
La transformación tuvo lugar sobre las dos y veintitrés de la mañana, hora estándar del Pacífico. Hasta donde yo sé, todos los que se encontraban en el interior de algo murieron al instante. Tener un techo de cualquier tipo sobre ti, significó una muerte segura. Eso incluía a las personas que estaban dentro de coches, aviones o del metro. Incluso de tiendas de campaña o de cajas de cartón. Mira, quizá hasta de una sombrilla también. Aunque lo cierto es que en este último caso no lo tengo tan claro.
No voy a mentir. Estoy celoso, sí. Estoy celoso de todos los que estabais dentro de algo, probablemente calentitos, durmiendo y soñando con cualquier tontería. Sois los que tuvisteis más suerte. Dejasteis de existir, sin más. Quedasteis hechos papilla cuando tuvo lugar la transformación.
Era martes, y el calendario marcaba el 3 de enero. Una terrible tormenta invernal había asolado el norte de Estados Unidos, y la mitad del país había quedado enterrada bajo la nieve y el hielo. En Seattle no había nevado mucho esa noche. Pero los termómetros marcaban temperaturas muy por debajo de los cero grados, algo poco habitual incluso para tratarse de enero.
Tengo claro que en otras partes del mundo, donde hacía más calor y quizá no era mitad de la noche, sobrevivieron muchas más personas. Muchas.
También apostaría cualquier cosa a que llevaban más ropa de la que llevaba yo cuando ocurrió el incidente. Y esos cabrones fueron lo bastante listos como para no caminar hacia la luz.
Yo no tuve elección. Como he dicho, las temperaturas eran muy bajas. Hacía un frío de tres pares de cojones y estaba fuera. Llevaba puesto un bóxer, una chaqueta de cuero y unas crocs rosa en las que casi no me entraban los pies.
También tenía en los brazos a una gata que no dejaba de bufar, arañarme, moverse y escupirme, una llamada Princesa Dónut la Reina Ana Rechonchita. Era una gata persa color carey que valía más que el dinero que yo ganaba en todo un año. Mi exnovia la llamaba Princesa Dónut, para abreviar. Yo me limitaba a Dónut.
Volvamos atrás unos diez minutos. Tampoco quiero ponerme muy pesado con el trasfondo de la historia, pero hay detalles que quizá sean importantes.
Me llamo Carl. Tengo veintisiete años. Después de pasar una temporada en la Guardia Costera de Estados Unidos, terminé trabajando como técnico marítimo, arreglando sistemas electrónicos de los yates donde los típicos comemierda ricos daban sus fiestas. Unos pocos días antes de que empezase todo esto, vivía con mi novia en el apartamento que teníamos en Seattle.
Se llamaba Beatrice. Bea. Había ido a las Bahamas con sus amigos para la típica fiesta de Año Nuevo. Lo que no me dijo es que también iba a ir su exnovio, pero me di cuenta muy rápido cuando vi una foto de ella sentada sobre su regazo en Instagram.
No soy una persona a la que le gusten los dramas, y tampoco son algo que lleve muy bien. Lo cierto es que me dio igual que me estuviese poniendo los cuernos o no. Me había mentido. Por eso, la llamé y le dije que nuestra relación había terminado. Le prometí que tendría todas sus cosas preparadas para que se largase de casa al volver del viaje. Sin drama alguno. Sin discusiones. Pero se había acabado.
Ella pidió a sus padres que viniesen a buscar a la gata, pero vivían al otro lado de la cordillera de las Cascadas y nadie iba a recorrer los pasos de montaña tal y como estaba el tiempo. Por eso, les prometí que cuidaría de Dónut hasta que Beatrice volviese de su viaje.
Y ahora, dejadme que os hable un poco más de Dónut, la gata. Como he dicho, es una de esas bolas de pelo esponjosas de cara achatada que suelen estar sentadas sobre el regazo de los villanos de una película de James Bond. Bea y yo compartíamos un apartamento de dos habitaciones, y una de ellas era la de la gata, para que veáis por dónde van los tiros. Específicamente, la habitación se usaba para guardar todas las bandas de tela de los premios a mejor gata del espectáculo, así como las de los premios a gata de raza más pura y la infinidad de trofeos y fotografías enmarcadas de ella sentada sobre una mesa, con el pelo engrifado y cara de pocos amigos, con Bea y uno de los miembros del jurado detrás. Bea tendría unas cincuenta fotografías de esas. La gata ganaba muchísimas bandas de tela, trofeos y fotografías cada vez que Beatrice la llevaba a uno de esos eventos. Y la verdad es que Bea llevaba a la puñetera gata a uno de esos casi todos los fines de semana.
La familia entera se dedicaba a criar gatos persas. Yo no tenía mucha idea de todo ese mundillo del espectáculo de gatos. Y tampoco quería involucrarme demasiado. Como he dicho, no me van los dramas.
Y otra cosa os voy a decir sobre las personas a las que les gustan los gatos, los gatos que van a ese tipo de eventos, específicamente…
No, mejor no. Paso de esa gente. Lo importante es que Bea y Dónut formaban parte de ese mundo que a mí no me interesaba lo más mínimo.
Nunca me he considerado un fan de los gatos, pero siendo sinceros, la verdad es que Dónut me gustaba de verdad. A esa gata le importaba un carajo la gente y todo lo que pasaba a su alrededor, algo con lo que me sentía muy identificado. Si Dónut quería sentarse en mi regazo mientras yo estaba dándolo todo con la PlayStation, pues se sentaba y punto. Si intentaba quitármela de encima, empezaba a bufar y a arañarme, para luego volver a colocarse sobre mí. Y luego se me quedaba mirando con esa cara arrugada como si me estuviese diciendo: «¿Algún problema?».
En más de una ocasión me habían dado ganas de estrangularla, pero no soy tan cruel. Además, terminé por respetar la constancia de esa pequeña monstruosidad. Algunos de mis amigos se reían de que pasase tanto tiempo con esa bola de pelo que probablemente valía más que lo que yo ganaba en todo un año, pero me gustaba. Me gustaba tener encima a esa cosa rechoncha.
Una de las normas incuestionables y no negociables de Beatrice era que no se podía fumar en el apartamento, por lo que después de la ruptura y de la discusión, me aseguré de fumar todo lo posible. Sí, sé que suena muy inmaduro. Pero es que hacía mucho frío afuera. A Dónut el humo no le gustaba nada, y el pelo siempre se le quedaba oliendo a tabaco, así que llegué con ella al acuerdo de entreabrir un poco la ventana siempre que encendiera un cigarrillo.
Y un día que me había despertado a las dos de la madrugada después de un sueño que me había dejado muy intranquilo, decidí que me apetecía fumar. Saqué la cajetilla, abrí un poco la ventana y encendí un cigarro.
Dónut, que se había pasado toda la noche durmiendo junto a mí en la cama, decidió que por primera vez en toda su vida felina le apetecía salir un poco y ponerse a explorar. Me saltó en el hombro y pegó un brinco desde la ventana del segundo piso hasta el árbol que había por fuera de mi apartamento. Sin más. Había abierto esa ventana muchas veces durante todo el año y nunca le había prestado ni el más mínimo interés. Pero esa noche, la noche más fría del año, esa maldita bola de pelo decidió ponerse en plan exploradora y escapar del apartamento.
Bajó del árbol y olisqueó la acera un par de veces, para luego darse cuenta de que hacía un frío que pelaba. La aventura terminó tan rápido como había empezado: volvió a subir por el tronco y se me quedó mirando desde los casi dos metros que separaban la ventana de la rama. La aventura la había dejado agotada, por lo que decidió que sería mejor no volver a arriesgarse a saltar al interior. En lugar de eso, se puso a maullar como una desquiciada.
Me pasé un buen rato insultando a la gata e intentando convencerla de que saltase otra vez dentro. Abrí la ventana al completo, lo que hizo que la brisa helada soplase por el interior calentito del apartamento. La gata peluda de color blanco, negro y beis se quedó allí sentada, maullando y refunfuñando, tanto que temí que uno de los vecinos terminase por despertarse y le pegase un tiro.
Yo había dejado las botas en la secadora que teníamos en el sótano del edificio y tampoco sabía dónde carajo estaban las zapatillas de correr. Por eso, tomé la decisión provisional, una de la que no tardaría en arrepentirme, de ponerme las crocs de mi exnovia, una chaqueta de cuero y salir corriendo del apartamento para ir a buscar a la gata. Una parte de mí no dejaba de repetirme: «Pero que le den por culo, ni que la gata fuese tuya. Que se congele, la muy petarda».
Pero, como he dicho antes, no soy una persona cruel. Por mucho que Beatrice se mereciese algo así, sé que le encantaba esta gata. Y la pobre y estúpida Dónut no tenía posibilidad alguna de sobrevivir ahí fuera durante mucho tiempo.
Además, que se había puesto a maullar como si alguien se estuviese comiendo a sus crías delante de ella.
Bajé corriendo las escaleras y salí al exterior, a la carrera en dirección al árbol que había entre la acera y el edificio. Me arrepentí de inmediato de no haberme tomado el tiempo necesario para vestirme como era debido. El aire helado no tardó en apoderarse de mis piernas y de mis pies.
Dónut estaba justo allí, sentada sobre el árbol y fuera de mi alcance, mirándome a mí y a la ventana abierta del apartamento. No había dejado de maullar. Una luz se encendió de repente en la primera planta del edificio. Solté un quejido. Era la de la señora Parsons, esa mujer gruñona que siempre se quejaba a la comunidad de vecinos.
—¡Dónut! —dije—. ¡Que vengas aquí, mierdecilla!
Extendí los brazos.
La gata podría haber saltado hacia ellos. Era algo para lo que la había entrenado. Siempre que agitaba una bolsa de golosinas de gato, ella saltaba sobre mí. A veces, hasta se me subía al hombro cuando hacía el típico «pspsps». Me arrepentí de no haber bajado una de esas bolsas.
En ese momento, se abrió la ventana de la primera planta.
—Por Dios, pero ¿qué está pasando ahí fuera? —gritó la señora Parsons al tiempo que sacaba la cabeza por la ventana. La anciana la llevaba envuelta en una especie de toalla, lo que le daba aspecto de swami. Tenía los ojos pequeños y relucientes centrados en mí.
—Carl, ¿eres tú?
—Sí, señora Parsons —dije—. Perdón. Se me ha escapado la gata e intentaba cogerla antes de que muera congelada.
—Pues yo diría que quien va a morir congelado eres…
La señora Parsons nunca llegó a terminar la frase.
Pum.
Ocurrió demasiado rápido.
El edificio quedó aplastado contra el suelo. Vi cómo ocurría. Tenía siete pisos y estaba ahí frente a mí, para terminar por desaparecer por completo un segundo después. Bueno, lo cierto es que no había desaparecido. Estaba mirando a la señora Parsons cuando ocurrió, y me dio la impresión de que algo lo había machacado contra el suelo, como si una gigantesca bota cósmica hubiese aplastado una enorme lata también cósmica. Lo había visto. Y también lo había oído. El viento sopló contra mí, y todo quedó a oscuras de repente. La farola que tenía a mi izquierda había desaparecido. También los edificios que me rodeaban. Los coches parecían haber sufrido la misma suerte.
Todo había dejado de existir, a excepción de los árboles, las bicicletas aparcadas y el ciclomotor de Marjory Williams, que aún tenía puesto el cepo debido a las normas de estacionamiento.
Eché un vistazo alrededor y me olvidé por unos instantes del frío que hacía. No veía prácticamente nada en la oscuridad de esa noche cerrada. En la distancia, en un horizonte que ahora alcanzaba a apreciar gracias a la ausencia de los edificios, vi un incendio.
El silencio era sepulcral.
—Pero… ¿qué cojones? —dije mientras empezaba a caminar en círculos.
A su alrededor quedaron en pie algunas cosas del todo fortuitas. Como el soporte para las bicicletas aparcadas. También había por ahí una señal de stop, pero la que tendría que estar a su lado había desaparecido por completo. No tenía sentido. En los lugares donde antes había coches aparcados, ahora solo había agujeros con forma de vehículo, como si los hubiesen empujado hacia el centro de la Tierra y hubiesen atravesado el asfalto.
Dónut saltó a mis brazos, que aún tenía extendidos. Miré a la gata sin tener muy claro qué decir.
—Pero… ¿qué cojones? —repetí.
Lo único que quedaba de mi edificio era un rectángulo de tierra removida y rocas.
Y luego la vi, justo al lado de mis pies.
La cabeza de la señora Parsons. Me costó un poco distinguirla en la oscuridad, pero al verla supe lo que era de inmediato.
En ese momento, lo entendí todo. Una cosa era que los edificios hubiesen desaparecido, pero había personas en el interior. Casi todos los habitantes de la ciudad, joder. Hasta la mayor parte de los sintecho dormían en albergues. Habían salido en las noticias y todo porque los habían juntado debido al frío extremo que estaba haciendo. Eran las putas dos de la madrugada de un lunes por la noche. Seguro que todo el mundo estaba en la cama. ¡Y eso era sinónimo de que habían muerto!
Seguí caminando en círculos como un imbécil, sin saber qué hacer. Empecé a sentir náuseas. Dónut empezó a retorcerse al comprobar que no tenía sentido seguir en mis brazos. Me clavó las garras, pero no la solté.
Después oí la voz. Era una voz robótica y masculina.
Fue como si me hablase directo a la mente, una sensación física, como si algo me rascase el cerebro. No lo hizo en mi idioma, pero la entendía igual. Cuando habló, también apareció el texto con las mismas palabras flotando frente a mí.
Atentos, humanos supervivientes.
—¿Qué? —pregunté en voz alta—. ¿Qué ha sido eso? ¿Quién está ahí? —Les di una patada a las letras flotantes, y una de las crocs que me quedaba pequeña salió despedida por los aires. Salté a la pata coja hasta ella y volví a ponérmela. Las palabras se movieron conmigo, siempre a escasos metros de mi cara.
Ni siquiera esas letras estaban en mi idioma. Se arrastraban frente a mis ojos aunque no hubiese pantalla alguna. Las conocía y era capaz de comprenderlas, como si llevase toda la vida leyendo caracteres de ese tipo.
Al no haber interpuesto un recurso formal para reclamar los derechos sobre minerales y otros elementos en el periodo correspondiente a cincuenta soles después del primer contacto, y de conformidad con las reglas del Sindicato, apartado 543 del Código de Reservas Elementales Valiosas, vuestro planeta ha sido tomado por la fuerza y se le están extrayendo todos los depósitos minerales solicitados por el regente planetario asignado.
Todos los interiores del planeta han quedado aplastados y todas las materias primas (orgánicas e inorgánicas) están siendo extraídas para cosechar los elementos solicitados.
De conformidad con la Ley de Recuperación de Materiales Extraídos, así como con el apartado 35 de la Ley de Protección de Especies Planetarias Nativas, todos los humanos supervivientes tendrán la oportunidad de reclamar la materia que han perdido. La Corporación Borant, a la que se le ha asignado la regencia de este sistema planetario, tiene permitido elegir cómo se llevará a cabo dicha reclamación, y ha elegido la opción tres, también conocida como la Mazmorra Planetaria de dieciocho pisos. La Corporación Borant conserva los derechos de transmitir, aprovechar y controlar todos los aspectos de la Mazmorra Planetaria y conservará dicho control en tanto que cumpla con las normas del Sindicato para la reclamación de recursos planetarios.
En caso de completar con éxito el decimoctavo piso de la Mazmorra Planetaria, la regencia de este planeta pasará a manos del vencedor.
Se ha creado y enviado al planeta una inteligencia artificial neutral, o sea, yo, que hará las veces de testigo y supervisará la creación de la Mazmorra Planetaria para garantizar que se cumplen todas las reglas y se adecúa a la normativa.
Por favor, prestad mucha atención a la información que voy a daros, ya que no la repetiré.
De conformidad con la Ley de Protección de Especies Planetarias Nativas, todos los materiales restantes, que se estima que se corresponden con el 99,999999 % de la materia cribada, están siendo reconvertidos para crear la Mazmorra Planetaria subterránea. El primer piso de la mazmorra se abrirá unos dieciocho segundos después de que termine este mensaje. Las entradas a dicho primer piso permanecerán abiertas durante una hora humana. Solo una hora. Una vez se cierren, no podréis entrar. Si lo hacéis, no podréis marcharos hasta que hayáis completado los dieciocho pisos de la Mazmorra Planetaria o hasta que cumpláis otros requisitos específicos.
Si decidís no entrar en la Mazmorra Planetaria, tendréis que sobrevivir por vuestra cuenta en la superficie de vuestro planeta, y es muy posible que esta sea la última comunicación que recibáis durante el resto de vuestra vida. Perderéis todo derecho a reclamar la materia y los elementos que habéis perdido, pero seréis libres de extraer minerales y utilizar cualquier recurso restante y natural que lleguéis a encontrar. La Corporación Borant os desea la mejor de las suertes y os da las gracias por esta oportunidad.
Aquellos que queráis ejercer vuestro derecho a reclamar los recursos, prestad atención.
Aparecerán 150.000 entradas en todo el planeta. Dichas entradas estarán bien señalizadas y quedarán a la vista. Si decidís entrar en el primer piso de la mazmorra, tendréis cinco rotaciones enteras de vuestro planeta para encontrar las escaleras que descienden al siguiente piso. Habrá 75.000 entradas al piso dos. 37.500 al piso tres. 18.750 al piso cuatro. 9.375 al piso cinco y 4.688 al piso seis. El número de entradas disponibles a los niveles inferiores seguirá reduciéndose a la mitad redondeando hacia arriba hasta alcanzar el decimoctavo piso, que solo contará con dos entradas y una salida.
Los mazmorreros que decidan entrar en la Mazmorra Planetaria deberán encontrar la escalera y descender al siguiente piso antes de que acabe el tiempo estipulado de dicho piso. Una vez haya transcurrido el tiempo, el piso será reclamado y toda la materia presente en él, orgánica o inorgánica, se perderá para siempre. El botín generado y el resto de la materia que no se hayan recogido y reclamado podrán llevarse al mercado del Sindicato.
Cada uno de los pisos inferiores tendrá un tiempo de reclamación cada vez más largo. Cuando uno de los mazmorreros descienda al décimo piso, entrarán en juego unas reglas adicionales. Dichas reglas se explicarán cuando corresponda.
Si decidís entrar en la Mazmorra Planetaria, os recomiendo encarecidamente que busquéis y os dejéis aconsejar por un gremio de tutorial. Habrá varios gremios de tutorial diseminados por toda la extensión de los pisos uno a tres de la mazmorra.
Si tenéis alguna pregunta, o queréis interponer un recurso, tendréis que enviar dichas solicitudes por escrito a vuestra oficina del Sindicato más cercana.
Gracias por formar parte del Sindicato. Que tengáis un buen día.
Estaba tan desconcertado por todo lo que acababa de ocurrir que mi cerebro no fue capaz de procesar lo que había dicho la voz. Dejé de sentir las piernas. Llevaba en la calle demasiado tiempo y empezaba a correr peligro de morir congelado, o como poco de perder los dedos de los pies. Tenía que entrar en algún lado y tenía que hacerlo de inmediato.
Pero ya no había ningún sitio al que entrar. No había coches. Contemplé el incendio que seguía ardiendo a unas pocas manzanas de donde me encontraba. Tenía que acercarme a él. Rápido. Me giré y empecé a correr a una velocidad que me resultaba cómoda con esas crocs.
El viento, que no era más que una ligera brisa antes de que desapareciesen los edificios, se había convertido en un vendaval helado y constante que olía a salitre. Dónut se retorció en mis brazos, me arañó e intentó liberarse. Me dio un mordisco en el hombro, pero la chaqueta me protegió. La agarré con más fuerza.
¿Estaba soñando? ¿Me había tomado por error algún tipo de alucinógeno?
¿Mazmorra Planetaria? Pero ¿qué cojones? ¿Qué carajo podía ser algo con ese nombre? Seguí dándole vueltas a todo sin parar. Me vinieron de inmediato a la cabeza cosas como Pathfinder, Dungeons & Dragons y otros juegos a los que no había jugado desde que estaba en servicio activo. No había absolutamente nadie a mi alrededor. Lo único que me rodeaba era el estruendo del viento.
En ese momento, resonó en la oscuridad de la noche una bocina que más bien parecía una trompeta. Me quedé clavado en el sitio y eché un vistazo a mi alrededor. ¿Qué estaba pasando ahora?
«Seguro que ha aparecido la mazmorra —pensé—. Está pasando. Me cago en Dios. Está pasando de verdad».
A menos de treinta metros a mi izquierda, justo en mitad de lo que antes era la tienda de una organización benéfica, apareció de repente un foco que se proyectó hacia el cielo. Vi otro a casi dos kilómetros de distancia. Me giré y vi algunos más desperdigados por toda la ciudad.
A pesar de la distancia, sentí el calor que irradiaba de aquel agujero brillante y luminoso en el suelo.
No me lo pensé dos veces. Aún le seguía dando vueltas a toda la información que acababa de oír. Las crocs rosa me apretaban en los pies. La luz distante estaba más lejos de lo que había creído en un principio, pero había visto de primera mano lo que la hipotermia podía llegar a hacerle a una persona.
Por eso, me giré hacia la luz y empecé a correr.


PRIMER PISO DE LA MAZMORRA
TIEMPO PARA EL DERRUMBE DEL PISO: 5 DÍAS
Una escalera ornamentada se internaba en la luz; cada escalón parecía estar hecho de hierro forjado, y la estructura era lo bastante amplia como para que cupiesen unas veinte personas las unas al lado de las otras. Un resplandor cálido brotaba del interior del agujero. Di un paso y me percaté de que estaba más baja de lo que esperaba. Las pisadas resonaron en la claridad.
La ciudad tenía casi un millón de habitantes, y yo era la única persona que había por el lugar.
Dónut, que había dejado de forcejear, se aferró a mi hombro y empezó a gruñir a medida que descendíamos en dirección al resplandor.
Aquel calor agradable y necesario me invitaba a seguir internándome. Las piernas y los pies, que hacía poco casi no sentía, habían empezado a quemarme a causa del calor. No había pasado tanto tiempo a la intemperie como para que el frío me dejase secuelas, pero estaba congelado hasta las cejas.
No veía el final de las escaleras. Los escalones de metal tenían unos grabados extraños con forma de algo parecido a peces. O puede que fuesen demonios. Eran unos de estilo casi asiático que habían empezado a inquietarme. Esas escaleras no estaban aquí hacía unos pocos minutos. Todo lo que me rodeaba estaba hecho con los edificios, los coches y la gente que había en el planeta. ¿Quién lo había hecho? ¿Cómo?
Cuando llegué abajo, la temperatura era de unos agradables y húmedos veintiséis grados. Las escaleras de metal dieron paso a un suelo de mármol y a una puerta descomunal que medía nueve metros de alto y lo mismo de ancho. Dicha puerta, que era de madera y arqueada, estaba tallada con la forma de un gigantesco pez demonio, parecido a los de las escaleras.
Alcé la vista hacia ella.
—Pero ¿qué mierdas es esto? —murmuré.
Mientras miraba la puerta, una ventana con información apareció sobre ella. La ventana apareció de forma tan repentina e inesperada que di un paso atrás. Era como si de repente estuviese en un videojuego, o como si llevase lentillas que mostrasen ventanas emergentes. Hasta tenía una cruz pequeñita en una esquina para cerrarla.
Se trata de un kua-tin, la especie dominante del sistema Borant y los principales propietarios de la Corporación Borant. Asegúrate de quedarte con su cara, ya que más tarde te haré un examen.
¿Se suponía que eso del final tendría que haber hecho gracia? Me centré en la cruz de la esquina y cerré la ventana mentalmente.
«Anda…», pensé. Alcé la vista para volver a mirar el grabado y sentí algo, una especie de cosquilleo háptico en el cerebro. La ventana de información volvió a aparecer. La cerré.
Qué raro. Podía controlar la información con la mente. Era capaz de abrir ventanas de información de ciertos objetos concentrándome en ellos. Y también podía cerrar dichas ventanas haciendo clic mental en esa cruz.
«Eso significa que todo está en tu mente. Quizá nada de esto esté pasando en realidad. Puede que estés durmiendo, y que esto no sea más que una especie de simulador último modelo. Como en las películas de Matrix».
El dolor que sentía en las piernas y en los pies, que aún se me estaban calentando, me recordó que no importaba demasiado si todo esto era una simulación o no, porque dolía igual.
Empujé la puerta con la mano que tenía libre. Se abrió con facilidad hacia el interior y, tras ella, apareció un largo pasillo iluminado con varias antorchas. Dicho pasillo era igual de ancho y de alto que la puerta, por lo que más que un lugar por el que ir a pie, podría decirse que parecía el túnel de una carretera de dos carriles. En la distancia, vi varios caminos que se abrían a ambos lados a partir del pasillo principal. Cerca del primero de ellos, apareció una luz parpadeante. Me dio la impresión de ver una especie de cartel, pero no alcanzaba a leerlo desde mi posición.
—¡Au! —grité cuando Dónut me dio un mordisco en la mano. Solté a la gata, que empezó a correr por el pasillo. Se detuvo a unos diez pasos de mí y echó un vistazo a su alrededor con gesto confuso y sorprendido.
Me acerqué a ella, y las puertas se cerraron de golpe detrás de mí. La luz de la entrada desapareció y quedó reemplazada por una penumbra similar a la del anochecer.
Bienvenido, mazmorrero. Bienvenido al primer piso.
La voz era diferente. Era masculina y sonaba con demasiado entusiasmo, como si perteneciese al presentador de un concurso televisivo. No era la misma que había pronunciado el primer anuncio. Las palabras aparecieron flotando frente a mí al mismo tiempo que las había dicho la voz. A diferencia de la ventana emergente, estas no se podían cerrar. Parecían subtítulos, o algo así.
Después, apareció un contador en la esquina superior derecha de mi campo de visión. Rezaba: 4 DÍAS, 23 HORAS Y 48 MINUTOS. En cuenta regresiva. Volví a intentar darles un manotazo a los caracteres, pero no desaparecieron. Solo los perdía de vista al cerrar los ojos. Era inquietante y me daba náuseas.
Dónut seguía delante de mí, pero había empezado a agitar las patas frente a ella, como si intentase golpear algo.
«También las ve —pensé—. La puta de su madre».
Fuera lo que fuese aquello, también le estaba pasando a la gata.
—Dónut —la llamé—. No te separes de mí.
La gata me ignoró, como dictaba su naturaleza, pero cuando la miré sentí el mismo cosquilleo imperceptible que había sentido cuando vi la puerta. Me concentré con más intensidad y apareció sobre ella una ventana de información.
Mazmorrero n.º 4.119. «Princesa Dónut».
Nivel 1.
Especie: Gato.
Clase: No se ha asignado aún.
Di un paso al frente, a sabiendas de que aún llevaba esas crocs que me quedaban pequeñas y me hacían daño.
Otro bloque de texto apareció frente a mí.
Se te ha asignado el número de mazmorrero 4.122. Se te ha asignado el nombre de mazmorrero «Carl».
Se te ha asignado la especie «Humano». Tienes nivel 1. Podrás seleccionar una nueva especie y una clase tan pronto como desciendas al tercer piso. Se han repartido tus puntos de característica atendiendo a tu perfil mental y físico actual. Abre el menú de características si quieres más información.
¿Menú? Me pregunté cómo abrir el menú, pero no tuve tiempo siquiera de averiguarlo, ya que volví a ser asaltado por un bloque de texto.
¡Felicidades! Has conseguido tu primer logro: «Loca de los gatos».
Has entrado en la Mazmorra Planetaria acompañado de un gato. Qué mooono, ¿verdad?
Recompensa: ¡Has recibido una caja de mascota de bronce!
¡Logro desbloqueado! Loca de los gatos pionera.
Eres el primer mazmorrero que ha entrado en la Mazmorra Planetaria acompañado de un gato. Tienes que querer mucho a esa cosita. Es una pena que podáis ser víctimas de una muerte horrible en cualquier momento. O quizá no. ¡Mirad el premio que acabáis de conseguir!
Recompensa: ¡Has recibido una caja de mascota legendaria!
¡Logro desbloqueado! Vanguardia mazmorrera.
Eres uno de los 5.000 primeros mazmorreros que ha entrado en una nueva Mazmorra Planetaria. Hay que ser bobo.
Recompensa: ¡Has recibido una caja de aventurero de plata!
¡Logro desbloqueado! Bolsillos vacíos.
No has traído suministro alguno. Niente. Sabes que aún necesitas comer, ¿no?
Recompensa: ¡Has recibido una caja de aventurero de bronce!
¡Logro desbloqueado! ¿Por qué no llevas pantalones?
Has entrado en la mazmorra sin pantalones. Pero a ver… ¿En serio?
Recompensa: ¡Has recibido una caja de indumentaria de oro!
¡Logro desbloqueado! Combate sin armas.
Ya veo. Te vas de parranda a un sitio que se llama «Mazmorra Planetaria» y no se te ocurre coger un arma, ¿no? O eres más valiente de lo que pareces o eres tonto. Buena suerte, Van Damme. La vas a necesitar.
Recompensa: ¡Has recibido una caja de armas de bronce!
¡Logro desbloqueado! Lobo solitario.
Has entrado en la mazmorra sin acompañantes humanos. ¿Nadie te ha enseñado que la unión hace la fuerza?
Recompensa: ¡Ninguna! ¡Ja, ja! Hueles a muerto desde aquí, joder.
Me quedé mirando esas últimas palabras hasta que desaparecieron.
«Hueles a muerto desde aquí, joder».
Dónut había vuelto a agitar las patas frente a ella.
—Menú —dije en voz alta. No pasó nada—. Características. —Tampoco.
¿Cómo carajo se suponía que iba a consultar mi información? Esa cosa me acababa de decir que había «recibido» varias… ¿qué? ¿Cajas de botín? Sí, parecían eso exactamente. Lo que quería decir que tenía que tener alguna suerte de inventario. En ese momento, recordé algo del anuncio inicial, algo sobre encontrar un gremio de tutorial. Alcé la vista al cartel de neón que estaba a unos cien metros de mí, en aquel túnel oscuro. ¿Sería eso?
Empecé a correr por el túnel lo más rápido que me permitían las crocs en dirección al cartel resplandeciente. Pasé junto a Dónut, que seguía sentada en el suelo lamiéndose la pata y frotándosela contra la frente. Un momento después, me dio la impresión de que la gata suspiraba antes de empezar a seguirme.
El cartel de neón rezaba: JREMIO DE TUTORIAL con una flecha que señalaba hacia un callejón estrecho y oscuro. Dejé de correr en ese momento. El ruido de mis pisadas siguió reverberando en aquel túnel largo y vacío. Miré hacia la oscuridad. No se veía absolutamente nada.
Detrás de mí, Dónut maulló con preocupación.
Entré en el callejón.
¡Nuevo logro! Caer en una trampa muy obvia.
Recompensa: Bueno, si hay un cielo y no te has portado muy mal, puede que te dejen entrar. ¡Porque estás a punto de espicharla!
Se encendieron tres luces que me dejaron ciego. Me cubrí los ojos y di un paso atrás. Algo mecánico siseó y me pareció oír cómo se encendía un motor de vapor. También risas, unas agudas y chillonas.
Me di la vuelta y empecé a correr. Las dos crocs rosa salieron despedidas de mis pies cuando llegué al túnel principal, para luego seguir en dirección contraria del lugar donde se encontraban las escaleras. Dónut soltó un alarido y corrió detrás de mí.
La máquina era del tamaño de un tractor y avanzaba sobre unas orugas, como si fuese un tanque. Esa cosa estaba construida con planchas de metal oxidado desiguales, y me dio la impresión de que podía desmontarse en cualquier momento. Una rueda giratoria cubierta de pinchos abarcaba por completo la parte delantera de aquel vehículo mortífero. Sobre el tractor había en pie tres monstruos humanoides de piel verde, que gritaban y señalaban en mi dirección. Cada uno de dichos monstruos parecía medir un metro veinte e iba vestido con harapos de cuero. Uno parecía llevar una cacerola de cocina en la cabeza. Gruñó y gritó mientras se afanaba con los controles del tractor. Un humo negro brotaba de varias tuberías. La rueda empezó a girar aún más rápido cuando la máquina enfiló el pasillo y empezó a acelerar directa hacia mí.
Apareció una ventana emergente.
Buldócer asesino goblin. Artilugio.
Una máquina de vapor de manufactura goblin diseñada para atropellar y masacrar mazmorreros distraídos. Espero que te hayas vacunado contra el tétanos.
Luego aparecieron tres ventanas emergentes más sobre los tres pasajeros. Dos de ellas rezaban:
Goblin. Nivel 2.
Pequeño, verde y listo. Lo que los goblins no tienen de fuertes, lo tienen de perseverantes.
El tercer goblin, el de la cacerola en la cabeza que conducía el vehículo, tenía una descripción diferente.
Ingeniero goblin. Nivel 3.
Ingenieros, los incels de la cultura goblin. Les cuesta mucho conseguir pareja, lo que hace que siempre estén muy enfadados. Si hay mujeres en tu grupo, las atacarán primero.
No tenía tiempo para pensar en esos chistes estúpidos o siquiera en el hecho de que era la primera vez en mi vida que veía un grupo de monstruos de verdad que intentaban matarme. Seguí corriendo por el pasillo hasta que llegué a otro cruce. Podía ir en tres direcciones: hacia delante, hacia la derecha o hacia la izquierda. Por la derecha había otro pasillo levemente iluminado la mitad de ancho que el anterior, pero seguía siendo espacio más que suficiente para que me siguiesen los goblins. El de la izquierda llevaba a un pasillo estrecho y oscuro que era muy pequeño para el buldócer.
La elección obvia hubiese sido continuar por ese pasillo oscuro. Me detuve. Era una elección demasiado obvia y me dio la impresión de que podía tratarse de otra trampa. No podía seguir hacia delante, porque el cruce siguiente estaba demasiado lejos y seguro que la máquina me alcanzaba antes de llegar.
Giré hacia la derecha. Dónut decidió seguirme y hacerme compañía, un comportamiento que no era nada típico de Dónut.
Este pasillo tenía el ancho de una carretera normal y un techo liso que se encontraba a casi cinco metros. Algo parecido a un liquen verde brillaba en los ladrillos de las paredes y del techo, lo que hacía que el túnel reluciese de forma extraña. Detrás de mí, los goblins aullaron mientras se afanaban por girar el buldócer asesino. Esa cosa necesitaba mucho espacio para hacerlo, por lo que iban a tardar al menos un minuto en volver a seguirme.
Vi que tenía delante varios cruces, pero justo antes de la intersección me fijé en una puerta de madera lisa que destacaba en la pared. Había un cartel bastante simple colgado de la pared. Las letras estaban pintadas del mismo rojo oscuro que los ladrillos, así que me costó mucho leerlo. Rezaba: GREMIO DE TUTORIAL. Estaba en ese idioma extraño, como todo lo demás.
Cuando leí el cartel, apareció encima una ventana verde y reluciente que iluminó las letras.
¡Logro desbloqueado! Has descubierto y leído un cartel oficial de la mazmorra.
Guau. Sabes leer. ¡Eso hay que celebrarlo!
Recompensa: La señalización oficial de la mazmorra quedará resaltada y será más fácil de ver. También aparecerán en tu minimapa los gremios cercanos.
¿Un minimapa? Eso no me vendría nada mal. Detrás de mí, el buldócer asesino se había quedado atascado en una esquina, y uno de los dos goblins de nivel 2 gritaba y daba golpes al ingeniero en la cacerola con lo que parecía un palo. El tercero se me había quedado mirando y no dejaba de agitar un puño.
¿Iban a seguirme al interior del gremio? No tenía forma de saberlo. Agarré el pomo de latón de la puerta e intenté abrirla.
Nada. Estaba cerrada.
—Pero ¿qué cojones? —dije. Luego le di un buen golpe—. ¡Hola! ¿Hay alguien ahí?
Los dos goblins de menos nivel parecieron hartarse de esperar a que el buldócer terminase de solucionar sus problemas con la curva y saltaron al exterior para luego empezar a correr hacia mí. No llevaban armadura, pero ambos blandían lo que parecían ser palos de madera con una piña en un extremo. Iban a tardar menos de un minuto en alcanzarme. A mi lado, Dónut empezó a gruñir y a bufar.
Tras la puerta, oí el repiqueteo de las cadenas y el chasquido de unos cerrojos. La puerta crujió para luego entreabrirse un poco. Habían dejado puesta una cadena de seguridad que evitaba que se abriese del todo.
Una criatura parecida a una rata y con barba apareció tras ella. No la distinguía muy bien en la oscuridad, pero era más o menos una cabeza más baja que yo. Más alta que los goblins, eso sí, aunque no mucho.
—Hola. Este es el gremio de tutorial, ¿verdad? Esa cosa me dijo que se suponía que tenía que venir aquí.
El ojo se abrió más para mirarme mejor.
—¿Eres…? ¿Eres un mazmorrero? Espera. —La criatura con forma de rata dio un paso atrás, como para mirarme mejor. Me recordó de inmediato al maestro Splinter, el senséi rata de las Tortugas Ninja—. ¡Sí que lo eres! ¡Por su teta izquierda! ¡Habíamos abierto y ni me había enterado! Seguro que estaba dormido cuando emitieron el anuncio. ¡Ya nadie le cuenta nada al viejo Mordecai! Antes enviaban un boletín informativo. Lo hacían cada pocos ciclos, siempre que se podía, claro. Pero un día dejó de llegar. Recortes de presupuesto, supongo. Siempre están recortando por donde pueden. ¡Creía que íbamos a seguir cerrados dos años más!
—Oye, tienes que dejarme entrar —lo interrumpí. Me giré para encararme con los dos goblins que ya se habían detenido. Uno se colocó a mi izquierda, y el otro se posicionó para bloquearme el camino por el que podía escapar—. ¡Abre la puñetera puerta!
Uno de los goblins dijo algo al hombre rata que estaba dentro del gremio, cuyo nombre parecía ser Mordecai. No entendí el idioma goblin y solo oí gruñidos y chillidos. Mordecai respondió con los mismos sonidos. Ambos rieron.
—Perdón, mazmorrero. Has tardado mucho —dijo Mordecai a través de la puerta con cadena—. No puedo abrirte si hay enemigos cerca. Las normas son las normas.
—¿Que he tardado mucho? —dije. Luego puse pose de pelea. Uno de los goblins me hizo una finta y después intentó golpearme sin suerte con el palo. La piña que había en el extremo se soltó cuando lo agitó con fuerza, cayó al suelo e hizo plaf. El goblin maldijo y le dio una patada. Yo di un paso atrás. Dónut se quedó entre mis piernas, bufando y llenándolo todo de babas.
—¡Al menos dime cómo abrir estas malditas cajas de botín!
Mordecai se quedó un momento en silencio, como si estuviese sopesando si decírmelo o no.
—En la pestaña Premios y Cajas del menú de tu inventario —dijo el hombre rata—. Pero aún no puedes acceder a él, chico.
—¿Y cómo se supone que accedo al menú del inventario?
El segundo goblin, que aún llevaba la piña en el extremo del palo, me intentó dar un golpe y falló por mucho. De cerca, las criaturas tenían un aspecto muy parecido al de las películas y los videojuegos. Bajitas, verdes, prácticamente calvas, con orejas puntiagudas, rostros angulares y dientes afilados. Me quedé muy confuso. Parecía como si los extraterrestres, o lo que quiera que fuesen, conociesen mucho sobre la mitología y el acervo de la Tierra.
A mucha distancia detrás de él, el buldócer asesino se había enderezado y enfilado bien el pasillo. El motor empezó a rugir mientras se dirigía hacia nosotros.
—Pues tienes que completar el tutorial.
El goblin de la piña volvió a atacarme. Esperé hasta que el palo alcanzase el punto más alto y, en ese momento, di un paso al frente. Le di un puñetazo directo en la nariz y luego un gancho con la izquierda en la sien derecha. Cayó al suelo hecho un ovillo. Al golpearlo, apareció una barra sobre su cabeza. Me di cuenta de que se trataba de una barra de salud y que no había aparecido hasta que no había recibido daño. La barra bajó más de la mitad y pasó de ser de color verde a rojo. El goblin había perdido más de la mitad de sus puntos de vida.
Le había dado un buen golpe, pero tampoco es que tuviese mucho mérito. Había sido como darle un puñetazo a un niño de diez años.
El segundo goblin miró a su amigo con la boca abierta y luego se dio la vuelta y empezó a correr hacia el buldócer.
Me dolieron los puños. Llevaba años sin pelearme de verdad. La mayor parte de mi época en la Guardia Costera la había pasado a bordo de una patrullera, como mecánico. Nunca me enfrenté a una situación en la que tuviese que usar la fuerza. Dicho esto, también es verdad que la mayoría de la gente que he conocido y nunca ha estado en la Guardia Costera no tiene ni idea de lo mucho que entrenamos. Se creen que somos unos guardacostas venidos a más, pero lo cierto es que entrenamos mucho el combate cuerpo a cuerpo.
—Pero ¿cómo voy a hacer eso si no abres la puerta? —grité mientras empezaba a darle patadas en las costillas al goblin que seguía en el suelo. Sentí un crujido muy satisfactorio—. ¿No puedes abrir y ya o qué?
—No funciona así, chico —dijo Mordecai—. No podemos dejar que los mazmorreros sin entrenar campen a sus anchas por la mazmorra. Además, las cajas de botín solo pueden abrirse en una estancia segura y, a menos que seas un completo imbécil, es muy probable que te hayas dado cuenta de que el sitio en el que estas de seguro tiene poco.
La barra de salud del goblin había bajado más aún, pero no estaba muerto. Muy en el fondo, me horrorizaba que se me estuviese pasando por la cabeza matar a esa cosa. Era muy fácil hacerle daño, aunque tuviese un arma. Pero levantar la vista y ver al buldócer, que había parado para recoger al segundo goblin, me libró de todo arrepentimiento. Coloqué las manos a ambos lados de la cabeza del goblin inconsciente y la golpeé con todas mis fuerzas contra el suelo. Seguí golpeándola una y otra vez, hasta que la barra de salud terminó por vaciarse.
—¡Eh, eh! —gritó Mordecai—. ¡Eh! ¡Para!
—Pero ¿tú de parte de quién estás? —pregunté al tiempo que giraba la cabeza hacia el hombre rata. En ese momento, me di cuenta de que no hablaba conmigo.
—¡No puedes entrar aquí! —siguió diciendo. Se había dado la vuelta hacia el interior.
Dónut. Estaba hablando con la puñetera gata, quien había llegado a la conclusión de que estaba harta de aquel pasillo para luego entrar en el gremio por la puerta entreabierta.
Vi varios bloques de texto que anunciaban LOGRO DESBLOQUEADO, junto a varias notificaciones más, pero en lugar de reproducirse de manera automática como antes, aparecieron como pequeños mensajes en la parte superior izquierda de mi pantalla. Sentí que podía hacer clic mental en ellos, pero no era el momento. La IA, o lo que quiera que estuviese gestionando aquel circo en el que me había metido, parecía saber de alguna manera que no era un momento oportuno para cubrir la mitad de mi visión con las tonterías de aquel juego. Había un peligro muy real que se abalanzaba sobre mí.
—¡Abre la puta puerta! —grité.
—Chico, ¡llama a tu criatura! —dijo Mordecai, que se giró hacia mí con un insólito atisbo de pánico en su voz de rata—. Voy a tener problemas si descubren que he dejado entrar a un mazmorrero. ¡Las reglas no lo permiten!
La puerta se cerró de golpe, quitó la última de las cadenas y luego la abrió del todo. Corrí hacia el interior mientras el buldócer asesino se acercaba a toda velocidad hacia el cadáver ensangrentado de su amigo. Se oyó el chirrido de los frenos, pero el vehículo continuó avanzando por pura inercia, atropelló el cuerpo y puso las paredes del pasillo perdidas de sangre. Los dos goblins se giraron y me miraron a los ojos, momento que aproveché para hacerles un gesto obsceno con el dedo. Gritaron de pura rabia cuando les cerré la puerta en las narices.

