Capítulo 1

1

A última hora de la mañana de un jueves a comienzos de julio de 1914, una joven de pelo moreno y mojado iba a largas zancadas del lago Serpentine en Hyde Park por Oxford Street hacia Marylebone. En una mano llevaba una pamela de lino color crema, en la otra un traje de baño húmedo y unas medias de seda enrolladas en una toalla azul marino.

Aunque evidentemente tenía prisa, no echaba a correr; las aceras estaban muy calientes y atestadas para eso, y, además, no era propio de ella dejar que la vieran esforzarse nunca. Pero caminaba aprisa, alta y esbelta, la cabeza erguida, y con un porte tan decidido que la mayoría de la gente se apartaba de su camino de manera instintiva.

Eran poco más de las doce cuando dobló la esquina de la imponente calle de casas adosadas de estilo georgiano en la que sus padres tenían su residencia en Londres. En la acera de enfrente, el cartero había realizado su entrega de mediodía y estaba parado en el peldaño de entrada, delante de la mansión de estuco blanco con amplia fachada, hurgando en el bolso.

Con suerte, llegaba justo a tiempo.

Cruzó la calle, le dio los buenos días, lo sorteó, pasó bajo el pórtico, traspuso la espaciosa puerta principal y entró en la cargada penumbra de pleno verano del vestíbulo.

El correo seguía en el armazón de alambre.

Se las apañó para extraer el sobre de aspecto familiar momentos antes de que saliera de las profundidades de la casa un criado para llevarle el correo a su padre. Ella escondió la carta en el sombrero, le tendió el resto y se fue escaleras arriba; estaba a medio camino del descansillo cuando su madre, lady Sheffield, la llamó desde el gabinete:

—¿Qué tal el baño, querida?

Sin aminorar el paso, contestó a voz en cuello:

—¡Divino!

Cerró la puerta de su habitación, dejó caer la toalla y las demás cosas, lanzó la pamela sobre el tocador, se quitó el vestido por encima de la cabeza y se tendió en la cama.

Tumbada bocarriba, sostuvo en alto el sobre entre ambas manos.

«Honorable Venetia Stanley, Mansfield St., 18, Portland Place, Londres, W.».

Introdujo el dedo bajo la solapa, la rasgó para abrirla y sacó una sola hoja de papel de carta grueso doblada por la mitad y fechada ese día.

2 de julio de 1914

Estoy de bastante mejor ánimo esta mañana, gracias sobre todo a ti. Espero que no te deprimieras demasiado ayer. Fuiste muy cariñosa y compasiva, y me ayudaste como lo haces siempre. Te estoy agradecido de veras en lo más íntimo de mi corazón. Supongo que en este preciso instante estás zambulléndote en el agua en alguna parte en compañía de lady Scott. Yo tengo por delante una jornada más bien sosa, incluido un encuentro con el rey a las 16.30. Ottoline me pidió que cene allí esta noche, así que es posible que tenga ocasión de vislumbrarte… Dios te bendiga, cariño.

No estaba firmada. De un tiempo a esta parte, había empezado a tomar la precaución de no usar el nombre de ella ni el suyo propio.

La releyó. Esperaría una respuesta inmediata, y se preocuparía si no la recibía, por mucho que no hubiera ocurrido nada de la menor importancia desde que lo viera la víspera. Llevó la carta al tocador, se sentó, se observó sin interés en el espejo y sacó una hoja de papel. Retiró el capuchón de la estilográfica, pensó unos momentos y luego empezó a escribir con rapidez.

Acabo de volver de darme un vigorizante baño en el Serpentine con Kathleen. Su enérgico estilo crol dejaba en la sombra mis lánguidas brazadas. Cosa extraordinaria, hemos pasado una hora entera sin mencionar a su difunto marido ni el Polo Sur siquiera: seguro que es un récord, ¿no? El agua estaba deliciosamente fresca, aunque abarrotada. ¡Qué verano está haciendo, casi tan caluroso como hace tres años! Me alegra mucho que estés más animado. Ya encontrarás el modo de desentrañar ese enredo irlandés, siempre lo haces. Querido, no puedo ir a casa de Ottoline esta noche, pues he prometido a Edward y al Cosaco que los acompañaré en su travesía a medianoche por el río de Westminster a Kew. Ya sabes que preferiría con mucho estar contigo. Pero te veré mañana. Con todo mi cariño.

Pese a la premura de la redacción, su elegante caligrafía característica tenía la claridad de la letra impresa. Ella tampoco firmó con su nombre. Sopló sobre la reluciente tinta negra, puso la dirección en el sobre —«Primer ministro, Downing Street, 10, Londres, SW»—, pegó un sello de un penique y tocó la campanilla para llamar a Edith, su doncella —una suiza alemana, fiable y discreta— para que la echara al buzón de correos. En 1914 se realizaban doce entregas al día en Londres. Él la tendría en sus manos para media tarde.

Su respuesta llegó a la casa a las ocho en punto cuando ella bajaba al salón para recibir a Maurice Baring, quien sería su acompañante esa velada. Oyó la solapa del buzón. Por el rabillo del ojo vio que Edith iba hacia el armazón de alambre.

—Hola, querido Maurice. —Tendió una mano. Era rico, de cuarenta años, medio calvo, un hombre de letras; de hecho, poeta publicado (Nomeolvides y lirio de los valles, 1905, ahora, por desgracia, olvidado). Llevaba pajarita blanca y frac con un clavel rojo en el ojal. Cuando se inclinó para besarle los dedos, su suave bigote le rozó la muñeca, y alcanzó a oler la delicada pomada de lima que llevaba. Un rato antes, lady Sheffield (desconcertada por el comportamiento tan moderno de su hija y cada vez más preocupada por sus perspectivas de matrimonio a la edad de casi veintisiete años) le había preguntado si estaba segura de que estaría «a salvo» con él.

—Mamá, estaría a salvo con Maurice aunque quedara varada en una isla desierta y desnuda durante un año.

—¡Venetia!

—¡Es verdad!

Edith aguardó a que su señora estuviera en el peldaño de la puerta antes de pasarle la carta con disimulo fingiendo que le arreglaba un poco el vestido. La abrió sentada al lado de Maurice en el asiento de atrás de su coche. Una breve nota, llevaba el membrete de las 16.15, lo que suponía que debía de haberla escrito a vuelapluma bien antes de salir de Downing Street para ir a ver al rey o bien mientras estaba en el palacio esperando a que lo recibiera.

