ADVERTENCIAS DEL AUTOR
No soy escritor, solo alguien que ha dedicado su vida a analizar los procesos decisorios de las empresas y los ciudadanos chinos. No he seguido un formato estándar para escribir este libro, más allá del de mi propia inspiración. Ojalá el lector tenga la generosidad de valorarlo así.
Generalización necesaria
En este libro me veré obligado a generalizar. China es un país inmenso y diverso, con una riqueza cultural y regional comparable a la de un continente. A pesar de haber vivido en cinco provincias, incluyendo lugares tan únicos y diferenciados como Xinjiang, creo que hablar del «chino medio», en cierta medida, es tan arriesgado como intentar describir al «humano medio», al «mamífero medio» o al «vertebrado medio». Aun así, esta generalización es necesaria para proporcionar un punto focal desde el cual aproximarnos a la complejidad de la realidad china. Entiendo que quienes hayan vivido otras experiencias en este país asiático, o quienes hayan estudiado su realidad, podrían tener opiniones divergentes o contrarias a las mías, y me presto de antemano a recibir esas críticas. Convengamos también en que el ciudadano chino con el que interactuamos en nuestros países, o aquel con quien entablamos amistad o una relación comercial en China gracias a su dominio del inglés, dista mucho de ser el ciudadano medio en el país. Solemos formarnos una idea de China basándonos en una muestra sesgada, a veces irrelevante, tomada en el barrio más occidentalizado de Shanghai, con alguien que habla inglés, tiene una mentalidad global, usa una VPN (red privada virtual) y está profundamente influenciado por la cultura occidental. Pero este libro no trata de ese perfil atípico, sino del ciudadano común, aquel que rara vez encontramos dentro de nuestra burbuja occidental.
Mente abierta
Una de las primeras lecciones que imparto entre emprendedores o miembros del equipo que llegan a China es que es necesario «desaprender» todo lo que creemos saber sobre China. Solo así, haciendo tabula rasa, vamos a sacar el máximo provecho posible a este aprendizaje.
Contexto geográfico
Algunas de las reflexiones y observaciones que realizo pueden aplicarse a otros países asiáticos. Sin embargo, no profundizaré en esas comparaciones, ya que mi objetivo aquí es entender y describir China, más allá de las similitudes o diferencias que pudiera tener con otros lugares como Corea del Sur, Japón u otros territorios de la región.
Anotaciones
En el transcurso de la lectura, el lector encontrará todo tipo de citas que he ido publicando a medida que me enfrentaba con la realidad. Están escritas tal y como las redacté o pronuncié en su momento, en un lenguaje en ocasiones muy poco literario. Otra forma de entender este libro es como un recopilado de todas las afirmaciones que he ido haciendo sobre China en estas dos décadas.
«Decidí irme a vivir a China cuando entendí que ese era el lugar desde donde se iba a escribir la historia de la humanidad».
Aprender acostumbra a ser más valioso que juzgar
La cultura china es una compleja fusión de tradición y modernidad, superstición y pragmatismo, moldeada por siglos de historia y marcada por un profundo sentido de resiliencia. Ha emergido de la miseria con esfuerzo, adaptándose a su tiempo y sus circunstancias. Para comprenderla, es imprescindible adoptar una perspectiva global, dejando de lado nuestras propias concepciones culturales y acercándonos con respeto y curiosidad. Solo así podemos apreciar que la superstición y el pragmatismo no son opuestos, sino piezas complementarias de un mismo engranaje. La experiencia china nos muestra que las tradiciones y creencias pueden adaptarse y coexistir con las demandas de la sociedad moderna. En un mundo cada vez más interconectado, estas lecciones son valiosas para todos.
Ningún extranjero ha conseguido cambiar China, pero sorprendentemente todos lo intentan. Es difícil llegar allí y no encontrar algo sustancialmente mejorable. Incluso los que la observan desde el exterior, con cero conocimientos de campo, lo intentan. Mi consejo: desista. Este país es demasiado grande y complejo, y cuenta con muchísima historia sobre sus hombros como para que, desde nuestra supuesta superioridad intelectual o moral, tratemos de arreglarlo.
«Ningún extranjero ha sido capaz de cambiar China. No lo intente. No es usted tan importante».
Reconocer y respetar las creencias y prácticas culturales, incluso si no las compartimos, es esencial para construir puentes de entendimiento y colaboración en nuestro mundo diverso.
A lo largo de la redacción de este libro, insisto en un concepto tan fácil de enunciar como difícil de aplicar: salir de nuestro propio sesgo y observar a los chinos desde una perspectiva verdaderamente global. No desde una postura eurocentrista que asume su visión como la única verdad absoluta, sino con la apertura de mente necesaria para entender una civilización con su propia lógica, historia y evolución. No critiquemos todo lo que no entendemos.
«No sé si el hombre es la medida de todas las cosas como afirmaba Protágoras, pero si algo he descubierto en China, es que el hombre occidental no es la medida de todas las cosas».
Falacia de la proporción
Con una población de más de mil cuatrocientos millones de personas, incluso una pequeña proporción representa un gran número en términos absolutos. Hay productos para los cuales porcentualmente los chinos puedan ser nuestro menor mercado, pero quizá en números absolutos son nuestro mayor mercado.
Caemos a menudo en esa falacia con afirmaciones como «a los chinos no les gusta el café o el vino». Es una generalización demasiado tajante, aunque útil como aproximación. Si el lector ya cuenta con nociones básicas sobre la realidad en China, sabrá leer entre líneas, rebuscar entre los decimales, hacer fine tuning y sacar conclusiones más específicas en cada campo.
