1. Clara

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Clara

No puedo negar que la tecnología ha obrado milagros por los seres humanos en cada aspecto de nuestras vidas.

Vivir en el siglo xxi me ha dado una ventaja inimaginable con respecto a mis ancestros (con la pequeña excepción de no poder entrar en el mercado inmobiliario sin la ayuda de mis padres) y admito que vivo una vida que mis parientes, con sus inicios humildes, no podrían ni imaginar.

Pero incluso mientras empiezo el día en mi precioso apartamento en el West Village, no puedo evitar sentir una profunda envidia de todos aquellos miembros de la familia que nunca tuvieron que despertarse con doce mensajes de diferentes personas diciendo «¡¿Has visto esto?!» y cuatro llamadas perdidas de su padre.

Es una impresión que ni siquiera un baño de agua helada podría conseguir, y la retorcida sensación de terror que se aferró a mi estómago al ver tres enlaces a redes sociales distintas en la bandeja de entrada sigue ahí mientras me dirijo a la sala de reuniones de la sede de Davenport Innovation Creative.

El lunes es mi día menos favorito para vivir una crisis en el trabajo, pero ¿una crisis de lunes y encima en la segunda semana después de volver a mi puesto? Eso es una auténtica pesadilla.

Me dejo caer sobre una silla que se encuentra en la esquina que da a la ventana, al fondo de la sala. Coloco uno de los dos cafés que llevo en la mesa enfrente de mí y el segundo, a mi izquierda. Las luces del techo resplandecen en el cristal que se extiende de un lado a otro de la habitación. Mi reflejo queda a la derecha del Empire State, mientras el resto de la ciudad se ilumina a su alrededor bajo el cielo plomizo de noviembre.

A las 7.58, todos mis compañeros, quienes sin duda también han visto interrumpida su jornada por esta reunión improvisada, entran en masa en la sala y toman asiento murmurando entre ellos.

El suelo retumba cuando un Birkin lleno hasta los topes aterriza en el hueco vacío al lado de mis tacones. Sonrío a Sahara mientras se sienta a mi lado y prácticamente se abalanza sobre el café que le he comprado de camino a la oficina. Le da un sorbo y suspira satisfecha.

—Te quiero, Clara Davenport.

—A lo que quieres es al café —respondo, esquivando su mano mientras intenta despeinarme de broma.

Por fin entra mi padre con Roger, el responsable de publicidad, y ocupa su sitio habitual, que por suerte me mantiene lejos de su vista, al frente de la mesa.

Después de la puesta al día más rápida del mundo, Roger se aclara la garganta y desvía la atención hacia la pantalla que se está cargando detrás de él.

—Buenos días a todos —dice. Su voz grave retumba por toda la sala con facilidad.

El rostro de una señora mayor aparece detrás de él con un icono de play enorme cubriéndole la nariz y los ojos. Se trata de una cara que he visto docenas de veces esta mañana. Su melena rubia es tan clara que casi parece de plata y un mechón grueso y voluminoso, que lleva colocado detrás de la oreja, le enmarca el rostro mientras el resto parece recogido en un moño francés.

No sabría decir qué edad tiene, al menos no con precisión. ¿En torno a los sesenta, tal vez? Tiene la piel clara, aunque ligeramente bronceada con un colorcito que delata unas vacaciones en el extranjero en un lugar mucho más caluroso que este. Tras las gafas de carey, los ojos le brillan y unas delatoras arrugas le marcan el rabillo, en contraste con una frente sospechosamente lisa y sin una sola línea.

El icono de reproducir esconde el resto de su belleza, pero sé, por la cantidad de veces que la he visto esta mañana, que es tan radiante como intimidadora. Se desenvuelve con total naturalidad delante de la cámara.

En el fondo, quiero ser como ella cuando sea mayor.

—La mayoría ya estáis al tanto de este vídeo que se ha hecho viral durante el fin de semana, pero voy a reproducirlo ahora para que todo el mundo esté al corriente. Sabemos que esto ya ha afectado al equipo de redes sociales, y prevemos que continuará haciéndolo.

En la nota de voz que me envió esta mañana, Sahara casi a gritos decía que, aunque en ese punto normalmente esperarían que el problema alcanzara su clímax y empezara a calmarse, esto seguía yendo a más. Es la directora del departamento de Redes Sociales y su equipo acaba de sobrevivir a un estallido de indignación después de que un vídeo generado por IA de un juguete Davenport explotando se hiciese viral. Aún están recuperándose del trabajo extra y esto es lo último que necesitan, de ahí que estuviera casi gritando.

Se apagan las luces de la sala de juntas y el vídeo empieza a reproducirse.

«Hola. Mi nombre es Florence Girard y os quiero pedir que estas navidades apoyéis a nuestro pueblo tras el robo que hemos sufrido por parte de Davenport Innovation Creative».

Es un gancho increíble, eso hay que reconocérselo. Su acento estadounidense está atenuado con un toque europeo que encaja más con una película clásica de Hollywood que con mi «Para ti».

«Hace tres semanas, Davenport anunció que lanzaría la muñeca Evie a tiempo para las fiestas. Es una copia directa de la muñeca Holly, un producto creado aquí, en Fraser Falls. El pasado año, nuestra muñeca ganó popularidad cuando un visitante famoso que acudió a nuestro prestigioso evento del Small Business Saturday publicó sobre ella, lo que provocó un aluvión de pedidos y visitas, entre ellas, de Davenport.

»Holly es un proyecto comunitario y apoya a diversos negocios independientes de nuestro pueblo. Cada pieza está fabricada aquí, en Estados Unidos, usando materiales reciclables y no tóxicos. Todos los implicados reciben un salario digno y cada muñeca viene con su propio certificado de autenticidad.

»Aprecio a Holly y todo lo que ha hecho por nuestro pueblo. Aprecio a nuestra comunidad, que se ha unido para hacerla posible. Y, lo más importante, aprecio a nuestros clientes, que nos eligen a nosotros entre tantas otras opciones que hay en el mercado».

Su expresión dulce se transforma en una más dura. Más hastiada y cansada. Las arrugas de las comisuras de su boca desaparecen y tensa los labios.

«En cambio, Davenport no os aprecia a vosotros».

Varias personas en la sala hacen una mueca ante la hostilidad de su tono.

«Y no aprecian lo que es Holly, a pesar de que afirmaron lo contrario cuando vinieron en enero e intentaron que nos uniéramos a un plan abusivo disfrazado de ayuda para la expansión de las pequeñas empresas. Dijeron que nos ayudarían a proteger nuestro diseño y, cuando no aceptamos, nos plagiaron.

»Su copia, la muñeca Evie, es la antítesis de todo lo que hemos intentado conseguir aquí en Fraser Falls. A Holly la acompañan seis cuentos de aventuras creados por la librería Luz Verde y la Escuela de Arte de Fraser Falls. Los que lleva Evie se atribuyen a una IA. Holly incluye además juguetes de madera, cada uno hecho a mano en el Taller Harry, un negocio de toda la vida del pueblo. Esta cantidad de trabajo permitía contratar aprendices durante el verano, con lo que el dinero iba a parar a los bolsillos de los jóvenes de nuestra comunidad. Los juguetes de Evie son de plástico, fabricados por una máquina».

Florence Girard continúa con el listado de todas las formas en las que la muñeca Holly es muy superior a la Evie de Davenport. Mientras la escucho, me voy poniendo de mala leche por lo que está ocurriendo. Justo cuando va a acabar de soltarlo todo, llega la peor parte del vídeo.

«Desde el anuncio de Davenport, que incluía que su muñeca estaría a la mitad de precio que la nuestra, se han cancelado la mitad de nuestros pedidos y hemos sufrido una reducción significativa de encargos a lo largo de las últimas tres semanas.

»Las empresas como Davenport creen que pueden hacer lo que les plazca. Creen que pueden irse de rositas. Os pido que me ayudéis a demostrarles que no es así. Fraser Falls tiene mucho que ofrecer, y nos encantaría recibiros durante las fiestas, tanto si compráis una muñeca Holly como si no. En esta época del año es cuando nuestra comunidad se encuentra en su mejor momento y nos encantaría mostrároslo. Tenemos numerosos eventos programados, los cuales se enumerarán al final del vídeo.