Evita si puedes, querida, ir a esa infernal travesía por el río y ven en cambio a casa de Ottoline. ¿No puedes siquiera arreglártelas para cenar allí? Estaría muy bien. Pero si te resulta imposible, espero verte allí más tarde. Inténtalo. Atentamente.

Ella frunció el ceño. «Infernal travesía por el río…». Quizá estuviera en lo cierto. Había tenido sus dudas desde que aceptó la invitación, aunque por motivos diferentes a los de él. El problema de las fiestas en barco estribaba según su experiencia en que, aunque era muy fácil embarcarse, no lo era ni remotamente tanto desembarcar, y pocas cosas detestaba más en la vida que sentirse atrapada.

Maurice debió de percibir su cambio de expresión.

—¿Problemas con algún admirador?

—No tengo admiradores, Maurice, como bien sabes.

—Ah, yo no estaría tan seguro de eso…

No le agradó mucho el tono del comentario, ni la lasciva mueca más bien dentona que lo acompañó. Dios santo, ¿tanto tiempo llevaba para vestir santos que hasta Maurice podía estar planteándose tirarle la caña?

—Supongo que es muy tarde para mandar al cuerno todo este asunto de la travesía por río e ir en cambio a casa de Ottoline, ¿no? —propuso.

—Vaya sugerencia tan peculiar. Ni siquiera nos han invitado a casa de Ottoline. Y, además, lo del río será divertido. Estará todo el mundo.

Con todo el mundo se refería a «la Camarilla», como ellos mismos se llamaban, o «la Corrupta Camarilla», según prefería la prensa: dos docenas o así de amigos (el número fluctuaba de acuerdo con un misterioso juicio colectivo respecto de quién era «divertido» y quién «un plomo»), que iban por ahí juntos, a veces al Café Royal, de vez en cuando al teatro de variedades o a un combate de boxeo en el East End, más que nada a The Cave of the Golden Calf, un club nocturno en un sótano cerca de Regent Street.

—Sí —dijo sin mucho convencimiento—, supongo que estarán todos. —Guardó la carta en el bolso y lo cerró con un chasquido.

Ella no era una de las almas de la Camarilla. No bebía como sir Denis Anson, el joven baronet capaz de pimplarse dos botellas de champán antes de empezar siquiera la velada, ni se drogaba como lady Diana Manners («la mujer más hermosa de Inglaterra»), a quien le encantaba esnifar cloroformo. No era una intelectual como Raymond Asquith, cuyo padre el primer ministro había escrito la carta que llevaba en el bolso, ni independientemente rica como Nancy Cunard, la heredera de una compañía de transporte marítimo, que solo tenía dieciocho años. Les seguía la corriente para aliviar el aburrimiento, para fastidiar a su madre y porque nada de lo que hicieran la escandalizaba. Y había otra característica que la atraía de ellos: no era cinismo —aunque Raymond, el mayor y más ingenioso, era sin duda un cínico—, sino más bien una curiosa impresión de indiferencia hacia la vida. Tenía la sensación de que nada le importaba en realidad, ni ellos ni el mundo ni siquiera ella misma. Todos se sentían más bien así.

Fue con ese espíritu familiar de indolencia como se entregó a cualquier cosa que pudiera ofrecer la noche, transportada en silencioso lujo dentro del capullo que era el Rolls-Royce Silver Ghost de Maurice; primero a la cena para seis en la embajada rusa en Belgrave Square que celebraba Constantine Benckendorff, «el Cosaco», hijo del embajador, que había organizado la travesía por el río con Edward Horner, el cuñado de Raymond; y luego en el Rolls otra vez hasta el río, donde estaban llegando los otros de sus respectivas cenas —dieciséis invitados en total aparecieron en coches y taxis—, Claud Russell y Duff Cooper, ambos diplomáticos del Foreign Office, cada cual con un par de botellas de champán Bollinger rescatadas de la mesa de la madre de Duff, y la hermana de este, Sybil Hart-Davis, e Iris Tree, modelo y actriz que se quitaba la ropa a menudo, y Jasper Ridley, que era abogado y estaba casado con la hermana del Cosaco, y Raymond, claro, y su esposa Katharine, y Edward Horner, hermano de esta, otro joven abogado…

Se besaron y abrazaron y estuvieron de cháchara sobre lo bien que lo estaban pasando —las mujeres con sus distintos vestidos de colores llamativos cual aves del paraíso, los hombres con su uniforme monocromo de frac negro, pajarita blanca y sombrero de copa— mientras bajaban los tramos de escaleras de piedra desde el dique hasta el muelle de Westminster, observados por una multitud curiosa de espectadores apoyados en el antepecho. Y Venetia descendió con ellos, recogiéndose el vestido de seda verde con ambas manos para que el dobladillo no rozara el suelo.

La embarcación era más impresionante de lo que había esperado, un largo buque de vapor victoriano de recreo lo bastante grande para cincuenta pasajeros, con el nombre de King. Entre las cubiertas de popa y de proa se alzaba una alta chimenea decorada con farolillos chinos de colores. Los círculos de color limón, lima y rosa reflejados se disgregaban y volvían a tomar forma sobre la superficie negra del agua oleosa. Era una noche de calor radiante, tranquila, con la luna medio llena. Por los ojos de buey del camarote central se veía un bufet de cena dispuesto entre candelabros destellantes y cubiteras llenas de botellas de champán. Un quinteto de músicos a proa, contratados de la orquesta de Thomas Beecham en Covent Garden, acometió la interpretación de «By the Beautiful Sea», el éxito del verano, mientras el Big Ben, con su esfera redonda y amarilla iluminada como una segunda luna, tañía las once.

Denis fue el primero en subir a bordo corriendo por la pasarela y girando agarrado a uno de los postes de los que estaban colgados los farolillos para luego subirse a la barandilla. Se acuclilló un momento en el estrecho barandal y luego se levantó poco a poco cuan alto era mientras se tambaleaba entre la cubierta y el río y estiraba los brazos hasta recuperar el equilibrio. Los espectadores del dique aplaudieron. Se volvió precariamente y empezó a avanzar hacia popa como un equilibrista en la cuerda floja, poniendo con cautela un pie delante del otro, puntera contra talón. Cuando llegó al final, se volvió de cara al muelle. Durante unos quince segundos permaneció allí, perfilado contra el río y las luces de la orilla opuesta, balanceándose al borde del desastre.

—Ay, Vinny, mira a Denis —dijo Diana—, ¡no puede estar tan borracho!

—Está muy borracho —aseguró Venetia—; si no, no lo estaría haciendo.

