
Skylar O’Hara
Siete mil años atrás
Hubo un tiempo en que el mundo de los vivos fue visto como un paraíso. Así lo creían quienes lo observaban desde la distancia, bajo la luz de un sol que aún bañaba la tierra y un cielo que parecía no tener fin. Pero para quienes lo habitaban, para los que respiraban su aire cargado de veneno y sentían la podredumbre bajo sus pies, la verdad era muy distinta.
El mundo de los vivos no era un paraíso.
Era un campo de batalla.
El imperio nunca fue un hogar para mortales, solo un coto de caza para depredadores. La magia no fluía libre, no pertenecía a todos. Se arrebataba, se poseía, se drenaba hasta dejar tras de sí ruinas y cuerpos vacíos. Fue la sangre derramada en incontables guerras lo que la alimentó, y fue esa misma ansia lo que la obligó a huir. Porque cuando algo se convierte en presa, aprende a esconderse.
La magia escapó.
No ascendió a los cielos, no se elevó hacia los dioses, sino que se escabulló hacia abajo. Se filtró por las grietas, se deslizó entre las fisuras de la tierra, escapó de la superficie hasta desvanecerse de la vista de aquellos que la devoraban sin piedad. Se hundió más allá de las raíces de los bosques y del lecho de los ríos, más allá de lo que cualquier mortal pudiera alcanzar. Y allí, en su exilio, la magia dejó de ser un simple poder al alcance de los humanos.
Decían que la magia había creado una ciudad enterrada.
Los mortales la llamaban «la maravilla del imperio», el tesoro oculto bajo sus pies, el último vestigio de un poder que ya no les obedecía. Pero lo que ignoraban era que, bajo las montañas y la roca, más allá de la ceniza de civilizaciones olvidadas, la magia no solo había huido, se había transformado y, en su exilio, había construido lo imposible: templos esculpidos en diamante, catedrales que ardían con un fulgor espectral en la penumbra de las profundidades. Solo los inmortales —los verdaderos dueños de la magia— habían sobrevivido allí, alejados de la avidez de la superficie, de la codicia de los humanos.
Un imperio sin tiempo.
Un imperio sin límites.
Un imperio sin piedad.
Pero lo que nadie entendió era que la magia no había buscado refugio; había construido una prisión. Porque en el corazón de esa ciudad enterrada, en lo más profundo de la tierra… algo más había nacido. Algo que la magia misma temió y encadenó.
Skylar conocía bien la codicia del mundo de los vivos. No solo la había presenciado en los rostros de los emperadores, en la sangre derramada por ambición y en la miseria de los inocentes, también la había sentido devorarlo todo a su paso. La codicia era una enfermedad que se disfrazaba de gloria, una sed insaciable de poder, una obsesión por poseer lo que jamás debió pertenecerles. Y ese fue el error cuando el universo forjó las dos mitades. Porque una de ellas —su otra mitad, el yang— nació como un reflejo del mundo en su estado más desesperado. Un intento del equilibrio por corregir el sufrimiento, por sanar las fisuras de la existencia.
Pero el yang falló. Absorbió más de lo que podía compensar, más de lo que debía. En lugar de proporcionar equilibrio, comenzó a devorar la destrucción con la misma ansia con la que el mundo la generaba. Dejó de ser el contrapeso y se convirtió en reflejo; un eco de la ambición desmedida que pretendía contener.
Eso era justo lo que la tercera llama deseaba, y eso fue lo que logró.
Kaiserin, la primera llama, ardió en su propio fuego, consumida por el mismo poder que había jurado proteger. Se retorció hasta quedar irreconocible, hasta que su nombre dejó de tener peso, hasta que ya no significó nada.
El portador de la llama idealis murió con sus promesas aún suspendidas en sus labios. Y la llama valirio… simplemente desapareció. No quedó rastro de ella. Como si alguien la hubiese arrancado del tejido mismo del universo.
Tal vez destruida.
Tal vez muerta.
Como todos.
La Gran Guerra no solo destruyó imperios y aniquiló tierras. No fue el mero caos que quebró los cielos y partió la tierra en dos. Fue la fuerza que arrancó la magia de la superficie del mundo, la despojó de los dedos que la moldeaban y la pervirtió hasta ser venerada o temida.
Skylar caminaba entre los restos de la ciudad enterrada —o lo que quedaba de ella— con una extraña tensión recorriéndole la espalda. Nunca había descendido hasta allí, pues jamás había sentido la necesidad. Pero esa vez había sido diferente. Algo lo había empujado. Como si una parte de él supiera exactamente a dónde ir.
Encontró una entrada que no recordaba haber visto, una grieta oculta tras capas de raíces y tierra que parecía haber estado esperándolo, y descendió por ella.
Los templos —gigantes de piedra y diamante— yacían derrumbados, como colosos vencidos que aun en ruinas conservaban una presencia imponente. Sus muros agrietados destellaban con fragmentos de magia atrapada entre las fisuras, chispazos persistentes de un poder que se resistía a morir, como cicatrices encendidas en una piel ya marchita. Todo en aquel lugar parecía aferrarse a un equilibrio que hacía tiempo que se había perdido.
Los diamantes que emergían del suelo no eran joyas, sino magia cristalizada, comprimida hasta el límite. Los árboles, convertidos en esqueletos retorcidos, eran sombras de lo que alguna vez fue vida: troncos petrificados que aún alzaban sus ramas afiladas en un intento inútil de tocar un cielo que jamás había existido en aquel abismo. Las raíces, gruesas y nudosas, invadían la roca como venas expuestas, aferradas a una tierra que ya no ofrecía nada.
A lo lejos, en el corazón de aquella ciudad muerta, Skylar divisó el último templo aún en pie. Se alzaba entre la devastación como un espectro, una huella obstinada del pasado. En el centro del santuario destacaba el monolito: un pilar esmeralda que se elevaba como una torre maldita.
Arrodillada frente a él, una figura recorría la superficie con las manos, deslizando los dedos por cada fisura brillante.
—¿Dónde estás…? —murmuró la mujer—. Tienes que estar por aquí.
Skylar pasó entre los escombros sin emitir un solo sonido, moviéndose como lo que era: una sombra con voluntad propia. No sabía qué demonios lo había arrastrado hasta aquel lugar, ni por qué sus pasos lo habían guiado hasta ese templo olvidado, pero sí tenía una certeza grabada en el pecho.
Esa mujer no debía estar ahí.
—¿Dónde, dónde, dónde…? ¡Muéstrate! —insistía casi suplicando al monolito, los dedos temblorosos sobre la superficie esmeralda.
Y entonces giró la cabeza hacia él.
Skylar se quedó inmóvil. La mujer no aparentaba más de dieciocho años y tenía la piel pálida, impecable, sin una sola cicatriz que delatara historia o dolor. Su cabello negro caía en ondas suaves, casi demasiado perfectas, como si ningún viento se atreviera a tocarlo. Pero no fue eso lo que lo detuvo.
Fueron sus ojos.
Verdes, cristalinos, antiguos. No reflejaban miedo, ni sorpresa, ni siquiera curiosidad. Eran los ojos de algo que ya lo conocía, que lo había visto mucho antes de que él tomara forma, que había recorrido siglos aguardando ese momento. No necesitaba palabras para decírselo: lo había estado esperando.
—Ven, acércate —le dijo con una voz suave y serena que no tenía derecho a resonar tan hondo en su interior.
Skylar ladeó la cabeza y se mantuvo a distancia.
—¿Quién eres?
La mujer sonrió.
—Solo alguien que intenta salvar lo poco que queda.
No confió en ella, pero, por alguna razón, sus piernas no se movieron en la dirección contraria.
—Solo necesito que me ayudes a buscar una cosa —continuó ella con esa voz envolvente—. No hay muchas personas que puedan hacerlo, pero tú… —Su mirada bajó a su cuello y sus labios se curvaron—. Tú sí puedes.
Skylar sintió el roce de su colgante contra la piel.
El yin y el yang. La única reliquia que había logrado conservar. Aquella que Kaiserin le había arrojado de vuelta como quien escupe un recuerdo demasiado doloroso.
—Puedo sentirlo. —Los ojos de la mujer destellaron con un conocimiento que no debería tener—. El equilibrio.
Skylar entornó los ojos.
—¿Qué sabes del equilibrio?
La mujer alzó una mano.
—Sé que está roto y que este mundo no podrá soportarlo mucho más tiempo. —Levantó la vista hacia el monolito—. Aquí abajo, la magia está sellada, encerrada, pero esta piedra… esta piedra es la cerradura.
—Eso no es una cerradura.
La mujer no apartó las manos, que seguían recorriendo las grietas brillantes con una devoción enfermiza.
—Lo era… —susurró—. Hasta que la guerra la hizo pedazos, hasta que el mundo se desmoronó. La ciudad enterrada…, el último aliento de la magia antigua, encerrada por miedo, por… por ignorancia. Sellada para siempre porque… —sus dedos temblaron— porque temieron lo que había dentro.
Las sombras de Skylar se replegaron. No por decisión propia, ni por una orden directa, sino por algo más primitivo, más profundo, un instinto que no reconocía, una obediencia que no nacía del miedo, sino de algo anterior a todo eso. Aquella voz —esas palabras— no solo hablaban, hurgaban dentro de él, removían un rincón intacto, uno que nadie había tocado jamás…, ni siquiera él mismo.
—¿Qué estás haciendo? —gruñó él.
La mujer alzó la cabeza.
—Dime, Iron Shadow… —Su voz goteaba dulzura—. ¿Y si lo que quedó atrapado aquí no fue la oscuridad, sino la salvación? Si queremos cerrar la grieta, si queremos restaurar lo que se ha perdido, si queremos que el imperio no se hunda en su propia miseria… —Dio un paso hacia él, su mano derecha todavía contra la piedra—. Necesito tu mitad.
Skylar bajó la vista a su colgante, su mitad, la parte blanca, la que Kaiserin había rechazado, la que dejó atrás como si fuera un lastre, como si no significara nada, y si ella pudo hacerlo, si ella no la quiso, ¿por qué él habría de aferrarse? ¿Qué más daba si la entregaba?
—Solo una parte —le rogó—. No es mucho lo que pido…
Skylar podía matarla. En ese preciso instante, sin esfuerzo. Pero no lo hizo. Porque por primera vez en su jodida existencia no hablaba, no juzgaba, no sentenciaba. Solo escuchaba.
Alzó una mano despacio y se arrancó el colgante del cuello. El metal cayó en su palma con un golpe seco, pesado, como un recuerdo que no quería cargar pero no podía soltar. Sentía el frío clavarse en la piel, justo sobre la cicatriz de lo que alguna vez fue fe. Por primera vez en milenios, su pecho se sintió hueco, porque no le dio la mitad de Kaiserin. Le dio la suya.
La mujer apartó la mano de la piedra y la tomó con la misma devoción con la que se sostiene algo sagrado, algo por lo que alguien estaría dispuesto a morir.
—Gracias, Iron Shadow.
Cuando sus dedos rozaron el colgante, la magia se crispó y vibró como una cuerda tensada al límite. En lo más profundo de la ciudad enterrada, algo despertó.
Skylar sintió un tirón seco en el pecho. No era dolor, ni miedo, era instinto. El mismo que le había salvado mil veces, el que le había gritado siempre justo antes del desastre. Y esta vez… rugía.
Algo iba mal. Algo estaba jodidamente mal.
Pero ya era demasiado tarde.
El monolito gimió, pero no fue un sonido, sino magia: una vibración grave que atravesó la piedra, el aire y los huesos.
Una luz oscura estalló desde el centro de la esmeralda. Las grietas se agrandaron, rajando el pilar como si algo dentro de él intentara abrirse paso.
La mujer jadeó con fuerza. Todo su cuerpo se arqueó, los dedos clavados en la piedra como garras, aferrados a algo que no quería soltar. Pero no era el temblor del miedo ni el desfallecimiento del cansancio.
Era éxtasis.
—Ah… Por fin.
Skylar intentó retroceder, alejarse, pero la magia no se lo permitió. No era una cadena, ni un muro, ni una atadura visible. Era peor.
La mujer se giró con lentitud, como si estuviera probando un nuevo cuerpo, como si la piel que llevaba puesta no le perteneciera, y fue cuando vio el fuego valirio en sus ojos.
—El Ojo de Nyxar… —susurró, y su voz ya no era la de una mujer joven—. Es mío.
Skylar lo entendió demasiado tarde.
El rostro de porcelana. La voz dulce y letal. El poder que vibraba al mismo ritmo que el mundo… Skylar tendría que haberlo sabido. Tendría que haber sentido la marca de la tercera llama en su presencia, en cada palabra, en cada mirada. Tendría que haberla reconocido desde el primer segundo.
Pero no lo hizo, no hasta que todo estuvo perdido.
El templo se partió con un crujido áspero, como carne y cartílago desgarrados de un solo tajo. Del monolito emergió un humo verde, espeso y pegajoso que reptó por el aire. En cuanto lo tocó, lo atravesó un tirón seco en el pecho, un desgarro interno que le abrió el alma. Su poder, su equilibrio, su existencia entera se deshacía, despedazada mientras el mundo a su alrededor se iba a la mierda.
