Capítulo 1

1

La parte positiva era que morir en una funeraria te facilitaba la recogida y el traslado, por lo menos.

Nancy Wheeler se negó a expresar esa idea en voz alta, de pie entre las ruinas de lo que había sido el vestíbulo de la Funeraria Familia Farrier, mientras el haz de su linterna recorría los sofás de terciopelo volcados, la gruesa capa de polvo y los escombros de la pared del fondo.

Robin no compartía la mesura de Nancy.

—Eh, si morimos aquí dentro…

—Sería práctico —terminó Steve por ella.

—No hay mal que por bien no venga —añadió Robin, y los dos adelantaron a Nancy y empezaron a avanzar por la estropeada alfombra verde.

—Esos dos son la alegría de la huerta, ¿eh? —masculló Jonathan, que escrutaba el entorno con el nivel adecuado de cautela, aun teniendo en cuenta que los cuatro habían hecho caso omiso de al menos cinco letreros de PELIGRO: EDIFICIO EN RUINAS, PELIGRO: PRECAUCIÓN o PELIGRO: NO PASAR mientras entraban en la funeraria.

—Vamos —dijo Nancy—. Por aquí.

Juntos recorrieron el vestíbulo hacia la pesada puerta de roble que colgaba de su bisagra superior. Una placa de bronce resplandecía con un brillo anémico bajo una gruesa capa de mugre, pero Nancy no necesitaba limpiarla para saber que indicaba que la siguiente sala era la oficina de la funeraria. El recio escritorio delante de las dos butacas acolchadas lo hacía más que evidente.

Jonathan se detuvo a su espalda. Caminaba de puntillas para que sus pisadas no resonaran en las sobrias paredes desnudas.

—¿Linternas? —susurró.

—Linternas —convino ella.

Cada uno apagó su linterna…

Y esperaron.

Esperar. Nancy había estado haciéndolo mucho en los dos meses que habían transcurrido desde que el «terremoto» de Vecna había arrasado Hawkins. Un montón de edificios como aquel, los que estaban a tiro de piedra de las distintas ramas de la Grieta, habían quedado parcial o totalmente destruidos cuando sucedió el desastre. Un montón de vidas habían quedado destruidas también.

Los días posteriores habían sacudido el pueblo todavía más. La cuarta parte de la población de Hawkins había decidido cortar por lo sano y huir, mientras el ejército llegaba para ocupar su lugar y establecer un perímetro infranqueable enmascarado como una «cuarentena». Cruzar ese perímetro era casi imposible, una gesta que solo estaba al alcance de unos pocos: transporte de provisiones, solicitudes aprobadas una por una y, en los últimos tiempos, ayuda humanitaria.

Y, si la frontera del pueblo estaba protegida con rigor, el bloqueo en torno al casco histórico de Hawkins era casi draconiano. Lo que antaño había sido el bullicioso centro del pueblo se había convertido en una zona militar de exclusión aérea. Lo primero que hizo el ejército al llegar a Hawkins fue dirigirse al epicentro de la destrucción de Vecna, al punto de intersección entre sus cuatro Grietas. Habían trazado un radio de unas pocas manzanas centrado en ese punto, y la circunferencia aproximada resultante pasó a ser el agujero negro personal de los militares. Lo que estuviera ocurriendo dentro de ese cerco era un misterio para todo el mundo en Hawkins, incluida Nancy.

Cuánta seguridad. Cuánta destrucción. Y, a pesar de todo ello, era como si a Vecna se lo hubiera tragado la tierra después de que Nancy le disparara en su asquerosa y podrida cabeza.

«No puede esconderse para siempre —se dijo—. Vamos a encontrarlo. Voy a encontrarlo».

Como afirmación, no sonaba mal. Nancy la tenía muy practicada, la había ensayado a conciencia. Pero las afirmaciones eran solo palabras, si no se respaldaban con trabajo duro.

Y ese era el motivo por el que Jonathan, Steve, Robin y ella estaban colándose en aquella funeraria medio derruida en una zona catastrófica a las diez de la noche. Y ese era el motivo por el que Nancy pestañeaba en la oscuridad, observando su linterna apagada a la espera del menor atisbo de brillo.

¿Era la primera vez que se veía en una situación como esa? No. ¿Era la primera vez que se veía en una situación como esa aquel mes? Tampoco. Pero, si iba a encontrar a Vecna —y Nancy iba a encontrar a Vecna—, no lo haría si se quedaba esperando a que el monstruo entrase por la puerta. Si existía el menor indicio, la menor corazonada, el menor susurro… Nancy iba a seguirlo.

Ojalá sus amigos compartieran su convicción.

—Nancy… —empezó a susurrar la voz incorpórea de Jonathan desde la oscuridad, al otro lado de la sala.

—Chist.

«No puede esconderse para siempre».

—Nancy, aquí no está.

Nancy, tenaz, siguió observando su linterna. Notó el núcleo de un vacío creciéndole en la boca del estómago. Se obligó a contenerlo. «Vamos a encontrarlo».

—Nancy…

«Voy a encontrarlo».

—Eh, chicos.

Nancy notó que el haz de la linterna de Robin, después de atravesar el aire polvoriento, casi le perforaba las córneas. Retrocedió encogida y se hizo visera con la mano.

—Hum, Robin…

—Mirad lo que he encontrado. Ay, mierda. Disculpa, Nance.

Robin bajó la linterna lo suficiente como para dejar de arrancarle los conos y los bastones a los ojos de Nancy, pero no tanto como para impedirle distinguir el ramo de rosas blancas que Robin llevaba en la otra mano.

