Prólogo

1

En su primer día entero en Golden, Theo se despertó temprano, descorrió las cortinas de su habitación de hotel y miró el amanecer sureño. Había llegado la tarde anterior desde su casa en Nueva York, donde el invierno, con una combinación noticiable y tardía de nieve y hielo, se manifestaba en toda su crudeza. El vuelo a Atlanta (en avión privado) y el trayecto en dirección sur hasta Golden (en limusina Lincoln) lo habían transportado a un mundo de calidez y lleno de flores en infinidad de tonos verdes, amarillos, lavanda y rosa.

Ahora, después de una noche de sueño reparador y frente a la ventana, respiró hondo, como si buscara inhalar la frescura de la mañana a través de los cristales. Admiró las primeras pinceladas de la primavera.

Su vista se desplazó al oeste, al cauce ancho y sinuoso del río Oxbow. Un tirabuzón de bruma flotaba sobre el agua.

Desde una altura de tres pisos y a través de la luz tenue que precede al amanecer, Theo reconoció muchos de los rasgos distintivos que había estudiado en preparación de su viaje: las calles empedradas, la fundición, los antiguos almacenes de algodón, los robles centenarios.

Pero tres pisos de altura eran demasiados para alguien de su naturaleza inquisitiva. Se vistió con ropa cómoda, se examinó en el espejo, se enderezó el cuello y la bufanda, y apagó las luces. Colgó el cartel de «No molestar» en el picaporte y bajó por las escaleras hasta el vestíbulo del hotel. Se tocó la gorra a modo de saludo al recepcionista y salió a la mañana fresca, deseoso de recorrer las calles antes de que se llenaran de tráfico peatonal y de coches.

A excepción de una cafetería y un pequeño restaurante, los comercios de Broadway estaban cerrados. Theo tenía la acera casi para él solo cuando empezó su paseo.

No tenía un destino o un objetivo concretos en la cabeza. Cada vez que veía un objeto o un rincón que le interesaba —y era un hombre que se interesaba con facilidad—, paraba y se demoraba hasta haber satisfecho su curiosidad.

Le interesó, por ejemplo, el hierro forjado que adornaba la fachada de un edificio en chaflán. ¿Quién lo había hecho? ¿Cuándo? ¿Cómo?

Le interesó la composición de los ladrillos en el edificio viejo pero bien conservado que ahora alojaba la oficina de admisiones de una universidad.

Le interesó la placa que contaba la historia de un bulevar, llamado Promenade, que dividía la avenida Broadway. (Allí donde viviera o viajara, Theo acostumbraba a leer las placas conmemorativas, algo que era capaz de hacer con soltura en cinco idiomas).

Le interesó una escultura moderna de aire retro cerca de la entrada de la escuela universitaria de enfermería.

Le interesó especialmente un pajarillo que se posaba y mendigaba migas en un banco de la acera.

Theo se detuvo, se dobló un poco hacia delante con las manos juntas detrás de la espalda y susurró a la criatura implorante:

—Lo siento, amigo, pero esta mañana no tengo nada que darte. Quizá mañana. Y no te quejes tanto. Alégrate de no estar hoy en Nueva York.

Recogió una botella de cerveza vacía y la tiró a una papelera cercana.

Hubo un momento en que se sacó una pequeña lente de aumento, una lupa, del bolsillo para inspeccionar una flor de azalea morada.

Y así sucesivamente.

Con tantos puntos de interés, Theo avanzaba a paso de tortuga. Para cuando había recorrido solo dos manzanas, el tráfico de la mañana era abundante, las aceras empezaban a llenarse de estudiantes y trabajadores y las zonas de estacionamiento a ambos lados de la Promenade, antes vacías, estaban casi todas ocupadas.

Pero no había nada de que preocuparse.

Ni ese día ni los siguientes tenía Theo fechas límite, reuniones u obligaciones. Era libre de entregarse a la despreocupación que dan la flexibilidad sin ataduras y el completo anonimato. Era un simple turista.

No conocía a un alma en la ciudad.

Bueno…, quizá a una.

Aún no sabía con seguridad cuánto tiempo se quedaría: ¿semanas?, ¿meses?, ¿más?, pero así, de primeras, le gustaba el ambiente de su nuevo hogar temporal.

Primera impresión: un lugar muy agradable y con un nombre de lo más apropiado.

Golden. Dorado.

2

Al término de su paseo por Broadway, Theo volvió a la pequeña cafetería por la que había pasado a primera hora de la mañana. El aroma a cafeína flotaba igual que una nube perfumada (y funcionaba como un eficaz reclamo publicitario) a la entrada del comercio.

Un cristal pintado junto a la puerta identificaba el establecimiento en letras doradas silueteadas en negro:

The Chalice. El Cáliz

Calle Light con Broadway

Lunes a jueves, de 6.00 a 22.00

Viernes y sábado, de 7.00 a 23.00

Domingo, de 8.00 a 18.00

Una vez dentro, Theo respiró hondo e inspeccionó el local.

De pie, sentadas, solas y en grupos pequeños de distintas generaciones, etnias e indumentarias, una gran variedad de personas daban fe de la atracción magnética del establecimiento.

Un hombre joven que salía con un violonchelo a la espalda y un café en la mano sorteaba hábilmente mesas y clientes que entraban con algún que otro «perdón» susurrado. Vio a Theo de reojo, sonrió, hizo una inclinación de cabeza y dijo algo a modo de saludo. Un gesto así era inusual, sospechoso incluso, en las grandes ciudades en las que Theo había pasado casi toda su vida, pero lo correspondió con una inclinación de cabeza y una sonrisa, antes de colocarse en la corta fila para pedir.

Presintió que podría convertirse en cliente habitual de aquel sitio, una intuición que se haría realidad durante el año que viviría en Golden.

«Solo falta que el café sea tan intenso como el ambiente», pensó.

Una ilusión que le pareció improbable.

Theo estaba acostumbrado a los cafés intensos de Europa: el abatanado y el café pingado de Lisboa, el café con leche de Madrid, el espresso de Bolonia, el café noisette marsellés. Las cafeterías americanas a menudo lo decepcionaban, incluso en Nueva York, donde, por cada excelente taza que había consumido, había tenido que soportar media docena de decepciones. Su nivel de exigencia, le habían informado, era bastante elevado.

