Había caído una lluvia al atardecer. En la oscuridad que se cernía sobre la ciudad, las calles de Seattle se extendían como franjas reflejadas entre los relucientes rascacielos grises.
La revolución de las puntocom había transformado esta ciudad, antaño tranquila. Incluso después de la puesta de sol, el ruido ensordecedor de las construcciones marcaba un ritmo constante. Los edificios brotaban de la noche a la mañana, al parecer, y se elevaban cada vez más hacia el cielo húmedo. Jóvenes con el pelo morado, piercings en la nariz y ropa harapienta recorrían el centro a toda velocidad en flamantes Ferraris rojos.
En una esquina de Belltown, el barrio de moda, se alzaba una estructura baja de paredes de madera que durante mucho tiempo permaneció aislada. Fue construida casi cien años antes, cuando pocos querían vivir tan lejos del centro de la ciudad.
A los dueños de la emisora de radio KJZZ no les importaba ya no encajar en esta zona de moda. Durante cincuenta años habían transmitido desde ese lugar. Habían crecido de una modesta emisora local a la más grande del estado de Washington.
Parte de la razón de su actual ola de éxito era Nora Bridge, la nueva sensación de las tertulias radiofónicas.
Aunque su programa, Sanación espiritual con Nora, llevaba menos de un año emitiéndose, ya era un auténtico éxito. Los anunciantes y medios afiliados no daban abasto para pagar, y su columna semanal de consejos en el periódico, «Nora lo sabe todo», nunca había sido tan popular. Aparecía en más de dos mil seiscientos periódicos de todo el país.
Nora había comenzado su carrera publicando consejos domésticos para un periódico local, pero el trabajo duro y una visión firme la habían catapultado a la cima. Las mujeres de Seattle fueron las primeras en descubrir su singular combinación de pasión y moralidad; el resto del país pronto las siguió.
Los críticos afirmaban que podía encontrar una solución a cualquier conflicto emocional; con frecuencia, mencionaban la pureza de su corazón. Pero se equivocaban. Fue la impureza de su corazón lo que la hizo exitosa. Era una mujer común y corriente que había cometido errores extraordinarios. Comprendía cada matiz de la necesidad y la pérdida. No hubo un momento en su vida, ni siquiera un instante, en que no recordara lo que había perdido. Lo que había desechado. Cada noche llevaba sus propios remordimientos al micrófono y de esa fuente de dolor extraía compasión.
Había manejado su carrera con una implacable concentración, alimentando cuidadosamente a la prensa con un pasado aceptable. Incluso la semana anterior, cuando la revista People la había presentado en su portada, no hubo ningún reportaje de investigación sobre su vida. Había borrado bien sus huellas. Sus fans sabían que se había divorciado y que tenía hijas adultas. Los cómos y los porqués de la destrucción de su familia permanecieron, por fortuna, en la intimidad.
Esa noche, Nora estaba en el aire. Acercó la silla con ruedas al micrófono y se ajustó los auriculares. Una pantalla de ordenador le mostraba la lista de llamadas en espera. Pulsó la línea dos, que decía: «Marge / problemas madre-hija».
—Hola y bienvenida, Marge, estás en directo con Nora Bridge. ¿Qué te preocupa esta noche?
—Hola… ¿Nora? —La persona que llamaba sonaba dubitativa, un poco sorprendida de escuchar su voz en antena después de esperar al teléfono durante casi una hora.
Nora sonrió, aunque solo su productor pudo verla. Sus oyentes, había aprendido, a menudo estaban ansiosos. Bajó la voz, la suavizó.
—¿En qué puedo ayudarte, amiga?
—Tengo un pequeño problema con mi hija, Suki.
La pronunciación apagada de la persona que llamaba la delató como originaria del Medio Oeste.
—¿Cuántos años tiene Suki, Marge?
—Sesenta y siete en noviembre.
Nora se rio.
—Supongo que algunas cosas nunca cambian, ¿eh, Marge?
—No entre madres e hijas. Suki me sacó mi primera cana cuando yo tenía treinta años. Ahora parezco el Coronel Sanders.
La risa de Nora fue más discreta esta vez. A los cuarenta y nueve, las canas ya no le parecían un motivo para reírse.
—Entonces, Marge, ¿qué le pasa a Suki?
—Bueno… —Marge resopló—. La semana pasada se fue a uno de esos cruceros para solteros… Ya los conoces, esos en los que todos llevan camisas hawaianas y beben cócteles morados. En fin, hoy me ha dicho que se va a casar otra vez, y con un hombre que conoció en el barco. A su edad… —Resopló de nuevo y luego hizo una pausa—. Sé que quiere que me alegre por ella, pero ¿cómo voy a hacerlo? Suki es voluble. Mi Tommy y yo estuvimos casados setenta años.
Nora pensó en cómo responder. Obviamente, Marge sabía que ella y Suki ya no eran jóvenes y que el tiempo tenía la costumbre de pulverizar las mejores intenciones. No tenía sentido ponerse sentimental y mencionarlo. En cambio, preguntó con dulzura:
—¿Quieres a tu hija?
—Siempre la he querido. —La voz de Marge se quebró en un pequeño sollozo—. No puedes saber lo que es, Nora, querer tanto a tu hija… y ver cómo deja de necesitarte. ¿Y si se casa con ese hombre y se olvida de mí?
Nora cerró los ojos y despejó la mente. Había adquirido esa habilidad hacía mucho tiempo; las personas que la llamaban sin cesar le decían cosas que le dolían profundamente. Había tenido que aprender a soltarlas.
—Todas las madres temen eso, Marge. La única manera de aferrarnos a nuestros hijos es dejarlos ir. Deja que Suki se lleve tu amor, que sea como una luz siempre encendida en la casa donde creció. Si tiene eso como fuerza, nunca estará demasiado lejos.
Marge lloró en silencio.
—Tal vez podría llamarla…, pedirle que traiga a su novio a cenar.
—Sería un comienzo maravilloso. Buena suerte, Marge, y no olvides ir contándonos cómo te va.
Se aclaró la garganta y colgó la llamada.
—Vamos, chicos —dijo al micrófono—, ayudemos a Marge. Sé que muchos de vosotros os habéis reconciliado con vuestra familia. Llamad. Marge y yo queremos recordar que el amor no es tan frágil como a veces parece.
Se reclinó en la silla, observando cómo se iluminaban las líneas telefónicas. Los problemas de crianza siempre eran un tema recurrente, sobre todo los conflictos entre madres e hijas. En el monitor junto a su codo vio las palabras «Línea cuatro / problemas con la hijastra / Ginny».
Pulsó la línea cuatro.
—Hola y bienvenida, Ginny. Estás en directo con Nora Bridge.
—Eh… Hola. Me encanta tu programa.
—Gracias, Ginny. ¿Cómo está tu familia?
Durante las siguientes dos horas y trece minutos, Nora se entregó por completo a sus oyentes. Nunca pretendía tener todas las respuestas ni sustituir a los médicos o la terapia familiar. Más bien intentaba brindar su amistad a esas personas comunes y corrientes con problemas, desconocidas para ella.
Como era su costumbre, cuando al fin terminó la emisión, regresó a su oficina. Allí se tomó el tiempo de escribir notas personales de agradecimiento a todos los oyentes que habían tenido la amabilidad de dejar su dirección al productor del programa. Siempre lo hacía ella misma; jamás secretaria alguna copiaba la firma de Nora. Era un pequeño detalle, pero Nora creía firmemente en ello. Cualquiera que hubiera tenido el valor de pedirle consejo en público merecía un agradecimiento en privado.
Cuando acabó, se le había hecho tarde. Cogió su maletín Fendi y se apresuró hacia el coche. Por suerte, el hospital estaba a solo unos kilómetros. Aparcó en el estacionamiento subterráneo y salió a la luz artificial del vestíbulo.
