Prólogo

Prólogo

Conocí a Rebeca hace ya muchos años, cuando coincidimos en un máster de terapia familiar. Yo impartía un módulo sobre duelo y muerte, y ella era una alumna curiosa, brillante y profundamente humana. Recuerdo su escucha atenta y, a la vez, su actitud irreverente y crítica desde la que formulaba preguntas que abrían la posibilidad de reflexiones valientes. Desde entonces, nuestros caminos se han cruzado en distintos espacios profesionales de la psicología, el tratamiento del trauma y la cultura. Ver hoy su voz convertida en libro, madura, lúcida y comprometida, es una alegría y un reconocimiento merecido a su recorrido humano y clínico.

El éxito de ser tú no es un libro de autoayuda al uso. Es una invitación a detenerse y a mirar la vida desde otro lugar: el de la conciencia y la coherencia. Rebeca redefine el éxito desde una perspectiva que integra la psicología científica con la sabiduría que emerge de la contemplación y el autoconocimiento. En una sociedad que confunde bienestar con productividad y felicidad con rendimiento, este libro nos devuelve el derecho a preguntarnos quiénes somos, qué sentido tiene lo que hacemos y cómo queremos vivir.

La autora nos propone comprender el éxito no como una meta, sino como un proceso de alineación interior: un modo de vivir en coherencia entre lo que pensamos, sentimos y hacemos. Esa coherencia —que ella articula con valentía y rigor— no es un ideal filosófico, sino una necesidad psicológica y biológica. La neurociencia, en la línea de Robert Sapolsky, muestra que el estrés crónico que corroe la salud no surge solo de grandes traumas, sino de la subordinación constante a expectativas externas y del intento permanente de adaptarnos a un modelo de éxito que no nos pertenece. Este libro ofrece, así, una forma de reducir ese desgaste alostático: vivir desde los propios valores, recuperar el control interno y reconciliarnos con el cuerpo y la mente como un solo sistema.

Rebeca traza puentes entre la evidencia científica y la experiencia vital. Nos recuerda que la salud mental no puede reducirse a la ausencia de síntomas, porque tiene que ver con el modo en que habitamos el presente, con nuestra relación con el entorno y con la calidad de nuestra mirada hacia dentro. En este sentido, su propuesta incorpora también algo más profundo: la dimensión espiritual de la psicología, entendida no como dogma, sino como conciencia ampliada, como ese lugar donde el ser humano busca sentido, conexión y trascendencia.

Pocas veces la psicología contemporánea se atreve a hablar de espiritualidad sin miedo a ser malinterpretada. Pero Rebeca lo hace con la serenidad de quien sabe que, sin ese horizonte de sentido, el bienestar queda incompleto. En El éxito de ser tú, la espiritualidad no se entiende como algo externo a la psicología, sino como una dimensión íntimamente humana y la capacidad de contemplar la vida con profundidad, de reconocerse como parte de algo más amplio y de encontrar serenidad en la coherencia con una misma.

El libro rescata, así, la importancia de la pausa, del silencio y del espacio interior. Coincide con voces actuales de la filosofía, que reivindican el derecho a parar, a la contemplación como acto de resistencia frente a la tiranía de la productividad. Solo desde esa lentitud consciente —nos recuerda Rebeca— puede emerger el autoconocimiento verdadero. El éxito de ser tú requiere ese tiempo de maduración y silencio en el que lo esencial se revela.

A lo largo de sus páginas, la autora nos acompaña a través de tres dimensiones vitales: ser, hacer y tener. Su fórmula —SER × HACER = TENER— no es una ecuación de logro, sino una brújula interna para vivir en coherencia. Nos enseña que el bienestar no proviene de acumular éxitos, sino de actuar en sintonía con lo que somos y con el contexto que habitamos. El éxito deja de ser una cima a la que se asciende para convertirse en un suelo fértil en el que arraigar.

En su escritura hay ciencia y sensibilidad, pensamiento y alma. Rebeca logra algo difícil: sostener el rigor clínico sin perder la poesía de lo humano. El éxito de ser tú nos invita a mirarnos con curiosidad en lugar de juicio, a permitirnos sentir, a reconocernos vulnerables y valientes a la vez.

El proceso que nos revela la autora se siente nutrido de su experiencia acompañando a muchas personas en sus caminos de crecimiento, y logra una propuesta honesta, integradora y bien fundamentada. Este libro no enseña a «tener éxito»: enseña algo mucho más esencial. Invita a habitarse, a vivir con presencia, con conciencia y con sentido.

Y quizá ese sea, al final, el verdadero éxito: el descubrimiento constante de una misma, el éxito de ser tú.

Milagros Molero Zafra
Psicóloga especialista en trauma

y desarrollo humano.
Vocal de la Junta Directiva
de la Asociación EMDR España.
Valencia, 2025

Introducción

Poder dedicarme a la psicología es uno de los mayores regalos de mi vida. La psicoterapia es mucho más que una pasión para mí. Ayudar y acompañar a las personas a vivir la vida que desean en coherencia con quiénes son forma parte de mi propósito.

En estos veinte años de mi vida como psicoterapeuta he trabajado en la salud mental de personas muy diferentes, con contextos muy distintos. Personas anónimas y de reconocido éxito. Gracias a este recorrido he tenido la oportunidad de observar de cerca tanto las diferencias como los puntos en común que atraviesan sus vidas. Y por ello, hoy puedo afirmar que éxito no es sinónimo de salud mental. Tampoco antónimo.

