La muerte no es el final. Para algunos, esa idea puede ...

La muerte no es el final. Para algunos, esa idea puede resultar terrible. Para la mayoría es una bendición, pero una bendición que, para mí, no dura mucho tiempo. Los afortunados que conocen la paz pueden descansar, pero yo no. Mis hijos pelean ahí abajo y el mundo se vuelve un completo caos. Desde aquí percibo la reaparición de un antiguo medallón, reconstruido; uno que destruí hace mucho tiempo. El ansia de poder de Nismera no tiene fin, intenta apoderarse de cosas que es imposible retener. Kaden e Isaiah se acercan con torpeza a una verdad que preferiría que siguiese enterrada, y no puedo hacer nada excepto mirar.

Sentí cómo se desgarraba el reino de Muerte, sentí el temor que se infiltraba en el más allá, y supe dos cosas: que mi hijo Samkiel había muerto, y que la mujer que lo amaba aún más que yo amenazaba con hacer pedazos los mundos. Tuve que ir, porque, por horrible que eso fuese, lo que de verdad me daba miedo no era que ella desatase su poder. Mientras Muerte miraba hacia otro lado, pude cruzar sus puertas a escondidas y llegar a la tierra de los vivos. ¿Mi misión? Encontrar a la mujer a quien Samkiel adora y ver si ella puede acabar con los secretos que desearía haber revelado antes de mi muerte. Tengo que conseguir que entre en razón, o me temo que será el fin de toda esperanza.

Unir

Prólogo

Cuando salí de casa, la ciudad se preparaba para dormir. Saludé a unos cuantos tenderos que cerraban sus negocios y esquivé a un par de borrachos que se reían y se tambaleaban de camino a dondequiera que fuesen. Era una hermosa noche y el cielo estaba cuajado de estrellas; ir al trabajo dando un paseo era un placer. Prefería trabajar de noche y ahorrarme a las multitudes. Además, en cuanto el sol se ponía, el lago cobraba vida, con luna o sin ella.

—Llegas temprano —me dijo el jefe mientras se ajustaba el sombrero de paja. La camiseta blanca le tiraba en el abdomen a causa de la barriga y de los gastados pantalones oscuros que llevaba remetidos en las botas altas.

El muelle estaba abandonado; el lago, vacío, y el gentío habitual, ausente. Las barcas estaban atadas en el embarcadero y, a primera vista, no se había soltado ninguna.

—Pocas parejitas esta noche, ¿no? —pregunté.

—No es eso. —Se encogió de hombros—. No hay ni un crestaluna a la vista.

Fruncí el ceño y él, como respuesta, señaló el lago para que lo comprobase por mí mismo. Las tablas crujieron bajo mis pies. Me detuve al borde del muelle, junto al barril de bengalas, y me incliné sobre la barandilla. No había ruido alguno entre los árboles y ningún insecto flotaba sobre las ramas que colgaban casi al borde del agua. No se veía ni rastro de los crestalunas, pese a la luna llena, cuyos brillantes rayos de luz taladraban las aguas oscuras. Qué raro. Cuando salía la luna siempre estaban activos.

Me volví para preguntarle qué creía que estaba pasando, pero no había nadie más en el muelle. No se veía nada fuera de lugar; las estrellas titilaban en el cielo y la brisa creaba lentas olas en la orilla del lago. Qué raro. ¿A dónde había ido? No tenía motivos para irse, y tampoco era tan rápido, ni tan discreto.

Unos gritos y ruidos de pelea rompieron la calma nocturna. Me volví hacia la ciudad. Eché a andar por el muelle, pero me quedé inmóvil al oír el batir de unas pesadas alas por encima de mí. Algo aterrizó a mis espaldas; golpeó la madera con tanta fuerza que me hizo trastabillar. Al girarme, comprendí por qué todos los seres vivos del lago y los alrededores se habían ocultado.

El enorme ser plegó sobre la espada las cuatro alas membranosas, que relucieron con una tonalidad iridiscente bajo la luz de la luna. La armadura de placas, de color marrón oscuro, le envolvía los hombros y se le ajustaba al cuerpo para terminar justo encima de las patas, dobladas hacia atrás. La mandíbula huesuda inferior terminaba en unas pinzas que se movían y emitían un chirrido ominoso. No sabía qué clase de bestia era aquella, pero todos mis instintos me gritaron que estaba en peligro.

Di un paso atrás, y en ese momento se oyó otro golpe a mis espaldas. El muelle tembló. Me volví y quise salir corriendo, pero choqué con el duro exoesqueleto de una segunda bestia. Caí de culo con un golpetazo y el ser extendió cuatro brazos hacia mí. Con la adrenalina a tope, rodé hacia la barandilla y me puse en pie con dificultad. Cogí un remo de una pila y lancé un golpe. La madera le dio en el hombro y se hizo astillas. La bestia parpadeó y emitió un chirrido cargado de irritación, y un momento después estaba sobre mí.

Caí de bruces al suelo; el golpe me dejó sin aliento y proyectó polvo en todas direcciones. Tenía las manos atadas a la espalda y me dolían las muñecas. Por mucho que lo intentase, las ataduras no cedían. Gruñí cuando sentí que me clavaba las uñas en los miembros atados y retorcidos.

Me levantó y se me escapó un jadeo de horror al ver la carnicería que me rodeaba. Parpadeé, convencido de que había muerto y había llegado a Iassulyn.

El fuego crepitaba en los restos de la taberna y de los edificios colindantes; el humo era oscuro y espeso y desprendía un olor acre. Las bestias saqueaban las tiendas, rompían las ventanas y hablaban en aquella extraña lengua de chirridos. Los gritos de los hombres, mujeres y niños sacados a rastras de sus casas hendían el aire. Algunos habían logrado escapar y corrían hacia el bosque, seguidos por tierra y aire por aquellas bestias. Los que se habían procurado un arma e intentaban luchar caían de inmediato y eran consumidos. Tragué saliva y cerré los ojos. El crujido de huesos rotos era omnipresente.

No era una pesadilla. Mi mente jamás sería capaz de imaginar un horror así. El Altermundo había abierto sus espantosas y rancias mandíbulas, y una plaga de demonios había descendido sobre nuestra ciudad. El corazón me latía con fuerza y el olor de la muerte me invadía la nariz. El monstruo que se adentraba en la ciudad conmigo a rastras chirrió de excitación. Traté de poner los pies en el suelo y tensé los músculos para liberarme del poderoso agarre de aquel ser. Pero, por mucho que me debatiese, me sabía incapaz de escapar. La bestia me clavó las garras en los hombros y me sacudió con violencia hasta que dejé de resistirme. Jadeaba, me ardían las fosas nasales y me picaban los ojos; el terror había terminado con cualquier esperanza.

Oí unos pasos fuertes y pesados que se acercaban; se me revolvió el estómago y un escalofrío me recorrió la espalda. Cerré los ojos con fuerza y recé a los dioses que pudiesen quedar en este mundo, al mismísimo Samkiel incluso. No abrí los ojos; no quería ver lo que se acercaba. Solo con el sonido ya estaba muerto de miedo. La bestia me sacudió de nuevo y me chilló a la cara; el aliento caliente me golpeó el rostro con tanta fuerza que me echó el pelo para atrás. Abrí los ojos, y deseé haber hecho caso de mis instintos y haberlos mantenido cerrados.

La bestia me miraba muy de cerca, a unos pocos centímetros de la cara. Las pinzas chasquearon un par de veces y luego se retiraron. Cerró las mandíbulas óseas y se irguió en posición de firmes. Tardé varios segundos en reunir el valor suficiente para apartar la vista, y, cuando lo hice, la nueva pesadilla casi hizo que se me aflojasen las piernas.

Era más alto de lo que nadie podría esperar. A juzgar por los pozos negros de sus ojos, la piel pálida y lisa y la corona puntiaguda que le cubría la cabeza, estaba claro que lo que había frente a mí no era un hombre. Llevaba un manto oscuro que se dividía en dos faldones sobre la espalda; el extraño tejido se le arremolinaba alrededor de los pies. Estaba de pie dentro de un círculo doble, y reconocí las runas del perímetro. Era una marca de teletransporte, que parpadeaba con un brillo débil. El poder con que la había insuflado para transportarse y para invocar los espantosos horrores que se había traído consigo se difuminaba poco a poco.

El miedo era una fuerza abrumadora que me dejó casi insensible. Me concentré en su pecho porque era incapaz de aguantar su mirada y mantenerme erguido. Entrecerré los ojos mientras observaba los movimientos del tejido, bordado con intrincados patrones. Tanto la piel como la ropa parecían mal ajustadas, y me pregunté si su auténtica forma no sería otra. Su poder era como un latido. Me forcé a levantar la vista y mirar aquellos ojos fríos y sobrehumanos. Cuando por fin até cabos, se me secó la garganta. Sabía de quién se trataba.

—Huelo tu miedo, más fuerte que la orina que mancha las calles. Más fuerte que la sangre que decora el suelo. ¿Sabes quién soy? —preguntó con una voz tan oscura y profunda como el dominio desde el que había ascendido. Se puso en cuclillas, y al hacerlo el cuerpo se movió de una forma extraña y repugnante. Incluso en esa posición era mucho más alto que yo.

—S… Sí —logré decir—. He oído rumores acerca de una nueva era, una rebelión entre los príncipes, y un gobernante recién coronado. Eres el rey del Altermundo. Umemri.

—Correcto —dijo con una sonrisa que me revolvió el estómago otra vez. Las dos líneas que le enmarcaban la boca dividían en dos sus rasgos afilados y terminaban donde deberían estar las orejas. La boca era demasiado ancha, y me temí lo que vería si la llegaba a abrir del todo. Al resplandor del fuego, el cabello era de un negro intenso; pero, al volverse hacia el general, vi que no era pelo, sino unas púas dentadas que vibraban al compás de la respiración. Era un auténtico horror encarnado. No conocía a nadie que le hubiese puesto los ojos encima a un príncipe del Altermundo, no digamos ya a su oscuro señor.

Incapaz de sostenerle la mirada, moví de forma incesante los ojos a un lado y a otro. El crepitar de las llamas se oía por toda la ciudad, y, a unos pocos metros de distancia, dos cuerpos yacían boca abajo, degollados. Supuse que no le habrían dado las respuestas que buscaba. Eso me insufló cierta esperanza. Quizá, si le daba las respuestas correctas, me perdonaría la vida.

—¿Qué… qué quieres? —pregunté, tras obligarme a mí mismo a mirarlo—. Sea lo que sea, te lo puedo dar.

—Ah, ¿sí? —Umemri ladeó la cabeza, y los ojos negros me taladraron como si pudiese arrancarme las respuestas del cerebro—. Busco a alguien que es importante para mí. La última vez que se comunicó, lo hizo desde esta ciudad. Y desde entonces no ha habido más que… silencio.

La forma de pronunciar el final de la frase me hizo cuestionarme si algo tan horrible podría tener, de hecho, un corazón.

Negué con la cabeza, confuso.

—No he visto… No hemos visto a nadie del Altermundo por aquí.

Abrió una mano, y las garras curvadas que coronaban los tres largos dedos se entrechocaron con un suave sonido. Me sobresalté, aunque no había hecho ningún movimiento hacia mí.

—Yo creo que sí. Percibo su aroma por toda la ciudad, y puedo oler su sangre en estas miserables callejuelas.

El recuerdo me golpeó la cabeza como un muro de ladrillos; el corazón me latía con tanta fuerza que sonaba como un tambor de guerra. Umemri lo oyó; los ojos fríos y oscuros se me clavaron en el pecho.

—¿Dónde está mi murrak?

El pánico me revolvió las tripas y el sudor me cubrió la frente. Oh, dioses. No podía mentir. No podía ocultar el hecho de que estaba…

—Muerta.

Se me escapó casi sin querer. Una emoción oscura y arrolladora apareció en su rostro. El caos que se extendía por la ciudad se cerró sobre nosotros, como si los otros percibieran sus emociones y se preparasen para reducirme a pedazos. Umemri se echó a reír, y la voz grave y sombría me resonó en los huesos. Los generales rieron con él, y el sonido se volvió cada vez más chirriante y bestial. Extendió la mano y me cogió del cuello, y la risa se transformó de repente en un gruñido mientras me levantaba en el aire. La cara se dividió en dos y se abrió, y la transición casi me produjo una arcada. Al contemplar las pinzas que había en su interior, no me cupo duda de que me iba a comer.

—Imposible —dijo Umemri, que me sostenía en el aire como si no pesara nada—. Nadie que me deba lealtad se atrevería a tocarla. Y, aunque lo intentasen, si estaba furiosa y con su forma auténtica, nadie podría detenerla. Dudo que incluso una ciudad entera de itianos pudiese hacerle ni un rasguño.

Aterrado, traté de zafarme de su agarre. Me soltó lo justo para que pudiese mascullar una palabra.

—Samkiel. —Pronuncié el nombre como si fuese una plegaria capaz, por sí misma, de salvarme la vida. Y lo hizo.

Hubo un destello en los ojos de Umemri, y las bestias se detuvieron como si hubiese gritado una maldición. Un extraño silencio se adueñó de todo. Lo único que se oía era el crepitar del fuego y el susurro del viento. De pronto me soltó y caí al suelo. Me costaba respirar. Las garras me habían dejado pinchazos en el cuello de los que fluía la sangre. Tuve la sensación de que pasaban horas hasta que Umemri por fin parpadeó, y vi cómo la comprensión se abría paso en él. Casi como si el sonido del nombre de su antiguo enemigo bastase para convencerlo de que la murrak estaba muerta. Encorvó los hombros y la tela se rompió y liberó varios gruesos apéndices, oscuros y espinosos, que se agitaron y se retorcieron a su alrededor.

—Mientes —escupió. Frunció los labios y los tentáculos chasquearon en dirección a mí.

No era mentira, aunque me resultó evidente que él deseaba con todo fervor que sí lo fuese.

—No —dije. El cuerpo me temblaba de un modo incontrolable—. No miento. Estuvo aquí con una mujer. La murrak atacó, él la mató y se fueron.

La punta afilada de un apéndice me perforó el hombro. Grité, y Umemri sonrió con un gesto cruel, como si saborease el sonido.

—¿Una mujer? —preguntó Umemri. El apéndice clavado en el hombro se giró y me provocó más dolor.

—¡Sí! —grité—. No alcancé a oír su nombre, pero era una ig’morruthen. No sé qué hacía con él.

La uña que se retorcía en mi carne se detuvo antes de atravesarme el hombro. Umemri volvió la cabeza hacia su maldito ejército y ladró algo que sin duda era una orden en una lengua que no comprendí. Una bestia alzó el vuelo, y él volvió a centrar la atención en mí. La expresión de sus ojos solo sirvió para que mi miedo aumentase.

—Parece que ya no te necesito, entonces.

Alzó un grueso tentáculo; la punta afilada apuntaba a mi cabeza.

—¡Puedo llevarte hasta ella! —solté cuando la iba a dejar caer sobre mí—. ¡Sé dónde enterramos a tu murrak!

Me soltó tan deprisa que me caí hacia delante. Un guardia me atrapó y me puso de pie, con los brazos todavía atados.

Umemri ladeó la cabeza, con los ojos brillantes de dolor y de cólera.

—Muy bien, guíame.

Con la respiración temblorosa, eché a andar; sabía el lugar exacto donde se hallaba el cuerpo enorme y retorcido. La habíamos enterrado entre varios. Ya sabía yo que las buenas acciones terminarían por joderme. Los guardias nos siguieron el paso, a los lados y detrás de nosotros, y los guie a todos más allá de la linde de los árboles, hasta que llegamos a un montículo de tierra recién removida cerca de la base de un árbol grande y retorcido.