De pronto, echó los brazos al aire, cayó hacia atrás sobre la cubierta y desapareció. Todos rieron y lo jalearon, salvo Venetia. Qué joven tan plomo e inútil estaba hecho, pensó. En ese instante se decidió.

—Maurice, lo siento mucho, pero no me encuentro bien. ¿Me perdonarás si me voy con discreción?

—Ay, no, ¿en serio? ¿No hay otro remedio? Qué pena… —Miró en torno. Los otros hacían cola para subir a bordo. Saltaba a la vista que ansiaba sumarse a ellos, pero era demasiado caballeroso para dejarla en la estacada—. Se lo digo a todos y te llevo a casa.

—No, quédate. No quiero estropearte la velada. ¿Puedo pedirle a tu chófer que me lleve?

—Por supuesto, si estás segura.

—¿Te disculparás de mi parte con Conny y Edward? Te llamo mañana.

Cayó en la cuenta de que ella también estaba ligeramente ebria. Subió las escaleras del terraplén con cuidado sin volver la vista, ni siquiera cuando Raymond gritó su nombre como si fuera una reprimenda: «¡Venetia!». Se sintió a un tiempo culpable y entusiasmada, como si se marchara de una mala obra de teatro en el entreacto. A su espalda, la sirena de vapor del barco lanzó un breve toque de advertencia. Cuando llegó al dique y miró el río más abajo, ya había empezado a alejarse del muelle. Apoyó los codos desnudos en el antepecho de piedra fría y lo siguió con la vista un rato: los farolillos chinos, las figuras que pululaban por la cubierta, los compases de la orquesta, las risas y los cánticos que el aire estival transmitía con claridad:

By the sea, by the sea, by the beautiful sea,

You and I, you and I, oh how happy will be… [1]

Permaneció allí hasta que la embarcación desapareció bajo el puente de Westminster, luego fue en busca del Silver Ghost de Maurice. Cinco minutos después subían a toda velocidad por Parliament Street y pasaban por delante de la entrada a Downing Street. En la bocacalle estrecha, relucieron las luces de freno rojas de un coche, y Venetia pensó que quizá él estuviera volviendo de cenar. Se planteó pedirle al chófer que se detuviera y la dejara, pero ahuyentó la idea de inmediato. Estaba achispada. Bien podía no ser él. Y, aunque lo fuera, habría resultado indebido.

2

La noche fue breve, el aire cálido, el cielo una fiebre de estrellas. Cuando salió el sol sobre Londres a las cinco menos cuarto de la mañana siguiente, fue como si no se hubiera ausentado.

En la tercera planta de esa extravagante fortaleza de estilo gótico victoriano a orillas del Támesis en Westminster conocida como New Scotland Yard, en la torre redonda en el ángulo sudoeste que albergaba la Sala de Guardia Nocturna de la Policía Metropolitana, un joven subinspector levantó la vista del periódico y se fijó en la luz del sol que empezaba a filtrarse por entre las láminas de las contraventanas de madera.

Había sido un turno tranquilo. Uno tras otro, sus colegas de mayor rango lo habían aprovechado y se habían ido a casa temprano, hasta que solo quedó él defendiendo el fuerte. En el pequeño despacho había un ambiente sofocante debido al olor a humo de pipa rancio y sudor masculino. Retiró las contraventanas, subió el marco de la ventana y se asomó con el chaleco desabrochado y en mangas de camisa para contemplar la vista panorámica: los haces de sol que se desgajaban sobre el río por el que subía la marea; las estridentes gaviotas que sobrevolaban las marismas; el inmenso solar en construcción en silencio en la orilla opuesta que algún día sería la nueva sede del Consejo Municipal de Londres; un solitario ómnibus rojo que cruzaba el puente de Waterloo hacia el Parlamento; y por último, amarrado ahí abajo, en Westminster Pier, un vapor de recreo con una alta chimenea decorada con farolillos apagados.

Se veía triste, gris, alicaído.

Inmóviles a lo largo del sendero que discurría algo más arriba de la embarcación —sentadas, de pie y apoyadas en la balaustrada de piedra—, alcanzó a ver más de una docena de elegantes figuras, hombres de pajarita blanca y frac y mujeres con vestido de noche, y lo que parecía ser un cuarteto de músicos con los estuches de sus instrumentos, el grupo entero bajo la mirada de un par de agentes de policía en uniforme. Había cuatro coches, uno de ellos un Rolls-Royce, aparcados en el dique, los chóferes reunidos fumando.

Debía de llevar varios minutos contemplando el curioso cuadro vivo y aún no le había encontrado mucho sentido cuando a su espalda sonó un teléfono por primera vez desde medianoche.

Se retiró de la ventana, cogió el micrófono en forma de candelero con una mano, levantó el auricular con la otra y enunció con cuidado:

—Scotland Yard, mesa de guardia nocturna.

—¿Y con quién estoy hablando? —Una voz de hombre, diminuta entre el crepitar de la línea, con un deje de acento irlandés.

—Subinspector de policía Paul Deemer. ¿Quién es?

—Muy bien, subinspector de policía Paul Deemer, aquí el subjefe de policía Patrick Quinn. Seguro que sabe quién soy.

—Sí, señor. —De pronto, estaba más alerta. Quinn era el jefe de la Sección Especial, a cargo, entre otras cosas, de la protección armada de dignatarios destacados. En una etapa anterior de su carrera había sido guardaespaldas de la reina Victoria—. Buenos días, señor.

—¿Hay algún inspector por ahí?

—Todavía no, señor. No llegará el primero hasta las seis.

Quinn emitió un rápido sonido chasqueante con la lengua y dijo:

—Bien, escuche, esta noche ha habido un accidente fatal en una embarcación fluvial. Han desaparecido dos hombres, presuntamente ahogados.

—Sí, señor.

—Entre quienes estaban a bordo se cuentan el hijo del primer ministro y el del embajador ruso. Tengo entendido que el barco ya ha regresado al muelle de Westminster. Lleva el nombre de King.

Deemer se llevó el teléfono a la ventana. El grupo no se había movido.

—Lo veo desde el despacho, señor. ¿Son ellos los dos desaparecidos?

—No, no, ambos están a salvo, gracias a Dios. Pero entenderá por qué me han despertado en mi domicilio. —No parecía que le hubiera hecho mucha gracia—. Quiero que un agente vaya a hacerse cargo, que compruebe que no hay nada sospechoso en las circunstancias, y que los mande a casa antes de que aparezca algún periodista. ¿Puede encargarse usted, subinspector de policía Paul Deemer?

—Sí, señor.