No hago apología de la realidad, me dedico a describirla
Me dedico a describir la realidad y a sobrevivir en ella. En este libro hablaré de censura, ausencia de libertades, explotación y autoritarismo. Mi opinión sobre estos temas es irrelevante; lo importante es narrarlos, comprenderlos y, para quien así lo desee y se vea capaz, juzgarlos. Explicar o entender no es lo mismo que justificar, y mucho menos apoyar.
A lo largo de los años, me he topado con la misma pregunta una y otra vez: «Si tanto defiendes que en China hay libertad de expresión [sic], ¿por qué no les preguntas sobre Tiananmén?».
Con el tiempo, he descubierto que muchos relatos occidentales sobre este y otros eventos están plagados de exageraciones o incluso falsedades. Pero, en cualquier caso, no vine a China a evangelizar a sus habitantes. Vine a aprender y a comprender la cultura del país que me acoge. Mi opinión me la guardo para mí. No considero apropiado, ni es mi papel, llegar a una casa ajena y cuestionar su decoración o sus costumbres.
La actitud que he adoptado en China es la de observar, aprender y tratar de comprender una cultura que, en muchos aspectos, nos lleva milenios de ventaja. No vengo a juzgar ni a imponer mi visión del mundo, sino a absorber ese conocimiento y transformarlo en decisiones empresariales informadas y estratégicas. Mi objetivo es maximizar oportunidades y vender mi experiencia a quien la valore y esté dispuesto a pagar por ella.
Orden de los capítulos
Este libro está diseñado para ser explorado de manera flexible. No es necesario leerlo de principio a fin; cada capítulo puede abordarse de forma independiente, lo que permite al lector centrarse en los temas que más le interesen sin necesidad de seguir un orden específico.
Perspectiva personal
No pretendo en estas páginas ni exaltar ni criticar la realidad china. A través de mis experiencias y observaciones, busco ofrecer una ayuda al lector en su entendimiento. No hay una única China ni una sola forma de experimentarla, y no pretendo ofrecer verdades absolutas, sino más bien añadir capas de comprensión para quienes quieran y puedan valorarlas. Es un relato de casi dos décadas viviendo en este país, por lo que es probable que mi perspectiva esté influenciada por mis propias vivencias y limitaciones intelectuales.
Si algo me enorgullece del tiempo que he trabajado en este libro, es que no podría haber sido creado por una inteligencia artificial que busque caminos intermedios o respuestas neutras que contenten a todos los públicos. Su contenido nace de años de vivencias directas, con mis aciertos y errores, con mis propios sesgos y con una cosmovisión forjada a partir de la experiencia real, pero también de mi personalidad provocadora e irreverente, sin la cual probablemente no hubiera llegado a ciertos rincones que el mismísimo Pareto desaconsejaría, pese a que han convertido este viaje en único. Una vez más, quiero señalar que este no es un análisis distante ni aséptico, sino una interpretación basada en lo que he visto, vivido y comprendido a lo largo de los años.
China me ha hecho cambiar de opinión tantas veces que no puedo asegurar que no lo haga de nuevo. Ojalá el lector no tome mis vivencias como argumentos absolutos y sea capaz de cambiar de parecer tanto si coincide conmigo como si no lo hace.
«La habilidad más infravalorada del ser humano es su capacidad para desenamorarse de sus propias ideas».
INTRODUCCIÓN
Este libro busca responder una pregunta crucial: «¿Por qué China funciona, a pesar de las noticias distópicas con las que nos bombardea la prensa? En un mundo donde el relato predominante sobre este país asiático está cargado de prejuicios y desinformación, entender la verdadera naturaleza de su sistema político, social y económico se vuelve más necesario que nunca. China va a ser un territorio demasiado importante en nuestras vidas como para que nos podamos permitir ignorarla.
La escritura de este texto responde a un deseo de expresión propio. Una necesidad de conocer qué sabía yo sobre China, qué he aprendido todos estos años y cómo era capaz de dejarlo por escrito como legado para quien quiera y pueda valorarlo.
Lejos de ser solo una lectura informativa, este libro tiene un propósito claro: ayudar a comprender mejor China, a interrelacionarnos con su gente, a hacer negocios con ellos o, en el peor de los casos, a tolerar su ascenso como nueva hegemonía mundial.
El lector encontrará una visión abarcativa de China en todas sus vertientes: política, social, económica y empresarial. Estas páginas están pensadas tanto para quienes tienen o buscan una relación comercial con este país como para aquellos que simplemente desean comprender su cultura y la coyuntura actual de su evolución.
Parto de una premisa: seguimos observando China con ojos del siglo xx, aplicando las mismas categorías con las que analizamos Occidente, sin detenernos a entender su lógica propia. Este libro pretende cambiar de ángulo. Su objetivo es ser un punto de inflexión en la información que el lector ha recibido hasta ahora sobre China, desmontando mitos y ofreciendo una perspectiva fundamentada sobre un país que, nos guste o no, está redefiniendo el orden global.
Parte I
El yin y el yang del individuo: la psique y el carácter chino
Aunque en ocasiones resulta complejo desprender el individuo del grupo al que pertenece, trataremos de abordar cómo son los chinos como individuos, antes de abordarlos como comunidad.
«No hay sueños demasiado grandes, solo esfuerzos insuficientes».