Justo cuando se cerró la puerta, apareció una notificación:
Sede del Gremio de tutorial.
Estás en una estancia segura.
Aviso: el temporizador del piso de la mazmorra sigue activo.
—No tendría que haberte dejado entrar —dijo Mordecai mientras agitaba sus puños peludos. Examiné al hombre rata. Llevaba un chaleco negro y unos pantalones azules. También unas sandalias desgastadas en los pies. Apareció una ventana de información.
Mordecai. Camorrista Rata. Nivel 50.
Maestro gremial de esta sede.
Se trata de un PNJ no combatiente.
Los camorristas son los más listos, más rápidos y más feos entre los hombres rata. Los camorristas rata no están tan musculados como los salvajes rata ni van de «Voy a meterte una bola de fuego por el culo» como los chamanes rata, pero cuentan con las mejores cualidades de ambos. Tienen fuerza física y una capacidad para la magia bastante decente.
Cerré la ventana. Al otro lado de la puerta seguía oyendo el chirrido de la maquinaria goblin.
Hice clic mental en la primera de las ventanas de información que habían empezado a cubrir mi visión.
Error. No puedes acceder hasta que no hayas completado el tutorial.
Todas las ventanas desaparecieron y se guardaron en el icono de una carpeta que empezó a parpadear.
Me encontraba en una habitación amplia del tamaño de un aula. En uno de los extremos había una chimenea y una cama. Varias estanterías adornaban las paredes en la parte izquierda del lugar, llenas de objetos cualesquiera y unas cuantas fotografías enmarcadas de criaturas similares a aves. La otra mitad de la estancia solo contenía una alfombra gris y desgastada de forma ovalada y un escritorio vacío. Varias sillas como de escuela yacían desperdigadas alrededor. Me giré hacia la puerta.
—¿Esa es la única salida que hay? —pregunté.
—¿Qué? —dijo Mordecai. La rata no me estaba prestando atención a mí, sino a la gata.
—Oye, Morty —insistí—. Te he preguntado que si esa es la única salida.
—Me llamo Mordecai, chico. Y sí, sí. Es la única salida.
—¿Y esos cabrones verdes van a seguir esperándome ahí fuera cuando salga?
Dónut saltó a una estantería alta y tiró un jarrón al suelo. Estaba lleno de ceniza.
—¡Mamá! —gritó Mordecai, que corrió hacia la estantería para ahuyentar a la gata. Extendió los brazos hacia ella, pero estaba a demasiada altura—. Maldito cuerpo. —Volvió a girarse hacia mí—. ¿Podrías coger a esa cosa? ¿Podrías sacarla de aquí? —Mordecai estornudó—. Creo que soy alérgico.
No creí que hubiese estornudado por la gata, sino por la nube de polvo gris que se había levantado alrededor de la ceniza derramada.
—Pero ¿es que no me oyes o qué? —dije.
«Cuidado —pensé al momento—. No parece muy robusto, pero tiene nivel 50. Eso seguro que quiere decir que es un desgraciado muy fuerte».
—¿Podrías ayudarme? Dime, ¿van a esperarme ahí fuera o no?
—Sí. No. Seguramente. Bueno, es complicado. Puede que uno de ellos se quede a esperar. Pero estoy seguro de que otro irá a buscar a su clan y llamará a los demás. Le has aplastado la cabeza a ese pobre goblin. Dales una hora y tendrás ahí fuera al resto de la familia.
En el otro extremo de la habitación, Dónut descubrió la chimenea, que crepitaba alegremente. La gata se sentó frente a ella, levantó una pata y empezó a lamérsela.
Joder.
—Vale —dije—. No te atrevas a cerrar la puerta, ¿eh?
Agarré el pomo y volví a salir.
—Estás poniéndolo todo perdido con las cenizas de mi madre… —oí decir a la rata justo antes de cerrar de un portazo.
El tractor goblin se encontraba a unos diez metros de la puerta y había empezado a girar para volver por donde había venido. El ingeniero había estampado el vehículo contra la pared. La rueda giratoria no dejaba de soltar chispas mientras los pinchos rayaban la piedra. El goblin muerto seguía aplastado en el suelo. El cadáver parecía una pizza de salchicha y pimiento verde tamaño familiar a la que le hubiesen pasado por encima varias veces.
Los goblins restantes me estaban dando la espalda, así que corrí en dirección al vehículo.
El buldócer asesino tenía una pequeña escalerilla cerca de la parte trasera. Parecía estar hecha de huesos atados con cuerdas. Uno de los goblins podía darse la vuelta en cualquier momento. Tenía que ir a por ellos ya. Si uno se escapaba y avisaba al resto de los integrantes de su «clan», o lo que fuese, podía darme por muerto. Necesitaba el gremio de tutorial, por lo que solo me quedaba una elección.
Los huesos aserrados de la escalerilla se me clavaron en los pies descalzos cuando empecé a subir. Ahogué un grito y luego salté a la parte superior de ese artilugio metálico y chirriante.
El buldócer asesino hacía tanto ruido que las criaturas no se percataron de mi presencia. La parte superior de la máquina no era más que un agujero forrado en piel con unos bancos que iban de lado a lado. A pesar de la piel, el suelo bajo mis pies estaba caliente, ardiendo prácticamente. Olía a alquitrán quemado y a almizcle animal. La máquina podía albergar unos quince goblins sin incluir al conductor, que iba sentado en la parte delantera. Varias palancas, espitas e interruptores que no dejaban de vibrar brotaban del suelo en la zona de la cabina. Todos los controles estaban temblando y rebotaban de un lado a otro. El goblin de la cacerola estaba en el asiento, gritando y gruñendo algo mientras retorcía, giraba y tiraba de todo lo que tenía alrededor. El humo había empezado a acumularse, y el vapor silbaba al salir de todo tipo de cañerías. La máquina entera vibraba como una caldera a punto de estallar.
El techo liso de roca de aquel túnel era mucho más bajo que el del pasillo principal donde se encontraban las escaleras. Cuando me ponía de pie, podía extender el brazo y llegaba a tocarlo. Con la punta de los dedos. Aún no había dejado de sorprenderme que hubiese un mundo entero formado por este tipo de pasillos y caminos.
Me abalancé hacia delante y agarré al goblin normal, que aún no había soltado ese palo con una piña en el extremo. La criatura no pesaba prácticamente nada, lo que me sorprendió. Lo alcé por los aires mientras no dejaba de gruñir a causa de la sorpresa. Intentó golpearme con el arma sin éxito. Luego, con todas mis fuerzas, lo lancé hacia delante y salió despedido del asiento de pasajeros del buldócer.
Entre gritos, el monstruo voló directamente por encima de la cabeza del ingeniero, que empezó a reaccionar justo en ese momento. El goblin volador chocó contra la pared del túnel, rebotó y aterrizó justo delante de las cuchillas giratorias. Un chorro rojo nos cubrió de arriba abajo.
El último de los goblin gruñó y, en un movimiento muy rápido, sacó una hoja pequeña y curvada de la funda que tenía en la cadera. Se bajó de la silla y corrió hacia mí.
«Mierda».
El monstruo se movía mucho más rápido de lo que esperaba y me sorprendió. Recordé que pertenecía a una clase diferente a la de los dos anteriores, y también que tenía un nivel más. Dos niveles más que yo.
Aquello había sido una idea pésima. ¿Cómo era lo que Bea decía siempre? ¿«Te lanzas de cabeza sin pensar bien las cosas»?
Le di una patada a la criatura con uno de los pies descalzos. Nadie controlaba el tractor, por lo que la máquina siguió chirriando y destrozando la pared de la mazmorra. Las vibraciones empeoraban poco a poco, y el vehículo no tardó en ponerse a brincar como una lavadora llena de rocas.
El goblin me gritó algo en ese idioma gutural suyo.
—¡Ahora estás en mi mundo! —le respondí—. Tienes que hablar mi idioma, mierdecilla verde.
Me sorprendí al comprobar que la criatura sonreía. Sabía que me había entendido. El pequeño monstruo empezó a cambiarse de manos el arma blanca.
—Tú no estás hablando tu idioma —dijo—. Estás hablando estándar del Sindicato, esclavo idiota. Lo han programado en tu cerebro. ¿De verdad crees que sobrevivirás a…?
El goblin nunca terminó la frase. Mientras estaba distraído con su soliloquio, me abalancé hacia delante, le quité la cacerola que llevaba en la cabeza y le di un fuerte golpe con ella. Unos pequeños dientes afilados salieron despedidos de su boca. El goblin se tambaleó. Volví a golpearlo y cayó por un lado del tractor. La barra de salud había aparecido sobre su cabeza tras el primer golpe, pero aún seguía verde. Cayó al suelo entre gemidos, y el arma salió volando lejos de él.
Miré por el borde. El goblin estaba tumbado bocarriba, y el tractor seguía agitándose, girando poco a poco en la dirección opuesta. Aún le quedaban tres cuartas partes de la barra de salud, pero el golpe lo había dejado sin aliento.
Empezó a incorporarse, momento en el que le lancé la cacerola. Me sorprendí muchísimo al comprobar que acababa de acertarle en plena frente. Gritó y levantó las manos para cubrirse la nueva herida.
Calculé la distancia. No había mucha altura. Entre dos metros y dos metros y medio, más o menos. Era algo que había hecho muchas veces de niño.
«A la mierda». Salté del buldócer en movimiento y apunté con los pies hacia el pecho y el estómago del goblin, que aún no había terminado de recuperarse.
No estoy seguro de si lo he mencionado antes, pero es información muy importante. Mido un metro noventa, peso poco más de cien kilos y, aunque no estoy en tan buena forma como cuando estaba en servicio activo, lleno años yendo al gimnasio tres veces por semana para ganar masa muscular. Siempre he tenido uno de esos cuerpos que conservan los músculos de manera natural. Mi padre era defensa en un equipo de fútbol americano. Si es que hasta mi madre medía casi un metro ochenta. Y su padre había jugado de centro en el Oregon State antes de empezar a trabajar como guardia de seguridad en una prisión.
Lo que quiero decir es que soy un tipo grande, que soy corpulento. Saltar sobre la criatura desde esa altura fue como si alguien hubiese aplastado con una almádena un dónut relleno. La criaturilla no pudo hacer nada. Le salió una sustancia viscosa por todos los orificios del cuerpo.
El buldócer asesino empezó a chirriar aún más fuerte. Bajé la vista a lo que acababa de hacer y, de repente, me dieron ganas de vomitar. Aparecieron más notificaciones en la pantalla, y luego se abrió una ventana emergente en mi visión periférica. Me giré para mirarla.
Buldócer asesino goblin. Explosión de la caldera inminente.
Apareció una cuenta atrás debajo del texto. Doce segundos y bajando.
«Me cago en la puta. Va a explotar».
Me di la vuelta en dirección a la habitación, que se encontraba a unos treinta metros por el pasillo. ¿Estaba demasiado cerca? Tampoco es que tuviese tiempo para pensar. Corrí hacia allí sin dejar de resbalarme en las baldosas del suelo. Abrí la puerta sin pensar, salté al interior, la cerré con brusquedad y me preparé para la explosión.
¡Pum! Todo empezó a temblar. La puerta se agitó, y caí al suelo de la sede gremial. Empezaron a pitarme los oídos. Por suerte, la puerta aguantó el tipo y yo no parecía estar herido. Dónut se encontraba en un rincón de la estancia, engrifada y bufando.
—Pero ¿qué demonios acabas de hacer, chico? —preguntó Mordecai sin dejar de mirarme—. Esta puerta es capaz de resistir el ataque cinético de un destructor estelar. Nunca la había visto moverse tanto.
—Bueno… —dije al tiempo que me incorporaba. No había dejado de oír el pitido—. Ese buldócer goblin se quedó atascado contra la pared y luego explotó.
Mordecai asintió despacio.
—Claro, ha explotado la caldera. Seguro que el chamán local le había lanzado un conjuro por si llegaba a explotar en algún momento. Es muy probable que dicha energía fuese dirigida hacia la criatura más cercana que no fuese goblin. Has tenido mucha suerte de estar detrás de esta puerta. Una explosión dirigida como esa, aunque sea pequeña, es más potente de lo que crees.
Cuando Dónut llegó a la conclusión de que todo había vuelto a la normalidad, salió del rincón y volvió a colocarse frente a la chimenea. El pelaje, que solía tener engrifado de por sí, ahora lo estaba mucho más, y no dejaba de menear la cola de un lado a otro. Algo me decía que estaba enfadada.
—Tu criatura ha cagado sobre las cenizas de mi madre —dijo Mordecai mientras negaba con la cabeza—. No merece la pena. Nada de esto merece la pena.
—Bueno, señor Gremio de tutorial —dije al tiempo que me apoyaba en la pared. Me dolían mucho los pies, y el corazón aún me latía desbocado en el pecho. Estaba lleno de sangre de goblin y sentía como si tuviese carne cruda de hamburguesa entre los dedos de los pies. Me estremecí. «Necesito unos zapatos. Unos zapatos y unos pantalones»—. ¿Qué cojones está pasando aquí? ¿Qué es la mazmorra esta? ¿Todo el mundo está muerto? ¿Qué se supone que tengo que hacer?
Tenía un millón de preguntas más. Sabía que era muy probable que esa criatura pudiese partirme por la mitad sin esfuerzo, pero me dieron unas ganas irrefrenables de agarrar al hombre rata por su estúpido chaleco y empezar a zarandearlo hasta que las respondiese todas—. Y otra cosa, ¿quién coño eres? ¿Por qué estás aquí? ¿Qué es lo que está…?
Mordecai alzó las manos.
—Vale, vale, tranquilo, chico. Sé que estás confundido. He estado en tu lugar. Tendrás respuestas. Para eso estoy aquí. Pero, antes de empezar, tengo que explicaros algo a los dos. —La rata miró a la gata, que le devolvió la mirada—. Me llamo Mordecai y soy lo que podría denominarse un PNJ no combatiente. Soy como tú. Soy una persona cuyo mundo quedó destruido, algo que ocurrió hace muchísimos soles. También fui mazmorrero, como tú. Llegué hasta el undécimo piso y supe que jamás iba a lograr seguir descendiendo. Cuando llegas al décimo, se te dan varias opciones para salir de la mazmorra. Cuanto más desciendes, mejores son dichas opciones. —Se acercó a la estantería donde se encontraba el jarrón volcado y cogió la foto enmarcada de una de las criaturas con forma de ave. Me la entregó. Se me antojó una foto del todo normal, pero el material del que estaba hecha era muy peculiar, y la foto en sí estaba recortada de forma extraña, ovalada y con las puntas recortadas.
—Ese era mi verdadero aspecto. Es una foto de mi hermano. Nací aveceleste, pero me convertí en Cambiado cuando llegué al tercer piso. Cambio de forma siempre que la sede gremial se mueve de sitio.
Mordecai continuó:
—Cuando se abre una nueva mazmorra, empiezo a trabajar en un gremio como este. Más tarde, cuando el tercer piso queda destruido, esta estancia se transporta a uno mucho más profundo y vuelvo a cambiar de forma. Me paso la mayor parte del tiempo gestionando un gremio mágico, que es un lugar donde conseguir conjuros y entrenar si has elegido una clase con poderes mágicos. A lo largo de los años, son muy pocas las personas que han llegado tan lejos. La mayoría de los mazmorreros no pasan del décimo piso.
—Vale. Entonces…, ¿un Cambiado es como un cambiaformas? —Examiné la fotografía. No sabía si era una foto, un cuadro o algo diferente. Los ojos de la imagen parecían taladrarme con la mirada. Eran los de una criatura dorada con forma de águila. Tenía unas alas angelicales replegadas a la espalda.
—Sí —respondió Mordecai. Luego suspiró—. Recrearon mi casa, incluyendo todas mis posesiones, cuando decidí convertirme en maestro gremial. Solo había tenido unos momentos para coger lo que quisiese antes de que lo hiciesen desaparecer todo. Ahora, cada vez que vamos a un nuevo planeta, me cambian de forma. Es una diferente en cada caso, pero siempre la de un enemigo del piso de la mazmorra en el que me encuentre. No sé por qué.
—No me creo nada —dije—. Entonces ¿sois extraterrestres? ¿Todos sois de un planeta diferente? Si ese es el caso, ¿cómo es que este juego, o lo que quiera que sea, sabe nuestro idioma? ¡Algunas de las últimas notificaciones que he recibido tenían referencias a Jean-Claude van Damme, incels y esteroides!
Mordecai asintió.
—Te estás precipitando. Cada mazmorra está creada específicamente para el planeta en el que se encuentra. Y se pasan mucho tiempo…, mucho…, asegurándose de que los habitantes entenderán el juego y las notificaciones. Siempre intentan conseguir la mayor autenticidad posible. Se supone que no tendría que contarte nada de eso, pero me imagino que si vas a ir dando tumbos por ahí tendrás que saber lo que está pasando, al menos.
—Sigo sin saber lo que está pasando —dije, cada vez más frustrado.
Mordecai negó con la cabeza.
—Todos los humanos sois iguales. Este es el séptimo o el octavo planeta sembrado con humanos y siempre ha pasado lo mismo. Siempre queréis una razón. ¿Por qué no podéis limitaros a aceptar vuestras circunstancias y seguir con vuestras vidas? Mi pueblo, los avecelestes, casi siempre duramos más que vosotros. ¿Sabes por qué? Porque fluimos.
Me quedé un rato en silencio. Tenía muchas cosas que procesar.
—¿Planeta sembrado con humanos? ¿Eso significa que ese palurdo conspiranoico de pelo raro que salía en la tele estaba en lo cierto? ¿El que decía que los humanos no eran únicos, que no eran más que un cultivo que alguien había dejado crecer sin supervisión hasta… hasta que pasase algo así?
Mordecai vio mi gesto de desconcierto y suspiró.
—Vale, vale. Te contaré la versión rápida —dijo. Acercó una silla y se sentó. Señaló otra que había en el centro de la alfombra redonda—. Será mejor que te pongas cómodo.

