cuestan ocho mil dólares y al que se lo dan todo en bandeja de plata.
Me han llegado rumores de que, como quería usar un gimnasio durante la temporada baja, se lo cerraron durante dos horas para que pudiera entrenar tranquilo.
Me apostaría cualquier cosa a que nadie le ha dicho nunca que no.
Es difícil jugar con gente así. Hay ego de por medio, una actitud de «yo» antes de «nosotros», que crea un ambiente tenso e incómodo en el vestuario.
Lo he visto de primera mano y no quiero volver a formar parte de eso. Si así es como funcionan los D. C. Stars, no voy a durar más de una semana.
—Oye, sobre Miller… —digo y oculto mi curiosidad con un sorbo de cerveza—. Nos han puesto un entrenamiento matutino a finales de esta semana y no quiero aparecer sin saber bien cómo es fuera de la pista. Un amigo me ha dicho que es un pichabrava. ¿Es verdad?
Piper se pone colorada.
—No sé nada por experiencia propia, pero durante las giras han visto que se lleva a alguna chica a su habitación después del toque de queda. Y ellas encantadas.
—Tiene pinta de que es un capullo, ¿no? Un tío que no tiene claras sus prioridades.
—Para nada. Maverick es como un cachorrito: está lleno de energía y no para quieto. Todo el mundo lo adora, y es admirable lo mucho que colabora con organizaciones benéficas. También se le da bien ser capitán. Por eso sigue aquí, pese a todas las derrotas. Cree en los chicos y adora a los D. C. Stars.
«Interesante…».
Lo cierto es que nunca me lo había imaginado ensuciándose las manos y colaborando en obras benéficas, pero me apunto la información para más adelante.
—¿Por qué han perdido tantos partidos? No han ganado ni una sola temporada desde que seleccionaron a Miller. Un jugador tan bueno debería haberles coronado.
—Solo llevo aquí unos años, así que no me sé la historia entera, pero he oído rumores sobre un entrenador tóxico. Parece que no se aprovechó el potencial de Maverick durante sus dos primeras temporadas. Lo dejaban en el banquillo en los últimos minutos del tercer cuarto y se frustraba. También fue quien pasó más tiempo fuera por sanciones de los árbitros durante esa época.
—¿Tiene mal genio?
—Qué va, no le haría daño ni a una mosca. Es muy leal y no le gusta que se aprovechen de sus compañeros de equipo. Desde que llegó el entrenador Saunders, la dinámica ha cambiado. Es muy fácil llevarse bien con él, pero sigue teniendo autoridad. Los chicos por fin creen que tienen lo que hace falta para triunfar, después de que les dijeran durante tanto tiempo que no eran lo bastante buenos —me explica Piper.
—Y ha habido lesiones —digo, y ella asiente.
—Sí, lo de Finn Adams es una pena. Hizo una pretemporada buena, y Maverick y él encajaban muy bien. Pero los accidentes ocurren, y eso significa que ahora tienes la oportunidad de tu vida, Emmy. ¿Estás emocionada?
—Ser la primera mujer que juega un partido de temporada de la NHL sería… —Hago una pausa y froto el cuello del botellín de cerveza con el pulgar—. No hay palabras para describirlo. Estoy muy orgullosa de mí misma, pero también tengo miedo. La atención que conlleva ser una deportista profesional es agobiante, sobre todo cuando juegas sin polla en un deporte dominado por hombres.
Piper se ríe.
—Ay, vas a cabrear a mucha gente. A los machos alfa les va a dar algo.
—Están por todas partes, ¿verdad? No sería la primera vez que me dicen que vuelva a la cocina. —Esbozo una sonrisa sincera—. Pero ya vale de hablar de mí. ¿Cuándo vas a conseguir un puesto oficial en el equipo de prensa de los D. C. Stars? Sé que has ido de sustitución en sustitución.
Piper se encoge de hombros.
—Quizá la próxima temporada. Alguien está pensando en jubilarse y yo soy la siguiente en la lista. Es cuestión de esperar, pero estoy contenta con lo que hago ahora, que es investigar a los jugadores, asuntos relacionados con el desarrollo del equipo, familiarizarme con los momentos álgidos de la carrera de cada uno. Las estadísticas que soy capaz de soltar me vienen genial para impresionar a la gente de fiesta.
—Odio hablar con los medios de comunicación, pero estaría encantada de concederte una entrevista a ti.
—Serás la primera persona con la que hable cuando por fin tenga un micrófono en la mano. No tendrás escapatoria, Emmy Hartwell.
—Ni se me pasaría por la cabeza.
Nos quedamos hasta tarde hablando del equipo y de los jugadores, y de cómo ha sido nuestra vida desde la última vez que nos vimos. Con Piper siento la misma tranquilidad que con Grady.
La seguridad de que, aunque todo parece abrumador, todavía hay gente que cree en mí.
Maverick
Alguien me está tocando el culo. Cosa extraña, porque juraría que anoche me fui a la cama solo.
Abro un ojo y gimo por la luz que inunda mi dormitorio. Es demasiado temprano. Hace demasiado sol. Y me duele demasiado la cabeza.
—Dios… —susurro contra la funda de la almohada—. No volveré a beber nunca más. Soy demasiado viejo para estas mierdas.
—Eso no es lo que decías anoche —dice una voz aguda desde algún lugar detrás de mí, y suelto un grito. Un grito desgarrador, como si estuviera en una de esas casas embrujadas de los parques de atracciones y alguien vestido con un traje de Michael Meyers me estuviera persiguiendo.