»Así que, este año, apoyad a los comercios locales y a los trabajadores. Incluso si no es en nuestro pueblo, seguro que hay uno cerca de vosotros al que también está machacando una gran empresa y necesita vuestra ayuda».

La palabra «machacando» flota en el aire como un olor desagradable. La habitación sigue cargada cuando se vuelven a encender las luces.

—«Davenport cancelado» es tendencia en todas las plataformas —anuncia Roger—. Aunque la señora Girard no ha instado a un boicot como tal, en internet los… activistas, llamémoslos así, se están aprovechando e intentan generar interacción de donde sea. Por desgracia, lo están consiguiendo. Sahara, ¿puedes dar más detalles?

Ella asiente y vuelve a dejar el vaso de café sobre la mesa.

—Suelen ser los mismos perfiles de siempre. A nivel interno los llamamos «los buitres del drama». Se lanzan a por cualquier cosa, siempre que sea negativa.

«Se ofenden por todo, lo que se amplifica con la actividad de los bots, pero pasan a otro asunto tan pronto como las quejas pierden fuerza, lo que provoca que los incidentes alcancen un punto álgido y disminuyan rápidamente. Por desgracia, esto ha trascendido la habitual burbuja de internet y está llegando a consumidores que normalmente no se interesarían por este tipo de contenido.

—¿Por qué crees que es eso? —pregunta mi padre, inclinándose hacia delante para mirarnos desde el otro lado de la mesa.

—Si comparamos la situación con el último escándalo en redes importante, que fue el vídeo de la IA, un gran número de usuarios pudieron identificar rápidamente que el vídeo no era real sin que nosotros dijéramos nada —explica Sahara, con calma—. Movilizamos rápidamente la comunicación en redes, lo que dejó claro que el contenido era falso, y también dimos consejos sobre cómo verificar la información en el futuro. Nuestros clientes participaron compartiendo para señalar que era un bulo, lo que redujo nuestra carga de trabajo y ayudó a que el mensaje se difundiera más rápido.

—Entonces ¿por qué no podemos hacer lo mismo aquí? —pregunta él.

Sahara no responde de inmediato. Tiene pinta de estar haciendo piruetas mentales intentando encontrar la forma de decir la verdad.

Me inclino hacia delante para que mi padre me vea.

—Porque podemos negar la autenticidad de un vídeo cuando está generado por IA, pero no podemos decir que no hemos copiado su diseño o afectado a su pueblo cuando sí que lo hemos hecho.

Aunque ser la hija del jefe tiene sus ventajas, no me lo pone mucho más fácil a la hora de decir lo que hace falta en este tipo de situaciones.

—El programa de ayuda a pequeñas empresas es iniciativa tuya, Clara. ¿Cómo propones que resolvamos esto? —pregunta mi padre.

Espero que alguien señale que este año he estado cubriendo una baja de larga duración en una división completamente distinta de la empresa, y que este lío no tiene nada que ver conmigo, pero no ocurre.

Yo no intenté incorporar a Fraser Falls al programa. Ni siquiera sabía que el pueblo existía hasta que me devolvieron mis seis cuentas hace dos semanas, cuando volví a mi trabajo en el departamento de Relaciones Públicas. Alguien mencionó el asunto cuando comenté lo horrorosa que me parecía la muñeca Evie, y hasta ahí llega todo mi conocimiento sobre el tema.

El programa de ayuda a pequeñas empresas surgió en un grupo de trabajo sobre responsabilidad social de Davenport. En la revisión anual, me informaron de que, si quería ascender, tenía que implementar alguna medida que tuviera un impacto positivo en el negocio.

Mi intención era hacer más soportable nuestra imagen de monopolio ayudando a seleccionar empresas independientes con gran potencial de crecimiento. Aunque las ventajas más obvias eran crear un mercado más competitivo y mejorar nuestra reputación, el hecho de que Davenport empezara como un pequeño negocio independiente hacía cincuenta años me pareció que hacía que la iniciativa aludiera a nuestros valores fundamentales y nuestra historia.

Me dieron el visto bueno de inmediato y ayudé a incorporar seis negocios estadounidenses diferentes (los cuales, debo añadir, han prosperado) antes de que me trasladaran de improviso a cubrir un puesto de mayor responsabilidad en Distribución, otra elección pensada para darme la experiencia necesaria para conseguir un ascenso.

No sé cómo han metido tanto la pata con Fraser Falls. Mi padre sigue mirándome como si yo fuera a dar con la respuesta perfecta por arte de magia. Estoy a punto de sugerir algo como «volver atrás en el tiempo y no robarle a un pueblo cuyos ingresos dependen de su producto estrella».

Me paso una mano por el pelo y unas ondas de tono cobrizo se enredan entre mis dedos.

—Tenemos que disculparnos sinceramente con el pueblo, ya sea mediante inversión o publicidad, o ambas. Debemos deshacernos de esa imagen de que hemos atracado a la abuelita de alguien y sustituirla por algo más fácil de digerir. Una empresa arrepentida queda mejor que una que les roba el dinero de los bolsillos a los estadounidenses trabajadores.

—Una disculpa hará ver que hemos hecho algo malo. —Esa voz es como el sonido de unas uñas en una pizarra. Reúno todas mis fuerzas para no estremecerme. Consciente de que la sala está llena de gente, me esfuerzo por no ponerle mala cara a Daryl Littler. Sigue siendo el mismo capullo arrogante que hace doce meses, la última vez que tuve la desgracia de verle—. No creo que eso sea lo correcto.

Estar en diferentes plantas obra milagros en lo que a evitar a la gente a la que detestas se refiere. Me recuerdo a mí misma que en apenas ocho semanas Daryl se jubilará y me recompongo. Primero me pregunto qué hace aquí, en una reunión de crisis de marketing y publicidad, pero caigo en la cuenta de que su equipo trabajó en la muñeca Evie.

Daryl es el director de Innovación y su departamento está centrado en introducir mejoras tecnológicas en nuestra marca. Cuando tu público principal avanza con rapidez y, por lo general, tiene una capacidad de atención corta, es vital ir siempre un paso por delante.

Por el momento, lo único que ha hecho es reemplazar la creatividad humana real con inteligencia artificial y hacer recortes. Mi padre cree que es brillante porque dirige el departamento con mejor relación coste-eficiencia, pero en realidad él es lo contrario de todo lo que se supone que la empresa representa.

Aparte del hecho de que está en la indigencia moral en cualquier aspecto que una persona puede estarlo, nunca le he visto dar el reconocimiento a su equipo por nada. Las ideas que no plagia a los pueblos pequeños se las quita a sus propios trabajadores, y creo que sería imposible odiarle más de lo que ya lo hago.

Sabiendo que va a jubilarse en un futuro próximo, he centrado todos mis esfuerzos en hacer lo necesario para tomar el relevo cuando no esté. Todo el mundo sabe que quiero ocupar su puesto y que lo que me apasiona es la parte creativa del negocio, y no ir de un problema a otro como hago ahora, pero todavía no he conseguido convencer a mi padre de que me permita sustituir a Daryl.

Estoy casi segura de que va a dárselo a mi hermano, pero eso es un problema para otro día.

Le lanzo a Daryl una sonrisa tensa.

—Aprecio tu aportación, pero fingir que no hemos hecho nada no es una estrategia de recuperación eficaz. Alguien tiene que contactar con la señora Girard para tratar su queja directamente y ver qué podemos hacer para que la elimine. Mientras tanto, debemos facilitar al personal de nuestras tiendas físicas un comunicado oficial por si se enfrentan a alguna incidencia en los establecimientos.

Roger asiente mientras hablo, lo que me aporta una ligera sensación de alivio. Es el jefe de mi jefa, quien se encuentra de vacaciones en Cancún, lo que me convierte en el miembro con mayor rango del equipo hasta que ella vuelva el viernes.

—Estoy de acuerdo —dice Roger—. Clara, contacta tú con la señora Girard para ver en qué punto está ahora que ha conseguido la atención que buscaba. Habrá algo que podamos darle o hacer por ella para que se solucione este problema. Sahara, tú…

Desconecto mentalmente mientras Roger empieza a repartir tareas a los presentes: posibles opciones de comunicados de prensa, respuestas en las redes sociales, explicaciones en tiendas… Un día entero de trabajo para una sala repleta de gente porque a Daryl le dio demasiada pereza darle el visto bueno a una idea original.

No veo el día en que se vaya, en serio.

