Capítulo 1

Capítulo 1

Ilustración de una casa con árboles y arbustos en el exterior

—Solamente aparece miedo cuando es amor —decía siempre mi tía Lottie con una gramática un tanto coja de la que los demás se daban cuenta, aunque yo no—. Tipo de amor que llega muy hondo que te transforma. Si lo pierdes, una parte pierdes de ti misma también.

Ahora mismo, ese sentimiento ha cobrado vida en el estómago, pero no como esperaba que se hiciera real —por algún chico, por Declan—. En lugar de eso, el miedo que me inunda el cuerpo entero, avivado por el amor, lo ha despertado ella.

—Solo quiero advertirte de que, cuando llegues aquí, vas a encontrar las cosas un poco diferentes. —La voz de mi madre brota por el manos libres del coche.

—Ya lo sé. No… no pasa nada. Estaré ahí dentro de veinte minutos. Te quiero, mamá —respondo a toda prisa antes de acercar el dedo al botoncito rojo.

Mi madre suspira como suspiran las madres cuando saben que no pueden proteger a sus hijas de un dolor inevitable.

—Muy bien. Yo te quiero más a ti, corazón. Hasta ahora.

La llamada llega a su fin, y trago saliva con dificultad mientras recoloco las manos sobre el volante. Ante mí se extiende una autopista de dos carriles que discurre muy cerca de un acantilado escarpado que se desploma en vertical hacia las olas que rompen contra la orilla.

Mientras conduzco por el túnel que te transporta de un cielo vasto y abierto a un pueblo que resulta demasiado acogedor como para no ser ficticio, me obligo a fijarme en su belleza como los viajeros que deciden pasar aquí las vacaciones de verano. Un saliente de árboles hace que parezca que el pueblo lleva sombrero, y las flores que parece estar todo el año en su apogeo salpican las casitas pintorescas que cualquiera diría que han construido las propias hadas.

Después de unas cuantas curvas, me acerco a la casa donde crecí —o, más concretamente, a la casa de la gran tía Lottie—, pero antes quiero hacer una parada. Quizá se deba a las ganas de evitar la situación que me aterra encontrar cuando llegue, pero en cualquier caso giro hacia la izquierda en dirección a la singular plaza del pueblo.

En Seabrook, California, solo hay una librería, que únicamente abre durante la temporada turística; a juzgar por la multitud que la abarrota, debe de ser ahora. Cada tres metros tengo que ceder el paso a una marea de peatones. Los padres llevan riñonera y sus hijos los siguen de cerca con camisetas baratas que lucen un estampado con el nombre de SEABROOK y con un cucurucho de helado que se les derrite en la mano.

Después de conseguir, contra todo pronóstico, un inesperado sitio donde aparcar justo delante de la librería, me armo de valor antes de abrir la pesada puerta de roble de Seabrook’s Books and Nooks, consciente de que las probabilidades de encontrarme con alguien de mi infancia son altísimas.

En cuanto entro, el olor reconfortante a papel viejo flota hasta mí, y bajo los hombros. Una librería es el primer lugar al que me llevan los pies en cualquier sitio, incluso también en el pueblo que conozco como la palma de mi mano. Tal como predecía, no consigo dar más que tres pasos hacia la sección de novela romántica antes de que mis sospechas se hagan realidad.

—¡Madre mía! —exclama una voz familiar—. ¿Blair?

Poco a poco, giro la mirada y veo a una chica asomando la cabeza entre las estanterías. Lleva unas gafas cuadradas gigantescas y el pelo recogido en un moño desaliñado, y está esperando a que le conteste. Por suerte, la reconozco.

—Hola, Rosie —la saludo con una ligera sonrisa.

En el instituto no éramos muy amigas, pero siempre había sido maja conmigo. Se sentaba en la última fila de la clase y me sonreía cuando nos cruzábamos en los pasillos.

—¿Qué haces aquí? Creía que te habías mudado a Nueva York. —Saluda al aire con la mano mientras termina de aparecer del todo por la esquina.

Al principio, me impacta lo directa que es. Quizá he olvidado lo mucho que puede cambiar una persona en cuatro años, pero Rosie era famosa precisamente por no abrir demasiado la boca.

—Ah, bueno. —Me rasco la nuca—. Es que mi tía está enferma. He vuelto para pasar tiempo con ella. —Bajo la mano y procuro esbozar una sonrisa para mostrarle que no tiene por qué sentirse incómoda por haberlo preguntado.

—Ay, vaya, Blair, lo siento mucho. No sabía…

Antes de que siga tartamudeando, le pongo al día de los detalles que seguramente se esté preguntando, o a lo mejor se lo cuento en un intento por sentir que está ocurriendo de verdad.

—No pasa nada. Cáncer de pulmón en estadio cuatro. Surgió de la nada y ha avanzado muy rápido. —Lo digo como si estuviera describiendo el tiempo que hace y procuro desterrar la emoción que va creciendo en mi pecho—. Pero se pondrá bien —añado.

Decido que no ha estado nada mal. En lugar de escabullirme y pasar desapercibida, le he contado a Rosie algo de mi vida. Intento no arrepentirme al ver la expresión de dolor que le cruza la cara, mitad empatía y mitad pánico, sin saber cómo contestar a algo tan grave.

Rosie se limita a asentir con una mueca mientras se mira los dedos, que no deja de retorcer, y lo interpreto como un permiso para dar media vuelta y terminar con esta dolorosa y desagradable conversación para proseguir mi camino hacia la sección de novela romántica.

Anoche terminé un libro en el Kindle y quiero comprar un ejemplar físico. Es una frivolidad, ya lo sé, pero ahora mismo no estoy dispuesta a rechazar ni una pizca de dopamina. Aceptaré toda la que pueda conseguir a fin de prepararme para lo que se avecina.

Normalmente, aparcar en el camino de entrada adoquinado de la casa de mi tía Lottie es como exhalar todo el aire. Hoy, sin embargo, es como si hubiera olvidado cómo se respira. Hay una rotonda justo delante de la gigantesca mansión. Debajo de los tejados de madera inclinados, la fachada está cubierta de estuco marrón grisáceo, como si la casa hubiera emergido de la naturaleza que la rodea. Los lados están adornados con modernas ventanas de cristal, pero todas las cortinas están corridas, y ese detalle hace que se agrande el vacío que me devora el estómago.