—¿Qué coño has hecho? —rugió, y las montañas temblaron como si su furia pudiera partirlas y, en algún rincón del mundo, el mar alzó su voz en respuesta, levantando olas dispuestas a tragarse la costa.
Skylar se moría.
No con el fin del cuerpo ni con la pérdida de la carne.
Moría de una forma que jamás creyó posible.
—He tomado lo que siempre me ha pertenecido. —La mujer sonrió, y en esa sonrisa no había compasión, no había emoción, solo certeza.
Skylar cayó de rodillas.
El mundo se dobló sobre sí mismo.
El templo estalló y, en un maldito parpadeo, todo desapareció.

Eda
Ya no recordaba cómo se sentía dormir de verdad. Descansar sin sobresaltos, sin que cada crujido me arrancara del sueño, sin que las pesadillas vinieran a recordarme todo lo que había pasado en el último mes.
En esas pesadillas, las patas largas y las telarañas pegajosas de los kholdrath me mantenían atrapada, tratando de llevarse mi alma consigo. Veía los rostros vacíos de los humanos hechizados por la Dama, sus gritos aún vivos en mis oídos, ecos de un sufrimiento que parecía no tener fin. Sentía que los zarkass me arrastraban por la tierra, desgarrando mi ropa mientras sus voces envenenadas susurraban cosas que no quería entender. Y siempre, al final, aparecían los noctífagos…, esos espectros acompañados por aquella nube esmeralda. Pero esta vez no fueron las pesadillas las que me despertaron, sino el estruendo de un trueno que rasgó el cielo de Bankai, seguido por el sonido de vómitos provenientes del baño.
Me incorporé de golpe y a mi lado Elandra también se agitó entre las sábanas. Todo estaba oscuro, salvo por los destellos de la tormenta que rugía al otro lado del cristal, iluminando la habitación a ráfagas.
—Me toca a mí —le susurré a Elandra mientras me levantaba de la cama.
Antes de llegar al baño, vi a Liral incorporarse en la pequeña cama que habíamos hecho aparecer en mi habitación. No dijo nada, solo me sostuvo la mirada, sabiendo exactamente lo que iba a encontrarme al otro lado de la puerta.
Y allí estaba Adriel, encorvado junto a la bañera y vomitando lo poco que había conseguido comer. Llevaba cuatro días y tres noches así. El agotamiento que nos había dejado la magia nos pesaba a todos, pero Adriel era el que más lo sufría.
—No me queda nada en el puto estómago, no sé qué diablos es lo que estoy echando —lloriqueó somnoliento, y se limpió la boca con agua de la jarra que tenía a su lado—. Creo que lo que me quedaba de mortalidad.
En esos días había entendido algo que antes solo intuía: cuando empujas tu cuerpo más allá del límite, cuando usas demasiada magia, no solo caes en un sueño profundo, también puedes perderte en tu propia mente, como me había pasado a mí en la grieta de los Cristales Rojos. Además, podían presentarse otros síntomas como fiebre, temblores y vómitos, igual que les pasaba a los jinetes cuando se vinculaban por primera vez con su criatura.
—Fuiste el que más magia usó en aquella playa, Adriel. El que más aguantó, el que nos protegió cuando nadie más podía. Gracias a ti estamos aquí, vivas y enteras. —Apoyé la mano en su espalda y la acaricié de arriba abajo—. Este es el precio de haberlo dado todo.
Él se giró, tomó una toalla para limpiarse la boca y apoyó la espalda en el mármol de la bañera con las piernas extendidas en el suelo. Lo imité y me senté a su lado.
—Y lo volvería a hacer. Tengo que salvar a mis mujeres, cueste lo que cueste —dijo con una sonrisa cansada—. Además, así tengo algo que restregarle a Calen y a Nolan. Les dolerá el orgullo cuando se enteren.
Resoplé y nos quedamos en un silencio tranquilo.
Intenté buscar a Kali en mi mente, hallar aunque fuera un susurro de su presencia…, pero no hubo respuesta. Era como si estuviera dormida de manera tan profunda que ni siquiera mi pensamiento pudiera rozarla. Echaba de menos volar con ella, pero parecía imposible con esa tormenta incesante, como si el cielo se hubiera quebrado justo en el momento en que Skylar… se fue.
Me encogí sobre mí misma y dejé caer la cabeza hacia atrás, atrapada en los recuerdos.
»Sé mi emperatriz, Eda. Sé la emperatriz de un imperio que siempre te ha pertenecido. Cásate conmigo».
Todos los presentes de la sala habían parecido contener el aliento mientras Dalton Basilius me pedía de rodillas que me casara con él.
Todos lo habían escuchado.
Todos… excepto Skylar.
Miré ese hueco en el suelo sabiendo que ya no estaba, que se había ido lejos. Y fue justo entonces cuando la lluvia empezó a caer en un torrente de gotas que atravesaban el techo abierto y nos empapaban sin piedad. La sala entera quedó atrapada en ese diluvio irreal, como si el cielo de Bankai mismo llorara.
Esa fue la señal para mirar a Dalton a los ojos y decirle con la voz lo que mi corazón ya sabía.
«No puedes pedirme esto, Dalton. No puedes pedirme que sea la emperatriz de un lugar que apenas conozco, de un lugar cuya historia ignoro, a cuyas gentes no entiendo. No puedo ser la emperatriz de un imperio ajeno a mí, que no me pertenece. Y, sobre todo, no puedo ser la emperatriz de un hombre al que ya no reconozco, de alguien que no sé quién es realmente. —Negué con la cabeza, como si esas palabras fueran una forma de liberarme—. No puedo».
Él siguió allí, arrodillado, sin moverse, sin decir ni una sola palabra.
Para cuando me di cuenta, ya no quedaba nadie más en la sala. Todos se habían ido en silencio, dándonos la intimidad que no había pedido.
Abrió la boca, pero no le di la oportunidad de responderme.
«Tienes que entenderlo, Dalton. Esa vida que compartiste con ella… no era conmigo. Kaiserin no soy yo, y tú lo sabes mejor que nadie. Ella y yo no somos la misma persona, y ya es hora de que la dejes ir. De que la sueltes. Porque Kaiserin… Kaiserin murió hace mucho. Y yo no voy a cargar con su sombra».
«No la estoy confundiendo contigo», dijo al fin.
«Sí lo haces —repliqué—. Quizá no de la forma en la que todos creen, quizá ni siquiera te das cuenta, pero ahí está… Sigues esperando que encaje en el lugar que dejó vacío».
«No quiero que tomes su lugar —susurró, intentando tal vez convencerse a sí mismo—. Te amo, Eda. A ti».
Pero no le creí.
«No, Dalton. Amas mi recuerdo. Llevas amándolo doscientos treinta años».
Eché la cabeza hacia atrás y él dejó de estar de rodillas frente a mí para ponerse de pie con torpeza.
«Eso no es verdad», replicó.
«Lo es —dije, aunque cada palabra dolía más que la anterior—. Y por aferrarte a ese recuerdo, por tu miedo a perderme, he terminado perdiéndome a mí misma».
Él se quedó inmóvil, las gotas de lluvia resbalaban por su piel y se mezclaban con sus lágrimas.
«Es por él, ¿verdad? —Asintió para sí mismo, como si la respuesta estuviera escrita en cada uno de mis gestos—. No, Eda, no me hagas esto…, no me digas que te has enamorado de él».
Silencio.
«Necesito saber lo que quiero —respondí decidida—. Necesito saber quién soy, Dalton».
Él se limpió la lluvia del rostro con el dorso de la mano.
«En realidad, Eda, tú ya sabes la respuesta, pero te daré tiempo para que tengas el valor de admitirlo».
Apoyé la cabeza entre mis rodillas e intenté calmar la respiración, volviendo a ese presente que dolía menos que el recuerdo. Desde aquella última conversación no habíamos vuelto a hablar. No había habido más intentos de explicaciones ni súplicas.
Cuando Rai Raider —o, mejor dicho, Faelan, el regente de la Fortaleza de la Cumbre de Hielo— reapareció en la sala, la expresión de Dalton lo dijo todo. Ya había tomado una decisión. Sin titubeos, exigió que lo llevaran de vuelta a Novadia.
Rai Raider me miró esperando una respuesta y asentí.
Cuando la sala quedó vacía, me derrumbé. Caí de rodillas y lloré como nunca antes en mi vida había llorado. Era un llanto crudo, descontrolado. Solté todo lo que llevaba dentro, lo que había aguantado durante días, semanas, tal vez años.
Lloré por Dalton, por haber amado todo lo que era y ya no poder quererlo del mismo modo. Lloré por el amor que se transforma, por el que se desvanece sin dejar de doler. Pero, sobre todo, lloré por Skylar, por sentirlo tan lejos justo cuando más cerca lo necesitaba.
—Te preguntaría si estás bien… —dijo Adriel, que me hizo volver al presente apretando con suavidad mi rodilla en aquel cuarto de baño—, pero sería idiota preguntártelo.
—Me siento la peor persona del mundo. —Levanté la cabeza y allí estaba Elandra, en el umbral de la puerta, con el camisón arrugado y el cabello rojizo recogido en un moño deshecho.
—Las decisiones correctas también duelen. —Se sentó junto a nosotros—. Lo que nadie dice es cuánto.
—No he tomado ninguna decisión. —Dejé escapar un suspiro pesado—. No he hablado con Dalton, no de verdad. No le he dado una respuesta, no he tenido el valor de asumir lo que sé que tengo que decirle… y ya debería haberlo hecho.
Elandra tomó mis manos entre las suyas y dijo:
—¿Crees que lo que necesitas es hablar con él? Permíteme decirte, querida amiga, que la primera persona con quien deberías hablar es con el amo de este castillo. Con el dueño de este territorio.
Otro rayo cayó e iluminó la estancia.
—No ha vuelto, Elandra. —Hice una mueca de tristeza, apretando los ojos para no romper a llorar por décima vez en las últimas horas—. Y tengo… tengo miedo de que no lo haga.
Ella se movió para acurrucarse a mi izquierda, mientras Adriel hacía lo mismo a mi derecha. Aquel fue un abrazo de tres cuerpos agotados con la piel aún pegajosa por el sudor.
Liral apareció con ojeras profundas marcadas bajo los ojos y el cabello corto hecho un desastre. Se sentó frente a nosotros sin decir una sola palabra, extendió el brazo y, uno a uno, los cuatro nos tomamos de las manos en aquel baño. Durante unos minutos, sin necesidad de decirlo, nos sentimos lo más parecido a una familia.
La primera noche después de todo aquello, Elandra me había pedido dormir conmigo y yo había aceptado sin pensarlo. Al parecer, las dos necesitábamos estar aferradas a alguien cuando las pesadillas volvieran. Y, por lo visto, Adriel también lo necesitaba, porque cada noche Elandra extendía la mano hacia abajo y él la sostenía desde el colchón del que se había apropiado en el suelo. Luego llegó Liral, quien sin pedir permiso deseó una cama en la misma habitación. Y así fue como los cuatro terminamos durmiendo en esa estancia, asegurándonos de que ninguno se hundiera solo.
Durante cuatro días vagamos por el castillo sin rumbo fijo, aunque la mayor parte del tiempo lo pasábamos en la cama, agotados, víctimas de un cansancio que parecía inyectado en la sangre.
No había visto a Rai Raider ni a Savannah desde la desaparición de Skylar, y esa ausencia me inquietaba más de lo que estaba dispuesta a admitir. Sin embargo, sí nos encontrábamos con Syera cada vez que bajábamos a las cocinas. Se movía de un lado a otro con el ceño fruncido, danzando entre ollas y platos con ese mal humor que le colgaba como un delantal más, aunque, para variar, no soltaba prenda sobre nada.
Yo aprovechaba esas horas para explicarles cómo funcionaba la magia en ese lugar, cómo lo que deseabas podía materializarse frente a tus ojos si lo pedías con suficiente intención. No se trataba de palabras bonitas ni de fórmulas; era deseo puro, enfocado. Por supuesto, Adriel, siempre práctico, deseó cien monedas de oro, que aparecieron al instante sobre la encimera ennegrecida por el carbón, apiladas unas encima de otras.
Syera las observó sin inmutarse, y deslizó los dedos sobre una de ellas antes de alzar la vista hacia Adriel.
—Puedes desear todas las monedas de oro que quieras. Puedes pedir comida, ropa, lo que se te antoje, niño. Pero no te servirá de nada cuando salgas de Bankai y tal vez no quede nada. Solo la guerra.
Cuando se fue, supe que esas palabras no eran solo para Adriel. Eran para mí.
Esa era mi guerra. Y la diferencia entre la vida y la muerte de miles de inocentes dependía de mi decisión. No podía seguir huyendo, escondida tras dudas y sentimientos que no tenían cabida en esto. No había tenido el valor de enfrentarme a la Dama, de hacer lo que debía, y otros pagarían el precio de mi cobardía.
