cap-2

1
El lápiz

Cuando Henry David Thoreau, el gran ensayista estadounidense del siglo XIX, hizo una lista exhaustiva de las cosas que necesitaba para ir de excursión, incluyó artículos obvios, como una tienda de campaña y cerillas, y añadió cuerda, periódicos viejos, una cinta métrica y una lupa, además de papel y sellos para tomar notas y escribir cartas. Por eso resulta extraño que omitiera el lápiz con el que estaba haciendo la lista.[1] Más extraño aún si tenemos en cuenta que Thoreau y su padre se ganaban la vida fabricando lápices de gran calidad.[2]

El lápiz parece destinado a que lo pasen por alto, lo que lo convierte en el tema ideal de una antigua adivinanza inglesa: «Me sacan de una mina y me encierran en una caja de madera, de la que nunca salgo, pero casi todo el mundo me utiliza». Nadie dice que «el lápiz es más poderoso que la espada», al menos mientras existan las gomas de borrar.

Pero me gusta que lo pasen por alto. Soy un gran admirador de las cosas que suelen pasar inadvertidas. Desde el ladrillo hasta el botón de «Me gusta», desde el celofán hasta las compresas higiénicas, los inventos que llenan las páginas de este libro a menudo se dan por sentados. Sus historias casi nunca se cuentan, y las lecciones que podrían ofrecernos pocas veces se aprenden. Por eso espero que estas historias y lecciones nos enseñen más que el análisis de hallazgos más evidentes, como la máquina de vapor o el ordenador.

Mi objetivo al seleccionar los cincuenta y un temas de este libro ha sido contar historias que te sorprendan sobre ideas que han tenido consecuencias fascinantes. Se han publicado muchos otros libros sobre inventos que cambiaron el mundo; este trata de inventos que podrían cambiar tu manera de ver el mundo.

Y no hay mejor forma de empezar que con el pobre y olvidado lápiz. Ni siquiera hemos tenido la amabilidad de darle un nombre sensato. El término inglés para «lápiz», pencil, deriva del latín penis, que significa —sí, sí, cálmate— «cola». Esto se debe a que los pinceles romanos se fabricaban con mechones de pelo de la cola de un animal.

Los «lápices de mina» consiguen el mismo efecto sin necesidad de tinta. Incluso sin mina, porque en realidad las minas de los lápices son de grafito. Aunque la idea del grafito dentro de un palo de madera tiene unos cuatrocientos cincuenta años de antigüedad, más de dos siglos después, la Enciclopedia Británica seguía definiendo el «lápiz» como un pincel, como los que utilizaron Cicerón o Séneca.[3]

Pero el lápiz tiene algunos defensores. Henry Petroski, historiador del lápiz, señala que la capacidad de borrarlo lo hace indispensable para diseñadores e ingenieros. «La tinta es el cosmético que las ideas llevarán puesto cuando salgan a la luz. El grafito es su sucia verdad», escribió.[4]

Y luego está el economista estadounidense Leonard Read, que defendió los principios de la economía de libre mercado con la mínima intervención del Gobierno. En 1958, Read publicó un ensayo titulado Yo, el lápiz, en el que el lápiz escribe en primera persona. Mientras que el lápiz de la adivinanza inglesa parecía resignado a su oscuridad, el de Read es un libertario que hace proselitismo de sus ideas con cierta tendencia al melodrama: «Si tomas conciencia del milagro que simbolizo, puedes ayudar a salvar la libertad, que por desgracia la humanidad está perdiendo».[5]

El lápiz de Read es muy consciente de que, a primera vista, no parece impresionante. «Levántame y obsérvame. ¿Qué ves? No hay mucho que llame la atención. Un trozo de madera, barniz, la marca impresa, mina de grafito, un poco de metal y una goma de borrar».

Pero el lápiz sigue explicando que para conseguir la madera de cedro se necesitaron sierras, hachas, motores, cuerda y un vagón de tren; el grafito procede de Ceilán (la actual Sri Lanka), y se mezcla con arcilla de Mississippi, ácido sulfúrico, grasas animales y otros componentes. Y no le hables de sus seis capas de barniz, su virola de latón y su goma de borrar, que quiere que sepas que no es de goma, sino de cloruro de azufre reaccionado con aceite de colza, abrasivo gracias a la piedra pómez italiana y teñido de rosa con sulfuro de cadmio.[6]

¿Y cuál es la ingeniosa respuesta a la eterna pregunta de cómo introducen el grafito en la madera? El truco consiste en coger una delgada plancha de cedro, secada al horno, y serrar una hilera de ranuras en la superficie superior. En un principio, las ranuras eran cuadradas, que son más fáciles de cortar a mano. Ahora se les practica una sección transversal semicircular con máquinas de precisión.[7] Una vez introducidas las varillas cilíndricas de grafito en las ranuras, se pega otra plancha encima, esta vez con las ranuras en la parte inferior, y luego se corta todo el sándwich de grafito en barras paralelas a las varillas de grafito. Estas barras son lápices sin forma, así que se cepillan, se barnizan y listo.[8]

Todo esto para fabricar un lápiz que puede ser tuyo por unos céntimos (pueden encontrarse cajas de 150 unidades por 14,99 euros) y al que la mayoría de nosotros no le dedicamos ni un segundo de reflexión.

Pero el valiente lápiz de Read no se deja intimidar. Saca una conclusión conmovedora de la complejidad de sus cadenas de suministro internacionales y de su precisa fabricación: «Dejad libres todas las energías creativas. […] Tened fe en que los hombres y las mujeres libres responderán a la Mano Invisible. Esa fe se confirmará».[9]

El ensayo de Read se hizo famoso cuando el economista Milton Friedman (ganador del Premio Nobel, defensor del libre mercado y talentoso comunicador de ideas económicas) lo adaptó para su serie de televisión de 1980 Free to Choose. Friedman extrajo la misma lección de los orígenes tremendamente complejos del humilde lápiz; era un testimonio asombroso del poder de las fuerzas del mercado para coordinar a gran cantidad de personas sin que nadie estuviera al mando. «Ningún comisario daba órdenes desde una oficina central; era la magia del sistema de precios».[10]

Si retrocediéramos unos quinientos años en el tiempo, veríamos la magia del sistema de precios entrando en acción. El grafito fue descubierto en el Distrito de los Lagos, en Inglaterra. Cuenta la leyenda que una feroz tormenta arrancó árboles de raíz en el idílico valle de Borrowdale. Bajo las raíces encontraron una extraña sustancia negra y brillante que, en un principio, llamaron «plomo negro».[11] ¿Tenía algún uso que justificara invertir en una mina? Pues sí. El grafito se utilizó muy pronto como «piedra para marcar», como se celebra en los gritos de un vendedor ambulante londinense de hace tres siglos:

Compren piedras para marcar, compren piedras para marcar.

Su uso ofrece grandes ventajas.

Tengo piedras para marcar de color rojo,

muy buenas, o si lo prefieren plomo negro.[12]

Debido a que el grafito era blando pero resistente al calor, también se empleó para hacer balas de cañón. No tardó en convertirse en un recurso muy apreciado. No era tan caro como su primo el diamante (ambos son formas de carbono), pero sí lo bastante valioso para que guardias armados vigilaran a los mineros mientras se cambiaban de ropa al final de su turno para evitar que intentaran robar alguna pepita.[13]

A finales del siglo XVIII, los fabricantes franceses de lápices importaban el grafito de alta calidad de Borrowdale, y lo pagaban con gusto. Pero entonces estalló la guerra y el Gobierno inglés tomó la sensata decisión de no facilitar a Francia la elaboración de balas de cañón. ¿Qué podían hacer los fabricantes franceses de lápices? Entró en escena Nicholas-Jacques Conté, oficial del ejército galo, aeronauta, aventurero e ingeniero de lápices. Conté desarrolló minuciosamente una forma de fabricar minas de lápiz a partir de una mezcla de arcilla con polvo de grafito continental de baja calidad. El Gobierno francés le otorgó la patente para agradecerle su esfuerzo.