Ya en el mostrador, el anciano intercambió un saludo con el barista, pidió su bebida, la recogió y se sentó en una butaca cercana.

Le sorprendió, y mucho, la calidad del expreso y asintió complacido mientras paladeaba el primer sorbo.

Inspeccionó el local: las caras de los clientes, sus voces, saludos y gestos; el cuidado con que el alegre barista hacía su trabajo; la actividad en las distintas mesas.

Pero al poco tiempo su atención se detuvo y se centró exclusivamente en el arte que cubría las paredes.

En las paredes izquierda, derecha y del fondo había retratos, noventa y dos en total, hechos a lápiz sobre papel blanco y con marcos negros de tres tamaños distintos. Resultaba evidente que todos eran obra del mismo artista. Y, como si buscara reflejar a los clientes que había en el establecimiento en aquel momento, la colección abarcaba una amplia gama de seres humanos en lo referente a edad, raza y expresión. Retratos, retratos y más retratos.

Incluso desde la distancia a que se encontraba de aquellos rostros enmarcados, Theo percibió la riqueza de los detalles y la delicadeza con la que habían sido dibujados. Tenían una calidad, una viveza que casi hacía pensar que los retratados eran espectadores del Chalice antes que meros adornos en sus paredes.

La mente del anciano empezó a imaginar algo extraordinario: cada uno de los noventa y dos marcos es una ventana. Cada cara retratada en los cuadros se encuentra delante del edificio y contempla divertida los clientes que están dentro. De noche, cuando se cierra el establecimiento, las caras de los retratos abandonan los marcos, entran, socializan y charlan sobre lo que han visto u oído ese día, se cuentan historias y, antes de la hora de abrir, se van.

Aquella idea tan divertida, aunque ridícula, le hizo sonreír. Que se le ocurrieran cosas así era algo habitual.

Tenía la imaginación de un poeta.

Pero también tenía los ojos y la mente de un entendido. Aunque de entrada le interesaban muchas cosas, le interesaban mucho unas cuantas concretas. El retrato era una de ellas.

Así que, aunque tenía muchas ganas de estudiar de cerca y despacio cada uno de los noventa y dos retratos, decidió esperar a un momento más propicio, cuando hubiera menos gente en el local.

De momento se conformó con beberse su expreso a sorbitos. Hacerlo de otra manera habría sido, en su opinión, irrespetuoso, irreverente incluso, con el arte del barista. Cuando se terminó el café, cogió su gorra, salió del local mirando a su derecha y a su izquierda y volvió al hotel.

Esa tarde, después de la comida y de una siesta, Theo caminó hasta el río, paseó por un sector pavimentado que iba de sur a norte, se sentó durante un cuarto de hora con la cara vuelta al sol y regresó al café. Aparte de unas pocas mesas ocupadas por estudiantes, estaba vacío.

Cuando fue al mostrador a pedir, no había cola.

—Bienvenido de nuevo —dijo el barista—. Dos visitas en un mismo día.

A Theo lo sorprendió gratamente que el hombre lo recordara, sobre todo teniendo en cuenta la gran cantidad de clientes que había en el local esa mañana en hora punta.

—Querido amigo, esta mañana me sirvió usted un expreso soberbio. Buen trabajo y gracias. Un je ne sais quoi perfecto. He vuelto para repetir.

El joven rio. No era común oír hablar francés en el Chalice.

—Pues muchas gracias, caballero. Intentaré que este me salga incluso mejor. Si no le gusta, por favor, dígamelo. Me llamo Shep. ¿Y usted es…?

Shep tendió una mano por encima del mostrador. El anciano la cogió con las dos suyas.

—Mis amigos me llaman Theo. Es un placer conocerlo.

Shep reparó en la enunciación pulcra y el acento extranjero del anciano.

—Lo mismo digo. ¿Qué le trae por Golden?

—Es un viaje de negocios. Pero ahora mismo lo que me interesa son los retratos. —Theo señaló la pared—. Me he fijado en ellos esta mañana y he vuelto para mirarlos más de cerca. ¿Puede contarme algo sobre ellos?

Para entonces había entrado en el local un grupo de mujeres y se habían puesto en cola detrás de Theo.

—Con mucho gusto, señor Theo, en cuanto disponga de un momento. Pero aquí tiene algo para abrir boca. Puede que conteste a alguna de sus preguntas. Y quiero que me cuente cosas de usted cuando podamos hablar.

Le dio a Theo una revista local, The Gold Standard. El patrón oro. La portada era una fotografía del café tomada a la entrada con un gran angular que captaba las tres paredes —izquierda, derecha y del fondo— y casi todos los retratos. En el centro de la fotografía estaban Shep y otro hombre delgado, de pelo algo cano, vestido con vaqueros, camiseta y una americana de tweed. El pie de foto decía: «El arte del Chalice».

Theo abrió la revista, localizó el artículo y empezó a leer.

Empezó con un juego. Con un «¿y si?».

Un «¿lo harías?».

Un «quizá».

La cafetería como galería de arte.

Es en lo que se ha convertido el Chalice, uno de los establecimientos comerciales más populares de la ciudad, en los últimos meses. Situado en la esquina de la calle Light y Broadway, el Chalice es propiedad y está regentado por Shep y Addie Carlile, ambos naturales de Golden.

Compraron este edificio de tres plantas vacío cuando empezó a valorizarse el centro de la ciudad y durante casi un año dedicaron fines de semana y tiempo libre a renovar la planta baja. Cuando el edificio estuvo terminado, dejaron sus empleos en el sector bancario, pasaron dos meses aprendiendo el arte de hacer café en un exclusivo local de Atlanta y abrieron su negocio, que no tardó en obtener excelentes ventas y reseñas de cinco estrellas. El Chalice ofrece una selección de primera calidad de bebidas y bollería ligera.

Desde su apertura, una clientela fiel ha hecho posible un negocio próspero. Su localización, a dos manzanas de teatros, restaurantes, tiendas, los juzgados y la Escuela Universitaria de Arte y Diseño de Golden, proporciona al Chalice un flujo constante de consumidores. A cualquier hora del día que sea siempre habrá una variedad de caras entre la clientela.

