«Hoy iremos a bañarnos», ha dicho Yukiko, así que nos hemos preparado enseguida.
Nos hemos puesto unos vestidos de gasa blanca, hemos tomado a los niños de la mano, hemos formado una fila y hemos caminado unos cinco minutos por el camino empedrado que lleva al río. En algunas partes las losas están sueltas. Chiaki, a la cabeza del grupo, se ha agachado unas cuantas veces para recoger pedazos que después ha colocado en la palma de su mano.
—Por aquí no está tan mal —dice Yukiko en un tono tranquilizador.
Chiaki asiente.
—Tienes razón. Por aquí todavía está bien conservado.
Después de ceñirse el vestido, ha reemprendido la marcha un poco más aprisa. Se oye el rumor del río, se ve el vapor de agua elevarse hacia las copas de los árboles. Es un baño termal.
Nos metemos en silencio en el agua para que el cuerpo entre bien en calor. La gasa blanca transparenta nuestros vientres y nuestros pechos. Algunas solo han metido los pies, pero las demás nos hemos sumergido hasta el cuello. Nuestros rostros no tardan en ponerse rojos y enseguida empezamos a sudar.
Los niños juegan entre ellos, salpican, se divierten cerca de nosotras, en un lugar poco profundo. Sus voces alborotadas se deslizan sobre la superficie del agua.
A lo lejos he visto un animal que nadaba hacia la otra orilla. Chiaki ha carraspeado. Alguien pregunta: «¿Nos vamos ya?». Salimos del agua caliente con la ropa mojada y regresamos derramando gotas de agua. Los adoquines se mojan y tardan un tiempo en secarse, como si por allí se hubiera arrastrado una gran serpiente.
Me casé hace cinco años.
Mi marido es alto, de constitución fuerte. Yo también soy alta para ser una mujer, pero cuando él me abraza me invade una sensación agradable, como si me envolviese con una tela gruesa.
Mi marido trabaja en una fábrica a las afueras de la ciudad. Es una fábrica igual a cualquier otra, pero me ha llegado el rumor de que esa en concreto pertenece a una categoría especial. Yukiko se ríe cuando se lo digo y lo niega. «De ninguna manera», asegura, porque todas son iguales. Después de todo, la tecnología es la misma.
Pero, aunque la tecnología y los sistemas sean los mismos, ¿acaso no influye la cualificación de los trabajadores en el resultado final? Se lo he preguntado a mi marido en alguna ocasión y él siempre asiente con aspecto satisfecho.
Durante la semana pienso a menudo en lo mucho que lo quiero y, al tomar conciencia de los sentimientos que albergo hacia él, me siento aliviada, aunque también un poco inquieta.
Mientras mi marido trabaja, yo me dedico a la crianza de los hijos.
Los niños desbordan energía. Yukiko se queja últimamente porque cuando los persigue en sus carreras se queda sin aliento. Hasta hace poco era la más entusiasta con sus juegos.
Los llevamos al gran parque que hay en el centro de la ciudad.
En el parque, que atraviesa un pequeño riachuelo, hay una fuente, un castillo de barras de hierro para trepar, un arenero y un tiovivo pequeño. Los niños pueden subir a él cuando empiezan el jardín de infancia. Lo hacen entusiasmados, se montan a horcajadas en los caballos y empiezan a dar vueltas y más vueltas. Sin embargo, al cabo de un rato se aburren y vuelven a los juegos de siempre, el pillapilla, el escondite, las casitas.
Del tiovivo se encarga un hombre muy mayor. En una ocasión me dijo que vive en el norte de la ciudad.
En otoño casi no se ven niños en el tiovivo. El encargado se sienta en silencio a un lado de la atracción inmóvil. Muy de vez en cuando aparece algún chaval y se sube de un salto a uno de los caballos de madera, y entonces el hombre tira de una gran manivela que hay cerca de la plataforma. Poco a poco el tiovivo empieza a girar. Suena la musiquilla, da ocho vueltas completas, se detiene. El niño de turno desmonta con pinta de no habérselo pasado muy bien y echa a correr en dirección al arenero sin tomarse siquiera la molestia de darse media vuelta para dar las gracias.
Chiaki se ha casado tres veces. Su primer marido murió a los dos años de contraer matrimonio. Con el segundo estuvo casada siete, y también falleció a causa de una enfermedad. Con el último se casó el año pasado.