1
Control del tiempo
El río infinito: influencia de filosofías como el taoísmo y el budismo en el individuo
La historia de Estados Unidos se mide en años, la historia de China en dinastías
En 1971, Henry Kissinger,[1] secretario de Estado de Estados Unidos, y Zhou Enlai,[2] primer ministro chino (posiblemente dos de los tres estadistas más influyentes del siglo xx), se reunieron en China en un viaje secreto para negociar un acercamiento, el primero entre las dos potencias desde la Segunda Guerra Mundial. En un momento distendido de la conversación, Kissinger le preguntó a Zhou su opinión sobre la Revolución francesa. La respuesta de este despertó una profunda admiración en Kissinger por la cultura china, que se ha mantenido hasta hoy: «Too soon to tell». Zhou explicó que la Revolución francesa era un acontecimiento demasiado reciente para valorarlo en toda su magnitud. Kissinger intentaba utilizar una partida de ajedrez para destacar la importancia de los valores democráticos en Estados Unidos desde su fundación. Sin embargo, la jugada de weiqi[3] que empleó Zhou sirvió para mostrar que los doscientos años de historia estadounidense estaban muy lejos de los cinco mil años chinos,[4] modificando así el equilibrio de la discusión y la negociación que se avecinaba. Mientras los eventos históricos de Estados Unidos se miden en días, meses, años…, en China se miden en dinastías.
Y para entender la magnitud de China y cómo este país siempre nos desborda, procesemos el siguiente dato: varias de esas dinastías chinas, individualmente, cuentan con más años de duración que la historia completa de Estados Unidos.[5]
¿Por qué nos cuesta tanto entender China?
En Occidente inventamos terminología, elaboramos categorías y generamos estándares que nos sirven para medir nuestras economías, para definir nuestros comportamientos humanos, para resolver problemas sociales, y extrapolamos todos esos conceptos para definir lo que es o no es China. Y naufragamos estrepitosamente.
Una de esas convenciones establecidas es la concepción del tiempo. En algún punto de la historia, la hegemonía política y económica que primero ostentaban los británicos y luego los estadounidenses se transformó en una hegemonía también cultural. Y de la misma manera que el inglés se erigió como la lengua franca, el dólar como el estándar monetario global, el ejército estadounidense como la fuerza policial internacional y Hollywood como la narrativa dominante de la realidad, alguien decidió que la percepción del tiempo también debía ser unificada y dirigida desde alguna universidad o centro de poder de Estados Unidos.
Pero eso no ocurrió, o al menos no globalmente. Algunos países han conservado su cultura, sus verdades y sus mentiras, su forma de explicar la historia, sus leyendas, su idiosincrasia y, en el caso que nos ocupa, su percepción temporal.
Tenemos un problema con la realidad
«Los chinos pueden esperar». Esta es quizá una de las frases más (irónicamente) desesperantes que mejor define a los chinos, su forma de entender el mundo y las problemáticas que se generan a la hora de entenderlos, comunicarnos y negociar con ellos.
Paradójicamente, esa hegemonía cultural que empleamos para definir nuestra visión del mundo (y hablo en primera persona del plural, ya que la antigua cultura anglosajona se ha fusionado con lo que hoy entendemos como cultura occidental, asumiéndola como propia) ha pavimentado un camino de errores del que nos resulta casi imposible desviarnos. En otras palabras, la construcción artificial de la realidad no nos sirve ya para manipular al resto; contrariamente, se ha convertido en un velo, agrega ruido a nuestros análisis y nos impide comprender China.
«En algún momento, es cierto, tuvimos problemas con China; hoy nuestro problema es con la realidad».
Los chinos pueden esperar
¿Qué significa que los chinos pueden esperar? Si hemos comprendido la anécdota entre Henry Kissinger y Zhou Enlai, significa que la percepción temporal de los chinos es diferente y, por lo tanto, no van a comportarse como nosotros creemos, lo que descuadra todos nuestros análisis estratégicos.
«La prisa es un fenómeno occidental, los chinos pueden esperar».[6]
La historia nos ha dejado varios ejemplos que han desencajado todos los cálculos estadounidenses en su relación con China.
Ejemplo 1. La invasión de Taiwán por la República Popular China
«Los chinos pueden esperar» en este caso significó y significa que, a pesar de los esfuerzos estadounidenses (desde 1949 hasta prácticamente ayer por la tarde, sea cuando sea que el lector esté leyendo este texto) por generar en el mundo la sensación y el miedo a una invasión inminente de Taiwán por la República Popular China, los chinos van a esperar, en sus propios términos, a que la fruta caiga por madura.[7] Esta frase es igualmente aplicable a los taiwaneses, que también esperan que la fruta caiga por madura y, más allá de las presiones que recibe, pretende alargar el statu quo de forma indefinida. Solo hay un tercero en discordia que no puede ni sabe esperar, al que se le acaba el tiempo para provocar una pelea.
Ejemplo 2. La devolución de Hong Kong por parte del Reino Unido
A pesar de cómo se nos explica la historia y la realidad actual en Occidente (volvemos a la visión unívoca anglosajona), Hong Kong es un ejemplo claro de cómo los chinos han sabido esperar con paciencia para recuperar lo que consideraban legítimamente suyo.
El territorio de Hong Kong, compuesto por la isla de Hong Kong, Kowloon y los Nuevos Territorios, fue cedido al Reino Unido en diferentes momentos bajo circunstancias coercitivas durante las guerras del Opio. Así, mientras que la isla de Hong Kong fue cedida de forma permanente en 1842, los Nuevos Territorios fueron incorporados (forzosamente) al Reino Unido por noventa y nueve años a partir de 1898.