—El almacén está repleto de ramos como este —dijo Robin, y al sacudirlo hizo que cayera una cascada de polvo de las hojas y los pétalos—. Son todos de plástico. ¿Se sabía que los Farrier ponían flores falsas?

—Menudo escándalo podría armarse —comentó Steve desde algún lugar de la oscuridad a la espalda de Robin.

—Seguro que en este pueblo pasan cosas más importantes que cuatro flores de plástico —dijo Jonathan.

Nancy meneó la mano a través de la nube de polvo, tratando de no inhalar.

—¿Habéis encontrado algo relevante ahí fuera?

—Cero patatero —respondió Steve—. Sala de visitas despejada. Velatorio despejado.

—¡Velatorio! —Robin chasqueó los dedos—. No me salía la palabra.

—Ahí dentro aún hay un traje de abeto —dijo Steve. Estaba pasándose la linterna de una mano a otra, pero, al menos, como no había vuelto a encenderla, no estaba dándoles un espectáculo láser cegador—. Al fondo, subido a un estrado.

—De pino. —«Cállate, Nancy, ¿qué más da?»—. ¿Has mirado dentro?

Costaba saberlo con certeza en la oscuridad, pero Nancy estaba bastante segura de que Steve palideció.

—¿De verdad hace falta?

Robin dio un golpe con el ramo en el pecho de Steve y le dejó un manchurrón de mugre.

—Está tomándote el pelo, zoquete. —Entonces se volvió hacia Nancy—. Le tomas el pelo, ¿verdad? ¿Nancy?

Era muy tentador responder que no, enviar a Steve de vuelta al velatorio (lo cierto era que Nancy tampoco habría recordado cómo se llamaba) y obligarlo a abrir el ataúd, aunque solo fuese para poder decir que de veras habían removido cielo y tierra.

—Estaba tomándote el pelo —confirmó Nancy.

—¿Lo ves?

Robin intentó atizarle otra vez a Steve con sus flores, pero Nancy pasó entre ellos para regresar al vestíbulo, con la linterna todavía apagada en la mano. Sintió más que vio los ojos de Steve puestos en ella, siguiéndola mientras se marchaba. Esto hizo que le picase la nuca y le despertó ecos en los oídos.

«Tú estás ahí. Siempre has estado ahí».

No habían hablado de ello desde ese día. Lanzaron el ataque a Vecna y luego… pasó lo de Eddie, y lo de Max, y entonces el mundo acabó. Y después Jonathan había regresado. Y, para sorpresa de nadie, en medio de todo aquel caos, ninguno de los dos había tenido muchas ganas de comentar la torpe e indirecta confesión que Steve le había hecho de…, bueno, de lo que fuese.

Y, dos meses más tarde, esas palabras seguían pendiendo sobre la cabeza de ambos como un yunque. A lo mejor, si Nancy no alzaba la mirada hacia ellas, no tendría que pensar en… cómo la hacían sentir.

Como plan de acción, tampoco era el peor que podría habérsele ocurrido a Nancy. Y, de todos modos, tenían cosas más importantes en las que concentrarse. Cosas que los habían llevado a aquel edificio ruinoso en plena noche.

La luna estaba casi llena y la luz que entraba por las grietas de la pared destrozada era suficiente para leer. Nancy se sacó del bolsillo la hoja de papel de notas que había sustraído y escudriñó las palabras manuscritas, saltándose el logotipo del HAWKINS POST impreso en su parte superior.

«Jeanine Farrier afirma haber visto luces intermitentes —decía en la enmarañada caligrafía de Margaret Benik—. Voces incorpóreas. Funeraria Familia Farrier».

«Esta vez sí», se dijo Nancy, tratando de emular la emocionada certeza que había sentido esa mañana, cuando había robado la nota del mostrador de recepción de Margaret. Llevaba unas semanas en alerta pero desorientada, igual que todo el mundo. Once se había retirado con Hopper a su recóndita cabina, tanto para empezar a convertirla de nuevo en un lugar habitable como para evitar llamar la atención de los nuevos amos militares del pueblo. Joyce se había dedicado a buscar un sitio donde pudiera vivir su familia, ahora que habían vuelto a Hawkins. En teoría, Mike, Dustin, Will y Lucas estaban ideando algún método para que Ce pasara desapercibida, pero, teniendo a Max en coma en el hospital, no habían avanzado mucho a través de la persistente neblina de dolor y conmoción.

Aún seguían descolocados después de la victoria de Vecna. Todos ellos, incluida Nancy. El terremoto, la fractura del mundo, los había desperdigado a todos y los había dejado en una órbita lejana, tratando de hallar un camino que los llevara hacia el resto. Y eso era un poco difícil sin tener un lugar donde pudieran empezar siquiera a reagruparse.

Pues muy bien. Ni falta que les hacía. Todo el tiempo que Nancy había estado vigilante, interceptando cada pista que llegaba al Hawkins Post, escuchando a cada chiflado delirante que llamaba a la emisora de radio del pueblo, por fin había dado su fruto. Alisó la nota de Margaret Benik sobre la palma de la mano. «Luces intermitentes. Voces incorpóreas».

«Vecna», pensó. Tenía que ser él. Debía de estar merodeando por la Funeraria Farrier del Mundo del Revés, clavando sus envenenados colmillos psíquicos a quienquiera que vagase más cerca de allí. Y lo habían encontrado.

«No puede esconderse para siempre».