La salud mental democratiza y no entiende de fama. Es un derecho fundamental de todos y de todas. Vivir una vida sin sentido nos duele a todos por igual, incluso más cuando te encuentras con la incomprensión de muchos que suponen «lo tienes todo» y te sientes vacía. Estar desconectado de ti pasa factura a tu salud mental tengas éxito o no lo tengas.

De ahí, el éxito de ser tú que significa vivir en paz, sentirte bien contigo y tener una vida alineada con tus valores. Una vida de la que te sientes satisfecho más allá de los logros o el reconocimiento social. El éxito de ser tú se coloca en las antípodas del concepto de éxito que nos han vendido, que es el del resultado, la fama y la perfección a todos los niveles. En mi opinión, un concepto de éxito poco realista, peligroso, dañino, frustrante y de mentira. En cualquier caso, como he comentado, el concepto que nos han vendido.

Por tanto, este libro es para ti si tienes fama o si no la tienes, si eres reconocido o anónimo. Y lo más importante es que sepas que, sobre todo, este libro es para ti si quieres vivir una vida en coherencia con tus valores. También he de ser honesta y decirte que este no es el libro que te va a cambiar la vida de repente ni en el que encontrarás técnicas milagrosas. No creo en nada de esto.

En este libro voy a escribir una aproximación a todos esos conocimientos que he venido aprendiendo y compartiendo a lo largo de estos veinte años como psicóloga, psicoterapeuta, conferencista, divulgadora y profesora de la Universidad. También te diré que ser psicóloga o escribir un libro no me hacen tener todas las respuestas. Afortunadamente. De hecho, soy más de compartir conocimientos y reflexiones que de imponer consejos absolutos de esos que se suponen valen para todos.

Mi pasión es la terapia, a lo que me dedico y para la que me he formado aún sin parar de hacerlo. Creo firmemente en el poder transformador del proceso terapéutico que se logra a través de las preguntas y reflexiones despertando conciencias, observando cómo las personas llegan a ese clic y obtienen sus propias respuestas para tomar sus decisiones a través del camino abierto por las preguntas. Este es mi modo de trabajar. Siempre teniendo en cuenta a la persona, su historia, su momento vital y su contexto.

Esto es lo que hago en terapia y trataré de trasladarlo a lo largo de estas páginas. Me apoyaré en estudios, en modelos, en autores y en los casos de personas a las que he acompañado. Todo lo demás depende de ti.

Este es el viaje que, si te quedas, empezaremos desde ya. Sin dramas, con responsabilidad, aprendizaje, enorme curiosidad y, por supuesto, conciencia. No hay cambio sin conciencia. Este pretende ser un libro que te ayude a pensar de manera profunda quién eres y cómo puedes vivir de una manera plena y en libertad. Y por supuesto, siéntete libre de explorar tu viaje al éxito de ser tú, leyendo los capítulos como quieras.

Si estás preparado, comenzamos. Gracias por confiar en mí. Seas quien seas y tengas la vida que tengas, espero de corazón que el libro te ayude, te acerque a tu yo más auténtico y te inspire para vivir alineado con la vida que quieres.

Bienvenido, bienvenida al éxito de ser tú.

Éxito no es sinónimo de salud mental

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La salud mental en los días de hoy

QUÉ ES LA SALUD MENTAL

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), salud mental es «un estado de bienestar en el cual el individuo es consciente de sus propias capacidades, puede afrontar las tensiones normales de la vida, puede trabajar de forma productiva y fructífera, y es capaz de hacer una contribución a su comunidad». El término describe dos tipos de bienestar: el psicológico (cómo piensa y cómo se siente la persona) y el relacional (cómo se relaciona con los demás, con las situaciones, con lo que le pasa…). Esta definición ya deja claro algo fundamental: la salud mental no es un asunto individual, sino una realidad que se construye en relación con los demás y en el contexto en el que vivimos.

Tener una salud mental equilibrada no significa no sufrir y que todo salga siempre como quieres, sino más bien:

  • Ser coherente con lo que sientes, piensas y haces.
  • Saber reconocer, expresar y gestionar las emociones, los pensamientos y los comportamientos.
  • Saber quién eres y qué necesitas.
  • Ser capaz de autorregularte.
  • Ser capaz de afrontar los retos de la vida.
  • Tener una relación sana en la que haya autoconocimiento, responsabilidad, comprensión y compasión como ingredientes básicos.
  • Ser consciente de la importancia del entorno y cómo te afecta.
  • Construir y mantener relaciones saludables.
  • Tener hábitos saludables.

La salud mental es mucho más que la ausencia de enfermedad. Salud mental es bienestar. Es un derecho fundamental y un modo de vivir. A veces, cuando se habla de salud mental se habla más de trastorno que de salud, y esto confunde. Deberíamos tener más claro qué es, cómo cuidarla y reconocer todo aquello que favorece nuestro bienestar y potenciarlo.

Cuando cuidas tu salud mental, te sientes conectado contigo y con el entorno. Eres consciente tanto de tus fortalezas como de tus vulnerabilidades. En lugar de reaccionar desde el miedo o el impulso, respondes desde la pausa y la reflexión. Eliges y tomas decisiones alineadas con quién eres y con tus valores. Puedes pensar con claridad, aprender, resolver problemas, ser productivo, reflexionar y asimilar nuevas experiencias. También eres capaz de expresar tus emociones, poner límites, pedir disculpas y asumir la responsabilidad de tus actos. Y cuando algo te desborda puedes autorregularte reconectando con tu mente, tus emociones y tu cuerpo para recuperar el equilibrio.

¿CUÁNDO ES MOMENTO DE PEDIR AYUDA?