«¡Qué cojones!».
Las últimas doce horas son, en el mejor de los casos, un borrón. Recuerdo haber ido a una discoteca después de ganar 3-0 a los de Nueva York, luces estroboscópicas, alcohol a raudales, reírme con un par de compañeros de equipo y una morena que se restregaba contra mí al ritmo de la música electrónica.
Levanto la cabeza y miro por encima del hombro. Una chica rubia me sonríe, demasiado contenta para ser tan temprano, y lleva el cuello lleno de chupetones.
—¿Qué hora es? —pregunto, porque no recuerdo para nada haberla invitado a quedarse.
—Las diez. —Se inclina hacia delante y me pasa la lengua por la oreja. Me agarra el culo con la mano y, cuando me mete el dedo entre las nalgas, ruedo y me caigo de la cama con un golpe seco, llevándome la sábana conmigo.
—Me cago en la puta. —Me froto el codo—. Es mi brazo bueno.
—¿Por qué huyes? Anoche querías jugar conmigo —dice la rubia.
—Mira, estoy dispuesto a probar cualquier cosa una vez, pero eso fijo que fue cosa del alcohol. Mis ocurrencias de borracho son una cosa bien distinta por la mañana y no hay que hacerles caso. Sobre todo si tenían que ver con mi culo.
—No seas muermo, vuelve a la cama —dice.
—Estoy un pelín ocupado ahora mismo.
El mundo se inclina un poco mientras estoy tumbado en el suelo debajo de un montón de seda carísima. Aquí abajo se está mejor, y creo que así es como moriré: con tequila en la sangre, la vista borrosa y el culo completamente manoseado.
Tomo una honda bocanada de aire y la miro, listo para soltar mi discurso habitual.
«No eres tú, soy yo».
«Lo nuestro no funcionaría, casi nunca estoy en casa».
«Te mereces a un hombre que pueda dejarlo todo y estar a tu lado».
«El sexo ha estado genial, pero lo de anoche es lo único que puedo ofrecerte».
—Oye, Bailey…, me lo he pasado muy bien contigo, pero…
—Me llamo Bethany —me corrige y cruza los brazos por delante del pecho desnudo.
Gimo al verle el canalillo y ahora recuerdo por qué dejé que me la tocara por encima de los vaqueros de camino a casa: porque tiene unas tetazas impresionantes.
—Claro, perdona. Bethany. —Suspiro como si esto fuera lo más doloroso que he tenido que hacer en la vida. En cierto modo, lo es; tengo la cabeza a punto de estallar y voy a necesitar tres pastillas de ibuprofeno solo para pasar el día—. Me espera una reunión con mi entrenador dentro de una hora y tengo que recuperarme de esta resaca. —No es del todo mentira, porque tengo resaca y necesito ver al entrenador Saunders, pero también quiero que se vaya lo antes posible.
—¿Puedo darte mi número de teléfono? Quizá podamos comer juntos algún día. O cenar. ¡Ah! Mi hermana se casa el mes que viene. Podrías venir conmigo —me invita—. Su prometido es superfan del hockey.
—Ahora mismo no estoy buscando salir con nadie —replico, intentando no torcer el gesto.
¿Una puta boda?
Estamos en el nivel cinco de la escala de acoso, y tengo que salir de aquí.
—Pero…
—Acordamos que solo sería por una noche, ¿no? —La miro fijamente y veo que está haciendo pucheros. Pucheros de verdad, sacando el labio inferior como si fuera una niña que no ha conseguido lo que quería.
—Pensé que tal vez podría hacerte cambiar de opinión. Me dijiste lo mucho que te gustaba cuando te…
—¿Mav? —pregunta alguien a gritos desde el salón, y gimo de nuevo. Demasiados ruidos fuertes—. ¿Dónde estás? ¡Te he traído el desayuno!
—Me lo he pasado muy bien, pero es hora de que te vayas… —Titubeo. ¿Se puede saber qué coño me pasa que soy incapaz de recordar el nombre de esta mujer?—, Becky —termino con toda la confianza de que he acertado.
—¡Que es Bethany! —masculla.
«He bateado y he fallado, joder».
—Bethany —repito, fingiendo que intento que el nombre se me quede.
—Vale. Me voy.
Coge del suelo un vestido y unos zapatos de tacón altísimos y sale de mi habitación hecha una furia, completamente desnuda. Oigo murmullos en el salón y, acto seguido, la puerta de mi piso se cierra de golpe.
—Me he encargado de ella —dice Hudson Hayes, mi compañero de equipo y uno de mis mejores amigos, cuando entra en mi dormitorio—. Una chica majísima. Aunque ha dejado de ser tu fan.
—Lo siento, tío. No era mi intención que te tocara ocuparte de mi mierda.
Se pasa la mano por el pelo rubio con una sonrisa avergonzada y se encoge de hombros.
—¿Para qué están los amigos?
—¿Has dicho algo sobre el desayuno? —le pregunto.
—Sí. He traído tortitas de ese sitio que hay calle arriba. Pensé en venir a verte y que a lo mejor tenías hambre.
—Joder que si tengo. —Gruño e intento levantarme, pero se me enredan los pies en la sábana que me envuelve la cintura y vuelvo a caerme—. Te quiero.