—El Sindicato usa seis especies de inicio básicas para sembrar planetas. Los humanos son una de ellas. Encuentran un planeta compatible, espolvorean a los humanos sobre él, esperan un par de miles de años y luego hacen su aparición en el mayor asentamiento de dicho planeta. Normalmente, lo hacen tan pronto como la civilización empieza a establecerse, pero mucho antes de cualquier tipo de revolución industrial. Mientras haya un gobierno funcional, se considera como un «primer contacto». En términos legales, quiero decir, lo que les permite esperar otro par de miles de años más, volver y dejar seco el planeta.
—¿Cómo? —pregunté—. ¡Todo ocurrió en menos de un segundo!
Mordecai se encogió de hombros.
—Es una tecnología que escapa a nuestra comprensión, tanto que parece magia. En lo que a ti respecta, y ahora que estás en este lugar, considérala eso mismo: magia. Es como esa película vuestra, El mago de Oz, pero imagina que nunca llegas a saber lo que hay detrás de la cortina.
—¿Has visto El mago de Oz?
—Los maestros gremiales nos preparamos durante años para cada una de las mazmorras planetarias, chico. De hecho llevo preparándome para esta más tiempo del que tú has estado vivo. Creo que el equipo de avanzadilla llegó a tu planeta en la década de 1930, cuando salió el libro ese… El hobbit. Yo me marché del sistema anterior y entré en fase de preparación en vuestro año 1964. Conozco este planeta y vuestras costumbres tan bien como tú. En una ocasión, hasta me transformé en humano y me di una vuelta. Fui a un videoclub Blockbuster y robé varias cintas de James Bond. Me alegré mucho cuando empezasteis a digitalizarlo todo.
—¿Durante cuánto tiempo has sido maestro gremial?
Mordecai negó con la cabeza.
—Te aseguro que no quieres saberlo. Bueno, como iba diciendo, tu planeta no llegó a reclamar su soberanía sobre la Tierra. Teníais cincuenta de vuestros años desde que tuvo lugar el primer contacto, y el primer contacto fue hace varios miles de años, cuando se construyeron esas cosas que se llaman pirámides. La Corporación Borant va muy retrasada con la larga lista de planetas que tiene por explotar, pero os ha llegado la hora.
No estaba entendiendo nada.
—Entonces…, ¿nos van a quitar todos los minerales?
Mordecai asintió.
—Podría decirse que sí. Borant se dedica a comerciar con elementos raros y ese tipo de cosas. En realidad, lo que extraen del planeta termina por caber en un único transporte. Pero lo cierto es que desconozco esa parte del proceso. Los elementos en sí no tienen importancia. El universo es muy grande y hay muchos planetas que explotar. Esa no es la verdadera razón por la que están aquí. Aunque Borant se aprovecha económicamente del proceso de explotación, lo que da más beneficios es el juego. La mazmorra.
—¿Por qué?
—¿Estás de broma? El Sindicato está formado por más de tres mil millones de sistemas planetarios independientes. Cada temporada marca el inicio de un nuevo Planeta mazmorrero en la red. Trillones de ciudadanos del Sindicato se obsesionan con el mazmorreo.
—Un momento… Entonces ¿esto es como un programa de televisión? ¿Cómo Supervivientes?
—Oh, me encantaba ese programa. Y, en lo que a ti respecta, sí, podrías considerarlo algo parecido a Supervivientes. Pero yo diría que lo que ocurre en él lo acerca más a Perseguido que a Supervivientes.
Me recliné en el asiento.
«Estoy en un programa de televisión alienígena. La puta de su madre».
Bea siempre había querido salir en televisión. Intentó que la cogieran en todo tipo de reality shows. ¿Yo? La verdad es que yo preferiría que me atravesasen un ojo con un espetón al rojo. Me pregunté por unos instantes dónde estaría y si seguiría viva. «Es muy probable que no», me dije. En las Bahamas eran algo más de las cinco de la mañana cuando había ocurrido el derrumbe, lo que significaba que seguramente estaba dormida en el hotel. En la cama con ese imbécil, lo más probable. Y si había ocurrido un milagro y había conseguido sobrevivir, tenía claro que no se hubiese metido en esos túneles.
—Entonces ¿hay personas viéndonos en estos momentos? —pregunté mientras echaba un vistazo alrededor.
Mordecai juntó las manos.
—Dame un momento y te lo explicaré. No parece que vaya a venir nadie más, por lo que podemos empezar con el tutorial.
La mano derecha del hombre rata brilló durante unos instantes, y sentí ese cosquilleo háptico en el cerebro. Al otro lado de la estancia, Dónut bufó y empezó a agitar las patas.
Ya puedes acceder al menú Mazmorrero.
El mundo titiló a mi alrededor y aparecieron varios objetos en mi campo de visión. Una barra verde y alargada, que supuse que era la barra de salud, hizo acto de presencia en la parte superior derecha, lo que obligó al contador de tiempo a bajar un poco para dejarle espacio. La carpeta titilante seguía en la parte superior izquierda. También apareció un pequeño minimapa en la parte inferior derecha.
—Acabas de recibir una notificación —dijo Mordecai—. Esa se llama «notificación de mazmorrero». Las hay de varios tipos, pero esas son las que solo podrás ver tú. También hay mensajes del sistema, que puede ver todo el mundo independientemente del piso de la mazmorra en el que se encuentre. Esos pueden tener voces de narrador diferentes. También hay notificaciones específicas de piso, etcétera.
—Antes me apareció una carpeta parpadeante en la parte superior izquierda —dije.
—Esas son notificaciones de juego y de estado. Es probable que sean de tu enfrentamiento de hace un rato ahí fuera —explicó Mordecai—. No hagas clic en ella aún. Te lo explicaré luego. Ahora, quiero que te fijes en el mapa de la parte inferior derecha. Míralo directamente y asegúrate de que solo piensas en que lo estás mirando.
Hice lo que me decía, y el mapa creció hasta cubrir por completo mi visión. Era un mapa simple de color azul y gris que mostraba los pasillos y alguna que otra puerta que parecía haber en ellos. La mayor parte de la zona que nos rodeaba no estaba descubierta. Solo mostraba la parte por la que habíamos pasado y unos veinte metros alrededor de ella en todas direcciones. En el centro del mapa había un punto verde, justo en el gremio. También había dos puntos más, uno azul y uno blanco. Me concentré en el azul y apareció un mensaje sobre él:
Princesa Dónut, mazmorrera.
El blanco rezaba:
Mordecai, maestro gremial.
La habitación al completo brillaba de tono amarillo y, cuando me centré en ella, vi un mensaje que decía:
Gremio de tutorial.
Había tres equis en el pasillo exterior. Hice clic mental en una.
Cadáver. Goblin de nivel 2.
Dejé de centrarme en el mapa, y este volvió a su tamaño normal.
—Bien, bien —dijo Mordecai—. Vale. Pues tú eres el punto verde, los azules son otros mazmorreros y los blancos son PNJ como yo. Los enemigos serán rojos. Hay algunos tipos más, pero ya los irás aprendiendo sobre la marcha. Por cierto, el resto de los mazmorreros y los enemigos no pueden ver tus menús, pero mientras estés dentro de este gremio, yo sí que puedo ver lo que aparezca en tu pantalla. Se te da muy bien abrir y cerrar a estas alturas, lo cual es muy positivo. Ahora, vuelve a concentrarte en el mapa. Pellízcalo con la mente para hacerlo más pequeño, y luego muévelo por la pantalla. Así podrás personalizar tu interfaz.
Nos pasamos así un buen rato, explicándome cómo abrir y cerrar menús en la pantalla. Solo con mi mente, podía hacer que se abriese todo un sistema de menús que me daba acceso a varias carpetas. Una vez me acostumbré a lo raro que me resultaba hacerlo simplemente pensando en ello, lo cierto es que resultaba un sistema muy intuitivo.
El primer menú era el de las características de jugador. Como he mencionado antes, he pasado muchos años jugando a muchos juegos de rol, tanto videojuegos como de lápiz y papel, por lo que esa sección no me resultó muy sorprendente. Mis características eran las siguientes:
Fuerza: 6
Inteligencia: 3
Constitución: 5
Destreza: 5
Carisma: 4
Según Mordecai, no podía ajustarlas directamente por el momento. Recibiría tres puntos de característica cada vez que subiese de nivel, pero no podría distribuirlos hasta que no eligiese una especie y una clase. Y no podría hacer eso hasta que llegase al tercer piso de la mazmorra. Por ahora, los números aumentarían o se reducirían automáticamente en función de mis atributos físicos y mentales en la vida real. También añadió que un adulto humano normal solía tener entre tres y cinco puntos en esas primeras características, por lo que tener 6 de Fuerza era algo muy bueno.
También había objetos y pociones que cambiaban dichos números temporal o permanentemente, pero por ahora no iban a servirme para mucho más.
—¿Por qué tenemos que esperar hasta llegar al tercer piso antes de elegir una clase? —pregunté.
Él se encogió de hombros.
—Montar todo esto consume muchos recursos. Creo que dan por hecho que si llegas al tercer piso merece la pena invertir dichos recursos en el cambio físico. La clase es fácil, pero cambiar la especie requiere algo de trabajo. Cambiarás a nivel celular. Es mucho esfuerzo para dedicar en alguien que va a acabar entre las fauces de una planta atrapamoscas en el primer piso.
No había pensado en ello hasta ese momento. «Puedo transformarme en un tipo de criatura diferente». Si esto fuese un videojuego, lo haría sin pensar. Nunca escogía humanos en ninguno si podía evitarlo. Pero cambiar mi cuerpo de forma permanente era algo muy distinto. Pensarlo siquiera me daba náuseas. Era algo que iba a tener que plantearme muy bien cuando llegase el momento.
Me molestó un poco ver que tenía 3 puntos de Inteligencia. Sí, nunca se me habían dado muy bien las matemáticas, pero tampoco es que me considerase un tarugo. Podía arreglar casi cualquier circuito eléctrico después de analizarlo bien. Mi amigo Billy Maloney, por ejemplo, sí que era un tarugo. La semana pasada había meado en la moto de un policía justo después de que saliésemos de un bar, mientras dicho policía multaba a un borracho por escándalo público. Ese tipo sí que merecía tener 3 en Inteligencia. O puede que 2.
«Billy está muerto. —Seguía en prisión. Habían conseguido una orden judicial contra él por no haber prestado declaración—. Está muerto como el resto de los habitantes del planeta».
Dejé de pensar en ello.
Me quejé a Mordecai por mi puntuación en Inteligencia usando el ejemplo de Billy. El hombre rata me dijo:
—La Inteligencia es lo que te permitió distinguir que era la moto de un policía. La Sabiduría es lo que hace que no le mees encima. Todos tenemos una puntuación de Sabiduría también, aunque no aparece en esa lista. Antes sí, pero descubrieron que cambiar la Sabiduría de una persona alteraba en gran medida su personalidad, por lo que dejó de poder ajustarse. No sé cuánto tendrá Billy de Inteligencia, pero te garantizo que no tiene 5 en Sabiduría. Tener 3 en Inteligencia no supondrá un problema, a menos que quieras elegir una clase que use magia. Te aconsejaría que te centrases en una que use Fuerza.
El comentario me tranquilizó, y Mordecai continuó con la explicación del menú siguiente.
—Esta pantalla de ahora es el menú más importante que verás en todo el juego. Tu vida depende de estos números.
Se llamaba Audiencias. Hice clic y la lista me cogió desprevenido.
AUDIENCIA
Visualizaciones: 0
Seguidores: 0
Favoritos: 0
Mecenas: 0
Al parecer, los espectadores no podían ver el primer piso de la mazmorra, por lo que los números no iban a cambiar hasta que no bajase al segundo piso.
Por el momento, los espectadores no tenían acceso a nada de lo que estaba pasando. No obstante, los Borant publicarían un vídeo con los mejores momentos más o menos dentro de un día. Si conseguía tener unos pocos segundos de visibilidad en el «estreno» del programa o en cualquiera de los episodios, sería como ganar la lotería. Los mazmorreros con cuota de pantalla en este especial siempre conseguían miles de millones de visualizaciones y millones de seguidores desde un primer momento.
Teniendo en cuenta todos los habitantes que había en el planeta, dudaba que yo fuese a ser uno de los afortunados, por lo que si quería sobrevivir, necesitaba tener lo que Mordecai había llamado «un morro que te lo pisas» o un «Je ne sais quoi».
—Tienes que destacar. No puedes limitarte a acabar con un empalador ácido rastrero y marcharte sin más. Tienes que matarlo con estilo, con emoción. Quizá también estaría bien que tuvieses una frase pegadiza. Durante mi mazmorreo, conseguí treinta millones de seguidores y cuatro mecenas. Por eso conseguí sobrevivir.
—Perdón… ¿un rastrero qué?
—Un empalador ácido rastrero. El segundo piso estará lleno de ellos. Se arrastran sobre cuatro patas, son verdes y peludos. Escupen dardos de ácido que te derriten la piel. Son unas criaturas horribles.
—Me cago en Dios —dije. No había dejado de pensar que todo era un sueño.
—Oye, chico. Presta atención —espetó Mordecai—. Los monstruos no son importantes. Bueno, sí que lo son, pero esta parte lo es mucho más.
—Vale, vale —dije mientras hacía un gesto de desdén con la mano—. Continúa.
Siguió explicándome cómo funcionaban las audiencias. Cuando llegase al segundo piso de la mazmorra, los espectadores de todo el universo podrían conectarse al mazmorrero que quisiesen. Borant seguiría retransmitiendo los mejores momentos, por lo que cuanto más tiempo sobreviviese, más posibilidades tendría de aparecer en ellos. Siempre que alguien se conectase a mí durante más de ocho segundos, más o menos, contaría como una visualización. Era una estadística que no servía para nada en realidad, pero valía para tener una idea de lo «interesante» que eras.
—Puede que no te guste —continuó Mordecai—, pero presta atención a lo que te voy a decir. Conseguir mecenas será crucial para tu supervivencia. En la mazmorra encontrarás muchos objetos que te ayudarán a sobrevivir, pero los mejores son los que conseguirás gracias a tus benefactores: los patrocinadores. Las visualizaciones te darán seguidores. Un seguidor es una persona que ha guardado en favoritos tu número de identificación de mazmorrero, lo que le permite echar un vistazo a cómo te va siempre que quiera. Tener seguidores te ayudará a conseguir «favoritos». Que alguien te añada como favorito, es algo muy positivo. Significa que los espectadores recibirán notificaciones en directo sobre tus características y tu condición. También cuando entres en una pelea. Si alguien te ha añadido como favorito, es que de verdad está interesado en saber cómo te va. Los espectadores tienen un número limitado de mazmorreros que pueden añadir a esta categoría, así que considéralo un honor.
»Pero lo más importante son los patrocinadores —continuó Mordecai—. Tener muchos favoritos te llevará a tener algún patrocinador. Normalmente, son organizaciones y no individuos. Buscan mazmorreros a los que han añadido muchas veces a favoritos para patrocinarlos. Es publicidad, básicamente. Te patrocinarán comprándote cajas. Hay muchos tipos de cajas, y cada una de ellas tiene seis niveles de calidad. Bronce, plata, oro, platino, legendaria y celestial.
—Sí —dije con frialdad—. Aún no me has dejado abrirlas. ¿Puedo hacerlo ahora?
—Espera, chico —dijo Mordecai—. Todo a su tiempo. Ya queda poco para llegar a esa parte. —Continuó—: La mayoría de los patrocinadores solo pueden permitirse, o querrán enviarte, cajas de plata o de oro. Las de bronce son muy cutres en general, pero las demás casi siempre tendrán algo útil. Algunos de los patrocinadores más ricos quizá te envíen cajas de platino en algún momento, aunque el precio tiene que ser astronómico. Dicho esto, son los únicos que pueden enviarte las llamadas cajas de benefactor. Son las que tienen los objetos menos habituales. Es por eso por lo que hasta una caja de benefactor de bronce será mejor que una caja de aventurero de oro normal. Una caja de benefactor puede contener objetos del planeta natal del mecenas. Nunca encontrarás un fusil de pulsos o una servoarmadura automática en ninguna de las cajas de tu Mazmorra Planetaria, pero podrías conseguir ese tipo de objetos gracias a un mecenas. ¿Entiendes?
—La verdad es que nada de esto tiene sentido —dije—. Pero sí, entiendo lo que dices. Estoy en un concurso intergaláctico y tengo que dármelas de fantasma detestable para llamar la atención de la gente. Y, cuando consiga dicha atención, puede que me regalen una caja de botín con papel higiénico. Un buen resumen, ¿no?
Mordecai aplaudió con sus manos de rata.
—¡Sí! Pero el papel higiénico es gratis. Encontrarás baños por todo el mapa. Es el único lugar donde no funcionan las cámaras de los espectadores.
—¿Lo dices en serio?
Mordecai asintió.
—Claro que lo digo en serio. La última mazmorra gestionada por los Borant no tenía baños, y los mazmorreros empezaron a mear y a cagar por todas partes. Siempre perdían espectadores cuando se ponían a plantar un pino en mitad de un pasillo. Qué asco.
—¿Y qué sacan los Borant de todo esto?
En ese momento, la conducta de Mordecai cambió. Fue algo muy sutil, pero noté cómo se envaraba un poco. Su voz adquirió un tono extrañamente formal.
—Además de los beneficios por la extracción de materiales de los que hablamos antes, la Corporación Borant recibe dinero por publicidad, un estipendio del gobierno del Sindicato y una comisión por cada uno de los créditos que gastan los patrocinadores. —Esperó un instante, uno muy largo, antes de añadir—: Además, también hay que tener en cuenta que cada vez que un mazmorrero menciona el nombre del gobierno interestelar o de la organización que patrocina la mazmorra actual, la IA del sistema grabará dicha interacción para que esta pueda ser revisada. Si se descubre que un mazmorrero usa un tono desdeñoso contra alguna de estas dos entidades, sobre todo delante de una cámara con espectadores en directo, puede que la presencia de dicho mazmorrero en la mazmorra… termine antes de lo previsto.
Asentí.
—Entendido.
No tenía duda de que lo de «terminar antes de lo previsto» no podía ser nada bueno.
Pasamos los minutos siguientes repasando otros menús. Tenía un menú para la salud, como en otros juegos. La salud general estaba representada por la barra verde, pero en el menú dicha barra se convertía en un gráfico de sectores mucho más específico. En él aparecían los estados activos y las desventajas, y también detalles más concretos. En la mazmorra la sanación se aceleraba. Por ejemplo, hacía un momento se me habían curado algunos problemas que no sabía ni que tenía, como quemaduras en las plantas de los pies y en las manos, congelación y un inicio de infección de cuando Dónut me había mordido. La salud subía poco a poco de manera automática, según mis puntos de Constitución.
Además, al bajar las escaleras para descender a un piso inferior, recuperaría al completo los puntos de salud. Otra manera de curarme era con conjuros, pociones y pergaminos. Pero no había forma de reaparecer en caso de que dichos puntos se agotasen.
La muerte era definitiva.
Después le eché un vistazo al menú de habilidades. Era una sección muy larga que parecía contar con un número de páginas infinito. Si no tenía una habilidad concreta, el nombre era poco más que un borrón en la lista. Estaba ahí, pero no se podía leer. Pasé cientos de páginas antes de encontrar alguna que entendiese. Mordecai me indicó cómo poner un filtro para ver únicamente las habilidades que tenía, lo que dio como resultado una lista casi igual de larga. Vi cosas como RESPIRAR: 3. CAMINAR: 4. USAR UN MANDO A DISTANCIA SONY RMVLZ620 UNIVERSAL: 1. La lista era interminable. Me hizo desmarcar una casilla, y la mayoría de las habilidades desaparecieron. Las que quedaron solo ocupaban unas pocas páginas. Luego marqué otra casilla y desaparecieron las que tenían una puntuación de 1 o 2. Quedaron en la lista cosas como COMBATE SIN ARMAS: 3, REPARACIÓN ELÉCTRICA BÁSICA: 6, NADAR: 4. La única que tenía por encima de 5 era la de Reparación eléctrica. La mayoría las tenía a 3.
—No está mal para empezar —dijo Mordecai—. Estoy impresionado, chico. Se te dan muy bien las armas de la Tierra, sobre todo las de fuego. Pero como no has traído ninguna, será mejor que entrenes con las que encontrarás en la mazmorra. Veremos si te sale algo decente en las cajas cuando nos pongamos a abrirlas.
—¿Y me entrenarás para aprender a usar esas armas?
—Qué va —dijo Mordecai—. Ese no es mi trabajo. Encontrarás sedes gremiales desperdigadas por ahí que te ayudarán a subir esas habilidades, sobre todo las mágicas. Pero la mejor manera de hacerlo siempre será practicar.
—¿Hay una tienda? —pregunté—. La IA dijo algo sobre una tienda.
—La encontrarás cuando llegues al tercer piso —comentó Mordecai—. Allí hay una de esas estructuras y, de ahí en adelante, las tiendas empezarán a aparecer por todo el mapa de forma aleatoria. También podrás comerciar con otros mazmorreros o con criaturas amistosas, si es que encuentras alguna. Los enemigos del segundo piso empezarán a soltar oro.
Después venía el menú dedicado a la magia, que era complicado de cojones. También fue una de las partes más surrealistas de esta aventura hasta el momento. Solo tenía un conjuro de sanación y una reserva de puntos de maná que aparecía en la parte superior derecha de mi visión, debajo de la barra de salud. Como solo tenía 3 de Inteligencia, contaba únicamente con 3 puntos de magia. El conjuro de sanación costaba 2. Los puntos de magia se recuperaban de manera natural a 1 por hora.
En la parte inferior de la pantalla contaba con diez espacios de acceso rápido, donde podía colocar pociones, conjuros y otros objetos especiales. Mordecai me obligó a colocar el conjuro de sanación en el primer espacio. Podía hacer clic mental en él para lanzarlo. Era un conjuro de sanación básico de nivel 1 que servía para recuperar un 20 % de la salud.
Me obligó a probarlo, a pesar de que tenía la salud intacta. Lancé el conjuro y vi cómo mi cuerpo al completo empezaba a brillar de rojo. La barra de magia se redujo en dos terceras partes y no ocurrió nada más.
—De haber estado herido o enfermo, te habrías sentido mucho mejor después de lo que acabas de hacer —explicó Mordecai.
Una voz restalló e interrumpió el tutorial. Pertenecía a alguien diferente, no al presentador del concurso que había hablado hasta ese momento. Era sin duda femenina. Hablaba con parsimonia, como la encargada de una tienda que se dirigiese a sus empleados junto antes de abrir.
¡Hola, mazmorreros! La mazmorra se ha cerrado. Esta temporada tenemos a un grupo muy heterogéneo y nos alegra mucho que así sea. Algo menos de doce millones de mazmorreros humanos han atravesado las puertas y entrado en la mazmorra. En estos momentos, quedan menos de diez millones. Un aviso: las entradas al segundo piso no se abrirán hasta que se retransmita el programa de presentación de los túneles de Planeta mazmorrero, algo que ocurrirá aproximadamente dentro de treinta horas. No habrá retrasos en la aparición de los niveles posteriores. Me gustaría daros las gracias en nombre de la Corporación Borant por prestaros voluntarios. También os deseo buena suerte y un feliz mazmorreo.
Diez millones de personas. Eran más de las que esperaba. Aun así, acababa de insinuar que habían muerto tres millones en unos pocos minutos. Era un número tan grande que las muertes se volvían muy impersonales.
El anuncio me hizo plantearme la manera en la que estaba organizada la mazmorra. La cuenta atrás de cinco días no se había detenido.
—¿Tenemos cinco días antes de que se destruya cada uno de los pisos?
Mordecai negó con la cabeza.
—No —respondió—. En principio, el tiempo aumenta a medida que se desciende. Más adelante, dependerá de muchos otros factores, como la audiencia, los mazmorreros que queden, etcétera. Pero suele aumentar en cinco días por cada piso. Es muy probable que tengas diez días para el segundo y luego quince para el tercero. La cuenta atrás no dará comienzo hasta que no desaparezca el piso anterior.
—¿Cuesta mucho encontrar las escaleras?
—Puede ser complicado. No es difícil en los primeros pisos, pero te aconsejaría centrarte en buscar objetos o desarrollar habilidades que te ayuden a encontrarlas. El primer piso es enorme, como te podrás imaginar. Tiene prácticamente el tamaño de la superficie de tu planeta. No te lo van a decir, pero tampoco está conectado por todas partes. Quiero decir, que no vas a toparte con alguien de China. Eso cambiará una vez llegues al tercer piso. Ya lo verás si sobrevives para contarlo. A partir del cuarto piso, todos los posteriores tendrán una temática aleatoria y contarán con una extensión significativamente menor. Las entradas dejarán de aparecer en lugares al azar y estarán vigiladas. Tendrás que completar misiones o derrotar jefes para poder cruzarlas. A mí me costó mucho llegar al undécimo piso. Y cuando vi lo que protegía las entradas para bajar al duodécimo…, supe que no merecía la pena intentarlo.
—¿Qué era? —pregunté.
Él negó con la cabeza.
—Da igual. Aquí será diferente. Siempre cambia.
En ese momento, continuamos con el tutorial. Repasamos el menú del grupo. De haber estado acompañado por un grupo de personas, aquel hubiese sido el lugar para gestionarlo. Los integrantes compartían experiencia y podían acceder a un chat privado. Todos los que entraban a la mazmorra al mismo tiempo quedaban agrupados. Por eso, yo formaba parte de un grupo de dos: Dónut y yo.
La gata seguía relajada frente al fuego. Parecía haberse quedado dormida.
—Vale. Hablando de mi gata… —dije—. El sistema le ha asignado un nombre y un número de mazmorrero. ¿Significa eso que también ha conseguido todos esos logros y cajas de botín especiales?
—Sí. Cualquier criatura biológica que supere cierto peso y entre en la mazmorra, recibirá un número de identificación de mazmorrero. Pero es necesario contar con un mínimo de 2 puntos de Inteligencia para optar al entrenamiento. Y si no superas el entrenamiento, no se te activa el inventario que te permite acceder a las cajas. En ese caso, pasan a considerarse mascotas. El resto, como los animales salvajes que acaban por error dentro de la mazmorra, no suelen superar el primer piso. Ya hablaremos del menú de mascotas cuando abras tu inventario, que es el siguiente paso.
Ahora que habían pasado veinte minutos desde la última vez que habíamos nombrado a los Borant, me dieron ganas de continuar con esa conversación.
—Antes de seguir, tengo algunas preguntas sobre los que gestionan el concurso.
Mordecai se quedó en silencio.
—¿Qué preguntas?
—¿Nos oyen siempre?
—Sí, nos oyen siempre. Aunque eso no quiere decir que estén escuchando. Tienen claro que los mazmorreros… no van a verlos con buenos ojos. Y los PNJ nos vemos obligados a pronunciar el nombre de los organizadores varias veces durante el entrenamiento, por lo que suelen ignorarnos. En términos generales. Ahora, tendrás que tener cuidado una vez empieces a tener seguidores. Los organizadores saben muy bien que son unos sádicos de mierda, pero no querrán que lo digas a la cámara. Se toman muy en serio su imagen pública.
—No se me dan muy bien las matemáticas, pero cuando se abrió la mazmorra había muchísimas de esas entradas brillantes en mi ciudad. Dijeron que solo habría ciento cincuenta mil por todo el mundo. Me dio la impresión de que las de mi zona eran muchas.
—Intentan alcanzar ciertos estándares. La IA monitoriza con detenimiento el lanzamiento del juego, pero hay errores y las entradas no siempre están distribuidas de manera equitativa. No obstante, que haya unos diez millones de mazmorreros cuando se cierra la mazmorra es una cifra normal. No sé lo que puede haber pasado, pero dudo que sea accidental. Como he dicho, pasan mucho tiempo preparándose para cada mazmorra.
—Sí, ya lo habías mencionado —dije—. Llevas aquí décadas. ¿De verdad este programa se retransmite cada noventa años o así?
—No —dijo Mordecai—. Ni mucho menos. La gestión de las diferentes temporadas la lleva una corporación diferente. Y estas tienen lugar cada dos años y tres meses de los tuyos. Mi empresa suele tener unos cinco equipos de avanzada trabajando en todo momento, y se los elige para gestionar una de cada quince temporadas, más o menos.
—Entonces, cada una de esas temporadas cuenta con corporaciones diferentes que trabajan en planetas diferentes… Eso hará que el… mazmorreo… sea muy distinto entre temporadas, ¿no?
—Sí, claro. El Conglomerado Squim siempre elige un juego distinto, por ejemplo. Un enfrentamiento tipo battle royale. Se hace en un planeta entero y solo puede quedar un campeón. Tiene muy buena audiencia, pero según tengo entendido no da muchos beneficios. Mi empresa tiene fama de crear las mazmorras más elaboradas y entretenidas.
«Fantástico».
—¿Y tú? ¿Estás obligado a quedarte aquí durante el resto de tu vida?
—No —comentó Mordecai con una sonrisa triste en el gesto. Miró la fotografía enmarcada de la criatura con aspecto de águila que yo había dejado en el suelo—. Este es mi último trabajo. Una vez acabe esta pesadilla, me convertiré en ciudadano de pleno derecho. Recibiré un salario moderado y tendré libertad para perderme en el universo.
—¿Y volverás a tu planeta natal?
—No —dijo—. No tengo permiso.
—¿Y la gente de tu planeta que no entró en la mazmorra?
Se quedó en silencio.
—Tenemos que seguir con el tutorial, de verdad.
—Vale, pero ¿qué pasa cuando alguien gana la mazmorra tras superar el decimoctavo piso? El mensaje afirmaba que, en ese caso, dicha persona adquiría el control del planeta. Puede que tu mundo esté bajo el control de uno de sus habitantes, ¿no?
La criatura con forma de rata gruñó.
—Recuerdas que te dije que yo había llegado al undécimo piso, ¿verdad?
—Sí.
—Pues solo unos pocos mazmorreros a lo largo de los siglos han llegado hasta ahí. En una ocasión, hubo uno que llegó al decimotercer piso. Murió media hora después de llegar. Era humano, como tú, aunque de otro planeta. Eso es lo más lejos que jamás ha llegado nadie, chico. El decimotercer piso.

—Acabo de activar tu inventario —dijo Mordecai mientras agitaba una mano—. Esta temporada los Borant están probando algo un poco diferente.
—¿Diferente bueno o diferente malo? —pregunté mientras abría el menú.
Lo único que vi en el interior fueron varias cajas de botín con un mensaje al lado que rezaba: LISTA PARA ABRIR.
—La temporada anterior usaron un sistema basado en espacios. Permitía llevar múltiples objetos, pero el límite venía dado por la capacidad y por el peso. No obstante, esta temporada cada mazmorrero cuenta con un inventario dimensional y un sistema de categorización mediante IA.
—¿Y eso qué significa?
—Es algo bueno. Básicamente, tienes espacio de almacenamiento ilimitado. Y si puedes levantar algo del suelo sin ayuda durante cuatro segundos, podrás guardarlo en tu espacio, sin importar lo grande que sea. La única regla es que no puedes almacenar criaturas vivas, ya que morirán inmediatamente. Además, en ese espacio de almacenamiento el tiempo no transcurre, por lo que la comida no se estropea. Eso es muy importante. La temporada anterior tuvimos problemas porque varios mazmorreros murieron de inanición. Hubo muchos jugadores apáticos que se dedicaron a quedarse quietos y a esperar a que la cuenta atrás del nivel en el que se encontraban llegase a cero… La verdad es que no fue nada agradable, por lo que los Borant han tomado medidas. Se acabaron los dramas con las enfermedades y las hambrunas.
Mordecai sacó una botella de agua. Era pequeña, tendría una tercera parte del tamaño de un botellín de refresco.
—Cógela y guárdala en tu inventario. Es un regalo que te hago.
La cogí y examiné las propiedades del objeto.
Poción de sanación normal.
Aumenta la salud en al menos un 50 %. No cura el veneno ni otros estados que reducen la salud poco a poco, como la gonorrea transmitida por las súcubos. Controla tus impulsos, semental.
Abrí el menú del inventario y apareció un botón que rezaba AÑADIR OBJETO A TU INVENTARIO. Hice clic en él y la poción desapareció. Pasó a quedar listada en el menú, que ahora contaba con unos submenús de Pociones y de Sanación. Hice clic mental en ella y la poción volvió a aparecerme en la mano.
—Bien, bien. Si añades la poción a la lista de acceso rápido, la consumirás sin tener que bebértela. Recuérdalo, porque algunas de estas pociones tienen un sabor horrible. Si las sacas del inventario de forma normal, tendrás que quitarles el corcho y tragarte el líquido. Las pociones y otros objetos se amontonan hasta un límite de 999 por espacio, por lo que es mejor dejarlas en la lista de acceso rápido. Y creo que ya estaría. Hay muchos más truquitos en lo que al inventario respecta, pero ya los irás descubriendo poco a poco.
Volví a guardar la poción y luego la añadí a la lista de acceso rápido al lado de mi conjuro de sanación.
—Muy bien —dijo Mordecai—. Ahora, echémosle un vistazo a las notificaciones que tienes activas… ¡Por las tetas sagradas!
—¿Qué pasa? ¿Qué? —dije, alarmado, mientras echaba un vistazo alrededor. Dónut levantó la cabeza sin moverse del sitio junto al fuego y bostezó.
—¡Tienes una caja de mascota legendaria! ¿Por qué no lo habías dicho?
Lo miré. Volví a sentir unas ganas irrefrenables de darle un puñetazo en la cara.
Mordecai negó con la cabeza.
—Una legendaria nada más entrar… —murmuró—. Vale. Sí, sí. Tienes muchas cajas. Pues ahora que tu inventario está activo, puedes abrir las notificaciones que no has leído. Vamos a echarles un vistazo.
Abrí la lista de las notificaciones. Hice clic en la primera.
¡Logro desbloqueado! Le has hecho daño a un enemigo.
¡Si tienes suerte, no te hará daño él a ti!
Recompensa: Es muy probable que te lo haga.
¡Logro desbloqueado! ¡Has matado a un enemigo!
¡Eres un asesino! ¡Seguro que tenía familia!
Recompensa: Ahora puedes conseguir experiencia. Con la experiencia suficiente, quizá hasta subas de nivel.
¡Logro desbloqueado! ¡Has matado con los puños a un enemigo armado, joder!
¡Cágate lorito! Estás para que te encierren.
Recompensa: ¡Has recibido una caja de armas de bronce!
¡Logro desbloqueado! ¡Has matado a un enemigo que tenía un nivel más que tú!
Ya le vas cogiendo el tranquillo a esto. Que no se te suba a la cabeza.
Recompensa: ¡Has recibido una caja de aventurero de bronce!
¡Logro desbloqueado! ¡Has entrado en una sede gremial!
Felicidades. Sabes abrir puertas.
Recompensa: ¿Te sientes realizado? Pues eso es recompensa suficiente.
¡Logro desbloqueado! ¡Podofilia!
¡Has usado los pies descalzos para aplastar y asesinar a un oponente! ¡Eh! Soy muy fetichista con eso. En serio. Sigue haciéndolo y te recompensaré. Mira, esto te servirá.
Recompensa: ¡Has recibido una caja de zapatos de oro!
¡Logro desbloqueado! ¡Bum!
¡Has causado una explosión que ha hecho temblar los cimientos de la mazmorra! La última vez que las paredes temblaron así fue cuando tu madre se pasó a hacer una visita.
Recompensa: ¡Has recibido una caja goblin de plata!
¡Logro desbloqueado! ¡Subiendo de nivel, que es gerundio!
Has conseguido experiencia suficiente para subir de nivel.
Recompensa: Subir de nivel es tu trabajo. No se te recompensa por hacer tu trabajo.
Debajo de todas esas había unas pocas notificaciones adicionales:
¡Has subido el nivel de una habilidad!
Pugilismo nivel 4.
El arte de dar trompadas a tus oponentes con los puños bien cerrados.
Cada nivel de esta habilidad aumenta tu daño a puño limpio en un 25 %.
¡Subes de nivel! Ahora tienes nivel 2.
Has conseguido 3 puntos de característica.
Aparecieron otras notificaciones de habilidades, pero se esfumaron antes de que pudiese leerlas, seguro que debido al tiempo que había perdido antes con los menús. El inventario empezó a brillar e hice clic en él. Vi que en la lista había algunas cajas de botín más.
—Solo puedes abrir dichas cajas en estancias seguras —comentó Mordecai—. Todas las sedes gremiales son estancias seguras, pero no todas las estancias seguras son sedes gremiales.
—¿Serán difíciles de encontrar? Las estancias seguras, quiero decir.
—Las estancias seguras siempre aparecen en el mapa, aunque estén rodeadas por la niebla de guerra.
—¿Niebla de guerra?
—Si no has visitado una zona, no verás los detalles de sus pasillos, aunque se muestre en tu minimapa. La niebla de guerra cubre los lugares por los que no has pasado aún. Las estancias seguras contarán con baños, cubículos para dormir y algunas incluso tendrán comida y fuentes con pociones de sanación. Llegar hasta ellas puede ser complicado, pero siempre sabrás cuándo hay una cerca.
—¿Hay límite para el tiempo que puedes pasar en el interior?
—Qué va. Pero no te olvides de que el piso de la mazmorra desaparecerá cuando termine la cuenta atrás. La única forma de sobrevivir es seguir descendiendo.
—Muy bien —dije al tiempo que me frotaba las manos—. Con suerte, encontraré pantalones dentro de alguna de estas cajas. Empecemos a abrirlas.
—Perfecto —dijo Mordecai—. Tienes diez cajas de botín. Son muchas, pero tampoco es una cantidad para volverse loco. Normalmente, la gente llega al tutorial con dos o tres. Puedes almacenarlas, pero cuando te decidas a empezar no podrás elegir cuáles abrir y cuáles no. Es o todo o nada. No hay ningún motivo estratégico para guardarlas, ya que las cajas sin abrir no se pueden vender ni se le pueden dar a nadie. También es importante señalar que, aunque algunas pueden contener botín inestable o en mal estado, nunca encontrarás objetos malditos en una caja. Pero eso no quiere decir que todo lo que encuentres en las cajas vaya a ser seguro. Lee siempre las descripciones antes de activar o ponerte algo. Siempre, siempre. Sin excepción. Venga, vamos allá. Se abrirán por orden de calidad.
Las diez cajas salieron de mi inventario y aparecieron flotando frente a mí en fila. Las primeras tenían la mitad de tamaño de un maletín militar. Cada una de las cajas tenía un texto flotando sobre ella. La primera era de una tonalidad broncínea y tenía un animal parecido a un erizo estarcido en la parte superior.
Caja de mascota de bronce. (1/10)
La tapa se abrió sola. La caja desapareció con un estallido de humo y un pedazo de papel y un montón de lo que parecía pienso para gatos apareció en el suelo. Cada uno de los objetos tenía una línea de texto encima.
Pergamino de Sanar criatura.
10 galletas de mascota.
Los objetos desaparecieron y pasaron a formar parte de mi inventario. Antes de que me diese tiempo a abrirlo para leer la descripción del pergamino, apareció la caja siguiente.
Caja de aventurero de bronce. (2/10)
2 pociones de sanación.
Mitones comunes.
La siguiente:
Caja de armas de bronce. (3/10)
Garrote de sapo.
El «garrote de sapo» era un palo. Parecía un bate con tres cuartas partes del tamaño de uno de béisbol, tallado por alguien que no tenía mucha idea de lo que era el béisbol en realidad.
Caja de armas de bronce. (4/10)
Atizador.
No es que eso fuese mucho mejor. No era más que un atizador de chimenea. Un palo de hierro forjado con uno de los extremos doblados.
Caja de aventurero de bronce. (5/10)
Poción de sanación.
Poción de maná.
Las dos cajas siguientes eran algo más grandes y estaban hechas de plata.
Caja de aventurero de plata. (6/10)
2 antídotos para el veneno.
100 galletas de mazmorrero.
20 antorchas.
La siguiente caja de plata tenía un aspecto diferente a la anterior. Al igual que el buldócer asesino de los goblins, parecía estar montada con pedazos de metal color plata dispuestos al azar. Tenía un cráneo de goblin estarcido en la tapa.
Caja goblin de plata. (7/10)
5 cartuchos de dinamita.
Encendedor.
Pase goblin.
El pase goblin tenía la forma del cráneo de goblin que había en la tapa de la caja. El símbolo apareció flotando en el aire. En lugar de añadirse a mi inventario, voló y se chocó contra la cara interior de mi antebrazo izquierdo. Aún llevaba la chaqueta de cuero, pero sentí un ardor en la piel, como si acabasen de marcarme con un hierro al rojo. La marca también apareció sobre la chaqueta. El dolor cesó pronto y, quitando la marca, la chaqueta parecía en perfecto estado.
Ahora llegaba lo bueno. Las dos cajas siguientes eran más grandes aún y brillaban con luz dorada.
Caja de indumentaria de oro. (8/10)
Capa de nictofúnebre mágica de fortaleza.
Camisa de piel de trol mágica de aniquilación.
Junto a mí, Mordecai soltó un grito ahogado cuando vio aparecer los dos objetos. Esperaba que fuese una buena señal.
Caja de zapatos de oro. (9/10)
Anillo de pie mágico de la mofeta despachurrada.
¿Un anillo de pie? ¿Un puñetero anillo de pie? ¡Necesitaba zapatos, cagondiós! No un anillo de pie.
La recompensa me había enfadado tanto que casi me olvido de abrir la última de las cajas. La caja de mascota legendaria tenía estarcido el mismo símbolo que la caja de mascota de bronce, pero era tres veces más grande. Estaba hecha con patrones intrincados y tallados de plata y de oro. Unos engranajes mecánicos chasquearon con estruendo mientras se abría. Clic, clic, clic. Sonó una fanfarria.
Caja de mascota legendaria. (10/10)
500 galletas de mascota.
Galleta de mascota mejorada.
—¿Y ya está? —dije cuando las últimas recompensas desaparecieron al pasar a mi inventario—. ¿Qué coño es una galleta de mascota mejorada?
Mordecai había empezado a mirarnos a Dónut y a mí.
—Sí, chico. Será mejor que le des a tu gata esa galleta ahora que aún seguís en el gremio.
—¿Para qué sirve? —pregunté. La saqué del inventario. Parecía una golosina para gatos. Era pequeña, más que una de mis uñas, marrón, dura, redonda y con textura de galleta. Dudaba que fuese capaz de conseguir que Dónut se la comiera. La gata no paraba de comer, pero Bea insistía en darle de esa comida húmeda que siempre terminaba manchándole el hocico. Dónut apartaba la cara cuando se le ofrecía cualquier otra cosa.
Examiné las características del objeto.
Galleta de mascota mejorada.
Parece una galleta de mascota normal, ¿verdad? Pues no lo es.
Atente a las consecuencias si se la das a tu mascota. ¿Qué es lo peor que podría pasar?
—Bueno… pero ¿qué hace? —insistí.
—Los efectos pueden variar —respondió Mordecai—. Las galletas normales alimentan a las mascotas de las clases que las usan durante un día entero. Y les gustan mucho. Las huelen y se las comen sin pensar. Por eso, asegúrate de que se las das de una en una. La comida mejorada como esta puede llegar a tener hasta cien efectos diferentes. La mitad son buenos. El resto… neutrales… o malos y ya. Pero si el efecto resulta ser malo, tu mascota no te atacará al darle la galleta en caso de que te encuentres en una estancia segura. Dicha mascota se teletransportará al exterior, a un lugar aleatorio en un radio de un kilómetro y medio. Si la alimentas mientras estás de mazmorreo fuera, podría transformarse en un descuartizador dentado y estarías bien jodido. Por eso te digo que es mejor hacerlo ahora. O eso o la guardas para venderla después. Seguro que puedes sacar varios miles de monedas de oro.
Joder. Había intentado evitar pensar al respecto hasta ahora, pero ¿qué iba a hacer? Dónut era una maldita gata. No era un mastín ni una mascota que pudiese usar para defenderme ni nada parecido. Aunque consiguiese que me siguiera, que ya era complicado, iba a terminar por convertirse en un lastre.
Me sentía comprometido con ella. Yo era lo único que la gata tenía en el mundo. Sabía que no era lógico, pero vendiendo aquella pequeña galleta podía conseguir mucho dinero con el que comprar objetos útiles. Como zapatos y pantalones.
Empecé a manosear la galleta entre los dedos. Por muy horrible que sonase, lo mejor iba a ser…
—¡Au! —grité cuando Dónut pegó un brinco y se comió la galleta que tenía en la mano.
¡Plas! Justo cuando la gata cayó al suelo, se transformó en un revoltijo húmedo de carne. Quedó despachurrada en una maraña de pelo cubierta por una sustancia pegajosa.
—¡Dónut! —grité—. Pero ¡¿qué cojones le acaba de pasar a mi gata?!
Esperando… Esperando…
El mensaje apareció sobre esa masa desgreñada y temblorosa.
—Hum —dijo Mordecai, que se acercó para tocar el potingue con el pie. La cosa se contoneó—. Es una transformación. Tu criatura está cambiando de alguna manera. No se ha teletransportado fuera, por lo que no se puede considerar que le haya pasado algo negativo. Parece que tendremos que esperar. He visto esto antes. Unas pocas veces. No tardará mucho. Puede que cinco o diez minutos.

