Citas

El río aún no se había congelado; y sus olas plomizas se oscurecían tristemente entre las orillas uniformes, cubiertas de nieve blanca.

ALEKSANDR PUSHKIN,

La hija del capitán

El emperador era un hombre anciano. Era el emperador más anciano del mundo. A su alrededor, la muerte daba vueltas y vueltas, segaba y segaba sin cesar.

JOSEPH ROTH,

La marcha Radetzky

Al pronunciar esas extrañas palabras, sus ojos brillaban con una luz sobrenatural. Se notaba que su espíritu, exaltado por la soledad, se creía dotado de un poder mágico.

THÉOPHILE GAUTIER,

El capitán Fracaso

La fiebre o la locura habían alcanzado tal grado de intensidad que el mundo exterior ya no era para el desdichado más que una especie de apocalipsis visible, palpable, aterrador.

VICTOR HUGO,

Nuestra Señora de París

1

Las hijas

El aire parecía el aliento del infierno. Sintió que la camisa se le pegaba al cuerpo como una segunda piel. Miró fijamente el disco del sol: teñía la laguna de un rojo intenso. Inmóvil, el agua parecía una única extensión líquida de bronce incandescente.

Suspiró. Y luego esperó.

Esperó hasta que la luz de color bermellón se volvió más sombría, virando a un rojo más oscuro, similar al óxido. Cuando el último destello de sol se iluminó en el horizonte y el mundo de pequeñas y grandes embarcaciones se perdió en la oscuridad de la noche, encendió la linterna.

Dando la espalda a la laguna se dirigió hacia la vieja casa medio derruida que desde hacía algún tiempo era su refugio. Se trataba de una vieja ruina, una casa de labranza decrépita que conocía como la palma de su mano y que se encontraba algo alejada de la orilla. Se había retirado allí hacía tiempo para borrar sus huellas, eligiéndola como su refugio improvisado, consciente de que, en un lugar así, nadie vendría a buscarlo ni le molestaría.

Llevaba ya un tiempo fuera de Venecia. Había sido muy oportuno dejar que se calmaran las aguas después de lo que había ocurrido unos años antes. Había reducido su presencia y, cuando iba allí, se aseguraba de hacerlo con mucho tacto y cautela.

Pero ahora tenía intención de vengarse. Había esperado lo suficiente.

El aire caliente le trajo el olor podrido y nauseabundo del agua muerta de la laguna. Parecía que cientos de cuerpos se estuvieran descomponiendo y que Venecia descansara sobre los cadáveres de generaciones enteras de mujeres y hombres.

Escupió al suelo, disgustado. Odiaba esa ciudad. Y odiaba ese maldito calor. Sin embargo, quería hacerse con el gobierno. El recuerdo de lo que le había sucedido a su familia no le dejaba otra alternativa. Llegado a la puerta de madera, empujó con el hombro el picaporte y entró.

Dejó la linterna sobre un tablero que reconoció incluso en la oscuridad. Un charco de luz se extendía a su alrededor como el aura de una estrella moribunda.

Dio unos pasos más hacia el cubo de hierro que había preparado antes de salir. Lo agarró y, con él en la mano derecha y la linterna en la izquierda, pasó a una segunda estancia y luego a una tercera. Iluminando el espacio que se iba abriendo delante de él, llegó a una puerta. De la pared colgaba un gran clavo de hierro. Colocó la linterna en el suelo y descolgó un manojo de llaves oxidadas.

Bajó el picaporte y, tras volver a coger la linterna, salió al patio.

Allí, un olor repugnante a estiércol y sangre le asaltó las fosas nasales. Avanzó sin prestar atención mientras comenzaba a oír un ruido extraño. Parecía provenir de la tierra misma, como si las almas de los difuntos estuvieran gritando desde las entrañas del mundo, en un intento desesperado de ser oídas. A medida que atravesaba el patio y se acercaba a una especie de establo que parecía a punto de derrumbarse, aquel lamento espeluznante fue aumentando de intensidad.

Al llegar frente a las puertas de hierro del establo eligió una llave del manojo y la introdujo en la cerradura. Después de dos vueltas, la cerradura se abrió y él abrió una de las dos grandes puertas. En ese momento tuvo que levantarse el pañuelo que se había puesto en el cuello, para cubrirse la boca y la nariz. Los olores que emanaban de aquel lugar se parecían a los de una fosa común al aire libre, como si en aquel espacio oscuro se hubiera comprimido todo un universo en putrefacción.

Paso a paso oyó a sus hijas llamándolo.

Era un alboroto de gritos espeluznantes. Las criaturas que los emitían no daban la impresión de tener nada de humano: temblaban, gruñían, rugían rezumando dolor, rabia y rencor.

—Aquí estoy —dijo el hombre—, aquí estoy, hijas mías.

Fuera lo que fuera ese grupo de criaturas gritonas, se callaron al oír su voz. Un instante después, dos, cuatro, seis, ocho ojos rojo-amarillo brillaron en la oscuridad, incandescentes a la luz de la linterna. En cuestión de segundos eran decenas.

El olor de lo que contenía el gran cubo debió de despertar su bestial apetito, porque aquella aterradora cacofonía de gruñidos y rugidos roncos se reanudó de repente.

El hombre no perdió más tiempo y, al llegar frente a una especie de recinto, más parecido en realidad a una gran jaula de madera, debido a unas mallas muy estrechas, volcó el contenido del cubo en su interior.