Salvarlos a ellos, ese era mi deber. Y solo cuando lo lograra, solo cuando cada vida que pudiera proteger estuviera a salvo, entonces —y solo entonces— podría pensar en salvarme a mí.
—Las personas siempre volvemos a donde sentimos paz en medio del desastre —me dijo Elandra acurrucándose todavía más—. Siempre volvemos a casa.
Me llevé la mano al colgante en mi pecho y acaricié con suavidad la mitad que descansaba cerca de mi corazón.
«No me digas que te has enamorado de él…», me había dicho el hombre que creí que tenía mi corazón en sus manos. Pero, al no encontrar respuesta a su pregunta, entendí que mi corazón ya no le pertenecía al emperador de Pramvera.
Pertenecía a otro hombre. Uno que ni siquiera estaba aquí. Uno que, sin darme cuenta, se había llevado mi alma con él, allá donde estuviera.
Dalton tenía razón.
Me había enamorado de Iron Shadow.

Eda
Habían pasado trece días desde que Dalton me había propuesto matrimonio. Trece días desde que Skylar se había ido sin decir adiós. Y, en todo ese tiempo, la lluvia no se había detenido ni un solo segundo.
Los jinetes y yo habíamos recuperado parte de la fuerza, y nos habíamos apropiado de una habitación que parecía hecha para entrenar. Acostumbrados al ritmo del reclutamiento, pasábamos la mayor parte del tiempo allí, volviendo a ser nosotros, entrenando, aprendiendo a imbuir nuestras armas con magia cada vez más rápido.
Elandra había mejorado con la espada, y pasaba mucho tiempo a solas con Liral, inmersas en un entrenamiento silencioso, como si se entendieran sin necesidad de palabras. Yo, por mi parte, enseñaba a Adriel a moverse mejor en cuerpo a cuerpo con las dagas, corrigiendo posturas, afinando reflejos.
No habíamos salido del castillo en casi dos semanas. Savannah y Rai Raider seguían desaparecidos y Syera tampoco había dado noticias sobre nuevos movimientos o ataques de la Dama. Y eso… eso era lo más preocupante, porque cuando el enemigo deja de moverse, cuando el silencio se impone durante tanto tiempo, no es por rendición.
Esa mañana me había levantado mucho antes que cualquiera. Dormir se había vuelto un lujo, uno que mi cuerpo ya no reconocía. Así que salí de la cama sin hacer ruido, dejé la habitación atrás y empecé a vagar por los pasillos oscuros y empedrados del castillo, errante como las almas de Bankai.
¿Insomnio?, me preguntó Kali a través del vínculo.
Estoy impaciente por desayunar, mentí.
Mi mano rozaba la pared y sentía la piedra fría y rugosa bajo los dedos. No sabía por qué lo hacía, solo… seguía, como si esa línea invisible que dejaba al andar me mantuviera entera.
¿Lo echas de menos?, susurró.
Cada segundo, Kali.
Yo también lo echo de menos, Eda.
No supe en qué momento mis pasos me llevaron hasta allí. No fue claro si llegué por inercia, arrastrada por la costumbre de vagar sin rumbo, o si, en el fondo, fue mi propio deseo el que me empujó hasta el lugar donde ahora me encontraba.
Frente a mí se alzaba una puerta negra, alta y ancha, con los bordes de roca oscura y un entramado de sombras que la cubrían por completo. Por un momento pensé que había tropezado con el umbral que conducía a otro mundo, quizá a uno aterrador. Pero no. Algo muy dentro de mí me susurraba que había llegado a la puerta de la habitación de Skylar.
Di un paso atrás cuando una de esas sombras avanzó hasta rozar la palma de mi mano. No atacaban, no eran agresivas. Solo me tocaban, reconociéndome.
Mis ojos recorrieron la superficie de la hoja en busca de un pomo, un picaporte, cualquier indicio de entrada. Pero no había nada más que sombras enredadas las unas con las otras, como si solo él tuviera derecho de cruzar esa puerta.
Tal vez deberías pedirles que te dejen entrar.
Ladeé la cabeza y volví a inspeccionarla.
Cuando le pedí a las sombras de Skylar que me dejaran entrar en su escudo, había sido porque había una necesidad real. Ahora solo estaba siendo…
Cotilla, terminó Kali por mí.
Me gusta más la palabra «curiosa», refunfuñé. Además, seguramente puede que esté…
¿Dentro?, añadió.
Deja de terminar mis frases.
Y tú deja de quedarte ahí parada. Entra ya, que me estoy muriendo de curiosidad.
Puse los ojos en blanco.
Ahora la cotilla eres tú, sentencié.
Aprendo de la mejor.
Cerré los ojos y deseé entrar. No hubo ningún crujido, ni una alteración en el ambiente, solo extendí la mano hacia las sombras y estas me recibieron. Fue como si la oscuridad me absorbiera, como si la puerta me engullera en silencio, dejándome atravesarla sin esfuerzo.
Por un segundo, me arrepentí. No sabía qué me esperaba al otro lado. Recordé la habitación de Dalton, las paredes cubiertas de dibujos, libros apilados en cada rincón, los retratos, nuestro cuadro. Su mundo reflejado en ese espacio. Pero… ¿qué habría en la habitación de Skylar? ¿Cadáveres? ¿Armas? ¿Wendigos encadenados? No sabía qué esperar. Pero cualquier imagen que hubiera formado en mi cabeza desapareció en el instante en que la estancia se reveló ante mí.
La sala que tenía frente a mí no debería existir en ese castillo ni en ningún otro. El techo se perdía a una altura que solo podía describirse como absurda, tal vez cincuenta metros o más, y la anchura parecía extenderse hacia el infinito, como si estuviera dentro de una dimensión completamente distinta.
Justo cuando di el primer paso, una hilera de llamas anaranjadas se encendió a ambos lados de la sala. Cientos de candelabros antiguos, incrustados en las paredes de piedra negra sin ventanas, prendieron al unísono. Y cuando mis ojos se acostumbraron a la luz, comprendí lo que estaba viendo.
No era una habitación…, era una guarida.
En los laterales se alzaban estanterías colosales, torcidas por el peso del tiempo, repletas hasta el límite de objetos imposibles. No eran solo reliquias o antigüedades, sino fragmentos de historias, piezas de mundos olvidados.
Pasé junto a un espejo flotante, su marco de plata bruñida reflejaba destellos que no correspondían con la luz del lugar. A su lado, una esfera de cristal giraba lentamente sobre un pedestal, mostrando imágenes fugaces de lugares que jamás había visto. Más adelante, una muñeca de porcelana descansaba sobre un cojín de terciopelo y parecía observarme. Junto a ella, una daga negra flotaba en el aire, su hoja cubierta de inscripciones en un idioma que no comprendía. El suelo, cubierto de tesoros abandonados, revelaba un abandono antiguo, el tipo de descuido que solo deja el paso de los siglos. Cofres de oro entreabiertos dejaban escapar monedas de distintos tamaños y formas, algunas aún brillantes, otras corroídas por el tiempo. Coronas antiguas, algunas intactas y otras destrozadas, yacían como si hubieran sido arrancadas de las cabezas de reyes caídos. Y más allá, en la penumbra, los libros encadenados descansaban sobre mesas y estanterías, mientras otros revoloteaban en el aire, escapando de manos invisibles que intentaban atraparlos.
Allí no solo se coleccionaban objetos, se coleccionaban secretos.
Avancé con cautela, esquivando montones de artefactos dispersos por el suelo. Skylar había acumulado cosas durante milenios, y su habitación era el reflejo de ello. Mientras me acercaba, mi mirada se fijó en el centro de la estancia.
La cama.
Estaba rodeada por altos barrotes de color cobre, con sábanas negras perfectamente estiradas e impecables, no mostraban señal alguna de que Skylar se hubiera tumbado en ellas. A cada lado, una mesita, intentando darle un orden a aquel caos. Era la habitación más extraña del mundo, todo a su alrededor era un desastre de objetos acumulados, pero la cama… la cama era un oasis en medio de todo aquello.
Me acerqué a ella e, incluso antes de tocarla, el aroma de Skylar me envolvió. Pasé los dedos por las sábanas y, sin pensarlo mucho, me deslicé sobre ella hasta sentarme. Recorrí la tela con las manos y, en un impulso, me tumbé bocarriba.
«Estoy en la cama de Skylar».
El pensamiento ardió en mi mente, y su olor… su maldito olor lo trajo todo de vuelta. La cúpula, su cuerpo contra el mío, sus manos arrastrándose por mis muslos, subiendo por mis pechos, enredándose en mi pelo, tirando justo como me gustaba…, tocándome de aquella forma que no dejaba espacio a dudas de que me deseaba.
Mis manos acariciaron las sábanas sin pensarlo, buscando respuestas en la tela. ¿Habría habido otra antes? ¿Otra que gimiera su nombre contra esas almohadas, que le abriera las piernas justo allí? ¿La devoró igual que a mí? ¿La ató a ella con las sombras mientras la rompía de placer? ¿Skylar y Kaiserin…?
Me incorporé de golpe, mi propio cuerpo rechazó la dirección que había tomado mi mente. «¿Qué demonios me pasa?». Por supuesto que Skylar había estado con otras mujeres, podía tener a quien quisiera, podía hacer lo que le diera la gana. No era asunto mío, nunca lo había sido.
Aun así, la idea se enredó en mi pecho con un nudo insoportable. No debía pensar en eso…, no después de que Dalton Basilius me hubiera pedido matrimonio.
Me tapé el rostro con las manos, dejando escapar un suspiro y, al separar un poco los dedos, un destello en la mesita de noche llamó mi atención, algo pequeño, discreto. Fruncí el ceño mientras recorría la habitación con la mirada, como si alguien pudiera aparecer en cualquier momento para reclamarlo, pero no había nadie, solo yo y ese pedazo de papel.
«¿Debo leerlo? ¿Y si es algo privado?».
Yo quiero saber qué dice. La voz de Kali irrumpió en mi cabeza y me empujó un poco más hacia la tentación. Me reí en voz baja sin apartar los ojos del sobre.
Somos tal para cual, pajarraca.
Alargué la mano y lo tomé, deslizando los dedos por el papel mientras lo giraba en busca de algún indicio de a quién iba dirigida la misiva. Pero la presión en mi pecho se intensificó cuando mis ojos se posaron en aquella caligrafía impecable, elegante hasta rozar lo intocable.
Para Eda.
Feliz cumpleaños.
¿Skylar me había escrito una carta?
Mis dedos se movieron por instinto para abrirla, pero antes de que pudiera siquiera rozar el sello desapareció.
Las paredes de esta habitación me han contado cosas sobre ti. Una de ellas, que puedes escucharme, y otra, que puedes forjar armas poderosas. La voz irrumpió en mi consciencia, masculina, desconocida.
De manera natural, deseé una daga en llamas entre mis manos. El pensamiento apenas había cruzado mi mente cuando el arma tomó forma, ardiente entre mis dedos, y me puse en guardia con la daga en alto tras saltar de la cama, buscando al dueño de aquella voz.
—¿Quién está hablando? —Mi mirada se movió por la enorme guarida, pero había demasiados artefactos, demasiados rincones oscuros—. Déjate ver.
Una risa baja vibró en mi consciencia, seguida de un sonido a mi izquierda.
Veo que lo que dicen es verdad… Déjame adivinar…, continuó con una diversión descarada. Ahora mismo estás con la espalda tensa, los sentidos afilados, preguntándote qué soy, dónde estoy…, si se trata de un enemigo o algo mucho peor.
No respondí.
¿Qué te parece si hacemos un trato?, ronroneó. Te permitiré verme si me entregas una de esas dagas forjadas con tu esencia.
Fruncí el ceño.
—No voy a armarte.
Oh, pero qué desconfiada eres, se quejó. ¿Crees que la muerte me dejaría estar en su guarida si supiera que puedo hacerte daño?
Esa voz hablaba de Skylar.
No quiero luchar, ni provocarte, ni ponerme en tu contra. Solo quiero ver ese fuego azul otra vez, olerlo, sentirlo… Déjame saborearlo.
Miré la daga que tenía en la mano y me pregunté si de verdad estaba tan loca como para darle un arma. No creía que Skylar dejara a cualquiera rondar por su habitación, pero ¿eso significaba que debía fiarme de esa cosa? ¿O era justo la razón por la que no debería hacerlo?
—Muéstrate —le ordené.
Un crujido se alzó desde una montaña de artefactos apilados. Me giré justo a tiempo para verlo salir.
Era un zorro.
No, no un simple zorro.
Era enorme, su pelaje blanco resplandecía y sus ojos violetas me observaban con la aguda inteligencia de un ser que había vivido mucho más de lo que aparentaba. Se acercó a mí con pasos sigilosos, sus patas apenas rozaban el suelo de piedra. Y detrás de él… se alzaban nueve colas.