¡Algunas de esas caras no salen del local!

El Chalice está situado a unas pocas calles de la casa y el estudio de Asher Glissen, también natural de Golden y uno de sus artistas más destacados. En el curso de su trayectoria ha dado clases particulares, comisariado el Bredlow Center for the Arts, ilustrado numerosos anuncios y publicaciones periódicas y cultivado una reputación como retratista.

Cuando abrió el café, Glissen fue uno de sus primeros clientes. Afirma haberse gastado una fracción considerable de sus ahorros para la jubilación en café a los pocos meses de su inauguración.

Hace un año los Carlile invitaron a Glissen a que expusiera algunas de sus obras en la cafetería. Este aceptó la propuesta.

Shep Carlile explica: «Nos dijo que tenía algo en mente, pero no nos contó qué. Alrededor de un mes más tarde, se presentó con media docena de retratos de algunos de nuestros clientes habituales. Nos quedamos maravillados. Así empezó la cosa. A la gente le encanta. Hay personas que vienen solo a ver los retratos. Estamos muy orgullosos de tenerlos aquí.

En la actualidad hay expuestos noventa y dos retratos. Todos a la venta. Cuando uno se vende, otro ocupa su lugar.

Glissen se deshace en halagos del café. «El Chalice se ha convertido en toda una institución, es un auténtico crisol. He intentado plasmar eso en mis retratos. Mi madre, que era artista, solía decirme que cada cara esconde una historia. Creo que estaba en lo cierto. Estos dibujos constituyen por sí solos un vecindario. Tenerlos a todos juntos aquí es un acto de amor. Estoy agradecido por que Addie y Shep les hayan dado un hogar».

Es habitual ver a Glissen en el Chalice y en otros puntos de la ciudad, cámara en mano, haciendo fotografías para su trabajo. Si va usted al café, es posible que le pida que lo mire. Si eso ocurre, que no le sorprenda si termina formando parte de la galería de retratos del Chalice.

Entraron nuevos clientes. Mientras Shep preparaba sus bebidas, Theo releyó el artículo. Después se levantó de su silla y caminó hasta el fondo del local.

Una docena de retratos, tres hileras de cuatro, estaban colgados formando líneas perfectas en la pared del fondo. Todas eran composiciones en primer plano. Theo se sacó unas gafas de montura metálica del bolsillo, se las encajó en las orejas, juntó las manos a la espalda y empezó a estudiar los dibujos desde un metro de distancia. Bajaba la cabeza para mirar por encima de sus gafas y al momento siguiente la echaba hacia atrás para observar a través de los lentes encajados en la punta de su nariz. Un historiador de arte en el Louvre no se habría mostrado más interesado ni cautivado por la obra de los grandes maestros de ese gran museo que aquel anciano por los retratos del Chalice.

Se acercó más, a unos tres centímetros de la pared, y escrutó cada dibujo hasta las líneas más intricadas hechas a lápiz. Se olvidó del tiempo y de las idas y venidas en el establecimiento a su alrededor.

Cuando Shep sirvió las bebidas pendientes, vio a Theo al otro lado del local, pero decidió no interrumpirlo. Le gustó que el anciano estuviera tan absorto en los dibujos, pero también sentía curiosidad por lo que podía haber tras un interés tan manifiesto.

Ya desde niño, a Theo le habían fascinado las líneas perfectas y la complejidad. Había pasado gran parte de su infancia estudiando a través de una lupa plumas, hojas e insectos en los viñedos que rodeaban su casa. Le deslumbraban las telarañas, las alas de las libélulas y el envés de las setas. Coleccionaba sellos y se sintió hechizado la primera vez que vio los dibujos y bocetos a línea de Da Vinci. Ya desde joven había adquirido la costumbre de llevar siempre una lupa, regalo de un profesor, en el bolsillo para examinar objetos de pequeño tamaño y detalles invisibles a simple vista. Para alguien como él, la colección de retratos del Chalice era un derroche de matices, una cueva del tesoro, un festín visual.

Theo se inclinaba y postraba ante cada marco, embelesado.

Fue hasta la entrada del establecimiento y siguió con su examen, en una ocasión directamente por encima de las cabezas de clientes sentados en una mesa pegada a la pared. Les pidió disculpas, pero no alteró su rumbo.

Para él, cada cara transmitía un estado de ánimo que apuntaba a una historia y despertaba una pregunta.

«¿Qué le preocupa a este hombre?».

«¿Por qué parece tan retraída esta joven?».

«¿Cómo describiría la expresión de la cara de esta niña?».

«¿Y cómo, por el amor de Dios, consigue el artista re­presentarlos a todos sin excepción de manera tan convin­cente?».

A medida que estudiaba las obras, Theo se sentía cada vez más perplejo, preocupado incluso, por que hubiera todavía tantos retratos en venta. Los precios lo desconcertaban. «¿Solo ciento veinticinco dólares por esto? ¿Solo doscientos? Valen mucho más». ¿Cómo podía haber, se preguntaba, noventa y dos retratos de tanta calidad y a esos precios aún en venta?

Se demoró con el retrato de una mujer joven de rasgos delicados, seria y con ojos que miraban directamente a los suyos. Le resultaban inquietantemente familiares. «¿Era posible?».

A continuación se fijó en el retrato situado a la derecha, de un hombre joven con la mirada puesta en algún punto fuera del marco del retrato. ¿Qué había en esos ojos esquivos? ¿Miedo? ¿Desconfianza? ¿Desdén? Fuera lo que fuera, el joven parecía incómodo delante de la cámara. Su gorro de lana y el cuello subido delataban tiempo frío.

Theo llevaba casi una hora estudiando los retratos cuando Shep por fin se reunió con él.

—Son muy especiales, ¿verdad?

Shep se estaba secando los dedos en un trapo. Señaló con la cabeza el retrato que tenía Theo delante, el del joven de mirada huidiza.

—Ese chico ha pasado por cosas muy duras. Su hijita resultó herida grave en un accidente de coche hace mucho. La madre murió. No viene mucho por aquí, pero suele pedir café solo con sitio para leche. No creo que ni sepa que su retrato está ahí.