Ya habían pasado las horas de visita, pero se trataba de un hospital pequeño y privado, y Nora se había convertido en una visitante tan habitual —todos los sábados y martes durante el último mes— que habían flexibilizado algunas normas para adaptarse a su apretada agenda. Tampoco le venía mal ser una celebridad local ni que a las enfermeras les encantara su programa de radio.
Sonrió y saludó a las caras conocidas mientras caminaba por el pasillo hacia la habitación de Eric. Se detuvo frente a la puerta cerrada y se recompuso. Aunque lo veía a menudo, nunca le resultaba fácil. Eric Sloan era lo más parecido a un hijo suyo, y verlo luchar contra el cáncer resultaba insoportable. Pero Nora era todo lo que le quedaba. Sus padres lo habían dado por perdido hacía mucho tiempo, incapaces de aceptar las decisiones que había tomado en la vida, y su querido hermano menor, Dean, rara vez se tomaba el tiempo para visitarlo.
Empujó la puerta de la habitación y vio que dormía. Estaba acostado en la cama, con la cabeza girada hacia la ventana. Una manta multicolor, tejida por Nora con sus propias manos, le envolvía el cuerpo, demasiado delgado. Prácticamente sin pelo, con las mejillas hundidas y la boca abierta, parecía tan viejo y demacrado como cualquier hombre podía llegar a estar. Y aún no había cumplido treinta y un años.
Por un momento, fue como si no lo hubiera visto antes. Como si…, aunque había presenciado su deterioro diario, en realidad no lo hubiera visto, y ahora se le aparecía y se apropiaba del rostro de su amigo mientras ella fingía tontamente que todo iba a ir bien.
Pero no sería así. Justo entonces, en ese instante, comprendió lo que él había intentado decirle, y el dolor —que había logrado contener en pequeñas dosis— amenazaba con abrumarla. En esa fracción de tiempo pasó de la esperanza a la desesperanza. Y, si a ella le dolía tanto, ¿cómo podría soportarlo él?
Se le acercó y le acarició suavemente la coronilla. Los pocos mechones de cabello, delicados como telarañas, rozaron sus nudillos.
Él la miró con ojos soñolientos e intentó esbozar una sonrisa juvenil, casi lográndolo.
—Tengo buenas y malas noticias —dijo.
Ella le tocó el hombro y sintió su fragilidad. Tan diferente del chico alto, fornido y de pelo negro que le había llevado la compra a casa…
Se le quebró un poco la voz al decir con alegría:
—¿Qué buenas noticias hay?
—No más tratamientos.
Le apretó el hombro con demasiada fuerza; sus huesos se movieron, como los de un pájaro, e inmediatamente lo soltó.
—¿Y las malas noticias?
Su mirada estaba fija.
—No más tratamientos. —Hizo una pausa—. Fue idea del doctor Calomel.
Asintió con desgana, deseando poder pensar en algo profundo que decir, pero ya se lo habían dicho todo en los once meses transcurridos desde su diagnóstico. Habían pasado decenas de noches hablando de ese momento. Incluso había pensado que estaba preparada para ello, para este principio del fin, pero ahora se percataba de su ingenuidad. No existía un estado de «preparación» para la muerte, sobre todo cuando se trataba de un joven al que querías.
Y, sin embargo, lo comprendía. Últimamente había visto cómo el cáncer se lo estaba llevando.
Él cerró los ojos y ella se preguntó si estaría recordando al hombre sano y vibrante que había sido, el chico de la risa estruendosa…, el profesor tan querido por sus alumnos…, o si estaría rememorando la época, unos años antes, en que su pareja, Charlie, había estado en una cama de hospital como esa, luchando una batalla perdida contra el sida.
Al fin la miró; su intento de sonrisa la hizo llorar. En ese instante, contempló retazos de toda su vida. Se lo imaginó a los ocho años, sentado a la mesa de la cocina mientras comía cereales Lucky Charms: un niño de pelo largo, pecoso, con las rodillas magulladas y las orejas grandes.
—Me voy a casa —dijo en voz baja—. En paliativos me ayudarán…
—¡Qué bien! —dijo ella con voz pastosa. Sonrió demasiado al intentar fingir que hablaban de dónde se iba a vivir… en lugar de dónde había elegido morir—. Voy muy adelantada con mis columnas del periódico. Me tomaré la semana libre, te visitaré durante el día. Todavía tendré que trabajar en el programa por la noche, pero…
—Me refiero a la isla. Me voy a casa.
—¿Por fin vas a llamar a tu familia?
Ella odiaba su decisión de llevar su cáncer en privado, pero Eric había sido inflexible. Le había prohibido a Nora que se lo contara a nadie y, por mucho que no estuviera de acuerdo, a ella no le había quedado más remedio que acatar sus deseos.
—Sí, claro. Siempre me han apoyado mucho…
—Esto es diferente a salir del armario y lo sabes. Es hora de llamar a Dean. Y a tus padres.
La mirada que le dirigió era tan desesperanzada que ella quiso apartar la vista.
—¿Y si le dijera a mi madre que me estoy muriendo y aun así no viniera a verme?
Nora lo entendió. Incluso una tenue esperanza podía destrozarlo ahora.
—Al menos llama a tu hermano. Dale una oportunidad.
—Lo pensaré.
—Es lo único que pido. —Forzó una sonrisa—. Si puedes esperar hasta el martes, te llevaré en coche…
Él le tocó la mano con suavidad.
—No tengo mucho tiempo. He hecho los arreglos para que me lleven en avión. Lottie ya está en la casa, preparándola.
«No tengo mucho tiempo». Era infinitamente peor, de alguna manera, oír esas palabras en voz alta. Tragó saliva con dificultad.
—No creo que debas estar solo.
—Basta.
Su voz era suave, su mirada aún más, pero ella percibió un leve eco de su antigua fuerza. Le estaba recordando, como a veces le tocaba hacer, que era un adulto, un hombre hecho y derecho.
—Ahora —dijo, juntando las manos— parecemos una maldita obra de Ibsen. Hablemos de otra cosa. He escuchado tu programa esta noche. Madres e hijas. Eso siempre es duro para ti.
De ese modo, sin más, los devolvió a ambos a la realidad. Como siempre, ella se asombró de su resiliencia. Cuando la vida parecía demasiado grande para poderla asimilar, sabía que él la superaba dividiéndola en partes más pequeñas. Las cosas normales… o las conversaciones cotidianas eran su salvación.
Acercó una silla y se sentó.
—Nunca sé muy bien qué decir y, cuando doy consejos, me siento como la mayor hipócrita del planeta. ¿Cómo se sentiría Marge si supiera que no he hablado con mi propia hija en once años?
Eric no respondió a la pregunta retórica. Era una de las cosas que más le gustaban de él. Nunca intentaba consolarla con mentiras. Pero le ayudaba que alguien reconociera lo doloroso que era para Nora pensar en su hija menor.
—Me pregunto qué estará haciendo ahora.
Era una cuestión recurrente entre ellos, una sobre la que especulaban sin cesar.
Eric soltó una risa breve.
—Con Ruby podría ser cualquier cosa, desde almorzar con Steven Spielberg hasta hacerse un piercing en la lengua.
—La última vez que hablé con Caroline, me dijo que Ruby se había teñido el pelo de azul. —Nora rio; luego guardó un silencio repentino. No era gracioso—. Ruby siempre tuvo un cabello tan bonito…
Eric se inclinó hacia delante. Había una repentina seriedad en sus ojos.
—No está muerta, Nora.
Ella asintió.
—Lo sé. Intento aferrarme a la esperanza de ese pensamiento todo el tiempo.
Él sonrió.
—Ahora saca el tablero de backgammon. Tengo ganas de darte una paliza.
Apenas era la segunda semana de junio y la temperatura ya rondaba los treinta y ocho grados. Una ola de calor atípica, la llamaban en las noticias locales, el tipo de tiempo que solía llegar al sur de California avanzado el año.