Despojos, corazones, lomos, huesos y músculos desarticulados llovieron en un único río de sangre y carne en el centro de la jaula.

Las hijas, juntas, en un único montón de músculos y hocicos babosos, se abalanzaron sobre la comida preparada por el hombre.

2

El jorobado

Marco Grisoni caminaba apresuradamente. Estaba oscuro y él no veía la hora de llegar a casa. Se sentía infinitamente cansado después de ese día inútil, gastado, una vez más, en recibir insultos y quejas de los enemigos de los Mocenigo y, por lo tanto, del Dux, la figura de máxima autoridad en la República de Venecia.

Como si él pudiera hacer algo al respecto. Por no hablar de que no tenía nada en contra de Su Serenidad. Al contrario, siempre lo había estimado, desde que había desempeñado un gran papel en la segunda guerra de Morea, la sexta de las otomano-venecianas.

Por mucho que Alvise Pisani, jefe de la facción adversaria, tuviera motivos para quejarse, no dudaba en afirmar que Alvise Sebastiano Mocenigo era uno de los mejores dux que recordaba.

Inspiró. Y el bochorno le cortó la respiración. Una ola de calor sofocante azotaba la ciudad, cortando el aliento. El sol se había puesto hacía mucho, pero la noche no parecía ofrecer ningún alivio. De los canales se elevaban olores intensos y punzantes: una mezcla de algas, sal y pescado podrido. Tuvo la sensación de que Venecia estaba muriendo poco a poco, día tras día. El agua estancada, lejos de refrescar, contribuía a hacer aún más intensa e insoportable la humedad.

Ya estaba cerca del puente de las Agujas, en Cannaregio.

Desde allí giraría a la derecha y se dirigiría por fin hacia su palacio. Iba anticipando la idea de un buen malvasía helado y tal vez unas sardinas en saor. Nada más. Era un hombre que sabía conformarse.

Fue entonces cuando divisó a alguien.

Iba envuelto en un manto oscuro y llevaba un tricornio. Cerca de las agujas blancas, las cuatro antorchas en las esquinas del puente emitían destellos, iluminando la escena en claroscuro, pero no le permitían distinguir nada más.

O, mejor dicho, quizá había algo más.

Una extraña protuberancia, una joroba monstruosa parecía crecer en la espalda de aquel hombre. Grisoni no daba crédito a sus ojos. Era realmente aterradora. Pero tal vez no era así. Se equivocaba.

Un gruñido provino directamente del lugar donde se encontraba el hombre. Prolongado. Inquietante. Espeluznante.

Grisoni no distinguió de qué se trataba. Pero las ganas de irse a casa eran tales que intentó no hacerle caso. Se dijo que subir los escalones rápidamente y luego bajarlos con la misma velocidad no le llevaría más que un instante.

Miró a su alrededor. No vio a nadie. Era tarde y el puente estaba desierto. Y también lo estaban las callejuelas y el canal de Cannaregio que corría frente a él. No tenía tiempo para llamar a un soldado del barrio y quién sabe dónde debía estar el Signore di Notte al Criminal.[1] Probablemente en alguna taberna solazándose con una ramera.

Malditos holgazanes. Y pensar que la Serenísima les pagaba generosamente para mantener el orden durante la noche… Si al menos fuera así…

Entonces ¿qué hacer?

En eso estaba pensando Marco Grisoni, secretario de la Cancillería de la Serenísima República de Venecia, mientras se acercaba al puente. Y cuanto más se devanaba los sesos para explicarse aquella ineficiencia, menos alternativas se le ocurrían. Por lo tanto, decidió hacer lo que se había prometido.

Esperaba coger al otro por sorpresa.

Al llegar al pie del puente dio un salto adelante y subió los escalones de dos en dos. Lo hizo fingiendo tener prisa, como si debiera mantener las apariencias, casi como si, ante el peligro, fuera necesario salvar el decoro que le imponía su profesión.

Intentó evitar cruzar la mirada con el hombre monstruoso, pero, por alguna singular razón que no sabía explicar, se sintió extrañamente atraído por ese mismo peligro que quería eludir con todas sus fuerzas. Porque el miedo aterroriza y fascina al mismo tiempo. Siempre.

Fue solo un instante: ya se hallaba bajando los escalones por el otro lado.

Vio a un hombre de hombros anchos y pelo largo y sucio. Le caía sobre la cara por debajo de las puntas del tricornio.

No le pareció un veneciano.

Fue entonces cuando oyó un rugido sordo y burbujeante que le heló la sangre en las venas. Inmediatamente después, la joroba se movió ante sus ojos.

Esperaba no desmayarse en ese momento. El miedo era tal que las piernas casi le fallaron y se quedó inmóvil tratando de afrontar el descenso. De repente, le pareció perder el control de sus movimientos.

Con un esfuerzo supremo se impuso la calma. Tenía que llegar abajo. Estaba casi a salvo.

Y además, por inquietante que fuera, la figura del puente estaba inmóvil, aparte de lo que tenía sobre el hombro.

¿Y si era…?

Marco Grisoni no tuvo tiempo de pensar más. Puso un pie en falso. Y cayó rodando por los escalones del puente de las Agujas.

Se encontró boca arriba. Retrocedía sobre los codos. Ni siquiera sabía por qué. Lo hacía por instinto, como si su cuerpo hubiera comprendido lo que la mente se negaba a aceptar. Algo avanzaba hacia él.

