Viendo una carrera me asaltó una pregunta tan simple como brutal: ¿por qué los atletas siguen corriendo cuando los tres primeros ya han cruzado la línea de meta? ¿Acaso dan una medalla al cuarto, al quinto o a los que van detrás?
Siguen dando el máximo por un motivo: sus cronos solo se detienen si llegan hasta el final. Incluso cuando el penúltimo llega a meta, el último corredor sigue luchando. Y no lo hace abatido, ni mucho menos derrotado. Avanza con la ambición de descubrir cuál es su tiempo; pues será su verdadero rival a batir en la siguiente competición. Como veréis en estos capítulos, los campeones entienden que el éxito que tenemos tan idealizado no se construye comparando tus resultados con lo que otros consiguen, sino por lo que eres capaz de hacer en tu carril.
Antes de que exista un título, una medalla o un récord, hay una lucha que nadie ve. De ese combate viene la palabra «campeón». Procede del latín campio, -onis, y hace referencia al combatiente que salía al campus («campo») a medirse. Pero con el tiempo, este escenario ha dejado de ser solo un espacio físico. Hoy, el principal campo de batalla está en nuestra mente, donde conviven nuestros miedos, hábitos y excusas.
«Mentalidad» nace de mens («mente») y el sufijo -idad, que indica cualidad: la cualidad de la mente. Es el conjunto de creencias, enfoques y decisiones que repetimos y forjan nuestro carácter. Este libro trata de la interacción de ambas cosas: del luchador y de la cualidad de su mente.
Un campeón compite contra sí mismo. Gana si mejora. Pierde si se estanca. Aun así, el pensamiento que más se repite en nuestra mente cuando intentamos algo que nos hace ilusión es: «¿Y si fallo?». Muchos nos advierten de que no debemos limitarnos con este tipo de preguntas. Pero, en mi opinión, formularlas no es un síntoma de debilidad, sino de prudencia. Lo que no podemos hacer es quedarnos ahí. Hay que responder muchas más: «¿Qué pasa si no lo intento?» y «¿Cómo me cambiaría la vida si lo consigo?». La mentalidad de los campeones no elimina la duda: convive con ella y la convierte en su aliada. Para la mayoría de las personas, dudar es como invitar a tu casa la posibilidad de perder. Se olvidan de algo crucial: en el momento en que dudas, también estás dejando la puerta abierta a la posibilidad de ganar.
• Dudar es un acto honesto.
• Sucumbir a la duda es perder antes de que empiece el partido.
• Confiar en la duda es un signo inequívoco de la mentalidad de los campeones.
Los campeones nunca están seguros y, aun así, lo intentan. No saben si ganarán la competición y, aun así, se presentan. No saben si harán el peor o el mejor salto de su vida y, aun así, despegan los pies del suelo para descubrirlo. Se exponen a ganar y a perder, a acertar y a fallar, una y otra vez, hasta que la exposición se vuelve su hábitat natural.
Como verás en los capítulos que siguen, la mayoría de los campeones no han sido siempre «realistas» con sus metas. No porque nieguen la realidad, sino porque buscan crear la suya. Primero imaginan una realidad que aún no existe; luego trabajan tanto que los demás acaban queriendo formar parte de ella. Esa terquedad creativa y, por momentos, obsesiva —sostener una visión y someterla a la prueba del entrenamiento, el tiempo y el error— es un rasgo de las personas de las que hablaré en estas páginas.
Este libro no es una guía práctica para «convertirte en campeón en diez pasos». No encontrarás consejos, sino reflexiones. No leerás teorías, sino hechos. En cada capítulo entrarás en la cabeza de los mejores deportistas del mundo. Descubrirás cómo se preparaba Michael Phelps para sus carreras antes de convertirse en el deportista más laureado de la historia de los Juegos Olímpicos; cómo dos rutinas opuestas pueden conducir al mismo punto con las mejores saltadoras de altura, Nicola Olyslagers y Yaroslava Mahuchikh; y cómo Alex Honnold gestiona el error y el miedo mientras escala, sin cuerda, paredes de casi mil metros. Acabaremos con el mito de que los penaltis en el fútbol son solo «cuestión de suerte» y analizaremos la psicología que hay detrás de esos once metros como clave para este próximo Mundial. Verás cómo campeones de la talla de Roger Bannister y Faith Kipyegon nos hacen progresar derribando límites que durante años creímos inamovibles; las enseñanzas que podemos sacar de grandes maestros como Cus D’Amato, Jim Valvano o Vince Lombardi; y qué nos enseñan sobre salud mental historias como las de Clint Malarchuk y Simone Biles.