Resulta que la historia del heroico lápiz de Leonard Read es aún más compleja que la que cuenta el propio lápiz, pero algunos detalles de esta historia nos invitan a preguntarnos si tiene razón al enorgullecerse tanto de tener su origen en el libre mercado. ¿Habría dedicado el señor Conté tanto esfuerzo a sus experimentos sin la perspectiva de que el Estado le concediera la patente? Puede que sí y puede que no. El economista John Quiggin plantea una objeción diferente: aunque el lápiz de Read subraya su historia en bosques y vagones de ferrocarril, tanto los bosques como los ferrocarriles suelen ser propiedad de los gobiernos, que son los que los gestionan.[14]

Y aunque Friedman tenía razón al afirmar que no existe un «zar del lápiz», incluso en las economías de libre mercado hay jerarquías. Esta perspectiva la estudió otro premio Nobel, Ronald Coase, colega de Friedman. El locuaz instrumento de Leonard Read lo fabricó la empresa Eberhard Faber, ahora parte de Newell Brands y, como en cualquier conglomerado, sus empleados responden a las instrucciones del jefe, no a los precios del mercado.

Así pues, en la práctica, el lápiz es producto de un sistema económico caótico en el que el Gobierno desempeña un papel y las jerarquías corporativas dejan a muchos trabajadores al margen de la «magia del sistema de precios» de Friedman. Puede que Leonard Read tuviera razón cuando dijo que el mercado libre puro sería mejor, pero su lápiz no lo demuestra.

Sin embargo, nos recuerda la profunda complejidad de los procesos para elaborar los objetos cotidianos, cuyo valor a menudo pasamos por alto. La economía que los ensambla para nosotros de forma asequible y fiable es tan asombrosa que desafía la comprensión. Aun así, como punto de partida, no sería mala idea examinar un artículo cotidiano como una tarjeta de crédito, una hamburguesa de McDonald’s, una lata de judías cocidas o el chip RFID de una camiseta. Con cada artículo empieza una historia de conexiones inesperadas y consecuencias intrigantes.

En definitiva, si queremos intentar entender nuestra economía moderna, el lápiz de Read nos señala el camino.

I
Parece sencillo, pero no lo es

2
Ladrillos

«Encontré Roma como una ciudad de ladrillos y la dejé como una ciudad de mármol». Se supone que de esto se jactaba César Augusto, el primer emperador romano, hace poco más de dos mil años. Si lo hacía, exageraba.[1] La antigua Roma era una ciudad de ladrillos, pero no por ello menos gloriosa.

Augusto, además, se unía a una larga tradición de denigrar o pasar por alto uno de los materiales de construcción más antiguos y versátiles. El gran escritor romano de arquitectura Vitruvio los menciona solo de pasada.[2] En la gran Enciclopedia francesa «de las ciencias, las artes y los oficios» de Denis Diderot, publicada en 1751 y en la que Adam Smith se inspiró para su famosa descripción de la fábrica de alfileres,[3] Diderot no se molesta en incluir ninguna imagen de la fabricación de ladrillos.[4]

Esto se debe a que el ladrillo es un objeto muy intuitivo. Desde hace miles de años, las personas han aprendido por sí mismas a construir estructuras sencillas de ladrillo, y también otras grandiosas. Los Jardines Colgantes de Babilonia eran de ladrillo, así como la torre de Babel que aparece en la Biblia. «Vamos, hagamos ladrillos y cozámoslos bien. Y utilizaron ladrillo en lugar de piedra», se dice en Génesis 11,3.[5] En el versículo 5, el Señor entra en escena, nada impresionado por la arrogancia de los ciudadanos de Babel, y las cosas no pintan demasiado bien para esos amantes del ladrillo.

Como señalan James Campbell y Will Pryce en su magistral historia del ladrillo, el humilde paralelepípedo está en todas partes.[6] La mayor estructura construida por el ser humano en el planeta, la Gran Muralla China de la dinastía Ming, está elaborada en gran parte con ladrillos. Los asombrosos templos de Bagan en Myanmar, el imponente castillo de Malbork en Polonia, el palacio Comunal de Siena y el Duomo de Florencia, los puentes de Isfahán en Irán y el palacio de Hampton Court en el oeste de Londres. Todo de ladrillo. Y también la mejor iglesia del mundo, Santa Sofía, en Estambul, y el mejor rascacielos, el edificio Chrysler de Manhattan, e incluso el Taj Mahal. Ladrillo, ladrillo y más ladrillo. El arquitecto Frank Lloyd Wright presumió en cierta ocasión de que podía hacer que un ladrillo valiera su peso en oro.[7]

Todo esto empezó hace mucho tiempo, porque parece que los ladrillos han estado con nosotros desde los inicios de la civilización. La arqueóloga Kathleen Kenyon encontró los más antiguos en Jericó, Jordania, en 1952. Tienen entre 9.600 y 10.300 años de antigüedad, y son sencillos bloques de barro secados al sol, que después apilaban y pegaban entre sí con más barro.[8]

El siguiente gran avance fue el sencillo molde para ladrillos, también originario de Mesopotamia, con al menos 7.000 años de antigüedad y representado con gran claridad en una pintura funeraria de Tebas, en Egipto. Se trata de un rectángulo de madera de cuatro lados, sin tapa ni base, en el que se compactaba arcilla y paja para fabricar ladrillos con rapidez y precisión. No debía de ser fácil hacer esos moldes (son anteriores al uso del metal), pero, una vez construidos, permitían fabricar ladrillos de barro mucho más económicos y de mejor calidad.[9]

Los ladrillos de barro secados al sol no suelen durar mucho, ni siquiera en climas secos. Los cocidos son mucho más duraderos, más resistentes e impermeables. La fabricación de este tipo de ladrillos, calentando arcilla y arena a una temperatura de unos 1.000 °C, es posible desde hace miles de años, pero tiene un coste. Relatos de la tercera dinastía de Ur, que datan de hace algo más de 4.000 años, indican que podían comprarse 14.400 ladrillos de barro por una moneda de plata, pero solo 504 ladrillos de arcilla cocida, es decir, casi 29 ladrillos de barro por uno de arcilla. Unos 1.500 años después, en la época babilónica, las tecnologías de los hornos habían mejorado y el precio de los ladrillos de arcilla cocida había bajado al equivalente a entre dos y cinco ladrillos de barro.[10]

Sigue siendo demasiado para mucha gente. Los ladrillos de barro, baratos y fáciles de fabricar, quizá siguen siendo el material más popular del mundo para construir casas.[11] Pero, como observan los economistas Abhijit Banerjee y Esther Duflo, ganadores del Premio Nobel, los ladrillos cocidos pueden ser una forma eficaz de ahorrar para las familias muy pobres. Si tienes algo de dinero, compras uno o dos ladrillos. Poco a poco tendrás una casa mejor.[12]

El ladrillo es una de esas tecnologías antiguas, como la rueda o el papel, que parecen básicamente inmejorables. «Las formas y tamaños de los ladrillos no difieren mucho en función de dónde se fabriquen», escribe Edward Dobson en la decimocuarta edición de su Rudimentary Treatise on the Manufacture of Bricks and Tiles.[13] El tamaño responde a una razón muy sencilla: es preciso poder cogerlo con una mano. En cuanto a la forma, construir es mucho más fácil si el ancho es la mitad del largo.