—¿Qué necesidad tiene de molestarse en hacerlo oficial? —me pregunta Yukiko en una ocasión, pero yo creo entender los sentimientos de Chiaki.
Aunque un matrimonio se registre oficialmente, no implica cambio alguno. Oficial o no, se trata de vivir juntos, de envejecer poco a poco.
—A lo mejor quiere establecer una especie de marca para señalar así el tiempo que pasan juntos —le respondo yo.
Pero Yukiko se sonríe con un gesto incrédulo cuando escucha mi argumento.
—Supongo —dice.
Mi marido y yo también hemos oficializado nuestro matrimonio, aunque él, en un primer momento, no era muy partidario de hacerlo.
—Tengo intención de vivir mucho tiempo —me dijo.
—¿Y yo? ¿Crees que yo no voy a vivir tanto como tú?
Él se limitó a encogerse de hombros y a murmurar:
—No lo sé. Eso no lo sabe nadie.
Este es su cuarto matrimonio. Yo me he casado dos veces. Tanto sus tres exmujeres como mi exmarido han muerto. Yo no conservo nada de él, pero mi marido sí guarda recuerdos de ellas. Los tiene bien guardados en tres cajas pequeñas envueltas con cintas de algodón.
A veces me pongo a contar con los dedos todos los niños que he criado hasta ahora.
Uno, dos, tres, cuatro... Solo recuerdo el nombre de quince, pero si incluyo a aquellos cuyos nombres he olvidado puede que sumen más de cincuenta.
Los niños crecen rápido. Los casos en que tardan dos o tres años en ir al jardín de infancia son raros. Los más adelantados, de hecho, ya están listos para entrar a los dos o tres meses de nacer.
Cuando llega ese momento, mi trabajo está prácticamente terminado. Si me cruzase con alguno de los quince cuyos nombres recuerdo, no estoy segura de poder reconocerlos ahora que se han convertido en adultos.
Hace poco vino a verme uno de esos niños que ya han alcanzado la edad adulta.
—Hola, madre —me dijo mientras me ofrecía un ramo de flores. Eran esas pequeñas flores blancas que crecen en la colina cerca de la fábrica—. Las he cogido para usted —dijo un tanto avergonzado.
No lograba recordar su nombre y no sabía bien qué hacer.
—Soy Taku —dijo entonces.
—¡Ah, sí!
Fue el décimo no sé cuántos de los que he criado. ¡Cómo había crecido! Le tendí la mano casi por instinto y él la aceptó con suavidad.
—Voy a casarme dentro de poco.
—Eso está muy bien.
—¿Cuándo fui hijo suyo?
—Ya sabes que eso no se puede decir, y se supone que tampoco deberías haber venido aquí.
Eché un vistazo a mi alrededor. No había nadie que pudiera vernos. Ese día tampoco me había cruzado con Yukiko. Extendí los brazos para rodear su torso y lo abracé. Era uno de los niños que yo había criado. Mis brazos notaron el tacto de sus músculos firmes y cálidos.
—¡Enhorabuena! —susurré.
Taku sonrió y agachó la cabeza. También él me abrazó.
—Me alegro mucho de haber venido.
Después se marchó y miró atrás en varias ocasiones, como si le diera pena irse.
—¿Va todo bien en la fábrica? —le pregunto a mi marido.
Él se encoge de hombros con un gesto que puede interpretarse como un sí o como un no.
Al parecer, la fábrica de esta zona se levantó hace unos cien años. Como en otras zonas, más o menos. Según he oído, la más antigua de todas se construyó hace cientos de años, pero ya desapareció, y mucho antes existía una unidad que incluía múltiples zonas, y a eso lo llamaban país, y a ese país lo llamaban Japón. Aparte de Japón había incontables países, cada uno con su propio nombre. Todo eso lo sé gracias a mi marido, porque le gusta mucho leer viejos documentos.
—¿Cómo era la vida entonces? —le pregunto.
Él sacude la cabeza.
—No lo sé. Eso no está escrito en ninguna parte. Tal vez se trata de algo que no debemos saber.
Hay muchas cosas en este mundo que no deberíamos saber.
«Eres demasiado curiosa», me ha advertido Yukiko alguna que otra vez. Obviamente, ser curiosa no es nada malo. La gente debería interesarse por aprender cosas, porque la vida no es tan larga, después de todo.
En la fábrica producen comida. También producen niños.
El origen de los niños es aleatorio. Algunos derivan de las vacas, otros de las ballenas o de los conejos.