2

Clara

—Lo que nadie te cuenta del nepotismo es que cualquiera puede ser su víctima cuando no eres el hijo predilecto.

—Me… —dice Honor antes de que se haga el silencio al otro lado de la línea.

Desvío la mirada desde los escasos árboles que bordean la autopista hasta la pantalla del teléfono para comprobar que la llamada sigue activa. Acerco el móvil a la ventana como si de alguna forma eso fuese a arreglar la señal.

—¿Hon? ¿He perdido la cobertura? —Después de varios segundos de silencio, por fin oigo un suspiro que parece salido de las profundidades del alma de mi amiga.

—¿Acaso toda la familia Davenport es alérgica al pensamiento crítico, o te lo ha pegado tu padre de tanto verlo en el trabajo? —Se me escapa una risa de forma tan brusca que mi conductor, quien no ha dicho ni una sola palabra desde que me recogió, me mira a través del espejo retrovisor—. No respondas, ya sé la respuesta.

Tener una mejor amiga tan sensata y directa es maravilloso hasta que quieres justificar tus pensamientos y sentimientos infundados.

—¿No puedes seguirme la corriente aunque sea un poquitín?

—No —dice—. No seré la responsable de que vayas a peor. De eso ya te encargas tú solita.

—Hoy estás siendo mala. No digo que no me lo merezca, pero no es que me encante.

Oigo como intenta contener un bostezo sin éxito. Se está preparando para otro turno de noche en Urgencias.

—Sí, bueno, anoche me vomitaron en los pies y hay una alta probabilidad de que vuelva a pasar hoy.

—Entonces lo que saco de esto es que ambas odiamos nuestros trabajos… ¿y que deberíamos renunciar? —Es una idea que una de nosotras saca a flote al menos una vez al mes desde que tenemos edad suficiente como para trabajar. La mayoría de las veces, lo decimos de broma. Honor siempre ha soñado con ser enfermera, como su madre.

—Tú no odias tu trabajo, Clara. Odias el hecho de que probablemente tu padre le vaya a dar a tu hermano el puesto por el que has estado partiéndote el lomo. Lo que te hace falta es dimitir y trabajar para alguien que te valore.

Arrugo la nariz.

—Ay.

Hasta hace cuatro meses, nunca se me había pasado por la cabeza preocuparme por que Max, mi hermano un año menor que yo, se llevara el puesto de Daryl. Después de terminar la escuela de negocios, aceptó un contrato de año y medio en una empresa fuera de Boston. El tiempo pasó rápido, y fue en la barbacoa del Cuatro de Julio cuando mi padre dejó caer, como si nada, un comentario sobre que Max se uniría al negocio familiar cuando terminase el contrato, lo cual ocurre el mes que viene, perfectamente coordinado con la fecha de jubilación de Daryl.

El fin del contrato de Max ha estado cerniéndose sobre mi cabeza desde el verano como una metafórica nube de lluvia, pero no encuentro la forma de sacar el tema con él. Llevamos toda la vida compitiendo: por la atención (la cual normalmente se gana Max), en los retos que se inventaba el abuelo para tenernos entretenidos (los cuales normalmente ganaba yo) y en los estudios (en los cuales Max siempre me pegaba una paliza).

Fue un alivio cuando llegamos a la adolescencia y pude dejar de enfrentarme a él al menos en lo laboral. Mientras yo pasaba los fines de semana en el Emporio de Juguetes Davenport, nuestra juguetería insignia en la ciudad, transportando cajas y tratando con niños pegajosos, Max iba al cine a darse maratones de La guerra de las galaxias con sus amigos.

Durante la universidad, pasé los veranos en la sede de Davenport sirviendo cafés y aprendiendo todo cuanto podía sobre las funciones de cada departamento. Max, en cambio, pasaba los suyos en lugares como Japón, jugando al Mario Kart en la vida real por las calles de Tokio, o en California, aprendiendo a surfear.

Me gradué, empecé en el puesto más bajo que se me permitió ocupar siendo la hija del director de la empresa y he pasado la última década abriéndome camino. Max, en cambio, se graduó e inmediatamente empezó a trabajar para los tecno bros de Silicon Valley hasta que decidió que quería estudiar un máster en Administración de Empresas, y nunca ha demostrado el más mínimo interés por Davenport.

No es que crea que Max no deba trabajar con nosotros; a fin de cuentas, es un negocio familiar. Pero no quiero que se quede con el puesto que deseo y por el que tanto he trabajado.

Apoyo la frente contra la ventana; el ir y venir de los coches se desdibuja contra el cielo, que empieza a oscurecerse. Se escucha de fondo a la hija de Honor gritando algo ininteligible.

—¿Llega tarde a recogerla? —pregunto.

—Pues claro. Lo que estoy pensando de él ahora mismo no se puede decir en alto. —Oigo la tensión en la voz de Honor, la que aparece cada vez que habla del padre de su hija—. Cambiando de tema: ¿cuánto te queda para llegar?

Inclino la cabeza hacia la parte central del coche. La pantalla del salpicadero está iluminada con un mapa.

—Veinte minutos.

—¿Estás nerviosa?

—No mucho, pero me molesta no haber conseguido que esta mujer me coja el teléfono y ahora tener que presentarme en persona. —Veinticuatro horas de intentar ponerme en contacto con Florence Girard resultaron en nada más que llenarle el buzón de voz con el tono cargante que uso para atención al cliente pidiéndole que me devolviera las llamadas—. Pero el pueblo parece mono y un cambio de aires por una noche será divertido, supongo.

Honor suspira.

—Todo este berenjenal por dos muñecas.

Bueno, es por algo más que eso: avaricia empresarial, robo creativo, crisis de reputación…, pero, en esencia, sí.

Ha habido muñecas de todo tipo durante miles de años, pero algo en esta de Fraser Falls en específico ha atraído la atención de padres y niños de todo Estados Unidos. Como la mayoría, no logro comprender por qué ha sucedido con este producto de entre todos los disponibles en el mercado.

Parece que los problemas se multiplican cuando algo está rodeado de esa magia especial que no puede explicarse. La gente quiere recrearla, incluso cuando no entienden de qué tipo de magia se trata.

Es lo bonito y lo triste de la viralidad en la era digital: todo se amplifica tanto que se convierte en ineludible y, en ciertas circunstancias, puede generar niveles de éxito insondables, de los que te cambian la vida. Pero ¿cómo es posible recrearlo cuando nadie sabe cómo ha ocurrido en primer lugar?

¿Cómo vas a poder tú, como persona que se beneficia de esa atención, aferrarte a ella cuando todo el mundo está intentando ocupar tu puesto en lo más alto, cuando empresas como Davenport tienen más dinero y más recursos y, probablemente, menos vergüenza?

No hay un manual sobre cómo recrear esa magia, por mucho que a la gente que vende cursos por internet le gustaría que les creyeras cuando dicen lo contrario. La mayoría de las veces, el éxito se debe a un montón de factores distintos que se alinean al mismo tiempo, más una pizca de algo que en realidad no se puede fabricar.

Todos lo sabemos. Hablamos de ello constantemente en el trabajo, y aun así decidieron intentarlo y, en el proceso, pensaron que hundir un negocio pequeño no les iba a traer consecuencias. Si siguiera aquí, mi abuelo estaría echando humo.

—A mi padre le preocupa que esto se alargue y perjudique las ventas o eclipse la fiesta de la muñeca Clara —digo—. Está empeñado en romper el récord de donaciones, de ahí esta gira para intentar ganarnos a la gente.

Me imagino la cara que está poniendo Honor. Nunca le ha gustado mi padre.

—Si le preocupa tanto, que vaya él mismo. Y esa es otro juguete maldito, que lo añada a la lista.

Me tapo la boca con la mano para sofocar la risa. Hace veinte años, Davenport lanzó la muñeca Clara. Mide unos cuarenta y cinco centímetros, su pelo es de suaves ondas cobrizas que le rozan los hombros y lo lleva peinado con una raya en medio y los lados recogidos con dos pasadores de lazos de terciopelo; tiene los ojos pardos, más verdes que marrones bajo la luz correcta, y están rodeados de una cantidad perfecta de pestañas oscuras. Su expresión es amable. Viste una rebeca sencilla color beis sobre una impecable camisa con cuello bebé y una falda plisada de lana con estampado de tartán, y en los pies calza unas bailarinas de cuero marrón. Cada unidad va acompañada de una bandolera de lona en miniatura con una C bordada; en su interior hay pequeños cuadernos, un lápiz diminuto y un monedero. Al contrario que el resto de las muñecas que estaban de moda en aquel momento, Clara no era vistosa ni llamativa. No vestía conjuntos de purpurina ni accesorios sofisticados. Su objetivo era ser una buena amiga, un modelo a seguir, y se convirtió en nuestro juguete más popular durante mucho mucho tiempo. Su éxito situó a Davenport en el panorama y propulsó nuestro crecimiento.