Se echa a reír y dirige la atención a la cama, donde faltan la mitad de las almohadas. Luego mira la caja de condones en la mesita de noche y la ropa interior que Bethany se ha dejado.
Claro que sí, coño, ya me sale solo el nombre.
—De verdad que necesitas encontrar hobbies nuevos, Mav —dice.
—Soy joven, Hud. Tengo tiempo de sobra para hobbies. —Extiendo una mano—. ¿Me ayudas a levantarme?
—Te juro que como sueltes la sábana y tenga que volver a verte el micropene, me voy a cabrear.
Miro abajo para asegurarme de que llevo puestos los calzoncillos. Puede que los lleve del revés, pero estoy tapado.
—¿Cómo que micro? Saca la regla. Vamos a zanjar esto ahora mismo. Sabes que soy el que la tiene más grande de todo equipo.
—No llevo una regla encima. ¿Y tú?
—No. Supongo que tendré que empezar a llevar una en el bolsillo para que, cuando salga de nuevo el tema, pueda aportar pruebas contundentes que ayuden a establecer un ranking correcto de tamaños. Saldrías muy mal parado, Hayes.
Pone los ojos en blanco y me ayuda a levantarme, tras lo cual echa a andar hacia la cocina. Aquí fuera hay más luz todavía, y me arrepiento de no haber cerrado las persianas venecianas anoche. Me siento a horcajadas en uno de los taburetes de la isla y se me hace la boca agua cuando mi amigo me pone un plato de tortitas por delante.
—¿Vas luego a casa de Seymour? Da una fiesta en la piscina y va a preparar hamburguesas en la barbacoa para celebrar nuestro finde libre. Su novia va a hacer brownies —dice Hudson mientras se sienta a mi lado. Juraría que le cuelga una gota de baba de la comisura de los labios; al tío le gusta la comida más que el hockey—. Seguro que está genial.
—No puedo. —Me meto media tortita en la boca y los carbohidratos absorben los últimos restos de alcohol de mi organismo—. Hoy tengo reunión con el entrenador. Quiere que patine con el nuevo.
—¿Cuál?
—Uno que viene de la costa oeste. El entrenador me ha mandado un vídeo suyo, pero todavía no he tenido tiempo de verlo. He estado intentando ponerme al día.
Los chicos saben que he pasado el verano de entrenador en el campamento de hockey juvenil de los D. C. Stars. Por más ganas que tenga de pasar mi primer fin de semana libre en meses bebiendo cerveza y comiendo hamburguesas, llevamos dos semanas de temporada y ya estoy desbordado.
—¿Te refieres a Emerson Hartwell?
Vuelco el salero mientras cojo el móvil. Paso de los mensajes directos de Instagram que inundan mi bandeja de entrada y abro el correo electrónico del entrenador para comprobar que es el nombre correcto.
—Sí, eso es, Hartwell. ¿Sabes algo?
—Mmm… —murmura Hudson y come un poco antes de contestar—. Creo que Emerson Hartwell será justo lo que necesitamos esta temporada. Más que cualquiera de los otros jugadores que nos han ido llegando las últimas semanas.
—De verdad creía que este iba a ser nuestro año. —Me froto los ojos y suspiro—. Los chicos por fin están orgullosos de la camiseta, y el entrenador va ganando confianza en sus jugadas con cada partido. Y entonces va Adam y se rompe el ligamento cruzado anterior en las putas Bahamas y nuestros sueños de llegar a los playoffs se van a la mierda. No se debería permitir que los novatos vayan por ahí sin acompañante, aunque fuese solo un fin de semana. Necesitan que un adulto los vigile en todo momento.
—Anímate, capitán. —Hudson se acerca y me da una palmada en un hombro—. Ya hemos pasado por esto antes y lo superaremos de nuevo. Ahora más que nunca, los más jóvenes nos tomarán de ejemplo y tenemos que demostrarles que la paciencia da sus frutos. Todo saldrá bien.
Los D. C. Stars seleccionaron a Hudson un año después que a mí. Nos hemos llevado bien desde el principio y ha sido un consuelo sufrir toda esta mala suerte con alguien que lo entiende.
—Ojalá pudieras ver el futuro en una bola de cristal. Eso reduciría mucho mi nivel de estrés —replico.
—Míralo de esta forma: a peor no puede ir. Cualquier cosa mejor que el último puesto en la clasificación de la liga es un gran avance.
—Vaya. Así que ahora nos agarramos a un clavo ardiendo, ¿no?
—Es como lo del vaso medio vacío o medio lleno. El psicólogo del equipo estaría orgulloso —me asegura.
—De ti, por lo menos. A mí me daría otra charla sobre que mis herramientas para gestionar el estrés son una mierda.
—Es que son una mierda.
—Podría recurrir a las drogas, Hud. El sexo consentido nunca le ha hecho daño a nadie. —Miro la hora y suspiro—. Mierda. Tengo que irme. El entrenador me va a echar la bronca por llegar tarde.
—¿No vas a ver primero los vídeos de Emerson?
—No tengo tiempo. No pasa nada. —Me bajo del taburete de un salto y levanto el pulgar a modo de aprobación—. Gracias por la comida, papá.
Se echa a reír y me hace una peineta.
—A partir de ahora, acompaña tú a la puerta a tus ligues de una noche. Y que sepas que se acabaron las tortitas.
Sonrío y entro en mi dormitorio para cambiarme de ropa e ir al estadio.