Cuando se acercaba el fin de ese arrendamiento en 1997, los británicos ya no tenían un derecho legítimo sobre gran parte del territorio, dado que el plazo de cesión había expirado. A pesar de ello, China optó no por recuperar completamente lo que según el derecho internacional le pertenecía, sino por negociar la devolución, extendiendo la autonomía de Hong Kong por otros cincuenta años.
«Escuchando historias de ancianos chinos en Guangzhou aprendí una lección inolvidable: no hagas con prisa lo que es para siempre».
Irónicamente, Estados Unidos y Occidente, en general, han utilizado el grado de libertad y de autonomía concedidos a Hong Kong para generar corrientes opositoras y prensa contraria al régimen, y las represalias chinas han sido presentadas al mundo como una falta de compromiso de Beijing a largo plazo. La realidad es absolutamente opuesta. China tenía la legitimidad para poder entrar en Hong Kong en 1997 y arrasar con la herencia cultural británica fruto de una ocupación forzosa. Sin embargo, no lo hizo. Se dieron cincuenta años más.[8]
Ejemplo 3. Estrategias de crecimiento y desarrollo chinas
Mientras que los compromisos internacionales a largo plazo se ven frecuentemente afectados por factores externos (guerras o pandemias como la de la COVID-19) y factores internos (cambios de Gobierno o decisiones imprevistas de instituciones clave como la Reserva Federal), en China las políticas energéticas, los compromisos medioambientales y las estrategias de crecimiento se planifican y ejecutan con un horizonte de décadas, logrando a menudo alcanzar sus objetivos antes de los plazos estipulados.
«Occidente funciona con prisa, China deprisa».
La paciencia o espera consciente
Cuando reducimos esa actitud china a la simple idea de que «los chinos pueden esperar», corremos el riesgo de cometer el mismo error que mencionamos previamente: aplicar terminología y marcos de referencia occidentales a comportamientos que no encajan completamente con esos marcos de referencia. En la filosofía china, la paciencia, traducible como «espera consciente», es mucho más que una simple virtud; es un pilar fundamental que refleja una comprensión profunda del tiempo y la existencia.
A diferencia de la perspectiva occidental, que ve el tiempo como una línea recta y finita, los chinos lo perciben como un ciclo continuo. Esta percepción influye en su manera de actuar, pensar y planificar a largo plazo, una característica que ha marcado su historia y continúa definiendo su comportamiento en la actualidad.
El taoísmo y el budismo
El taoísmo, una de las filosofías más antiguas y arraigadas en la cultura china, introduce el concepto de wu wei, que se traduce como «no acción» o «acción en armonía con la naturaleza». Este principio no sugiere inacción, sino actuar en el momento adecuado, sin forzar los eventos antes de tiempo. Para los taoístas, intentar acelerar los procesos naturales solo conduce a la desarmonía y al fracaso. Así, la quietud no solo es aceptada, sino que se valora como una muestra de sabiduría y una estrategia inteligente. Esta idea ha impregnado la cultura china, donde esperar el momento adecuado es una práctica común que ha demostrado ser eficaz a lo largo de la historia.
El budismo, otra influencia poderosa en la mentalidad china, refuerza esta visión al concebir la vida como un ciclo interminable de nacimiento, muerte y renacimiento, conocido como samsara. En lugar de la presión por alcanzar todos los objetivos en una sola vida, el budismo enseña que el progreso puede extenderse a lo largo de muchas vidas, ofreciendo una perspectiva en la que la serenidad en la espera es clave para el desarrollo espiritual y personal. Este enfoque ha permitido a los chinos enfrentar la vida con una calma y perseverancia que contrasta fuertemente con la urgencia típica de las sociedades occidentales.
Un punto controvertido, en el que no profundizaremos aquí, es el choque entre la concepción de la democracia occidental, marcada por ciclos de cambio cada cuatro años, y la visión china, enfocada en el largo plazo.
Resulta difícil imaginar a un estadista occidental negociando la recuperación de una parte de su territorio a cincuenta años vista, teniendo en cuenta que no podría beneficiarse electoralmente de los frutos de ese éxito. El ser humano se mueve por incentivos y, en el contexto occidental, estos se hallan diseñados para que las políticas a corto plazo, que se pueden completar en tres o cuatro años, se valoren mucho más, ya que pueden presentarse como logros en futuras elecciones. Esto deja de lado discusiones cruciales a largo plazo, como la inmigración, el envejecimiento poblacional, la insostenibilidad de los sistemas jubilatorios, el impacto ambiental, la transición energética y otros desafíos estructurales que requieren una planificación de veinte, treinta o incluso cincuenta años.[9]
2
Individualismo
Un latido solitario: la búsqueda de la autonomía personal
Deng Xiaoping, el hombre que lo cambió todo
Cuentan los más ancianos del lugar que, cansado de ver cómo la productividad agrícola china era superada incluso por países con peores condiciones, Deng Xiaoping[10] organizó una visita a las fértiles tierras del sur de China para entender mejor el problema.[11]
Recorrió varias provincias en las que se acercaba a los agricultores y les preguntaba qué cultivaban. «Arroz», respondía uno; «maíz», decía otro. Los cultivos eran adecuados para cada región, pero los niveles de producción eran alarmantemente bajos. Finalmente, Deng se encontró con un agricultor que le explicó que cultivaba sandías. Le preguntó entonces si aquella era la mejor tierra para sembrarlas, a lo que el hombre, resignado, respondió: «Hago lo que me mandan. Me asignaron esta parcela y me dijeron que sembrara sandías».