Un soldado me obligó a caer de rodillas y me retuvo en esa posición. El hombro me dolía y me sangraba. Umemri se adelantó mientras los guardias formaban un círculo alrededor de la tumba. Levantó una mano y apretó el puño con fuerza, y el suelo se movió y tembló. ¿Qué poderes poseía? Creía que solo los dioses tenían telequinesis. Había oído rumores de que los poderes de algunos brujos rivalizaban con los de los dioses, pero yo no conocía a ninguno, y él no era un brujo.

A su orden, la tierra se abrió y miles de insectos y gusanos salieron arrastrándose de la tumba. Entre el repugnante latido de sus cuerpos, una cabeza emergió de la tierra. Me preparé para ver al ser monstruoso y cristalizado con pinzas e inmensos ojos ovalados. Pero no fue eso lo que salió de allí. Umemri se arrodilló y acarició con las garras el pelo del color de la luz de luna. Los insectos se retiraron y los guardias que rodeaban el claro agacharon las cabezas en señal de respeto y dolor compartido.

El rey del Altermundo emitió un sonido desesperado, pero lo interrumpió, como si se le hubiera escapado sin poder controlarlo. Se irguió y se volvió hacia mí con los tentáculos alzados tras él en una pose amenazadora. Se me fueron los ojos a la cabeza que acunaba contra el pecho como si para él no hubiese nada más precioso en el mundo. Los ojos sin vida, anchos y de mirada vidriosa, tenían un color blanco lechoso. Los rasgos eran femeninos y delicados, con las mismas líneas que él alrededor de la boca. No vi nada que sugiriese que aquel era el monstruo que habíamos enterrado.

Comprendí entonces por qué había quemado la ciudad, por qué había matado a todo el mundo. No era diferente de cualquiera que haya perdido de repente a un ser amado. Para él, la murrak no era algo, sino alguien. A juzgar por la ira y la desesperación, sospeché que sería su amante, o, peor aún, su compañera.

—Esa mujer que lo acompañaba… Dime todo lo que sepas —exigió Umemri.

No creía que fuese a escapar con vida, pero, si había alguna esperanza, era esa; así que no dudé. Le hablé de la excursión en barca y de cómo se comportaban el uno con el otro. Le tembló todo el cuerpo y los tentáculos azotaron el aire cuando le conté cómo lucharon para protegerse mutuamente y cuando le describí cómo mataron a la hembra que sostenía entre los brazos. Cuando terminé, tragué saliva con dificultad y esperé.

Un ave nocturna se posó en un árbol, justo encima de Umemri, y clavó en mí los ojos relucientes. Vigilante. Expectante. Extendió las alas y soltó un fuerte graznido, pero ni Umemri ni los guardias parecieron notarlo. Lo miré, intrigado. El maldito bicho parecía interesado en nuestra conversación. Lo más raro de todo, no obstante, era que los pájaros habían abandonado esa zona cientos de años atrás.

Un crujido de hojas me hizo volver de nuevo la atención hacia el rey del Altermundo. Los guardias me vigilaban, y sus ojos reflejaban la luz de la luna creciente que se asomaba entre los árboles.

—¿Soy libre, entonces? —balbuceé—. Te he dicho todo lo que sé, y no pienso contar nada de lo que ha pasado aquí. Haré lo que me ordenes.

Un esbozo de sonrisa le asomó a los labios.

—No puedes darme lo que deseo ahora mismo —dijo Umemri—. Pero te concederé lo que me pides. Te daré la libertad.

Un cálido alivio se extendió por todo mi cuerpo. Sabía que algunos me llamarían cobarde por haberlo contado todo para salvarme a mí mismo. Dirían que carecía de honor. Pero quería vivir. El dolor me estalló en el cuello, y ya no sentí nada más.

Desde el suelo del bosque vi caer mi cuerpo a pocos centímetros de distancia, decapitado. Parpadeé mientras la vida se me escapaba. El suelo tembló y silbó, se abrió mientras el vapor se elevaba en el aire. Aparecieron unas runas anaranjadas que arrojaron un resplandor brillante alrededor de cada uno de aquellos seres. Las bestias se hundieron una tras otra, tragadas por el suelo; el rey y su ejército regresaban al Altermundo. Me quedé con la boca abierta, intentando formar palabras que ya no podía pronunciar. Parpadeé una vez más. El pájaro de color medianoche extendió las alas más de lo que parecía posible. Mientras se me nublaba la visión, el pájaro aterrizó y adoptó la forma de un hombre hecho de oscuridad.

1. Samkiel

Un libro se estrelló en la mesa que había frente a mí, y me desperté, sobresaltado. Me acomodé en la silla y parpadeé para fijar la vista en mi airado padre.

—Ya he pedido perdón a los afectados —gruñí. Me estiré y crucé los brazos sobre la ropa del consejo que todavía llevaba puesta. Los botones y las borlas se retorcieron unos sobre otros mientras yo daba golpecitos en el suelo con el pie. Me había obligado a asistir a las reuniones del consejo durante días, y, cuando no estaba allí, me pasaba el día aquí, sumido en el estudio hasta caer rendido de sueño. Sabía que prenderle fuego al templo de un dios no estaba bien visto, pero había sido un sincero error. Al parecer, lo había avergonzado, y el resultado fue que me gané una semana de castigo.

Mi padre asintió, pero se cruzó de brazos y no apartó los ojos de mí.

—Lee. En voz alta.

Fruncí el ceño y, con un profundo suspiro, me hundí más en la silla. Puse los ojos en blanco y tiré del grueso tomo de historia con filigranas rojas y doradas para atraerlo hacia mí. Tenía un marcador donde me había quedado el día anterior, así que lo abrí. La ilustración cubría una doble página y mostraba un ejército de cien soldados en armadura de plata, formados para la batalla. Dejé escapar otro suspiro ruidoso, para que supiera lo mucho que odiaba tener que hacerlo, y luego empecé a recitar el texto que describía la batalla.

«Eres la tierra cubierta de vísceras, empapada de sangre.

¿Cómo hacer la paz con esos asesinos?».

Levanté la cabeza, sorprendido y confuso, y miré las palabras escritas. Ese texto no era el antiguo tratado que leí el día anterior, y que hablaba de táctica y armamento. Las palabras fluían, se derramaban sobre el gastado pergamino de color crema. Mientras las observaba desaparecieron, solo para volver de nuevo, con letras apretadas y oscuras.

—Lee —insistió mi padre.

—Pero no es lo que decía antes —dije, y, en efecto, no lo era. Boquiabierto, vi que la imagen se disolvía como si le hubiesen derramado agua encima. Desapareció, y más texto ocupó su lugar.

—Lee —exigió de nuevo.

Me acomodé en la silla y me giré un poco para mirarlo. Unir estaba junto a las puertas del balcón, enmarcado por inmensas columnas. Fuera, las nubes enormes y bulbosas adquirían un tono gris en los bordes. Las sombras cubrían las montañas de Rashearim y la oscuridad se extendía bajo ellas como una bestia hambrienta que quisiera devorar la tierra.

—Lee. —La voz de Unir se hizo más profunda, con un tono afilado que no supe definir.

Sacudí la cabeza, pero no me atreví a desobedecer. Sabía que me iba a tener allí hasta que me sangrasen los ojos, como castigo por la trastada en la que nos habíamos implicado Cameron, Logan y yo. Así que, con un suspiro resignado, sujeté los bordes del libro e intenté leer. Las palabras seguían cambiando y retorciéndose sobre la página, hasta escupir por fin los versos que quería que recitase.

«Destruyes el alma de un hombre noble.

Te mueves entre las estrellas y lanzas maldiciones sobre la tierra».

Las palabras se hacían y deshacían una y otra vez. Acaricié las líneas con los dedos, como si eso pudiese mantenerlas quietas. Reconocí el poema; lo había visto en un libro que encontré en la biblioteca. Casi perdido en los anales del tiempo, y transcrito en su momento por un antiguo profeta.

—Repítelo —ordenó mi padre, muy erguido y con la espalda recta. Como siempre, era más un general que el protector cariñoso que creía ser.

Tragué saliva.

—Ya no dice lo mismo.

—Sigue mirando. —En sus ojos no había cólera ni diversión.

«Las voces no escuchadas, ahogadas por los gritos de los muertos.

Los hombres suplicaban, murmuraban maldiciones y plegarias,

solo respondidas por manos justas y fuertes.

Aquí está nuestro azote, nuestra salvación, nuestra esperanza,

bañada por la luz de la fuerza y el poder.

La tierra angustiada hace estremecerse a todos los hombres,

la sangre y la destrucción carcomen las almas,

armas de un horror ahora tan familiar».

Respiré con dificultad mientras se me escapaban las palabras. Oí sus botas sobre el suelo de baldosas, las largas zancadas cuyo ritmo y solidez cambiaron cuando se dirigió a la puerta.

«La compasión sucumbe ante tu fuerza destructiva».

Sacudí la cabeza y las palabras empezaron a vibrar. Me invadió el miedo, y levanté la vista. La luminosa habitación real había adquirido una tonalidad gris y sombría, pero no fue eso lo que me heló el corazón. Nismera ocupaba el lugar donde había estado mi padre, y aferraba entre sus brazos a Dianna. Me levanté con tanta fuerza que la silla cayó al suelo. Traté de moverme hacia ellas, pero me fue imposible.

Nismera sonrió, con los labios sobre la mejilla de Dianna. Le sujetó la mandíbula y con la otra mano alzó la mortífera lanza dorada para apuntársela al corazón. A mi corazón. Los ojos de Dianna, inmóviles, no se apartaron de los míos. Había en sus profundidades un resplandor suave que no supe descifrar.

—No terminaste las palabras. —Nismera sonrió con crueldad mientras posaba los ojos en la mesa y en el libro que había frente a mí.

—No me hace falta —respondí, con los dientes apretados—. Conozco el poema de Jeremiah.

—¿Seguro, hermano? —repuso Nismera con dulzura. Levantó la cabeza de Dianna y le depositó un beso en la mejilla. Si pudiese moverme, podría llegar hasta Dianna. Podría agarrarla, podríamos huir. Pero no me atrevía a pelear con Nismera mientras tuviera a Dianna.

—¿Comprendes su auténtico significado? ¿Quieres que lo termine en tu lugar?

—No lo hagas —ordené. No sabía qué pasaría si Nismera pronunciaba aquellas palabras, tan solo que no sería nada bueno. Tenía a alguien que era más preciosa para mí que un trono o una corona o incluso el aire que respiraba. Dianna era más preciosa para mí que cualquier mundo, cualquier dominio. Por ella, sacrificaría lo que fuera sin pensármelo dos veces.

La sonrisa de Nismera era tan fría que habría jurado que el aire se helaba a su alrededor.

—Has regresado, Destructor de Mundos, pero con un punto débil. Ahora, todos tus enemigos lo sabrán. Sabrán cómo quebrarte y, cuando caigas en pedazos, el mundo también caerá.

—No —repliqué. No negaba aquellas palabras que me hacían odiarme a mí mismo, sino la amenaza que representaba para lo que sostenía entre las manos. Posé la mirada en Dianna antes de clavarla de nuevo en Nismera—. Ella es todo lo que tengo.

—Lo sé —dijo, con una cruel satisfacción reflejada en la mirada. Nada más pronunciar esas palabras, clavó la lanza en el pecho de Dianna.

Una cegadora luz amarilla estalló en el cuerpo de Dianna, que echó atrás la cabeza mientras le ardía la piel en copos que se desprendieron y volaron hasta que solo quedaron cenizas. Los restos de Dianna. Un alarido se me escapó de la garganta. El cielo se abrió y los relámpagos estallaron como una luz estroboscópica, con un sonido tan fuerte que parecía que hubiese estallado una bomba sobre nosotros. El cielo se hacía eco de mi dolor.

Pero no fue la creciente tormenta lo que oscureció la sala, ni un relámpago lo que me brotó de las puntas de los dedos. Fue el Olvido lo que apareció en la mano extendida y salió de mí en oleadas de oscuridad que envolvieron la habitación al instante. Cubrieron el punto donde estaba Nismera, pero ella se había movido tan deprisa que escapó de mi alcance. Solo la risa, cruel y maliciosa, me permitió saber que todavía estaba en la sala. No me importó. No me importó cuando caí de rodillas y me arrastré hasta las cenizas, y no me importó que me brotaran lágrimas de los ojos. Apreté entre los dedos lo que quedaba de mi amor, mi akrai. Nismera reapareció con una risa victoriosa y se agachó ante mí. Reunió las cenizas de Dianna en una mano enguantada y, con una sonrisa cruel, sopló los restos de mi compañera hacia mí.

Ante aquel acto desalmado, unos enormes tornados se materializaron en el exterior del palacio. El viento soplaba con fuerza suficiente para arrancar la carne de los huesos, y el techo crujía y caía a trozos sobre nosotros. Nismera miró hacia arriba; el pelo plateado se sacudía y ondulaba alrededor de la cabeza. Sonrió ante la oscura violencia del cielo, y habló. De algún modo, pese al estruendo de los truenos, pude oír lo que decía.

—«Tú, y, por tanto, yo, herramienta de los dioses, exterminador de los que caminan o se arrastran.

Hecho de luz, hecho de viento.

Espadas tan afiladas que nuestros enemigos se doblegarán,

porque, en una guerra entre dioses, nadie gana».

Mi cuerpo se estremeció, pero no por la furiosa tormenta o el palacio que temblaba. Era como si algo me empujase y tirase de mí.

—… kiel.

Eché atrás la cabeza y contemplé los furiosos nubarrones negros y púrpuras que oscurecían el cielo. Los rayos golpearon el suelo una y otra vez, coléricos, como un castigo, mientras moría el mundo sobre el que me arrodillaba.

—… iel.

Sentí un dolor repentino en la barbilla. Me senté y me llevé una mano a la cara.

—Ay.

Dianna me miraba con los ojos muy abiertos y llenos de temor. Echó atrás el puño apretado y se tapó los oídos con fuerza. El viento le sacudía el cabello con violencia. La oscuridad había invadido nuestra habitación, y me di cuenta de que había desatado el Olvido aquí, no en mi sueño de muerte. Los zarcillos se me enroscaban alrededor de los brazos como serpientes, agazapados y listos para destruir cualquier amenaza. El techo crujió y vi que los pedazos que ya había liberado roían los bordes de la habitación.

—¡Samkiel! —me gritó Dianna por encima del estruendo creciente de la tormenta. Era ella quien me llamaba desde el principio para apartarme del borde del abismo. Se recogió el pelo y lo mantuvo apartado de la cara mientras la fuerza del Olvido crecía y crecía—. Tienes que pararlo, o consumirá la habitación, el castillo y el pueblo.

Respiré a duras penas.

—¡No sé cómo! —respondí a gritos, y era cierto. Nunca había sido capaz de controlar mi poder cuando se manifestaba de aquella manera.

Dianna dio un respingo cuando un trozo del muro exterior desapareció y nos expuso a la tormenta. Un enorme torbellino giraba bajo la nube más cercana; descendía. Era consciente de la destrucción que causaría una vez que tocase tierra. Se apretó los oídos con las manos para protegerse del doloroso rugido del viento.

—¿Qué lo ha provocado? —gritó.

En vez de decírselo, le envíe los detalles del sueño a través de nuestro vínculo. Le brillaron los ojos, y sentí que la comprensión se abría camino entre ambos. Había visto de primera mano las pesadillas que tuve en Onuna, y comprendió que volvían a acosarme. Solo que ahora era Nismera quien me la arrebataba, y no Kaden.

No sabía qué esperar; desde luego, cualquier cosa menos que se quitase las manos de los oídos, me sujetara el rostro y posase los labios sobre los míos.

«Estoy aquí —me susurró su voz en el inconsciente—. Estoy contigo, ahora y para siempre».

El mundo se sumió en el silencio, como si una mano gigantesca hubiera barrido la tormenta. El viento cesó de aullar, y dejé de sentir en la piel el picor de aquel poder antiguo y oscuro. Yo blandía el Olvido, pero, al parecer, Dianna lo controlaba. Respondía de inmediato si ella estaba en peligro, como había hecho desde la primera vez que me la arrebataron. En aquel momento se retiró, tranquilizado por su contacto, como una bestia complaciente.