Por eso, si observas de cerca algunos edificios que parecen distintivos de su cultura (el minarete de la mezquita de Kalán, en Uzbekistán, el castillo de Herstmonceux, en Inglaterra, y las pagodas gemelas de Suzhou, en China), descubrirás que los ladrillos son casi iguales. Es precisamente la uniformidad lo que los hace tan versátiles, una lección que cada generación de padres redescubre cuando sus hijos empiezan a jugar con piezas de Lego.

Lego, por cierto, señala que no es necesario mandar a reciclar sus ladrillos de plástico, ya que pueden reutilizarse casi indefinidamente. Y lo que es cierto para los ladrillos de juguete lo es aún más para los reales. Los ladrillos encajables de Lego exigen un alto nivel de precisión, y la tasa de fallos es de solo dieciocho por millón,[14] pero los ladrillos unidos con mortero no tienen que ser tan exactos. Muchos edificios medievales, como la catedral de St. Albans, en Inglaterra, reutilizaban ladrillos romanos. ¿Por qué no?

«Los ladrillos toleran muy bien el paso del tiempo», dijo Stewart Brand en su libro y serie de televisión How Buildings Learn. «Pueden durar casi para siempre. Su superficie rugosa adquiere una hermosa pátina que va mejorando a lo largo de los siglos».[15] Mi propia casa, un edificio de ladrillo de mediados del siglo XIX, ahora tiene una gran puerta de cristal en la parte trasera. Para hacer el hueco para el cristal, retiramos algunos ladrillos. Luego los combinamos con otros reciclados similares y utilizamos la ensalada de ladrillos para ampliar la casa.

La producción de ladrillos aún utiliza métodos tradicionales en muchas partes del mundo. Por ejemplo, en la India, los que están hechos a mano suelen cocerse en un horno tipo Bull, una larga zanja cubierta de ladrillos que puede quemar casi cualquier combustible y producir treinta mil unidades al día. Consume mucha energía y es contaminante, pero emplea mano de obra y materiales locales.[16]

Pero la automatización se abre paso progresivamente en la mayor parte de la producción de ladrillos: palas hidráulicas excavan la arcilla, cintas transportan muy despacio los ladrillos por largos hornos, y carretillas elevadoras desplazan palés de ladrillos apilados. Todo esto abarata el precio.[17]

Las obras de construcción se han resistido a la automatización; el clima y las exigencias concretas de cada obra requieren trabajadores con experiencia. Los albañiles son, desde hace mucho tiempo, un símbolo de la honesta dignidad del trabajo manual cualificado, y las herramientas de albañilería apenas han cambiado desde el siglo XVII. Sin embargo, como en tantas otras profesiones, han aparecido señales de que los robots podrían llegar a la albañilería. Un albañil humano puede colocar entre trescientos y seiscientos ladrillos al día; los diseñadores de SAM, un robot albañil semiautomático, aseguran que puede colocar tres mil.[18]

¿Y qué decir del ladrillo en sí? En los países en desarrollo están popularizándose diversos diseños de ladrillos entrelazados, muy parecidos a los de Lego. El resultado suele ser menos resistente e impermeable que los ladrillos y el mortero, pero son más rápidos de colocar y más económicos.[19] Y si tienes robots albañiles, ¿por qué no hacerles manos más grandes para que puedas fabricar ladrillos de mayor tamaño? Hadrian X es un brazo robótico que coloca ladrillos gigantescos que ningún albañil humano podría manejar.

Aunque quizá no deberíamos emocionarnos demasiado. SAM tiene un predecesor, el Motor Mason, del que se hicieron afirmaciones similares en 1967.[20] Quizá los albañiles duren un poco más. Los ladrillos, sin duda.

3
La fábrica

El Piamonte, en el noroeste de Italia, es famoso por su excelente vino. Pero cuando un joven inglés, John Lombe, viajó allí a principios del siglo XVIII, no iba a saborear una copa de barolo. Su propósito era el espionaje industrial. Quería descubrir cómo los piamonteses hilaban hilo resistente a partir de la seda de gusano. Divulgar estos secretos era ilegal, así que Lombe se coló en un taller por la noche y dibujó las máquinas de hilar a la luz de las velas. En 1717 se llevó esos bocetos a Derby, en el centro de Inglaterra.[1]

Cuenta la leyenda que los italianos se vengaron de Lombe enviando a una mujer a asesinarlo. Sea cual sea la verdad, murió de repente a los veintinueve años, pocos después de su aventura en Italia.

Aunque Lombe copiara los secretos italianos, la forma en que él y su medio hermano mayor, Thomas, los utilizaron fue del todo original. Los Lombe eran comerciantes textiles y, al ver la escasez de organza, un hilo de seda resistente, decidieron apostar a lo grande.

En el centro de Derby, junto al caudaloso río Derwent, los hermanos construyeron un edificio que sería imitado en todo el mundo: una estructura larga y estrecha de cinco plantas con paredes de ladrillo liso atravesadas por hileras de ventanas. Albergaba tres docenas de grandes máquinas accionadas por una rueda hidráulica de siete metros de altura. Fue un cambio espectacular a nivel de escala, dice el historiador Joshua Freeman. La era de las grandes fábricas había empezado.[2]

El hecho de que la fábrica de seda de Derby funcionara durante 169 años, con pausas solo los domingos y durante las sequías, cuando el Derwent fluía lento y con poco caudal, es una prueba de que era práctica. Durante ese periodo, la economía mundial se multiplicó por cinco,[3] y las fábricas fueron una parte importante de este crecimiento.

Los intelectuales tomaron nota. Daniel Defoe, autor de Robinson Crusoe, llegó a admirar la fábrica de seda. La riqueza de las naciones, de Adam Smith, publicada en 1776, empieza con una descripción de una fábrica de alfileres.[4] Tres décadas después, William Blake escribió su verso sobre las «oscuras fábricas satánicas».[5]

La preocupación por las condiciones laborales en estos espacios ha persistido desde entonces. La «fábrica circular» construida en 1811 cerca de la fábrica de seda de Derby se inspiró en la famosa cárcel «panóptico» de Jeremy Bentham, un lugar donde nunca se sabía si había alguien vigilando. El diseño circular no tuvo éxito, pero sí el escrutinio implacable de los trabajadores.[6]

Los críticos afirmaban que la explotación en las fábricas era un mal similar a la esclavitud, una afirmación impactante entonces y ahora. Tras visitar las de Manchester en 1832, la novelista Frances Trollope escribió que las condiciones eran «incomparablemente más duras» que las que sufrían los esclavos de las plantaciones.[7] De hecho, a las carretas de reclutamiento que recorrían las zonas rurales de Massachusetts en la década de 1850 con la esperanza de convencer a «señoritas de mejillas sonrosadas» para que fueran a la ciudad a trabajar en las fábricas las llamaban las «esclavistas».[8]

Friedrich Engels, cuyo padre era dueño de una fábrica de Manchester, escribió sobre las duras condiciones, lo que inspiró a su amigo Karl Marx.[9] Pero a este le pareció esperanzador que tantos trabajadores se concentraran en un solo lugar, porque podrían organizar sindicatos, partidos políticos e incluso revoluciones. Tenía razón sobre los sindicatos y los partidos políticos, pero no sobre las revoluciones, que no surgieron en las sociedades industrializadas, sino en las agrarias.