Mientras esperábamos a que mi gata mutante brotase de la masa amorfa en la que se había convertido, examiné el resto del botín. Me puse los mitones. Entre las otras dos armas, me gustaba mucho más el garrote que el atizador, que parecía que podía llegar a doblarse y a romperse al golpear algo. Examiné las propiedades del garrote. La IA presentadora del concurso lo describió usando voz de cavernícola.
Garrote de sapo.
Palo grande para trompazo. Sapo de trompazo. Trompazo a enemigo. Trompazo a novia y arrastrar por pelo a cueva.
Me pregunté si la cacerola de metal seguiría ahí fuera. Seguro que era mucho mejor que esta mierda.
Toqué el símbolo marcado en la chaqueta con la mano. Apareció una ventana de información.
Pase goblin.
¡Es un tatuaje! ¡En tu antebrazo! ¡Ahora nunca conseguirás un trabajo decente!
Nota: Los tatuajes de pase no pueden ocultarse a menos que compres una manga de ocultación. Aparecerán sobre cualquier armadura que lleves puesta.
Elimina automáticamente la hostilidad de los goblins. Permite pasar sin problema a través del territorio de la mazmorra controlado por los goblins. Aviso: llevar un pase goblin hará que los enemigos naturales de los goblins, como las criaturas de tipo feérico, te inflijan un 20 % más de daño. Aun así, el tatuaje está todo molón.
Gruñí porque el sistema no me había dado elección. Me había marcado sin avisar. No tenía tatuajes, y la verdad es que nunca había querido hacerme uno. La mayoría de la gente a la que conocía tenía muchos, pero a mí nunca me habían gustado. Mi padre tenía por todas partes, por lo que ni siquiera era algo que relacionase con ser una persona guay.
La capa de nictofúnebre negra, de cuero y con capucha no pesaba casi nada. Parecía estar hecha a partir del ala de algún tipo de criatura demoniaca. La piel estaba estirada entre hileras de falanges del tamaño de un cuerpo. Cuando me puse la capucha, me di cuenta de que tenía unas orejitas puntiagudas a cada lado.
Capa de nictofúnebre mágica de fortaleza.
El portador de la capa gana +4 de Constitución y se vuelve resistente al veneno y a los ataques de hielo. Además, la capa otorga resistencia a los ataques perforantes a todas las armaduras que se lleven puestas. También te da el aspecto de un Batman un tanto cutre. Aviso: si un nictofúnebre te ve con una puesta, es muy probable que no le caigas muy bien.
—Es una capa muy valiosa —explicó Mordecai—. Pero la camisa es mejor. Mucho mejor.
Camisa de piel de trol encantada de aniquilación.
El portador de la camisa gana +7 a la habilidad Regeneración. Además, anula todas las penalizaciones al daño cuerpo a cuerpo como Aturdir, Empujar, Desarmar y Sin aliento. La camisa también es muy elegante. Quizá demasiado, de hecho. A diferencia de otras prendas hechas con piel de monstruo, esta camisa no causará una reacción negativa entre los trols. De hecho, las hembras trol quizá quieran tener un encuentro íntimo contigo si te la ven puesta.
—Esa camisa que va debajo de la armadura es una de las mejores prendas que hay para tanquear —dijo Mordecai—. Tener 7 puntos de habilidad en Regeneración significa que recuperarás por completo la salud muy rápido después de recibir daño. En menos de dos minutos. Encontrarla ha sido un golpe de suerte. Es algo que podría haberte salido en una caja de platino o en una legendaria.
—No me lo digas dos veces —dije. Me quité la chaqueta y me puse la camisa de manga corta. Estaba fría al tacto y me quedaba ajustada. Aparecieron varias notificaciones. Volví a ponerme la chaqueta sobre la camisa y luego hice lo propio con la capa. Sentí la energía fluir por mis venas cuando mi Constitución aumentó de 5 a 9 puntos.
¡Logro desbloqueado! ¡Botín!
Te has puesto algo que has encontrado en la mazmorra.
Recompensa: Ahora eres un hijo de puta muy guapo. Es recompensa suficiente.
¡Logro desbloqueado! ¡Oooh, magia!
¡Te has equipado con un objeto mágico por primera vez! ¡Eres todo un mago, mazmorrero!
Recompensa: ¡Has recibido una caja de aventurero de bronce!
La caja contenía otra antorcha y un par de pociones de sanación, que sumaron un total de seis en mi inventario. Aún no tenía pantalones. Ni zapatos. Llevaba una chaqueta, una capa y el bóxer. Negué con la cabeza. Examiné el último de los objetos, el anillo de pie.
Anillo de pie mágico de la mofeta despachurrada.
Concede al portador +3 de Fuerza y +3 a la habilidad Golpe poderoso. Por si fuera poco, es un anillo de pie. Quizá sea algo incómodo y te dé aspecto de unos de esos hippies tontos del culo que se pasan el día haciendo malabarismos y jugando con el hula-hop, eso sí.
—Golpe poderoso es una habilidad muy buena —dijo Mordecai—. Cada nivel que tengas en ella multiplica el daño que infliges cuando no usas un arma. Por lo tanto, a nivel 3, todas las patadas y los puñetazos harán el triple de daño que harían normalmente. Sumado a tu habilidad de Combate sin armas y a la de Pugilismo, tus puños harán mucho más daño que cualquiera de esas armas. Puede que te venga bien la clase de monje, que mejorará todo eso aún más.
—Entonces ¿podré ser como un ninja? —pregunté. Me senté y me puse el anillo en un dedo del pie. Se ajustó automáticamente para luego deslizarse por el dedo índice sucio y ensangrentado del pie derecho. No era una de esas personas que se ponen accesorios. Empecé a dar saltitos para acostumbrarme. Noté cómo mi fuerza aumentaba en un cincuenta por ciento.
—Y ahora podría decirse que eres uno de los humanos más fuertes que ha existido jamás —dijo Mordecai.
Me dieron otro logro de tono sarcástico por ponerme el anillo, pero no había recompensa incluida.
Empecé a trastear con el menú de habilidades. A pesar de los filtros, había muchísima información. Podía decirse que había una habilidad para cualquier cosa. El menú tenía un apartado para buscar. Escribí FROGGER, para ver qué pasaba. Cuando era pequeño, mi viejo tenía una recreativa con mueble original de Frogger, el videojuego. Me había pasado horas y horas jugando cuando me encerraban en el sótano. Mi madre lo hacía a menudo. Siempre que mi padre traía a algunos amigos, fumaban, bebían y hacían mucho ruido, y ella no quería que «fuesen una mala influencia» para mí. Por lo que me quedaba en el sótano sin televisión ni internet, solo con esa maldita máquina.
La puntuación máxima que podía llegar a conseguirse en la máquina original era de 99.990. El juego nunca acababa, por lo que podías seguir jugando después de conseguirla y que volviese a ponerse a cero una y otra vez. Mi récord personal era de 879.460 puntos.
Como era de esperar, la búsqueda tuvo un resultado.
Frogger, videojuego de 1981 versión recreativa (habilidad oculta debido a los filtros).
Nivel: 8.
Sonreí al verlo. Me pregunté por qué esa habilidad había quedado oculta por los filtros, pero no había sido el caso de otras como ATARSE LAS BOTAS. NIVEL: 3. Era muy probable que se debiese a que solo se mostraban las habilidades que podían llegar a ser útiles en la mazmorra. Dudaba que hubiese una recreativa de Frogger en alguno de esos pasillos.
Pero eso no era cierto, ¿no? Teniendo en cuenta que no estuviese tirada en un vertedero al aire libre, esa vieja recreativa de Frogger tenía que estar aquí abajo en alguna parte, aunque solo fuesen sus átomos. Esta mazmorra estaba formada por objetos creados por la civilización humana. Suspiré. Era algo difícil de aceptar.
—O sea, Carl —dijo una voz que no había oído antes. Era femenina y seductora, pero pretenciosa al mismo tiempo—. Si de verdad vas a llevar esa capa espantosa en público, te recomiendo que al menos tengas la dignidad de ponerte antes unos pantalones, ¿sabes? La verdad es que no entiendo cómo es que la señorita Beatrice llegó a contratarte.
Empecé a mirar desesperado a mi alrededor en busca de un altavoz o decidido a encontrarme con alguien disfrazado de princesa medieval.
Pero lo único que vi fue a mi gata.

—Esto… ¿Dónut? —dije al tiempo que bajaba la vista para mirarla.
Mordecai estaba a mi lado con la boca abierta.
A pesar de que hacía escasos minutos había quedado convertida en un potingue, ahora la gata estaba exactamente igual que al principio. Puede que fuese un poco más grande, pero no mucho. Sea como fuese, lo que estaba claro es que seguía siendo una gata.
Menos por el pequeño detalle de que ahora podía hablar.
—Que sepas, Carl, que me llamo GC GRR GN Princesa Dónut la Reina Ana Rechonchita y que debo insistir en que me llames por el título que ostento. Aceptaré que lo acortes a Princesa, o incluso a Princesa Dónut, pero solo en caso de que no estemos en presencia de alta alcurnia. —Miró a Mordecai como si fuese algo que acabase de vomitar en el suelo—. Supongo que, ahora mismo, puedes llamarme Princesa Dónut.
—Ya entiendo qué ha pasado —dijo Mordecai un momento después—. Estás en grupo con ella, así que podrás verlo por ti mismo. Abre sus características.
Hice clic en el menú del grupo y luego en las características de Dónut.
Fuerza: 11
Inteligencia: 11
Constitución: 2
Destreza: 8
Carisma: 25
—Pero ¿qué cojones? —dije. Era más fuerte y más inteligente que yo. Y tenía un carisma exagerado—. ¿Qué ha pasado?
—Antes, tenía todas las características a 1 punto, menos la Destreza, que se ha quedado en 8 y el Carisma, que era de 5. La mejora que le has dado ha mantenido su especie, pero le ha cambiado las características. Hum…, deja que mire. Sí, es justo lo que pensaba. Mira el menú de salud. Ahí verás su estado.
Hice clic y vi un mensaje bajo la lista de MEJORAS:
Crecimiento mejorado.
Después de incrementar de forma aleatoria cuatro características, todos los niveles adicionales sumarán +1 a la Fuerza y a la Inteligencia. Ganará +2 de Carisma por nivel. No recibirá otros puntos de característica por subir de nivel.
—Un momento —dije—. ¿Entonces va a ganar 4 puntos de característica por nivel en vez de 3?
—Sí —respondió Mordecai—. Y no tiene que esperar a elegir una clase para repartirlos. Pero esta mejora es un arma de doble filo. Se quedará con 2 de Constitución y 8 de Destreza durante el resto de su vida, a menos que encuentre equipo que le mejore esas características, o que elija una especie y una clase que se las cambie. Pero, aun así, los puntos seguirán distribuyéndose como decía el mensaje. —Gruñó—. Con un Carisma así, tendría que plantearse elegir una clase de tipo bardo. Si gana 2 puntos por nivel, va a tenerlo altísimo. Yo soy inmune a los efectos de su Carisma. Igual que tú y el resto de los mazmorreros. Pero los demás PNJ y enemigos que os encontréis no lo serán. Es una puntuación de característica altísima para los primeros niveles de la mazmorra. Más de lo que puedes llegar a imaginarte.
—Pero ¿cómo es que ahora habla? ¡Sigue siendo una gata!
—Carl, sigo aquí, ¿sabes? —dijo Dónut—. Es de muy mala educación hablar como si no estuviese en esta estancia. Que sepas que te oigo hablar como hablan las criaturas con clase. Y que tú me oyes a mí hablando con esos gruñidos de mono con los que te comunicas tú normalmente. Me imagino que esta otra criatura que se encuentra aquí oye los chillidos propios de una alimaña. Debo decir que este sistema de traducción es muy elegante.
—Pues voy a tener que empezar otra vez con el tutorial —dijo Mordecai—. Ya no es una mascota. Ahora está registrada como una mazmorrera normal y corriente.
—No será necesario. He oído todo lo que le comentaste a mi sirviente humano —afirmó Dónut—. Ahora, mueve esa garra tuya y dame acceso a mis cajas de botín para que podamos continuar con esta pantomima.
—¿Sirviente humano? —dije.
—Sí, a veces le cuesta entender las cosas —dijo Dónut a Mordecai—. Solo tiene 3 de Inteligencia. Es triste, en realidad. Pero lleva bastante tiempo en la familia y no tengo estómago para despedirlo.
—Ya he activado tus menús —dijo Mordecai—. Guau. —Me miró—. Tiene una caja de cuadrúpedo legendaria por ser la primera gata en entrar en la mazmorra.
Miré el conjunto de cajas de botín que se había alineado frente a Dónut, igual que había pasado en mi caso. Solo tenía cinco. Tres de bronce con algunas pociones y antorchas. La siguiente era una caja de aventurero de plata donde había un libro y un montón de galletas de mascota. El mensaje sobre el libro rezaba.
Grimorio de Proyectil mágico.
Después le tocó el turno a la caja legendaria. El símbolo que tenía en la parte delantera parecía un león. Solo contenía un objeto: una pequeña tiara enjoyada. La corona tamaño gato brillaba debido a las gemas oscuras y ahumadas que tenía engarzadas. La piedra violeta oscura del centro parecía contener una nebulosa, como si hubiese algo líquido en su interior.
Corona mágica de la furcia de la septicemia.
—Eso suena muy siniestro —dije.
—Pues espera a que leas la descripción —murmuró Mordecai. El objeto desapareció en el inventario de Dónut. La gata se sentó y empezó a acicalarse.
—¿Las cajas de botín están personalizadas? —pregunté cuando abrí el menú del grupo. No tardé en descubrir que no podía examinar los objetos que estaban en el inventario de Dónut. Solo los que tenía equipados.
—Podría decirse que sí —respondió Mordecai—. Recibirás objetos que pueda usar tu especie. Pero no tiene en cuenta la clase. Por ejemplo, un humano bárbaro podría recibir un bastón de nigromante.
Dónut empezó a brillar de un rojo reluciente.
Mordecai se giró hacia la gata y levantó una mano.
—Ah, Princesa Dónut, veo que ya has aprendido el conjuro Proyectil mágico. Bien, muy bien. En caso de que no lo sepas, los grimorios te enseñan el conjuro de manera permanente, y los pergaminos sirven para lanzarlo una sola vez. Ese otro objeto que has recibido es muy valioso y poderoso. Pero también puede llegar a ser un peligro. Antes de que decidas ponértelo, deberías tener en cuenta que se trata de…
¡Puf! La tiara apareció como por arte de magia en la cabeza de Dónut.
Mordecai miró hacia abajo y soltó un suspiro.
—¿Cómo cojones ha hecho eso? —pregunté. Yo había tenido que ponerme la capa y la camisa con las manos.
—Es un cuadrúpedo, por lo que tiene una interfaz de usuario diferente a la tuya. Puede llevar a cabo muchas acciones directamente desde el menú.
Ahora que la llevaba equipada, conseguí examinar las características de la tiara.
Corona mágica de la furcia de la septicemia.
¿Quién es una guarrilla? ¡Tú eres una guarrilla!
¡Es un objeto Efímero!
¡Es un objeto Único*!
Concede al portador +5 de Inteligencia. También aumenta en +5 la habilidad Buena primera impresión. Todos los ataques, incluidos los mágicos, tienen una probabilidad del 15 % de infligir la desventaja Septicemia.
¡Atención! (Pero en serio, ¿eh? Tanto que lo voy a repetir).
¡ATENCIÓN! Lee esto antes de ponértela, te digo. Ponerte esta corona hará que formes parte permanente de la línea de sucesión real del Sultanato de Sangre del noveno piso de la Mazmorra Planetaria. Si te quitas este objeto, no perderás dicha condición. Los miembros de la realeza del Sultanato de Sangre necesitarán matar al sultán y a todos los demás integrantes de la familia real antes de tener permitido descender al décimo. Solo querrás ponerte esta tiara si eres un psicópata rabioso y sediento de sangre.
—Pues… —empecé a decir—. No tengo muy claro que haya sido buena idea ponérsela.
—¡Es violeta! —dijo Dónut—. El violeta es mi color. ¿Sabes cuántas cintas violetas he ganado en los concursos? ¿Sabes lo que cuesta ganar una?
—¿Qué significa esto de «efímero»? —pregunté a Mordecai—. ¿Y por qué hay un asterisco al lado de la palabra «único»?
Dónut había recibido algunas cajas más por aprender el conjuro y por ponerse la tiara. Eran pociones y antorchas de nivel bajo. Empezó a echarle un vistazo a los objetos, bufando cada vez que recibía otra antorcha.
—«Efímero» significa que se convertirá en polvo cuando se lo quite. De ocurrir algo así, se generará otra corona en un lugar aleatorio de la mazmorra. Ahora que la lleva puesta, no dejes que se la quite. Si otro mazmorrero se hace con ese objeto, se convertirá en otra persona más que tendrá que matar para descender al décimo piso.
No había pensado siquiera en la posibilidad de tener que enfrentarme a personas de verdad. ¿Podía llegar a ocurrir algo así? Se me revolvió el estómago. Miré a Dónut.
—¿Qué coño voy a hacer ahora? —pregunté mientras negaba con la cabeza. El tutorial ya se había terminado y lo sabía. Teníamos que volver a salir ahí fuera.
—Pues lo cierto es que es muy simple —dijo la gata—. Tienes que ayudarme para llegar a ese decimoctavo piso para sacarme de este infierno y ocupar el lugar que me corresponde en la realeza. Doy por hecho que este roedor no viajará con nosotros. —Levantó una de las patas y me señaló—. Es por eso por lo que te asciendo de sirviente a guardaespaldas. Felicidades, Carl.
La Princesa Dónut ha cambiado el nombre del grupo a «El séquito de la Princesa Dónut».
La Princesa Dónut te ha cambiado el título a «Guardaespaldas real».
La Princesa Dónut se ha cambiado el título a «La gran campeona de toda la mazmorra».
—¿En serio?
Mordecai se rio.
—La suma de sus características es mayor a la tuya, así que es la líder del grupo. Como tal, tiene más control sobre el menú del grupo. No te preocupes. Los títulos no sirven para nada. —Hizo una pausa y se puso muy serio de repente—. Mira, chico. Es mucho más poderosa que tú ahora mismo, así que te conviene acompañarla. Al menos hasta que lleguéis al noveno piso. Ahí ya… Ahí ya os toparéis con todo un desafío. Siempre puedes abandonar el grupo. La que lleva la corona sobre la cabeza es ella, no tú.
Dónut se acercó a la puerta y empezó a arañarla. Se abrió sola.