El calor enloquecía a la gente. Se despertaban con las sábanas húmedas e iban a buscar un vaso de agua para sorprenderse al descubrir, cuando se les aclaraba la vista, que sostenían la pistola que guardaban escondida en la estantería. Los niños lloraban dormidos e incluso las dosis de paracetamol líquido no lograban bajarles la fiebre. Por toda la ciudad, los pájaros caían de los cables telefónicos y aterrizaban en montones patéticos y arrugados sobre el césped sediento.
Nadie podía dormir con esa temperatura y Ruby Bridge no era la excepción. Estaba tumbada en la cama, con las sábanas en el suelo y una bolsa de hielo presionándole la frente.
Los minutos pasaban, cada uno un gemido captado por el aire acondicionado de la ventana, un zumbido que apenas servía para remover el aire caliente.
Se sentía sola. Hacía solo unos días que su novio, Max, la había dejado. Después de cinco años viviendo juntos, simplemente se había marchado de su vida como un fontanero que acaba de terminar un trabajo desagradable.
Lo único que había dejado eran unos muebles viejos y una nota.
Querida Ruby:
Nunca quise dejar de quererte (ni enamorarme de Angie), pero así son las cosas. Ya sabes cómo va. Necesito ser libre. Al fin y al cabo, los dos sabemos que nunca me quisiste de verdad.
Mantén la calma,
MAX
Lo curioso era (y cuando digo «curioso» me refiero a «raro») que casi no lo echaba de menos. De hecho, no lo echaba de menos en absoluto. Echaba de menos la idea de él. Echaba de menos un segundo plato en la mesa, otro cuerpo en esa cama que parecía haberse agrandado en su ausencia. Sobre todo echaba de menos la farsa de estar enamorada.
Max había sido… esperanza. La encarnación física de la creencia de que podía amar y ser amada a su vez.
A las siete de la mañana sonó el despertador. Ruby se deslizó de la cama dejando un rastro de sudor. El cabecero de aglomerado, tambaleante, golpeó contra la pared. El sujetador y las bragas se le pegaban al cuerpo húmedo. Tomó el vaso de agua que había junto a la cama, lo presionó contra el hueco entre sus pechos y fue al baño, donde se dio una ducha tibia.
Ya estaba sudando de nuevo antes de terminar de secarse. Con un suspiro cansado, se dirigió a la cocina y preparó una cafetera. Se sirvió una taza y luego añadió un buen chorro de nata. Unos grumos blancos flotaron de inmediato en la superficie y formaron una cruz.
Otra mujer podría haber pensado simplemente que la nata se había echado a perder, pero Ruby sabía que no era así: se trataba de una señal. Como si necesitara magia para darse cuenta de que estaba atrapada en el círculo vicioso de su vida.
Tiró esa porquería por el fregadero y regresó a su habitación, donde agarró los pantalones negros de poliéster manchados de grasa y la blusa blanca de algodón que yacían enredados en el suelo. Sudando, con dolor de cabeza y una necesidad desesperada de cafeína, se vistió y salió al calor sofocante.
Bajó las escaleras hasta su maltrecho Volkswagen Escarabajo de 1970. Después de varios intentos, el motor arrancó y Ruby condujo en dirección a Irma’s Hash House, el restaurante de moda de Venice Beach donde llevaba trabajando casi tres años.
Nunca había tenido la intención de seguir siendo camarera; se suponía que el trabajo era temporal, una solución para pagar las cuentas hasta que se estabilizara y causara sensación en uno de los clubes de comedia de la zona, hiciera una aparición especial en el late show de Jay Leno y, finalmente, le ofrecieran su propia comedia televisiva, que acertadamente se titularía ¡Ruby! Siempre la imaginaba con signos de exclamación, como en una de esas revistas de Las Vegas que tanto le gustaban a su abuela.
Pero a los veintisiete ya no eras joven. Tras una década intentando abrirse paso en la comedia, se topaba con el «demasiado mayor». Todo el mundo sabía que estabas acabado si no lograbas triunfar a los treinta. Y Ruby empezaba a pensar que le tocaba ponerse a hacer mermeladas.
Finalmente, maniobró entre las viejas camionetas familiares y los autobuses Volkswagen que llenaban el atestado estacionamiento del restaurante estilo años cincuenta. Había tablas de surf atadas en cualquier superficie; la mayoría de los coches tenían más calcomanías que pintura. Gente bronceada y con aire relajado venía de muy lejos para probar la famosa tortilla de seis huevos de Irma. Aparcó al lado de un autobús que bien podría haber salido de una película ochentera de estudiantes de instituto.
Forzó una sonrisa y se dirigió al restaurante. Al abrir la puerta principal, la campanilla tintineó con alegría. Irma se acercó apresuradamente, con su voluminoso peinado de tres pisos marcándole el camino. Como siempre, se movía rápido, se inclinaba hacia delante como la proa de un barco que se hunde, y luego se detuvo en seco frente a Ruby. Sus ojos, con mucho rímel, se entrecerraron y Ruby se preguntó —de nuevo— si se podría datar a los seres humanos por el maquillaje.
—Tenías que trabajar anoche.
Ruby hizo una mueca.
—Mierda.
Irma cruzó los brazos huesudos.
—Estás despedida. No podemos contar contigo. Debbie tuvo que trabajar doble turno anoche. Tu último sueldo está junto a la caja. Espero que me devuelvas el uniforme mañana. Limpio.
Los labios de Ruby temblaron con rebeldía. La idea de suplicar por ese trabajo de mierda le daba náuseas.
—Vamos, Irma, necesito este trabajo.
—Lo siento, Ruby. De verdad.
Irma se dio la vuelta y se marchó. Ruby se quedó allí un minuto, respirando la familiar mezcla de jarabe de arce y grasa. Luego agarró su cheque del mostrador y salió del restaurante.
Se montó en el coche y se alejó sin rumbo, subiendo una calle y bajando otra. Al fin, cuando sintió que la cara se le derretía, aparcó al borde de la calle en una zona comercial. En las boutiques de moda con aire acondicionado vio docenas de cosas preciosas que no podía permitirse, vendidas por chicas que tenían la mitad de su edad. Se dio cuenta de que estaba a punto de tocar fondo cuando un cartel de SE BUSCA EMPLEADO en el escaparate de una tienda de mascotas le llamó la atención.
«¡Ni hablar!», se dijo. Ya era bastante malo servir carne deshebrada a la estirada familia Butt como para tener que venderles también un hurón.
Volvió a subir a su coche y se marchó, esta vez a toda velocidad, hacia su destino. Cuando llegó a Wilshire Boulevard, se detuvo frente a un edificio alto y estacionó.
Antes de que pudiera arrepentirse, se dirigió al ascensor y subió hasta el último piso. Cuando se abrieron las puertas, una brisa fresca y dulce la recibió secándole el sudor de las mejillas.
Caminó a paso ligero por el pasillo hacia la oficina de su agente y empujó las puertas dobles de cristal esmerilado.
La recepcionista, Maudeen Wachsmith, estaba absorta en una novela romántica. Apenas levantó la vista y sonrió.
—Hola, Ruby —dijo—. Está ocupado hoy. Tendrás que pedir cita.
Ruby pasó corriendo junto a Maudeen y abrió la puerta de golpe. Su agente, Valentine Lightner, estaba allí, sentado tras el cristal de su escritorio. Levantó la vista.
Al ver a Ruby, su sonrisa se convirtió en un ceño fruncido.
—Ruby… No te esperaba… ¿o sí?
Maudeen entró corriendo tras Ruby.
—Lo siento, señor Lightner…
Él levantó una mano delgada.
—No te preocupes, Maudeen. —Se reclinó en su silla—. Veamos, Ruby, ¿qué ocurre?
