Introducción

Introducción

La desaparición cultural de la vejez

Hace un par de veranos, Andrés me invitó a su fiesta de sesenta cumpleaños en una casa de campo a las afueras de Madrid. Me sorprendió, porque nos conocíamos solo por motivos profesionales, pero estaba claro que nos caíamos bien e interpreté el gesto como una invitación a dar un paso hacia la amistad. Acepté agradecido, aun pensando que, a mis cuarenta y ocho años, me podría sentir un poco desplazado en una fiesta de sesentones. Edadismo inconsciente. Yo trabajaba en un programa de televisión con treintañeros, y cuando viajábamos por rodajes y salíamos todos juntos a cenar no se me ocurría pensar que se sentían desplazados por estar con un casi cincuentón quince años mayor que ellos. ¿Por qué al revés sí ocurre? Seguramente fui víctima de la trampa cognitiva reflejada por un conocido estudio que preguntó a personas mayores si se sentían más jóvenes, acorde o más viejos de lo que correspondía a su edad, y casi el 70 por ciento dijo sentirse más joven, mientras que solo el 5 por ciento reconoció sentirse más viejo.[1] ¿Cómo puede ser? Pues porque estamos viviendo una revolución biopsicosocial rapidísima respecto al concepto de edad y etapas vitales. Nos mantenemos bastante más en forma, activos e inquietos que las generaciones anteriores, pero la imagen inconsciente que tenemos de alguien de cincuenta, sesenta o setenta años no es la de quienes hoy tienen esta edad, sino la de nuestros padres y abuelos. Por eso yo —y quizá tú también— me sentía más joven y próximo a alguien quince años menor que a alguien doce años mayor.

En cualquier caso, el hecho es que llegué a la fiesta y enseguida se me pasó la tontería. Lo primero fue constatar que el sistema cardiovascu­lar y muscu­loesquelético de varios invitados e invitadas parecía estar en mejor estado que el mío. Me fijaba en la gente de pie tomando copas y conversando, y quizá algunas canas o arrugas sí podían revelar una edad mayor que la mía, pero se les veía sanos, estilizados, y algunos hasta marcaban una tensión en sus camisas y vestidos que denotaba horas de gimnasio. A cierta distancia, estos sexigenarios no parecían tan distintos de la gente de mi quinta. De hecho, empecé a hablar con una chica delgada de melena rubia-canosa, tez algo reseca y mirada intensa, que podía tener tanto cuarenta y cinco un poco descuidados como sesenta muy bien llevados, y sentí disonancia cognitiva.

De todas maneras, lo que más me sorprendió no fue el aspecto, sino la actitud. Tras un buen rato de cháchara y unas pocas cervezas con esos que al principio suponía mayores, ya no los veía diferentes a mí en absoluto. Casi al contrario; era un grupo dinámico, con conversaciones interesantes y espíritus tan vivarachos que hasta sentí cierta admiración. Sí noté diferencia cuando hablaban de la universidad o de los trabajos de sus hijos, pues mis dos niñas eran todavía muy pequeñas, pero me embargó una especie de envidia sana por lo orgullosos que estaban de haber superado con satisfacción esa etapa, y de encontrarse ahora liberados, con más tiempo para centrarse de nuevo en su vida, amistades, aficiones, parejas, deportes y proyectos personales.

Profesionalmente ocurría algo similar: yo estoy todavía en una fase de lucha constante, mientras que ellos ya habían cosechado sus éxitos, y si no lo habían hecho tampoco tenían la presión de conseguirlos. Se sentían activos y comprometidos, pero a la vez confiados y relajados. ¡Empezaba a pensar que en realidad esos sesentones y sesentonas estaban mejor que yo!