—Así me gusta. Cuénteme cómo le va. Y, eso sí, muéstrese respetuoso.

Antes de que pudiera contestar, Quinn había colgado.

Deemer cogió la chaqueta del respaldo de la silla y se la puso, se enderezó la corbata en el espejo que había encima de la chimenea, se humedeció los dedos con la lengua y se alisó el pelo y el bigote. Luego cogió el bombín del perchero y se puso en camino, bajando con estrepitosa rapidez tres tramos de escaleras. Técnicamente, no debía dejar la sala de guardia desatendida, pero la orden venía de un superior. Además, era aplicado y ambicioso. La tragedia podía ser una oportunidad.

Cruzó el patio interior y llegó al dique casi sin aliento y con el corazón acelerado. Se detuvo en la puerta para adoptar un aire de adecuada serenidad antes de cruzar la amplia calle vacía, pasar por delante de los chóferes y bajar las escaleras que llevaban hasta la orilla del agua. Se acercó primero a los dos agentes y les enseñó el carnet de identificación. Se lo quedaron mirando con escepticismo. Según había descubierto Deemer, en la policía no era ninguna ventaja parecer más joven de lo que uno era.

—Bueno —dijo con brío para aparentar aire de autoridad—, es un asunto trágico. ¿Tienen los nombres de los desaparecidos?

El mayor de los dos agentes sacó la libreta.

—Sir Denis Anson y un tal William Mitchell.

—¿Cómo ocurrió?

—Anson se tiró al agua.

—¿Al Támesis? —Era absurdo.

—La otra víctima, Mitchell, se zambulló para rescatarlo, y luego también tuvo dificultades. Era uno de los músicos contratados para la velada. Un tercer caballero, el señor Benck-en-dorff —pronunció el nombre como si fuera un poco sospechoso, y movió el pulgar hacia un joven sentado en las escaleras con la cabeza gacha y una manta sobre los anchos hombros—, también se lanzó a ayudarlos, pero no llegó hasta ellos antes de que ambos se hundieran.

Deemer tomaba notas.

—¿Dónde ocurrió exactamente?

—En el puente de Battersea. Venían de regreso.

—¿Cuándo?

—Hacia las tres de la madrugada.

—¿Se han recuperado los cadáveres?

—La policía fluvial de Chelsea sigue buscándolos.

Levantó la mirada.

—Así pues, podría haber esperanzas, ¿no?

—No. El capitán, William White, dice que había marea baja, la resaca era muy fuerte. Los buscaron durante una hora, luego se dieron por vencidos. Creo que deberíamos dejarlos irse a casa. No se ha cometido ningún delito con el que pueda foguearse, subinspector.

El otro agente esbozó una sonrisa burlona.

—¿Han tomado declaración a los testigos a bordo?

—Más o menos. No todo el mundo lo vio; los que lo hicieron, dicen todos lo mismo.

—Necesito sus notas. Esperen aquí.

Fue hasta donde estaba Benckendorff y se puso en cuclillas delante de él.

—¿Está bien, señor? Soy de la policía. ¿Quiere que pida una ambulancia?

El ruso levantó la cabeza. Tenía la cara pálida y surcada de líneas oscuras que debían de ser aceite, ¿no? Apestaba a agua fétida.

—No, estoy cansado, nada más.

—Se ha comportado con mucha valentía, señor.

Negó con la cabeza.

—No, no, el valiente ha sido el músico. Yo ni siquiera he podido acercarme a él. Nunca había visto una resaca así, como si un demonio me hubiera agarrado por las piernas y tirara de mí hacia el fondo…

—Tiene que quitarse esa ropa mojada y acostarse en su casa. No lo entretendremos mucho más. ¿Quién es el señor Asquith?

Benckendorff ladeó la cabeza ligeramente y asintió en dirección a la figura de un hombre que yacía cuan largo era en el muelle, las piernas cruzadas a la altura de los tobillos, los brazos doblados sobre el pecho, la cara tapada con el sombrero de copa, al parecer, dormido.

Deemer se le acercó. Carraspeó con delicadeza.

—¿Señor?

Una de sus manos ascendió cual cangrejo por el pecho y retiró despacio el sombrero. Tenía el pelo rubio, el rostro afilado, sensible, lampiño. Sus ojos eran del color azul del cielo.

—¿Sí?

—Soy el subinspector de policía Deemer. Me han enviado para cerciorarme de que está bien.

—Estoy perfectamente «bien», subinspector, gracias. Lo cierto es que no es de mí de quien debe preocuparse. —Se incorporó y miró alrededor—. Bueno, supongo que más vale que nos lo quitemos de encima. —Se puso en pie no sin esfuerzo y se sacudió la mugre del frac—. Alguien tiene que comunicárselo a la madre de sir Denis. Más vale que sea yo. Pero antes me gustaría llevar a mi esposa a casa.

—Lo entiendo.

A esas alturas, la mayoría de los supervivientes habían empezado a acercarse para ver qué ocurría. Un hombre bajo y rubicundo, que le había puesto la chaqueta sobre los hombros delgados a una mujer cogida de su brazo, dijo:

—Lady Diana está mareada. Tiene que acostarse. Debo insistir en que se nos permita irnos.

Raymond murmuró:

—No seas idiota, Duff. Hay que cumplir con los trámites. Deja que el agente haga su trabajo.

La mujer añadió:

—Agente, sé que lo de Denis y ese pobre violinista es sencillamente horroroso, pero llevamos aquí desde hace horas.

Tenía los ojos azules muy abiertos y vacíos, como los de una muñeca. Deemer se preguntó si se habría tomado algo. Los demás invitados emitieron murmullos en conformidad. No le gustó su actitud, como si creyeran tener derecho a un trato especial. Si de él hubiera dependido, les habría hecho quedarse un par de horas más. Pero Quinn le había dado instrucciones de que los enviara a casa antes de que llegara la prensa. Así pues, dijo:

—Sí, pueden marcharse —antes de añadir, cuando ya se volvían para irse—: Aunque es posible que nos pongamos en contacto con ustedes para tomarles declaración más adelante. Voy a necesitar los nombres y las direcciones de todos los que iban a bordo.

Un joven habló:

—Tengo la lista de invitados, si le sirve de algo.

—¿Y usted es el señor…?

—Edward Horner. Fui yo quien contrató el barco con el conde Benckendorff.

Sacó una lista arrugada del bolsillo interior. Deemer le echó un vistazo y se la devolvió junto con un lápiz.

—Hagan el favor de anotar su dirección junto a su nombre antes de marcharse.