Tenía los ojos rojos.

Y las fauces babosas.

Y hambre.

Un hambre insaciable.

Sintió un tirón en la base del cuello. Abrió la boca para gritar, pero no salió nada. Algo le había hincado dos colmillos en la yugular. Podía sentir la sangre brotando de la doble herida.

Era como si dos ganchos se le hubieran clavado en la carne. Y alguien le estuviera chupando la vida.

Pronto sintió un frío indescriptible. Lo había deseado tanto, en aquella noche calurosa de verano…

Y ahora ya lo tenía ahí.

3

El Fonteghetto de la Farina

Charlotte se levantó de la cama. Antonio se quedó mirando su espalda desnuda y perfecta. La piel suave, blanca como la cara de la luna. Esa piel de aroma delicado que había acariciado hasta que se le consumieron las palmas de las manos. Ya la echaba de menos, porque sabía que se iba. Aquella marcha antes del amanecer era su forma de hacerle entender que, aunque lo amaba, no le pertenecía. Y a él le parecía bien.

En aquellos años, su historia de amor había tomado un rumbo no del todo previsible y muy alejado de las convenciones. Y, sin embargo, era el único posible, ya que ninguno de los dos quería casarse, dado que ambos necesitaban su arte para vivir. Y Antonio sabía que una familia, unos hijos, unos roles precisos impuestos por la sociedad habrían sido la muerte para ambos.

Quizá por eso seguía enamorado de Charlotte. Y estaba dispuesto a apostar a que, de la otra parte, se podría decir otro tanto. O, al menos, eso esperaba Antonio. Aún no podía entender cómo una mujer tan formidable había podido elegir a alguien como él.

Mientras a la luz de una linterna la observaba prepararse detrás del biombo, fantaseaba una vez más con las suaves y maravillosas curvas de su cuerpo que, casi como queriendo ayudarlo en esa tarea, se dibujaban en sombras tenues y voluptuosas sobre el impalpable papel de arroz de los paneles verde agua. Antonio había elegido que le hicieran ese maravilloso separador, con marcos dorados que culminaban en deliciosos escudos en forma de leones, precisamente por esa razón, ya que le permitía ver, aunque de forma velada, las formas de su amada.

Charlotte debía de ser muy consciente de ello, pero el hecho de que no se opusiera a utilizar el biombo y que, al contrario, se demorara mucho en prepararse detrás de aquellos paneles del color del mar, sugería a Antonio que ella disfrutaba vistiéndose de aquel modo, como si quisiera encontrar una manera sensual de mandarle un saludo, como si le pidiera que no la dejara por otra.

Y, suponiendo que esa fantasía fuera cierta, a él ni se le pasaba por la cabeza abandonarla. Así que, cuando por fin reapareció, magníficamente vestida, con un vestido rojo fuego que, ligero, realzaba su escote tan irresistiblemente provocativo, él ya estaba a punto de saltar de la cama para reanudar lo que habían interrumpido antes de dormirse.

—Te lo ruego, amor mío —dijo ella cuando Antonio le mordió los labios con una pasión que solo unos años antes no creía ni siquiera poder sentir—. Déjame, tengo que irme.

—Te lo suplico —reponía él, que habría hecho cualquier cosa por pasar un poco más de tiempo con ella—. Te lo ruego, no te vayas ahora.

—Pero debo hacerlo, Antonio, debo hacerlo —insistía ella, con aquella voz ronca y perturbadora.

Y esa forma de actuar, deliciosamente tímida, reavivaba la pasión de él. Sus dientes se dibujaron en el cuello de ella y luego se hundieron en sus pechos. Pero Charlotte finalmente se apartó.

—Te lo ruego, amor, déjame ir, llego tarde.

—Lo sé, pero es más fuerte que yo —continuó él, incapaz de detenerse. Si hubiera podido, la habría agarrado por ese cabello más negro que un corazón de ébano y se lo habría enrollado alrededor de la mano para luego tomarla allí donde estaban, de pie. Antonio estuvo a punto de llevar a cabo su propósito, ya que, a pesar de sus buenos modales, con ella perdía la razón y se veía capaz de cometer actos innombrables.

Pero ya era demasiado tarde. Charlotte se marchaba y él sabía que no podría detenerla. Le robó un último beso de los labios. Y finalmente lo dejó allí, desnudo e insatisfecho, mientras corría hacia la escalera que la llevaba al piso de abajo.

Canaletto suspiró. Buscó las sábanas por algún lado y se las enrolló alrededor de la cintura, esperando a que la excitación se calmara.

Deseó que Charlotte volviera pronto con él.

Se acercó a un cuadro colocado sobre un caballete. Llevaba un tiempo trabajando en él.

Estaba especialmente orgulloso de ese lienzo. Captaba una de sus vistas favoritas: el pequeño fontego, un edificio comercial y de almacenaje para uso de comerciantes extranjeros al final del muelle, cerca de los graneros, sede del Magistrado de la Harina. Le gustaba la sencillez de las líneas del pequeño edificio, enmarcado por las imponentes chimeneas del Palazzo Erizzo que se alzaba justo detrás. No era la primera vez que retrataba ese lugar, aunque hasta ese momento solo había hecho bocetos y dibujos.

En la penumbra se distinguían Punta della Dogana, donde se unen el Gran Canal y el canal de la Giudecca, más lejos la Giudecca y el Redentore. La basílica della Salute estaba esbozada tenue con el campanario y solo un trozo de cúpula.