He trabajado con miles de jugadores a lo largo de mi carrera y odio ser realista, sobre todo después de escuchar a Hud tan optimista, pero dudo que Emerson Hartwell sea quien le dé un giro a nuestro equipo.
Ni de coña.
Maverick
Me encanta estar en la pista, pero un viernes soleado, con una temperatura que ronda los veintiséis grados y sin una nube en el cielo, preferiría estar con mis compañeros de equipo en la piscina, disfrutando de una última fiesta antes de que llegue el otoño.
Aparco mi Mercedes en el garaje del estadio y juego con las llaves entre los dedos. Sigo teniendo un dolor de cabeza monumental, así que espero que esta sesión sea rápida. Una presentación y unas cuantas vueltas a la pista deberían bastar para conocer a este tío y contentar al entrenador.
—¿Qué haces aquí, Mav? —me pregunta Bill, el guardia de seguridad que lleva casi veinte años trabajando para los D. C. Stars, mientras cierra el periódico y me mira—. Creía que hoy teníais el día libre.
—Cosas de capitán —le explico—. Vamos a traer a otro chico para intentar cubrir la posición de alero izquierdo. Voy a reunirme con él ahora.
—Espero que esta temporada sea distinta. —Bill menea la cabeza, y siento los años de decepción en ese gesto—. Qué pena lo de Adams. Ese chico apunta maneras.
—Yo también lo pienso, Bill. Quizá tengamos otra oportunidad el año que viene.
—Te tengo mucho respeto —dice—. Otros jugadores habrían exigido un traspaso hace años, pero tú te has quedado. Teniéndoos a ti y al entrenador Saunders para cambiar la mentalidad que hay aquí, creo que algún día podremos llegar a lo más alto.
—Gracias por tu apoyo. —Le tiendo la mano y nos damos un apretón—. Será mejor que me vaya. Ya voy con unos minutos de retraso.
Bill se despide con un gesto de la mano y vuelve a su periódico mientras yo sigo andando hacia la entrada de los jugadores. Está alejada de las puertas que usan los fans para que podamos entrar en el vestuario sin que nos vean.
Doblo la esquina y me detengo en seco.
Hay una mujer cerca del control de seguridad, en un lugar al que el público en general no tiene acceso. Ha apoyado los codos en la barandilla metálica y tiene la cabeza levantada hacia el techo, como si estuviera perdida en sus pensamientos.
No la he visto en la vida.
No es la novia de ninguno de mis compañeros de equipo ni tampoco uno de mis rollos de una noche, lo que quiere decir que se ha colado sin que nadie se haya dado cuenta.
Sonrío.
Siempre me ha gustado la gente que rompe las reglas.
Tiene los ojos cerrados y lleva la melena pelirroja recogida en una coleta alta que le llega hasta la mitad de la espalda. Los pantalones negros que lleva le marcan tan bien las curvas que no dejan nada a la imaginación, de manera que veo la silueta completa de su cuerpo.
Madre mía.
Está buenísima.
Es justo la clase de mujer con la que podría meterme en problemas.
Soy consciente de que la miro embobado, pero me cuesta apartar los ojos de ella. Tiene algo que hace que me suden las manos y que el corazón me empiece a latir con fuerza en el pecho, como si hubiera estado corriendo kilómetros.
Y no es por la resaca.
Es por ella.
Esbozo una lenta sonrisa.
—Hola —la saludo, y ella abre los ojos y me mira. Son de un verde brillante, y tan peligrosos que de repente pienso que podría comerme vivo—. ¿Puedo ayudarte en algo, corazón?
Coge una bolsa del suelo y se la cuelga al hombro como si fuera ligera como una pluma. Mueve las caderas mientras camina hacia mí y me doy cuenta de que debe de rondar el metro ochenta por lo menos. Se le sube la camiseta por encima del ombligo y me fijo en los músculos que se extienden por su abdomen.
Hostia puta.
Me sorprendería no tener corazoncitos en los ojos ahora mismo. Las mujeres deportistas son mi puñetera kriptonita, y está claro que esta va al gimnasio a menudo.
—La verdad es que sí —contesta—. Te estaba buscando, Maverick Miller.
Supongo que es mi día de suerte, joder.
Le dedico la sonrisa que siempre me consigue los números de teléfono que se me antojan.
—Pues aquí me tienes. A los fans no se les permite entrar en esta zona, pero si no te importa esperar una hora, podemos ir a mi casa después de mi reunión.
Se planta delante de mí y levanta una ceja perfecta. Espero la respuesta afirmativa que suele seguir, pero no dice nada. Se limita a mirarme fijamente, y me sonrojo al verla esbozar una sonrisa burlona que casi hace que me ponga de rodillas.
La diosa me pone una mano en el pecho, y yo le doy otro buen repaso con la mirada.
Tiene pecas por toda la nariz y las mejillas. Parecen pequeñas constelaciones, cúmulos de estrellas que me gustaría trazar hasta crear un dibujo precioso. Sus hombros están esculpidos y lleva los labios pintados de un tono rojo oscuro que casi combina con su pelo.
Me araña la parte delantera de la camiseta con las uñas; la forma más cruel de tortura que he experimentado jamás. Suelto un suspiro ahogado y se me seca la garganta.
—¿Ese tipo de frasecitas te suelen funcionar? —me pregunta con voz sensual y grave.
Creo que esta mujer va a matarme.
—Éxito asegurado, al cien por cien —contesto con voz ronca.
—¿Incluso cuando tienes un chupetón en el cuello?