—¿Por qué no producen niños a partir de los seres humanos?
—Imagino que lo harán, aunque no sean muchos —me explica mi marido—. Las células humanas son demasiado frágiles.
—¿Ah, sí?
—Por alguna razón desconocida, las células de origen humano presentan una alta probabilidad de mutar, y por eso la producción de niños a partir de ellas se resiente.
—Ya veo.
Es imposible rastrear el origen de cada uno de nosotros. Me pregunto si la gente de antes habitaba también un mundo inundado de cosas que no debían saber, como sucede ahora.
—¿Por qué no me enseñas los recuerdos de tus exmujeres? —le pido a mi marido.
—¡Claro! —dice él, y va a buscar las cajas.
Mi marido me ha contado que el origen de su primera mujer era un ratón. El de la segunda, un caballo, y el de la tercera, un canguro.
Cada una de las cajas contiene un hueso análogo. Son sus recuerdos. Por alguna razón desconocida, el pequeño hueso análogo a la altura de las cervicales tiene la forma del cráneo del animal del que uno procede, aunque solo se trata de una miniatura. Cuando muere alguien, antes de que incineren su cuerpo se puede solicitar en la fábrica que te lo den. Solo entonces, una vez muerta, se puede saber el origen de la persona en cuestión.
A mí el hueso análogo que más me gusta es el de las mujeres cuyo origen es un caballo. Las cuencas de los ojos están muy separadas del hocico, y parece como si fuera a empezar a hablar en cualquier momento.
—¿A quién prefieres de entre todas tus mujeres?
—A la que tengo ahora.
Me pregunto si, en el caso de que yo muera antes que él, conservará ese hueso mío y lo guardará como recuerdo en una cuarta caja.
—No quiero acabar como tus otras mujeres —le digo para ver cómo responde.
—Yo tampoco —se sonríe—. Déjame pensar en ello.
Justo después de eso mi marido murió. Así, sin más.
He solicitado en la administración de la fábrica que me den su hueso análogo. He ido a la biblioteca a consultar un libro y resulta que se parece mucho a la calavera de un delfín.
El pie de foto, bajo la imagen de unos delfines nadando, dice así: «Delfín, nombre genérico para las variedades más pequeñas del orden de los odontocetos, suborden de los cetáceos, orden Cetartiodactyla, clase Mammalia».
Durante un tiempo se me han quitado las ganas de hacer nada.
—No deberías estar tan decaída ni estarlo durante tanto tiempo. También por los niños. Estoy segura de que tu difunto marido pensaría lo mismo.
Yukiko se esfuerza por animarme, pero yo no encuentro el ánimo necesario para la crianza de niños.
—Los niños no son más que una molestia —protesto.
—¿Qué dices? —me reprende con una voz áspera—. Si desaparecen los niños, adiós al mundo. Debemos producir niños y criarlos. Solo así podremos conservar la diversidad biológica de la información genética que necesitamos para subsistir. Es el único modo de que el mundo siga adelante.
Yo no entiendo bien el significado de lo que dice. Es algo que se repite a diario, por supuesto. De hecho, estoy harta de oírlo una y otra vez desde que era pequeña, pero no tengo ni idea de lo que significa.
—¿De dónde viene la gente? —le pregunto a Chiaki—. ¿Te gustaría que fuéramos a bañarnos nosotras dos solas? —le pregunto también, porque no tengo ganas de ver la cara de Yukiko.
Chiaki acepta de inmediato. Enseguida nos ponemos los vestidos ligeros y caminamos hasta el río. Chiaki habla poco. No dice nada sobre mi difunto marido ni sobre los niños, y eso es algo que le agradezco mucho.
En la superficie del río se forman burbujas. El vapor se eleva y se dispersa. Nos metemos en el agua y no decimos nada durante mucho tiempo. El sudor nos chorrea por la frente, por las sienes, por el cuello, pero permanecemos inmóviles, sin inmutarnos.
Ha empezado a oscurecer. Chiaki se ha levantado en silencio. Sus pechos y su vientre están teñidos de un tono rosa.
—Tu marido acaba de morir, ¿verdad? —me pregunta al fin—. Lo querías mucho.
Asiento. Noto cómo las lágrimas se deslizan a ambos lados de mi nariz, corren por mis mejillas.
—¿Puedo enseñarte algo?
Chiaki saca una lata cuadrada y fina de la bolsa pequeña que ha dejado en la orilla. Retira la tapa y me enseña lo que hay dentro.