Esperó a que Maudeen se fuera y luego se dirigió al escritorio. Era humillantemente consciente de que aún llevaba el uniforme y de que el sudor le marcaba las axilas.
—¿Sigue disponible ese trabajo en el crucero?
Se había reído de él tres meses antes —los cruceros eran morgues flotantes para el talento—, pero ya no le parecía indigno. Es más, le parecía superior.
—Lo he intentado todo por ti, Ruby. Escribes cosas graciosas, pero la verdad es que tu forma de comportarte es pésima. Y no es que estés un poco resentida; lo tuyo es un defecto mayúsculo. Has quemado demasiados puentes en este negocio. Nadie quiere contratarte.
—Alguien…
—¡Nadie! ¿Te acuerdas del trabajo que te conseguí en esa sitcom? Retrasaste la producción de la primera semana y volviste locos a todos con las reescrituras.
—Mi personaje era una idiota. No tenía ni una sola frase graciosa.
Val la miró. Sus ojos azul hielo se entrecerraron lentamente.
—¿Te recuerdo que la serie sigue en antena y que otra humorista, menos talentosa, está ganando treinta mil dólares por episodio diciendo lo que le dicen que diga?
—Es una serie de mierda.
Ruby se desplomó en el mullido sillón de cuero frente al escritorio. Le costó un momento reprimir su ego.
—Estoy sin blanca. Irma me ha echado del restaurante.
—¿Por qué no llamas a tu madre?
Cerró los ojos un segundo, respirando hondo.
—No entremos en eso, Val —dijo en voz baja.
—Lo sé, lo sé, es una bruja diabólica. Pero, vamos, Ruby, leí ese artículo en People. Es rica y famosa. Quizá podría ayudarte.
—Es rica y famosa y no puede ayudarme. Además, estoy hasta arriba de esas ayudas suyas. Con un poco más de atención maternal, podría terminar atada a una camilla del pabellón B de psiquiatría cantando «I Gotta Be Me».
Ruby se puso de pie. Le costó un esfuerzo tremendo, habida cuenta de que quería acurrucarse y dormir.
—Bueno, gracias por nada, Val.
—Es esa personalidad tan brillante la que hace que ayudarte sea tan condenadamente fácil. —Suspiró—. Lo intentaré en Asia. Les encantan los comediantes estadounidenses en el extranjero. Tal vez puedas hacer el circuito de clubes nocturnos.
Le daba náuseas solo pensarlo. Contarle chistes a un traductor. Hizo una mueca, imaginándose en uno de esos bares de hombres, con mujeres desnudas contoneándose arriba y abajo por pulidas barras plateadas detrás de ella. Ya había pasado bastante tiempo en antros como ese. Toda su juventud había transcurrido en las sombras, tras la luz de otro artista.
—Quizá sea hora de rendirme. Bajar la persiana. Tirar la toalla. ¿Qué harías tú?
«No, no hagas eso, Ruby; tienes demasiado talento para rendirte». Es lo que le dijo Val hacía seis años, pero esta vez se la quedó mirando.
—Tengo un título a medias de Literatura inglesa en la Universidad de California. Quizá consiga un puesto de supervisora en Burger King.
—Sin duda tienes la personalidad adecuada para atender al público.
No pudo evitar reír. Llevaba mucho tiempo con Val, desde sus primeros días en el Comedy Store. Val siempre había sido su defensor, su mayor fan, pero en los últimos años lo había decepcionado y, de alguna manera, eso era peor que decepcionarse a sí misma. Se había vuelto de trato complicado, temperamental, difícil de ubicar y, lo peor de todo, nada graciosa. Val podía superar cualquier cosa menos eso. Ella tampoco sabía qué le pasaba. Solo que parecía estar siempre enfadada. Debía de estar al borde de un precipicio.
—Aprecio todo lo que has hecho por mí, Val. De verdad, sé que es difícil conseguir trabajo para una diva sin talento.
En el instante en que las palabras salieron de su boca, Ruby oyó lo que había debajo. Vacilante, temeroso, pero presente al fin y al cabo: un adiós. Y lo peor era que sabía que Val había escuchado lo mismo y no le había respondido: «No, no hagas eso, que aún queda mucho por hacer».
En cambio, dijo:
—Tienes más talento natural que nadie que yo haya conocido. Iluminas una habitación con tu sonrisa y tu ingenio es afilado como una navaja. —Se inclinó hacia ella—. Déjame hacerte una pregunta. ¿Cuándo dejaste de sonreír, Ruby?
Ella sabía la respuesta, por supuesto. Había sucedido en su penúltimo año de instituto, pero no quería pensar en ello, ni siquiera para darle una respuesta a Val.
«Los objetos en un espejo están más cerca de lo que parecen», se dijo. Eso también era cierto para los recuerdos; era mejor no mirar.
—No lo sé.
Habló en voz baja, negándose a sostenerle la mirada. Deseaba poder dejar que Val viera lo asustada que estaba, lo sola que se sentía. Pensó que, si pudiera hacer eso, si pudiera mostrarle por una vez a un amigo su vulnerabilidad, tal vez se salvaría. Pero no lo consiguió. Por mucho que lo intentara, Ruby no lograba bajar la guardia. Sus emociones estaban reprimidas, selladas herméticamente para que cada herida y cada recuerdo permanecieran frescos.
—Bueno —dijo al fin mientras enderezaba los hombros e inflaba su poco impresionante pecho. Tuvo la fugaz sensación de verse ridícula, un gorrión herido que intentaba deslumbrar a un halcón peregrino—. Supongo que será mejor que me vaya. Necesitaré comprar unas medias de redecilla y un bote de gas pimienta si voy a dedicarme a la profesión más vieja del mundo.
Val sonrió débilmente.
—Haré las llamadas por lo de Asia. Hablaremos en unos días.
—Te lo agradezco.
Habría añadido algo más, tal vez incluso se habría humillado un poco, pero sentía la garganta cerrada.
Val rodeó el escritorio y acortó la distancia entre ellos. Ella vio la tristeza en sus ojos. Y el pesar.
—Te perdiste a ti misma —dijo en voz baja.
—Lo sé.
—Escúchame, Ruby. Sé lo que es perderse. Necesitas empezar de nuevo.
Tragó saliva con dificultad. Este tipo de honestidad era más propia de otras partes del país, donde el tiempo se medía en estaciones o mareas. Aquí, en Los Ángeles, el tiempo transcurría en intervalos de treinta segundos; la verdadera emoción no prosperaba bajo esa presión.
—No te preocupes por mí, Val. Soy una superviviente. Ahora voy a ir a casa y aprenderé a hablar japonés.
Él le apretó el hombro.
—Esa es mi chica.
—Sayonara.
Ruby movió los dedos en un gesto muy californiano y se marchó con gracia del despacho. Fue difícil lograrlo, al tener que hacerse la importante con el uniforme de camarera manchado de sudor, y, en el momento en que salió de la oficina, abandonó la sonrisa fingida. Caminó con paso lento hacia el ascensor y bajó al vestíbulo; luego se dirigió a su coche. El Volkswagen parecía un escarabajo de verano medio muerto, acurrucado junto al parquímetro. Cuando entró, hizo una mueca de dolor. El asiento estaba ardiendo.
Había una multa de aparcamiento en el parabrisas. Bajó la ventanilla y extendió la mano para arrancar el papel de debajo del limpiaparabrisas oxidado. Lo arrugó formando una bola y lo arrojó fuera. Para ella, que multaran ese trasto y esperaran que les pagara era como dejar una factura en la almohada de un albergue para personas sin hogar.
Antes incluso de que la multa aterrizara en la calle, arrancó el motor y salió a Wilshire Boulevard, donde fue absorbida de inmediato por el flujo del tráfico.