Los revolucionarios rusos no tardaron en adoptar la fábrica. En 1913, Lenin había criticado con dureza los estudios de Frederick Winslow Taylor,[10] basados en el cronómetro y la microgestión, que calificó como «avances en la extorsión del sudor». Tras la revolución, el cronómetro pasó a manos de los revolucionarios. Lenin anunció: «Debemos organizar el estudio y la enseñanza del sistema de Taylor en Rusia».[11]

En las economías desarrolladas, las oscuras fábricas satánicas dieron paso progresivamente a fábricas más limpias y avanzadas.[12] Lo que ahora llama la atención son las condiciones laborales en las fábricas de los países en desarrollo. Los economistas tienden a creer que las condiciones de explotación laboral son mejores que la alternativa de una pobreza aún más extrema en las zonas rurales, y que por eso atraen a trabajadores a ciudades, que crecen a gran velocidad. Desde hace mucho tiempo, la manufactura se considera el motor del rápido desarrollo económico.[13]

¿Y qué le depara el futuro a la fábrica? La historia nos ofrece varias lecciones.

Las fábricas son cada vez más grandes. La de seda de Derby, del siglo XVIII, empleaba a 300 trabajadores, un paso radical en una época en la que incluso el trabajo mecánico podía realizarse en casa o en un pequeño taller. Las de Manchester del siglo XIX que horrorizaron a Engels podían emplear a más de mil, a menudo mujeres y niños.[14] Las fábricas actuales en las economías avanzadas son todavía mucho más grandes: la principal de Volkswagen, en la ciudad alemana de Wolfsburgo, emplea a más de 60.000 trabajadores, lo que equivale a la mitad de la población de la ciudad.[15]

Y el Parque Científico y Tecnológico Longhua de Shenzhen (China), más conocido como Foxconn City, da trabajo al menos a 230.000 personas, a 450.000 según algunas estimaciones, para fabricar los iPhones de Apple y muchos otros productos.[16] Son cifras extraordinarias para un solo lugar; toda la franquicia McDonald’s emplea a menos de dos millones de personas en todo el mundo.[17]

El aumento de escala no es la única forma en que Foxconn City continúa el arco de la historia. Como en la década de 1830, se teme por el bienestar de los trabajadores. En Shenzhen se les disuade del suicidio mediante redes diseñadas para atrapar a todo aquel que salte del tejado de la fábrica.[18]

Pero Leslie Chiang, que ha entrevistado a muchos empleados de fábricas chinas, señala que saben lo que hacen y no necesitan el sentimiento de culpa de los consumidores occidentales. Una empleada, Lu Qingmin, desarrolló su carrera profesional en esas fábricas, conoció a su marido, formó una familia y ahorró lo suficiente para comprarse un Buick de segunda mano. «Una persona debe tener cierta ambición cuando es joven», dijo.[19]

En China son habituales las largas huelgas, como Marx podría haber predicho.[20] El Gobierno de Pekín, en una de las grandes ironías de la historia, está tomando medidas enérgicas contra los jóvenes marxistas que intentan que los trabajadores se sindicalicen.[21]

Y como en Occidente muchas décadas antes, se producen avances: el periodista James Fallows, que ha visitado doscientas fábricas chinas, señala que las condiciones han mejorado drásticamente con el tiempo.[22]

Los secretos comerciales impulsaron la primera fábrica y han dado forma a las siguientes desde entonces. Richard Arkwright, cuya fábrica de algodón se inspiró en la de seda de los hermanos Lombe, dijo: «He decidido que en adelante nadie podrá entrar a ver el trabajo».[23] Las fábricas chinas siguen siendo herméticas. A Fallows le sorprendió que le permitieran entrar en la planta de Foxconn, pero le dijeron que no podía mostrar ni mencionar las marcas que salían de las líneas de producción.[24]

Ha tenido lugar una clara ruptura con el pasado. Las fábricas solían centralizar el proceso de producción: entraban materias primas y salían productos terminados. Los componentes se fabricaban in situ o los proporcionaban proveedores cercanos. Charles Babbage, entusiasta de las fábricas y diseñador de protoordenadores en la época victoriana, señaló que esto evitaba el problema de transportar objetos pesados o frágiles en medio del proceso de fabricación.[25]

Pero los procesos de producción actuales son globales. La producción puede coordinarse y supervisarse sin necesidad de proximidad física, y los contenedores y los códigos de barras agilizan la logística. Las fábricas actuales, incluso gigantes como Foxconn City, son solo pasos en una cadena de producción repartida. Los componentes se mueven entre fronteras en diferentes etapas del montaje.[26]

Foxconn City, por ejemplo, no fabrica iPhones; los ensambla utilizando vidrio y componentes electrónicos de Japón, Corea, Taiwán e incluso Estados Unidos.[27] Grandes fábricas llevan mucho tiempo abasteciendo al mundo. Ahora, el mundo se ha convertido en la fábrica.

4
El sello postal

«Cabe recordar que en pocos departamentos se han llevado a cabo reformas importantes por parte de personas que contaban con un conocimiento práctico de los detalles. Los hombres que detectan imperfecciones y defectos son quienes, al no estar en contacto con estos desde hace mucho tiempo, no se han vuelto insensibles a ellos».[1]

Esas palabras son de 1837. ¿Se trata de una propuesta de un aspirante a consultor de gestión? No, esa profesión aún tardaría casi un siglo en aparecer, pero era esa la labor que Rowland Hill se había propuesto ofrecer al servicio postal británico.

Hill era un antiguo maestro de escuela cuya única experiencia con el servicio postal era la de un usuario descontento. Nadie le había pedido que presentara una propuesta detallada para reformarlo por completo. Investigó en su tiempo libre, redactó su análisis y lo envió por su cuenta al ministro de Hacienda británico con la ingenua confianza en que «una correcta comprensión de mi plan garantizaría su adopción».[2]

Pronto recibiría una lección sobre la naturaleza humana: las personas cuya carrera depende de un sistema, por ineficiente que sea, no siempre aceptan que un completo desconocido aparezca con un diagnóstico meticulosamente argumentado de sus defectos y una propuesta de mejora. «Del todo falaz, absurdo», explotó el secretario de Correos, el coronel Maberly; «descabellado, insólito», añadió el conde de Lichfield, director general de Correos.[3]

Tras ser ignorado por el ministro de Hacienda, Hill cambió de estrategia. Imprimió y distribuyó sus propuestas bajo el título «Reforma de Correos: su importancia y viabilidad».[4] Añadió un prólogo en el que explicaba por qué su falta de experiencia en el servicio postal lo capacitaba para detectar sus «imperfecciones y defectos». No era la única persona frustrada con el sistema, y todos los que leyeron su manifiesto (y no trabajaban para Correos) estuvieron de acuerdo en que tenía toda la razón. El Spectator defendió las reformas de Hill.[5] Se presentaron peticiones. La Sociedad para la Difusión del Conocimiento Útil hizo declaraciones al respecto.[6] En tres años, el Gobierno cedió a la presión pública y nombró a un máximo responsable de Correos: el propio Rowland Hill.[7]

¿Cuáles fueron los problemas que Hill identificó? En aquel entonces no se pagaba por enviar una carta, sino por recibirla. La fórmula de precios era compleja y a menudo prohibitivamente cara. Si el cartero llamaba a una puerta en Birmingham, por ejemplo, con una carta de tres páginas desde Londres, solo dejaba leerla si desembolsaban dos chelines y tres peniques,[8] casi un sueldo diario promedio,[9] aunque «la misiva completa no pesara ni siete gramos».[10]

Se buscaban soluciones alternativas. Los miembros del Parlamento podían enviar cartas que se entregaban gratis, así que las personas que conocían a alguno le pedían el favor de que les «franqueara» las cartas. Se abusaba mucho del privilegio del franqueo gratuito. Hacia la década de 1830, al parecer, los parlamentarios escribían la improbable cifra de siete millones de cartas al año.[11] Otro truco frecuente era enviar mensajes codificados mediante pequeñas variaciones en la dirección. Tú y yo nos poníamos de acuerdo en que si me enviabas un sobre dirigido a «Tim Harford», significaría que estabas bien; si lo dirigías al «Sr. T. Harford», yo entendería que necesitabas ayuda. Cuando el cartero llamara a la puerta, yo miraría el sobre y me negaría a pagar.