Intrigado, Deng quiso saber más: «¿Y cómo funciona la producción?», preguntó. El agricultor explicó: «La primera sandía que se produce es para mí, y el resto para el Estado». «¿Y cuántas salen?», inquirió Deng. «Una», respondió el agricultor.
Fue entonces cuando Deng, famoso por su enfoque práctico, propuso un cambio. «A partir de ahora, la primera que se produzca será para el Estado, y las excedentes para ti». La revolución que esto produjo forma ya parte de los libros de historia. El crecimiento agrícola de China desde la puesta en marcha de las reformas de Deng es todavía hoy un caso de estudio en universidades y escuelas de negocio de todo el mundo.[12]
Desaprendamos lo que creemos saber sobre China
El individualismo chino es un fenómeno que a menudo se malinterpreta debido a los estereotipos predominantes que presentan a los chinos como parte de un colectivo homogéneo y gregario, subordinando al individuo a los intereses del grupo actuando por un supuesto bien común. Sin embargo, esto está lejos de la realidad, de la historia de China y de su ADN cultural.
A lo largo de los siglos, el ciudadano chino ha cultivado un individualismo intrínseco que ha permeado tanto en la vida económica como social y que ha sido apenas alterado durante los treinta años de comunismo maoísta.[13]
La percepción del individualismo en China
La narrativa que nos habla de los chinos como un pueblo que trabaja por un interés común ha sido funcional para las dos maquinarias de propaganda más importantes de nuestra era: la estadounidense y la china. En realidad, esa aproximación es, en la más benevolente de las apreciaciones, superficial y no capta la complejidad del individualismo que subyace en la sociedad china. El individualismo ha sido y es una característica central del pueblo chino.
Cabe destacar también que, en el otro extremo, personas que perciben ese individualismo y lo critican injustamente, lo hacen porque este se manifiesta en formas que a menudo pueden confundirse con egoísmo o con la ambición más despiadada. En realidad, este individualismo está profundamente ligado a la autonomía personal y la capacidad de autosubsistencia.
El individualismo en el día a día
El individualismo chino se puede observar fácilmente en el día a día de su sociedad. Más allá de mi afán por analizar los microcomportamientos de la sociedad, uno solamente debe salir a la calle para maravillarse de cuán diferente es esta sociedad a cómo nos la habían contado.
Desde los procesos decisorios de optimización de espacios y tiempos en los pasos de cebra, hasta el desdén en la ayuda hacia ancianos, niños o personas con dificultades, observar a la sociedad china es el mayor ejercicio de atomización individual que probablemente podamos encontrar sobre la faz de la tierra.
El individualismo en la esfera laboral
Un entorno donde el individualismo chino es fácilmente observable es en el mundo laboral, donde las personas operan bajo una lógica transaccional pura y dura.
Los contratos con un fuerte componente variable son frecuentemente malinterpretados en los análisis occidentales: «Cuanto más trabajas, más ganas». El sindicalismo es una mera formalidad: puede manifestarse de jure, pero es inexistente de facto. El salario mínimo resulta irrelevante en una sociedad donde la remuneración se basa en méritos, y en muchas ocasiones, se paga por hora o incluso por pieza producida. En este contexto, la discusión sobre el número de días festivos pierde relevancia. Mientras que en nuestra cultura un festivo es percibido como un día ganado al empleador, en gran parte del sistema laboral chino, un festivo es simplemente un día no remunerado. Por ello, la negociación no gira en torno a cuántos días se pueden cobrar sin trabajar, sino a cuántos días se está dispuesto a renunciar a ingresos para poder visitar a la familia, que es, en muchos casos, el único motivo real para dejar de trabajar.
Cuando un compañero está sobrecargado de trabajo, no es común que los demás ofrezcan su ayuda, a menos que haya un incentivo económico que lo motive. El individualismo se refleja en la tendencia a buscar recompensas directas y en la falta de un fuerte sentido de pertenencia hacia la empresa o con los compañeros. En este contexto, si un trabajador termina su tarea, simplemente se va, sin preocuparse en absoluto por la carga de trabajo de la empresa en general o de los compañeros más cercanos en particular.
El individualismo en China se percibe de manera tan distinta que no solo es habitual entre aquellos trabajadores que completan sus tareas y se retiran, sino que además está plenamente justificado por quienes permanecen. Estos últimos no expresarían jamás quejas al respecto, ya que consideran comprensible dicha actitud, dado que ellos actuarían de la misma manera. En muchas ocasiones, incluso no entienden por qué se les pregunta al respecto, ya que perciben este comportamiento como algo completamente normal.
«¿Si yo no obtengo parte de tu trabajo por qué iba a adquirir parte de tu remuneración? La lógica de la sociedad china resulta aplastante».
A un nivel superior, directivos y emprendedores chinos tampoco muestran menos individualismo; todo lo contrario, quizá son el paradigma más evidente de cómo el individualismo chino es un factor indisociable de las décadas de crecimiento más importantes del país. Han maximizado en la medida de lo posible la externalización de sus costes al medioambiente, a la sociedad y a sus propios trabajadores. La contaminación de tierras agrícolas y la degradación de los ríos son una consecuencia de esta práctica, intensificada por la desregulación durante las décadas de mayor crecimiento económico. El llamado «capitalismo salvaje» que levantó el país desde la más absoluta miseria, se construyó sobre niveles de explotación laboral y medioambiental desconocidos en Occidente desde la Revolución Industrial.
«Los chinos no han inventado ningún modelo económico, lo que sí han hecho es probarlos todos».
