cap

1

450 KILÓMETROS

La blanquecina acera estaba congelada y yo no dejaba de resbalar con mis zapatos gastados. Saqué las manos de los bolsillos para no caerme y el viento cortante me heló los dedos. Apretando los puños enrojecidos, seguí andando. Ya cerca de la parada del autobús, recordé el sueño que había tenido la noche anterior.

Los detalles y las circunstancias eran vagos e imprecisos, solo podía recordar un pájaro blanco y de cuello largo posado en el suelo. Cuando se puso a cantar, su cabeza comenzó a desaparecer y se volvió invisible hasta el cuello. Solo quedaron sus alas y su cuerpo cubierto de plumas sobre sus dos largas y delgadas patas. Me dije que si seguía cantando se volvería completamente transparente, y entonces me desperté en plena noche.

¿Continuaría siendo un pájaro aunque se volviera transparente? Mientras me soplaba en las manos para calentarlas y daba patadas al suelo en la parada del autobús, sentí deseos de tocar el aire vacío. De pronto, tuve miedo. ¿El sueño era una advertencia de que lo que me disponía a escribir produciría en mí el mismo efecto que el canto de ese pájaro? Al terminar de escribir esa historia, ¿ya no sería nada, como el ave blanca, y me habría convertido en aire frío y vacío?

«No importa —murmuré para mis adentros—, no tiene nada de bueno vivir como un pájaro blanco».

Llegó el autobús y subí por la puerta delantera. Agarrada con una mano a la barra del bus, me quité las gafas empañadas con la otra para limpiarlas. En un instante, todo a mi alrededor se volvió borroso.

«No voy a arrepentirme».

Dijo que se retrasaría.

Que quizá llegara tarde. Que era lo más probable. Que incluso podría llegar muy tarde.

Seguro que se retrasa.

Tal vez una hora o tal vez tres. Puede que no venga hasta la noche.

Yo espero. Sigo esperando. No me canso de esperar.

Sin ni siquiera esperar a que se enfriara, me bebí de un trago el segundo café que había pedido. Me calentó el pecho. Tras tomar un sorbo de agua fría, apreté los puños húmedos. Me dije: «¿Estoy esperando aquí para pelear?». Sí, era cierto. Estaba lista para pelear.

Me había sentado a una mesa frente a la puerta acristalada de la cafetería. Al otro lado, en la calle, la noche caía a toda prisa al ponerse el sol invernal. Los árboles, protegidos con paja contra las heladas, extendían sus ramas hacia lo alto como brazos negros y flacos.

Un hombre delgado y canoso de mediana edad, vestido con una gabardina negra, entró a grandes zancadas por la puerta de cristal. En cuanto puso su mano en el picaporte metálico supe que debía levantarme.

—¿Es usted Kang Seogwon? —le pregunté, acercándome.

Me miró fijamente, acentuando las tres líneas que se habían formado en su ceño fruncido. No sonreía, como si se hubiera prometido no hacerlo durante todo nuestro encuentro. Su cara no era de las que inspiran simpatía; por el contrario, a su alrededor flotaba, repulsiva como el olor del tabaco frío, una mezcla de desconfianza, gravedad, cansancio, nerviosismo y tristeza reprimida.

—Disculpe el retraso —dijo.

Apenas se sentó, sacó un paquete de cigarrillos del bolsillo interior de su gabardina. Tras aspirar una gran bocanada de humo, su mano derecha, que había temblado un poco al encender el mechero, se posó tranquilamente sobre la mesa, como si hubiera encontrado su lugar. Se veía blanda, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que sostener un bolígrafo y, a saber por qué, me la imaginé húmeda. Debió de notar mi mirada, porque deslizó la mano fuera de la mesa y la ocultó en el bolsillo de la gabardina. La expresión seria y nerviosa de su cara se había suavizado. Al parecer, la calada al cigarrillo le había proporcionado cierta calma.

—Un café. —Lo pidió con el tono brusco que utilizan a menudo los hombres de su edad al hablar con una camarera joven, pero su mirada denotaba cierta ansiedad. Como disculpándose, añadió enseguida—: Tráigame también un cenicero… por favor.

Parecía tener la costumbre de titubear un poco al comienzo de las frases; quizás hubiera sido tartamudo en el pasado.

Fijó su mirada en un punto más allá de mí hasta que la camarera le trajo el cenicero. Detrás de mí solo había una pared blanca de la que no colgaba ningún cuadro. Era una mirada fría y fija, detrás de sus gafas con montura plateada mate. Tenía las cuencas de los ojos hundidas, y los labios, blanquecinos y resecos. El frío le había enrojecido las mejillas, que mostraban el rastro azulado de una barba recién afeitada. Tras dar otra calada profunda a su cigarrillo, dejó caer la ceniza en el cenicero cubierto con una servilleta húmeda.

—¿Dice que es amiga de Seo Inju?

Contuve la respiración mientras observaba su expresión al pronunciar el nombre de Inju. Creí notar cierto aturdimiento y cansancio. ¿Se lo provocaba el nombre o ya venía fatigado por otra razón?

—Sí, fuimos juntas al colegio y luego al instituto.

—Entiendo. Ella no me habló mucho de esa época.

Respiré hondo. Tal y como había imaginado, parecía conocerla bien. Lo suficientemente bien como para tener una llave del taller de Inju y como para encargarse de ordenar sus pertenencias tras el accidente. ¿Habrían mantenido en verdad una relación íntima, como cabía suponer dadas las circunstancias?

Le dio una tercera calada al cigarrillo. Este parecía haberlo tranquilizado, ya que ahora hablaba con un tono calmado y su mirada se había relajado. Los músculos de la cara estaban menos tensos, incluso imaginé que podría llegar a sonreír.

—¿Dónde vivía usted?

—En Suyuri. Vivíamos en la misma calle. Su casa estaba a unos doscientos metros de la mía.

—Ah, sí, me contó que había vivido en Suyuri —dijo, asintiendo con la cabeza—. ¿Siguieron viéndose luego?

—Salvo un par de años o un poco más en que perdí el contacto con ella, nos vimos a menudo hasta el año pasado.

—Entiendo —comentó, girando la cabeza y expulsando una gran bocanada de humo. De pronto me miró fijamente—. Ahora dígame…

Era mi turno de hablar del motivo que me había llevado a citarlo allí. Saqué una revista del bolso. Era el número de enero de El espíritu de la pintura y contenía un artículo especial de cuatro páginas en homenaje a Inju, con motivo del primer aniversario de su muerte.

Lo había encontrado por casualidad tres días antes en una librería grande del centro y había llamado a la editorial para averiguar el número de teléfono de Kang Seogwon, el autor del artículo. Lo había conseguido fingiendo trabajar para un conocido programa cultural de televisión. Me dieron un número de móvil, pero cuando llamé él no respondió durante todo un día. Pero la noche anterior, sobre las diez, cuando ya no albergaba muchas esperanzas, de pronto había contestado.