La solución de Hill era una audaz reforma en dos pasos. Se pediría a los remitentes, no a los destinatarios, que pagaran el franqueo; y sería barato: un penique, fuera cual fuese la distancia, para cartas de hasta quince gramos. Hill pensaba que valdría la pena gestionar el correo con pérdidas, ya que «la transmisión barata de cartas y otros documentos […] estimularía enormemente la capacidad productiva del país»,[12] pero argumentó que en realidad las ganancias aumentarían, porque si enviar cartas era más barato, se enviarían más.[13]

Los economistas identificarán la pregunta a la que Hill intentaba responder: ¿cuán pronunciada era la curva de la demanda? Si se reducía el precio, ¿cuánto aumentaría la demanda? Hill no sabía nada sobre curvas de demanda, ya que el primer diagrama de este tipo se publicó en 1838, un año después de su propuesta,[14] pero sabía interpretar anécdotas. Un hermano y una hermana que vivían a unos sesenta y cinco kilómetros de distancia, en Reading y Hampstead, y habían perdido el contacto durante tres décadas, mantuvieron correspondencia frecuente cuando un amable diputado les franqueó las cartas gratis.[15] La única razón por la que no se escribían era el gasto.

Hace unos años, el economista indio C. K. Prahalad afirmó que se podía ganar una fortuna atendiendo a lo que él llamaba «la base de la pirámide», los pobres y la clase media baja del mundo en desarrollo. No tenían mucho dinero a nivel individual, pero sí al sumarlos a todos. Rowland Hill se le adelantó más de siglo y medio. Señaló un caso en el que pequeños pagos de gran cantidad de personas pobres habían supuesto una gran suma para el Gobierno: los impuestos sobre la «malta y las bebidas alcohólicas fuertes (que sin duda consumen sobre todo las clases más pobres)» generaban mucho más que los del «vino (la bebida de los ricos)». Hill concluyó con cierto desdén:

El deseo de mantener correspondencia con los amigos puede que no sea tan fuerte ni tan general como el deseo de bebidas alcohólicas fermentadas, pero he tenido conocimiento de hechos que tienden a mostrar que, si no fuera por las elevadas tarifas postales, se escribirían muchas cartas y se alegrarían muchos corazones, cuando ahora tanto los ingresos como los sentimientos de los amigos se ven afectados.[16]

En 1840, el primer año del correo postal a un penique, la cantidad de cartas enviadas aumentó a más del doble. En diez años se había vuelto a duplicar.[17] En un principio, Hill esperaba que los sobres con franqueo pagado fueran más populares que los sellos, pero el sobre «Penny Mulready» cayó en el olvido, mientras que el sello «Penny Black» inspiró al mundo. Los sellos postales tardaron solo tres años en introducirse en Suiza y Brasil, y un poco más en Estados Unidos; en 1860 ya los tenían noventa países.[18] Hill había mostrado que la fortuna en la base de la pirámide estaba ahí para ser explotada.

El franqueo barato trajo algunos problemas modernos: correo basura, estafas y una creciente demanda de respuesta inmediata. Medio siglo después del correo de un penique de Hill, en Londres se hacían entregas cada hora y se esperaban respuestas «a vuelta de correo».[19]

Pero ¿el franqueo postal de un penique difundió también conocimientos útiles y estimuló la capacidad productiva? A los economistas Daron Acemoğlu, Jacob Moscona y James Robinson se les ocurrió no hace mucho una ingeniosa forma de comprobar esta idea en Estados Unidos. Recopilaron datos sobre la expansión de las oficinas de correos en el siglo XIX y la cantidad de solicitudes de patentes en diferentes partes del país. Y, efectivamente, las nuevas oficinas de correos predecían una mayor inventiva, como Hill habría esperado.[20]

Hoy en día, el correo postal parece estar en declive terminal. Disponemos de muchas otras maneras de alegrar a nuestros amigos. Los formularios y los extractos bancarios se digitalizan; incluso el correo basura está en horas bajas, ya que es más rentable enviar spam por internet. En el mundo desarrollado, la cantidad de cartas enviadas se reduce en un pequeño porcentaje cada año.[21] Mientras tanto, un oficinista recibe una media de más de cien correos electrónicos al día.[22] Ya no necesitamos que las sociedades promuevan la difusión de conocimientos útiles, sino mejores maneras de condensarlos.

Pero Acemoğlu y sus colegas creen que podemos aprender algo del servicio postal del siglo XIX: que «la política gubernamental y el diseño institucional pueden impulsar el progreso tecnológico».[23] ¿Qué imperfecciones y defectos actuales en estas áreas podrían estar frenando el progreso? Necesitamos que los sucesores de Rowland Hill nos lo digan.

5
Bicicletas

Un día de otoño de 1865, dos hombres se sentaron en una taberna de Ansonia, en Connecticut, para calmarse tomando unas copas. Estaban bajando por una colina cercana en carreta cuando oyeron un grito espeluznante detrás de ellos. El mismísimo diablo, con cabeza de hombre y cuerpo de una criatura desconocida, descendía hacia ellos volando a ras del suelo. Azotaron a los caballos y huyeron mientras su perseguidor se salía del camino y caía en una zanja llena de agua.

Sin duda, su miedo y su asombro aumentaron cuando un hombre moreno que había oído su conversación cruzó la taberna hacia ellos; estaba sangrando y empapado, y era francés. Se presentó como el diablo.

En realidad, se llamaba Pierre Lallement y era un joven mecánico que llevaba unos meses en Estados Unidos y había llegado de Francia con una máquina que había inventado él mismo: un artefacto de dos ruedas con pedales que él llamaba velocípedo, pero que nosotros llamaríamos bicicleta. El señor Lallement pronto patentaría su invento, que aún carecía de los engranajes y la transmisión por cadena de las bicicletas modernas. Tampoco tenía frenos, y por eso se había precipitado colina abajo hacia los carreteros a una velocidad infernal.[1]

Tras medio siglo de letargo se produjo un renacimiento espectacular. Los «caballos de juguete», con dos ruedas, un asiento y sin pedales, habían estado de moda durante un breve periodo de tiempo, en el verano de 1819, pero después los habían abandonado por considerarlos un juguete absurdo. ¿Y las auténticas bicicletas de pedales? Estaban a punto de provocar cambios radicales en el panorama social, tecnológico y quizá incluso genético del mundo.[2]

La pesada bicicleta del señor Lallement no tardó en ser sustituida por el biciclo, que no era el vehículo elegante que imaginamos con el tono sepia de la nostalgia. Gracias a su enorme rueda delantera, era una máquina de carreras, el doble de rápida que un velocípedo. La conducían casi exclusivamente jóvenes intrépidos, que se encaramaban en una rueda de metro y medio y solían caer hacia delante al menor obstáculo. En ese momento, como explicó un ciclista, uno se encontraba con «un bonito manillar recto de hierro en la cintura que te aprisionaba las piernas y te aseguraba que lo primero que tocaría la superficie de este duro planeta sería tu cara».[3]

Pero el siguiente paso tecnológico, la «bicicleta de seguridad», resultó mucho más atractivo. Introducida veinte años después de que Lallement se lanzara cuesta abajo como el diablo, se parecía mucho a las bicicletas modernas, con transmisión por cadena, ruedas del mismo tamaño y un cuadro en forma de diamante. La velocidad no procedía de una rueda gigantesca, sino de engranajes.[4]

Con pequeñas modificaciones en el travesaño, las bicicletas de seguridad podían utilizarse incluso con vestido. No es que eso preocupara a Angeline Allen, que en 1893 causó sensación paseando en bicicleta por Newark, a las afueras de Nueva York, y no se había puesto un vestido. «¡Llevaba pantalones!», exclamaba el titular de una popular revista masculina, y añadía que era joven, guapa y divorciada.[5]

La bicicleta fue una fuerza liberadora para las mujeres. Aunque no imitaran los pantalones bombachos de pana azul oscuro de la señora Allen, debían dejar atrás los corsés y las faldas con aros y optar por ropa más sencilla y cómoda. También se libraban de las carabinas.[6]

Los conservadores se alarmaron y denunciaron que el «ciclismo indecente» llevaría a la masturbación e incluso a la prostitución, pero estas protestas pronto resultaron irrisorias.