La puerta del dormitorio se abrió de par en par y ambos nos volvimos a mirar. Cameron estaba en el umbral, con los pantalones del pijama a la altura de las caderas y el pelo revuelto.

—Pero ¿qué cojones…? —jadeó. Repasó la habitación con los ojos, y se fijó en los agujeros del techo y de la pared; luego nos miró. En vista de que habíamos estado en el centro de la tormenta, supuse que nuestra pinta no era mucho mejor que la suya—. Me pareció oír un puñetero huracán, ¿y erais vosotros dos follando?

«No se lo cuentes», le envié a Dianna. Ya teníamos bastantes preocupaciones como para sumar una más.

«No lo haré», me respondió.

—Piensa en los niños, Dianna —se burló Cameron, y luego se señaló a sí mismo—. Y en los que estamos en el dique seco.

Se me escapó un resoplido. No habría creído posible tomarme nada en broma en aquel momento, pero, dado lo que había visto al entrar, y que Dianna me envolvía con su cuerpo, tenía mucho sentido que extrajese la conclusión más evidente.

Dianna se bajó del lecho.

—Vuélvete a la cama —exigió con un bufido mientras se abalanzaba sobre él. El fuego que le bailaba sobre las puntas de los dedos lo distrajo de la destrucción y las cenizas que había por todos lados.

—Qué violenta —dijo con sorna, y luego se marchó, no sin antes señalar la habitación—. Y a ver si arregláis la que habéis montado.

Dianna cerró la puerta del dormitorio y yo me levanté de la cama y reparé las paredes y el techo. Una vez que estuvo todo como nuevo, me volví hacia ella, que estaba apoyada en la puerta de la habitación con una gesto angustiado que le tensaba los hermosos rasgos y le ensombrecía la mirada. Lo que la preocupaba no era la destrucción que había provocado yo. Era que ambos sabíamos que el Olvido vivía en mi interior, y que me había convertido en una amenaza para todos aquellos a los que amaba.

2. Dianna

Tres semanas después

Si digo que me sentía agotada, me quedo muy corta. En las últimas semanas habíamos seguido con la renovación de la ciudad cercana al castillo. Aquel mundo era tan hermoso que habíamos decidido construir la pequeña ciudad junto a las onduladas montañas, a la sombra del palacio, desde donde podríamos contemplarla. Las cascadas se derramaban por los acantilados para formar ríos que serpenteaban por la ciudad. Samkiel trabajaba sin descanso con las personas que ya habían buscado refugio allí, para construir casas, tiendas, caminos, puentes e incluso una pequeña zona de recreo junto a la playa. Sabía que era una forma de mantenerse ocupado y sacarse de la mente el Olvido y las nuevas pesadillas, pero también significaba que ayudaba a la gente, y eso le serenaba el alma.

No viajamos al exterior hasta que se aseguró de que la ciudad había alcanzado la estabilidad y sus habitantes podían seguir adelante por ellos mismos. Al principio paramos en los sitios que nos eran más conocidos, los que ya habíamos visitado antes. Ofrecimos refugio a todos aquellos a quienes Nismera había abandonado a su suerte. Al ver a Samkiel, aceptaron con alegría, y eso contribuyó a cambiarle el estado de ánimo. Por fin sentía que hacía progresos y, a medida que se asentó, las pesadillas disminuyeron, y también las sobrecargas incontrolables del poder del Olvido.

El único momento oscuro se produjo cuando regresamos a la ciudad de los crestalunas y descubrimos que había desaparecido, y su población con ella. Solo quedaban edificios quemados y esqueletos. O eso creímos. Nos atacaron mientras vagábamos por el bosque en busca de supervivientes. Fue una emboscada inesperada, y aún me dolía el costado por el mordisco de la bestia serpentina de dos cabezas que matamos. Sí, se me había curado la piel, pero los seres del Altermundo me dejaban magullada. Mirándolo por el lado positivo, al menos salvamos a los crestalunas.

Podía sentir que la mente de Samkiel divagaba tanto como la mía. El número de ataques aumentaba día tras día, casi como si alguien los enviase desde el Altermundo para provocar el caos. Mi sospecha era que, cuando los poderes de Samkiel desaparecieron del cielo y los dominios supieron de su regreso, eso cabreó a alguien con más poder de la cuenta. Era una de las varias razones por la que nos dirigíamos a nuestro destino actual.

Me chorreó agua de las alas mientras recorríamos las corrientes de aire. El portal que había abierto Samkiel nos tiró de cabeza a un océano a varios kilómetros del destino previsto.

«Te preocupas demasiado —le transmití—. Te van a salir canas. Hace tres semanas que no tienes un episodio, y podemos hacer frente a esto».

La palabra «episodio» era una forma de describir los estallidos del Olvido. Por otra parte, no había tenido más pesadillas brutales, y yo no me había despertado entre tormentas tremebundas y vendavales furiosos que amenazasen con hacer trizas nuestro hogar. Ahora nos enfrentábamos a otros problemas con los que yo no sabía cómo ayudarlo. Lo único que podía hacer era seguir apoyándolo.

Samkiel, que cabalgaba sobre mi lomo, gruñó.

«El tiempo apremia, y nuestras últimas visitas no han ido demasiado bien. Y en esta me espero más de lo mismo».

No le faltaba razón. No solo teníamos que enfrentarnos a un incremento de los ataques de las bestias del Altermundo y al fantasma de su padre, que se asomaba desde la tumba, sino que teníamos que visitar lo que quedaba de los doce dominios. Era fundamental averiguar hasta qué punto los doce gobernantes eran fieles a Nismera.

Con un poco de suerte, quizá ver que Samkiel estaba vivo contribuyera a atraernos su lealtad. Solo quedaban siete dominios, y, en los que ya habíamos visitado hasta ese momento, ningún monarca había mostrado interés en unirse a nosotros.

Unir había reaparecido, y, aunque no me perseguía su fantasma, era un presagio aterrador para Samkiel. Estaba convencido de que su padre no dejaría por voluntad propia el más allá sin su madre, y yo no había visto a Zasyn. Lo que había traído de vuelta a Unir, fuera cual fuese su auténtico objetivo, debía de ser vital.

Mis alas dividieron las nubes mientras nos acercábamos a Costa Rocosa. Los dominios de allí no se parecían en nada a Onuna. Algunos planetas casi ni se merecían ese apelativo; eran poco más grandes que lunas, y aquel caso no era la excepción. Un océano que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, olas de color gris metálico que se sucedían la una a la otra. Me pregunté qué acecharía bajo la superficie, en las profundidades.

El acantilado estaba cada vez más cerca: una imponente muralla de piedra cubierta por una gran cascada. Ascendí y, mientras batía las alas con fuerza para atravesar la bruma y las nubes, Samkiel estrechó las piernas sobre mis escamas. La pared vertical no parecía acabarse nunca, y, de pronto, una ciudad enorme y extensa apareció frente a nosotros.

Se asomaba al borde del precipicio, y el agua fluía a su alrededor para derramarse sobre el océano. Unas columnas de piedra blancas y azules, coronadas por chillonas cúpulas, se alzaban hacia el cielo. Aquí y allá, algún techo plano estaba adornado con un jardín. Una alta muralla rodeaba muchos edificios pequeños. Supuse que la habían creado para proteger la ciudad de las violentas tormentas que el océano les arrojaba encima con regularidad.

La única carretera visible era un camino cubierto, extramuros, que parecía flotar formando un arco horizontal suspendido sobre el agua. Lord Orble supervisaba Costa Rocosa. Era un nombre adecuado para la ciudad, dado que se ubicaba en uno de los pocos pedazos de tierra firme sobre la faz del planeta.

No tratamos de ser sigilosos, y en todo caso habría sido difícil no ver el ig’morruthen gigante y cornudo que trazaba círculos sobre la ciudad. Supuse que ya nos esperaban y, al descender, vi que no me equivocaba. Había guardias, tiesos como flechas, con las espaldas tensas, que nos vigilaban con desconfianza.

Mis alas, gruesas y pesadas, cortaron las nubes mientras descendía para posarme a la entrada del castillo. Los estandartes azules y blancos ondeaban al viento, y la sal marina enturbiaba el aire. Costa Rocosa era parte de una gran ruta comercial, y solo por el olor ya sabía con qué comerciaban. El olor a pescado abrumaba mis sentidos ultrasensibles. Solté un gruñido grave y estornudé; de la nariz me brotaron unas pequeñas llamas que quemaron la piedra mientras me intentaba sacar aquel hedor de las fosas nasales.

Samkiel se bajó de un salto, y la armadura plateada reflejó los dispersos rayos de sol. Aún llevaba grabado en las hombreras el emblema de su padre. Me había preguntado si lo cambiaría, visto lo que había averiguado y todo lo que había sucedido, pero al parecer había decidido conservarlo.

Los guardias llevaban una armadura de color azul marino y me apuntaban con las armas. Sopesé la idea de cambiar de forma, sobre todo porque tenía que enrollarme la cola alrededor para no aplastar a nadie por accidente, pero era una zorra, y amante de las entradas dramáticas. Y, si hacía falta alguna pequeña táctica intimidatoria para abrirnos paso, tampoco me iba a quejar. Levanté la cabeza hacia el cielo y rugí con un sonido que recorrió el aire. Extendí las alas tanto como pude y sumí en la oscuridad a las personas allí presentes. Cuando por fin me senté sobre los cuartos traseros y plegué las alas, los guardias más cercanos temblaban de modo casi imperceptible.

Samkiel se detuvo y me lanzó una mirada. De haberme podido encoger de hombros en mi forma bestial, lo habría hecho. Sacudió la cabeza con un gesto de fingida exasperación y luego se quitó el yelmo. Juraría que la ciudad entera soltó un jadeo colectivo.

—He venido a hablar con lord Orble —dijo en voz alta para que todos lo oyesen.

Los soldados cambiaron de postura, inquietos, mientras esperábamos a que descendiera el puente levadizo. Nismera, la muy zorra, tenía a su disposición todo ese poder y esa tecnología, pero se lo escatimaba a sus fieles seguidores. Por otra parte, quizá les daba fuerza en otros sentidos.

Primero salieron dos filas de soldados, con las lanzas en alto y un escudo en la otra mano. Una palmada resonó en las murallas, y todos ellos se detuvieron y pivotaron para encararse unos a otros. Un hombre alto y musculoso caminó entre ellos, con un atuendo azul y blanco que denotaba riqueza y poder. La túnica azul cobalto cubierta de bordados estaba adornada con cadenas de plata que le cruzaban el pecho, y en los hombros llevaba mechones de pelo blanco. Le cubrían los codos unos parches plateados con forma de pez cuyas escamas reflejaban la luz. Tenía mucho estilo, pero lo que me llamó la atención fue el cabello. Era blanco y, en las puntas, azul como la espuma del mar, y lo llevaba peinado hacia un solo lado. ¿Era Orble? ¿Cómo podía ser un viejo conocido de Unir? No tenía pinta de haber llegado a la treintena.

—Samkiel —dijo—. En persona eres aún más atractivo. Los retratos y las estatuas de mármol no te hacen justicia.

No puse los ojos en blanco porque la forma ig’morruthen no me lo permitía. Por favor, nada de alimentarle aún más el ego.

«Cálmate», me resonó su voz en la mente.

Le respondí con una risita.

—Te pido disculpas. Estoy buscando a…

El hombre levantó la mano para interrumpir a Samkiel, y yo, por puro instinto, di un paso adelante, con ganas de arrancársela de un mordisco. Los soldados que lo rodeaban me apuntaron con las lanzas, que zumbaban y emanaban energía por la punta, pero en mi forma actual no me preocupaba que pudiesen dañarme. Era casi tan grande como el puñetero castillo.

—Lo he oído, pero, por desgracia, llevas mucho tiempo fuera. —Me miró, y luego otra vez a Samkiel—. Lord Orble sufrió un terrible accidente hace unos años. Soy Iver, su hijo. Ahora soy el señor de Costa Rocosa.

Después de tan cálida bienvenida, Iver tuvo la amabilidad de invitarnos a entrar. Nos refrescamos y luego nos vestimos con ropas negras a juego que Samkiel creó para nosotros. Acto seguido, nos sentaron a una gran mesa de madera mientras el consejo y los invitados de Iver se desparramaban por la habitación tras cruzar la gruesa puerta doble. La mesa estaba diseñada para que el extremo que había reclamado lord Iver quedase por encima que las demás personas que había allí sentadas.

El interior del castillo era tan recargado que me ardían los ojos. Si me había parecido que el exterior era chabacano, no era nada comparado con el interior. Era como una exhibición de los mismos blancos y azules, dispuestos en diversas formas y patrones. Una decoración de espantoso mal gusto acompañada de obras de arte y estatuas llamativas, y nada de ello tenía particular interés.

Las gruesas columnas incrustadas en las paredes soportaban un techo abovedado que se elevaba a gran altura. En un lado del enorme comedor colgaba un cuadro que representaba una gran batalla marítima, con naves que entrechocaban y una enorme serpiente debajo. El gran pez cornudo que colgaba de la pared detrás de Iver nos clavaba sus ojos muertos.

«Este sitio me va a provocar pesadillas —le dije a Samkiel a través de nuestro vínculo—. ¿Podría tener más objetos relacionados con los peces? Sí, ya lo pillo, gobierna una ciudad que se alza sobre los mares».

Me llegó la respuesta divertida de Samkiel, y sentí su sonrisa como el aire cálido de un amanecer soleado.

«Créeme, tengo tan pocas ganas como tú de estar aquí. Preferiría que estuviésemos en casa, en la cama, y tenerte sentada sobre la cara, estrujándome la cabeza con los muslos mientras te meto la leng…».

Le di un rodillazo en la pierna para impedir que terminase aquella frase y se me llenase la mente de imágenes inapropiadas. El calor se me extendió por el bajo vientre, alimentado por la risa cómplice y sexi que acarició nuestro enlace. De cara al exterior, me sonrió con presunción mientras el deseo le relucía en los ojos y los convertía en plata fundida. Conocía esa mirada. Quizá no estuviese de tan mal humor como yo me temía.

Iver no nos prestó atención mientras entraban los sirvientes y plantaban platos de comida humeante delante de nosotros, empezando por él. Sonrió con glotonería e hizo un gesto para señalar a los presentes que podían comer. Al poco tiempo, Samkiel y él intercambiaban cortesías.

Mientras escuchaba la conversación, sonreí con amabilidad a la mujer sentada junto a Iver. Llevaba el cabello rubio y espeso recogido en dos moños muy complejos, y lucía un vestido azul y blanco plisado en los hombros. Con habilidad le quitó el tenedor a la niña pequeña que tenía en el regazo. La niñita no tendría más de un año. Sin inmutarse, la bebé chilló y trató de coger una cuchara, con los brillantes ojos azules rebosantes de curiosidad. La mujer miró de reojo a Iver y luego volvió la vista hacia mí y esbozó una sonrisa mientras le recogía los rizos a la niña tras las orejas con un gesto nervioso. Me dio la sensación de que temía las consecuencias de que la pillasen interactuando conmigo.

La mujer no apestaba a sal y escamas de pescado. De hecho, me pareció captar que la rodeaba un agradable aroma floral, como si fuese una flor arrancada y arrojada sin cuidado alguno en aquella ciudad a orillas del océano. Tenía a la niña sentada en la rodilla más alejada de Iver, y el cuerpo girado con sutileza como para proteger a la bebé. Era evidente que se sentía inquieta, y pronto averigüé por qué.

—Si no puedes hacer que se calle, sugiero que te vayas a otro lugar —dijo Iver con brusquedad, sin alzar la mirada; tenía el labio inferior lleno de escamas de pescado.

