¿Cuál es la última canción que se te ha quedado grabada ...

¿Cuál es la última canción que se te ha quedado grabada en la cabeza? A lo mejor ha sido el último éxito de Taylor Swift o de Beyoncé, un clásico de Bob Marley o de Marc Anthony, tal vez una canción de la banda sonora del musical Hamilton o tu favorita de una película o serie de televisión. Seguramente has seguido el ritmo con la cabeza, tarareado, bailado y hasta la has cantado en voz alta. Hay canciones que se nos quedan grabadas en la cabeza y las repetimos en bucle.

Así puede ser nuestra historia personal. También se parece a una melodía pegadiza. Nos contamos una y otra vez la historia sobre quiénes somos, quiénes no somos, cómo «deberíamos» ser y qué «deberíamos» hacer. Los detalles comienzan a tomar forma a una edad temprana y, a lo largo de nuestra vida, dicha historia se consolida, para bien o para mal.

Por supuesto, al igual que en cualquier buen libro o película, los detalles sobre quién eres y el personaje que interpretas en la historia también evolucionan con el tiempo. Tomemos como ejemplo a Harry Potter al principio del primer libro, Harry Potter y la piedra filosofal. Descubrimos que es un huérfano de once años que sufre malos tratos por parte de sus familiares. Tiene muy poca confianza en sí mismo, pero es inteligente y pronto descubre que es mago. En el último libro, Harry Potter y las reliquias de la muerte, ya conoce sus virtudes y sus defectos. Ha ganado algunas batallas y perdido otras, y ha hecho amigos para toda la vida.

Como lectores de los libros o espectadores de las películas, quizá tengamos una opinión diferente sobre Harry de la que él tiene sobre sí mismo. Por ejemplo, Dumbledore tiene fe en él, mientras que el profesor Snape lo menosprecia. A veces, las personas que nos rodean tienen opiniones sobre nosotros y nuestras capacidades que difieren de las nuestras. Tal vez perciben virtudes y puntos fuertes que nosotros no nos reconocemos o quizá ven unas debilidades que no existen.

A lo largo de los años, nuestra historia puede verse influenciada por muchos factores, como el grado de implicación de nuestros padres en nuestra vida o si nos fue bien en el colegio, los deportes, el teatro o la música. Las interacciones con hermanos, amigos y parejas sentimentales también nos afectan, al igual que nuestro historial de salud física y mental, el nivel de estudios, las experiencias con la muerte, los divorcios, los triunfos y los momentos trágicos.

Estos factores son elementos clave en la historia que te cuentas a ti mismo sobre ti mismo y en la historia que te cuentan los demás sobre ti. Puede ser explícita (te dicen directamente lo que puedes o no puedes hacer, a veces basándose en pocas o ninguna prueba) o implícita (mensajes subliminales o sutiles que te llegan a través de personas, libros, televisión, películas, música y redes sociales).

Esta historia en tu cabeza moldea de forma directa lo que crees que es posible para ti. Moldea tu carrera profesional, a quién eliges como pareja y lo que haces en la vida, lo que incluye aficiones, decisiones, comportamientos, viajes, deportes, hábitos, estudios y mucho más. Incluso afecta a tu capacidad para divertirte, relajarte y tomarte descansos.

Tu historia puede resonar en tu cabeza y en tus emociones al repetirse en bucle (como la canción pegadiza de la que te he hablado antes), incluso cuando no hay nadie más alrededor. Y puede limitarte en muchas áreas de tu vida. Al fin y al cabo, nos vemos inundados de obligaciones y factores estresantes, tanto personales como colectivos, que nos llevan a imponernos limitaciones innecesarias. A menudo, renunciamos a nuestras aspiraciones y nos conformamos con opciones menos ambiciosas de lo que queremos o necesitamos. Sin darnos cuenta, nos encerramos en una caja llena de límites, creyendo que lo que esperamos hacer o queremos dejar de hacer no es posible. En ocasiones, incluso nos decimos que esa cosa, esa idea, esa oportunidad no es posible para nosotros, pero sí para los demás.

Este era el caso de mi cliente, Ron, que tenía cuarenta años cuando comenzó la terapia conmigo. «Me siento un fracaso en todo», declaró durante nuestra primera sesión. «Mi prometida ha roto conmigo. Sigo presentándome a ofertas de trabajo, pero no me llaman para ninguna entrevista. Me siento estancado».