Sentirse mal y tener días malos es normal. Atravesar momentos difíciles también. La tristeza, la angustia, el nerviosismo, la ansiedad o la pérdida forman parte de la vida. Sin embargo, cuando algo de esto te impide funcionar con normalidad en el día a día, puede ser señal de que tu salud mental necesita atención. Pese a eso, es importante recordar que sentirse así puede ser una reacción natural ante algo que estás viviendo. No todo malestar es un síntoma; a veces, simplemente necesitas tiempo, descanso y comprensión. Nadie tiene que estar bien todo el tiempo. De hecho, muchas veces estar bien pasa por estar mal.

Aun así, cuando ese malestar se prolonga o empieza a interferir en tu vida cotidiana, conviene prestar atención. Hay señales que no deberías pasar por alto. Algunas de ellas son:

  • Tener sentimientos de bajo estado de ánimo (sufrimiento, desesperanza, pesimismo, preocupación excesiva, ansiedad, irritabilidad, ira o soledad).
  • Dificultades para concentrarte, pensar con claridad, tomar decisiones, recordar cosas.
  • Disminución de tu interés por las actividades cotidianas.
  • Dificultad para afrontar el estrés y recuperarte después de una situación adversa.
  • Dificultad para estar presente y relacionarte con los demás.
  • Dormir más o menos de lo normal.
  • Disminución de la confianza, la motivación y la productividad.
  • Llorar con frecuencia.
  • Cambios en los hábitos (dejar de hacer deporte. Comer mucho más o menos de lo habitual).
  • Comienzo o aumento de consumo de sustancias legales o ilegales.
  • Aislamiento o necesidad constante de estar con los demás.

Ante señales como estas, resultaría útil mantener al menos un primer contacto con un profesional para que valore qué está pasando. Aunque todos podamos pasar por ciertos periodos complicados, conviene dejar claro que no siempre se cumplirán criterios clínicos para diagnosticar un trastorno, lo cual no invalida nuestro malestar.

Es importante también saber que se pueden tener problemas de salud mental y funcionar muy bien en algunos ámbitos de la vida, pero muy mal en otros. Artistas como Bruce Springsteen, Lady Gaga, Robbie Williams o Adele han revelado públicamente cómo en ocasiones han salido a los escenarios a pesar de sus problemas de salud mental. Esto es algo que veo con frecuencia en consulta. Personas que, por ejemplo, rinden de manera óptima en sus trabajos, bajo grandes niveles de estrés, pero al llegar a casa se sienten vacías o abatidas.

Si no se es consciente de estar atravesando un problema de salud mental, se corre el riesgo de seguir como si nada pasara, pero en realidad sí pasa. Sea como sea, conviene que los problemas de salud mental se dejen en manos de profesionales.

LOS PROBLEMAS DE SALUD MENTAL EN CIFRAS

Según datos de la OMS, en 2019 había cerca de 970 millones de personas en el mundo viviendo con algún tipo de trastorno mental. Los más frecuentes son la ansiedad y la depresión. Se estima que 301 millones padecían trastornos de ansiedad —entre ellos, 58 millones de niños y adolescentes— y que 280 millones sufrían depresión, con 23 millones de menores afectados.

Tras la pandemia, las cifras han empeorado. Un informe científico de la OMS concluyó que la prevalencia global de la ansiedad y la depresión aumentó en un 25 %. En lo que se refiere al suicidio, un estudio publicado en The Lancet Public Health en 2025 reveló que, solo en 2021, se registraron más de 746.000 muertes por suicidio en todo el mundo. De ellas, 519.000 correspondieron a hombres, y 227.000 a mujeres.

Si hacemos zoom y miramos las cifras de salud mental en nuestro país, el panorama tampoco es alentador. Según el Informe Anual del Sistema Nacional de Salud 2023, el 34 % de la población española presenta algún tipo de problema de salud mental. La cifra se eleva a más del 40 % en personas mayores de 50 años, y supera el 50 % entre los mayores de 85. Entre los diagnósticos más comunes destacan los trastornos de ansiedad, seguidos de los trastornos del sueño y la depresión.

No quiero aburrirte entre un montón de cifras y estadísticas abrumadoras. La salud mental no es un problema de matemáticas, pero sí es cierto que detrás de cada número hay un problema real. La epidemia del siglo xxi se llama salud mental. Ya lo advirtió la OMS en 2001, cuando publicó un informe que señalaba que los problemas de salud mental irían en aumento en el futuro. El futuro ya está aquí, es el presente. Ahora es cosa de todos los que habitamos esta sociedad contribuir, desde donde podamos, a cambiar esta realidad que duele.

VENTAJAS Y LIMITACIONES DE UNA SALUD MENTAL CONVERTIDA EN TENDENCIA

Desde hace unos años, especialmente tras la pandemia por COVID-19, la salud mental parece haberse puesto de moda. Cada vez se habla más de ella en los círculos sociales, en los medios de comunicación, en las redes, en el trabajo, en los colegios, en las familias… Ir al psicólogo ya no es tabú y cada vez más personas se ocupan de su salud mental. Sin duda, todo esto ha hecho que crezca la conciencia social sobre su importancia y ha ayudado a dejar atrás prejuicios del pasado, cuando se consideraba una señal de debilidad o locura.

La divulgación sobre salud mental es necesaria y ha supuesto un gran avance para normalizar, sensibilizar y romper estigmas. Pero igual de importante es comunicar y acercarse a esos contenidos de manera responsable. Hablar sin rigor o sin cuidado puede causar más daño que beneficio.