—Está aquí —afirmó Nancy. Los otros tres se habían juntado en el vestíbulo y la miraban con expresiones que iban desde un leve entusiasmo hasta una cierta pena—. En algún sitio. Solo tenemos que seguir buscando.

—Nance…

Seguro que Steve había pretendido decirlo con un tono tranquilizador, pero solo consiguió cabrear a Nancy.

—Cuanto más rato nos pasemos aquí plantados como pasmarotes, más vamos a tardar —les espetó, encendiendo otra vez su linterna.

Se marchó dando zancadas hacia los ruinosos confines de la funeraria, seguida al trote por Jonathan.

—Nancy. Eh, escúchame —la llamó Jonathan mientras cruzaban la puerta abierta hacia la sala de visitas—. Sabes que adoro que le digas a Steve dónde puede meterse sus comentarios…

—No le he dicho eso.

Jonathan sonrió.

—Es lo que yo he oído. Y me encanta. Pero tiene razón. Este sitio está limpio. Vecna no se encuentra aquí.

Nancy movió en el aire la nota manuscrita de Margaret.

—Luces intermitentes. Voces incorpóreas.

—Este edificio ha quedado medio destruido —respondió Jonathan—. Vete a saber en qué estado tendrá los cables. Y estas paredes ya eran finas incluso antes de venirse abajo. Si la señora Farrier oyó voces aquí dentro, ¿seguro que eran «incorpóreas»? ¿No podían ser…, bueno, «de fuera»?

Nancy aferraba con todas sus fuerzas el mango de su linterna.

—Vamos a encontrarlo, Jonathan.

—Eso no te lo discuto —dijo él—. Lo encontraremos. Lo que pasa es que a lo mejor no lo encontramos esta noche. ¿De acuerdo?

A Nancy le dolía la mandíbula. Se dio cuenta de que estaba apretando los dientes, conteniendo la palabra «no» con todo su empeño. Pero antes de que escapara de su menguante autocontrol…

—Esto…, ¿chicos?

Nancy y Jonathan se volvieron hacia Robin, que estaba cerca de la puerta principal con el semblante adusto. Hizo un gesto con la cabeza en dirección a las oficinas.

—Venid a ver esto.

Había una puerta de buen tamaño con un letrero de SOLO PERSONAL AUTORIZADO. Ya estaba en un lugar discreto desde un principio, pero, para colmo, dos sombrías columnas decorativas de la funeraria habían caído cruzadas por delante, volviendo la puerta tan invisible que al llegar no habían reparado en ella.

—La he encontrado al hacer otra pasada por la zona —explicó Robin.

—Se ha tropezado con una columna —dijo Steve—. Así es como la ha encontrado.

—Da igual cómo la haya encontrado, ¿vale? —replicó Robin mientras Nancy alcanzaba a distinguir una silueta con forma de Robin en el polvo de la columna más cercana—. Lo importante es… que miréis aquí.

Señaló algo. Nancy siguió la dirección del dedo con la mirada, pasando por las columnas y el contorno de la puerta en la turbia penumbra. Durante unos largos segundos, no vio nada extraordinario, o por lo menos nada que justificara la palidez del rostro de Robin.

Entonces, en las grietas que rodeaban la puerta…, una luz titiló.

A Nancy le dio un vuelco el corazón. Junto a ella, oyó que Jonathan dejaba de respirar durante una fracción de segundo. En algún lugar de la oscuridad, Steve soltó una palabrota entre dientes.

—¿Lo veis? —bisbiseó Robin.

—Ayudadme a apartar estos trastos —respondió Nancy con un susurro.

Entre los cuatro consiguieron mover las columnas para despejar el camino hasta la puerta. Por encima de ellos, los restos del techo se movieron, crujieron y dejaron caer una lluvia de polvo sobre sus cabezas. Nancy trató de no pensar en lo que podrían estar haciéndole a la integridad estructural del edificio mientras se enderezaba y se limpiaba la palma de las manos contra los vaqueros.

La puerta se abrió hacia fuera cuando Robin tiró del pomo. Steve hizo una mueca al oír el chirrido de las bisagras deformadas.

—Madre mía —murmuró, antes de levantar su linterna.

Lo que reveló el haz de luz no era otra sala, ni tampoco una escalera. Era una rampa que descendía hacia las profundidades de la funeraria, que se perdía en la oscuridad, una oscuridad quebrada de vez en cuando por el destello de una luz inadvertida.

El inconfundible hedor del formaldehído llegaba desde abajo e hizo que les llorasen los ojos.

—Si de verdad Vecna está ahí abajo —susurró Robin—, supongo que al menos habrá que darle puntos por su coherencia, ¿no? ¿Un tío asqueroso que se esconde en un depósito de cadáveres?

—Los Farrier desalojarían a todos sus… clientes después del terremoto, ¿verdad? —preguntó Steve.

A pesar de la reticencia que había en su voz, ya estaba descendiendo por la rampa, haciendo rechinar sus deportivas contra las baldosas del suelo. No queriendo ser menos, Jonathan echó a andar también, un par de pasos por detrás de él.

—Qué va, Steve —dijo con sarcasmo—. Seguro que este sitio está abarrotado.

—Solo era una pregunta. Tampoco hace falta que te pongas en plan gilipollas —restalló Steve.

Robin se volvió hacia Nancy y puso los ojos en blanco.

—Dios nos libre de la fragilidad del ego masculino.

—Ya me gustaría, ya —respondió Nancy. Robin y ella siguieron a los chicos rampa abajo, caminando la una junto a la otra—. Muy buen hallazgo, por cierto.