La mujer apretó más a la niña contra ella, pero solo consiguió que se debatiera y chillase con más fuerza. Iver levantó la mano y el guardia que tenía a la derecha dio un respingo. Lo vi, y noté que la atención de Samkiel se agudizaba. El guardia entrecerró los ojos al mirar a la mujer; no era una expresión de cólera, sino de protección. Me pregunté si, bajo aquella armadura teñida de azul, tendría el pelo tan negro como los rizos de la niñita que sostenía con tanto cariño la esposa de Iver. El guardia se relajó y enseguida se ofreció voluntario cuando Iver hizo un gesto imperioso para indicar que quería que sacaran de allí a su esposa y a su hija. Nadie pareció prestar atención a lo sucedido.

La voz de Samkiel me inundó la mente.

«Cuidado con esa cara».

No necesitaba mirarme al espejo para saber que tenía una expresión de repugnancia ante aquella forma de tratar a la mujer.

Iver tenía un don para ser inoportuno, porque soltó una carcajada gutural.

—Supongo que debo considerarme afortunado de tener a esa mocosa. Los dos anteriores los perdió. —Pinchó las verduras humeantes del plato, y al seguir hablando se le escapó la comida de los labios—. Yo quería un hijo, ¿sabes? —Se encogió de hombros—. Siempre puedo volver a intentarlo.

Hablaba de ella como si fuese una yegua de cría. Empezaba a odiar a aquel hombre, si es que se lo podía llamar «hombre».

Me negué a mirarlo; por el contrario, observé la figura de su esposa, que se retiraba. Tenía lágrimas en los ojos, pero la niña parecía cómoda con la cercanía del guardia, e incluso tendió una mano hacia él. Mientras salían de la sala, me pregunté cuánto tardaría Iver en perder la vida a manos del hombre que había jurado protegerlo.

«Si alguna vez te doy hijos y nos hablas a mí o a ellos de esa forma, te corto la polla, la frío y te la hago tragar».

Mi amenaza nada elegante hizo que Samkiel se tapase la boca para toser.

—¿Va todo bien? —preguntó Iver, que se volvió hacia nosotros mientras su esposa y su hija abandonaban la sala.

—Sí —respondió Samkiel. Me rozó la pierna con la suya.

«Si me dieses un regalo así, besaría el suelo que pisas».

«Eso ya lo haces. Mejora la oferta».

La risa resonó en nuestro vínculo mientras me daba un golpecito juguetón con el pie bajo la mesa.

«¿Puedo quemarlo? —pregunté—. Solo un poquito. Quizá así sea más amable».

«No —dijo—. Prometiste no mutilar a nadie».

Fue mi turno de gruñir.

«Empiezo a lamentar esa decisión».

La cubertería de plata resonaba mientras la gente seguía con el banquete, pero Samkiel no tocó la comida. Tras el intento de envenenamiento de la reina de Ciudad de Jade, habíamos decidido que solo comería lo que yo le preparase en casa.

—Mientras volaba hacia aquí he notado que la ciudad ha crecido de forma notable —señaló Samkiel.

—Ah, sí, cabalgabas a tu consorte —dijo Iver con la boca llena de pescado—. ¿Sueles cabalgar a tus consortes hacia la batalla? —preguntó, y se rio de su propio chiste. Una mujer que tenía a su derecha le rio la gracia y lo miró con gesto coqueto medio oculto por la copa que sostenía. Otros asistentes rieron también, con fingido humor. Era cada vez más evidente, y preocupante, que los supuestos consejeros estaban más dedicados a complacer a su señor que a aconsejarlo.

«¿Y ahora? ¿Puedo quemarlo ya?».

«Me estoy planteando las consecuencias», dijo Samkiel, que respondió a la broma del hombre clavándole una mirada poco amistosa.

Sonreí.

«¿Tan necesitados estamos de aliados?», respondí. Pero mantuve la boca cerrada y las manos en el regazo.

—Mi esposa —dijo Samkiel; pronunció la palabra como si le clavase una daga a Iver. Era un reto, para ver si volvía a faltarme al respeto y le daba a Samkiel la oportunidad de mostrar lo que podía perder si lo hacía.

Por fin Iver pareció acordarse de quién se sentaba a la mesa. Tragó saliva y bajó los ojos, incapaz de posarlos sobre Samkiel, y mucho menos de sostenerle la mirada. Los consejeros que nos rodeaban intercambiaron susurros de incredulidad.

—Los chistes y las insinuaciones sobre mi esposa no me hacen gracia, Iver, y, si vuelves a hacer algún comentario vulgar sobre ella, dejará de preocuparme que seamos aliados o no. Primero tomaré posesión de tu cabeza, y luego de tu ciudad.

El silencio se alargó, roto tan solo por un caballero del extremo derecho de la mesa, que tragó saliva de forma audible. Pero nadie dijo nada. Samkiel se había dirigido a Iver sin usar su título, por lo que casi se desmayaron de asombro. Evitaron mirarnos y clavaron la vista en su señor. Todos vieron cómo Iver bajaba despacio el tenedor hacia el cabracho a medio comer que tenía en el plato.

—Te pido disculpas, alteza —dijo Iver, y no detecté el menor atisbo de sarcasmo.

—No me pidas disculpas a mí —replicó Samkiel. Hablaba con un tono calmado que contrastaba con la tormenta que se empezaba a formar en el exterior—. Pídeselas a ella.

El viento ganó en intensidad; presionaba los cristales del comedor con tanta fuerza que los hacía crujir. La atmósfera pareció tomar forma, preparada para recibir la orden de que se abriesen los cielos. Extendí la mente hacia la suya para tratar de apaciguar la tormenta que se estaba desatando, pero no encontré el vendaval que me esperaba. Parpadeé, sorprendida, y escarbé un poco más. El silencio y la quietud que descubrí eran más temibles que el caos que había esperado encontrar. En su lugar, lo que me recibió fue la pura oscuridad del Olvido, hambriento y expectante, agazapado sobre sí mismo como una serpiente, asomado a los ojos de Samkiel a la espera de saltar en mi defensa.

Cerré los ojos un instante y le toqué la mano bajo la mesa. Noté que rozaba con el pulgar el vacío que solía ocupar el anillo del Olvido. Me devolvió el apretón de la mano, ajeno por completo a lo que yo había visto. El contacto hizo que el mal genio que disimulaba se diluyese poco a poco. Si él representaba la muerte y los rayos, yo era el pararrayos.

Iver inclinó la cabeza hacia mí.

—Te pido disculpas. Ha sido un comentario de mal gusto. —Asentí, y sus ojos volvieron a posarse en Samkiel—. No era consciente de que hubieses dado tal paso. Por favor, perdóname. Es algo que nos sorprende a todos. Lo comprenderás, supongo, dada tu reputación —añadió con un tono de voz que había recuperado parte de la insolencia anterior.

—Mi reputación —repitió Samkiel. La pregunta iba implícita.

—Si me permites hablar con franqueza… —Iver entrelazó las manos frente a él—. Eres el Matador de Monstruos, el Pacificador, el hijo obediente de Unir. Eres una leyenda en los dominios, y ahora has regresado de la muerte con una esposa que no solo no es tu prometida, Imogen, sino que, además, es una ig’morruthen. Un ser como los que destruyeron Rashearim. Pero, si esa unión te brinda más alianzas que la hermosa celestial, es comprensible. El poder que posee podría hacer tambalearse a Nismera. —Me miró—. Con el debido respeto, por supuesto.

No había caído en que nuestro retorno plantearía interrogantes sobre su compromiso matrimonial. Después de tratar con Imogen y verlos juntos a Samkiel y a ella, me había olvidado del tema por completo. Era más que evidente que entre ellos no había el más mínimo romance. El compromiso les había sido impuesto, y Samkiel había demostrado de sobra que era a mí a quien amaba. Pensar en Imogen no me provocaba cólera o celos, sino tristeza. Echaba mucho de menos a mi amiga.

—Para responder a la primera pregunta, mi unión con Imogen era tan solo una decisión política, orquestada por mi padre en un intento de moderar mi vida de desenfreno. El matrimonio con Dianna no fue concertado. Me he casado con ella porque la quiero. Que sea ig’morruthen, diosa, celestial o mortal no cambia para nada mi devoción por ella. Así que no, no es una cuestión de poder. Y me gustaría recordarte que fueron mi hermana y su rebelión quienes destruyeron Rashearim —explicó Samkiel—. Ella y los demás dioses traidores que deseaban el trono de Unir. No mi esposa.

No era el momento ni el lugar para sacarlo a colación, pero, cada vez que Samkiel me proclamaba su esposa con orgullo, me sobrecogía la emoción. Incluso si los aliados que quería reclutar torcían el gesto al verme, él nunca vacilaba. Una sensación de calidez se extendió por cada célula de mi cuerpo. El oro, los tesoros y artefactos…, todo parecía insignificante en comparación con tanto amor.

—Hablando de tu hermana… Como has mencionado, lleva tu corona, se sienta en tu trono y trabaja de forma incansable para expandir su reino. —Iver levantó la copa y sorbió ruidosamente—. Y lleva mil años haciéndolo.

—Soy consciente de ello. —Samkiel inspiró hondo y se armó de valor para lo que sabía que se avecinaba. Había que reconocerle el mérito. Nos habíamos pasado las últimas semanas, o bien luchando, o bien visitando a tantos nobles de los dominios como nos fue posible. Y no se había quejado, pero el cansancio era como un segundo manto que le cubría los hombros. Algunos habían empuñado las armas al ver que nos acercábamos y nos habían rechazado enarbolando el maldito estandarte de Nismera. Otros nos recibían con cautela. Nos dejaban hablar, pero, al final, seguían fieles a ella. Iver era nuestra última parada, y estaba claro que cualquier esperanza de aliarnos se había diluido.

—Y, sin embargo, visitas no solo mis fronteras, sino también las de las pocas casas restantes, que se han fortificado y pertrechado a causa de ella. ¿Correcto?

—Sí —respondió Samkiel con una calma letal—. Me arrebataron mi derecho de nacimiento mientras estuve atrapado en un dominio cerrado. Tus antepasados le juraron lealtad a mi padre y, como sucesor suyo, esa lealtad recae ahora en mí.

Iver cogió la copa de vino y dio un largo trago mientras estudiaba a Samkiel. La dejó de nuevo y juntó las manos sobre la mesa.

—Con el debido respeto, creo que ya hemos satisfecho esa obligación. Se te dio por muerto durante mil años, y Nismera es descendiente de Unir, igual que tú. Aunque hayas regresado, es una heredera legítima, y no podemos romper la palabra que le hemos dado.

Samkiel permaneció tanto tiempo en silencio que me pregunté qué planearía. ¿Se replanteaba cómo abordar a las casas restantes de esos dominios? Pero al rozarle la mente solo percibí decepción.

La cólera me quemó la piel como una llama abrasadora. La ig’morruthen que había en mí alzó la cabeza para encarar la amenaza que percibía; el deseo de protegerlo era como una segunda naturaleza para ambos aspectos de mi ser. Tenía las palabras en la punta de la lengua, pero Samkiel me apretó la mano.

«Si amenazamos con la violencia, no somos mejores que ella», me dijo Samkiel.

«Es un idiota. Son todos idiotas».

«Es leal a ella, como los demás. Es el miedo. Me gustaría que pudiesen seguirme con la misma fidelidad».

Un gruñido profundo me vibró en la garganta.

«Preferiría que la siguiese a la tumba. No merece el aire que respira».

Su risa cruzó nuestro vínculo, aunque ambos mantuvimos el rostro impasible.

«Tienen derecho a elegir. Por eso hemos venido a preguntar. La lealtad obtenida con el miedo se pierde con la misma facilidad con la que se promete. Solo tengo que encontrar un modo de que confíen en mí».

Resoplé, pero no dije nada, porque, como de costumbre, tenía razón. Samkiel, con una sonrisa insincera, se puso en pie; como aún me agarraba de la mano, al hacerlo tiró de mí y me levanté con él. Los guardias rodearon a su señor con un repique de lanzas y escudos. Iver, al ver que no era una amenaza, los detuvo con un gesto y se puso en pie a su vez.

—Aprecio la sinceridad y la hospitalidad —dijo Samkiel con un comportamiento amable del que yo carecía. La comida fría, los cubiertos sucios y los comentarios sarcásticos no eran hospitalidad.

Samkiel me apretó la mano otra vez, consciente de mis pensamientos.

—Nos despedimos, pues.

Iver hizo una pequeña reverencia con los labios torcidos en una mueca maligna, como si supiese algo que nosotros ignorábamos. Samkiel entrelazó los dedos con los míos y me sacó del castillo. Al salir de aquella ciudad costera, me preocupaba más la mujer que se quedaba tras los muros que la alianza con lord Iver.

3. Dianna

Regresamos con la puesta de sol. Samkiel estaba muy callado y, aunque sabía que no estaba enfadado conmigo, me sentía mal. Adopté mi forma humana, lo cogí de la mano y me la llevé a los labios para cubrirle el dorso de besos. Esbozó una sonrisa, pero me di cuenta de que su mente estaba a un millón de kilómetros de allí. Tenía unas ganas inmensas de devolver aquellos dominios a su estado anterior, y cada vez que nos rechazaban era como echar agua sobre la llama de su esperanza.

Cruzamos la puerta principal sin decir ni una palabra. El inmenso castillo parecía vacío, pero el ruido de la cocina y el olor de la carne a la brasa demostraban que al menos había una persona en casa. Doblamos la esquina y entramos en la cocina. Cameron estaba medio encorvado sobre la gran mesa de madera. Le di un empujoncito juguetón en el hombro y, de un salto, me senté junto a su plato con las piernas colgando de la mesa. Samkiel se detuvo en el umbral y apoyó el hombro en la jamba.

—Oye, que ahí come la gente —bromeó Cameron, señalándome.

—Si esto te parece mal, deberías habernos visto la primera vez que Samkiel me enseñó la cocina.

Cameron hizo una mueca y apartó el plato a toda velocidad.

—Dianna —me reprendió Samkiel.

Le quité importancia con un gesto.

—Luego la limpiamos. Solo era una broma. Más o menos.

—Vale, ahora que estoy traumatizado y esa imagen me perseguirá hasta el fin de mis días —dijo Cameron—, ¿qué tal os ha ido?

Samkiel gruñó y se frotó la cara.

—No muy bien, por lo que veo —señaló Cameron al tiempo que le daba un gran mordisco al emparedado.

—No —respondió Samkiel—. Pese al humor festivo de mi mujer, no nos ha ido nada bien.

Le saqué la lengua.

—¿Por qué estás tan contenta si ha ido fatal? —me preguntó Cameron con la boca llena de comida.

Me encogí de hombros.

—Yo le echo la culpa a todo ese rollo de no tener alma. —No les pareció gracioso. Ni siquiera un poquito. Desesperada ante tal carencia de sentido del humor, intenté explicarme—: No lo sé. Aquí hemos construido una ciudad, un hogar. La gente se siente segura y respira aliviada. Miska se ha adaptado muy bien y ha hecho amigos, a veces incluso arrastra a Reggie con ella. Además, os tengo a vosotros, y sé que encontraremos un modo de salvar al resto de la Mano y traerlos de vuelta. Eso es lo que me importa, los que estáis aquí, mi familia, no esa realeza grosera y malhumorada. Protegeré este hogar con mi vida. Así que, si no quieren aliarse con nosotros…, bueno, no son inmunes al fuego, y cualquiera que nos amenace puede unirse a ellos… —Me encogí de hombros y dejé la frase sin terminar.

—Lo que has dicho es precioso —dijo Cameron mientras masticaba otro trozo de emparedado—. Excepto esa parte donde me he imaginado una docena de dominios en llamas. Aun así, ha sido muy bonito.

Samkiel sacudió la cabeza y esbozó una sonrisa. Luego se frotó la frente. El dolor de cabeza debía de ser terrible para que se le notase.