Muchos psicólogos y psicólogas observamos a diario cómo cada vez más adolescentes llegan a nuestras consultas que se han autodiagnosticado con un Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) o con disociación solo por cumplir criterios de la checklist de una influencer de TikTok. También vemos a adultos convencidos de que el mejor remedio para el insomnio se llama Lorazepam o parejas abrumadas por creer que están atrapadas en una relación tóxica tras identificarse con contenidos que circulan por las redes sociales. Todo esto habla de una sobreexposición a mensajes simplificados que no solo no resultan de ayuda, sino que confunden.

Existe otro problema, y es que cuando algo se convierte en tendencia, cualquiera se sube al carro. Por eso asistimos cada día a los consejos milagrosos o a métodos revolucionarios inventados por vendedores de webinars prometiendo bienestar exprés a golpe de clic. Que se hable de salud mental como si se fuera experto sin serlo hace daño.

Finalmente, también conviene recordar que no todo lo que sentimos, vivimos o lo que ocurre en nuestras relaciones tiene que ver con un trauma. Tampoco todo es un problema de salud mental. A veces, las personas son como son y eligen comportarse como lo hacen. Sin más. También hay muchas que eligen no cambiar. No quieren, no les interesa o sienten que están bien así. Y aunque, en ocasiones, cueste aceptarlo, esa decisión de no cambiar también forma parte de la libertad del otro.

Nuestra responsabilidad no es cambiar al otro, salvarle ni entenderlo a toda costa. No necesitamos demostrar todo desde una supuesta perspectiva psicológica para justificar lo que nos duele o para intentar salvar a otra persona. La salud mental no puede convertirse en una excusa para justificar lo que nos duele de nosotros mismos y de los demás.

LA VIDA NO SE MEDICA

Parece que, tras haber roto el estigma de hablar de salud mental, hemos creado un nuevo marco limitante en el que el sufrimiento se encierra en una categoría diagnóstica y, con frecuencia, es medicado. Que la terapia farmacológica ha supuesto un enorme avance en el alivio del sufrimiento es innegable. Hay personas que pueden crear, trabajar y, en definitiva, vivir mejor gracias a la medicación. Pero no todo dolor que forma parte de la vida necesita ser medicado.

Hay problemas que, más que ser anestesiados con fármacos, necesitan acompañamiento psicológico para ser escuchados, comprendidos y abordados. Hay veces que, simplemente, necesitamos ser acompañados para encontrar la forma de manejar aquello que, en un momento determinado, nos desborda. Sin embargo, en ocasiones, la medicación es la única respuesta a un problema de salud mental ante las largas listas de espera en atención especializada en la sanidad pública. Así lo confirman los últimos datos del Barómetro Sanitario 2025, que revelan que solo una de cuatro personas consiguió cita con un especialista en salud mental en menos de un mes. Además, el 37,5 % ni siquiera fue atendido por un psicólogo o psiquiatra, sino por su médico de familia. La falta de profesionales de salud mental en la sanidad pública frente a la creciente demanda también pone de manifiesto que nos queda mucho por hacer.

Hemos de tener en cuenta que no todo el mundo dispone de los recursos económicos para poder ir a una psicoterapia privada. Por ello, recurrir a la medicación puede ser para muchas personas la única forma de dar respuesta a sus problemas de salud mental. Ante esta realidad, no son de extrañar titulares como el de «España lidera el ranking mundial en el consumo de benzodiacepinas». En 2023 fuimos el país del mundo en el que más se prescribió este tipo de psicofármaco para tratar el estrés, la ansiedad, el insomnio o para casos leves de trastornos emocionales. Así lo indicaba un informe de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE).

Conviene recordar que la OMS recomienda el uso de benzodiacepinas solo por periodos cortos. Sin embargo, muchas personas las consumen durante años, a veces toda la vida, y eso no es inocuo. Cada vez más estudios advierten sobre los riesgos que el uso prolongado de psicofármacos puede tener en la salud a largo plazo.

La salud mental ha de ser contemplada como un derecho fundamental de todos, no como un lujo para quien se lo puede permitir.

CUANDO HABLAR DE SALUD MENTAL NO BASTA

Romper el silencio sobre la salud mental ha marcado un hito. Ahora estamos más dispuestos a expresar lo que nos pasa. Sin duda, esto es un gran avance, pero sigue sin ser suficiente. Aún nos queda mucho camino por recorrer. Una vez revelado el sufrimiento, necesitamos saber interpretarlo y entender qué hacer con él. Con el propio y con el ajeno.

Hasta ahora hemos aprendido que hablar sobre salud mental es normal y que expresar emociones es necesario. Y sí, lo es. Pero no siempre ni de cualquier manera. Tenemos que saber cuándo, cómo, con quién y para qué. Expresar no basta y hablar no alivia si no hay otro que sepa sostener. Tampoco reconocer lo que te pasa si no sabes qué hacer con ello o que es un motivo para pedir ayuda.

Que se hable más de salud mental no garantiza que se entienda ni que se acoja. Ni mucho menos que se acompañe adecuadamente. La mayoría de las personas dan, o se dan, respuestas demasiado limitadas, homogéneas y predecibles. Los mensajes que nos rodean, en casa, en el trabajo, en los medios, con amigos o en las redes, suelen ir de un extremo al otro: o todo se convierte en un trastorno o es tóxico o se anula el sufrimiento como si no existiera. Esto también incluye la forma en que nos tratamos a nosotros mismos. De un extremo a otro. O negar el sufrimiento o patologizarlo. Polarizar desdibuja lo que de verdad nos sucede y puede impedir que encontremos las respuestas adecuadas, con lo que el malestar se prolonga en el tiempo. Hay veces que no solo sufrimos por el problema que no sabemos resolver, sino también por la manera en que lo afrontamos, que puede llegar a intensificar el dolor o complicar aún más lo que nos ocurre. Por ejemplo, alguien que se siente triste puede intentar distraerse llenando su agenda de planes, sin darse cuenta de que lo que necesita no son más actividades, sino planificar una pausa y quedarse consigo mismo para conectarse y escuchar qué necesita.