Nueve…
Vaya, vaya, llevas el aroma de la muerte y el fuego de algo que no debería existir. Qué combinación tan interesante…
Le lancé la daga de fuego azul, que se deslizó por el suelo sin apagar su brillo. El zorro ladeó la cabeza con interés, sus ojos violetas quedaron fijos en la hoja resplandeciente.
—Aquí tienes tu daga. Ahora dime, ¿qué eres exactamente?
Mmm… Se acercó a la daga y la olfateó con cuidado, como si intentara absorber mi esencia. ¿Puedo quedármela?
—Respóndeme primero.
Te responderé cuando me confirmes que es mía.
Exhalé con frustración. Era un embaucador, se notaba en la forma en la que su voz serpenteaba en mi cabeza, deslizando sus condiciones en cada palabra.
—Tómala, ahora es tuya —cedí.
En el mismo instante en que lo dije, la daga desapareció, como si nunca hubiera existido. Igual que había ocurrido con la carta de Skylar…
Esa carta no es tuya, intervino su voz. Y aquí no dejo que nadie toque objetos que no le pertenecen, así que me la he llevado.
Fruncí el ceño y me planté frente al zorro, que me observaba con la misma actitud juguetona de antes. «¿Cuántas criaturas más me faltarán por conocer?».
—Bien —dije al fin cruzándome de brazos—. Responde a mis preguntas, zorro.
Sigurd, ese es mi nombre. Mientras hablaba, se movió con elegancia por la sala, llevando consigo un rastro de magia que hizo levitar algunos libros desperdigados. Dime, ¿acaso la muerte nunca te ha hablado de mí?
Negué con la cabeza y él chasqueó la lengua en una imitación casi humana de fastidio.
Curioso… Allí fuera, el mundo entero me ofrece su respeto sin que tenga que pedirlo. Pero aquí, en esta guarida, contigo, no me siento como la criatura que sé que soy. Me pregunto por qué al mirarte percibo más hilos enredados en ti de los que debería haber. Se tumbó en el suelo con un suspiro dramático, moviendo sus orejas con pereza antes de continuar: Me encargo de custodiar cada objeto robado de cada alma que cruza las puertas de Bankai…, entre otras muchas tareas que no te interesarían. O que no deberías querer conocer.
—¿Cómo que custodiar cada objeto de cada alma? —interrumpí mientras echaba un vistazo a mi alrededor—. ¿Me estás diciendo que todo esto fue robado?
Sigurd entornó los ojos, sus colas moviéndose lentamente detrás de él.
La mayoría de las leyendas hablan de dragones como criaturas codiciosas, hambrientas de oro, guardianas de tesoros robados. Pero antes de la guerra de las Tres Llamas, cuando sus alas aún surcaban el cielo…, la gente decía otra cosa. Que no acumulaban oro ni joyas, sino algo mucho más valioso: recuerdos.
Hizo una pausa para observarme.
Pero yo creo que fueron los humanos quienes inventaron esas historias. Siempre ha sido más fácil culpar a un dragón que aceptar que el verdadero ladrón duerme bajo su propio techo; más cómodo pintar de monstruos a criaturas con alas que mirar la podredumbre que crece en sus propias manos.
—Entonces ¿por qué están aquí estos objetos? —pregunté—. ¿Acaso no deberían ser devueltos a sus dueños? ¿Por qué terminan en manos de…?
No terminé la frase. No quise pronunciar su nombre.
Sigurd sonrió mostrando los colmillos.
Si tienes tanta curiosidad, deberías preguntárselo a él. Se lamió una pata. Aunque, ya que estás, también podrías preguntarle si puedes leer su carta.
Respiré hondo. Estaba claro que el zorro no iba a devolverme lo que Skylar había escrito para mí.
Y dime, querida destructora…, ¿a qué has venido?
«Querida destructora…».
No tenía nada que perder, así que le dije la verdad:
—Mis pasos me llevaron hasta la puerta de su habitación. Pensé que tal vez tendría suerte y encontraría a Iron Shadow aquí, pero ya veo que no. Siento molestarte.
Me giré para irme por donde había venido, pero su voz me detuvo.
No necesitas que Iron Shadow te entregue las respuestas que buscas, ¿sabes? Él ya hizo lo que debía: mostrarte el camino… y señalar a quién debes escuchar. Lo demás depende de ti.
Lo miré y supe de inmediato a qué se refería.
—Gracias —murmuré caminando hacia la puerta de sombras.
Aunque, dime…, ¿quién querría a un jinete, pudiendo tener a un dragón?
Cuando miré por encima del hombro, el zorro de nueve colas ya había desaparecido.

Eda
—Hola, Silente —saludé a la biblioteca mientras me frotaba la muñeca con el pulgar.
Ceder una parte de mi esencia para entrar allí me dejaba una sensación extraña, como si algo dentro de mí se deslizara fuera de su lugar por un instante antes de encajar de nuevo. Pero era un precio justo, un intercambio inevitable.
Una gota de mi poder a cambio de respuestas.
Había volado como había podido, luchando contra la lluvia torrencial que azotaba Bankai sin tregua. Aquel era el único lugar donde podía obtener las respuestas que buscaba, la única fuente de conocimiento que me diría la verdad. Y, de alguna forma, el zorro de nueve colas lo sabía. Era consciente de que Skylar me lo había mostrado y que el deseo incontrolable de encontrarlo me guiaría hasta él.
Las runas de las paredes comenzaron a brillar con una luz tenue. En el centro de la sala, la esfera de oscuridad se agitó, respondiendo a mi presencia.
—Me alegra volver a tenerte aquí, portadora de la llama azul. Veo que esta vez vienes sola, ¿en qué puedo ayudarte?
Di un paso adelante tragando saliva.
—Como biblioteca de Bankai…, ¿estás al tanto de todo lo que sucede? Sobre los noctífagos, sobre las fisuras mágicas y sobre…
—¿Sobre la propuesta de matrimonio del emperador de Pramvera a la jinete de fénix? —interrumpió la biblioteca, con la misma neutralidad impasible de siempre—. Lo estoy. Estoy al tanto de cada suceso en Bankai, pues transcribo toda información posible en mis archivos.
Asentí despacio. Eso era bueno. No tendría que explicarle nada, solo preguntar lo que realmente quería saber.
—¿En este mismo momento hay algún ataque aquí? ¿Alguna fisura mágica abriéndose? —Tenía que preguntarlo primero, asegurarme de que las almas de Bankai no estuvieran sufriendo.
La biblioteca guardó silencio, como si escuchara algo más allá de lo que yo podía percibir. Entonces su voz resonó en la sala:
—No hay gritos rasgando el aire, no hay sangre derramada en la tierra, los olores siguen siendo los mismos. Pero Bankai llora, portadora. Sus cielos se abren sin descanso, su lamento se desliza en forma de lluvia, empapando la tierra más de lo necesario. Cuando el agua persiste, ahoga; cuando la tormenta no cesa, devora.
Las runas brillaron un poco más y reflejaron su luz sobre mi piel.
—Pero dime, ¿qué buscas?
Respiré hondo.
—Quiero actuar, no quedarme a la espera de que me digan qué hacer. No quiero que mi mundo se detenga solo porque alguien ha decidido pedirme matrimonio. Ya he tenido suficientes días para recomponerme, para pensar… y lo único que tengo claro es que necesito moverme.
La esfera negra titiló.
—Veo que con cada segundo tu poder forja algo nuevo, algo que ni siquiera tú comprendes del todo.
Mi cuerpo se tensó, ¿a qué se refería con eso?
—Trece días… —continuó la biblioteca—. Trece días han hecho falta para darte cuenta de que tú sola puedes moverte como un ejército en el campo de batalla.
—No estoy sola —repliqué de inmediato, recordando las palabras de Elandra y Liral en aquella playa.
Inspiré antes de continuar:
—Muéstrame la red de portales mágicos que pueden llevarme al imperio —pedí con determinación—. Enséñame la mejor ruta para viajar junto con tres criaturas feéricas del elemento tierra.
En cuanto pronuncié las palabras, la esfera vibró y un mapa de Bankai comenzó a desplegarse frente a mí. Sus líneas doradas se expandieron, dibujando caminos, senderos ocultos, rutas que aparecían y desaparecían. No me sorprendió. Bankai era un territorio en constante cambio, donde las distancias podían acortarse con solo desearlo. Pero aun así, dudaba que Skylar facilitara el acceso a los portales que conducían al imperio, incluso para mí.
Entre la maraña de caminos, una línea amarilla delgada se dibujó desde el castillo hasta un bosque, a unos cincuenta kilómetros de distancia.
Fruncí el ceño.
—Podría acortar la ruta, pero… ¿estás segura de que allí encontraré el portal?
—Los portales mágicos no se mueven —respondió—. Son los únicos puntos fijos en Bankai, conectados a otras tierras de forma inquebrantable. Ni siquiera el poder del creador puede alterarlos.
El creador… Se refería a Skylar.
Suspiré y memoricé el mapa, grabando en mi mente los puntos cardinales que debía seguir. Norte. Mi destino estaba al norte. Pero la ruta era difusa, y desconocía si estaba cerca de alguna ciudad fantasma.
Bankai era un misterio incluso para su propio dueño.
—¿Podría atravesar uno de esos portales sin su permiso? —pregunté con la vista fija en el mapa—. Y, si no es así…, ¿cómo podría hacerlo?
La esfera titiló, como si estuviera considerando su respuesta, como si decidiera cuánto debía decirme.
—Eres muy lista, Eda, pero haciendo estas preguntas empiezo a dudarlo —sentenció—. Como su yang, posees la mitad de su poder. Y eso es algo que el amo siempre te ha dicho.
Claro que me lo había dicho, pero nunca había querido pararme a pensarlo, nunca había querido enfrentarme a lo que realmente significaba.
Las palabras que me había dicho en la cúpula regresaron como un golpe directo al pecho.
«Te he visto crecer. Te he protegido como si fueras mi propio corazón. No solo porque eres la mitad de mi poder, sino porque eres la mitad de mi mundo».
Apreté los puños y sentí cómo mis uñas se clavaban en la piel, lo suficiente para doler y para recordarme que aquello era real. Me lo merecía.
No podía seguir huyendo.
No podía seguir negando quien era.
Si de verdad quería luchar, si quería decidir mi propio destino, entonces tenía que aceptar la verdad más simple y brutal de todas.
Yo era su igual.
Yo era la única capaz de desafiar a la muerte.
—Me quedan dos preguntas, Silente —dije con fijeza.
—Adelante.
—Sé que mis lágrimas pueden curarme, que cada vez que lloro mi cuerpo se regenera mucho más rápido que el de cualquier otro inmortal, pero ¿podría extender ese poder a otros? ¿Podría sanar a mis jinetes cuando están al borde del agotamiento?
Era una idea que había rondado mi mente desde que vi a Adriel desplomarse, vomitando por el desgaste de su magia, a Elandra sujetándose el vientre por el dolor, a Liral fingiendo estar ilesa cuando su cuerpo temblaba de puro agotamiento.
Si de verdad tenía este don…, quería usarlo.
—Interesante dilema —murmuró, su tono más pensativo que de costumbre—. Pero los dones no son fórmulas exactas. El poder nunca es tan sencillo de comprender como nos gustaría, siempre tiene sus condiciones, sus exigencias. No es tan simple como dejar caer una lágrima sobre alguien y esperar que su cuerpo se repare, ni dar de beber tus lágrimas como si fueran un elixir divino. No…, la magia nunca da sin pedir algo a cambio.
El resplandor de las runas de las paredes se intensificó, como si la biblioteca enfatizara de ese modo lo que estaba a punto de decir.
—Tus lágrimas curan el poder. Tu sangre, el cuerpo inmortal.
Asentí. Skylar me lo había mencionado alguna vez, pero nunca había probado a curar los poderes.
—Sé que no hay consecuencias graves si curo con mi sangre —dije dudando—. Tal vez solo me agote un poco, ¿pero si curo con mis lágrimas?
—Si curas el poder de alguien, su dolor pasará a través de ti. No lo sanas arrancándolo, lo absorbes. Lo sientes.
Mi espalda se tensó.
—¿Qué significa eso exactamente?
—Que cada agotamiento que intentes aliviar tendrá un precio. Si sanas a un jinete exhausto, tú serás la que caiga de rodillas. La magia debe equilibrarse, Eda, y el dolor no desaparece, solo cambia de dueño.
—Y si decido hacerlo, ¿cómo lo transfiero?
La esfera titiló una vez más.
—Las lágrimas por sí solas no bastan, deben ser entregadas con intención…, con vínculo.
—¿Vínculo?
—A través del contacto —explicó—. Tu poder no se derrama en un charco, Eda, no se ofrece como un remedio fácil. Si deseas sanar a alguien, debes dar parte de ti misma. Tus lágrimas deben recibirse. No basta con que caigan sobre ellos, deben beberse, deben permitirlo.
El nudo en mi pecho se apretó.
—¿Y si no lo hacen?
—No puedes salvar a quien no quiere ser salvado.