—Dianna no le va a prender fuego a nada. De hecho, se ha portado muy bien; no he visto ni una llama, y eso que nos han recibido en casi todas partes con armas y puertas cerradas. Lord Iver ha sido el único que nos ha hablado cara a cara, y casi preferiría que no lo hubiera hecho.

—¿Iver? —se sorprendió Cameron.

—Sí, ahora gobierna Costa Rocosa.

Cameron dejó escapar un silbido.

—Creía que lord Orble viviría allí para siempre.

—Y yo —respondió Samkiel—. Por lo visto, es su hijo.

Cameron frunció el ceño y se acomodó en la silla.

—Vena era muy agradable. —Me encogí de hombros—. Bueno, casi siempre.

Cameron enarcó las cejas.

—¿Vena? Hace siglos que no veo sus altozanos —dijo, y le dio otro mordisco al emparedado.

—Espero que te refieras a accidentes geográficos —comenté con un resoplido.

—Menudo par —dijo Samkiel, y puso los ojos en blanco.

Cameron sonrió.

—Oye, que esta vez soy inocente, lo juro. Solo fuimos una vez, con la Mano. Hizo un tiempo estupendo. Con lo cerca que están de aquel sol diminuto, pensé que haría más calor, pero me lo pasé bien. ¿Y vosotros?

Tenía que admitir que me había encantado Altarena, al menos lo que vimos al sobrevolarla. Un paisaje de dunas y desierto hasta donde llegaba la vista, salpicado de estructuras piramidales que dejarían en ridículo las que teníamos en Eoria. Habría sido espléndido, de no ser porque, al sobrevolarla, la gente salió huyendo para refugiarse en sus hogares. Tampoco ayudaron los cientos de guardias que se desplegaron a toda prisa, ni los gritos que nos dirigió Vena desde lo más alto de las puertas; pero, aparte de esos detalles, era un sitio maravilloso.

—Estuvimos poco tiempo, pero sí. Me recordó a mi hogar, solo que sus esculturas de arena son mucho mayores que las nuestras. A Gabby le habría encantado, si Vena no fuese una zorra.

Camerón se echó a reír otra vez.

—Los señores de ese dominio no están preparados para ti.

—Al menos intentó hablar. —Samkiel se rascó la oreja—. Tras unas puertas cerradas y vigiladas, pero por algo se empieza. Ojalá comprendieran que intento evitar la guerra. A toda costa.

—Todos los que estamos aquí sabemos que Nismera no renunciará al trono sin una lucha sangrienta y despiadada —comenté.

—Luchar solo provocará muchos miles de muertes, si no más. Hay otras formas de ganar una guerra. Reunirnos con las casas nobles y ganarnos su lealtad es un primer paso para proclamarnos victoriosos sin tener que blandir una espada. Hay modos de someter al enemigo incluso antes de que estalle el conflicto. La guerra debería ser siempre la última opción. Es violenta, sangrienta y destructiva, y su principal víctima es la inocencia. Quizá me haga parecer débil, pero no voy a arriesgar a los inocentes por culpa de ella.

—Lo sé, y estoy de tu parte, como siempre. Solo digo que tú tienes corazón, cariño, pero los seres a los que te enfrentas carecen de él. Lo que me preocupa es hasta dónde querrá llegar esa maldita diosa, y a qué coste.

Sonrió con desgana.

—Esperemos que la cosa no llegue tan lejos. Quizá hablar con ellos los empuje a cambiar, o al menos les dé motivos para pensar. Tal vez solo necesiten unos días para valorar mi oferta.

—Puede —respondí. Tras varias semanas de visitar gobernantes, se lo veía alicaído, y no quise descorazonarlo aún más.

—Bueno, mi opinión sincera es que los nobles han sido siempre una panda de cabrones —dijo Cameron para relajar el ambiente—. Excepto tú, claro.

Samkiel sacudió la cabeza. Mientras Cameron se terminaba el emparedado, lo señalé con la cabeza para cambiar de tema.

—¿Por qué tienes esa pinta tan asquerosa?

Tenía la cara y las ropas manchadas de mugre; en cuanto saliese de allí, pensaba limpiar la sala. Cameron se miró la camisa sucia, más marrón que crema a esas alturas. El polvo le cubría también los pantalones, y las botas estaban incrustadas de barro. Lo único que tenía limpio eran las manos; se las debió de lavar antes de prepararse el emparedado. O eso quise suponer.

—He estado en la ciudad con Thane y sus colegas.

—¿Thane? —pregunté.

—Sí. Un tipo de pelo corto con una enorme quemadura en el lado derecho de la cara. Los salvasteis a él y a unos cuantos más en Ovinor.

Ovinor era una pequeña aldea junto a un acantilado; la habíamos visitado hacía unas semanas, y ya casi me había olvidado de ella. Comprensible, supongo, ya que nos enfrentábamos a un incremento de seres del Altermundo que atacaban cualquier aldea o pueblecito que se cruzase en su camino, o que viajaban por los dominios en un intento de asegurar alianzas.

—Ah, perdón. No me quedé con los nombres, y, además, eso fue hace semanas.

Cameron sonrió, pero me di cuenta de que cada vez le costaba más. En los últimos tiempos, él también se mantenía muy ocupado. O estaba en la ciudad, o ayudaba a Miska con las hierbas y los remedios. Todas las pistas que teníamos sobre Xavier eran callejones sin salida. Me parecía ver que la luz de Cameron se apagaba poco a poco, por mucho que lo disimulase. Orym nos habría prestado una inmensa ayuda si Isaiah no los hubiese matado a él y a su hermana.

—¿Y por qué estáis trabajando, tanto tú como él? —preguntó Samkiel—. Te dije que, en cuanto llegase, terminaría un tercio de la ciudad.

Cameron se limpió la boca y luego levantó las manos en un gesto de fingida rendición.

—Sí, lo sé. Todavía hay un puñado de edificios que necesitan tejado, y los habitantes se están matando a trabajar. Thane se ofreció voluntario y lo está organizando todo con un grupito de gente, así que decidí ayudarlos. Cuando voy a la ciudad, prefiero no encontrarme a nadie empalado ni aplastado.

Samkiel suspiró sin moverse del umbral.

—Les dije que esperasen. Las casas donde viven son seguras. Y estamos trabajando en otras para los que vayan llegando.

—Lo sé, pero son tan cabezotas como vosotros dos. —Cameron nos miró, primero a uno y luego al otro—. Además, se sienten felices, y quieren seguir así. Creo que pretenden que veas que aman y valoran sus nuevos hogares. No quieren perder ese refugio. Es su modo de intentar ganarse el favor de los dioses. Ya sabes, como en los viejos tiempos.

—Samkiel jamás esperaría algo así. —Me crucé de brazos—. No es esa clase de líder, y desde luego no es esa clase de dios. Además, no va a repartir premios a los que sufran una insolación.

Samkiel coincidió conmigo con un gruñido.

Cameron asintió.

—Lo sé —dijo—. Pero a esas personas las han machacado, las han enseñado a complacer a unos gobernantes que solo los ven como algo que pueden pisar. Me temo que creen que, si comen y disfrutan y se lo pasan bien, aunque solo sea un segundo, recibirán un castigo y lo perderán todo.

Me mordí el interior del labio; una idea empezaba a rondarme por la cabeza. Se la envié a Samkiel por el vínculo y me miró de reojo. Le daría unas cuantas vueltas y luego le preguntaría a Samkiel qué le parecía.

Cameron se levantó y se dirigió al cubo de basura para tirar los restos de la comida.

—¿Dónde está todo el mundo? ¿Miska? ¿Reggie? —pregunté.

—Bueno… —Cameron terminó de limpiar el plato y se volvió hacia nosotros. Se metió las manos en los bolsillos y se balanceó sobre los talones—. No os ofendáis, pero me imaginé que vuestros esfuerzos fracasarían. Ya cuando vivía Unir, antes de que Nismera se hiciera con el poder, la realeza era una panda de gilipollas. Dudo mucho que la vayan a abandonar ahora, cuando les ha dado todo el poder que sus minúsculos y ambiciosos corazones puedan desear. Además, es una psicópata, y los que la siguen no son mucho mejores. Así que os he hecho un favor. Reggie está en la ciudad con Miska y sus nuevos amigos, plantando los dioses saben qué, y yo me vuelvo a ir, para asegurarme de que nadie se mate por accidente mientras se reforma la nueva casa. Eso significa que tenéis todo el castillo para vosotros durante varias horas. Pero, por favor, nada de maratones de follar de tres días. No creo que mis pobres ojos lo soporten, y tampoco creo que el castillo sobreviva intacto.

Me reí a carcajadas y él obsequió a Samkiel con una mueca burlona.

—Cameron. —La voz de Samkiel era casi un gruñido.

—Eres un encanto —bromeé.

Cameron sonrió.

—Ya, eso le digo yo a todo el mundo.

—Más bien un gamberro —añadió Samkiel.

—Divertíos. Y no hagáis nada que yo no haría. —Cameron sonrió de oreja a oreja y se despidió.

—Eso no nos limita mucho —le grité mientras se iba.

Me bajé de la mesa de un salto y me acerqué a Samkiel. Él contemplaba la puerta con el cansancio de los últimos días grabado en las facciones.

—¿Me vas a decir por qué te frotas los dedos todo el rato?

Se giró hacia mí, sobresaltado, y detuvo el pulgar sobre el dedo corazón de la mano derecha. El dedo donde había llevado el anillo del Olvido durante eones.

—No es más que un tic nervioso.

—Me sé de memoria tus tics nerviosos, y ese no es uno de ellos. —Me crucé de brazos—. ¿Así que ahora nos mentimos el uno al otro?

Me sonrió solo a medias.

—Te preocupas demasiado.

Le acaricié la mano. En el dedo solo quedaba una línea pálida; no había oscuridad ni ninguna señal del poderoso anillo que antes llevaba.

—¿Se trata del Olvido?

—Ahora mismo, con todo lo que está ocurriendo, no importa —susurró con la vista clavada en nuestras manos.

—Durante la pesadilla lo invocaste sin el anillo. Antes no lo habías hecho nunca. A mí me parece que da que pensar, y mucho.

Eso me granjeó una amplia sonrisa.

—En otro momento. Por ahora, quizá sea mejor no hacer más chistes ni bromas sobre tu alma —me reprochó.

Le rodeé el meñique con el mío, con las manos alzadas entre nosotros.

—Lo prometo.

Sonrió.

—Todavía tenemos que averiguar todo lo que podamos sobre tu alma perdida —dijo—. Reggie no tiene ni idea de lo que eso puede significar, y yo no tengo muy claro por dónde empezar.

—De acuerdo. —Le solté la mano, me acerqué a él y lo abracé por la cintura para poder cogerle el culo con ambas manos. Pegué el cuerpo al suyo y levanté la cabeza, con una sonrisa.

Me metió los dedos entre el pelo y me acunó la cabeza con las manos. Después se inclinó para besarme los labios.

—Eres un peligro.

—Lo sé. —Sonreí despacio—. Y ya que la casa está vacía…. —añadí, sin apartar los labios de los suyos—. ¿Sexo ardiente y escandaloso bajo la ducha, con probable rotura de cama al final?

Los ojos de Samkiel saltaron hacia mí como si lo hubiese sacado a la fuerza de algún pensamiento apremiante, y las facciones de rey guerrero se suavizaron. Los demonios que se habían asomado a su mente retrocedieron, expulsados por aquella promesa de juego y diversión.

Suspiró y puso los ojos en blanco, como si le hubiese propuesto el plan más aburrido y vulgar imaginable. Luego, una sonrisa pícara se extendió poco a poco por su rostro.

—Bueno, si insistes…

—Te echo una carrera —dije con una mueca burlona.

Frunció el ceño y me apartó los brazos.

—Dianna, ¿de verdad crees que soy tan inmaduro como para…? —Salió corriendo sin terminar la frase.

Me quedé boquiabierta, y hasta que no estuvo casi en las escaleras no reaccioné.

—¡Tramposo! —le grité.

El sonido estruendoso de su risa retumbó en las paredes del palacio y resonó en mi corazón mientras lo perseguía.

4. Nismera

El fuego chisporroteaba y las llamas se alzaban hacia el cielo. Los edificios se deformaban por el calor, se agrietaban y se derrumbaban sobre sus cimientos. Los árboles se partían con un crujido al hervir y evaporarse el agua que contenían. Los gritos desgarraban el aire, y Muerte se deslizaba sobre columnas de humo ondulante. Ah, ahí estaba, justo la persona que iba buscando.

Unas sombras fantasmagóricas y encapuchadas se movían por el campo de batalla; los sicarios de Muerte, que recogían los trozos de los cadáveres que había dejado a mi paso. Se retorcían y se elevaban para escoltar a las almas más allá de estos dominios, al lugar de descanso que ellas exigiesen. Otros espectros se arrastraron desde las sombras; se abrían paso con las garras. Flotaban sobre la ciudad masacrada, escogían su objetivo y se marchaban. Su presencia hacía aún más intensa la oscuridad.

—¿Cómo sabes que va a venir? —preguntó Henri.

Me volví a medias, de brazos cruzados, mientras trataba de disimular la irritación. Después de la traición de Vincent, había restituido a Henri como segundo al mando. La armadura negra y dorada aún añadía más volumen a su figura, de por sí enorme; pero vi que tensaba los hombros bajo ella ante mi evidente descontento. Aunque no era desagradable a la vista, con aquella cabeza cubierta de rizos pelirrojos, unos llamativos ojos dorados y una mandíbula que podría cortar el vidrio, fuera del campo de batalla era un idiota redomado. Solo lo redimían sus muchos talentos para la guerra.

—La anomalía —dije—. Imagínate una corriente. Si hay demasiada en un sistema, demasiado rápido, se presenta para estar seguro de que no se sobrecarga. Solo hacen falta unos pocos miles a la vez —expliqué mientras sacudía el guantelete para limpiarlo de sangre. Hice una mueca al ver los restos que me manchaban la armadura—. Hay demasiados cadáveres, y sus espectros no pueden llevárselos a todos. Tiene que venir en persona.

Por esa misma razón había escogido la ciudad de Grivmohr. Tenía más de quince mil habitantes… O los había tenido. Ya no era más que un yermo humeante y ensangrentado. Cuando las llamas terminasen de devorar los edificios y los cuerpos, el fuego se volvería hacia la tierra y la dejaría desnuda.

Henri rebuscó en la oscuridad con la mirada. El roce de la armadura era como un susurro.

—No los veo.

Claro que no podía. Por mucho poder y mucha fuerza que tuviese en la batalla, él, como todos los demás, era inferior a mí.

—¿Cómo sabrás que ha llegado?

Sofoqué de nuevo la irritación que me producía.

—Aunque no lo veas —dije—, podrás sentirlo. Será como una ráfaga de aire frío. Está hecho de las partes más oscuras del universo. Está aquí, pero no está. Allí, pero no.

Henri se estremeció. Pese a su rango, era itiano, y esa raza solo estaba un peldaño por encima de los mortales. Sí, eran más fuertes y resistentes, pero las únicas diferencias reales eran las puntas de las orejas levantadas y una vida más larga.

—He oído historias de guerreros moribundos que han visto aparecer un demonio en campos de batalla empapados de sangre. No para luchar, sino para recoger. Dicen que algunas almas, al marcharse, sonríen felices. Otras, después de una sola mirada a la bestia, aúllan y quieren arrancarse los ojos de las cuencas. —Henri se detuvo y lanzó una mirada angustiada—. ¿Querrás sacarte los ojos si lo ves?

Sonreí despacio.

—Hay cosas mucho peores que Muerte en nuestras estrellas y más allá.

Sacudió la cabeza, sucia y manchada de sangre, sin decir nada.

Le puse la mano en el peto de la armadura.

—Mantén los ojos cerrados hasta que yo te diga que los abras.

Henri asintió y cerró los ojos, con la espada erguida y las manos cogidas en la espalda.