En Studio City, las calles eran más tranquilas. Unos cuantos niños del vecindario jugaban aletargados en sus pequeños jardines. Con un riesgo de incendio tan elevado, no se desperdiciaba agua en cosas como toboganes acuáticos o aspersores.
Ruby esquivó a un enorme sambernardo babeante que dormía en medio de la calle y se detuvo junto a la acera, frente a su complejo de apartamentos.
Secándose la frente, subió las escaleras. Nadie salió a saludar; hacía demasiado calor. Era muy probable que sus vecinos estuvieran en casa, acurrucados en grupos familiares alrededor del aparato de aire acondicionado: el equivalente moderno en Los Ángeles de los hombres de las cavernas acampando alrededor de la maravilla del fuego.
Para cuando llegó a su piso, Ruby jadeaba tan fuerte que sonaba como Shelley Winters después de su baño en La aventura del Poseidón. Estaba prácticamente empapada en sudor, que le resbalaba por la frente y se le pegaba a las pestañas, nublándole la vista.
Le costó un momento abrir la puerta; siempre le pasaba. La alfombra de pelo largo se había levantado en el umbral. Por fin logró abrir la puerta a la fuerza y entró tambaleándose.
Se quedó allí, respirando con dificultad, mientras observaba los destartalados muebles de su lúgubre apartamento y sentía el ardor de las lágrimas.
Absurdamente, pensó: «Ojalá lloviera». Su día entero podría haber sido diferente si el maldito tiempo hubiera cambiado.
Junio era un mes difícil en Seattle. Se trataba de esa época en que las campanas de la escuela sonaban por última vez y las peonías y los delfinios florecían, el momento en que los lugareños comenzaban a quejarse de que los habían engañado. Las lluvias habían comenzado en octubre e, invariablemente, los oriundos juraban que habían llegado temprano ese año; para la última semana de mayo, incluso los menos entendidos en meteorología ya estaban hartos. En las noticias de la televisión, que miraban religiosamente, veían las primeras imágenes tentadoras de gente nadando en las cálidas aguas más al sur. Los familiares comenzaban a llamar por el móvil mientras hacían una barbacoa al aire libre. El verano había llegado a todos los demás rincones de Estados Unidos.
Los lugareños lo entendían como una cuestión de justicia. Se merecían el verano. Habían soportado nueve meses seguidos de clima desapacible y ya era hora de que el sol hiciera su aparición.
Así pues, no era de extrañar que lloviera el día en que Nora Bridge celebró su quincuagésimo cumpleaños. Ella no interpretó el tiempo como un presagio ni como un augurio de mala suerte.
En retrospectiva, debería haberlo hecho.
Por contra, solo pensó: «Lluvia». Claro. Casi siempre llovía en su cumpleaños.
Estaba de pie junto a la ventana de su oficina mientras bebía su bebida favorita, champán Mumm con una rodaja de melocotón fresco, y observaba el tráfico en Broad Street. Eran las cuatro y media de la tarde, hora punta en una ciudad cuyo sistema de autopistas había quedado desbordado hacía diez años.
En el alféizar de la ventana, decenas de tarjetas de cumpleaños se extendían sobre la brillante franja de arce ojo de perdiz. Había recibido tarjetas y regalos de todos los que trabajaban en su programa de radio. Todos resultaban apropiados y encantadores, pero la tarjeta más preciada había sido la de su hija mayor, Caroline.
Por supuesto, la alegría por esa tarjeta se vio empañada por el hecho de que, de nuevo este año, no había recibido ninguna de Ruby.
—Mañana estarás bien —le susurró a su propio reflejo, atrapado en la ventana lluviosa.
Se permitió un momento para regodearse en el arrepentimiento —la añoranza por la tarjeta ausente— y luego se mintió. Quince años de terapia le habían otorgado esa habilidad: sabía compartimentar.
En los últimos años, por fin había logrado controlar sus turbulentas emociones. Las crisis y depresiones que una vez la habían atormentado eran ahora un recuerdo lejano y doloroso.
Se apartó de la ventana y miró el reloj de cristal sobre su escritorio. Eran las 16.38.
En la sala de conferencias, estarían preparando la comida, las botellas de champán y los platos llenos de rodajas de melocotón. Asistentes, publicistas, redactores, productores, todos iban a dedicar una hora de su valioso tiempo personal a organizar una fiesta sorpresa para la nueva estrella de la radio.
Nora dejó su copa de champán sobre el escritorio y abrió uno de los cajones, de donde sacó un pequeño neceser negro de maquillaje de Chanel. Se retocó el rostro y luego salió de la oficina.
Los pasillos estaban inusualmente silenciosos. Tal vez todos estaban ayudando con la fiesta. A las cuatro y cuarenta y cinco en punto, Nora entró en la sala de conferencias.
Estaba vacía.
La larga mesa permanecía desnuda; no había comida ni pequeños trozos de confeti de colores esparcidos por el suelo. Una pancarta de feliz cumpleaños colgaba de las lámparas del techo. Parecía como si alguien hubiera empezado a decorar para una fiesta y luego se hubiera detenido de repente.
Pasó un momento antes de que se percatara de los dos hombres que estaban a su izquierda: Bob Wharton, el propietario y gerente de la emisora, y Jason Close, el abogado principal de la empresa.
Nora sonrió cálidamente.
—Hola, Bob, Jason —dijo, acercándose a ellos—. Me alegra veros.
Los hombres intercambiaron una rápida mirada.
Sintió un escalofrío de inquietud.
—¿Bob?
En el rostro carnoso de Bob, envejecido por almuerzos de dos martinis y días de veinte cigarrillos, se dibujó el ceño fruncido.
—Tenemos malas noticias.
—¿Malas noticias?
Jason pasó junto a Bob y se acercó a Nora. Su cabello gris acero estaba perfectamente peinado. Un traje negro de Armani le hacía parecer un capo de la mafia de cuarenta años.
—Esta mañana, a primera hora, Bob ha recibido la llamada de un hombre llamado Vince Corell.
Nora sintió como si la hubieran abofeteado. El aire se le escapó de los pulmones.
—Afirmó haber tenido una aventura contigo mientras estabas casada. Quería que le pagáramos para que guardara silencio.
—¡Por dios, Nora! —exclamó Bob, furioso—. ¡Una jodida infidelidad! ¡Mientras tus hijas estaban en casa! Deberías habérnoslo dicho.
Les había dicho a sus lectores y oyentes mil veces que fueran fuertes. Que nunca dejaran ver su miedo. Que creyeran en sí mismos y la gente creería en ellos. Pero, ahora que necesitaba esa fuerza, la había perdido.
—Podría decir que estaba mintiendo —dijo, haciendo una mueca al oír el tono entrecortado y desesperado de su propia voz.
Jason abrió su maletín y sacó un sobre de manila.
—Toma.
A Nora le temblaban las manos al coger el sobre y abrirlo. Dentro había fotografías en blanco y negro. Sacó la primera hoja. No había salido ni la mitad cuando vio lo que era.
—Dios mío —susurró. Extendió la mano hacia la silla más cercana y se aferró al respaldo metálico. Solo su pura fuerza de voluntad le impidió caer de rodillas. Metió las fotos de nuevo en el sobre.
—Tiene que haber una forma de detener esto. —Miró a Jason—. Una orden judicial. Son fotos privadas.
—Sí, lo son. Suyas. Es obvio que… sabías que la cámara estaba ahí. Estás posando. Probablemente ha estado esperando todo este tiempo a que te hicieras famosa. Ese artículo en People debe de haber sido la clave.
Inspiró hondo y los miró.
—¿Cuánto quiere?
Hubo una pausa tensa, tras la cual Jason se acercó.
—Medio millón de dólares.
—Puedo conseguir esa cantidad…
—El dinero nunca acaba con este tipo de cosas, Nora. Lo sabes. Tarde o temprano se sabrá.
Ella lo entendió de inmediato.