Aquella vista estaba especialmente lograda y resultaba tranquilizadora en las imágenes y en la atmósfera. Era una escena de la vida cotidiana con una armonía que había buscado durante mucho tiempo.

Había optado por retratar figuras humanas mejor definidas y más grandes que en épocas anteriores. Antes nunca había estado demasiado satisfecho con su forma de plasmar a las personas: esbozadas con unos pocos trazos ligeros. Ahora, en cambio, había conseguido detallarlas más, manteniendo sin embargo unas proporciones correctas en relación con los espacios representados en el lienzo. Había abandonado definitivamente los trazos impetuosos del pincel para dar cabida a una visión realista construida, más si cabe, a través de los juegos de luz, esa luz veneciana que, reflejada en el agua, otorgaba a la ciudad un aura única, un resplandor mitigado por el elemento líquido y, por lo tanto, capaz de flotar como vapor, envolviendo la escena en una indefinible y ligera corporeidad.

Estaba satisfecho de cómo había representado a los dos Schiavoni,[2] con sus turbantes y sus sables al costado. Lo mismo podía decirse de la plebeya vista de espaldas y del hombre que miraba directamente a los ojos del observador. Cuando lo vio, quedó impresionado. No había logrado comprender quién era ni qué hacía allí, pero había percibido en él algo magnético, extrañamente fascinante, y por eso había decidido retratarlo.

La luz inundaba el lienzo e iluminaba la mirada del espectador. Era una invitación a observar aquella vista. Era como si el claroscuro de unos años antes, que le había fascinado hasta el punto de convertirse en un auténtico sello distintivo de sus primeros lienzos, hubiera cedido el puesto a una visión más clara y decidida de la ciudad y, bien visto, de su propia vida.

En ese último periodo se había dedicado mucho a la pintura sobre cobre, por insistencia de su buen amigo McSwiney, ya que ese material le ofrecía un rendimiento tan luminoso que resultaba casi deslumbrante, sin contar que permitía resaltar los sutiles trazos de las figuras.

Al principio había sido divertido, inusual, sobre todo porque era muy solicitado por sus clientes ingleses. Pero luego había preferido volver a la pintura tradicional sobre lienzo y ese cuadro consagraba de manera especial su regreso.

Contempló la tela y volvió a sorprenderse del poder que ejercía la pintura sobre él. Fue entonces cuando alguien llamó a la puerta de su estudio.

Se volvió, echando un vistazo rápido y distraído al recién llegado. Cuál fue su sorpresa al ver, perfilado en el marco de la puerta, la figura de su buen amigo Owen McSwiney. Levantarse y acercarse a él para estrecharle la mano fue todo uno.

—Querido amigo —comenzó diciendo—. ¡Qué agradable sorpresa! Estaba justo mirando este lienzo que me satisface y reconforta por la capitulación de la luz, y aquí estáis vos. ¿A qué debo el placer de vuestra visita? —preguntó finalmente Canaletto, ajustándose un mechón rebelde de su peluca alba.

McSwiney tenía el rostro sombrío. No le ocurría con frecuencia. Aunque, en los últimos tiempos no era raro que pareciera llevar un demonio dentro. No ganaba lo suficiente con la mediación artística, al menos según él. Canaletto sospechaba que era una de sus proverbiales astucias para pedir un porcentaje mayor por los encargos que conseguía para él y otros pintores venecianos. Por no hablar de que había renunciado definitivamente a su antigua profesión de empresario teatral.

Pero aquel día McSwiney parecía más preocupado de lo habitual. Canaletto pensó que debía de tratarse de algo grave.

—Mi querido Antonio —respondió el irlandés—. Por desgracia, no traigo buenas noticias. Esperaba poder deciros que había vendido otro de vuestros magníficos lienzos, y el que tengo ante mis ojos es un admirable ejemplo de ello, pero el motivo de mi visita es muy diferente.

—Ah —fue todo lo que Antonio alcanzó a decir al escuchar esas palabras. En su corazón vio confirmadas sus peores sospechas.

—El Signore di Notte al Criminal quiere veros.

—¿En serio? —preguntó Canaletto a su vez.

—Así es.

McSwiney hizo ademán de continuar, pero Canaletto lo interrumpió.

—Quién sabe por qué vuestras palabras me traen a la memoria hechos que preferiría olvidar.

El irlandés asintió.

—Me temo que ha adivinado el motivo de mi visita.

—¿Y bien? ¿Ha ocurrido algo terrible?

—Terrible es un eufemismo muy grato para definir la cuestión.

—¿Podéis decirme algo más sin mantenerme en vilo?

—Os diré lo que sé.

—Os escucho. ¿Deseáis beber algo? ¿Algo fresco?

—No tenemos tiempo. Poneos el tricornio y seguidme, os lo explicaré por el camino.

Canaletto cogió un elegante sombrero y una capa ligera y fue tras su amigo, que ya estaba bajando las escaleras. En cuanto llegaron al patio y salieron, se dirigieron sin demora al embarcadero más cercano.

—Tengo un gondolero esperándome. Así llegaremos antes. Una tragedia —murmuró McSwiney mientras se dirigían a grandes zancadas hacia el embarcadero—. Pero procedamos con orden —continuó, jadeando—. Estaba dando vueltas por los barrios bajos, como suelo hacer, dada mi vida desordenada.