Por supuesto, salió varias veces el tema de la jubilación. Uno de ellos compartió su idea de hacer una hipoteca inversa para monetizar una propiedad y así aumentar su poder adquisitivo; otra dijo que se acogería a la jubilación parcial; una de setenta y tres años seguía como partner de su empresa sin ninguna intención de retirarse, y varios hablaron de sus diversos viajes y planes de ocio. Más en petit comité, el ámbito del ligoteo y las relaciones de pareja también ocupó un tiempo considerable de las conversaciones. Lo que estaba claro era que todos compartían una vitalidad y una ilusión muy significativas, e impropias de la mayoría de personas que tuvieron sesenta años unas décadas atrás. Eran como gerontolescentes entrando en una nueva etapa vital que en absoluto estaba ausente de retos, pero que, bien gestionada, podía ser maravillosa. De hecho, si definimos la vejez como la cuarta edad, y establecemos su inicio no en una cifra de años concreta sino en el momento en que empiezan los problemas de salud importantes y la dependencia, todo lo que viene antes es una tercera edad con un potencial de calidad de vida y bienestar nunca antes visto en la historia. Pensarás que quizá exagero y que hay personas con limitaciones físicas, económicas, emocionales, familiares y sociales muy considerables. Cierto; no pretendo ignorarlo. Pero todos los estudios que analizan la felicidad a lo largo de la vida observan que, estadísticamente, esta aumenta de manera muy considerable a partir de los cincuenta y cinco años, y que la esperanza de vida saludable crece aún más rápido que la esperanza de vida absoluta, que en España ya es de unos sorprendentes ochenta y cuatro años de media. Hay mucho tiempo ahí. Y con mayor calidad de vida de la que imaginamos. Lo que hace décadas era una excepción ahora empieza a ser la norma, y a la inversa.

Pero insisto: lo que más me despistaba no era el aspecto físico, sino el talante. Recuerdo charlar con una mujer con ligero sobrepeso, muy bien posicionada en el mundo académico, que se quejaba de ciertos achaques y que sí aparentaba los cincuenta y nueve años que tenía, pero que de repente me dijo: «El año que viene soy yo quien cumple sesenta. No me lo puedo creer… ¡Con la de cosas que tengo que hacer!». Y este es justamente el gran cambio. Cuando hablamos de longevidad solemos incidir mucho en la salud, en los avances médicos, en que la esperanza de vida no deja de aumentar y en que, gracias a unos hábitos más saludables, las personas de sesenta, setenta u ochenta años de ahora están por lo general en mejor estado físico de lo que estaban sus padres y abuelos. Eso es cierto, pero siempre hubo gente muy longeva. La verdadera y principal diferencia es cultural y psicológica: cómo se perciben a sí mismos los mayores y las expectativas que tienen sobre su futuro. Sí, su futuro. Porque el futuro que hace décadas vislumbraba una persona convencional al cumplir sesenta años era mucho más incierto, pasivo y plano de lo que es ahora. Esa mujer de cincuenta y nueve años con tantas cosas por hacer aún en el ámbito profesional posiblemente no estaba mucho mejor de salud de lo que estaba su madre a su edad, pero su mentalidad es otra completamente diferente. Y aunque parece que os esté diciendo una perogrullada, no lo tenemos tan asumido como creemos.

Durante la fiesta, un señor me comentó que llevaba varios años jubilado y que nunca imaginó que iba a encontrarse tan bien. Sorprendido, le pregunté: «Disculpa, ¿ya jubilado, dices? ¿Cuántos años tienes?». Y me respondió que tenía setenta y dos. No podía creerlo. Por su constitución, postura corporal, tono de voz y manera de vestir no encajaba para nada con la imagen convencional —y obsoleta— de una persona de setenta y dos años. Notó mi desconcierto, y me dijo que su secreto debía ser genético, porque su padre tuvo muy buena salud hasta que falleció con noventa y dos años. «Aunque desde los sesenta ya llevaba vida de viejo», añadió. Al oír esto le comenté que, si él se estaba cuidando más y llevando una vida más sana y activa que su padre, entonces quizá llegaría a los cien. Puso cara de estupor. Nunca lo había pensado. Incluso él tenía una visión anticuada de la vejez, y no había asumido que los centenarios serán el segmento poblacional que más crecerá en las próximas décadas, y que a él mismo con setenta y dos años le podía quedar todavía mucha y muy buena vida por delante. «A ver si me llegan los ahorros», bromeó, tocando un tema peliagudo que también aparecerá más adelante.