—Le dijiste que no —dijo Nora con voz monótona—. Y ahora va a ir a los medios sensacionalistas.
Jason asintió.
—Lo siento, Nora.
—Puedo explicárselo a mis fans —dijo ella—. Bob, ellos lo entenderán…
—Das consejos morales, Nora. —Bob negó con la cabeza—. Esto va a ser un escándalo mayúsculo. Dios mío, te hemos estado promocionando como una versión moderna de la madre Teresa y ahora resulta que eres la protagonista de una peli porno.
Nora se estremeció.
—No es justo, Bob.
—Créenos —dijo Jason—. La gente de los parques de caravanas de los pueblecitos de Estados Unidos no entenderá que su ídolo pudiera sentirse libre.
Bob asintió.
—Cuando estas fotos vean la luz, perderemos anunciantes al momento.
Nora juntó las manos temblorosas e intentó parecer tranquila. Sabía que no funcionaba.
—¿Qué hacemos?
Una pausa. Una mirada. Entonces Jason dijo:
—Queremos que te tomes un tiempo libre.
Todo la abrumaba. No podía pensar con claridad. Lo único que sabía era que no podía rendirse. Esa carrera era todo lo que tenía.
—No puedo…
Jason se acercó y le tocó el hombro con suavidad.
—Has pasado la mayor parte de la última década diciéndole a la gente que honre sus compromisos y que ponga a la familia en primer lugar. ¿Cuánto crees que tardará la prensa en descubrir que no has hablado con tu propia hija desde el divorcio? Tu consejo sonará un poco vacío después de eso.
Bob asintió.
—La prensa te va a destrozar, Nora. No porque te lo merezcas, sino porque pueden. A los medios sensacionalistas les encantan las celebridades en apuros… y con fotos sexis. ¡Claro que sí! Se van a dar un festín con esto.
Y así, sin más, la vida se le escapaba a Nora de las manos.
—Ya pasará —susurró, sabiendo en el fondo del corazón que no era cierto o que, si lo era, poco importaría al final. Algunos vientos eran huracanados y arrasaban con todo a su paso.
—Me tomaré unas semanas libres. Veremos qué pasa. Dedicaré un tiempo a preparar una declaración.
—Para que conste —dijo Jason—, estas son unas vacaciones programadas. No admitiremos que tengan nada que ver con el escándalo.
—Gracias.
—Espero que superes esto —dijo Jason—. Todos lo esperamos.
Jason y Bob hablaron al mismo tiempo y luego se hizo un incómodo silencio. Nora los oyó pasar a su lado. La puerta se cerró tras ellos.
Se quedó allí sola, con la mirada nublada por las lágrimas, que ya no podía contener. Después de once años trabajando setenta horas semanales, todo había terminado.
¡Puf! Su vida se había esfumado, hecha añicos por unas cuantas fotografías de desnudos tomadas hacía toda una vida. El mundo vería su hipocresía, y también —¡Dios mío!— sus propias hijas.
Por fin sabrían, sin lugar a dudas, que su madre había tenido una aventura y que les había mentido a todos cuando abandonó su matrimonio.
A Ruby le dolía muchísimo la cabeza. Había dormido a ratos todo el día.
Finalmente, entró tambaleándose en la cocina y fue a la nevera. Al abrirla, la luz fluorescente le lastimó los ojos doloridos. Entrecerrándolos, agarró el litro de zumo de naranja y se lo bebió directamente del envase. El líquido le corrió por la barbilla. Lo apartó de un manotazo.
En el salón —¡menudo chiste!, porque, si vivieras en esa habitación vacía, o bien te estarías muriendo, o bien serías demasiado estúpida para seguir respirando— se apoyó contra la pared rugosa y se dejó caer en una silla, estirando las piernas. Sabía que tenía que bajar al súper de Chang y comprar un periódico, pero la idea de recurrir a los anuncios clasificados era más de lo que podía soportar. El trabajo en el local de Irma no había sido gran cosa —había sido horrible, de hecho—, pero al menos era suyo. No tuvo que hacer cola para suplicar una oportunidad, diciendo otra vez: «De verdad, hago comedia». Como si ella fuera especial, en lugar de resultar una perdedora más en la lista de hombres y mujeres que llegaban a Hollywood con un billete barato de ida y un sueño de futuro.
Sonó el teléfono.
Ruby no quería contestar. Difícilmente podían ser buenas noticias. En el mejor de los casos sería su hermana Caroline, una yuppie de tomo y lomo y miembro de la Junior League que tenía dos hijos perfectos y un marido buenísimo.
Era posible que papá por fin se acordara de ella, pero Ruby lo dudaba. Desde que se había vuelto a casar y había formado una segunda familia, su padre estaba más interesado en las tomas nocturnas del bebé que en la vida de su hija adulta. Francamente, ni siquiera recordaba la última vez que la había llamado.
El teléfono no paraba de sonar.
Se arrastró al fin por la alfombra de pelo largo y contestó al cuarto tono.
—¿Diga? —Oyó el gruñido en su voz, pero ¿a quién le importaba? Estaba de mal humor y no le daba igual que lo supieran.
—¡Oye, no me grites!
Ruby no podía creerlo.
—¿Val?
—Soy yo, cariño, tu agente favorito.
Frunció el ceño.
—Pareces bastante contento, considerando que mi carrera se está hundiendo.
—Estoy feliz. Te cuento. Ayer llamé a todos los que se me ocurrió que pudieran contratarte. Y, cariño, odio decirte esto, pero nadie te quiso. El único que se mostró interesado fue el de esa línea de cruceros de mierda. Me dijo que te contratarían para el verano si prometías no decir palabrotas… y aceptabas usar una minifalda naranja de lentejuelas para ayudar al mago después de tu actuación.
A Ruby le dolía la cabeza con más fuerza. Se frotó las sienes.
—Déjame adivinar… ¿Me llamas para decirme que hay un tal Picha Gorda que tiene un trabajo nocturno para mí al lado de la estación?
Val se rio. Fue una risa sonora y potente, sin ninguno de los matices forzados a los que estaba acostumbrada. Un cliente suyo aprendía a reconocer los sutiles matices de su entusiasmo, una habilidad que se adquiría estando en el último escalón de la escala de ingresos.
—No te lo vas a creer. ¡Demonios, ni yo me lo creo! ¡Y contesté yo! A ver si adivinas quién me ha llamado hoy.
—Pues Heidi Fleiss o cualquier otra madama.
Hubo una pausa palpable. En ella, Ruby oyó la exhalación de Val: estaba fumando.
—Joe Cochran.
—¿De Uproar? No me vengas con cuentos, Val. Soy un poco…
—Me llamó Joe Cochran. En serio. Tuvo una cancelación repentina. Quiere contratarte para el show de mañana.
¿Cómo podía el mundo dar un giro tan rápido? Si ayer Ruby era una cualquiera, hoy Joe Cochran la quería. El presentador del programa nocturno de entrevistas más popular y moderno del país. Se había inspirado en Politically Incorrect, pero, como Uproar se emitía por cable, en el programa exploraban temas más atrevidos y se fomentaba el lenguaje soez. Era el trabajo soñado de cualquier joven comediante. Aunque ella ya no era tan joven.
—Te da dos minutos para hacer un monólogo. Así que, nena, esta es tu oportunidad. Más te vale aprovechar el tiempo que te queda para ensayar. Mañana a las once mando un coche a buscarte.
—Gracias, Val.
—No he hecho nada, cariño. De verdad. Todo es mérito tuyo. Buena suerte.
Antes de colgar, Ruby se acordó de preguntar:
—Oye, ¿de qué trata el programa de mañana?
—Ah, sí. —Oyó el crujido de papeles—. Se llama «Crimen y castigo: ¿tienen mamá y papá la culpa de todo?».
Ruby debería haberlo sabido.
—Me quieren porque soy su hija.