—No necesitamos buscar armas —dije con firmeza, mientras mis manos se movían entre las cuatro bolsas abiertas sobre la cama—. Las forjaré yo misma.
Fui llenándolas con cantimploras, pan, queso curado y algo de embutido. Provisiones simples pero suficientes para el viaje. En un lugar como aquel, donde los días no existían y el tiempo se medía solo por el cansancio, era difícil saber en qué momento exacto del ciclo estábamos. Pero cuando volví de la biblioteca, los demás apenas despertaban. Eso quería decir que, si salíamos ahora, podríamos alcanzar los portales al anochecer… o incluso antes, si el terreno no se volvía en nuestra contra.
Los tres ya llevaban puestos sus uniformes, recién lavados, listos. No dudaron ni un segundo cuando les conté mis planes.
—Tengo mi arco, pero me hacen falta flechas —dijo Liral tras revisar su carcaj—. La última vez las imbuiste, pero no las forjaste tú.
—Puedo encargarme. Lo hago constantemente con las dagas y las espadas, así que practicar con tus flechas me vendrá bien para probar qué otros tipos de armas puedo forjar con mi esencia.
Guardé la última cantimplora y cerré las bolsas. No necesitábamos mucho más. Tal vez lo único que nos haría falta sería un poco de suerte.
—¿Te has aprendido la ruta hacia los portales? —preguntó Elandra, ajustándose las correas de su cinto—. ¿Crees que el terreno habrá cambiado demasiado?
—Es imposible saberlo —respondió Adriel cruzado de brazos—. Y más teniendo en cuenta que Iron Shadow nos desvaneció hasta aquí sin seguir ninguna ruta.
Me enderecé, observando las bolsas y después a los tres jinetes, mis ojos se detuvieron en cada uno con intención.
—No podemos depender siempre de la magia para desvanecernos. De todos modos, he volado hasta la biblioteca desde aquí y no he tardado ni una hora. Aunque avanzar por tierra será todo un reto.
—¿Y si el bosque ha cambiado? —insistió Elandra—. Sabes que los límites de Bankai no son fijos.
—Si cambia, improvisaremos —dije—. Pero la ruta que he visto en la biblioteca iba hacia el norte, así que seguiremos esa dirección hasta encontrar el punto donde se abre el portal.
—¿Y si hay noctífagos? —preguntó Adriel—. Si el portal lleva al imperio, podrían estar vigilando la zona.
—Por eso necesito que estéis preparados para combatir antes de llegar —respondí.
Se hizo el silencio.
—¿Y si llegamos y el portal está sellado? —preguntó Liral—. ¿Tienes forma de abrirlo?
—Lo intentaré —dije mientras ajustaba la correa de una de las bolsas sobre mi hombro—. Pero, si no puedo…, encontraremos otra forma de cruzar. —Los miré uno por uno, esperando que alguien objetara algo más—. ¿Alguna otra pregunta?
—Ninguna —dijo Elandra encogiéndose de hombros—. Obtendremos las respuestas por el camino.
Habíamos pasado cuatro horas caminando sin descanso y el camino no parecía acortarse. Más bien daba la impresión de que Bankai, con su naturaleza impredecible, alargaba el trayecto hacia los portales, poniéndonos a prueba.
La lluvia nos había empapado de arriba abajo, metiéndose bajo la ropa, colándose hasta los huesos. Y aunque la inmortalidad nos protegiera del frío y nuestros cuerpos no temblaran, cada gota que me cruzaba el rostro era un maldito recordatorio de que ese viaje no iba a tener compasión con nosotros.
Cabalgaba sobre Dargan, sintiendo la tensión de su cuerpo bajo mis piernas. El barro se pegaba a sus patas y el suelo era un desafío, pero no aminoraba por ello el paso. Delante de mí, Liral, con la mano cerca del carcaj, siempre lista para atacar. Detrás, Elandra y Adriel avanzaban sin decir una palabra. Kali volaba sobre nosotros haciendo círculos amplios, vigilando desde las alturas.
La Biblioteca Silente había asegurado que no existían amenazas en Bankai, pero yo no creía en promesas vacías. En aquel lugar, todo podía irse al infierno en un segundo. Y más con Skylar… desaparecido.
¿Dónde demonios estaba? ¿Cómo no se había dado cuenta de que me había largado del castillo? ¿Por qué no había vuelto?
Un relámpago blanquecino cayó a menos de un kilómetro de distancia, rajando el cielo con un estallido de luz. El trueno lo siguió un segundo después y, seco y brutal, sacudió la tierra bajo nuestros pies. Los árboles temblaron, despojándose de algunas hojas y ramas que llovieron sobre nosotros como esquirlas.
Xilon alzó un escudo sin que nadie se lo ordenara, una cúpula invisible que chispeó durante un instante antes de volverse transparente.
—Solo ha sido un rayo, Xilon —lo tranquilizó Adriel, acariciando el cuello de la criatura. Tras unos segundos, el escudo desapareció.
Poco a poco, el terreno empezó a transformarse. Los árboles luminosos quedaron atrás y la tierra blanda se volvió roca agrietada que crujía con cada paso de nuestras criaturas. A ambos lados del sendero, muros de piedra gris se alzaban torcidos, partidos, como las costillas de una bestia antigua ya descompuesta. Restos de algo que el tiempo había devorado sin piedad… para luego escupirlo.
—¿Alguien sabe dónde pueden encontrarse este tipo de ruinas, fuera de Bankai? —preguntó Elandra a nuestra derecha.
—No creo que en Valdemar haya algo así —respondí, echando un vistazo—. Quizá cerca de la ciudad de Pramvera, pero no sé quién podría haber deseado que este lugar existiera en Bankai.
Ahora ellos también sabían cómo funcionaba la magia allí, cómo las ciudades y los paisajes aparecían y desaparecían según la voluntad de quienes pisaban ese territorio.
—Tal vez estas ruinas existieron siglos atrás, o puede que hace milenios —intervino Liral—. Lo más seguro es que este lugar fuera deseado por almas que murieron hace mucho tiempo.
Al sobrevolar Bankai nunca había sido consciente de todo lo que se ocultaba bajo las alas de Kali y mis propios pasos.
—¿Ruinas de antes de la Gran Guerra de las Tres Llamas? —inquirí, mientras el aire húmedo se colaba en mis pulmones. Había algo más en él…, algo metálico y amargo que se pegaba a la garganta, dejando un regusto extraño.
—¿Creéis que era algún tipo de templo? Nunca he sido creyente, pero cerca de mi hogar había uno muy pequeño donde mi abuela solía ir a rezar —comentó Adriel, ladeando la cabeza para observar las columnas a lo lejos.
—¿Lo dices por los grabados? —pregunté.
—O por los nichos en las columnas —respondió Elandra—. ¿Veis esas cavidades? No son simples adornos. Por lo que sé, gracias a mi padre, en los templos antiguos de Valdemar esos nichos servían para colocar urnas sagradas o reliquias dedicadas a los dioses.
—¿Tu padre creía en los dioses? —intervino Liral, su voz sonaba más curiosa que escéptica.
—No, pero la arquitectura de Valdemar siempre le ha fascinado. Los templos, aunque fueran pequeños como los que tal vez Adriel tenía cerca de su hogar, le parecían especiales. —Contestó—. Le encantaría Pramvera. La ciudad, el palacio…
—Seguro que sí, Elandra —dijo Adriel con suavidad.
Me di cuenta de lo poco que sabía de sus vidas anteriores.
¿Ves algo desde arriba?, le pregunté a Kali.
Nada, Eda. Solo más ruinas y… La voz de Kali se cortó de golpe.
No hizo falta que terminara la frase. El nudo que se formó en mi pecho fue suficiente cuando me di cuenta de lo que teníamos delante de nuestras narices.
—¿Qué demonios…? —susurró Adriel.
Al principio solo vi uno. Colgaba bocabajo de un arco, la cuerda le cortaba los tobillos hasta el hueso. La piel gris ceniza parecía a punto de romperse, con venas negras retorciéndose bajo la carne.
Liral alzó el arco y la cuerda crujió cuando tensó las flechas de fuego azul, que chisporrotearon con ansias de volar. Yo salté de Dargan en un solo movimiento, con las dagas ya en mis manos y las llamas reptando por las hojas como serpientes listas para morder.
—No dejéis de caminar —ordené.
Sabía lo que estaba viendo. Lo había visto antes. Pero esa vez… algo era diferente.
—¿Son zarkass? —preguntó Elandra en voz baja.
—Sí —murmuré sin apartar los ojos del cadáver—. Pero estos no son hembras…, sino machos. Los perros de caza de la Dama. Dientes afilados, y solo una maldita orden grabada en la cabeza: atraparme viva y arrastrarme hasta ella.
Recordaba sus manos ásperas, los susurros en mi oído mientras me sujetaban… La furia trepó por mi garganta y se derramó en el fuego de mis dagas, que ardieron con más fuerza.
—¿Por qué demonios están colgados en medio del camino? —preguntó Elandra.
Nadie respondió.
Conforme avanzábamos los cuerpos no dejaban de aparecer. Colgados de los arcos caídos o de las columnas agrietadas, se balanceaban con la brisa como si todavía quedara algo vivo en ellos. Algunos tenían la boca congelada en un grito que nunca se terminó. Otros carecían de rostro, la carne arrancada en jirones hasta dejar solo músculo expuesto y ojos vacíos. Los peores… ni siquiera conservaban la cabeza. Solo el cuello abierto, apuntando al suelo.
Ese olor metálico que me venía arañando la garganta desde que cruzamos las ruinas era sangre, pero no cualquiera…
Las paredes a los lados del camino empezaron a cambiar. Las piedras ya no mostraban solo grietas, sino marcas oscuras que parecían dedos carbonizados deslizados por la roca. En algunos lugares, las venas negras que recorrían los cuerpos colgantes se extendían hasta tocar la piedra, como si sus cadáveres hubieran infectado el propio muro.
—O es una advertencia o es una trampa —dijo Elandra con la mandíbula apretada, pegada a mí—. Pero, joder…, ¿quién demonios los ha colgado aquí?
—Eda… —advirtió Adriel.
—Esto es una puta mala señal —gruñó Liral, adelantándose un paso sin bajar el arco—. Deberíamos dar media vuelta.
—No vais a ir a ningún puto lado, jinetes.
La voz femenina a mis espaldas hizo que mis pies rotaran en posición de lucha. Liral, a mi lado, levantó el arco con tres flechas de fuego azul listas para volar. Elandra se adelantó un paso, la espada en guardia baja, preparada para atacar al primer movimiento.
Entonces las vimos. Las figuras al final del camino no eran machos zarkass.
Eran algo mucho peor.
Eran las hembras.

Eda
Una decena de zarkass emergieron de entre las ruinas. Algunas permanecían inmóviles, mientras que otras se deslizaban entre los escombros con una fluidez que dejaba claro que no eran humanas.
Tenían la piel gris ceniza, tirante sobre los músculos y que brillaba bajo la luz opaca, como piedra pulida. El cabello negro les caía liso, rozándoles el pecho, apenas cubierto por tiras mínimas de tela y correas cruzadas. Las caderas, apenas veladas por cuero viejo, daban paso a unas piernas delgadas pero marcadas.
Eran hermosas, pero no delicadas. Su belleza era peligrosa, hecha para desarmarte con una mirada y abrirte el pecho con la siguiente.
No seducían.
Cazaban.
La que estaba en el centro avanzó un paso, sin prisa, como si supiera que nadie escaparía. La lluvia le pegaba el cabello negro a las mejillas afiladas, y en sus labios se dibujaba una sonrisa fría.
—Quietos —ordenó la que parecía la líder, con la voz tan cortante como la lanza que llevaba en la espalda—. Ni un puto paso más o acabaréis igual que nuestros machos: muertos, colgados y con las tripas al aire para que el resto aprenda.
No bajé las dagas.
—Serías una ilusa si creyeras que no puedo haceros polvo en un pestañeo. —Mi sonrisa se torció—. No quedaría ni una de vosotras en pie.
—Oh, lo sé. —Ladeó la cabeza con un movimiento felino. Su cabello se deslizó y dejó ver un poco más de su pecho desnudo. Me recorrió de arriba abajo, ignorando por completo al resto del grupo—. Conozco tu fuego, jinete de fénix y portadora de la llama azul. Pero ¿y tú? ¿Sabes de lo que somos capaces nosotras?
La rabia me subió a la garganta. ¿Conversaciones? ¿De verdad? ¿Creía que iba a perder el tiempo con un intercambio de amenazas?
Kali.
Lo sé, respondió ella. Si se mueven, mueren.
—Zarkass… —saboreé el nombre—. Cazadoras de almas, expertas en tortura mental. Herramientas para vuestros propios machos.
—¿Y qué hay de malo en ser un arma? —Sus labios se curvaron—. Los machos que nos usaron están muertos. Nosotras seguimos aquí. Y tú… —Dio un paso más y las cadenas de plata de sus tobillos tintinearon con el sonido metálico—. Tú podrías ser nuestra próxima presa.