Theo asintió con la cabeza y se volvió hacia Shep.

—¿Conoce a todas las personas de la pared?

—Conozco a casi todos un poco. A algunos muy bien. A otros en absoluto. El artista suele escribir sus nombres en pequeño en la parte de atrás de los marcos, así que sé quiénes son en caso de necesitarlo. Pero, señor Theo, antes de hablar de ellos, por favor, cuénteme cosas de usted. ¿Cuál es su historia? ¿Qué lo trae por aquí? ¿Dónde vive?

Ante tanta pregunta, Theo agitó la mano y contestó de manera sucinta.

—He vivido en varios sitios. Nací y crecí en el norte de Portugal, pero he vivido muchos años en Nueva York. Sigo teniendo una casa allí, pero he venido por un asunto de trabajo y mi hogar ahora mismo es Golden. Y, señor Shep, me encanta su establecimiento.

La respuesta educadamente imprecisa no era en absoluto la historia que estaba esperando Shep, pero no insistió. Quizá con el tiempo llegaría una versión más detallada.

—Por favor, llámeme Shep. Es como me llaman mis amigos. Sin el «señor».

—Por supuesto, gracias. Y, por favor, llámeme Theo. Y, hablando de nombres, ¿por qué el Chalice?

Ahora le tocó a Shep ser esquivo.

—Sonaba bien. Le contaré toda la historia uno de estos días. ¿Ha leído el artículo sobre los retratos?

Theo dijo que sí con la cabeza.

—Sí, gracias. Muy interesante.

Le devolvió la revista a Shep.

—Señor Shep…, perdón, Shep, una cosa que no entiendo. ¿Por qué nadie compra los retratos?

Shep hizo una mueca y meneó la cabeza un par de veces mientras buscaba la respuesta.

—Yo tampoco lo entiendo, Theo. Sé que Asher tiene mucho que hacer y que probablemente no necesita más trabajo, pero esperaba que con esto le salieran encargos. Hasta el momento no ha sido así. Aún no. Las Navidades pasadas vendimos bastantes, pero sigo aguardando el despegue definitivo. Tengo que creer que uno de estos días la gente se dará cuenta del tesoro que son esos retratos. Asher hizo uno de Addie, mi mujer, Addelyn, y es una de mis posesiones más preciadas. Si algún día se incendia mi casa, será una de las primeras cosas que coja al salir. —Shep vaciló—. Nos gusta mucho tenerlos aquí, pero me encantaría que viniera alguien y los comprara todos.

Theo abrió un poco los ojos. Se llevó una mano a la boca, apoyó el pulgar bajo el mentón y el dedo índice en los labios.

Shep miró hacia el mostrador. Había un cliente esperando para pedir.

—Theo, tengo que volver al trabajo. Gracias por venir. Que sepa que, si se convierte en cliente habitual, hay muchas posibilidades de que termine en la pared. Bienvenido a Golden. Por cierto, ¿qué le ha parecido el café?

—Magnífico. Exceptionnel! Maravilhoso!

Theo sonrió, aplaudió con suavidad y dio unas palmaditas a Shep en el brazo. Salió de la cafetería, cruzó la calle hasta el bulevar y se sentó en un banco cerca de la fuente.

Pensó en los retratos sin vender.

En los hogares que embellecerían y en las vidas que su presencia enriquecería.

Fue entonces cuando se le ocurrió la idea.

3

En su segundo día entero en Golden, Theo dio un paseo de buena mañana por una zona residencial al sur del hotel conocida como el Boughery, la Floresta. «Gentrificado» era un adjetivo usado a menudo para describir la zona. Era un vecindario de casas de época y jardines mimados con elegancia que, al igual que el resto de la ciudad, aguardaba la explosión pastel de la primavera.

Desde el Boughery caminó hasta el río y se sentó, igual que había hecho el día anterior. Cuando calculó que la hora punta habría terminado, volvió al Chalice.

—Theo, bienvenido otra vez. Dos días aquí y ya es cliente habitual.

—Buenos días, Shep. Sí, soy cliente, pero también soy un hombre hechizado.

Shep no estaba seguro de si el hechizo lo ejercían el café o los retratos. ¿Quizá las dos cosas? Sea como fuera, se alegraba de la presencia del afable recién llegado.

Theo se quedó en el Chalice hasta la hora de la comida, recorriendo despacio las paredes una vez más. Shep lo observaba con curiosidad creciente. ¿Qué podía interesarlo tanto?

Antes de irse y tras una considerable deliberación, Theo compró el retrato de la mujer joven con pelo corto, ojos que le resultaban familiares y cara seria pero no antipática.

Pagó ciento veinticinco dólares en efectivo. Le pareció un robo más que una compra.

—¿Por qué este? —preguntó Shep mientras le envolvía el retrato en papel de estraza—. ¿La conoce?

Theo negó con la cabeza.

—No conozco ninguna de estas caras. Me daría igual comprar cualquiera de ellas o todas, pero esta es la que me intriga más ahora mismo.

La compra no hizo más que avivar la curiosidad de Shep por el anciano, no lograba imaginar qué quería hacer Theo. ¿Era un coleccionista? ¿Crítico de arte para alguna galería? ¿Buscaba ayudar al artista?

Cuando Theo volvió al hotel para su siesta, estudió el retrato una vez más. El nombre de la mujer, tal y como le había dicho Shep, estaba escrito en letras pequeñas en el revés del marco.

Minnette Prentiss.

—Sí, vas a ser tú —murmuró Theo.

Buscó el nombre en el ordenador del centro de negocios del hotel y supo que era asesora financiera en una reputada asesoría contable en Golden. Pero, lo que era más importante para sus propósitos, ahora tenía su dirección postal.

Empezó a redactar una carta. Durante los dos días siguientes elaboró múltiples borradores hasta que estuvo satisfecho con su elección de palabras.

Estimada señora Prentiss:

No nos conocemos, y espero que me perdone si no es apropiado que un completo desconocido la aborde de esta manera. Soy un hombre mayor, tengo ochenta y seis años, para ser exactos, y acabo de llegar a su ciudad. La vi por primera vez —en realidad lo que vi es un dibujo a lápiz de usted— cuando fui al Chalice, en la Promenade, hace unos días.