Descifraremos la mentalidad de Rafael Nadal para competir incluso contra la victoria, así como la Mamba Mentality de Kobe Bryant y su eco actual en Carolina Marín. Analizaremos el dilema entre genética y esfuerzo a través de Armand Duplantis, el deportista más dominante del momento, y cómo transformar el dolor en motor de cambio como hizo Muhammad Ali. Cerraremos hablando del amor en el deporte y en la vida: la inesperada amistad entre Jesse Owens y Luz Long, la complicidad de Hunter y Tara Davis-Woodhall que nos cautivó en París, los valores que la madre inculcó a Dikembe Mutombo y que lo llevaron a construir un hospital en su ciudad natal, y esa escena imborrable de Barcelona 1992 en la que Jim Redmond acompaña a su hijo Derek hasta la meta.
Estos son solo algunos de los campeones de los que vamos a hablar. Es hora de conocer sus procesos, rutinas, renuncias, trucos, conversaciones difíciles y decisiones que no lucen en los highlights, pero nos sirven para aprender a confrontar la presión, las expectativas, el error y la incertidumbre que tanto nos persiguen en nuestro día a día.
No necesitas ser deportista para aprender de los atletas porque el deporte es el mejor espejo de la vida. Por eso no hablaremos de la mentalidad de «los atletas» en general, sino de los campeones; y tampoco trataremos a los campeones como superhéroes abstractos e inaccesibles, sino de su mentalidad concreta, «entrenable», imperfecta y humana.
Sobre mí, lo único que puedo deciros es que admiro profundamente a todos los atletas de los que hablo en este libro. Todos ellos han dedicado gran parte de su vida a ser campeones. Y lo han conseguido. Ignorar lo que hacen y por qué se animaron a intentarlo sería desperdiciar pistas muy valiosas que pueden ayudarnos a abrirnos camino en nuestros propios campos de batalla: el estudio, el emprendimiento, el arte, el amor, la familia, el deporte o la salud. En todos esos terrenos necesitarás una mentalidad de campeón para alcanzar tus objetivos y seguir mejorando.
Ahora sí. Toma asiento y prepárate para coger impulso. Aquí empieza la competición que de verdad importa: la tuya.
Aquí comienza La mentalidad de los campeones.
En eso que estás pensando es en lo que te estás convirtiendo.
MUHAMMAD ALI
El que gana algo se lo ha imaginado antes. Ya nos advirtió de ello hace décadas Muhammad Ali, el deportista más locuaz y atrevido de todos los tiempos, cuando dijo: «Los campeones no se hacen en los gimnasios, sino que nacen con algo que llevan dentro: un deseo, un sueño, una visión». Pero ¿cómo demostrar que un campeón nace en la mente y no en un podio? Partamos de una evidencia. Si el resultado de un partido dependiera exclusivamente del nivel de los jugadores, el deporte perdería su activo más valioso: la emoción. Sería muy fácil anticipar un ganador. Bastaría con confiar la victoria al mejor equipo, al corredor más rápido o al arquero con mejor puntería. Pero no siempre gana el mejor; a veces, incluso, lo hace el que menos opciones tenía. ¿Por qué lo improbable se lleva tantas victorias? ¿Por qué David logra imponerse a Goliat? ¿Por qué las casas de apuestas ganan tanto dinero? Tenedlo claro: predecir en deporte es un salto al vacío, pues ninguna estadística nos indica qué pasa por la mente de los deportistas.
Durante la final de los 200 metros mariposa en los Juegos Olímpicos de Pekín de 2008, las gafas de Michael Phelps se llenaron de agua nada más sumergirse en la piscina tras el salto inicial. Phelps no podía perder tiempo en ajustarlas, y a mitad de la carrera el agua había penetrado hasta tal punto que no podía ver nada. Es algo que nos ha pasado a todos en una piscina, en el mar y en la vida, pero sorprende descubrir que también les sucede a los mejores nadadores del mundo con, supuestamente, el mejor equipamiento del mercado. Ya le había ocurrido un año antes en una final de 200 metros estilos, pero esta vez era diferente. Se trataba de una final olímpica y lo que estaba en juego era mucho más que una medalla. El Tiburón de Baltimore había anunciado al mundo que ganaría ocho medallas de oro en esos Juegos Olímpicos, superando así las siete que consiguió Mark Spitz en Múnich en 1972. Su entrenador Bob Bowman le había dicho que si le hacía caso y se esforzaba lo necesario podría ganar las ocho medallas. Y allí estaba, con las gafas llenas de agua, luchando por mantener vivo su propósito.
Cuando empezaron los 200 metros mariposa ya había ganado tres oros en los 400 metros estilos, los 4x100 de relevos y los 200 metros libres. Phelps no sabía si las gafas se habían roto o qué había podido pasar, pero no le importaba. Tenía que ganar y sabía cómo hacerlo. Se había imaginado tantas veces la carrera que no necesitaba ver nada para ubicarse. Podía vencer a los mejores del mundo sin abrir los ojos gracias a que tenía la prueba grabada en la mente. Ante la imposibilidad de ver, tocaba recordar.