TIEMPO PARA EL DERRUMBE DEL PISO:
4 DÍAS Y 20 HORAS
Y luego salimos del gremio y volvimos a la mazmorra.
—Por cierto —dijo Mordecai mientras cruzábamos la puerta—, ahora que os he entrenado a ambos, si entráis en cualquier otro gremio de tutorial seréis teletransportados de inmediato a esta estancia. He quedado registrado como vuestro mentor, por lo que podéis volver si queréis hacerme alguna pregunta. Cuando lleguéis al cuarto piso, dejaremos de estar en contacto.
—Sí, cuídate —dije—. Buena suerte en el universo cuando acabe todo esto.
Mordecai me miró con gesto triste.
—Sí. Que tengas buena suerte tú también. —Me agarró por la chaqueta, me miró a los ojos y luego susurró—: Te digan lo que te digan, no merece la pena. No hasta que llegues al duodécimo piso. Incluso en ese caso, negocia todo lo que puedas. Recuérdalo.
Cerró de un portazo y titubeé. ¿A qué se había referido? ¿Acababa de decir que era mejor morir a aceptar la salida que me ofreciesen en los pisos décimo y undécimo? ¿Qué más daría eso? ¿El décimo piso? ¿A quién pretendía engañar Mordecai? Habían muerto tres millones de personas en la primera hora. La verdad es que no esperaba ni sobrevivir el tiempo suficiente para que se abriese el segundo.
—Perfecto —dijo Dónut—. Esto es lo que vamos a hacer. Tú vas a ir por ahí y, si nos ataca algo, me protegerás.
—¿Vamos a caminar sin rumbo? ¿Ese es el plan? —pregunté.
—Tenemos aproximadamente unas veintinueve horas antes de que se emita el programa de televisión de esos alienígenas. Eso significa que nos quedan veintinueve horas para hacer algo espectacular. Pero —añadió Dónut— primero tenemos que conseguirte unos pantalones. No quiero presentarme así ante el universo. Ya me puedo imaginar los comentarios en las redes sociales marcianas. —Puso una voz alienígena fingida—: La gata es muy bonita, Blorg. Pero ¿por qué ese guardaespaldas suyo no lleva pantalones?
Suspiré y empecé a avanzar por el pasillo. Nos dirigimos hacia el lugar por el que habíamos venido, en dirección a la avenida principal. La zona entera donde nos encontrábamos estaba renegrida a causa de la explosión del buldócer goblin. La mancha de sangre del lugar donde el vehículo había atropellado a la criatura aún seguía allí. Todo lo demás había quedado destruido en la explosión.
—Sabes que tú tampoco llevas pantalones, ¿verdad? —le dije a Dónut un momento después.
—¿Sabes lo que tampoco llevo, Carl? Una capa que hace que parezca que acabo de ganar un premio de consolación en una convención de cómics para personas con necesidades especiales. Soy una gata. Las gatas no llevamos pantalones. No te hagas el graciosillo.
Llegamos al cruce y miré con cautela lo que había al doblar la esquina. No vi nada. El pasillo estaba iluminado por antorchas y no por ese liquen verde, por lo que había mucha más visibilidad. Parecía estar del todo abandonado en ambas direcciones. Salimos al ancho túnel.
—Perfecto. Sé que tu mente simple te estará diciendo que vayas por…
—Bien —dije al tiempo que me giraba hacia la gata—. Antes no tenía muy claro qué hacer al respecto, pero esta… transformación…, o lo que quiera que te haya pasado, me ha facilitado mucho las cosas. Voy a ir por ahí. —Señalé hacia el este—. Y tú vas a ir en cualquier otra dirección que no sea esa. Buena suerte.
—¿Qué? —preguntó Dónut—. ¿Quieres que nos separemos? No entiendo nada.
—Mira —continué—, Mordecai dijo que eras mucho más poderosa que yo. Genial. Eso significa que probablemente te vaya a ir bien. Mejor que a mí. —Me incliné hacia ella—. Pero prefiero que esto termine rápido y acabar aplastado por un buldócer goblin a pasar un segundo más lidiando con esta mierda. Los gatos son gilipollas. Vale, lo entiendo. Pero ¿sabes por qué a la gente le gustan los gatos a pesar de sus gilipolleces? Pues porque no hablan, me cago en la puta. Si lo hiciesen, si todos fuesen como tú, se habrían extinguido porque ya os habríamos matado a todos.
Abrí el menú e intenté encontrar la manera de salir del grupo.
—Espera, Carl. Un momento. No lo hagas. Lo siento. Espera.
—¿Qué? —dije.
La gata estaba sentada en el suelo y parecía alicaída.
—Lo siento. Tenías razón. Yo… Es que… ¿Te has despertado alguna vez de un sueño muy largo en el que eras una cosa y, al hacerlo, tardas unos instantes en darte cuenta de que en realidad no eres lo que creías ser hasta entonces?
Me la quedé mirando.
—O sea, cuando desperté hace unos instantes, tenía todos los recuerdos de lo que había sido hasta ese momento. Me vi sentada junto a la ventana mirando hacia el exterior, viendo la televisión todo el día, las horas que pasé en el trasportín de la señorita Beatrice para viajar a esos horribles pero maravillosos concursos, las veces que me dijeron que era una princesa. Y luego, de repente, mi mente lo procesó todo y comprendí lo que había ocurrido. Soy una gran campeona, Carl. Todo el mundo espera que actúe de una forma concreta, pero ¿sabes qué? También me gustaba mucho echarme en tu regazo y ver cómo te reventaban una y otra vez en el Call of Duty. Mira que eras malo en ese juego, pero no perdías la esperanza. En aquel momento no lo sabía, pero era algo que me encantaba.
—¿Qué estás diciendo, que no eres una princesa pija y gilipollas que está como una cabra?
—No, no, sí que soy una princesa, Carl. Pero intentaré ser menos gilipollas. Te necesito. Y tú me necesitas a mí, ¿sabes? Mira, estoy muy asustada. No quiero quedarme sola. Y te conozco y sé que tú tampoco quieres estarlo. Te vi el otro día mirando ese mapa en tu ordenador, y luego los apartamentos en Craiglist.
—¿A qué te refieres? —pregunté. Pero sabía muy bien a qué se refería.
—Recuerdo un día en el que podían usarse los pasos de montaña. Podrías haberme llevado con los padres de la señorita Beatrice, pero no quisiste. Estabas buscando apartamentos que permitiesen gatos. Estabas pensando michicuestrarme.
Me la quedé mirando. Eso era justo lo que había estado haciendo, pero no había llegado a aceptarlo.
—No habría servido de nada, por cierto. Su padre me hubiese recuperado al momento.
Suspiré. Eso también era cierto. El padre de Bea era un abogado de Yakima.
—Muy bien —dije—. Continuemos.
Seguimos avanzando. El minimapa mostraba los puntos cardinales, y nos dirigimos hacia el este. Le echaba un ojo de vez en cuando por si aparecían habitaciones especiales u otro tipo de puntos.
—Bueno, pero que sepas que no llevo pantalones porque decidiste saltar por la ventana —dije después de pasar unos minutos caminando en silencio. Eso me recordó algo, y me palpé el bolsillo de la chaqueta. ¡Sí! Una cajetilla de Marlboro. Quedaba la mitad y también tenía mi Zippo. Además, me había salido un encendedor en la caja goblin, por lo que ahora tenía dos. Me dieron ganas de sacar los pitis en ese momento, pero sabía que era muy probable que nunca volviese a conseguir cigarrillos, así que preferí guardarlos.
—Si no hubiese saltado por la ventana, ahora los dos estaríamos muertos.
—Pero ¿por qué saltaste?
—Para —siseó Dónut—. Hay algo ahí delante.
Habíamos pasado por una infinidad de cruces y de callejuelas. Todo en aquel laberinto era muy monótono. No había visto señales de vida. Nos detuvimos en una calle estrecha parecida a aquella donde se había ocultado el buldócer de los goblin. Estaba del todo oscura. En el mapa, dicha calle llegaba hasta otro cruce, y luego se dividía aún más. Solo se veía hasta ahí; el resto estaba sin descubrir.
No había puntos rojos ni nada parecido, que yo viese al menos.
—¿Qué pasa?
Dónut saltó desde el suelo y aterrizó en mi hombro. Reprimí un resoplido. Ya no me parecía tan pesada. Pero luego recordé que yo era mucho más fuerte que antes. Me rodeó el cuello con su cola peludita y se quedó mirando hacia delante. Un gruñido grave brotó de su garganta.
—¿Qué pasa? ¿Qué estás viendo?
¡Pum! ¡Pum!
Dos rayos salieron despedidos de los ojos de Dónut, uno detrás de otro. Eran muy parecidos a disparos láser de una película de ciencia ficción. Me sorprendió tanto que estuve a punto de caer hacia atrás, pero conseguí mantener el equilibrio. Luego recordé que había conseguido el conjuro Proyectil mágico.
El primer proyectil golpeó la pared de piedra de la calle estrecha, lo que hizo que cayese una lluvia de rocas y polvo. El segundo estaba mejor dirigido y avanzó a través del túnel antes de chocar contra algo que emitió un aullido de dolor. Estaba demasiado lejos como para ver qué era, pero cuando recibió el impacto del proyectil, apareció un punto rojo en el mapa.
—Vale. Ahí está. A por él —dijo Dónut.
—Bien, pero la próxima vez espera a que sepamos qué es antes de empezar a dispararle por la puta cara. ¿Y si hubiese sido una persona?
La criatura emitió un ruido grave a caballo entre un rugido y un balido, para luego empezar a galopar hacia nosotros. Fuera lo que fuese, era grande.
—Está claro que no es una persona, Carl —dijo Dónut.
Mierda, mierda, mierda. Esa cosa venia directa hacia nosotros.
—¡Dispara otro proyectil! —dije.
Un tercer proyectil mágico brotó de los ojos de Dónut, y este impactó directamente en el pecho de la criatura, que se tambaleó y gritó de dolor, herida sin duda. Pero siguió avanzando. Cuando el estallido del conjuro la iluminó, conseguí ver bien lo que era, lo que me permitió abrir la ventana emergente.
Llama maligna. Nivel 3.
Es una llama, pero es maligna. Si fuese humana, estaría cubierta de tatuajes carcelarios y pasaría el día por fuera de un supermercado tirándole los tejos a niñas de catorce años. Puede que acepte venderte algo si tienes cosas para intercambiar que le resulten interesantes.
Te aconsejo que esquives su escupitajo.
—¡Cagondiós, Dónut! —grité al tiempo que me apartaba de un salto de la entrada de la calle.
Un escupitajo rojo y del tamaño de una pelota de béisbol voló por el pasillo hasta caer al suelo, que empezó a chisporrotear hasta que la roca que lo conformaba se iluminó de tonos carmesíes.
Lava. La llama disparaba lava por la boca.
Cerré los puños. Mordecai había dicho que mis puñetazos eran mucho más potentes que las armas que llevaba encima, pero la idea de enfrentarme a una maldita llama con los puños me resultaba ridícula. Llevaba puestos los mitones que me habían salido en una caja de botín, pero no ofrecían protección alguna.
—¡Vas a tener que dispararle otra vez! —grité a Dónut.
—¡No puedo! —respondió ella—. ¡Me he quedado sin maná!
—¿No tenías una poción para eso? —grité mientras la llama seguía acercándose.
La maldita llama era más grande de lo que esperaba. Tanto como un caballo. La criatura tenía unas paletas enormes y amarillas. Giró la cabeza chamuscada y marrón hacia mí. Uno de los proyectiles le había reventado un ojo. Un icor negro y rojo rezumaba por uno de los lados de su cara. La desventaja SEPTICEMIA palpitaba sobre su cabeza. Esa potente desventaja era muy parecida al veneno. Actuaba más rápido, pero no podía acumularse y, a diferencia del veneno, podía sanarse con un simple conjuro de sanación o con una poción del mismo tipo.
La llama ya había perdido tres cuartas partes de su barra de salud. Dónut grito y saltó de mi hombro cuando el animal se echó hacia atrás para volver a escupir. El cuello de la criatura brilló de color rojo.
En ese momento, le propiné un gancho y luego un revés con la izquierda en la cara. Sentí cómo me crujían los huesos y un dolor horrible en la mano. No sabía si lo que había crujido eran los huesos de la llama, de mi mano o de ambos. Seguro que de ambos.
Gruñó con sorpresa y escupió la lava justo cuando le moví la cabeza, por lo que esta me pasó por encima del hombro. Me acerqué un poco más y volví a darle un puñetazo. Un golpe directo en ese cuello reluciente.
La criatura cayó como un saco lleno de martillos. Intentó gritar, pero no consiguió emitir sonido alguno. Me aparté cuando vi que el pelaje y la piel del cuello estalló en llamaradas rojas.
Le había roto lo que quiera que tuviese en su garganta para crear la lava.
La llama siguió balbuceando y emitiendo ruidos lastimeros mientras la barra de salud no dejaba de desaparecer. Un momento después, estaba muerta.
El charco de lava que tenía alrededor de la garganta se enfrió rápidamente, lo que llenó el pasillo de un intenso hedor a azufre.
Tenía la mano izquierda rota. Me latía a causa del dolor, pero gracias a mi capacidad para regenerarme, ya había empezado a recuperarse. Abrí el menú de salud y miré el gráfico de sectores. Podía hacer zoom en esa herida en particular, lo que me daba una explicación detallada de todo lo que estaba pasando.
Mi habilidad Regeneración había hecho un triaje de mis heridas para luego curar primero las más graves. Solo tenía la de la mano izquierda y algunas quemaduras menores en la derecha. También podía ajustar el menú para darle prioridad de sanación a otras partes. Un minuto después, estaba como nuevo.
—Le he hecho el 71 % del daño —comentó Dónut—. Dice que puedo coger el botín antes que tú.
El cadáver parpadeó, y luego apareció una ventana emergente.
Cadáver saqueable. Llama maligna. Nivel 3. Asesinada por la mazmorrera La gran campeona de toda la mazmorra Princesa Dónut, con ayuda del mazmorrero Guardaespaldas real Carl.
Cuero de llama de baja calidad.
2 filetes de llama crudos.
2 bolsitas de meta de calidad parque de caravanas.
El cuero desapareció de la ventana emergente del cadáver, así como uno de los filetes. El cadáver quedó desollado y convertido en una pila de músculos muy desagradable.
—Ahora tú —dijo Dónut.
—¿Meta? —dije. Me reí por lo absurdo que me parecía todo. Guardé el resto de los objetos en mi inventario, en el que aparecieron dos pestañas más: Comida y Narcóticos.
También conseguí algunos logros más. Uno por saquear el cadáver y otro por compartir experiencia. Recibí unas cajas de aventurero de bronce. Dónut también las consiguió, así como unos logros adicionales por lanzar su primer conjuro, por matar algo al fin y porque dicha criatura tuviese más nivel que ella.
—Eso no ha ido nada bien —dijo Dónut cuando seguimos viajando hacia el este—. Ha sido muy chapucero. No puedes hacerte daño cada vez que tenemos algún problemilla de este tipo.
—¿Problemilla? Hay que tener mucho más cuidado —dije—. No podemos ir por ahí a ciegas.
—Cierto. Tenemos que subir de nivel —comentó Dónut—. Y también tenemos que hacerlo rápido. Empiezo a pensar que este pasillo principal no es la mejor opción para viajar ni para luchar.
Se dirigió hacia un pasillo aleatorio lateral y tuve que apresurarme para seguirle el ritmo. Después de doblar algunas esquinas, nos encontrábamos lejos de la avenida central. Aquel lugar era más estrecho y el techo estaba a mucha menos altura. Todo brillaba del verde de los líquenes que había en las paredes. Algunos de los pasillos llevaban a callejones sin salida después de una curva. Pero, gracias al mapa, que iba rellenándose a medida que avanzábamos, fue muy fácil no perdernos.
El lugar estaba tan vacío que resultaba inquietante. De vez en cuando se oía un chirrido en la distancia y, en una ocasión, oí algo parecido a una persona desgañitándose seguido de unos disparos. Pero estaba muy lejos, y no distinguí de dónde venía el ruido. Seguimos así durante lo que me parecieron horas, sin cruzarnos con nada ni con nadie, a excepción de algún que otro gremio de tutorial. Y baños. Había baños por todas partes.
Eso era lo más extraño. Me dio la impresión de ver la puerta de un baño cada medio kilómetro, más o menos. Todas eran diferentes y parecían sacadas de baños auténticos de restaurantes, bares y edificios de todo el mundo. Algunas aún tenían el monigote del hombre o de la mujer. Una tenía unos caracteres que parecían coreano o algo así. Otra tenía una nota que decía que solo era para clientes del establecimiento.
Abrí los primeros cuatro baños con los que nos topamos y todos eran iguales por dentro. Un retrete plateado y un rollo de papel higiénico. Sin lavabo ni espejo. Solo un retrete y muy poco espacio para sentarse. Daba igual lo ancha o lo estrecha que fuese la puerta, la estancia siempre era la misma. Para ponerlo a prueba, cogí el rollo de papel higiénico, lo desenrollé un poco y metí el extremo en fondo del retrete sin agua. Cuando pasamos por el baño siguiente, lo abrí y, tal y como esperaba, el papel estaba en la misma posición.
Después, cerré la puerta e hice que Dónut la abriese. Ella podía abrir y cerrar puertas con solo mirarlas, mientras estuviese lo bastante cerca. Abrió la que yo acababa de cerrar, pero en esta ocasión lo que había dentro era un cubículo que me llegaba a la altura de las rodillas y en el que había un arenero.
—Perfecto. Necesitaba miccionar —dijo Dónut, que entró en la habitación y cerró la puerta. Salió treinta segundos después y lo llenó todo de arena. Me miró por encima del hombro—. Deberías entrar. Tienes aspecto como de tener ganas de ir al baño.
Lo único de lo que tenía ganas era de dormir. La adrenalina que había corrido por mis venas debido a todo lo que nos había pasado empezaba a remitir, por lo que empezaba a sentirme agotado. Solo había descansado más o menos una hora cuando me desperté la noche anterior. «¿La noche anterior? Pero si solo habían pasado unas cinco horas». Abrí el menú de salud y vi que me marcaba AGOTADO. Era un estado que no se curaba con mi regeneración natural. Teníamos que encontrar una de las zonas de descanso. Mordecai dijo que las encontraríamos por todas partes. Podríamos montar allí una base de operaciones temporal y explorar la zona con cautela y deliberadamente. Deambular sin rumbo terminaría por meternos en un grave aprieto tarde o temprano.
Unos minutos después, nos atacó un grupo de ratas de nivel 2. Eran cinco, unas criaturas chillonas y estruendosas que tendrían la mitad del tamaño de Dónut. Los monstruos no eran demasiado grandes, pero las cabronas eran gigantescas para ser ratas, la verdad. Me mordieron y me arañaron, lo que me dejó la desventaja VENENO, que solo duró un segundo antes de que la capa la anulara por completo.
Terminé estampándolas contra la pared una a una. Al chocar, explotaron como globos de agua. Fueron unas muertes exageradas y muy sangrientas, casi como si sus cuerpos tuviesen el doble de sangre de la que deberían tener.
Dónut había subido a nivel 2 después del enfrentamiento con la llama. Al parecer, recibíamos puntos de experiencia dependiendo del porcentaje de nuestra participación en la batalla. Pero el número no se basaba únicamente en el daño que infligíamos. Supuse que apoyar al equipo tanqueando o curando también contaba en dicho reparto, aunque no tenía datos suficientes para saberlo con seguridad. También me dio la impresión de que el simple hecho de estar en grupo con alguien y estar presente en el enfrentamiento granjeaba una cantidad mínima de experiencia. Con las ratas, estuve a punto de subir a nivel 3.
Dónut, que no me había echado una pata en el combate, se pasó los cinco minutos siguientes quejándose porque sus «consejos» tendrían que haber contado a la hora de recibir más experiencia.
Sin duda, la gata se estaba esforzando por ser menos desagradable, pero seguía siendo una gata. Era imprudente, no tenía pelos en la lengua y soltaba cualquier tontería sin pensar. Pero también tenía muestras de afecto muy gatunas. En una ocasión, me detuve y me apoyé en una pared para descansar, momento que Dónut pasó ronroneando y frotándose contra mis piernas. Bajé la vista, y ella la alzó para mirarme a los ojos.
—¿Qué pasa? —dijo.
Cuando al fin llegamos a una estancia segura, habíamos participado en unas diez refriegas más, todas contra ratas y unas criaturas grandes con forma de cucaracha llamadas desperdigadores. Los bichos tenían el tamaño y la forma de una hogaza de pan. No recibimos botín interesante en dichos enfrentamientos, solo pelajes de rata y un caparazón de desperdigador que soltó una de esas cucarachas. Dicho caparazón apareció en mi menú de creación de objetos. Los maté a todos con los pies descalzos. Las ratas, a patadas; las cucarachas, saltando sobre ellas. Crujían como patatas fritas bajo mis pies.
Mientras daba buena cuenta de los enemigos, Dónut se aseguró de lanzar al menos un proyectil mágico en cada combate desde la seguridad que le proporcionaba estar sobre mi hombro. Su nivel de habilidad con el conjuro aumentó hasta 3. Me pasé unos instantes inspeccionando sus características. No podía verlo todo, pero sí que ahora tenía 17 de Inteligencia, lo que significaba que contaba con 17 puntos de maná. Cada vez que lanzaba el conjuro gastaba 5 puntos. En mi caso, yo recuperaba dichos puntos muy despacio, lo que hacía que mis capacidades mágicas fuesen prácticamente inservibles. Dónut los recuperaba mucho más rápido, a un punto por minuto, más o menos. No tenía ni idea de por qué, pero me seguía pareciendo muy lento. La mayoría de los enfrentamientos se decidían en segundos.
Subí a nivel 3 y conseguí una habilidad llamada Soldado de a pie, así como otra llamada Despachurrar.
La habilidad Soldado de a pie aumentaba el daño que infligía con las patadas.
La habilidad Despachurrar hacía… algo diferente.
La voz que leyó la descripción sonó mucho más grave y gutural que en otras ocasiones. Era como si un tipo estuviese hablando mientras se hacía una paja.
Despachurrar: habilidad nivel 3.
Matar con los pies. Con esos preciosos pies… descalzos.
Esos pies…, encima de una criatura viva y consciente, que empiezan a presionar con cariño, hacia abajo, hasta que dicha vida deja de existir. ¿Hay una manera más noble de asesinar?
La cantidad de presión que puedes ejercer sobre un enemigo con tus pies descalzos aumenta un 10 % con cada nivel de habilidad.
Recordé el extraño mensaje que había recibido antes, cuando había saltado sobre el ingeniero goblin. Me había parecido un chiste sin más, como la mayoría de las descripciones. Pero al parecer la IA, o lo que quiera que controlase los mensajes del juego, era fetichista de pies de verdad. Qué cosa más rara, joder.
—Supongo que jamás conseguiremos calzado —dijo Dónut después de que yo cometiese el error de leerle la habilidad a la gata.
—Sí que vamos a conseguirlo. Y pronto —dije.
—Yo creo que le gustas al ordenador este —continuó—. O que le gustan tus pies, al menos. Tenemos que aprovecharnos de eso. Si le gustamos al sistema, quizá nos ponga las cosas más fáciles.
—Me incomoda un poco, la verdad —dije.
—A mí me incomodaría que me comiese un osgo, Carl. Así que si ese novio tuyo que se come tus piececitos con los ojos nos sigue sacando estos bichos facilones en lugar de las llamas que escupen lava, será mejor que pongas buena cara, te olvides de tu privilegio masculino y te sacrifiques un poco por tu princesa.
—Que me sacrifique un poco por mi princesa… —murmuré mientras ella se reía a carcajadas.
Vi la estancia segura brillando en verde al borde del minimapa, y nos dirigimos hacia ella sin dejar de discutir.
Los desperdigadores aparecían cada vez con más frecuencia, lo que sin duda indicaba que el nido principal tenía que estar cerca. Eso era lo que esperaba al menos, ya que tenía la esperanza de que Dónut no tuviese razón. Una de esas cucarachas de nivel cuatro se escabulló cuando nos acercamos y desapareció por una caverna grande y redonda que estaba justo después de la entrada de la estancia segura. No la perseguimos y decidimos ir a un lugar donde estuviésemos más protegidos.
Entramos en la estancia.

ENTRANDO EN LA ESTANCIA SEGURA
Entramos y nos quedamos muy quietos y con la boca abierta.
—¿Qué clase de lugar mágico es este? —preguntó Dónut, que se bajó de mi hombro agitando la cola con emoción—. Esa es la torre para gatos más grande que he visto jamás.
—No es una torre para gatos —dije—. Es el parque infantil.
Habíamos llegado a un restaurante de comida rápida. Era casi como un McDonald’s, pero en lugar de rojo y amarillo, todo era blanco y azul. El parque infantil tenía un tobogán enorme, túneles y una piscina de bolas, elementos que parecían sacados directamente de mi infancia. Las marcas de las paredes se encontraban en un idioma extraño, polaco quizá. Había imágenes de juguetes de plástico de alguna película de dibujos animados que parecían ser el premio dentro del Happy Meal de ese mes. No recordaba el nombre de la película, pero sí el hipopótamo y esa cosa parecida a un hurón. Era una que acababan de estrenar.
Habían cogido un restaurante de comida rápida, intacto y al completo, de un país aleatorio y lo habían colocado allí bajo tierra.
Habíamos atravesado la entrada principal. Unas ventanas grandes rodeaban el restaurante vacío, pero lo único que parecía haber detrás del cristal era una pared. Tres pantallas gigantescas se encontraban sobre el mostrador, pantallas en las que normalmente estaría la carta.
Pero, en lugar de dicha carta, en ellas había información sobre el juego en el idioma estándar del Sindicato. Dónut brincó en dirección a la zona de juegos y desapareció en aquel colorido laberinto para niños mientras yo leía las pantallas.
En la primera había una cuenta atrás que indicaba el tiempo que quedaba hasta el derrumbe del piso: 4 días y 17 horas. El mensaje que había debajo rezaba:
Tiempo para el estreno de Planeta mazmorrero: Tierra.
23 horas y 42 minutos.
Mazmorreros restantes:
4.322.395.
Parpadeé al ver el número. ¿Qué coño? Unas pocas horas antes habían sido diez millones. No dejaba de reducirse mientras lo miraba.
Bajé la vista a mis pies, llenos de sangre y cubiertos de restos quitinosos de bicho y ese potingue blanco que salía de los más grandes. Habíamos tenido suerte por el momento. Encontramos buen equipo y sobrevivimos a varios ataques. ¿Esas personas que habían muerto no se habían unido a nadie? Me dio la impresión de que había demasiadas bajas. Me estremecí.
Tragué saliva y continué examinando las pantallas.
La siguiente rezaba:
Marcador:
El marcador se activará tras la desaparición del tercer piso.
La tercera de las pantallas rezaba:
Bienvenidos a la estancia segura. Estáis en el primer piso.
Habitaciones de alquiler disponibles: 20.
Precio de las habitaciones de alquiler: 0 de oro.
Se podrán comprar espacios personales en el cuarto piso.
Hay comida disponible es esta ubicación.
¿Habitaciones disponibles? Miré el minimapa y lo amplié para que cubriese toda la pantalla. El restaurante tenía tres salidas. Estaba la puerta por la que habíamos entrado y otra en la pared opuesta, con una equis encima y una línea de puntos que se perdía por debajo. Hice clic mental en ella y se abrió una ventana emergente:
Los espacios personales aún no están disponibles.
Al parecer, podía comprar una casa o una base de operaciones. Pero si los pisos iban desapareciendo uno a uno, ¿significaba eso que tenía que comprarlas cada vez que llegaba a un nuevo nivel?
Al otro lado de la tercera puerta, que tendría que haber llevado al exterior, vi un pasillo estrecho flanqueado por diez estancias pequeñas a cada lado. Eran minihabitaciones de hotel poco más grandes que un armario. Lugares para dormir.
En ese momento, reparé en el punto blanco que había en el mapa. Me sobresalté al darme cuenta de que había una criatura en pie a mi lado, justo detrás del mostrador. Devolví el mapa a su posición habitual y me la quedé mirando. Era peluda, con un sombrero de papel y solo un poco más alta que el mueble tras el que se encontraba, lo que explicaba que no la hubiese visto hasta ese momento. La examiné.
Tally. Protector bopca. Nivel 63.
Cuidador de esta estancia segura.
PNJ no combatiente.
Los protectores bopca son criaturas mágicas parecidas a gnomos que solo existen para cuidar las estancias seguras. Hacen todo lo necesario: desde limpiar los váteres hasta preparar la comida. Son ariscos, apestosos y nunca se lavan las manos.
Me acerqué con cuidado al mostrador. El enano peludo no se movió, como si fuese una estatua. Tenía el pelo castaño, pero con unos extraños matices de tonalidad verdosa. La criatura tenía tanto pelo en la cara que solo se le veían los ojos negros y la nariz protuberante, cubierta de venas rojas e inflamadas. Olía a algo parecido a moho. Llevaba un delantal azul, un sombrero de papel y una placa con su nombre en la que se leía: «Tally».
—¿Qué tal? —saludé.
—¿Quieres comida? —preguntó, alzando la voz más de lo que esperaba. La criatura tenía acento eslavo. No era ruso, pero parecido.
—Pues… ¿Qué tienes? —pregunté, al tiempo que alzaba la vista hacia las pantallas de la carta, que no habían cambiado—. ¿Hay una lista en alguna parte? Perdón. Es que soy nuevo.
—Tally ya sabe que eres nuevo. La mazmorra acaba de abrir. Abrió sin previo aviso, por lo que Tally no está listo. Pero sí lo bastante listo como para preparar comida para un mazmorrero humano. Tally está preparado. Se ha estado preparando durante muchos años para la cocina de los mazmorreros humanos. —Se inclinó hacia delante y se puso de puntillas para mirar a Dónut, quien no dejaba de saltar de un lado a otro en la piscina de bolas—. Pero Tally no está preparado para gata. Tengo leche. Mejor que galleta de mascota.
—En realidad…, le gusta el yogur —dije—. Se supone que no puedo darle mucho, eso sí. Bea se pone… —Me quedé en silencio—. Los gatos necesitan carne para sobrevivir.
—¿Vas a alquilar una habitación? —La criatura casi ni movía músculo alguno al hablar. Me perturbaba.
—Sí —dije—. Sé que tenemos tiempo limitado, pero necesito dormir.
—Le daré yogur a la gata. Tendré lista carne para la gata cuando despiertes. Pero puedo preparar comida para ti ahora mismo si quieres.
—Claro —dije—. ¿De verdad tienes yogur?
—Sí. ¿Qué quieres comer?
En ese momento, me di cuenta de que me estaba muriendo de hambre.
—¿Me recomiendas algo en especial?
Silencio.
—¿Quieres que prepare la comida que yo quiera?
—Sí —aseguré—. ¿Por qué no? Mientras no sea pescado o algo así. Ya he comido pescado suficiente para dos vidas.
Tally asintió casi sin mover la barbilla.
—¿Toleras bien el picante? Dime cuánto en una escala del uno al cinco.
—Pues… Hablamos de tolerancia al picante nivel humano, ¿verdad? Me gusta bastante, así que digamos que cuatro. Pero solo si es a nivel humano, ¿eh?
—Es a nivel humano. Siéntate. Abre cajas. Espera. Tally te llevará la comida. Luego, a dormir.
Colocó un vaso y un pequeño cuenco de cartón sobre el mostrador y luego cabeceó en dirección a una fila de máquinas de refresco antes de darse la vuelta y marchar hacia la parte de atrás.
Una vez en la máquina de refrescos vi que podía elegir entre Hoop Cola, agua, leche, vodka y algo llamado Warka, que supuse que sería cerveza después de abrir un poco el grifo. Estuve tentado de llenarme el vaso de cerveza, pero me decidí por el agua. Luego llené el cuenco también con agua. Le di un sorbo y me sorprendió lo fría y pura que estaba. Negué con la cabeza y me dirigí a un reservado.
Había recibido varias cajas, entre las que se encontraba una caja de aventurero de plata por hallar mi primera estancia segura. Pasé los minutos siguientes revisando el botín, inservible en su mayoría. Poción, poción, antorcha, vendas… Eso era nuevo. Detenía los efectos de Hemorragia. No sabía si mi camisa de piel de trol también servía para evitarlos.
Todo lo que había en las cajas era lo mismo de siempre, a excepción de un anillo de plata que me había salido en la caja también de plata. El anillo me daba +1 a Constitución, lo que me la subía hasta 10.
Dónut saltó sobre la mesa mientras esperábamos. Bebió un poco de agua del cuenco mientras yo terminaba de examinar el botín. Ella también había conseguido algunas cajas, entre las que había una caja de objeto mágico de oro por ser uno de los primeros cien mazmorreros en subir el conjuro Proyectil mágico hasta nivel 3.
En la caja había veinticinco pociones de recuperación de maná y un colgante para el collar. El colgante era una pequeña mariposa de plata. Dónut soltó un gritito de alegría al recibirlo. Tenía una pequeña anilla para colocarlo con facilidad en el collar y tintineaba al moverse.
Negué con la cabeza otra vez. El juego seguía adecuando los premios al mazmorrero que los recibía.
—Te aconsejo que no lleves una puñetera campana colgada del cuello. ¿Sabes por qué la gente se las pone a los gatos? Para que los pájaros y las ardillas los oigan cuando se acercan a ellos sigilosamente.
—Pero es adorable —dijo Dónut mientras el colgante aparecía de repente en su collar—. Y me lo voy a poner.
Analicé las propiedades del colgante.
Talismán de la mariposa color pizarra.
Aquellos que recuerdan y conmemoran la triste historia de la mariposa color pizarra reciben la bendición de las criaturas feéricas de todo el mundo. Ese cuento me hizo llorar y todo.
Añade +4 a la habilidad Pies ligeros. Añade +1 de Inteligencia. Las criaturas feéricas aladas no te verán como un enemigo automáticamente.
No tenía ni idea de cuál era ese cuento de la mariposa color pizarra, pero tenía que admitir que el objeto estaba bastante bien. Ahora, ¿merecía la pena por el ruido que íbamos a hacer? Ni idea. Lo cierto es que tampoco es que yo fuese un as del sigilo.
La habilidad de Pies ligeros solo servía para que Dónut saltase más alto y más lejos. Ya tenía un 3 en la habilidad antes de ponerse el objeto, por lo que sumándole los puntos del colgante ahora tenía 7. Cuando se lo puso, se dirigió entre brincos a la zona de juegos y saltó a la parte superior de los tubos de plástico, el doble de alto de lo que podía saltar antes. Se pasó los diez minutos siguientes corriendo como una loca por la zona de juego, como hacía cuando era pequeña.
Joder. ¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? ¿Cuatro años?
—Oye —grité—. ¡Ten cuidado! ¡No te olvides de que aún tienes que aterrizar!
Tally salió de la cocina con dos bandejas. Rodeó el mostrador y las colocó sobre la mesa.
—A comer.
Para Dónut solo había traído un cuenco lleno de un yogur blanco. La gata regresó a la mesa y lo olisqueó con gesto de sospecha.
—¿Esto qué es? —pregunté mientras tocaba mi comida con un tenedor de plástico. Tenía un olor delicioso.
—Es vindaloo murgh. Picante nivel cuatro. Cubitos de pollo deshuesado en una reducción de salsa vindaloo sedosa y agridulce. También lleva patatas y más especias. Va servido sobre una cama de arroz biryani, y también te he preparado un naan de ajo y espinacas. Perdón por no tener cordero. Se llevaron el que tenía para convertirlo en un enemigo del segundo piso. —Se giró hacia Dónut—. Alteza real, también he pedido salmón para servírtelo al despertar. Lo prepararé como es debido, cortado en dados y con un acompañamiento. Lo tendréis listo más tarde.
—¿Alteza real?
—Gracias, Tally —dijo Dónut—. Ah, Tally. Otra cosa.
—¿Sí, alteza? —preguntó al tiempo que hacía una leve reverencia.
—Por favor, asegúrate de que Carl y yo tenemos la mejor habitación en la que recuperarnos esta noche. Eso es todo.
—Pero si seguro que son todas iguales —dije—. Además, ¿no vas a coger una para ti sola?
—Claro, alteza —dijo Tally, que luego se dio la vuelta.
Miré a la gata, que parpadeó y luego ladeó la cabeza peluda en lo que supuse que sería una especie de encogimiento de hombros.
—No es culpa mía que me considere parte de la realeza.
Le di un bocado a la comida y, en ese momento, me olvidé de todo lo que me rodeaba. Era lo más delicioso que había probado jamás. Nunca me había gustado demasiado la comida india, pero joder… Tenía el toque perfecto de picante. Lo devoré en escasos minutos.
Tally había regresado a su lugar detrás del mostrador y se quedó allí, inerte.
—Tío… —dije—. ¡Es lo mejor que he comido nunca!
Él asintió un poco.
—¿Estarás en todas las estancias seguras?
—No —dijo él—. Cuando desaparezca este piso, apareceré en otro aleatorio de la mazmorra. Y, cuando ese desaparezca, seguiré bajando hasta que ya no se me necesite.
No detalló qué significaba eso.
—Bueno, pues creo que me voy a quedar por aquí unos días más —dije. Reprimí las ganas de pasar la lengua por el plato. ¿De verdad podía prepararme comida de cualquier parte del mundo?
«El mundo ya no existe».
Una oleada de tristeza se apoderó de mí de manera inesperada. Respiré hondo. Saqué los cigarros del bolsillo y estuve a punto de encender uno, pero en ese momento oí un firme y estruendoso «No» que había venido de detrás del mostrador y que me hizo guardarlo.
—No podemos quedarnos aquí —dijo Dónut—. Tenemos que seguir avanzando.
—Tengo una idea —dije—. Creo que hay un nido de esos desperdigadores aquí al lado. Mi propuesta es que pasemos un tiempo aquí para intentar deshacernos de él. Seguro que conseguimos experiencia. Y una vez aparezcan las entradas al siguiente piso de la mazmorra, iremos a buscar la escalera. Pero hasta que llegue ese momento, tendremos aquí un lugar donde dormir, comer bien y ganar experiencia. Creo que este lugar es perfecto.
—Vale —dijo Dónut un momento después—. Pero tenemos que intentar matarlos con estilo, de una forma emocionante y que, al mismo tiempo, sea vistosa. Con chispa. Quiero salir en ese programa, Carl
—No vamos a salir en el programa —dije.
—¿Es que no has oído lo mismo que yo? ¡Millones de seguidores! ¡Cajas de botín! Tenemos que salir en el programa. De hecho, creo que nos vendría bien pensar en una frase pegadiza.
Suspiré.