Es tan divertido compartir nombre con un juguete ahora como lo era cuando tenía catorce años. Cuando las petardas de mi instituto se metían conmigo por eso, Honor fue la primera persona que me dijo que no me preocupara. Llamaron así a la muñeca por mí, obviamente; no porque mi padre pensara que sería una entrañable referencia a su única hija, sino porque se me ocurrió a mí durante uno de los retos de mi abuelo cuando tenía diez años.

Mi padre quería llamarla de otra forma, fue el abuelo quien insistió en ponerle mi nombre.

Este año nuestra fiesta benéfica navideña anual es también la celebración del veinte aniversario de Clara. De hecho, la razón por la que el departamento de Daryl pudo dar luz verde a la muñeca Evie es que la presentaron como una hermana moderna de Clara como conmemoración.

—Tengo que ir yo, Hon. Es mi trabajo.

¿Preferiría no estar visitando las empresas inscritas en nuestro programa? Por supuesto. Todavía estoy intentando retomar el ritmo después de un año fuera. Lo último que quiero es pasarme la semana siendo el equivalente humano al conejo de las pilas alcalinas corriendo de negocio en negocio. Pero, dado que Florence Girard mencionó el programa directamente, me toca volar para supervisar a los que forman parte de él.

Todos han admitido haber revisado sus contratos tras enterarse del vídeo, pero no han encontrado nada sospechoso. Dos me han aplazado la cita hasta enero porque están ocupados, y los otros cuatro han aceptado encantados una comida de empresa gratuita.

Por suerte, los dos que me han rechazado la visita están en la costa oeste. Uno de los que aceptaron está en Maine, otro en Pennsylvania; los restantes en Illinois, a pocas horas en coche entre ellos. Si todo va según lo previsto, estaré de vuelta en la ciudad el viernes a última hora de la tarde.

—Hablando de curro, este acaba de llegar, así que tengo que irme al mío. —Me alucina la calma que exhibe Honor cada vez que su ex está a punto de hacer que llegue tarde—. Cuídate y ve contándome qué tal vas. Te los vas a ganar, no lo dudo.

—Te quiero.

—Yo también te quiero. Paloma, ven a decirle a la tita Clara que la quier… Se ha ido. Da igual, te quiere. Chao.

Vuelvo a guardarme el teléfono en el bolso y los auriculares en su funda. El mapa indica que quedan cinco minutos para llegar a mi destino. He reservado una habitación a media pensión a menos de cinco minutos a pie de la pastelería y la cafetería que regenta la señora Girard.

Según he averiguado, las muñecas se fabrican en el Taller Harry, una tienda de muebles hechos a mano frente al negocio de la señora Girard, el Café Alegría, y planeo buscar una mesa desde la que observar mañana. Luego me acercaré a ella cuando el ajetreo de la mañana haya disminuido y, después de averiguar cómo se siente, cruzaré la calle para presentarme a Harry.

Con suerte, calmar los ánimos será rápido y fácil y podré llegar temprano a Maine para la segunda parada de mi trayecto. Y, aunque no sea rápido y fácil, al menos comeré langosta para cenar.

Mi plan para esta noche es pedir comida en algún sitio cercano que tenga buenas reseñas y acostarme pronto. La carretera se ha ido estrechando a lo largo de estos últimos cinco minutos y ahora nos movemos a paso constante por un camino tranquilo rodeado de campo. Miro por la ventana del coche; los tonos anaranjados del atardecer, que antes derramaban calidez entre los árboles, se han fundido con el azul cada vez más oscuro del cielo nocturno.

Un letrero de «Bienvenidos a Fraser Falls» se yergue sobre la hierba; las gruesas letras blancas están iluminadas por dos focos que brillan desde la parte inferior del marco, haciendo que cada palabra destaque contra la madera teñida de color verde bosque.

—Ya casi estamos —dice mi conductor desde la parte delantera del coche—. Esta es la calle Mayor.

Hasta donde puedo ver, todo está bañado de un brillo dorado por las lucecitas que decoran el pueblo. Hay docenas de guirnaldas suspendidas sobre la acera entre los edificios, los árboles y las farolas que bordean la calzada. Unos copos de nieve pequeños y luminosos cuelgan de las hileras, generando la sensación de estar flotando como por arte de magia. Cada tronco y cada poste están envueltos con una espiral uniforme de bombillitas que conducen hasta una gruesa cinta roja.

«Parece sacado de una postal navideña».

Estoy tan distraída con la iluminación que me olvido de buscar la cafetería, pero por lo que veo la mayoría de las tiendas están cerradas o a punto de estarlo.

El coche aminora la marcha hasta detenerse en una señal de stop. Justo delante de nosotros hay un precioso cenador blanco al comienzo de una extensión de hierba en forma de U. Las guirnaldas, más suaves y delicadas que las de la calle Mayor, caen desde el centro del techo y se extienden hacia fuera. La amplia entrada frontal está divida en una escalera y una rampa, y las mismas luces tenues se entrelazan por los barrotes de la barandilla hasta llegar a un área de descanso.

Me dan ganas de sentarme y contemplar todo lo que hay en este pueblo de revista.

Fraser Falls parece sacado de una amalgama de todas las películas cursis navideñas que veía cuando era pequeña, en el mejor de los sentidos. Me hace comprender por qué la típica chica soltera de ciudad elige quedarse en el pueblo pequeño. Sus calles limpias y sus carreteras tranquilas están a años luz de Manhattan, y de la mayoría de los sitios que conozco, en realidad.

Sin embargo, lo único que no puedo sacarme de la cabeza al bajarme del coche enfrente del Hostal Maggie es que no he visto a nadie. En el vídeo, la señora Girard pedía a la gente que apoyaran al pueblo visitándolo estas vacaciones de Navidad, y ahora entiendo por qué.

3

Jack

—Me alegro de que nuestro grupo nunca triunfara. La fama habría sido demasiado para mí.

Me quedo mirando a Tommy, esperando a que diga algo más que me dé alguna pista sobre de qué demonios estaba hablando. No es un comentario poco común o extraño por parte de mi mejor amigo.

No me da ninguna explicación. Sigue limpiando los grifos de cerveza con un trapo.

Apoyo el codo en la barra y la barbilla en la mano.

—¿De qué cojones estás hablando? ¿Cuándo hemos tenido un grupo?

—Aquel verano en el que a Luke le regalaron una batería por su cumpleaños. Cuando dijimos que mentiríamos y diríamos que eras nuestro hermano para poder ser los próximos Hanson Brothers.

Frunzo el ceño.

—¿Los Hanson Brothers?

Se echa el trapo encima del hombro y se apoya en la barra, pasándose la mano por el cabello castaño, perfectamente peinado.

—Vale, puede que fueran la versión rocanrolera de los Jonas Brothers, no me acuerdo bien. Íbamos a practicar todos los días en el cobertizo. Pero entonces…, bueno, olvídalo. Lo que quiero decir es… —baja la mirada y juguetea con algo que tiene detrás del mostrador, fuera de mi vista— que me alegro de que no lo hiciéramos. No se me daría bien ser famoso. Evitar a ese equipo de las noticias me está provocando una urticaria.

No me acuerdo muy bien de cuando al hermano pequeño de Tommy, Luke, le regalaron una batería. ¿Tendría unos trece años o así? Hay imágenes borrosas de mí con una guitarra hace veinte años en algún lugar de las profundidades de mi memoria.

Soy consciente de que está evitando mirarme porque se ha dado cuenta antes que yo de que la ha cagado al mencionar aquel verano.

—Creo que a mí tampoco se me daría bien ser famoso —comento para superar el momento incómodo. Aunque medimos lo mismo, casi dos metros, hay algo en Tommy que lo hace parecer más pequeño cuando mete la pata. Levanta la cabeza para volver a mirarme, con una disculpa silenciosa en sus ojos de color azul oscuro—. Sería uno de esos roqueros que se lían a puñetazos con los paparazzi.