—¿Te importa por qué?
—No. —Era cierto. No le importaba por qué Joe Cochran la había llamado. Esta era su oportunidad. Por fin, después de años de citas para actuaciones horribles en bares llenos de humo, en pueblos cuyos nombres no recordaba, iba a conseguir que la vieran a nivel nacional.
Le dio las gracias a Val de nuevo y colgó el teléfono. El corazón le latía tan fuerte que se sentía mareada. Incluso la habitación vacía parecía mejor. De todos modos, no permanecería allí mucho tiempo. Estaría brillante en el programa, una estrella resplandeciente.
Corrió a su cuarto y abrió de golpe las puertas de persiana de su armario. Todo lo que tenía era negro. No podía permitirse nada nuevo… Entonces recordó el suéter negro de cachemira. Se lo había dado su madre, escondido en una caja de Caroline dos navidades antes. Aunque Ruby solía devolver sin abrir los regalos que su madre le mandaba desde la culpabilidad, este la había seducido. Una vez que tocó esa hermosa tela, fue incapaz de devolverlo.
Cogió el suéter negro de cuello en uve de la percha y lo tiró sobre la cama. Mañana lo adornaría con collares y se lo pondría con una minifalda de cuero negra y medias negras. Muy Janeane Garofalo.
Cuando Ruby terminó de elegir la ropa, cerró de golpe la puerta del dormitorio. Un delgado espejo de cuerpo entero en la parte posterior de la puerta reflejaba su imagen, enmarcada por tiras de plástico dorado.
Le costaba tomarse en serio, vestida como estaba con la vieja camiseta de fútbol americano de su padre y un par de calcetines rojos hasta la rodilla. El cabello corto y negro se había moldeado por el sudor de la noche anterior, imitando a la perfección el peinado punk de Johnny Rotten. Unas arrugas rosadas del sueño aún surcaban su pálida cara. Restos del maquillaje de la noche anterior le rodeaban los ojos.
—Soy Ruby Bridge —dijo al tiempo que agarraba un cepillo para el pelo de la cómoda para usarlo a modo de micrófono—. Y sí, tienen razón si reconocen el apellido. Soy su hija, la de Nora Bridge, gurú espiritual del Medio Oeste.
Sacó la cadera imaginándose cómo se vería al día siguiente: con las puntas del pelo teñidas de azul temporalmente, una docena de collares horteras, ropa negra ajustada y un maquillaje negro intenso.
—Miradme. ¿De verdad esa mujer ha de deciros cómo criar hijos? Es como esos anuncios de televisión en los que salen famosos que te dicen que seas mentor de un niño. ¿Y a quién elige Hollywood para dar consejos? A un montón de anoréxicos, alcohólicos, drogadictos y personas que se casan en serie. Gente que no ha pasado ni diez minutos con un niño en años. Y te dicen cómo ser padre. Es como…
Sonó el teléfono.
—¡Maldita sea!
Ruby corrió a la sala y arrancó el cable de la pared. No debían molestarla durante las siguientes veinticuatro horas. Nada importaba excepto prepararse para el programa.
Como todas las grandes ciudades, San Francisco era hermosa de noche. Luces multicolores centelleaban por todo el centro, creando un jardín de esculturas de neón a lo largo de la oscura bahía.
Dean Sloan echó un vistazo al muro de ventanas que enmarcaba la vista panorámica. Por desgracia, no podía levantarse de su asiento. Estaba, como siempre, atrapado por las trampas de la cortesía.
Dispersas por el salón de baile ricamente adornado de esta mansión en Russian Hill, había una docena de mesas, cada una cubierta con tela dorada brillante y coronada por una capa de seda opalescente. La vajilla era blanca con ribetes de platino. Cuatro o cinco parejas estaban sentadas en cada mesa, inmersas en conversaciones triviales. Las mujeres lucían vestidos elegantes y costosos, los hombres llevaban esmoquin. La anfitriona de la fiesta, una celebridad local, había seleccionado en persona a los invitados entre las familias más adineradas de San Francisco. La obra benéfica de esa noche era la ópera, que resultaría muy beneficiada, aunque Dean se preguntaba cuántos de los invitados se preocupaban en realidad por la música. Lo que en verdad les importaba era ser vistos, y, aún más importante, ser vistos haciendo lo correcto.
Su acompañante, una mujer pálida y exquisita llamada Sarah Brightman-Edgington, deslizó una mano por su muslo y Dean supo que había permanecido en silencio demasiado tiempo. Con una facilidad casi ensayada, se volvió hacia ella y le dedicó esa sonrisa tan bien documentada en las páginas de sociedad de la prensa de la ciudad.
—Fue un detalle encantador, ¿no crees? —dijo ella en voz baja antes de tomar un pequeño sorbo de champán.
Dean no tenía ni idea de qué hablaba, pero una rápida mirada a su alrededor lo iluminó. Una mujer mayor, bien conservada, con un vestido azul engañosamente sencillo, estaba de pie junto al piano Steinway de ébano. Sin duda había estado hablando con entusiasmo sobre la ópera y agradeciendo de antemano a sus invitados sus desinteresadas contribuciones. No había nada que les gustara tanto a los ricos como fingir generosidad.
Era, lo sabía, el comienzo oficial del fin de la velada. Todavía habría baile, algunas charlas animadas y aún más chismes, pero pronto sería de buena educación marcharse.
Se oyeron algunos aplausos tenues; luego el sonido de sillas que se movían hacia atrás.
Dean tomó la mano de Sarah. Juntos se escabulleron entre la multitud que susurraba. La banda tocaba algo suave y romántico, una canción que le resultaba casi familiar.
En la pista de baile, él atrajo a Sarah hacia sí, le deslizó la mano por la espalda desnuda y sintió cómo ella se estremecía con su tacto.
La multitud se arremolinaba a su alrededor. Sobre sus cabezas, miles de lucecitas centelleaban como estrellas. Había un tenue y dulce aroma a rosas en el aire. O tal vez era el olor del dinero…
Él miró el rostro de Sarah, que alzaba la vista, y notó por primera vez la belleza de sus ojos grises. Sin pensarlo, se inclinó ligeramente y la besó, saboreando el champán que había bebido. Podía intuir por ese beso hacia dónde se dirigía la noche. Ella lo desearía. Si quisiera, podría tomarla de la mano, sacarla de aquella multitud y llevarla a su cama. Ella no pondría objeciones. Después la llamaría y probablemente dormirían juntos un par de veces más. Luego, de alguna manera, la olvidaría. El año pasado, una revista local lo había nombrado el soltero más (in)deseable de San Francisco debido a su reputación de tener aventuras fugaces. Era cierto; sin duda se había acostado con docenas de las mujeres más bellas de la ciudad.
Pero lo que el reportero no sabía, ni siquiera imaginaba, era lo cansado que estaba Dean de todo aquello. No tenía ni veintinueve años y ya se sentía viejo. Dinero. Poder. Mujeres desechables que parecían oír su apellido y volverse tan maleables como la arcilla mojada. Desde hacía más de un año, Dean sentía que algo no iba bien en su vida. Que le faltaba algo.
Al principio supuso que era un problema de negocios y se volcó de nuevo en el trabajo, acumulando ochenta horas semanales en Harcourt and Sons. Pero lo único que había conseguido era ganar más dinero, y el dolor en su estómago se había agudizado.
Había intentado hablar con su padre al respecto. Como siempre, fue inútil. Edward Sloan era —y siempre lo había sido— un encantador y frívolo vividor que obedecía al instante cada orden de su esposa. Era la madre de Dean quien albergaba toda la ambición, y nunca le habían importado demasiado las cosas como la realización personal o la satisfacción. Su comentario fue el que él esperaba: «Dirigí esta empresa durante treinta años; ahora te toca a ti. No se permiten quejas».