—¿Qué es eso?
—La nuez de la garganta. Hay quienes también la llaman manzana de Adán.
Encima de un algodón hay un hueso pequeño con la forma de una mariposa que no ha sido capaz de extender del todo las alas. Se trata de algo completamente distinto a cualquiera de los huesos análogos.
—La gente que proviene de seres humanos no tiene hueso análogo. Por eso cuando mueren te dan la nuez, que es típica de ellos. Me sorprendió mucho cuando me la enviaron de la fábrica. Jamás había pensado que mi segundo marido fuese de origen humano, aunque sí daba por hecho que venía de algún mamífero longevo, porque era muy mayor.
Chiaki sonríe sin ganas.
—¿Sabías que hasta ahora solo han sido capaces de producir a tres personas a partir de células humanas?
—¿Y de otros mamíferos?
—Miles de cada una de las especies, incluso de las más raras. Me lo dijo mi primer marido.
El primer marido de Chiaki fue subdirector de la fábrica. Era lógico, por tanto, que dispusiera de información inaccesible para la gente normal.
—¿Por qué las fábricas producen tantas personas?
—Bueno, también producen comida.
Por comida, es decir, por cosas que no son personas, se entienden las plantas, los animales. Todo ello se produce en las fábricas.
—¿No te resulta un poco extraña esta manera de vivir, solo para producir, crecer, casarnos, criar niños y, por último, morir?
—Así son las cosas.
Chiaki acaricia suavemente con el dedo la parte rota de un adoquín. Nuestra piel ha perdido la tonalidad roja bajo la gasa fina de los vestidos. Ahora se ve más bien blanca.
—Este camino existe desde hace más de mil años —dice Chiaki.
—¿De verdad?
—Eso decía mi primer marido.
—¿Y quién lo hizo?
—Los seres humanos.
—¿Y por qué?
—Eso no lo sé.
Pienso en la arena del lecho del río donde estábamos sentadas hace poco mientras nos bañábamos. Después de pulverizar los huesos de los muertos, los arrojan al río. Los huesos de mi marido, y los míos también, se mezclarán con los infinitos granos de arena y terminarán pisoteados por los pies de las mujeres durante años y años.
—Le gusta ese cuento de un hombre y una mujer que descienden el río en una pequeña barca —dice Yukiko.
—Nunca lo habría imaginado.
—Lo entiendo. A mí también me sorprende.
El hombre y la mujer dejaron la ciudad y se marcharon en una barca. Nadie hasta entonces había pensado en la posibilidad de salir de la ciudad, pero ellos sí. La barca salió al mar y el hombre y la mujer alcanzaron las costas de un continente desconocido donde criaron a sus hijos y donde levantaron una nueva ciudad.
—Esa historia es solo un mito —asegura Chiaki en voz baja.
¿Qué es un mito?
Una historia de dioses.
¿Qué son los dioses?
No estoy segura, pero deben de ser algo parecido a las fábricas.
La charla de las mujeres se agita como las ondas sobre la superficie del agua.
Tuvieron hijos, de manera que también en ese continente debe de haber fábricas.
Me apuesto lo que quieras a que no tienen nada que ver con las nuestras.
¿No te gustaría verlas?
Pero me da mucho miedo ir río abajo.
Los niños gritan. Uno de los más grandes juega y se hace el ahogado. «¡No hagas eso!», le regaña Yukiko. «¿Y si te ahogas de verdad?».
Un animal de orejas largas nada cerca de la orilla de enfrente. Es uno de esos que nos sirven de alimento, pero cuando logran huir y cruzar el río a nado se ponen a salvo. Ya no se convertirán en alimento.
Me pregunto si también ese animal alcanzará ese continente.
En tal caso pasará a formar parte de la leyenda.
El agua está muy caliente hoy. El animal de orejas largas forcejea, parece desesperado, no deja de patalear mientras aparece y desaparece de la superficie del agua. Hace poco he roto en pedazos el hueso análogo de mi marido y después lo he esparcido en el río. Los restos brillaban y flotaron un rato como si fueran granos pequeños, hasta que terminaron por hundirse.
Es un mito.
¿Un mito? ¿Qué es eso?
Nunca he oído nada semejante. ¿Y vosotras?
Se oyen las risillas de las mujeres y después el murmullo de sus voces.
Hoy ha venido Yo.
Al abrir la puerta me he encontrado conmigo mismo, pero era un Yo mucho más joven y con el pelo largo.