De repente, me inundan la mente recuerdos de infancia en los que Lottie me persigue por el jardín. Intento no derrumbarme al imaginarme su cuerpo débil tumbado en una cama.

Mi tía abuela Lottie huyó de Saigón, Vietnam, cuando la ciudad cayó y fue tomada por los comunistas. Me contó con todo lujo de detalles cómo hizo las maletas y abandonó todo lo que había conocido con veinte años para subirse a un barco que debía llevar a doscientas personas, pero que terminó con un millar. Desesperada y destrozada, la gente embarcó a la fuerza para aferrarse a su última opción de salir del país, mientras sus hogares se desvanecían tras ellos.

Tuvieron que racionar la comida, pero ni por esas hubo suficiente para todo el mundo. Mi tía me describió la litera en la que se tumbó, escondida en la cubierta inferior del barco, donde procuró no moverse ni pensar durante los siete días que tardó la embarcación en llegar a un pequeño país vecino.

Allí esperó semanas a que algún benefactor la acogiera en su llegada a Estados Unidos, y al final apareció una generosa familia de Orange County. Ya siendo adulta, descubrió el pueblecito de Seabrook, en California, y se enamoró de las playas flanqueadas por cipreses y de los tejados cubiertos de musgo. Se instaló en el pueblo antes de que los turistas lo descubrieran y optó por abrir una tienda de comestibles en lugar de terminar los estudios en un idioma que apenas conocía. La tienda de comestibles acabó teniendo dos sucursales, que más tarde llegaron a ser siete.

Lottie sabía qué se siente cuando te expulsan de la vida que conoces. De ahí que, cuando mi madre apareció en su puerta con su hija de cinco años —yo— porque quería huir de un marido maltratador, mi propio padre, mi tía nos permitiera entrar en su casa. Y, con el tiempo, también en su corazón. Respiro hondo y me preparo para encontrarme con las mujeres que me criaron, y que aguardan en el interior.

Al cruzar la puerta, mi cuerpo se fija en el silencio espeluznante, antes de que me dé cuenta de por qué es tan lúgubre. Lottie no está en su sitio habitual, junto a la ventana, donde suele silbar una melodía o leer el periódico.

—¿Mamá? —pregunto—. ¿Lottie?

—¡Aquí! —grita mi madre desde el piso de arriba.

Subo corriendo la sinuosa escalera hacia el dormitorio de Lottie. Cuando entro, hago todo lo posible para ocultar la conmoción que me recorre al ver a Lottie en una cama de hospital articulada, con uno de sus preciosos vestidos de flores.

Clavo los ojos en los de mi madre. Me dedica una sonrisa alentadora y abre los brazos cuando echo a correr hacia ella.

Su olor reconfortante me envuelve el corazón, y me aprieta tanto como la aprieto yo.

—Hola, mamá —murmuro sobre su cuello—. Te he echado de menos.

—Yo también a ti, cielo.

Me giro hacia la cama articulada, inclinándome hacia ella.

—¡Lottie! —Mi voz se vuelve más aguda, con la esperanza de levantar un ánimo que claramente está decaído—. ¡¿Cómo consigues estar tan espectacular en esta cama tan chiquitita?! —Le doy un juguetón puntapié mientras trato de disfrazar la inquietud que me provoca verla en una cama hospitalaria.

Mi tía suelta una leve risa, y le brillan los ojos al sacudir suavemente los hombros.

—Ven aquí, mi niña. —Alarga los brazos para atraerme hacia ella y me da su famoso beso resoplado: un beso en la mejilla que empieza cogiendo aire y termina estampándose sonoramente. El ruido ridículo que hace al respirar tan profundo sobre la mejilla siempre me provoca una carcajada—. Felicidades por graduación, con. —Utiliza con cariño la palabra vietnamita que significa «hija»—. Estoy muy orgullosa de ti.

Su voz suena más débil y me llena los ojos de lágrimas antes de que pueda impedirlo.

—Eh —agita una mano delante de mi cara—, no llores por mí, con. He tenido vida feliz. Todo lo que quiero está aquí en esta habitación. —Miro tras de mí hacia mi madre, que tiene una expresión de dolor en la cara. Se está esforzando por mostrarse estoica por mi bien—. No dejes que esto te desanime, ¿de acuerdo? Estoy cómoda aquí. ¡Quiero que marches a disfrutar! ¡A disfrutar vida!

Incluso después de haber vivido cincuenta años en este país, sigue teniendo un acento muy marcado que no se le va. Siempre me gustará cómo suena cuando me cuenta la historia de su vida en fragmentos o comiéndose palabras o plurales.

Por mucho dolor que esté experimentando, sé que hará todo lo posible por ocultármelo. Mi madre y ella siempre han sido así, siempre me han animado a ser fuerte, a seguir hacia delante, a pesar de las circunstancias.

Le doy otro abrazo, consciente de que el frágil cuerpo que estrecho contiene todo el amor que sentí durante la infancia, y que ahora el cáncer está devastando.

—Te quiero —le susurro al oído con la voz quebrada.

Me seco las lágrimas con las manos antes de tomar asiento en una silla situada a su lado. Pero, en cuanto me siento, Lottie me regaña.

—¡No, no, con! No sientas aquí conmigo. Has vuelto a casa por fin. Marcha a explorar.

Entorno los ojos al intentar seguir su rápida mirada.

—Lottie, no digas tonterías…

—Cariño —musita—. No es broma. Por favor, ve disfrutar de día precioso. No irme a ninguna parte.

Me quedo paralizada al oír sus palabras, sin saber cómo responder.

—¡Vamos! ¡Ve! —Agita las manos con ademán teatral hasta que me pongo de pie—. ¡Fuera! —No se relaja hasta que he cruzado medio umbral.

—Vale, vale —cedo con un hilo de voz mientras asomo la cabeza por la puerta por última vez—. Te quiero.

—Y yo a ti, con. Ahora ve pasarlo bien.

Capítulo 2

Ilustración de una casa con árboles y arbustos en el exterior

Hace dos semanas, recibí «la llamada». Si alguna vez has recibido «la llamada», por desgracia sabrás a qué me refiero. Es la llamada que crea un antes y un después en tu historia y marca el fin de una época. Lo que estuvieras haciendo antes de recibirla se vuelve sumamente insignificante en comparación con las palabras que salen del altavoz del teléfono.