Me toco la piel por debajo de la cadena de plata que llevo y me encojo de hombros.
—Sí.
Se pone de puntillas y me acerca los labios a la oreja. Huele a vainilla y algo floral. Su aliento es cálido, y me pregunto cómo sería tenerla debajo de mí.
—Es una pena que ahora te lo acabe de bajar al noventa y nueve por ciento. Porque lo único que quiero hacer contigo es patearte el culo en el hielo, guaperas —susurra.
Trago saliva e intento recuperar la compostura. La tengo muy cerca y me encanta.
—¿Crees que soy guapo?
—Solo te has quedado con esa parte, ¿no?
—¿Te pone la idea de montártelo con alguien en el hielo?
—Dios, no. —Retrocede un paso, pero quiero que vuelva—. No sé si debería sentirme halagada o insultada de que estés tonteando conmigo.
—Halagada —replico sin pensar—. Halagada, sin duda.
Se ríe, pero no me da la sensación de que le parezca gracioso.
—Pensaba que el capitán de un equipo de la NHL habría hecho los deberes.
«¿Se puede saber que significa eso?».
Se da media vuelta y echa a andar hacia el interior del estadio como si hubiera estado aquí mil veces. La miro boquiabierto, desconcertado, mientras intento calmar el escozor del rechazo.
Mi cerebro tarda un segundo en reaccionar. Cuando vuelvo a la realidad, me doy cuenta de que seguramente debería ir detrás ella y preguntarle qué hace. Paso deprisa por seguridad y sigo el movimiento de su coleta mientras se dirige a las oficinas administrativas del equipo.
Cuando entro en la sala de juntas, ella ya está sentada a la larga mesa ovalada, y las tortitas que me he comido me parecen ladrillos en el estómago. El entrenador está frente a ella, sonriendo de oreja a oreja, y nunca he visto a ese cabrón tan feliz.
—Llegas tarde, Miller —me dice Saunders sin mirarme siquiera—. Siéntate.
—Perdón. —Me siento en la silla más cercana a la puerta—. ¿Qué pasa?
—¿Cómo que qué pasa? —me pregunta el entrenador con el ceño fruncido—. ¿Por qué no llevas los patines?
—¿Los patines? Solo voy… —Poso la mirada en la pelirroja. Me está observando y no ha perdido la sonrisa burlona—. Sería genial que alguien me pusiera al corriente.
—Estás de coña —dice el entrenador—. ¿No has visto los vídeos que te he mandado?
Entrelazo los dedos.
—¿Los de Emerson Hartwell? No, no los he visto.
—¿Se lo digo yo o se lo dices tú? —le pregunta la mujer al entrenador.
—Por favor, que me lo diga alguien —replico casi con un gemido, y el entrenador le hace un gesto para que siga.
—Yo soy Emerson Hartwell —dice ella, y yo me echo a reír.
Tardo un minuto en controlarme. Me dan calambres en los músculos del estómago y, cuando por fin me calmo, tengo que secarme una lágrima de la mejilla.
—Ya, vale —digo. Me da otra vez la risa y me pregunto si sigo borracho—. Y yo tengo una casa en Iowa con vistas al mar.
—Vaya… —La chica mira al entrenador, sin parecer muy impresionada—. Entonces ¿este es el tío que está al frente del equipo?
—¿Eres Emerson Hartwell? —le pregunto—. Pero eres…
Entrecierra la mirada y la furia relampaguea en sus ojos verdes durante un segundo. Es como si tuviera preparadas las garras, a la espera de una pelea.
—Por favor, termina esa frase.
—Pensaba que Emerson Hartwell era un tío —digo, algo que está claro que no debería haber dicho. Su ceño fruncido me deja bien claro que, definitivamente, me va a comer vivo—. Y… no lo eres.
—Tampoco soy una fan que quiera irse contigo a tu casa —replica ella.
Me pongo rojo como un tomate. Detesto sentir vergüenza y, ahora mismo, me gustaría que me tragase la tierra.
—Ha sido un error —me defiendo—. No es para tanto. Normalmente, cuando me encuentro a una mujer esperándome, es para darme su número o… En fin, para venirse conmigo al hotel. No porque sea jugadora profesional de hockey.
—Qué elegante —dice Emerson con desdén.
—Miller —tercia el entrenador, y vuelvo la cabeza en su dirección—, a mi despacho. Ahora mismo.
Si este hombre me dijera que saltara, le preguntaría hasta dónde. Así que salgo corriendo por la puerta y lo sigo por el pasillo.
Brody Saunders no es mucho mayor que yo. Tienes unos treinta y tantos años. Se lesionó al principio de su carrera en el hockey y convirtió esa desgracia en una sólida trayectoria como ojeador y ayudante antes de conseguir el puesto de entrenador principal de los D. C. Stars hace unas cuantas temporadas.
Nos tenemos un gran respeto mutuo. Saunders era una bala sobre el hielo cuando jugaba de centro y sabe de lo que habla. Suele pedirme opinión sobre las alineaciones y las jugadas y siempre nos hemos llevado bien. Pero, a juzgar por su forma de mirarme ahora mismo, creo que sería capaz de matarme y dejarle mi cuerpo a los buitres.
—¿Qué pasa, entrenador? —le pregunto. Me apoyo en la puerta y cruzo un tobillo sobre otro—. ¿Va en serio o me estáis tomando el pelo? ¿Es uno de esos programas de cámara oculta?