—Ya veo. Al fin ha llegado el momento —he dicho.
Al oírme, Yo, al otro lado de la puerta, ha retrocedido un poco.
—¡Ese corte de pelo! ¡Qué recuerdos!
Cuando se lo he dicho, Yo ha adoptado un gesto de extrañeza, como si no supiera cómo reaccionar.
—Así que ese era mi aspecto.
—Sí. Me conozco tu cara de memoria. Allí aún vive otro Yo más o menos de la misma edad —dice en voz baja sin cruzar el umbral de la puerta.
A partir de ese día hemos empezado a vivir bajo el mismo techo.
En primer lugar, nos hemos repartido las tareas de la casa. A mí me gusta limpiar y, por el contrario, no tengo demasiado interés en la cocina. Como a Yo le pasa lo mismo, hemos evitado el criterio de las preferencias y hemos optado por turnarnos durante la semana.
Mis platos son poca cosa.
—Como todavía eres joven —le digo a Yo—, ¿no preferirías comer un poco más de carne o de alimentos grasos?
Sin embargo, no responde y se limita a sacudir la cabeza.
—No como mucha carne ni pescado. Prefiero la verdura.
—¿De verdad? Eso quiere decir que nos diferenciamos en cosas pequeñas.
Yo descuida más la limpieza. Le he explicado con paciencia cómo usar la escoba, cómo estrujar bien los trapos.
—Aprendí todos esos trucos cuando me instalé en esta casa —digo como si hablase para mí.
Yo asiente.
—Me imagino. No me disgusta limpiar, pero allí no había demasiadas oportunidades de hacerlo.
Sus palabras me traen a la memoria muchos recuerdos del pasado.
Crecí en un lugar situado mucho más al norte.
Para cuando empecé a comprender las cosas, ya existían tres Yoes. Oí que al nacer éramos diez, pero siete no prosperaron.
—¿Qué significa que no prosperaron?
Se lo pregunté a las madres en más de una ocasión, pero ellas se limitaban a sacudir la cabeza sin decir nada.
—Todo cuanto vive termina por morir en algún momento.
Al principio no comprendía bien el significado del verbo «morir». Lo comprendí cuando el gato de la casa se presentó un buen día con un ratón. El ratón, un animal que nunca se está quieto, dejó de moverse y se enfrió.
En la casa había muchos animales: gatos, perros, ratones, conejos, vacas, caballos, gallinas, gallinas enanas, patos, gansos, pavos reales. En el estanque grande del jardín flotaban docenas de aves acuáticas. A quien más le gustaba mirar cómo se sumergían en el agua los zampullines comunes era al Yo de menos estatura.
—¿Tan interesante es? —le pregunté.
Yo asintió.
—A veces se sumergen mucho tiempo, otras no tanto.
Observar es muy importante. Las madres siempre lo repetían. Cuando, a la hora de la cena, el Yo de menor estatura habló del zampullín común, recibió numerosas alabanzas y palabras de cariño.
—Es fundamental prestar mucha atención en las observaciones, no precipitare a la hora de sacar conclusiones. Aunque en apariencia se trate de detalles nimios, no hay que despreciarlos y sí procurar que se queden bien grabados en la memoria.
Así era como enseñaban las madres.
El Yo de menor estatura dio un estirón después de cumplir los quince años. Al final, los tres Yoes alcanzamos la misma altura y las madres ya no eran capaces de distinguirnos. Bromeábamos a menudo, las engañábamos. Había varias madres con pequeñas diferencias entre ellas, gradaciones, por decirlo así, pero en general se parecían todas mucho. Un buen día desapareció una y enseguida la sustituyó otra.
—La echo de menos —dijo uno de los Yoes.
Yo no entendía bien ese sentimiento.
Las madres eran cariñosas, sí, pero nada más. Como las boyas que flotan en el agua y giran sobre sí mismas, las madres siempre estaban presentes con un cierto aire de ligereza. Nos enseñaban a limpiar la cocina y a hacer la colada, y cuando poníamos más entusiasmo de lo debido en las tareas de la casa nos refrenaban con una sonrisa.
—Dejadlo ya. Dentro de poco tendréis trabajo para aburrir.
Nunca quise a las madres. No hasta que llegó la Gran Madre.
Los tres Yoes compartíamos cuarto. Nos tumbábamos en la cama sin un orden concreto.
El ciclo de nuestro sueño era parecido. Yo me despertaba y enseguida abría los ojos Yo y después Yo.