—Bueno, he pensado que, si esos dos iban a perder el tiempo lloriqueando por no estar en su camita a su hora, alguien tendría que hacer algo útil. —La voz de Robin apenas era más que un susurro, pero aun así sus palabras resonaron en las paredes desnudas y los ecos se perdieron en la cavernosa oscuridad de delante—. Y escucha, ya sé que he soltado esa tontería sobre las funerarias, pero voy a serte sincera. Que cualquiera de nosotros muriese hoy aquí dentro no sería pero que nada práctico. Mi madre me mataría. Y, encima, nos perderíamos la graduación y mi madre me mataría otra vez.

Nancy sonrió.

—Dios no lo quiera.

Ya llegaban al final de la rampa. Robin ralentizó los pasos, posponiendo la llegada. Nancy dudó de si era consciente de estar haciéndolo.

—A ver, por tenerlo claro —dijo Robin, tartamudeando solo un poco—. Esta noche solo estamos investigando, ¿verdad? Queremos localizar a Vecna, pero no enfrentarnos a él.

Nancy trató de proyectar toda la alegre confianza que pudo.

—¿Cómo íbamos a enfrentarnos? Está en otra dimensión.

—Tú encontrarías la manera.

La fe de Robin, y también su leve matiz de miedo, era reconfortante.

—Solo estamos explorando este sitio. Si encontramos algo, iremos directos a Hopper y Once. Prometido.

—Guay. Guay. —Las chicas llegaron al final de la rampa—. Era solo por tenerlo claro.

Entraron en el depósito de cadáveres y vieron que Steve y Jonathan estaban afanándose en examinar los extremos opuestos de la sala. Jonathan pasaba el haz de su linterna por los tubos fluorescentes del techo mientras Steve toqueteaba distraído los instrumentos de una bandeja metálica, que Nancy estaba bastante segura de que se utilizaban para embalsamar. Tuvo el detalle de no informar a Steve de ello.

—Mismo plan de antes —susurró—. Apagamos las luces y cada cual se pone en una zona distinta. Jonathan y Robin, quedaos aquí, en la sala principal. Steve, tú ve a esa otra de ahí. —Señaló hacia una puerta lejana, a través de la que se veían espejos, maquillaje, peines, todo lo necesario para poner presentable un cadáver—. Yo me ocupo de… las neveras.

Jonathan miró hacia la hilera de cajones de aluminio que Nancy acababa de señalar.

—¿Estás segura?

—Si veis cualquier cosa inusual —prosiguió ella, imponiéndose a las dudas de Jonathan—, o si oís cualquier cosa extraña, decidlo. Y si alguno de nosotros deja de contestar al resto…

—SOS —concluyó Robin—. Y entonces…

En respuesta, todos sacaron un walkman. Nancy los recorrió todos con su linterna. «Comprobado. Comprobado. Comprobado».

—Bien —dijo.

—Vamos a por ese cabrón —dijo Steve.

Nancy asintió con determinación.

De nuevo, las linternas se apagaron.

Arriba, por lo menos, tenían la luz de la luna para orientarse. Allí, en las entrañas de la funeraria, solo había la oscuridad más absoluta. Nancy no pudo dar ni un solo paso antes de golpearse la cadera contra la superficie de una encimera invisible, tan fuerte que seguro que le saldría un moratón. Se obligó a seguir respirando a pesar del repentino dolor y avanzó renqueando con más cuidado esa vez, tanteando con las manos.

Y cómo no, ¡cómo no!, las luces intermitentes que los habían llevado hasta allí abajo se habían esfumado y, en la negrura, Nancy oía hasta los ruiditos y los roces más minúsculos como si se los estuvieran gritando al oído. Logró maniobrar hasta la sala donde estaban los refrigeradores y dejó atrás la cacofonía del lejano aliento de sus amigos y sus pisadas sobre la cerámica del suelo.

No era una estancia muy amplia, eso lo sabía Nancy por el rápido vistazo que había echado hacia allí antes de que apagasen las linternas. Y, de algún modo, la oscuridad hacía que pareciera incluso más pequeña, con el silencio presionando desde todas las direcciones, un silencio que dejaba espacio de sobra para que las palabras de Jonathan regresaran flotando hacia ella.

«A lo mejor no lo encontramos esta noche».

No había dicho que la suya era una causa perdida. Ni tampoco había llamado idiota a Nancy por arrastrarlos a todos hasta aquella funeraria en ruinas. Solo había dicho… que quizá no sucediera esa noche.

No debería estar afectándole tanto. Desde luego, no debería estar provocándole un burbujeo de pánico en la tripa. Pero lo hacía. Y, por desgracia, Nancy sabía la razón exacta.

Tres días antes le había llegado una cosa por correo: la documentación para matricularse en la Universidad Emerson. Al hojear el contenido del paquete, Nancy había encontrado información sobre las residencias universitarias, las cafeterías, los planos del campus, los horarios de clases…

Era su futuro. El futuro con el que llevaba años soñando. Lo único que tenía que hacer para reclamarlo era rellenar los impresos y enviarlos de vuelta por correo antes de la fecha límite, a finales del mes de junio. Una vez hecho eso, por fin se marcharía de Hawkins…

A menos que no consiguieran encontrar a Vecna.