Cuando empezamos a hablar de su infancia, Ron me contó que su padre le decepcionaba una y otra vez. Le solía prometer que iría a recogerlo a casa de su madre y luego no aparecía. Esta experiencia repetida le llevó a crear una narrativa interna según la cual sus deseos y anhelos no eran importantes y nunca se cumplirían. Debido a esta historia, se acostumbró a no hacerse ilusiones. Aunque era listo, se sentía superado, por lo que no se esforzaba al máximo en clase, lo que le llevó a graduarse por los pelos en el instituto.

Aun así, por mucho que Ron intentara no decepcionarse, había una parte de él que no se rendía y seguía intentándolo. En la primera sesión, pude reformular lo que él siempre había visto como fracasos. Por ejemplo, hasta que le hice ver que era una persona que se negaba a rendirse, no fue consciente de ello. Le ayudé a darse cuenta de que nunca había tirado la toalla, sobre todo en sus estudios. Después de terminar el instituto con un aprobado justo, se empleó a fondo para entrar en la universidad, lo aceptaron en la facultad de Derecho (aunque decidió no seguir por ese camino) y, al momento de escribir este libro, ha cursado no uno, sino dos másteres, y habla español con fluidez. ¿Cómo podría eso convertirlo en un fracasado? Sin embargo, y aunque no era cierto que lo fuera, esa era la historia que le daba vueltas en la cabeza —como una canción pegadiza— desde la infancia.

A pesar de sus logros y de su tenacidad, a Ron le costaba cultivar su talento y su pasión por ser escritor. Debido a esa vieja historia, luchaba contra la inseguridad y el miedo al fracaso, convencido de que nadie querría leer lo que escribiera. De nuevo, no quería sufrir otra decepción, así que le costaba muchísimo empezar.

Durante el tiempo que trabajamos juntos, seguí ayudándolo a reformular esa historia interior negativa, como había hecho desde el primer día. Con el tiempo, empezó a integrar una nueva historia que le permitía darse más permiso. Esa nueva historia le ayudó a darse cuenta de que no se trataba del resultado, de si alguien leería o no su obra, sino de dejar de limitarse y vivir con valentía según sus propias reglas, no según el dolor del pasado que le había impuesto un relato falso en la cabeza.

A lo largo del proceso hubo varios comienzos, varios parones y muchos «casi», pero Ron se dio permiso para intentarlo. Ahora esa forma de pensar domina su vida. En estos momentos dice: «Lo intentaré. Me daré permiso». Y ahora está escribiendo con la esperanza de publicar algún día, además de haber empezado un pódcast.

A Ron no le fue fácil darse permiso para perseguir su sueño, pero eso es precisamente lo que todos debemos aprender a hacer. Tenemos que aprender a darnos permiso para ir más allá de la historia falsa que llevamos contándonos toda la vida.

Puede que descubras que, al igual que Ron, llevas tiempo menospreciándote con una historia negativa y que eso te ha impedido perseguir ciertos sueños o deseos. Este libro habla de descubrir que la historia que siempre has creído sobre ti mismo quizá no sea cierta después de todo. Y no tiene por qué serlo, si no es la historia que quieres seguir viviendo. Puedes hacer como Ron e integrar una nueva historia que te permita asumir riesgos, ser imperfecto, vivir con valentía y alcanzar todo tu potencial en cuanto a logros, disfrute y autocuidado.

Tú también puedes darte permiso para ser quien quieres ser y hacer lo que quieres hacer con tu vida.

¿Por qué soy terapeuta?

Por supuesto, yo también tengo mi propia experiencia personal con eso de darme permiso.

Me crie en una familia y en una cultura donde no se hablaba de psicología ni de salud mental, así que ¿cómo acabé convirtiéndome en terapeuta? ¿Cómo logré superar los mensajes sutiles, y a veces más directos, que recibí sobre la terapia? Los sutiles decían que no era una opción profesional viable. Al fin y al cabo, no veía a personas en la profesión que se parecieran a mí (hombres negros, concretamente). Los más directos eran que hablar de tus sentimientos te hace débil, que «basta con rezar» y que «lo que pasa en casa es asunto nuestro y se queda en casa». Así pues, en medio de todo eso, ¿cómo logré darme permiso para ser terapeuta?

Durante muchos años pensé que quería ser médico. Mis padres solían contar que, cuando tenía solo cinco años, dije: «¡Quiero ser médico como la tía Clover!». Era una amiga muy cercana de la familia y mi relación más próxima con un médico.

Ese deseo de ser médico continuó hasta el final de mi segundo año de universidad. Por desgracia, mis notas en las asignaturas de ciencias no eran ni de lejos tan altas como en las demás. Y, cuando me detuve a examinar de verdad el estilo de vida de un médico, me di cuenta de que no me atraía en absoluto.