Ante la mirada fulminante de Canaletto, McSwiney respondió con un encogimiento de hombros.

—Ya me conocéis, Antonio. No puedo evitarlo, es más fuerte que yo. En fin, ya bastante achispado, salí en plena noche, prometiéndome no malgastar más mis bienes. En cuestión de segundos me encontré cerca del puente de las Agujas… —McSwiney pareció dudar.

—¿Y qué pasó? —le apremió Antonio.

De un salto, los dos subieron a toda prisa a la góndola. Un instante después la embarcación se deslizaba sobre el espejo líquido de la laguna.

—Y me topé con el Signore di Notte al Criminal. Lo acompañaban cuatro guardias. Cuando me acerqué, uno de ellos me reconoció.

—¿En serio? —preguntó Antonio.

—Es increíble, era uno de los que nos acompañó aquella noche de hace unos años.

—¿Cuando fuimos al cementerio de Venecia?

—Exactamente —confirmó McSwiney con un suspiro.

4

El puente de los Crímenes

El hombre yacía sentado, con la espalda apoyada contra la barandilla. Tenía los ojos muy abiertos, como si lo último que hubiera visto en su vida lo hubiera conmocionado.

La escena estaba iluminada por antorchas colocadas en las agujas y a lo largo de los dos tramos de escaleras.

Un detalle llamó la atención de Antonio cuando llegó al puente. La víctima tenía un cuchillo clavado en el pecho. Al principio pensó que esa había sido la causa de la muerte.

—No es lo que parece —dijo el Signore di Notte al Criminal.

—¿Qué queréis decir? —preguntó Antonio, mirándolo.

—Veréis, no fue el cuchillo lo que lo mató —continuó el magistrado—. Eso solo sirvió para dejar el mensaje. —Y mientras lo decía se acercó al cadáver, invitando a Canaletto a hacer lo mismo. Fue entonces cuando Antonio lo vio: el asesino había utilizado el estilete, clavado en el pecho de la víctima hasta la empuñadura, para fijar una nota. Y la palabra escrita en tinta oscura era precisamente el nombre «Canaletto»—. Por eso os hemos pedido que vinierais. Y hemos tenido la suerte de encontrar por casualidad a vuestro amigo.

Antonio volvió la mirada y vio a Owen mirándolo fijamente.

—Una tragedia —repitió este último con gravedad.

—Así es, sobre todo porque la persona en cuestión no es un hombre cualquiera, sino Marco Grisoni, secretario de la Cancillería de la Serenísima República de Venecia.

—¡Por todos los dioses! —exclamó Antonio.

—Sí —le hizo eco el magistrado—. Pero hay más.

—Ya lo veo —respondió Canaletto, fijando la mirada en la garganta del hombre. Dos agujeros perfectamente redondos y sangrantes le desfiguraban el cuello. Eran extrañamente regulares, como si hubieran sido producidos por dos cuchillos de carnicero. Pero nadie, por muy experto que fuera en el arte de la matanza, habría sido capaz de actuar con tanta precisión y ferocidad—. ¿Un animal?

—¿Cuál? ¿Qué clase de animal podría hacer algo así?

—Un cuchillo dejaría heridas diferentes.

—Depende de la hoja, aunque, en principio, estoy de acuerdo con vos —observó el Signore di Notte al Criminal—. ¿Qué tenéis vos que ver, me pregunto? ¿Por qué el asesino quiso dejar vuestro nombre? ¿Me lo podéis explicar? Antes de que me lo preguntéis, no sospecho de vos: solo un idiota dejaría su firma acusándose a sí mismo.

Canaletto asintió.

—Y, sin embargo —continuó el magistrado—, está claro que este hecho está relacionado de alguna manera con vos, o al menos eso cree el asesino.

Antonio suspiró.

—Teníais razón —dijo, dirigiéndose a McSwiney.

—¿Qué queréis decir? —preguntó el magistrado.

—Mi amigo —dijo Canaletto— os lo contará todo. Si no os oponéis, me gustaría hacer algunos bocetos de esta macabra escena. Ha habido un crimen que además me afecta personalmente y cualquier detalle puede sernos útil. Y reproducir la forma en que se encontró el cadáver puede ayudar a encontrar al asesino y hacer justicia a esta víctima.

El Signore di Notte al Criminal miró al pintor casi penetrándolo con la mirada.

—Confieso que la suya es una práctica muy extraña —exclamó haciendo un gesto con la mano—. Pero proceded, ya que, después de todo, podéis tener razón. Mientras tanto —prosiguió—, quisiera que el señor McSwiney me pusiera al corriente.

El irlandés carraspeó.

—Lo haré —dijo—. Hace cuatro años —comenzó a relatar— un asesino perverso empezó a matar de forma horrible a mujeres de la aristocracia veneciana.

—Ah, claro, lo recuerdo. Fue un caso espantoso. La ciudad estaba completamente conmocionada.

—Sí.

—Resuelto por los Signori di Notte al Criminal.

—Eso fue lo que se contó —observó McSwiney.

—¿De verdad? —preguntó el magistrado sinceramente sorprendido, arqueando una ceja.

—Por supuesto. No voy a entrar en detalles, ya que conocéis los hechos. Basta con que sepáis que el señor Antonio Canal contribuyó de manera esencial a la resolución del caso —dijo McSwiney con cierto orgullo—. Y yo tuve el honor de ayudarle —añadió.

—Ah.