Eso era lo que le impedía dormir de noche. Porque de ningún modo Nancy iba a abandonar Hawkins mientras Vecna siguiera suelto. Nunca podría perdonárselo si lo hiciera. De modo que, si no lograban dar con él, Nancy no podría irse a la universidad. Y, si no se iba a la universidad, iba a quedarse atrapada en el pueblo hasta el día de su muerte. O, peor aún, hasta el día en que la vida de su madre pasara a ser la suya y una mañana despertara encerrada tras un cercado de madera blanca.

Igual estaba desbarrando un poco. En todo caso —Nancy se obligó a respirar hondo—, tampoco era que fuese a suceder nada de todo aquello. «No puede esconderse para siempre —repitió para sus adentros—. Vamos a encontrarlo. Voy a…».

La luz del techo titiló.

Hasta el último mililitro de la sangre de Nancy se convirtió en hielo.

—Eh —susurró—. Eh. Chicos.

No respondió nadie, y ella no estaba dispuesta a apartar la mirada del espasmódico tubo fluorescente para comprobar si la habían oído.

—Está aquí dentro —añadió entre dientes.

Luego, empuñando su linterna apagada como si fuese una antorcha sin encender, Nancy avanzó hacia la luz intermitente…

Justo mientras se apagaba del todo.

—¡Mierda! —masculló en la negrura—. ¿Dónde narices has ido?

Se oía cierto ajetreo desde la sala de embalsamado, a su espalda, y una conversación en la que Jonathan y Robin murmuraban sobre algo. Nancy empezó a volverse para ver qué pasaba cuando…

«Ahí».

Otra luz intermitente. Estaba unos pasos más cerca de la hilera de cajones refrigerados.

—¡Chicos! —llamó de nuevo, más fuerte esa vez.

—¿Nance? —respondió Robin—. Creo que te…

—¡Lo he encontrado! —exclamó Nancy, adelantándose hacia la luz—. ¡Está aquí dentro!

—¿Que está…? ¿Qué?

Otra conversación en voz baja, Jonathan y Robin debatiendo sobre algo. Entonces llegó otro sonido desde su dirección, el rítmico rechinar de algo que sonaba a… ¿metálico?

De nuevo, la luz intermitente se apagó del todo. Pero Nancy por fin tenía un rastro que seguir. Se quedó muy quieta, escrutando la oscuridad, esperando.

Los chirridos no habían cesado. De hecho, se oían cada vez más altos y más prolongados. Pero no consiguieron tapar el sonido de unos pasos arrastrados que anunciaron la llegada de Robin.

—¿Has dicho que está aquí dentro?

Nancy no se movió.

—Atenta a las luces.

—¿Qué luces? Ah…

—Tú mira. —Y, en efecto, otra luz empezó a temblar—. Es él. Lo tenemos.

Nancy se abalanzó hacia esa luz, trastabillando mientras se encendía y se apagaba, extendiendo el brazo de la linterna para capturar la confirmación que sabía que iba a llegar.

—Espera, Nancy —tartamudeó Robin.

En la sala de embalsamado, detrás de Robin, aquel extraño chirrido metálico alcanzó el tono febril de algo que se tensaba… y que terminó soltándose para caer con estruendo a las baldosas del suelo.

Pero Nancy apenas oyó el estrépito. Porque había llegado al anémico tubo fluorescente y se había colocado debajo de él, justo en el mismo lugar que ocupaba Vecna en el Mundo del Revés.

Solo que su linterna se empecinaba en seguir apagada. Oscura. Muerta.

—¿Cómo puede…? —murmuró Nancy.

—¡Jonathan, espera un momento! —exclamó Robin hacia la sala de embalsamado.

La respuesta de Jonathan resonó contra las paredes desnudas.

—¿Qué has dicho?

—He dicho…

Nancy alzó la mirada hacia la luz del techo. Aún chisporroteaba, aún enviaba oleadas de brillo por toda la sala desierta. Nancy forzó la mirada para observar sus profundidades.

—¡Creo que lo tengo! —gritó Jonathan.

—No, espera… —empezó a decir Robin, pero ya había algo metálico encajando con un chasquido bajo los dedos de Jonathan—. ¡Nancy!

Y ese fue el único aviso que recibió Nancy antes de que una supernova se tragara todo su mundo.

2

—Damas y caballeros de la promoción de 1986, amigos y parientes, personal docente y administrativo, sed todos bienvenidos.

El director Higgins, detrás del atril en el pequeño escenario, tenía los dos brazos levantados y sonreía como si cobrara por ello. Quizá lo hiciese. Nancy pensó que debía de ser la primera vez que lo veía sonreír desde su discurso de bienvenida a los alumnos de primero, cuatro largos años antes.

Cambió de postura en su incómoda silla plegable, y contuvo el impulso de juguetear con sus rizos. El persistente olor a pelo chamuscado debía de estar camuflado por una generosa rociada de la fragancia Anne Klein de su madre, pero no podía estar segura del todo. Por lo menos, confiaba en que la hora que había dedicado esa mañana a retocarse el maquillaje meticulosamente frente al espejo había servido para disimular las minúsculas quemaduras que le salpicaban el lado derecho de la cara.

—Estás espantosa, Wheeler.

Aunque tal vez su confianza fuera infundada.

Nancy lanzó de soslayo una mirada asesina hacia Seth Travers, el vecino que le correspondía por orden alfabético. Pertenecía al más que mediocre equipo de lucha del Instituto Hawkins y era más una barricada que un compañero de asiento. Su inmensa cabeza podría incluso taparle el sol a Nancy y, con la ayuda del birrete que llevaba puesto, de hecho lo hacía.