Mientras estudiaba su retrato, señora Prentiss, tuve la poderosa sensación de que le pertenecía a usted o a un ser querido suyo. Después de todo, resulta lógico que la obra terminada sea para la persona que la inspiró.

Por eso me he tomado la libertad de comprar el retrato con un propósito en la cabeza. Sería un honor para mí, y una gran amabilidad por su parte, que aceptara el retrato como regalo para que haga con él lo que considere.

¿Me permite una sugerencia? (Y le pido perdón si está fuera de lugar). El jueves de la semana próxima, a las siete de la tarde, estaré sentado en un banco junto a la fuente en el bulevar más cercano al Chalice. Para que me reconozca, no vaya a haber otros hombres de ochenta y seis años exquisitamente atractivos sentados allí a esa hora, llevaré una gorra plana color verde brezo. Darle el retrato solo llevará un momento, aunque tendré tiempo de sobra para charlar, en caso de que usted pueda, y le apetezca, hacerlo.

Si todo esto le resulta muy raro y fuera de tono, permítame asegurarle que soy un anciano inofensivo, un viudo, un padre, un león desdentado con intenciones del todo inocentes. Si, como se ha dicho, más bienaventurado es dar que recibir, la felicidad que me produce poner este dibujo en sus manos será recompensa más que sobrada por mi compra.

Esperando conocerla en persona, mis saludos más cordiales,

THEO

4

—Hoy me ha llegado una carta rarísima.

Minnette Prentiss no era dada a usar términos como «raro» a no ser que algo exigiera esa descripción. Había sido partidaria de la precisión, tanto en las palabras como en los números, incluso antes de obtener su licencia de asesora financiera.

—¿Por qué rara?

Derrick, su marido, estaba sentado en la mesa de la cocina abriendo el correo. Dejó de hacerlo para preguntar. Después de cinco años de matrimonio, conocía los tonos de voz de su mujer y sabía cuándo le estaba pidiendo atención plena. Este era uno de esos momentos.

—Pues, para empezar, no sé de quién es. ¿Te acuerdas del retrato a lápiz del Chalice? ¿El que dibujó el tío Asher? Al parecer, alguien lo ha comprado, un señor mayor, y quiere regalármelo. Me propone que quedemos el jueves que viene en la fuente. ¿Te parece poco raro?

La expresión de ligero interés en la cara de Derrick dio paso a una curiosidad alarmada: cabeza un poco ladeada, cejas arqueadas.

—Por decirlo suavemente. A mí me suena peligroso. ¿No tienes ni idea de quién es? ¿Crees que puede ser una broma? ¿De alguien que conocemos, quizá?

—No tengo ni idea de quién es, pero no creo que sea una broma. Aquí está la carta. Léela.

Eso hizo Derrick, despacio y con los engranajes de su cabeza de abogado cuestionando y analizando mientras leía.

Minnette lo miró leer en busca de pistas de lo que pensaba, sabedora de que su cara diría algo antes de que lo hiciera su boca. De inmediato supo que estaba intrigado.

Preciosa caligrafía.

Papel caro.

Lenguaje encantador.

Sin apellido.

Sin remite.

Raro, pero al mismo tiempo creíble.

—No es lo que pensaba, pero me preocupa. Sea quien sea, sabe quién eres y dónde vives. Tú en cambio no sabes esas cosas de él. Igual Asher o Shep pueden darnos más información. U otra persona de la cafetería. Ahí es donde habrá comprado el retrato, ¿no?

En los seis años transcurridos desde que Derrick se hizo abogado, había trabajado en la oficina del fiscal del distrito de Golden. Conocía a casi todos los miembros de las autoridades locales. Era posible que alguien en el departamento de policía tuviera palabras de cautela o algún consejo respecto a aquella carta misteriosa.

—O quizá podemos presentarnos el jueves y ver qué pasa.

Minnette lo dijo con una rotundidad que daba a entender que ya había tomado una decisión. Antes de que Derrick pudiera objetar, siguió hablando.

—He leído la carta cuatro veces de cabo a rabo, e igual estoy loca o soy una ingenua, pero creo que es algo inocente. Creo que puede ser sencillamente un anciano que quiere hacer algo amable. ¿Cómo era aquello que dijiste el otro día sobre la mujer sin hogar de la bicicleta? ¿«Excentricidad benévola»? Igual es eso y nada más.

—¿Y si te equivocas? —preguntó Derrick—. ¿Y si es un acosador o alguien furioso por algún caso mío? ¿Y si es el hermano de aquel miembro de una banda que mandamos a la cárcel con cadena perpetua el mes pasado?

Minnette puso los ojos en blanco.

—Si fuera una de esas cosas, dudo de que se hubiera tomado todas estas molestias solo para acosarme. Y tiene pinta de haber escrito la carta con pluma estilográfica. Y en papel de lino, nada menos. —Calló un momento—. ¿Sabes lo que pensé al principio?

Derrick se inclinó hacia delante y entrelazó los dedos de las manos.

—¿Qué pensaste al principio?

—Que habías sido tú.

Se miraron a los ojos.

—Pensé que igual habías comprado el dibujo, como dijiste que harías hace un mes. Y que habías pedido a alguien que escribiera con su mejor letra en este papel de dos dólares, y me medio espero encontrarte sentado en la fuente el jueves. ¿Es así?

Derrick se ruborizó y sonrió.

—Ojalá. Y siento haber remoloneado, pero te prometo que la carta no es mía. No estás pensando en serio en quedar con ese hombre, ¿verdad?

—Solo si a ti te parece bien. Pero me gustaría. No tenemos nada el jueves por la noche. Propongo que vayamos a conocer a este misterioso desconocido y luego a cenar a algún sitio mientras admiramos a la chica del retrato.

Minnette rio, bordeó la mesa hasta estar detrás de Derrick, le rodeó el cuello con los brazos y le frotó la mejilla con la nariz.

—No me siento muy cómodo con esta situación —susurró Derrick.