—Así es. El señor Canal realizó dibujos e incluso pinturas de los lugares donde ocurrieron los hechos… y creo que no me equivoco al afirmar que tuvieron cierto papel en esa historia.

El Signore di Notte al Criminal levantó las manos en señal de rendición.

—En tal caso, no seré yo quien os impida que nos ayudéis. Pero sigo sin entender por qué el asesino de hoy menciona al señor Canal, a menos que…

—A menos que el asesino sea el mismo —concluyó Antonio.

—¿No lo atraparon?

—Nunca. Fue descubierto e identificado, pero huyó de la justicia.

—Qué hombre tan diabólico…

—Diablo —continuó Owen—. Ese es su nombre…, suponiendo que fuera él. Y, no obstante, estaréis de acuerdo conmigo en que la hipótesis no es descabellada.

Ya era de mañana.

—Mi señor —dijo uno de los guardias—. Los curiosos comienzan a llegar. —Hizo un gesto con la cabeza en dirección de una sirvienta y un carretero que se acercaban.

—Ya lo veo —respondió el Signore di Notte al Criminal—. Que vayan por otro camino, al menos hasta que despejemos el puente. Y seré yo quien tome decisiones, desde luego. No ellos.

—Como deseéis.

—Ordenadles que den un rodeo, pasando por el puente de los Tres Arcos, que está un poco más lejos, a lo largo del canal de Cannaregio. En cuanto el señor Canal haya terminado lo que está haciendo, organizaréis el traslado del cadáver.

—Excelencia —dijo Antonio, que estaba haciendo una serie de bocetos a lápiz desde diferentes puntos del puente, para tener más perspectivas—. ¿Puedo pediros otra cosa?

—Adelante, señor Canal.

—Sería conveniente llevar a la pobre víctima a un lugar seguro. Antes de entregarla a la familia me gustaría que un buen amigo mío la examinara.

—¿En qué sentido?

—Mirad, Excelencia, entre mis conocidos más cercanos hay un médico. Quizá él podría ayudarnos a aclarar las cosas. En el pasado logró descubrir detalles en cadáveres que habían pasado inadvertidos para la mayoría.

—Muy bien —dijo el magistrado—. ¿Habéis oído? —dijo, dirigiéndose al guardia.

—¡Sí, señor!

—Organizad el traslado del cuerpo para que esté antes del anochecer en el hospital de San Job, aquí cerca. Señores —continuó dirigiéndose a Canaletto y McSwiney—, ahora iré a ver al dux. Cuando hayáis terminado, os ruego que os dirijáis a palacio.

—Así lo haremos —respondió el irlandés.

5

En palacio

Alvise Sebastiano Mocenigo seguía siendo el mismo de siempre. Los años pasaban, pero su temple parecía inquebrantable. Su Serenidad los recibió en sus aposentos con la cortesía habitual.

—Señor Canaletto, señor McSwiney —dijo—. Sed bienvenidos. Por desgracia, al igual que la última vez, os vuelvo a ver en circunstancias muy sombrías.

—Vuestra Serenidad —dijo Canaletto, haciendo una reverencia, inmediatamente imitada por el irlandés.

—¡Dejemos las cortesías, amigo mío! —cortó el dux—. Sobre todo, después de lo que hemos vivido juntos en un pasado no tan lejano.

—Han pasado casi cuatro años —observó Antonio.

—Es cierto —añadió Mocenigo—. Pero ¿son tantos? Claro, yo siento todos los años que he cumplido. Soy viejo. Mientras que vosotros…, bueno, la fama que habéis alcanzado es ya legendaria. Y creo que el señor McSwiney tiene más de un mérito en ello.

—Junto con Joseph Smith, para ser sinceros —respondió Owen.

—¡Ah! Es cierto —replicó Su Serenidad.

—Lo es hasta tal punto que tal vez sea conveniente involucrarlo en estos hechos.

—Pero, antes de hacerlo, dejadme deciros cómo veo las cosas —dijo el dux—. Capitán —exclamó dirigiéndose al jefe de los Signori di Notte al Criminal—, me he emocionado tanto al recordar una vieja aventura vivida con el señor Canal que incluso he olvidado mis buenos modales. Vosotros no conocéis a Giovanni Antonio Canal, llamado Canaletto, al menos no personalmente, ni tampoco a Owen McSwiney, un caballero irlandés que se ocupa de sus intereses en calidad de agente. Señores —continuó—, os presento al capitán grando, representante del poder ejecutivo de la Inquisición, el señor Francesco Longo.

Una vez estrechadas las manos, Su Serenidad prosiguió.

—Basta de cháchara, pues. Comenzaré diciéndoos que Marco Grisoni desempeñaba un papel nada desdeñable para la Serenísima, pero esto ya lo sabéis. Lo que tal vez se os escapa es que, a pesar de las apariencias, este crimen podría afectarme a mí y a mi posición política, puesto que Grisoni, a pesar de la equidistancia que le imponía su función, pertenecía a una familia históricamente aliada de los Mocenigo.

—Entonces, en vuestra opinión, ¿hay un motivo político detrás de lo que ha sucedido?

—No tengo ni idea, ya que todo parece indicar algo diferente. Pero teniendo en cuenta que, hace cuatro años, el terror provocado por los crímenes fue la distracción para un golpe de Estado, no me atrevo a descartarlo. El hecho de que el asesino haya mencionado vuestro nombre, señor Canal, nos remite inevitablemente al caso de las muchachas asesinadas y al Río de los Mendicantes, pero también en aquella ocasión, como bien recordaréis, las acciones de un loco sanguinario estaban al servicio de los planes criminales de una facción política.