Estaba sentada en un banco desgastado por el océano, contemplando las olas agitadas de Malibú, cuando la canción Hopelessly Devoted to You interrumpió el pódcast que estaba escuchando a todo trapo en mis auriculares. Me sonó el móvil, y una fotografía de la sonrisa efervescente de mi madre y de su pelo oscuro llenó la pantalla.

—¡Hola, mamááá! —contesté con falsa apatía.

—Hola, cielo. ¿Te pillo en un buen momento? —El tono dulce y ligero con el que suele hablar mi madre sonaba forzado. La tensión de su voz me agarrotó todos los músculos del cuerpo y provocó que adoptara una postura más erguida en el banco.

—Sí, ¿qué pasa?

—Es la tía Lottie. Te llamo para decirte que hemos decidido llevarla a casa con cuidados paliativos. El cáncer ha progresado mucho más rápido de lo que auguraban los doctores, así que hemos tomado la difícil decisión de abandonar el tratamiento y… —Su voz se fue apagando, y me empezaron a pitar los oídos.

Me dio la sensación de que el cuerpo se inclinaba internamente, envuelto en un halo de irrealidad. Me hormigueaban los dedos y se me oscureció la visión en los lados.

En mi cabeza se reprodujo un recuerdo de Lottie bailando por la cocina con uno de sus maxivestidos de estampado floral y cantando The Butterfly Song en vietnamita.

Kìa con bướm vàng, Kìa con bướm vàng!—me cantaba con las cejas arqueadas y la falda ondeando a su alrededor, con lo que parecía levitar sobre el suelo de madera. A mí me sobrevenía un ataque de risa, totalmente hechizada por su belleza. Su voz me protegía. Era una segunda madre, una abuela y una mejor amiga, todo en un cuerpo diminuto y precioso.

—Vo-volveré a casa cuanto antes, mamá. Para mí es la prioridad número uno. Le pediré a alguien que… —Me dio vueltas la mente al pensar cómo resolvería la logística de dejar la universidad cuando solo quedaban dos semanas para la graduación y de dejar el trabajo de asesora que había conseguido en Nueva York.

—No, cariño. Quiero que te gradúes primero. No te preocupes por nosotras todavía. Tu tía está cómoda en casa, y las enfermeras vienen dos veces a la semana. Solo procura arreglar las cosas para venir en verano si es que te apetece, ¿vale? —me propuso mi madre con un tono que aplacó el pánico que me inundaba.

—Estaré ahí, faltaría más. No hay ningún otro lugar donde prefiera estar —le prometí sin tener aún planes concretos de cómo lograrlo. Pero ¿acaso tener cuidados paliativos en casa no significaba que la muerte estaba muy cerca?

A mi madre siempre le ha preocupado excederse, el lado opuesto de una madre típicamente controladora. A veces se pasa de comedida al tratar de no excederse, y me da la impresión de que podría alejarme de ella y de Lottie y no volver a saber nada más de ambas si no tiro yo de la cuerda y las aproximo hacia mí. No podía confiar en que mi madre me dejase claro lo grave que era la situación. Cabía el peligro de que Lottie muriera al día siguiente y que mi madre siguiese animándome a ir a Nueva York sin preocuparme por ello.

Ahora, dos semanas después de la llamada que hizo descarrilar mi vida, mi gigantesco equipaje se tambalea violentamente al subir el caminito adoquinado que conduce hacia la casa de invitados.

Podría haberme instalado en mi habitación, que nadie ha tocado, pero la mera posibilidad me provoca escalofríos. No hay nada como un dormitorio de infancia para que sientas que los años que has procurado progresar se esfuman por completo.

Si la propiedad de Lottie fuera una isla, la casa de invitados sería un faro ubicado en lo alto de un acantilado rocoso. Cuando era pequeña, el corto trayecto hacía que me sintiera como un personaje de El hobbit al subir el bonito sendero que llevaba hacia la casita, de puerta de madera curvada.

Pero al tirar de las maletas no veo nada de eso. Tengo el cuerpo entumecido por culpa de la conmoción. Haber visto a Lottie por primera vez después de la llamada ha sido peor aún de lo que me había imaginado. La última vez que la vi ya estaba enferma, sí, pero seguía moviéndose por la cocina como si estuviera flotando bajo su vestido de flores.

Al abrir la puerta de madera de la casa de invitados, me recibe el reconfortante olor a ropa guardada y a sábanas limpias. Paso la vista hacia el perchero de madera del rincón. De la parte superior cuelga un viejo y gastado gorro amarillo. Me inundan la mente recuerdos de las veces que Lottie me llevaba a la playa cuando se cogía un día libre de las tiendas. Me ayudaba a construir «bañeras» en la arena, transportaba agua del mar hacia el agujero que habíamos hecho y se sentaba como si fuera un bogavante en una cacerola. Al recordar ese día, es como si una mano me atravesara el pecho y me estrujara el corazón. Me cuesta respirar hondo y arrastrar las maletas hasta el interior de la casa. Tengo el mal presentimiento de que esa sensación no hará más que intensificarse en el futuro.

Cruzo el pequeño dormitorio hasta el cuarto de baño, revestido con azulejos verdes, y giro el grifo de la ducha para que el agua salga lo más caliente que sea posible. Mientras espero a que se caliente, recorro la habitación con la vista e intento apreciar el aspecto acogedor de la estancia, en lugar de sentir el agujero de temor que me crece en el estómago.

Al fijarme en mi reflejo en el espejo con marco de conchas de mar, tengo que mirarme dos veces.

Tengo el cuerpo desinflado, como si este hubiera procesado la noticia antes de que la mente haya llegado siquiera a la casilla de salida.

Me revuelvo el flequillo y me seco las lágrimas que se me han acumulado en los ojos cansados. De repente, me suena el móvil y veo que es una notificación del calendario de Google de hace tres meses: «Primer día en Ernst & Young». Elimino el recordatorio y lanzo el móvil sobre la cama antes de ponerme bajo el calor reconfortante de la ducha.