—Lo comprendo muy bien. Y me alegra que me quieras lo bastante para preocuparte. Pero haz una cosa: léete la carta tres veces más, sin distracciones. Si después de eso crees que no debemos ir, no iremos. El riesgo parece mínimo, si quieres mi opinión. Será en pleno día, rodeados de gente, y, si no nos gusta lo que vemos en la fuente, no tenemos por qué quedarnos, ¿no? Podemos llevarnos prismáticos y vigilar desde cien metros y luego decidir qué hacemos. ¿Vale? Puede ser una historia que contar algún día a nuestros hijos. Y ahora sal de aquí, que voy a hacer la cena.

5

Derrick hizo lo que Minnette le pidió.

Después de fregar los platos y hacer un par de llamadas, se llevó la curiosa carta a su despacho, un vestidor grande con una mesa vieja y una silla en el que en ocasiones se retiraba a estudiar, pagar facturas o contestar correos.

A la luz baja de una lámpara de mesa, leyó la carta con el escepticismo al rojo vivo.

Y otra vez.

Y otra más.

Había en la carta, tuvo que admitir Derrick, una sinceridad innegable, una inocencia, una timidez. Humor incluso: «hombres de ochenta y seis años exquisitamente atractivos». Con cada lectura sus reparos cedieron, pero seguía desconfiando. Era inquietante que el autor se mostrara tan circunspecto sobre su identidad, que se hubiera tomado tantas molestias en identificar, localizar y ponerse en contacto con una mujer joven y atractiva, y que planteara tantas preguntas sin respuesta.

Qué carta tan desconcertante.

Más tarde esa noche, ya en la cama, Derrick y Minnette hablaron de ello.

—Bueno, ¿qué te parece entonces? —preguntó Minnette.

—Hice lo que me pediste. Me la leí tres veces y sigo preocupado.

—¿Cómo de preocupado?

—En realidad no mucho. Tienes que reconocer que es muy raro, pero, a no ser que tenga pesadillas de aquí al jueves o cambie de opinión por algún otro motivo, supongo que pienso lo mismo que tú. Esto va en contra de mi cautela y, por el amor de Dios, estoy hablando de mi mujer, pero creo que de verdad puede tratarse de un señor mayor que quiere darte un regalo, aunque no imagino por qué. Así que el jueves nos presentamos allí, nos quedamos a una distancia prudencial de la fuente y a ver qué nos encontramos. Si no hay una gorra plana verde brezo junto a la fuente o vemos la gorra pero está en la cabeza de un salvaje, llamamos a la policía. ¿Te parece bien mi enfoque? ¿Estamos haciendo una locura?

Minnette rio.

—Señor fiscal, ¿estamos considerando en serio hacer algo peligroso? ¿La asesora y el abogado? ¿Dos personalidades tipo A extremadamente cautelosas y sumamente racionales? Piensa en que igual conocemos a un ser humano amable de verdad. Ya no parecen quedar muchos.

Derrick besó a Minnette.

—Yo duermo con uno cada noche. —Hizo una pausa—. Una cosa más, mañana voy a llamar a tu tío Asher. Puesto que el retrato lo dibujó él, igual sabe algo de la carta. Igual hasta es parte de todo esto. Sigo pensando que puede ser alguna clase de broma.

Minnette estuvo de acuerdo.

—Me parece bien. —Se volvió hacia su marido con una sonrisa en los ojos—. Que sepas, señor Prentiss, que esto nunca habría pasado si hubieras comprado el dibujo cuando dijiste que lo ibas a comprar.

Touché. Buenas noches, señora Prentiss.

—Buenas noches.

—Oye, por cierto, ¿se puede saber qué es una gorra plana?

—Búscalo en Google. Buenas noches.

En el estudio de Asher Glissen, el retratista, sonó el teléfono. Rara vez lo tenía cerca cuando trabajaba, pero estaba esperando una llamada sobre un nuevo encargo. Miró la pantalla y leyó el nombre. No era la llamada que esperaba, pero contestó de todas maneras.

—Hombre, Derrick, buenos días. ¿Qué tal está mi sobrino político favorito?

Derrick rio.

—Tu único sobrino político está muy bien esta mañana, gracias.

—¿Y qué tal está mi preciosa sobrina?

—Minnette está bien.

—¿Y qué hace un hombre de leyes tan ocupado como tú llamando a un humilde artista como yo a estas horas?

Eran las diez de la mañana.

—Estamos en un receso. Acabo de tener la vista oral de un caso espantoso. Probablemente has oído hablar de él. Un tipo que se durmió al volante, cruzó la mediana, mató a una mujer y casi hizo lo mismo con una niña pequeña. El conductor ha sido imputado por homicidio al volante. Es un sin papeles. Es uno de esos casos en los que todos pierden. En fin, dispongo de unos minutos antes de la siguiente vista y quería consultarte una cosa. Está relacionada con los retratos que tenéis expuestos en el Chalice. ¿Es mal momento?

Derrick le leyó la carta a Asher.

Este tardó en contestar.

—Vaya, sí que es un poco raro. Entiendo que estés preocupado. Pero, Derrick, contestando a tu pregunta, no sé nada de ese hombre y, si es una broma, tampoco estoy enterado. La seguridad de Minnette es lo primero. Aunque vamos a ver si lo he entendido. Este individuo, este señor Theo, quiere quedar con Minnette en la Promenade, en público, en pleno día, para darle su retrato, ¿no? Y, si aceptáis su invitación, podrías verlo de lejos antes de reuniros con él en la fuente.

Era la misma conversación que habían tenido Derrick y Minnette la noche anterior.

Asher se había preguntado a menudo cómo podía Derrick trabajar con casos criminales en su día a día sin volverse una persona cínica que desconfía de la humanidad. Entendía el temor de Derrick, pero también se alegraba de que el anciano tuviera un gesto tan generoso, si es que de eso se trataba en realidad.

—Derrick, sé que Minnette y tú haréis lo correcto. Ya me contarás en qué queda la cosa. —Rio—. Oye, igual tengo que mandar una nota de agradecimiento al anciano. Las personas como yo necesitamos a personas como él.

—Gracias, tío Asher. Te mantendré informado. Vuelvo a las barricadas.

Asher colgó y siguió trabajando en su mesa de dibujo. Bajo la claraboya del techo abovedado de su estudio, parecía él mismo un estudio de luz y sombra con los rayos del sol de la mañana moteando la habitación.