—Podéis intentar matarnos si os sobra valor —espeté, ajustando el agarre de las dagas. El fuego azul estalló con más fuerza, arrancando destellos del suelo empapado y sombras retorcidas en los rostros de las estatuas rotas—. Pero si lo hacéis, no os prometo una muerte rápida. Hoy no estoy de humor.
—¿Muerte? —Inclinó la cabeza y su sonrisa se volvió más oscura—. No hablo de matarte, jinete. Eso sería demasiado simple.
Dio otro paso.
—Podría hacer polvo tu mente sin siquiera tocarte. Romperla. Moldearla hasta que no supieras quién eres. Robarte los recuerdos más dulces y dejarte solo con los más oscuros. Y lo haría tan lentamente… que acabarías rogando la muerte.
—Atrévete, hembra —gruñí, con el fuego crepitando entre nosotras—. Entra en mi cabeza si te crees capaz. Pero te lo advierto…, lo último que sentirás será tu propia mente quemándose desde dentro.
Ella parpadeó por primera vez.
—Y créeme, yo no lo haría despacio.
—Bueno, tal vez…, ¿y si no es tu mente lo que quiero? —La líder inclinó la cabeza apenas un poco, sus ojos recorriendo el fuego que goteaba de mis dagas. Después, sus pupilas se deslizaron hacia las flechas azules de Liral—. ¿Y si lo que busco… es tu fuego?
No respondí. No lo necesitaba, porque en ese instante el fuego azul se deslizó por mis brazos y trepó hasta más allá de los codos.
—Última advertencia —gruñí—. Apartaos o arderéis.
—Advertencia rechazada, portadora.
Los labios de la zarkass se curvaron mostrando los colmillos antes de que su cuerpo se tensara como el de un depredador a punto de lanzarse sobre su presa.
La tregua había terminado.
Mis ojos volaron hacia Liral y Elandra.
—La zarkass es mía. Que nadie la toque.
Sin esperar respuesta, el fuego azul brotó del suelo dibujando un círculo perfecto que nos aisló del resto. Un anillo de llamas vivas se alzó a nuestro alrededor, respirando conmigo, como si el fuego reconociera que esa pelea no se compartiría. A mis espaldas, sentí a Adriel y a Xilon alzar una barrera.
Kali, no te metas, murmuré a través del vínculo. Ella retrocedió, pero su sombra seguía acechando desde lo alto, lista… pero quieta.
Eda, no.
No la escuché.
La zarkass dio un paso al frente y, con los ojos clavados en los míos, levantó las manos, que parecían vacías a simple vista. Pero lo que me hizo tensar los músculos no fue su expresión arrogante, sino el leve destello que asomó en sus dedos: garras afiladas, largas y teñidas de un líquido negro que se movía como veneno.
Ella sonrió.
Un mensaje silencioso, como si dijera: «Puedo matarte sin una palabra. Sin un arma. Solo con una caricia».
Perfecto.
—¿Sin armas entonces? —ronroneó.
Solté las dagas fuera del círculo sin apartar la vista de ella.
—Sin armas.
La zarkass se movió primero, rápida como una maldita víbora. Esquivó mi primer golpe con un giro y metió el brazo bajo el mío, buscando bloquearme con esas garras envenenadas que no podía permitirme tocar. Retrocedí de golpe y ladeé el cuerpo justo a tiempo para que sus uñas rozaran el aire, no mi piel. Giré sobre los talones y solté un puñetazo envuelto en fuego directo a su rostro. Si iba a despedazarme, tendría que ganárselo.
Ella se agachó en el último segundo.
—Nada mal… para una humana. —Deslizó una pierna para intentar barrerme los pies. Salté hacia atrás justo a tiempo y le devolví la sonrisa.
—¿Y tú? Para ser una cazadora, esquivas mejor de lo que golpeas.
—Oh, no te preocupes, portadora, solo estoy calentando.
Volvió a lanzarse contra mí, las garras buscando carne. Su puño rozó mi mejilla cuando giré el rostro. Aproveché el impulso para meterle un puñetazo en las costillas. El impacto la hizo retroceder un paso, pero se recuperó al instante.
—¿Eso es todo? —Escupió sangre con una sonrisa divertida—. Esperaba más de la famosa portadora de la llama azul.
Avancé con una serie de golpes rápidos, cada uno acompañado de un estallido de fuego. La zarkass se deslizaba como si sus pies no tocaran el suelo, esquivando con la fluidez de algo que nació para cazar. Las garras seguían ahí, siempre presentes, girando en cada ataque, buscando un descuido.
Entonces lo sentí.
Un cosquilleo frío en la base del cráneo, un susurro apenas perceptible que rozó los bordes de mi mente.
—¿Intentando meterte en mi cabeza? —gruñí, y apreté los dientes mientras la presión aumentaba.
—¿Por qué luchar cuando puedo destrozarte desde dentro? Solo un empujoncito y serás mía.
Cerré los ojos al sentir sus dedos invisibles intentando abrirse paso, buscando las grietas en mi consciencia. Pero no encontrarían ninguna. No después de los entrenamientos con Dalton.
Me concentré en el muro de hielo que había construido en mi mente, esa barrera impenetrable que dividía mis dos anclas mentales y mantenía a salvo mis pensamientos. Sentí la presión de la zarkass golpeando contra él, como garras que arañaban un muro indestructible.
Pero este resistió.
La embestida se estrelló contra su superficie helada y se deslizó sin encontrar una sola grieta por la que colarse.
La zarkass retrocedió un paso, sus ojos brillaron con frustración y sus labios se curvaron en un gruñido al notar la resistencia.
—¿Quién te ha enseñado eso?
Cargué contra ella un puñetazo directo a su rostro. Estaba a punto de impactar cuando…
—¡Dejad de intentar mataros!
Mi puño se detuvo a centímetros de su mejilla. La zarkass también se quedó quieta, su respiración agitada chocando contra la mía.
No supe exactamente por qué, hasta que de entre los pilares emergió una figura distinta al resto. Cicatrices profundas cruzaban la piel gris de sus brazos y su rostro, huellas del tiempo. El cabello blanco caía en trenzas finas adornadas con cuentas de obsidiana y anillos de plata.
La anciana zarkass avanzó despacio, apoyándose en un bastón de madera negra, grueso y desgastado, cuya parte superior terminaba en una garra metálica que sostenía una esfera de cristal oscuro. Dentro, filamentos de luz rojiza se retorcían como venas vivas, latiendo con el ritmo lento y profundo de un corazón atrapado tras el vidrio. Sus ojos hundidos se posaron primero en la zarkass y luego en mí, y en ese instante, supe que las reglas de la pelea acababan de cambiar.
—Valeska, hembra mía, aléjate de la jinete de fénix. Ahora —ordenó la anciana—. Y tú —añadió girándose hacia mí—, apaga ese fuego. Lo necesitarás más adelante.
Apreté los dientes, pero poco a poco la ira se hundió en lo más profundo de mí. Las llamas se deslizaron lentamente por mi piel y retrocedieron hasta desaparecer. Aflojé el agarre y me aparté del cuerpo de la zarkass, que hizo lo mismo sin dejar de observarme.
Por el rabillo del ojo, noté que los demás seguían dentro de la barrera de Xilon, alerta pero inmóviles; ninguna otra hembra se movía.
—Disculpa esta bienvenida —dijo la anciana mientras se acercaba—. Valeska puede ser… impulsiva.
—O puedes decir que no me fío de nadie —gruñó Valeska, cruzada de brazos, con los colmillos asomando.
La anciana ladeó la cabeza y continuó, sin prestarle demasiada atención:
—Pero lo que intenta decirte, portadora, es que necesitamos tu fuego.
—¿Necesitáis mi fuego? —pregunté sin moverme—. ¿Para qué?
La anciana inclinó un poco la cabeza y, como si entendiera sus pensamientos, la esfera del bastón parpadeó con un destello rojizo.
—Porque vosotros, jinetes, y nosotras, las hembras zarkass, luchamos por lo mismo: queremos acabar con la Dama.
Parpadeé, sin creerme ni una sola palabra de lo que decía.
—Mientes.
Silencio.
Mis ojos recorrieron a las zarkass, que seguían sin haberse movido un centímetro desde que aparecieron. Luego miré a Valeska, aún tumbada frente a mí, con el labio sangrando y la piel del rostro enrojecida por el fuego. Pero algo había cambiado, ya no intentaba colarse en mi mente. No quedaba rastro de su presencia rozando mis pensamientos.
Nada.
—Pregúntale a tu fénix —dijo Valeska, limpiándose la sangre negra del labio con el dorso de la mano—. Pregúntale si realmente siente peligro con nosotras. Si de verdad somos una amenaza para ti y tus jinetes.
No hizo falta preguntar, el silencio de Kali me bastó.
—Has intentado meterte en mi consciencia, zarkass —escupí.
—Si de verdad eres tan letal como dicen, es lo mínimo que debes saber hacer para protegerte. Solo… —Se lamió la sangre negra del labio roto—. Solo te estaba poniendo a prueba, portadora.
Aparté la mirada y me puse en pie de un salto para encarar a la anciana con el pulso aún golpeándome en las sienes.
—¿Y por qué no uniros al otro bando? ¿Por qué no uniros a la Dama? Vuestros machos son sus lacayos, ella tiene poder, podría daros más de lo que yo podría ofrecer.
La anciana levantó el bastón y señaló a los cuerpos colgados sobre las ruinas.
—Que seamos herramientas para nuestros machos no significa que aceptemos lo que nos han hecho. Que compartamos la misma sangre y pertenezcamos a la misma especie no nos obliga a soportar sus torturas.
—No, no deberíais —intervino Liral, que se había acercado en silencio, con Elandra a su espalda—. Nadie debería ser cazado por su propia sangre.
Los ojos de la anciana la recorrieron de arriba abajo.
—La jinete de la bestia desplazadora… —susurró. Luego miró a Elandra y después a Adriel—. Hacía mucho tiempo que no veía a un nightmare, ni a un zeng. —Sus labios se curvaron en una leve sonrisa antes de volver a mirarme—. Buena elección de equipo, portadora. Muy buena elección.
—Que tengáis un problema patriarcal en vuestra especie no es razón suficiente para elegir un bando en esta guerra —espeté—. Así que decidme la verdad. ¿Por qué, entonces?
—¿Y cómo sabemos que no nos entregaréis a la Dama? —preguntó Adriel.
Fui yo quien respondió antes de que la anciana pudiera abrir la boca.
—No te preocupes por eso, Adriel. Ellas saben cuál sería su destino si deciden traicionarnos.
Valeska se incorporó lentamente.
—Las zarkass hemos jurado no volver a doblar la rodilla ante nadie. No ser herramientas. No ser putas esclavas de nadie. —Valeska escupió la sangre negra al suelo—. Pero me gustan las hembras con un buen par de pelotas, y más si esa hembra puede convertir al enemigo en cenizas.
Otra zarkass dio un paso al frente, sus ojos brillaban con el mismo destello hambriento que los de Valeska.
—Sabemos lo que hicisteis en aquella playa. Cómo arrasasteis la horda de noctífagos, cómo destruisteis la nube. No se habla de otra cosa en Bankai. Y aunque nosotras no somos almas, estamos en cada rincón de estas tierras.
—Sois cazadoras de almas —les recordé.
—No teníamos opción —intervino la anciana clavando el bastón en el suelo—. Pero ahora que nos hemos rebelado contra nuestros propios machos, la tenemos. Ahora podemos elegir cómo usar nuestra magia. Podemos elegir a quién servir.
—¿Servir? —repetí con una sonrisa fría—. ¿Y por qué debería fiarme de vosotras?
Valeska dio un paso más hasta quedar apenas a un palmo de distancia. Su aliento aún olía a sangre y a humo, pero sus ojos no mostraban miedo.
—Porque si quisiéramos matarte, ya lo habríamos intentado. Y si hubiéramos querido entregarte a la Dama, ya estarías en sus garras. Pero, en vez de eso, estamos aquí. Porque a diferencia de nuestros machos, nosotras sabemos lo que es luchar para sobrevivir.
No sabía qué pensar. No sabía si confiar. No sabía…
Confía, Eda. Confía en ellas, me aseguró Kali. Lo siento. No son un peligro para ti. Y sí…, serían buenas aliadas. Son buenas cazadoras.
Tragué saliva y asentí solo para mí. Sí, esa elección era mía. Mía y de los jinetes. No de Dalton. No de Skylar.
Ellas no habían venido por órdenes ni por promesas.
Habían venido por mí.
A buscar a la portadora del fuego. A la jinete de fénix.
—Entonces, si estamos en el mismo bando… —dije recorriendo con la mirada a las zarkass que nos rodeaban—. Si de verdad estáis en cada rincón de Bankai…, llevadnos hasta los portales.

Eda
Seguíamos a las zarkass, que se deslizaban por entre los escombros sin que la tierra se atreviera a crujir bajo sus pies. Avanzaban juntas y alineadas sin hablar, compartiendo dirección, fuerza y propósito. Eran un clan, uno hecho de cicatrices, de cuerpos que conocían el límite del dolor y que luchaban contra su propia especie para no ser cazadas.