Lo que iré argumentando a lo largo de esta obra, apoyándome en trabajos de gerontólogos, biólogos, psicólogos, médicos y sociólogos que investigan aspectos relacionados con la longevidad, es que la medicina y los sistemas de salud nos están regalando una cantidad y una calidad de vida que no imaginábamos, pero también que esto conduce a profundas transformaciones psicológicas y culturales. Quizá cuando lleguen al mercado tratamientos que reviertan el envejecimiento biológico, que también os comentaré, esto cambie aún más drásticamente, pero el planteamiento inicial del libro será concebir la existencia actual de una nueva tercera edad, antes de la cuarta, que para muchas personas será una larga etapa de salud, bienestar, actividad y realización personal. Una vez asumido esto, aprender a prepararnos física, psicológica y socialmente para disfrutarla al máximo. Y si eres de los que se preocupan por el envejecimiento poblacional, a raíz de un concepto llamado morbidity compression,[2] te argumentaré que en el futuro probablemente haya más mayores pero menos viejos, y que, si dichos mayores asumen un papel responsable y participativo en la sociedad —deberán hacerlo—, podrán incluso contribuir a crear un mundo mejor.

No quiero parecer ingenuo. Obviamente, existen grandes retos a escala social, y a título individual podemos sufrir un accidente o recibir malas noticias médicas en cualquier momento. También está claro que infinidad de personas mayores viven con preocupaciones económicas, enfermedades crónicas, cargas familiares y problemas de todo tipo. Pero es incontestable que, por primera vez en la historia, un porcentaje inusitado de personas podemos esperar vidas más sanas, activas, felices y llenas de significado a partir de los sesenta o setenta años, y un futuro muchísimo mejor de lo que, por nuestra herencia cultural obsoleta, llegamos a imaginar. Pero para ello debemos plantearnos en muchos ámbitos diferentes qué queremos ser de mayores, y diseñar los hábitos, entornos y caminos que nos lleven hasta allí. Algo que, en cierta medida, yo ya había contemplado antes de asistir a la fiesta de aquellos boomers que aguantaron la juerga nocturna bastante mejor que yo.

La semilla de este libro

Aquí encontrarás información, reflexión y consejos con base científica que te pueden ser útiles para plantearte qué quieres ser de mayor —tengas cuarenta, cincuenta o más de setenta años—, y cómo conseguirlo tanto en términos de salud física como de crecimiento personal, finanzas o estilo de vida. Pero, ya que estamos todavía en la introducción, permíteme que te cuente cuándo empecé a pensar seriamente «¿qué quiero ser de mayor?», y apareció en mi mente la idea de escribir este libro.

Fue cuando mi pareja se quedó embarazada. Resulta que yo tenía cuarenta y dos años, y hasta ese momento mi vida era un poco caótica. Acababa de regresar a España tras ocho años viviendo en diferentes ciudades de Estados Unidos; trabajaba como divulgador científico freelance en un mundo laboral muy inestable y, si soy honesto, no prestaba mucha atención a mi salud y a mis hábitos de vida. Me sentía bien y vivía el día a día sin pensar en el futuro, en parte porque mis circunstancias habían dado tantas vueltas inesperadas en lo personal y en lo profesional durante los años anteriores que era incapaz de intuir cómo, dónde y con quién estaría al cabo de cinco años. Lo digo de verdad. Me había instalado en Madrid porque allí asignaron a Fazia, funcionaria internacional que conocí en Washington D. C., sabiendo que a los cuatro años como máximo le tocaría cambiar de destino. De hecho, a los tres años nos mudamos a Buenos Aires. En el ámbito profesional había apostado todas mis cartas a un proyecto televisivo llamado El cazador de cerebros, que me fascinaba, pero que TVE iría decidiendo temporada a temporada si renovaría o no, y también había aceptado empezar una colaboración en un programa de la Cadena SER llamado A vivir que son dos días, cuyo título reflejaba bastante bien la actitud que seguía en aquel momento.