—¿Hola? Lo llamaba por el artículo especial de homenaje que publicó en El espíritu de la pintura. Soy Lee Cheonghee, amiga de Seo Inju. Me gustaría hablar con usted —le dije enseguida, pronunciando la introducción que había preparado.

—¿Qué desea? —respondió rápidamente y en tono seco.

—Tengo entendido que encontró unas pinturas en el taller de Inju. Me gustaría conversar con usted sobre ese tema.

—Como quiera… —me dijo, accediendo con más facilidad de la que yo esperaba.

Le propuse ir a verlo a su despacho de la universidad, pero me indicó una cafetería cercana para encontrarnos a primera hora de la tarde.

—Gracias, hasta mañana.

Respondió con voz ronca, un «sí» seco, y luego colgó con brusquedad, casi con mala educación.

Abrí la revista en la página que había marcado, mientras Kang observaba mis movimientos en silencio. Allí aparecían las pinturas del tío de Inju, que yo no había visto en veinte años. Una de ellas ocupaba una página entera; la otra, la mitad de la siguiente, y la última, un tercio de otra página.

—Estas pinturas… no las pintó Inju.

Al oír eso, los ojos de Kang brillaron tras las gafas.

Yo había leído el artículo una y otra vez durante tres días, sin pasar por alto ni una coma. Los títulos, «Epicentro de la oscuridad», «Conjuro del más allá», más o menos abstractos (no sé si eran de él o del editor), estaban inspirados en las pinturas del tío de Inju, que presentaba como obras póstumas de la propia Inju. Al destacar una profunda afinidad con la muerte, sugerían que Inju se había suicidado. La foto en blanco y negro de Inju que habían publicado junto a los cuadros era sombría, muy acorde con los títulos, y su mirada fija a cámara parecía llena de tristeza, como si quisiera mostrar que, en su interior, la vida se estaba apagando.

—¿Por qué piensa eso? —preguntó con voz algo temblorosa, como si estuviera nervioso.

Kang clavó en mí una mirada de abierta sospecha y hostilidad, lo que hizo que su rostro seco y marchito cobrara vida por primera vez.

—Conozco a la persona que pintó esas pinturas.

—¿Quién es esa persona? —preguntó; la nuez le temblaba y tragaba saliva.

—¿Dónde están esos cuadros ahora? —pregunté a mi vez, con calma.

—Siguen colgados en el taller —respondió sin apartar la vista de mí.

Sentí que la tensión de los últimos tres días desaparecía de golpe. Apenas había podido dormir ni comer durante ese tiempo, pero el dolor había evitado que me desmoronara.

—¿Dice que siguen en el taller? Me gustaría verlos con mis propios ojos.

—Eso… —comenzó a decir Kang con una repentina expresión de furia, pero la ocultó usando un tono más calmado—: ¿De quién dice que son esas pinturas? Dígame quién es.

—Primero déjeme ver el taller.

Lo dije sonriendo, pero tenía los puños apretados por debajo de la mesa, dispuesta a pelear. Habría sido capaz de arrojarle el agua fría del vaso a la cara; incluso de romper el vaso y usar un trozo de cristal afilado para clavárselo en el cuello. ¿Que Inju se había suicidado? ¿Cómo podía estar tan seguro? ¿Qué sabía él de esas pinturas? ¿Qué buscaba al hablar de cosas de las que nada sabía? Si me contradecía, si insistía en afirmar que Inju había girado el volante para caer adrede por el precipicio cubierto de nieve, si llegaba a decir que estaba seguro de que se había suicidado y que las pinturas encontradas en su taller eran la prueba, me sentía capaz de matarlo allí mismo.

—Primero tengo que comprobar algo. Se lo diré cuando vea las pinturas.

—¿Cómo puedo creerle? Si no puede decírmelo aquí… —repuso, escrutando mi rostro con una mirada llena de desconfianza.

Sé que mi rostro no refleja ansiedad neurótica ni agresividad, tampoco negligencia ni astucia. Mis ojos, idénticos a los de mi madre, transmiten consideración y honestidad. Kang intentaba sondearme intuitivamente, evaluar el peligro que se escondía tras mi apariencia modesta, percibir mi parte oscura. Antes de que pudiera detectarla, le espeté:

—Me atrevo a afirmar que esas pinturas no están firmadas. —Vi desconcierto en su mirada—. Como sabrá, Inju siempre escribía el carácter chino 珠 de su nombre en una esquina de sus obras con un lápiz grueso 8B. Pero estas pinturas no están firmadas porque la persona que las hizo odiaba firmar. Esa persona no podía concebir que las hubiera hecho, aunque las hubiera pintado. No creía merecer la autoría.

La música se interrumpió momentáneamente y en su lugar se oyó el estridente ruido de la cafetera exprés. Kang dio otra profunda calada a su cigarrillo, con tanta fuerza que se le hundieron las mejillas, y luego lo apagó en el cenicero.

—¿De quién dice que son, entonces? —preguntó de nuevo, mientras sacaba el segundo pitillo del paquete.

—La última vez que vi esas pinturas fue hace veinte años. Usted también se habrá percatado de que no son recientes, ¿verdad? —repuse, resistiendo el impulso de aplastar aquellos dedos blandos y húmedos, que sujetaban el cigarrillo y que tan tranquilamente habían tecleado aquellas mentiras descaradas del artículo—. Le diré de quién son cuando las vea.

En lugar de encender el cigarrillo, Kang clavó los ojos en mí, como si quisiera atravesarme con la mirada.

Todo está en silencio.

Ya no se oye el zumbido del ordenador. Estoy sentada ante la pantalla, que acaba de apagarse.

Había dos correos electrónicos, ambos de trabajo. La editorial para la que había hecho la traducción de la correspondencia de un pensador indio me pedía que tradujera otro libro del mismo autor. La oferta era interesante, pero decidí no responder. Era una editorial que esgrimía una política de edición bastante agresiva, así que lo más probable era que quisiesen el trabajo para muy pronto —en un plazo de cuatro semanas como máximo—, pero de momento yo no podía empezar ningún trabajo nuevo. El segundo correo adjuntaba el guion en inglés de un musical. Lo había enviado un productor que todavía no estaba seguro de si lo llevaría a escena o no, primero quería leer el manuscrito traducido y compartirlo con su equipo. Aparte de que el nombre del productor no me sonaba de nada, este no mencionaba cuánto estaba dispuesto a pagarme por la traducción. Como de todas maneras no iba aceptar el trabajo, envié una respuesta breve y cortés rechazando la oferta. Luego cerré la sesión y apagué el ordenador.

La respuesta que estaba esperando no había llegado. Ni siquiera podía saber si él había recibido mi correo. En los tres últimos días, yo no dejaba de encender y apagar el ordenador constantemente; cada vez, algo se iluminaba en mí y luego se oscurecía.