Pasaron la lista y fueron escribiendo en ella sin apenas mirar mientras charlaban entre ellos. Qué gente tan ensimismada. Hubiera querido pensar que, si un amigo suyo acabara de morir, y aún no se hubiera recuperado su cadáver, su primera prioridad no sería retirarse a casa.

—¡Perdonen! —Tuvo que alzar la voz y levantar la mano para captar su atención—. Una última pregunta, mientras siguen todos aquí. Sir Denis se lanzó al río, ¿no es así? ¿No pudieron empujarlo?

—¡Dios bendito! —exclamó el hombre de rostro enrojecido—. ¿Qué sugiere usted?

—Bueno, parece una temeridad. ¿Estaba borracho?

—No —respondió Raymond con firmeza—. Iba sobrio. Fue una decisión totalmente deliberada por su parte lanzarse al agua. —(¿Fue la imaginación de Deemer, o cruzó una fugaz mirada de reojo con lady Diana?)—. Era buen nadador. Dejó el reloj y la chaqueta a bordo antes de zambullirse, puede preguntárselo al capitán. Esa clase de hombre era. El año pasado, cuando estuvimos en Italia, cruzó a nado el Gran Canal. Por desgracia —añadió encogiéndose de hombros—, Londres no es Venecia.

—No, señor —convino Deemer por cortesía, aunque no había estado nunca en Venecia, ni había salido de Inglaterra siquiera—. Seguro que no lo es.

Los siguió con la mirada cuando empezaban a subir las escaleras y ayudaron a ponerse en pie al conde Benckendorff para llevárselo con ellos. Después de que se hubieran despedido y se hubiesen puesto en marcha sus vehículos, les dijo a los dos agentes que fueran a transcribir sus notas y centró su atención en los cuatro músicos supervivientes. Todos aseguraron que habían estado muy ocupados tocando como para prestar atención a lo que ocurría entre los pasajeros. En el trayecto de regreso, vieron a Anson tirarse por la borda y dejaron de tocar y entonces uno de los invitados gritó: «Denis, ¿cómo estás?» y le oyeron responder también gritando: «¡Rápido! ¡Rápido!». Fue entonces cuando Mitchell se puso en pie y empezó a quitarse la chaqueta. Todos los invitados parecían paralizados.

El director del grupo dijo:

—Le advertí que no fuera estúpido, pero no hizo caso. Se lanzó por la borda y fue la última vez que lo vimos. Tenía un niño pequeño, además, de solo un año.

—Y sir Denis Anson, ¿estaba sobrio, hasta donde ustedes saben?

Por primera vez el director del grupo se mostró menos seguro de sí mismo.

—De eso no sabemos nada, agente. Nos contrataron solo para amenizar la velada.

Deemer anotó sus nombres y direcciones y luego subió a bordo del barco.

El capitán White era un hombre retirado de la Marina Real de casi sesenta años. Le dio un paseo por el vapor, desde el camarote hasta la cubierta de popa donde estaba echado el toldo y habían estado tocando los músicos. Señaló la barandilla plegada.

—Es ahí donde estaba haciendo el tonto el caballero. Se encaramó a ese lugar tres veces, y una tras otra lo agarré por el pie y le dije que se bajara. Debió de subirse de nuevo cuando le di la espalda. Para cuando detuve los motores, estaba a unos quince metros, intentaba volver nadando al barco, pero la corriente era muy fuerte; cuando hay marea baja en ese tramo concreto, llega un flujo del puente ferroviario del oeste de Londres que se lo traga todo. Fue entonces cuando se lanzó el músico, y no mucho después, el ruso. Debe de ser un nadador fuerte de narices; fue un milagro que consiguiéramos lanzarle un cabo.

—¿Estaba borracho sir Denis, en su opinión?

El capitán miró hacia cubierta.

—No sabría decirle.

—Venga, capitán. Nadie sobrio se lanzaría al Támesis a las tres de la madrugada. ¿Qué habían estado bebiendo todos esos?

—Champán, sobre todo. Habían cenado en el camarote.

—Enséñemelo.

El capitán le mostró el camino por el barco. Habían recogido la mesa de la cena, el mantel estaba doblado, los platos apilados en cajas. Deemer echó un vistazo por el camarote y frunció el ceño.

—Ha dicho que bebían champán.

—Eso es.

—¿Dónde están las botellas vacías?

—¿Las botellas vacías? —El capitán hizo alarde de perplejidad y gritó en dirección a la cubierta—: ¡Señor Lewis!

Apareció por la puerta el primer oficial.

—¿Sí, capitán?

—¿Qué ha sido de todas las botellas?

Lewis vaciló.

—Los caballeros las tiraron al agua después del accidente, señor.

Hubo una pausa. Deemer cerró la libreta y se la guardó en el bolsillo.

—Muy bien. ¿Qué ocurrió aquí exactamente? Díganmelo ahora, de hombre a hombre, o me los llevo a los dos al calabozo.

White y Lewis cruzaron la mirada. Al final, White hizo un gesto como si renunciara a una mala mano de cartas, y dijo:

—Dígaselo usted, que lo vio. Yo no lo vi.

—Fue una apuesta —dijo Lewis—. El señor Asquith apostó con esa señora tan guapa…

—¿Lady Diana?

—Apostó con ella diez libras a que no conseguía convencer a Anson de que fuera nadando hasta la orilla. No oí lo que ella le decía, pero no tuvo que insistir mucho para convencerlo. Él le dejó la chaqueta y el reloj, y luego se lanzó sin más.

Deemer se volvió hacia el capitán.

—¿Tiene sus pertenencias?

White desapareció un momento y volvió con una chaqueta de frac y un reloj de bolsillo de oro. Deemer la registró y sacó un billetero y unas llaves. Abrió el reloj, que llevaba una inscripción grabada en el reverso de la tapa: «A Denis por sus veintiún años, aprovecha el tiempo con buen juicio. Te quiere, mamá».

—Qué manera de desperdiciar una vida —comentó a la vez que se lo devolvía todo—. Dos vidas.

—No se ha enterado por nosotros —advirtió el capitán.

Deemer se sintió de pronto exhausto. Salió del camarote sin decir ni una palabra más, cruzó la pasarela, atravesó el muelle y subió a paso cansado los tramos de escaleras. Eran más de las seis, el día ya se notaba cálido, el tráfico de primera hora de la mañana empezaba a circular por el dique y a cruzar el puente de Westminster. En la sala de guardia, se sentó a su mesa y estudió la lista de invitados. Asquith, Manners, Baring, Cunard, Tree… Era como la página de ecos de sociedad de un periódico. Se fijó en que dos de ellos, Russell y Cooper, habían hecho constar como dirección «al cuidado del Foreign Office». Raymond y Katharine Asquith habían apuntado la suya como Bedford Square, 49. Solo una persona había omitido facilitar dirección alguna: Venetia Stanley.