—Me lo puedo imaginar —dice.

Las puertas de la taberna se abren y los dos dirigimos la mirada hacia allí. Soltamos un suspiro de alivio sincronizado al ver que son Melissa y Winnie, y no el equipo de televisión que ha estado recorriendo Fraser Falls intentando hablar con alguien sobre el lío que Flo causó durante el fin de semana.

Melissa y Winnie son las dueñas de la floristería, Wilde & Winslet, que está enfrente de mi negocio. Winnie creció aquí, en Fraser Falls. Es unos años más pequeña que Tommy y yo, pero su padre es el pastor del pueblo, lo que hace que los domingos ella sea el segundo tema de conversación más popular. Conoció a Mel en la universidad y la convenció para que se mudara aquí y abrieran la tienda.

—Creo que nunca os he visto tan contentos de vernos —comenta Winnie mientras se dirige a los sillones que hay junto a la chimenea, al fondo de la sala. Cuando pasa junto a mí, noto el aroma floral dulce que la sigue y me fijo en una rosa roja que lleva en la cinta con la que se ha sujetado las trenzas a la coronilla—. Tu cartel es bastante contundente. No creo que tengas de qué preocuparte —añade por encima del hombro.

El cartel es el resultado de diez segundos, una hoja de papel y un rotulador permanente: no se permiten cámaras. se pedirá a los periodistas que se marchen de inmediato. A pesar de que le dijimos que no lo hiciera, esta mañana Flo ha publicado un vídeo en el que agradecía a la gente su apoyo y los volvía a invitar a visitarnos. Eso llamó la atención de alguien que, según me ha contado Winnie, participa en Bailando con las estrellas, y su publicación ha hecho que el vídeo original vuelva a hacerse viral.

Quiero a Flo como si fuera mi propia abuela, pero no sabía lo que hacía cuando decidió publicar en internet los problemas del pueblo. Pensó que el apoyo del público se traduciría en turistas y pedidos, pero, en realidad, los únicos visitantes que hemos tenido hasta ahora han sido no deseados.

La cosa es que, en un principio, la muñeca Holly era mi proyecto. Lo que significa que ahora la página web está colapsada, el correo de atención al cliente, a reventar, y todos los pedidos nuevos han recaído sobre mí. Flo ni siquiera nos dijo que iba a publicar un vídeo, por no hablar de dos, lo que significa que ahora tengo un montón de encargos para los que no dispongo de stock porque, inocente despistado de mí, no establecí un límite de pedidos cuando, hace unas semanas, se cancelaron la mitad de los existentes.

Por decirlo con suavidad: Flo nos ha metido en un follón de la hostia, sobre todo a mí.

Sin embargo, la queremos, y ella quiere a este pueblo más que nadie que conozca, así que vamos a apoyarla igualmente y nos quejaremos en privado como adultos que somos.

Mel está delante de la barra, a mi derecha, pidiéndole unas bebidas a Tommy.

—¿Todavía os están acosando? —le pregunto.

Pone los ojos en blanco y se aparta los rizos castaños de la cara con la mano.

—Sí, y casi todos nos hacen perder el tiempo. Tres influencers distintos nos han enviado mensajes para preguntarnos si queremos hacer los arreglos florales de su boda a cambio de «publicidad». —Enfatiza la palabra haciendo el gesto de las comillas con los dedos—. Estoy cansada.

Tommy deja dos copas de vino en la barra frente a Mel.

—Invita la casa.

—Gracias, Tommy —dice con dulzura, yéndose hacia donde está Winnie.

Observo a mi amigo mientras la mira alejarse. Tiene una expresión de deseo que me parece totalmente fuera de lugar.

Me termino la cerveza.

—A mí nunca me has invitado a una copa. ¿Y eso por qué?

—Porque eres un capullo. Siguiente pregunta.

Antes de que pueda preguntarle cuánto tiempo piensa seguir suspirando por Melissa antes de invitarla a salir o cuántas cree que son las probabilidades de que ella lo rechace, lo salva un cliente que pide comida en la barra. Desaparece para avisar a cocina, poniendo fin a lo que podría haber sido una noche divertida para mí.

Me levanto del taburete y rodeo el bar hasta llegar al otro lado, donde localizo la bolsa de patatas fritas que Tommy me ha dicho que ya no tenía debajo del mostrador. De normal, no me sirvo yo mismo, pero cada vez que va a la cocina se lía a hablar sobre Dios sabe qué, así que no tengo ni idea de cuánto tiempo voy a tener que esperar a que vuelva.

Cojo una cerveza de jengibre de la nevera y un vaso limpio. De espaldas al resto del bar, me quedo paralizado al oír cómo se abre de nuevo la pesada puerta de madera. «Por favor, que no sea un periodista». Me giro a regañadientes y poso la mirada sobre una mujer, de pie cerca de la entrada, que está quitándose los guantes mientras observa el establecimiento.

Cuando se detiene en mí, me dedica una sonrisa amplia y bonita, y casi miro a mi espalda. Camina hacia la barra mientras se desabrocha los botones azules del abrigo y, con la mano libre, se saca el cabello color cobrizo de dentro de la prenda y lo agita hasta que unas brillantes ondas le caen por la espalda.

Está a tres pasos de un taburete cuando me doy cuenta de que estoy petrificado detrás de la barra, mirándola como si nunca antes hubiera visto a otro ser humano. La rápida oleada de vergüenza que siento es suficiente para hacer que mueva los pies. Dejo mi bebida frente a mi asiento justo cuando ella llega a la barra.

—Hola —saluda con voz suave—. ¿Aún servís comida?

Cojo un menú de debajo del mostrador y se lo tiendo.

—Sí.

¿Qué es más raro: decirle que no trabajo aquí o limitarme a volver a mi asiento sin decir nada?

—Gracias —dice. Deja la carta y se sienta en el taburete que está junto al mío.

—¿Qué te pongo para beber? —le digo. No sé por qué lo hago. Tommy va a matarme por preguntar.

Levanta la mirada del menú. Sus ojos son de un verde pálido y brillante.

—¿Tienes…?

—¿Pero qué coño estás haciendo? ¡Sabes que no puedes estar aquí! —grita Tommy, dándome un empujón en el hombro para sacarme de detrás de la barra. Sigue negando con la cabeza en mi dirección mientras ocupo de nuevo mi taburete con timidez, sintiéndome como un niño travieso al que han pillado haciendo una trastada, una sensación que he llegado a aborrecer en los últimos quince años. Dirige su atención a la mujer que está a mi lado—. Lo siento. ¿Eres periodista?

—Eh…, ¿no?

—No irás de incógnito, ¿verdad? —insiste él. Frunzo el ceño al escucharlo.

—No… —responde ella despacio.

Me abro la lata de cerveza de jengibre, haciendo tanto ruido que Tommy me fulmina con la mirada antes de volver a centrarse en la chica.

—Bien. Lo siento, nunca se es demasiado precavido. ¿Qué te pongo?

Pide una hamburguesa con queso, patatas fritas y un refresco de limón. Tommy le saca la bebida y se la sirve antes de volver a la cocina. Ella da un sorbo y la deja con cuidado sobre el posavasos, girando el vaso para que el emblema del oso, la mascota del instituto local, quede recto. Se gira un poco en el taburete para mirarme.

—Bueno, ¿qué acaba de pasar? ¿Por aquí cualquiera puede jugar a ser camarero cuando el de verdad no está? —pregunta, quitándose el abrigo y colgándolo en el respaldo de su asiento. Lleva un jersey grueso de cuello alto color crema, unos vaqueros azul oscuro y unas botas de tacón. Cuando se echa el pelo sobre el hombro derecho, alcanzo a ver en su muñeca un reloj que tiene pinta de ser caro, y en su oreja unos pendientes de diamantes.

Me encojo de hombros.

—Exacto, pero solo si tienes una pasión irrefrenable por la cerveza artesanal y no te importa que Mitch el Alce esté pendiente de todos tus movimientos —respondo.

Ella encuentra con la mirada la gigantesca cabeza del alce de plástico que cuelga sobre la barra y finge considerarlo.