Sin embargo, la historia que tenía en la cabeza era que, si me hacía médico, mis padres estarían orgullosos, y si no, se sentirían decepcionados. Esa narrativa casi me atrapó, porque sentía que cambiar de estudios equivalía a fallarle a mi familia. No era cierto, claro, pero yo mismo me había convencido de que sí lo era. La verdad era que la única persona a la que estaba defraudando era a mí mismo, por no seguir lo que de verdad sentía que era adecuado para mí, y eso me estaba haciendo infeliz.

Con el tiempo empecé a darme cuenta de que, a lo largo de mi vida, siempre había querido ayudar a los demás. Ver a mis padres ayudar a las personas de la comunidad —a veces entregándose en cuerpo y alma incluso cuando no tenían mucho que ofrecer— fue un ejemplo trascendente para mí. En la universidad, me sentí atraído de forma natural por aquellos clubes que se dedicaban a ayudar activamente a otros estudiantes del campus.

Después de muchas oraciones, varias conversaciones con mis profesores y una charla sincera y difícil con mis padres, logré darme permiso para cambiar mi especialidad de Biología a Psicología. Ese cambio me llevó al camino de mis sueños, lleno de propósito y satisfacción. Al final, seguí estudiando un posgrado en Psicología para formarme como terapeuta.

Todos esos momentos, llenos de deseo, de propósito y de ambición, me ayudaron a convertirme en el terapeuta, coach ejecutivo, consultor de empresas familiares y conferenciante internacional que soy en la actualidad. No habría llegado hasta aquí si no hubiera reconocido que mi camino inicial en la medicina no era el adecuado y no me hubiera dado permiso para hacer otra cosa.

Desde hace mucho tiempo me interesa entender qué hace que las personas se queden atascadas y qué las mantiene ahí. Me fascinan las razones por las que nos cuesta tanto perseguir nuestras aspiraciones y lo que solemos sacrificar cuando nos centramos en otras metas. Algunas personas se dan permiso en un ámbito de su vida, por ejemplo, mientras ignoran otros. En mi práctica clínica siempre he querido aprender más sobre las historias que se repite la gente y cómo esas historias pueden generar limitaciones que duran toda una vida. Esa fascinación, ese estudio y mi trabajo con los pacientes son los que me llevaron a escribir este libro.

El equilibrio entre lo práctico y lo profundo

En total, llevo más de veinticuatro años ejerciendo y cuento con más de doce años de educación superior, incluidos mis estudios de grado, además de mi propia experiencia vital. Cuando empecé a trabajar como terapeuta, creía que en cada sesión y con cada paciente tenía que producirse una profunda catarsis emocional. Muchos de mis pacientes lo creían también. Quizá era por los numerosos ejemplos que vemos en la televisión y la cultura popular, donde la terapia parece algo capaz de cambiarte la vida en una sola sesión magistral.

En consecuencia, me sentí atraído por teorías que analizaban la historia y las dinámicas familiares para ayudar a explicar el comportamiento actual (y a veces incluso el futuro). Utilizaba teorías como el modelo de sistemas familiares de Bowen (Kerr y Bowen, 1988), que subraya cómo nuestro comportamiento suele repetirse y parecerse al de nuestra familia y a las experiencias multigeneracionales que nos preceden. Un aspecto clave de la teoría de Bowen es la «diferenciación del yo», un proceso mediante el cual una persona es capaz de reconocer la influencia de los demás y, al mismo tiempo, pensar y sentir por sí misma. Para asegurarnos de que somos capaces de pensar y sentir de manera autónoma, es importante hacer un trabajo de autoexploración, reconocer cómo nos influyen los demás y encontrar nuestro yo verdadero, en algún punto entre la independencia total y la dependencia de los otros. Esta y otras teorías me sirvieron de guía para ayudar a mis pacientes a explorar los aspectos más profundos y reveladores de su situación actual.

Sin embargo, a medida que fui adquiriendo más experiencia, me di cuenta de que algunos pacientes necesitaban ayuda para hacer cambios de una forma más rápida. No buscaban introspección ni una perspectiva familiar: solo querían entender cómo podían cambiar, adaptarse y transformarse en ese momento. Utilicé enfoques como la terapia cognitivo-conductual (TCC) para guiar a mis pacientes a través de la conexión entre sus pensamientos, sentimientos y comportamientos. Este enfoque era más práctico y muchos de mis clientes valoraban la capacidad de ir directamente al meollo del asunto.