Sistema de salud público, de pago
En China la explotación laboral ha sido desenfrenada, con escasos o inexistentes mecanismos de compensación para quienes sufrían accidentes laborales. Todo ello refleja un sistema en el que el bienestar individual (en este caso empresarial) es prioritario, y donde los servicios sociales han sido extremadamente limitados y, en su mayoría, a pesar de ser sistemas públicos, de pago individual.
Al contrario de lo que nos explican desde muchos altavoces mediáticos con intereses políticos, en China se socializan muy pocos costes; muy al contrario, la mayoría están individualizados.[14]
Los trabajadores han sido, y en muchos casos siguen siendo, piezas reemplazables y descartables dentro de un engranaje en el que la maximización de la eficiencia es el factor clave en la toma de decisiones.
«Los beneficios empresariales no son lo más importante, son lo único importante».
El mito del colectivismo y la realidad de la competencia feroz
Otro ejemplo revelador del individualismo en China es el sistema educativo. Desde la infancia, los niños son entrenados para competir, no solo con el fin de obtener buenas calificaciones en términos absolutos (cuanto más altas, mejor), sino también en un sentido comparativo, donde un número indica la posición del alumno en relación con sus compañeros. El nombre de cada escuela contiene un número: Escuela de primaria 1, Escuela de primaria 2, etc., clasificando (en su acepción más clasista) a los ciudadanos y el centro educativo al que ha podido acceder cada alumno. Dentro de esas escuelas, los estudiantes se dividen en diferentes clases según su nivel académico, lo que desde la perspectiva occidental podría degenerar en una estigmatización de base de los niños.
El objetivo de los padres, y la presión que ejercen sobre sus hijos, no siempre se enfoca en mejorar las notas en sí, sino en subir posiciones en el ranking. Cualquier descenso en la tabla clasificatoria puede ser motivo de preocupación, mientras que los avances se interpretan a menudo como insuficientes, esperados o realmente meritorios, sin tener en cuenta que una competencia cerrada es un juego de suma cero: no puede haber dos alumnos en el puesto número uno, y si algunos suben en el ranking, inevitablemente otros bajarán, aunque todos hayan logrado calificaciones destacadas.
Este sistema extraordinariamente focalizado en la exposición de las desigualdades individuales y la meritocracia educativa alcanza su punto máximo de ebullición en el gaokao,[15] el examen de acceso a la universidad.
Fútbol versus ping-pong
En una de las primeras conversaciones que tuve con un profesor de Sociología chino, hablando del individualismo extremo que veía en el país, me dejó una reflexión que se quedó grabada en mi memoria para siempre: «¿Te has fijado en lo buenos que somos en los deportes individuales y lo nefastos que somos en los colectivos?». En el aire flotaba la sombra del último éxito chino en ping-pong y el reciente fracaso en fútbol.
Desde entonces, ha llovido mucho. China, ya sea por el ingente esfuerzo económico o por la magnitud de su población, ha mejorado notablemente tanto en disciplinas individuales como en deportes por equipos. Pero, de alguna manera, el ping-pong y el fútbol permanecen ahí, inalterables, como paradigmas de esa facilidad casi innata para progresar de forma individual cuando el éxito depende mayormente del trabajo, la constancia y el sacrificio de cada uno y la dificultad evidente para combinar destrezas y alcanzar un éxito colectivo cuando los logros llegan a través de la coordinación colectiva. Son dos deportes que, aunque parezcan distantes, encapsulan a la perfección el carácter y las contradicciones de una sociedad marcada por la dualidad entre el brillo del dragón solitario y la torpeza de la multitud desorganizada.
«Un japonés es una hormiga, pero mil japoneses son un dragón; un chino es un dragón, pero mil chinos son mil hormigas».
«Nómbrenme seleccionador nacional. Estoy seguro de que, entre mil trescientos millones,[16] puedo encontrar once que sepan darle patadas a un balón». Cuántas veces habré repetido esa frase a lo largo de los años, como si el problema fuera la habilidad para encontrar talento y no algo profundamente social. Por supuesto, el ejemplo futbolístico es enmendable con facilidad. Se podría argumentar que el fútbol simplemente no formaba parte de la cultura china, aunque, con el paso de los años, esa excusa es cada vez menos válida y los resultados siguen siendo los mismos.
En aquella época, apenas se practicaba el fútbol, este deporte movía muy poco dinero y la selección nacional estaba plagada de jóvenes escogidos no por su talento, sino por las conexiones y el dinero de sus padres.
Hoy, por el contrario, el fútbol es uno de los deportes más practicados en el país, tras una década en la que literalmente el sector de inversiones se ha visto favorecido como nunca se había hecho en otro deporte. Incluso fue incluido en los planes quinquenales del Gobierno.[17] En la actualidad, en teoría, solo los mejores llegan a la selección, aunque, lamentablemente, con idénticos resultados.
En cualquier caso, mi esperanza no decae. La inversión económica es tal que resulta difícil seguir imaginando China fuera de los mundiales, más aún con las reformas de estos campeonatos para dar cabida a más países, y al ritmo que va el país en otros sectores, no dudo que algún día veremos una selección china campeona.
Una excepción en el ámbito deportivo puede surgir en deportes de pareja, donde uno de los miembros sobresale como líder indiscutible y el otro acepta un rol secundario, lo que refleja una vez más la estructura jerárquica que funciona de manera eficiente en China. Sin embargo, esto es más difícil de replicar en deportes de equipo, donde múltiples egos, intereses divergentes y la presencia de varias estrellas mundiales hacen que la cooperación fluida sea un reto, y las tensiones por el liderazgo resulten inevitables.