Nunca cerrábamos las cortinas. A medianoche, la luz de la luna se colaba por la ventana y proyectaba sombras en el suelo.
—¡Qué luminosidad! —decía yo.
—¡Qué luminosidad! —repetía Yo.
—¡Qué luminosidad! —insistía Yo.
La Gran Madre apareció el día de nuestro decimoséptimo cumpleaños.
—¡Feliz cumpleaños! —dijo.
Después nos dio tres regalos. Se trataba de un ordenador metido en una caja cuadrada de cartón.
La Gran Madre nos enseñó a usarlo. Nuestro entusiasmo no tenía límite. Jugábamos a videojuegos, escribíamos, dibujábamos e incluso tocábamos algo de música.
Fue la Gran Madre quien me enseñó el significado del amor.
—¡Vaya! Entonces ¿no os queréis a vosotros mismos? —nos preguntó.
Medité una respuesta. Como disponía de mucho tiempo para pensar, le dediqué un buen rato.
Yo me quiero, pero, a la vez, no me quiero.
Ambas cosas son ciertas. Eso es todo lo que puedo decir.
En cuanto a la Gran Madre, solo yo la quería.
Viví con los otros dos Yoes hasta los veinticinco años. Hasta entonces sucedieron muchas cosas, pero para mí la más importante de todas fue que la Gran Madre nos dejó.
—Bien. Ha llegado el momento de la despedida —dijo el día de nuestro vigésimo cumpleaños.
Por la noche nos preparó el hojaldre de pollo que tanto nos gustaba.
Para hacerlo usaba mantequilla preparada con la leche de la vaca que había en la casa, huevos de las gallinas y un pollo que debíamos matar. En cuanto a la harina, las madres recogían trigo en el campo y lo molían.
—Está muy bueno.
Los dos Yoes comieron con fruición, pero yo sentía una terrible opresión en el pecho y apenas pude probar bocado.
—No llores —dijo la Gran Madre mientras me limpiaba las lágrimas con la palma de la mano.
No me había dado cuenta de que estaba llorando.
A medianoche, salí de la casa tras ella. Fue hasta el estanque del jardín y esperó allí. En la orilla había florecido un narciso blanco.
—No me sigas.
—¿Por qué te vas?
—Tengo ganas de ir a un lugar lejano, diferente a este.
—No te vayas.
—Me voy.
La Gran Madre y yo nos abrazamos. Sus pechos eran suaves. Sentí como si un bulto creciera y disminuyera dentro de mí en alguna parte por encima del ombligo. La besé en los labios. Olía bien.
—¡Vaya! —exclamó ella con gesto distraído—. Tus labios me recuerdan a una nevada ligera.
Ya casi no me acuerdo de la cara de la Gran Madre en aquel preciso momento. Ocurrió hace mucho tiempo. Tardé mucho en separarme de ella, en dejarla marchar.
Al alba cantó el gallo y la Gran Madre y yo seguíamos sobre la hierba con las manos entrelazadas.
Fui incapaz de moverme de allí hasta que vinieron a buscarme Yo y Yo. Apenas recuerdo el aspecto de la Gran Madre cuando se marchó, pero sí recuerdo con toda claridad su olor. Era un aroma suave, delicioso, como el de los narcisos.
Emprendí el viaje el otoño del año en que cumplí veinticinco.
Dejé atrás a los dos Yoes y me dirigí al sur.
Llegué aquí después de un gran viaje. Tras salir de la casa me rodearon campos verdes durante cierto tiempo, pero después de cruzar unas montañas ya no crecía una sola hierba.
Me habían proporcionado un pequeño aerodeslizador. El motor funcionaba con luz solar y viento, por lo que su rendimiento era más bien escaso. Para no quedarme sin nada que llevarme a la boca, debía buscar insectos bajo tierra.
Había agua en abundancia. Por todas partes las corrientes atravesaban páramos, donde apenas crecía un poco de verde a orillas de los cursos de agua. Mientras pude remontar la corriente con el aerodeslizador, el viaje resultó cómodo, pero lo normal es que los ríos fueran angostos y poco profundos.
Durante el viaje no pude usar el ordenador para comunicarme. En aquellos páramos resultaba imposible conectarse a lo que quedaba operativo de las redes de comunicación por satélite. Para determinar el punto concreto donde me encontraba, solo podía confiar en la brújula y en las estrellas. Las madres me habían enseñado a orientarme por las estrellas.