Así que, ante todo esto, tal vez el siguiente paso no sea hablar más, sino escuchar y escucharnos mejor. No es callar o hablar. Es escuchar sin miedo, acompañar sin juicio, comprender, cuidar y dar sentido. La salud mental no es una tendencia, sino una responsabilidad compartida con nosotros mismos, con los demás y con la vida diaria.

HACIA UNA CULTURA DE SALUD MENTAL

Quizá la clave sobre la salud mental esté más allá de la exclusividad de los diagnósticos que encasillan, los psicofármacos que sedan el dolor del alma o la psicología a base de tips.

Necesitamos mapas en los que nos reconozcamos, que den respuesta a nuestras necesidades individuales y relacionales en función de quiénes somos y de los contextos que habitamos. Necesitamos una salud mental real que nos ayude a gestionar las dificultades del día a día, no a encajar en moldes. Una salud mental que no asfixie con clasificaciones de trastornos; que nos ayude a conocernos y reconocernos para identificar lo que nos duele y nos hace bien; que no etiquete como ansiedad o depresión las reacciones naturales de un sistema nervioso que está respondiendo a un entorno abusivo. Porque, en esos casos, la respuesta no es un trastorno, es coherencia. ¿Adaptarnos siempre es lo mejor? ¿O a veces lo más sano es dejar de hacerlo? ¿Seguir en un entorno que daña, como un jefe abusivo o una relación que solo se mantiene por compartir gastos? Una salud mental que ayude a reconectarnos, a poner límites, a considerar el contexto y a valorar cuándo la no adaptación es, en realidad, la mejor forma de cuidar la salud mental. Que nos ayude a relacionarnos y a reparar vínculos. Que nos enseñe a vivir con lo que duele sin tener que anestesiarlo o disociarlo. Que nos permita hacernos cargo de nuestra vida sin culpas ni juicios, a regularnos sin exigir perfección. Una salud mental que cuidemos día a día. Para ello, necesitamos comprender cómo funciona la mente, su conexión con el cuerpo, cómo gestionar el presente y cómo el pasado influye, pero no determina si nos comprometemos a tratarlo.

Una salud mental de verdad que enfoque la mirada en la coherencia interna, los valores, la aceptación, la responsabilidad (no la culpa), la autorregulación, la comprensión o la compasión. Sin juicios. Sin consejos universales. Que tenga en cuenta a cada uno como es. Una salud mental con perspectiva amplia, que trate a la persona teniendo en cuenta su contexto. Que no nos reduzca al síntoma y a la etiqueta. Que tampoco nos victimice.

Una salud mental en la que estemos implicados todos, porque la salud mental es de todos. No es solo un asunto individual ni profesional. También es responsabilidad de quienes educan, dirigen equipos, comunican o acompañan. Y, por supuesto, es tarea de quienes gobiernan garantizar el acceso, la prevención y la atención. Los medios de comunicación y las redes sociales también forman parte de este compromiso colectivo.

Todos somos parte del cuidado de la salud mental, propia y ajena. Todos podemos, y debemos, contribuir desde la forma en que hablamos, nos tratamos, nos comunicamos y nos tenemos en cuenta. Cada palabra, cada gesto, también en redes, puede causar un impacto que no siempre medimos. Necesitamos más conversaciones. Más empatía. Más humanidad. Más conciencia. Más salud mental.

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El éxito sin salud mental es el mayor de los fracasos

La sociedad en la que vivimos tiene hambre de éxito. Las redes sociales amplifican un éxito que, en muchas ocasiones, es pura purpurina, sin nada real detrás. Sin embargo, a pesar de que muchas veces sea impostado, es evidente que el mundo del éxito se ha democratizado. Esto hace que cada vez sean más las personas de todas las edades que aspiran a él. Y hay otras que, sin buscarlo, se lo encuentran de repente, sin estar preparados para afrontarlo.

Sea como sea, lo cierto es que el concepto de éxito que nos han vendido tiene mucho que ver con el resultado, la fama, el estatus, el dinero y el reconocimiento. Parece que tener éxito es tenerlo todo, que el mundo se rendirá a tus pies y que tendrás pasaporte garantizado a la felicidad. Sin embargo, la realidad no puede ser más cruel, ya que desmiente esta falsa y absurda creencia sobre lo que es el éxito.

Sabemos de muchas personas a las que les encaja a la perfección el traje de ese supuesto éxito y que, sin embargo, son profundamente infelices. De hecho, muchas de ellas lidian con problemas de salud mental. Al mismo tiempo, de otras podríamos decir que, sin grandes pretensiones vitales o monetarias, tienen una vida de éxito. Son felices. Pero no simplifiquemos: ni vivir en ese supuesto éxito ni tampoco vivir de un modo más discreto nos protege de tener dificultades psicológicas.

Quizá tener una vida de éxito no sea lo mismo para todos. Para muchos tal vez no sean la fama ni el aplauso ni la gloria. O sí, pero no exclusivamente. Lo que está claro es que no es sinónimo de salud mental. Y es que quizá el éxito no sea tener, sino ser entre tanto ruido. Quizá el éxito resulte ser un asunto personal y quizá algo universal sea que el éxito es estar en paz.

¿QUÉ ES EL ÉXITO?

El éxito llegó a ser el signo de la gracia divina; el fracaso, el de la condenación.

