Hace unos años, poco después de la muerte de mis padres, me topé con una frase del psicólogo Barry Schwartz que se me quedó grabada. La anoté en una tarjeta y la pegué con cinta adhesiva en mi escritorio:
«La gente cree que la vida es una búsqueda del tesoro. Pues no: la vida es más bien una creación de tesoros».
Las palabras de Schwartz me impactaron porque ponían de relieve una verdad incómoda. Yo tenía por entonces más de cincuenta años y había pasado la mayor parte de mi carrera en modo «búsqueda del tesoro», centrado en metas y proyectos, instalado en un perpetuo estado de mucho trabajo y escasa reflexión. Así que cuando mis padres fallecieron, uno después del otro en poco tiempo (problemas cardiacos y cáncer), me encontré sumido en una crisis existencial de libro. Me sentía apático pero a la vez inquieto, obsesionado por preguntas transcendentales: ¿qué es una vida con un propósito, una vida significativa? ¿Cómo podemos mi esposa y yo encontrar la plenitud y ayudar a nuestras cuatro hijas a hallar la suya? ¿De qué manera se accede a niveles más profundos de la existencia? Eran el tipo de cuestiones que podrían haberme llevado a abrazar la religión (me crie en el catolicismo, aunque dejé de practicar hace años), embarcarme en un peregrinaje o sumergirme en la meditación. En cambio, guiado por las palabras de Schwartz, decidí adoptar un enfoque periodístico.
Empecé basándome en una definición científica de «florecimiento»: «la experiencia de un crecimiento gozoso y que tenga un propósito, compartido con otros». Esa descripción, respaldada por décadas de estudios, se sustenta en dos ideas fundamentales. La primera es que el florecimiento —el hecho de prosperar— no es algo que pueda lograrse siguiendo una fórmula o pulsando un interruptor. Se trata más bien de un proceso natural que va surgiendo con el tiempo, moldeado por nuestras acciones cotidianas y por los entornos que habitamos. En segundo lugar, el florecimiento no es una tarea individual: nos convertimos en nuestra versión más plena a través de las relaciones que mantenemos con los demás. Como dice la escritora Robin Wall Kimmerer, «todo florecimiento es mutuo».
A continuación, apliqué esa noción a mi propia vida mediante un experimento mental: imagínate que tienes un dispositivo —algo pequeño, como un teléfono— que emite un destello similar a una chispa cada vez que experimentas un florecimiento. ¿Qué pasaría si te llevaras ese dispositivo contigo a todas partes? ¿Qué patrones revelaría?
Se me hizo evidente un patrón: durante las últimas tres décadas, mi familia y yo hemos pasado mucho tiempo en la remota ciudad de Homer, en el estado norteamericano de Alaska, donde veraneaba cuando era niño. Homer es pequeña (tiene cinco mil habitantes) y de clima ventoso. La pegatina favorita que la gente coloca en el coche: «Un pequeño pueblo bebedor con un problema con la pesca», resulta bastante acertada.[1] Vivimos en Homer quince años, y seguimos yendo con regularidad; todos los veranos pasamos un tiempo allí, no solo por el paisaje agreste o por disfrutar de una comunidad tan unida, sino por la sensación que experimentamos al estar en ese lugar. Una y otra vez, la ciudad genera chispazos de una vitalidad compartida y significativa.
Un ejemplo de ello es el ballet El cascanueces de Homer. Iniciado a finales de la década de 1980 por una profesora local de danza, el evento se ha convertido en un sorprendente fenómeno comunitario. Cada año, equipos de voluntarios —pescadores, profesores, médicos, contables— pasan semanas construyendo decorados y cosiendo vestuarios. Y cada año un centenar de niños y varias docenas de adultos se sumergen en la vorágine de enseñar, aprender y representar diferentes bailes y acrobacias, además de encargarse de otras tareas entre bastidores (puedo dar fe de que esparcir copos de nieve de plástico desde una pasarela es más complicado de lo que parece). Ese espectáculo anual se acaba materializando —nadie sabe muy bien cómo— en un resultado espectacular que atrae a nuevas generaciones de niños y padres a su universo de lentejuelas.
Todo ello, si te paras a pensarlo, es una locura. La ciudad dedica una cantidad absurda de tiempo, atención y esfuerzo a un evento que dura unas pocas horas y no tiene continuidad. Dicho de otro modo: si contrataras a un consultor profesional para mejorar el bienestar de tu comunidad, es casi seguro que no te dirá: «Esta es la solución: haz que todo el mundo deje lo que está haciendo y se ponga a montar un complicado ballet». Y sin embargo… funciona. De alguna manera, irracional y maravillosamente, El cascanueces da vida a este pueblo.
Así que vamos a profundizar un poco en el tema: apuntemos nuestro detector imaginario de florecimiento hacia El cascanueces para comprender mejor qué es lo que genera ese chisporroteo de alegre energía. ¿Qué vemos?