El hedor de la muerte crecía a medida que más y más personas sucumbían a sus heridas. La ciudad de Grivmohr se sumía en el silencio; el viento cedía y el humo ya no se arremolinaba en el aire. Una ola de frío barrió el suelo, gélida y cortante. Las hojas de los árboles y las rocas se congelaron y adquirieron el color azulado del hielo. Era un frío insoportable, brutal como el borde afilado del tiempo. Cuando la respiración de Henri se ralentizó y empezó a exhalar nubes de condensación, supe quién había llegado. Se oyó un aleteo, seguido de una caricia como de humo frío.

—Te lo has tomado con calma —dije—. Esperaba que aparecieras después de los primeros centenares.

—Tu desprecio por la vida humana es deleznable —respondió Muerte—. Tenían sueños y esperanzas, y tú se los has arrebatado sin pensártelo dos veces. Tu propia existencia es un atentado contra el orden del universo.

Me giré despacio, con una sonrisa dibujada en el rostro. Un pájaro hecho de medianoche estaba posado sobre un alto tejado torcido y en llamas. Tenía unos ojos opacos y tan fríos como el aire que lo rodeaba.

—Y, si no, ¿cómo iba a atraer tu atención?

La luz de los incendios se reflejaba en el sombrío plumaje. Habló, pero sin mover el pico.

—¿Para qué me has invocado?

De acuerdo. Directo al grano. Quizá fuese lo mejor.

—¿Por qué has infringido nuestra ley más sagrada? Has traído a Samkiel de vuelta de entre los muertos. —Chasqueé los dientes—. Eso sí que ha sido deleznable.

El cuervo ladeó un poco la cabeza.

—¿Lo he traído yo?

Fruncí el ceño. Muerte era muchas cosas, pero mentiroso, no. Apreté los dientes y me lo quedé mirando. Rememoré aquel día. Ayla corrió al lado de Samkiel, con el largo cabello negro agitado a la espalda. Luego intervino el hado y todos desaparecieron.

—Imposible —resoplé—. ¿Ayla? Ella no tiene poder sobre la muerte. Nadie lo tiene, excepto tú. No soy idiota.

—No, pero tu arrogancia será tu perdición —dijo Muerte.

—No voy a perder. Ambos lo sabemos. Y es imposible que Ayla… —El nombre era como ácido en la lengua—. Es imposible que Ayla haya despertado a alguien de entre los muertos. A menos que… ¿Tanto te molesto como para que te saltes una regla tan absoluta? —Abrí y cerré las manos, pero reí con tal intensidad que las plumas de las alas de Muerte se agitaron—. Es eso, ¿no? Sabes que no puedes atraparme, y ese estúpido hado y tú estáis desesperados. —Mi sonrisa era tan fría como los vientos que lo seguían a su paso—. Que unos seres tan antiguos y poderosos manipulen y hagan trampas para volverse contra mí casi me enternece el corazón.

—Tú no tienes corazón.

El fuego ardió furioso y el humo bailó entre nosotros, pero no consiguió ocultar sus ojos. Invoqué mi lanza teñida de sangre desde el éter y la apunté hacia él mientras hablaba.

—Eres un idiota. Samkiel morirá de nuevo, y con él esa zorra que se folla. Cuando haya conquistado estos dominios y todo lo demás, encontraré una forma de acabar también contigo.

El tejado en el que estaba posado ardía a su alrededor, y las vigas crujían y se quebraban, pero Muerte no vaciló ni reaccionó a mi amenaza.

—El exceso de orgullo es un rasgo muy común entre los tuyos —dijo Muerte, con los ojos opacos clavados en mí—. Y te olvidas de que Dianna no fue el único ser poderoso que cruzó el umbral al morir Samkiel. Tu poder y tus números se verán superados, y perderás.

Apreté los labios en una mueca de rabia incontrolable. Elevé la lanza, con la punta crepitante de energía, y se la tiré. Con un graznido, la figura de Muerte se disolvió en una oscuridad inacabable; mi poder no tenía efecto sobre él. Una niebla espesa y oscura barrió a todas las almas que aún quedaban en Grivmohr y se desvaneció. Tras la marcha de Muerte, las llamas chisporrotearon y consumieron la ciudad bañada en sangre como bestias hambrientas.

Sentía una cólera creciente. Sabía a quién se refería y lo que aquella zorra se había llevado. Me volví hacia Henri y le posé la mano en la hombrera con tanta fuerza que las uñas se clavaron en el metal con un chasquido. Abrió los ojos y se puso firme.

—Prepara mis legiones, convoca a la armada y encuéntrame a esa puñetera bruja.

5. Camilla

Las nubes color ámbar se agolpaban frente a la proa de la enorme embarcación, y sus líneas afiladas las recorrían sin dificultad. Los dos buques idénticos que navegaban delante de nosotros transportaban todos los materiales necesarios para construir casas y fabricar armas. Los que iban detrás, comida y textiles. El barco en el que nos escondíamos, cómo no, llevaba lo que solo podría describir como vida de las profundidades marinas.

Hasta ese momento no había sido consciente de la existencia de rutas comerciales que entrecruzaban los dominios, pero era lógico. El comercio era tan antiguo como el propio tiempo, y supuse que Nismera lo alentaría, ya que ayudaba a mantener abiertas las líneas de comunicación y ofrecía una excusa para moverse de aquí para allá.

Contemplé el rutilante polvo de estrellas que se derramaba y fluía sobre los asteroides flotantes, más allá del casco de la nave. Me recordaba las corrientes de los océanos de Onuna, que tiraban y empujaban de cualquier cosa que las cruzase. Un grueso vidrio templado en la proa mostraba los colores brillantes de las nebulosas lejanas, las galaxias en espiral y el brillo distante de las estrellas que titilaban alrededor de los planetas que dejábamos atrás. Era una visión de sobrecogedora belleza y, aunque estábamos en peligro mortal, me sentía afortunada por poder experimentar algo así al menos una vez en la vida.

Tardamos dos días en encontrar el navío correcto y colarnos a bordo. Vincent dejó inconscientes a unos cuantos trabajadores para robarles la ropa y las credenciales. Con un rápido encantamiento, me aseguré de que adoptásemos la apariencia adecuada. No éramos más que tres ancianos que nos movíamos con algo más de agilidad de lo que correspondía a la edad que aparentábamos.

Vincent, cómo no, me gritó y me dijo que las manos se me acababan de curar y que, si abusaba de la magia, me agotaría y me provocaría más daños. Era la primera vez en mucho tiempo que alguien se enfadaba conmigo, y eso me hizo adorarlo todavía más.

A gritos, el capitán señaló con el dedo terminado en una garra a dos tripulantes que había abajo. Se sobresaltaron y casi tiraron los cubos de comida que distribuían entre varias cestas. Me ajusté la gorra y volví a mi puesto en la fila de trabajadores que cortaban las capturas en rodajas y las picaban, y luego tiraban las partes que no se podían comer ni vender.

Me detuve frente a Vincent, que me lanzó una mirada rápida y siguió con su trabajo. Un mechón de pelo le caía sobre la frente. Ya no tenía aquella mata de cabello oscuro y espeso hasta los hombros. Cuando decidió cortárselo, discutimos; yo dije que podía ocultarnos de nuevo, y él insistió en que solo era pelo, y que hacerlo sería desperdiciar mi energía.

Se lo cortó con un cuchillo, y desde luego no pensaba quejarme por el resultado. Si no me hubiese sentido atraída por él antes, habría caído rendida en aquel momento. El pelo corto resaltaba los pómulos marcados y despejaba la línea firme de la mandíbula. Parecía tallado en piedra; una piedra deliciosa, cálida, y que apetecía mucho tocar.

—Te me has quedado mirando —dijo con un golpe seco del cuchillo. Tiró los restos a un cubo, y un miembro de la fila le pasó otro animal.

—Perdón —respondí, y tragué saliva.

La magia nos recubría los labios y distorsionaba lo que decíamos. Era otro pequeño hechizo, para que cualquiera que estuviese a la escucha nos oyese hablar de la pesca de esa semana.

Me avergonzaba darme cuenta de la visión tan provinciana que tenía del mundo. Entre las estrellas habitaba un ecosistema entero. Animales anaeróbicos que se alimentaban de la materia que flotaba entre las estrellas, y no de oxígeno. Con mi actual apariencia, debía tener cuidado. No podía actuar como si no llevase toda la vida entre tales seres; al menos, si quería mantener el ardid. De vez en cuando, Vincent me pillaba embobada en la belleza que nos rodeaba, y me miraba con la misma expresión con la que yo miraba a mi alrededor. Como si yo fuese la cosa más encantadora del cosmos.

Rasgué con las manos el cuerpo escamoso de algo que parecía un pez, pero no lo era en absoluto. Lo habían pescado en las corrientes de polvo estelar, y era muy abundante en aquella parte del espacio. Los tripulantes los llamaban blasheles. Pasé el animal al siguiente de la fila y volví a mirar a Vincent; podía sentir la incomodidad que se le agazapaba en el fondo de los ojos.

—Sé que no quieres encontrarte con ella, pero te prometo que me aseguraré de que no te destripe.

Soltó un resoplido.

—Ni siquiera tu poder puede detener a Dianna. Y menos con Samkiel a su lado.

Pasé el blashel y me entregaron otro.

—Te sorprendería lo que puedo llegar a hacer por los que me importan.

Los ojos de color azul claro se clavaron en los míos, pero esta vez lo que acechaba en ellos era excitación. La tensión sexual que había entre nosotros era como un incendio que no teníamos forma de aplacar. Oímos un chillido a nuestras espaldas y ambos nos giramos un poco para encararnos al principal motivo de que no hubiésemos tenido la oportunidad de besarnos de nuevo.

Elianna vestía con los mismos colores verdes y pardos descoloridos por el sol que el resto de la tripulación, y, como todos, llevaba el pelo recogido, pero, cuando se inclinó a secar el agua jabonosa del cubo que había derramado, unos cuantos mechones rojizos le cayeron sobre la cara. Un orco alto y musculoso le gritó que se quitase de en medio. Los colmillos que le sobresalían del labio inferior estaban tan afilados que podrían abrir a un hombre en canal.

Elianna, con sensatez, mantuvo la boca cerrada y levantó el cubo con esfuerzo para sujetarlo con el brazo flexionado. Me reí con disimulo. Aparte de las reuniones del consejo, no había trabajado un solo día en su vida, y en aquel momento se le notaba. Me lanzó una mirada furiosa y se fue a zancadas a la cubierta principal para ayudar a los demás a limpiar la sangre y el revoltijo del suelo. Me centré en el trabajo y sonreí a Vincent, que sacudió la cabeza. Él también lo estaba disfrutando.

Vincent me pasó la porción más grande del pan y luego le dio un mordisco al trozo más pequeño antes de pasarle un pedacito a Elianna. Se secó las manos en un trapo, se levantó y fue a la puerta para vigilar el pasillo.

—¿Por qué se lleva ella el trozo más grande?

Casi pude sentir la frustración que emanaba de Vincent.

—La magia que usa para mantenernos vivos le hace quemar más calorías —explicó con naturalidad—. Además, ella me cae mejor que tú. Si te mueres de hambre, me da igual.

Sacudí la cabeza, pero no dije nada mientras devoraba mi parte. Tenía razón. Estaba usando tanta magia que me moría de hambre, pero no me importaba, con tal de mantenerlos a salvo de la ira de Nismera. No les quitábamos el ojo a los cielos, sabedores de que acudiría en busca de venganza. Con cada sacudida del buque, temíamos que nos hubiese dado caza. Vincent ni siquiera dormía abajo, con nosotras. Siempre estaba alerta; el miedo le carcomía las entrañas.

Elianna bufó con desprecio.

—Qué puedes esperar del juguete favorito de Nismera…

Mi magia se activó y convirtió el pan en polvo antes de que Vincent tuviese la oportunidad de abrir la boca para responder.

—¡Eh! —exclamó Elianna—. ¿A qué ha venido eso?

—A tu comentario grosero e infundado —dije antes de seguir con mi escaso alimento—. Te podríamos haber dejado en el palacio para que murieras, ¿sabes?

Elianna se cruzó de brazos y arrugó la nariz, pero su intento de hacer pucheros cayó en saco roto.

—Hemos intentado ayudarte, así que deja de comportarte como una niña malcriada —seguí.

—No creo que sepa comportarse de otra forma —musitó Vincent, que seguía junto a la puerta, vigilando. Siempre estaba vigilando.

—¿Y si intentásemos llevarnos bien? —Me volví hacia él—. Por favor, ¿podéis hacerlo por mí? Ninguno de nosotros quiere estar aquí. Vamos a conformarnos con lo que hay hasta que podamos escapar, ¿de acuerdo?

Se miraron con el ceño fruncido, pero no dijeron nada más. Suspiré. No era una tregua, pero tendría que conformarme.

—Aún faltan al menos dos semanas para atracar en Paso de Oro —comentó Vincent.

Elianna suspiró al tiempo que el navío se sacudía y los animales chillaban. Seguro que estaban tan mareados como nosotros.

—Aquí abajo apesta —se quejó.

—Bueno, es un carguero, y estamos en la bodega, con la carga —dijo Vincent. Señaló los establos cubiertos de heno, suciedad y estiércol. Bajo cubierta había tres niveles, y nosotros estábamos en el segundo. En el nivel inferior se guardaban los blasheles; en el nuestro, el ganado, y los productos agrícolas, en el que teníamos encima.

—Sí, ya me doy cuenta —le respondió con una mueca de desprecio. Luego se apretó los brazos. A pocos centímetros de ella, una gran bestia peluda de seis patas masticaba haciendo mucho ruido.

Elianna y yo nos trasladamos al establo vacío de la esquina, que usábamos como dormitorio. Estaba sumido en la penumbra; la única luz procedía de las piedras encantadas sujetas a la pared de la bodega. Las cajas y los arcones no nos dejaban mucho espacio, y además se nos clavaban en los sitios más inconvenientes, pero era mucho mejor que estar muertos.

—A ver, ese Paso de Oro… —pregunté, una vez acomodadas—. ¿Qué es?

—Una de las mayores ciudades comerciales de los dominios —respondió Elianna—. Un sitio donde puedes encontrar lo que quieras, si puedes pagarlo.

—¿Y por qué queremos ir allí?

Vincent me miró como sugiriendo que había cosas que prefería no compartir con Elianna.

—Vincent, tenemos que confiar en ella —dije, e hice un gesto en dirección a Elianna—. Confiar los unos en los otros.

—Sí —añadió Elianna—. Tampoco es que vaya a volver corriendo a Nismera. Me mataría nada más verme, por haberme ido y por llevarme el diario. Además… —Tragó saliva y dejó la frase colgando.

—Además, ¿qué?

Jugueteó con el puño desgastado de la camisa.

—Además, Kaden está muerto. No quiero estar allí sin él.

Si me quedase pan, me habría atragantado.

—¿Kaden?

Me taladró con la mirada.

—Sí. Y tú no eres nadie para mirarme por encima del hombro. Te lo follabas hasta que decidiste que Vincent te gustaba más.

Me arrojó esas palabras venenosas con tanta fuerza que fue casi como un golpe físico. Lo habíamos fingido para que todo el mundo se lo creyese, pero no era cierto. La tensión de Vincent era casi palpable. Le había dicho que no había habido nada entre nosotros, pero todavía le molestaba habernos pillado mientras Kaden me besaba. Le daba igual que fuese fingido, y que supiese que Kaden nunca me había tocado de ninguna otra manera.

—Perdona, pero… ¿Estás enfadada conmigo… por Kaden? —Ahogué una risita.

Se abrazó las rodillas, como para hacerse una bola.

Vincent suspiró, se cruzó de brazos y apoyó una bota sucia en el marco de la puerta que tenía detrás.

—Elianna está enamorada de Kaden desde que Nismera los liberó a Isaiah y a él de Yejedin.