Erich Fromm

Comencemos por el principio. La palabra éxito proviene del latín exĭtus, que significa «salida». Curiosamente, este término latino es el que se sigue utilizando hoy en contextos clínicos para referirse al fallecimiento de alguien. Exĭtus, una palabra precisa que marca la muerte. Y es que, al fin y al cabo, morir es salir. Salir del cuerpo, salir del tiempo, salir de la vida.

Sin embargo, paradójicamente, el término exĭtus ha evolucionado hasta éxito y ha cambiado su significado, porque cuando hablamos de él ya no pensamos en salir, sino más bien en llegar. En conquistar. La palabra ha dado un giro importante, no solo a nivel lingüístico, sino también simbólico. Y para verlo basta con observar lo que dicen las tres acepciones del Diccionario de la de la Real Academia Española (DRAE).

1. Resultado feliz de un negocio, actuación, etc.

Sinónimos: triunfo, victoria, consecución.

Antónimo: fracaso.

2. Buena aceptación que tiene alguien o algo.

Sinónimos: fortuna, fama, gloria, celebridad, renombre, notoriedad.

Antónimo: fracaso.

3. Fin o terminación de un negocio o asunto.

Queda claro, por tanto, que el éxito es lo conseguido, lo conquistado, el resultado final. Es sinónimo de triunfo, fama, victoria y fortuna. Después de esta definición, ¿quién podría resistirse al deseo de un éxito que sabe a gloria? ¿Quién se atrevería, entonces, a contemplar el fracaso como parte del éxito si los consideran antónimos? ¿Quién podría pensar en el éxito como proceso y no como resultado?

A pesar de lo recogido por la RAE en esta definición, sabemos que en la vida real el éxito no siempre es resultado feliz ni sinónimo de triunfo, fama, gloria y fortuna. La vida, a veces, es diferente a los conceptos sostenidos por las teorías o los diccionarios. Y es que la vida es otra cosa.

ÉXITO Y SALUD MENTAL

Creo que todo el mundo debería hacerse rico y famoso y cumplir todos sus sueños para que puedan ver que esa no es la respuesta.

Jim Carrey

Muchos de los que ya tenemos una edad nos acordamos dónde estábamos aquella fatídica tarde calurosa del 23 de julio de 2011 cuando saltó a los medios la noticia de la muerte de Amy Winehouse. Yo, en concreto, estaba en la bonita ciudad de Cascais (Portugal). También recuerdo aquellas tensas horas del 25 de junio de 2009 en las que Michael Jackson se hallaba entre la vida y la muerte hasta que la balanza se decantó fatídicamente. Y si miro aún más atrás, parece que todavía estuviera viendo a mis amigos del cole llorar la repentina muerte de Kurt Cobain.

La investigación sobre la salud mental en artistas es relativamente reciente. Un estudio publicado en 2022, que evaluaba la salud mental entre los profesionales de giras internacionales, reveló que, de los 508 participantes, entre artistas y personal técnico, el 39,4 % mostraron tendencias suicidas significativas. En lo que respecta a la tasa de mortalidad, varios estudios indican que es mayor en músicos famosos que en la población general, debido a un exceso de muertes relacionadas con una salud mental quebrada.

Sin embargo, las muertes en extrañas circunstancias y los suicidios no son patrimonio exclusivo del mundo de la música. Diego Armando Maradona, Robin Williams, Kate Spade, V. G. Siddhar­tha, Alexander McQueen o Anthony Bourdain también firmaron trágicos finales.

Poco a poco, los datos nos van dibujando el mapa de una realidad que evidencia que éxito y salud mental no son precisamente sinónimos. Parece que el modo de tratar la salud mental está dando un giro en el mundo del éxito. Mientras que en el pasado muchas de estas personas (cantantes, empresarios, deportistas, actores…) ocultaban sus luchas internas tras una aparente fachada de felicidad, ahora son cada vez más quienes se atreven a contar abiertamente cómo se sienten, fruto también del momento cultural que vivimos.

Si bien es cierto que queda mucho por hacer y por avanzar en este sentido, no es menos cierto que esta conversación también permite romper con estigmas del pasado. Cantantes como Karol G, Chris Martin, Alejandro Sanz, Billie Eilish o Camilo no han dudado en hablar públicamente sobre su salud mental. Otros como Ariana Grande, Shawn Mendes, Selena Gómez, Robbie Williams, Miley Cyrus, Justin Bieber, Lady Gaga o la mismísima Adele han llegado incluso a parar conciertos, giras o a poner en pausa sus carreras. En el deporte también hay ejemplos, como Simone Biles, Ricky Rubio, Naomi Osaka o Michael Phelps, que han priorizado su salud mental por encima de sus logros. Y también han impulsado la conversación en torno a la cuestión figuras como Angelina Jolie, Ryan Reynolds, Emma Stone, Jim Carrey, Dakota Johnson, Elizabeth Gilbert o Brad Pitt. Todos ellos nombres muy conocidos, provenientes de diferentes contextos, para los que la salud mental es una prioridad que no solo no esconden, sino que la ponen de manifiesto.

Ya no podemos seguir viviendo de espaldas a una realidad que se impone: el éxito no da la felicidad, o, al menos, no siempre. También quiero dejar claro que tener éxito tampoco es sinónimo de malestar. No todas las personas que brillan en sus carreras tienen problemas de salud mental ni son infelices, obviamente.

Lo que sí me parece importante es dejar de idealizar el éxito y empezar a comprenderlo. El éxito es un contexto determinado que, como todos, tiene sus particularidades, en este caso: presión, renuncias, exigencia… A pesar de los avances, muchas personas siguen manteniendo una imagen de perfección constante. Como si no pasara nada: parecen serenas, fuertes, altamente productivas y siempre felices. Esto también es una exigencia social propia del éxito en los términos que está planteado. Pareciera que si tienes éxito y fama, la obligación es ser y estar perfecto.