Todo está en silencio.

En mi antigua casa de Suyuri, siempre se oía el viento en invierno. Se colaba por las rendijas como un largo silbido, como un grito lejano. Las ventanas eran viejas y se habían abierto resquicios entre el marco y las hojas correderas, por lo que, además del viento, entraban mosquitos y todo tipo de insectos alados.

Hace unos diez años que dejé aquella casa. Desde entonces me he mudado cuatro veces, he embalado y desembalado mis cosas en casas desconocidas. Ahora estoy de alquiler en un apartamento en un edificio bajo que fue construido hace solo cinco años. Las ventanas cierran a la perfección y bloquean todos los sonidos, incluido el del viento, haciendo que la quietud sea sólida y hermética.

No le tengo miedo al silencio.

Si trabajo sin descanso es para ganar algo de dinero y permitirme vivir en un lugar donde estar en calma. En cuanto termino la jornada con la música muy alta de fondo, apago el equipo y me masajeo los hombros. A continuación me sumerjo en las suaves y vastas ondas del silencio, como si, en el frío y la oscuridad, extendiera los brazos al sol para calentarme, como si comiera un cuenco de arroz tibio.

Pero ahora todo ha cambiado, ya no soporto esta quietud. Tampoco puedo escuchar música. No quiero relajarme, no debo hacerlo. Extiendo el brazo, tanteo la estantería y saco un libro. Es el único libro que puedo leer en este momento.

Todas las estrellas nacen, viven y mueren. Ese es su ciclo vital y su destino. Todas las sustancias que componen nuestro cuerpo provienen de las estrellas. Hemos nacido con el mismo ciclo vital y destino que las estrellas, por lo que existimos y morimos igual que ellas. La única diferencia es la duración de nuestras respectivas vidas.

Conozco este libro tan bien que puedo abrirlo y leerlo por donde sea. Cuando está en la estantería junto a los otros libros, su delgado lomo permanece mudo como el perfil de una persona que comparte un secreto con otra.

¿Cómo nacen las estrellas?

Las galaxias espirales, como nuestra Vía Láctea, tienen brazos en los que las estrellas jóvenes y los cúmulos brillantes giran como ensartadas en hilos. Ahora mismo están naciendo un sinnúmero de estrellas nuevas en esos brazos espirales. La intensa luminosidad que emana de las estrellas calientes recién nacidas repele la materia circundante. Las ondas de choque provocadas por la explosión de las estrellas viejas contraen las nubes interestelares cercanas, las cuales, gracias a ese estímulo, se contraen aún más. Para que se conviertan en estrellas, la masa de la nube debe ser superior a determinado valor llamado «masa crítica de Jeans», necesario para la contracción gravitatoria. En el momento en que la masa de la nube estelar supera ese valor crítico, se inicia la vida de una nueva estrella.

Miro el móvil, que está junto al ratón. Aunque ya casi es medianoche, todavía no ha sonado. Kang dijo que me llamaría esta noche, que me dejaría ver el taller de Inju en cuanto saliera de la cena que tendría tras la defensa de una tesis de posgrado. No le dije que no tengo coche y, como a estas horas ya no circulan los autobuses y el metro ha cerrado, he anotado en un papel el número de una empresa de taxis. En cuanto Kang me llame, pediré un taxi para ir a ver los cuadros en tinta china del tío de Inju.

Observo la fotografía a color de una supernova en explosión que ilustra el párrafo que acabo de leer. Cuando una supernova explota, emite una luz tan intensa como la de mil millones de estrellas. Ciertos testimonios del siglo XVI atestiguan que, tras la explosión de una supernova en nuestra galaxia, la luz era tan potente que se podía leer durante toda la noche.

Me quedo mirando la llama gigante y redonda que se expande por encima de los puntos blancos que son las estrellas. Es roja y a la vez azul; blanca y a la vez negra. Es muerte y a la vez comienzo. De la energía liberada por la explosión de la vieja estrella, nace una nueva estrella entre las blancas nubes interestelares.

El ser humano no lo percibe, pero la Tierra es una peonza imparable que tarda un día en dar un giro completo sobre su eje. En el ecuador, las personas giran alrededor del eje de la Tierra a 460 metros por segundo. Al mismo tiempo, la Tierra tarda un año en dar una vuelta completa alrededor del Sol moviéndose a una velocidad de 30 kilómetros por segundo. Es decir, nuestro planeta viaja más rápido a través del espacio cósmico que cualquier cohete construido por el hombre.

Todos los cuerpos celestes visibles realizan estos movimientos repetitivos como si ese fuese su destino. Así como la Tierra gira alrededor del Sol, el Sol gira en torno al eje de nuestra galaxia. La velocidad de rotación del Sol es de 250 kilómetros por segundo. Existen unos 100.000 millones de estrellas en nuestra galaxia, y todas las estrellas del disco giran en el sentido de las agujas del reloj a una velocidad similar. El Sol se encuentra a 8.000 pársecs del centro de nuestra galaxia, de modo que completa la vuelta a la galaxia y regresa a su posición inicial al cabo de unos 200 millones de años.

Tenía dieciséis años cuando cogí este libro de la estantería que había en el taller del tío de Inju y lo leí por primera vez. Durante alrededor de un mes, tuve una percepción nueva de las veinticuatro horas que dura la rotación de la Tierra. ¿No era una velocidad asombrosa? Veinticuatro horas no es mucho tiempo y, en realidad, la Tierra no es un astro grande. Cuando miraba el cielo por la noche, me estremecía al pensar en esa inmensa oscuridad, con los millones de galaxias que se expanden y se alejan unas de otras rápidamente, con los cientos de miles de millones de estrellas que rotan silenciosamente. Quizá no hubiera extraterrestres. Podía ser que la Tierra fuese el único astro donde, por un extraño accidente, apareciera la vida. El mero hecho de pensarlo me parecía aterrador e inquietante, y me sentía sola. Por mucho que sumemos los doce kilómetros de troposfera con los de la estratosfera y la termosfera, la altura total de la atmósfera apenas alcanza los 450 kilómetros, aproximadamente la distancia que hay entre Seúl y Busán. Cuando miraba el cielo desde el patio del colegio, durante la clase de gimnasia, me imaginaba la negrura del espacio cósmico que se extendía más allá de la atmósfera azul, luminosa y plana. Ya estuviera en el aula, en la calle o en la cocina azulada al amanecer, no dejaba de pensar en ese esquivo espacio cósmico. Todo lo que me rodeaba me parecía pequeño, como si lo viera desde lejos, pero con total claridad: las calles y la gente, los árboles y la tierra, el viento vivo y en movimiento, los diferentes ángulos del sol y de las sombras a las distintas horas. Sin embargo, al cabo de un mes o así, todas esas sensaciones tan intensas se me hicieron insoportables y volví a mi vida cotidiana.