—Chist —le siseó ella, devolviendo la mirada al escenario.

—Permitidme ser el primero en felicitaros por este logro tan increíble —estaba diciendo el director Higgins—. Graduarse no es tarea fácil, y mucho menos cuando el entorno en el que lo hacéis es tan caótico e inestable como este.

Seth no parecía muy interesado en los tópicos del discurso de Higgins.

—¿Qué te ha pasado?

«Que obligué a mis amigos a bajar al sótano de una funeraria en ruinas porque unas luces intermitentes me sugirieron que quizá habría un villano interdimensional acechando por allí —no respondió Nancy—. Y entonces mi novio topó con un cuadro eléctrico hecho polvo e hizo explotar unos cables oxidados. Justo en mi cara».

—Nada —masculló Nancy.

Pero, si cuatro años de aguantar las presas asfixiantes de otros atletas musculosos no habían echado atrás a Seth, el tono gélido de Nancy tampoco iba a conseguirlo.

—¿La pifiaste encendiendo petardos? —Seth asintió con gesto sabio—. Sé lo que es.

—Sí. Fue eso, Seth. —Nancy movió los hombros bajo su túnica de graduación—. Petardos. ¿Por qué no?

Entre lo mucho que le picaban las cejas y lo sumamente avergonzada que se sentía por la noche anterior, hubo un momento esa mañana en el que hasta había llegado a acariciar la idea de excusarse de la graduación. La perspectiva de pasarse una hora sentada escuchando el monótono parloteo de Higgins, por no mencionar la tonelada de mohínes de Jonathan con su pinta de cachorrito triste que lamentaba haberle quemado la cara, tampoco habían ayudado a mejorar el panorama.

Pero mientras salía de la cama dando vueltas a una historia sobre un dolor de garganta lista para ser usada como excusa, había aparecido ante sus ojos la túnica de graduación, colgada en la puerta del dormitorio. La horrible tela verde había despertado un burbujeante entusiasmo en su interior y, por unos instantes, fue casi como si pudiera… saborear su futuro.

«Ya casi estoy fuera de aquí —había pensado mientras se lavaba la cara, se cepillaba el pelo y se ponía un vestido—. Ya casi es el momento. Ya casi me marcho».

Lo había sentido como una promesa, mientras se ponía la lisa túnica de poliéster por encima del vestido y se enroscaba el birrete sobre el pelo, haciendo lo posible por ocultar las pruebas de la aventura de la víspera. Había hecho su gran entrada en la cocina, donde su madre se puso a soltar grititos entre lágrimas, su padre le dio un abrazo y Mike se quejó de que lo obligaran a ponerse corbata para la ceremonia. Nancy había disfrutado del momento y se había propuesto no olvidar nada, ni siquiera los lazos torcidos en el pelo de Holly o cómo goteaba el sirope de arce desde la cima de su torre de tortitas. Y luego…

Luego se había sentado junto a sus compañeros de clase bajo el abrasador sol de junio en el centro del campo de fútbol americano, y una gota de sudor le bajaba por la espalda.

Aquello no estaba muy concurrido, a decir verdad. Las familias que habían abandonado Hawkins tras el terremoto de Vecna se habían llevado consigo a unos cuantos alumnos que iban a graduarse. Pero aun así, la promoción del 86 era lo bastante numerosa como para llenar una docena de filas de sillas plegables, siempre que esas filas no fueran demasiado largas.

—Y, sin más ceremonias, que dé comienzo esta… ceremonia —recitó el director Higgins, e hizo una ufana pausa para la consabida risita de las familias que ocupaban las gradas—. Pero concedámonos un momento para recordar a los alumnos que no han podido estar hoy con nosotros. Los alumnos a los que nos arrebataron demasiado pronto.

Y ese era el otro motivo por el que había escasez de futuros graduados.

Nancy había esperado que Higgins hiciera alguna mención al respecto, pero no por ello dejó de sentir una oleada gélida al oír el nombre de…

—Barbara Holland.

La ola rompió. Nancy estaba bajo el agua. Se ahogaba en el mismo mar de recuerdos que la sumergía hasta hundirla cada vez que pensaba en Barb y en la vida que llevaba antes de que su mejor amiga desapareciese de la faz del planeta.

Probablemente, en alguna parte existiera un universo donde eso no había sucedido. Un universo donde Nancy estaría sentada en aquella horrible y ardiente silla plegable el día de su graduación en un césped repleto de alumnos. Donde Nancy encontraría la sonrisa de Barb unas pocas filas por delante y las dos podrían poner los ojos en blanco ante la tortura de monólogo a la que estuviera sometiéndolas Higgins.

Pero ese mundo no era el que Nancy tenía frente a ella. Lo único que pudo hacer fue cerrar los ojos y escuchar mientras Higgins recitaba, uno tras otro, el nombre de las víctimas de todas las tragedias que había padecido Hawkins en los últimos tres años.

—Heather Holloway. Samuel Rivers. Nathan Chu.

«Sammy y Nate. ¿Centro comercial?».

—Christine Cunningham. Fredrick Benson.

«Fred, pobre desgraciado».

—Patrick McKinney. Jason Carver.

No hubo mención alguna a Eddie Munson.

En la primera fila de sillas, donde se sentaban los apellidos que empezaban por B, Robin y Jonathan se volvieron para mirar a Nancy. Fue gratificante ver en sus caras la misma tristeza y la misma furia que ella sentía agitarse en su pecho. «¿Salvas Hawkins y así te lo agradecen? ¿Con todo el pueblo maldiciendo tu nombre o intentando olvidar que exististe siquiera?».