—Creo que paso. No soy muy fan de la cerveza, ni de la artesanal ni la de otro tipo —dice. Dejo escapar una carcajada y la observo más de cerca. Coge una servilleta del servilletero y se seca la boca con cuidado donde el hielo de su bebida le ha mojado el labio superior. Cada delicado movimiento que hace acapara toda mi atención—. Aunque en los bares me he sentido observada por cosas más raras que un alce de plástico.

Se me escapa otra carcajada. Joder, ¿qué me pasa esta noche? Debe de haber algo en los labios sonrosados y carnosos y los pómulos altos de una mujer hermosa que hace que me comporte de forma extraña.

Mi móvil vibra sobre la barra. A regañadientes, aparto la mirada de ella y veo un mensaje de Arthur recordándome que le prometí ayudarle a arreglar una tubería mañana, después de que su nieto le hiciera un agujero con un disco de hockey. Bloqueo la pantalla y vuelvo a centrarme en la chica.

—¿Estás de paso?

Baja la servilleta y empieza a doblarla con cuidado. No lleva ningún anillo en la mano izquierda.

—Algo así. Técnicamente, voy de camino a Maine.

—¿Qué hay en Maine?

Inclina la cabeza con una sonrisita.

—Langosta. Lluvia. Gente que se mete en sus propios asuntos.

Levanto las manos en señal de derrota.

—Me lo he ganado a pulso. Lo cierto es que aquí no encontrarás a nadie que se meta en sus propios asuntos.

Ahora es ella la que suelta una risa.

Tommy va a volver en cualquier momento y se unirá a esta conversación con algo interesante y divertido que decir. Tiene ese encanto propio de los camareros y que le da el don de hablar con cualquiera de cualquier cosa, algo que yo nunca he conseguido imitar.

Yo soy el tío práctico al que llamas cuando no te va internet o, si eres Flo, cuando necesitas colgar cientos de guirnaldas de luces un mes antes de lo previsto para impresionar a un bloguero de viajes. Claro que le pido ayuda a Tommy, pero él es con quien te irías si quisieras pasar un buen rato.

Esta noche, la taberna está tranquila. Supongo que todo el mundo se ha quedado en casa para evitar que el equipo de reporteros sin escrúpulos lo acose en la calle. Aparte del crepitar del fuego, los únicos sonidos que se oyen son los susurros de Winnie y Mel en un rincón y el suave murmullo de la gente que juega a los dardos en el fondo del local.

—Por cierto, soy Clara —se presenta la mujer que está a mi lado, sacándome de mi ensimismamiento.

—Jack —respondo. Ella se gira para estar frente a mí del todo y apoya un codo en la barra. Tiene los talones enganchados en el reposapiés y sus largas y delgadas piernas inclinadas entre las mías, que están abiertas—. ¿Has disfrutado hasta ahora de tu visita a Fraser Falls, Clara?

—Veamos… Me he encontrado con alguien que se hacía pasar por camarero, el de verdad me ha acusado de ser una periodista de incógnito y, de camino a aquí, alguien me ha dado el pésame por una razón que desconozco.

—Lo entiendo —comento, haciendo un gesto hacia su atuendo—. Normalmente, cualquiera que venga al pueblo con ropa elegante es porque viene a un funeral.

Abre mucho los ojos, como si de repente todo tuviera sentido.

—¿Eres de por aquí?

—De toda la vida. Nunca he vivido en otro sitio. Aunque sí fui a un campamento de verano en Rhode Island cuando tenía diez años, si eso cuenta.

Asiente con vehemencia.

—Claro que cuenta. Es prácticamente un verano europeo.

Me muerdo el interior de la mejilla.

—¿Qué ha hecho que te detengas en Fraser Falls de camino a Maine, donde la gente se mete en sus propios asuntos?

—Me han hablado bien de este lugar. Se rumorea que aquí la gente es muy amable —dice, y yo asiento, a sabiendas—. Hasta ahora estoy de acuerdo, y es tan encantador como parece en internet. De hecho, incluso más. Me encantan las lucecitas. Deberíais dejarlas puestas todo el año.

—Estás de suerte, porque no suelen estar puestas tan pronto, pero no le des ideas a Flo. Son bonitas de ver, pero el viento hace que los copos de nieve se enreden y soy yo quien tiene que arreglarlo.

Clara arquea una ceja.

—¿Quién es Flo?

Cómo describirla…

—Es la dueña de la pastelería de la calle Mayor. Técnicamente, el edificio le pertenece, pero espiritualmente el pueblo entero es suyo. Es como la alcaldesa no oficial, la pregonera y la guardia vecinal, todo en uno.

—Ay, Dios mío —exclama Clara, dando una palmada—. ¡Florence! Es la que publicó el vídeo de las muñecas con esa música de fondo tan seria y señalando con el dedo, ¿verdad?

Reprimo un gruñido.

—Por desgracia, sí.

Se ríe.

—Sin ánimo de ofender, pero por lo que se ve en las redes de Fraser Falls, todo este pueblo parece… demasiado pintoresco para todo este drama a su alrededor. ¿Salseos online y periodistas? Es demasiado.

—Y te quedas corta. —No añado nada más. Lo último de lo que quiero hablar es del escándalo de las muñecas y de la reciente fama de Flo en internet—. Hay muchas otras cosas de las que podrían hablar. Cosas mejores.

Creo que Clara nota mi reticencia porque cambia de tema.

—¿De verdad la mascota del instituto es un oso con peto?

No era una de esas «cosas mejores» en las que estaba pensando, pero me vale.

—Sí, el equipo es los Osos de Fraser Falls. Nuestra única victoria fue en el campeonato regional de fútbol americano de 1998. El pueblo lo sigue celebrando cada año. Fue nuestra llegada a la luna, pero no podemos decirlo abiertamente porque hay un tipo que cree que la llegada a la luna fue un montaje y le cabrea.

—Anda. —Clara abre mucho los ojos—. ¿Es de esos que piensan que todo se rodó en un plató?

Esta tampoco es una de esas «cosas mejores» a las que me refería.

—Algo así. Cree que la luna es un holograma.

Clara se enrolla el pelo en un dedo mientras asiente despacio, asimilando la información.

—Hoy he visto a alguien intentando atrapar un dron con un cazamariposas. Uno de verdad, como si fuera un cazador de mariposas. ¿No será el mismo tipo, por casualidad?

—¡Sí! Ese es Donald. Gran teórico de la conspiración, pero excelente paisajista si alguna vez necesitas arreglar tu jardín. El dron tuvo suerte de escapar; es increíblemente rápido con el cazamariposas. Atrapó a Tommy con él una vez. —Hago un gesto con la cabeza hacia mi mejor amigo, que está junto al fuego—. También acusó a Flo de ser agente de la CIA y escapó con vida por los pelos.

Clara se atraganta con su refresco al reírse.

—Este lugar es puro caos. Es muy pintoresco, pero también salvaje.

Su comida aparece ante ella mientras doy el último sorbo a mi bebida.

—No te haces una idea.

4

Jack

Mientras Clara cena, voy a casa a buscar a Elfo y lo traigo al bar. El grito ahogado que deja escapar cuando lo ve es una reacción a la que estoy acostumbrado y que a él le encanta.

—¿Es una mezcla de bulldog? —pregunta, rascándole la mancha blanca que tiene en el centro del cuerpo, por lo demás gris.

—O algo así. Era un perro callejero, así que no estaban seguros del todo.

Después de robarme la atención de Clara durante cinco minutos, Elfo sigue a Tommy y se acomoda en la cama que hay detrás de la barra, puesta allí especialmente para él.

Cuando vuelve a prestarme atención, Clara me deja hablar sobre lo pintoresco que es Fraser Falls. Le presento formalmente a Tommy y le dejo que él mismo le relate su traumática experiencia de cuando se quedó atrapado en el cazamariposas de Donald. Cuando termina de responder a sus preguntas, mi amigo se esfuma, lo cual agradezco.

Menciono que algunas personas del pueblo organizaron una manifestación frente a la escuela de arte cuando Wilhelmina quiso traer a una modelo desnuda para una clase de pintura —sus tres pancartas decían: «Para el arte no hace falta despelotarte»— y ella casi se atraganta con su bebida.

Cuando termina de cenar, Clara me cuenta la obsesión de su madre por el horóscopo y que su hermano está enamorado de su mejor amiga desde que eran pequeños. No habla de su padre y yo con gusto tampoco hablo del mío. Sonrío cuando se queda boquiabierta mientras le hablo del famoso triángulo amoroso que sacudió los cimientos del pueblo en 2009.