Como señala la historiadora del ciclismo Margaret Guroff, a nadie parecía importarle lo que hacía Angeline Allen; solo les interesaba la ropa que llevaba puesta mientras lo hacía. Una mujer sola en público en una bicicleta de seguridad no suponía un escándalo.[7]

Tres años después, la anciana Susan B. Anthony, activista por los derechos de las mujeres durante la mayor parte del siglo XIX, dijo que la bicicleta había «hecho más por la emancipación de la mujer que ninguna otra cosa en el mundo».[8]

La bicicleta sigue empoderando a las jóvenes hoy en día. En 2006, el Gobierno del estado de Bihar, en la India, empezó a subvencionar generosamente la compra de bicicletas para adolescentes que ingresaban en la escuela secundaria. La idea era que las bicicletas les permitirían recorrer varios kilómetros para asistir a clase. El programa parece haber funcionado, porque las posibilidades de que las niñas continúen estudiando han aumentado muchísimo.[9]

La bicicleta es una forma económica de ampliar horizontes incluso en Estados Unidos. La superestrella del baloncesto LeBron James fundó una escuela que proporciona una a cada alumno. Dice que cuando él y sus amigos montaban en bicicleta, eran libres. «Nos sentíamos en la cima del mundo».[10]

Sí, la bicicleta es desde hace mucho tiempo una tecnología liberadora para los desfavorecidos económicamente. En sus inicios era mucho más barata que un caballo, pero ofrecía la misma autonomía y libertad. El genetista Steve Jones ha argumentado que la invención de la bicicleta fue el acontecimiento más importante de la evolución humana reciente, porque facilitó conocer, casarse y aparearse con una persona de otra comunidad.[11]

Pero la bicicleta supuso una revolución tanto en el ámbito social como en el industrial. En la primera mitad del siglo XIX se utilizaban piezas intercambiables de precisión para fabricar armas de fuego para el ejército estadounidense, con un coste considerable. Al principio, la intercambiabilidad era demasiado costosa para que las fábricas civiles la imitaran por completo. Fue la bicicleta la que sirvió de puente entre la industria militar de alta gama y la producción en serie de productos complejos. Los fabricantes de bicicletas desarrollaron técnicas sencillas y fácilmente repetibles, como el estampado en frío de chapas metálicas para darles nuevas formas, con el fin de mantener los costes bajos sin sacrificar la calidad.[12] También desarrollaron rodamientos de bolas, neumáticos, diferenciales y frenos.[13]

Con el tiempo, empresarios del automóvil como Henry Ford adoptaron tanto las técnicas de fabricación como estos componentes innovadores. La primera bicicleta de seguridad se fabricó en 1885 en la fábrica de Rover de Coventry, en Inglaterra. No es casualidad que Rover se convirtiera en una pieza importante de la industria automotriz; pasar de fabricar bicicletas a fabricar coches fue una progresión evidente.[14]

La bicicleta también sentó las bases para la modernización de la industria japonesa. El primer paso fue importar bicis occidentales, hacia 1890. Después resultó útil abrir talleres de reparación de bicicletas. El siguiente paso fue empezar a fabricar repuestos, lo cual no era demasiado complicado para un mecánico experto.[15] En poco tiempo, hacia 1900, Tokio disponía de todos los elementos para fabricar bicicletas.[16] Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, Japón fabricaba más de un millón de bicicletas al año bajo la dirección de un nuevo tipo de empresarios.[17]

Resulta tentador considerar que la bicicleta es una tecnología del pasado. Impulsó la demanda de mejores carreteras y permitió que los fabricantes perfeccionaran sus habilidades, y después dio paso al automóvil, ¿verdad? Los datos demuestran lo contrario. Hace medio siglo, la producción mundial de bicicletas y de coches era prácticamente la misma: veinte millones de unidades al año. Desde entonces, la producción de coches se ha triplicado, pero la de bicicletas ha aumentado dos veces más rápido, hasta alcanzar los ciento veinte millones al año.[18]

Y no es absurdo sugerir que las bicicletas están señalando el camino una vez más. Ahora que parece que estamos a las puertas de una era de coches autónomos, mucha gente espera que el vehículo del futuro no sea propio, sino que se alquile con un solo clic en una aplicación de móvil, como ya sucede en algunas grandes ciudades. De ser así, el vehículo del futuro ya está aquí; se calcula que en todo el mundo funcionan más de mil sistemas de bicicletas compartidas y decenas de millones de bicicletas sin estacionamiento fijo y fáciles de alquilar, y las cifras no dejan de aumentar a gran velocidad.[19]

En muchas ciudades congestionadas, la bicicleta sigue siendo el medio de transporte más rápido. A muchos ciclistas solo les desalientan los humos de los coches y la posibilidad de sufrir un accidente, como el de Pierre Lallement. Pero si la próxima generación de coches son modelos eléctricos no contaminantes, impulsados por robots cuidadosos y considerados, es posible que el regreso de la bicicleta, como sucedió en su primera y espectacular aparición en Estados Unidos, esté a punto de acelerarse.

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Gafas

Fabricar naves espaciales no es un trabajo en el que pueda uno permitirse chapucear. En Lockheed Martin, por ejemplo, antes un técnico tardaba dos días en medir a conciencia 309 puntos de fijación en un panel curvo, pero ese mismo trabajo lleva ahora poco más de dos horas, como dice Shelley Peterson, directora de tecnologías emergentes de la empresa aeroespacial.[1]

¿Qué ha cambiado? El técnico empezó a utilizar gafas, pero no unas gafas cualesquiera, sino las Microsoft HoloLens. Parecen grandes gafas de seguridad y superponen información digital al mundo real; en este caso, escanean el panel curvo, hacen cálculos y muestran al técnico dónde debe ir exactamente cada tornillo.

Los expertos en productividad están entusiasmados con los dispositivos de realidad aumentada como las HoloLens y las Google Glass.[2] En 2012, cuando Google presentó sus gafas inteligentes, sus perspectivas parecían muy diferentes.[3] Las consideraban un dispositivo de consumo, algo que nos permitiría echar un vistazo a Instagram y grabar vídeos sin la molestia de sacar el teléfono. No tuvieron éxito. Las pocas personas que se aventuraron a salir a la calle con las Google Glass se ganaron el despectivo apodo de glassholes (gafipollas).[4]

Google no tardó en darse cuenta de su error: se habían equivocado al identificar su mercado objetivo. Reinventaron sus gafas para el entorno laboral. Al fin y al cabo, muchos trabajos exigen interrumpirse con frecuencia para consultar una pantalla que indica qué hacer a continuación. Con unas gafas inteligentes pueden verse esas instrucciones sin dejar de trabajar, lo que ahorra segundos muy importantes en trasladar la información de internet al cerebro.