Supuso que se había ganado ese derecho. Bajo la férrea mano de su madre, el negocio familiar, iniciado por su abuelo y expandido por su padre, se había convertido en una empresa de cien millones de dólares. Eso siempre había sido suficiente para ella. Todo lo que siempre había querido. Pero ese mismo éxito le resultaba vagamente vacío a Dean.
Incluso había intentado hablar con sus amigos sobre ello, y, aunque querían ayudar, estaba claro que ninguno entendía sus sentimientos. Después de todo, no era tan sorprendente. A pesar de que todos provenían del mismo entorno, Dean había crecido en un mundo algo diferente al de sus compañeros.
«Lopez Island. Summer Island».
Había pasado diez años perfectos en las islas San Juan. Allí, él y su hermano, Eric, habían sido —por un breve tiempo— chicos normales. Esas islas remotas habían formado a Dean y lo habían definido de alguna manera, le habían brindado un lugar donde se sentía completo.
Por supuesto, Ruby había estado allí. Y, antes de que enloqueciera y lo arruinara todo, le había enseñado lo que era el amor.
Luego le había mostrado lo fácil que era romperlo.
Dean suspiró, deseando no haber pensado en Ruby ahora, cuando tenía a una mujer hermosa y dispuesta en sus brazos…
De repente se sintió cansado. Simplemente no tenía la energía para pasar la noche con otra mujer que no le importaba.
—No me siento bien —dijo, preguntándose por un instante si era mentira o no del todo.
Ella le sonrió, dejando ver una dentadura blanca perfecta. Le deslizó la mano por el brazo y le rodeó la nuca con posesividad. Siempre eran posesivas, pensó con cansancio. O tal vez esa era solo su impresión.
—Yo también —ronroneó ella—. Mi casa está a la vuelta de la esquina.
Él extendió la mano y tomó la de ella, besándole con suavidad los nudillos.
—No, la verdad es que no me encuentro bien y tengo una conferencia telefónica al amanecer con Tokio. Creo que te llevaré a casa, si no te importa.
Ella hizo un puchero encantador y él se preguntó si eso era una de las cosas que les enseñaban a las jóvenes adineradas en escuelas de señoritas como la de Miss Porter. Si no, se había transmitido de generación en generación con el mismo cuidado que el secreto del fuego.
—Te llamaré mañana —dijo, aunque no lo sentía de verdad. En un momento así, solo había dos opciones: herirla al no decírselo o herirla al no hacerlo. Mentir en ese momento era más fácil.
Una vez tomada la decisión, salieron de la habitación lo más rápido posible. Dean se abrió paso entre la multitud como un ciclista del Tour de Francia. Se despidió de las pocas personas que en realidad le importaban, cogió el chal de Sarah (¿un abrigo de piel en junio?) y se apresuró a colocarse bajo el pórtico.
Sarah entabló una conversación trivial mientras estaban allí juntos, y él escuchó cortésmente y respondió a lo que consideró apropiado. Al fin, oyó que su coche se acercaba. El Aston Martin negro rugió por la entrada y frenó de sopetón. Un aparcacoches uniformado saltó del asiento del conductor y se apresuró a abrir la puerta de Sarah; luego la ayudó a sentarse.
Dean asintió al hombre al pasar.
—Gracias, Ramon —dijo al subir a su coche. Cerró la puerta de golpe y arrancó, acelerando demasiado.
Pasó un minuto entero antes de que Sarah preguntara:
—¿Cómo sabías que se llamaba Ramon?
—Se lo pregunté cuando llegamos.
—Ah.
Dean la miró. Vio su perfil perfecto recortado contra el cristal ennegrecido de la ventana.
—¿Qué? ¿Hay algo malo en saber su nombre?
Un ceño fruncido cruzó su rostro. Levantó una mano y señaló distraídamente.
—Aquí está mi casa.
Dean se internó por la entrada circular y estacionó bajo una farola antigua.
Ella se giró hacia él, frunciendo un poco el ceño.
—No eres lo que esperaba. Las chicas… hablan de ti.
Se pasó una mano por su cabello rubio, demasiado largo.
—Espero que sea algo bueno no ser lo que esperabas.
—Lo es —dijo ella en voz baja—. No te volveré a ver, ¿verdad?
—Sarah, yo…
—¿Verdad? —lo interrumpió con brusquedad.
Dean tomó una honda bocanada de aire y exhaló.
—No eres tú. Soy yo. Últimamente estoy inquieto. No soy buena compañía.
Ella rio. Era un sonido ensayado y brillante que apenas contenía rastros de alegría.
—Eres joven, rico y vives protegido. Claro que estás inquieto. Los pobres viven presionados y hambrientos. Los ricos están inquietos y aburridos. Yo me aburro desde la primaria, ¡por el amor de Dios!
Fue muy triste oírlo. Dean no supo cómo responder. Salió del coche y lo rodeó para ayudarla a bajar. Deslizando una mano por su cintura, la acompañó hasta la puerta de la mansión de su padre, en la cima de la colina. En voz baja, le dijo:
—Eres demasiado hermosa para aburrirte.
Ella lo miró con tristeza.
—Tú también.
Dean le dio un beso de buenas noches, regresó a su coche y condujo a toda velocidad hasta su casa.
En menos de quince minutos estaba en su sala de estar contemplando la ciudad iluminada por la noche mientras bebía brandi caliente de una copa grande. En las paredes a su alrededor colgaban fotografías enmarcadas, su afición. Antes, verlas lo habría complacido. Ahora, todo lo que veía al mirar sus fotografías era lo malo que había habido en su vida.
Detrás de él sonó el teléfono. Esperó unos cuantos timbres a que Hester, su asistenta, contestara. Entonces recordó que Hester había ido a ver a sus hijos esa noche. Se dirigió al sofá de ante color café con leche, se dejó caer sobre el cojín de plumas y contestó el teléfono.
—Dean Sloan. —Sabía que era un saludo impersonal, pero no le importó.
—¿Dino? ¿Eres tú?
—Eh… ¿Eric? ¿Cómo diablos estás?
Dean estaba atónito. No había sabido nada de su hermano en… ¿un año? ¿Dieciocho meses?
—¿Estás sentado?
—Eso no suena bien.
—No, claro. Me estoy muriendo.
Dean sintió como si le hubieran dado un puñetazo en el estómago. Un escalofrío lo recorrió.
—¿Sida? —susurró.
Eric se rio.
—¿Sabes que también contraemos otras enfermedades? Mi favorita es el cáncer.
—Te conseguiremos el mejor tratamiento. Puedo hacer algunas llamadas ahora mismo. Mark Foster sigue en la junta directiva de…
—He recibido los mejores tratamientos. He visto a los mejores especialistas, y ellos —dijo Eric en voz baja— me han visto a mí. —Inspiró hondo—. No me queda mucho tiempo.
Dean parecía no poder respirar bien.
—Tienes treinta años —dijo con impotencia, como si la edad fuera relevante.
—Debí habértelo dicho cuando me diagnosticaron, pero… seguía pensando que te lo contaría cuando todo terminara y nos reiríamos juntos de ello…
—¿Hay alguna posibilidad de que algún día nos riamos de ello?
Eric tardó un momento en responder.
—No.
—¿Qué puedo hacer?
—Voy a volver a la isla. Lottie ya está allí, esperándome.
—La isla —repitió Dean poco a poco. Una extraña sensación de inevitabilidad inundó la habitación. Era como si Dean siempre hubiera sabido que algún día acabarían de vuelta allí donde todo había empezado. Donde todo había salido tan mal. Quizá una parte de él incluso lo había estado esperando.
—¿Vendrás?
—Por supuesto.
—Quiero que volvamos a ser hermanos.
—Siempre hemos sido hermanos —respondió Dean con incomodidad.
—No —dijo Eric en voz baja—. Hemos sido miembros de la misma familia. Hace años que no somos hermanos.