Detrás de esa aparente perfección y bienestar pueden esconderse emociones que, a menudo, se silencian. A esto se le conoce como el fenómeno de Penn face. Este término fue acuñado en la Universidad de Pensilvania para describir la tendencia de los estudiantes a actuar como si sus vidas fueran perfectas. En otras palabras, parecía que tenían notas brillantes, gozaban de amistades increíbles y su salud mental lucía excelente. Sin embargo, detrás de una aparente fachada de felicidad y confianza, se ocultaba el estrés y la tristeza.

Es hora de romper con los falsos mitos. Pocas creencias resultan tan dañinas como pensar que quien «lo tiene todo» no puede estar mal. Pareciera que el todo de muchos, fuera el todo de todos. No es así. Que alguien tenga éxito no significa que tenga que estar siempre bien. Tampoco la fama debería convertirse en una obligación de felicidad permanente. Sentirse mal no es un privilegio ni una debilidad: es parte de ser humano. Ni más ni menos. La salud mental es democrática, y poner sobre los hombros de quienes triunfan la exigencia irrealista de estar siempre bien solo añade más presión.

Tampoco podemos seguir asumiendo que conocemos como de toda la vida a los personajes famosos porque se cuelan en nuestras vidas a través de sus historias, de sus canciones, de sus intervenciones públicas o de sus películas. La realidad es que no tenemos ni idea de quiénes son esas personas. Desconocemos por completo su mundo interior e ignoramos los fantasmas con los que puedan estar lidiando o no.

Éxito y salud mental no son sinónimos. Tampoco antónimos.

Del éxito
al éxito
de ser tú

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Ya es hora de reconquistar el éxito

EL ÉXITO COMO ASPIRACIÓN VITAL

Conviene entender de dónde venimos y dónde estamos para saber adónde vamos. Por eso te planteo una pregunta: ¿desde cuándo el éxito se ha convertido en una aspiración vital? No hace tanto que lo contemplamos como meta, incluso algunos como propósito de vida.

Hasta hace no mucho tiempo, el éxito era más bien una excepción. Un territorio de exclusividad reservado para unos pocos: cantantes, actores, deportistas de élite o grandes empresarios. El acceso a este particular mundo estaba garantizado a quienes pertenecían a ciertas clases sociales por herencia o apellido. Si el éxito es llegar, al éxito llegaban solo unos pocos. Era impensable el éxito como aspiración colectiva, como un terreno para las mayorías. El éxito quedaba reservado para las élites que lo habitaban. Al resto del pueblo solo le quedaba admirarlo de lejos.

De hecho, en sociedades no tan lejanas, la mayoría de la gente vive todavía con otras prioridades que impone la misma vida. De ahí la importancia de tener en cuenta el contexto sociocultural que habitamos. Sin ir más lejos, incluso nuestros abuelos y abuelas son ejemplo de ello: no vivían con la mirada puesta en «llegar lejos», sino en ser personas honradas y trabajadoras para tener una vida digna. Que no se nos olvide que venimos de esos abuelos y de esos padres que trabajaron en la cultura del esfuerzo, dispuestos a sacrificarse para poder garantizar un futuro mejor a sus hijos.

Y es ahí, en el progreso de las sociedades y de la cultura, donde comienza a haber un cambio de mentalidad. El éxito comienza a presentarse como un deseo legítimo, incluso para quienes crecieron sin ni siquiera imaginar de qué iba eso.

A esos padres que se forjaron en la cultura del esfuerzo ya no les bastaba con que sus hijos se esforzaran, tenían que sacar buenas notas, ir a extraescolares, practicar algún deporte, portarse bien… Y sacar más + (Destaca) que P.A. (Progresa Adecuadamente). Y, por supuesto, si tenías lo que por aquel entonces era que «podías más», sacar buenas notas ya no era suficiente; había que ser el mejor de clase. Y si se te daba bien el deporte, no valía con jugar para divertirse y participar, tenías que ganar. De ahí venimos. Así crecimos. Para nuestros padres eso era garantía de un buen futuro para sus hijos: que tuviéramos estudios, que nos sacáramos una oposición que nos diera seguridad de por vida. Ellos nos enseñaron que la vida era dura. Que para conseguir las cosas había que luchar, sacrificarse y hacer mucho esfuerzo y sacrificio. Que «nadie te regala nada» y «todo no se puede».

En resumen, para nuestros abuelos el éxito se trataba de vivir dignamente, ser buena persona y vivir en paz, ellos que crecieron en un mundo de guerras, hambre y supervivencia. Para sus hijos, nuestros padres, el éxito tenía más que ver con el esfuerzo y el sacrificio: garantizar el futuro de los suyos y reivindicar derechos. Ellos que vivieron un momento social crucial por la lucha de la igualdad de oportunidades en todas las clases sociales. Un cambio radical.

Resulta curioso cómo cada generación va traspasando sus anhelos a la siguiente, aunque a veces esos deseos choquen con las ideas y los desafíos del tiempo presente que toca vivir.

¿Qué hemos heredado de las generaciones anteriores de su manera de entender el éxito?

¿Qué nos toca reinventar ahora?

¿Qué queremos transmitir a las generaciones que están por venir?

Quizá el mejor legado no sea cumplir los sueños de otros, sino atrevernos a construir los nuestros con conciencia y honestidad.