Casi se me salieron los ojos de las órbitas.

—¿Ya estabas con ellos por aquel entonces?

—No puede pensar en nada más que en esa zorra de Dianna —saltó Elianna, colérica, sin responder a mi pregunta, mientras tiraba de las gastadas mangas del abrigo—. Si tampoco es tan guapa…

Resoplé y me moví para intentar encontrar una postura cómoda sobre la caja que se me clavaba en el costado.

—¿Qué pasa, es que tienes cinco años?

Elianna frunció el ceño más aún.

—Tendría que haberla matado, ¿sabes? La idea era matarla en cuanto la encontrase. Pero Drake la trajo con una historia lacrimógena sobre su hermana. Y por eso no lo hizo.

—¿Por Gabby? —Cada vez entendía menos.

—No, idiota.

—Cuidado con lo que dices —gruñó Vincent.

Elianna puso los ojos en blanco.

—La salvó porque Gabby le recordó a Isaiah. El único punto débil de Kaden es su hermano. Y Nismera también lo sabía. Matar a Gabby no fue solo una forma de romper a Dianna y de abrir una brecha insalvable entre Kaden y ella. También fue una forma de ponerlo a él a prueba. Nismera quería saber si se resignaría a ser otra marioneta de cuyas cuerdas pudiese tirar, como hace con todos. Siempre los está poniendo a prueba. Es una psicópata paranoica que no se fía de nadie, diga lo que diga.

Me daba vueltas la cabeza. Nunca había establecido todas esas conexiones, pero tenía sentido que Kaden se viese a sí mismo en Dianna, ambos desesperados por mantener a salvo a sus hermanos. Pero Elianna había dicho algo que no tenía sentido.

—¿A qué te refieres con lo de ponerlos a prueba? ¿Por qué iba a hacerlo? Creía que los amaba.

Ahora fue Vincent quien resopló.

—Nismera no ama a nada ni a nadie, excepto a sí misma. A sí misma y al poder. Mentirá, manipulará y usará todo lo que tenga a mano, y a todos, para conseguirlo y para conservarlo.

Elianna no lo corrigió.

—En toda la Orden, yo era la única que se preocupaba por él, ¿sabes? —añadió—. Pero él no lo vio. Era incapaz de ver nada, excepto a ella.

Vincent se apartó del marco de la puerta con un empujón y dejó escapar un ronquido grave.

—Cuánta amargura, Elianna.

—Claro, no como tú… —le replicó esta, y me miró de reojo.

Levanté las manos antes de que ninguno de los dos sacase un arma para hacer pedazos al otro.

—No nos has explicado cómo te hiciste con el control del consejo en los restos de Rashearim.

Levantó un poco más la nariz con gesto altanero.

—Mi padre era miembro de la Orden antes de que la desmantelasen. Él me educó y me entrenó, y yo me hice cargo como él deseaba. De modo que sí. Trabajé con Nismera, y junto a Kaden. Incluso estaba en Eoria cuando encontró a la zorra. Al cerrarse los dominios, hacía falta un nuevo consejo, así que mis hombres y yo nos pusimos al mando, y el resto es historia.

—Guau. —Me crucé de brazos y me eché hacia atrás—. Menuda cabrona astuta y manipuladora estás hecha.

—Le dijo la sartén al cazo —se burló.

Negué con la cabeza.

—Yo nunca he apoyado a Nismera.

—Y, sin embargo, traicionaste a Dianna. Vincent, tú y los demás podéis odiarme, pero hice aquello para lo que nací, lo que era mejor para mi familia, igual que vosotros dos. —Taladró a Vincent con la mirada—. Excepto que tú traicionaste a la tuya, y ahora nos llevas de vuelta con ellos, y es muy probable que nos maten a todos.

Vincent resopló y se acarició el labio inferior con la lengua. Lo seguí con la mirada mientras se volvía hacia mí.

—Me voy arriba a asegurarme de que ninguna legión nos haya encontrado o nos vaya siguiendo. Vosotras dos, intentad descansar.

Nuestros ojos se cruzaron, y en los suyos brilló un hambre familiar. De su cuerpo emanaba la necesidad de decir más, de hacer más. Pero se dio la vuelta y nos dejó en aquella habitación pequeña y apestosa.

Elianna soltó un bufido y se arrebujó en la gruesa manta tejida.

—¿Dormir? ¿En este cuchitril infecto? Ni de coña.

—Lamento que no sea un palacio, princesa —murmuré, y me recosté para dormir.

Mientras miraba la puerta por donde había salido Vincent, sentí que Elianna me miraba con odio.

—Cuando Nismera lo encuentre, cuando os encuentre a ambos, os va a hacer sufrir por lo que has hecho, por lo que te has llevado. Eres consciente de ello, ¿verdad?

Me volví a mirarla con los ojos entrecerrados.

—¿A qué te refieres? ¿Al medallón?

—No —respondió sin el menor atisbo de malicia—. A él. Cuando haya terminado con vosotros, la muerte será un acto de misericordia, y, por lo que tengo entendido, no es una virtud que haya poseído jamás.

Me dio la espalda y, a los pocos instantes, se le acompasó la respiración y se sumió en el sueño. Giré sobre mí misma para seguir mirando hacia la puerta. Sabía que no lo había dicho para asustarme, sino porque era cierto. Nismera nos estaba buscando, y sentía en los huesos que no podríamos escapar de ella para siempre. Pero no era a ella a quien más temía, sino a Vincent y sus remordimientos por los actos que Nismera lo había empujado a cometer. Me daba miedo que la culpa que albergaba en su interior terminase por matarlo algún día.

6. Camilla

La estancia era enorme, con techos tan altos que casi desaparecían, sumidos en la oscuridad. Los pasillos estaban llenos de estatuas de guerreros, unos que blandían las espadas, otros con escudos, arrodillados. La brisa procedente de los balcones abiertos agitaba los tapices que colgaban de grandes columnas espirales. Sabía que había viento porque lo veía mover los pesados tejidos, pero no lo sentía. No sabía qué lugar era aquel, así que me asomé al balcón. Las montañas, medio ocultas tras las nubes en movimiento, rodeaban una ciudad de plata. Miré hacia abajo, sorprendida por las luces azules que pasaban a toda prisa frente a los edificios y trazaban caminos serpenteantes por las calles.

Oí unos murmullos en el pasillo que tenía detrás y me volví a mirar de inmediato. Unos guardias venían hacia mí, con los pies marcando el paso al unísono. Los veía a retazos, según me lo permitía el movimiento de los tapices. La faja que les cruzaba la armadura mostraba la imagen de una bestia de tres cabezas, y comprendí que no era el reinado de Samkiel, sino el de Unir.

Retrocedí por el pasillo mientras los guardias seguían adelante. Parpadeé, y de pronto estaba frente a ellos, cortándoles el paso. Cerré los ojos y me estremecí, a la espera de que me arrollasen, pero me atravesaron. Cada uno de ellos, al pasar, era como un chisporroteo cálido. Abrí los ojos y me miré el cuerpo mientras lo atravesaban. Se agitaba como el humo, y luego se volvía a solidificar.

—Mira.

Levanté la cabeza, sobresaltada, al oír aquella voz femenina. En una esquina, sumida en las sombras, había una mujer envuelta en un manto. El cabello, corto y oscuro, terminaba a la altura de la mandíbula. El grueso cinturón de bronce que le ceñía la esbelta cintura estaba grabado con símbolos a juego con las bandas que le rodeaban las muñecas y los bíceps. Transmitía una sensación antigua y poderosa, y su presencia hacía resonar mi magia. Cuando nuestras miradas se cruzaron, comprendí por qué.

Bruja.

La cólera de sus brillantes ojos verdes me hizo tragarme lo que estaba a punto de preguntar. Señaló a los guardias que se iban.

—Ve a ver —me ordenó.

Asentí, y ella se disolvió como el humo. Se me movieron los pies como por sí solos, y seguí a los guardias, que se dirigían al fondo del corredor. Al llegar a la inmensa escalera se dividieron y formaron a ambos lados. Parecía que estuviesen protegiendo a alguien. ¿Qué pasaba? Oí unas voces arriba de las escaleras, así que me agarré el bajo del camisón y subí los escalones de dos en dos.

A medida que me acercaba a la grandiosa puerta doble decorada con complejas filigranas de oro y perlas, las voces ganaron en intensidad. Apoyé la mano en el picaporte, curvo y liso, y me incliné hacia delante para oír mejor a través de la gruesa puerta de madera. Sin embargo, mi cuerpo la atravesó y caí al suelo con un golpe. Ahogué una exclamación y levanté la vista.

Había tanto poder en la habitación que me provocaba un hormigueo en la piel. Mi magia se puso en modo de alerta máxima y se preparó para atacar como una víbora y protegerme. Al ver que seguían hablando y que nadie me miraba, me levanté. Miré la vasta sala con los ojos como platos, pero lo que había activado mi magia eran los seres que se sentaban alrededor de la mesa en forma de U. Caminé hacia ellos con cuidado y me detuve en el espacio formado por las mesas. El poder de aquellas cuatro personas era como estar en mitad de un huracán.

—… Poder más allá de nuestras puertas —dijo Unir. Encabezaba la mesa, y a su lado había una mujer con pelo castaño y ondulado. La corona y la postura me dijeron con exactitud de quién se trataba. Si la proximidad a Unir no me hubiese bastado, los ojos suaves y la forma de los pómulos eran la viva imagen de Samkiel.

—No es algo que tengas que temer —respondió una voz poderosa. El hombre, o al menos el ser que se mostraba como tal, dio unos golpecitos con los dedos en la mesa. Tenía el pelo oscuro de punta, y los ojos tan negros que no se distinguía entre iris y pupila. Cuando los miré me sentí como si contemplara el vacío del abismo. En comparación con la de un humano, la piel no era solo pálida, sino también prácticamente transparente; casi podía vislumbrar el oscuro ser que se movía bajo ella. Tenía los anchos hombros envueltos en el mismo atuendo blanco y plateado que llevaban todos, como correspondía a una reunión del consejo, atendida por seres antiguos y poderosos.

—Todavía.

Al oír aquella voz, me quedé helada y se me revolvieron las tripas. Miré al otro lado de la mesa y me encontré con los ojos de Nismera.

Quería saber por qué. ¿En qué momento había ocurrido, para que ella estuviera presente, pero ni Kaden ni Isaiah? Al mirarla con más atención, su edad se hizo más evidente. El cuerpo era más suave y esbelto; los rasgos sugerían la juventud de una adolescente. Esa Nismera era menos madura que la mujer que, en la actualidad, reclamaba para sí los dominios y todo cuanto estuviera a su alcance. La reunión debió de tener lugar antes de que naciese Samkiel; quizá incluso antes de nacer sus hermanos varones.

El hombre oscuro se removió en la silla, lo que me llamó la atención. Apoyó la barbilla sobre los puños y frunció los labios y, al mirar a Nismera, había en sus ojos una invitación seductora. Ella le sonrió, con las mejillas teñidas de rubor. Por la forma de mirarse, deseé haberme equivocado respecto a la edad de Nismera. Por mucha belleza eterna e inmortal que lo adornase, era muchísimo mayor que ella.

El hombre oscuro apartó la mirada de Nismera para hablar con Unir, que no se había perdido el intercambio entre ambos.

—El medallón nos permite viajar a lugares que desencadenarían una invasión en el momento en que tu dominio se convirtiera en una amenaza. Con el debido respeto.

Unir frunció el ceño y paseó la vista entre Nismera y el hombre oscuro.

—La paz debe ser, y siempre será, el objetivo más importante en esos dominios. La guerra ya los ha asolado demasiado tiempo —terminó Unir.

El hombre oscuro sonrió con sorna.

—Y de ahí el tratado que hemos firmado con tan buena disposición sobre los cadáveres desintegrados de mis hermanos.

—Y los míos —añadió Unir con tono seco.

La voluntad indomable de Unir era patente en cada palabra que pronunciaba. No cabía duda de que Samkiel y sus hermanos eran hijos suyos.

—Tengo que preguntarte, rey dios —dijo el hombre oscuro—. ¿Acaso no es el tratado más que una forma de controlarnos, a mí y al resto de mi pueblo?

—Jamás sugeriría algo así —le aseguró Unir.

El hombre oscuro sonrió, pero, al mirar a los dioses que tenía enfrente, sus ojos eran como puñales. La mirada me atravesó y me dejó helada.

—Os creéis los elogios que os dedican. Vuestra arrogancia os impide ver que no todas las fuerzas poderosas son enemigas vuestras. Os envolvéis en un orgulloso sentido de la justicia y os presentáis como protectores y salvadores. ¿Qué pasa si alguno de vosotros cae en la traición? ¿Quién firmará los tratados de paz entonces? Solo podéis mantener esa actitud de superioridad por un tiempo, hasta que alguno de vosotros yerre y la plata se empañe.

Unir no se inmutó, solo sonrió sin parpadear.

—Nuestro pueblo sobrevivió eones antes de que llegarais —dijo—, y lo seguirá haciendo mucho después de que los tuyos desaparezcan. Tu padre trajo consigo la guerra, Nydmjir, y nosotros hemos terminado con ella. Esta reunión tiene como único objetivo asegurar que los que huyeron no regresen a nuestras tierras.

Nydmjir. Así se llamaba. Los recuerdos me asaltaron, y resoplé tan fuerte que me dolieron los pulmones. Me acordaba de ese nombre. En Onuna, Reggie y yo investigamos la historia de los ig’morruthens y de los dominios. Era el hijo del rey Ormjir, el primigenio caído que comenzó la guerra de todas las guerras. Ormjir creó a los ig’morruthens. Los controlaba. La primera bestia que creó se convirtió en su general.

—Al margen de cómo haya sido nuestra llegada y de lo que haya sucedido, que la paz eterna bendiga sus almas. Incluso con los dioses de los que dispones ahora, todo vuestro poder combinado no asustará a los soberanos —aconsejó Nydmjir.

¿Soberanos? La cabeza me daba vueltas. Nunca había oído hablar de ellos y no entendía del todo de lo que discutían, pero una cosa sí sabía. El medallón que me hizo reparar Nismera no tenía como propósito darle más poder. Si le ponía las manos encima, ¿podría abandonar aquel dominio también? ¿Era ese su objetivo? ¿Qué era lo que yo había arreglado?

Las bocas siguieron moviéndose, pero no salieron palabras que yo pudiese oír. Me metí la mano en el bolsillo y saqué el medallón. El peso me calentó la mano. Me lo quedé mirando. En el centro, el remolino verde brillante de mi poder se mezclaba con algo antiguo y primario, que me devolvió la mirada.

El medallón se abrió como un bostezo; la habitación me dio vueltas y el cabello me golpeó la cara. La oscuridad cayó sobre la habitación, que se quedó helada. Alcé la vista y vi con asombro que el tejido de la realidad se había roto y que por la grieta entraban más seres de ojos oscuros. Estalló la guerra entre los dioses y los que ahora sabía que eran primigenios. Se derramó sangre, los mundos se sacudieron, y nacieron los ig’morruthen. Los gritos y la muerte recubrieron la habitación, mi piel y toda mi alma.

La grieta me producía picores y me revolvía las tripas. Algo arrastró mi cuerpo hacia ella, como si el medallón quisiera mostrarme de dónde había venido. Para los primigenios, nuestro dominio no era solo un lugar de paso. Era una vía de escape, un refugio donde esconderse de lo que habitaba más allá del dominio, lo que acechaba y esperaba. Vi piel del azul más suave, del rojo más intenso y de un bronceado pálido. Había cornamentas, y otro con lo que parecían ramas dispuestas como una corona. Cuatro grandes seres, en cuatro grandes tronos, gobernaban cuatro dominios.