Me han ofrecido el trabajo de asesora por el que había estado luchando durante todo el tiempo que he pasado en la Universidad de Pepperdine. Antes de recibir la llamada acerca de la salud de Lottie, estaba preparada para mudarme a Nueva York y pasarme los próximos años trabajando entre doce y catorce horas al día, emocionada con la idea de empezar a dirigirme por fin hacia mi meta.

—¿Tienes una lista de deseos que cumplir en Nueva York o algo así? —me preguntó una noche Faye, mi mejor amiga de la universidad.

—¿Una lista de deseos? —La miré sin comprender nada—. ¿A qué te refieres?

—¿No visualizas los outfits ideales que te pondrás para ir todos los días al curro ni el tugurio sexy al que irás a tomar algo, y donde puede que te topes con un famoso? —me aclaró con las cejas enarcadas por la emoción.

Pero la pregunta me dejó boquiabierta. Aceptar el trabajo en una consultoría no significaba disfrutar del trabajo, tener una vida social intensa ni vivir en una gran ciudad. Todo eso carecía de importancia al compararlo con la expresión que me imaginaba en el rostro aliviado de mi madre cuando le diera la noticia: «Ya puedes jubilarte».

Marcharme de Seabrook siempre había conllevado la idea de conseguir el mejor trabajo posible para poder liberar a mi madre del puesto de cajera de una de las tiendas de Lottie. Pero, sobre todo, quería comprar su independencia. Ha pasado tanto tiempo dedicándose por completo a apoyarme que quería devolvérselo. Quería que estuviera libre para quedar con amigas o valorar la posibilidad de quedar con alguien de nuevo. Para hacer algo simplemente porque le apetecía. No porque tuviera que hacerlo por mí.

Y aquí estoy, después de haber rechazado el puesto.

Que conste que no pasa nada. No hay ningún sitio en el que prefiera estar que no sea con Lottie. Pero al mismo tiempo es como si hubiese fallado a mi madre. Ella nunca lo interpretará de esa manera porque en ningún momento ha llegado a pedirme ayuda, claro. Ha entregado su vida con el objetivo de asegurarse de que yo podía vivir la mía. Pero es que he llegado a un punto en el que quiero entregar la mía para asegurarme de que ella vive la suya.

Dejo que mi mente divague con los primeros días de mis amigas como graduadas, que serán mucho más prometedores que los míos. Faye meterá su ropa en un armario empotrado y le dará un beso en la mejilla a su nuevo marido antes de despedirlo junto a la puerta para que marche a ganar dinero suficiente para los dos. Y Roshi recibirá la enhorabuena de sus familiares cuando les anuncie el prestigioso máster en Derecho en el que la han aceptado.

El futuro de ambas va tomando forma, mientras que el mío parece ir marcha atrás: acabo de mudarme a una casita situada detrás de una mansión que no merezco heredar y he regresado al pueblo en el que nací. La ironía de la situación es espectacular. Mis amigas son la mansión y yo, la casa de invitados.

Cierro el grifo, cojo una toalla rosa del estante y me apresuro a secarme y a salir de la casa de invitados poco después de haber llegado. Pasarme el día enfurruñada no me acercará a mi sueño de conseguir la jubilación de mi madre, y Lottie quiere que salga por ahí. Así que, si no he podido estrenar el trabajo que quería, va siendo hora de que encuentre uno aquí, en Seabrook. Después de bajar los escalones adoquinados y girar bruscamente hacia una calle más ancha, pongo rumbo hacia el centro del pueblo, donde durante la temporada turística hay negocios que hacen el agosto. Seguro que en algún sitio alguien quiere contratarme.

Una de las cosas que más echaba de menos de mi pueblo es la posibilidad de ir a todas partes a pie. Al cabo de unos segundos, recuerdo por qué dicen que Seabrook es «un cuento hecho realidad». Los árboles, que parecen vivir desde que el mundo es mundo, se hunden en la tierra con raíces musculosas y se entrelazan sobre los caminos. Un coro de pájaros canturrea y las ardillas saltan de una rama a otra. A las casas y a las tiendas les faltan el número de la calle, así que a menudo hay carteles de madera pintados a mano para dar referencias. «Bristle & Brine», reza un cartel que se mueve por el viento delante de una boutique con postigos pintados de azul turquesa.

Después de haber recorrido tres manzanas, clavo los ojos en mi objetivo: la cafetería Seabrook Coffee House. Es un establecimiento que abrió recientemente en la plaza del pueblo cuyo nombre dista mucho de ser original, pero la cafetería en sí lo compensa.

La casita blanca está situada junto a un patio que da a una calle de ladrillos. Del tejado cuelgan plantas verdes que simulan un jersey. Cuando era pequeña, me ocultaba detrás de los arbustos de la casa abandonada para jugar al escondite con otros niños del pueblo. Ahora, como una adulta recién graduada, abro las puertas rojizas para pedir un empleo.

Una chica bajita de cabello rubio levanta la vista de la caja registradora y me dedica una sonrisa de emoción. Parece que acabe de celebrar el cumpleaños que le permite ser lo bastante mayor como para trabajar aquí.

—¡Buenos días! ¿Qué te pongo? —me pregunta con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Buenos días! —respondo con una extraña pizca de vergüenza en la voz—. En realidad, he venido a preguntaros si necesitáis a alguien. —Quizá se deba a que podría ser la compañera de trabajo de una estudiante de bachillerato aun después de haber terminado la carrera en una prestigiosa universidad.

«Es solo durante el verano», me recuerdo, y procuro alegrar la cara para que la chica no pague el pato de mi crisis de posgraduada.

La muchacha frunce las cejas como si estuviera intentando asimilar cada detalle de mi expresión antes de reaccionar.

—¡Claro! —exclama—. ¡Deja que vaya un segundito a preguntárselo al encargado! —Ahora soy yo la que frunce el ceño al ver cómo se marcha a toda prisa hacia la parte del fondo como si fuera un ratoncito.

Sin querer, oigo a la alegre adolescente informando al encargado de que «una chica» ha venido buscando trabajo. Creo que se inicia una tensa conversación, con preguntas y respuestas susurradas, pero no capto lo que están diciendo.

El encargado está tapándola, con los hombros anchos bloqueándome la visión de la chica, pero el sol entra por la ventana y resalta su pómulo marcado. Desde detrás, tiene el pelo desgreñado de tal forma que sugiere que estaba demasiado ocupado como para esforzarse en peinarse.