Cuando el cálculo individual supera la compasión humana
Tras casi veinte años refutando bulos sobre China, debo reconocer y admitir una crítica que, aunque a menudo se presenta como una noticia falsa, lamentablemente no lo es. Me refiero al hecho de que, ante un accidente, sea de menor o mayor gravedad, desde una persona que tropieza en la calle hasta alguien que es atropellado por un vehículo, una gran parte de la sociedad china tiende a seguir su camino, ignorando la solicitud de ayuda del herido o, peor aún, sin llamar a la policía o una ambulancia si ven a alguien inconsciente.
En defensa de la ciudadanía china, cabe señalar que esta actitud está cambiando con el tiempo y tiene sus raíces en el miedo a verse involucrado en el accidente como presunto responsable y los costes que ello pudieran llegar a repercutir. Existen varias razones detrás de este comportamiento y la falta total de empatía en pos del individualismo y las decisiones cuyo único objetivo es el del bienestar propio. Sin embargo, desde nuestra perspectiva occidental, resulta difícil justificar cualquier tipo de cálculo en situaciones de vida o muerte. Es complejo entender que la reacción automática e instintiva no sea la de actuar de manera decidida para socorrer al herido.
Creo que es esta una crítica pertinente. A menudo me encuentro con simpatizantes de China que niegan, suavizan o justifican esta realidad. En mi opinión, aquellos que apreciamos a este país deberíamos ser implacables en este tipo de valoraciones. Afortunadamente, cada vez vemos más menciones en redes sociales de «héroes» que, tras asistir a heridos o incluso arriesgarse para ayudar a personas en peligro, reciben el reconocimiento que merecen. Esto demuestra que la propia sociedad china es consciente de este problema y, a través de la presión social, está trabajando para corregirlo.
Un Gobierno en contra de su propio ADN
En análisis occidentales, es muy común encontrar opiniones sobre los chinos que los califican como un pueblo cohesionado y que lucha por un objetivo común; también en la propaganda china, que suele ser la única fuente de información accesible para quienes no viven en China. En realidad, cada vez que observamos una medida gubernamental en favor de esa socialización del país, lo que estamos viendo es justamente una lucha del Gobierno chino en contra del ADN de sus ciudadanos.
«Un error muy común es definir China como un caos ordenado, lo que implicaría cierto control sobre la eficiencia en los procesos. No, eso no es China. China es un caos disciplinado. Lo que conlleva no orden sino disciplina. Desde el respeto a la autoridad, se puede hacer prácticamente cualquier cosa. Y se hace desordenadamente».
Los controles de capital en China no existen porque todos remen en la misma dirección económica, sino porque, en libertad, los chinos buscarían, como de hecho lo hacen, sacar sus capitales fuera del país para escapar del control gubernamental sin preocuparse por el bienestar colectivo. Se podría argumentar que el ciudadano chino tiene incluso menos remordimientos al hacerlo que un estadounidense o cualquier otro ejemplo de nacionalidad que consideremos individualista. Mientras que en otros lugares se podrían considerar las consecuencias para el conjunto de la sociedad que esto podría tener, los chinos tienden a priorizar la protección de su riqueza personal frente al control del Estado, con una nula preocupación por el impacto económico en el conjunto del país.
Más allá de los ejemplos económicos, en la vida cotidiana china se observan otros casos claros de comportamiento individualista y de cómo el Gobierno pelea contra ese ADN. Las vallas que encontramos en calles o estaciones de tren no están allí porque los ciudadanos se desplacen ordenadamente hacia su destino, sino porque, en ausencia de estas barreras, no lo harían. La ruta más rápida entre un chino y su objetivo es una línea recta, y tomará esa dirección sin detenerse a considerar los efectos colaterales. Ya sea pisar el césped en un parque, interrumpir el tráfico en un cruce o provocar colapsos en las taquillas de una estación, lo hará sin preocuparse por los daños que pueda causar en su entorno. Este comportamiento refleja una actitud pragmática, en la que el interés individual prima sobre las normas de convivencia, lo que hace necesarias medidas como las vallas para mantener cierto orden en el espacio público.
La labor de adoctrinamiento en el nacionalismo chino que se está realizando es mayúscula. Tras observar lo bien que ha funcionado en países como Estados Unidos o en diversos estados europeos, el Gobierno chino ha reconocido ese potencial. Actualmente, se percibe un incremento en el amor por la bandera y las selecciones deportivas nacionales, y un crecimiento del odio hacia Estados Unidos, un sentimiento que apenas existía hace quince años. De forma paralela, hay una politización en auge de la sociedad, un fenómeno novedoso que, aunque limitado en comparación con otros países, está creciendo de manera extraordinaria.
Con todo ello, me permito predecir el fracaso de estas medidas. La sociedad china es notablemente individualista. Más allá del folclore nacionalista, su objetivo microeconómico último consiste en la maximización de su bienestar individual y, en todo caso, si como consecuencia indirecta el país prospera a nivel macroeconómico, bienvenido sea. Sin embargo, los chinos presumiblemente no harán ningún esfuerzo adicional para contribuir a ese resultado. Esta actitud, que no varió durante las tres décadas de comunismo más extremo, difícilmente cambiará hoy, con el progreso que han experimentado a pesar de los esfuerzos de sus dirigentes.