—Todos esos alumnos, del primero al último, caminan hoy junto a vosotros —prosiguió Higgins—. Tal vez su cuerpo no esté aquí, pero su espíritu sí que está presente. Y permanecerán para siempre en el corazón de todo el profesorado del Instituto Hawkins.

El momento de silencio que siguió a esas palabras estuvo salpicado de sollozos amortiguados. Nancy se sorprendió al descubrir lágrimas en sus propios ojos, no por las palabras vacías de Higgins, sino por el hecho de que, incluso omitiendo a Eddie, la lista de nombres que había recitado el director era larguísima.

—¡Eh, cuidadito! —masculló Seth Travers entre dientes.

Nancy le lanzó una mirada ácida. Ella no había hecho nada.

Pero no era a Nancy a quien se dirigía Seth. Estaba fulminando con la mirada a la persona que tenía al otro lado. Nancy se inclinó hacia delante, intentando atisbar quién había provocado esa reacción de Seth, y encontró a un chico flacucho reclinado en su silla, tan reclinado que casi se resbalaba por el borde.

A Nancy no debería haberle costado tanto tiempo recordar el nombre del chico, sobre todo teniendo en cuenta el tamaño reducido del grupo que se graduaba. Pero lo más probable era que pudieran contarse con los dedos de una mano las veces que había sido activamente consciente de la existencia de Joey Taft. Su mente lo registraba sobre todo como una sombra empollona, doblada bajo el aparatoso peso de la funda de su trombón mientras correteaba por los pasillos del instituto. Era de esperar que estuviera sentado cerca de ella en la ceremonia de graduación, pero, hasta ese mismo instante, Nancy no había recordado que iban al mismo instituto, así que mucho menos que compartían cuadrante en el abecedario.

—Como no lo dejes estar, te parto la cara —susurró Seth a Joey.

Nancy por fin vio lo que pasaba. Joey no paraba de hacer movimientos nerviosos. Una rodilla subía y bajaba sin cesar, y una mano toqueteaba una y otra vez el puño de la camisa. Hasta su mirada estaba inquieta. Movía los ojos de un lado a otro constantemente, pasando del escenario al suelo, al cielo, a las gradas y de nuevo al escenario.

Ese comportamiento tiró de algo en lo más profundo de los recuerdos de Nancy. Entornó los ojos, intentando localizar qué era.

Pero, sin darle tiempo a conseguirlo, la voz del director Higgins tronó por los altavoces con renovada reverberación.

—Tenemos a una invitada muy especial para esta ceremonia —proclamó—. Una exalumna de nuestro querido Instituto Hawkins, una tigresa de la cabeza a los pies. Después de graduarse, trabajó para muchos de los bufetes más importantes del país…, pero, sobre todo, es conocida y apreciada a lo largo y ancho de Estados Unidos por la fundación benéfica que creó hace quince años. Damas y caballeros, promoción del 86, por favor, ayúdenme a darle una calurosa bienvenida a la fundadora y consejera delegada de Hearth & Home: ¡Georgia Miller, de la promoción de 1962!

La presentación cayó como una bomba sobre el público. Nancy alcanzó a distinguir la ondulación que se extendía desde el escenario hacia el final de las gradas. Los alumnos con túnica y birrete se inclinaban unos hacia otros, susurrándose: «¿Esa mujer es de Hawkins? ¿Una persona famosa es de Hawkins?».

Y Nancy tampoco resultó ser inmune al impacto. Estiró el cuello en su asiento, maldiciendo en silencio que su apellido la hubiera situado al final del grupo y que el dichoso Jeremy Porter, en la fila de delante, fuese tan alto. Los esfuerzos de Nancy por ver el escenario la llevaron a invadir la preciosa burbuja de espacio personal que rodeaba a Seth. Pero, en esa ocasión, el chico no reaccionó. Tenía la mirada fija en el escenario, igual que todo el mundo, observando a la mujer que acababa de levantarse de una de las sillas del profesorado —que estaban acolchadas, no como los asientos de los alumnos— y avanzaba con pasos gráciles hacia el micrófono.

—Joder —murmuró Seth con admiración—, qué buena está.

Pese a su forma de expresarse como un neandertal, Seth no se equivocaba. Georgia Miller no mediría más de metro sesenta, pero tenía cautiva la atención de todo el público antes de abrir siquiera la boca. Llevaba el pelo castaño oscuro recogido en un prieto moño bajo, y las gafas de fina montura metálica resaltaban sus ojos en vez de ocultarlos. Incluso su traje pantalón gris oscuro era espectacular. Nancy no creía que pudiera conseguirse una ropa a medida tan impecable en un radio de ochenta kilómetros alrededor de Hawkins.

Pero el estilo al vestir no era lo único que tenía a Nancy inclinada hacia delante en su asiento. Hearth & Home era la principal fundación sin ánimo de lucro dedicada al alojamiento de emergencia, algo que quizá no hubiera significado gran cosa para ningún habitante de Hawkins hacía unos meses. Sin embargo, en el mundo posterior a Vecna, H&H estaba por todas partes. Había letreros suyos plantados delante de casas y negocios por todo el pueblo. Era tan habitual verlos que Nancy se sentía muy capaz de dibujarlos de memoria: grandes letras amarillas curvadas como un sol naciente que formaban las palabras «Hearth & Home» por encima de la imagen del típico hogar y la típica familia estadounidenses. «Salvamos pueblos. Cambiamos vidas».