La conversación entre el encargado tenso y la alegre adolescente concluye, así que me doy la vuelta despacio con la esperanza de que no me hayan pillado escuchando a hurtadillas. Estoy delante de la ventana, fingiendo que miro al exterior, cuando oigo cómo se acerca.

Una voz grave y tranquila me pregunta tras el oído izquierdo:

—¿Disculpe, señorita?

Esa voz hace que viaje en el tiempo sin moverme del sitio. Me doy media vuelta, sin salir de mi sorpresa, mientras el cerebro me grita lo improbable que es.

Por fin poso los ojos en él, y la boca de mi estómago se convierte en un ascensor defectuoso.

Delante de mí está la persona con la que me sentía más a gusto que en mi propia casa, la persona con la que me pasé doce años, el nombre que se volvió demasiado doloroso recordar después de que desapareciera sin ni siquiera decir «adiós».

Más para mí que para él, se me escapa un inconsciente susurro formado por una sola palabra.

—Declan.

Como respuesta, se le dilatan las pupilas. ¿O son imaginaciones mías?

Aparte de un ligero tic en los fuertes labios, sigue apretando la mandíbula con gesto de fría concentración. Parece inseguro, quizá más resignado de verme que sorprendido por mi presencia.

«¿Por qué no se inmuta?».

Todo en él me resulta familiar de golpe y, sin embargo, también totalmente distinto.

Declan tiene el rostro de alguien que solo se hace más interesante cuanto más lo miras. Enseguida me pierdo examinando sus cambios más recientes. En los cuatro años que han pasado desde la última vez que lo vi, su cara se ha alargado por encima de los planos angulares de sus pómulos. Una barba incipiente le salpica la mandíbula. Veo nuevas líneas de expresión cerca de las comisuras de sus ojos. Sin embargo, los hoyuelos, la peca del labio inferior tirando hacia la derecha y la peca del cuello tirando hacia la izquierda siguen en el mismo lugar de siempre.

—Blair —contesta con tono cortante y con un ligero asentimiento, un tanto incómodo, antes de dejarme la solicitud de empleo en las manos y girarse para alejarse de mí.

Cuando se marcha, me fijo en algo que no estaba ahí la última vez que lo vi. Una leve cojera.

Capítulo 3

Ilustración de una casa con árboles y arbustos en el exterior

Tan pronto como salgo de la cafetería, busco el número de Roshi. Cuando responde a la llamada, oigo apagarse una conversación distante.

—Ey, Ojazos. ¿Cómo te trata la vida en Seabrook? —me pregunta con tono lento y despreocupado.

—Roshi —contesto sin aliento.

—¡Qué! ¿Qué pasa? ¡No me hables con esa voz! Me asusta. —Enseguida deja atrás su habitual actitud amable.

—Acabo… de… ver… a… Declan —mascullo separando bien las palabras.

Se hace un silencio que se alarga tantísimo que me aparto el móvil de la oreja para comprobar si me ha colgado. Es una suerte que me lo haya alejado del oído, porque me grita:

—¿¿¿QUÉ??? ¡¿DECLAN RENSHAW?!

—¡Sí! —chillo, aliviada por que por fin haya alguien que me lo repita.

«He visto a Declan Renshaw cuatro años después del accidente».

—¿Dónde lo has visto? —me pregunta—. ¿Caminando por la calle?

—No, es el encargado de una cafetería. ¡He ido a pedir curro antes de saber que trabajaba allí, obviamente!

—¿Cómo ha reaccionado al verte? —inquiere.

—Es que no lo sé. Ha sido rarísimo. Ni siquiera se ha sorprendido al verme. Ha puesto cara de… de agujero negro. No ha mostrado ninguna emoción. Y luego me ha plantado la solicitud de empleo en las manos y se ha marchado a la trastienda como si tuviera otras cosas que hacer.

—¡¿Cómo?! —se desgañita Roshi—. ¿Y ya está? ¿No te ha dicho nada más al ver… que eras tú?

—Bueno, sí que ha pronunciado una palabra antes de esfumarse, y ha sido mi nombre. Y ya. Supongo que yo también he pronunciado una sola palabra, pero… —Dejo la frase a medias.

—Mmm —murmura ella—. Seguro que le ha afectado verte por primera vez después de todos estos años, ¿no?

Suelto un suspiro. Esa pregunta es precisamente el pensamiento que no me ha abandonado la cabeza desde lo ocurrido.

«¿Cómo ha podido pasar página después de todo lo que vivimos juntos? Hubo una discusión, vale, pero ¿no éramos más que eso? Y por cómo terminamos… ¿Cómo es posible que ni se haya inmutado?».

—Vaya. Es extrañísimo, sí —susurra mi amiga mientras sopesa la rareza de la situación conmigo—. ¿Vas a solicitar el trabajo de todas formas?

—Sí, bueno, es que necesito un trabajo con horas extras. Además… ¿Es malo que una parte de mí quiera trabajar ahí para poder cerrar el capítulo? La última vez que hablamos… —Dudo. Nunca le he contado a nadie cómo habíamos terminado. Confesárselo a alguien no me haría quedar demasiado bien, las cosas como son.

—Sí, ¡claro que tiene sentido! —insiste Roshi—. Yo iría a esa cafetería todos los días hasta que el tío me diera respuestas.

—Sí. Ya —musito, reprimiendo un arrebato de culpabilidad—. Voy a solicitar el curro.

Para mí, un conflicto es casi sinónimo de morir en el proceso. Pero se trata de Declan. No puedo evitar sentir curiosidad ahora que sé que día tras día estará en esa cafetería, a unas pocas manzanas de mí. Además, las probabilidades de que me contrate son muy bajas.

Después de ponerme al día con Roshi, regreso a la casita de invitados, subo el adoquinado irregular y me permito disfrutar del aire acondicionado. Lanzo el móvil sobre la cama y abro la maleta en busca de ropa para salir a correr.

La adrenalina y una vieja ansiedad de nivel adolescente siguen recorriéndome las venas. Mi mente no se va a calmar por sí sola, pero puedo obligarla a hacerlo exigiéndole que se concentre en las funciones vitales: respirar y bombear sangre. En cuanto empiece a correr, la obsesión y la pena ya no tendrán cabida en el cuerpo.