—Lo que pasa es que eres tan imbécil que debería quitarte el título de capitán. ¿Se puede saber qué has estado haciendo esta semana, Miller?
—He estado ocupado —admito, y siento un cosquilleo en la nuca—. No he podido…
—¿No has podido qué? ¿Dedicarme cinco minutos de tu tiempo en vez de pasar toda la noche de fiesta? —pregunta el entrenador, y encorvo los hombros.
—¿Sabías que nos fuimos de fiesta? —pregunto, optando por pasar de los insultos a mi persona.
—Como para no saberlo con la TMZ publicando fotos tuyas manoseando a las mujeres de todo el puñetero estado. Estás al mando de este equipo, Maverick, pero no actúas en consecuencia. Te portas como un novato incapaz de asumir responsabilidades, no como un hombre de treinta años.
Agacho la cabeza.
—Lo siento, entrenador —murmuro—. No volverá a pasar.
—No es a mí a quien deberías pedirle perdón. Le has faltado al respeto a Emerson y nos estás haciendo perder el tiempo. Deberíamos haber dedicado este rato a que os conocierais mejor en la pista; en cambio, estoy haciendo de mediador como si fuerais niños de preescolar.
—¿En serio? —Lo miro con rabia—. No le voy a pedir perdón. Ella ha sido una borde conmigo primero y me ha hecho quedar como un idiota cuando podría haberme dicho perfectamente quién era desde el principio.
—No me importa quién ha hecho qué. Si no quieres comportarte como un adulto, te voy a descontar del sueldo cada minuto que te pases aquí comportándote como un niño. —Me señala con un dedo—. La pelota está en tu campo, Miller.
—Has perdido una oportunidad al no decir «el disco está en tu palo», entrenador.
—No empieces.
Aprieto los dientes. No hay forma de ganar esta discusión. Saunders es un cabrón terco como una mula. En cuanto se le mete una idea en la cabeza, no hay quien lo haga cambiar de opinión.
—Vale —replico.
—Estupendo. Más te vale estar en el hielo con ella dentro de diez minutos —dice.
Me empuja al salir y me deja en su oficina, cabreado como una mona.
Me ha dicho que patine con ella, no que tenga que ser amable con ella.
Si esa tía quiere meterme caña, yo voy a devolvérsela con creces.
Emmy
Grady
Cómo te ha ido con Maverick?
…
Sin comentarios
Grady
Tan mal?
Si me ves en las noticias, que sepas que actué en defensa propia
Estudiar durante horas las grabaciones de los partidos de Maverick Miller no me preparó para conocerlo en persona.
Su presencia resulta abrumadora. Tiene el pelo oscuro, los ojos más oscuros todavía, un metro noventa de estatura, los hombros enormes, los brazos tatuados, las piernas larguísimas, el constante asomo de una sonrisa burlona en los labios, un hoyuelo en una mejilla y una mandíbula tan afilada que podría cortar vidrio.
Anda con paso arrogante y seguro; se mueve de forma engreída y orgullosa, como si supiera lo bueno que está.
Su atractivo me irrita más que su arrogancia.
Me imaginaba que sería un poco arrogante, pero que haya intentado ligar conmigo sin tener ni idea de quién soy me ha dejado de piedra.
Tampoco es que me esperara que lo supiera todo sobre mí. Es un deportista profesional con un montón de contratos publicitarios. Tiene responsabilidades como capitán y una vida personal que abarca a un centenar de mujeres distintas en un centenar de códigos postales distintos, seguramente incluso en otros países, y puede que hasta una en la Antártida, solo para demostrar que puede.
Pero sí me esperaba un poco más de respeto en nuestro primer encuentro. Menos miradas lascivas, más cortesía profesional. Ahora hemos empezado con mal pie y es culpa suya.
La puerta de la sala de juntas se abre y enderezo la espalda en la silla. El entrenador Saunders vuelve a entrar y me mira con una sonrisa titubeante.
—Lo siento, Emerson.
—Puedes llamarme Emmy —le digo—. Y yo también lo siento. No estoy libre de culpa en esta situación y siento mucho haberme comportado de forma tan inmadura. No es la primera impresión que quería darte.
—Emmy, podrías atropellar a alguien con un coche en el aparcamiento y aun así encontraría la manera de tenerte en mi equipo. —Su sonrisa se suaviza—. Me alegro de que estés aquí.
—Yo también. Muchas gracias por darme esta oportunidad. Sé que has probado a varios jugadores para encontrar al adecuado y significa mucho para mí llevar la camiseta de los D. C. Stars.
—Quiero que sepas que no te he traído para marcar una casilla ni ninguna tontería por el estilo —dice el entrenador Saunders. Hay una ferocidad en su tono que antes no había, y me siento fatal por haber supuesto precisamente eso al principio—. Queremos a los mejores jugadores de hockey en nuestro equipo, y eso te incluye a ti. Se me ocurrió que una sesión individual con Maverick sería beneficiosa antes de tu primer entrenamiento con todo el equipo, pero ahora estoy dudando.
Recojo del suelo la bolsa con mis patines y protecciones.
—No habrá problema.
—Eso espero. Quiero que esto funcione, Emmy. Hay un aseo al final del pasillo donde puedes cambiarte, y la pista está justo al lado. Hablamos después para ver cómo ha ido todo.
Lo miro con una sonrisa que espero que no parezca tan forzada como la siento.
—Estoy deseándolo.