La primera vuelta le suele exigir dieciséis brazadas. La segunda, dieciocho. Esta diferencia no la marca la fatiga, sino el salto inicial, en el que el nadador ya puede ganar algunos metros sin hacer las brazadas agotadoras tan características del estilo mariposa. Para completar la tercera vuelta suele necesitar diecinueve y para la última, diecinueve o veinte. En las últimas dos sí que acusa el cansancio. Si Phelps quería tener la oportunidad de ganar, necesitaba calcular perfectamente cada una de sus brazadas para saber cuándo estaría cerca del final de la piscina, hacer el viraje en el momento preciso sin chocar con la pared y seguir nadando. Un segundo perdido supondría la derrota.
Cuando empezó la última vuelta, el público comenzó a rugir, pero Phelps no sabía si era por él o por un competidor que fuera por delante. Dio la brazada número veinte, pero no tocó la pared. ¿Dónde estaba? ¿Había calculado mal? Dio una más y tocó la pared con la mano. Se quitó las gafas llenas de agua, levantó la mirada al marcador y vio que al lado de su nombre ponía: «1, World Record» (número 1, récord mundial).
Habría ido más rápido si las gafas no le hubieran traicionado, pero de todas formas encontró el camino de la victoria con un tiempo final de 1:52:03. Y eso no es todo. El nadador húngaro László Cseh selló su mejor marca finalizando los 200 metros cuatro segundos antes de lo que lo había hecho jamás y aun así quedó segundo (1:52:70). El japonés Takeshi Matsuda fue dos segundos más rápido que nunca y acabó tercero (1:52:97). Phelps no solo venció a los mejores de cada país, sino también a sus mejores marcas. Ganó así su cuarta medalla de oro en Pekín y su décima sumando las seis que ya había conseguido en 2004 en Atenas. En su libro Sin límites, el nadador explica que para él lo que define a un campeón es «su capacidad para lidiar con cualquier obstáculo que se encuentra en el camino». Ganar es adaptarse, y todos debemos hacerlo en nuestra vida.

Michael Phelps sonriendo al recibir su séptima medalla de oro en los Juegos Olímpicos de 2008.
© Alamy / Cordon Press
Phelps en plena carrera.
© Alamy / Cordon Press
Cuando nos preparamos mentalmente para una competición, nos imaginamos ganando, anotando un tiro importante o incluso metiendo un gol en el último minuto que hace estallar al público y llena de felicidad al equipo. Pero una particularidad de los campeones es que también se proyectan en situaciones donde lo tienen todo en contra. No solo se imaginan remontando de una manera épica, sino también siendo remontados, sorprendidos e incluso dominados. Solo haciendo este ejercicio de visualización pueden responder inmediatamente a situaciones desfavorables sin desviarse del objetivo aunque el plan A no haya funcionado. Si Phelps no se hubiese imaginado con las gafas llenas de agua, los nervios se habrían apoderado de él nada más empezar la carrera. También se puso en la situación de que se le rompía el bañador; pero, por suerte o por desgracia, nunca sabremos qué solución había encontrado para eso.
Su entrenador quiso redefinir lo que significaba la victoria en la mente de su alumno. Cogió las siglas de la palabra WIN («victoria» en inglés) y les dio otro significado: What’s Important Now? («¿Qué es lo importante ahora?»). En la prueba que redefinió su carrera, lo importante no era que las gafas estuvieran llenas de agua. Lo importante era que tenía que ganar. Su capacidad para evadir el problema y centrarse en la solución sin perder un segundo resulta todavía más increíble cuando sabes que Phelps empezó a nadar, precisamente, para gestionar sus problemas de concentración. Un profesor llegó a decirle que nunca podría tener éxito en nada en la vida porque no era capaz de mantener la atención. ¿Acaso sería capaz ese profesor de concentrarse hasta el punto de empezar a calcular brazadas mientras compite contra los mejores nadadores de cada país en unos Juegos Olímpicos sin ver nada, con su familia y el presidente de Estados Unidos entre el público?
A Phelps le diagnosticaron TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad) y no podía permanecer quieto en clase. No obstante, quienes padecen este trastorno cuentan con un gran poder. Si bien presentan dificultades para mantener la concentración en tareas que no les motivan, también pueden alcanzar un estado de focalización extrema en aquello que les engancha. Cuando conectan con algo a nivel emocional y mental, pueden hacer un despliegue de energía superior al de quienes no tienen TDAH. Un gran poder que han aprovechado otros grandes atletas como Michael Jordan, Simone Biles o el boxeador británico Ben Whittaker, conocido por esquivar golpes sin protegerse con las manos, como si pudiese verlos llegar en cámara lenta y anticiparse a ellos. Lo que el profesor vio como un problema fue, en realidad, un aliado de Phelps para resistir las eternas sesiones de entrenamiento y mantenerse enfocado incluso cuando todo parecía ir en su contra.