Hace mil años, la información viajaba mucho más despacio. El erudito Hasan ibn al-Haytham, nacido en Basora y conocido como Alhacén, escribió su obra maestra, el Libro de la óptica, en El Cairo en la década de 1010;[5] tuvieron que pasar dos siglos para que sus ideas se tradujeran del árabe.[6] Alhacén entendió la visión mejor que nadie antes que él. Varios estudiosos anteriores, por ejemplo, habían argumentado que el acto de ver debía implicar algún tipo de rayos emitidos por el ojo. Mediante cuidadosos experimentos, Alhacén demostró que estaban equivocados, que es la luz la que entra en los ojos.

Antes de Alhacén, los aparatos ópticos eran engorrosos; el escritor romano Séneca ampliaba los textos con un cuenco de cristal transparente lleno de agua.[7] Pero la progresiva difusión del conocimiento inspiró nuevas ideas,[8] y a finales del siglo XIII llegaron las primeras gafas de lectura del mundo. No sabemos quién las fabricó, pero probablemente vivía en el norte de Italia. En esa época, Venecia era un centro neurálgico de la vidriería, lo cual resultaba problemático, porque los edificios eran de madera, así que los hornos de los vidrieros provocaban incendios con mucha frecuencia. En 1291, las autoridades de la ciudad desterraron todo el sector a la vecina isla de Murano.[9]

En 1301, las «gafas para leer» eran tan populares que aparecían en el reglamento del gremio de cristaleros venecianos. Pero la principal pista de los historiadores sobre el origen de las gafas procede de un sermón de 1306 pronunciado por fray Giordano de Pisa. El invento tenía ya veinte años, según dijo a su congregación en Florencia.[10] El pisano aseguró entusiasmado que era «uno de los artilugios más útiles del mundo».[11]

Tenía razón. Leer cansaba la vista incluso en las mejores condiciones; los edificios medievales no destacaban por sus grandes ventanales, y la luz artificial era débil y cara.[12] A medida que envejecemos, nos cuesta más enfocar objetos cercanos; a los monjes, estudiosos, notarios y comerciantes de mediana edad no les sonreía la suerte. Fray Giordano tenía cincuenta años.[13] Es fácil imaginar por qué le gustaban tanto sus gafas.

Pero solo eran útiles para la pequeña minoría que sabía leer. Con la llegada de la imprenta, el mercado se amplió. La primera tienda especializada en gafas abrió sus puertas en Estrasburgo en 1466.[14] Los fabricantes de lentes convexas, que ayudan a ver de cerca, diversificaron el negocio y aprendieron a pulir lentes cóncavas, que sirven para enfocar objetos lejanos.[15]

Si se combinan lentes cóncavas y convexas, se obtienen los elementos básicos para un microscopio o un telescopio. Ambos inventos surgieron en los establecimientos de gafas de los Países Bajos hacia el año 1600, lo que abrió nuevos horizontes al estudio científico.[16]

Hoy en día damos por sentado el uso de gafas, al menos en el mundo desarrollado. Una encuesta realizada en el Reino Unido mostró que unas tres cuartas partes de las personas utilizan gafas o lentes de contacto, o se han sometido a cirugía para corregir la visión.[17] Lo mismo sucede en Estados Unidos y Japón.[18]

Sin embargo, en países no tan desarrollados, la situación es muy diferente, y hasta hace poco tiempo no lo veíamos del todo claro. La Organización Mundial de la Salud solo recopilaba datos sobre la cantidad de personas con problemas de visión graves.[19] Muchas más pueden ver lo bastante para arreglárselas en la vida diaria, aunque les iría bien utilizar gafas. Pero ¿cuántas? El principal fabricante de lentes del mundo, Essilor, decidió descubrirlo, sin duda por razones altruistas, y en 2012 llegó la respuesta: en el mundo hay 2.500 millones de personas que necesitan gafas y no las tienen.[20] Es una cifra desorbitada, pero muchos expertos la consideran creíble.[21]

Y muchos de esos 2.500 millones quizá no sepan que les iría bien llevar gafas. En 2017, unos investigadores fueron a una plantación de té de Assam. Examinaron la vista de cientos de recolectores de té mayores de cuarenta años y dieron unas sencillas gafas de lectura de diez dólares a la mitad de los que las necesitaban. Después compararon la cantidad de té recolectado por los que las utilizaban y por los que no.

Los que llevaban gafas recogieron un 20 por ciento más de té. Cuanto más mayores eran, más aumentaba su recolección. A los trabajadores se les paga en función de la cantidad de té que recolectan. Antes del estudio, ninguno llevaba gafas. Al final, casi nadie quería devolverlas.[22]

Es difícil decir hasta qué punto podemos extrapolar este estudio, porque recoger té puede beneficiarse de la agudeza visual más que otros trabajos.[23] Aun así, incluso las estimaciones más conservadoras cifran las pérdidas económicas por mala visión en cientos de miles de millones de dólares, y eso sin pensar en la calidad de vida de las personas ni en los niños que tienen dificultades en la escuela.[24] Un ensayo aleatorio ha llegado a la conclusión de que proporcionar gafas a los niños podría equivaler a medio año adicional de escolarización.[25]

Y la necesidad va en aumento. La presbicia es la hipermetropía que aparece con la edad, pero en la actualidad existe una epidemia mundial de miopía en los niños. Los investigadores no saben por qué exactamente, aunque podría estar relacionado con que ahora pasan menos tiempo fuera de casa.[26]

¿Qué se necesitaría para corregir la visión en todo el mundo? Sin duda, más oftalmólogos serían de gran ayuda; la cifra varía mucho de un país a otro. Grecia, por ejemplo, tiene un oftalmólogo por cada cinco mil personas; la India, uno por cada setenta mil; en algunos países africanos, uno por un millón.[27]

Sin embargo, aunque los problemas oculares graves requieren profesionales especializados, otros trabajadores podrían atender a las personas cuyas necesidades son más fáciles de solucionar. En Ruanda, una organización benéfica formó a enfermeras para que revisaran la vista; los investigadores descubrieron que lo hacían bien más del 90 por ciento de las veces.[28]

¿Y los profesores? Yo he llevado gafas desde la primaria, cuando mi maestro me vio entrecerrando los ojos ante la pizarra y le dijo a mi madre que me llevara al oculista. Otro estudio respalda esta idea: con solo un par de horas de formación, docentes de escuelas rurales de China pudieron identificar a la mayoría de los niños que necesitaban gafas y no las llevaban.[29]

No debería ser tan difícil implementar tecnología del siglo XIII. No puedo evitar preguntarme qué pensaría fray Giordano de un mundo en el que construimos naves espaciales en realidad aumentada, pero aún no hemos ayudado a miles de millones de personas a corregir su visión borrosa de la realidad. Probablemente nos diría dónde debemos enfocar nuestros esfuerzos.

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Comida enlatada

Si juegas a la asociación de palabras con «Silicon Valley», es poco probable que pienses en «comida enlatada». Silicon Valley es sinónimo de tecnología de vanguardia y de ideas audaces que cambian el mundo. La comida enlatada es el colmo de la cotidianidad; recurres a ella cuando estás demasiado cansado o no tienes suficiente dinero para cocinar algo interesante. Nadie diría que la lata es tecnología punta, aunque las personas poco creativas podrían afirmarlo del abrelatas.

Sin embargo, en su día, la comida enlatada fue tan revolucionaria como cualquier cosa que ahora propongan las empresas emergentes del Área de la Bahía. Y su historia muestra lo poco que han cambiado algunos grandes dilemas en torno a la innovación en los últimos doscientos años.