Estas experiencias dieron forma a mi experiencia clínica general y me permitieron ofrecer soluciones, intervenciones y métodos prácticos, al tiempo que integraba exploraciones más profundas y reveladoras. Pasé de un enfoque excluyente a uno inclusivo en mi trabajo.

A la hora de guiar a las personas para que analicen en qué aspectos necesitan darse permiso a sí mismas o en cuáles les cuesta hacerlo, utilizo perspectivas tanto prácticas como profundas. Por ejemplo, a algunas personas les resulta fácil pedirle a su jefe un día libre, mientras que a otras les parece difícil. Y tenemos que entender por qué nos cuesta tanto. ¿Qué parte de nuestra historia está relacionada con nuestra dificultad para pedir un día libre? ¿O simplemente para tomarse un día libre en el caso de aquellos que tienen autonomía en sus horarios de trabajo? Cuando lo sepamos y seamos conscientes de eso, podremos empezar a cambiar lo que nuestra historia interna nos dice sobre tomarnos un día libre y darnos permiso para tomárnoslo. En la práctica, esto incluye mirar el calendario y elegir un día libre, y luego pedir ese día libre… o tomárnoslo y ya está.

Esta combinación de trabajo introspectivo y trabajo práctico me llevó a la terapia narrativa (White y Epston, 1993) y a la importancia de nuestras historias. Nuestras narrativas internas están vinculadas al dolor, los problemas y los mensajes de nuestro pasado, e influyen en las decisiones que tomamos en el presente. A lo largo de este libro, te invitaré a examinar tu narrativa interna reflexionando sobre las influencias de tu pasado (familia, cultura, comunidad) y tus decisiones en el presente.

La importancia del contexto

Creo que, además de los aspectos que ya he comentado, hay otros elementos de la vida que también forjan quiénes somos y cómo nos mostramos ante el mundo. Estas variables forman parte de nuestras experiencias vitales y pueden influir tanto en cómo vemos el mundo como en cómo el mundo nos ve a nosotros, y sería un error pasarlas por alto.

Estos aspectos contextuales desempeñan cierta función en la mayoría de las personas y, en algunos casos, un papel fundamental en su visión interna y externa del mundo. Estas variables pueden influir en la facilidad o la dificultad con la que nos damos permiso en determinadas áreas. Cada categoría puede ofrecer oportunidades de privilegio o ventaja, o bien de opresión o injusticia, según la identidad o identidades que tengamos. Entre las variables que influyen en nuestras experiencias vitales se incluyen —aunque no se limitan a— la raza, la etnia, la clase social, la edad, el género, la identidad sexual, la confesión religiosa, las capacidades y el historial de trauma. Además, la intersección de estas identidades, lo que se conoce como interseccionalidad, puede dar lugar a una experiencia más compleja y con múltiples capas.

Ten presente este factor al reflexionar sobre las dificultades a las que te has enfrentado en la vida.

¿En qué necesitas darte permiso?

A medida que vayas leyendo, este libro te irá guiando por distintos ámbitos en los que podrás explorar cómo darte permiso para empezar, parar, avanzar o probar algo distinto. En algunos momentos se te pedirá que anotes tus pensamientos o tus respuestas a ciertas preguntas, y podrás hacerlo en las páginas para notas que encontrarás al final del libro o, si lo prefieres, en un cuaderno. También encontrarás reflexiones más profundas para examinar tus bloqueos y las áreas en las que te sientes atascado; por ejemplo, por qué te ha costado tanto dejar una relación de varios años que no saca lo mejor de ti, o por qué aún no has pedido el número de identificación fiscal de tu nuevo negocio. Explorarás la historia que te cuentas sobre ti mismo y empezarás a escribir una nueva, para la nueva vida a la que te darás permiso de acceder.

Enhorabuena por emprender tu viaje hacia el permiso. Al iniciar este camino de reflexión, análisis y acción, será importante determinar qué apoyo adicional necesitas para cambiar tu narrativa. ¿Necesitas asistir a un seminario, trabajar con un coach, empezar o continuar una terapia, escribir un diario o algo distinto? Descubrir lo que necesitas para ser constante en los cambios se llama «comprometerte con el proceso».

Te animo a trabajar en este proceso y a usar este libro como una herramienta que te ayude a asumir riesgos, aceptar la imperfección, soltar tus limitaciones, abrirte a la vulnerabilidad y vivir con valentía.

Capítulo 1. Obstáculos al permiso

Obstáculos al permiso

Siempre hice algo para lo que no estaba preparada del todo. Creo que esa es la manera de crecer. Cuando llega ese momento en el que dices «vaya, no creo que pueda hacer esto» y superas esos momentos; ahí es cuando avanzas.

Marissa Mayer