Me quedo de pie en el centro de la pista de hielo del famoso Civic Center, impresionada. Una alegría que nunca había experimentado me invade el pecho, y me recuerdo que tengo que respirar con normalidad mientras empiezo a patinar por la pista.
Toda la tensión que he acumulado esta semana se desvanece conforme me voy moviendo. Empaquetar todas mis cosas. El vuelo a la otra punta del país. Un nuevo equipo, una nueva normalidad…
Patino más rápido y con más fuerza hasta que se me relajan los músculos, hasta que me resulta más fácil respirar y el aire fresco me llena los pulmones.
Después de dar la sexta vuelta, por fin me relajo.
—Eh —dice una voz grave, y miro por encima del hombro. Maverick está de pie al borde del hielo con el equipamiento para entrenar puesto. Tiene los brazos en jarras y, en comparación con él, el palo que tiene al lado parece pequeño—, ¿qué haces?
—Patinar —contesto con voz inocente, solo para cabrearlo. Le aparece un tic nervioso en la mandíbula, y me doy por satisfecha—. ¿Está permitido?
—Esta es mi pista. Seguiremos mis reglas.
—Qué curioso. No he visto tu nombre en el edificio, semental.
—Lo único que he oído de esa frase es «semental».
—¿Cómo piensas patinar con tantos pájaros en la cabeza?
—Soy el capitán.
—Enhorabuena. Ya que te gusta tanto decirle a la gente lo que tiene que hacer, ¿qué tienes planeado para la próxima hora? ¿Vas a torturarme?
Ahí está ese hoyuelo en su mejilla derecha, y lo detesto.
—Podría ser divertido. ¿Te gustaría? —Maverick esboza una sonrisa socarrona.
—Muy interesado te veo en la vida sexual de alguien que no va a acostarse contigo en la vida —replico—. ¿Vamos a necesitar que venga Recursos Humanos?
—Me encantan los retos. La determinación es una de mis mejores cualidades.
—Igual que ser una mosca cojonera, seguro.
—Le he prometido al entrenador que me voy a portar bien, así que empezaremos con un uno contra uno —dice.
Frunzo el ceño.
—Esa es una jugada para novatos. No puedes hablar en serio.
—Vamos, pelirroja. —Maverick me mira con una sonrisa pícara que me provoca un hormigueo en la piel. Durante medio segundo, entiendo por qué las mujeres se derriten por él. Avanza por el hielo como si hubiera nacido para ello, en dirección a la portería—. No voy a perder el tiempo contigo sin descubrir antes si sabes jugar de verdad.
—Esto se podría haber evitado si hubieras visto mis vídeos —suspiro—, pero no pasa nada. Cierro la boca.
Maverick no me pierde de vista a medida que me acerco a él. Me observa mientras me coloco en el centro del hielo. No le quita ojo a mis manos cuando ajusto el agarre sobre el palo y, por un instante, creo ver admiración en sus ojos antes de que parpadee y la oculte.
—No tengo todo el día, Hartwell —dice con voz lánguida—. A menos que quieras abrir la boca en vez de cerrarla. Porque en ese caso tienes toda mi atención.
—¿Quieres decir unas últimas palabras, Miller? —Dejo caer el disco y lo toco con el palo—. Todavía estás a tiempo de recular, corazón.
Él se echa a reír. Es un sonido masculino, ronco y profundo. Si no fuera tan antipático y engreído, hasta podría gustarme.
Se inclina hacia delante y ensancha la sonrisa.
—Buena suerte, Hartwell. La vas a necesitar.
Maverick no juega de portero, pero por lo que he visto en vídeos de entrenamientos amistosos y de escaramuzas con los chicos del equipo para ver quién es más machote, prefiere proteger el lado izquierdo de la portería al derecho.
Sin embargo, él no sabe que yo lo sé, así que lo uso en mi beneficio.
Me muevo de un lado a otro, provocándole. Me observa como un depredador que acecha a su presa.
Cuando me desplazo ligeramente hacia la izquierda, se inclina hacia la esquina superior de la portería, cayendo en mi trampa. Aprovecho que se ha equivocado al leer mis movimientos, me preparo y golpeo el disco con toda mi fuerza hacia la derecha, un tiro que entra directamente en la portería.
—Perdona, no te oído bien antes —digo—. ¿Qué decías sobre la suerte?
—¿Qué cojones? —Maverick mira el disco y luego me mira a mí—. Otra vez.
—Como quieras.
Separa las piernas, y su ancho cuerpo ocupa todo el espacio para jugar a la defensiva. Me preparo como si fuera a hacer otro tiro, pero cambio la posición de las manos en el último segundo.
La hoja de mi patín rodea el disco rápidamente, y cambio el peso del pie trasero al centro al tiempo que me desplazo con el movimiento.
Mis manos responden, con una trayectoria ascendente que da como resultado un tiro de muñeca que me pasé horas perfeccionando con mi padre en el lago que hay detrás de nuestra casa.
Maverick clava sus ojos en mí. Creo que está a punto de echarme de la pista, y me preparo para el cabreo al que seguramente está a punto de dar rienda suelta.
—Hazlo otra vez —masculla mientras me devuelve el disco.
Así que lo hago.
Bloquea mi tercer intento, un revés descuidado que fallo desde una posición estática. Anoto en el cuarto y en el quinto intento, dos tiros más que meto en la portería pese a los esfuerzos de Maverick por detenerlos.