—Es cierto —convino Canaletto—. Me pregunto si el capitán grando está al corriente de lo que ocurrió en aquellos días terribles.

—Yo mismo me he encargado de informarle con todo detalle —observó el dux.

Antonio asintió.

—Como bien observáis —replicó—, si el asesino no ha dudado en dejar mi nombre en el pecho de la víctima, es casi seguro que se refiere a lo ocurrido hace cuatro años, lo que podría llevarnos de nuevo a Olaf Teufel.

—¿Recordáis lo que dijo el entonces capitán grando?

—¡Por supuesto! —exclamó Canaletto—. Giovanni Morosini amenazó con que, más tarde o más temprano, Teufel regresaría y nos las haría pagar.

—Así es —exclamó el dux—. Ahora bien: no digo que haya sido él. Pero podría tratarse de alguien que hubiera recibido órdenes suyas. Sea como sea, Teufel puede estar implicado de alguna manera.

—Más aún porque hace cuatro años ya logró organizar una densa trama de relaciones destinadas a derrocar el orden establecido —dijo McSwiney.

—No podría haberlo dicho mejor.

—Pero entonces —intervino el capitán grando— ¿qué pensáis hacer?

El dux pareció reflexionar. Se tomó su tiempo. Luego observó:

—Mi buen Antonio, recuerdo que en los días de los hechos del Río de los Mendicantes os acompañaban otros amigos valiosos.

—Es tan cierto eso —confirmó Canaletto— que me he tomado la libertad de mandar a avisar a Isaac Liebermann.

—¿El médico judío?

—El mismo.

—Esperaba que lo hicierais.

—Y me he tomado la libertad de implicar también a Joseph Smith, como os estaba diciendo. Es un mecenas y un hombre culto, pero sus mil contactos con la diplomacia y la política exterior podrían sernos útiles.

—Magnífico; habéis hecho bien. El capitán grando también me ha dicho que quería hacer examinar el cadáver en el hospital de San Job —dijo Su Serenidad.

—Señor Canal —intervino el capitán grando—, nos lo ha referido el Signore di Notte al Criminal de la comisaría del barrio de Cannaregio cuando íbamos a venir aquí y nos ponía al corriente de los hechos. Por esa razón, os adelanto que estaré con vosotros esta noche. Tengo la intención de hacerme cargo de esta investigación, que desde el principio se está revelando extremadamente compleja.

—Me complace. Confío en que el doctor Liebermann pueda ayudarnos a ver algo que por el momento no entendemos.

El dux suspiró.

—Debemos darnos prisa. Es ya la segunda vez, durante mi dogado, que ocurre algo terrible. Una muerte como esta causa conmoción. Auténtico terror. El hecho de que alguien o algo se haya tomado la molestia de desangrar a un hombre resulta bastante inquietante. No hay motivación que valga.

—Lo entiendo. Y una vez más me siento totalmente inapropiado para esa tarea —observó Antonio.

—Ya sabéis lo que pienso. Y, además, esta vez, amigo mío, ha sido el asesino quien os ha implicado.

—¿En qué sentido?

—En el sentido de que, por mucho que nos desagrade, quien ha matado a Marco Grisoni ha mencionado expresamente vuestro nombre. Por supuesto, no dejaremos que se filtre ese detalle y, de hecho, os garantizaré la máxima discreción, pero comprenderéis que no involucraros me resulta del todo imposible.

Canaletto miró al dux.

—Vuestra Serenidad, el hecho de que me sienta inapropiado para esto no significa que no vaya a darlo todo para ayudaros a resolver este misterio. Nunca me he sentido tan implicado en un hecho sangriento, por muy inquietante que sea.

—Os agradezco vuestras palabras —respondió el dux—. Capitán —dijo luego, dirigiéndose al máximo magistrado criminal—, garantizaréis al señor Canal todo el apoyo necesario. Cualquier cosa que necesite se la proporcionaréis. Cuando nos enfrentamos a la tragedia del Río de los Mendicantes, el señor Canaletto logró reunir a un puñado de personas que, con generosidad y dedicación, se pusieron al servicio de la Serenísima y lograron desentrañar el diabólico misterio, incluso con grandes sacrificios personales. Y la República les está eternamente agradecida. Y ahora la deuda que tenemos con estas personas promete ser aún mayor.

—Vuestra Serenidad, no tenéis ni que mencionarlo.

—Procedamos, pues, y esperemos tener suerte —concluyó el dux y, a renglón seguido, despidió a Canaletto y McSwiney.

6

San Job

El cadáver de Marco Grisoni yacía sobre una fría mesa de piedra. El día había sido tórrido, pero, debido al aliento de la muerte que allí se alojaba, aquella sala del hospital de San Job parecía tan fría como un amanecer invernal. Y también tenía la luz lívida del amanecer, a pesar del brillo cambiante de las velas que iluminaban la escena de la mejor manera posible.

Isaac Liebermann había observado el cadáver durante mucho tiempo. Había ilustrado a los presentes las características de la herida por arma blanca, producida en el centro del pecho por el puñal clavado hasta la empuñadura, descartando que esa fuera la causa de la muerte, que debía imputarse, como era evidente para todos, a los dos orificios casi perfectamente redondos que desfiguraban el cuello del pobre secretario de la Cancillería.