La conversación fluye con tanta facilidad que me entran ganas de preguntarle si a ella le sucede esto a menudo con la gente: la conexión instantánea, las chispas que saltan entre nosotros, las ganas de saberlo todo. A mí esto no me pasa nunca, pero no le pregunto nada. En vez de eso, ella se ríe al compartir conmigo la historia sobre cómo se quedó atrapada en un ascensor con Jennifer Aniston en Halloween vestida de Chucky y yo le hablo de aquella vez que, sin querer, prendí fuego al parque infantil.

Cuando Clara se ríe, lo hace con todo el cuerpo; se inclina hacia delante al hablar, como si cada palabra fuera un secreto que quiere que solo oiga yo. Es imposible que no me guste. Es educada con Tommy cuando nos sirve más bebida, y me da una palmadita en el antebrazo, con una sonrisa comprensiva, mientras me disculpo profusamente porque me ha sonado el móvil y la ha interrumpido por tercera vez.

—¿Esta es la parte en la que descubro que eres el camello del pueblo? —pregunta cuando cuelgo.

Dejo el teléfono en la barra y lo pongo en silencio.

—Mi vida no es tan peligrosa ni tan emocionante. Solo soy el tipo al que llaman cuando alguien tiene un problema.

—¿Problemas del tipo: «Necesito ayuda para chantajear a alguien»? —pregunta bromeando.

Desvío la mirada a la pantalla cuando veo que me llega un mensaje.

—Más bien del tipo: «Hay un mapache que no deja de entrar en mi jardín y destrozarme el huerto», o: «¿Puedes arreglar el agujero que tengo en la valla?». O a veces es algo más glamuroso, como: «Se me ha atascado el váter y se está inundando la casa, ¿qué hago?».

—Vaya, cuánto glamour. Obviamente la solución correcta es domesticar al mapache y hacerle una cuenta en redes.

Le acerco mi móvil.

—Tienes talento para esto, así que la próxima llamada la respondes tú.

—Espero que sea algo interesante. ¿Quieres jugar al billar mientras esperamos mi momento de lucirme? —A mí me parece que ya reluce bastante. Ni siquiera me gusta el billar, pero me descubro asintiendo—. Debo advertirte de que no soy muy buena.

—Eso es lo que dicen todos los que quieren estafarte jugando al billar antes de revelar que son una especie de prodigio.

Clara se desliza de su taburete y yo la sigo hasta la mesa.

—Juguemos solo por diversión —insiste mientras marca con tiza el extremo de su taco y yo coloco las bolas—. Sin apuestas.

Saco una moneda del bolsillo.

—¿Cara o cruz?

Ella aprieta los labios, pensativa.

—Cruz.

La moneda gira en el aire antes de caer en mi palma. Me la coloco sobre el dorso de la mano y la destapo.

—Cara. Empiezo yo.

Clara agarra la parte superior del taco con ambas manos y se apoya en él.

—No te pongas nervioso. No hay nada en juego, salvo tu orgullo.

—Ah, genial, eso lo hace menos estresante. —Echo el taco hacia atrás y luego doy un enérgico golpe, perfectamente alineado, que envía la bola blanca hacia el triángulo. El impacto resuena con fuerza cuando las bolas chocan entre sí y ruedan en direcciones opuestas por el tapete de color verde hasta rebotar en las bandas. Doy las gracias en silencio a cualquier fuerza cósmica que ha hecho que no falle.

Dos bolas lisas y una rayada entran en la tronera.

—¿Ahora quién es el estafador? —pregunta Clara, apoyando la cadera en la mesa. Me concentro en la bola más alejada de ella, una que tiene una franja naranja, y suspiro de alivio cuando entra en la tronera.

—Parece que me tocan las rayadas. —La creciente confianza que siento se detiene de inmediato cuando mi siguiente tiro rebota en la esquina del bolsillo—. Te toca, bolas lisas.

Doy un paso atrás y la observo mientras examina la mesa desde todos los ángulos. Sus piernas parecen aún más largas gracias a las botas de tacón, y mueve el culo, firme y redondo, de un lado a otro.

—Lo tengo que agarrar por el extremo que es más fino, ¿verdad? —pregunta, echándose el pelo hacia atrás cuando se endereza—. ¡Es broma! No va en serio: sé que es del lado más grueso.

Me masajeo la mandíbula con la mano y la observo mientras ella intenta no reírse de sus propios chistes. Hay algo irresistible en el hecho de que no se tome a sí misma demasiado en serio.

—Tira, Clara.

El movimiento que ejecuta es suave, pero la bola roja rebota en la tronera y rueda en diagonal hacia el centro de la mesa.

—Creo que esta mesa está coja —comenta, mirándola de reojo.

—Seguro que sí, porque no puede ser que seas tú. —Estoy preparando mi siguiente tiro, con la cara a quince centímetros de la mesa, cuando coloca los codos junto a mí, con la cabeza a la altura de la mía—. No vas a distraerme.

Se inclina hacia mí y el dulce aroma de su perfume me envuelve. Baja la voz.

—Aún no has visto lo bien que se me da. —Clara me guiña un ojo y yo desvío demasiado el tiro hacia la derecha de la bola blanca y fallo por completo—. ¿Ves? Y ni siquiera lo estoy intentando todavía.

Mete su bola naranja. Luego, la morada. Y solo roza la azul.

—¿Necesitas ayuda? —me pregunta cuando me paso diez segundos evaluando la mesa.

Tiro y meto la granate. Me inclino hacia ella, con la cara a solo unos centímetros de distancia. Joder, qué guapa es.

—Creo que estoy bien.

Fallo mi siguiente tiro, pero da lo mismo. Hago exactamente lo mismo que Clara me acaba de hacer a mí. Me inclino hacia ella mientras se prepara.

—¿Necesitas ayuda? —susurro.

—La verdad es que sí. —Se incorpora y me observa pacientemente mientras las palabras «oh» y «joder» se repiten en mi cabeza como si estuvieran puestas en una cinta transportadora mental.

—Inclínate. —Trago saliva. Sí, no me cuesta imaginarme diciéndole eso en unas circunstancias muy distintas. Aunque no tengo la costumbre de ligar con desconocidas, no todas las noches entra aquí una mujer guapísima con la que conecto al instante—. Apunta como lo harías normalmente.

Hace lo que le digo y me mira expectante desde la mesa.

—¿Y ahora qué?

Le recoloco la mano izquierda y le cambio la posición de la derecha, le paso el brazo por encima de la espalda y agarro la parte inferior del taco. Ella se acerca un poco más a mí.

—Sujétalo más cerca del cuerpo, así. No lo agarres con demasiada fuerza, para que el golpe sea suave —le indico en voz baja.

—Buena técnica.

Soy muy consciente de que nos están observando, pero a Clara, o no le importa, o no se ha dado cuenta.

Guío el taco hacia atrás con ella y golpeamos la bola blanca, que choca contra la azul. Cuando entra en la tronera, Clara se contonea de la emoción y las suaves curvas de su cuerpo me rozan.

—Hacemos buen equipo.

La suelto y doy un paso atrás por seguridad. Me froto el cuello, donde noto que me arde la piel. No me puedo creer que esté así por una partida de billar… Tengo que controlarme.

Durante la partida, Clara sigue distrayéndome cada vez que puede y yo sigo permitiéndoselo, disfrutando de su constante lucha por apartar mi atención del juego.

—¿Qué se lleva el ganador? —pregunta, volviendo a marcar su taco con tiza. Se sacude el polvo azul de las manos y se coloca el taco entre el antebrazo y el bíceps.

—Creía que solo era cuestión de orgullo, ¿no? —Golpeo el lateral de mi bola amarilla, pero no la meto—. ¿Me estás diciendo que ha habido un premio todo este tiempo?

—No quería que la presión te agobiara. —Inclina la cabeza hacia un lado y pone morritos—. Solo quiero lo mejor para ti.

—¿Qué tal si… el perdedor paga la siguiente ronda?

Clara abre mucho los ojos, como si yo acabara de decir algo magnífico.

—Es una idea novedosa y única, y me encanta. Hagamos eso.