¿El tío de Inju se había quedado en ese espacio cósmico y no había regresado? ¿O vivía con un pie en el universo y el otro en el día a día? ¿Cumplía su monótona rutina de cocinar, salir a pasear y pintar, sabiendo que la galaxia seguía girando, las supernovas explotaban y que el universo se estaba expandiendo? ¿Era el universo para él una realidad tranquila y sin conflictos?

Tengo la boca seca.

Con solo la lámpara de sobremesa encendida en la sala de estar, el apartamento, de algo más de cincuenta metros cuadrados, está casi a oscuras. Cuando cierro el libro y me pongo de pie, mi sombra se levanta conmigo, estirándose hasta la pared del balcón, y me acompaña hasta la mesa de la cocina. Vierto agua en una taza y me la bebo. Está fría, es refrescante. Dejo la taza y miro hacia el balcón. Me fijo en el cuenco de porcelana blanca que reposa boca abajo en el suelo.

¿Qué habrá pasado con la araña?

Tenía un tamaño de siete u ocho centímetros, patas gruesas y un cuerpo liso, sin dibujo alguno. Como no me animaba a aplastar un bicho tan horrible, ominosamente grande y grueso, me acerqué con el cuenco y lo encerré debajo, pensando que en diez días o tal vez veinte se moriría de hambre. «No tendré que aplastarte, ni mancharme las manos recogiendo tus vísceras, ya que acabarás encogiéndote y muriendo limpiamente y en silencio», pensé.

Han pasado unos diez días y, aunque aún no he mirado debajo del cuenco, supongo que estás muerta. Pero ¿y si aún te mueves y te arrastras hacia la luz? ¿Podré matarte si te acercas a mí o te alejas hacia el otro lado? ¿Podré aplastarte hasta que explotes? ¿Podré encerrarte de nuevo en la oscuridad?

Camino rápido hacia mi móvil, que suena con la melodía de un vals. Acabo de beber agua, pero vuelvo a tener la boca seca.

—Soy Kang Seogwon…

No parece que haya bebido, pero suena algo confuso y nervioso. Quizá sea por su promesa de mostrarme el taller o porque simplemente él es así.

—El taller está en K, detrás del instituto de bachillerato femenino Y. ¿Le parece bien que nos encontremos a la entrada del instituto? ¿Cuándo cree que podrá llegar?

Era el mismo barrio donde Inju había vivido con Minseo el último año, pero nunca llegué a conocer su casa. Siempre era yo quien iba a visitarlos, pero ese año fue diferente porque fue ella quien vino a verme con frecuencia. A veces lo hacía avisándome con antelación y otras veces de improviso, pero casi siempre venía con Minseo. Si venía sola era porque el niño estaba con sus abuelos paternos. Aparecía siempre con algo de comer, aunque solo fueran un par de mandarinas en el bolsillo.

La última vez que nos vimos fue una noche de diciembre. Vino sola y trajo sushi. Mientras llenaba la mesa de sushi de diferentes colores, además de langostinos fritos, sopa de miso y nabo amarillo, se puso a silbar bajito. Aunque era alta, se movía con ligereza y conservaba un aire de niña en un rostro ya de por sí juvenil. De todos modos, como nadie puede escapar del tiempo, la edad se le había empezado a notar al cumplir los treinta y cinco años. Lo extraño era que esa madurez no desentonaba en absoluto con ella. Sus ojos eran lo más bonito de su rostro, y con la edad se volvieron aún más grandes y afables. Cuando sonreía se le formaban arruguillas alrededor de los ojos, y eso hacía que su rostro tuviera un no sé qué tranquilizador. Un día, marcando esas profundas líneas de expresión en las comisuras de los ojos, me dijo:

—Oye, Cheonghee, ¿vamos al monte Seoraksan antes de que se acabe el invierno?

Tenía una voz profunda, como de soprano, y pronunciaba todas las sílabas con claridad cristalina.

—¿Por qué, de pronto, quieres ir a ese monte? —le pregunté, masticando un bocado de sushi.

—Vi una foto del paso de Misiryeong cubierto de nieve y me causó una impresión muy especial. Además, a ti te gusta viajar —respondió, cogiendo con los dedos una rodaja de nabo amarillo.

—Antes tal vez, pero ahora…

Sin terminar la frase, me quedé mirando la luz de la mesa del comedor, la oscuridad agazapada en los bordes. Yo estaba en esa edad en que la vida cotidiana parece más extraña y arriesgada que cualquier viaje.

—Si no quieres, iré sola.

—¿Sin Minseo?

—Solo tiene siete años, pasará frío y se cansará. Iré un día que él esté con los abuelos. Me basta con contemplar los peñascos de Misiryeong durante un par de horas.

Inju sonreía despreocupada y cálida como cuando tenía quince años; me contagié de su ánimo y reí con ella.

—Estaré allí en media hora —le respondo a Kang—. Tal vez incluso antes, si el taxi llega pronto.

—Entonces la veo allí en treinta minutos.

En cuanto cuelgo, marco el número de la compañía de taxis que he anotado en el papel. Mientras suena la señal, me pongo el abrigo que he dejado colgado en la silla y me lo abrocho hasta el cuello. Mientras oigo la voz artificial de una mujer joven diciendo «Buenas noches, estimado cliente», me envuelvo en la bufanda de lana. Me da un escalofrío solo de pensar en los quince grados bajo cero que hace fuera.

Tus labios eran suaves.

Pequeños, finos, y olían bien.

Un olor dulce, como de melocotones en almíbar.

Una vez, solo una, me cogiste la cara y me estampaste un beso en la boca. Me sorprendí tanto que me quedé quieta y te dejé hacer.

—¿Por qué has hecho eso?

—Porque quiero comprenderte.

Con la mano en la boca y las mejillas enrojecidas, retrocedí un poco y me senté. Tendríamos dieciocho años. Estábamos en el estudio vacío de tu tío, poniendo orden, cuando de repente ocurrió, cuando me besaste en los labios.

—Comprender ¿qué…? —pregunté tartamudeando.

—Lo sé —dijiste—. Vosotros dos… Lo sé todo.

Me quedé aturdida, mirando tu boca firme.

—Perdona, era solo por curiosidad. Quería saber qué sintió mi tío. Me ha gustado. Hasta me gustaría hacerlo de nuevo… No se puede, ¿verdad? —dijiste riendo, como si nada hubiera pasado.

Yo no me reí. Tampoco me enfadé. Estaba demasiado cansada como para reaccionar, y menos aún enfadarme. No dije nada; no quería sentir nada más en aquel taller donde ya no estaba tu tío.

Sin embargo, recuerdo tus labios.

Eran suaves.

Más que cualquier otra cosa del mundo.