Abro la puerta con arco, la cierro con llave tras de mí y echo a trotar hacia la calle. En lugar de ir hacia la izquierda, giro a la derecha para dirigirme a la carretera que va al bosque y no al pueblo.

El ruido que hacen mis zapatillas acolchadas al golpear el negro asfalto se convierte en el metrónomo que consigue mantener a raya mis pensamientos.

Durante todas las horas que me he pasado preguntándome dónde estaría Declan, jamás llegué a imaginar que pudiera encontrarse en una cafetería a tres manzanas de la casa donde me crie. Es como si hubiera invertido años de mi vida en hackear un portátil y al final resulta que la contraseña es «contraseña».

Cuando perdimos el contacto, seguí pensando que se había ido a jugar al fútbol americano a una universidad de la primera división. Si no se había apartado del camino que lleva­ba, seguro que lo habría visto algún cazatalentos de los que van en busca de estrellas emergentes. Tan pronto como se hubiera recuperado, habría podido elegir el equipo de cualquier facultad.

Quizá no soy consciente del verdadero alcance que tuvo el accidente, pero para mi desazón Declan no ha dejado ningún rastro en internet (y su madre tampoco, sí, lo he comprobado). Tan solo hay una única foto colgada en el perfil de Instagram de él, que me ha provocado más preguntas que respuestas. Aun así, sigo perpleja por habérmelo encontrado en el pueblo llevando una cafetería.

Por mucho que intento reprimirlo, un recuerdo de hace seis años se abre paso a la fuerza por mi mente hasta ocupar el escenario principal. Si el objetivo del recuerdo es asegurarse de que nunca termino de superar lo de Declan, creo que nunca he empezado a pasar página siquiera.

Hace seis años:

verano

Ilustración de una paisaje de playa con algunos árboles

—Corre cinco yardas y luego mira detrás de ti, y te lanzaré el balón. —Declan intenta convencerme de que finja ser su receptor abierto. Es el verano anterior a nuestro penúltimo año de instituto, y está ansioso por empezar a entrenar con su nuevo equipo. Estamos en el centro del campo de fútbol americano vacío de Seabrook High, y una inusual capa de rocío cubre el césped verde impoluto.

—Creo que no me estás entendiendo —replico—. Nunca se me ha dado muy bien correr y al mismo tiempo usar los brazos.

Declan me observa con una media sonrisa de incredulidad, así que insisto:

—Y mucho menos utilizar los ojos para seguir el balón al mismo tiempo. No cuentes conmigo.

—Vale, vale. Te contaré un secreto. —Lanza el balón lo más alto posible y deja que le golpee la cabeza en la coronilla al descender. Me encojo cuando se le estampa, pero él no reacciona lo más mínimo. El balón cae al suelo y rebota de un lado a otro como un pez fuera del agua antes de quedarse quieto.

—¿Qué…? ¿Cómo has…?

—Es fútbol americano de mentira —me explica mientras se agacha para cogerlo—. Está hecho de gomaespuma. —Lo estruja para enseñarme lo rápido que se deforma el balón con la presión.

—Ah. —Parpadeo dos veces—. Y ¿por qué tienes un balón de mentira siendo un quarterback bicampeón estatal?

Declan baja la vista y juguetea con el trozo de espuma disfrazado de balón. Un mechón rebelde de pelo rubio ceniza le cae sobre la frente.

—Porque quería practicar contigo.

—Así que… —entorno los ojos— solo lo has traído para jugar con…

—Sí —dice con énfasis—. Contigo en concreto. Y por eso vas a tener que intentar correr por lo menos unos cuantos metros y atraparlo ahora que lo he admitido.

La confesión me provoca algo en el pecho que no quiero describir con palabras.

—Me parece justo. Pues date prisa.

Junto las manos antes de echar a correr. Sobre todo para que no vea el rubor que me sube por las mejillas al imaginármelo yendo a la tienda y comprando un balón de gomaespuma para poder pasarse sus aburridas tardes de verano jugando conmigo a atraparlo.

Soy incapaz de concretar cuánto son cinco yardas, así que corro hasta que llego a una línea blanca y luego miro tras de mí. Para sorpresa de nadie, para cuando me giro el balón ya está volando hacia mí más rápido de lo que los ojos pueden pedirles a los brazos que reaccionen.

Declan se echa a reír cuando el balón de gomaespuma me da en toda la cara. Me golpea en la nariz antes de rebotar con un arco propio de unos dibujos animados. Es demasiado blando como para hacerme daño, así que suelto unas cuantas carcajadas autocompasivas antes de detenerme y dejar los brazos inertes a ambos lados en gesto de derrota. Mientras tanto, Declan se dobla hacia delante víctima de un ataque de risa.

Me quedo donde estoy, contemplándolo con los labios apretados en una evidente expresión de ironía y de lástima por mí misma al dejar más claro que el agua lo ciertas que eran las protestas con las que me oponía a su idea. Sería incluso capaz de indignarme si no estuviera tan mono al reírse.

Es como si su cara no pudiera soportar el peso de la alegría que siente, por lo que no le queda más remedio que derrumbarse. Se le forman arrugas cerca de los labios similares a paréntesis y se le marca un surco concreto encima de la mejilla que no tiene a dónde ir. Al cabo de unos segundos, se recompone, se impulsa sobre las rodillas para incorporarse y se dirige hacia mí.

Su rostro ocupa toda mi visión y oscurece las hebras húmedas de césped artificial y el poste amarillo intenso del campo de fútbol.

—¡Te lo dije! No habría sido capaz de atrapar el balón, aunque me fuera la vida en ello.

—¿Estás bien? —intenta preguntar entre restos de carcajadas, que siguen brotándole del cuerpo.

—Sí —contesto sin expresión—. Estoy bien. Pero, para tu desgracia, creo que no voy a ser una buena compañera con quien practicar tus lanzamientos. Tal como he predicho.

—Con quien, ¿eh? —me suelta, con las cejas arqueadas en un gesto desafiante que me produce un cosquilleo por la columna vertebral.

—Ajá. Con quien, en efecto. —Asiento, terca—. Creo que me limitaré a leer mis libros. Con protagonistas de dieciséis años que derrocan reinos y esas cosas.