TIEMPO PARA EL DERRUMBE DEL PISO:
4 DÍAS Y 3 HORAS
Dormí mucho más de lo que tenía planeado. Las habitaciones eran pequeñas, pero no claustrofóbicas como los baños de la mazmorra o las letrinas de una patrullera de la Guardia Costera. La cama era más cómoda de lo que esperaba. Las sábanas de algodón blanco olían a nuevas y tenían también un leve aroma a detergente. Y, aunque las paredes de la mazmorra eran húmedas y sofocantes, la temperatura de las habitaciones era lo bastante fresca, justo como me gustaba. Dónut insistió en dormir en la misma que yo. Como era habitual, lo hizo junto a mi cuello.
No me atreví a quitarme la camisa ni la capa, aunque se suponía que era un lugar seguro. Me dormí nada más poner la cabeza sobre la almohada. No soñé con nada y no sentí el agobio de las pesadillas, como me pasaba todas las noches.
Me desperté descansado y lleno de energía. Miré la cuenta atrás, sorprendido por haber descansado diez horas seguidas. No había dormido tanto sin despertarme desde hacía al menos cinco años. Había hecho falta el mismísimo fin del mundo para hacerlo bien una noche entera.
Dónut soltó un gran bostezo y rodó a un lado cuando yo me incorporé.
—Vuelve a la cama —dijo con voz soñolienta—. Necesito unas horas más. Te lo ordena tu princesa.
—Levanta —dije—. Tally te va a preparar la comida, ¿recuerdas?
Eso la espabiló.
Los baños del restaurante tenían cubículos con duchas en las que había dispensadores de gel y champú. También había hojillas desechables baratas y espuma de afeitar. Me quité la ropa al fin y me di una ducha caliente y larga. Me quedé debajo del agua hasta que dejó de salir negra. No había toallas, eso sí, así que me tuve que secar al aire.
Mi reloj interno ya estaba roto por completo. Sabía que volvía a ser de noche en la superficie del planeta, pero cuando vi el plato de beicon, huevos y tortitas me senté y aspiré el aroma. Era como si fuese la hora del desayuno, como si el día acabase de comenzar.
Me pregunté cómo les estaría yendo a aquellos que habían sobrevivido pero no habían entrado en los túneles. ¿Estarían bien? Sobre todo los que se encontraban en zonas donde había tormentas invernales. Se habían quedado sin lugares donde resguardarse e iban a tener que construirlos. No tendrían electricidad, por lo que también tendrían que encender fogatas. ¿Y cuánta comida habría disponible? Seguro que no mucha. Era muy probable que animales como pollos o cerdos estuviesen dentro de sus corrales y graneros cuando había ocurrido el desastre.
Frente a mí, Dónut se afanaba con su tercer plato de paté de salmón.
Había evitado deliberadamente mirar las pantallas, pero lo hice en ese momento. 4.148.111. ¿Cuánto quedaba para que yo me convirtiese en uno más de esos números que desaparecían?
Intenté hacerle a Tally algunas preguntas generales sobre la mazmorra, pero se negó a responder. Solo lo hacía a preguntas relacionadas directamente con las estancias seguras.
—Si me compro un espacio personal, ¿se transferirá entre pisos de la mazmorra?
—Sí —dijo él—. Y también de estancia segura en estancia segura. También recomiendo que compres todos los accesorios cuanto antes. Algunos objetos solo se mejoran cuando desciendes un piso, por lo que si esperas varios pisos antes de comprar una mesa de artesanía, no mejorará tanto como una que hubieses comprado antes.
Poco después, salimos a matar algunos bichos.
En el exterior, el pasillo estaba igual que antes. Busqué con cautela puntos rojos en el minimapa, pero no vi ninguno. Me alejé un poco de la entrada, saqué un cigarro y lo encendí. Le di una gran calada. Los conté y comprobé que me quedaban nueve.
—¿En serio, Carl? ¿De verdad tenías que encender esa cosa? Ya sabes lo que pienso.
—Por Dios, Dónut —dije—. Eres peor que Bea.
—Reconozco que la señora Beatrice y yo no coincidimos en muchas de las políticas de convivencia, pero admito que con esta estamos muy de acuerdo. Los cigarrillos son asquerosos.
—Pues solo me quedan nueve, así que no tendrás que sufrir…
Me quedé en silencio de repente al ver a un trío de desperdigadores que doblaba una esquina, trinando a medida que se acercaban. Había dos de nivel 2 y uno de nivel 4, más grande que los demás. Ese tercer bicho era casi del tamaño de Dónut. No iba a aplastarlo con el pie.
Desperdigador guardián de la nidada. Nivel 4.
Es como una cucaracha que ha sido bautizada con rabia y bebidas energéticas.
Al igual que sus hermanos pequeños, el desperdigador guardián de la nidada es un bicho gigante cuyo único cometido en la vida es joderte vivo. A diferencia de sus hermanos pequeños, estos tipos son peligrosos.
«Mierda. Eso no suena nada bien».
No me apetecía nada luchar contra esa cosa con las manos desnudas. A pesar de saber que iba a hacer menos daño, saqué el garrote de sapo y lo aferré con fuerza mientras Dónut lanzaba tres proyectiles mágicos a la cucaracha más grande. La criatura siseó y rodó por los suelos unas cuantas veces, tras lo que su barra de salud se redujo a la mitad.
—¿Quieres que lo ataqué otra vez? —preguntó Dónut—. Puedo beberme una poción de maná.
—No —dije, aliviado tras comprobar el daño que le hacían los proyectiles—. Yo me encargo.
Di un pisotón hacia delante y aplasté a las cucarachas pequeñas.
El guardián de la nidada recuperó la compostura y volvió a cargar hacia mí. Era rápido, pero yo estaba preparado. Sus patas repiquetearon, y no dejaba de agitar esa especie de mandíbulas, antenas o lo que fuesen. Le di un golpe con el garrote en la cabeza. El extremo redondeado del arma rebotó en la criatura, que siseó y cayó hacia atrás.
Al parecer, el golpe no le había hecho mucho daño. Además, había tenido que inclinarme hacia delante con torpeza para darle. Cambié rápidamente al atizador para ver si funcionaba mejor. El bicho volvió a cargar, momento en el que lo apuñalé con el atizador de hierro. Al chocar contra la cabeza, el arma salió despedida de mi mano y voló por los aires.
«Menudas armas de mierda, joder».
Di un paso atrás para luego dar una patada rápida hacia delante, que golpeó a la cucaracha justo por debajo de su cabeza semicircular. Aulló de dolor. La patada había hecho más daño que el proyectil mágico. Di un paso al frente y seguí dándole patadas mientras el bicho retrocedía. Dónut se bajó de mi hombro con un bufido justo en el momento en el que yo me impulsé para pisar con fuerza el lomo de la criatura.
La cucaracha explotó como un globo lleno de pudin de coco.
—Cagondiós —dije cuando vi el potingue que me cubría los pies.
Dónut se acercó y empezó a olisquear los restos. No parecía haber nada que saquear.
—Los de nivel 4 no son tan difíciles de matar —dijo la gata—. Pero huelen fatal, eso sí.
Miré el mapa. Unas pocas curvas en el pasillo llevaban hasta una estancia más grande. Parecía que allí también había una puerta.
—Vale. Esto es lo que vamos a hacer —dije mientras me acercaba para recoger el atizador. Estaba claro que no servía para nada, por lo que lo guardé en el inventario—. Esperaremos a que recuperes el maná. Luego, avanzaremos con sigilo hacia esa estancia principal y echaremos un vistazo en el interior. Si vemos que nos sobrepasa, volvemos corriendo aquí y entramos rápidamente en la estancia segura.
—La puerta de la estancia segura no se abrirá si hay enemigos fuera —dijo Dónut.
—Pues habrá que correr más.
—Me parece bien —dijo un momento después—. Pero recuerda que yo puedo correr mucho más rápido que tú.
Terminamos matando varias decenas más de desperdigadores de nivel 4 antes de llegar a la puerta. Descubrimos que si recibían un impacto de proyectil mágico en la cara justo antes de abalanzarse hacia nosotros, se quedaban aturdidos. Yo me dediqué a darles varios puñetazos para luego aplastarles la cabeza, lo que siempre se traducía en un golpe crítico. Recibimos varios viales de algo llamado «hemolinfa de desperdigador», que se parecía al potingue blanco que manaba de ellos al aplastarlos. El sistema lo identificó como un material alquímico.
De vez en cuando, alguno de los desperdigadores recibía la desventaja Septicemia tras el impacto de un proyectil mágico. Cuando ocurría algo así, se daba la vuelta e intentaba escapar. Lo normal era que se desmayase y muriese después de dar poco más de treinta pasos.
Tanto Dónut como yo teníamos nivel 5 cuando alcanzamos la puerta.
Para mí, subir de nivel no significaba nada por el momento. Me daban 3 puntos de característica cada vez, pero aún no podía distribuirlos. Lo único que me sirvió era que mis habilidades de Pugilismo, Combate sin armas, Soldado de a pie y Despachurrar también habían subido a nivel 5.
Gracias a la ventaja especial de Dónut, ella mejoraba mucho con cada nivel. Ahora tenía Fuerza 15, y cuando saltaba sobre mí sentía la fuerza de sus garras en el hombro, a pesar de la chaqueta de cuero y de la camisa de piel de trol.
—¿Tienes alguna habilidad que haga daño cortante? —pregunté—. Ya sabes, ataque con las garras o algo así.
—Claro que sí —dijo Dónut—. Mi Ataque rebanador tiene nivel 4. Y mi Garra trasera también.
—Vale. Bien —dije—. Podrás ayudar si nos metemos en problemas. Tienes mucha más fuerza que yo. Ya sabes qué hacer cuando se te acaben los puntos de magia.
La puerta que había al fondo del túnel no tenía ningún tipo de cartel oficial en el minimapa. Nos acercamos a ella con todo el sigilo posible, ya que la campanita de Dónut no dejaba de tintinear con cada paso. La habitación que había al otro lado era grande, redonda y tendría al menos unos ciento cuarenta metros cuadrados. La puerta era vieja y mugrienta, con un pomo que parecía haberse quedado colgando de un único tornillo. A pesar de que la estancia no tenía marca alguna en el minimapa, sí que había un letrero de papel escrito en la puerta y en alemán. Parecía una especie de comunicación oficial. El letrero era viejo y estaba desgastado, como si se hubiese escrito hacía mucho tiempo.
—Betreten verboten —susurré mientras lo miraba con ojos entornados—. Creo que eso significa: «No entrar». Después continuaba—. Auf Anordnung des Gesundheitszentrums. Eso ya no sé. Por orden de… algo. Creo. ¿Sabes leerlo?
Dónut me miró como si acabase de hacerle la pregunta más tonta del mundo.
—Da igual —susurré—. Vale. Abramos esto y veamos qué hay dentro.
El pomo no funcionaba, pero la puerta no estaba bien cerrada, así que la empuje lo más despacio que pude. Crujió al abrirse y yo me encogí de miedo.
La habitación estaba del todo a oscuras. No vi absolutamente nada. Oí unos crujidos, por lo que supe que habría algo en el interior. Pero no veía lo que era.
Dónut se había quedado quieta del todo, con el pelaje erizado como si estuviese muy asustada.
—¿Qué ves? —pregunté.
—Hay muchas de esas cucarachas de nivel 1 y 2 ahí dentro. Pero muchísimas. También hay algo más, pero no sé lo que es. Parecen pilas y pilas de basura. Huele como esa bolsa que te llevas los días que ese otro tipo viene al apartamento cuando tú no estás. Ya sabes. A calcetines o algo así. Pero como si hubiese cientos de ellos. No veo nada más. Enciende una antorcha y tírala ahí dentro.
—¿Cómo dices? —pregunté—. ¿Eso de lo que hablas es mi maleta del gimnasio? ¿Acabas de decir que hay un tipo que viene al apartamento cuando yo voy al gimnasio?
—Céntrate, Carl. Enciende la antorcha.
—Mira, tengo una idea mejor —dije.
No me lo podía creer. Bueno, la verdad es que sí que me lo podía creer. Era culpa mía. Tendría que haberla dejado hacía mucho tiempo. Me sentía como un imbécil. También me sentí muy temerario de repente.
—Prepárate para correr —dije mientras sacaba el cartucho de dinamita goblin. Era rojo y estaba húmedo y pegajoso por fuera, como si sudase. Examiné las propiedades.
La voz de presentador me leyó la descripción:
Dinamita goblin.
Esto es muy volátil. Es tan volátil que es muy probable que ni haga falta encender la mecha para hacerla estallar. Tan volátil que hasta un ruido fuerte podría hacerla saltar por los aires. Guárdala bien en tu inventario hasta que estés listo para usarla. Ten cuidado y no la aprietes muy fuerte, porque podrías hacer…
La IA se quedó en silencio unos dos segundos.
¡BUM!
Me gritó esa última palabra en la mente y estuve a punto de mearme encima. Tuve que quedarme quieto varios segundos mientras el corazón me latía desbocado.
—Eres un puto comemierda —susurré a la nada—. Vale —le dije después a Dónut—. A correr. Iré justo detrás de ti.
Dónut puso pies en polvorosa mientras yo sacaba con cuidado el Zippo. Encendí la larga mecha, que empezó a sisear y a chisporrotear como una bengala. Luego tiré la dinamita al interior de la estancia, con todas mis fuerzas. Me di la vuelta y empecé a correr.
Recé para que no explotase al caer al suelo.

Explotó al caer al suelo.
Había lanzado la dinamita bastante lejos hacia el centro de la estancia, pero solo me encontraba a unos pocos pasos de la puerta cuando explotó. ¡Bam! La sacudida estridente posterior me lanzó por los aires. Caí al suelo de piedra, reboté y empecé a deslizarme por él. La puerta de madera se astilló, y un pedazo aserrado me pasó justo por encima de la cabeza. Un humo apestoso y denso brotó del interior. Empecé a sangrar por un corte muy profundo en el cuero cabelludo.
Todo se puso rojo y recibí un aviso de PELIGRO SALUD BAJA. Pero desapareció poco después.
Oí el crepitar del fuego detrás de mí. Gruñí y rodé para colocarme bocarriba mientras mi salud empezaba a recuperarse poco a poco. Me sentía como si acabase de atropellarme aquel buldócer goblin.
Dónut apareció sobre mí y me miró desde arriba.
—¿Estás muerto? —preguntó.
—No —respondí—. Creo que no.
—Pues será mejor que te levantes. Vamos a ver qué es lo que acabamos de matar.
Me puse en pie. Mordecai me había dicho que mi salud se recuperaría por completo en unos dos minutos, pero esos dos minutos eran demasiado tiempo cuando sentías mucho dolor. Tenía más de diez pociones de salud, pero no quería malgastar una por el momento. No creía que me hiciese falta.
La habitación brillaba de color rojo. Cogí una antorcha de mi inventario. Fui a sacar el encendedor para prender fuego a la punta, pero justo en ese momento apareció una ventana emergente sobre la antorcha en la que se me preguntaba si quería activarla. Qué raro. Era diferente a la dinamita. Hice clic mental en SÍ, y la antorcha se encendió sola. Apareció un contador de media hora por unos instantes, antes de desaparecer justo cuando unas llamas relucientes y danzantes cubrieron la parte superior del palo.
Me quedé quieto en la entrada y eché un vistazo dentro. La habitación se parecía al interior de un contenedor de basura. Había montañas de desperdicios apiladas hasta el techo. Varios fuegos pequeños ardían por aquí y por allá, lo que hacía que el ambiente brillase de tonalidades rojas. Lancé la antorcha y la estancia se iluminó aún más.
Examiné los pedazos de bichos que había por el lugar. El minimapa estaba lleno de esas equis que señalaban los cadáveres de las criaturas. No vi movimiento ni puntos rojos. También recibí muchísimas notificaciones, pero todas quedaron guardadas en la carpeta.
—Creo que los hemos matado a todos. ¿Ves algo?
—Nada —respondió Dónut mientras entraba despacio. Se detuvo poco después de cruzar la puerta y se miró con asco una de las patas. Había pisado algo parecido a un pañal sucio—. Solo hay una cosa que huele peor que la basura: la basura quemada. Has dejado esto para el arrastre.
La seguí al interior. Dónut saltó en mi hombro y empezó a lamerse la pata de inmediato. Yo abrí las notificaciones mientras entrábamos con mucha cautela. El techo era más alto que el del pasillo, casi tanto como el de la avenida principal. El lugar estaba lleno de pilas de basura, amontonadas hasta alcanzar casi cinco metros. Vi una bolsa rajada a mis pies, en cuyo interior se apreciaban envoltorios de comida basura, revistas empapadas que también parecían estar en alemán y latas vacías.
«¿Por qué habrán traído la basura hasta aquí?».
Seguí caminando con cuidado de no cortarme los pies, pero ya había empezado a sentirlos diferentes, como si se hubiesen insensibilizado. De no ser así, caminar hubiese sido muy doloroso. Ahora seguía siendo incómodo, pero la cosa mejoraba por momentos. Y estaba ocurriendo mucho más rápido de lo que lo hubiese hecho antes de que pasase nada de esto.
Recibí varias mejoras de habilidades por lo que acababa de hacer. Manejo de explosivos. Manejo de explosivos peligrosos. Explosivos goblin. Además, también recibí otra caja goblin de plata por matar a más de diez enemigos con una bomba, y una caja de control de multitudes de oro por matar a más de quince enemigos con el mismo ataque. También recibí una gran bonificación de experiencia por eso, que casi me hizo subir hasta nivel 6.
Me quedaba una notificación, un logro. Hice clic.
—¿Oyes esa música? —preguntó Dónut, que dejó de limpiarse para mirar el techo.
¡Logro desbloqueado! El niñito del jefe.
Has atacado a un jefe de mazmorra y le has hecho daño. Un dato curioso: este suele ser, con diferencia, el último logro que reciben los mazmorreros que superan el tutorial. Interesante. ¿Por qué será?
Recompensa: Si te parece, vamos a esperar unos minutitos antes de desperdiciar un premio en ti.
¡Chin!
La puerta, que unos momentos antes había quedado reducida a astillas, se regeneró mágicamente y nos dejó encerrados en la estancia. Y, por si no había quedado claro, aparecieron unas barras relucientes y plateadas que la bloquearon aún más, una a una y con un clinc, clinc, clinc. Después, de entre las montañas de basura brotaron tres antorchas cuyos extremos eran calaveras.
Se oyó un estruendo en el otro extremo de la habitación. Había algo grande.
Empezó a sonar una música que inundó por completo el lugar. Era extraña, intensa e inconexa, como si alguien estuviese tocando un arpa con distorsión y sobre un ritmo machacón.
El suelo tembló al tiempo que atronó el anuncio.
¡Batalla contra jefe!
¡Has descubierto la guarida de un jefe de barrio!
Agárrense los machos, damas y caballeros. ¡Aaaaaallá vaaaaaamos!
La IA había hablado más alto de lo normal. Sonaba como el presentador de una de esas carreras de camiones gigantescos. Normalmente, solo lo oía en mi mente, pero en esta ocasión atronó por un altavoz de verdad. Reverberó e hizo temblar tanto las paredes como las montañas de basura.
—¡Carl! ¡Carl! ¡Esto no me gusta nada! ¡Sácame de aquí inmediatamente! —gritó Dónut. Se bajó de mi hombro y empezó a arañar la puerta, que no hizo amago alguno de abrirse—. ¡Carl, abre la puerta ahora mismo!
Me apoyé en la pared de atrás y esperé a que apareciese el monstruo.
—¡Prepárate, Dónut! —grité—. Cuando lo veas, empieza a disparar proyectiles mágicos. ¡Y usa las pociones de maná para recuperarte!
Dónut se dio la vuelta y, presa del pánico, disparó un proyectil mágico que rebotó inútilmente en una montaña de basura.
—Pero ¡espera a que veamos lo que es!
La basura explotó hacia arriba como formando un géiser de bolsas requemadas. Empezaron a llover partes de bichos, envoltorios de comida y papeles. En ese momento, apareció una mujer con los brazos extendidos, gritando mientras se abalanzaba hacia delante como si la hubiesen disparado de un cañón. Aterrizó con un estruendo a unos veinte metros de donde nos encontrábamos.
Dónut y yo nos miramos.
Era una mujer humana, de unos treinta y cinco años y muy gorda. Llevaba una camisa sucia y ajada, sin sujetador, y tenía la piel cubierta de costras y llagas. Llevaba unos pantalones de chándal azules con la palabra ROSA en las piernas, estirada al máximo. El pelo negro le caía de la cabeza en mechones. Al igual que yo, no llevaba calzado.
También medía cuatro metros y medio.
Vio cómo nos encogíamos de miedo y volvió a gritar.
Todo se detuvo cuando lo hizo.
Ella se quedó paralizada, yo me quedé paralizado y Dónut se quedó paralizada. Lo único que no había parado era mi mente, que iba a mil por hora.
«Pero ¿qué cojones…?».
Un retrato estilo policial apareció flotando en un marco redondo frente a mí, con mi nombre y mi nivel escritos debajo. Al lado del mío, apareció uno igual pero de Dónut.
Unas letras gigantescas que rezaban VERSUS se materializaron en el aire.
¡La Acaparadora!
¡Jefe de barrio nivel 7!
Atrapada en su pila de basura y abandonada por la sociedad, la guerra que libra en su mente ha empezado a reflejarse en el exterior e infectado tanto su cuerpo como todo lo que la rodea. La Acaparadora, convertida ahora en poco más que un trol de la basura, ¡es un recordatorio espantoso de lo que les puede ocurrir a aquellos que se alejan de la luz! ¡Está protegida por sus secuaces y hará todo lo posible para mantener a salvo su valioso botín!
El título de la mujer, la Acaparadora, apareció con una fuente estilizada y metálica cubierta de manchas de sangre. Parecía sacado de un videojuego de lucha. Cuando terminó la descripción, todos recuperamos la capacidad de movernos. La giganta terminó de gritar y dio unos pasos hacia nosotros, mientras la basura caía de su cuerpo a medida que avanzaba.
La mujer tenía la mitad del rostro quemado. Una barra de salud flotaba sobre su cabeza, y ya se había reducido en tres cuartas partes. Estaba claro que yo había hecho trampa en el enfrentamiento, ya que había matado a todos sus secuaces y le había hecho daño antes siquiera de que empezase el combate.
—Bitte helfen Sie mir —gritó la mujer, al tiempo que extendía las manos hacia nosotros. Tenía una voz grave y retumbante. Cargada de miedo. La giganta parecía muy asustada—. Ich weiß nicht, was los ist. Ich habe Bauchschmerzen. Ich weiß nicht, wo ich bin. Bitte, ich habe Angst.
—Joder, creo que es una persona de verdad —dije—. Es como si hubiese estado en su casa cuando ocurrió y luego hubiese acabado convertida en esta cosa. Deberíamos ayudarla.
—Claro…, pero va a ser que no —dijo Dónut. Disparó un proyectil mágico a la mujer, que se tambaleó cuando explotó contra su torso. Los restos ajados de la camiseta se chamuscaron y dejaron al descubierto unos pechos oscilantes y llenos de estrías que caían sobre una barriga hinchada y también llena de marcas. La salud no le bajó casi nada.
—Hilfe! —volvió a gritar esa mujer monstruosa. Tuvo una arcada y, cuando abrió la boca, salieron por ella dos desperdigadores de nivel 2 que cargaron hacia nosotros entre siseos.
—Esto es asqueroso —dijo Dónut. Lanzó otro proyectil a la mujer, el tercero.
—Bébete una poción de maná —grité.
Le di una patada a una cucaracha y luego aplasté la otra. Una bolsa de basura amortiguó el golpe de la primera, por lo que no murió. Me acerqué y volví a intentar aplastarla, pero un pedazo de metal aserrado que había en la bolsa me abrió una herida en el pie. El desperdigador siseó. «A la mierda». Me incliné, lo cogí y le separé la cabeza del cuerpo. Hizo pop, y de la fuerza que había tenido que hacer salí despedido hacia atrás y caí al suelo.
Me fijé en algo que tenía al lado. Al principio creí que se trataba de una cadena de bicicleta. No, una correa. Una correa con eslabones de cadena, de esas que usa la gente para los perros que dan mucho miedo. La cogí y empecé a tirar de ella. Aún seguía unida a los restos momificados de un perro grande, cuyo cadáver salió de entre la basura como si fuese un monstruo que se abalanzara hacia mí. «Por Dios». La desenganché y me puse en pie.
—Vale —dije mientras me la colocaba alrededor de la mano. La mujer seguía asustada, desorientada y estaba claro que no quería estar aquí. Pero también vomitaba cucarachas asesinas, por lo que acabar con ella era nuestra única opción.
—Distráela —dije. Corrí alrededor de las grandes montañas de basura, hasta una de esas que tenía las antorchas con forma de calavera. Zum. Dónut lanzó un proyectil.
—¡Rápido! —gritó la gata—. ¡Vienen más cucarachas! —Vi que se alzaba por los aires con la habilidad de salto para caer sobre la montaña de basura alrededor de la cual yo me había puesto a correr—. ¡Carl, esto es inaceptable!
Giré de nuevo y vi que me encontraba en la espalda de la mujer.
Otro proyectil mágico impactó contra su pecho. Se tambaleó cuando dos desperdigadores más brotaron de su boca. Hizo un ruido horrible mientras lo hacían, parecido a veinte personas vomitando al mismo tiempo. En esta ocasión eran bichos de nivel 4, esos guardianes de la nidada, que eran más grandes.
—¡Aún no me puedo beber otra poción! —gritó Dónut—. ¡No me deja! ¡Tendré que estar un minuto sin disparar proyectiles!
Joder. No me pensé mucho lo que hice a continuación. Empecé a subir por la montaña de basura que la mujer tenía detrás. Los pies me ardieron de dolor cuando pisé lo que se me antojó como cristales rotos. Dejé colgando el extremo de la correa que aún llevaba en la mano, corrí y salté a su espalda, para luego colocársela alrededor del cuello. Luego, me deslicé hacia el suelo por su cuerpo húmedo y grasiento mientras aferraba el otro extremo de la correa con todas mis fuerzas a medida que se tensaba alrededor de su cuello.
La mujer balbuceó y agitó las manos sin control. Empezó a caer hacia atrás, hacia donde me encontraba yo. Me puse en pie al momento y seguí tirando de ella, que se llevó las manos a la garganta mientras caía y aplastaba a uno de sus desperdigadores. La estancia se había llenado de esos bichos, quienes al no poder atacar a Dónut se giraron hacia mí mientras yo seguía tirando y tirando.
—¡Vas a conseguirlo! —gritó la gata.
—¡Una ayudita me vendría bien!
Los bichos emitieron un trino cargado de rabia mientras se abalanzaban hacia mí. La pobre mujer seguía balbuceando y agitándose. La salud había empezado a bajarle, de forma lenta pero constante.
—¡Aún no puedo lanzar los proyectiles!
Una de las cucarachas de nivel 4 siseó y saltó hacia mí. Le di una patada que hizo que se retirase, pero no tardó en volver a saltar y morderme en la pierna. Grité.
—¡Pues usa las putas garras, cojones! —grité.
—Pero si ya está casi muerta. ¡Ya te encargarás de esos bichos cuando acabes con ella!
—Cagondiós, Dónut —grité cuando sentí el mordisco de otro de los bichos.
Caí hacia delante de repente, entre dos de los desperdigadores.
La correa se había roto. Miré con cara de tonto los restos que tenía alrededor de la mano derecha. Mierda.
Zum. Dónut lanzó un proyectil mágico. Seguro que ya se había bebido otra poción. Una cucaracha siseó antes de morir. Zum. Zum. Esos dos fueron dirigidos a la mujer. Aún no había muerto.
Con la cadena aún enrollada alrededor de la mano, me puse en pie a duras penas y le di un puñetazo en la cabeza a uno de los guardianes de la nidada más cercanos. La cara explotó y me bañó en ese potingue que tenían dentro. Apareció una notificación, pero no tardó en minimizarse. Me giré hacia la segunda de las criaturas, que acababa de saltar hacia mí. Me caí hacia atrás cuando me golpeó en el pecho, y luego intentó morderme el cuello mientras sus patas con púas no dejaban de escarbar. La agarré y tiré de una de dichas patas, que se separó de cuerpo con la misma facilidad que un muslo de un pollo cocinado de más. Gritó de dolor y me lo quité de encima. Luego me abalancé hacia él y lo golpeé en la parte de atrás con el puño recubierto por la cadena. Aulló para luego morir. Sentí los nudillos doloridos. «Necesito un puño americano. Uno de verdad».
Me di la vuelta.
La Acaparadora estaba tumbada bocarriba. Tenía la barra de salud casi vacía y un vapor brotaba de su cuerpo. Aún llevaba la mitad rota de la correa alrededor del cuello. Tenía que acabar con ella antes de que vomitase más bichos. Me acerqué.
La mujer me miró directamente a los ojos mientras yo levantaba el puño.
—Es tut mir leid, wenn ich ein böser Mensch war —dijo. Cerró los ojos y las lágrimas empezaron a derramársele por la parte de la cara que no tenía quemada. Solo le quedaba un diente torcido en la boca—. Ich wollte nicht, dass meine Tochter krank wird. Ich will nicht in der Hölle sein. Bitte. Bitte schick mich zu Jesus.
—Lo siento —dije antes de darle un puñetazo en la nariz. Sentí cómo cedía debajo de mi puño, como si fuese una lata de aluminio envuelta en arcilla. Se arrugó y crujió hasta romperse. Volví a darle otro puñetazo. Y otro. Las manos me ardían de dolor y recibí daño con cada golpe.
Un minuto después, estaba muerta.
Y el mundo volvió a paralizarse.
¡Y la victoria es para El séquito de la Princesa Dónut!
Volvieron a aparecer los retratos de estilo policial, con la palabra ¡VENCEDOR! encima.
Las cucarachas restantes murieron en ese momento. La puerta estalló y quedó reducida a astillas. La música se detuvo. Me apoyé contra el cadáver apestoso de la mujer e intenté no vomitarme encima el beicon y los huevos del desayuno.