3

Maurice la había llamado para darle la noticia por la mañana temprano. Su voz nasal se abrió paso a través de la resaca que tenía Venetia:

—Me temo que ha habido un accidente de lo más horro­roso…

Su incapacidad de sentir apenas emoción la había consternado casi más que la tragedia en sí. Mientras escuchaba a Maurice y decía lo que cabría esperar —«Ay, no, pobre Denis, qué espantoso»— era consciente de su indiferencia. ¿Qué demonios le pasaba? La afectó más la historia del hombre que había desperdiciado la vida intentando salvar a alguien que no conocía siquiera. Eso le pareció extraordinario, heroico, misterioso. Después de un rato, sus preguntas sobre el músico empezaron a irritar a Maurice, que a todas luces no se había molestado en averiguar gran cosa sobre él.

—Sí, sí, por supuesto, estoy de acuerdo, hay que hacer algo para ayudar a su familia, seguro que los Anson asegurarán su porvenir, pero, de verdad, Venetia: Denis, que tenía toda la vida por delante…

—Es una absoluta locura haber hecho algo así, incluso para alguien como él. ¿Qué demonios se le metió en la cabeza?

—Bueno, entre tú y yo…

Le hizo comprometerse a guardar el secreto y le contó lo de la apuesta de Raymond con Diana, y cómo habían acordado todos no decir nada.

—Ya puedes imaginarte en qué quedarían las aspiraciones políticas de Raymond en caso de que se enterara la prensa. Y, por lo que a Diana respecta, ya sabes cómo les encanta a los periódicos retratarla como una especie de femme fatale narcisista…

—No sé de dónde pueden haber sacado semejante idea.

—Sea como sea, me alegra mucho que te libraras de todo el asunto. —Bostezó—. Voy a acostarme unas horas. ¿Puedo llevarte luego al baile de té en casa de Eddy?

—Lo siento, Maurice, tengo planes.

—¡Planes! ¡Siempre tienes planes!

Durante la mañana recibió media docena más de llamadas de miembros de la Camarilla, todos los cuales le contaron en confianza lo de Raymond y Diana. Sus relatos eran iguales, solo variaba el montante de la apuesta: unos decían cinco libras, otros veinte.

Esa tarde se puso el vestido de satén de rayas blancas y negras que sabía que él prefería, junto con un canotier de paja con una cinta roja, y justo antes de las tres y media salió de la casa sin que nadie se diera cuenta y fue paseando bajo el cálido sol hasta doblar la esquina en dirección a Portland Place.

En el cruce con New Cavendish Street, un vendedor de periódicos anunciaba el titular del Evening Standard en un lúgubre canto llano con acento del este de Londres: «¡Tragedia en el río, el cadáver del baronet sigue desaparecido!». Lo vio atender con brío a la cola de clientes, doblando periódicos, aceptando monedas, y por primera vez sintió un retorcijón de auténtica pena. La víspera a esa misma hora, Denis seguramente habría estado jugando a las cartas en su club y haciendo apuestas que no podía costearse con su asignación. Ahora le hacía ganar dinero a algún horrible magnate de la prensa.

Continuó calle adelante y se detuvo en el bordillo. Sabía que él sería puntual, siempre lo era. Un par de minutos después, la gran limusina, una Napier de seis cilindros, apareció volviendo la esquina por delante de la iglesia de Todas las Almas, la carrocería pulida con tanto lustro que, cuando fue deteniéndose, alcanzó a ver las escasas nubes de verano en lo alto reflejadas en el espejo negro del capó. El chófer, Horwood, se apeó de un salto y rodeó el vehículo para abrir la portezuela. Como siempre, evitó mirarla a los ojos.

El interior del espacioso compartimento trasero era de cuero y nogal, como un carruaje a la antigua usanza. Al montarse, reparó en que las cortinillas ya estaban echadas sobre la gruesa luna de vidrio que separaba a los pasajeros del asiento del conductor. La portezuela se cerró. Él se inclinó hacia delante y pulsó un botón en una consola que encendió una bombilla en el salpicadero a modo de indicación a Horwood para que arrancara. Cuando el coche emprendía la marcha, ella se deslizó por el asiento corrido de cuero y le dio un beso en la mejilla.

El primer ministro se volvió y le sonrió.

—Hola, querida —dijo.

Daban un paseo en coche juntos al menos una vez a la semana, en general el viernes por la tarde durante hora y media, bien por el campo o bien por Londres. Se veían a menudo entretanto, claro, en comidas y cenas y fines de semana en el campo, pero siempre en presencia de otras personas. El coche era el único lugar donde podían tener la seguridad de estar a solas.

¿Estaba enamorada de él? No lo sabía. Lo que sabía era que le tenía más cariño que a cualquiera de los demás hombres que la habían cortejado a lo largo de los años, más que a Edwin Montagu, dulce pero feo, miembro del Parlamento y secretario de finanzas del Tesoro, que le pidió matrimonio en dos ocasiones e incluso compró una casa en Westminster donde esperaba que vivieran juntos; más que a «Bongie» Bonham Carter, secretario soltero del primer ministro, que la besaba y le escribía cartas apasionadas; más que a Raymond, que dejó claro que quería tener una aventura con ella; más que a su apuesto cuñado, el comandante Anthony Henley, que dio a entender lo mismo, y desde luego más que a Maurice Baring.

Lo apreciaba por su ternura, su inteligencia, su fama y su poder, de los que no hacía ostentación. El padre de ella había sido parlamentario liberal, Venetia se había criado oyendo hablar de política constantemente. Ahora era con toda seguridad la mujer mejor informada del país. Y, si había de ser sincera, también disfrutaba de la emoción: el secretismo, el carácter ilícito, el riesgo.

Como siempre, él había traído unos documentos oficiales para enseñárselos. Estaban en el asiento entre ambos. Sus manos entrelazadas descansaban sobre la carpeta.

—Me moría de preocupación por ti —dijo él—. Al no aparecer en casa de Ottoline, supuse que debías de haber ido a esa maldita travesía por el río. Querida, ojalá me hubieras enviado una nota para decir que estabas a salvo.

—Pensaba que Raymond te lo habría dicho.