—Ya. Pero ¿no puedes leer esos libros y seguir siendo mi compañera de fútbol? —Al ver lo perpleja que me ha dejado su pregunta, añade—: ¿Porfa? —Con las cejas curvadas en una súplica lamentable.

—Creo que no seré de gran ayuda para que te conviertas en un buen quarterback si soy incapaz de atrapar el balón. Da igual que lances bien o mal: todas acabarán justo aquí. —Me señalo la punta de la nariz.

En una sorprendente muestra de cariño, Declan me coge la muñeca para apartármela de la cara.

—No, venga. Ninguna otra compañera de fútbol estaría tan guapa como tú cuando te ha dado en la cara.

El corazón se me desboca en cuanto la palabra «guapa» abandona los labios separados de Declan. Puede que nos conozcamos desde antes de poder enlazar varias frases juntas, pero eso no cambia el hecho de que Declan se haya convertido en un chico que me hace preguntarme qué aspecto tengo desde su punto de vista.

Ya no sufría los efectos de esa etapa incómoda de la adolescencia. Había dejado de usar las gafas gruesas de montura negra y desarrollado un tono áspero en la voz que conseguía que mi mente divagase al oírlo hablar. Atrás quedaba el niño de cinco años al que conocí en el huerto de fresas y que era demasiado tímido como para abrir la boca. Ahora era el capitán de equipos de fútbol americano. Caminaba con autoridad y con calma. Si mis pensamientos habían derivado de forma imperceptible de unos normales de amistad hasta un territorio como ese, ¿los suyos también? ¿Se ha fijado en cómo he cambiado?

«Guapa».

En ese contexto, no era una palabra adecuada. Tenía demasiados significados posibles y potenciales márgenes para el error.

¿Guapa en plan hermana pequeña? ¿Guapa en plan patética e inútil? ¿O guapa en plan… la clase de chica a la que desearía besar?

Mi cerebro consigue sopesar todas esas ideas en un solo segundo. Al final, suelto todo el aire y me doy cuenta de que está aferrándome la muñeca y esperando una respuesta. De ahí que le conteste un irónico y escueto «vale» antes de echar a correr de nuevo. Me cojo las manos como si fuera un pingüino entusiasmado de más mientras espero a que me lance el balón.

Su rostro se suaviza con una sonrisa de satisfacción.

—Así me gusta —dice en voz baja. Me vuelve a arrojar el balón, y esta vez lo atrapo, pero he cerrado los ojos, así que tropiezo, caigo de culo y luego ruedo sobre mí como si el césped brumoso estuviera inclinado. Está perfectamente recto.

Cuando al final abro los ojos, veo las zapatillas de Declan.

—En primer lugar —comienza a decir, agachándose para que pueda mirarlo a la cara—, deberías estar orgullosa de ti misma.

Exhalo un resoplido que sale más alto de lo que pretendía.

—¿Por qué?

—Mira hacia abajo. —Me señala con un gesto.

Bajo los ojos y veo que sostengo sin problemas el balón de fútbol americano en las manos, a pesar de la acrobacia a la que acabo de sobrevivir.

—Has protegido el balón a toda costa. Y esa es básicamente la regla número uno. Creo que esto se te da mejor de lo que crees —afirma como un entrenador orgulloso.

—Mmm. Vaya, quién nos lo iba a decir. Ayúdame a levantarme, anda. Ya he cumplido con mi parte.

Declan me tiende la mano para que se la coja. En lugar de usarla para impulsarme hacia arriba, tiro de él con todas mis fuerzas.

—Ay, ¿qué vas a…? —se ríe, y deja que lo arrastre junto a mí sobre el césped. Énfasis en «deja», porque sé que se habría podido resistirse a mi débil tirón si hubiera querido. Yo, en cambio, me he dado cuenta de que no soy capaz de resistirme a él.

Finge la caída, con cuidado para no golpearme con sus largas extremidades, y se sitúa en el césped verde a mi lado, recostado sobre los codos. Declan siempre parece llevar horas descansando en un sitio antes de que te fijes en él, por mucho que haya adoptado esa posición hace apenas un segundo.

—¿Y en segundo lugar? —le pregunto.

—¿Eh? —Respira por la nariz y me mira ladeando la cabeza.

—Has dicho «en primer lugar», pero no has añadido qué hay en segundo lugar.

—Ah. Vale. —Asiente y levanta la vista hacia el cielo—. Perdona que haya perdido el hilo. Un pajarillo ha aceptado mi amable oferta y me ha arrastrado consigo.

Se me escapa una carcajada, con cierto calorcito en el pecho ante la sencilla camaradería que siempre he compartido con él. Se pasa una mano por el pelo y clava la vista en las gradas vacías. Me pregunto si se las estará imaginando llenas.

—Venga, ¿qué era lo segundo? —Le doy un suave codazo en el costado.

—Vale, vale. Quería dejarlo con mi cumplido, pero, si quieres obligarme a elaborarlo, pues lo elaboro.

Estoy observando su cuerpo. Tiene los hombros más anchos que el año pasado y el pelo más largo, y sigo esperando su respuesta. Se queda inmóvil y me devuelve la mirada. Pero de pronto, parece pasar los ojos a un punto un poco más arriba de mi cabeza. Me quedo desconcertada hasta que extiende una mano para alisarme el pelo. Seguro que mi cabello parece un nido de pájaro por culpa de la caída.

—Iba a decir… —empieza con voz grave mientras me baja la mano por la cabeza. Noto sus dedos en la coronilla y hasta en la punta de los pies— que, al intentar atrapar el balón, parecías un pajarillo al que hubieran empujado del nido por primera vez. —Pronuncia las palabras lentamente, con un tono más seco que el desierto, así que tardo unos instantes en procesarlas.

—¡Madre mía! —exclamo. Le aparto su mano de la cabeza, exasperada, al darme cuenta de que me ha tomado el pelo—. Y yo que esperaba otro piropo tuyo.

Se ríe con la cabeza gacha, con el ademán perfecto de un chico satisfecho que ha conseguido hacer una broma.