El Tiburón consiguió ganar las otras cuatro medallas de oro que le quedaban para superar a Spitz y hacer historia. Y lo logró utilizando las mismas gafas que en los 200 metros mariposa. No le volvieron a fallar y él tampoco lo hizo. Cuando compitió en sus primeros Juegos Olímpicos, los de Sídney en el 2000, tenía tan solo quince años. El equipo de Estados Unidos consiguió 33 medallas en natación. De los 48 nadadores, 41 volvieron a casa con al menos una medalla colgando del cuello. Phelps fue uno de los siete que no ganó ninguna. Pero no fue un contratiempo. Tanto Bob, su entrenador, como él solo pensaban en una cosa: 2008. Ese sería el año de Phelps. Por eso tampoco dieron demasiada importancia a que ganara seis medallas de oro en los Juegos de Atenas en 2004. Quedaban todavía cuatro largos años de entrenamiento para llegar al momento de la verdad: la oportunidad que tenían configurada en la mente desde el segundo en que decidieron que podía conseguirlo.
La presión y la motivación aumentaron cuando Phelps decidió hacer público su deseo de conquistar las ocho carreras. Muchos no podían entender cómo una persona podía estar tan convencida de lograr algo que no se había hecho nunca; ni tan siquiera de igualar un récord que llevaba más de tres décadas vigente.
«Tu cuerpo escucha lo que dice tu mente», asegura Phelps. El físico trabaja lo que el deseo es capaz de soportar. Y para que ese deseo no se apague, conviene hacer todo lo posible para que permanezca a tu lado, en cada brazada y en cada momento de duda. Una de las mejores soluciones es escribir. La tinta es una llama muy difícil de apagar. Phelps dejaba sus planes por escrito para no olvidarse de lo que estaba persiguiendo. «Apunto lo que quiero lograr. Apunto mis metas. No las leo todos los días, pero las memorizo», explica en su libro.
Puede parecer improbable que un deportista de élite olvide sus objetivos; pero lo importante no es tanto acordarse de ellos como sí tenerlos presentes.
Para un jugador de tenis, baloncesto o fútbol es mucho más sencillo mantener la concentración y el enfoque, ya que tienen competición casi todas las semanas; pero para un nadador o un atleta que compite en pruebas de atletismo, el gran evento en el que debe ponerse a prueba son los Juegos Olímpicos, y estos solo se celebran cada cuatro años. Cuatro temporadas suponen de media un tercio de la carrera de un deportista profesional; así que es lógico que en momentos de sobreesfuerzo, cuando el cuerpo se arrastra y la mente flaquea, tengan la tentación de abandonar o de llegar a la conclusión de que no merece la pena hacer tantos sacrificios para conseguir algo tan difícil.
Phelps no quería darle a su mente el lujo de dudar. Por eso escribía en su cuaderno las marcas que deseaba alcanzar en cada carrera. El objetivo era dejar una huella mental y, llegado el momento, tener siempre delante lo que importa sin necesidad de verlo, tal y como hizo en la carrera de 200 metros mariposa. Cuando tenía un mal día o no se esforzaba lo suficiente, volvía a leer esas notas para recordar por qué entrenaba tanto y contra qué nadaba con tanta pasión. Nunca escribió el nombre de un competidor ni ningún otro que no fuera el suyo. Lo que hacían los demás no lo podía controlar y, en su mentalidad, sus únicos rivales eran el tiempo y él mismo. En sus notas tampoco hablaba de perseguir récords. Su entrenador Bob le hizo entender que no hay que ver los récords como límites, sino como lo que son: marcas que no han sido superadas. Los récords siempre van en contra de los aspirantes, y en natación no existen las carreras a contrarreloj. En la vida ocurre lo mismo: el tiempo siempre avanza, no retrocede, y, que yo sepa, los récords no compiten en ningún carril.
En su libro, Phelps señala que «si pones un límite en cualquier cosa estás poniendo un límite a cómo de lejos puedes llegar. Cuanto más uses tu imaginación, más lejos vas». En su caso, se convirtió en el deportista con más medallas de la historia en los Juegos Olímpicos: 23 de oro, 3 de plata y 2 de bronce.
La escritura no es un gesto poético, es una herramienta. Como veremos en el siguiente capítulo, dejar las cosas por escrito ayuda a muchos atletas a fijar en su mente el objetivo y a convertirlo en algo casi físico, como si al escribirlo también lo estuvieran construyendo.
La motivación es lo que te pone en marcha, el hábito es lo que hace que sigas.
JIM RYUN