Tal vez había sido demasiado confiada. Tal vez Skylar me habría dado un sermón por fiarme de cazadoras de almas, por no pensar con la cabeza fría. Pero si mi fénix me decía que confiara, yo lo hacía. Así de simple.
Sin planearlo, sin buscarlo, había terminado confiando en la muerte. Y, sin darme cuenta, también me había enamorado de ella.
—¿Por qué no estás sobre tu fénix, portadora? —preguntó Valeska, que caminaba a mi derecha.
Le había dicho que se mantuviera donde pudiera verla, y había obedecido, pero no nos quitaba los ojos de encima ni a mí ni a mis jinetes. Me observaba con la misma intensidad con la que Liral solía hacerlo, pero esta mirada no tenía calor, no tenía juicio abierto. No sabía si detrás había respeto, amenaza… o algo peor.
—No todo es estar sentada —respondí sin girarme—. Tengo que moverme, estirar las piernas. Y no pienso dejar a mis jinetes solos. No sería de buena educación cuando soy yo la que los ha traído hasta aquí. Si ellos van a pie, yo también.
Habíamos desmontado hacía un buen trecho ya. El nightmare seguía caminando detrás, con la cabeza en alto y el fuego pulsante en las crines, pero las zarkass no se acercaban. Nadie quería acabar con la piel quemada.
—Sabes que tu plan es una mierda, ¿verdad? —dijo Valeska, cambiando de tema con la sutileza de una piedra lanzada al río—. Primero, pongamos que logramos cruzar esos portales, lo cual ya es mucho suponer. Y segundo, si llegamos al imperio, nos matarán. Sin preguntar.
Su voz se alzó lo suficiente para que todos la escucharan, aunque no es que hiciera falta, pues con la inmortalidad venía el maldito don de escuchar hasta una gota caer sobre una hoja.
—Entonces, si crees que mi plan es una mierda, ¿por qué sigues aquí?
Mis ojos recorrieron al grupo en silencio. La mayoría eran jóvenes, de rostros tensos y miradas duras, aunque entre ellas algunas se movían con pasos más lentos, como si llevaran encima años que no estaban dispuestas a contar. Al fondo, una anciana caminaba con la ayuda de un bastón, flanqueada por una zarkass más joven que no se despegaba de su lado.
No había sonrisas, ni gestos de confianza, solo una tensión callada, de esa que se forma cuando has pasado demasiado tiempo obedeciendo, sobreviviendo, y ahora por fin puedes caminar sola.
Todas éramos hembras, excepto Adriel, que había caminado detrás de Valeska desde que salimos de las ruinas en un silencio absoluto. Esto era algo extraño en él, porque siempre tenía lista una broma, un comentario irónico. Pero ahora… nada.
—¿Dónde está la muerte, portadora? —preguntó Valeska limpiándose las garras—. ¿Acaso es un enemigo más en nuestra lista?
Me detuve en seco y me giré hacia ella.
—Ni lo nombres, zarkass. Ni siquiera pienses en él. ¿Entendido?
Sus ojos se clavaron en los míos, fieros, desafiantes, pero yo la fulminé con más fuerza. Su mandíbula se apretó y soltó un gruñido bajo antes de levantar las manos en un gesto de rendición.
Sí, Skylar era mi punto débil. Y me jodía que lo supieran.
—Yo que tú dejaría de hacer preguntas —intervino Elandra—. No estás en posición de exigir respuestas, y lo sabes. Así que más vale que empecemos a hablarnos con respeto, a usar un tono que no nos lleve a sacarnos los ojos. Porque si seguimos así, acabaremos matándonos entre nosotras. Y no tenemos tiempo para eso.
La sonrisa maliciosa que Liral le dedicó a Valeska me dejó claro que no era la única que disfrutaba con el roce de cuchillas entre palabras.
Valeska no dijo nada. Solo se giró y echó a andar.
Después de varias horas de marcha, nos internamos en otro bosque. Uno más. Pero daba igual cuántos cruzáramos, todos parecían hechos con la misma materia: oscuridad espesa, raíces retorcidas, almas errantes que se deslizaban entre los troncos y árboles que brillaban con una luz tenue.
—Ojos bien abiertos, hembras —anunció la anciana—. No estamos en la mejor zona de Bankai. No hay ciudades cerca y estos bosques…
Antes de que terminara la frase mis dagas ya estaban en mis manos. Liral alzó su arco sin mediar palabra, y yo, respirando hondo, me concentré en prender fuego a las puntas de sus flechas. El resplandor estalló al instante. Aún me resultaba más fácil con armas ligeras y rápidas, como proyectiles. Sin embargo, las espadas o las lanzas requerían más de mí.
A mi lado, Valeska soltó una risa baja.
—Sí que te han entrenado para matar, o puede que lo lleves en la sangre.
—¿Quieres comprobarlo? —respondí, mirando hacia arriba. Kali volaba alto, más lejos que de costumbre, pero seguía ahí. Su fuego, incluso a esa distancia, iluminaba el camino como una promesa encendida sobre nuestras cabezas.
¿Ves algo desde ahí?
No, pero soy demasiado grande. Si vuelo más bajo, delataría vuestra posición. Prefiero no ponerte en peligro.
Tenía razón. Kali era inmensa y cuando planeaba sus alas proyectaban más sombra que luz.
Come algo antes de llegar a los portales. Tal vez no volvamos a encontrar comida tan buena como la que hay aquí.
¿Los mortales no son sabrosos?
Casi me atraganté con mi propia saliva, pero disimulé. No quería que las zarkass supieran que me comunicaba con el fénix. Mejor guardarme ese as bajo la manga.
Ni se te ocurra pensar en eso, pajarraca.
Es broma, Eda. Hizo una pausa antes de añadir, con fingida reflexión: Probaré con algo más grande… y que hable menos.
Un crujido seco rompió el silencio a nuestra izquierda y todas nos giramos en esa dirección.
—Las almas no hacen crujir las ramas —murmuró Liral, su arco ya apuntaba hacia el sonido.
Otro crujido. Más cerca.
—¿Qué clase de criaturas habitan este bosque? —preguntó Elandra, su voz era apenas un susurro.
Nadie respondió.
—Valeska, Airi, id a mirar —ordenó la anciana.
Las dos zarkass se deslizaron entre la maleza sin hacer ruido. Yo di un paso para seguirlas, pero antes de que pudiera avanzar, sentí la mano de Liral en mi brazo.
—No, Eda. Mejor usar las sombras para atacar que hacer arder un bosque. Quédate con Elandra y Adriel. Voy yo.
La vi montarse en Dargan, y la bestia desplazadora, negra como la tinta fresca, se deslizó entre los árboles en completo silencio, con los tentáculos alzados, flotando como si olfatearan el aire en busca de algo.
Liral tiene razón, pensé a través del vínculo mientras la veía fundirse con el bosque. Nada de fuego esta vez. Si hay peligro, lucharé con las dagas. Ni Skylar ni Dalton están aquí para apagar un incendio.
Lo sé, lo practicaremos. Somos demasiado fuego. La respuesta de Kali vino acompañada de una risa baja que se cortó de golpe. Movimiento a la derecha. Están en vuestra…
—¡Derecha! —grité.
Me moví colocándome junto a Elandra y Adriel. Mis manos encontraron sus armas y, con un simple toque, las imbuí de fuego azul.
El sonido de las ramas al quebrarse nos rodeó por ambos flancos. Entre los árboles, unas figuras se deslizaban con movimientos rápidos pero erráticos.
No eran almas.
No eran sombras.
—Zarkass —murmuré cuando una silueta translúcida emergió tras un tronco.
Eran los machos.
—Como nos hayáis traicionado, estáis muertas —sentenció Elandra.
Las zarkass ya tenían las armas en las manos. No había engaño en sus ojos, solo terror…
—Nos han seguido —dije con un nudo de furia en la garganta.
Liral regresó de inmediato al escuchar mi grito, pero sus ojos estaban fijos a nuestra izquierda.
Nos estaban rodeando.
Lo supe en cuanto escuché los gruñidos filtrándose entre los árboles, bajos, ásperos, llenos de odio y hambre contenida. Las ramas crujieron bajo los pies desnudos, las figuras por fin emergieron de entre la maleza. Eran altos, más que nosotras, de piel ceniza y venas negras que reptaban bajo la carne. Tenían el cuerpo cubierto de cicatrices, algunas frescas, otras abiertas hasta el hueso.
Olfatearon el aire como bestias carroñeras.
—Mírala… —La sonrisa torcida de uno de ellos dejó ver sus colmillos ennegrecidos—. La zorra de fuego sigue corriendo.
—Te hemos estado siguiendo, jinete de fénix —gruñó otro, con la mirada clavada en mí, como si ya me viera atada de pies y manos—. No puedes esconderte de nosotros, ni aquí ni en ningún puto rincón de este mundo. ¿De verdad pensabas que podrías matarlos y largarte como si nada? Vas a pagar, zorra. Te vamos a hacer pagar lento, y con cada parte de tu cuerpo. Vamos a atarte, a cortarte, a dejar que sangres hasta que ni el fuego ese tuyo pueda salvarte.
Elandra se colocó a mi lado con la espada en guardia, su filo encendido con la esencia que yo le había otorgado.
—¿Cómo coño nos habéis encontrado? —escupió Valeska, lista para saltar a la yugular del primero que hiciera un movimiento en falso.
Uno de los machos se echó a reír, un sonido gutural que me provocó un escalofrío de puro asco.
—¿Nos tomáis por idiotas? Las zarkass no desaparecen sin más. Y menos cuando han decidido rebelarse.
Otro se inclinó hacia Valeska hasta que su rostro quedó a apenas medio metro del suyo, con esa sonrisa torcida y sucia que escondía una amenaza. Valeska dio un paso atrás, y en ese instante vi el leve temblor en sus manos.
—Apestáis a traidoras. Y lo peor… es que ni siquiera os da vergüenza. Vais a morir por lo que sois. Por lo que os creéis. Y os lo vamos a arrancar de dentro, a gritos.
La anciana, que hasta ese momento había guardado silencio, golpeó su bastón contra el suelo provocando un chasquido.
—No servimos a nadie.
Los machos se rieron de nuevo.
—Vaya, la vieja aún tiene agallas —comentó uno—. Lástima que nos importe una mierda.
El más grande de todos avanzó, apartando a los demás con un empujón brusco.
—La Dama os quiere muertas. —La sonrisa pintada en su rostro me revolvió las entrañas—. Pero a esta de aquí… —Alzó la mano y me señaló con un dedo sucio al tiempo que se relamía los labios como un maldito animal—. A esta la quiere viva.
Su mirada recorrió mi cuerpo sin vergüenza, de arriba abajo, con una lentitud repugnante.
—Ven con nosotros, jinete de fénix.
El fuego encendió mis dagas.
—Inténtalo, basura.
Los gruñidos cesaron de golpe y las sonrisas se borraron de sus rostros.
La pelea estalló.
Liral disparó la primera flecha. El proyectil azul surcó el espacio como un relámpago y atravesó el cráneo de un zarkass. El gruñido murió en su garganta y su cuerpo cayó pesado al suelo, sin vida.
Elandra se lanzó al frente con la espada envuelta en mi fuego, justo a tiempo para bloquear un golpe que habría abierto su cuello de lado a lado. El impacto le sacudió los brazos, pero no perdió el ritmo. Se giró, esquivó el segundo ataque y devolvió el golpe, hundiendo la hoja en el pecho del enemigo. El fuego devoró la carne, soltando un hedor espeso, a quemado y sangre.
Elandra no se detuvo. Lo empujó con una patada en el pecho y su cuerpo cayó al barro y no volvió a levantarse.
Entre el caos, mis ojos captaron algo más.
Liral, con el arco aún tenso, esbozó una sonrisa que no intentó disimular. Sabía exactamente quién estaba detrás del filo de la espada de Elandra, quién la había forjado como esa guerrera que peleaba sin titubeos.
Lo sabía, porque había sido ella.
—¡No os dejéis acorralar! —rugió la anciana, golpeando el suelo con su bastón.
Las zarkass se movieron como un solo ser. Valeska desgarró la garganta de uno de los suyos con un solo tajo, las garras hundiéndose hasta el hueso. La sangre negra le salpicó la cara, pero ni pestañeó.
—¡Hijos de puta! —escupió mientras esquivaba otro golpe—. ¡No volveréis a tocarnos! ¡No volveréis a tenernos!
Yo no me quedé atrás.
Un macho zarkass intentó atraparme por la cintura, pero me giré antes de que pudiera cerrar sus brazos a mi alrededor. Mi daga se deslizó entre sus costillas y se hundió hasta el fondo. Sus ojos se abrieron de golpe cuando el fuego azul se prendió dentro de él, retorciéndose en su interior.
Las criaturas también entraron en la batalla.