¿Cursi? Tal vez. Pero, en las semanas que siguieron al «terremoto», después de recibir los donativos de comida enlatada y hacer el balance de los daños, la columna que más se había alzado en rojo era la de la vivienda. La gente se moría de ganas de volver a vivir en su casa, o, en ausencia de esta, de volver a vivir en una casa. Y ahí era donde había intervenido H&H.

Como organización benéfica, Hearth & Home se había labrado una gran reputación al rescatar una gran cantidad de zonas catastróficas por todo Estados Unidos. Llegaban, reparaban lo que pudiera repararse y construían de cero si esto era imposible. Cuando Hawkins pasó a ser su nuevo proyecto, la fundación llegó a un acuerdo con el ejército para salvar al pueblo de sí mismo. En las semanas que habían transcurrido desde su llegada, habían hecho precisamente eso. Nancy podía nombrar como mínimo a media docena de familias cuya casa había reparado H&H. ¿Y resultaba que la persona al mando de esa empresa, que la mujer al mando de esa empresa, era oriunda de Hawkins?

«Ya casi estoy fuera de aquí», se dijo Nancy de nuevo. Era muy consciente de lo centrada que estaba su atención en Georgia Miller. Le daba la sensación de tener un objetivo en su punto de mira que antes no existía. Como si de pronto tuviera hacia donde apuntar.

—Yo no quería volver a Hawkins —dijo Georgia Miller, en un tono grave y algo sarcástico que resonó por todo el campo de fútbol—. Mi negocio es la tragedia. Tornados, tsunamis, incendios, ventiscas… Trabajando en Hearth & Home, lo he visto todo. He presenciado la devastación que pueden desatar sobre una comunidad las fuerzas que escapan al control humano. Y sabía que, si algún día regresaba a Hawkins, probablemente sería porque había sucedido lo inimaginable. Y la idea de que le pasara eso al pueblo en el que me crie era… Bueno, no quería ni planteármela.

De nuevo, Nancy atisbó ese universo alternativo. Barb, feliz y sana. Su pueblo, intacto e inocente. Se removió en el asiento, incómoda, mientras las palabras de Georgia le atizaban puñetazos en las costillas.

Sobre el escenario, Georgia separó las manos.

—Y entonces, como bien sabéis, lo inimaginable sucedió. Cuando me llegó la noticia de ese terremoto tan espantoso, al instante supe dos cosas. La primera era que iba a volver a Hawkins. Y la segunda…, bueno, para explicárosla voy a tener que contaros antes un secretillo a todos. —Se acercó más al micrófono—. Cuando yo tenía vuestra edad, allá por la era prehistórica de 1962, tenía un miedo horrible. Recuerdo estar sentada justo en el mismo sitio que ocupáis vosotros ahora, en mi propia graduación, y pensar: «Muy bien, pero ¿qué pasará ahora?». Había circulado por los primeros dieciocho años de mi vida sobre raíles, y estaba a punto de salirme de la vía por primera vez. Sí, iría a la universidad, pero ¿qué me esperaba allí? Y después de licenciarme, ¿qué?

Nancy vio que, allá en la primera fila, los hombros de Jonathan se movían, se alzaban hacia sus orejas. No podía estar segura, pero le pareció que lanzaba una mirada fugaz hacia ella. Cuando Nancy fijó los ojos en él, intentando cruzar la mirada, Jonathan se quedó quieto y centró de nuevo su atención en el escenario.

Georgia negó con la cabeza.

—Era como si tuviera por delante un camino solo lleno de interrogantes. No me gustaba nada. Y no sabía cómo afrontarlo.

Un cosquilleo incómodo empezó a gusanear en el estómago de Nancy. Exhaló una bocanada lenta y larga, esperando que así ahogaría la sensación. No funcionó.

—Permitidme que os ahorre toda la angustia —continuó Georgia— y salte directa hasta el final. Porque justo ese es mi secreto. Si sabes cuál es tu final, entonces todo lo que pasa en el camino se convierte solo en… cosas que pasan. Es mucho menos importante y mucho menos aterrador de lo que creemos. Si vivís como si tuvierais el futuro asegurado, lo tendréis.

«Vivir como si tuvieras el futuro asegurado». Qué reconfortante sonaba, dicho con la voz de Georgia. Qué cálido. Esas palabras hicieron más para aplacar la madriguera de serpientes que había dentro de Nancy que cualquier ejercicio meditativo de respiración.

—Pero ¿qué relación tiene todo eso con Hawkins? —preguntó Georgia—. ¿Qué relación tiene con vosotros, promoción del 86? Vais a matricularos en la universidad durante un momento de lo más caótico, tanto que no se me ocurre ningún otro periodo más inestable en la historia de este pueblo. Así que voy a deciros qué es lo segundo que pensé cuando me llegó la noticia del terremoto: «Hawkins va a superar esto».

«No puede esconderse para siempre».

—Yo lo sé —dijo Georgia—. Y creo que todos vosotros también lo sabéis.

«Ya casi estoy fuera de aquí».

—Y por eso voy a pediros —proclamó Georgia, alzando la voz—, a la promoción del 86, y a vuestros amigos, y a vuestras familias, que viváis como si ya lo hubiéramos superado. Porque, si lo hacemos así, ya no tendremos que desear que nuestro futuro sea brillante. Sabremos que lo es, porque ya está aquí. —Levantó las dos manos—. Enhorabuena, tigres de Hawkins. Qué ganas tengo de ver cómo cambiáis el mundo.