Para él era un día de trabajo como otro cualquiera.

Llevaba una camisa de franela amplia (gris de Payne, «el color de la lluvia inglesa») arremangada hasta el codo, pantalones de algodón caqui con motas y manchas de pintura, y calcetines sin zapatos. Su pelo castaño, peinado con los dedos y descuido artístico, dejaba ver toques de gris y le caía sobre las orejas y el cuello de la camisa. Una barba de un día, quizá dos, le resaltaba los contornos de la cara, la barbilla prominente y los pómulos.

Un ligero ceño, su expresión siempre que estaba atento y concentrado, a menudo hacía acto de presencia mientras trabajaba. Su mirada era cuidadosa, determinada, absorta. Pero, a pesar de la seriedad, no era una cara hostil. Los niños podían sostenerle la mirada con facilidad y los adultos habían aprendido a interpretar su gravedad como un cumplido.

Su apariencia no era especialmente bohemia, pero sí lo bastante para diferenciarlo de sus coetáneos de cincuenta y tantos años que se ganaban el pan de cada día en bancos, bufetes o agencias inmobiliarias. Su vestuario, a diferencia del de muchos otros, sugería una existencia libre de supervisión o de la necesidad de causar buena impresión.

Las ventanas abiertas del estudio dejaban entrar cantos de pájaros. Las notas aviares se mezclaban con música de orquesta salida de un pequeño estéreo.

¿«Primavera en los Apalaches»? La canción resultaba apropiada para el momento y el lugar, aquella habitación llena de sencillos dones.

La música era una compañía placentera del aislamiento en el que a menudo trabajaba Asher durante varias horas seguidas.

Una fotografía, colocada en un caballete a un brazo de distancia delante de él, era lo que lo mantenía ocupado aquella mañana.

Dibujaba sentado. Su mano derecha enderezó un tablero portátil. Un trozo de prístino papel de algodón Stonehenge blanco de cuatrocientos gramos estaba sujeto con chinchetas en cada una de las esquinas.

Sus armas de cabecera, todas sujetas con la mano derecha mientras dibujaba con la izquierda, eran lápices 2B y 2H, un carboncillo, un tortillón gastado y una goma usada. Con esas simples herramientas, con ese arsenal, libraba una batalla diaria contra la mediocridad y era recompensado con una obra maestra detrás de otra.

Despacio, como salida del agua, fue apareciendo la forma de una cabeza. Asher rellenó el contorno, primero las líneas más marcadas, seguidas de otras más ligeras y detalles más delicados. Más y más líneas y las facciones —cejas, labio, fosas nasales, pliegues— empezaron a surgir.

Su mano giraba, viraba, tocaba, bailaba, vacilaba y acariciaba el papel en una coreografía que le había llevado años perfeccionar.

El rostro de un hombre empezó a surgir de los trazos, un hombre con una abundante melena indómita, barba desaliñada, sonrisa juvenil y mirada juguetona de payaso de la clase. Era una energía difícil de reproducir sobre una superficie bidimensional, pero Asher la domeñaba de manera convincente.

De vez en cuando paraba, daba un paso atrás, estudiaba cómo progresaba su trabajo y lo reanudaba.

Para cuando terminó la mañana, el retrato estaba hecho y listo para enmarcar.

Para el Chalice.

Esa noche, cuando Derrick volvió a casa, le resumió a Minnette su conversación con el tío Asher.

Estaba decidido.

El jueves siguiente irían a la fuente.

6

El jueves por la tarde, Derrick y Minnette sentían una mezcla excitante de ganas de aventura y ligera aprensión. A medida que crecía su curiosidad respecto a la carta, la preocupación por la posibilidad de juego sucio se fue desvaneciendo. El único motivo de intranquilidad que conservaba Derrick, nimio en cualquier caso, era qué pensaría de ellos su entorno si se dejaban enredar como tontos en algún tipo de estafa. Consideraron una última vez la posibilidad de ir directos al restaurante y saltarse la cita junto a la fuente. Pero la intriga se había apoderado de ellos y decidieron seguir adelante con el plan.

«Esto puede quedar en una anécdota que contar a nuestros hijos algún día».

Media hora antes de la hora señalada, aparcaron a un par de manzanas de la fuente y caminaron, cogidos de la mano, a su cita con Theo. Las mesas en la acera de los pubs y restaurantes de Broadway estaban todas ocupadas y el tráfico peatonal era abundante, formado en su mayor parte por estudiantes universitarios y otros partidarios de la idea de que el fin de semana debe empezar los jueves. La hora del día era una agradable combinación de fresco y pavimento caldeado por el sol. Las sombras del atardecer eran suaves como plumas y la alegría de vivir reinaba en la Promenade.

Minnette y Derrick fijaron los ojos como láseres en la fuente en cuanto la vieron, pero los coches que pasaban, los peatones y la necesidad de mirar por dónde iban hacían difícil comprobar quién estaba, si es que había alguien, sentado allí. Alrededor de la fuente había cuatro bancos dispuestos simétricamente. Los dos más claramente visibles estaban ocupados por personas sin sombrero. Los otros dos eran difíciles de ver. Pero por fin, a unos cincuenta metros, la gorra plana color verde brezo brilló como una señal luminosa.

Se les puso un nudo en el estómago.

—Derrick, ahí está —susurró Minnette. Rio incrédula y nerviosa. Agarró más fuerte la mano de Derrick y se pegó a él. El anciano había acudido a la cita.

Entonces oyeron una voz. Una voz sonora, imposible de ignorar.

—Hombre, Derrick, ya era hora. ¿Vienes a comprar un libro? Por favor, compra un libro.

La voz pertenecía a Tony, el librero. Su tienda, Verbivore, estaba en el lado oeste de Broadway, a un tiro de piedra de la fuente.

Tony se levantó de una silla de mimbre y apagó un ci­garrillo con el pie. Abrazó a la pareja, que conocía bien, y besó a Minnette en la mejilla. Se intercambiaron los saludos de costumbre mientras Minnette y Derrick no hacían más que mirar hacia el bulevar. Ambos tenían la esperanza de que Tony se diera cuenta de que estaban a otra cosa, pero no hubo suerte. Como siempre que quería retener la atención de alguien, el librero tenía una mano en el hombro de Derrick.