—Me tienes que explicar eso de los jefes —le dije a Mordecai. Señalé la cadena que aún tenía alrededor del puño derecho.
Habíamos encontrado un gremio de tutorial a medio kilómetro del lugar donde habíamos matado a la Acaparadora. Su cuerpo solo había dejado un objeto como botín, un pedazo de papel llamado mapa de barrio. No desapareció cuando lo cogí, y Dónut también cogió uno para ella.
Cuando lo toqué, aparecieron todo tipo de cosas en el minimapa, en un radio de medio kilómetro a nuestro alrededor. Alejé la vista y vi todos los puntos rojos de la zona, aunque ya no quedaban muchos. También aparecieron unas cuantas habitaciones con puntos blancos, y cuando me fijé bien vi que todas eran gremios de tutorial y que Mordecai estaba dentro de cada una. No vi más puntos azules, a excepción de Dónut.
Pero sí que vi la equis de un cadáver justo en el extremo de la zona que acababa de descubrirse, muy cerca del pasillo principal. Dicha equis era diferente. Era el doble de grande y titilaba. Me centré en ella y apareció un mensaje:
Cadáver de la mazmorrera Rebecca W. Nivel 3.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí ni cómo había muerto, pero la habían matado a unos doscientos metros de la estancia segura.
—¡Vamos a saquear su cadáver! —había dicho Dónut cuando lo vio en el mapa.
—Primero me gustaría hablar con Mordecai —dije. Me fijé en la ubicación del gremio de tutorial más cercano y nos dirigimos hacia allí.
Abrimos la puerta y encontramos a Mordecai durmiendo en su catre. Estaba abrazado con sus brazos de rata a la foto de su hermano, y también había un montón de botellas vacías en el suelo. La urna que se había volcado volvía a estar en perfecto estado en su sitio y ya no había cenizas desperdigadas.
—Hay seis tipos diferentes de jefes —dijo Mordecai después de que lo despertásemos. Aún se le trababa un poco la lengua y olí el alcohol de su aliento—. De barrio, de municipio, de ciudad, de provincia, de país y de piso. Hay otros, pero esos ya se llaman de élite. No tenéis por qué preocuparos por ellos aún.
—Entonces ¿esa cosa contra la que luchamos es el jefe más común?
—Sí —respondió Mordecai—. Y ahora sabréis como reconocer sus guaridas. Seguro que a partir de este momento os resultará muy obvio al verlas. Los jefes de barrio son los más fáciles de matar y de encontrar.
—Fáciles… —gruñí. Ya se me habían curado los pies y el puño, pero aún sentía ese dolor fantasma—. Tengo claro que el jefe al que nos enfrentamos era una persona de nuestro planeta. ¿Siempre va a ser así?
No había entendido absolutamente nada de lo que había dicho la mujer, pero era mejor así. Ya tenía bastantes problemas para conciliar el sueño. Mordecai se quedó unos instantes en silencio, como si intentara encontrar las palabras adecuadas.
—No, no siempre será así —dijo al fin—. También habrá muchas cosas… recicladas… de iteraciones anteriores del juego. Algunas serán humanas, pero no será el caso de la mayoría. Otras serán humanas, pero no de este planeta. Y otras también lo serán, pero no resultará tan obvio que lo son.
—Pues el enfrentamiento fue un poco decepcionante —dijo Dónut—. ¿Una caja de jefe de bronce? Yo creo que algo así merecía una legendaria como mínimo.
Aún no habíamos abierto las cajas.
—Todos los jefes sueltan un botín persistente y sus cadáveres se quedan siempre ahí para que cualquier mazmorrero pueda cogerlo. Un jefe de barrio soltará un mapa de barrio, como bien sabréis. Los jefes de mayor nivel soltarán otros objetos públicos de los que aún no se me permite hablaros. —Luego añadió—: Pero los mazmorreros que matan a los jefes también reciben un logro y una caja de jefe. De bronce para los de barrio, de plata para los de municipio y así. También, como podréis comprobar ahora, tendréis una estrella de bronce junto a vuestro nombre en todas las notificaciones. Conseguiréis una estrella después de matar a un jefe.
—¿Hay jefes de categorías superiores en este piso? —pregunté—. No me parece muy justo. Podemos subir de nivel, pero no nos sirve de nada porque no podemos repartirnos los puntos.
—Los primeros tres pisos de la mazmorra no tendrán jefes de provincia ni de país ni de piso, pero sí que hay jefes poderosos por ahí. Se supone que hay que enfrentarse a ellos en grupos grandes, de más de dos mazmorreros. En los primeros pisos no podréis huir de los enfrentamientos con los jefes, así que tened cuidado.
—Muy bien. Voy a abrir las cajas —anunció Dónut mientras se daba la vuelta.
Yo había conseguido quince logros y tenía siete cajas por abrir, entre las que se encontraban la del jefe y la caja de control de multitudes de oro. Mientras Dónut gruñía con irritación por todas las antorchas y galletas de mascota que le estaban saliendo, yo me giré hacia Mordecai.
—¿Esto es normal? ¿Esta cantidad de logros?
Asintió.
—No es normal conseguir esa caja legendaria que conseguiste, pero los primeros tres pisos están diseñados para que consigas botín, logros y habilidades de principiante de nivel bajo. Cuando elijas una clase, ya te habrás hecho más o menos una idea de lo que te conviene ser. A partir del cuarto piso, los logros serán más difíciles de conseguir.
—¡Un grimorio! —gritó Dónut cuando abrió la caja de jefe de bronce. No me dio tiempo de leer la descripción, ya que al momento el cuerpo de la gata empezó a brillar, lo que indicaba que lo había usado.
Un momento después, Dónut gritó de rabia.
Mordecai soltó una risilla.
—¿Qué acaba de pasar? —pregunté.
—Pequeña, tienes que examinar los objetos antes de equipártelos o de usarlos —dijo.
Dónut no había dejado de brillar.
—Este conjuro es estúpido.
—Es muy útil —dijo Mordecai. Se giró hacia mí—. Acaba de aprender un conjuro llamado Antorcha. Sirve para crear un tirabuzón de luz que te sigue a todas partes. Cuanto más lo use, más poderoso se volverá.
—Es un buen conjuro —convine.
Abrí mis notificaciones y vi que habían subido de nivel en todo tipo de habilidades extrañas, como Ataque en salto o Zambullida en la basura. Una de ellas era particularmente interesante:
¡Has subido el nivel de una habilidad! Puño de hierro nivel 3.
Cuando la brutalidad simplemente no es suficiente. Boina de repartir de periódicos no incluida.
Con una habilidad como esta, siempre encontrarías trabajo como matón callejero de la década de 1920 o como cobrador de un corredor de apuestas.
Los guanteletes de guerra protegerán tus manos y mejorarán el daño de tus puñetazos sin que pierdas la bonificación por golpear a puño limpio. Cada nivel de esta habilidad aumenta la bonificación de daño de puño mejorado en un 10 % adicional.
Si al final iba a dedicarme a usar la habilidad de combatir sin armas, necesitaba de verdad encontrar algo para proteger los puños. Romperme los dedos cada vez que le daba un puñetazo a algo no era un buen plan a largo plazo.
Las cajas de nivel bajo estaban llenas de basura. Las últimas tres eran más interesantes.
Caja de jefe de bronce. (5/7)
Grimorio de Armadura de volutas.
Caja de goblin de plata. (6/7)
5 cartuchos de dinamita.
Encendedor.
Bolsa de pólvora.
Caja de control de multitudes de oro. (7/7)
Rodilleras con pinchos mágicas de las Fuerzas Antidisturbios de los Gnolls Sombríos.
3 pergaminos de Niebla de confusión.
5 pociones de Piel de hierro.
—Ese grimorio está muy bien, pero para lanzar el conjuro hay que usar 5 puntos de maná y por ahora solo tienes tres. Yo lo guardaría hasta que decidas cómo te vas a repartir los puntos de característica. Es muy valioso. También puedes dárselo a la princesa —dijo Mordecai.
—Yo me lo quedo, sí —dijo Dónut al tiempo que alzó la vista para mirarme. Ni siquiera sabía de qué estábamos hablando. Leí la descripción del conjuro.
Armadura de volutas.
Coste: 5 puntos de maná.
Objetivo: Solo a uno mismo.
Duración: 5 minutos + 1 minuto por nivel de conjuro. Necesita 5 minutos para recargarse.
Rodea tu cuerpo con zarcillos de luz. No sirve de nada contra ataques físicos, pero anula el 75 % del daño de los ataques mágicos. Proporciona inmunidad temporal a los efectos del control mental. A medida que sube de nivel, mejorarán la efectividad y la duración. También hace que te rodeen unas volutas y te da un aspecto etéreo, a lo druida. Es un gran conjuro si quieres llamar la atención o quieres follarte a alguien vegano.
Un conjuro de protección contra la magia. Seguro que es útil. Lo guardé por el momento.
El pergamino de Niebla de confusión llenaba la estancia con una niebla que solo veían los enemigos, y la poción de Piel de hierro aumentaba mi armadura contra el daño físico en un 100 % durante cinco minutos.
Ahora, lo bueno de verdad eran las rodilleras. No eran pantalones, eso es verdad, pero me alegré de llevar al fin algo en las piernas. Las saqué del inventario y examiné las propiedades.
Rodilleras con pinchos mágicas de las Fuerzas Antidisturbios de los Gnolls Sombríos.
Añade un 10 % de Devolver el daño a todas las piezas de armadura equipadas.
Cancela todos los ataques de impulso.
Estas rodilleras, que están hechas de cuero, pelaje y de esas cosas con pinchos que tienen en la espalda los cadáveres con espinas, son al mismo tiempo un adorno elegante y una buena protección. Claro, elegante si tienes en cuenta que es como si tus rodillas llevasen un disfraz de erizo.
Las rodilleras tenían esas correas propias de una férula, así que metí el pie y luego me las subí para colocarlas en su sitio. Al principio parecían muy pequeñas, pero luego se ajustaron mágicamente. Los pinchos eran muy finos, casi como agujas. Medían unos ocho centímetros y eran retráctiles, por lo que solo aparecían mágicamente cuando fuese necesario. Esperaba no terminar con la mano ensartada cuando me diese por rascarme las piernas.
—¿Recuerdas cuando te dije que tenías un aspecto ridículo? —comentó Dónut, que me miró de arriba abajo—. Mordecai, cielo. ¿Hay premio para la persona peor vestida de la mazmorra?
—Pues sí que lo hay, sí. Algo así —dijo el hombre rata—. Después del episodio principal, hay un programa especial en el que varios comentaristas hablan sobre cómo va el juego. Suelen dedicar algo de tiempo a hablar de las cosas raras que suceden en la mazmorra y pasan un rato hablando por separado de muchos concursantes. A veces, cuando la gente vence a un jefe, los sacan de la mazmorra durante unos diez minutos para hacerles una entrevista cara a cara. Este programa es casi tan popular como el oficial, aunque nunca os dejarán verlo.
Dónut abrió los ojos como platos.
—¿Entrevistan a la gente? —Me miró—. Carl, tenemos que salir en ese programa. Tienes que conseguir que estemos ahí.
Suspiré.
—La cosa no va así, Dónut. Ya lo sabes. Además, ¿te crees que soy tu representante o qué?
—No, no lo eres. La señorita Beatrice es mi representante y, cuando vuelta a estar con ella, se asegurará de que yo salga en ese programa. Pero está al otro lado del mundo. Supongo que tendremos que esperar hasta llegar al quinto o al sexto piso antes de que la mazmorra se encoja lo suficiente como para encontrarla. Espero no tener que esperar mucho más que eso.
Miré a Mordecai.
—Claro —dije al fin—. Ahora, volvamos a salir.

Lo primero que hicimos fue dirigirnos hacia ese cadáver.
Le había preguntado a Mordecai si podríamos saquear todo lo que llevase encima la mujer y nos había respondido que sí, que los mazmorreros dejaban caer todo lo que tenían excepto las cajas de botín sin abrir. Los que no eran mazmorreros también podrían saquear su cadáver, pero no tendrían acceso a su inventario, por lo que no podrían quitarle las cosas que llevase puestas.
—Quizá lleve unos pantalones que te puedas poner.
—A menos que mida más de uno ochenta, no lo creo —dije. Los objetos de la superficie no cambiaban de tamaño mágicamente. Aun así, tenía la esperanza de que tuviese algo útil.
—Por cierto —añadí unos minutos después—, esos proyectiles mágicos que usas se acaban demasiado rápido. Tienes que empezar a entrenar en serio con las garras.
Dónut no dijo nada durante un buen rato.
—Yo… Yo nunca he hecho algo así. Me da miedo que me hagan daño. ¿Y si me devuelven el golpe? No quiero que me peguen.
—¿Cómo puedes ser tan temeraria y asustadiza al mismo tiempo?
—¡No puedo controlar mis instintos! Solo han pasado unas pocas generaciones desde que mis antepasados eran tigres feroces que acechaban en la selva.
—He visto tu pedigrí —dije—. Solo han pasado unas pocas generaciones desde que tus antepasados no eran nada de nada. Además, tu abuelo también era tu tío.
Ambos doblamos una esquina y la vimos.
Estaba sentada, con la espalda apoyada contra la pared del pasillo principal. Era el borde mismo del barrio de la Acaparadora.
La mujer estaba desnuda. No tenía ropa ni nada de equipo. No quedaba nada claro cómo había muerto.
Me dio la impresión de que tendría unos treinta años. Delgada. Asiática. Llevaba el pelo recogido en una coleta. Los colores relucientes del tatuaje indicaban que era reciente. También tenía otros más antiguos.
—Creo que los goblins han pasado por aquí y se han llevado sus cosas —dije. La examiné y se abrió una ventana emergente.
Cadáver saqueable. Mazmorrera Rebecca W. Nivel 3. Asesinada por el mazmorrero Frank Q.
Corazón de manzana.
Sentí como si me hubiesen dado un golpe en las entrañas. «Asesinada por el mazmorrero Frank Q».
Fue entonces cuando lo vi. Una herida de bala, entre los pechos y en medio de un tatuaje de polilla que tenía allí. La había matado al momento y no había sangrado casi nada.
—Dios. Ese tal Frank Q no parece ser muy buena persona —dijo Dónut.
Miré el mapa al momento en busca de puntos azules. No vi ninguno. ¿Desaparecerían los puntos si la persona intentaba esconderse? Al no estar en la zona del barrio del que teníamos el mapa, los puntos rojos solo aparecían cuando estabas muy cerca de ellos. Pero los PNJ siempre se veían, estuviesen a cientos de metros o al doblar una esquina. ¿Podían los demás mazmorreros ocultarse de mí?
«Dios, otra cosa de la que preocuparse. Un puñetero imbécil con un arma».
De repente y sin razón alguna me vino a la mente aquel día. El último día que había visto a mi padre.
«Eres un abusón. Eres un abusón y no le gustas a nadie. Por eso mamá nos abandonó».
Esperaba que se enfadase, que me pegase. Pero no lo hizo nunca jamás. Se limitó a reírse sin parar, lo que fue más que suficiente.
«No necesito gustarte. Pero sí que me vas a respetar».
El recuerdo había aparecido de la nada. No sabía por qué. Nadie había muerto ese día. Nadie había resultado herido de ninguna manera, al menos físicamente.
—Puede que Frank Q no sea humano —siguió diciendo Dónut—. Puede que sea uno de esos cocker spaniels.
Suspiré.
—Le han disparado —dije—. Mira. Es una herida de bala.
—Puede que el perro llevase una pistola. Si yo tuviese una pistola en el inventario, podría dispararla.
—No, no podrías. Y no, no fue un perro.
Una de nuestras vecinas del apartamento tenía un perro llamado Angel. Un cocker spaniel. No recuerdo el nombre de la mujer, pero su perro se pasaba todo el día ladrando. Bea se llevaba bien con la propietaria y siempre hablaban en el pasillo. De vez en cuando, Angel entraba a toda prisa en nuestro apartamento, ladrando y corriendo en círculos. En una ocasión, meó en el suelo y empezó a gruñirle a Dónut, quien se quedó sentada en lo alto de su torre para gatos, bufando, llenándolo todo de babas y con el pelo encrespado.
—Tenemos que tener cuidado —dije—. Estar pendiente de si vemos a otros jugadores. Si nos topamos con uno, no le digas el equipo que tenemos. No pueden examinarlo si no están en nuestro grupo.
—Estamos en una mazmorra llena de cucarachas asesinas y llamas que venden drogas. Un imbécil con una pistola no me asusta —comentó Dónut—. Y tampoco tendría que asustarte a ti. Deberíamos ir a por ese vil asesino y ajusticiarlo.
—Eso es lo que te estaba diciendo, sí. Y que sepas que ese tipo no me da miedo —dije. Miré el cadáver de la mujer. Me pregunté quién había sido, por qué alguien como ella estaría fuera de casa a las dos y media de la madrugada una noche así. «Nunca voy a conocer su historia. Nadie va a conocerla jamás». Me pregunté si habría estado muy asustada. Total, al final la había matado un humano. Luego había saqueado el cadáver y se lo había llevado todo para dejar tan solo ese corazón de manzana. Era algo que me ponía muy rabioso—. Estoy de acuerdo contigo. Quiero encontrar a ese tipo si es posible.
Me quedé pensando un momento.
—Vale —dije—. Centrémonos por ahora en el barrio, ya que tenemos el mapa. Iremos a por los puntos rojos que quedan. Vamos a necesitar toda la experiencia fácil que podamos conseguir. Después, volveremos a la estancia segura y veremos el estreno del programa. —Mordecai había dicho que pondrían el programa en las pantallas de la estancia segura—. Después, se abrirán las escaleras, así que iremos a buscarla al tiempo que intentamos encontrar a este tipo.
—¿Y no te da miedo? ¿Seguro? —preguntó Dónut, que me miró a mí y luego al cadáver.
—No —dije—. Nada de miedo.
—Bueno, pues está claro que has perdido el juicio. No me gusta que hayas perdido el juicio, Carl. A mí sí que me da miedo. Tenemos que mantenernos alejados de él. ¿Y si es uno de esos vagabundos asesinos de los que hablan siempre?
—Pero si hace unos segundos dijiste, y cito tus palabras exactas: «Un imbécil con una pistola no me asusta».
—Sí, pero en ese momento creía que tú ibas a echarte atrás. ¡No se me ocurrió pensar que te pondrías en plan Charles Bronson en El justiciero de la ciudad!
—¿Cómo conoces siquiera esa película?
—Siempre dejáis la tele encendida cuando vais a trabajar. Me sé todo eso de memoria. La señorita Beatrice siempre dejaba puestos Lifetime o HGTV, y tú siempre dejas ese canal donde dan El equipo A y películas de Charles Bronson.
—Tendremos cuidado —dije—. No te preocupes.
Cerca de nosotros, un grupo de tres puntos rojos había empezado a moverse por un pasillo. El mapa no decía lo que eran, pero basándome en encuentros anteriores supuse que serían más de esas ratas. Algo me decía que no volveríamos a ver más desperdigadores en este barrio.
—Venga, Dónut. Vámonos de caza.

El estreno de Planeta mazmorrero: Tierra fue sin lugar a dudas lo más raro que había visto en toda mi vida.
Al parecer, los programas de televisión alienígena estaban presentados de una manera muy diferente a como se hacía en una pantalla normal en 2D. Los espectadores estaban virtualmente presentes en las escenas a medida que aparecían en las pantallas; experimentaban esa interpretación y resumen virtual de los mejores momentos que aparecía en el programa, lo que incluía olores y sensaciones físicas, como sentir de verdad el dolor.
No obstante, como nos explicó Tally, a muchos espectadores no les gustaba la versión en RV de la acción, por lo que lo veían usando una cámara aérea que podían acercar, alejar o cambiar de ángulo.
Nosotros no teníamos nada de eso. El programa se retransmitió en la pantalla central de las tres que había sobre el mostrador de comida rápida. Tally salió del interior para verlo con nosotros sentados en una mesa.
4.006.002. Eran las personas que quedaban cuando empezó el programa. El número siguió bajando sin pausa mientras mirábamos la pantalla. Odiaba verlo descender, por lo que intenté centrarme en las imágenes.
—Esta manera de ver el programa es horrible —dijo Tally cuando apareció el título en la pantalla. La imagen no dejaba de moverse, como si estuviésemos viendo a alguien jugar a un videojuego en Twitch. La cámara se alejaba, se acercaba e incluso a veces no se centraba en nada en particular. Otras veces, unas luces empezaban a brillar en ella sin razón aparente.
Al principio, apareció un comentarista en la parte superior derecha. Me quedé mirando a esa criatura con forma de lagarto de piel naranja y con cuatro ojos, mientras él, ella o ello, vete a saber, hacía un resumen de la última temporada a toda prisa y sin coger aire. El sonido no dejaba de entrecortarse, pero no sabía por qué. La criatura sonaba como si tuviese gravilla en la boca al hablar de igual manera, y a pesar de estar usando el estándar del Sindicato, prácticamente no entendía nada de lo que estaba diciendo. El programa empezó con la imagen de un planeta que se parecía mucho a la Tierra, pero con todos los continentes distintos. La cámara se acercó y aparecieron edificios que parecían hechos de plástico, todos sobre pilones con unos mecanismos parecidos a vainas debajo. Llegó el momento del derrumbe, pero en lugar de hundirse en el suelo como había pasado en la Tierra, empezaron a inclinarse hacia un lado, como si hubiese una aspiradora invisible intentando absorberlos.
Después apareció un edificio muy similar al Coliseo de Roma, pero más grande. La arena tenía varios pisos laberínticos y uno lleno por completo de agua. En el exterior del edificio, que parecía tener el tamaño de una ciudad entera, habían escrito el siguiente mensaje:
El Conglomerado Squim presenta: Batalla por el planeta Aryl.
En la pantalla, miles de criaturas peludas con aspecto de gorila empezaron a gritar y a correr para enfrentarse a otro grupo de criaturas similares. Más tarde, apareció un gorila con una armadura pesada que clavaba una lanza en la garganta de un gorila parecido pero más pequeño, de pelaje gris y que montaba un cerdo enorme o algo parecido. La palabra VENCEDOR apareció en la pantalla.
El gorila victorioso cayó de rodillas y empezó como a sollozar antes de que desapareciese la imagen. Un tubo de metal redondo parecido a un barril apareció en la pantalla durante quince segundos seguidos. No había sonido alguno. Tally dijo que era un anuncio.
—No me gustó nada la versión del juego de la última temporada —dijo Tally, que negó con su cabeza peluda—. Dividieron a las personas en grupos y les dijeron que sus seres queridos estarían a salvo si mataban a los otros. Al final, terminaron matándose entre ellos.
—¿Y lo estaban? —pregunté.
—¿Que si estaban qué? —dijo Tally.
—A salvo. ¿Sus seres queridos estaban a salvo en caso de ganar?
—Sí, sí que lo estaban, pero tampoco se puede decir que sea algo bueno. Muertos estarían mejor —dijo Tally con su marcado acento—. Squim dejó seco el planeta. Se marcharon y fueron al próximo. Nada de atmósfera. La gente vivió después del enfrentamiento, pero sin vivir en realidad. Borant al menos da una oportunidad. El pueblo de Tally tuvo una oportunidad.
—¿Entonces tú también fuiste un mazmorrero?
—No —respondió Tally—. No todos los mundos se consumen para luego hacer el programa. A veces, vienen y ofrecen llevarse personas a cambio de no hacerle nada al planeta. Ellos vinieron y yo me fui con ellos. Hace mucho tiempo.
—Silencio —dijo Dónut—. Nos están presentando.
En ese momento, apareció la imagen de la Tierra. La música subió de volumen, una mezcla entre mariachis y ritmos de EDM. Tres líneas de texto aparecieron en la parte baja de la pantalla, todas en idiomas diferentes que no era capaz de leer. Otras dos líneas, una que iba hacia arriba y otra que iba hacia abajo, pasaron por el lado derecho, lo que disminuía aún más el tamaño de la imagen. Un hombre y una mujer humanos genéricos y desnudos aparecieron en la pantalla, y los diez minutos siguientes consistieron en una descripción de la anatomía humana que repasó durante una cantidad excesiva de tiempo los testículos de los hombres y los ovarios de las mujeres. Yo seguía sin entender nada de lo que decía el presentador. Después se vieron muchas imágenes de la Tierra, la mayoría de zonas urbanas. No tardé en darme cuenta de que se habían elegido a conciencia las peores partes del planeta, como barrios de chabolas o vertederos. Pozos burbujeantes de barro y edificios abandonados. También intercalaron alguna que otra escena de películas de desastres naturales. Lo supe porque reconocí una de la película de Godzilla. Estaban intentando que diese la impresión de que vivir en la Tierra era una pesadilla.
Luego empezaron con las personas. Imágenes de gente drogándose, matándose entre sí, un grupo de niños que le daban una paliza a otro, una escena de la película Basket Case, un caballo muerto porque sí, una escena de esa película sobre un asesino en serie que había ganado un premio a mejor película el año anterior, una anciana llorando, el niño del vídeo de YouTube ese de «Charlie me mordió el dedo».
—Vaya —dijo Dónut, que negó con la cabeza con gesto triste—. No sabía que la Tierra fuese tan horrible, la verdad. Es asqueroso.
—Pero no es así —dije. Me quedé en silencio. Acababa de hablar en presente, pero tendría que haberlo hecho en pasado. «No era así. El mundo ya no existe»—. Están haciéndolo para dárselas de buenos y que dé la impresión de que nos salvan de nosotros mismos.
Después apareció una imagen a vista de pájaro del derrumbe, en una ciudad muy densa que no reconocí. Lo siguiente fue una interpretación con gráficos por ordenador de la mazmorra, formándose debajo de la corteza de la tierra. En ella solo aparecían los tres primeros pisos, que tenían el aspecto de una pirámide escalonada e invertida.
Los cuarenta minutos siguientes fueron de escenas de personas siendo asesinadas una y otra vez.
La mayoría de las que entraron en la mazmorra parecían ser de la India, África y Sudamérica. En ocasiones, en grupos gigantescos de más de mil personas. Los vi pisotearse unos a otros mientras corrían para escapar de criaturas que no había visto jamás, como lobos cubiertos de espinas, masas amorfas de fuego o criaturas flotantes parecidas a rayas de aguijón y que disparaban proyectiles mágicos de unos pedúnculos, como las naves alienígenas de La guerra de los mundos.
—¿Por qué entraron tantos en la mazmorra? —pregunté. Yo había entrado porque no tenía elección. ¿Había sido igual para ellos?
Terminaron por aparecer en las imágenes personas que superaban los enfrentamientos. Un hombre con una espada ancha que lanzaba tajos a diestro y siniestro a un grupo de una especie de ojos flotantes. Diez personas, armadas con escopetas, arcos y flechas que vencía a una torre de pesadilla formada por bocas, ojos y carne. Era un jefe de municipio al parecer, el primero en ser derrotado. Al momento aparecieron los retratos policiales de los diez, así como el contenido de las cajas de jefe de plata y las cajas de armas de platino que habían recibido por el logro. Todos se habían hecho con grimorios y armas a distancia mágicas.
Después, apareció una chica de unos trece años con un par de rottweilers. Supuse que sería de algún lugar de Sudamérica. Llevaba la camiseta de un equipo de fútbol que le quedaba enorme, amarilla y atravesada por una barra azul y gruesa. Tenía una expresión de rabia y determinación en el gesto.
Los perros destrozaron a una araña del tamaño de una vaca. Más tarde, la misma chica sostenía una maza y llevaba una armadura de plata reluciente. Se había dejado la camiseta del equipo de fútbol, que ahora llevaba sobre la armadura como si de un tabardo se tratara. Uno de los perros llevaba lo que parecía ser una cota de malla de su tamaño. El otro había conseguido la capacidad de disparar rayos con cada ladrido.
Luego, aparecieron más de esos retratos policiales, de ella y de ambos perros en esta ocasión. Se llamaba Lucia Mar. Los perros eran Cici y Gustavo 3.
Aún no me habían quedado muy claro el uso de los nombres en la mazmorra. Supuse que, como yo era el primer Carl que había entrado, no tenía la inicial de mi apellido después. Y como Gustavo era un perro sin apellido, tenía ese número tres porque era el tercer Gustavo sin apellido en entrar en la mazmorra.
Después, hicieron un repaso somero por varias de las criaturas, imágenes que pasaron tan rápido que casi ni fui capaz de distinguirlas. Reconocí algún goblin, unos desperdigadores, ratas y muchos de los monstruos que había visto en las imágenes anteriores.
Y eso fue todo. El presentador dijo que ahora empezarían con un resumen de las normas de esta temporada y algunas sorpresas, y también comentó algo sobre apuestas, pero la imagen desapareció y volvió a aparecer el marcador.
Nos quedamos mirándolo unos instantes.
—¿Y ya está? —preguntó Dónut, que rompió el silencio. Me miró con gesto incrédulo—. ¿Después de nuestra batalla épica con la Acaparadora, no salimos en el programa? ¡Es inaceptable!
Pero antes de que pudiese decir nada más, empezó a resonar un anuncio. La voz era la misma de mujer que había hablado cuando se cerraron las puertas.
Todos habéis hecho un buen trabajo por el momento. Han muerto quince jefes de municipio y más de mil quinientos jefes de barrio. Unos mazmorreros se encontraron incluso con un jefe de ciudad, pero eso acabó como todos podréis suponer. Las pérdidas se corresponden con lo que habíamos calculado.
Recibiréis este tipo de mensaje después de cada programa. Unas notas de parche rápidas. Ahora debería ser seguro lanzar el conjuro Dedos de fuego. Hemos arreglado el error que había en el baño de los pasillos. Ahora ya no explotará si abrís la puerta y entra otra persona. Perdón por eso. Aun así, nos gustaría recordaros que los baños de pasillo son espacios personales y no se pueden compartir. También hemos solucionado el error que hacía que hubiese papel higiénico ilimitado. Ahora solo tendréis un rollo de papel por piso, por lo que si lo desperdiciáis vosotros veréis. Tenemos una lista muy larga de errores arreglados del nuevo sistema de inventario en el que estamos trabajando. Por el momento, ya hemos conseguido solucionar los dos más acuciantes, por lo que ya no podéis meter enemigos en vuestro inventario para matarlos. Además, el impulso que tenga un objeto al entrar en dicho inventario no se conservará cuando este salga de él, por lo que ahora es seguro sacar objetos que metéis en el inventario cuando os estáis moviendo a mucha velocidad. Recordad, este sistema de inventario es un privilegio y no debe usarse como arma. Nos encanta y admiramos que seáis creativos, pero solucionaremos cualquier error no intencionado del que os aprovechéis, por lo que si encontráis alguno de estos usos accidentales, no os acostumbréis demasiado a ellos.
Hemos empezado a crear las escaleras del segundo piso. Recordad todos: bajad antes de tiempo solo si es absolutamente necesario. Una vez descendáis al piso inferior, no podréis volver a subir. Además, esta temporada vamos a probar algo nuevo. Si descendéis antes de tiempo, os quedaréis en estasis hasta el derrumbe del piso donde os encontrabais. Es un dato que tener en cuenta para aquellos que les dan importancia a los números de visionado y seguidores. Los espectadores tienden a perder interés muy rápido y os eliminarán de favoritos si estáis varios días esperando a que se derrumbe el piso anterior. Os recomendamos descender al siguiente piso cuando queden unas seis horas para que tenga lugar el derrumbe programado. Si lo hacéis en ese tiempo, no entraréis en estasis y empezaréis con ventaja en el piso inferior. Buena suerte. ¡Divirtámonos durante las treinta horas que quedan hasta los túneles del siguiente episodio!
Ahora, ¡salid ahí fuera y matad, matad, matad!
—Está claro que tenemos que encontrar a uno de esos jefes de ciudad —dijo Dónut—. Eso nos garantizará aparecer en el siguiente episodio. Tenemos que centrarnos en conseguirlo.
Recordé el jefe de municipio del programa. Había hecho falta un grupo de diez personas bien armadas para vencerlo.
—No —dije—. Tenemos que encontrar una salida.
Abrí el mapa con la esperanza de ver cómo aparecía una escalera en alguno de los rincones del barrio. Pero no había nada. Recordé leer en una ocasión que la Tierra tenía unos quinientos millones de kilómetros cuadrados de superficie. Habría unas setenta y cinco mil entradas al segundo piso. Si las escaleras estaban distribuidas de manera aleatoria, estábamos bien jodidos. Aunque el primer piso estuviese solo debajo de los continentes y no del planeta entero, seguiríamos estando bien jodidos. No es que las matemáticas se me diesen muy bien, pero sabía que eso significaba que iba a ser difícil encontrar unas escaleras.
Mordecai había dicho que las escaleras eran como una estancia segura, que aparecerían en el minimapa aunque aún no hubiésemos descubierto el mapa de esa zona. Pero aunque alejase la cámara, en dicho mapa solo aparecían poco menos de tres kilómetros cuadrados. Y cuando estaba en su estado normal y reducido a la parte baja de mi campo de visión, solo mostraba una cuarta parte de eso. No podía ir por ahí caminando y abriendo y cerrando el mapa, porque no vería nada.
Teníamos tres días y medio para encontrar una escalera. Había mucho camino por recorrer.