Respira hondo y se prepara para meter la bola roja. Hago un pequeño ruido y ella me manda callar. Tengo claro que no va a meterla: el ángulo está mal y tiene el taco demasiado alto. Es más probable que golpee la bola blanca y la saque de la mesa.

—Oye, ¿me das permiso para que volvamos a ser un equipo?

Me mira desde el otro lado de la mesa, con su culo respingón en pompa.

—¿Planeas sabotearme?

—No —le aseguro, metiéndome las manos en los bolsillos y negando con la cabeza.

Me mira de arriba abajo, deteniéndose más tiempo en mi pecho y mi cara.

—Vale, pero solo porque me gusta que me susurres con esa voz ronca que tienes en el oído, no porque crea que necesito tu ayuda.

Me paso la mano por la coronilla y, por un momento, me quedo sin palabras.

—Entendido. Muévete un poco hacia aquí. —Coloco la mano sobre su cadera y la guío hacia el centro de la mesa. Me coloco detrás de ella otra vez, como antes, con el pulso firme cuando la recoloco. Estoy un poco más cerca de ella que antes. Cuando le cambio la posición de la mano izquierda, todo encaja, casi como si ella hubiera estado haciéndolo mal a propósito—. Lo estás haciendo muy bien, no necesitabas mi ayuda.

—Lo sé, pero ahí está ese susurro otra vez. —Mueve el brazo despacio hacia atrás y golpea la bola roja justo donde tiene que hacerlo para que entre en el agujero—. ¿Quieres ayudarme a que te gane o prefieres mirarme desde la barra mientras nos vas pidiendo unas copas?

—Te ayudaré. Sentir que he participado me subirá el ego.

Clara lanza un grito de celebración cuando mete la bola número ocho en la tronera más cercana. Suelto el taco y le dejo espacio. Bueno, me dejo espacio a mí mismo. Me tiende la mano y yo se la estrecho con cuidado.

—Bien jugado —me felicita—. Tomaré un mojito, por favor.

—Ahora mismo te lo traigo.

—¿Cuál ha sido el mayor escándalo del pueblo?

Clara agarra la pajita de su tercer mojito y la hace girar dentro del vaso. Cuando Mel y Winnie se marcharon, ocupamos el sofá de dos plazas junto a la chimenea y no ha dejado de hacerme preguntas sobre Fraser Falls desde entonces. Esperaba que se sentara en el sillón vacío de enfrente, pero se puso en el espacio que quedaba junto a mí.

Estamos ladeados para mirarnos el uno al otro, tan cerca que no tiene motivos para inclinarse hacia mí. La noto relajada a mi lado. Intento responder a las preguntas que me hace con otras para ella, pero está más interesada en seguir preguntando.

—El mayor escándalo del pueblo… —Me rasco la mandíbula mientras le doy vueltas—. Un embarazo adolescente. El resultado fue Sailor, mi ahijada. Es hija del hermano de Tommy, Luke.

—Eso pasa en todas partes. ¿Qué tiene de escandaloso?

—Luke hincó la rodilla para pedirle matrimonio a Dove y ella le dijo que se levantara. Ni siquiera estaban saliendo, solo crecieron siendo vecinos e hicieron un pacto. Todavía viven uno al lado del otro. Es la relación entre padres más sana que he visto nunca.

Clara le da un sorbo a su copa.

—Esperaba que me hablaras de una secta o de algo como un asesinato que todos prometisteis ocultar para siempre. Una cosa por el estilo.

—Lo más parecido que tenemos a una secta es un club de lectura. Siento decepcionarte.

—¿Cuál es el mayor escándalo que has vivido tú? —pregunta.

En mi adolescencia hubo muchos que nunca querría admitir, porque no los recuerdo ni divertidos ni graciosos. Busco uno que le pueda gustar.

—Una vez, mientras hacía ejercicio, tenía el móvil en el bolsillo del pantalón y llamé sin querer a uno de mis vecinos. Empezó a correr el rumor de que los había llamado mientras follaba. —Clara suelta un manotazo y me agarra del brazo, con los ojos muy abiertos y los labios apretados para contener su reacción—. Salió el tema en una reunión municipal y me morí de la vergüenza. Solo tenía veintitrés años.

Ese último detalle es suficiente para hacer que pierda la compostura y se eche a reír a carcajadas con la frente apoyada en mi hombro. Cuando por fin se recupera, se disculpa. Los múltiples mojitos que se ha tomado hacen que esté contenta y resulta encantadora.

—Estoy intentando imaginar cómo son tus entrenamientos para que alguien se pensara que lo que estabas haciendo era otra cosa —comenta con el ceño fruncido.

—No he bebido lo suficiente como para ponerte un ejemplo.

—Tenemos tiempo.

Las horas se desdibujan en el cálido resplandor de la chimenea.

Clara me gusta; más de lo que debería gustarme alguien a quien acabo de conocer. Al final, consigo preguntarle algunas cosas yo también. Me entero de que le encanta la comida, y lo que más le gusta es el desayuno y la comida italiana; que vive sola en Manhattan y que su película favorita es Pretty Woman.

Pero luego ella vuelve a dirigir la conversación a mí.

Hay algo en la forma en que me mira cuando hablo, como si de verdad le importara lo que tengo que decir. Hace mucho tiempo que nadie quiere escucharme hablar de otra cosa que no sea la muñeca. Eso es lo que más me gusta de Clara: ni una sola vez ha sacado el tema del trabajo.

Al final, la taberna se queda vacía. Tommy empieza a limpiar la barra y me lanza la mirada que me dirige siempre cuando me quedo demasiado tiempo sin ofrecerme a ayudar.

Miro a Clara, que está terminándose su copa.

—Vamos —le digo—. El hostal está de camino a mi casa. Déjame acompañarte.

Tommy se despide de Clara con la mano, dice que se quedará con Elfo hasta mañana y me guiña un ojo cuando la sigo hacia la puerta.

Una vez fuera, el aire frío nos cala hasta los huesos. Clara tiembla y se envuelve con más fuerza en su abrigo; yo hago lo mismo. Nuestro aliento forma nubes de vapor en el aire. Fraser Falls está casi en silencio; solo se oyen nuestros pasos y los ladridos de un perro a lo lejos.

—Me sorprende que la gente no sepa lo idílico que es este lugar —comenta, metiéndose las manos en los bolsillos.

—El año pasado tuvimos más visitantes que los anteriores. Esperamos que vuelvan, pero quién sabe. Flo tiene el sueño de que organicemos un gran mercadillo navideño, como los que hay en Europa, pero necesitamos visitantes asiduos para poder hacer eso.

Me mira, con su aliento formando una nube entre nosotros.

—Ya, entiendo por qué. Yo vendría.

Llegamos a los escalones de la entrada del hostal. La luz del porche parpadea sobre nosotros, iluminando su rostro con un suave tono dorado. Se gira hacia mí, todavía envuelta en su abrigo.

—Te enviaré la primera invitación cuando suceda.

Se mira los pies y luego levanta la cara hacia mí, todavía sonriendo.

—Gracias por las copas. Y por el paseo. Y por la invitación.

—¿Tienes que irte mañana a Maine sí o sí? Yo podría conseguirte una langosta, y no prometo que llueva, pero probablemente podría hacerme con un aspersor o algo así. —Sonrío, intentando que no se vea lo mucho que me entristece que la noche acabe.

—Me temo que tengo que irme mañana a Maine sí o sí —responde, y parece decepcionada—. Ojalá pudiera quedarme.

—A mí también me encantaría que te quedaras. —Hay una pausa que se prolonga demasiado, una en la que podría pasar algo, en la que debería pasar algo. Quiero besarla. Debería besarla y no sé qué me lo impide. ¿Quizá la posibilidad de que un rechazo estropee una noche perfecta? No lo sé.

—Debería entrar, que hace frío. Buenas noches, Jack. Gracias por darme una bienvenida tan cálida.

El momento pasa y pierdo mi oportunidad.

Asiento.

—Buenas noches, Clara. Y lo digo en serio: vuelve cuando quieras.

Me observa y, entonces, sonríe. Está un poco pensativa, como si ella también supiera que el momento se nos ha escapado. Me da un apretón cariñoso en el brazo antes de desaparecer por la puerta principal y yo me quedo allí un poco más, con las manos metidas en los bolsillos, sintiendo cómo el frío me cala hasta los huesos.

Retiro lo que he dicho antes: no todos los nuevos visitantes son no deseados.