—Lo hizo, pero hubiera preferido enterarme por ti. —Se llevó el dorso de la mano de ella a los labios y lo besó—. Pobre Anson. Era ridículo, pero siempre me cayó en gracia, tanta energía animal y nada en lo que emplearla. Qué terrible para su madre.

—¿Cómo está Raymond?

—Afectado, aunque intenta disimularlo. Ahora le preocupa sobre todo la investigación. Su mayor miedo es que citen a Diana como testigo. Por lo visto, la duquesa de Rutland insiste en ir a ver al juez de instrucción a fin de decirle que su hija está muy frágil para prestar testimonio.

—¿Es aconsejable?

—No. Pero es importante que no suba al estrado como testigo. Raymond tampoco. Dios, ¡qué desastre!

Volvió la cabeza pensativo y hundió la barbilla hacia el pecho. Ella se dio cuenta de que sabía lo de la apuesta, un nuevo problema del que debía encargarse, además de tantos otros. Tenía un perfil atractivo, una cabeza noble, como el busto de un senador romano, con el tupido pelo entrecano peinado hacia atrás, que le llegaba un par de dedos por debajo del cuello de la camisa. Su esposa siempre le decía que se lo cortara, pero en opinión de Venetia le confería un aire poético que lo favorecía. Bajo la impasible máscara de autoridad, era de naturaleza romántica, apasionada. Ella miró más allá de su silueta por la amplia ventanilla, hacia la gente que caminaba por la calle ajena a quien pasaba por delante: el primer ministro de la mano de una mujer a la que le doblaba la edad con creces. Si lo hubieran sabido, ¡qué escándalo! Le vino a la cabeza una súbita imagen mental de Denis en equilibrio sobre el lateral del barco. Quizá no fueran tan distintos.

Se preguntó adónde se dirigían. Él nunca se lo contaba de antemano, le gustaba sorprenderla.

—Vamos a hablar de otra cosa —propuso Venetia—. Cuéntame qué está ocurriendo.

—Háblame antes de tu vida.

—Es que mi vida es muy aburrida.

—No, nada de eso, no para mí.

Lo curioso era que sabía que lo decía en serio. Era un hombre sociable; demasiado sociable, a decir de sus enemigos. En contraste con la mayoría de los amigos políticos de su padre, le gustaba sonsacar a la gente, prefería escuchar a hablar, las mujeres a los hombres. Su encanto residía en que trataba los asuntos de Estado más graves como si no tuvieran la menor importancia, mientras que las trivialidades más livianas —los vestidos, los juegos de cartas, los crucigramas, el golf, la poesía, las novelas populares— las abordaba con la mayor seriedad. Así pues, mientras la limusina bordeaba la orilla de Regent’s Park y se dirigía hacia el norte por Camden, ella le habló de sus sobrinos y sobrinas, y de lo que hacían Iris y Nancy, y de las novedades en los almacenes Selfridge’s, y de lo que iba a ponerse para ir al baile de los Islington esa noche, suponiendo que todavía fuera a celebrarse. Su charla lo distrajo y pareció animarlo, hasta que llegaron a Hampstead Heath, momento en el que pulsó otro botón de la consola y el vehículo se detuvo.

—Demos un paseo —propuso—. Quiero enseñarte una cosa.

Abrió él mismo la portezuela —Horwood permaneció discretamente en su asiento— y rodeó el coche por detrás para ayudarla a bajar. Era una calle estrecha y tranquila, a la sombra de plátanos, álamos, tilos. Había algunas personas paseando. Ninguno de ellos lo reconoció. Señaló con el bastón.

—Esa era la casa de Keats.

Cerró los ojos y recitó:

A la pena dije adiós

pensé haberla dejado muy atrás

pero alegre, alegremente me adora

me es amable y tan leal…

Volvió a abrirlos, se giró y señaló con el bastón la casa de enfrente.

—Y ahí es donde vivía yo con mi primera esposa. Hace veinte años que no venía. —Le ofreció el brazo. Ella lo aceptó y cruzaron la calle.

La casa estaba retirada de la calzada, medio oculta por los árboles del jardín delantero; era de estilo georgiano, encalada, con ventanas arqueadas. Entre las flores de los naranjos zumbaban las abejas. La ciudad bien podría haber estado a ochenta kilómetros de allí.

—Qué encanto de lugar.

—¿Verdad que sí? Es donde más feliz fui en toda mi vida, cuando los niños eran pequeños y mi bufete empezaba a prosperar. —Hizo visera con la mano y miró por entre los árboles con los ojos entornados—. Había un césped en la parte de atrás donde jugaba al críquet con los niños. No teníamos dinero. No me conocía nadie, acababa de ser nombrado parlamentario. Pero de algún modo sabía con absoluta seguridad que estaba a punto de abrirse ante mí un gran futuro. ¿No es extraño? La pobre Helen no vivió para verlo. Aunque lo habría detestado, no creas. Adoraba su casa y a sus hijos. La política la horrorizaba.

—Pues qué diferente era de Margot.

—Seguro que nadie ha tenido dos esposas tan distintas.

—¿Preguntamos si nos dejan echar un vistazo? Seguro que a los propietarios no les importa.

Seguía contemplando la casa.

—Raymond solo tenía trece años cuando ella murió. Beb tenía diez. Oc, ocho. Violet, cuatro. Cys todavía era un bebé. ¡Cinco hijos! Era demasiado a lo que enfrentarme, y poco después me nombraron ministro del Interior. Raymond era un chico de lo más brillante. También es un hombre brillante, claro… Pero me pregunto si no habría madurado de otra manera en el caso de que… —Se interrumpió y se volvió hacia ella—. No, prefiero no entrar, si no te importa, querida. Bastante nos hemos adentrado en el mundo de los recuerdos por hoy. ¿Vamos a que nos dé un poco el aire en el Heath?

Fueron hasta el final de la calle y siguieron un sendero por el bosque unos minutos —se cruzaron con familias de paseo y un vendedor de helados en bicicleta— hasta que llegaron a una de las lagunas de Hamstead, donde se sentaron en un banco con vistas al agua. Manteniendo una distancia prudente, jugaron a un juego que había ideado él: ¿cuál era capaz de nombrar más especies de aves acuáticas? Lo hicieron por turnos: polla de agua, focha, ánade real, cisne, somormujo, gaviota reidora… Al final ganó él cuando surgió de pronto un pato mandarín a unos metros de donde estaban.