En cuanto a mi vida social, lo bueno de viajar es que vas acumu­lando amistades allí por donde pasas, y lo malo es que de repente las tienes a muchísimos kilómetros de distancia y no sabes a quién llamar un viernes para tomar algo. Con tantos movimientos, experiencias y alternancia de referencias culturales, a veces no sabes bien quién eres. ¡Como para preocuparse de quién quieres ser! Total, que mi vida era muy estimu­lante en cuanto a coyunturas y aprendizajes, pero tirando a descuidada en lo físico, lo emocional y lo económico. Dejaba el futuro en manos del azar y la necesidad, y ni se me pasaba por la cabeza dónde andaría o qué estaría haciendo a los sesenta o a los setenta años.

La llegada de Eva forzó un cambio de perspectiva, y la de Ada, cuatro años después, la acentuó. Ser padre cuarentón tiene algunas ventajas —algo que, como todo lo que menciono en esta introducción, ampliaré en capítulos posteriores—, pero también inconvenientes. Quizá el más inquietante de todos es pensar que cuando tus hijas vayan a la universidad tú ya serás «mayor». O peor aún, que cuando tengan nueve o diez años y quieran jugar y correr con su papi quizá estés un poco fastidiado de la espalda o falto de energía. Y más delicado todavía: yo, como autónomo, estaba acostumbrado a ajustar mis gastos en función de mis ganancias, pero eso ya no podía seguir siendo así. Tener hijas no era algo temporal como cualquier piso, relación esporádica o trabajo que había tenido hasta el momento. Ser padre había sido una decisión premeditada, pero la cercanía del nacimiento de Eva y el apego desmedido que iba sintiendo por ese ser aún desconocido hicieron que empezara a preocuparme mucho más en serio.

Entonces empecé a imaginar al Pere del futuro. El futuro de verdad; no los retos del próximo año o del siguiente, sino cómo quería estar yo con Eva y con sus posibles hermanas o hermanos a los sesenta, los setenta y pasados los ochenta. Porque, de todo lo que bailaba en mi vida en ese momento, lo único que esperaba que fuera eterno e inmutable era ser un buen padre para mis hijas y compartir la mayor cantidad y calidad de experiencias con ellas.

Mi primera decisión fue empezar a cuidarme en serio. Como hasta el momento no había tenido problemas de salud ni estado un solo día de baja, vivía muy despreocupado. Por ejemplo, análisis anteriores habían revelado un colesterol alto, pero hasta el momento el riesgo a largo plazo que implicaba no me había motivado lo suficiente como para sacrificar placeres o forzarme a ir al gimnasio sin ganas. Ahora era diferente, porque lo que iba comprendiendo poco a poco es que quería asegurarme de estar sano, fuerte, ágil y vital para disfrutar de mis hijas el máximo tiempo posible, y eso sí era una motivación poderosa para cuidarse. Y no fui el único. Recuerdo que cuando les dije a mis padres que esperábamos a nuestra segunda hija, Ada, mi madre se giró sonriente hacia mi padre y, con sus ochenta años, le dijo: «¡Pere gran! ¡Debemos llegar a los noventa!». A ellos, las nietas también les han dado un sentido vital y una motivación para vencer la desidia y llevar un envejecimiento más activo. «Motivación» será una palabra fundamental en este libro, más que otras como «verdura» u «omega 3».