Mucho más que los de tu tío.

Fue esa vez, solo una vez.

Como el último número de teléfono con el que había contactado Inju era el mío, aquella madrugada me llamaron del hospital de Sokcho y fui corriendo hasta allí. Sin embargo, yo no contesté a esa última llamada de Inju, que quedó registrada a las 0.47 horas. Se estimaba que el accidente se había producido tres horas después, en torno a las cuatro de la madrugada. ¿Qué habría querido decirme? ¿Por qué me habría dormido tan profundamente? ¿Por qué tendría el móvil en modo vibración? ¿Habría sido todo distinto si hubiera contestado esa llamada?

Cuando llegué al hospital Inju estaba inconsciente, y ya no despertó. Allí había otras personas que habían acudido desde Seúl al recibir la noticia, pero Kang Seogwon no estaba entre ellas. Tampoco estuvo presente en el sencillo funeral que se celebró luego.

Jeong Seongyu, el exmarido de Inju, y Minseo, que acababa de cumplir ocho años, presidieron las exequias. Como Minseo era el heredero legal de todas las pertenencias de su madre, Jeong tomó las decisiones en nombre de su hijo. Observé desde lejos cómo la directora de la galería donde se había celebrado la última exposición individual de Inju conversaba, muy seria, con Jeong. Yo no tenía intención, ni tampoco derecho alguno, de intervenir en nada, puesto que no formaba parte de la familia de Inju ni del mundo del arte.

Tras leer el artículo de Kang en la revista, averigüé el número del estudio de arquitectura donde trabajaba Jeong; quería preguntarle por las pinturas y los objetos que había dejado Inju. Mientras sonaba el teléfono me acordé de Minseo, de sus hombros caídos, su carita que parecía querer decir algo, sus ojos de largas pestañas y sus pupilas negras como la tinta china. El niño había heredado los ojos de Inju y de su tío, y era el único que quedaba de esa familia.

Atendió un hombre joven, que me explicó que Jeong había dejado de trabajar allí hacía unos meses. Cuando le pregunté dónde trabajaba ahora, respondió:

—Se ha ido a vivir a Australia.

—¿Podría darme su contacto de allí? —pregunté tras una pausa.

—Solo tengo su dirección de correo electrónico. Hay otra persona que quizá sepa su número de teléfono y su dirección, pero hoy no ha venido a trabajar.

Tomé nota del correo electrónico y del nombre y el número de la persona que estaba de vacaciones, y colgué el teléfono. Mi pecho ardía. Era un fuego silencioso y aterrador, un fuego que parecía extenderse por todas las venas de mi cuerpo. Con manos temblorosas, marqué el número del departamento editorial de El espíritu del arte, me presenté con una identidad falsa y conseguí que me dieran el contacto de Kang Seogwon.

«Inju» y «muerta»: esas palabras que no podían ir juntas.

Si una de las dos tenía que morir, era yo, antes que ella.

La muerte me pisaba los talones, a veces incluso iba delante de mí. En las noches insomnes en las que el tiempo no pasaba, podía sentirla en la oscuridad. No me quitaba los ojos de encima en toda la noche, sentada frente a mí, cruzando y descruzando las piernas. Yo daba vueltas en la cama, entre sudores fríos. A veces llamaba entre susurros a su tío, otras a Inju. No es cierto, no los llamaba. No llamaba a nadie.

«Inju» y «muerta»: esas palabras que no podían ir juntas.

Yo debería haber muerto antes que ella.

Inju habría sobrellevado bien mi muerte. Como hacía siempre, habría ocultado muy dentro la tristeza y la circunspección, y habría caminado por las calles con el andar peculiar de quien esconde sus pequeñas alas bajo las axilas. Ahora mismo estaría caminando con tanta energía que nadie notaría que cojeaba un poco con su pierna izquierda.

Bajé del taxi y crucé el paso de cebra. A esas horas de la noche, el instituto de bachillerato se veía lóbrego. Delante de las pesadas puertas cerradas con un largo y grueso pestillo y un enorme candado había un hombre con un abrigo negro. El viento me azotaba las mejillas y las ramas de los árboles chocaban entre sí produciendo un lúgubre crujido, como de huesecillos golpeándose. Con las manos metidas en los bolsillos del abrigo, apreté el paso.

Kang se detuvo frente a un edificio comercial con un cibercafé en el primer piso y miniestudios en alquiler en los pisos segundo y tercero. La planta baja era un local con escaparate de vidrio polarizado y no parecía tener entrada. Probablemente Inju había hecho desaparecer la puerta para utilizarlo como taller. Detrás del edificio estaban las escaleras que llevaban a las plantas superiores y también la puerta metálica por la que se entraba al lugar. Cuando Kang sacó la llave del bolsillo, sentí el leve olor a alcohol que emanaba de su cuerpo. Mientras caminábamos hasta allí por las calles oscuras lo vi pequeño, con los hombros caídos, la mirada baja y los ojos hundidos. Tras abrir la puerta y guardarse la llave, sacó un paquete de cigarrillos.

—Entre usted primero —dijo, encendiendo un pitillo.

Entré en el taller. Era espacioso, de casi cien metros cuadrados, el doble de grande que el que tenía antes. A un lado de la entrada, decenas de pinturas en papel enrolladas y atadas con un cordel se alineaban como columnas. Aunque todos los que la conocían le aconsejaban que no lo hiciera, Inju tenía la costumbre de dibujar sobre papel ácido en lugar de utilizar lienzos. Sujetaba a la pared, con chinchetas en cada esquina, una gran hoja de papel y pintaba durante horas superponiendo varias capas de crayones. Por eso sus obras no se conservarían más de treinta o cuarenta años, como mucho, y los colores irían perdiendo intensidad.

—Lo único que importa es el momento en que pinto. Para mí, eso lo es todo —solía decir Inju con terquedad, pero esbozando una sonrisa tan afable que era imposible enfadarse con ella.

Tras su muerte, me atormentaba no haber podido persuadirla para que usara lienzo.

Pero al apartar la vista de los rollos de papel y posarla en la pared del fondo, me quedé helada. Al mismo tiempo sentí una presencia fría detrás de mí y, sobrecogida, lancé sin querer un grito ahogado. Kang estaba a mi espalda. Su expresión mostraba miedo, como si mi reacción le hubiese asustado aún más que a mí. Durante unos segundos, a la pálida luz de los fluorescentes, nos miramos como si hubiéramos visto un fantasma.

Habían pasado más de veinte años, pero se conservaban perfectamente. ¿Por qué Inju no me dijo nunca que tenía esas pinturas? Durante las fuertes lluvias del verano del 90, el taller de su tío, que estaba en el semisótano, se había inundado, y yo había visto con mis propios ojos las pinturas que había allí, convertidas en una pasta de papel. Cuando Inju pudo abrir la puerta y entrar, había pinceles, mantas, recipientes y ratas muertas flotando en el agua oscura y fangosa. ¿Acaso salvó algunas pinturas llevándolas a la planta baja? ¿Por qué me lo ocultó?