—Nunca duran mucho —comentó él en tono melancólico—. Los patos comunes los atacan. Son demasiado exóticos para este mundo tan gris…

En el trayecto de regreso estuvo muy callado, cosa rara en él, mirando las calles de la ciudad, de una luminosidad exenta de alegría y polvorientas bajo el calor de la canícula. Transcurrido un rato, ella le soltó la mano y cogió la carpeta de documentos a la vez que lo miraba de soslayo pidiéndole permiso. Él asintió.

—Claro, para eso la he traído.

El expediente estaba dedicado por completo a Irlanda. Informes del censo, mapas del norte. Diversos condados, ciudades, incluso pueblecitos, divididos en un mosaico, unos coloreados de rojo, otros de carmesí, algunos de rosa. Cuanto más oscuro el color, más densa la población católica. Los católicos insistían en ser gobernados en el futuro desde Dublín; sus vecinos protestantes rehusaban abandonar el Reino Unido. Los tories se habían comprometido a apoyar a los protestantes, por mucho que se alzaran en armas contra el Gobierno. Venetia empezó a marearse leyendo en el coche en marcha.

Levantó la vista y se lo encontró mirándola.

—Es lo más parecido que he visto nunca a un problema irresoluble, y, Dios mío, me las he visto con unos cuantos estos últimos seis años.

—¿No puedes posponer la decisión?

—La hemos demorado todo lo posible. Los nacionalistas han dejado claro que, si no decretamos el estatuto de autonomía a lo largo de esta sesión, retirarán su apoyo, lo que supone que ya no tendremos mayoría y habrá unas elecciones generales, que seguramente perderemos. Sea como sea, es la guerra civil.

—Ya surgirá algo. Eres brillante. —Intentó darle la carpeta.

—Quédatela. Ya me la devolverás la próxima vez que te vea. Quizá encuentres tú la solución.

—Eso lo dudo. —La idea de que de algún modo ella resolviera el asunto irlandés tumbada en la cama en Mansfield Street era evidentemente absurda, y él debía de saberlo, pero el gesto la conmovió. Alargó la mano y le acarició el pelo—. Todo irá bien. Tengo fe en ti.

Él la rodeó con el brazo.

—¿Sabes que no hablo con nadie más así? ¿Qué haría si no pudiera hacerte confidencias a ti, querida?

Pasaban por Primrose Hill. El tráfico era tan denso que el vehículo casi se había detenido. Ella se dio cuenta de que algunas personas se volvían para mirarlos.

—Espera —dijo.

Se apartó de él y se deslizó por el asiento corrido para bajar el estor de la ventanilla del lado izquierdo. Él hizo lo propio con el de su lado. Luego Venetia se arrodilló en el asiento y bajó el último estor sobre la ventanilla trasera. Una vez ocultos de la mirada pública, se volvió hacia él.

Podrían haber estado en una segunda vivienda en París o Venecia. Solo el sol que atravesaba dorado la seda amarilla atenuaba la penumbra interior de su mundo privado.

Para las cinco y diez —con la compostura adecuadamente recobrada— abría la puerta de la casa de sus padres. Una figura patrullaba el vestíbulo. Edith, con aire ansioso.

—Hay un caballero esperando para verla, señorita. Le he hecho pasar al gabinete.

—¿Quién es? Espero que no sea el señor Baring, ¿no?

—No, señorita. —Le tendió a Venetia su tarjeta.

SUBINSPECTOR PAUL DEEMER

POLICÍA METROPOLITANA

NEW SCOTLAND YARD

Le dio la vuelta para ver si había un mensaje en el reverso.

—¡Dios santo! ¿Qué demonios quiere?

—No lo ha dicho, señorita.

Parado delante de la chimenea, era un hombre más joven de lo que sugería su rango, más o menos de la edad de ella, con un traje barato pero bien planchado. Reparó en algún otro detalle: zapatos negros lustrosos, un bombín en la mano, barba incipiente de un día en el mentón, bien parecido a su manera común.

—Soy Venetia Stanley. ¿Puedo ayudarle?

—Señorita Stanley, buenas tardes. Lamento importunarla. Investigo la tragedia de anoche en el río. —Sacó una libreta—. Me preguntaba si podría hacerle unas preguntas.

—¿Investiga? —La asaltó una súbita sensación de peligro y cayó en la cuenta de que tenía en la mano el expediente del Gobierno. Se lo llevó al pecho y cruzó los brazos delante—. ¿Qué hay que investigar?

—Nada siniestro, se lo aseguro. —Abrió la libreta—. Estoy recogiendo declaraciones de los testigos, pero por lo visto no tenemos la suya. Se marchó del muelle esta mañana sin dejar su dirección.

—Eso es porque no estaba en el muelle esta mañana.

—¿Por qué no?

—No llegué a subir a bordo del barco.

Se quedó ligeramente perplejo, luego ahuyentó la expresión.

—Ah, ya veo cómo ha surgido el malentendido. El señor Horner nos facilitó una lista de los invitados, pero no dijo quién subió al barco. Eso lo explica. Le pido disculpas. —Ladeó la cabeza un poco y la miró—. ¿Puedo preguntarle, señorita Stanley, por qué no subió a bordo?

No se ponía nerviosa por lo general, pero notó que se sonrojaba. Abrazó el expediente con más fuerza.

—Era tarde. Estaba cansada. Decidí volver a casa y acostarme.

¿Por qué sonaba tan culpable? Era ridículo. Pero él no pareció percatarse.

—Es comprensible. Y una decisión juiciosa, tal como se desarrollaron los acontecimientos. Se ahorró una escena muy perturbadora. —Para alivio de Venetia, se guardó por fin la libreta—. Bueno, le deseo una tarde agradable. Ya sé dónde está la salida.

Asintió al pasar por su lado y salió al vestíbulo. Ella le preguntó entonces:

—¿Cómo me ha localizado si no tenía mi dirección?

—Gracias a la guía Debrett’s.

Abrió la puerta principal y salió. En cuanto se cerró, ella volvió a toda prisa al gabinete y se acercó a la ventana. Estaba plantado en la acera de enfrente, observando la casa. Se quedó allí lo que a ella se le hizo un rato curiosamente largo antes de ponerse el bombín y marcharse.

El primer ministro le escribió una nota en cuanto regresó a Downing Street.

17.30, 3 de julio de 1914

Tengo entendido que el baile de los Islington se suspende debido a la tragedia del río. He olvidado decirte que cuando te escribí para pedirte que no fueras y vinieras en cambio a casa de O., tenía una especie de presentimiento incómodo, y que después de acostarme, soñé que la embarcación de Edward naufragaba. ¿No te parece extraño?

Hemos tenido una conversación divina, y ya no puede haber ningún malentendido entre nosotros, cariño.

Queridísimo amor.