Y lo repetimos una y otra vez. Diez minutos se convierten en veinte, luego en treinta. Ninguno de los dos dice nada, pero de vez en cuando suelta un gruñido tan profundo y grave como su risa.
Me duelen los brazos. El sudor me corre por las mejillas y tengo el sujetador deportivo empapado. Mi respiración se vuelve pesada, e incluso Maverick parece estar sin aliento cuando levanta la barbilla y me mira.
—Para —dice. Se clava los dedos en el costado y se apoya en el poste de la portería—. Descanso de cinco minutos.
—¿No puedes seguirme el ritmo, Miller? —le pregunto mientras patino hacia él con cautela. El corazón me late con fuerza en el pecho y él posa los ojos en el pulso que me late en la garganta antes de volver a mirarme a la cara—. Pensaba que serías más rápido.
—Dado que juego de alero y no de portero, no sé cómo quieres que sea más rápido. Mi porcentaje de paradas es del cuarenta por ciento.
—Eso significa que te he marcado el sesenta por ciento de las veces.
Hace mucho que no me enfrento a nadie cara a cara, y es estimulante esforzarme al máximo y sentir cómo el cansancio me invade poco a poco y me deja exhausta.
—¿La AHL? —pregunta Maverick, y su voz resuena en el estadio vacío.
—La ECHL —contesto—. Los San Diego Iguanas.
—¿Qué has ganado?
—La Kelly Cup. Dos temporadas seguidas. —Hago una pausa y lo miro sonriendo—. Ya es más de lo que podéis decir vosotros.
—Me alegra saber que sigues de cerca a nuestro equipo, pelirroja.
—Es que me gusta estar preparada cuando conozco a la gente con la que voy a jugar.
La carcajada que se le escapa a Maverick es ligera y desenfadada. Se quita los guantes y se desabrocha el casco con dedos largos y ágiles. Se sacude el pelo empapado de sudor, y veo el corazón tatuado en el dorso de su mano, con la letra jota en el centro.
Me pregunto qué chica se quedó el tiempo suficiente como para que se tatuase su inicial en la piel. Quizá fue un reto de borrachos en Las Vegas.
—Hemos terminado por hoy. Ya he visto suficiente —dice.
—Ah, no quieres que tu ego se lleve más palos, ¿verdad?
—En realidad, es por ti. El entrenador nos las va a hacer pasar putas en el entrenamiento del lunes y voy a fregar el suelo contigo.
—¿Hay algún otro entrenamiento para novatos que deba prepararme? ¿Quieres que repase cómo atarme los patines?
—Dependes demasiado de tu lado dominante y flojeas por la derecha. Eso deja espacio para que alguien te robe el disco. —Maverick se levanta la camiseta y se seca la cara con el dobladillo. Los músculos de su torso son tal y como imagino que debían de ser los de Adonis en su mejor momento. Incluso con la equipación puesta, veo una profunda uve en la parte baja de su vientre. Líneas cinceladas y bordes definidos. El estómago se me encoge al verlo y aprieto los ojos con fuerza—. Hudson Hayes te va a dejar en ridículo. Es nuestro…
—Defensa —termino por él—. Te he dicho que me gusta estar preparada. —Hudson Hayes es un exjugador la All-American Hockey League y campeón de la Frozen Four. Tiene dos perros adoptados y pasa casi todo su tiempo en las redes sociales publicando sobre el refugio local en el que es voluntario—. Me muero de ganas. Será agradable jugar con otras personas cerca. Gente que me respalde cuando te ponga en tu sitio y no te guste.
La sonrisa socarrona de Maverick es peligrosa. Intento ignorar el hecho de que se me acelera el corazón y me sonrojo, y me digo que solo es por el esfuerzo de la última media hora, no por su cara bonita.
Se acerca a mí. Cuando está a unos quince centímetros, lo bastante cerca como para que pudiera agarrarle la camiseta si quisiera, tengo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo.
Su sonrisa engreída se convierte en una de satisfacción, contento por contar con ventaja, y nunca he detestado tanto mi estatura.
—¿Vas a pensar en mí de aquí al lunes, Hartwell? —me pregunta, y me odio a mí misma por no haberme alejado patinando antes.
—Sí, en formas de destruirte —contesto con una voz bajísima mientras me desabrocho el casco, y en sus ojos aparece un brillo de diversión—. Será mejor que te comas las verduras el domingo por la noche, Miller. Lo que has visto hoy no es ni la mitad de lo que puedo dar.
—No hay problema; me encanta comer. —Se lame los labios, y la insinuación de sus palabras es obvia—. Que duermas bien, pelirroja. No sabes lo que te espera.
—¿Tienes apodos absurdos para todas las personas con las que te llevas mal o soy una de las afortunadas? —le pregunto.
—Solo son para las que intentan fingir que no les gustan. Pero ya te estás sonrojando.
—Alguien debería bajarte los humos, guaperas. —Le doy un codazo en el estómago y un ligero empujón en el hombro mientras paso a su lado. Él tropieza y se cae de culo. Lo miro con una sonrisa inocente—. Ay, me he tropezado.
—Me alegra saber que sigues creyendo que soy guapo. —Sonríe, pagado de sí mismo, mientras se estira sobre el hielo como una estrella de mar de extremidades larguísimas—. Empieza el juego, Hartwell. Espero que estés lista para la guerra.
—Siempre gano, Miller —digo mientras patino hacia mi bolsa, contenta de dejarlo atrás.