Dargan rugió y su cuerpo masivo embistió a los zarkass con la brutalidad de un depredador sin piedad. Uno de los machos intentó saltarle encima, pero la bestia desplazadora giró en el último segundo y le arrancó la cabeza. Luego, desplegó sus tentáculos, envolviendo a dos de ellos a la vez. Los elevó en el aire mientras estos forcejeaban y, con un latigazo feroz, los estrelló contra el suelo con tal fuerza que el impacto los dejó irreconocibles.
El nightmare lanzaba llamaradas hacia el flanco izquierdo, obligando a los zarkass a retroceder. Algunos se retorcían en el suelo, convertidos en antorchas vivas, sus alaridos perforando la noche. Pero aun así, otros tomaban su lugar, pisoteando los cuerpos carbonizados de sus propios compañeros sin una pizca de miedo.
Xilon hacía lo que podía; levantaba barreras con su poder para forzar a los enemigos a rodearnos en lugar de embestirnos de frente. Pero los muy cabrones aprendían rápido. Se adaptaban, encontraban los huecos, nos acorralaban.
Elandra giró a mi lado y su espada atravesó un cuello con un tajo limpio. Liral seguía disparando, cada flecha una muerte segura. Pero era solo cuestión de tiempo, no podíamos seguir así. Necesitábamos salir de allí.
Uno de los machos saltó sobre Elandra con un cuchillo dentado en la mano. Liral giró sobre sí misma y disparó una flecha a quemarropa, atravesándole la tráquea antes de que pudiera tocarla.
—¡Mierda, mierda! —gruñó Adriel, con Xilon a su espalda, que mantenía la barrera a duras penas—. ¡No vamos a aguantar así mucho más tiempo!
Sentí el miedo. Esa maldita sensación que se te mete en la garganta cuando sabes que, si no te mueves ya, estás jodida.
No iba a rendirme, no iba a caer ahí.
Mientras blandía la espada que yo misma había forjado, todo se redujo a lo básico: esquivar, golpear, hundir el filo. El fuego azul danzaba sobre el acero, encendiendo a cada zarkass que se cruzaba en mi camino. Y entonces, recordé la primera vez que vi a Skylar. El modo en que, con un simple gesto, había rasgado la realidad y creado un portal entre dos árboles, como si la magia respondiera a su voluntad.
Bankai respondía a su creador.
Pero yo… yo era su mitad.
Cerré los ojos y bloqueé el caos. Ignoré los gritos, el choque del acero contra la carne, el crujido de los huesos al romperse, el hedor metálico de la sangre impregnando el aire. Deseé, con cada fibra de mi ser, con cada respiración, encontrar una salida.
Una maldita salida.
La respuesta no fue un simple estallido. Fue una oleada imparable, una energía primitiva desatada que quemaba cada rincón de mi ser, envolviendo mis entrañas, rodeando mis huesos como espirales vivas.
Algo se rompió, se expandió, tomó forma sin que yo pudiera detenerlo. Porque, de alguna manera, siempre había estado ahí, esperando el momento de liberarse.
«Si puedo crear esto…, ¿qué más puedo hacer? ¿Qué más puedo destruir?».
El fuego rugió a mi alrededor, respondiendo a esa idea, alimentándola.
No, me advirtió Kali.
Sacudí la cabeza con fuerza para expulsar el pensamiento de mi mente antes de que pudiera arraigarse, antes de que tentara a algo dentro de mí que no quería despertar.
El suelo tembló bajo mis pies reclamando mi atención.
Un árbol cercano ardió en mis llamas, pero esta vez no se redujo a cenizas. Mi fuego azul lo transformó, deslizándose por su corteza, esculpiéndolo en lugar de destruirlo.
La madera crujió y se retorció, alargándose como si algo dentro de ella despertara. Las ramas se curvaron sobre sí mismas y se entrelazaron hasta formar un arco perfecto, un umbral imposible nacido del fuego.
Ni siquiera tuve tiempo de procesarlo.
Un dolor punzante me atravesó el brazo izquierdo. Unas garras afiladas rasgaron la tela de mi ropa y mi piel. Solté un gruñido y giré sobre mis talones, la daga en mi mano derecha se movió antes de que mi mente pudiera siquiera razonar el ataque. El zarkass que me había arañado retrocedió, pero no lo suficiente. Mi hoja encontró su garganta, y se la abrí de lado a lado. La sangre negra brotó en un chorro grueso y el bastardo cayó de rodillas mientras sus manos apretaban la herida, como si pudiera cerrarla con pura fuerza de voluntad.
No esperé a verlo morir, porque otro ya había aprovechado mi distracción. Unas manos ásperas me agarraron por la cintura y tiraron de mí hacia atrás con una fuerza brutal.
—¡Eda! —gritó Liral.
No me dejé atrapar. Clavé el codo en sus costillas y sentí el crujido seco de los huesos al romperse. El zarkass gruñó, aflojando el agarre lo justo para que me inclinara hacia delante y le hundiera la daga en el abdomen.
No esperé. Arranqué la hoja de su garganta y levanté la vista.
Todos estaban quietos.
Los jinetes con las armas a medio alzar.
Las criaturas.
Las zarkass.
Y hasta los pocos machos que seguían con vida… se quedaron inmóviles.
Porque ahí, en medio de la batalla, un árbol ardía en fuego azul, su corteza retorciéndose sin consumirse. En su centro, un líquido morado oscilaba como la superficie de un lago perturbado por el viento.
Había abierto un portal, y todos sabían lo que eso significaba.
—¡Todos al portal! —ordené para arrancarlos del trance.
La batalla estalló de nuevo, más brutal, más desesperada. Pero ya no era una lucha por vencer. Era por huir.
Los jinetes fueron los primeros en reaccionar. Uno a uno, giraron sus monturas hacia el resplandor morado que palpitaba al pie del árbol en llamas. Las zarkass vacilaron. El sudor y la sangre les cubrían el rostro, algunas jadeaban heridas y con la mirada aún prendida al caos. Pero entonces la anciana asintió. Y eso bastó.
Como un solo cuerpo, comenzaron a correr tras los jinetes.
Los gruñidos de los machos retumbaron como una última amenaza.
—¡No dejéis que estas zorras traidoras escapen vivas!
Uno de ellos se lanzó como una fiera desbocada y atrapó a la anciana justo cuando ayudaba a una de las suyas a acercarse al portal. Su mano se cerró alrededor de su cuello y la levantó del suelo.
—¡No! —gritó Valeska, echando a correr desesperada.
No llegó lejos. Un macho le salió al paso, la agarró por el brazo y la estrelló contra un árbol lejano. Pero Valeska no apartó la mirada. A pesar del dolor, a pesar del impacto, sus ojos seguían fijos en la anciana.
—Quédate con la portadora, Valeska —le pidió esta.
Valeska se revolvió en la tierra.
—¡Tyra!
—Recuerda, Valeska —dijo la anciana despacio—. La más fuerte entre las tuyas, la vida camina detrás de ti, la muerte reposa en tus manos. Descenderás a donde la magia se extingue, y solo en ti estará la llave. —El macho hundió sus garras en el pecho de la anciana y, en un solo movimiento, le arrancó el corazón.
Yo seguía corriendo, sin pensar, cuando vi a Valeska en el suelo. Otro macho rompió la línea de árboles y se abalanzó sobre ella. En un segundo, tomó su muñeca y la levantó para luego lanzarla contra el suelo. Pero no se detuvo ahí. Clavó las garras en su piel desgarrándola y la arrastró hacia él.
—¡No, cabrón! —bramé, y me lancé hacia él sintiendo el fuego estallar en mis venas.
Hundí la daga y la giré sin piedad.
Valeska jadeó en el suelo, sus garras trataban de aferrarse a algo y las piernas le fallaban.
—¡Cruza el puto portal, Eda! —gritó Liral detrás de mí, disparando flecha tras flecha.
—¡Todavía hay más! —respondió Elandra al tiempo que su espada cortaba la cabeza de un zarkass que había logrado alcanzarla.
El portal tembló.
«No aguantará mucho más», pensé.
Otro macho surgió de la nada, su mano se cerró con fuerza alrededor de mi brazo, sus garras perforaron mi piel y su aliento fétido me golpeó el oído.
—¡La puta jinete de fénix ya es nuestra! —Me retorció el brazo, pero yo no iba a dejar que me tocaran, no iba a dejar que me llevaran con ellos. Le escupí a la cara, le hundí la rodilla en la entrepierna y, cuando gruñó doblándose, le hundí la daga en la garganta.
El suelo volvió a temblar acompañado por un chillido desgarrador sobre nuestras cabezas.
Kali.
No quemes a los zarkass, todavía quedan algunas hembras por cruzar, le recordé.
Kali descendió como un relámpago y sus garras traseras desgarraron cuerpos al pasar, lanzando a los machos por los aires como muñecos rotos y estrellándolos contra los árboles con una fuerza despiadada. Algunos no tuvieron tiempo de gritar.
Aterrizó sobre varios y los aplastó con su peso, y sin pausa hundió el pico en la garganta de uno hasta arrancarle la cabeza de un solo golpe.
Los pocos machos que aún respiraban retrocedieron, y esta vez sus miradas no buscaban una víctima, sino una salida. Sus ojos iban del portal a la bestia que ahora se alzaba entre ellos y su destino.
Porque ya no eran cazadores.
Ahora eran la presa.
Kali me miró.
No necesito fuego para esto. Chasqueó el pico y escupió un fragmento de hueso. Saben mejor de lo que pensaba. Crujientes en los extremos, un poco duros en el centro…, pero nada mal para un tentempié.
—¡Cruza, Eda! —gritó Liral, y percibí la desesperación en su voz.
Mis ojos recorrieron la escena frenéticamente. Todas habían entrado. Todas menos…
—¡Valeska! —seguía en el suelo, a pocos metros, inmóvil.
No lo dudé. Corrí, saltando sobre los cuerpos. Esquivé un brazo que se alzó buscando atraparme, y me lancé hacia la zarkass. Me agaché sin detenerme, rodeé su cuerpo con los brazos, sintiendo la sangre en mis manos, y la apreté contra mí.
¡Entra en el portal, Kali!, le rogué jadeante.
No.
¡Kali!
Seré la última en cruzar. Su fuego ardió sobre sus plumas. Quiero achicharrarlos cuando estéis a salvo. No voy a dejar que esta escoria salga de aquí viva.
Mientras lo decía el portal se encogía cada vez más.
¡Kali, maldita sea!
Con Valeska en mis brazos, di un último impulso y me lancé hacia el vórtice morado justo cuando empezaba a cerrarse tras nosotras.
Sentí la explosión, las llamas consumiéndolo todo, el chillido feroz de Kali y el sonido de sus garras destrozando la carne. Los gritos desgarrados de los machos se mezclaban con el crujir de cuerpos reducidos a cenizas.
El portal se contraía, se desvanecía.
—¡KALI! —grité.
Pero entonces lo vi.
Un destello azul.
El fénix irrumpió a través del umbral en el último segundo, su cuerpo envuelto en fuego puro, en su esencia descomunal. Y en cuanto sus alas cruzaron, el portal se selló.
Nos precipitábamos en un vacío sin tiempo, sin dirección. La magia se deslizaba sobre mi piel en oleadas moradas que giraban a nuestro alrededor, distorsionando el espacio. Era como estar sumergida en agua densa, sin gravedad, sin resistencia, pero con la certeza de que algo nos empujaba, nos guiaba a través de aquel remolino de energía pura.
Valeska seguía inerte en mis brazos.
No iba a soltarla.
De golpe, la magia nos escupió contra algo blando que amortiguó la caída. Mis manos se hundieron en la superficie y los dedos se deslizaron por una textura suave, granulada, que se desmoronaba bajo mi peso. Luego se volvió líquida, como si se derritiera bajo mi piel.
Nieve… Nieve entre mis dedos.
No sentía el frío en mi piel, pero sentía otra cosa…, algo más peligroso.
Empecé a incorporarme aún aturdida y solté a Valeska con cuidado, tras asegurarme de que su cuerpo quedaba sobre la superficie blanda. Mis manos, aún hundidas en la nieve, temblaron levemente cuando alcé la vista y vi lo último que esperaba…
Un lobo.
Era tan grande como una bestia desplazadora, de pelaje negro como la noche más profunda. Pero no era solo oscuridad … Su cuerpo destilaba sombras líquidas que se movían como raíces hambrientas, enredadas y aferradas a la realidad misma.
Unos zarcillos sombríos inmovilizaban las extremidades de las zarkass, oprimiéndolas en un abrazo letal.
Cuando el lobo enseñó los dientes, mi respiración no se aceleró ni mi pulso titubeó. No retrocedí. Porque sus ojos —dorados, como oro fundido, como el primer destello del amanecer rompiendo la noche— brillaban solo para mí.
Te dejo trece días sola y ya te has aliado con las zarkass. Y, por si fuera poco, has abierto un puto portal al imperio.
Dio un paso hacia mí.
Así que dime, Zafiro, ¿hay algo más que deba saber?