Volviendo a mi plan, los pilares de la vida saludable ya los sabemos todos: buena alimentación, actividad física, sueño de calidad, reducción del estrés, conexiones sociales, gestión emocional… Aun así, yo quería afinar más y, gracias a mi formación científica, empecé a buscar investigaciones y artícu­los médicos más detallados sobre aspectos de ejercicio y nutrición personalizados, salud cognitiva, prevención de la fragilidad, la importancia de definir un rol vital, estrategias psicológicas para el crecimiento personal, opciones financieras para optimizar recursos, la relevancia de las conexiones débiles y del compromiso social… Poco a poco, para mi sorpresa, fui descubriendo un campo fascinante con infinidad de científicos que analizaban la longevidad desde miradas muy distintas, y que quizá no estábamos cubriendo bien desde el periodismo científico. Hablamos mucho de ricachones apostando por terapias futuristas que prometen extender la vida más allá de los ciento cincuenta años, o dietas sin fundamento que se viralizan por redes sociales, mientras que otros conceptos esenciales como los de geriatría, gerontología, silver economy, teoría de la desvincu­lación, optimización selectiva por compensación, cohousing o edad prospectiva nos suelen resultar lejanos. En realidad, a mí no del todo, porque durante los dos años que trabajé en el Instituto Nacional de Salud (NIH) de Estados Unidos en Washington D. C. hice varias colaboraciones con el Instituto Nacional del Envejecimiento (NIA). Pero todo solía estar centrado en el manejo y la prevención de enfermedades, y lo que yo estaba empezando a intuir eran unos cambios psicológicos, sociales y culturales de muchísimo mayor calado que los avances sanitarios.

El tema empezó a entusiasmarme, y decidí dedicarle el primer episodio de El cazador de cerebros invitando al grandísimo Carlos López Otín, que nos habló de la capacidad de modular el ritmo del envejecimiento y de fenómenos como la hormesis o la autofagia generada por el ayuno. Recuerdo tener entre mis manos a dos ratones de la misma edad: uno había recibido una terapia experimental antienvejecimiento y el otro no, y ver claramente cómo el pelaje del primero era más brillante y se movía con muchísimo más vigor. ¡Eso era lo que quería lograr, por mis hijas! También tuvimos a María Blasco hablándonos de los telómeros y, ya con la idea de libro en mente, entrevisté a Juan Carlos Izpisúa acerca de la reprogramación celular, a Manel Serrano sobre las células senescentes, a María Mittelbrunn sobre los procesos de inflamación crónica, a Yolanda Sanz sobre el microbioma; también estuvimos con el grupo de envejecimiento del CSIC con Gloria Fernández-Mayoralas en la parte psicológica, Lola Puga en la sociológica y Julio Pérez en la demográfica, con expertos en silver economy como Juan Palacios o Iñaki Ortega, con la gran gerontóloga Mayte Sancho o con la geriatra Cristina Alonso, que desde el principio me inundó de papers. Y muchos más, que irán apareciendo en páginas posteriores, junto a artícu­los científicos de revistas especializadas en longevidad como Nature Aging, The Lancet, Journals of Gerontology y muchas otras.

Y, cómo no, me puse a conversar con personas de edades y circunstancias muy diversas, que fueron reforzando mi cambio de perspectiva respecto a la madurez. «A veces me da cosa sentirme tan bien», me dijo Juanjo Millás durante una de nuestras conversaciones. Pero ni su caso ni lo que vi en la fiesta de cumpleaños de Andrés son una excepción. El salto que se ha producido en solo una generación es brutal. Cada vez vemos más cincuentones y cincuentonas rejuvenecidos, gente de sesenta y setenta con una energía y una vitalidad envidiables, personas de más de ochenta con comportamientos que hubieran sido inusitados para generaciones anteriores y, en general, con mucha mayor educación, disposición a aprender, competencias digitales y actitud ociosa y desenfadada, pero también comprometida. No son pocos, sino muchos. Además, aunque el edadismo persiste, la percepción social de los mayores también va evolucionando, ganando cercanía y perdiendo manierismos y condescendencia.

De hecho, cuando las encuestas preguntan «¿a qué edad se considera que alguien es viejo?», las respuestas señalan cada vez edades más altas. Y como ya comenté, por múltiples factores que analizaremos más adelante, los índices de satisfacción aumentan progresivamente a partir de los cincuenta y cinco años. Poco a poco se me fueron rompiendo muchos esquemas, y eso tuvo una clara consecuencia: mis ambiciones ante la pregunta «¿qué quiero ser de mayor?» se multiplicaron. ¡Qué hijas ni qué cuentos! ¡Fuera ya cursiladas! Es cierto que quería estar sano para disfrutar de ellas, pero ahora también le pedía al futuro muchísimo más que buena salud y visitas periódicas de mis niñitas queridas. Me di cuenta de que, si lo planificaba mínimamente, adquiría ciertos hábitos beneficiosos, trabajaba un poco en cuanto a crecimiento personal y me organizaba bien en lo social y económico, notaría las mejoras de manera inmediata, y encima la madurez podría convertirse en la etapa más feliz de mi vida.