Para empezar, ¿cómo incentivamos las buenas ideas? Está el aliciente de la patente, por supuesto, o la ventaja de ser el primero, pero si de verdad se quiere fomentar el pensamiento innovador, es preciso ofrecer un premio. Los coches autónomos son un ejemplo actual. En el año 2004, la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa (DARPA, por sus siglas en inglés) ofreció un millón de dólares al primer vehículo sin conductor que consiguiera recorrer un circuito en el desierto de Mojave.[1] El resultado fue al más puro estilo de la serie de dibujos animados Los autos locos: los vehículos se incendiaron, volcaron, chocaron contra vallas y se detuvieron porque la maleza los confundió.[2] Pero en una década, los coches autónomos eran lo bastante fiables para circular por las vías públicas.[3] Ahora, la tecnología es una prioridad para los gigantes de Silicon Valley, desde Apple hasta Google y Uber.

Sin embargo, el premio de la DARPA no fue el primero. En 1795, el Gobierno francés ofreció un premio de doce mil francos por inventar un método para conservar alimentos. El galardón lo obtuvo el parisino Nicolas Appert, dueño de una tienda de comestibles y dulces al que se le atribuye la creación de los cubitos de caldo y de la receta del pollo Kiev, aunque esta última no parece demasiado plausible. Mediante ensayo y error, Appert descubrió que si se metía comida cocinada en un frasco de vidrio, se sumergía el frasco en agua hirviendo y luego se sellaba con cera, la comida no se echaba a perder.[4] Appert no tenía ni idea de por qué funcionaba su método; tendrían que pasar varias décadas para que Louis Pasteur explicara que el calor mata las bacterias. Pero funcionaba. A Appert se le conoció como el «padre de las conservas».[5]

¿Por qué al Gobierno francés le interesaba la conservación de alimentos? Por la misma razón que a la DARPA le interesaban los vehículos que pudieran atravesar desiertos sin conductor: para ganar guerras. Napoleón Bonaparte era un general ambicioso cuando se anunció el premio; cuando se otorgó, era emperador de Francia y estaba a punto de iniciar su desastrosa invasión de Rusia. Puede que Napoleón no dijera que «un ejército marcha sobre su estómago»,[6] pero sin duda quería ampliar las provisiones de sus soldados, que se limitaban a carne ahumada y salada.[7]

El laboratorio de Appert fue un ejemplo temprano de una idea que encontraremos a menudo en este libro: las necesidades militares impulsan innovaciones que transforman la economía. Desde el GPS hasta ARPANET, que se convirtió en internet, Silicon Valley se basa en tecnologías financiadas en un principio por el Departamento de Defensa de Estados Unidos.

Pero incluso cuando las ideas proceden del sector público, se necesita una cultura emprendedora para explorar sus posibilidades. Appert escribió sobre sus experimentos; su libro se publicó tiempo después en inglés con el título The Art of Preserving All Kinds of Animal and Vegetable Substances for Several Years (El arte de conservar todo tipo de sustancias animales y vegetales durante varios años), con capítulos dedicados a temas tan diversos como «Huevos recién puestos» y «Peras de todo tipo».[8] Mientras tanto, otro francés, Philippe de Girard, empezó a aplicar estas técnicas en recipientes de hojalata, no de vidrio, pero cuando quiso comercializar su idea, decidió cruzar el canal de la Mancha.[9]

¿Por qué? En Francia la burocracia era excesiva, dice Norman Cowell, de la Universidad de Reading. «La filosofía en Inglaterra era emprendedora y había inversores. La gente estaba dispuesta a asumir riesgos». Girard contrató a un comerciante inglés para que patentara la idea en su nombre (un subterfugio necesario, porque Inglaterra estaba en guerra con Napoleón), y un ingeniero y emprendedor llamado Bryan Donkin compró la patente por la considerable suma de mil libras. La fábrica de Donkin en Bermondsey no tardó en abastecer a todos, desde exploradores polares hasta el duque de Kent.[10]

Un Girard de nuestra época que buscara un lugar con inversores y en el que se asumieran riesgos seguramente se dirigiría a Silicon Valley. Durante décadas, otros han intentado emular su facilidad para generar ideas y desarrollar negocios, para crear lo que ahora llamamos un «ecosistema de innovación».[11] Londres tiene su Silicon Roundabout; Dublín, su Silicon Docks; Camerún presume de una Silicon Mountain; Filipinas, de un Silicon Gulf; a Bangalore, con menos imaginación, lo llaman el Silicon Valley de la India, y a Shenzen se la conoce como el Silicon Valley chino.[12] Pero hasta ahora ninguno ha estado a su altura.[13] Los economistas podemos enumerar algunos ingredientes para conseguir un ecosistema de innovación, como que sea sencillo crear empresas e incentivar las relaciones con la investigación académica, pero nadie ha perfeccionado la receta.

Un asunto que genera mucho debate es cuál es la mejor manera de regular. La ausencia de burocracia fue una de las razones por las que Girard se trasladó a Inglaterra, pero la comida enlatada estaba a punto de demostrar la utilidad de las normas y las inspecciones. En 1845, con la patente de Donkin ya vencida, la marina británica quiso ahorrar dinero. Empezó a comprarle a Stephen Goldner, cuyos precios eran bajos porque la mano de obra era barata en el lugar donde tenía su fábrica de conservas, en la actual Rumanía. Por desgracia, no era la única razón por la que sus precios eran bajos. Tras recibir quejas de los marineros, los inspectores navales empezaron a revisar sus productos; en una ocasión analizaron 306 latas, y solo 42 de ellas eran comestibles. Las demás contenían exquisiteces como riñones podridos, órganos enfermos y lenguas de perro.[14]

El escándalo llegó a los periódicos en mal momento, cuando la Gran Exposición de 1851 acababa de presentar al londinense de a pie delicias enlatadas que hasta entonces solo se encontraban en tiendas de alimentación de lujo. Ofrecían sardinas y trufas, alcachofas y sopa de tortuga. No esperaban que los riñones podridos formaran parte del relato. Con la mejora de la calidad y la bajada de los precios, la comida enlatada parecía destinada al mercado de masas, pero tardó años en recuperar la confianza del público.[15]

Ese mercado masivo parecía deseable, evidentemente. Con la refrigeración aún por inventar, la comida enlatada ampliaría la dieta y mejoraría la alimentación.[16] No siempre es tan sencillo anticipar cómo evolucionarán las nuevas tecnologías, ni determinar si las regulaciones deberían intentar acelerarlas o frenarlas, impulsarlas o dejarlas correr. Pensemos en las redes sociales; se necesitaron apenas cinco años para que los relatos efusivos sobre lo mucho que ayudaron a la Primavera Árabe dieran paso a lamentos sobre lo mucho que contribuyeron a la primera elección de Donald Trump.[17]

O piensa en el coche autónomo. ¿Deberíamos esperar con ilusión su comodidad o preocuparnos por la pérdida de empleos? ¿La inteligencia artificial aumentará la desigualdad? ¿Deberían intervenir los gobiernos? ¿Cómo? Son preguntas debatibles, pero a algunos tipos de Silicon Valley les preocupa tanto a dónde pueden llevarnos sus innovaciones que imaginan escenarios apocalípticos. «Ahora mismo estamos pisando hielo culturalmente muy fino», dice un exgerente de Facebook al New Yorker cuando explica por qué ha comprado terrenos en una isla y se ha abastecido de munición. Otros han comprado búnkeres subterráneos y tienen aviones siempre preparados por si la sociedad implosiona. Según una estimación, estos «preparacionistas» incluyen al menos a la mitad de los multimillonarios de Silicon Valley.[18]

El progreso puede ser frágil. Nicolas Appert lo vivió en sus carnes; invirtió sus doce mil francos en ampliar su operación conservera, solo para verla destruida por los ejércitos prusianos y austriacos invasores mientras el régimen de Napoleón se desmoronaba.[19] Ahora el mundo parece más estable, y seguramente los preparacionistas de Silicon Valley se preocupen demasiado, pero si sus peores temores se hacen realidad, el producto más valioso del mundo podría ser… la comida enlatada.