Una estrella blanca explotaba en medio del enorme lienzo de papel hanji embebido de tinta negra. Me quedé allí de pie, incapaz de acercarme o de alejarme, igual que cuando, hacía veinte años, había entrado en el taller del tío de Inju y había visto aquel cuadro por primera vez.

Al apartar los ojos de la pintura y observar a mi alrededor, una sorpresa aún mayor paralizó mis pensamientos. Me sentí como si hubiera vuelto al taller del tío de veinte años atrás. Había bolas de papel maché, pulverizadores de agua para jardín, mantas manchadas de tinta, espátulas y pinceles planos… Extendido sobre el suelo había un papel hanji cargado de tinta negra y, en su centro, la forma de una estrella blanca del tamaño de una cara.

Me giré para mirar a Kang, que me observaba sentado en una silla plegable de aluminio tapizada de color gris, con las manos entrelazadas. Me había equivocado. Él no había mentido en su artículo. Esas obras no eran las pinturas de hacía veinte años, sino las últimas obras en las que Inju había estado trabajando. En otras palabras, había repetido las pinturas de su tío.

Me acerqué a los cuadros. En las paredes contiguas había otros cinco. Grandes y pequeñas estrellas ardían brillantes en un inmenso y negro cielo nocturno. Algunas estrellas eran del tamaño de la palma de la mano, y los grandes papeles hanji, gruesos y cubiertos de tinta, se veían infinitamente profundos y oscuros. Me detuve ante el quinto cuadro. Era bastante más pequeño que los anteriores y, si bien era del mismo papel tradicional grueso y cargado de tinta, en él, en lugar de una estrella blanca, ardía una estrella azul. Parecía el método de trabajo del tío, pero había diferencias evidentes. En este cuadro, la estrella era completamente azul, con un simple contorno de tinta negra.

Me quedé allí, tratando de comprender. Siempre que quiero entender algo, me quedo inmóvil mirándolo, examinándolo una y otra vez. ¿Qué significaban esas pinturas? ¿Qué significó para Inju ese año que dedicó a esas obras, el último año de su vida?

—Inju tenía un tío por parte de madre.

—Lo sé. Se llamaba Lee Dongju. Nació en 1951 y murió a los treinta y siete años por un derrame cerebral.

—¿Cómo lo sabe?

—Investigué un poco, para el libro.

—¿Qué libro?

—La biografía de Seo Inju que he escrito. Se va a publicar en breve.

—Entonces ese artículo especial…

—Forma parte del libro.

—¿Incluirá fotos de estos cuadros?

—Claro.

—Son las pinturas que hacía su tío. Inju las ha repetido. No logro comprender por qué, pero si no menciona que ella copió la obra de su tío, su libro…

—Siga, por favor.

—… contendrá malinterpretaciones y mentiras.

—Lee Dongju no estudió pintura. Dejó la carrera de Física a causa de una enfermedad. Es todo lo que sé sobre él.

—Estoy segura de lo que digo. Pintó esos cuadros hasta que murió.

—¿De verdad? Tendré que investigar un poco más. ¿Pertenecía a alguna escuela artística?

—No creo.

—¿Estudió pintura por su cuenta?

—Cuando tenía veintitantos, estudió durante un año con un pintor oriental que vivía en Damyang. Salvo eso, tengo entendido que siempre trabajó por su cuenta.

—Entonces, usted sostiene que Seo Inju recreó los cuadros de su tío Lee Dongju basándose en los recuerdos que tenía. ¿Vio usted trabajar a Lee Dongju? Si es así, ¿podría explicarme qué técnica usaba? He consultado a varias personas, pero me han dicho que es difícil saberlo observando simplemente las obras. Durante el último año de su vida, Inju no permitió a nadie entrar aquí. Cuando mostré las fotos de los cuadros, alguien opinó que habían sido teñidos con la técnica del atado, otro me preguntó si no serían grabados y alguien incluso aventuró que eran fotos reveladas después de aplicar un fotosensibilizador con partículas de agua. Cuando vi las pinturas, me pareció que la explicación más plausible era que Inju había esparcido tinta sobre el cuadro usando sal o detergente, pero no pude encontrar ni una cosa ni otra en el taller.

—No hacen falta ni sal ni detergente.

—¿Cómo lo hizo, entonces?

—Solo con tinta y agua.

—¿Quiere decir que basta con verter agua antes de que se seque la tinta para que se extienda? Eso es imposible sin utilizar detergente, sal o algún pegamento.

—Se puede porque la densidad de la tinta y la del agua son diferentes, utilizando los fenómenos de ósmosis y la capilaridad. Para obtener una mancha del tamaño de la palma de la mano se necesitan diez días. Por lo tanto, para completar un cuadro de este tamaño se tarda entre dos y tres meses.

—Los expertos no opinan lo mismo.

—Recuerdo haberle oído decir al tío que es parecido a la velocidad con que crecen las plantas.

—A pesar de los años que han pasado, lo recuerda con mucha claridad. ¿Tiene algo con que probar lo que dice, además de su memoria?

—No, no tengo nada. Tengo una pregunta…

—Dígame.

—¿Por qué piensa que Inju se suicidó? Usted tampoco tiene pruebas de eso.

—¿Qué otra razón pudo tener para ir a Misiryeong cuando había nevado, a esas horas y sin ponerle cadenas a las ruedas?

—Es que Inju no tenía razón alguna para matarse. Ella amaba la vida. No lo digo como frase hecha: de verdad la amaba.

—Como debe usted saber, el padre de Inju era médico y murió en un accidente automovilístico. Inju era hija única. Su madre, Lee Dongseon, se mantuvo económicamente los siguientes diez años gracias a la indemnización y a la herencia que recibió. Estuvo ingresada en el hospital por alcoholismo y depresión, y acabó suicidándose. Inju tenía entonces once años, y a partir de ese momento quedó al cuidado de su tío Lee Dongju. Cuando él murió, a los treinta y siete años, ella tenía diecinueve.

—Un momento…

—Dígame.

—Sé bien cómo fue su infancia y su primera juventud. Pero eso no prueba que se haya suicidado.

—La vida de Seo Inju estuvo marcada por numerosas pérdidas, por lo que es fácil inferir que debió de sentirse atraída por la muerte. Además, su vida conyugal…

—Todo eso son suposiciones y cosas que usted imagina. No prueban nada.

—Su exmarido también opina que fue un suicidio, y autorizó la publicación del libro.

—Pero él…

—¿Le hizo algo a Inju?

—Nunca entendió a Inju, más bien todo lo contrario.

—La habrá entendido a su manera.

—Pues la entendió mal. Inju no se suicidó.