La familia como la unidad mínima de individualismo
Si hubiera una enmienda a la totalidad a los argumentos presentados en este capítulo, esa sería la familia. En China, la familia constituye la única excepción al individualismo predominante, que más bien puede entenderse como una extensión de la individualidad. Es decir, la familia se convierte en la unidad mínima de este individualismo. A pesar de los profundos ataques que ha sufrido por parte del Gobierno, la familia sigue siendo el pilar fundamental de la sociedad china. Es en este contexto donde el individualismo cede espacio a la cooperación y al apoyo mutuo. A nivel familiar, los chinos demuestran una lealtad profunda, y es común que los hijos asuman la responsabilidad del bienestar de sus padres en la vejez, mientras que los padres hacen sacrificios significativos por el futuro de sus hijos.
La ley del hijo único tuvo un profundo efecto colateral sobre la cohesión familiar. Aunque su propósito inicial era controlar el crecimiento demográfico, la política también sirvió para debilitar las estructuras de lealtad familiar. Forzó a los niños, que crecieron sin hermanos, a buscar relaciones similares a la fraternidad entre sus compañeros de clase. Este vacío en las dinámicas familiares tradicionales facilitó que el Estado intentara transferir esas lealtades hacia el Gobierno. Estrategias como el culto al gran timonel fomentaron la lealtad extrema al Partido Comunista, hasta el punto de incentivar a los hijos a denunciar a sus propios padres bajo sospecha de traición o contrarrevolución. Sin embargo, estas políticas han resultado en gran medida fallidas. La familia sigue siendo el núcleo desde el cual se toman las decisiones personales, profesionales y económicas.
Síntesis de una individualidad incomprendida
El individualismo chino es un fenómeno complejo que desafía las concepciones occidentales sobre colectividad y cooperación. A lo largo de mis años en China observando su sociedad, he ido transformando mis impresiones iniciales, que estaban influenciadas por comparaciones culturales, muchas veces injustas. A diferencia de lo que muchos creen, el individualismo en China está profundamente arraigado y se manifiesta en todos los aspectos de la vida, desde la economía hasta el ámbito educativo y laboral.
Este individualismo está impulsado por una ambición feroz, el deseo de prosperidad económica y una profunda veneración por el dinero. La memoria colectiva de la población china aún guarda los peores años del comunismo, las hambrunas que se llevaron decenas de millones de vidas y cómo lograron salir de la miseria: a través del esfuerzo personal. Aunque en el futuro el bienestar podría llegar a socializarse, hasta ahora, el sufrimiento siempre se ha vivido de manera individual.
«En el régimen más colectivista de la historia, el sufrimiento se vivió de forma individual».
A pesar de que en los últimos años, bajo el liderazgo de Xi Jinping, el Gobierno ha intentado socializar algunos costes y fomentar una narrativa más comunitaria, estos esfuerzos han sido limitados y no han tenido la aceptación esperada entre la población.[18] El individualismo sigue predominando, ya que los chinos valoran su autosuficiencia y la responsabilidad sobre su propio bienestar.
El ahorro es un reflejo más de este individualismo y de la escasa confianza que tiene el ciudadano chino en las coberturas sociales. Los chinos, que componen una de las sociedades más ahorradoras del mundo, siguen el principio de que la riqueza no se acumula por azar, sino por el esfuerzo continuo y la inversión, y se han convertido en ejemplos paradigmáticos de libros como El hombre más rico de Babilonia.[19] Este rasgo ha convertido a la sociedad china en una de las más propicias para el desarrollo del capitalismo en su máxima expresión.
El individualismo no solo ha sido clave para el crecimiento económico del país, permitiendo la salida de la pobreza a cientos de millones de seres humanos, sino que también ha creado una sociedad altamente competitiva. En este entorno, el éxito individual muchas veces se alcanza a expensas de los demás, lo que refleja un sistema donde la ambición y el pragmatismo son esenciales.
A pesar de la creencia errónea de que China prospera gracias a una cultura colectiva, es precisamente este individualismo lo que ha permitido el avance del país. Me he encontrado, en conferencias y debates, a quienes intentan refutar esta idea, basándose en relatos teóricos o idealizados. Sin embargo, y como conclusión de este capítulo, la realidad del individualismo chino se puede observar con claridad en dos aspectos clave, mediante la formulación de dos preguntas: «¿Por qué se establecen las empresas en China?», y «¿Quién paga por los servicios?».
Con respecto a la primera cuestión, dado que el dinero no tiene patria ni valores y fluye tan solo hacia donde puede reproducirse a mayor velocidad, resulta claro que China ha logrado desarrollarse industrialmente al crear un entorno inigualable para el fomento del capitalismo y el enriquecimiento individual, ofreciendo condiciones incomparables en ningún otro punto del globo. Más allá de la preferencia anunciada de los actores que han discriminado China por su supuesto sistema comunista, la preferencia revelada de las acciones de estos actores nos muestra cómo, huyendo de entornos altamente regulados, han elegido invertir en este país por encima de cualquier otro, por desregulado que estuviera, países a priori más capitalistas que China, y también de otros estados con mano de obra más económica.
En cuanto a la segunda pregunta, invito al lector a reflexionar: en su propio país, ¿quién paga por los servicios básicos? ¿Son los ciudadanos que hacen uso de ese servicio, excluyendo a quienes no pueden permitírselo, o se socializan los costes para poder incluir a toda la población? ¿El acceso a estos servicios se mutualiza para garantizar la inclusión o, por el contrario, se discrimina por capacidad de pago? Responder a esta pregunta es clave para entender que China representa una de las sociedades más individualistas del mundo, donde los servicios no se socializan, sino que se individualizan, y el acceso a ellos depende de la capacidad económica de cada persona.