—Derrick, hablo en serio, de verdad, tengo el libro del que te hablaba el otro día, el de Edward Albee. Si no lo compras, te lo regalaré y después me declararé en bancarrota. Léelo y luego hablamos de él. No puedes negarte. Venga, no me creo que tengáis tanta prisa. Será un minuto. Lo tengo en la pila de mi despacho.

Las objeciones de Derrick cayeron en saco roto. Mientras Tony lo empujaba hacia la librería, miró compungido por encima del hombro a Minnette y movió sus labios como diciendo: «Perdón, enseguida vuelvo».

Minnette miró hacia la fuente.

Acto seguido, siguió andando.

El anciano estaba sentado con el retrato en el regazo, las manos en las rodillas, observando pasar a la gente. Parecía cómodo y de lo más entretenido con las personas que lo rodeaban. Dijo alguna cosa a una niñita que estaba junto a la fuente con sus padres. Minnette no oyó las palabras, pero supo que eran cordiales.

De haber podido leer los pensamientos de Theo en aquel momento, habría distinguido una ambivalencia que no era aparente en sus gestos. Antes, al caminar hasta la fuente, el anciano se había sentido nervioso, comprobando su aspecto una y otra vez en escaparates, ajustándose la gorra, ensayando palabras de introducción e imaginando cómo gestionar enfado o miedo si su bienintencionada misión no salía según lo previsto. Casi había deseado que la señora Prentiss no se presentara, para así poder olvidarse de aquella idea tan tonta.

Pero sí se presentó.

Cuando la vio —no le costó reconocerla después de haber pasado tanto tiempo con su retrato—, el primer y cortés instinto de Theo fue levantarse e ir hacia ella. Pero, en lugar de ello, siguió sentado hasta tenerla a solo unos pasos. Había estado guardando el banco para la visita y no quería arriesgarse a perderlo dejándolo vacío. La fuente era un lugar popular a aquella hora del día.

Se levantó, se quitó la gorra en señal de respeto y dio un paso hacia Minnette.

Vestía a la moda: una bonita americana de cachemir, pantalones verde aceituna y camisa de lino color crema. Minnette había medio esperado encontrarse a un anciano frágil, encorvado y con bastón, una reliquia pálida y de ojos somnolientos. Pero la recibió alguien vivaz, de ojos alegres, estatura mediana y porte elegante que caminaba sin ayuda. Tenía los hombros ligeramente encorvados, pero ningún otro signo de edad.

El pelo entre gris y blanco, con entradas aunque abundante, estaba peinado hacia atrás sin remilgos y le daba un aire digno del adjetivo «distinguido». Iba recién afeitado.

La piel, bronceada y saludable, sugería que podía ser alguien que había pasado parte considerable de su vida al aire libre. Las cejas pobladas, bien cuidadas, se prolongaban en líneas de expresión grabadas en las comisuras de sus ojos. Llevaba una colonia discreta, que solo una mujer notaría, y su aspecto en general era de un hombre que se cuida pero no está obsesionado con su físico. Obviamente era viejo, pero un «viejo joven», de una manera que casi hacía que la vejez resultara atractiva para una persona joven.

Cuando Minnette le tendió la mano, lo que más le llamó la atención fue la calidez de la expresión del anciano, su sonrisa amable, inmediata, un poco tímida, y los penetrantes ojos azul claro, que la miraban con interés, con adoración casi, a la cara. Y la impresión —algo que presentía sin ser capaz de explicar ni definir— de que había estado deseando conocerla y ahora estaba encantado con su presencia.

«Sí, me parece que eres tú», pensó Theo.

Nada más verla se había quitado la gorra y hecho una pequeña inclinación al cogerle la mano. Minnette le había ofrecido la derecha, al estilo un poco autoritario de las reuniones de negocios, más por costumbre que de forma deliberada, pero Theo le dio la izquierda, en un gesto que hacía pensar en una manera de hacer las cosas propia de otra época.

Minnette no se ofendió. La sonrisa del hombre —las comisuras de la boca levemente curvadas hacia arriba— no cambió. Y sus ojos siguieron fijos en los suyos.

Aquellos ojos brillaban en la luz vespertina y la cara del hombre irradiaba alegría sincera. Para Minnette fue una sorpresa. Una sorpresa muy agradable.

—Así que usted es el señor Theo.

Minnette dijo esto con cierta vacilación. Acto seguido, como obedeciendo a alguna ley de reciprocidad recién establecida entre los dos, correspondió a la sonrisa del hombre.

—Y usted es Minnette. Gracias por venir. No estaba seguro de que lo hiciera. Pero se lo agradezco mucho. —Theo rio—. Por favor, disculpe si estoy un poco nervioso. Temía que a las siete pudiera llegar un agente de policía a esposarme y mandarme lejos de aquí. Y, en lugar de ello, tengo el placer de conocer a un ángel. Me alegra mucho verla.

«Qué galante —pensó Minnette—. Y qué maravilloso».

Detectó su acento.

—Me alegro mucho de conocerlo, señor Theo. —Cualquier aprensión que hubiera podido tener Minnette sobre aquel encuentro ya se había evaporado y ahora se sintió mal por que Theo hubiera temido un desenlace desagradable—. Pero, por favor, dígame, ¿por qué hace esto? No quiero ser maleducada, pero no entiendo qué hacemos aquí.

No había sido intención de Minnette mostrarse tan abrupta, pero la pregunta no se le había ido de la cabeza desde que recibió la carta del anciano.

Theo respiró hondo y asintió con la cabeza.

—Sí, supongo que debe de parecer un poco raro. Si dispone de un momento o dos, igual se lo puedo explicar. No quiero entretenerla si tiene prisa. Aquí está el retrato.

Señaló el cuadro envuelto.

—Sí, por favor, cuéntemelo. No tengo prisa.

Fueron hasta el banco. Theo esperó a que se sentara Minnette y a continuación lo hizo él, un poco en diagonal. La fuente despidió una bruma plateada semejante a polvo de hadas cuando empezó la primera ofrenda.

La primera de muchas.