Llegué aquí al cabo de tres meses.
No puedo describir el alivio que sentí cuando vi la ciudad. Antes de tenerla a la vista ya me daba cuenta de que estaba cerca porque había suficientes indicios. Indicios de seres vivos. No eran sonidos, ni olores, ni tampoco vibraciones, tan solo algo que no llegaba todavía a formar una palabra.
Pensé que la ciudad tendría una especie de puerta o muralla, pero no era así.
—A veces cuesta un poco encontrar la forma de entrar en las ciudades —me habían advertido las madres.
Las tierras baldías empezaron a florecer poco a poco, luego aparecieron los árboles y más agua y, por fin, el perfil de la ciudad se divisó en la distancia.
Oculté el aerodeslizador en un valle apartado y después me dirigí a la casa situada al norte de la que me habían hablado.
¿Cómo reaccioné al encontrarme a Yo al otro lado de la puerta?
Creo que me saludé con mucha calma. Probablemente sentíamos algo parecido. Eso creo al menos.
Pensaba a menudo en el día en que aparecería. En un principio, como es lógico, me resistía a la idea, pero después de cumplir cuarenta la resistencia empezó a debilitarse y cuando cumplí cincuenta la llegada de Yo se transformó en una especie de tensión que animó el encadenamiento de los días monótonos de mi vida.
—Me alegro de verte —le dije a modo de saludo.
Compartimos dos meses de nuestra vida.
El día en que Yo se marchó, el cielo amenazaba nieve. Adiós. Sacudí la mano y caminé en dirección al valle donde había escondido el aerodeslizador.
Mientras contemplaba mi propia espalda alejarse me acordé de cuando se marchó la Gran Madre. Fue en un agradable día de primavera. La calidez de su cuerpo sobre la hierba. Aunque era primavera, las noches seguían siendo frías. Nuestros hombros se tocaban, nuestras manos se entrelazaban y la Gran Madre me limpiaba sin descanso las lágrimas que yo no dejaba de derramar.
Se dio media vuelta en varias ocasiones. Ya había amanecido. Echó a andar despacio, apremiada por los otros dos Yoes y por las madres, lo cual no le impidió girarse tantas veces como quiso para mirarme, como si quisiera confirmar algo en mi expresión. Por el contrario, y a diferencia de la Gran Madre, el Yo que se marchó el día que amenazaba nieve lo hizo sin mirar atrás una sola vez. Caminó directamente hacia el valle.
Me pregunto en qué pensaría en ese preciso instante. Me quedé a solas en la casa. ¿Cuántas veces me lo habré preguntado hasta hoy? ¿Cuándo aparecerá el siguiente Yo?
—Nunca habría imaginado que pudiera haber tanta gente aquí —dice el Yo de pelo largo.
Su voz suena alegre. Me recuerda a la mía cuando llegué.
A diferencia del lugar donde crecimos, en la ciudad vivían muchos hombres y mujeres con caras muy diferentes a las nuestras. También había niños.
—Me extraña que existan personas que no son Yo.
—Pero las madres no lo eran.
El Yo de pelo largo ladea la cabeza.
—Las madres son creaciones.
—Yo también.
—¡No! ¡A diferencia de ellas, nosotros vivimos!
—Las madres también.
—Depende de cómo entiendas el hecho de vivir.
No me queda mucho tiempo. Tras la llegada del nuevo Yo, debo marcharme al cabo de dos meses, como hizo el Yo anterior.
—¿Ya te has acostumbrado al manejo del tiovivo?
—Es sencillo.
En la ciudad me encargo del tiovivo del parque.
—El parque es un buen lugar para observar —dice el Yo de pelo largo con una sonrisa en los labios.
—El parque es un buen lugar para observar... No sacar conclusiones precipitadas. No menospreciar el más mínimo detalle y registrarlo todo en la memoria —dije, repitiendo las viejas enseñanzas de las madres.
El Yo de pelo largo asiente con un gesto solemne.
—Lo haré: observaré con atención, no sacaré conclusiones precipitadas, no menospreciaré ni el más mínimo detalle y lo registraré todo en la memoria. También a mí me lo enseñaron las madres.
La palabra «madre» me recuerda la espina que tengo clavada en el corazón. A pesar de haber vivido mucho tiempo en la ciudad, he pensado a menudo en ella. La imagen que conservo casi se ha desvanecido de mi memoria, apenas es un vago e impreciso recuerdo, pero, aun así...