—¿Cómo está tan segura?

—¿Y cómo está tan seguro usted? ¿Cómo puede sacar esa conclusión?

—Tranquilícese, por favor.

—¿Qué derecho tiene a concluir que murió así?

—Seguro que a Inju le daría lo mismo que se publique o no un libro sobre ella; al fin y al cabo, tampoco le preocupó nunca que sus obras se conservaran. Se puede decir que hacía tiempo que a Inju había dejado de importarle este mundo. Si escribí el libro fue porque sentí que era mi deber. Admito que quizá lo escribí para mí. Y aunque mi libro distorsione su vida, eso no cambiará la realidad de los hechos. Por lo tanto…

—Entonces no importa, ¿no?

—Así es.

—Pero ¿y el deber de decir la verdad? ¿Qué hace usted con él?

—Supongamos que usted tiene razón y que Inju no se quitó la vida. ¿Qué importancia tiene eso? ¿Qué cambia que yo opine en el libro que se suicidó? La cuestión es que ella está muerta y no volverá a la vida.

—Pero ¿se da cuenta de lo que está diciendo? ¿Por qué se empeña tanto en…?

—Tranquilícese, por favor.

Debería haber llevado un cuchillo, o al menos un vaso de cristal. Tenía que matar a ese hombre antes de que consumara su engaño. Pero ¿no sería demasiado tarde? Si ya había entregado el manuscrito a la editorial, el libro saldría aunque el tipo muriese.

Recordé los ojos de Minseo. Inju no se había suicidado. Jamás decidiría morir y abandonar a su hijo. Minseo crecería y algún día leería ese libro. ¿No le importaba a ese hombre que eso sucediera? ¿No le importaba la verdad?

Me dejé caer en la silla plegable donde Kang se había sentado hasta hacía un momento. Contemplé la estrella del tío, mejor dicho, la estrella de Inju. La llama blanca ardía en las tinieblas. Poco a poco mi respiración se calmó.

—Por casualidad… —preguntó él, mirándome—, ¿es usted Lee Cheonghee, la autora que escribió la obra de teatro Cállate hace diez años? —Al ver que no le respondía, siguió diciendo—: No sé mucho de teatro. Tampoco es que haya visto la obra. Vi el libreto en aquella estantería, así que leí la introducción.

Levanté la vista hacia la estantería de sesenta centímetros de ancho que él me señalaba. Era vieja, de pino americano, y tenía rasguños aquí y allá. Los estantes estaban llenos de libros de diferentes alturas y de cuadernos de bocetos.

—Inju lo había subrayado en muchas partes y también había escrito comentarios. ¿Quiere verlo?

—No, no quiero.

—¿Le duele?

En ese momento me di cuenta de que estaba apoyando la mano izquierda en el corazón. Sentía un familiar dolor en el pecho, un dolor que se fue aminorando. Concentrarme en la sensación hizo que se me pasara el enfado. Cerré los ojos para poder pensar con calma qué podía hacer a partir de ese momento.

—¿Cómo escribió el libro? —pregunté con tono tranquilo—. ¿Encontró material en que basarse?

—Entrevisté a sus amigos y conocidos, encontré parte de su correspondencia y también me basé en sus escritos.

—¿No le costó escribirlo?

—Me costó, pero fue una experiencia valiosa. Casi está listo.

Al verme más tranquila, encendió un cigarrillo con gesto adusto, como si le hubiera invadido una súbita fatiga. Estaba claro que era una persona a la que le gustaba polemizar. Durante la larga conversación que habíamos mantenido, parecía haberse transformado en otra persona. No tartamudeó una sola vez, fue agresivo pero se mantuvo sereno y habló con confianza en sí mismo y firmeza. Seguramente la elocuencia y una prosa brillante habían sido las armas con las que había salido adelante en la vida.

—Nunca he fumado aquí dentro por temor a que los cuadros se impregnasen de humo. Hoy es la primera vez —explicó como disculpándose, y se volvió hacia ellos.

Tenía mechones canosos que le cubrían las orejas. Pensé que se había olvidado de ir a cortarse el pelo. Acababa de darme cuenta: él quería a Inju. No sabía desde cuándo, pero aún la quería.

—Debe de haber mucha más gente que conozca mejor que yo a Inju desde que comenzó a pintar —dije tras un momento de silencio—, pero no creo que encuentre a nadie más que conozca su vida anterior. ¿No quiere oír mi testimonio?

Giró la cabeza para mirarme. A la pálida luz de los fluorescentes, se veía avejentado. Por la tarde me había parecido que tenía algo más de cuarenta y cinco años, pero ahora tenía el aspecto de alguien por lo menos diez años mayor.

—Claro que me gustaría.

—Entonces ¿podría atrasar un poco la publicación del libro? —pregunté, articulando las palabras con la mayor claridad posible.

Se llevó el cigarrillo a la boca con mano temblorosa. Con esas manos temblorosas y ese aire de estar un poco perdido, probablemente no viviría mucho tiempo.

—Lo decidiré cuando hayamos hablado —repuso después de expulsar el humo.

—Ahora no. Necesito ordenar mis pensamientos.

—De acuerdo. ¿Cuándo, entonces?

—Deme una semana. Otra cosa… —le dije, mirándolo a los ojos—, me gustaría quedarme más tiempo aquí, pero a solas. ¿Sería posible?

—No, eso no —respondió con determinación—. Lo siento. Comprendo sus sentimientos, pero no es posible.

En ese instante, yo también lo comprendí. Comprendí su dolor, su oculta obsesión. Sería inútil insistir.

—Vámonos, pues —dije, levantándome del asiento.

En el taxi, que circula veloz, todo se entremezcla: la oscuridad que se derrama como tinta china, las farolas que brillan vagamente, la calle desierta, las tiendas con las persianas bajadas, la fuente congelada, los edificios de apartamentos como gigantescos osarios, las afiladas ramas de los árboles, que parecen gritar.

Pago el taxi y camino hacia mi edificio. Mis zapatos resuenan quedamente. Son las tres y veinte de la madrugada y no se ve siquiera un borracho, tampoco ventanas con las luces encendidas. Todo duerme o está temporalmente muerto. Abro la puerta de mi apartamento y enciendo la luz de la sala antes de que la oscuridad me asfixie.

Después de tres horas de ausencia, el silencio de la casa sigue siendo tan denso como siempre. La falta de sueño hace que me maree, la cabeza me da vueltas. Me quito el abrigo y el suéter, y voy al baño. Me enjabono las manos hasta que no se ven bajo la espuma. Se me pone la piel de gallina en los hombros desnudos. Al lavarme la cara me miro en el espejo, y veo a una mujer impenetrable que me mira fijamente. La densa cabellera que le cubre los hombros muestra algunas canas en el lado derecho. Frías gotas de agua que parecen rezumar desde el interior de su rostro resbalan por sus mejillas y mojan su pecho.