Alrededor de ellos se había formado un amplio cerco negro.

—Sea lo que sea —dijo el médico—, no es humano.

Sacudió la cabeza, esbozando una sonrisa amarga, como si estuviera a punto de admitir la derrota.

—Veréis —continuó, dirigiéndose a quienes le escuchaban—, la cuestión es que los dos orificios son demasiado perfectos para haber sido causados por cualquier tipo de cuchilla. Si tuviera que deciros a lo que me recuerdan, no me creeríais.

—¿Por qué? —preguntó el capitán grando.

—Porque sin duda podría responderos que parecen los dientes de un animal, pero, si me preguntarais de qué animal, no tendría ni idea. No es un lobo, porque son más afilados y finos: los agujeros son demasiado perfectos. Pero además…

—¿Un lobo en Venecia? —preguntó McSwiney.

—Exacto.

—Claro que alguien podría haberlo traído —observó Joseph Smith—. No es imposible.

—Sí. Pero ¿quién? —insistió el irlandés.

—Y, además, ¿creéis que se puede pasear impunemente un lobo por las calles de Venecia?

—Como ya he dicho —continuó Liebermann—, descarto que se trate de un lobo.

Todos guardaron silencio, ya que ese examen corría el riesgo de llevarlos a un territorio desconocido. Liebermann se negaba a aceptar que se tratara de la obra de un hombre, pero estaba bastante seguro de que no podía tratarse de un depredador.

—¿Quizá un perro? —preguntó Canaletto.

—… Que podría vivir mucho más fácilmente en la ciudad, claro. Lo he pensado y, si queréis, podríamos admitir que un perro de tamaño más pequeño también podría haber hecho algo así, pero no me convence en absoluto, porque no puedo imaginar una ferocidad semejante.

—Esa cosa, fuera lo que fuera, lo desangró —añadió Canaletto.

—Esa es precisamente la cuestión: la agresividad salvaje. Claro, gran parte de esa sangre estaba en el charco rojo que encontramos en el puente. Todavía la están limpiando —observó el capitán grando.

—¿Queréis que os diga la verdad? —dijo Liebermann—. No tengo ni idea de qué mató a este hombre.

Canaletto suspiró. Luego explotó, poniendo voz a su frustración, pero también a la convicción que estaba madurando:

—Amigos míos —dijo—. Aquí estamos otra vez. La única certeza que he adquirido hasta ahora es la siguiente: Olaf Teufel ha vuelto. Y quiere vengarse. Lo comentábamos hace unas horas con Su Serenidad. Nos lo había prometido su diabólico amigo, el capitán Giovanni Morosini mientras, agonizante, se preparaba para recibir la justicia de la Serenísima República mediante la pena capital. Por lo tanto, de una forma u otra, él está involucrado. Incluso nos lo ha escrito, llamándome por mi nombre, refiriéndose a mí, y a estas alturas también a vosotros, a los hechos de hace cuatro años. Para él, esa partida no ha terminado.

—Y, si me lo permitís —añadió Joseph Smith—, sus métodos no han cambiado. Una vez más, utiliza el terror para amenazar no tanto a nosotros como a la propia ciudad. Incluso en la época del Río de los Mendicantes se cometieron asesinatos de un horror inaudito. Es como si, a través del terror, quisiera desviarnos de su verdadero objetivo.

—Que es hacerse con el poder. Al menos, eso era lo que pretendía hacer en aquel momento —replicó Canaletto.

—Y, por lo que parece, no ha renunciado a ello —convino con él McSwiney.

—Por primera vez, sin embargo, sabemos quién es el culpable. Quizá no sea él quien asesina personalmente a las víctimas, pero sin duda es el hombre que ha planeado una nueva ola de horror en la ciudad. —Canaletto había llegado al centro de la sala. Ni siquiera se había dado cuenta, de tan absorto que estaba en sus razonamientos.

—Todos lo pensamos —concluyó Smith.

—Bien, señores —dijo el capitán grando—. Si conocemos, o al menos presumimos conocer, quién es el artífice de tal maquinación, os pido que hagáis un dibujo de su rostro. Tenemos la suerte de contar con el mejor pintor de Venecia: es una ventaja. Colgaremos ese retrato en todos los rincones de la ciudad, lo publicaremos en el periódico más importante de Venecia y ofreceremos una recompensa por su cabeza. ¡Lo encontraremos, estoy seguro!

—Me parece una idea excelente —dijo lacónicamente Canaletto.

Y lo era. Solo que en su corazón algo le decía que no sería suficiente. Y además había otro problema: si realmente Teufel era el autor de aquel horror, entonces Charlotte podría estar en peligro.

Expresó su preocupación en voz alta.

—Pero antes de hacer nada, amigos míos, concededme unas horas.

—¿Para qué? —preguntó Owen.

—Quiero evitar repetir el error de hace cuatro años.

—¿El error? Creo que no os entiendo —continuó el irlandés.

—Tengo que avisar a una amiga.

Fue entonces cuando McSwiney lo comprendió. Asintió con la cabeza. Joseph Smith tuvo más presencia de ánimo que él.

—Tenéis razón, Antonio. Corred, ¿a qué esperáis? Aquí, mientras tanto, podemos ir encargándonos nosotros.

Canaletto no se lo hizo repetir. Y, tras despedirse de los presentes con un movimiento de cabeza, se dirigió corriendo hacia la salida.