—En primavera florecen narcisos blancos en este jardín —le digo al Yo de pelo largo.
—¿Has dicho narcisos?
—Sí, narcisos, violetas, crocos, tulipanes, anémonas y fresas silvestres.
—Has plantado muchas cosas.
—Hemos sido los Yoes a lo largo de muchas generaciones.
—A mí me encantan las flores, especialmente las de primavera.
—El narciso lo planté yo.
Pronto dejaré de ser el Yo de pelo largo y me convertiré en el nuevo encargado del tiovivo.
La noche anterior a mi partida, el Yo de pelo largo monta una pequeña fiesta solo para dos. Hay hojaldre de pollo, espinacas salteadas y champán.
—Cocinas mucho mejor que yo —digo.
El Yo de pelo largo sonríe.
—A pesar de ser el mismo Yo, parece que hay pequeñas diferencias entre nosotros.
—Por supuesto. La genética puede ser igual, pero el ambiente y el azar terminan por diferenciarnos.
El Yo de pelo largo agacha la cabeza y se queda así un tiempo. Después levanta ligeramente la mirada y clava sus ojos en mí.
—Me pregunto si seré capaz de observar como es debido.
—¡Claro que sí! Si nos dedicamos a este trabajo es porque somos los más capacitados para hacerlo.
—Tienes razón.
El champán es bueno. Y el hojaldre de pollo está rico. Hace mucho tiempo que no ingiero alimentos tan pesados, pero, gracias a la buena mano del Yo de pelo largo, no me cae tan mal en el estómago.
La noche avanza y el rumor de la ciudad termina por desfallecer hasta disolverse en el silencio.
—Es mi momento favorito del día.
—¿Y eso por qué?
—Noto cómo la gente se queda dormida.
Es el mismo indicio de vida que sentí al acercarme a la ciudad. Por muy extraño que pueda parecer, ese sentimiento no es más intenso durante el día, cuando la gente está despierta, sino pasada la medianoche, cuando ya todos duermen.
El Yo de pelo largo vuelve a clavar sus ojos en mí. Da la impresión de estar a punto de decir algo, pero cierra la boca antes de hacerlo. Solo al cabo de un rato susurra:
—¿Por qué no tenemos nombre?
Jamás me lo he preguntado.
—Puedes ponerte uno si así lo deseas.
—¿Y tú? ¿Nunca has pensado en ponerte un nombre?
—No.
—¿Por qué?
—¿Quién me va a llamar por ese nombre?
De pronto me invade una gran tristeza, pero no dura mucho, desaparece pronto.
—Yo te llamaría por tu nombre, aunque solo fuera durante unas horas.
—No hace falta.
—Aun así.
El Yo de pelo largo es un sentimental. Eso me parece, al menos.
—En tal caso, si tuvieras que ponerte un nombre, ¿cuál elegirías?
—Pues... Me gustaría... Papá.
—Papá.
Tiene una extraña resonancia. Nunca lo he oído, pero es fácil de decir.
—¿Tiene algún sentido?
—No lo sé. Según creo, forma pareja con «madre».
No entiendo bien el significado, pero ese sonido de consonante oclusiva bilabial sorda me resulta agradable. Murmuro varias veces para mis adentros: «Papá, papá, papá».
Al día siguiente amenaza nieve, como el día en el que se marchó el antiguo Yo.
—En tal caso, adiós —digo, y me doy la espalda a mí mismo.
—Espera —dice.
Me doy la vuelta.
—¿Podrías decir mi nombre...? ¿Decir mi nombre por última vez?
—De acuerdo.
—Gracias.
—Adiós, papá.
—Adiós.
Nos despedimos sacudiendo la mano. Después, sin volverme, camino hasta el valle donde el Yo de pelo largo ha ocultado el aerodeslizador. Al dejar atrás la ciudad, el verde desaparece poco a poco hasta que el paisaje se convierte en un erial. La nieve ha empezado a cuajar. «Papá», murmuro. Me gustaría ver a la Gran Madre, pienso. Me pregunto si mis Yoes anteriores en esa ciudad plantaron las violetas, los crocos, los tulipanes, las anémonas y las fresas silvestres y si conservarán algún recuerdo. Me gustaría saberlo. Estoy convencido de que podríamos compartir nuestra experiencia.
Muchos Yoes de mí mismo seguirían naciendo a partir de ese momento, pero yo moriré en breve. Me despido de todas esas desconocidas y después me sacudo la nieve ligera que se amontona en la ropa.