Después de secarme la cara, me acerco a mi mesa. Cierro el libro que estaba leyendo y me quedo mirando las resplandecientes nebulosas de la contraportada.

«Están muy lejos», pienso.

Las ciudades, las fronteras, las tierras y los mares, los bosques, los callejones y las alcantarillas, los cementerios y los perros, los árboles, los amantes, las prisiones, los campos de batalla, las aulas y los teatros, los cortejos fúnebres, el traqueteo del metro, el griterío de los mercados al aire libre… todo está dentro de los 450 kilómetros de altura de la atmósfera. Sobre la corteza que o bien sobresale o bien se hunde, a través de innumerables caminos, carreteras anchas o estrechas: la vida se despliega en esa delgada capa de 450 kilómetros. Con vehemencia o con despreocupación, reímos, hablamos, enfermamos y bailamos en ese pequeño espacio. Todo lo que abrazamos, con esfuerzo y valentía, se encuentra encerrado en esta delgada atmósfera. Hasta el momento de nuestra muerte, e incluso después de nuestra muerte, el cuerpo no puede escapar. Solo las miradas, los pensamientos y las conciencias nadan como extrañas criaturas o como espíritus en el vacío oscuro entre las nebulosas.

Si el tío pudiera oír lo que acabo de pensar, sacudiría la cabeza. Esbozando aquella dulce sonrisa que arrugaba las comisuras de sus labios, habría dicho en voz baja, con timidez, como si se disculpara:

—Ahora ya no es así. Tenemos la sonda Voyager.

A medida que las imágenes enviadas por la nave lanzada al espacio en 1978 salían publicadas en periódicos y revistas científicas, el tío recortaba las que más le gustaban y las pegaba en la pared ante la mesa de su taller. No era una persona escandalosa. Todo lo contrario, si estaba profundamente conmovido o algo le impactaba, apenas hablaba. A menudo lo veía sentado ante esas fotografías sin decir nada. Solo una vez me dijo:

—Dentro de cincuenta años, la Voyager abandonará nuestro sistema solar y, a partir de entonces, navegará sin detenerse a través del infinito vacío que hay entre las estrellas… Cuando haya terminado de dar la vuelta alrededor del centro de la galaxia, en la Tierra habrán pasado varios cientos de millones de años.

Cojo el libro y lo coloco en la estantería. Meto las notas en el cajón de mi mesa y llevo a la cocina la taza con restos de café seco en el fondo. Voy a por un trapo húmedo y limpio el polvo de la mesa. Me recojo el pelo en una coleta y me siento con la silla bien pegada a la mesa. Cierro el portátil y lo guardo bajo la mesa, dejando encima únicamente un lápiz y hojas de papel blanco A4. Aunque uso el ordenador, siempre que empiezo a escribir lo hago en papel. Es un hábito que me quedó de la época en que escribía obras teatrales. Escribo con la mano izquierda, que no había vuelto a usar desde que mi madre me azotaba para impedirme usarla cuando era pequeña. Y escribo hacia la izquierda, como reflejada en un espejo.

La última obra teatral que escribí fue hace ocho años. Entonces, como ahora, lo que me mantenía económicamente era la traducción, ya fuera de libros infantiles y de cultura general o de guiones de musicales y novelas para el gran público. A un ritmo muy rápido, de dos páginas por hora, hacía traducciones que, si bien no se podía decir que fueran especialmente buenas, tampoco contenían errores importantes. Afortunadamente, nunca me ha faltado el trabajo. El hecho de que mis ingresos me alcanzaran para vivir con modestia tenía el lado positivo de que no me despertaba deseos innecesarios. No tenía ahorros ni seguros ni fondos para la jubilación, pero no me preocupaba. Si a veces alguien me sugería que volviera a escribir, le respondía con el silencio, como si no tuviera interés en ello. En realidad, no podía explicarle a nadie que el terror se adueñaba de mí con solo pensar en sentarme ante una página en blanco, el terror a ese momento en que la dichosa ceguera ante la vida, como la nieve que cubre la inmundicia, se derrite y deja al descubierto la podredumbre encharcada.

Sin embargo, en ese instante me encontraba sentada a mi mesa, dispuesta, por primera vez en ocho años, a escribir en la página en blanco.

¿Qué y de qué manera?

No tenía ni idea.

¿Acerca de Inju?

¿Acerca de su tío?

Sobre los dos.

Fuera como fuese, sería algo muy diferente de lo que había escrito Kang Seogwon, algo con verdades muy distintas.

Lo único que sabía era que mis palabras no serían tan pulidas como las suyas, tampoco tan sólidas ni coherentes.

No resumas tu vida como te dé la gana. No hables sin saber. Cierra esa maldita boca que tiembla de amor.

No sé tartamudear. Tampoco gritar. Mis palabras se enfrentarán a las suyas. Me haré trizas y lo haré trizas. Me romperé y lo romperé en mil pedazos.

En el silencio de la madrugada, se oye el tren de mercancías que recorre las vías férreas a dos calles de distancia. La barrera está baja y suena, ansiosa, una estridente campana de advertencia. Pulverizando con decisión ese frágil sonido, el tren pasa rugiendo. En medio de la quietud hecha pedazos, oigo el tictac del segundero de mi reloj, girando inexorablemente.

Tengo sed.

¿Bebemos agua cuando la vida se consume porque el agua es vida? ¿Porque la mayor parte de nuestro cuerpo está compuesta de agua?

Me levanto y me acerco a la mesa de la cocina. Mientras me sirvo agua de la botella, decido que mañana iré al taller de Inju. Si es necesario, llamaré a un cerrajero y entraré cambiando la cerradura. Miraré a mis anchas los cuadros de su tío —mejor dicho, los cuadros de Inju—, porque debo verlos para comprenderlos, porque debo comprenderlos para poder escribir.

Eso será mañana durante el día, cuando Kang esté en la universidad o en la calle. De momento, a pesar de que no comprendo nada, tengo que recordarlo todo. Tengo que soportar el silencio, el tiempo que se prolonga en la eternidad.

El agua fría baja por mi garganta. Pasa por el pecho y se queda dentro del cuerpo. Miro el cuenco blanco cerca de la puerta del balcón. ¿Seguirá viva? ¿Las arañas hibernan? ¿Dormirá plácidamente y se despertará cuando la luz se cuele por debajo del recipiente? ¿Se moverá de nuevo con su tranquilo y espeluznante paso?

Cierro los ojos con fuerza. Tengo la imagen de la araña, paseándose por el suelo con sus ocho patas negras, gruesas y peludas, grabada bajo mis párpados. Abro los ojos y me dirijo con paso decidido al cuenco de porcelana. Me agacho apoyando una rodilla en el suelo, extiendo el brazo y le doy la vuelta al cuenco.