—Mmm —murmuro—. Pero analicemos si se trata del insulto que crees que es. A los pájaros hay que obligarles a abandonar el nido en algún momento para que echen a volar, y además son muy monos. —Aprieto los labios. Sin querer, me he llamado «mona» a mí misma de la manera más indirecta posible—. ¿De qué especie de pájaro estamos hablando? ¿De un pato? —pregunto con la intención de impedir que se dé cuenta.

—¿Tú? ¿Un pato? —piensa en voz alta, y me mira de arriba abajo como si lo estuviera valorando—. No. Un pato no.

—Vale. No soy una pata. Entendido. ¿Qué te parece un flamenco?

—Uy, un flamenco no, qué va.

—¿Por qué no? Son sofisticados. Y rosas.

—¿Has visto un flamenco de cerca? —replica, un tanto desprevenido.

—Juraría que no. —Me estrujo el cerebro.

—Pues no es la imagen que te gustaría tener. Son los abogados de los pájaros. —Se estremece, y expulso una sorprendida risotada—. Serías más bien un… —Se pasa una mano por la mandíbula fingiendo sumirse en sus pensamientos.

Me quedo mirando su expresión sumamente irónica, con los ojos apuntando hacia arriba como si la respuesta estuviera lejos de su alcance.

—¡Uh! ¡Ya lo tengo! —anuncia, y me señala—. Un chorlito dorado común. Ese es el pájaro al que te pareces.

—¿Chorlito? —le espeto—. ¿Me estás llamando «cabeza de chorlito»? ¿Estamos en quinto de primaria o qué?

—¡No, no, no! Un chorlito dorado común —insiste, más lento esta vez, alargando todas las palabras.

—Ah. Claro. Un chorlito dorado común —repito como si fuera de lo más obvio.

Me lo quedo contemplando con cara de póquer. Me devuelve la mirada con una sonrisa de satisfacción.

—Y ¿QUÉ PÁJARO ES ESE?

—Pues uno que camina de forma muy graciosa y que cuando intenta encontrar pareja hace un bailecillo muy curioso —prosigue, impasible a mi arrebato.

Arqueo las cejas, suspicaz, al oír la palabra «pareja».

—Me refería sobre todo a la forma de caminar y a que son un poco torpes —me aclara señalándome los pies, en los que llevo unas Converse de color dorado.

—Aaah, ya. Y tú has pensado en un chorlito dorado común —deduzco asintiendo con la cabeza de mentira—. Claro, eres tan friki que conoces ese tipo de pájaro.

Se encoge de hombros como diciendo: «No dispares al mensajero».

Si a Declan no lo hubiera bendecido la genética con un don para ser quarterback de fútbol americano, su enciclopedia mental lo habría colocado de inmediato en la categoría de friki o empollón. Sin un físico como el suyo, nadie se va de rositas sabiendo tantísimas cosas de un pájaro concreto y desconocido.

—Conque un bailecillo gracioso, ¿eh? Pagaría por verlo —continúo.

—No hace falta. Espera aquí. Te lo enseñaré.

Se levanta y echa a correr hacia nuestras cosas, que están en la otra punta del campo de fútbol. Saca el móvil del bolsillo de la sudadera y vuelve a toda prisa a mi lado.

Miro por encima de su hombro cómo entra en YouTube y escribe «baile apareamiento chorlito dorado común» en el buscador. Hace clic en un vídeo de National Geographic y me tiende el móvil en horizontal para que vea cómo dos pájaros se sitúan de forma un tanto extraña uno al lado del otro para sacudir el cuerpecillo de color dorado. Tienen plumas muy doradas, sí.

Declan se ríe y señala la pantalla.

—Observa. Por si con esto no basta, empiezan a sacudir las alas. Y lo mejor de todo es que, si de verdad quieren ganarse a la hembra, le ofrecen un regalo. Una piedrecilla o un palo.

Veo cómo un pájaro lanza el guijarro más diminuto que hayas visto en la vida hacia el otro pájaro que sale en la pantalla. Y supongo que no hace falta nada más, ya que al poco la hembra se le une y se pone a bailar con el macho.

—Oooh, qué monada —arrullo junto a su oído.

Un mensaje aparece en la pantalla e interrumpe el vídeo. Intento no leerlo, pero está escrito en mayúsculas, así que cuesta un poco evitarlo. Veo el nombre de un tío y, escritas debajo, las palabras: «¡DECLAN! ¡CONTESTA AL MÓVIL! ¿VAS A VENIR O NO?». Enseguida lo aparta.

—Uy. Perdona —me dice.

—No, tranquilo. Parece que necesita ponerse en contacto contigo cuanto antes.

—Ah, no es nada. Algunos de los nuevos miembros del equipo van a ir esta noche al autoservicio de Murphy’s.

—¡Deberías ir! —exclamo, aunque me da un vuelco el corazón al hacerlo.

Pero solo se debe a la decepción normal de cuando te lo estás pasando bien y no quieres que se acabe, claro. No se debe a que, si ahora dejamos de estar juntos, vaya a pasarme las horas antes de cenar intentando no reproducir mentalmente con doloroso detalle todas las escenas que hemos compartido hoy. Sobreanalizando cada detalle y luego sobreanalizando por qué sobreanalizo nuestra amistad y si eso significa que empiezo a sentir cosas que podrían mandarla al traste.

—No, de verdad, no pasa nada. No me apetece ir —insiste.

—Ah, claro. Olvidaba que has comprado el balón para mí. —Sostengo el balón de gomaespuma e intento bromear con la situación, pero se le colorean las mejillas y me doy cuenta de que he dado en el clavo. Me voy a pasar los próximos días pensando en este tono rosado en particular.

Ha comprado un balón de gomaespuma para jugar solo conmigo y sigue aquí cuando podría ir a comer hamburguesas con sus compañeros del equipo.

Me pongo de pie y mascullo algo acerca de necesitar más práctica si quiero dejar de parecerme a un chorlito dorado común. Intento no digerir lo descolocada que me ha dejado verlo avergonzado.

Esta noche, al tumbarme en la cama, agotada por haberlo dado todo en el campo de fútbol americano vacío, se ilumina mi móvil con un mensaje de Declan.

Has estado muy bien, Pajarillo.

Me quedo dormida con una estúpida sonrisa en la cara. Mis sueños se han llenado de pájaros con plumaje reluciente y dorado que bailan y se regalan piedrecitas para ganarse el cariño el uno del otro.