DESPERTAR DEL SUEÑO AMERICANO

Yo tuve el sueño americano hecho realidad. Conseguí el gran trabajo, era bueno en él. Compré una casa con piscina. Tenía el sueño americano y realmente me gustaba. Lo amé durante unos seis meses. Luego un día entré en mi casa y pensé: «Esto no está arreglando el problema que tengo ¿Cómo es posible?». Yo pensé que eso lo arreglaría todo y no lo hizo.

Matthew Perry

No es de extrañar que, en el contexto sociocultural del que venimos, el sueño americano calara hondo. Entendiendo como sueño americano la creencia de que cualquier persona, con independencia de su posición social o económica, puede alcanzar el éxito, la prosperidad y la felicidad si se esfuerza lo suficiente. Una idea que despertó ilusión, funcionando como un poderoso motor de esperanza para millones de personas que veían en ella la posibilidad real de transformar su vida.

Sin embargo, a pesar de que el sueño americano es inspirador y altamente motivador, también se relaciona con la individualidad y la meritocracia. Da a entender que el éxito depende exclusivamente de la inteligencia, la disciplina y el esfuerzo. En definitiva, que todo recae sobre la persona, sin importar el contexto ni las circunstancias sociales. Si bien rompe con las limitaciones de los entornos más desfavorecidos y se convierte en motor para quienes quieren superarse, crecer o innovar para tener una vida mejor, también deja una pregunta encima de la mesa: si todo depende del esfuerzo y de la actitud, entonces ¿cualquiera puede conseguir cualquier cosa que se propone a base de esfuerzo?

En mi opinión, pocas cosas nos han hecho tanto daño como llevar al extremo la frase de «si quieres, puedes». A lo largo de mis veinte años como psicoterapeuta he visto a demasiadas personas sufrir por querer algo que intentan una y otra vez sin lograrlo. En lo personal y en lo profesional. Frustración, tristeza, soledad, rupturas.

Claro que la motivación es importante, pero solo cuando nace del cuidado y no de la exigencia de lograr algo a cualquier precio, incluso a costa de la salud mental. Cuando estos mensajes se sacan del contexto motivacional y se absolutizan, dejan de impulsar y empiezan a hacer daño. Un discurso que promete que todo depende de la fuerza de voluntad y que, si no puedes, es porque no lo has intentado lo suficiente es dañino. La realidad es que no. Siempre que quieres, no puedes.

Querer y poder son cosas distintas, y entre ambas hay un montón de factores que influyen y que hemos de tener en cuenta, como veremos a lo largo del libro. La actitud y el esfuerzo no son suficientes. Y por supuesto, querer y poder no es una cuestión meramente individual. Este tipo de mensajes olvidan que lo individual está profundamente ligado a nuestro contexto sociocultural, económico, familiar y emocional. Resulta paradójico que, en el momento en el que más hablamos de salud mental, siga calando un discurso tan individualista y desconectado de la realidad.

El éxito no siempre está en conseguir lo que quieres, sino en comprender qué quieres de verdad y qué necesitas. En saber cómo. Y gran parte de ese cómo no tiene que ver tanto con hacer, sino con entender quién eres y qué está realmente alineado con tu propósito. Se trata de reconocer los contextos que te favorecen y aquellos que te limitan, y descubrir qué papel desempeñas tú dentro de todo eso. También de aceptar que, por mucho que quieras, hay veces que no puedes. Parar a tiempo, dejar ir o cambiar de dirección no solo no es que no sea un fracaso, sino que hay veces que es el mayor de los éxitos.

El #SiQuieresPuedes triunfalista convertido en hashtag ha calado tan hondo que, sin darnos cuenta, se ha convertido para muchos en una filosofía de vida. Ya no se trata solo de triunfar en lo profesional, en lo social o en lo económico. Las exigencias se han multiplicado. Hoy el éxito se mide también en las redes, en lo emocional, en lo intelectual, en lo espiritual y en lo estético. No solo tienes que ser el mejor en el ámbito profesional. Eso por sí solo ya no basta. Esto no es nada si no tienes una vocación inquebrantable, si no acumulas unos cuantos miles de followers en tus redes, si no mantienes un cuerpo y una mente equilibrados, si tus hábitos no son saludables, si no lees lo suficiente o ves la película de moda, si no gestionas perfectamente tus emociones y si no eres una figura con visibilidad.

Hay personas que conquistan sus sueños, y puede que las vistas desde la cima no sean exactamente lo que esperaban. Puede ser que una cosa sean los sueños y otra la realidad. Puede ser que todo lo que se mueve alrededor del sueño convertido en realidad no las haga demasiado felices. Más bien lo contrario. Me he sentado muchas veces frente a frente con el vacío que muchas personas experimentan cuando se supone que lo tienen todo. Les falta sentido. Alcanzaron la meta, sí, y, ¿ahora qué? Esto es lo que yo llamo el «vacío del éxito».

Entonces ¿no será el momento de despertar del sueño americano antes de que se convierta en una pesadilla? ¿No deberíamos empezar a preguntarnos qué es realmente el éxito?

Cada vez son más las personas que alzan la voz para cuestionar el modelo de éxito dominante. Debemos deconstruirlo y volver a construirlo. No podemos seguir sosteniendo una idea de éxito que pertenece a generaciones pasadas o a personas que no somos nosotros. No podemos seguir teniendo una meta que no encaja con nuestra realidad ni con nuestra forma de entender la vida.

Es necesario construir el éxito de un modo más realista y saludable, que no nos rompa ni deje cadáveres por el camino. No puede seguir siendo un molde universal. Necesitamos poder habitar una nueva realidad de éxito social e individual. El éxito debe estar hecho a la medida de cada uno.

Y para ti ¿qué es el éxito?