Un temor espeso y sofocante se abrió camino por todo mi ser; la parte más primitiva de mi cerebro se estremecía bajo el conocimiento instintivo de la amenaza de un depredador. Me golpeó con tanta fuerza que me quedé sin aire, incapaz de respirar. El pánico hizo que se me disparase el corazón con un latido errático y salvaje. Si Nismera lo conseguía, nos condenaría a todos. El poder que sentía llegar por la grieta era energía pura y sin diluir, la más fuerte que había sentido jamás, más fuerte que Samkiel o Dianna.

Algo tiró de mí y me hizo volver al presente de mi sueño con tanta fuerza que me sacudió la cabeza. La bruja que encontré en el pasillo estaba frente a mí.

—¿Ves lo que has hecho? —me preguntó. Clavó la mirada en mi interior; no en mí, sino a través de mí. La sentía en la mente; su voz era como uñas que me arañaban la piel. Di un paso atrás, pero me siguió. Aferré el medallón con tanta fuerza que creí que me cortaría la palma de la mano.

—Es su vía de entrada, y, si los dejas, se extenderán por este dominio.

—Yo no… No lo sabía. —Pero sí que lo sabía. Nismera se había mostrado inflexible, dispuesta a hacer casi cualquier cosa por reconstruirlo. Yo sabía que era muy probable que se tratase de una herramienta capaz de provocar un daño catastrófico, y aun así lo reparé.

—Tienes que destruirlo —insistió—. Destrúyelo, o nos destruirá a todos.

—No sé cómo hacerlo —respondí, desesperada.

Me sujetó las muñecas con fuerza. Los ojos de la bruja brillaron con más intensidad, y su contacto me calentó la piel. Al bajar la mirada vi que le brillaban las palmas. Traté de apartarme, de retroceder, pero era demasiado fuerte, demasiado poderosa.

—¡Me estás haciendo daño! —grité, pero no me soltó.

Apretó aún más; donde me tocaba, la piel empezó a quemarse. El poder manaba de ella y le retorcía los rasgos. El cabello corto le rodeaba la cabeza como una nube. Sus pies perdieron el contacto con el suelo. Se elevó y, dado que no me había soltado, me levantó con ella. Más magia se derramó sobre mí, y el medallón que sostenía entre ambas se puso incandescente. Quería soltarlo, dejarlo caer antes de que se me derritiera en la palma, pero era incapaz de moverme o incluso de gritar. Todo lo que veía, todo lo que sentía, era a ella.

El cabello mojado se agitaba alrededor de unos ojos del color de la espuma del mar. Vincent me agarraba, pero yo no podía apartar la vista de la destrucción desencadenada detrás de él. Mi magia brillaba con intensidad, y los tentáculos verdes se extendían y nos mantenían suspendidos en el aire, como en el sueño. Pero ahora estaba despierta, y el navío y todo lo que me rodeaba estaban atrapados en el perímetro de mi magia.

Vincent me sujetaba las manos, flotaba conmigo como si me hubiese agarrado en cuanto empecé a levitar y se negase a soltarme. Las piedras y el plasma salpicado de polvo trazaban espirales ascendentes a nuestro alrededor. Flotábamos sobre el buque, y Vincent me mantenía estable. Los tripulantes gritaban y agitaban los brazos, chocaban con los objetos desprendidos de la cubierta.

Un disco en llamas flotó hacia nosotros. Vibraba con tanto poder que casi se podía percibir el temblor del metal. Los bordes del medallón eran de un profundo color anaranjado. Pude distinguir que, a su alrededor, la humedad del aire burbujeaba y chisporroteaba; aun así, extendí la mano hacia él. La combinación de piedra, metal y magia se estaba enfriando, pero al tocarme la palma siseé por el calor que todavía emanaba del medallón. Descendimos flotando hacia la cubierta del barco; nada más posar los pies en la cubierta, todos corrieron de un lado a otro buscando dónde agarrarse.

A medida que la tripulación se recuperaba, formó un amplio círculo alrededor de nosotros. Ya no había vuelta atrás. Era demasiado tarde. Nuestros disfraces se habían desvanecido y la verdad estaba a la vista. Sin hacer caso de los susurros y de la conmoción, nos concentramos en el medallón que sostenía entre ambos. Sollocé y moqueé, con los ojos húmedos de lágrimas, aterrorizada por lo que había visto.

Vincent me sacudió mientras yo lloraba.

—¿Qué ha pasado? —preguntó con una nota de cólera y temor en la voz—. Dime lo que ha pasado.

—He cometido un error —sollocé, ahora que por fin comprendía lo que había puesto en marcha—. Vincent, he cometido un error.

Vincent me rodeó entre los brazos y me acarició la espalda para tranquilizarme. Entre nosotros, el medallón ardía, y supe que lo mismo le ocurriría al mundo.

7. Isaiah

Una pérdida de sangre de tal calibre podía provocar alucinaciones. Lo sabía porque la veía cada vez que abría los ojos. Era una silueta esbelta, cubierta con un atuendo de batalla de color oscuro. Las empuñaduras de las espadas gemelas se le asomaban por encima de los hombros. Los cabellos rubios estaban recogidos en trenzas y relucían como rayos de sol. Me devolvió la mirada, y sus ojos de un profundo azul oceánico parecieron ver el interior de mi alma. La palabra «hermosa» no le hacía la más mínima justicia.

Imogen no hablaba. A mí nunca me había hablado. No podía, así que yo no tenía ningún recuerdo de su voz. Ojalá la hubiese oído antes de morir. En mis sueños, era como seda sobre mi carne destrozada, música para unos oídos sordos, un beso de labios suaves como plumas.

Dolor.

Mis venas se estiraron en busca de cualquier resto de sangre que me quedase en el cuerpo, pero el pozo se había secado. Iba a morir allí, en una tumba de mi propia factura, desecado, sin tener cerca a mi hermano y sin decirle a ella mi último adiós. Qué tontería, soñar con alguien que ignoraba hasta qué punto te poseía. Qué tontería, desde luego.

Me picaba la piel, intentaba despertarme, avisarme de una presencia. Me desperté y abrí los ojos, sobresaltado. Lo que vi no fue un fantasma que me provocase con aquello que no podía tener, sino algo mucho peor.

Samkiel.

Estaba apoyado en el marco de la puerta abierta de la celda, vestido con ropas holgadas de colores gris y negro. Cruzaba los brazos sobre el pecho poderoso, y los ojos plateados refulgían. Olía a nubes de tormenta, a sexo y a ella. Los colmillos me rozaron los labios resecos y agrietados y se me escapó algo que no llegó a ser un siseo. Culpaba a Samkiel y a Dianna de la muerte de Kaden. Los culpaba a todos, y, en el momento en que me liberase, derramaría tanta sangre que ahogaría el mundo.

—Estás consciente —dijo Samkiel—. Hacía tiempo que no despertabas. No sé muy bien cómo funciona eso de desangrar a un ig’morruthen. Quizá aún no estés perdido del todo.

Mi sangre formaba charcos secos y regueros difuminados por el suelo. Estaba de rodillas y las cadenas me retenían las manos sobre la cabeza. Tenía los brazos entumecidos por completo, y los hombros ya no me dolían a menos que me moviese. Sentía alfileres en las venas; cada minúsculo fragmento de mi ser clamaba desesperado por una gota de sangre.

Samkiel entró en la celda y todas las células de mi cuerpo se pusieron en alerta. Abrí mucho los ojos, pero no por él. Lo que atraía mi atención era el pequeño vaso que llevaba. El líquido rojo que se arremolinaba en su interior me empujó a ponerme de pie, chasqueando las mandíbulas por el deseo de vaciarlo. Las esposas de metal me tiraron de las muñecas maltrechas y en carne viva y rasparon con el hueso, pero no me importó. El hambre lo consumía todo. Ansiaba aquel líquido rojo y espeso.

Se detuvo a pocos centímetros de mí, sin el menor rastro de miedo.

—Quieto —ordenó. Mi orgullo había muerto mucho antes, así que le hice caso. Me moría de ganas de liberarlo de su arrogancia—. Tengo preguntas para ti, y no puedes responder si eres un cascarón reseco y gastado.

Me mantuve absolutamente inmóvil hasta que me ofreció la copa. Moví la mano tan deprisa que parte de la sangre la salpicó. Estaba tan desesperado por beberme hasta la última gota que, una vez que vacié la copa, me lamí la palma. No era suficiente para que mi poder se manifestase ni siquiera un poco, pero al menos las venas dejaron de arderme por unos segundos.

Samkiel se agachó, justo fuera de mi alcance. No me temía, pero tampoco se acercaba más de lo necesario.

Me senté sobre los talones y me sequé la boca en el bíceps.

—No es de un humano —señalé.

Se encogió de hombros.

—Por aquí cerca hay unos mamíferos diminutos. Tendrás que conformarte con eso.

Resoplé con suavidad.

—¿No te da miedo de que, cuando se enteren, eso manche tu preciosa reputación? ¿Cómo te van a tirar las bragas a los pies, sabiendo que matas animalitos?

Sonrió sin humor.

—No lo he matado. No era necesario. No soy como tú, ni como Kaden. —Un gruñido gutural se me escapó de la garganta cuando sus labios pronunciaron el nombre de Kaden. No le dio importancia—. Creo en el equilibrio. Se sentirá un poco somnoliento, pero comerá y seguirá con su vida. Yo no mato salvo en caso de necesidad, y jamás a inocentes.

Me senté sobre los talones y solté una risita.

—Muy noble por tu parte.

—Tengo preguntas que necesitan respuestas. Si cooperas, quizá esta noche te alimente. Si no lo haces, te extraeré de la garganta lo que te acabo de dar —dijo con calma—. ¿Entendido?

Me dolía el cuerpo en sitios insospechados, pero lo peor era el hambre. Creaba un pozo de ácido ardiente en las tripas, y el ácido me recorría las venas. Tenía el cuerpo tan reseco que la piel se había vuelto de un profundo color ceniza. El ig’morruthen de mi interior consumía hasta el último recurso que me quedaba para mantenerme vivo y despierto. Lo que me había dado Samkiel era como una gota de lluvia en un desierto de dunas inacabables.

—¿Sabes? —dije. Me dolía todo el cuerpo por la promesa de más sangre—. Tu palacio está encantado.

Samkiel se levantó y abrió mucho los ojos, con una expresión en los rasgos que no supe definir.

—Hace unas cuantas noches vi a Veruka —continué—. O quizá fuese mi mente retorcida, que conjuraba seres de la nada.

Dejó caer los hombros, como si no fuese la respuesta que esperaba oír.

—Tal vez fuese la culpa —añadí.

Samkiel ladeó la cabeza de forma casi imperceptible.

—¿Se sienten culpables los monstruos?

—Dímelo tú. —Intenté sonreír, pero era demasiado esfuerzo.

—¿Cuántos aliados conocidos tiene Nismera? ¿De la nobleza, y del Altermundo?

—¿Por qué? —pregunté, pero de repente lo entendí—. ¿Los has visitado para negociar pactos de lealtad?

No respondió, pero me fijé en que apretaba los dientes.

—Lo has hecho, ¿no es cierto? —Resoplé—. ¿Y qué tal ha ido? Espero que no te acompañase tu zorra.

El puñetazo en la mejilla me hizo ladear la cabeza. Retrocedió mientras yo soltaba una risita. Me ardía el corte de la cara. Mi cuerpo intentó curar la herida, sin éxito. La sangre que me había dado era insuficiente para curarme. Ojalá mis poderes funcionasen en él, pero el muy cabrón era demasiado fuerte. Oh, qué ganas tenía de verlo explotar en una nube de sangre y vísceras. Pero, si fuese capaz, ya se lo habría hecho mucho antes.

—¿Cuántos? —insistió.

Me incliné hacia delante.

—Todos —siseé—. Los tiene a todos.

Hundió los hombros, como si supiera la respuesta y solo necesitara que se la confirmase. Se pasó la mano por el pelo, con la mirada perdida. Lo observé y me pregunté qué ideas cruzaban ese puñetero cráneo suyo. ¿Era capaz de pensar en algo que no fuera ella? Con una profunda inspiración, me miró de nuevo.

—¿Dónde está su cuartel general? He atacado unos cuantos campamentos, pero no he averiguado nada en concreto.

—Hacia el oeste. —Hice una pausa y le sonreí—. O hacia el este. No me acuerdo.

—¿No te acuerdas, o me estás mintiendo? —preguntó con los puños apretados.

Hice una mueca y me encogí de hombros, al menos todo lo posible, dado que estaba colgado de los brazos.

Samkiel se movió a tal velocidad que me fue casi imposible seguirlo. Era como un fantasma que desaparecía y reaparecía en otro lugar. Casi como si no perteneciese al mundo físico. Me recordaba a Mera. Cuando se nos enfrentó a Kaden y a mí, Samkiel se movió de ese modo por el campo de batalla. Ni siquiera lo vi desenfundar el Olvido. Ni tampoco cortarle el cuello a Kaden. Solo lo vi caer y convertirse en cenizas oscuras. Tampoco lo vi invocar la hoja que empuñaba en ese momento, pero sentí el puñal ardiente en el cuello; el resplandor de sus ojos plateados en la lúgubre celda casi me cegó.

—¿Qué creías que ibas a hacer, guapito? —Una sonrisa torcida se me dibujó en el rostro, y lo miré sin pestañear—. ¿Que te ibas a presentar en esa lata brillante y desagradable, y a enseñar la polla por ahí para que todos te adorasen? No eres mejor que el resto de nosotros, y te acuestas con el ser al que odian por encima de todas las cosas.

—No veo por qué. —Samkiel me apretó la hoja contra la piel con tanta fuerza que, si tragaba saliva, me cortaría—. Nismera te tiene a ti, y tenía a Kaden.

El sonido de su nombre me quemó más que la pérdida de sangre. El dolor no había remitido, y dudaba de que alguna vez lo hiciese. Me quedé inmóvil, sin decir nada, por miedo a que me cortase. No podía arriesgarme a sangrar lo que me había dado. Samkiel se dio cuenta y apartó la hoja lo justo para dejarme hablar.

—La diferencia es que Nismera es más poderosa que tú —dije por fin—. Mucho más sanguinaria y cruel. Tú eres incapaz de matar ni a un puñetero animalillo estúpido. No tienes pelotas para ser un conquistador. Ella sí, y es lo que te haría falta para recuperar siquiera la mitad de lo que ella ha acaparado. Claro, para la gente tú eres un rey dios, magnífico y poderoso, enviado para liberarlos de ella; pero, para los gobernantes que le son fieles, tú no eres más que un perdedor. No te seguirán, no te respetan, y, si usas el Olvido para obligarlos, lo que ambos sabemos que no vas a hacer, te odiarán. —Al ver que se desvanecía su habitual mirada de presunción, se me escapó una risotada fría y cruel. La verdad lo golpeaba con más fuerza que cualquier espada—. Has fracasado, Samkiel. Así es como te ven. La reputación heroica que tanto te esforzaste por crear durante tu juventud ya se ha evaporado. No eres un héroe. No eres más que un ejemplo de lo que no hay que hacer. Cuando Mera termine contigo y con tu puta, ni siquiera quedarán escrituras que te mencionen. Tu legado caerá en el olvido, como el de Unir.

La hoja me presionó la piel de nuevo. Me pregunté si, con un poco más de fuerza, podría cortarme la cabeza. Apretó los labios hasta convertirlos en una delgada línea. Su cólera casi se podía percibir en el aire que nos rodeaba. Era lo que yo quería. Buscaba provocar a la bestia, que recurriese a la violencia y atacase. Pero la ira se desvaneció y otra emoción ocupó su lugar. Una demasiado ajena a mí como para poder identificarla.

Esperaba que me rajase el cuello con la hoja, que me abriese la garganta de oreja a oreja. Que derramase en el suelo sucio lo poco que me pudiera quedar. Pero no lo hizo. Con un silbido, devolvió el puñal al anillo y se levantó. Me lanzó una última mirada y, al marcharse, cerró la puerta tras él.