Y claro, como divulgador que soy, no podía quedarme esta investigación solo para mí; tenía que compartirla con todas las personas de cuarenta para arriba que quisieran leerme. Así nació la misión de este libro: ir aprendiendo y difundiendo las enseñanzas más trascendentes para que cada uno pueda lograr su mejor presente y futuros posible. Pero es que además, como me ocurrió con mi libro La ciencia del sexo, a medida que me documentaba no dejaba de encontrar estudios y enfoques interesantísimos sobre el concepto de amistad, la edad como interocepción, la psicología del paso del tiempo, las carencias nutricionales más frecuentes en cada momento vital, la gestión de las normas sociales y, en general, el análisis académico de esta transformación social, cultural, demográfica y económica —pero también individual, física y psicológica— que es la reconceptualización de la tercera edad. Porque si el si­glo xx supuso la primera revolución de la longevidad al duplicar la esperanza de vida en buena parte del mundo, la segunda revolución de la longevidad este si­glo xxi debe ser —está siendo— transformar la forma en que envejecemos. En lo social, en lo cultural, en lo individual, pero también incluso en lo sanitario: la extensión de la salud debe ser el principal objetivo de la medicina y de la salud pública, por delante de la extensión de la vida.[3] El tema era infinitamente más amplio e interesante de lo que había imaginado, y la idea inicial de buscar consejos prácticos enseguida quedó ampliada por una ambición divulgativa y reflexiva mucho mayor.

En los próximos años, la silver economy puede convertirse en la golden economy; necesitaremos ajustes en el ámbito laboral, afrontaremos retos demográficos hasta la llegada del rectángulo poblacional, el concepto de envejecimiento activo evolucionará hacia el participativo, cada vez habrá más voluntariado sénior con impacto social, y pronostico que el edadismo irá menguando, porque los mayores seremos cada vez más sabios, educados, sanos, desenvueltos y confiados. Justo por esto, en el último capítulo argumentaré que debemos también asumir responsabilidades e invertir algunos aspectos del pacto generacional.

El cambio ya empezó hace un tiempo, e irá todavía a más. La idea de tercera edad como sinónimo de vejez ha quedado completamente desfasada. No tiene nada que ver una persona convencional de sesenta y siete años con un mayor enfermo o dependiente de noventa y tres. No pueden formar parte de la misma «tercera edad». Por eso, al conceptualizar la cuarta edad como el momento en que empieza la dependencia, la tercera pasa a ser algo diferente y único en la historia, que puede incluso forzar a modificar nuestro plan de vida. Sinceramente, ahora me sorprende que hasta hace poco tanto yo como amistades cercanas no tuviéramos asumido que, tras cuatro décadas haciendo lo más difícil (formarse, trabajar duro y criar unos hijos), pronto llegaría una etapa en la que podría haber mucho más que descanso y contemplación. Un período con salud, autonomía, capacidad y tiempo para dedicarnos a viejas o nuevas pasiones e incluso para reinventarnos si queremos. La pregunta «¿qué quieres ser de mayor?» es más pertinente que nunca. Debemos ser conscientes de esta prórroga hasta cierto punto inesperada, y actuar en consecuencia. De nuevo, sé que vivimos una época con grandes retos e incertidumbres, y que el azar nos puede deparar todo tipo de sustos y angustias. Pero, como dijo Winston Churchill: «El pesimista ve dificultades en cada oportunidad. El optimista ve oportunidades en cada dificultad». Tener una mirada optimista es fundamental, porque nos ofrece visión, motivación, dirección y confianza. Si a esto le añadimos conocimiento, introspección y planificación, el futuro empieza a ser mucho más interesante. Así que… ¡empecemos!