Pues vemos esto: a la gente que, cuando empieza a sonar la música, se congrega entre bastidores para el ensayo, y con ello genera todo un estallido de chispas en el aire. Vemos a niños esforzándose por aprender los pasos de baile y luego sincronizándose con un ritmo perfecto. Otra explosión de chispas entre ellos. Vemos a los alumnos de primer curso disfrazados de corderitos observando a los protagonistas —ya adolescentes— con cara de pensar: «Ese podría ser yo», y a los adolescentes devolviéndoles la mirada, recordando, a su vez, cuando ellos hicieron de corderos: una doble catarata de chispas. Y, en definitiva, vemos al pueblo entero, en las noches de función, cruzar el aparcamiento nevado y acceder al cálido auditorio. Las luces se atenúan, sube el telón y todos disfrutan de una experiencia creada por ellos en equipo. Como si un río Mississippi chisporroteante recorriera la sala.
Ahora bien: si ampliamos la perspectiva, nos daremos cuenta de que esto no es un simple ballet. Se trata de algo más grande, más extraño, más vivo. Lo que estamos viendo es una especie de ecosistema: una red de relaciones, patrones y prácticas que, de algún modo, convierte el desorden en una conexión significativa, una conexión que tiene un propósito. Al igual que un bosque, un arrecife de coral o un jardín, El cascanueces atrae energía y la transmite hacia el exterior. Desbloquea potenciales y genera brotes de crecimiento individual y colectivo. Además, produce una vitalidad compartida que parece y se siente como mágica, pero que en realidad no lo es en absoluto, ya que funciona según unas reglas. Y aquí la pregunta que subyace es: ¿cuáles son esas reglas? ¿Cómo podemos crear las condiciones para que el florecimiento ocurra con más frecuencia para nosotros, nuestros seres queridos y nuestras comunidades?
Para averiguarlo, pasé cinco años visitando e investigando ecosistemas —barrios, empresas, escuelas, equipos y organizaciones sin ánimo de lucro— que, accidentalmente o de manera deliberada, han demostrado una extraordinaria capacidad para cultivar un crecimiento gozoso y significativo.[2] Algunos ejemplos son:
• Un pueblo diminuto en Nueva Inglaterra que ha dado once atletas olímpicos en el curso de las últimas décadas, muchos de los cuales regresan para vivir allí y contribuyen a la comunidad una vez finalizada su carrera deportiva.
• Una organización sin ánimo de lucro situada en un asentamiento chabolista de Nairobi que ha logrado mejorar la calidad de vida de miles de personas y ha formado a estudiantes que han accedido a las universidades más prestigiosas de Estados Unidos.
• Un grupo de investigadores que, gracias al trabajo desarrollado en un destartalado edificio de madera situado en el campus del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT), crearon algunas de las mayores innovaciones de la historia de la ciencia.
• Un distrito urbano desconectado que acabó transformándose en un barrio cohesionado.
• Una pequeña tienda de delicatessen de la ciudad de Michigan que se ha convertido en un grupo empresarial valorado en casi ochenta millones de euros.
• Un grupo de parejas casadas tan hábiles en el conflicto productivo que sus propias discusiones fortalecen sus relaciones.
De esta manera descubrí que el florecimiento no es algo aleatorio ni predestinado, sino una práctica. Bueno, en realidad, dos prácticas, que conforman las dos partes de este libro. La primera, «Crear propósito», analiza cómo cultivar una atención plena y entregada genera relaciones fuertes y profundas. La segunda, «Construir comunidad», explica el arte de canalizar esas relaciones hacia acciones que permitan a las personas modelar su futuro en común. Ambas prácticas funcionan en tándem: la creación de propósito actúa como el sistema radicular, mientras que la comunidad produce las ramas y las flores. Como veremos, florecer no consiste en obedecer una fórmula, sino en crear las condiciones para que el florecimiento tenga lugar de la única manera posible: de forma natural, aprovechando nuestras capacidades fundamentales para la conexión espiritual y el crecimiento transformador.
En las páginas que siguen aprenderemos a crear esas condiciones. Estudiaremos los beneficios de no hacer nada conjuntamente. Conoceremos los dos sistemas atencionales que compiten en nuestro cerebro y de qué forma algunos hábitos y acciones sencillos pueden permitirnos guiarlos, en lugar de que ellos nos guíen a nosotros. Veremos cómo el ritual funciona como si fuera una puerta de entrada, el valor de crear un hermoso desorden y cómo desatar la energía grupal formulando la pregunta adecuada.
Y, sobre todo, comprobaremos que florecer no implica un cambio radical, sino que es una habilidad que se puede aprender, y que consiste en entablar una conversación más cálida, distendida y significativa con nosotros mismos, con los demás y con el mundo que nos rodea. Porque, en el fondo, el florecimiento no es un problema que se resuelva en solitario, sino un tesoro que creamos entre todos.
Cómo generar una conexión profunda
Lo primero: No te muevas.
Lo segundo: Averigua qué aprendes de eso.
GARY SNYDER