TIEMPO PARA EL DERRUMBE DEL PISO:
3 DÍAS Y 2 HORAS
—Ya hemos estado aquí antes —dijo Dónut cuando enfilamos hacia el pasillo principal—. Es el sitio por el que entramos a la mazmorra.
Después de haber explorado la mayor parte de la zona, empezaba a notar un patrón en los pasillos. Mi apartamento se encontraba a poco menos de un kilómetro de la costa del estrecho de Puget. La entrada por la que había llegado estaba en el límite occidental del mapa. La zona era una cuadrícula gigante de cuadrados de igual tamaño, con pasillos grandes y anchos que hacían las veces de líneas de dicha cuadrícula. Aunque los pasillos y túneles interiores eran sinuosos y parecían un laberinto, cada una de las secciones seguía formando un cuadrado perfecto y enorme. Y dentro de cada uno de esos cuadrados, cabían unos cuatro barrios.
El barrio de la Acaparadora se encontraba en la esquina sudeste de uno de esos cuadrados. Justo al oeste de ese se encontraba el barrio goblin, que era el lugar por el que habíamos entrado a la mazmorra. Al otro lado del pasillo estaba el territorio de las llamas. Mordecai había dicho que los primeros pisos en realidad no imitaban el planeta entero que tenían justo encima, y ahora entendía que estaba en lo cierto, al menos en el lugar donde me encontraba yo. La mazmorra era una versión condensada de la ciudad que tenía justo encima, pero mejor organizada. Me pregunté cómo sería en las zonas más rurales, si es que allí había alguna entrada.
Al parecer, los enemigos no reaparecían en un barrio concreto una vez matabas al jefe, aunque los enemigos de los barrios adyacentes podían empezar a colarse en él. Y luego había que tener en cuenta las ratas de nivel 2, que estaban por todas partes, aunque nunca había visto una en el pasillo principal. Ahora eran poco más que una molestia. Nos veían, cargaban hacia nosotros y yo les daba una patada o las aplastaba. Siempre las mataba de un golpe.
Cerca de la frontera septentrional del barrio de la Acaparadora, empezamos a toparnos con un nuevo tipo de criaturas: los limos.
Después de nuestro primer encuentro con esas cosas, tuvimos que volver atrás. No podía enfrentarme a ellas hasta que encontrase algún tipo de protección para las manos. La primera con la que nos topamos no era más que un limo verde de nivel 2. Dónut y yo ya habíamos llegado a nivel 7, y supuse que sería tan fácil como matar a las cucarachas.
Lo único que conseguí dándole una patada al limo fue quemarme los pies. Cometí el error de intentar darle un puñetazo a esa masa amorfa del tamaño de un cerdo, y estuvo a punto de comerme el brazo. Lo había hundido en su interior hasta la altura del codo y vi cómo el mitón que llevaba en la mano derecha se disolvía en el interior. Pasó lo mismo con la manga de la chaqueta de cuero.
Terminó suicidándose gracias a mi habilidad de Devolver el daño. Me quedé con el brazo rojo y burbujeando; me dolía horrores cuando lo saqué de esa masa gelatinosa verde.
En ese momento, había recibido el logro QUEMA, ¿A QUE SÍ?
Por suerte, la cadena que aún tenía alrededor de los nudillos permaneció intacta. De hecho, los eslabones brillaban mucho más después del combate, como si ahora estuviesen más limpios.
Esperé a sanarme y nos dimos la vuelta, decididos a evitar ese barrio.
En ese momento, mientras contemplaba el barrio en el que nos encontrábamos, se me ocurrió una idea para explorar más terreno de la forma más rápida posible.
Señalé el cartel de neón que seguía brillando en el pasillo principal. JREMIO DE TUTORIAL. Estaba exactamente igual que cuando habíamos entrado en la mazmorra.
—Vamos ahí.
DÓNUT: Sí. Claro. Pero ahí va a haber monstruos.
—Para —dije—. Para, por favor.
Había cometido el error de enseñarle a Dónut el chat del menú del grupo. Podías hacer clic en el nombre del grupo y aparecía la opción de chatear en la parte baja de la lista. En mi caso, se materializaba frente a mí un teclado virtual, pero después de intentarlo durante un rato, me di cuenta de que también podía concentrarme en las palabras para hacerlas aparecer mientras miraba la ventana del chat. Al parecer, como Dónut era cuadrúpeda, tenía una interfaz del todo diferente.
Cuando me llegaba un mensaje, sentía un zumbido háptico en el cerebro que me asustaba siempre. Dónut se pasó unos diez minutos enviándome mensajes sin sentido hasta que terminé por decirle que parase. Y lo había hecho. Hasta ahora.
—Me gusta mucho usar el chat —dijo la gata—. Ahora entiendo por qué la señorita Beatrice siempre tenía el teléfono en la mano. Ojalá tuviese conexión a internet. Creo que me divertiría mucho si tuviese internet.
—Lo del chat está muy bien, pero no lo necesitas si estoy al lado —dije—. Hace que me duela la cabeza. Además, no escribas en mayúsculas. Es como si estuvieses gritando.
—Vale, bien. Gruñón —dijo ella mientras nos dirigíamos hacia la callejuela.
Gracias al conjuro Antorcha de Dónut no hacía falta que llevásemos luz al entrar en ese pasillo sumido en la penumbra.
Esperaba toparme con otro de esos artilugios goblin, pero el lugar estaba vacío. Olía a máquinas, aceite y piña.
—Me parece bien matar goblins —dijo Dónut mientras caminábamos—, pero no creo que haya escaleras en esta parte del mapa. ¿Recuerdas lo que vimos en el programa? Cada piso es más pequeño que el anterior, por lo que creo que tendríamos que ir al este si queremos encontrar unas escaleras.
—No vamos a matar goblins —dije mientras señalaba el tatuaje de mi antebrazo, que aún destacaba en la manga izquierda e intacta de mi chaqueta—. No lo haremos si podemos evitarlo.
Nos abrimos paso por la callejuela sin dejar de vigilar por si veíamos puntos rojos.
No tardamos mucho encontrarlos. Doblamos una esquina y vimos a tres goblins de nivel 2 que se acercaban a nosotros, todos con ese palo del que colgaba una piña.
—¿Qué tienen los goblins con esa fruta? —preguntó Dónut mientras las criaturas se acercaban entre gritos.
—No lo sé —dije—. Es muy raro.
Antes de que se acercasen más, levanté el brazo y les mostré el tatuaje.
—¡Puedo pasar por aquí!
Los goblins se detuvieron al verlo. Justo cuando mostré la marca, los puntos rojos pasaron a convertirse en blancos. Bajaron las armas y se miraron entre ellos, sin saber muy bien qué hacer a continuación. Empezaron a balbucear algo en su idioma, hasta que uno terminó por girarse hacia mí.
—¿De dónde has sacado esa marca, humano?
Tenía que pensarme bien la respuesta. Si teníamos suerte, quizá…
—Reventamos uno de vuestros tractores de mierda y aplastamos a tres de vuestros amigos contra los adoquines —respondió Dónut. Señaló con cuidado hacia el sur—. Estaban por ahí, por si queréis recoger los restos.
—Cagondiós, Dónut —susurré. Los goblins se nos quedaron mirando con la boca abierta fruto de la incredulidad—. Mira, déjame hablar a mí. Yo soy el que tiene la marca.
—Y yo soy la que tiene Carisma, Carl. 37 puntos —aseguró Dónut—. Ya verás que no pasa nada. Mira esto. —Empezó a caminar hacia uno de los tres goblins—. Oye, cielito, ¿cómo te llamas?
—Eh… Creo que no… —empezó a decir la criatura—. Creo que no tengo nombre.
—Qué pena —dijo Dónut—. Hum. Pues voy a llamarte M. A. —Miró a los otros dos goblins—. Y vosotros seréis Fénix y Murdock. —Después me miró a mí—. Vale, ahora tienes que decirme para qué habíamos venido aquí.
—Pues quería hablar con alguno de esos ingenieros goblin —dije.
—M. A., pórtate bien y llévanos con uno de tus ingenieros. Creo que son esos señores con objetos culinarios sobre la cabeza.
—Sí, vale. Sí, señora —dijo M. A., el goblin.
—Espera —dijo Dónut.
—¿Sí? —preguntó M. A.
Dónut señaló la tiara que tenía en la cabeza.
—Nada de señora. Me llamo Princesa Dónut. ¿Lo has entendido, M. A.?
—Sí, vale. Vale, Princesa Dónut.
Se dio la vuelta y empezó a dirigirse al norte.
—Pero ¿qué cojones? —murmuré a la gata—. ¿Cómo…? ¿Sabías que iba a reaccionar así?
—Fácil, Carl —dijo Dónut mientras empezábamos a caminar—. Mordecai me dijo que cuanto más carisma tengo, más fácil es conseguir que hagan lo que yo quiero. Mientras pueda hablar y sus puntos no sean rojos, no sean un jefe ni tengan mucho nivel, puedo controlarlos igual que te controlo a ti. Mordecai dice que durante los cuatro o cinco primeros pisos podré convencer a cualquiera de cualquier cosa. ¿Cómo crees que he conseguido que Tally me dé cinco platos de salmón?
Mientras avanzábamos, pasamos junto a varios grupos de goblins de nivel 2. También vimos algunos de tipos que no había visto antes.
Bardo bomba goblin. Nivel 5.
Estos cabrones son más sádicos y volubles que esos tipos que no aprueban el examen psicotécnico para entrar en el ejército. Los bardos bomba son expertos en explosivos y usan todo tipo de ataques a distancia que te harán saltar por los aires. Si a este que estás mirando ahora le faltan la mitad de los dedos en una mano, es muy probable que sea peligrosísimo.
Uno de los bardos bomba junto a los que pasamos nos fulminó con la mirada. Al menos conservaba todos los dedos. Tiró al aire una pelotita de cristal y la cogió con gesto ausente mientras nos alejábamos. Los de nivel 2 que tenía al lado se encogían de miedo cada vez que la pelota salía despedida hacia arriba.
Doblamos otra esquina y entramos en un taller enorme. Al fondo de la estancia había una puerta de madera y, basándome el minimapa, llegué a la conclusión de que era la guarida de otro jefe de barrio. La habitación contigua tenía una forma casi idéntica a la de la Acaparadora.
Eché un vistazo por aquel taller gigantesco. Nos rodeaban unos veinticinco ingenieros y algunos otros, como dos «chamatrices» de nivel 7 que hacían guardia en la pared del otro extremo. Todos los ingenieros tenían algo raro en la cabeza, pero no siempre eran cacerolas o sartenes. Uno llevaba lo que parecía ser un casco de hockey. Otro, uno de esos cascos acolchados de los boxeadores.
Una gigantesca máquina de vapor destacaba en la pared occidental, y los ingenieros revoloteaban a su alrededor como hormigas. Las ruedas y los engranajes no dejaban de chirriar y de resoplar. En el extremo opuesto, había una hilera de seis buldóceres goblin aparcados, alrededor de los que también se concentraban muchos ingenieros. Había varias mesas cubiertas de herramientas y partes grasientas y enormes desperdigadas por todo el taller. Una montaña gigante de carbón se alzaba en uno de los rincones, cerca de la habitación del jefe.
Una de las de nivel 7 nos miró y se acercó.
Era una goblin de un metro sesenta, lo que hacía que fuese mucho más alta que todos los demás. Tenía los músculos bien definidos e iba ataviada con una túnica negro azabache. Llevaba un bastón de madera que, para sorpresa de nadie, tenía una piña en el extremo superior, aunque esta estaba tallada en el bastón.
El rostro de la goblin estaba lleno de piercings, unos cincuenta. Parecía una de esas personas a las que les gustan las modificaciones corporales, digna de un museo de curiosidades. Costaba mirarla hasta que te acostumbrabas a ella. La mujer sonrió levemente y dejó al descubierto unos dientes afilados y una lengua bífida también con piercings.
Chamatriz goblin. Nivel 7.
Por si aún no te habías dado cuenta, «chamatriz» no es más que una manera sofisticada de llamar a las mujeres chamán. Las chamatrices goblin son las líderes de los clanes de goblins, solo por debajo de los caciques de guerra o, en algunos casos poco habituales, del caudillo goblin. Son muy serias y se dice que, como parte de su entrenamiento, se ven obligadas a hacer dos de estas tres cosas para llegar a graduarse en la Universidad de Chamatrices: tienen que follarse, cocinar o comerse a sus padres. La mayoría no elige la opción de cocinarlos. Y, por si eso no fuese lo bastante desagradable, se especializan en magia de Tormento, una escuela de magia oscura diseñada para aumentar y mejorar el daño de otros ataques.
—Puede que tengas un pase, pero no eres bienvenido aquí, humano —dijo la goblin—. Y menos en este lugar.
Respiré hondo.
—Me gustaría compraros un vehículo, chicas. O quizá podáis montarme uno rápido. Mejor si es algo que pueda llevar escaleras abajo, pero aceptaré lo que sea. Tenemos que recorrer mucha distancia, y pensé que quizá podríais ayudarnos.
La goblin me miró como si me acabase de sacar un bizcocho del culo para luego pedirle que se lo comiese.
—Maldito ser feo y despreciable. Eres una vergüenza para los monos. ¿De verdad crees que podemos…?
—Cielo, ¿podrías contarme qué es lo que está pasando? —preguntó Dónut, que interrumpió a la goblin. Levantó una pata para señalar las joyas que la criatura tenía en la cara—. ¿Llevas eso porque esto es una especie de representación artística o algo así? ¿O quizá porque te obligaron a comerte a tus padres?
La chamatriz miró a Dónut con un gesto descontrolado de rabia que empezó a suavizarse cuando se fijó en los ojos de la gata. Fue muy raro. Me di cuenta de que era como si Dónut lanzase una especie de conjuro que hacía que todos quedasen cautivados automáticamente.
—¿Qué? —preguntó la goblin con una voz del todo diferente. Para sorpresa de todo el mundo, se sentó con las piernas cruzadas en el suelo y se inclinó hacia delante. Soltó el bastón con la piña tallada—. ¿Qué has dicho?
—O sea, supongo que entiendo por qué lo has hecho. La verdad es que tienes unos pómulos fantásticos —dijo Dónut—. Pero ahora tu cara parece un estropajo de acero inoxidable demasiado entusiasta. La otra señora chamán no tiene tantas cosas de esas en la cara. Aunque lo cierto es que tiene ese desafortunado collar de huesos, también es verdad. Ya hablaremos de eso más tarde. Dime. ¿Es por tu padre?
La goblin no dijo nada durante un buen rato, pero luego se llevó las manos a la cara y rompió a llorar.
—Sí —dijo—. Es cierto.
Dónut se acercó y se sentó en su regazo.
La otra chamatriz, sorprendida por lo que acababa de pasar, se acercó a la carrera. Pero, un momento después, las dos lanzadoras de conjuros estaban en el suelo abrazadas. La del collar de huesos tenía un hilillo de mocos colgándole de la nariz mientras lloraba por haberse tenido que comer crudo a su padre.
Dónut llamó Rory a la de los piercings. La otra era Lorelai.
—Vale, Rory —dijo la gata tras unos minutos de lloriqueo—. ¿Qué es lo que pasa con el vehículo que ha pedido mi amigo? ¿Podemos hacer algo por vosotras?
Rory se enjugó las lágrimas.
—No podemos dejaros un buldócer asesino. Es demasiado valioso y el cacique nos mataría. Pero sí que podría haceros una motocicleta tamaño humano. Con un sidecar. —Señaló una hilera de artilugios a dos ruedas que había apoyados en la pared cerca de los buldóceres. Parecían ser motos de vapor—. No será gratis, eso sí. Tendréis que darnos algo.
—Tenemos muchas cosas —dije. Abrí el inventario. Elegí la bolsa de pólvora, y esta apareció en mis manos. Era un saco de cuero pesado. Me hubiese gustado quedármela, pero el vehículo nos hacía más falta.
Rory señaló con el pulgar por encima del hombro en dirección a una fila de barriles que había junto a la máquina gigantesca.
—Ya tenemos polvitos de la risa. —No había visto los barriles hasta ese momento. Todos tenían las letras «XXX» grabadas en la madera. La máquina enorme no dejaba de soltar chispas. Como una de esas cayese en uno de los barriles…—. Ofrecerle a los goblins polvitos de la risa es como ofrecerle agua a una piraña —añadió.
Seguimos así un buen rato. Les ofrecí antorchas. Pociones de sanación. Antídotos. Galletas de mascota y galletas de mazmorrero. Lo rechazaron todo.
Me fijé en algo en lo que no había reparado antes.
—¿Y qué os parece esto? —pregunté, al tiempo que sacaba las dos bolsitas de meta.
Rory las cogió al momento.
—¿Es toda la que tienes? ¿Dos dosis?
Lorelai intentó quitársela a Rory de las manos y consiguió hacerse con una de las bolsitas. La goblin la desanudó, metió un meñique y la probó. Abrió los ojos como platos.
—Es hecha en la mazmorra —dijo Lorelai—. No la ha traído desde el exterior. —Me miró—. ¿De dónde la has sacado? ¿Había más?
—Os diré dónde conseguir más a cambio de… esa máquina, una que no explote, claro. Y también un poco de carbón para hacerla funcionar. Ah, y unas granadas de esas que llevaban vuestros bardos bomba.
—No sé… —empezó a decir Lorelai, que miró con inseguridad a la otra chamatriz.
—Venga —dijo Dónut.
—Trato hecho —dijo Rory.
Lorelai se puso en pie y empezó a gritar órdenes a los ingenieros, que la miraron como si se hubiese vuelto loca. La chamatriz lanzó un rayó azul hacia la espalda de uno de los goblins, momento en el que los demás se pusieron a trabajar.
—¿Querríais…? ¿Querríais venir con nosotros? —preguntó Dónut a Rory, con voz sorprendentemente amable.
La gata seguía sentada sobre su regazo y ronroneaba mientras el monstruo verde le acariciaba el pelaje.
La goblin con los piercings suspiró.
—No puedo. No puedo abandonar al cacique. Es horrible, y también un blandengue, pero es el líder de mi clan. Es mi familia. Y, aunque pudiese ir con vosotros, no podría abandonar este piso. Morimos cuando bajamos por las escaleras. Tu cuerpo empieza a disolverse cuando vas por la mitad. Lo he visto con mis propios ojos.
—Entonces ¿sabes cómo funciona esto? ¿Sabes lo que está pasando aquí?
La goblin asintió. La cara tintineaba cada vez que la movía.
—Sé lo suficiente. Sé que estamos en el primer piso. También que hay enemigos inteligentes, como nosotros, y otros que no lo son tanto. Cuanto más descendáis por la mazmorra, más inteligentes serán. Somos los reyes de este barrio. Nosotros, los gnolls, los hombres rata y algunos otros. Pero la mayoría de los monstruos no son tan listos.
—Pero sabéis lo que va a pasar dentro de unos días, ¿verdad? —pregunté.
—Sí, que se derrumbará el piso —dijo ella—. Pero los únicos que morís cuando pasa eso sois vosotros. Nosotros nos vamos a dormir hasta que abre la siguiente mazmorra. Abriremos los ojos y todo seguirá igual que antes. Será como un día cualquiera. Pero dentro de poco… Dentro de poco estaremos más abajo. Eso es lo que siempre nos dicen. Matad a los mazmorreros, matadlos mejor y os colocaremos más abajo. Y llegará el día en el que estemos tan abajo que los mazmorreros nunca llegarán y podremos vivir, tener a nuestros pequeños y dejarlos correr libres sin preocuparnos por tener que matar para sobrevivir.

Motocicleta de cobre goblin con sidecar. Tamaño humano. Artilugio.
Imagina coger de una chatarrería una bicicleta, un motor de vapor nada fiable, quitarles todos los tornillos y reemplazarlos con goma de mascar. Entiendes el concepto, ¿no? El medio de transporte de asalto preferido de los bardos bomba goblin. Es verdad que este artilugio carece de fiabilidad y seguridad, pero lo compensa gracias a su… A nada. No compensa.
Di un paso atrás para admirar el «vehículo». Tal y como decía la descripción, se parecía mucho a la bicicleta de un adicto al crack. El chasis estaba hecho de pedazos de cobre de tonos de color diferentes mal soldados. Por suerte, la habían hecho de un tamaño algo más grande para que me sirviese, pero lo más seguro es que fuese muy incómoda de igual manera.
Las dos ruedas eran sólidas y negras, hechas de un material desconocido. El asiento parecía ser el cráneo de un caimán con un pelaje blanco por encima, lo que hacía que se pareciese a un cráneo con una peluca de Andy Warhol. El motor estaba en medio del chasis y no dejaba de zumbar. Una tolva se extendía desde dicho motor y se abría cerca del manillar. Tendría que tirar un pedazo de carbón al interior de vez en cuando.
—¿Y el agua? —pregunté—. ¿Y cómo la apago?
—Lleva un permacubo —dijo el ingeniero—. Morirás de viejo antes de que se quede sin agua. Y no lo apagues. Simplemente, deja que se le acabe el carbón. Para volver a activarlo, tira un pedazo y volverá a arrancar un minuto después. Nosotros no usamos demonios menores para nuestros motores de vapor, como hacen otros. Esto es igual de bueno y durará más que tú. —Le dio una palmada a la moto y se le cayó el manillar, que repiqueteó en el suelo. Soltó un improperio y lo cogió para luego empezar a montarlo de nuevo con una llave inglesa.
El sidecar desmontable era poco más que una barra fija, una única rueda unida a un muelle enorme y un cráneo más pequeño y también cubierto de pelaje que supuestamente hacía las veces de asiento. Este era de una criatura de cabeza plana y rasgos de orco. También tenía unos huesos que servían de respaldo. Dónut saltó encima unas cuantas veces, empezó a correr en círculos sobre el asiento, se sentó y luego se bajó. Después pidió algún que otro cambio a los ingenieros, quienes empezaron a pintar de púrpura el respaldo después de añadir otra capa de pelaje.
La motocicleta era pesada, más de lo que parecía. Pero, por suerte, pude levantarla del suelo el tiempo suficiente como para guardarla en el inventario.
—No va a explotar mientras la llevo encima, ¿verdad? Ese buldócer explotó después de chocar contra la pared.
—El buldócer no hubiese explotado si hubieses abierto la válvula de escape —dijo el ingeniero. Señaló un par de espitas similares que había en un costado de la moto—. Si se calienta demasiado, abre esa de ahí y no explotará. Si la presión es demasiado alta, abre la otra. No las abras al mismo tiempo o empeorarás las cosas.
—¿Y cómo sabré si está demasiado caliente? ¿O si la presión es muy alta? ¡No tiene medidores!
El goblin sonrió y dejó al descubierto una hilera de dientes afilados.
—No te preocupes por eso, humano. Lo sabrás. Solo escúchala. Ella te lo dirá.
El ingeniero señaló la montaña de carbón que llegaba hasta el techo y me dijo que cogiese todo el que fuese capaz de llevar encima. Me acerqué y cogí una puñetera tonelada de carbón. Me hice con tres pilas de novecientas noventa y nueve piedras de carbón, y la montaña seguía prácticamente igual.
Era hora de largarse. Tanto Rory como Lorelai habían desaparecido mientras trabajaban los ingenieros, pero justo entonces volvieron a acercarse. Las dos estaban muy puestas. Rory tenía los ojos entornados, y Lorelai hizo un baile seductor mientras se acercaba a nosotros, que estábamos preparándonos para irnos.
—¿Quieres divertirte un poco antes de irte? —preguntó al tiempo que me agarraba la chaqueta ajada. El aliento le olía a pescado podrido. Se había quitado el collar de hueso.
—Eh… —empecé a decir.
—Cielo —dijo Dónut—, la verdad es que sería muy divertido ver a Carl decepcionando a otra mujer más, pero tenemos prisa. Tirarse monstruos no es algo que case muy bien con la historia que queremos protagonizar. Quizá la próxima.
—Claro, pero buscadme, ¿vale? —dijo la goblin. Después alzó la mano y me dio un golpecito en la nariz—. Será maravilloso follarme a alguien y no tener que comérmelo después. —Suspiró y se giró hacia uno de los bardos bomba—. Tú. Ve a mis aposentos después de que se apaguen las luces. Y dúchate antes.
Rory me dio una bolsa. La examiné y vi que estaba llena hasta los topes de dinamita y varios tipos de bombas pequeñas y granadas. Recordé lo peligrosas que eran esas cosas y las guardé de inmediato en el inventario. Sería más seguro examinar los objetos una vez guardados.
Rory se giró hacia Dónut.
—Vale, pues teníamos un trato. ¿Dónde encontrasteis la mierda?
—¿Las drogas? —preguntó Dónut—. Pues en el barrio de al lado, al otro costado del camino. La conseguimos tras matar a una de esas llamas.
—¡Lo sabía! —dijo ella. Se giró hacia otro bardo bomba—. Prepárate. Se nos han resistido durante demasiado tiempo. Vamos a por ellas dentro de cinco minutos.
Me quedé desconcertado mientras a mi alrededor los goblins, tanto los normales de nivel 2 como los ingenieros y los bardos bomba, empezaban a ir de un lado a otro, histéricos y entre gritos. Los buldóceres asesinos gruñeron como dinosaurios mientras los goblins se subían encima. Cuatro motocicletas de cobre parecidas a la mía rugieron al encenderse. Los bardos bomba se pusieron cascos metálicos con un pincho en la parte superior, al estilo alemán. Las puntas relucían y soltaban chispas. Los goblins podían encender los cartuchos de dinamita con solo alzar las manos y acercarlos a sus cabezas.
Uno a uno, las motos y los buldóceres se alejaron retumbantes entre gritos de goblins. Un minuto después, nos habíamos quedado solos en la estancia.
—¿Qué acaba de pasar? —pregunté mientras me giraba para ver si de verdad estábamos solos. Lo estábamos—. ¿Acabamos de dar el pistoletazo de salida a una guerra de bandas por la meta entre los goblins y las llamas?
—Eso hemos hecho, sí —dijo Dónut—. Tal y como tenía planeado. Ha ido bastante bien, ¿no crees? —Señaló la puerta que había en el extremo de la estancia—. Bueno. ¿Quieres entrar ahí y matar al cacique? La verdad es que me vendría muy bien otra de esas cajas de jefe.
Miré la estancia gigantesca en la que nos encontrábamos. Los goblins había dejado atrás muchas cosas. Sin pensárselo dos veces. No vi armas ni armaduras, pero sí montañas de suministros de ingeniería. Cables, engranajes, dinamita, pólvora… o «polvitos de la risa», como la llamaban ellos. Había barriles enteros llenos. Miré un carrito que se usaba para transportar los barriles de un lugar a otro.
—Tenemos que saquear este lugar —dije, sin dejar de mirar alrededor—. ¡Tenemos que hacernos con todo!
—Y luego matamos al cacique, ¿verdad?
Miré la puerta. La última vez que nos habíamos enfrentado a un jefe, había tenido que matar a puñetazos a una mujer asustada. Aún sentía su cara hundiéndose y crujiendo entre mis puños. No tenía ni idea de qué era lo que había detrás de esa puerta, pero las criaturas normales de esta zona eran mucho más fuertes que las que protegían la habitación del jefe anterior. Entrar ahí era una locura. Una auténtica locura.
Además, había que ser un auténtico capullo para hacerlo después de todo lo que nos habían ayudado.
—Sí, y luego matamos al cacique —dije.
Dónut empezó a brincar y a agitar la cola.
—Cine. Esto va a ser puro cine para nuestros espectadores.

Mi inventario tenía unas diez pestañas nuevas cuando terminamos de saquear el taller de los goblins. Cogí cinco pilas de carbón más. También muchas herramientas, como palas, llaves inglesas o martillos. La mayoría eran demasiado pequeñas como para usarlas como armas, pero ya las examinaría luego para asegurarme. Teníamos suministros de ingeniería, como rollos y rollos de mecha, varios tipos de explosivos, casi doscientos litros de varios fluidos alquímicos y una montaña de esos discos negros que usaban como ruedas de las motos. Cogí hasta las mesas que conseguí levantar. Cuando terminamos, lo único que quedaba eran las mesas más grandes, el motor de vapor gigantesco, una pila de carbón bastante más pequeña y algunos barriles con las «XXX» pintadas en la madera, todos bien colocados en el carrito y atados con una cuerda.
Había conseguido coger casi una tonelada de pólvora, pero para ello había tenido que llenar los sacos de cuero que había tirados por la estancia. Era pólvora de la vieja escuela, gruesa y nada parecida a esa que ese usa en las armas de fuego modernas y que casi no suelta humo. No fui lo bastante fuerte como para levantar los barriles hasta que no los había vaciado hasta la mitad. Pero una vez así, no los metí en el inventario, sino que los levanté y los coloqué sobre el carrito.
Después, acercamos el carrito a la puerta de la habitación del jefe. Sobre la pólvora eché un buen montón de tuercas y tornillos y otros cachivaches de metal. Después, tapé los barriles antes de que una chispa del motor de vapor lo hiciese saltar todo por los aires.
Dónut «dirigía» la escena desde el asiento de su sidecar, pero en ese momento me guardé la moto en el inventario antes de continuar.
—¿Crees que Rory y Lorelai se enfadarán conmigo? —preguntó Dónut mientras preparábamos el detonador. A diferencia de la última vez, no iba a usar dinamita goblin, ya que era muy inestable. Encontré una pelota de algo parecido a explosivo plástico llamado «pus de hobgoblin» que se hacía estallar con un detonador de verdad. Había muy poco, pero la descripción decía que las explosiones que causaba eran muy potentes. Me daba la sensación de que se trataba de un objeto muy valioso y que era lo mejor que habíamos encontrado en toda la estancia, pero decidí usarlo todo. Junto al pus de hobgoblin había varios detonadores mágicos. Solo había tres de esos mecanismos y tenía que desperdiciar uno para probarlo, para comprobar cómo funcionaban.
Los detonadores eran una genialidad muy sencilla de usar. Tenías que romper la punta del mecanismo, que se parecía a una de esas barras de desodorante, metías la punta rota en el explosivo y luego solo tenías que pulsar el botón para detonarla. Fácil. Los detonadores solo podían usarse una vez, pero podías romper cada una de las barras hasta diez veces, para hacer explotar diez bombas al mismo tiempo. Tras pulsar el botón tardaba unos cinco segundos en activarse. La descripción decía que el dispositivo tenía un alcance de unos diez kilómetros.
—¿Que si se enfadarán? Pues lo más seguro es que sí —dije—. Pero creo que Rory no aprecia mucho al jefe, así que ¿quién sabe? Espero que no nos enteremos nunca.
—¿Crees que será suficiente? —preguntó Dónut mientras miraba los cuatro barriles—. Yo creo que no.
Me encogí de hombros.
—La pólvora no es lo mejor que hay para hacer explotar cosas, pero sé que lanzará el metal en todas direcciones y a toda velocidad. Si ese tipo está ahí dentro al descubierto, lo dejaremos como un colador. Pero dudo que la explosión sea mayor que la del buldócer que hicimos estallar. Aun así, si esto no lo mata, no creo que fuésemos a hacerlo poniendo más pólvora.
El plan era una versión mejor pensada del que habíamos usado con la Acaparadora. Según había podido ver, la estancia que ocupaba el cacique tenía el mismo tamaño y la misma forma que la del jefe anterior. Seguíamos en el primer piso, por lo que dudaba que el tipo fuese muy poderoso. Abriríamos la puerta, empujaríamos el carrito al interior y yo activaría el detonador. Si matábamos al jefe, conseguiríamos una notificación y una estrella junto a nuestro nombre. Si no lo hacíamos, nos largaríamos de ahí por patas. Sacaría la moto y dejaría atrás tanto aquel lugar como el barrio entero. Me olvidaría de que todo aquello había pasado.
Puse un poco de pus de hobgoblin en cada barril y luego el resto en la parte superior del primero de ellos. Coloqué el detonador en el pus y dejé la mitad por fuera, para que se viese. Quería que fuese obvio lo que era aquello, pero no demasiado. Si al cacique goblin le daba tiempo de reaccionar, con suerte pasaría sus últimos momentos intentando sacar el detonador de los explosivos, sin darse cuenta de que había cuatro más listos para estallar en cada uno de los barriles.
Era una forma muy cobarde de hacerlo, pero me daba igual. La alternativa mala era quedar encerrado en la habitación con el jefe.
—¿Lista, Princesa? —pregunté.
Me coloqué justo detrás del carrito, preparado para empujarlo. Lo empujaría unos tres metros, lo suficiente para darle impulso. Dónut abriría la puerta usando el menú, se aseguraría de que el camino estuviese despejado, me daría el visto bueno y la cerraría de un portazo después de que yo lanzase el carrito al interior. Con suerte, el suelo sería lo bastante liso como para que el carrito se internase bien en la estancia.
—Lista —respondió la gata—. Voy a abrir la puerta.
Desde donde me encontraba no veía bien la habitación, pero sí que oí el crujido estruendoso de la puerta al abrirse de par en par.
—¡Vamos! —gritó Dónut.
Me impulsé con las piernas y le hice un placaje al carrito como si estuviese en un partido de fútbol americano. Había engrasado las ruedas, por lo que se movió rápido y sin problema. Lo empujé con todas mis fuerzas y vi cómo se abalanzaba hacia la estancia justo antes de que la puerta se cerrase con fuerza.
Me tambaleé y luego me di la vuelta y salí corriendo. Habíamos practicado esa parte. Teníamos que doblar tres esquinas para asegurarnos de que no nos encontrábamos dentro de la onda expansiva. No quería perder mucho tiempo, pero teníamos que dejar varias habitaciones de distancia por si acaso. Nos detuvimos en el lugar que habíamos concretado, donde me apoyé en la pared mientras el corazón me latía desbocado. Saqué el detonador del inventario.
—¿Lo has visto? ¿Había un goblin gigante ahí dentro? —pregunté.
Dónut también jadeaba.
—Sí. Goblin. Feo. Enorme. Lo juro. No me gusta correr. Estaba ahí sentado leyendo un libro. Reviéntalo. Vamos, que salte por los aires.
Pulsé el botón.
—Que sepas que también había muchos bebés ahí dentro —dijo Dónut, justo antes de la explosión.

—Cagondiós, Dónut —dije.
La explosión nos había tirado al suelo a los dos, pero no nos había hecho daño. La onda expansiva había sido más potente de lo que esperaba. El polvo caía del techo, y un terrible siseo empezó a oírse justo después del estallido. Sospechaba que era cosa de ese motor enorme de vapor. El silbido se atenuó durante los minutos siguientes. También se oyó alguna que otra explosión más pequeña. Todo cesó unos minutos después. Apareció toda una andanada de notificaciones, formada en su mayor parte por logros. Sí, habíamos conseguido matar al jefe de barrio. En esta ocasión no se oyó fanfarria alguna, pero sí que apareció otra estrella de bronce junto a nuestros nombres.
—¿De verdad había bebés ahí dentro? ¿Bebés goblin? —pregunté.
—Sí, había muchos. Solo los vi un momento, pero eran muy monos. Algunos llevaban unas chaquetitas que les quedaban grandes, como la de ese Yoda bebé. Eran adorables. Creo que le diste a uno con el carrito. También había goblins mayores y embarazadas. ¿Has visto? Ahora tenemos nivel 8. De nada. —Dónut alzó la vista y miró hacia las alturas—. No ha salido el retrato policial ese, así que supongo que la presentación del enfrentamiento con el jefe no aparece si no estás encerrado en la habitación con él. Qué mal. Me resultó muy divertido.
—Cagondiós —repetí. No me importaba matar a todos los goblins y monstruos del mundo, pero ¿bebés? Eso era muy chungo y no sabía muy bien cómo sentirme. No, sí que sabía muy bien cómo sentirme. Como un cabronazo. Y no me gustaba sentirme como un cabrón. Me quedé mirando la carpeta parpadeante de las notificaciones de los logros. Suspiré. No quería ni hacer clic en ella.
—¿Qué? —preguntó Dónut, que volvió a alzar la vista con lo que se me antojó genuina curiosidad—. Yo diría que se lo tenían bien merecido, ¿eh? Tampoco es que tú quieras estar aquí. ¡Y son goblins! ¿Qué clase de monstruo sádico mete unos bebés en la habitación del jefe?
Negué con la cabeza.
—Tenemos que volver ahí dentro, coger el mapa de barrio y salir por patas de aquí antes de que regresen los demás. Es muy probable que ya estén de camino. Y seguro que han oído la explosión. Iremos hacia el norte, de camino al barrio siguiente.
El taller había quedado borrado del mapa por completo. Lo único que quedaban eran escombros ennegrecidos. Las luces de las paredes se habían apagado, pero el extremo norte de la estancia había quedado cubierto por una pared de llamas de casi cinco metros de alto. El humo se agitaba, y en ese momento me di cuenta de que algo lo absorbía en dirección al techo. Los amos de la mazmorra estaban haciendo trampa y habían puesto una especie de sistema de ventilación. De lo contrario, toda la estancia hubiese estado cubierta de humo negro. Solo pudimos entrar unos pocos pasos antes de que el calor fuese demasiado sofocante. Eché un vistazo a mi alrededor. Las mesas grandes habían desaparecido, y había unos pedazos de piedra enorme que habían caído del techo. Dónut se me subió al hombro mientras yo examinaba el lugar.
La caldera del enorme motor de vapor parecía una patata hervida que hubiesen pelado y de la que sobresalían algunas barras de cobre, como si fuesen tentáculos. Una nube constante de vapor se agitaba y siseaba en el interior de los restos, mezclándose con el humo negro. La habitación entera estaba cubierta de agua hasta los tobillos, y dicha agua burbujeaba y se evaporaba al entrar en contacto con la pared de llamas.
—Algo me dice que tendríamos que haber cogido todo el carbón de la pila en lugar de solo la mitad —dijo Dónut—. Ahora no hay manera de llegar al cadáver del jefe.
Tenía razón. El carbón se había prendido, y la única forma de llegar a la estancia del jefe estaba bloqueada.
Me sentía aliviado. Quería el mapa, pero no me apetecía nada entrar ahí. No quería ver muertos a los bebés y al resto de los goblins. Me ponía enfermo solo de pensarlo.
Me fijé en una hilera de puntos blancos que se acercaba por el borde del minimapa y que se dirigía hacia nosotros. Los puntos no iban a quedarse blancos por mucho tiempo. El Carisma de Dónut había subido a 39 al llegar a nivel 8, pero dudaba que fuese suficiente para salvarnos después de que los goblins viesen lo que habíamos hecho.
—Tenemos que salir pitando de aquí —dije. Planeé un escape rápido que nos llevaba a territorio desconocido. Tendríamos que cruzar un cuadrante que no habíamos explorado antes hasta llegar a otro de los pasillos. Si teníamos suerte, no estaría lleno de limos o de otras criaturas contra las que no tuviese nada que hacer. Quizá habría una estancia segura en la que descansar, en la que sentarme y echarle un vistazo a todos los nuevos logros que había conseguido. Luego, sacaría la moto del inventario y partiríamos en busca de las escaleras.
—Tengo que admitir que me gusta cuando haces explotar cosas, Carl —dijo Dónut—. Me gusta mucho.